Con un vaso de whisky

octubre 27, 2013

Gatos y ratones en Belfast

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 6:22 pm
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            Gillian Anderson ha escogido este año para pasarlo entre asesinos en serie. Además de su breve e intrigante papel en la grandiosa Hannibal, la BBC (donde la vimos dickensiana en Casa desolada o Grandes esperanzas) la ha colocado en uno de los roles protagonistas de una serie lúgubre, sombría y atrayente: The fall.

            El planteamiento ni es novedoso ni pretende serlo. En Belfast, la policía se encuentra con asesinatos de mujeres en la treintena, morenas y profesionales. Uno de los jefes decide llamar a la Detective Superintendente Stella Gibson para que supervise las investigaciones. Y la Superintendente rápidamente ve que hay conexión entre todos ellos y que hay un asesino en serie haciendo de las suyas.

            Bien. A primera vista, el qué es conocido. Lo es, aunque sólo hasta cierto punto, como veremos. El cómo también es conocido, para muy bien. Esto es la BBC, aquí se hacen las cosas como han de hacerse. La ambientación es magnífica, en una Belfast húmeda, tétrica, gris en los días más luminosos. Fotografía y dirección, impecables. Atmósfera agobiante, helada, que mantiene al espectador muy atento mientras la historia se desarrolla sin prisas ante él.

            Existen dos tramas, a lo que parece. Esta no es una miniserie, sino que tenemos una primera temporada de cinco capítulos y muchas ganas, al menos yo, de que llegue la segunda. Junto con el principal asunto de la caza del asesino, existe una subtrama de corrupción, crimen organizado, tejemanejes bajo mano, infidelidades profesionales, chanchullos. Nada, una vez más, que no se haya visto. Y, quizás, lastra un pelín la temporada (aunque ya veremos cómo se desarrolla), pero no desmerece y además así tenemos la oportunidad de ver a Michael McElhatton interpretando a un personaje bien distinto del frío lord Bolton. Por otro lado, es de agradecer (y seguro que los habitantes de Belfast son los primeros en hacerlo) que los guionistas hayan resistido la tentación de meter, de un modo u otro, el enfrentamiento entre unionistas y republicanos, sin ignorar su existencia.

            Los secundarios son otra de las marcas de la casa de la BBC y aquí están utilizaos sabiamente sin ser cargantes. El superior de Gibson, sus agentes subordinados, la médico forense (Archie Panjabi, una de las estrellas de esa serie, The Good Wife, que por mucho que lo intento no logro verle la maravilla), así como la esforzada señora Spector, todos ellos, aun cuando podrían estar en ocasiones mejor perfilados, tienen autenticidad, no son meras sombras chinescas en el fondo. Incluso terciarios como el despreciable marido maltratador son individuos que ayudan al espectador a meterse más en este mundo deprimente.

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            Ahora bien, a serie tiene dos protagonistas evidentes. Dos cazadores. Una policía. Un asesino. La policía, Gibson, Gillian Anderson. Metódica, seca, controlada, introvertida, inteligente. Este personaje, aun cuando no es tampoco de una originalidad desarmante, tiene a su favor varios argumentos. Uno es que es el de Anderson, que está magnífica. Otro, que no hay visos de que nos vayan a martirizar con otro solitario huraño que esconde un corazón de oro tras su fría apariencia y que sufre su soledad. Gibson no padece su solitaria forma de vida, que le da tiempo para degustar una copa de vino, estudiar decenas de licenciaturas, nadar y cepillarse algún jovenzuelo de buen ver. Otro más, que, pese a ello, existen miradas y fugaces momentos en que se percibe un espíritu inquieto y más vivo de lo que el exterior permite adivinar.

            El asesino. Paul Spector. Éste sí que me sorprendió. Cada detalle de él. Es uno de los mayores aciertos de la serie, sino el mayor. Es el qué al cual no estamos acostumbrados. Hasta ahora he visto siempre dos tipos de asesinos en serie. El sociópata cansino, amargado con el mundo que desea vengarse, y que, por inteligente que sea, es un desastre emocional, y el psicópata todopoderoso, cuya quintaesencia es el doctor Lecter. Spector no es nada de eso.

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            He aquí un hombre aún joven, pero ya formado, atractivo y en forma. No hay deformidad alguna física que lo vuelva un marginado rencoroso (variedad de sociópata muy manida). Un hombre cuyo trabajo es el de aconsejar y guiar a parejas en dificultades, cuya relación está en peligro, para ayudarlas a enfrentarse al dolor, a la muerte, al sufrimiento. Un hombre casado, con una enfermera que cuida a bebés neonatos, muchos de los cuales no logran sobrevivir a sus dolencias, y acompaña a las madres de las criaturas. Un hombre que tiene dos hijos pequeños que le quieren y a los que quiere. Un hombre que muestra sentimientos por otros seres humanos, que se pasa la vida entre emociones ajenas. Un hombre, en fin, que tiene una vida, con sus satisfacciones y sus decepciones. Pero de ese hombre podría decirse lo que escribió Victor Hugo (cito muy de memoria y seguro que inexactamente), que sólo alguna burbuja en la superficie del lago nos insinúa la hidra que se arrastra en el fondo.

            Esas burbujas existen. Spector, de hecho, es un asesino al tiempo cuidadoso y desordenado. Dedica tiempo a cada víctima, prepara el terreno, aprende de sus errores pasados. Sin embargo, deja una pieza de obvio valor inculpatorio (ese diario en el que desahoga parte de sus demonios interiores) oculto en el dormitorio de su hijo pequeño; tal vez haya un contraste que encuentre irresistible: su inocente hijo de carne duerme al lado de su espantoso hijo de papel. Ama, pienso yo, a su esposa y, de hecho, se estremece ante la idea de perderla a ella y a sus hijos (un poco como, aunque muy alejado de, ese personaje ambiguo, complejísimo, extraordinario que es Walter White, alias Heisenberg). No obstante, padece una obsesión por una chica adolescente que se troca en desdén en el momento en que podría devorarla, irritado como está por su fracaso. Porque esa es otra: Spector es falible, sus asesinatos no son milimétricamente precisos, en su camino de horror da muestras de talento y, al golpe siguiente, como dice Gibson, la jode, pero bien. Y esto, lejos de vulgarizarlo, lo vuelven un personaje más interesante.  Jamie Dornan clava su actuación.

            El paralelismo entre estos dos adversarios es demasiado evidente como para que los guionistas pierdan el tiempo restregándonoslo por la cara. Las veces que lo muestran de una manera explícita, es con tino. Spector haciendo ejercicio en las tinieblas de un parque nocturno, Gibson nadando en una solitaria piscina, iluminada por una luz helada. O esa secuencia larga, morbosa, casi truculenta, en la que se intercalan a Gibson manteniendo relaciones sexuales con un policía que le ha llamado la atención, sin mediar palabra y el contacto justo, con Spector, llevando a cabo su asesinato más perfecto y ocupándose de dejar el cadáver limpio, con enorme delicadeza.

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            Veremos cómo sigue la serie, tras un final no del todo satisfactorio. Porque esperar, esperamos mucho.

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octubre 20, 2013

Vacaciones en casa de Mister Whedon

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:57 pm
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            Un grupo de amigos se reúne en casa de uno de ellos. El anfitrión es cineasta, entre otras cosas, y acaba de terminar de rodar una película. Película que será un éxito comercial notable, además de una obra muy entretenida y bien acogida. Entre fin de rodaje y comienzo de montaje, un par de semanas entre viejos colaboradores y conocidos. ¿Qué más agradable? Charlas, bromas, risas, hay vino, la casa es amplia y bonita, hasta tiene piscina. Estupendo. Y, caramba, ¿qué tal si interpretamos una comedia de Shakespeare, ya que somos actores? ¿Por ejemplo, “Mucho ruido y pocas nueces”? Hasta aquí, todo encantador, envidiable. Alguien dice, mirad, tengo una cámara. ¿Y si rodamos una película? ¿Y si la estrenamos? Y el resto dice, venga, por qué no. Pues había motivos para decir que no. Muchos. Muchísimos.

            Voy a hacer una confesión, en aras del juego limpio: a mí no me gusta en exceso Joss Whedon. Los puntos de partida de sus obras me suelen parecer interesantes, y ciertos momentos de sus series de televisión o películas, de calidad, incluso brillantes. Pero, en conjunto, me decepciona tanto la ejecución como el desarrollo de sus historias. En especial, me desesperan sus actores (hay excepciones). Así que cuando me enteré que había decidido intentarlo con Shakespeare, me estremecí involuntariamente.

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            Pero como no se puede criticar sin conocer, decidí ver la película y, en algún fondo de mi cerebro, esperaba recibir una lección. Esperaba contra toda esperanza que Mr Whedon me pusiera en mi sitio, que saliera triunfante. Si lo hacía, reconocería públicamente mi prejuicio y su triunfo. Si la cosa se quedaba en un meritorio intento, podría escribir una ambigua reseña llena de ironías. Pero después de ver lo que vi, no voy a ser tan sutil. Much Ado About Nothing, versión Whedon, es espantosa, entera. Menos el texto. Evidentemente.

            Voy a ser breve, porque tampoco tiene sentido que me lean despotricar durante páginas. Todo está mal, en mi opinión. La dirección es floja, grisácea, anodina. No es la sutilísima de Howard Hawks, cuya mano nunca se veía, pero estaba ahí, controlándolo todo. No, aquí es inexistente. El ritmo es infame, los diálogos avanzan trabajosamente, con pausas absurdas entre líneas, con cambios de escena sin la menor finura. Ni es buen teatro, ni es buen cine. Esta es una obra mediana de Shakespeare, pero es vivaz y debe tener un ritmo acorde; a ratos cabalgando, el resto al trote. Aquí vamos al paso con algún tímido trote. La versión de Branagh, claramente mejorable, tiene al menos un ritmo adecuado (y a Emma Thompson y, gusto personal, Michael Keaton).

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            Los actores. Santo cielo. Santo cielo. Claudio y Hero son personajes por los que nadie siente el más mínimo interés, así que su interpretación por nulidades tampoco es muy grave. Leonato es un individuo algo más digno y en manos de un actor de respeto puede ser interesante; Clark Glegg se pasa el mayor tiempo de sus escenas como si estuviese en estado de ebriedad perpetua y tal vez lo estuviera (si es así, bien por él). Lo mismo el Príncipe, Don Pedro, más sutil de lo que parece a simple vista. Reed Diamond, de cuando en cuando, parece que lo intenta, sin gran éxito. Don Juan, de otro lado, es uno de los villanos de Shakespeare más olvidables (yo diría que casi el único), pero al menos tiene ciertas frases memorables, como su breve soliloquio sobre el bribón sincero que es. Sus siervos, Conrado y Borachio, más o menos igual. Una vez más: buenos actores les habrían sacado el jugo que tienen. Los maniquíes parlantes que usa Whedon hicieron que desease entrar en la película con un soplete y hacha. Creo que no he visto peor interpretados unos personajes shakesperianos en la vida.

            Tengo cierta debilidad por el alguacil Dogberry (pese a que críticos de autoridad, como Harold Bloom, lo llevan mal), y Michael Keaton me hizo mucha gracia en su pellejo. Cuando vi a Nathan Fillion entrar en su primera escena tuve otro ramalazo de esperanza. Niente. No sé si Fillion carecía de interés o que Whedon no quería dirigir, pero de nuevo una actuación sosa, desvaída, aburrida.

            Y ahora, la madre del cordero. Porque “Mucho ruido y pocas nueces” tiene sus glorias en Benedicto y, sobre todo, en Beatriz, como ya vimos. Son el centro de la obra, ella en especial. Es lógico que Whedon les diera esos papeles a los dos mejores actores que tenía a mano. Alexis Denisof y Amy Acker, supongo, pusieron lo mejor de sí mismos. En un par de momentos me convencieron. Pero los zapatos de Benedicto y Beatriz les quedan muy, muy, muy grandes. Ni en sus soliloquios (Denisof destroza el cómico retrato que Benedicto hace de la mujer que tal vez consintiera en cortejar) ni, peor aún, en sus diálogos. Esos diálogos, una maravillosa esgrima, cauta, burlona, escéptica, enamorada, esperanzada e irónica, todo a la vez… Sólo la fuerza de las palabras como texto persistía, pero el cómo salían de la boca de los actores, el cómo encarnaban a la mejor pareja de Shakespeare (aparte de los Macbeth) fue doloroso. ¿Y a qué venía esa absurda escena de obertura, que parecía de un corto de cine indie con ínfulas? ¿Creía Joss Whedon que el público, sin ella, no iba a entender la relación entre estos dos amantes? Pues si es así, es que o el público no es muy listo o está contando usted muy mal la historia. O las dos cosas.

            Shakespeare es el más grande creador de la Literatura Universal. Tiene obras mayores y menores (y un par bastante malas). Ésta es una de las menores, relativamente. Sus comedias oscuras son mucho más ricas y “Sueño de una noche de verano” o “Como gustéis” son joyas. Tiemblo sólo de pensar que Whedon y sus muchachos se hubiesen atrevido con una de estas dos maravillas. Pero ya está bien, diantre, de que todo el mundo crea que puede dirigir e interpretar una obra de Shakespeare, estrenarla y esperar un aplauso. Si se hace bien, sin duda. Pero si se hace mal, el escarnio ha de estar en proporción a la osadía. “Mucho ruido y pocas nueces” se merece algo mejor, cien veces mejor.

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            Así que, señor Whedon, deje tranquilo al Grande. Felicidades por su casa, eso sí. Me pareció encantadora.

octubre 9, 2013

Un pueblecito en la costa

            En la llamada Época Dorada de la literatura detectivesca primero es el Orden, entendido como algo bueno, decente, lógico. Una sociedad cuasi idílica, para cierta forma de entender la vida. Luego, llega el Caos, la destrucción, la muerte. Alguien ha colado una serpiente en el Paraíso y el reptil, menos sutil que el del Génesis, quebranta la sociedad mediante el asesinato. Pero el Orden, nos dicen estas historias, magistrales o pésimas, se puede restaurar. El culpable será atrapado, la sociedad regresará a su estabilidad -esa que Maquiavelo, con su sagaz mirada, decretó como imposible.

            Los británicos, padres e hijos de la Novela Detectivesca, han dado pasos hacia su hermana, la Novela Negra. Y eso, aún en sus últimas creaciones más clásicas, sigue notándose. Broadchurch es una historia de detectives. Pero hubiera sido impensable en la Época Dorada.

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            Un viejo y efectivo Who-done-it, quién lo ha hecho, un cluedo, un relato de Agatha Christie. Un niño de once años aparece muerto en la playa. ¿Accidente? ¿Suicidio? Como los guionistas saben lo que esperamos, rápidamente se quitan de en medio esas hipótesis y la palabra recorre el pueblo, ese pueblecito idílico, soleado, de la costa inglesa que vemos recorrer a Mark Lattimer en sus últimos momentos de alegría: asesinato, asesinato, asesinato. ¿Quién ha matado a Danny Lattimer? Y queremos una respuesta, diantre. Porque, como declaró memorablemente Truman Cappote en Un cadáver a los postres, estamos hartos de finales tramposos. Nos dan una respuesta que no es (aquí estoy de acuerdo con el profesor Nahum), satisfactoria del todo, pero que, si uno es generoso, encaja con una idea que traspasa toda la serie: que los seres humanos son complejos, llenos de matices, de abismos, de contrasentidos y que la Razón y la Lógica, por más que nos gustase, no rigen el mundo.

            Tal es, para mí, uno de los méritos de Broadchurch. No es la serie a caballo entre lo detectivesco y lo negro que he visto más tenebrosa. The Fall, por ejemplo, es mucho más sombría. Y recuerdo, una vez más, con entusiasmo, la impresionante The Shadow Line. No obstante, Broadchurch no se resigna a mostrarnos un mundo bonito deformado por un crimen. El mundo no era bonito antes del crimen, sólo lo parecía. El asesinato de Danny da el primer golpe a una estructura que terminará hundiéndose, dejando, pese a las valerosas hogueras en la noche, un agujero oscuro.

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            Los actores británicos, ese gremio de respeto, sacan adelante la serie. Sin ellos, esto hubiera estado peligrosamente cerca del culebrón de sobremesa. La dirección deja en ocasiones que desear (tanta cámara lenta, tanta música resaltando momentos dramáticos, tanto primer plano). Con una dirección peor (es decente, sabe su oficio) y malos actores, ésta serie una horrenda producción de sobremesa. Los actores, ya digo sin embargo, son sólidos. Aun los personajes terciarios menos convincentes o directamente desechables tienen a un profesional competente dándole cierta vida.

            Hay cuatro personajes claramente principales: el DI Hardy (David Tennant), la DS Miller (Olivia Colman), los policías encargados del caso, por un lado; Mark (Andrew Bucham) y Beth Latimer (Jodie Whittaker), padres del crío asesinado, por otro. Cuatro grandes personajes, cuatro grandes actores.

               De ellos, quizás el más aburrido, llegando en ocasiones a la cansinez sea Mark. No es un papel muy agradecido, pero Bucham logra darle vida, cierta hondura, gracias a esa culpa que le devora por dentro. Resulta una grata sorpresa que cuando la ciudad se lanza a su caza de brujas contra el desdichado Jack Marshall (en una histeria muy por debajo de la narrada en la grandiosa La caza), Mark mantenga la compostura y sea al final, sólo al final, cuando se deje llevar por la rabia.

            Beth es un personaje mucho más jugoso y Whittaker (magnífica, suave y dulce al principio, desencajada después, con arrebatos de ira totalmente creíbles) lo exprime. Madre amante de dos hijos, esposa fiel, casada con su novio cuando apenas tenía dieciséis años, querida por todos, viviendo su vida en el centro de una pequeña, perfecta, feliz familia en una pequeña, perfecta, feliz comunidad. El asesinato quita máscaras y deja al descubierto que no todo es perfecto y casi nada es feliz. Todo el mundo, todo, sufre en Broadchurch. Como escribió Sepinwall, muchos habitantes se han refugiado en este pueblecito costero para huir de un pasado tenebroso. Nadie, sin embargo, sufre más que Beth, a quien se le arranca salvajemente una parte esencial de su vida, que descubre de repente la infidelidad de su marido, infidelidad que ayudó a la muerte de Danny, y para la cual el descubrimiento de la verdad sólo supone la pérdida de dos viejos y queridos amigos. No, el futuro, por mucho hijo en camino, mucha reconciliación que haya, no se presenta fácil ni esperanzado para Beth. La gélida conversación con la madre de otros niños asesinados (quizás la escena más devastadora de la serie) ha tendido sobre ella una sombra: eso puede ser lo que le depare el futuro y no estamos muy seguros de si logrará escapar a esa desesperante muerte en vida.

            Mark y Beth no son como los tediosos padres de las dos primeras temporadas de The killing, esos surtidores de lágrimas insufribles. Pero más interesantes aún me resultan los sabuesos del caso, la pareja de Hardy y Miller. Lo de la pareja de policías opuestos es un topicazo como la catedral de San Pablo. Ya saben la gracia de los tópicos, claro: están basados en cierta verdad y cuando funcionan, funcionan. Aquí, éste, funciona.

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            A Tennat lo tengo grabado como el décimo Doctor, pero aquí, entre el robusto acento escocés con el que este hijo de Bathgate reparte estopa entre investigados y subordinados, el gesto a punto siempre del colapso nervioso, el rictus, la mirada… Tennant me convence, aunque sobreactúa un poco, y, a medida que vamos descubriendo más sobre Hardy, su propio pasado, más entrañable, sin llegar nunca a ser del todo simpático, me parece. Momentos humillantes, como el flirteo equivocado con la dueña del hotel, o extrañamente cercanos, así la cena en casa de los Miller, lo acercan al espectador, en vez de dejarlo en un mero inquisidor misántropo, lejano y obsesivo. Su confesión ante los dos periodistas locales (físicamente parece que su esquelética figura se vuelve más ligera), aun cuando tiene un leve aire de mártir, da una satisfactoria explicación psicológica a las motivaciones, a las actitudes de este individuo en ocasiones auténticamente inaguantable. De hecho, toda su aspereza, en el último episodio, se ha convertido en una honda tristeza, en una extraña y sombría empatía para con su compañera, para con el pueblo que tanto dijo despreciar e, incluso (¿por qué no?) para con el asesino.

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            Miller. Admito que yo, como Hardy, apenas tragaba a Miller en el primer episodio. Condenada mujer llena de buenas intenciones, de sentimientos y de corazón sangrando con la familia. Pero era importante que Miller empiece siendo quien esa para que apreciemos lo que dos meses de investigación hacen de ella. Con cada sospechoso que descartan, la detective se oscurece. No siente el menor placer predatorio, sólo dolor al comprobar que su pueblo es un lugar donde todos tienen secretos, mentiras, pasado y oscuridad. Y cuando la verdad llega al fin, cuando la golpea tan de cerca, casi podríamos decir que Beth le pasa el testigo: ahora empieza el via crucis de Ellie. El último episodio, casi íntegro, es su primera estación, aunque sospechamos que le quedan muchas más. Seguramente tema verse reflejada en la hosca soledad de Susan Wrigth. ¡Qué enorme actriz es Olivia Colman, qué bien hace la transición de la jovial vecina-madre-esposa-amiga a la suspicaz policía y a la hundida persona del final!

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            Los secundarios… De todo hay. El terceto de periodistas es un tanto esquemático, con la vieja reportera honrada en un extremo, la poco escrupulosa profesional de la gran ciudad (Vicky McClure, con un papel más digno en Line of Duty), en otro, y un novato en medio, con su alma, por lo menos profesional, en juego. Por cierto, esta serie muestra, por enésima vez, una de esas deliciosas contradicciones de la sociedad británica: puede devorar tabloides amarillistas, y, al mismo tiempo, despreciarlos implacablemente. No veo yo una serie de televisión española permitiéndose este retrato con periódicos reales.

            Una de los detalles astutos de la serie es el trato que recibe el vicario Paul Coates (otro conocido de las andanzas del Doctor, Arthur Davill). Siendo el pastor, relativamente joven, del pueblo, encima profesor de informática, tenía todas las papeletas para ser un personaje débil, cobarde, turbio o, en el mejor de los casos, un pardillo. Nada más lejos de la realidad. Habla con humanidad (casi es el único que lo hace), con Beth sobre su pérdida, sin imponerle su propia fe. Cuando habla de Dios lo hace sin proselitismos detestables, aunque sus palabras tampoco son como para lanzar cohetes teológicos. Da dos sermones en la serie, el primero una bronca de cuidado a la comunidad por su perversa paranoia, que se ha cobrado la vida de un inocente; el segundo, un dolorido intento de que la comunidad ponga su esperanza en el perdón, no en la venganza. Es de los pocos que da la réplica a las acerbas insinuaciones de Hardy. ¡Si hasta parece que se ha ligado a Becca, que no es ninguna mosquita muerta!

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            Chesterton escribió un muy buen ensayo sobre cómo montar historias de detectives. Y uno de sus consejos era que el escritor se pelea contra el lector, quien le pedirá cuentas de cada detalle. Si algo se dice en la historia, es que tiene importancia para la historia. Descubrir lo contrario roza la estafa. Broadchurch no cae apenas en ese fallo Casi todas las tramas psicológicas (en cuanto a los personajes) y policiales (en cuanto a la investigación) se cierran con acierto. Las historias de Marshal y Wrigth, cada una con sus peculiaridades, resultan satisfactorias, al tiempo que sombrías, aunque el parentesco de Susan con el pesado de Nige es bastante forzado. La hermana de Miller, que sobraba por todas partes, es una equivocación, aunque no lastra demasiado.

            Uno de los mayores errores es el personaje del “médium”. Se le dedica tal cantidad de tiempo y de importancia psicológica que algo debía significar. Pensé, en un inicio, que era sencillamente, una muestra más de los buitres que rondan a las gentes que han sufrido una desgracia. Podía haber quedado ahí; pero los guionistas insistían en sacarlo a escena e incluso a darle pátinas de credibilidad. Vamos a ver. A mí un buen vidente no me estorba nada en Twin Peaks, o en Expediente X. Me molesta, y mucho, aquí. Esta historia no va de fantasmas, ni de aparecidos, ni se admite el menor elemento ultraterreno. Es una serie con vocación de realismo o, al menos, de verosimilitud, jugando según las reglas de la vida cotidiana inglesa contemporánea. Luego ese médium que, encima, parece que tiene algo de razón, es un patinazo de cuidado.

            La serie se hubiera beneficiado, pienso yo, de un capítulo menos o dos. De un guión más comprimido, eliminando escenas repetitivas, planos que subrayan demasiado el estado emocional de los personaje o, directamente, trampas (¿a qué diantre venía hacernos creer que Nige había matada, ballesta mediante, al perro de Susan?). Aun así, sus defectos no superan a sus virtudes y son ocho horas de televisión británica dignas. O, como me resumió un amigo: forma impecable, historia correcta. No es poco.

octubre 2, 2013

Telón: un epílogo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:39 pm
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            V de vendetta es complejo. No nos ofrece los héroes y villanos al uso. La figura del antihéroe, que nació hace ya tiempo, tuvo una poderosa encarnación en las novelas negras americanas y hoy día reina soberana en la televisión, bajo la enseña de criaturas tales como Tony Soprano o el extraordinario Walter White/Heisenberg, encuentra también aquí un hábitat. La moralidad de los personajes principales es sutil, matizada. Resulta difícil aceptar por entero, sin poner ningún “pero” a casi cualquier ciudadano de esta Inglaterra distópica. Desde luego, sólo un fascista apreciará al Líder, pero se puede sentir cierta empatía conmiserativa por el dictador en su caída. Nadie, en cambio, sentirá algo positivo por Helen Meyer y los demás líderes del Partido, incluyendo a su patético marido. Son miserables desde cualquier punto de vista. Son títeres que se creen titiriteros.

            Aún más difícil es determinar nuestra posición con respecto a Finch. Tanto él como Dominic son personajes positivos. Sin embargo, colaboran con una dictadura. Son parte de un sistema brutal, inhumano. Son un recordatorio de que cualquiera de nosotros podemos colaborar (estamos colaborando, tal vez) con un sistema político, económico o social que se basa en el terror, la violencia, la dominación, cruda o insidiosa. Ambos, sin embargo, logran salvarse. O, al menos, los dejamos en los inicios de su salvación.

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            Quizás el lector simpatice más con Evey. Quizás, por usar la vieja figura de la contemplación, la vea como al personaje que reemplazaría de verse atrapado en la Inglaterra de Destino. Quizás el lector haya evolucionado ideológicamente de manera paralela. Quizás ya no vea la realidad como un lugar tan tenebroso como inmutable. Habrá pasado por el desconcierto, por el miedo, por la duda, hasta alcanzar ciertas repuestas. O puede que no.

            Y, sin duda, seguiremos observando al hombre de la máscara con temeroso respeto. A distancia. Salvo los dogmáticos del status quo y los dogmáticos de la acción directa. Menos los que rechazan por completo todo quebrantamiento del sistema establecido y los que aplauden ciegamente la violencia.

            Pero los que rechazan la violencia y el asesinato (igual que Evey) quedan pensativos ante la alternativa de no luchar contra el totalitarismo. La figura de V es tentadora (con las implicaciones que tiene el término) y muy complicada. ¿Es un terrorista o un resistente? ¿Hay en verdad diferentas objetivas entre uno y otro, al margen de las definiciones legales? Para los nazis la Resistencia francesa era un grupo terrorista. Para la Francia liberada, patriotas heroicos. Y ejemplos aún más enrevesados los encontramos nada más escuchar las noticias.

            Desde una posición de rechazo completo a la violencia, no se puede admitir las tesis de V. Pero recordemos que V no es un héroe. Ni Moore ni Lloyd nos lo presentan como tal. Y aunque podamos caer seducidos por el personaje, en ningún momento nos dicen que su camino sea el único posible. Cierto, nadie en la obra es capaz de vencerlo en el terreno de las ideas. Pero es que no hay nadie más con un sistema ideológico acabado frente a él. Salvo el fascismo.

            Para Evey, aparte las razones afectivas, el camino de V es el pasado. No piensa recorrerlo. Rechaza el asesinato. Aunque honra al asesino que destruyó la era de los asesinos.

            Es el lector quien debe decidir por sí mismo si la reacción de V frente a la intolerable realidad que le tocó vivir es acertada, correcta o inevitable. Si no había elección. Si era el mejor camino para permitir la llegada de la Humanidad liberada, la era de la Anarquia. V de vendetta no es moralizante, no es una fábula, no da respuestas sencillas y comprensibles para realidades complejas. No es esta su virtud más pequeña.

            Un comic tan sombrío en su contexto es, en cambio, luminoso en su trama. Relativamente. Es una luz oscura, ensangrentada, la que recorre la lucha. Pero hay lucha. Al contrario que en 1984, donde Winston está condenado desde el principio a la derrota frente al Gran Hermano, aquí la victoria es posible y, de hecho, se materializa.

            Aunque a medias. Sólo asistimos al triunfo del manipulador, del genial V. Asistimos a su destrucción del fascismo. La construcción no se nos muestra. El final queda abierto. Lo cual, si bien se mira, era el único final acertado. Una obra de estas características puede terminar definitivamente, con el triunfo del despotismo, como hizo Orwell. O puede dejar una esperanza, como hacen Moore y Lloyd. Para finales pastelosos, ya tenemos a Steven Spielberg.

             Seguramente se puede decir más de V de vendetta. Pero esta crítica ha terminado, espero que cumpliendo el plan trazado.

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            Muchas gracias.

            Inglaterra por siempre.

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