Con un vaso de whisky

octubre 9, 2013

Un pueblecito en la costa

            En la llamada Época Dorada de la literatura detectivesca primero es el Orden, entendido como algo bueno, decente, lógico. Una sociedad cuasi idílica, para cierta forma de entender la vida. Luego, llega el Caos, la destrucción, la muerte. Alguien ha colado una serpiente en el Paraíso y el reptil, menos sutil que el del Génesis, quebranta la sociedad mediante el asesinato. Pero el Orden, nos dicen estas historias, magistrales o pésimas, se puede restaurar. El culpable será atrapado, la sociedad regresará a su estabilidad -esa que Maquiavelo, con su sagaz mirada, decretó como imposible.

            Los británicos, padres e hijos de la Novela Detectivesca, han dado pasos hacia su hermana, la Novela Negra. Y eso, aún en sus últimas creaciones más clásicas, sigue notándose. Broadchurch es una historia de detectives. Pero hubiera sido impensable en la Época Dorada.

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            Un viejo y efectivo Who-done-it, quién lo ha hecho, un cluedo, un relato de Agatha Christie. Un niño de once años aparece muerto en la playa. ¿Accidente? ¿Suicidio? Como los guionistas saben lo que esperamos, rápidamente se quitan de en medio esas hipótesis y la palabra recorre el pueblo, ese pueblecito idílico, soleado, de la costa inglesa que vemos recorrer a Mark Lattimer en sus últimos momentos de alegría: asesinato, asesinato, asesinato. ¿Quién ha matado a Danny Lattimer? Y queremos una respuesta, diantre. Porque, como declaró memorablemente Truman Cappote en Un cadáver a los postres, estamos hartos de finales tramposos. Nos dan una respuesta que no es (aquí estoy de acuerdo con el profesor Nahum), satisfactoria del todo, pero que, si uno es generoso, encaja con una idea que traspasa toda la serie: que los seres humanos son complejos, llenos de matices, de abismos, de contrasentidos y que la Razón y la Lógica, por más que nos gustase, no rigen el mundo.

            Tal es, para mí, uno de los méritos de Broadchurch. No es la serie a caballo entre lo detectivesco y lo negro que he visto más tenebrosa. The Fall, por ejemplo, es mucho más sombría. Y recuerdo, una vez más, con entusiasmo, la impresionante The Shadow Line. No obstante, Broadchurch no se resigna a mostrarnos un mundo bonito deformado por un crimen. El mundo no era bonito antes del crimen, sólo lo parecía. El asesinato de Danny da el primer golpe a una estructura que terminará hundiéndose, dejando, pese a las valerosas hogueras en la noche, un agujero oscuro.

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            Los actores británicos, ese gremio de respeto, sacan adelante la serie. Sin ellos, esto hubiera estado peligrosamente cerca del culebrón de sobremesa. La dirección deja en ocasiones que desear (tanta cámara lenta, tanta música resaltando momentos dramáticos, tanto primer plano). Con una dirección peor (es decente, sabe su oficio) y malos actores, ésta serie una horrenda producción de sobremesa. Los actores, ya digo sin embargo, son sólidos. Aun los personajes terciarios menos convincentes o directamente desechables tienen a un profesional competente dándole cierta vida.

            Hay cuatro personajes claramente principales: el DI Hardy (David Tennant), la DS Miller (Olivia Colman), los policías encargados del caso, por un lado; Mark (Andrew Bucham) y Beth Latimer (Jodie Whittaker), padres del crío asesinado, por otro. Cuatro grandes personajes, cuatro grandes actores.

               De ellos, quizás el más aburrido, llegando en ocasiones a la cansinez sea Mark. No es un papel muy agradecido, pero Bucham logra darle vida, cierta hondura, gracias a esa culpa que le devora por dentro. Resulta una grata sorpresa que cuando la ciudad se lanza a su caza de brujas contra el desdichado Jack Marshall (en una histeria muy por debajo de la narrada en la grandiosa La caza), Mark mantenga la compostura y sea al final, sólo al final, cuando se deje llevar por la rabia.

            Beth es un personaje mucho más jugoso y Whittaker (magnífica, suave y dulce al principio, desencajada después, con arrebatos de ira totalmente creíbles) lo exprime. Madre amante de dos hijos, esposa fiel, casada con su novio cuando apenas tenía dieciséis años, querida por todos, viviendo su vida en el centro de una pequeña, perfecta, feliz familia en una pequeña, perfecta, feliz comunidad. El asesinato quita máscaras y deja al descubierto que no todo es perfecto y casi nada es feliz. Todo el mundo, todo, sufre en Broadchurch. Como escribió Sepinwall, muchos habitantes se han refugiado en este pueblecito costero para huir de un pasado tenebroso. Nadie, sin embargo, sufre más que Beth, a quien se le arranca salvajemente una parte esencial de su vida, que descubre de repente la infidelidad de su marido, infidelidad que ayudó a la muerte de Danny, y para la cual el descubrimiento de la verdad sólo supone la pérdida de dos viejos y queridos amigos. No, el futuro, por mucho hijo en camino, mucha reconciliación que haya, no se presenta fácil ni esperanzado para Beth. La gélida conversación con la madre de otros niños asesinados (quizás la escena más devastadora de la serie) ha tendido sobre ella una sombra: eso puede ser lo que le depare el futuro y no estamos muy seguros de si logrará escapar a esa desesperante muerte en vida.

            Mark y Beth no son como los tediosos padres de las dos primeras temporadas de The killing, esos surtidores de lágrimas insufribles. Pero más interesantes aún me resultan los sabuesos del caso, la pareja de Hardy y Miller. Lo de la pareja de policías opuestos es un topicazo como la catedral de San Pablo. Ya saben la gracia de los tópicos, claro: están basados en cierta verdad y cuando funcionan, funcionan. Aquí, éste, funciona.

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            A Tennat lo tengo grabado como el décimo Doctor, pero aquí, entre el robusto acento escocés con el que este hijo de Bathgate reparte estopa entre investigados y subordinados, el gesto a punto siempre del colapso nervioso, el rictus, la mirada… Tennant me convence, aunque sobreactúa un poco, y, a medida que vamos descubriendo más sobre Hardy, su propio pasado, más entrañable, sin llegar nunca a ser del todo simpático, me parece. Momentos humillantes, como el flirteo equivocado con la dueña del hotel, o extrañamente cercanos, así la cena en casa de los Miller, lo acercan al espectador, en vez de dejarlo en un mero inquisidor misántropo, lejano y obsesivo. Su confesión ante los dos periodistas locales (físicamente parece que su esquelética figura se vuelve más ligera), aun cuando tiene un leve aire de mártir, da una satisfactoria explicación psicológica a las motivaciones, a las actitudes de este individuo en ocasiones auténticamente inaguantable. De hecho, toda su aspereza, en el último episodio, se ha convertido en una honda tristeza, en una extraña y sombría empatía para con su compañera, para con el pueblo que tanto dijo despreciar e, incluso (¿por qué no?) para con el asesino.

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            Miller. Admito que yo, como Hardy, apenas tragaba a Miller en el primer episodio. Condenada mujer llena de buenas intenciones, de sentimientos y de corazón sangrando con la familia. Pero era importante que Miller empiece siendo quien esa para que apreciemos lo que dos meses de investigación hacen de ella. Con cada sospechoso que descartan, la detective se oscurece. No siente el menor placer predatorio, sólo dolor al comprobar que su pueblo es un lugar donde todos tienen secretos, mentiras, pasado y oscuridad. Y cuando la verdad llega al fin, cuando la golpea tan de cerca, casi podríamos decir que Beth le pasa el testigo: ahora empieza el via crucis de Ellie. El último episodio, casi íntegro, es su primera estación, aunque sospechamos que le quedan muchas más. Seguramente tema verse reflejada en la hosca soledad de Susan Wrigth. ¡Qué enorme actriz es Olivia Colman, qué bien hace la transición de la jovial vecina-madre-esposa-amiga a la suspicaz policía y a la hundida persona del final!

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            Los secundarios… De todo hay. El terceto de periodistas es un tanto esquemático, con la vieja reportera honrada en un extremo, la poco escrupulosa profesional de la gran ciudad (Vicky McClure, con un papel más digno en Line of Duty), en otro, y un novato en medio, con su alma, por lo menos profesional, en juego. Por cierto, esta serie muestra, por enésima vez, una de esas deliciosas contradicciones de la sociedad británica: puede devorar tabloides amarillistas, y, al mismo tiempo, despreciarlos implacablemente. No veo yo una serie de televisión española permitiéndose este retrato con periódicos reales.

            Una de los detalles astutos de la serie es el trato que recibe el vicario Paul Coates (otro conocido de las andanzas del Doctor, Arthur Davill). Siendo el pastor, relativamente joven, del pueblo, encima profesor de informática, tenía todas las papeletas para ser un personaje débil, cobarde, turbio o, en el mejor de los casos, un pardillo. Nada más lejos de la realidad. Habla con humanidad (casi es el único que lo hace), con Beth sobre su pérdida, sin imponerle su propia fe. Cuando habla de Dios lo hace sin proselitismos detestables, aunque sus palabras tampoco son como para lanzar cohetes teológicos. Da dos sermones en la serie, el primero una bronca de cuidado a la comunidad por su perversa paranoia, que se ha cobrado la vida de un inocente; el segundo, un dolorido intento de que la comunidad ponga su esperanza en el perdón, no en la venganza. Es de los pocos que da la réplica a las acerbas insinuaciones de Hardy. ¡Si hasta parece que se ha ligado a Becca, que no es ninguna mosquita muerta!

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            Chesterton escribió un muy buen ensayo sobre cómo montar historias de detectives. Y uno de sus consejos era que el escritor se pelea contra el lector, quien le pedirá cuentas de cada detalle. Si algo se dice en la historia, es que tiene importancia para la historia. Descubrir lo contrario roza la estafa. Broadchurch no cae apenas en ese fallo Casi todas las tramas psicológicas (en cuanto a los personajes) y policiales (en cuanto a la investigación) se cierran con acierto. Las historias de Marshal y Wrigth, cada una con sus peculiaridades, resultan satisfactorias, al tiempo que sombrías, aunque el parentesco de Susan con el pesado de Nige es bastante forzado. La hermana de Miller, que sobraba por todas partes, es una equivocación, aunque no lastra demasiado.

            Uno de los mayores errores es el personaje del “médium”. Se le dedica tal cantidad de tiempo y de importancia psicológica que algo debía significar. Pensé, en un inicio, que era sencillamente, una muestra más de los buitres que rondan a las gentes que han sufrido una desgracia. Podía haber quedado ahí; pero los guionistas insistían en sacarlo a escena e incluso a darle pátinas de credibilidad. Vamos a ver. A mí un buen vidente no me estorba nada en Twin Peaks, o en Expediente X. Me molesta, y mucho, aquí. Esta historia no va de fantasmas, ni de aparecidos, ni se admite el menor elemento ultraterreno. Es una serie con vocación de realismo o, al menos, de verosimilitud, jugando según las reglas de la vida cotidiana inglesa contemporánea. Luego ese médium que, encima, parece que tiene algo de razón, es un patinazo de cuidado.

            La serie se hubiera beneficiado, pienso yo, de un capítulo menos o dos. De un guión más comprimido, eliminando escenas repetitivas, planos que subrayan demasiado el estado emocional de los personaje o, directamente, trampas (¿a qué diantre venía hacernos creer que Nige había matada, ballesta mediante, al perro de Susan?). Aun así, sus defectos no superan a sus virtudes y son ocho horas de televisión británica dignas. O, como me resumió un amigo: forma impecable, historia correcta. No es poco.

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