Con un vaso de whisky

noviembre 27, 2018

Manchester, 1973

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:24 pm
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    Me llamo Sam Tyler. Tuve un accidente y desperté en 1973. ¿Estoy loco, en coma o he viajado atrás en el tiempo? Con estas palabras comienzan los títulos de crédito de cada episodio de “Life on Mars”, una serie británica de la que me habían llegado rumores bastante elogiosos. Así que, cuando me vi forzado a subsistir sin conexión a internet durante un tiempo, la edición en DVD que estaba disponible en una biblioteca municipal vino a ayudarme a llenar algunas horas de ocio. Y, siendo proclive, por las circunstancias, a mirar con simpatía este auxilio pre-streaming, el veredicto es un tibio “bueno, no está mal del todo”. Lo cual, lo admito, no es la introducción más seductora.

    La premisa de la serie nos la explica su mismo protagonista, como ya les he traducido con mayor o menor precisión. Sam Tyler, inspector jefe (Detective Chief Inspector en inglés) de la policía de Manchester es atropellado y cuando recobra el conocimiento sigue en Manchester, pero no en 2006, sino en 1972, degradado a inspector (Detective Inspector), supuestamente trasladado desde una comisaría de Hyde, de acuerdo con sus papeles, desarraigado por completo de su existencia y, para mayor martirio, con un guardarropa de lo más hortera.

   ¿Qué demonios ha pasado? Las hipótesis nos las plantea él mismo: o bien su vida en 2006 es una alucinación y su realidad es la de 1973; o bien está en coma y en medio de un delirio o sueño; o de algún modo ha viajado en el tiempo. Los guionistas, con un ejercicio de soberanía rayando lo arbitrario, nos dejan encerrados en ese estrecho círculo de posibilidades. Pero, qué quieren, no se nos explica por qué Tyler no puede haber cambiado de universo, como si hubiera traspasado una de las cajas del profesor Farnsworth. O haber sido abducido por hombrecillos verde-grisáceos. O ser parte de una vasta trama cósmica en la que se mezclen los Primigenios, dioses del Olimpo poco dispuestos a la jubilación y algún arcángel que pasara por allí. Nada. Hay que asumir que sólo hay tres opciones en el menú. Puro autoritarismo.

   La serie se sustenta en dos grandes pilares: la resolución de la Gran Incógnita y el desajuste de Tyler a la realidad de los años setenta. Dentro de este segundo pilar es donde podríamos encajar dos columnas secundarias, a saber, la resolución del caso policíaco del episodio y la evolución de la relación entre Tyler y el resto de personajes de la serie, en esencia sus compañeros de comisaría. Bien y en John Simm, el actor que encarna Tyler y tiene que actuar en cada escena de cada episodio. Un actor competente, que a mí me suele gustar. Aunque prefiero mil veces su interpretación de The Master, el viejo enemigo del Doctor, en “Doctor Who”, que este policía tiquismiquis.

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   Los casos policíacos no están mal, resultan entretenidos, pero no soy un espectador con mucho gusto ya por los procedimentales de episodios autoconclusivos y en “Life on Mars” hay mucho de este tipo de series. No es algo que reproche objetivamente, es una simple cuestión de gustos, aunque admito excepciones en esta tendencia mía (varios episodios autoconclusivos de series como “Expediente X” o “Justified” me gustaron y me gustan mucho). Parte de la gracia en estos casos está en la extrañeza de Tyler ante los, para él, muy desfasados métodos policiales y las, para sus nuevos compañeros, excentricidades del recién llegado ¡Grabar en un magnetófono las declaraciones de los testigos y sospechosos, cielo santo! ¡Dar importancia a la policía científica! ¡No poder soltar un par de puñetazos al sospechoso para ablandarlo ¡A dónde vamos a llegar!

   En este, digamos, desajuste de metodologías había una veta. No se sabe aprovechar. Y no se aprovecha porque la serie no sabe qué tono emplear. ¿Debe Tyler irritarse ante sus colegas menos sofisticados, dando al asunto un aire de farsa? ¿Debe horrorizarse ante lo que son flagrantes abusos de autoridad, racismo, brutalidad policial y hasta tortura? ¿Tiramos más hacia la comedia ligera o hacia la reflexión social o intentamos mezclar ambas? Sospecho que se intentó la tercera opción, lo cual es excelente cuando se hace bien y un desastre de diferentes dimensiones cuando no. En este caso, es más bien un pequeño desbarajuste. No tiene sentido que Tyler prácticamente amenace con dejar el cuerpo o detener a los policías locales y, en el episodio o escena siguiente, ante conductas iguales o similares, su reacción sea la del Payaso Triste ante una torpeza del Payaso Tonto, buscando así la serie la sonrisa o carcajada del público. La serie se vuelve inconsistente, incoherente, sin que esto esté buscado.

   Algo muy similar ocurre en las relaciones de Tyler con los demás policías, sobre todo con los dos secundarios principales.

   Consideremos primero a Liz White, personaje soso y estomagante. Parece que está ahí para cubrir una cuota, pero de cansinez. Supuestamente una mujer inteligente y capaz, hasta con una licenciatura en psicología, condenada a un puesto inferior por el machismo imperante (hasta ahí, compro), es un personaje sin gracia, ni iniciativa, ni capacidad de actuación independiente. Liz no hace nada de nada sin Sam Tyler. Por ahí he leído que su relación con Tyler es a ratos de madre, a ratos de hermana y a ratos de posible novia o amante. Nada tengo yo contra las madres, las hermanas, las novias y las amantes. Ahora bien, por todos los santos, que las madres, hermanas, novias y amantes pueden ser y de hecho muchas, en la ficción y en la realidad, seres de respeto, negativos o positivos, pero de respeto. La pobre Liz es un cero pasivo a la izquierda de Tyler. ¡Y ni siquiera nos da una razón para ello! Sam le suelta en el primer episodio (a los cinco minutos de conocerla) que en realidad es un policía del siglo XXI, y que o ha viajado en el tiempo o todo lo que hay a su alrededor, incluyendo al propia Liz, como ella le hace notar, no existe y, en vez de llamar a los chicos de las batas blancas o de sonreír, dar media vuelta y no acercarse a ese chalado en la vida, sigue estando a su lado, una y otra vez. Como si soltar esa locura fuera equivalente a llevar corbata con camisa de manga corta, algo enervante, aunque no justifique cortar relaciones profesionales (o, si uno es muy tolerante, hasta personales). Un desastre. Y de su flirteo durante las dos temporadas no digo más, que me atraganto. Deplorable.

   Queda un personaje. El sheriff de Manchester. El DCI Gene Hunt. La contrapartida de Tyler. Directo, brutal, grosero, alcohólico, implacable y para quien las normas y procedimientos son algo opcional y se acatan mientras no molesten demasiado. Como no he tenido tratos con la policía de Manchester en los setenta ni he leído mucho sobre el tema, desconozco si es un retrato fidedigno del típico inspector jefe de la época. Bien pudiera ser, aunque Hunt tiene algo de caricatura. Aún así, es un personaje llamativo y Philip Glenister sabe sacarle el jugo que tiene. Una escena con Hunt es siempre más sabrosa que una escena sin Hunt.

   El problema es que se pretendía una suerte de mutua contaminación entre Tyler y Hunt. Vamos, lo que hizo Cervantes con Don Quijote y Sancho y luego se ha repetido por casi todos los escritores posteriores. Y aquí pasa algo similar con el desajuste socio-temporal. El horror claro de Tyler en un inciio se va trcado en un reluctante respeto y hasta en una amistad inesperada (inesperada para los personajes, los espectadores lo ven venir de lejos)… para dar saltos ilógicos y caprichosos de vuelta al horror del inicio y de ahí a la amistad y a la reluctancia yasí seguimos hasta casi el final de la serie. Y lo mismo ocurre con Hunt: de no aguantar al sabihondo estirado pasa a considerarlo su protegido hasta que en una escena cualquiera vuelven a pelearse como hacía cinco episodios más atrás. No estoy hablando de grises, de ambigüedades en la relación. Los guionistas hacen que se lleven como el perro y el gato o como hermanos fraternos como quien enciende o apaga una bombilla.

  Queda la Gran Incógnita. Y aunque era muy consciente de que era la zanahoria de la serie y sospechaba que cuando se diera la solución ésta sería más bien un conejo sacado de un sombrero en lugar de un rompecabezas cuyas piezas se nos hubieran ido ofreciendo, es la parte que más disfruté. Pero sólo por ella misma, no por quién estaba en el laberinto. De hecho, lo que le ocurriera a Sam Tyler me daba igual, porque Sam Tyler nunca me importó un bledo. Aún así, era entretenido verle busca pistas en sus encuentros (¿casuales?) con gentes de su pasado. Su padre. Su madre. La madre de su futura novia. Delincuentes con los que tratará (¿o trató?). Y oye voces, con mensajes crípticos. En una emisora de radio. En un programa de televisión. En una llamada de teléfono. En pesadillas. Y sólo él escucha esas voces. Las escenas en las que parece que la realidad setentera se resquebraja son las más interesantes y formalmente dignas de la serie. Mi demonio particular de Tyler favorito es una niña con un globo rojo y un payaso de peluche que aparece en la carta de ajuste de la televisión, a las tantas de la madrugada.

   Finalmente el misterio se resuelve. Sin destripe, es una de las tres hipótesis que nos han estado repitiendo todo el rato. Primero se amaga con darnos una que no encajaría con demasiados detalles de la serie y, finalmente se nos revela la verdad. Casi seguro. El epílogo de la serie es un tanto contradictorio con todo lo que se ha estado mostrando previamente y con la psicología de Tyler. No lo puedo discutir con detalle sin desvelar buena parte de la trama y ya me he extendido más de lo que pretendía. Diré, sencillamente, que me quedó la sensación de estar ante un final que pretendía ser al mismo tiempo irónico, ambiguo y abierto y que, al contrario, me dejó una regusto de truco barato y un tanto incoherente.

   Como ven, no puedo, de buena fe, decirles que la estancia en Manchester, 1973, sea memorable. Pero, en fin, si no tienen otro lugar que visitar…

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