Con un vaso de whisky

mayo 22, 2018

Tras la catástrofe

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 9:35 am
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    Me van a perdonar que tiemble un poco al teclear, porque no sé si estaré a la altura de la tarea. Que me quite las sandalias literarias. Porque voy a escribir algunas impresiones sobre la primera temporada de una serie desconcertante y cercana, bella y extraña, asombrosa y áspera. Una serie que bien puede hacer estremecer al espectador y de la que puede decirse (perdonen la segunda referencia bíblica) “qué terrible lugar es éste”. “The Leftovers”. Los Restos.

    La premisa de la serie la supongo conocida, pero la voy a resumir: un día, el 14 de octubre de 2011, de modo repentino, el 2% de la población mundial desparece en un instante. Es lo que se conoce como “The Sudden Departure”, la Partida Súbita (las traducciones que haré de ciertos términos será la mejor que logre dentro de mis limitaciones; cuando se topen con un traductor, invítenle a una copa, que son un gremio esforzado y dignísimo). Tres años después, nos dejamos caer en la ciudad de Mapleton, Nueva York, donde transcurrirá, con pocas excepciones, la mayoría de la temporada. Y la ciudad, como el mundo, ha cambiado desde esa fecha fatídica.

    Una gran virtud de la serie es la ausencia total de explicaciones sobre la Partida. En algunos episodios se escucha a líderes de las comunidades científica y religiosa igual de desconcertados. La gente de ciencia, la gente de fe, la gente de ciencia y fe están perdidas, nadie sabe qué ha sucedido, cada cual busca sus propias respuestas. Y los espectadores están como ellos. No se dirá desde qué perspectiva hay que contemplar los hechos. Se respeta la libertad del que ve y oye lo que ocurre. Hay, sí, pistas y mensajes, parece, que va recopilando uno de los personajes principales, el jefe de policía de Mapleton, Kevin Garvey. Pero, ya lo veremos, teniendo en cuenta tanto los emisores como el receptor de dichos mensajes, pueden tomarse los mismos con notable escepticismo. Inteligentemente, el personaje que parecería el más indicado para dar la explicación religiosa más obvia (que la Partida es el Rapto, the Rapture, creencia de algunas iglesias evangélicas según la cual los elegidos serán arrebatados de improviso y llevados a los Cielos), el reverendo Matt Jamison, la combate con ferocidad.

    A mí me tienden a gustar mucho las tramas y las subtramas, los complots y las conspiraciones, los misterios y los laberintos. Me suele gustar una serie astuta de enigmas si luego da respuestas correctamente encadenadas a esos enigmas, aunque sean respuestas implícitas. O sea, justo lo contrario de lo que hizo la célebre estafa llamada “Perdidos”. “The Leftovers”es su opuesto. Menciono “Perdidos” no sólo porque me parece representativa (hay quien menciona a “Twin Peaks”, sobre todo su reciente última temporada, como ejemplar estafa, pero eso es no entender nada de Lynch, a quien lo de dar sentido a nada jamás le ha preocupado lo más mínimo), sino porque comparten responsable, Damon Lidelof, a quien he empezado a tener en más estima.

    Al contrario que en las andanzas de los habitantes de la Isla, en “The Leftovers” lo que importa aquí no son las tramas. Son los personajes, de los más cercanos a ser personas de los que he visto en mucho tiempo. Ellos y sus relaciones, sus sentimientos, sus emociones. “The Leftovers” es la serie más emocional que conozco. Y la menos sentimental. Esto me dejó perplejo y maravillado. Ni quienes me recomendaron la serie ni yo mismo somos fáciles de conmover, se lo puedo asegurar. Pues bien, hay momentos en algunos capítulos que se forma un nudo en la garganta. Si uno se ríe en otros, sospecho que es por mecanismo defensivo o porque, como decía Leonor de Aquitania en “El León en Invierno”, sonreír es nuestra forma de mostrar desesperación. Uno de esos recomendadores me dijo que había comenzado a llorar en una escena de una temporada posterior, primera y única vez que le había ocurrido ante una obra de televisión. No me sorprende. Esto es una prueba de la inmensa calidad de esta serie como aparato narrativo y emocional.

    Voy a repetirlo, porque quiero que quede claro: no es una serie que busque la lágrima fácil. No manipula de modo obvio al espectador. Lo conmueve. Busca la compasión, la conmiseración. El padecer con, el sentir con los personajes. Es, así, muy dura, muy áspera, en ocasiones de una crueldad refinada. Dos de los mejores episodios, centrados en dos personajes secundarios que van creciendo, Matt y Nora, rozarían el sadismo si no fuera porque la óptica de la serie es más melancólica y compasiva que malévola (el espectador, claro, puede adoptar la otra perspectiva). El tercero, centrado en Matt, (un inmenso Christopher Eccleston, aun sin su acento escocés) merecería sermones y artículos sobre teología e ironía y puede defenderse que es demostración del axioma “Ninguna buena acción queda sin su justo castigo”. El sexto, protagonizado por Nora (Carrie Coon, la mejor actriz de la serie, para mí, un talento extraordinario) logra que penetremos en la mente y alma de uno de los personajes más reservados de la serie que se revela como uno de los más conmovedores y tiene una escena, la de un abrazo, que no sólo es un do de pecho interpretativo de Coon sino que, sólo por ella, se justifica una subtrama bastante cansina de la serie.

    Este inmersión emocional se consigue por una conjunción virtuosa de guión, dirección, actuación (con escasas y deshonrosas excepciones, actores de sobresaliente) y música. Voy a parar un segundo aquí. La serie emplea bien canciones y música compuesta al margen de la serie. Pero es la banda sonora original la que destaca. La partitura es de Max Richter, uno de los grandes compositores contemporáneos (no dejen de escuchar su recomposición de “Las cuatro estaciones”, de Vivaldi) que aquí está, sencillamente, en estado de gracia. Ese piano y esas cuerdas. Sin ellos la serie no sería igual ni tendría el mismo efecto turbador.

Ahora, sí, no puedo analizar ciertos aspectos sin revelar parte de la trama. Ya les he dicho que eso no es, ni con mucho, lo más importante, pero si no han visto esta primera temporada, siempre es mejor verla con poca información.

   La serie tiene en su centro (aunque se va volviendo coral, a medida que avanza) en la familia Garvey. Los Garvey son una familia atípica en este mundo: ni uno sólo de sus miembros es uno de los Departed (Los Que Partieron). Pese a ello, es una familia rota. Laurie, la madre, se ha unido a un grupo sectario, The Guilty Remnant (Los Que Permanecen Culpables o Los Culpables Que Permanecen). Jill, la hija y Kevin, el padre, viven juntos, pero como extraños que apenas se hablan, Jill encerrada en sí misma y en su dolor, Kevin temiendo estar perdiendo la cabeza. Tom, el hijo, está lejos, en otra especie de secta dirigida por un enigmático sanador con un harén de jovencitas asiáticas llamado Wayne.

    Un apunte rápido sobre Wayne: su subtrama es la más aburrida de la serie. Empieza como un misterio con tintes sobrenaturales que se deja sin concluir y, aunque queda al criterio del espectador si era un estafador, un loco o en efecto alguien con habilidades excepcionales, podría quitarse toda su parte, así como las escenas de Tom y Christine sin problema; salvo por esa escena del abrazo con Carrie Coon y el encuentro final de Wayne con Kevin.

    Que esta familia, como el resto de personajes, no vivía en el paraíso en la Tierra antes de la Partida se nos revela en el estupendo penúltimo episodio de la temporada, que permite reinterpretar y comprender bastante de lo que hemos visto antes. Pero era una familia, cuya aniquilación desquicia a sus miembros. En este sentido, la serie, podría defenderse, toma partido de la máxima aristotélica del hombre como animal social, que no puede vivir en soledad absoluta sin hacerse daño. O, como sentenciaba Yavhé en el Génesis “No es bueno que el hombre esté solo”. Todos los personajes se sienten abandonados, solos y vacíos en este mundo y cada cual trata de poner remedio como puede: aferrándose a rutinas ritualísticas como Nora; emprendiendo cruzadas más o menos loables como Matt; cayendo en un hedonismo en el que nadie parece disfrutar ni un poco, como los amigos de Jill o los asistentes a la convención a la que Nora acude; fingiendo que el mundo es, en esencia, el mismo que antes, como la alcaldesa o Kevin. A ninguno les funciona.

    Y frente a todos ellos (su mayor rival empieza siendo Kevin, pero termina siendo Matt) se encuentran la secta de los Guilty Remnant. Es uno de los hallazgos de la serie (y, supongo, de la novela en la que se basa esta primera temporada, de Tom Perrota). Vestidos siempre de blanco (aunque de gusto más bien escaso en la ropa). Fumando un cigarrillo tras otro como parte de su hermético conjunto de creencias. Perpetuamente silenciosos, comunicándose, entre sí y con los demás sólo mediante notas escritas. Pasivo-agresivos de matrícula de honor, siguiendo, acechando, contemplando a los demás habitantes de la ciudad, provocando, de modo planificado, su animadversión, su hostilidad. Boicoteando cada acto que conmemora la Partida o intenta que la vida continúe como antes. Insistiendo, de un modo u otro, que el mundo ya no es el que era, que todo ha cambiado.

   Este grupo sectario es muy sugerente. Aunque hay noticias de que sectas y grupos extremistas religiosos se han multiplicado desde la Partida (de tal modo que una agencia federal ha asumido las competencias de lidiar con ellos y uno de sus agentes, en una conversación telefónica que no se puede estar seguro de si tiene lugar en realidad o no, hace una oferta siniestra y tentadora al pobre Kevin) los G.R. (por abreviar) son muy particulares. Para empezar, no son religiosos. Son una secta nihilista y, aunque no se diga de modo explícito, para mí que atea o, al menos, agnóstica (ni un nihilista tiene que ser ateo ni un ateo, nihilista, por supuesto). Parte de su credo se nos revela por la líder local, Patti, la gran villana de la serie, una genial Ann Dowd, en dos conversaciones en las que rompe su voto de silencio. La aniquilación total de los sentimientos, del pasado, de los recuerdos, de las relaciones, de la individualidad. Los G.R. viven en comunidad, nunca están solos, pero realmente no están acompañados porque sólo los individuos pueden hacerse compañía unos a otros y su fin es desaparecer en un cuerpo mayor. Son una secta organicista y totalitaria. No es esto lo mismo que el misticismo negativo de autonegación (aunque este misticismo tiene sus derivaciones perversas) porque el mismo busca, en última instancia, conectar el yo del místico con la deidad, y la autoanulación no quiere destruir al individuo, sino los obstáculos para esa comunión. Sin embargo, como buenos manipuladores, los G.R., y sobre todo Patti, saben perfectamente cómo tirar de los hilos del sacrificio y la abnegación hasta lograr una vocación de martirio que permite la ejecución de sus propios miembros o el suicidio.

    Laurie, (espléndida Amy Brenneman, da un recital mudo; su cara al mirar el monitor donde puede o no estar el feto es impresionante), es la segunda de Patti. Seguidora leal que acaba ocupando la cabecera al faltar la líder, se aferra a los dogmas con más ahínco cuantas más dudas le surgen (esa escena del silbato). Arrastra a la débil Meg hasta convertirla en una seguidora devota, pero no puede evitar que el horror se pinte en su rostro al ver a Jill entrar en la casa comunitaria. Y por fin rompe su silencio para intentar salvar la vida de su hija y se aparta de este grupo como consecuencia del gran triunfo de los G.R., de la gran catarsis que estaban buscando, de la gran explosión de odio, rabia y cólera que, con implacable precisión, han ido preparando y que Meg celebra con una sonrisa de orgullosa suficiencia.

    Esa catarsis es la que intentaba en un primer momento evitar Kevin, uno de los pocos que se dan cuenta del peligro para la paz social que suponen los G.R. Sin embargo, a Kevin le vienen encima otros problemas. Su sentimiento de culpa por haber estado siendo infiel a su mujer en el momento exacto de la Partida, sus intentos por no perder a su hija, su existencia a la sombra de su padre y sobre todo el miedo a la locura, relacionada directamente con ese mismo padre, (Scott Clenn, siempre un placer), encerrado en un hospital psiquiátrico. Pero, ¿está loco Kevin Garvey Senior? ¿Son las voces que dice oír fruto del delirio, como todos piensan, o es un loco de Dios o de quien sea que sea la fuerza detrás de la Partida? Queda a criterio del espectador. La serie es habilidosa con Kevin hijo: sus sueños y lapsos sin conciencia se pueden explicar desde la enfermedad o desde lo sobrenatural (recuerden, es nuestro mundo, con sus regalas, pero uno mundo nuestro en el que efectivamente ha tenido lugar algo como la Partida). El inquietante personaje de Dean, el cazador de perros, parece al inicio alguien que sólo Kevin escucha y ve. Pero aun cuando otros empiezan a interactuar con él, su misterio no se disipa. Incluso la brillante Patti es incapaz de descubrir nada de él. “Es usted un fantasma”, le dice. “Prefiero considerarme un ángel de la guarda”, replica este hombre brutal… que también escucha voces. Todo cuanto Kevin va descubriendo sobre sí mismo le llena de horror. Justin Theroux interpreta muy bien la angustia vital de este hombre atrapado. ¡Ah, las camisas!

   De algún modo, Kevin encuentra improbables aliados en una pareja de hermanos. Por un lado, Matt, el clérigo, aunque el policía no sea un hombre religioso. Menudo tipo, Matt. Casi sin feligreses, empeñado en recordar a la gente que Los Que Partieron no eran santos, aunque le partan la cara una y otra vez, cuidando de modo abnegado y amoroso a su mujer paralítica (Janel Moloney, una conocida de “The West Wing”), seguramente en parte también con un agudo sentimiento de culpa. Que luego se empeña en tratar de traer de vuelta al mundo de los vivientes imperfectos a los G.R. Sus fracasos perpetuos no hacen mella en su ánimo. Es difícil no sentir simpatía por Matt, aun sin compartir su fe o sus cruzadas o decisiones. Y por supuesto que escoge un pasaje del Libro de Job (del que ya hablamos aquí, aquí y aquí) para ese clandestino y nada inocente enterramiento de Patti.

   Por otro lado, Nora Durst, con la que inicia una relación. El espejo de los Garvey: ellos no perdieron a nadie en la Partida. Ella, a toda su familia. Pese a ello, durante mucho tiempo, parece el personaje más estable y controlado de la serie. Sigue con su vida. Tiene un trabajo gubernamental, una especie de funcionaria del censo de los que se fueron. Incluso juega a usar el sentimiento de difusa lástima que provoca en el pueblo para salir impune de pequeñas faltas. Pero en su casa sigue manteniendo todo exactamente como estaba cuando desaparecieron los suyos (hasta hace la compra para tener los mismos alimentos que entonces y no cambia le rollo de papel de cocina) y hace que prostitutas le disparen con un revólver al pecho protegido por kevlar. Carrie Coon, ya lo dije, pero lo repito, hace un papelón, y no hay premios bastantes para ella. La escena en la que descubre a los muñecos de su familia en la cocina pone los pelos de punta. Y, en ese mismo capítulo, recibe a Kevin, Jill y al condenado perro (qué detalle más bueno) con el bebé abandonado de Christine en brazos. Dos caras, el mismo personaje, la misma actriz. Es de quitarse el sombrero.

   Me he extendido más de lo que pensaba y podría seguir escribiendo. Voy a abandonar aquí la reseña. Sólo me resta por insistir: esta es una de las series más originales, inteligentes, duras y humanas que he visto. Tras la catástrofe, aún hay humanidad, amor y belleza. Al lado del dolor, de la desesperación y de la locura. Como el trigo y la cizaña, creciendo juntos.

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mayo 12, 2018

La hora de Leporello

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 4:04 pm
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   Equivocarse en el juicio de las personas es algo tan común como perseverar en el vicio de juzgarlas. Y lo mismo ocurre con los personajes, sobre todo con los grandes. Hay personas simples y personajes simples, igual que hay personas complejas y personajes complejos. Y también hay seres velados, que no se si sabe si ocultan sencillez o abismos.

  Al leer y releer una novela o un cuento, al ver y volver a ver una película o una serie o al escuchar o (si el bolsillo lo permite) asistir varias veces a la representación de una ópera, hay ocasiones en que cambian nuestras opiniones y perspectivas sobre uno o varios personajes. Tal vez hemos sido nosotros los que hemos cambiado y apreciamos matices que antes no veíamos. O puede que, habiendo apreciado al personaje en su justa medida desde un inicio, lo que antes nos parecía meritorio ahora ya no tanto o viceversa. Otras veces, simple y llanamente, no habíamos entendido nada y ahora, de repente y casi siempre con ayuda, entendemos.

   Esto último me ha ocurrido con Leporello, el criado de Don Giovanni. Escribí en su día que Leporello me molestaba un tanto y que me hubiera gustado un fool shakesperiano en la ópera, en vez de este siervo que creía de poca monta. Me siguen gustando los fools, pero ¡qué equivocado estaba con el lacayo del gran seductor!

   Por suerte, tiene uno amigos más inteligentes y cultos que quien esto escribe. Uno de ellos me ayudó a comprender mi error. Ojo, me vino a decir, fíjate que Mozart ha hecho de Leporello un bajo, igual que Don Giovanni, igual que el Comendador. Aparte de la sugerente teoría de que los tres personajes están ya muertos al empezar la obra, esto implica una igualdad estética entre el centinela del viejo orden, el libertino protagonista y el criado. Esto es mucho, igualar a un plebeyo con dos aristócratas. Es la misma inquietante, para el Antiguo Régimen, posición que alcanza Figaro, frente al conde de Almaviva.

   Don Giovanni, luciferinamente jovial, seduce, miente y engatusa son desparpajo. Sin embargo, es bastante descuidado. Tiene una confianza en sí mismo tan absoluta que casi parece no dar importancia a ser atrapado en falta. Desestima los detalles con desdén de gran señor. Y de esos detalles se ocupa, diligente, Leporello. El criado lo sabe todo sobre su empleador y sus andanzas. Las apunta, las estudia, casi las soba, las considera, con no poca envidia y admiración. Leporello podría destruir a Don Giovanni en un momento, gracias a la información que posee. No lo hace, así que ni es un rebelde ni es un justiciero moralista. Pero tampoco la usa para controlar, dominar o chantajear a su patrón, para volverse el amo de su amo. En ese sentido, Leporello sigue siendo, desde el punto de vista de la historia, ya que no de la música, un ser pasivo y subordinado.

   Salvo en un momento. Su momento. Su aria.

   Leporello despliega su lista ante la pobre Doña Elvira. Y , por una vez, goza como un demonio, sádicamente, restregando la sucia verdad en la cara de esta pobre enamorada. Es el único momento en que el criado utiliza parte del devastador poder que encierra su libreta de notas. No tiene arrestos para hacerlo frente a su señor (quien, por otro lado, es conocedor de esa libreta y le importa un bledo), sino que, de un modo vicario y vil, disfruta dando alfilerazos malévolos a la amante de ayer, que se creía la de hoy y la de mañana.

   Leporello no es un defensor del viejo orden y sus supuestas virtudes, como el Comendador, su hija o el insufrible prometido de ésta. No es, porque no puede serlo, un amoral ególatra, grandioso en su carisma negativo y en su vitalismo nihilista. Leporello, en realidad, no encaja en la obra ni en el mundo. Porque es un hijastro del tiempo, como diría Vasili Grossman, de una época que aún no ha llegado pero que podría ayudar a traer, si se decidiera. Quizá no sea capaz.

   Ése el único instante en que Leporello paladea el poder del que dispone. Pero este momento es muy importante. De aquí surgirán otros, en la Historia y la Literatura, otros plebeyos, otros siervos con libretas, con notas, con información, como nuestro viejo amigo lord Baelish. Y no se contentarán con una simple burla a una mujer despechada. Recogerán el legado de Enguerrand de Marigny y de Guillaume de Nogaret, de Thomas Cromwell y Walsingham o Cecil, de Antonio Pérez y los superarán a todos, convirtiéndose ellos mismos en arañas universales como Luis XI. De ahí surgirá Corentin y el hombre en que en verdad se basa, el fundador de la Alta Policía, que llega hasta nuestros días, bajo muchas máscaras y siglas. Y ese genio político tenebroso, ese burgués, ese criado y espía que controlaba a quienes se suponía que servía, ese Joseph Fouché, en su encarnación teatral en “La Cena”, de Brisville, dirá, por fin, las palabras que Leporello no podía pronunciar:

   “Usted y yo no somos de la misma época. La suya está a punto de reventar de una indigestión de cortesía- y será la mía la que la suceda. El verdadero poder lo tendrán los subalternos, los espías, los delatores- y nadie sabrá nunca si está en regla porque la regla será equívoca y temible. Así es como veo yo a la policía: indefinida… proteiforme. Invisible y todopoderosa. Estará en la conciencia de todos y cada uno. Entonces, señor, eso será el Orden.”

   Leporello no es Fouché. Pero quizá sin el uno no habría llegado nunca el otro.

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