Con un vaso de whisky

junio 28, 2010

Ingenio y Absurdo (I): Un dictamen sobre Eh, Tío! como excusa

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:11 pm
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            Gilbert Keith Chesterton comienza así su breve y magnífico ensayo sobre el humor: El humor, en el sentido moderno del término, es una percepción particular de lo cómico o de lo incongruente, que suele distinguirse del ingenio, como si fuese más sutil por un lado o más vago por otro. Se trata, por tanto, de un término que no sólo se resiste a ser definido, sino que, en cierto sentido, se precia de ser indefinible; y, en general, se consideraría una falta de sentido del humor intentar definir el humor.

            A lo largo de su exposición (con su prosa ágil, aguda, brillante y alejada de la pomposidad) distingue Chesterton entre humor, sátira y absurdo:

            El ingenio es la razón sentada en su sillón judicial; y aunque los acusados también pueden recibir condenas leves, la clave radica en que el juez nunca es condenado. En cambio, el humor siempre conlleva la idea de que el propio humorista está en desventaja y se ve atrapado por los enredos y las contradicciones de la vida. […] Hay por tanto en el humor, o al menos, en los orígenes del humor, algo de esa idea del excéntrico sorprendido en una excentricidad que se jacta de ello; de alguien a quien han cogido de improviso y que se percata del caos reinante en el interior.

            Pero más tarde, y como algo propiamente inglés, nacido inglés, Chesterton da una vuelta más de tuerca: El humor absurdo puede describirse como un humor que, por el momento, ha renunciado a cualquier conexión con el ingenio. Es un humor que abandona cualquier intento de justificación intelectual y no se limita a burlarse de la incongruencia de algún accidente o farsa, como subproducto de la vida real, sino que la extrae y disfruta por sí misma […]; se trata de la locura por la locura, igual que el arte por el arte o, más exactamente, la belleza por la belleza.

            Claro, después de esto, ¿qué voy a decir yo? Por fuerza, cuanto venga a continuación, será inferior. De todos modos, se hará lo que se pueda.

            Ante todo, me pongo pedantemente jurídico, supuestamente este escrito es, como habrá adivinado el lector sagaz, un dictamen, es decir una opinión. Todo cuanto afirme con rotundidad, asevere desde el púlpito y presente como verdad clara y distinta no pasará de opinión, espero que fundada. Pero un dictamen es una opinión, criticable, atacable y destructible. Si los abogados llaman dictámenes a sus opiniones es porque con ese nombre al cliente le cuesta menos creer que valen el dinero que paga.

            Dejando esta salvaguarda detrás de mí, queda por despejar un punto. ¿A santo de qué esta opinión? ¿Es que la obra de Sergio Morán, en adelante el Ínclito Genio, se merece un estudio detallado? Es posible. No es mi intención. Lejos de mí realizar una disección fría, precisa, de sus tiras, tramas y bromas. Los he disfrutado e invito a otros a que lo hagan. Mentiría si dijera que es lo mejor jamás escrito en la literatura humorística; por otro lado, dudo bastante que este artículo marque un hito en la crítica. Pero Eh, Tío! me sirve de trampolín para reflexionar sobre lo que el enorme Chesterton (enorme en todos los sentidos) escribió en su día. Vamos, para el lector nada sagaz: como excusa..

            No habrá, entonces, referencias exclusivas a la obra de Serg… del Ínclito Genio, sino que, para ponerlo en su lugar, zumbaré de unos humoristas a otros satíricos. Me pongo a escribir sin un plan muy preciso. Salvo por dos reglas básicas.

            La primera, que, al final, trataré de desentrañar si el humor esencial de Eh, Tío! es efectivamente humor, en el sentido chestertoniano, si es ingenio, si es sátira o si es absurdo; o si puede calificarse puramente como uno de tales tipos.

            Segunda, que no pienso explicar ni un solo gag, aunque tal vez tenga que analizar la naturaleza alguno. Como dijo el Joker: ¡Si explicas un chiste, es que no hay chiste! Mis chistes son elegantes y simples. Los ves, los entiendes y ríes… ¡fin del chiste! El Joker sabe de comedia. Y de otras cosas. Ya me ocuparé de él en otra ocasión.

            Una última aclaración, retrospectiva. Citar autores es un apoyo estupendo al escribir un artículo. Por desgracia, siempre hay que omitir a otros. Esto es así, a no ser que se quiera escribir la lista de los reyes visigodos, ostrogodos y godos a secas. Sé que me he dejado humoristas y satíricos en el tintero (por ejemplo, y de nuevo me dejo muchos más, a Les Luthiers, a Swift y a Woody Allen; o a los grandes maestros, los Hermanos Marx). Y no doy a entender en modo alguno que los citados sean mejores o me gusten más (cosas distintas) que los no citados. O viceversa. Aunque me gustan más unos que otros y entre varios existan abismos de calidad.

            Entonces, ¿por qué unos aparecen y otros no? Fueron surgiendo, algunos; otros se usaron con premeditación (y nocturnidad). En fin, quien se divierta con ello, puede urdir teorías psicoanalíticas, políticas o anarcosindicalistas. Después de todo, para cada suceso del mundo se pueden exponer treinta explicaciones diferentes. Algunas, incluso, verosímiles.

            Bien, veamos, citas impecables, discurso de la defensa y líneas maestras más bien torcidas… está todo lo de mi lista. Podemos empezar.

            Imágenes: Gilbert Keith Chesterton; Morán, según él mismo

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junio 25, 2010

XXI. Edmund Lukas charla con Elspeth Voe

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 12:58 pm

         TOLIA ESTABA TUMBADO EN LA CAMA, con la cara roja. Alguien le había abofeteado. Elspeth lo abrazó, demasiado aliviada para mostrarse lejana.

            – Tesoro mío, tesoro mío.- decía mientras lo acunaba- ¿Te encuentras bien, Tolia? ¿Tienes algo? ¿Estás bien, vida mía?

            – Perfectamente.- respondió una voz- Salvo por un par de bofetadas. No hizo falta más para que chillara igual que un cerdito.

            Elspeth se volvió hacia la voz. Sentado en un butaca baja, Edmund Lukas sonreía. La Tetrarca abrió la boca, pero fue incapaz de articular palabra.

            – Buenas noches, Alteza. Reconozco que ni sospechaba vuestra faceta materna. Mis hombres encontraron a esa teniente vuestra en su habitación, con el crío de su mano. Supongo que iba a reunirse con vos. ¿La habéis visto?

            Elspeth se había levantado, con Tolia en brazos; empezó a acercarse, lentamente, a la puerta. Una daga brilló en la mano de Lukas.

            – Sentaos, por favor.

            La Tetrarca se cayó, más que se sentó, en la cama.

            – Algo me dice que ayer, cuando estabais en esa misma cama, ni en vuestros más extraños sueños hubierais imaginado una escena como ésta. Claro que, durante el tiempo que estuve aquí, yo tampoco.

            Elspeth seguía mirando al Juez Errante, demudada.

            – ¿Qué estás haciendo?

            – Buena pregunta. Tal vez restaurar el equilibrio. Anoche estaba a vuestra merced. Hoy, vos lo estáis a la mía. Tal vez sea eso, aunque no me parece la explicación más satisfactoria. Porque daría la impresión de una venganza, ¿verdad? Y esto nada tiene que ver con la venganza. Ni con el equilibrio, supongo.

            – Has asaltado mi palacio. Estás matando a soldados de las Islas Rojas. Has asesinado a mis sirvientes. ¡Has golpeado a mi hijo! ¡A mi hijo!

            – Admito que lo tradicional es que el huésped sea traicionado por su anfitrión. Aunque tampoco faltan ejemplos de lo contrario. Sin embargo, me parece que este asalto supera cuanto he oído narrar.

            La Tetrarca aferró a su hijo con más fuerza. Tolia había dejado de llorar. Por consuelo o por terror. No se atrevía a mirar al sonriente joven.

            – La República te ha enviado para acabar conmigo. Todo este tiempo has estado esperando tu oportunidad. ¿Los otros Tetrarcas han pedido mi muerte y no se atreven a hacerlo ellos mismos?

            – Ah, sois especuladora, sí. Esa hipótesis podría tener sentido, pero ¿para qué enviar un Juez Errante? Sería más discreto mandar sencillamente a los asesinos. No, dejaos de suposiciones. Izur no tiene nada que ver. Y los Tetrarcas, por ahora, menos. Esto lo hago a título personal.

            – Estás loco, entonces. Aunque me mates, aunque logres esquivar a las guarniciones que ahora mismo estarán viniendo hacia aquí…

            – No os preocupéis. Antes de que lleguen, mis hombres y yo estaremos en alta mar. Ese velero privado vuestro parece magnífico.

            La garganta de Elspeth estaba seca.

            – Pero la masacre se descubrirá. Y es conocido que unos siervos de la República eran mis invitados.

            – Sí. También que regresaron al puerto oficial. Cuantos saben que me quedé están o estarán muertos muy pronto. Los oficiales del puerto, diréis, ellos saben que dos vinisteis al palacio y sólo uno regresó. Pero tampoco pueden estar muy seguros. Dos hombres, un hombre, quién sabe. Los testigos son la menos fiable de las pruebas. Y el Comandante, el que sí podría acordarse… Bueno, ya me entendéis.

            – Los Tetrarcas no se engañarán. Romperán la alianza con Izur. O pedirán tu cabeza a cambio.

            – Es posible. Claro que, ¿tomarán una medida tan radical sin pruebas? ¿Creéis que la República admitirá alguna responsabilidad sin ellas? ¿O que los Tetrarcas se arriesgarán a perder a su aliado más fuerte? Desde luego, hará falta un chivo expiatorio. Personalmente, pienso que dos acusarán al tercero de haber planeado todo esto para conseguir vuestros territorios. Entonces, podrán declararle una guerra con justicia y quedarse con sus dominios. ¿No es lo que haríais vos?

            – Eso son delirios…- murmuró Elspeth, sin convicción.

            – Tampoco me inquieta. Beneficiar a los Tetrarcas no está entre mis preocupaciones. Aunque tendría gracia provocar una guerra, ¿verdad? Nunca lo había hecho antes. No parece muy complicado.

            – ¿Y qué quieres?- gritó Voe- ¿Para qué haces esto?

            – El incendio y la muerte de vuestros servidores son precauciones. En definitivas cuentas, me interesa que no haya testigos directos. Eso es evidente.

            Edmund se levantó, apoyó la punta de su daga en la espalda de Tolia. Elspeth rechinó los dientes. Siempre con su sonrisa helada, Lukas indicó por señas a la aterrorizada madre que le pasara el niño; y ella no se atrevió a oponer resistencia.

            – Si no lo he entendido mal del todo, Alteza, estos últimos días tratasteis de seducirme. Y con éxito, os lo concedo. Supongo que os parecía el mejor medio de matar el rato. Fue una especie de desafío, ¿verdad? O un experimento. Bueno, quiero hacer algo parecido. Sólo que vos pusisteis a prueba vuestras habilidades en mi. Yo deseo, sencillamente, conoceros mejor.

            Dio un paso hacia atrás, deslizó el crío hasta el suelo y le puso la hoja en la garganta.

            – No es un examen original, aunque sí muy eficaz. Sé que sois inteligente, culta, elegante y encantadora. Sé que, para sobrevivir en vuestro puesto, hay que ser una política de primer orden. Sé que sois capaz de engañar, de manejar a los demás. Ahora, además, sé que sois madre.

            “Hasta que no supe esto, pensaba interrogaros hasta que me confesarais algo vergonzoso, alguna debilidad, un punto flaco. Suponía que estaríamos charlando largo rato. Que os defenderías con ingenio. En fin, que pondríais a prueba mis habilidades como interrogador. Más o menos, lo mismo que vos me habíais hecho, aunque… concentrado.

            El filo tembló, acariciando la piel de Tolia. El niño miraba a su madre, con esa mirada espantosa que sólo un hijo puede dirigir.

            – Pero con este nuevo elemento a la vista,- palmeó el hombro de Tolia- podía simplificarse. Al veros entrar supe que, en efecto, no haría falta una conversación llena de agudezas. Así que, veamos. Sois política: vuestro deber es sobrevivir. Sois manipuladora: vuestro ser es controlar lo que sucede. Sois madre: vuestra razón es la vida del hijo. ¿Cómo vais a conciliarlo?

            Elspeth alzó una mano hacia Edmund, como si con eso pudiera proteger a Tolia. Habló con lentitud, midiendo sus palabras.

            – Si, según tú, tengo que controlarlo todo, mi decisión, cualquiera que sea, determinará lo que ocurra en esta habitación. Entonces, esa faceta mía no entra en conflicto con las otras dos

            – Muy bien.

            – Si como política debo sobrevivir y como madre debo proteger a mi hijo; si afirmas que hay un conflicto entre mis naturalezas; y si mi otra naturaleza no entra en conflicto con estas dos, entonces quiere decir que matarás a mi hijo, a no ser que me mates a mí.

            – Era sencillo de deducir. ¿Qué será, entonces?

            Elspeth tenía los ojos llenos de lágrimas de rabia, de miedo. Por primera vez en su vida, no era capaz de actuar, sabiendo, desde el principio, cuál de las dos opciones tomaría. De haber tenido tiempo, podría haber levantado una construcción de argumentos y contrargumentos. Ninguno, sin embargo, hubiera cambiado la decisión. Y Edmund lo sabía, lo había adivinado con la misma rapidez que ella lo había entendido en sus entrañas. Aquel joven que unas horas antes había gemido, bajo su control absoluto, ahora había sido capaz de desnudarla hasta lo más íntimo, de forzarla a lanzar a las mujeres que llevaba dentro unas contra otras, de negarse a sí misma para afirmarse a sí misma, de reducirla. Ni siquiera la manipuladora sobreviviría: porque la decisión que tomase significaría la muerte de alguna de las Elspeth Voe que ahora aún existían.

            – Bastardo hijo de puta.- susurró- Déjalo ir.

            El cuchillo se clavó atravesando el hígado. Con un aullido, la Tetrarca se derrumbó, agarrando con las manos contraídas la herida. Tolia gritó y se abrazó a su madre. Edmund permaneció silencioso, pálido, observando a la moribunda. Entonces, tuvo una inspiración. La sonrisa regresó, más inhumana que antes.

            Agarró a Tolia por los pelos, lo alzó a viva fuerza, pese a sus pataleos. Elspeth comprendió lo que iba a suceder y boqueó, desesperada. Lukas le rajó la garganta a Tolia. El cuerpo sin vida del niño cayó junto al de Voe, viva aún, por algún tiempo, según la ley natural. Pero en el que ya no vivía nadie.

            Edmund abandonó la habitación con paso torcido. Tenía la frente perlada de sudor. La sonrisa vagaba aún en su rostro, como un espectro. Cuando los Segadores, cumplida su misión hasta el último detalle, se presentaron ante él, no había señal de ella, sólo un rostro impasible.

            Sin una palabra, el grupo de asesinos se dirigió hasta el corredor que llevaba hasta el puerto privado de la Tetrarca, el puerto que los Segadores habían descubierto unas jornadas antes. Los cadáveres desnudos de los marineros flotaban en el agua: la siguiente marea se los llevaría. Los Segadores vistieron sus uniformes, levaron anclas y pusieron rumbo al punto de encuentro que Edmund había enviado a Dougal.

            El Juez Errante, con la capucha echada hacia atrás, dejó que el agua salada le salpicara, refrescándole, la mirada perdida en el mar.

junio 21, 2010

Troceando al bicho

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:12 pm

            Para retomar las Divagaciones que llevaban abandonadas un tiempo, nada mejor que regresar a los orígenes. Según los comentarios que amablemente algunos lectores han dejado -muchos otros han callado por no reiterar lo ya dicho-, la primera de todas ellas, el infame Dictamen sobre Eh, Tío!, resulta, en fin, un poco largo. Enfrentarse a él es una experiencia similar a estar ante una de esas escaleras empinadísimas, con cambios bruscos de sentido, dos maletas llenas de ladrillos en cada mano y el maldito ascensor estropeado. Y riéndose de nosotros, encima.

            Tras releerlo, debo rendirme a la evidencia. Me maravilla la perseverancia de los que han logrado terminarlo de una sentada, sin luego exigirme responsabilidades por daños y perjuicios. Como, pese a ello, ha sido uno de los artículos más visitados, he llegado a la conclusión de que se impone una reforma. En otras palabras, hay que dividir, descuartizar, trocear a ese monstruo, volviéndolo manejable.

            ¡Considérense las ventajas! De este modo, quien haya renunciado al original, con justicia, podrá acercarse de nuevo y, tras leerlo, lamentarse por no haber mantenido su decisión primera. Quien ya lo haya leído, podrá repetir la experiencia, como el que da un paseo mañanero tras correr la maratón. El señor Morán verá su ego inflado por segunda vez, creyendo, contra todas las evidencias, que lo escrito tiene en él su razón de ser. Un servidor de ustedes conseguirá tiempo para escribir más reseñas.

            Sí, siempre es sospechoso un acuerdo que sea ventajoso para todas las partes. Pueden reaccionar con escepticismo. Y si encuentran un fallo en esta argumentación, adelante los cañones. Igual hasta me obligan a rectificar.

junio 17, 2010

XX. Noche

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 9:56 pm

           LA TETRARCA PASÓ EL DÍA SIGUIENTE a su victoria evitando elegantemente al Juez Lukas. Convencida de que el joven estaría ansioso por disfrutar de nuevo de su persona, le negó la oportunidad. A través de sus sirvientes, supo que su invitado parecía taciturno, encerrado en sí mismo; que daba largos paseos por el palacio, que se quedaba mirando al baluarte de la guardia, o en mitad de un pasillo, como si no supiera muy bien por dónde iba. Incluso que había rondado un par de veces cerca de las habitaciones privadas de Su Alteza. En todo el día, no pisó ni una vez la biblioteca.

            Elspeth se deleitaba en semejantes nuevas. Edmund no gimoteaba por las esquinas, pero, era obvio, el deseo le roía, le hacía intolerable cualquier actividad. Sólo atinaba a deambular, esperando que Voe tuviera a bien darle un momento más de placer.

            En la cena, primer momento de la jornada en que se encontraron, ella apareció vestida con su habitual distinción sugerente. Trató a Edmund como a un viejo amigo, con encantador desapego. Le dio la impresión de que aquel pobre muchacho contenía a duras penas el impulso de aferrarla y besarla. Eso, que antes era un obstáculo, se había vuelto un signo de triunfo: el Juez reconocía el dominio de la Tetrarca. Ella se retiró, dejando que él mascara la nada.

            En cuanto la Tetrarca desapareció y los sirvientes se retiraron, Edmund Lukas se liberó en parte de su severo control. Y sonrió no su habitual media sonrisa: una sonrisa extraña, amplia, inhumana.

 

            EL BALUARTE QUE CONTROLABA la entrada al palacio de Elspeth Voe consistía, básicamente, en un torreón de planta cuadrangular. Era lo bastante grande como para albergar a una treintena de soldados. El torreón estaba rematado por un campanario, donde siempre había un centinela. En cuanto éste observaba algo sospechoso, hacía sonar la alarma, repicando la campana. Había una sola puerta de salida y varias ventanas estrechas abiertas en la pared de roca.

            Cuatro sombras estaban al pie del torreón aquella noche. Dos de ellas treparon con la ayuda de garfios y cuerdas. Se movían en absoluto silencio. Al llegar al campanario, uno de los Segadores desenvainó una espada curva, casi una hoz y, con un movimiento limpio, seccionó la yugular del centinela, atacando por la espalda. Ambos llevaban unas pequeñas bolsas a la espalda; su compañero, extrajo de la suya varias herramientas; con la precisión de un experto, desmontó la campana, dejando las inútiles piezas en el suelo de piedra.

            Luego, sacaron de sus respectivas bolsas unas redomas envueltas en algodón y trapos. Retirada la protección, se descolgaron por las cuerdas, arrojando por cada ventana las redomas. Al romperse, el líquido de su interior estallaba en llamas. El mobiliario, el suelo y las escaleras de los distintos pisos eran de madera. Pronto, un incendio incontrolable consumía desde dentro el torreón.

            Los guardias que estaban durmiendo se despertaron bruscamente por el humo y los gritos de sus compañeros. Confusos, tosían y se empujaban los unos a los otros. En el piso superior, un par logró llegar hasta el campanario, buscando aire limpio. Uno de ellos, además, conservaba la suficiente sangre fría como para entender que sufrían un ataque. Al encontrarse la campana inhabilitada, la golpeó con frustración. El otro había descubierto los garfios y estaba a punto de descolgarse por una de las sogas; pero los Segadores ya habían llegado a tierra: con un movimiento hábil, desengancharon los garfios, dejando atrapados a los guardias.

            Entre tanto, la guarnición atrapada en los pisos inferiores se había dirigido, razonablemente, a la salida. Los dos Segadores que habían quedado a pie del torreón les reservaban una pequeña sorpresa: habían trabado la puerta. Los desesperados guardias aporreaban, chillaban, se aplastaban contra ella. Hasta que alguien trajo un hacha y, tras apartar a empujones o con el filo a los que se interponían en su camino, comenzó a derribarla.

            En cuanto hubo un hueco suficiente, los soldados intentaron salir atropelladamente. Cuatro hoces afiladas les esperaban. Los gritos de los degollados competían con los de sus camaradas, asfixiados o abrasados, en las estancias superiores. Ni un solo guardia escapó de su baluarte.

            En el palacio, el humo había sido visto por los sirvientes. Por algunos. Otros yacían ya en su propia sangre. Más Segadores rondaban por el edifico y su jardín. Un criado se quedaba mirando, estúpidamente, el incendio: una hoja le acuchillaba por detrás. Otro corría en busca de su señora: al girar la esquina la hoz caía sobre él. O huía con sus escasas pertenencias: unas manos fuertes le rompían el cuello.

 

             ELSPETH VOE ESTABA EN UNO DE SUS SALONES, bebiendo una copa de vino, mientras leía un pequeño volumen de poesía republicana, de la última tendencia, que había abandonado la sobriedad formal por la belleza sonora. No oyó los gritos hasta bien avanzado el ataque, cuando la guarnición estaba medio muerta. Dejó la copa en una mesilla de alabastro. Salió fuera de la sala, a tiempo para ver a un Segador destripando a su copero favorito, un bello adolescente de piel morena.

            Voe no se dejó llevar por el pánico. Cerró la puerta de la sala y echó a correr; aquella pieza estaba comunicada con una habitación que daba a otro corredor. Sabía muy bien a dónde se dirigía: a la habitación de su fiel mano derecha, la cual, a buen seguro, ya se había ocupado de Tolia. Juntas le llevarían hasta el puerto secreto. Una vez a salvo, en el mar, navegarían hasta el puerto oficial.

            Sin duda, las guarniciones de la Isla, alertadas por el humo, ya habrían enviado patrullas al palacio, donde los cobardes asesinos serían reducidos. Confesarían quién les enviaba, tal vez alguno de los Tetrarcas, tal vez algún pirata con más ambición que cerebro. Luego, su castigo les haría soñar con su interrogatorio.

            Elspeth encontró a su vieja servidora muerta: un corte limpio. Ahora sí, notó el pánico en su estómago, en sus pulmones. Con un susurro desgarrado –“¡Tolia!”- corrió hasta el dormitorio de su hijito, la zona más oculta de su palacio. Estaba vacío. La Tetrarca se dobló sobre sí misma. Gimió roncamente. Se tambaleó por el corredor, hasta llegar a la piscina del patio de recepciones. Allí todo seguía igual. Y, entonces, lo oyó: un niño lloraba. El llanto venía del primer piso. Se lanzó escaleras arriba; corría como una ciega, guiada sólo por aquel sonido, lleno de esperanza y espanto para la madre. Un sonido que procedía de su habitación.

junio 14, 2010

Materia y Significado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:15 pm

            La gente de buena fortuna tiene en su haber unos cuantos individuos que le obligan a pensar, leer y beber más, a no conformarse con su nivel actual de vicios, sofismas o arrogancia. ¡Siempre más arriba! O más abajo, según el punto de vista.

            Así pues, un nuevo Enlace ha sido añadido. Si en estos dominios míos les parece que retorcemos el lenguaje o nos mostramos espantosamente condescendientes, vayan y vean. Luego vuelvan aquí. Comparen. Si necesitan un par de copas, vamos por buen camino y estos sitios cumplen su razón de ser.

            Desconozco si en Materia y Significado abundarán más las diatribas contra los falsos profetas de este mundo y de otros, la poesía precisa, la prosa seca. Probablemente no lo sepa ni el mismo cerebro tras esta obra. Sigue los pasos de Rick en Casablanca y nunca hace planes con tanta antelación. Pero, voto a bríos, es un lugar donde detenerse. Mucho me extrañará que en cada parada no nos encontremos con algo digno.

            Adelante y salud.

junio 11, 2010

XIX. Edmund Lukas charla con Johann el Tuerto

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:39 pm

           EDMUND ESTABA SENTADO EN SU HABITACIÓN, perdido en un duermevela. Esa sensación indescriptible que nos advierte de que algo ha cambiado le hizo desperezar con una sacudida. Giró la cabeza hasta su cama; un pequeño trozo de papel había aparecido allí, como por arte de magia. El joven se levantó vivamente, agarró el papel y lo leyó. Luego lo rompió en dos pedazos, lo masticó y tragó; meditó unos instantes, seguidamente sacó de su sitio la baldosa suelta, cogió un pequeño objeto de su interior, se puso su capa de viaje y salió al pasillo.

            La Tetrarca, aquella noche, reposaba en su propia estancia, paladeando lo conseguido y lo esperado. Lukas se cruzó con un par de sirvientes, que se inclinaron con respeto: no había nada extraño en un huésped que paseara por la noche. Con paso controlado, Edmund se dirigió al amplio jardín, internándose en la zona más espesa, donde los sauces formaban una maraña inescrutable. Al cabo de un rato, una figura encapuchada surgió ante él.

            – Buenas noches, Señoría. Casi nos encontráis vos mismo.

            – ¿Dónde lo tenéis?

            – Venid conmigo.

            El Segador guió al Juez hasta una zona aún más tupida. Allí estaban otros dos encapuchados, custodiando a un hombre amordazado, maniatado, sentado de modo miserable en la tierra.

            Edmund frunció el ceño.

            – Ahora, más vale que te expliques.- le dijo a su acompañante.

            El Segador susurró a Lukas cuanto había ocurrido desde que abandonaran Orchar, siguiendo sus órdenes. Durante el relato de la trifulca en la taberna, la mandíbula de Edmund estuvo tan rígida que parecía a punto de dislocarse. Cuando supo, con todo detalle, del furibundo rescate que el prisionero Johann había protagonizado, la mandíbula se relajó. Dirigió una mirada estimatoria a aquel hombre.

            – Quedaos por aquí cerca, pero no escuchéis. Cuando haya terminado con él, os llamaré.

            El Segador hizo una breve reverencia, una señal a los suyos y el Juez quedó a solas con el reo. Edmund le quitó la mordaza, se sentó en una roca cercana, apoyó los brazos en las rodillas.

            – Grimwald. Un curioso grito de guerra.

            El hombre no replicó.

            – Pensaba que, aparte de la chica por la que peleaste tan duramente, sus compañeros y yo, nadie en las Islas comprendía su significado. Porque, ¿qué importancia tiene para los isleños el nombre de una estirpe desahuciada?

            El otro sonrió torcidamente.

            – Tonterías.- dijo- Seguro que tus lacayos también conocían ese apellido. ¿Por qué iban a traerme hasta aquí por él, si no?

            – Saben que fue grande hace tiempo y que ahora no es nada.

            – Pues no quiero imaginarme lo que me hubieran hecho de ser algo.- el hombre esputó un gargajo sanguinolento.

            Edmund se inclinó, mirándole al ojo.

            – ¿Sabes quién soy?

            – No un isleño. Yo diría que vienes del continente. De Izur, igual que esos de las capuchas y los cuchillos. Yo diría que eres un espía rojinegro.

            Edmund sacó su medallón. El hombre inspiró.

            – Vaya. Nada menos.

            – No te has inmutado cuando he despreciado el apellido Grimwald. Y, en cambio, arriesgaste tu vida por una muchacha que lleva ese mismo apellido.

            – ¿Los apellidos importan más que las personas?

            – Para cierta gente, sí. Para esa chica, seguro.

            El hombre no logró ocultar una mueca dolorosa.

            – Tú tampoco eres un isleño.- Edmund buscó en sus ropas el pequeño objeto que sacara del escondrijo en su habitación- Gritaste “Grimwald” porque conoces su significado, porque sabías a quién salvabas, ¿no es cierto?

            El escorpión de oro centelleó ante el prisionero. El ojo único se inflamó.

            – Así que el honor de un apellido no significa gran cosa para ti, pero esta joya es diferente. ¿Eres un Tribiena? ¿Un Tribiena que usa el grito de guerra de sus antiguos amos en una pelea de borrachos? A mí me parece un campo de batalla digno de Ailin Grimwald. Aunque tal vez hubiera sido más adecuada una de las habitaciones de arriba. Aquí sirven para lo mismo que en la República, ¿no?

            El hombre ahogó un rugido y se tambaleó hacia el Juez. Edmund rió por lo bajo.

            – Calma, calma. Si fueras un Tribiena exiliado, te hubiera afectado más el deshonor del apellido Grimwald que este escorpión. Así que no es el símbolo, es el objeto lo que te afecta. Un objeto de calidad. Propio de una reina.

            El hombre, respirando con agitación, se dejó caer pesadamente.

            – Una Reina Perdida, que perdió un Reino y un Rey. Un Rey que se fue en busca de otra joya. Y que dejó atrás una hija, que sigue los pasos de su padre, ¿me equivoco? Una hija que vino hasta Orchar y se encontró con un tuerto. Un tuerto que luego la salvó y que no soporta oír ni la más broma más inocente sobre ella. ¿Qué conclusiones sacas?

            – Que si la tuvieras no estarías haciéndote el listo delante de un viejo. ¿O es que los criados de la República vienen hasta las Islas para apalear taberneros y luego cansarles los oídos?

            – ¿Encontró lo que vino a buscar, Desmond?

            El hombre miró al joven. Y, por primera vez desde que había recuperado la conciencia, prisionero de unos asesinos, desde que estaba ante un magistrado de la poderosa República, sintió miedo. Pero lo rechazó.

            – ¿Qué sé yo lo que vino a buscar? ¿Por qué me llamas Desmond?

            – No digas estupideces, Desmond. El Corazón… lo tenías tú, ¿eh? Por eso vino hasta aquí. Para buscarte o para buscarlo. Y ahora, ¿lo tiene ella?

            Ni una palabra, ni un gesto.

            – Pero si tú eres quien eres y lo tenías, ¿qué has hecho tantos años en esa taberna, en estas islas? ¿Te has vuelto republicano, Desmond?

            – Escucha, lacayo.- la voz del hombre se volvió orgullosa, dura- Yo no tengo ningún título, ni ningún honor, ni ningún amo. Soy un hombre libre, ¿lo oyes? Por mucho que me golpees o me ates, seguiré siendo libre, libre de ti, libre de la República, libre del Reino.

            El Juez temblaba ligeramente debajo de su capa. Su adversario se sintió poderoso, más fuerte.

            – Yo no soy ningún lacayo.- murmuró Edmund.

            – Ja, por supuesto. Tienes un título más largo, más impresionante. Te llaman “Señoría” y te besan el culo. Sigues siendo un lacayo. ¿Para qué me enseñaste tu medalla? ¿Para asustarme? Creías que me iba a acojonar, ¿verdad? Como otros. Que al ver ese símbolo me cagaría en los pantalones. ¡Porque la República de Izur estaba delante de mí, representada por un chaval que no es nada sin esa baratija!

            Edmund Lukas había agachado la cabeza. El temblor desapareció. Se pasó una mano crispada por el cabello.

            – Un Rey libre de su Reino. Tiene gracia.

            – No soy ningún rey.

            – Pues no le debes nada a la nueva Reina: ni lealtad, ni obediencia, ni silencio. ¿Tiene el Corazón Negro? Si no me dices nada, supondré que sí. Ya tengo a gente buscándola.

            – Entonces, ¿qué más te da?

            – ¿Curiosidad?

            – Pues ya lo descubrirás cuando la encuentres.

            – Cierto.- Edmund hundió la cara entre las manos; estuvieron un poco en silencio, hasta que el joven se irguió en la piedra- ¿Crees que tus empleados mantendrán tu negocio por si reapareces? ¿Que te buscarán? ¿O que asumirán que estás muerto y se quedarán con todo lo que tienes?

            El hombre se sintió confuso.

            – ¿Qué mas te da?

            – Nada. Pero tal vez a ti si te importe. O puede que no. Saber si has cambiado un trono y unos herederos por otros. En fin, tienes razón, qué más da.

            El Juez Errante se levantó, dobló hacia atrás sus brazos hasta hacer crujir la espalda y sonrió. Dio una palmada. Los Segadores reaparecieron. Cogió al cabecilla por el brazo y se lo llevó aparte.

            – Dame lo que tengas para escribir. Manda a uno de tus hombres al puerto, con ése. Que lo suelte allí. Que deje también esta nota donde se aloje el capitán Stephen Dougal. Esos isleños deben de haberlo retenido en el puerto los últimos días. ¿De cuantos hombres dispones?

            – Puedo tener aquí mañana una docena.

            – Perfecto. Que vengan.

            – ¿Y la caza?

            – Deja a algunos en Orchar. Quién sabe, puede que la encuentren aunque luego no sepan qué hacer con ella. Con siete u ocho aquí me las arreglaré.- Edmund meditó un momento- Que siempre haya alguien vigilando a nuestro invitado. No lo perdáis de vista.

            – Señoría, lo sucedido…

            – No me interesa. Cumple tus órdenes.

            La mordaza enmudeció de nuevo a Desmond y un puño bien dirigido le dejó inconsciente; la alta figura del Juez se convirtió en un borrón.

junio 4, 2010

XVIII. Los Segadores

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:17 pm

            EDMUND LUKAS HABÍA DICHO LA VERDAD: la primera vez que escuchó hablar de los Segadores fue en su época de estudiante. Pero de un modo no oficial. Porque Stephen Dougal estaba en lo cierto: los Segadores habían sido proscritos por el Consejo. Aunque hubo un tiempo en que fueron la voluntad hecha carne de los Nueve.

            Cuando la República comenzó a expandirse, mientras la Gran Asamblea se ocupaba de legislar y gestionar la vida diaria, los Nueve trazaban los planes de dominación, tanto al exterior como al interior. La Asamblea, en el futuro, sería más activa que el Consejo, pero dentro de los esquemas diseñados por éste. Fue en estos inicios cuando los Nueve crearon el cuerpo de los Jueces Errantes, para llevar la justicia republicana a los territorios en disputa. Y también cuando decidieron que el ejército y los administradores, por sí solos, no serían capaces de conquistar y mantener lo conquistado.

            Reclutaron, pues, a los mejores guerreros, espías y asesinos, los disciplinaron, los convirtieron en una casta, en un grupo cerrado, sigiloso, al margen de la sociedad. Expertos en la noche, en el secreto, en el terror, en la muerte. Un Juez Errante imponía el miedo al Estado por su presencia. Un Segador, por su sombra. Jefes extranjeros, generales enemigos, siervos renegados, oficiales demasiado ambiciosos, cualquiera que fuera una amenaza a la que no interesaba someter a la investigación de un Juez Errante, recibía una visita de los Segadores.

            Con el paso de los años, sin embargo, el mismo Consejo se puso nervioso: los Segadores habían empezado a regirse a ellos mismos, mostrando un desprecio cada vez mayor hacia las leyes civiles. Temerosos de que, más temprano que tarde, sus hábiles asesinos se transformaran en una sociedad con objetivos propios, los Nueve arrestaron a sus líderes y los ejecutaron tras un proceso sumario y convenientemente discreto; por decreto excepcional, sin necesidad de ser ratificado por la Gran Asamblea, declararon la disolución de los Segadores. Los Jueces Errantes recibieron el encargo de perseguir y acabar con cualquier resistente.

            Ahora bien, Jueces Errantes y Segadores habían convivido demasiado tiempo. Parte de los ahora únicos perros guardianes de la República siempre habían mirado con cierto desdén a sus sigilosos compañeros. Estos cumplieron las instrucciones del Consejo con celo. Otros, en cambio, mantuvieron vivos los lazos.

            Si un aspirante a Juez Errante era considerado adecuado, los escasos maestros que sabían cómo comunicarse con los Segadores dejaban un rastro de indicios a lo largo del aprendizaje. Así, unos pocos Jueces, al recibir el cargo, recibían también la información necesaria para convocar a los Segadores. Y éstos acudían: porque se habían ido transformando en una suerte de secta no religiosa, en un grupo de asesinos que buscaban bien el puro lucro, bien la perfección de sus habilidades. Ningún Segador incubaba ambiciones políticas, salvo, los más veteranos, ver reinstaurado su cuerpo y restablecido su estatus.

            ¿Y el Consejo? ¿Sabía que su decreto estaba siendo infringido por sus siervos predilectos? ¿Que sus antiguos asesinos seguían en activo? ¿Permanecía ajeno a esa realidad? ¿O tal vez la había planeado cuidadosamente, logrando que los asesinos siguieran eliminando a los enemigos de la República, sin necesidad de manchar el honor de Izur?

            Edmund Lukas había sido uno de los aprendices a los que se había proporcionado la posibilidad de conocer a los Segadores. Había interpretado correctamente las pistas, falsas y auténticas, de sus maestros; había jurado mantener el secreto. Y había hecho uso con cautela de aquella herramienta. Sólo al verse impotente para resolver de otra manera un caso los llamaba.

            Cuando Ailin Grimwald se cruzó en su camino, en cambio, Lukas avisó de inmediato a los Segadores. En una cacería tan importante, sobre todo al prescindir del apoyo del Gobernador, había que poner en juego las mejores bazas. Los Segadores no llegaron a tiempo para atrapar a Ailin en la vieja fortaleza de los Reyes Perdidos, pero siguieron su rastro hasta Lossar. Al fracasar la emboscada de Edmund, el Juez les ordenó que se trasladaran hasta las Islas Rojas. Una vez allí, cuando tuvo datos suficientes, los soltó de nuevo.

            Entusiasmados por la pieza que podían cobrarse (aunque con órdenes frustrantes de no matarla), los Segadores escudriñaron el sureste de Orchar. Los soldados de los Tetrarcas buscaban con escaso interés a unos fugitivos extranjeros, registrando los escondites más obvios, interrogando a piratas colaboracionistas que sabían poco y decían menos. Los Segadores, en cambio, calcularon, basándose en la información que Lukas había sonsacado al contramaestre del Vieja Madre, la zona de la isla donde plausiblemente se habían refugiado Silvela, sus camaradas y sus prisioneros.

            Encontraron la gruta y a una tripulación pirata revuelta. La huida de Ailin, con el secuestro de una de los suyos incluido, había encolerizado a los piratas. Un grupo fue enviado en misión de rescate- grupo acechado y reducido por los Segadores. El grupo se dirigía hacia La Conquista del Rey, para solicitar la ayuda de Johann el Tuerto. Al no poder lograr de ellos ningún dato relevante más, los desnudaron, les cortaron el cuello y los tiraron por un acantilado. Con sus ropas, pretendían infiltrarse entre la población isleña, cuando llegara el momento.

            Puesto que la Reina sin Trono y los suyos habían iniciado el viaje hacia las Islas Rojas por propia voluntad, era evidente que buscaban algo o a alguien. Era razonable suponer que se dirigirían también a La Conquista del Rey. Tres de los Segadores se instalaron en la taberna, mientras sus compañeros se desplegaban por la aldea y sus aledaños. Avistaron a sus presas, pero, dispersos como estaban, prefirieron no atacar a un grupo de seis, tres de ellos, al menos, guerreros bien entrenados. La taberna, llena de gente, era un escenario mil veces preferible para un golpe de mano.

            Pero al forzar Willer un ataque improvisado con su alboroto, al intervenir un Desmond Grimwald que parecía ser cinco hombres en combate, sus valiosas presas habían logrado huir. Los demás Segadores habían abandonado la vigilancia de las afueras, concentrándose en una pequeña casa que les servía de base de operaciones. Allí recibieron a sus derrotados camaradas, que traían como único consuelo al inconsciente Desmond. Dejando atrás el cadáver del desdichado propietario de la casa, los Segadores salieron a la poco prometedora búsqueda de Ailin, mientras unos cuantos se embarcaban para la Isla del Este. Con un prisionero que usaba un peculiar grito de guerra, para tratar de contentar a Lukas.

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