Con un vaso de whisky

marzo 7, 2016

The English is coming!

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 4:11 pm
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            Marvel está consiguiendo que algunos de sus personajes tengan nueva vida con series de calidad variada, como “Daredevil” o “Jessica Jones”, que además están logrando bastante fama. Una de las mejores, sin embargo, está pasando desapercibida y hay temores de cancelación. Sería lástima. Porque “Agent Carter” es una de las series más majas de estos tiempos.

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            Seamos claros: “Agent Carter” no es una serie que deje clavado en la silla, que haga que se te caiga la mandíbula, que logre emocionar hasta el estremecimiento o suponga un sutil placer intelectual o estético. Ni pretende serlo. Entra en la muy digna categoría de Buena Serie Sin Pretensiones. Es una serie de aventuras. Es una serie que busca entretener y que el espectador pase cuarenta minutos divertidos. Lo consigue. Parte del secreto reside en que se ha copiado una virtud de la televisión británica: la brevedad. Sus temporadas son mucho más breves de lo habitual en una serie estadounidense, lo cual evita estiramientos que llevarían inevitablemente al bostezo.

            La serie tiene, para mí, tres patas en las que se apoya, sin que ninguna chirríe amenazando catástrofe: ambientación, personajes y trama.

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            La ambientación está muy bien lograda, tanto en la primera temporada como en la segunda. El Nueva York y el Los Angeles que aparecen son dos ciudades sacadas de los comics de los años cuarenta y cincuenta, si no me engañan los recopilatorios de comics clásicos que he encontrado en algunas bibliotecas. Desde los coches, las tazas de café, los teléfonos y esas horribles corbatas norteamericanas en esas décadas (ah, Don Drapper… ¡aún quedaban años para que llegaras!), uno se siente en esa falsa década posterior a la Segunda Guerra Mundial. Falsa, porque ahí están los encantadores cachivaches de las series de aventuras y de los comics que recuerdo haber leído de muy crío, sin orden ni continuidad alguna, según iban cayendo en mis manos. Coches voladores, cañones de rayos gamma, disruptores cerebrales, prototipos de gadgets jamesbondianos… Todos explicados con palabrería pseudocientífica, muy aparente y de la que uno no se cree media palabra, pero que tiene que decirse, porque está en el pacto con el espectador. Es una serie que pulsa la tecla de una nostalgia de una era no vivida, de unos comics leídos treinta o cuarenta años después de ser publicados. ¡Y funciona! Esta gente es hábil.

            Los personajes son también más que respetables. La pareja protagonista es lo mejor de la serie. Miss Peggy Carter no da título a la serie por nada. Es la Inglesa que viene y a la que hay que tomarse muy en serio. Hayley Atwell está fantástica. Carter es inteligente, valiente, tozuda y, si se tercia, puede dar una paliza a un grupo de esbirros sin despeinarse. Es una heroína arquetípica, que es lo que la serie precisa. Su contrapartida es Mister Edwin Jarvis, mayordomo irreprochable (James D´Arcy, uno de los hombres que con más dignidad he visto llevar panamá). La relación entre Carter y Jarvis es al tiempo la más cómica y la más emocional. Por fortuna no hay ni una chispa de tensión sexual entre ellos (Carter tiene sus propios intereses en ese campo y Mister Jarvis está felizmente casado con una encantadora esposa, un papel terciario pero majo en la segunda temporada). El mutuo respeto entre ambos que se va convirtiendo en una genuina amistad está bien hilado; más aún, porque estos dos personajes jamás pierden la compostura y, sea que se estén apoyando, sea que se estén echando los trastos a la cabeza, son “Miss Carter”, por un lado, y “Mister Jarvis”, por otro. El tuteo infame es coto de los personajes yanquis.

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            El habitual cortejo de secundarios es apañado. Un Howard Stark que aparece lo justo para resultar un simpático, no estomagante, playboy frívolo y genio científico. Un interesante Agente Thompson, ambiguo, anfibio, de apariencia tosca, vulgar y brutal, al que han sabido darle un toque interesante: ni es un cobarde secreto, ni un trepa sin escrúpulos, ni un chaquetero infame, ni un falso traidor que en realidad es de lo buenos, sino que es todo eso sin acabar de ser nada por completo. Sousa, en cambio, el equivalente luminoso de Thompson, es un aburrido sin remedio: esto es, una excelente persona en la realidad, un personaje tedioso en la ficción.

            Los antagonistas están, asimismo, muy conseguidos. No quiero destriparles la serie. Les diré, pues, tan solo, que tanto los villanos de la primera temporada como la enemiga en la segunda, me sorprendieron y me sorprendieron muy gratamente. No son meros fantoches, ni tampoco seres absurdos, deformes, con nombres rimbombantes y disfraces absurdos. Son, todo ellos, individuos de cuidado, un auténtico reto para sus esforzados contrincantes. Si acaso, lo que más le critico a la segunda temporada es haber desaprovechado, hasta casi olvidarse de ella, a cierta espléndida espía soviética.

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            Las tramas son funcionales y efectivas. No hay que esperara aquí las catedrales de “The Wire” o “Breaking Bad”. Son guiones de aventuras, combinados de acción, humor y unas gotas de sentimientos. Se beben con gusto, entran fácilmente, aunque no dejan un recuerdo perdurable en el paladar. Aunque de cuando en cuando se permitan echar un chorrito de un licor más curioso al vaso, como ese simpatiquísimo número musical que sueña Miss Carter. Y, de un modo muy astuto, hay un poso más grave en el fondo de la mezcla.

            Suelo ser muy escéptico con las obras de ficción con tesis. Tienden a degenerar en panfletos o en artículos de opinión con máscara. En los peores casos, estas obras prostituyen el cine y la literatura. Ciertamente que una serie, novela o película puede tener mensaje. Pero ese mensaje no es la piedra de toque por la que debe ser juzgada como tal serie, novela o película. Una obra puede ser un alegato furibundo contra el racismo y ser una mediocridad. De hecho, convertir una obra en vehículo para un alegato es una forma nada inhabitual de hacer naufragar a la obra. Uno, qué quieren, sigue en esto a Oscar Wilde.

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            Dicho lo cual, en una obra de ficción memorable siempre hay Temas. Con mayúscula. Tomen el ejemplo de “The Wire”. Esta obra maestra es un retrato de una ciudad, una tragedia griega, un retablo de personajes imborrables, una reflexión sobre los mecanismos de la corrupción, una constancia de a dónde conduce la miseria y un sistema que produce miseria y mil cosas más. Está todo ahí. Hay que verlo y degustarlo. No nos lo meten por los ojos. Ni lastran el ritmo. Ni convierten a los personajes en meros abanderados de alguna Idea Absoluta, buena o mala.

            En “Agent Carter” hay un Tema que recorre la serie y, hasta cierto punto, la vertebra: el machismo. Es un tema que podría haberles explotado en la cara a los guionistas. Justicia para quien la merece, todo lo contrario. El mensaje feminista (excuso definir el feminismo, creo que cualquiera con cierto nivel cultural sabe lo que perseguía y sigue persiguiendo aún este movimiento) de la serie es claro, sin convertirla en un panfleto. Lo cual da más fuerza pedagógica al mensaje. Porque, demonios, quien no sienta un cierto hervir de rabia al ver cómo los imbéciles de la oficina de Nueva York tratan a Carter, por ser mujer, en la primera temporada, es un necio. Quien no se indigne contra el cliente que falta al respeto, como si fuera la cosa más natural del mundo, porque lo era, a la camarera, es un cretino. Igualmente, ¿quién no siente cierta empatía por la villana de la segunda temporada, genio científico obligada a mantener oculto su talento, por ser mujer, hasta que ese talento se le desborda y acaba siendo una científica loca y megalomaníaca a la vieja usanza? Así, el mensaje puede ir dando qué pensar a ciertos espectadores, por ejemplo, críos o adolescentes que vean la serie (me hubiera encantado esta serie siendo adolescente) y que, por ciertas encuestas que leo en la prensa, convendría que en efecto pensaran sobre estos asuntos. Y ello, insisto, sin convertir a los personajes en bustos que vocean una tesis, ni ser meros ejemplos para el espectador, positivos o negativos.

            Claro está que este posicionamiento, por muy de acuerdo con él que estemos, no convierte la serie en mejor. Sin embargo, una serie concisa, entretenida, bien hecha y con la que pasar un rato agradable, que además (además, no sobre todo) pone su granito de arena en un asunto no menor ni superado, pues qué quieren. Que ojalá tengamos tercera temporada. Y ojalá vuelva Dottie en ella, diantres.

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