Con un vaso de whisky

junio 24, 2014

Fargo: el triunfo del Caos

            “Fargo”, la serie, tenía un obstáculo del tamaño de una montaña en “Fargo”, la película. Esa obra maestra de los Hermanos Coen podía extender una sombra sobre la creación de Noah Hawley. Creo que caso todos nos sentamos a ver el piloto con una mezcla de curiosidad y reservas. ¿Sería la misma historia? ¿Aparecerían los mismos personajes? ¿Mantendría la esencia, cambiando detalles? ¿Estaría a la altura? Lo digo con rotundidad: “Fargo”, la serie, tiene poco que envidiar a “Fargo”, la película. Y ha evitado todas las trampas que se abrían ante ella.

            Porque si bien durante los primeros veinte minutos o así del piloto aún podíamos pensar que esta sería una variante del largometraje, pronto vimos que no. Ni trama, ni personajes, ni temas. Sólo la nieve.

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            Bueno, no sólo la nieve, conforme. Separándose de la obra madre, Hawley ha dejado una serie de guiños, homenajes y reverencias a los Coen. Desde los carteles mintiendo como bellacos al asegurar que ésta es una historia real, a ciertos diálogos y escenas con un sabor muy coeniano (la parábola que le cuenta a Gus su vecino es uno de los ejemplos más claros o esa comida de la mafia de Fargo); quizás mi favorito sea el hallazgo por Stavros Milos del maletín con el millón de dólares, en medio de la nada, marcado por el limpiacristales naranja, ése que dejó allí el personaje de Steve Buscemi.

            La fotografía es impecable, y la dirección de cada escena de cada episodio, sobresaliente. La tormenta de nieve, en la que todos los personajes caminan como fantasmas en medio de una ceguera blanca, me entusiasmó visualmente. La banda sonora es otro acierto mayúsculo: cada tema, ninguno muy largo, realzaba las escenas en las que era tocado y, en especial, volvía más misterioso, más siniestro, más subyugante al villano central.

            La galería de secundarios es para no parar de aplaudir: desde Colin Hanks, el triste Gus Grimson, y su hija Greta, Lou en su cafetería, o Bob Odenkirk recordando a todos que es un señor actor, al interpretar un individuo, el decente pero corto jefe de policía Bill Oswalt, en las antípodas del memorable Saul Goodman, a la pareja de asesinos profesionales Mister Numbers y Mister Wrench o los dos agentes del FBI Pepper y Budge (que entran en la serie en la mejor secuencia de asesinato en masa dentro de unas oficinas que yo he visto nunca).

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            Claro que la serie tiene tres grandes: una encarnación del caos, un criminal vil y una heroína entrañable.

            Allison Tolman lo tenía difícil: sus compañeros de cartel son actores de reconocidísimo prestigio y además tenían los personajes más sabrosos para actuar. El suyo era el de la buena de la función y los buenos son, casi siempre, unos seres sin demasiada gracia. Pero, ay, amigo, esta actriz es de respeto. Su Molly Solverson es un encanto, una más en la familia de los grandes detectives que además son humildes y llevan adelante su investigación con tenacidad, trabajo e inteligencia, sin aspavientos. Sus conversaciones con Lou, con la viuda del malhadado jefe Vern, o su simpático flirteo con Gus, tan torpe por parte de él, encima, la vuelven entrañable. Por eso es aún más satisfactorio (si uno es sádico, claro)o terrible ver cómo su mirada se va oscureciendo, a medida que el caso avanza, hasta que sólo queda una tristeza que ni la ternura por los suyos ni las chispas de bondad que surgen a ratos (ese encuentro tan astutamente colocado con Bill y el chaval sudanés que ha acogido) pueden desterrar. Porque esta historia es muy oscura.

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            Recuerdo que mi padre, un par de veces que vimos juntos la película, se enervó en ambas ocasiones con Jerry Lundegaard, el personaje de William H. Macy. Creo que lo que más le exasperaba era la estupidez de Lundegaard, el cómo un plan bastante cochambroso se convertía en una tragedia por culpa de su necedad. Jerry no era estrictamente un imbécil moral, pero desde luego era un imbécil y sus acciones eran de una moralidad bastante dudosa siendo generosos.

            Martin Freeman, ese monstruo interpretativo, interpreta aquí el primer personaje francamente desagradable que le conozco. Lester Nygaard tiene ciertos elementos comunes con Jerry Lundegaard: un fracasado, sin mucho futuro profesional, que ha soportado toda la vida un matón tras otro, desde sus compañeros del instituto a su propia mujer y a su hermano pequeño; todo el mundo le recuerda, de un modo explícito, que es un don nadie, que no tiene carácter, sí, un buen tipo, amable, educado, tonto. Al contrario que Jerry (cuya mujer e hijo estaban a su lado, pese a que su suegro era una pesadilla), Lester no tiene nada, ni nadie que le apoye. Jerry actúa de un modo calculador, planifica (muy mal) su crimen. A Lester el crimen le brota en un arrebato, ante la enésima humillación… luego de haberse encontrado con el Caos encarnado.

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            Lorne Malvo, un espectacular Billy Bob Thornton, da el pequeño empujón que Lester necesita para que su vida deje los carriles rutinarios de la convención. Le dice lo mismo que el poster que Lester tiene en el sótano, con ese pez rojo nadando a contracorriente entre una multitud de peces amarillos: ¿Y si tú tienes razón y ellos están equivocados? ¿Y si las reglas de la sociedad, al final, están para despreciarlas? ¿Y si no tienen importancia? Lester rompe, por primera vez, una regla. Le aplasta la cabeza a su mujer con un martillo- porque la muerte de Hess por Malvo no fue cosa suya. Ya de romper las reglas, demonios, empecemos asesinando.

            Aquí está el gran tema de “Fargo”: la lucha entre la comunidad y el sálvese quien pueda, entre la generosidad y el egoísmo. La parábola que sobre los dos guantes le cuenta Molly a Lester, y que éste no comprende, simboliza buena parte del debate. Desde cierto punto de vista, “Fargo” resulta una serie conservadora o filosocialista. Seguramente unos cuantos conservadores y socialistas se escandalicen, pero ambas ideologías (uso el conservadurismo aquí como ideología, por ejemplo de Edmund Burke; otro día igual hablamos de todo esto) tienen una visión positiva de la comunidad. Lester rompe las normas, las convenciones, de la comunidad para conseguir lo que lleva codiciando toda la vida y no cogía por miedo. La pequeña comunidad se deshace ante la violencia de Malvo y las vilezas de Lester. Eso explica la sombría reflexión de Bill, pero esa cantinela de “todo tiempo pasado fue mejor” es falsa, y la propia serie la ha desmentido, aunque solo sea mediante las referencias a la matanza de Sioux Falls.

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            Lester no es un simple patético perdedor autocompasivo. Empieza a descubrir en sí mismo una astucia rastrera y despiadada que ignoraba incluso que tuviera. Durante un tiempo parece que se va a derrumbar mientras el perdigón de su mano, la herida infectada, le corroe. Y entonces, cuando parece que va a quebrarse, en el hospital, luego de una nueva humillación por parte de su insufrible hermano Chaz (¡Chaz!), Lester da un paso inesperado: ya no es un homicidio más o menos impulsivo. Por fin, Lester elige el caos, y, mediante un plan muy arriesgado, pero llevado a cabo con auténtica sangre fría, se quita de encima las sospechas oficiales y logra hacer recaer todas las culpas en su hermano pequeño, salir triunfante, reinventarse: deja a un lado todas sus inhibiciones, todas sus inseguridades y se convierte en un mentiroso manipulador, que se cepilla a la viuda del matón de su infancia y alcanza por fin el éxito profesional. Y cuando las circunstancias lo requieren, sacrifica de manera gélida (el detalle de la capucha es de una malicia refinada) a su nueva y, ahora sí, enamoradísima esposa, para salvar el pellejo (de un modo muy similar al de Walter White usando como peón a su inocente vecina, por si acaso hay matones esperándole en su casa).

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            Lester es capaz de todo esto gracias a su revelación camino de Damasco particular. Y quien se la ofrece es Lorne Malvo. Que para mí ya está entre los diez mejores malvados de la Historia de la televisión. He leído por ahí comparaciones de Malvo con el temible Anton Chigurh. Me parecen justas, porque Malvo es un personaje digno de Cormac MacCarthy. Creo que hubiera podido hacer sociedad, temporal aunque fuera, con el mismísimo Juez Holden. Estos tres personajes tiene ciertas características comunes: su propensión a la violencia, su crueldad, su inmenso carisma negativo y su aura sobrenatural. Holden es, de largo, el más terrible y misterioso de los tres. Pero Malvo, hasta el último episodio, es una fuerza imparable, que elimina sin esfuerzo a cuantos se cruzan en su camino, sin estridencias, tranquilo y sonriente.

            Mientras Chigurh es un psicópata y Holden un profeta de la guerra eterna, Malvo es un observador, un experimentador. Todo lo que hace en la serie, todas sus maldades, grandes y pequeñas, las hace por pura curiosidad. ¿Qué ocurre si hago esto o lo otro? Sí, sí, es un profesional, parece, pero eso no evita que liquide a tres personas, mandando al traste meses de trabajo, sólo para comprobar si Lester está realmente dispuesto a seguir hasta el final (“¿Has visto sus caras cuando saqué la pistola?” Magnífico).

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            Malvo dice burlonamente a la dueña del motel que es un estudioso de las instituciones. Sí que lo es. Ese diálogo aparentemente absurdo es un momento revelador. Mediante sus preguntas sobre la norma de nada de mascotas es las habitaciones, Malvo retuerce la letra de la norma, hasta volverla ridícula. Esa norma, para Malvo, son todas las normas y no hay diferencia entre una ley del parlamento, un costumbre, un acuerdo social. Tirar un papel al suelo, pisar el césped, matar a alguien. Todo es lo mismo y todo es irrelevante. En esa certeza reside buena parte de su aura, que lo vuelve tan aterrador para Gus en su primer encuentro. Nada parece ser capaz de detener a Malvo, menos en su duelo final contra, ¡precisamente!, un Lester mucho más hábil de lo que él había esperado. Quebrada su invulnerabilidad, Malvo es ejecutado por Gus.

            Y aquí tiene su gran triunfo.

            Malvo gana. Su tesis gana. Molly pierde. Por eso él sonríe diabólicamente antes de recibir el último disparo de Gus. Gus, el débil Gus, el cobarde Gus, dispara a un hombre herido, desarmado. O sea, lo asesina. Así de simple. Lo mata por miedo, lo mata para defender a su familia. Excusas y excusas no faltan. Hasta razones. Pero el hecho es que todo lo defendido por Molly es traicionado por Gus. Impera la selva. Malvo seguramente ve la gracia en que Lester y Gus, en involuntario equipo, terminen con su vida, porque lo hacen al margen de la sociedad. Y eso él siempre lo ha aceptado como algo posible, lógico; ¿no liberó a Mister Wrench, para que la sociedad no pudiera juzgarlo, pese al riesgo potencial que significaba? Molly, que es una detective sagaz, tiene que saber que su marido es un asesino. Pero calla. También ella se traiciona.

            Tiene a Gus. Tiene a Greta. Pero fuera nieva, el viento aúlla, es de noche. Molly no tiene ya ninguna luz para su vida. Porque ella y Gus también son ya parte de los lobos.

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junio 5, 2014

Carta de un lector de “El Jueves”

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:25 pm
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            Dejemos antes de nada claros los hechos. El día 2 de Junio de 2014, el Presidente del Gobierno, en declaración extraordinaria y urgente, anunció que el Rey Juan Carlos I abdicaba. El monarca, en un discurso previamente grabado, lo manifestó asimismo, explicando los motivos de tal decisión. No mucho después, en internet (entre otros miles de chistes, discusiones y exclamaciones de todo signo), “El Jueves” adelantaba una portada especial para el número de esta semana, que sustituiría a la prevista antes de conocerse la noticia. Esta portada, obra de Manel Fontdevila, mostraba al Rey a punto de colocar una corona llena de inmundicia y con moscas revoloteando en la cabeza del futuro Felipe VI. El miércoles 4 de Junio, día de publicación de la revista, ésta no apareció en los kioskos. Por la misma se indicó que había habido un problema y que se pondría a la venta el día 5. El día 5, en efecto, se puso a la venta el número. Pero no con la portada anunciada, sino con otra, parece ser que la anteriormente prevista, con una caricatura de Pablo Iglesias, portavoz del partido político Podemos.

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            Internet y, en concreto, Twitter, pululó con un pulular de rumores y especulaciones. Dos teorías cobraron fuerza. La primera, que lo repentino de la noticia no había permitido hacer el cambio de portada; la segunda, que RBA, la editorial, había vetado dicha portada. Desconozco los motivos del cambio y desde luego no voy a afirmar nada sobre esto. Es otro hecho, sin embargo, que en la tarde del día 5 de Junio varios de los autores y colaboradores de esta revista (que yo sepa, al menos Albert Monteys, Manel Fontdevila, Bernando Vergara, Isaac Rosa, Guillermo Torres o Paco Alcázar) anunciaron que abandonaban la revista. Sería presuntuoso por mi parte presumir el porqué de esta decisión. Pero mucho me extrañaría que algo de poca entidad fuera la causa.

            La portada era, ciertamente, burlona. Pero esperar una portada no burlona de esta revista, ante la noticia de la abdicación del Rey, es como beberse de una sentada una botella de Zubrowka y esperar levantarse al día siguiente sin una resaca épica. Por otro lado, no es, ni de lejos, la portada más dura, cruel o sarcástica que he visto en “El Jueves”, ni siquiera si limitamos la comparación al tema de la Familia Real.

            Por ahí he leído a gente asegurando que se habían secuestrado ejemplares de la revista. En aras de la claridad, si eso fuera así, habría un auto que lo ordenase. O sea, que se habría iniciado un procedimiento judicial. Porque la Constitución española de 1978, artículo 20.5, dice con rotundidad: Sólo podrá acordarse el secuestro de publicaciones, grabaciones y otros medios de información en virtud de resolución judicial. No he oído que nadie mencione un procedimiento judicial, en el cual, bien aplicando la Ley de Enjuiciamiento Civil, bien la Ley de Enjuiciamiento Criminal, bien otras leyes, como la Ley Orgánica LO 1/1982, de protección civil del derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen, se haya adoptado dicha medida. La única excepción que conozco a esta regla de “sin resolución judicial no hay secuestro” es que se decrete el estado de excepción o el de sitio. Que yo sepa, no es el caso. Así que hablemos con propiedad.

            Bien. Todo lo que sigue son estrictamente opiniones y consideraciones mías, como ciudadano y lector. No tienen mayor valor que éste.

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            Llevo varios años leyendo “El Jueves”. Y hasta comprándolo. Nunca me ha parecido que malgastaba ni un céntimo (lo cual no puedo decir con otras publicaciones periódicas). Tenía sus días más flojos y sus días en los que cada autor, guionista o dibujante, estaba sembrado. Me he reído a carcajadas en cafeterías, aviones, trenes y en el salón de mi casa. No siempre he estado de acuerdo con cada viñeta que se publicaba. Ni siquiera, cosa mucho más grave, he considerado graciosas todas las viñetas, tiras o página que he leído (estuviera o no de acuerdo con ellas). Pero el balance siempre, siempre era positivo. Aunque sólo fuera porque “El Jueves”, durante años, ocupó el delicado rol de bufón. ¿Y qué se creen, que los fools de Shakespeare son todos ellos distintos y todos extraordinarios por casualidad? De eso nada. Un buen bufón es algo extraordinario. “El Jueves” lo era.

            Con frecuencia una viñeta o un chiste me han dejado con la taza de café a medio camino, la pobre, en un limbo, mientras leía, releía y quedaba sin palabras y aun sin risa, por el ingenio o por la osadía. O me atragantaba, por un exceso y no un defecto de risas. De cuando en cuando (no nos pasemos, que tampoco era esto un compendio de San Agustín, Nietzsche y Schopenhauer) me obligaba a replantearme opiniones que creía seguras; cierto que varias de esas veces terminaba reafirmado en mi posición, pero al menos me había visto forzado a argumentar ante mí mismo. Cuando un amigo me dijo que iba a empezar a trabajar de guionista en “El Jueves” sentí esa envidia admirativa que te lleva a felicitar al interfecto mientras maquinas cómo causarle una muerte dolorosa. Llevo sintiéndola desde entonces. Es el mayor halago que uno puede hacer a otro.

            Pero sobre todo y ante todo, me ha hecho reír, horas y horas. Con su humor sarcástico y su humor absurdo. Porque en ocasiones nada reflejaba de manera más certera, implacable y exacta lo injusto, lo ridículo o lo indignante de un hecho de esta sociedad nuestra. Porque a veces ellos, en sus viñetas, daban el puñetazo encima de la mesa que otros muchos sentían. O lanzaban el dardo venenoso que otros guardaban también, sin esperanzas de poder usarlo nunca. O nos permitía reírnos de nosotros mismos. No tengo datos que me respalden, pero yo diría que “El Jueves” ha evitado algún suicidio o muerte en vida. Ya lo dijo el Joker, el poder curativo de la risa.

            El asunto de la libertad de expresión y sus límites es tema viejo y apasionante. Los anglosajones, que llevan siglos de ventaja en este, como en otros, asunto, poseen un bagaje impresionante sobre la cuestión. Han debatido juristas, académicos, periodistas, filósofos y cómicos. No voy a darles la tabarra con mi opinión. Sólo pienso, a grandes rasgos, que si bien no es un derecho ilimitado (ninguno lo es), la tendencia de esos países con siglos de experiencia es favorable a dejar hablar y escribir, no a lo contrario. Desde luego que el derecho a decir algo no lleva consigo de manera inmediata el derecho a que lo dicho sea respetable. Pero que se diga. Luego ya le daremos para el pelo el resto. Con copas en la mano, a poder ser.

            Yo he visto portadas en todos (todos) los periódicos de este país que me han causado vergüenza ajena. En cada uno de estos casos me hubiera parecido un flaco favor a la sociedad y al propio medio prohibir una portada por ser crítica contra algo. Sólo por eso. No por analfabeta, o mendaz. Y eso que estamos hablando de medios obligados a dar información veraz, no meramente opiniones subjetivas con grandes titulares. Mucho más triste es que pueda haber ocurrido en una revista satírica, que busca, justamente, criticar y molestar y no dejarnos tranquilos. Porque la tranquilidad se parece demasiado a la abulia.

            No sé exactamente qué ha ocurrido esta semana con este número ya maldito de “El Jueves”. Ni sé lo que ocurrirá con esta revista con la que tan en deuda estoy. Ni con quienes la han dejado, ni quienes en ella siguen escribiendo y dibujando. A todos ellos les deseo lo mejor.

            Pero este 5 de Junio de 2014 ha sido un día sombrío. Porque le han quitado la fusta y el gorro de cascabeles al bufón. Ha habido un soplo gélido. Casi podríamos gemir con Lear, And my poor fool is hang´d! Espero que no. Que si no hay un Jueves, como ha dicho el sabio Hematrocrítico, haya un Miércoles. Salud.

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