Con un vaso de whisky

octubre 28, 2014

La Raíz (II)

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 7:04 pm
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           Sam y Higgins son creación y propiedad de Ismurg (@Ismurg) y han sido usados con su permiso

         En un primer momento, el trabajo más duro había sido el de Higgins. Era algo habitual. Bien mirado, sin embargo, era difícil determinar cuándo algo era para Higgins un trabajo duro, leve o un agradable pasatiempo. En última instancia, todo lo anterior se reducía a leer información y a cotejar datos. Una lectura sencilla sólo implicaba más tiempo para otras diferentes. Sam, quien había tenido entre sus manos una fracción de los volúmenes que habían sostenido las de Higgins, se preguntaba a veces si no sería, en el sentido más hondo, él el auténtico lector. Claro que jamás se lo diría a su socia.

            En cualquier caso, rebuscar entre noticias, repasar listas, entrecruzar información, seguir el hilo de Ariadna (como había dicho ella) por entre el maremágnum de fusiones y absorciones de editoriales, de ventas a librerías, de librerías a clientes, de clientes a mercadillos, de subastas privadas… ése era un terreno donde Higgins era imbatible, y a Sam no le dolían prendas admitirlo. Así que si ella decía que el último adquirente del volumen que estaban buscando había sido Carl Spector, de Augusta, Maine, afincado en Trenton, Philadelphia, consultor, treinta y nueve años, soltero, era más que razonable aceptar su palabra. Sam, por su parte, fue capaz de añadir al retrato el gusto por el bourbon (y la capacidad para distinguir el decente del notable), el deportivo comprado hacia dos meses y su status como cliente habitual de un cierto establecimiento llamado “Las mil y una noches”, en su ciudad de residencia. Y que allí, un miércoles a las diez de la noche, es donde seguramente podrían encontrarlo.

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            Carl Spector, consultor, residente en Trenton, Philadelphia, acudía de manera devota al “Mil y una noches”, cada miércoles, desde hacía casi cuatro años. Siendo estrictos, desde hacía tres años, siete meses y dos semanas, esto es, desde que llevaba viviendo en Trenton, si descontamos los tres días que necesitó para descubrir el local y la semana para fijar el miércoles como día de visita. Los jueves se consagraba al descanso, a fin de estar fresco para poder sacar de juerga a sus clientes, más o menos entusiastas de la noche, los viernes y los sábados. Es sabido que resulta más razonable el contrato que debes firmar después de dos grandes vasos de vodka con hielo que antes.

            El señor Spector siempre había tenido habilidad para descubrir lugares como el “Mil y una noches” y para volverse casi de la familia. Conocía al dueño, conocía a los camareros de ambos sexos, conocía a los músicos, conocía a las bailarinas… pero a ninguno de modo bíblico. Esta muestra de respeto y su asiduidad le garantizaban el apoyo del personal a la hora de atrapar a la cliente de la noche, la cual, en un alarde de cultura clásica, el señor Spector denominaba “la del justo medio”: ni por encima ni por debajo de sus posibilidades.

            Aquel miércoles Carl Spector había marcado como “la del justo medio” a una cliente nueva. Había puesto en un aprieto al pobre Antonio, cuando éste se acercó a su mesa, en uno de los semirreservados poco iluminados, lejos del escenario. La chica se empeñaba en pedir consumiciones sin alcohol. Llegó a pedir un agua con gas. Antonio trataba de introducir el licor a la mínima oportunidad, pero no había manera. Finalmente, como compromiso desesperado, le sirvió una coca-cola. Al cruzarse con Spector le pidió perdón con un gesto mudo, al cual Carl replicó con una mirada de tranquilizadora camaradería. Sin alcohol en sangre la tarea sería más complicada, pero no imposible.

            Spector cogió su gin-tonic, y se dirigió hacia ella, quien miraba con gesto de poco agrado a su alrededor. El local estaba decorado con un estilo poco sutil, sin duda. Un amante de los clásicos no se hubiera sorprendido de encontrarse a Silvio y a Toni discutiendo en una oficina de la trastienda.

En el semirreservado de al lado se estaba sentando un hombretón en camiseta, manga corta y sandalias. El “Mil y una noches”, como otros establecimientos del mismo sector, tendía a ser más estricto con la vestimenta de los varones que con la de las mujeres; por otro lado, bastaba echar un vistazo a los brazos del tipo para entender por qué los de seguridad, no la gente más razonable y dialogante de la ciudad, le habían dejado pasar sin un comentario. El enorme individuo había colocado amorosamente ante sí un old fashioned, un gin fizz y un ruso blanco. Si seguía a ese ritmo, el local tendría otro argumento, igual o superior a la musculatura, para no objetar a su presencia.

            El señor Spector aprovechó el camino hacia la mesa para determinar su estrategia. Con una mujer abstemia, con pinta de creerse lista (las gafas en una mujer, como bien sabía el señor Spector, siempre eran señal de que se creía lista), por apetecible que fuera en el aspecto físico (y esta no dejaba de serlo, en absoluto), aconsejaban un enfoque cauto, cortés, nada osado. El hecho de que estuviera sola, en un ambiente que, esto resultaba evidente, ni conocía ni dominaba, implicaba bien problemas personales, bien que era una despistada de cuidado, por mucha gafa y mucho gesto adusto que tuviera, o incluso una excelente combinación de ambos factores. Lo propio, por tanto, era jugar la carta del amable desconocido.

            La estrategia tuvo un éxito inicial. Se presentó como un profesional liberal de la zona (cierto, pero sin detalle concretos) y, con una sonrisa fruto de la experiencia, se interesó en si podría serle de utilidad. La chica se lo agradeció y dijo que podría ser, tal vez. Spector pidió permiso para sentarse; ella, si bien su espalda ganó en rigidez, lo concedió. Spector indicó que, para concretar la ayuda que pudiera ofertarle (empleó este verbo, propio de un hombre lleno de recursos, que conocía a fondo los grandes negocios de la vida), era imprescindible conocerla mejor a ella y a su situación. Con cierta reluctancia, la chica empezó a contar. Nueva en la ciudad, acababa de mudarse por un trabajo, no conocía a nadie, no había querido quedarse encerrada en su apartamento y aquí había acabado, no sabía muy bien cómo (pequeña sonrisa algo crispada). Spector le mostró su simpatía, siempre era complicado empezar en un lugar desconocido, lo había tenido que hacer él también, al principio parecía aterrador, pero todo acabaría bien, todo terminaba por solucionarse, ya vería, leve toque en la mano de ella, temblor en todo el cuerpo del objetivo, gesto de la cara no prometedor en apariencia, aunque bien pudiera ser un gesto de resistencia más para ella misma, que para él, ya había ocurrido antes. La música subió, los altavoces anunciaron a Odalisque, la bella flor del desierto, la buena de Josephine, era un placer verla bailar, pero hoy Carl no podía, no debía apartar la mirada de la presa, debía aprovechar que la música subiera para acercarse, con la excusa de que si no, no podría oír nada de lo que le dijera, de ella misma, de la situación actual a la pasada, era importante que ella hablara; aunque era complicado sacar de esta frases de más de tres palabras y palabras de más de una sílaba. La pierna de Spector se deslizó bajo la mesa, buscando un totalmente-casual-por-el-amor-de-Dios contacto con la de ella, pero lo único que consiguió fue tropezar con algo metálico, duro; ella se estremeció y Carl preguntó, solícito, si ocurría lago, lo que ella negó con una cabeceo. Spector hizo un quiebro, comentó la decoración del local, su historia, cómo el dueño, Phil, a quien conocía de hace años, buena persona, mejor amigo, quería convertir el lugar en un palacio donde todos se sintieran como un sultán, donde ella debería sentirse como una princesa de cuento y donde él, si ella quisiera sería el genio de la lámpara, pero no uno tacaño que sólo concediera tres deseos, sino todos los que ella quisiera, ¿verdad que sería maravilloso encontrarse con un genio?, sin duda, respondió ella, con un tono tan gélido, una mirada tan tenebrosa que la confianza de Spector se agrietó, e instintivamente se alejó un poco de ella, reagrúpate, imbécil, y su hombro chocó con algo enorme, robusto, inamovible y hostiaputa era el hombretón de al lado, desde cuándo estaba allí y qué cojones hacía allí, para empezar, sonriendo de esa manera, ¿dónde está Antonio, coño, o Pete, o cualquiera? Dios mío, ahora ella está relajada y le mira como a una cucaracha, Dios, Dios, sí que esta noche se ha lucido, el señor Carl Spector, consultor, de Augusta, Maine, afincado en Trenton, Philadelphia.

 

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octubre 20, 2014

La Raíz (I)

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 6:04 pm
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        Sam y Higgins son personajes creados por Ismurg (@Ismurg) y de su propiedad, empleados con su permiso. Imagen por Ismurg

             La máquina de hielo estaba estropeada.

           Casi treinta grados centígrados. Las once de la noche. Se suponía que el puñetero desierto podía abrasarte los huesos durante el día, a cambio de congelarte los cojones por la noche. Pero no. Al menos, no en esta parte. Tal vez el desierto creyera que si había una carretera, un motel y una gasolinera a seis millas ya no era tan desierto y no tenía que respetar las reglas. Así iba el mundo. Ni en el desierto se podía ya confiar ya.

        Un perro aulló. O tal vez un coyote. Sam no estaba seguro, nunca se le había dado bien distinguirlos. Perros, coyotes, lobos, chacales. Tenían rabo, cuatro patas, dientes y más o menos el mismo tamaño. Porque un chihuahua o un yorkshire, evidentemente, era un pariente de los hamsters o de algún ser aún más indigno.

        Sam se secó la frente con el brazo. Sopesó volver a la habitación, coger el hacha y usarla como argumento definitivo en su discusión con la máquina del hielo. La Historia estaba de su parte: había sido empleado en conflictos aún más peliagudos. Y eso que este tampoco era desdeñable. Porque en la habitación no había aire acondicionado. El ventilador del techo era un sarcasmo traqueteante. En el minibar había una botella de ginebra que un barman con dignidad no usaría ni para desinfectar la barra. Y no tenían hielo. Porque la puta máquina estaba estropeada. “Si quieren hielo, usen la máquina que está junto a las escaleras, a la altura de la habitación cinco”, había dicho el encargado, sin apartar la vista del televisor portátil (la última ola de tecnología aún no había llegado a aquel motel; la penúltima, tampoco), donde una adolescente llorosa y de escasa ropa insultaba a sus padres porque el descapotable que le habían regalado era más pistacho que azul turquesa.

             Así que no había hielo.

              Y Sam tenía sed.

             Rezongando, subió los peldaños y desanduvo el pasillo hasta la habitación. Para su sorpresa, a medio camino se encontró con el encargado. Tenía cara de espantado, que en él era una mera variación de la imbecilidad. Miró a Sam mientras la distancia que les separaba iba menguando. Cuando quedó reducida a su mínima expresión, farfulló:

             -Tío, no me dijiste que estabas acompañado.

            -¿Ha estado en mi habitación?- peguntó Sam con tono neutro.

           -Llamaron.- replicó el encargado, a medias acusador, a medias azorado, como si no supiera muy bien qué estaba legitimado para sentir- Pidieron unas cervezas. No me dio tiempo a decir que no había. He tenido que ir a buscarlas a la jodida gasolinera.

          -¿Y por qué fue?- inquirió Sam, esta vez con la calma maliciosa de quien conoce la respuesta y sabe que quien debe contestar, no. De hecho, el encargado no fue capaz de articular palabra: boqueó un par de veces; finalmente, continuó su relato saltando por encima del obstáculo.

         -Entré para ver quién había llamado, ¿comprendes? Porque no podías ser tú, era voz de tía, coño. Así que entré. Y allí estaba la tía, leyendo, hostias, en la cama, como si la habitación fuera de ella.

            -Es una amiga.- dijo Sam- Se ha presentado de improviso. Lamento no haber dicho nada.

           El encargado podría muy bien haber argüido que no había más vehículos en el aparcamiento que su coche y la furgoneta de Sam; que tampoco había visto llegar ningún taxi; que la última línea de autobús había dejado de pasar por allí hacía cuatro años. Pero no dijo nada. Siguió su camino, tras una mirada confusamente airada. Al cabo de cinco pasos, se giró y disparó a la espalda de Sam su último cartucho:

             -¡Te cobraré las cervezas y la gasolina! ¿Te enteras?

             Sam giró el pomo, empujó la puerta, entró en el cuarto, fue a la nevera, cogió una lata del paquete de doce, abrió la misma, echó un trago (estaba tibia, era floja y sin cuerpo; pero había un rastro de alcohol en alguna parte), se rascó el cogote y suspiró:

            -¿Se puede saber qué le has dicho?

            Higgins, desde la cama, respondió con su voz fría, en la que una crítica puntillosa aguardaba su momento en cada sílaba.

           -“Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra; y ambos tienen el mismo aliento de vida. En nada aventaja el hombre a la bestia, pues todo es vanidad.”

            Pasó una página, alzó una ceja y apuntó:

            -Estaba gruñendo que no era una mula de carga de los clientes.

            Que una mujer en top negro y melena de caballo, con una mirada capaz de hacer sentir a un asesino a sueldo como un colegial pillado en falta esté inesperadamente en una habitación y te fustigue con semejante cita habría dejado fuera de juego a hombres más notables que el encargado. Sam tuvo un fugaz parpadeo de simpatía por él.

         Sam terminó la lata y fue a por otra sin hacer comentarios sobre la biblia que sostenía sus socia. Sería el único libro de la habitación. “Libros”, habría corregido Higgins. Y, con libros de por medio, Sam no debatía con Higgins. Bien, además, no habría sido exacto hablar de “único”. Al fin y al cabo por eso estaban allí. Se aproximó a un maletín, con cerradura, apoyado sobre la pared, invisible desde la puerta.

            -¿Por qué llamaste?

          -Tenías sed. Dijiste que sin hielo esa ginebra no se la darías a beber ni a un leprechaun con el mono. Tardabas en volver con hielo, así que supuse que había algún problema con la máquina. ¿Era así?

            -Sí.

            Una mínima sonrisa satisfecha.

            -¿Está buena la cerveza?

            Chasquido de la lata al abrirse, un trago lento.

            -No.

            -Oh.

            -Fue una estupidez. Agradezco el gesto.

            Higgins regresó a su lectura, dando por terminada la conversación sin más ceremonia. Sam tocó con el pie el canto del maletín, con más fuerza de la debida. Higgins le traspasó con los ojos, por encima de las gafas. Sam bebió un sorbo meditativo. Estuvo a punto de hablar. “Higgins, dime, si estuviera colgado de un acantilado, sí sólo tú pudieras ayudarme, pero necesitaras las dos manos y al sacarme el libro, un gran libro, que llevases en la mano se cayera al vacío, ¿caería yo o el libro?” Pero eso sería una especulación; Sam las odiaba. Además, ¿para qué hacer una pregunta a su socia cuya respuesta ya conocía?

           El ventilador dio un chasquido y ralentizó sus giros. Asco de motel. Al menos no llevaba libro de registro y sólo había una cámara, colocada en un ángulo tan astuto que enfocaba al encargado en su cubículo, pero no a los visitantes. Alguien iba a darle al imbécil ése una sorpresa muy desagradable un día. Miró su reloj. Su cliente llegaría de un momento a otro. O eso esperaba. Porque tendría cojones, carajo, que después de lo que había costado conseguir el libro éste, no viniera por él.

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