Con un vaso de whisky

febrero 26, 2010

Correspondencia (V)

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:16 pm

            DISCURSO del Gobernador Frank Horst ante la Gran Asamblea de Izur:

             Ilustrísimos Miembros de la Gran Asamblea, agradezco humildemente esta audiencia que me habéis concedido. Ha pasado un tiempo largo ya, desde que esta noble cámara me honró con la responsabilidad del máximo puesto en la provincia de Nicolia. Mas no estoy aquí para hacer balance de mi administración. Mi gestión estará siempre sometida al escrutinio de la Gran Asamblea y del Consejo. Hoy, empero, comparezco ante vosotros, Ilustrísimos, por motivos tan imperiosos como graves.

            Nuestra gloriosa República tuvo que combatir desde el comienzo para poder sobrevivir y prosperar. Los bárbaros que antaño se sometían a la servidumbre de la monarquía guerreaban entre ellos tanto como contra nosotros. Sabían bien que el nacimiento de la República era la señal de su definitiva decadencia. Que cuanto más grande, floreciente y poderosa fuera la República, menor sería su fuerza. Y la Historia, desde luego les ha dado la razón (aplausos y risas).

            La República de Izur ama la paz, desea la paz, lucha por la paz. Hemos establecido alianzas seguras con muchos de nuestros vecinos. Reinos y potestades solicitan nuestra amistad, rindiéndonos justos tributos. Otros territorios se han unido voluntariamente a la República, gozando sus habitantes de los derechos y privilegios de la ciudadanía. Nuestra influencia es notoria tanto hacia el Este, donde el Imperio Hipto nos saluda como amigo eterno, como hacia el Sur, pues las ciudades ribereñas del Mar Sereno son todas ellas tributarias o firmes republicanas. Las Islas Rojas se precian de su amistad con Izur. La República es hoy, más que nunca antes, centro del mundo, luz de las naciones. Y no hemos desarrollado aún todas nuestras potencias (ovación).

            Pero, Ilustrísimos señores, el deseo de la paz no es siempre suficiente para garantizarla. Hace falta una mano firme, para que los enemigos de la paz no amenacen nuestras libertades. Es precisa una fuerza legítima, para que aquellos que rechazan nuestra amistad nos teman. Todos sabemos quiénes nos odian, quiénes siguen rechazando la gloria de Izur, la libertad de Izur, la justicia de Izur, la paz de Izur. Los así llamados Señores, los caudillos bárbaros, que suspiran por su viejo Rey o prefieren una eternidad de divisiones y caos sangriento.

            La República ha establecido fronteras, para mantener la paz, pues ni la guerra más justa puede ser perpetua. Ha soportado las injurias de los bárbaros. Hemos sido, con el permiso de esta noble cámara, tolerantes en exceso. Los informes de las provincias fronterizas, dando cuenta de las incursiones cada vez más crueles de los bárbaros, aumentan sin cesar. Ciertamente, episodios aislados de pillaje y agresión los hemos sufrido siempre. Pero la insolencia de los bárbaros crece. Los pueblos y villas cercanos a las tierras sin ley se sienten desprotegidos.

            ¡Es terrible tener que decir esto, Ilustrísimos Miembros de la Asamblea! ¡Ciudadanos republicanos se sienten inseguros en suelo de la República! Las poblaciones han empezado a levantar empalizadas, a formar milicias, porque temen que las tropas regulares serán incapaces de protegerlas de la ira bárbara. Como Gobernador, siento una inmensa vergüenza. Pues no cumplo con mi deber si alguno de mis ciudadanos teme al bárbaro. Todos los Gobernadores fronterizos sentimos esa misma vergüenza.

            Lamentarse, sin embargo, de nada sirve. Es preciso actuar. La Gran Asamblea ha recibido peticiones, respetuosas, pero acuciantes, para tomar cartas en el asunto. Esta cámara ha consultado, sabiamente, a expertos militares, a estrategas, a las Juntas de Comerciantes, a sus consejeros políticos. Y la repuesta ha sido clara: la intervención militar es necesaria. Las legiones de la República, esperadas con ansia en Nicolia, deben ser movilizadas.

            No me corresponde a mí dictar órdenes ni a la Asamblea ni al Consejo, sino acatar sus decisiones y servir a mi patria. Y os digo, muy nobles señores, que cumplo mi deber advirtiéndoos de los peligros que nos amenazan. Sólo una muestra de la fuerza republicana nos dará la paz. Sólo si los llamados Señoríos son sometidos, sólo si su pueblo es liberado y sus salvajes gobernantes derribados, podrá la República continuar su camino, bajo la protección de los dioses, hacia la paz, hacia la prosperidad, hacia la amistad con las naciones. Y este es, sin duda, el destino de Izur (aplausos).

            ¡La victoria es para quien la merece! Nuestros soldados son valientes, disciplinados. Nuestros oficiales, honorables, de probada capacidad. Nuestro arsenal es envidia del mundo. Tenemos los medios para derrotar al enemigo. Tenemos la obligación de proteger a nuestros ciudadanos. Bien sabe la Providencia cuán poco amamos la guerra. Bien sabe que nos encaminamos a ella tan sólo cuando el deber lo reclama. Pero que, cuando así es, no nos tiemblan las rodillas, que encaramos la misión con dignidad. Porque cuando un Estado lucha por lo justo y verdadero, cuando se opone a la agresión, a la tiranía, a la crueldad, sus tropas son el martillo de los dioses (grandes ovaciones).

            Quedo, pues, como cualquier servidor de Izur, a la espera del juicio de esta noble Asamblea. Nuestro pueblo está necesitado, nuestros enemigos nos creen débiles. Demostremos a los ciudadanos que su fe en el Estado es digna y a los bárbaros que su fin es inevitable.

            ¡Larga vida a la República!

            (largo aplauso)

 

            MENSAJE de Pieter Rümelin a lord Gregor Jescheck (encriptado):

 

            Mi señor,

             Siguiendo vuestras instrucciones, me he presentado ante lord Helmut en calidad de emisario. Mi anfitrión me ha recibido con cierta frialdad, aunque con escrupuloso respeto hacia las formas. Fui llevado a su despacho, donde me recibió, rodeado por sus colaboradores más cercanos. Tal vez considerase que de este modo sería yo más consciente de estar en casa ajena, sin apoyo alguno.

            Lord Helmut os traslada sus respetos, de acuerdo con el protocolo, tal cual se lee en el mensaje oficial que os he enviado por medios regulares. En todo momento se mostró cortés. Consideró razonables vuestras pretensiones de negociar los puntos del Concilio antes de su celebración. La impresión que me dio, sin embargo, es la de estar molesto. En sus gestos y palabras se adivinaba cierta irritación por la importancia que os dais, mi señor. Excuso deciros que tales son los sentimientos de lord Helmut y, en modo alguno, los míos propios. Vuestro título condal fue objeto de veladas burlas.

            Me excusé por el largo viaje, a fin de posponer el inicio de las negociaciones, prolongando así mi estancia. Uno de los consejeros de lord Helmut opinó, por su cuenta y riesgo, que sería aconsejable convocar a los representantes de otros Señores, para que las negociaciones fueran plurales. Me mostré de acuerdo. Cuantos más emisarios, más difícil les será controlar y más tiempo podré estar en Bosquedesnudo. Creo que lord Helmut llegó a la misma conclusión, ya que no parecía demasiado satisfecho con la intervención de su consejero, sir Otto Croger. He trabajado la confianza de éste; no es ningún necio, pero tiene una oportuna tendencia a hablar de más.

            De la pupila de lord Helmut, ni rastro, mi señor. No se encontraba presente en el despacho de su tutor, algo tampoco extraño. Pero no la he visto en los dos días que llevo en el castillo. Me guardé mucho de preguntar por ella; afortunadamente, lord Helmut me dio una explicación en mi primera cena. Excusó su ausencia, diciendo que ella y un caballero, a guisa de Protector jurado, habían abandonado el castillo por unos días. El objeto del viaje es, al parecer, un entrenamiento militar y de supervivencia.

            Ante mi sorpresa, por tratarse de una dama la quien recibe semejante formación, lord Helmut respondió, y cito con la mayor exactitud, que “estamos en tiempos de hierro, maestro Rümelin, las damas refinadas pueden vivir en la República, entre orgías como mujerzuelas, pero en el Viejo Reino las jóvenes deben estar a la altura del mejor guerrero.”Los criados que he tanteado hasta ahora han confirmado las palabras de lord Helmut, lo cual demuestra que mi anfitrión ha sabido preparar la coartada.

            Por lo que se refiere a los ataques contra la República que algunos Señores autorizan como represalia por el sabotaje de los rojinegros, lord Helmut mantiene una posición cercana a la nuestra. No con estas palabras, desde luego, dejó ver su conciencia de que esas incursiones pueden traer más mal que bien. Cuando el espinoso tema de la reunificación se ponga encima de la mesa, probablemente el Señor de Bosquedesnudo sea un apoyo y no un obstáculo.

            Os mantendré cumplidamente informado. Quedo servidor vuestro.

febrero 22, 2010

¿Amor? ¡Arte! (V): el Amor como origen del Mal

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:40 pm
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            Claude Frollo, sabio melancólico, sacerdote severo, no es una persona incapaz de amar, ni mucho menos. Ama a su despreocupado hermano Jehan, aunque ese amor fraternal es unidireccional y provocador de más dolor que alegrías. Siente compasión por el deforme bebé Quasimodo, al que salva de la muerte y al que cría, logrando la abnegación del campanero, pese a su áspera forma de ser.

            Pero aquí estamos hablando del amor de pareja, del amor erótico, y en ese amor, Claude, en principio, ve al Demonio disfrazado. Y durante largo tiempo, no tiene problemas en rechazarlo. Hasta que un día, fatalidad, ve a la gitana Esmeralda. Y se enamora perdidamente.

            El enamoramiento, el deseo, el amor de Frollo por Esmeralda es un estupendo objeto de estudio. Dom Claude trata de resistir ese amor, como Stevens y, como Stevens, no lo consigue. Pero donde el correcto mayordomo inglés se limita a suicidarse anímicamente, Claude, pasional bajo su frío aspecto, trama una y otra vez la aniquilación del objeto de su deseo.

            ¿Por qué? Según muchos idiotas, si alguien ama a otra persona, no hará nada que la dañe. Esto es desconocer por completo la fuerza destructiva del amor., que destruye al amante y al amado, como uno se descuide. El amor de pareja es celoso, egoísta. Queremos a la otra persona para nosotros mismos. Pero Frollo es más complejo: en su búsqueda de la destrucción de Esmeralda se mezclan varios motivos y nunca se tiene muy claro cuál de ellos es el dominante. ¿Es porque si la mata, se liberará del embrujo amoroso? Tal vez, él mismo confiesa que es una de sus razones. Pero cuanto más se enamora, cuanto más apasionado se vuelve y cuanto más comprende que no puede vivir sin Esmeralda (es decir, cuando calcula que la ama), lo que desea es vivir con ella y gozar con ella. También sabe que eso no será posible. Y entre no ser de ella y ella de él y que ella sea para otro, prefiere que ella no sea de ninguna manera.

            Si no es mía, no será de nadie. Una vez que ya no es capaz de librarse de la pasión amorosa no correspondida, Claude elige ese lema como grito de batalla. Él es sacerdote, respetado, gran erudito. Ella, gitana, una marginada, despreciada por la Francia medieval. Un escritorzuelo les habría embarcado en una historia de amor imposible correspondido vomitiva. Hugo los embarca en una historia de amor y deseo no correspondido tan magistral como aterradora.

            Porque Esmeralda teme y, con el tiempo, aborrece al sombrío cura. Ella, una adolescente de dieciséis años, está enamorada de Febo, un insufrible capitán de arqueros, que la quiere para pasar unas noches de juerga y basta. Quasimodo, tan consciente de su fealdad como Ricardo, pero capaz de amar y de sufrir por ello como Stevens, también la ama, consciente desde el principio de la insalvable barrera física, certidumbre que sólo logra acrecentar su dolor.

            En este sentido, Nuestra Señora de París es un reflejo tenebroso de La cartuja de Parma. En la novela de Stendhal, el astuto y amable conde Mosca ama a la marquesa Gina, que siente por él gran estima, pero que está enamorada de su sobrino (sobrina de ella, no del conde), Fabricio, el cual bebe los vientos por Clelia. Ninguna de estas relaciones logra alcanzar una realidad perfecta, ni feliz, pero, al lado de lo que urde Hugo, es el paraíso del amor consumado.

            Frollo, es evidente a lo largo de la trama, lo sacrificaría todo para poder saciar su pasión por Esmeralda. Al final, en lo más bajo de la degradación, hasta trata de violarla. El miserable sufre tanto, sin embargo, y resulta tan triste el espectáculo ruinoso de un hombre profundo desquiciado, que no somos capaces de aborrecerlo. De una manera similar a lo que ocurre con Macbeth, Frollo podemos ser nosotros, bajo ciertas circunstancias.

            Como Esmeralda rechaza con horror todos sus intentos, Frollo maquina la muerte de la desdichada gitana. Cuando cree haberlo logrado al fin, cuando logra su condena a la horca (aunque Esmeralda es rescatada por Quasimodo), se embarca en un horripilante peregrinaje por su mente tortuosa. El alucinante capítulo “Fiebre” nos muestra el descenso de Claude a su infierno particular:

            Se hundió conscientemente en sus malos pensamientos y, a medida que se hundía más en ellos, sentía estallar en sus entrañas una risa satánica, y, cavando así en su alma, al comprobar cuán grande era el espacio que la naturaleza había reservado en ella a las pasiones, su risa se hizo aún más amarga. Removió en el fondo todo su odio, toda su maldad y reconoció, con la mirada fría de un médico que examina a un enfermo, que ese odio y esa maldad no eran más que amor viciado; que el amor, ese manantial en el hombre de todas las virtudes humanas, se convierte en algo horrible en el corazón de un sacerdote, y que un hombre como él se convertía en demonio al hacerse sacerdote. Entonces,  su risa fue atroz y de pronto se quedó pálido al constatar el aspecto más siniestro de su fatal pasión; de ese amor corrosivo, envenenado, rencoroso, implacable que únicamente había conseguido el patíbulo para ella y el infierno para él; condenados ambos.

            No considero, en modo alguno, que el amor sea siempre la fuente de toda bondad en todo hombre, ni que todo sacerdote se convierta en un psicópata por su culpa, pero sin duda, tiene el poder de encumbrar o de destruir a casi cualquier hombre. Frollo es destruido por el amor. Según el budismo, la raíz del sufrimiento es el deseo, así que para no sufrir hay que liberarse de los deseos. El arcediano no se libra de su deseo, pero sí del objeto de su deseo, aunque por el camino pierde toda su humanidad. Podemos suponer que, tras la muerte de Esmeralda, Dom Claude hubiese sido un hombre sólo en apariencia. Pero no podemos saberlo, porque Quasimodo, destrozado al ver cómo su padre adoptivo asesina a su amada, empuja al sacerdote desde las torres de la catedral, muriendo él mismo de dolor en el cementerio.

 

            Pero ni siquiera con Macbeth, Ricardo y Dom Claude agotamos el diálogo entre el Amor y el Mal. Aún nos faltan los dos grandes monstruos de Shakespeare. Nos faltan Yago y Edmund.

Nota: imagen usada, Dom Claude Frollo y el bebé Quasimodo, según Luc-Olivier Merson

febrero 19, 2010

VII. Razones

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:15 pm

           AILIN NO DIO TREGUA HASTA QUE ESTUVIERON a media jornada del refugio pirata. La huída había comenzado al atardecer y ahora era noche cerrada. La luna y las estrellas iluminaban lo bastante como para avanzar sin demasiadas dificultades. Un par de veces atravesaron caminos de tierra, en medio de las colinas que había en aquella región. Nunca los siguieron, por temor a algún encuentro desafortunado. Cuando entraron en un pequeño bosque, excepcional por lo que habían visto, Willer expresó la opinión del grupo.

            – Me parece que nuestros secuestradores tendrían una suerte inmensa si fueran capaces de pillarnos aquí.

            Río de Viento se dejó caer con un resoplido de simpatía. Asuran se conformó con doblarse sobre sí mismo. Ailin meneó la cabeza, pero terminó por asentir.

            – Está bien, descansaremos un rato. Creo que por la mañana podremos coger ya alguno de los caminos. Por el día no pareceremos sospechosos.

            – ¿Una mujer maniatada no es sospechosa en las Islas?- preguntó Río de Viento, con ese tono totalmente sincero que a veces parecía una pizca irónico.

            Silvela, que se había acomodado en el suelo, con las piernas cruzadas, se sonrió.

            – Tendréis que liberarme.

            – No creo que haya mucho riesgo, señora.- jadeó De Kern- Durante el día estará rodeada. Por la noche podremos atarla de nuevo.

            Ailin seguía con el gesto serio. Se sentó frente a Silvela, quien le devolvió la mirada, con una mezcla de burla y falta de interés.

            – Tú no sabes quién soy.- comenzó la heredera- Si lo supieras, no estarías tan segura de ti misma.

            – Sé bastante de ti.- contestó Silvela- Eres la hija de algún Señor. Viajabas en un barco de la República, así que seguramente tu padre esté muerto, o lo hayan derrotado en una de vuestras guerras. O puede que te haya expulsado de su castillo. Sí, eso me gusta. Te habrá pillado jugando con el bardo o con el caballero. O con los dos. Así que os expulsa a todos. Así que os venís a las Islas, donde acaban todos los desgraciados, los criminales, los desterrados. Deberías volver a los puertos grandes. Es donde se acumula la escoria. En el interior aún hay gente decente.

            – ¡Vaya, una pirata moralista!- se rió Willer- Es consolador ver que no estás tan endurecida por los saqueos, Silvela Juicio Estricto.

            – Cierra la jodida boca.

            Ailin tenía pensado ser cautelosa. Tenía pensado dar la información poco a poco, midiendo bien las palabras, sopesando las respuestas de Silvela. Tenía pensado mostrarse fría, distante, manejando la situación con reservada dignidad, como había visto mil veces hacer a lady Nadine.

            – Yo- proclamó con tono estentóreo- soy Ailin Grimwald, del Corazón Negro, legítima heredera del Gran Reino, hija de los Reyes Perdidos y tú has cometido un crimen de lesa majestad al ejercer violencia contra mi persona y las personas de mis compañeros.

            Estas palabras lograron coger desprevenidos a sir Willer, Asuran y Río de Viento. Pero Silvela quedó tan tranquila.

            – Suponiendo que eso fuera cierto, ¿a mí qué mas me da?

            – ¿Es que no me has oído bien?

            – Te he oído perfectamente. Eres, tal vez, la futura Reina del País-Que-No-Existe, en tierras extranjeras. Tienes razón. Debería estar temblando.

            El resto del grupo anotó un tanto a favor de Silvela, pero Ailin endureció la voz, aún más.

            – Cuando abandonemos las Islas y regresemos a los Señoríos, descubrirás hasta qué punto deberías estar temblando.

            – ¿Piensas llevarme al continente?

            Ailin alzó una ceja. Le tocaba el turno de sonreír.

            – ¿Para qué?

            – Porque una leal servidora debe estar al lado de su Reina.

            – ¡Servidora? ¿Te has vuelto loca, puta niñata?

            – En los dominios de mi tutor, serías culpable de un crimen castigado con la muerte. Y cuando consiga reunificar el Reino, tu situación no mejorará. Pero si me juras lealtad, sinceramente y sin reservas, si lo pruebas guiándonos por las Islas y de vuelta al continente, todos tus delitos serán olvidados. Serás una más de los nuestros.

            – ¡Qué generosidad! ¿Y si os llevo a la primera guarnición de soldados? Ni os darías cuenta hasta que fuera tarde. A los Tetrarcas les gusta estar a buenas con los republicanos. ¿Sabes lo que te harían, mi Reina?

            – Si tanto les gusta estar a buenas con los republicanos, una pirata que ataca navíos de Izur tampoco lo pasaría muy bien en sus manos.

            Silvela se mordió los labios, rabiosa.

            – Puedo haceros dar vueltas por el centro de Orchar,- espetó- llevaros de nuevo a los acantilados, a las colinas, a cualquier parte, hasta que os muráis de hambre.

            – Buen plan. Te morirás de hambre con nosotros.

            – Soy libre, ¿te enteras, reinita? Mis compañeros y yo no tenemos amo. Ni siquiera capitán. Cada cual da las órdenes en aquel campo donde ha demostrado ser el mejor. Porque eso es lo que conviene al grupo. Pero nadie es más que nadie. No me arrodillo ante los Tetrarcas. No me arrodillo ante la República. Ni me arrodillo ante ningún rey.

            – Bueno, lo que Ailin Grimwald pide es que te arrodilles ante una reina.- apuntó Willer.

            – ¡Cállate, lacayo! ¿Qué eres, el puñetero bufón de la corte? No sabía que hubiera caballeros que fuesen bufones.

            – Pocos. No tienen seso suficiente.

            – Hablas mucho, pero eres un siervo. Te arrodillas ante una criaja. ¿Por qué? Si de verdad fueras tan libre como quieres hacer creer, no te arrodillarías ante ella.

            – Me arrodillé ante Ailin una vez. Hoy volvería a hacerlo. Soy el Protector juramentado de la Reina.

            – Palabrería.

            – Probablemente. Pero soy algo más que una espada juramentada. Soy Willer Shepard. He visto crecer a esta dama guerrera. La he protegido desde el primer día. Y si mañana o pasado o al otro no fuera más que Ailin, ella misma, sin títulos ni privilegios, seguiría dando mi vida por su seguridad.

            La Reina sin Trono tuvo que recordarse lo mal que casan las lágrimas con la dignidad. Asuran miraba con honesta simpatía al caballero. Silvela misma parecía algo impresionada.

            – ¿Por honor?- preguntó con acento desdeñoso.

            – No recuerdo haber dicho nada del honor.- se encogió de hombros el caballero- El honor es como un barril sin vino. ¿A quién le interesa?

            – ¡Ah, dioses!- suspiró De Kern- No podía durar mucho.

            – ¿Y tú, bardo?- le disparó la pirata, cortante- ¿Por qué les sigues? ¿Te ha enviado el tutor de la gran reina para que empieces a mentir sobre su reinado antes de que comience?

            – Oh, no.- contestó Willer- La idea del cantar de gesta es de maese Asuran de Kern, entera y verdadera.

            – Yo,- dijo Asuran, sin lograr librarse del todo de aquella afectación que daba a las declaraciones importantes- debo la vida a Ailin Grimwald, del Corazón Negro. ¿No es así, sir Willer?

            – Se la ha salvado cada día.

            – Pero te digo esto, pirata.- continuó el bardo- Hoy seguiría al lado de la Reina Ailin aunque no le debiera mi vida más que a ti.

            – Pues se la seguirías debiendo.- se mofó Silvela- En la gruta os salvé el pellejo.

            Asuran frunció el ceño, mientras Willer reía.

            – No te preocupes, maese bardo.- le palmeó la espalda- Te hemos entendido perfectamente.

            – Ya lo ves, Silvela.- Ailin retomó la palabra, los ojos centelleando de orgullo- Mis servidores, mis protectores, son, sobre todo, mis amigos.

            – Tú los has dicho. Son tus servidores y, además, tus amigos. No me interesa ninguna de las dos cosas.

            – Perdón. No todos somos servidores.

            Río de Viento se convirtió en centro de las miradas, a cual más sorprendida.

            – Espero que ninguno seamos servidores. Los Hermanos no somos siervos. Somos compañeros. Y yo soy compañero de Ailin Grimwald, de Willer Shephard y de Asuran de Kern. Así es.

            Una levísima sonrisa de comprensión bailó por los labios de Willer. Ailin también había entendido. Se dirigió a Río de Viento y lo abrazó. Tenía los hombros tensos.

            – Lo demás sobra.- le murmuró el niño.

            Nadie veía la oscura expresión de Ailin.

            – Nada de lo que habéis dicho me ha hecho cambiar de opinión.- dijo Silvela con indiferencia.

            – Pues nada, cambiemos el enfoque.- dijo festivamente el caballero- A esto dirás que sí, no me cabe duda. Si nos orientas honradamente por las Islas, te ofrezco ese duelo de revancha por el cual nos dejaste salva la vida. Ahora no estás en posición de exigirlo, por si no te has dado cuenta.

            La pirata esbozó una mueca de satisfacción.

            – Conforme. Luego me iré. Sin ataduras.

            – Si ganas, desde luego. ¡Bien! Pues todo arreglado. El Hermano Río de Viento y yo vigilaremos en la primera guardia a nuestra guía. Seguro que entre los dos le conseguimos por fin el sobrenombre que merece.

            Ailin y Asuran se acostaron para descansar. Silvela se apoyó en un tronco caído y tardó un rato largo en cerrar los ojos, que apuñalaban a sus captores. Willer y su pequeño acompañante se acomodaron lo mejor posible. El caballero vio el rostro cansado, serio, tal vez triste de Ailin. Se dio cuenta de que el Hermano la estaba mirando, de que sin duda también lo había visto. Willer bostezó.

            – Te toca, Río de Viento, chaval. A ver qué se te ocurre.

febrero 17, 2010

Mister Blaise Scavenger

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:05 pm

 

 

El señor Morán (véanse Eh, Tío! y El Vosque, en los Enlaces de la derecha) ha colgado dos dibujos nada despreciables, los retratos de Miss Sharp y de Mister Scavenger. Para ver el aspecto de la primera, vayan ustedes a www.ehtio.es. ¿Quiénes son estos dos individuos? ¿Qué es lo que se ve tras ellos? ¿De dónde han salido, ellos y los otros con quien Morán amenaza? ¿Por qué sólo aparece aquí uno de ellos? Que cada uno especule. Si es posible, y lo será, en un futuro se contestarán las demás preguntas y otras aún más graves. ¿Es posible que una monarquía parlamentaria tenga a un orgulloso y simpático cerdo como Jefe de Estado? Hay quien opina que sí.

febrero 16, 2010

El deporte envilece a la persona

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:43 pm
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            Ya me gustaría ser el responsable de semejante declaración. Es un aforismo de libro: inesperado, conciso, desdeñoso y, si se dice como debe ser, tremebundamente demoledor. Por desgracia, no llegué a conocer a su autor de primera mano. Era un amigo de un amigo. Eso no ha impedido que, en los últimos años, la haya usado con gran alegría. Se convirtió en una de esas frases que usamos para rematar una conversación, para dar la estocada final al enemigo o para repeler sus ataques. Cada vez que algún amigo mío mentaba siquiera la posibilidad de hacer deporte, se la lanzaba a la cabeza.

            Pero, ¿es verdad? ¿Todo deporte envilece a la persona? Tras mucho reflexionar, he tenido que aceptarlo: no, no todo deporte envilece a la persona. O, al menos, no toda forma de practicarlo. Admitamos que el ideal humano sería desterrar el deporte de la civilización. Es una utopía, desde luego, aunque si la ciencia sigue avanzando una barbaridad, puede que unos pocos escogidos lo vean, mientras billones de seres humanos de las castas bajas siguen sudando la gota gorda.

            Si hay filósofos o filólogos leyendo esto, presentarán una cuestión de orden. Antes de lanzarme a despotricar, debería definir qué entiendo yo como deporte. ¿Meto al baloncesto en el mismo saco que al snooker? Pues no, por Dios. Los practicantes del snooker llevan pajarita y chaleco. Son gente de bien. ¿Son los dardos lo mismo que el fútbol? Jamás. Los dardos se practican al lado de una pinta de cerveza. ¿O acaso el atletismo es equivalente a la esgrima? Ni hablar: la esgrima es una destreza, que, si no fuésemos tan tiquismiquis, haría correr la sangre.

            Pero si la esgrima es una disciplina olímpica, dirán algunos. ¿Y? También el judo, que es un arte marcial, no un deporte al uso occidental. En Occidente hay dos grandes razones aceptadas socialmente para practicar el deporte: por la industria del juego y el espectáculo y por diversión. Que el COI diga misa: que incluya o deje de incluir algo en las Olimpiadas me da exactamente igual. Y sí, sé que no he definido lo que es el deporte. Me refugio, por una vez, en la definición subconsciente que tenemos en este ámbito cultural.

            Desde luego, aquellos que practican el deporte por puro y duro recreo son seres viles. ¡Por recreo! ¡Por diversión! ¿En qué cabeza medio arreglada cabe semejante animalada? El cuerpo, parece ser, sabe que en ninguna: por eso cada vez que hacemos ejercicio nos mete un chute. Si hacemos ejercicio con regularidad, acabamos enganchados. Así que ya ven. Nuestro propio cuerpo hace de camello. No hay dónde meterse.

            Es difícil decidir quién es más repelente, dentro de este grupo de masoquistas adictos: los que disfrutan en solitario de su vicio (por ejemplo, corriendo, posiblemente el ejercicio físico más aburrido, si no se está persiguiendo a alguien para destriparlo con saña, a no ser que estemos escapando para evitar precisamente eso) o los que lo practican en comandita. Los primeros ponen la excusa de los horarios de la vida moderna, o su deseo de concentrarse en el mismo deporte. O apelan a su naturaleza solitaria. Rechacemos esas excusas: un solitario coge un libro, no va a escupir los pulmones. En cuanto a los otros, esgrimen la amistad y el compañerismo, la alegría del equipo. Rechacémoslo igualmente: un grupo de amigos cafetea, discute, sale a cometer actos de locura vandálica.

            No hay nada más deprimente que ver a un grupo de jóvenes llenos de posibilidades perdiendo la vida alrededor de un balón. Lo admito, mis relaciones con los balones nunca han sido amistosas. ¿Recuerdan aquella serie, “Oliver y Benjí”? ¿Ésa de la que tanto nos burlamos, con razón, por repetitiva, monótona, contraria a las leyes de la física, pero que tragábamos religiosamente semana tras semana en nuestra infancia? Pues el dogma de la serie (“el balón es mi amigo”) jamás se correspondió con mi realidad. Los balones, grandes y pequeños, siempre me humillaron, corriendo al lado contrario al ordenado, mirándome por encima del hombro, en su esférica perfección. Capullos. No hay rencor, sin embargo. Ahora ya sé que dar patadas al balón es demasiado aburrido como para detestarlos cordialmente.

            A toda esta gente, por tanto, podemos aplicarles la sentencia: el deporte les envilece. Ahora bien, no representan a la totalidad de los deportistas. Dejemos a un lado a los profesionales. Son un sector difícil. Por un lado, hacer carrera de algo tan sospechoso como el deporte no incita a mirarlos con simpatía, ni a los multimillonarios de la Liga ni a los humildes y sufridos regatistas. Por otro, si tienen un talento, ejercitado y disciplinado, tal vez hagan bien en aprovecharlo. O tal vez no. ¿Hay algo más virtuoso que rechazar el propio talento para una actividad innoble?

            Entonces, ¿quién de entre aquellos que hace deporte puede levantar la cabeza y decirlo alto, claro, sin miedo al castigo? ¿Hay alguien? Sí. Siempre y cuando no lo haga con orgullo, sino con tristeza. Son los sufridores. Los que abominan del deporte. Los que desearían estar bebiéndose una buena Franziskaner o un Johnnie Walker. Pero que, aún así, aceptan ese ejercicio como una amarga necesidad.

            No irán ustedes a comparar: de un lado, un corredor, atleta, asiduo a los gimnasios por disfrute personal o por culto al cuerpo (¿para qué inventó el Diablo a los cirujanos plásticos, hombre?). Del otro, un asesino profesional, del crimen organizado, de los servicios secretos o de quien pague. Pues claro que el asesino tiene que estar en forma. Pero el deporte es para él un medio: hay que saber correr muy rápido para escapar de esos malditos rusos. Y hay que ser ágil y flexible para estrangular en la noche a esos malditos yanquis. O chinos. Pensemos lo que pensemos, desde un punto de vista moral, del asesino, desde un punto de vista estético, dónde va a parar.

            Porque esa es otra. Nadie, ni los deportistas obligados, ni los deportistas infames pueden hacer deporte sin perder toda dignidad estética. Los griegos, esos manipuladores, nos engañaron durante siglos con sus esculturas. Advierta el lector astuto que todas sus esculturas de atletas nos presentan a los susodichos justo antes de descargar la adrenalina, o justo después de acabar el juego. No tenemos ninguna estatua del efebo de turno con la cara desfigurada y los brazos descoyuntados mientras da zancadas hacia ninguna parte. Sin entrar en detalles sobre los horrores de la ropa deportiva.

            Bueno y si por la razón que sea, uno no se dedica al venerable oficio de la ejecución, ¿qué hay que argumentar para hacer deporte? Creo, sinceramente, que sólo hay una razón adecuada: la salud. Sí, sí, sé que tampoco hay que endiosarla. Si por la salud fuera, no se podría beber ni fumar en pipa. Admitamos, sin embargo, que objetivamente, hacer ejercicio puede ayudarnos a tener más años de vida. Algo trivial, si pensamos en edades geológicas, aunque enorme, si asumimos la perspectiva de la mosca de la fruta. Y en esos años (mientras no nos atropelle un coche o se declare la octava guerra mundial) podremos beber más, fumar más y ver más películas. Con el extra de se capaces de agacharnos a recoger el puro cuando se nos haya caído y levantarnos por nosotros mismos. Incluso de un salto. Y eso, bien vestidos, esta vez sí.

            Así que, relativicemos el aforismo. No toda práctica del deporte envilece a las personas. Seamos ignacianos. Discernamos los motivos. No todo fin justifica los medios, pero al menos, los atempera.

febrero 12, 2010

VI. Evasión

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:34 pm

           CUANDO TODO EL BOTÍN ESTUVO A BUEN RECAUDO EN LA GRUTA, los piratas decidieron que se merecían una pequeña fiesta. Sacaron de sus almacenes unos cuantos barriles de cerveza de trigo y vino tinto, así como carne en salazón para aquellos que la necesitaran para aguantar la bebida. Algunos, con ínfulas musicales, agarraron tambores, flautas y violines. Cada cual cantó, bailó, bebió a su gusto. Menos Silvela.

            Aunque dos de sus compañeros intentaron convencerla para que se uniera al jolgorio, la joven isleña había relevado a Colomer (quien había accedido al cambio de mil amores) en su puesto; sólo aceptó una jarra llena de vino y un par de tiras de carne para hacer menos austera su misión.

            Entre trago y trago, lanzaba una mirada desdeñosa a sus prisioneros. ¡Ni siquiera trataban de escapar! Asuran seguía con la cabeza el ritmo de la música. Ailin rivalizaba con Silvela en ojeadas fulminantes. Río de Viento parecía muy interesado en la danza que vislumbraba a lo lejos. Willer también miraba en aquella dirección; aunque él, con cierta envidia, a los barriles cada vez menos llenos.

            – Si no nos dais de comer algo, no voy a poder ponerte ningún nombre ingenioso.- suspiró el caballero, pasando su ojos de los barriles a la jarra de Silvela. Ésta no le hizo ni caso.

            – Tampoco darte la satisfacción de un duelo.- añadió- Y me parece que ésa era una de las razones por las que nos trajiste de invitados a este retiro tan lujoso.

            – Os hemos dado de comer ya.- replicó la pirata.

            – ¡Vaya comida! Un poco de pescado hervido y agua. Eso es un insulto, no una comida.

            Silvela apuró la jarra, se levantó, dio un paso hacia los prisioneros y la tiró delante de Willer.

            – Igual tienes suerte y quedan un par de gotas.

            – Mal movimiento.- murmuró Ailin.

            Silvela no supo nunca muy bien lo que sucedió a continuación. Visto desde fuera, Asuran la cogió por las piernas, Willer la aferró por el tronco, al tiempo que le tapaba la boca y Ailin, de un salto, ocupó la piedra que hasta hacía un segundo servía de asiento a la centinela.

            Con presteza, Río de Viento ató con una de las cuerdas las manos de Silvela, quien trataba de zafarse de los brazos del caballero y el bardo. Una vez reducida, Ailin le dijo en voz baja:

            – Estate quieta y no te haremos daño. Como grites o creamos que vas a gritar, Willer hará algo más que taparte la boca. ¿Me entiendes?

            Silvela, con una mirada que dejaba muy atrás cuantas miradas asesinas se han lanzado en el mundo, asintió. El caballero apartó la mano.

            – Has sido muy amable al no morderme.- reconoció- Esto compensa el agua.

            – Sois unos idiotas.- masculló la pirata- Basta con que uno de mis camaradas mire hacia aquí y os destriparán como a cerdos.

            Río de Viento se llevó las manos a la barriga instintivamente. De Kern meneó la cabeza, tranquilizador.

            – No te preocupes. Si alguno de esos es capaz de levantarse todavía, verá a cuatro personas en el suelo y a una joven en la piedra. Que es lo que se supone que tiene que ver.

            – ¿Creéis que la confundirán conmigo?- se burló Silvela.

            – ¿A esta distancia? ¿Con la que llevan encima?- Ailin sonrió- Me parece que sí.

            – Lo que proponemos es razonable, querida Silvela.- dijo Willer- Ahora vas a ponerte en pie y a gritar a alguno de tus amigos de allá que venga para acá. Ten en cuenta que en esta gruta hay piedras. Estoy viendo una afilada, en la mano del Hermano Río de Viento. Él dice que tiene buena puntería y yo creo ciegamente en la palabra de este muchacho. Así que si tratas de dar la señal de alarma… en fin, te va a doler la cabeza. Cuando llegue tu compadre, lo atamos y lo retenemos. Entonces, vas hasta donde estén nuestras cosas, las traes sin dar explicaciones a nadie, tampoco creo que te las pidan, y vuelves aquí. Si haces eso, no le tocaremos a tu amigo ni un pelo de la nariz.

            – ¿Y luego?

            – Eso ya te lo diremos.- respondió Ailin- ¿Lo has comprendido?

            Silvela se incorporó. Río de Viento la había liberado. Ailin volvió con sus compañeros, mientras la pirata se subía a la piedra y gritaba:

            – ¡Ehe, Puchta! ¡Puchta! ¡Sí, tú! ¿Quién va a ser? ¡Ven aquí cagando leches!

            El pirata calvo llegó tambaleándose un poco.

            – ¿Qué coño pasa?

            No le dio tiempo a más. Sufrió el mismo trato que Silvela, con mayor rapidez incluso. Asuran le metió un trozo de tela que se había arrancado en la boca, como añadido.

            – Esto marcha bien.- se felicitó Willer- Silvela del Sentido Común, seguid así.

            La pirata se fue a grandes zancadas con cuatro pares de ojos vigilantes clavados en la espalda y un par desconcertado.

            – ¿No hará alguna tontería?- musitó Ailin.

            – Es de las que saltan. Es posible que corra el riesgo y nos delate.

            – Quizás, maese bardo, quizás.- suspiró Willer- Pero algún riesgo teníamos que correr, ¿verdad? Además, la idea ha sido tuya. Si sale mal, te echaremos a ti toda la culpa.

            – ¡Cómo si eso fuera a servir de algo!

            – Ha sido un buen plan, Asuran.- dijo Ailin.

            – Dadas las circunstancias.- De Kern intentó parecer humilde y sólo logró parecer embarazado.

            – ¿Y si nos delata, qué hacemos con éste?- preguntó el bardo a renglón seguido.

            – No le he pensado.- adimitó Ailin.

            – Si nos delata, matar al bueno de Puchta no nos salvaría.- se encogió de hombros Willer- Aunque, eso sí, le curaría sus vicios- añadió, apoyando todo su peso en un codo y ese codo en la espalda del pirata, que gimoteó ahogadamente.

            Silvela regresó al cabo de un rato. Para ser una isleña, de piel tostada, estaba terriblemente pálida. Dejó caer un saco. Algo emitió un tañido lastimero. Asuran de Kern gimió como Puchta.

            – Bien, ahora hay que moverse con rapidez.- Ailin pasó el saco a Willer, que distribuyó el contenido entre el resto- Puchta se queda aquí; más tarde o más temprano vuestros amigos le encontrarán. Tú te vienes con nosotros.

            Silvela sólo enarcó una ceja. Fue signo suficiente.

            – No estalles ahora, Silvela, no estalles ahora.- le apremió Willer- Sería una lástima, después de lo bien que te has controlado.

            – Vendrás con nosotros.- repitió Ailin- No te haremos ningún daño, como prometí, pero te necesitamos para salir de esta gruta.

            – Estamos todos listos, ¿verdad?- preguntó Asuran.

            – Pues vamos- concluyó Río de Viento.

            Willer cogió a Silvela de un brazo y la obligó a caminar. Los demás les siguieron. Ailin, como quien no quiere la cosa, pisó al desdichado Puchta.

            El sentido común parecía haber tomado el control de Silvela, una vez más. Sin hacer el más mínimo intento de frustrar aquella huída, guió a sus captores lejos de la cala, lejos del campamento, lejos de los piratas, hasta una de las salidas que aquella gruta tenía. El viento salado les golpeó en la cara. Un empinado camino, casi impracticable, subía hasta un terraplén.

            – Por aquí.- indicó la pirata entre dientes- Allí arriba podréis ir a donde queráis en Orchar.

            – Yo subiré primero.- dijo Río de Viento y unió el acto a la palabra.

            – Vas detrás, Silvela.- ordenó Ailin, mientras contemplaba al pequeño Hermano subir con su agilidad característica.

            – ¿Qué?- barbotó la otra.

            – ¿No pensarás que vamos a dejarte libre ahora, para que vayas a avisar a todos esos borrachos de la cueva?

            – Más respeto a los bebedores, Ailin.- se ofendió Willer- Adelante, Silvela de los Mares y las Cuevas, iré justo detrás de ti. Si tropiezo, me asiré con fuerza.

            – Tus apodos no tienen gracia.- le dijo Asuran.

            Después de la airada Sílbela y de Willer, fueron Ailin y, cerrando la marcha, Asuran. Río de Viento había llegado al final del camino cuando ellos aún estaban por la mitad. Por fin, todos ya en el terraplén, con el mar delante y Orchar a sus espaldas, se tomaron un instante de respiro.

            – No nos durmamos.- les apremió Ailin en seguida- Cuanto más lejos estemos de aquí en menos tiempo, mejor.

            – En el castillo de su tutor mandaba menos.- le confió Willer a Río de Viento, en tanto invitaba a Silvela a ponerse en marcha- Era una chiquilla encantadora, agradable, divertida. Este viaje me la está estropeando.

            – Pues aún está lejos de terminar, ¿no es así?

            – ¡A quién se lo dices, Hermano! ¡A quién se lo dices!

febrero 8, 2010

¿Amor? ¡Arte! (IV): El rencor, el terror, la frustración.

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:48 pm
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            Ricardo Glóster, el maligno jorobado, codicia el trono y no se detendrá ante nada ni ante nadie para lograrlo. Se regocija en su maldad, con menos estilo que los dos grandes héroes-villanos de Shakespeare, Yago y Edmund, pero con idéntica alegría perversa. Y es capaz de usar su peculiar carisma y su labia para seducir a la doliente Lady Ana (el monólogo de autocelebración tras su conquista es glorioso).

            No obstante, hay en el discurso con el que abre su tragedia claros elementos para rastrear la maldad de Ricardo hacia una oscura fuente: el rencor.

 

            Pero yo no estoy hecho para esos juegos,

            Ni hago la corte al amoroso espejo;

            Yo, mal fraguado, que de amor no luzco

            La majestad ante donosa ninfa,

            Yo, de tales ventajas excluido,

            Privado por pérfida naturaleza

            De distinción, deforme, de repente

            A medio hacer enviado al palpitante mundo,

            Y eso tan mal y de tan torpe modo

            Que hasta los perros ladran a mi paso;

            En este tiempo de paz y fiesta,

            Para matar el tiempo no hallo goce,

            A no ser que, mirando al sol mi sombra,

            Sobre mi propia deformidad discurra.

            Y así, pues ser amado no es posible,

            Ni entretener tan agradables días,

            Determinado tengo ser infame

            Y odiar los vanos goces de estos días.

            ¿Es perverso Ricardo porque es feo, como Quasimodo? Tal vez. Desde luego, su fealdad, el rechazo que produce, le ha llevado a concentrar sus talentos en uno de los tres juegos, la guerra. Mientras dura la Guerra de las Rosas, el futuro rey está en su elemento. Pero, victoriosa su familia, ese juego acaba y sólo restan dos. Y para el amor, tras amarga reflexión, se ve imposibilitado. El aspecto físico importa, y mucho, en el amor de pareja. El que diga lo contrario trata de engañarse o de engañar a los demás. Ricardo se siente excluido desde el principio por su aspecto. De manera que concentra su extraordinario brío en la política, de la manera más sangrienta.

            Ello no quiere decir que Ricardo sea un frustrado sexual, ni mucho menos. Como ya he dicho, seduce de manera sádica a lady Ana (¡y delante del cadáver de su marido, a quien mató el mismo Ricardo!), porque le resulta útil en sus planes. Y en cuanto el joven Richmond, desde Francia, se prepara para invadir Inglaterra, casándose con Isabel, hija del rey Eduardo, logrando así derechos sobre el trono, Glóster mueve ficha para atraparla antes. No logra ya manipular a la madre de Isabel, la reina (a cuyos hijos ha hecho asesinar en la Torre), pero su dialéctica, menos hábil que al principio, sigue siendo poderosa. Uno no sabe muy bien si el jorobado no está intentando seducir a la madre para casarse con la hija.

            Claro que estas conquistas, basadas en el miedo y la mentira no dan grandes alegrías a Ricardo. Es demasiado inteligente como para engañarse a sí mismo: ninguna mujer sentirá jamás pasión alguna por él. Lo más que puede es engañarlas durante un tiempo. Lo decisivo, no obstante, es que el duque y luego rey no les hace la corte con ánimo erótico, sino puramente político y, probablemente, por cierta ironía cruel. Juega un momento a hacerse el Don Juan, sin perder ni un segundo la perspectiva. De manera aún más fría, calculadora y astuta, Edmund usará sus mayores encantos con fines similares en El Rey Lear.

            Sinceramente, no creo que toda la monstruosidad moral de Ricardo provenga de su monstruosidad física. En cambio, su conciencia de excluido por el aspecto le permite explorarse, conocerse y hallar grandes recursos para el mal dentro de sí mismo, recursos que emplea con macabra jovialidad. Su rencor es universal, porque está o se cree universalmente incapacitado para el amor, de cualquier clase. Partiendo de esa convicción, y sabiendo de lo que es capaz, no se encierra en una hosca amargura, sino que se lanza a una espeluznante carrera por el poder.

            Hay aquí, creo, un mínimo punto de conexión entre Glóster y un personaje que nada tiene de malvado: Stevens, el irreprochable mayordomo de Lo que queda del día. Stevens sí es capaz de amar. A nadie escapa que tiene fuertes impulsos por el ama de llaves, la señorita Kenton. Pero, por alguna razón, es incapaz de exteriorizar sus sentimientos. La duda es ésta: ¿es Stevens incapaz de mantener una relación amorosa- no de amar-, su alma sin brillo está ontológicamente imposibilitada para lograr la intimidad con otra persona? ¿O acaso Stevens decide no mantenerla, decide no pelear por colmar esos sentimientos, condenándose a sí mismo primero al sufrimiento y después a la desolación afectiva?

            Glóster y Stevens, ¿son incapaces de amar en absoluto uno y de consumar el amor otro o han tomado la decisión perturbadora de no amar bajo ningún concepto? En la práctica, Stevens se destroza a sí mismo y, parcialmente, a la señorita Kenton. En esa agonía personal, está más cerca de Macbeth, porque Ricardo extermina a cuantos se cruzan en su camino, de un buen humor viciado encomiable.

            Como digo, Glóster y Stevens no tienen más semejanzas. El odio de Ricardo es general y, en cambio, Stevens no odia, sino que padece un deseo frustrado. Y este punto le une a otro complejo personaje, a quien considero la expresión máxima del poder perverso del amor, del deseo truncado, del rencor, de los celos y de la obsesión amorosa. Y no es hijo de Shakespeare, sino de Victor Hugo: hablo de Dom Claude Frollo, arcediano de Nuestra Señora de París. Pero de él nos encargaremos en otra ocasión.

 

Nota; imágenes utilizadas: fotogramas de “Ricardo III”, de Richard Loncraine; fotograma de “Lo que queda del día”, de James Ivory.

febrero 5, 2010

V. Rehenes

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:03 pm

            LOS TETRARCAS DE LAS ISLAS ROJAS sabían bien que la fuente de su prosperidad estaba en el mar. Eran el comercio naval y la pesca en sus ricos caladeros los que llenaban sus arcas. También sabían que, precisamente por eso, eran un objetivo de los piratas. Que desde los islotes cercanos, las calas secretas, incluso desde el mismo continente, desde aquellas zonas de los Señoríos en que la autoridad era débil o negligente, los navíos piratas cazarían a los mercantes.

            Ante estos dos factores, unos gobernantes mediocres hubieran empleado la mano dura. Hubieran enviado sus propios barcos para perseguir y colgar a los bucaneros. Los Tetrarcas demostraron ser gobernantes sagaces. No consideraron a la piratería como un peligro para su riqueza, sino como un medio para hacerla aún mayor. Pactaron discretamente con los capitanes piratas. De cada botín que era arrancado en alta mar, una parte iba a parar a manos de los recaudadores de impuestos. Las tripulaciones de los mercantes tenían derecho a defenderse, desde luego, pero los barcos militares de las Islas nunca perseguían con celo a los asaltantes.

            Como la mayor parte de los barcos asaltados eran originarios de las mismas Islas o de reinos demasiado lejanos o débiles para suponer una amenaza, el pacto permitía a piratas y Tetrarcas vivir con bastante comodidad, siempre que los primeros mantuvieran su codicia dentro de lo razonable. Sólo había una línea roja en el acuerdo: la República de Izur.

            Desde que el Consejo de los Nueve y la Gran Asamblea firmaron el tratado de alianza con los Tetrarcas, sus barcos pasaron a ser intocables. Porque la República estaba próxima a las Islas Rojas y tenía poder bastante como para devastarlas. Cualquier bajel pirata que abordara un barco republicano sería perseguido sin piedad y todos sus tripulantes ejecutados de manera singularmente desagradable. Y casi todos los piratas acataban esta norma.

 

            Si hubieran conocido estos datos, Ailin, Willer, Asuran y Río de Viento se habrían encomendado a todas las divinidades conocidas o desconocidas. Sólo unos piratas temerarios, sin nada que perder, se atreverían a quebrantar el pacto con los Tetrarcas, provocando su ira y la de la República. Como los cuatro prisioneros nada sabían, observaban su captura con menos preocupación de la debida.

            En cambio, una vez desembarcados, arrojados a una gruta, guarida de los piratas, cada cuál dejó ver una faceta de su naturaleza. Ailin se mostraba calladamente irritada; Asuran, sombrío, cansado, deprimido; Río de Viento, con una indiferencia aliviada por su aire inocente; y Willer, por último, se limitó a protestar por la falta de comida y bebida. No por ser prisionero, tenía uno menos hambre. O sed.

            El resultado fue el mismo: los piratas se reunieron en conciliábulo, sin prestar atención a sus prisioneros, salvo por el pirata calvo, que comprobaba sus ataduras. Por las voces que les llegaban, Silvela estaba en medio de un duelo con Graf. Desde su posición, podían verle la cara: no era de las que discutían con frialdad.

            – Ya no estamos en un abordaje.- dijo Graf- Tus decisiones se pueden discutir, ahora.

            – Tampoco estamos navegando.- replicó agitadamente su camarada- No me parece que tengas más autoridad.

            – ¿Quién decide, entonces?- preguntó otro pirata.

            – La verdad, no sé si habíamos previsto algo así.- gruñó Graf- Tomar prisioneros ha sido una verdadera innovación de Silvela.

            – Ha sido una decisión tomada durante un abordaje, debería ser la misma persona la que decida sobre los rehenes.

            – Es decir, tú misma.

            – ¿Tienes algo en contra, Graf?

            – A mí me suena bien.- comentó otro pirata más.

            – Menuda sorpresa, Colomer. Una jodida sorpresa. Has dicho que son rehenes, Silvela. Por los rehenes se pagan rescates. No sé si de estos sacaremos mucho.

            El pirata calvo, tras ocuparse de Asuran, estaba palpando las sogas de Ailin. Aprovechó para palpar algo más. Ni el bardo ni el caballero se dieron cuenta de nada; Río de Viento seguía abstraído. Ailin aguantaba en silencio, sabiendo que un grito, una queja, podía hacer saltar a sus compañeros, indefensos, contra una tripulación bien armada.

            Entonces oyó un golpe seco y el calvo se llevó las manos a la cara, lanzando cagamentos. Silvela le había visto; sin parar el debate había cogido una piedra del suelo y había demostrado tener tan buena puntería como Willer.

            – ¡Fuera de ahí!- le gritó al calvo- ¡Si te vuelvo a ver a dos pasos de los rehenes, te corto la mano! ¿Has entendido, tocón de mierda?

            Willer y Asuran asesinaron con la mirada al calvo. Los compañeros de éste se reían. Unos, porque les gustaba ver fracasar a uno que estaba haciendo lo que les hubiese gustado hacer a ellos; otros, porque el calvo había sido un idiota al no haberse guardado de la mirada de Silvela. Por último, había quien se reía porque ver a un hombre recibir una pedrada siempre es divertido.

            – A los rehenes se les tratará con respeto, ¿me oís?- Silvela puso los brazos en jarras- ¡No recibirán ningún maltrato, de ninguna clase! ¿Ha quedado claro?

            – ¿Que nos matéis de hambre y de sed no es un maltrato?- preguntó en voz alta Willer.

            – Por el amor del cielo, Willer, ¡calla!- le susurró Asuran- ¡Vas a hacer que nos maten de verdad!

            – ¡Bah! Si nos fueran a matar por tan poca cosa ya te habrían destripado, maese bardo. Olvidas lo insultantes que son tus bigotes.

            – Son rehenes, Graf.- continuó Silvela- Míralos bien. Esa chica tiene aire de haberse pasado la vida mandando. Y le acompañan un bardo, un niño y un luchador.

            – ¿Y qué?

            – Un bardo para entretenerla. Un niño para hacer de criado o más bien de rastreador, por la pinta. Un luchador para protegerla. Un luchador que combate como un caballero de los Señoríos.

            Los piratas empezaron a entrever hacia dónde quería ir Silvela. Un par más avispados daban muestras de haber llegado ya. Graf era de estos.

            – ¿Seguro?

            – Sé algo de esgrima.- replicó Silvela con el tono de un joyero que acaba de tasar un diamante.

            – Todo un puñetero séquito.- sonrió Colomer, el pirata que antes había apoyado a Silvela, un hombrón de patillas erizadas.

            – Quizás. Pero en el caso de que tengas razón, ¿cómo sabremos quién es? Sin saberlo, no hay forma de pedir rescate.

            – Lo sabremos.- afirmó Silvela.

            Los demás asintieron, convencidos por aquella seguridad.

            Graf cambió de enfoque.

            – Siendo así, los rehenes equivalen a un rescate, que equivale a un botín. Y de gestionar el botín no te encargas tú, Silvela, se encarga Puchta.

            El calvo se acercó al oír su nombre. Por la cara le caía un hilillo de sangre. Graf observaba a Silvela con gesto victorioso. Los demás piratas parecían bastante impresionados por aquella vuelta de tuerca.

            – Ahora sí que estamos perdidos.- murmuró Asuran- Ése nunca apoyará a Silvela.

            – Muy cierto, maese bardo.- replicó Willer- Hubiera sido preferible dejar que siguiera a lo suyo, ¿verdad?

            Asuran enrojeció.

            – No era eso lo que yo…

            – Que apoye a Silvela o no da igual.- le interrumpió Ailin con tono plano- No he oído decir nada a Silvela a favor de nuestra libertad.

            – Al menos, no permitiría que nos hagan daño.- dijo Asuran.

            – Quién sabe.- Willer apuntó con la nariz a los piratas- Tal vez no lo permita.

            Puchta aún no había tomado ninguna decisión. Con la mano derecha tapando su herida, miraba alternativamente a Graf, a Silvela, a sus botas y a un agujero del suelo. Silvela no apartaba los ojos.

            – ¿Qué propones hacer tú con los rehenes, Graf?- preguntó, mirando aún a Puchta- ¿Matarlos, echar sus cuerpos al mar? ¿Dejarlos en libertad?

            – No creo que saquemos de ellos ni una pieza de bronce, ya lo he dicho.- Graf tampoco dejó de mirar a Puchta- Si los dejamos libres, tendremos que cambiar de refugio. No podemos arriesgarnos a que hablen con los Tetrarcas. Pero si, en cambio, los matamos, se sabrá. Y los barcos que asaltemos sabrán que no tenemos compasión con los prisioneros. Preferirán luchar a rendirse, como hasta ahora.

            – Eso no son propuestas.

            – No, son certezas. Nos has colocado en una posición jodida, Silvela. Muy jodida.

            – Pero si sacamos de ellos un rescate, si lo recibimos y los soltamos, cambiando de escondite, lograremos unos beneficios que compensarán las molestias.

            – Si logramos ese rescate, tú lo has dicho.

            Silvela salió de su inmovilidad: caminó hasta los prisioneros y se acuclilló ante Ailin.

            – ¿Has oído, bonita? Graf no lo ha dicho, pero en el fondo cree que es menos malo mataros que soltaros. Yo creo que es mejor sacar un botín de esto y luego soltaros. Sólo me apoyará si piensa que podéis pagar un rescate. ¿Qué dices? ¿Puedes convencerle de eso?

            Ailin abrió los labios contraídos lo justo para mascullar:

            – Somos simples viajeros. No somos ricos. No tenemos amigos ricos.

            Graf resopló. Silvela volvió con los suyos. Miró de nuevo a Puchta.

            – Miente.

            El calvo se pasó la mano por la cara. Lanzó una mirada a los rehenes. Se mordió los carrillos.

            – Esperemos un poco más. Esperemos a ver si Silvela puede sacarles la verdad.

            – Si es que no la han dicho ya.- gruñó Graf.

            – No la han dicho.

            – Bueno, pero ahora no.- bostezó Colomer- Hay que ocuparse del barco, contar lo que hemos sacado del mercante y preparar algo para cenar. Ya nos encargaremos de esos luego.

            Los piratas se mostraron de acuerdo. El grupo se dispersó, cada cual fue a encargarse de sus obligaciones.

            – Colomer, échales un vistazo de cuando en cuando.- dijo Silvela, antes de ir al barco.

            El hombretón se sentó en una piedra plana, con un cuchillo en la mano y una botella que pidió a gritos en la otra.

            – No ha ido tan mal.- opinó Willer- Ese Puchta tiene alma de prestamista. Deja las injurias de lado cuando hay oro en la balanza.

            – Ha sido una suerte.- contestó con aspereza Ailin.

            – Claro que eso no me va a impedir cortarle las manos, la lengua y la polla en cuanto se descuide.- continuó su Protector, apaciblemente.

            – Y estemos libres.- sonrió irónicamente De Kern.

            – Lo de estar libres es cosa mía.

            Los otros tres miraron a Río de Viento. Una mirada breve, fugaz. Bastó. El niño había estado callado, ausente, abstraído, por una buena razón. Para deshacer nudos marineros, incluso un Hombre Verdadero requiere concentración.

febrero 2, 2010

¿Amor? ¡Arte! (III): El matrimonio perfecto

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:29 pm
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            Hemos ido viendo en otros artículo algunas de las grandes heroínas de Shakespeare, heroínas también en el campo del amor. No deja de ser reconfortante que, cuanto más grande es el personaje, con más inteligencia y amabilidad se burla de los tópicos amorosos.

            Pero Shakespeare es demasiado inteligente para dejar al amor en el terreno de sus personajes positivos. Es absurdo (aunque en las historias infantiles, neciamente, se perpetra esta infamia) pretender que sólo los personajes y las personas que podríamos calificar de moralmente bondadosas conocen y practican el amor. Y el Mal y el Amor en el arte siempre han ido muy cerca el uno del otro.

 

            Dijimos ya que Bloom observa a los matrimonios de Shakespeare y nunca afirma su futura felicidad. Antes al contrario. Satisfaciendo su vena maliciosa, repite a lo largo de su obra que, en su opinión, no hay en el mundo shakesperiano pareja más bien avenida, más compenetrada y más perfecta que el matrimonio Macbeth. Macbeth y Lady Macbeth están hechos el uno para el otro.

            Macbeth posee una extraordinaria imaginación proléptica, pero carece de voluntad pragmática y es Lady Macbeth, que es voluntad con forma de mujer, la que le empuja hacia el abismo en el que ambos caen y que ambos sufren de manera agónica, con idéntica intensidad en sus triunfos y en su desgracia.

            Aun cuando tras el asesinato de Duncan el matrimonio se quiebra, con Macbeth rehuyendo a su esposa y ambos sumiéndose en un torbellino distinto, de locura ella y de terror él, están bien emparejados, lo cual es una ironía cruel por parte del bueno de William.

            Antes del regicidio, Lady Macbeth, por así decir, llevaba los pantalones en el castillo. Desde luego, es una figura poderosa, ante la cual el marido se siente siempre, hasta que ella ya ha perdido la razón, en inferioridad. Ni siquiera cuando Macbeth trama en secreto la muerte de Banquo se muestra arrogante con su mujer. A mí casi me da la sensación de un alumno que prepara con discreción el trabajo final que presentará a su profesor.

            Y eso que las imprecaciones de Lady Macbeth contra la virilidad de su esposo son terribles. Macbeth, es extraordinario guerrero, como se nos dice al comienzo de la obra:

Pues el bravo Macbeth (bien merece ese nombre),

Despreciando a la Fortuna, con su acero blandiendo,

Que humeaba de sangrientas ejecuciones,

 Como favorito del valor, se abría paso,

Hasta que se enfrentó al esclavo;

Al que nunca tendió la mano, ni se despidió de él,

Hasta que lo rajó del ombligo a la quijada,

Y clavó su cabeza sobre nuestras almenas.

            Pues bien, semejante salvajismo, que le coloca entre los grandes del reino, y del que más tarde usará, en el terror que impondrá, tanto a los demás como a sí mismo, tiene su origen, en parte al menos, al decir de la crítica, apoyándose fundadamente en la obra, en una temida o comprobada impotencia.

            Se nos sugiere que Lady Macbeth tuvo un hijo, de un marido anterior, pero no hay niños, no hay herederos en el matrimonio. La sombra del hijo persigue a la pareja y muchas de los acerbos comentarios que Macbeth recibe de su esposa pueden leerse en un sentido netamente sexual.

            Los Macbeth siempre me han recordado a otra pareja terrible, George y Martha, en ¿Quién teme a Virginia Woolf?, otra obra nocturna, otro matrimonio aterrador, pero amante, en medio del miedo y del odio mutuo, con el hijo ausente siempre planeando. George y Martha manipulan a sus compañeros de fiesta, un matrimonio mucho más joven, y traman auténticas maldades, en un duelo espantoso. Si los Macbeth no tuviesen tantos enemigos externos, es posible que hubieran acabado sus días así, unidos por un amor amargo.

            Claro que, en la práctica, Macbeth es mucho más destructivo que George, pero percibo en ambos un mismo fondo: la nada. Dicen los expertos que Macbeth nunca desea realmente nada de lo que hace, que sufre su maldad, que carece de verdadera voluntad. No así Lady Macbeth, pero ella se derrumba por completo, mientras su marido permanece, cada vez más vacío.

            Los Macbeth, otra de las ironías de Shakespeare, se lanzan sobre la corona de una forma lasciva, deseando su gloria tal vez para escapar de la vacuidad ontológica que los persigue y cuando han consumado el atroz asesinato, se encuentran con una nada aún más fuerte. Así se explica la reacción del atormentado y atormentador tirano cuando recibe la noticia del suicidio de su amada esposa:

            Debió morir más adelante:

            Hubiera habido tiempo para semejante palabra.

            Mañana, y mañana, y mañana,

            Se arrastra con ese pasito de día en día,

            Hasta la última sílaba del tiempo conocido;

            Y todos nuestros ayeres han alumbrado a los locos

            El camino hacia la polvorienta muerte. ¡Apágate, apágate, breve cirio!

            La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor,

            Que se pavonea y se agita una hora en el escenario,

            Y después no vuelve a saberse de él: es un cuento

            Contado por un idiota, lleno de ruido y de furia,

            Que no significa nada.

 

            En el caso de los Macbeth el amor no es el causante del horror, sino un elemento más del mismo. Pero el amor puede ser germen del mal, cuando el deseo (y el amor se compone un alto porcentaje de deseo) incita a usar cualquier medio para satisfacerlo y, de manera incluso más destructiva, cuando la realidad se muestra infranqueable y no es posible lograr el objeto del deseo. Para verlo, empezaremos la semana que viene con una de las obras más famosas de William: Ricardo III.

 

Nota: imágenes usadas, por su orden, fotograma de “Macbeth” de Roman Polanski; fotograma de “Macbeth”, de Orson Welles; fotograma de “¿Quién teme a Virginia Woolf?”, de Mike Nichols; fotograma de “Macbeth”, de Orson Welles.

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