Con un vaso de whisky

octubre 26, 2011

Dominó o ajedrez

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:25 pm
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            Contagio, la última película de Steven Soderbergh, es astuta, un tanto tramposa, algo hueca y, en su mayor parte, helada. No hay originalidad en la idea: una enfermedad desconocida provoca una pandemia mundial. Podría ser el principio de una película de zombies. Soderbergh se centra en la enfermedad y en el combate contra ella. Tampoco hay aquí mucha cosa nueva. Lo interesante de esta película no es lo que cuenta, sino cómo lo cuenta.

            Soderbergh, que tiene en su mano un reparto plagado de estrellas (incluyendo al estupendo Bryan Cranston, al que se le concede un poco agradecido papel terciario, quizás por lo agotado que debe de andar el hombre encarnando a Walter White), podría haber planteado un largometraje de personajes. Con la pandemia como telón de fondo, podría haber indagado en la psicología, en las relaciones, en los fantasmas, emociones, virtudes y defectos de un puñado de hombres y mujeres. Hubiera estado bien. Nada nuevo hay bajo el sol. Encerrar a un grupo de individuos, amenazados por una fuerza ciega y terrible es una convención, que, bien usada, da excelentes resultados. Y excelentes películas de zombies, como un amigo mío me repite de cuando en cuando.

            Pero no. En vez de ceder a esta “tentación”, Soderbergh mantiene atados en corto a los personajes. Nos permite contemplar breves fragmentos de sus acciones, unos escasos momentos íntimos, da información personal con cuentagotas. No podemos, en realidad, identificarnos, ni empatizar, ni compadecer (en el sentido más estricto del término) con ellos. Son extraños. Más allá de su pertenencia a la raza humana, poco tenemos que compartir con esos médicos, funcionarios, hombres corrientes que aparecen en la pantalla, mientras el mundo se desmorona.

            Matt Damon y Jude Law escapan un tanto a este destino. Mientras a otros personajes, como la doctora que encarna Kate Winslet, se le conceden muy pocas escenas para mostrarse humanos (pero, eso sí, qué bien las aprovecha), Damon y Law aparecen más a menudo y con mayor margen. Tanto tiempo como el malogrado personaje de Laurence Fishburne, con mucha más enjundia que él.

            A Damon se le da la carga de ser el hombre corriente. Al poco de empezar la película, la enfermedad descarga dos mazazos en su círculo más íntimo. Sin embargo, él resulta inmune a la pandemia. En un mundo donde todo el mundo teme por su vida, Damon teme por la de otra, la de su hija adolescente (cansina, cansina, cansina). Desde entonces lo veremos obsesionado por su seguridad, contenido, vigilante. Sólo al final del todo se permite unos segundos para que el dolor lo abrume, casi como un lujo ya no reprochable.

            Jude Law tiene en sus manos el más equívoco y, probablemente, el más interesante de los personajes. Un blogero, un periodista freelance, el arquetipo de cruzado solitario que, en otras películas, termina siendo clave para descubrir el oscuro chanchullo militar o farmacéutico que ha originado la pandemia. Eso parece al principio.

             Pero, a medida que la película avanza, se vuelve todo mucho más ambiguo. Se nos revela como un hombre de enorme ego, un propagador de rumores bajo la máscara de un buscador de verdades, tal vez un estafador sin escrúpulos, sonriente y amoral. ¿O tal vez no? ¿Miente él, mienten sus adversarios, mienten todos? Soderbergh no cae en la trampa de la conspiración, pero sí deja que el secretismo, la paranoia, la mentira y el abuso de la posición a favor de los seres queridos, en momentos desesperados, campen por la pantalla. Las afirmaciones de Law son tachadas de bulos (y seguramente lo son), aunque tienen eco en una sociedad desconfiada, que ya ha sido engañada en otras ocasiones. Como todo demagogo, el personaje de Law usa medias verdades y verdades mezcladas con mentiras. Las series me han malacostumbrado: este tipo tendría cabida en una buena serie.

            Ahora bien, durante la mayor parte del largometraje es la enfermedad la que tiene el protagonismo. Aunque también de manera fría. No hay morbo, no hay exaltaciones, no hay escenas truculentas. El director mantiene con mano de hierro un ritmo inexorable, no muy lento, no muy rápido. Tecnicismos, conversaciones profesionales, emociones disimuladas, toses, un apretón de manos, un bostezo, un contacto que puede ser la muerte. Y cifras. Las cifras, las cifras lo dominan todo. Cifras de población, cifras de fallecimientos, cifras de días, los días que han pasado desde que el contagio comenzó.

            Aquí muestra Soderbergh su mayor astucia. Los implacables números rojos que contabilizan los días de epidemia comienzan con el día dos. El día uno, el primer eslabón de la cadena, sólo se nos otorgará al final. Entramos, como los médicos, en la acción iniciada. La primera ficha de dominó ya ha caído sobre la segunda. Cuando nos damos cuenta, la reacción parece imparable.

            Yo creí, sinceramente, que sería imparable. Que, al contrario que otras veces, la enfermedad había ganado la partida antes de comenzarla, que no habría contragolpe, ni jaque mate al virus. Me equivoqué. Vi un dominó cuando en realidad había una partida de ajedrez.

            Pero es que el virus llevaba muchos movimientos adelantados. Y, junto a él, jugaban otros: el miedo, el caos, el egoísmo y la desesperación. Las escenas de vandalismo, desorden, pánico y, sobre todo, las vacías secuencias de parajes desolados, ciudades muertas, gimnasios, templos, supermercados, parques sin un alma, son de lo mejor de esta obra. A ratos, invade al espectador una sensación de irrealidad, pese al realismo gélido con el que está narrado todo.

            Aunque el final no acaba de convencerme, le reconozco bastante a esta película. Incluso veo virtud en algo que me mantuvo un tanto incómodo. Mientras veía la maquinaria en movimiento, no podía dejar de pensar “algo falta”. Más tarde entendí qué: el clímax. No hay. Soderbergh, con tino, nos lo escamotea. Eso ayuda a esa buscada verosimilitud. Las crisis de verdad no tienen una estructura de introducción, nudo, desenlace.

             Hay otras cosas y no hay otras cosas. Hay alguna trampa, sí, alguna pista falsa que nos lanza. Hay personajes un tanto superfluos, también. No hay ni calor humano en exceso, ni miseria humana en exceso. Hay frío. 

              Fríamente nos saluda, fríamente nos muestra el desarrollo del contagio y (algo menos) fríamente nos despide. Sin que la acción sea nunca trepidante. Sin dejarnos sin aliento. Y hasta sin cerrar explícitamente varias subtramas. Nada sabemos del futuro de los supervivientes, tampoco. Como meros observadores de un período concreto de tiempo entramos al cine. Sólo esto nos deja ver.

            Seguramente, haya acertado. Pero, con todo, sigue siendo algo hueca. No acaba de cuajar. Correcta. No memorable.

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octubre 19, 2011

No aprenden

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:49 pm
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            Nada, no hay manera. Tal vez recuerden ustedes que, hace ya varios años, el director Joel Schumacher lanzó al mundo una adaptación cinematográfica del musical El Fantasma de la Ópera. No he tenido la oportunidad de ver el musical, ni en Londres, ni en Nueva York. Un amigo mío, el muy perro, sí. Así que, junto a un tercer camarada, nos fuimos al cine, esperando captar algo de un musical que ha entusiasmado a millones de personas. Tras la espectacular obertura, con la grandiosa araña alzándose y resplandeciendo, empezó la debacle.

             Primer indicio de que la cosa iba a ir cuesta abajo: las canciones (el noventa por ciento de la obra) estaban dobladas. Segundo indicio: los actores, aun con el beneficio de la duda que supone no escuchar sus verdaderas voces, eran lamentables. Tercer indicio: que el director era quien era y que hacía lo de siempre; sigue en libertad, sin cargos. En suma, que salimos, dos, de ver una película horrenda y, uno, de ver como violaban una muy querida obra de arte.

             Por cierto, la culpa también recae sobre el compositor del musical, Andrew Lloyd Webber. Se ve que ser uno de los más célebres y exitosos autores de teatro musical no basta y ser nombrado Lord por Su Graciosa Majestad le sabe a poco. El cheque de la productora fue sustancioso, o eso espero.

              Bien, pues ahora imaginen la cara que se me quedó cuando leí que Hollywood iba a meter sus manos en Los Miserables (musical, no novela). Con cierta preocupación, busqué el nombre del director: Tom Hooper. No me sonaba el nombre, pero ya era mucho que no se llamara Schumacher. A continuación, picado por la curiosidad morbosa, miré la lista de actores. Y allí empezaron mis calenturas.

              Los Miserables es una obra coral, donde es importante que no falle nadie. Pese a ello, visto el último artículo que colgué, como fallen Jean Valjean y el Inspector Javert, se acabó. ¿Y quiénes son los seleccionados? Hugh Jackman y Russel Crowe. Vaya.

              Comparto la fobia del Doctor Perry Cox hacia el señor Jackman. Nada de lo que ha hecho me ha convencido. En El Prestigio, una película que disfruté, fue su actuación el punto más flojo. Y él va a ser el pilar maestro del musical. Genial. Bueno, bueno, me dice una vocecilla prudente, calma. También cuando Christopher Nolan anunció que el difunto Heath Ledger iba a encarnar al Joker casi me da una ataque. Y ahora el Joker de Ledger me parece una de las mejores aproximaciones a este siniestro y cambiante personaje. Con todo, en esta ocasión, creo que mi reacción primera será la acertada.

              En cuanto a Russel Crowe… Es un buen actor. Ha bordado papeles interesantes. Incluso le he perdonado Gladiator (a Ridley Scott, no). Pero, no sé, no sé. Cuando a mi me dicen “Javert”, no se me aparece el rostro de Crowe. En una adaptación de la novela, dejaría mi juicio en suspenso.

              ¿El resto de actores confirmados? Anne Hathaway como Fantine. La señorita Hathaway nunca me ha dicho nada bueno. Ya tengo mis reservas con su elección como Catwoman (pero a Nolan le doy cuerda, desde el asunto Ledger y pese al tropezón Origen). Muchas más en este papel. En cuanto al maravillosamente malévolo matrimonio Thenardier, Helena Bonham-Carter será la esposa (que encaje bien en el mundillo burtioano no quiere decir que encaja bien en otros mundillos) y, se rumorea, Geoffrey Rush, su maligno marido y señor. Es el único que me hizo sonreír. Es un actor estupendo, con muchos registros. Además, en la irregular adaptación al cine de 1998, Rush interpretaba con tino a Javert, frente a un convincente Liam Nesson en los zapatos de Valjean.

              Pero, y aquí viene el gran pero, que le pongo a todos los actores es muy simple. En Los Miserables no se habla. Ni un segundo. Se canta. Durante más de dos horas. Un cantante de musical no está en la misma categoría que uno de ópera: los de ópera hacen con la voz cosas increíbles. A cambio, puede ser mucho peor actor. Y un actor de teatro o cine puede ser mejor que un cantante/actor de musical. A cambio, no necesariamente tiene que saber cantar. Pero si pones a un actor que no cante bien (y cuando digo bien, quiero decir muy bien) a hacer el trabajo de un cantante de musical hay dos opciones.

               Primera, doblarlo. En la versión original, quiero decir. Coger al tipo que de verdad saber cantar Who am I y hacer que Jackman mueva los labios. Así la gente que vaya por cara de Jackman quedará contenta y los que amen el musical se sentirán menos agredidos, aunque no menos ofendidos.

              Segunda, dejar que al actor cante. Que es lo que harán, supongo. Igual me llevo la gran sorpresa y son todos unas voces de primer orden. Pero lo dudo.

               Tiemblo al pensar qué harán la tropa cuando les toque pelear con esta maravilla:

 

              Y, encima, en España, lo doblarán todo al castellano. Como si lo viera.

 

Imágenes: Joel Schumacher; Geoffrey Rush y Liam Nesson, en la adaptación de 1998 de Los Miserables

octubre 8, 2011

Valjean y Javert entretejidos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:17 am
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            Cuando Claude-Michel Schönberg, Alain Boublil, Jean-Marc Natel y Herbert Kretzmer decidieron hacer una versión musical de la impresionante novela Los Miserables, supongo yo, tuvieron un par de minutos de pánico ante la página y la partitura en blanco. Era una tarea complicadísima. A la vista del resultado, estos caballeros son gente de talento.

            Hubo que dejar mucho en el tintero, claro. Las reflexiones, los auténticos ensayos que Victor Hugo introducía en sus novelas (sobre todo en esta) tenían que dejarse de lado o, como mucho, dejar caer alguna gota en alguna canción. Los maravillosos capítulos dedicados a la batalla de Waterloo, claro, tampoco tenían cabida. Los estudiantes del ABC quedan uniformados, sin apenas los rasgos personales que Hugo les otorgó (en especial Enjolras y Grantaire). Pero, demonios, con todo y con eso, hicieron un trabajo espléndido. Oh, dicho sea de paso: si quieren perder tiempo y dinero, vayan a ver la versión que se perpetra estos días en Barcelona (no sé si también en Madrid).

            Dejando de lado un montón de cosas que tal vez examinemos en futuras entradas, en el musical existen varios leitmotivs, temas que se repiten, asociados a un personaje o a una situación. Más aún, la música se usa astutamente para enlazar escenas diferentes, para crear vínculos entre los personajes y sus vivencias. Tres momentazos protagonizados por Valjean y Javert son el mejor ejemplo.

            Lo digo ahora: presumo que el lector ha visto el musical o leído el libro. Si no ha hecho lo primero, le recomiendo que ahorre, si esta maldita crisis le deja aún respirar. Si no ha hecho lo segundo, le ruego que pare de leerme y se vaya a una biblioteca o a una librería.

            A Victor Hugo le encantaba hacer pensar a sus personajes. Algunos de sus mejores capítulos ocurren dentro de la cabeza de los hombres y mujeres que pululan por sus páginas. Scönberg y sus colegas arriba citados tenían aquí una ventaja: nada más fácil en un musical que meter unos cuantos soliloquios. Da la oportunidad de lucirse al cantante y, si el libretista es bueno, podían condensar decenas de páginas en unos minutos. Perdiendo en el camino parte del equipaje, pero conservando lo esencial.

            El monólogo interior más recordado de Valjean es aquel en el cual pasa la noche decidiendo si acudir al Tribunal de Arras para desvelar su auténtica identidad, salvando así a una víctima del error judicial (en el musical, la canción Who am I?). Ahora, antes, tras su encuentro con el obispo Myriel, tiene otro mucho más importante. Otra noche en la que la vida de Valjean da un giro tremendo, una noche que marcará el resto de su vida y que será la piedra de toque de sus futuras y dolorosas decisiones.

            Conscientes de la importancia de este momento, en el musical, compositor y libretistas lo colocaron como el primer gran soliloquio de su obra. Un soliloquio con tres partes: una primera de estupefacción, de rebeldía, de rabia; una segunda de reflexión asombrada; y una tercera de conclusión y determinación. Como es demasiado bueno para perderse la letra y como no he encontrado un video subtitulado, les pongo aquí un video (que no es de una representación, sino de un concierto de aniversario, lo cual deja la parte interpretativa bastante mutilada; es una pena y, claro, no le llega a la rodilla al directo- por cierto, le soliloquio propiamente dicho empieza hacia la mitad) y una traducción que he intentado sea lo más fiel posible y que acepta toda crítica:

            ¿Qué hecho, dulce Jesús, qué he hecho? Convertirme un ladrón en la noche, en un perro a la fuga ¿He caído tan bajo, es ya tan tarde que ya nada permanece salvo el grito de mi odio, un grito en la oscuridad que nadie escucha, aquí donde me yergo, en el giro de los años?

Si había otro camino que seguir, lo perdí hace veinte largos años, Mi vida era una guerra que no podía ganar, me dieron un número y asesinaron a Valjean, cuando me encadenaron y me dieron por muerto, ¡sólo por robar un bocado de pan!

            Entonces, ¿por qué permití a ese hombre que tocara mi corazón y me enseñara sobre el amor? Me trató como a cualquier otro, me dio su confianza, me llamó hermano. Reclamó mi vida para Dios, en lo alto. ¿Pueden existir tales cosas? Pues yo he llegado a odiar este mundo, este mundo que siempre me odió a mí.

            ¡Ojo por ojo! ¡Vuelve piedra tu corazón! ¡Esto es todo por lo que he vivido! ¡Esto es todo lo que he conocido!

            Una palabra suya y estaría allá de vuelta, bajo el látigo, sobre la rueda. En cambio, me ofreció mi libertad. ¡Siento la vergüenza en mi interior, como un cuchillo! Me dijo que tengo alma. ¿Cómo lo sabe? ¿Qué espíritu ha venido a conmover mi vida? ¿Hay otro camino que seguir?

            Extiendo mis brazos, pero caigo, y la noche se cierne, mientras permanezco en el borde del remolino de mi pecado. ¡Escaparé ahora de este mundo, del mundo de Jean Valjean! ¡Jean Valjean ya no es nada! ¡Otra historia debe comenzar!

            Pero, como ya sabemos, un Jean Valjean, humilde, benefactor, alcalde de su pequeña ciudad casi a la fuerza, se denuncia como exconvicto. Y el perro de presa Javert, que siempre sospechó de él, va a detenerle. Aquí hay un cambio de guión entre novela y musical. Cuando Javert, en el libro de Hugo, va a buscar a Valjean, este se encuentra velando a Fantine, enferma. Es la terrible visión del policía, la detención de Valjean y las brutales palabras que Javert le dirige las que precipitan la muerte del personaje a quien Hugo más hizo sufrir. En el musical, se permite fallecer a Fantine más dulcemente. Y Valjean no se deja detener, para luego escapar, sino que se enfrenta a Javert, con el rol ya de protector de la pequeña Cossete.

            La escena del musical se titula The Confrontation. Y aquí, usando casi el mismo tema, dan voz a los dos adversarios, que se enzarzan en un minuto y medio de combate monologado. No hay diálogo, ambos hablan a la vez, Valjean tratando de conmover, primero, de amedentrar, después al policía; y este, sordo, ciego a cualquier petición, recitando su credo implacable. Un duelo en el que Javert nos dice más cosas de sí que Valjean:

            J: Valejan, ¡al fin! Nos vemos el uno al otro a las claras. ¡Señor Alcalde! Pronto llevarás una cadena diferente.

            V: Antes de que digáis una palabra más, Javert, antes de que me encadenéis como un esclavo de nuevo, ¡escuchadme! Hay algo que debo hacer. Esta mujer deja detrás una niña sufriendo. Sólo yo puedo interceder. ¡En nombre de la misericordia! ¡Sólo necesito tres días! Luego regresaré, empeño mi palabra, luego regresaré…

            J: ¡Debes pensar que estamos locos! Te he cazado a través de los años. Los hombres como tú nunca cambian, no los hombres como tú.

            V (al tiempo que Javert): Piensa de mí lo que quieras, hay una tarea que he jurado hacer. No sabes nada de mi vida: todo lo que hice fue robar un pan. No sabes nada del mundo. Pronto me verás muerto, pero no antes de que vea cumplida esta justicia. ¡Te lo advierto, Javert! Soy un hombre mucho más fuerte, aún hay poder en mí, mi carrera no ha terminado. ¡Te lo advierto, Javert! No haya nada que no me atreva a hacer. Si tengo que matarte aquí, haré lo que haya que hacer.

            J (al tiempo que Valjean): Los hombres como yo nunca cambian, los hombres como tú nunca cambian. ¡No, 24601! ¡Mi deber es para con la Ley! ¡No tienes derechos! ¡Ven conmigo 24601! Ahora la rueda ha girado por completo,¡ Jaen Valjean ya no es nada! ¿Te atreves a hablarme de crímenes y del precio que has pagado? Todo hombre nace en pecado, todo hombre debe elegir su camino. ¡No sabes nada sobre Javert! Yo nací en el interior de la prisión, nací junto a escoria como tú, ¡también vengo del arroyo!

            V (al cadáver de Fantine): Y esto te juro esta noche.

            J (a Valjean): No hay lugar donde te puedas ocultar.

            V: Tu hija vivirá bajo mi cuidado.

            J: A donde quiera que escapes.

            V: Y la alzaré hasta la luz.

            V y J (al tiempo): Te lo juro, allí estaré.

            Estos dos hombres volverán a encontrarse muchos años después, en las barricadas. Allí, Javert, prisionero de los fallidos revolucionarios, espera su muerte. Valjean pide encargrse de él. Y, cuando están a solas, deja libre al inspector. Desconcertado, Javert escapa, pero regresa al día siguiente. En el libro, su encuentro con Valjean no es buscado. En el musical, sí. En ambos, Javert permite que Valjean lleve al herido Marius hasta su casa. En las páginas, le acompaña hasta la puerta y luego desaparece. En el teatro, se queda, listo para su escena final.

            El grandísimo capítulo que Hugo dedica al derrumbe interno de Javert es aquí un soliloquio que sigue, punto por punto, la estructura del primer soliloquio de Valjean. La música es la misma, pero la letra cambia radicalmente. Javert ve que su concepción del mundo, maniquea y simple, es irreal. E, incapaz de enfrentarse a ello, se suicida. En el musical (y es lógico) se nos escamotea el detalle del último testamento de Javert (un detalle genial de Hugo), pero, como digo, se logra plasmar el meollo de la cuestión:

            ¿Quién es este hombre? ¿Qué clase de diablo es, que me tiene cogido en la trampa y elige dejarme libre? Era su momento, al fin, de sellar mi destino, de limpiar su pasado, de hacer borrón y cuenta nueva, Sólo necesitaba un golpe de su puñal. ¡La venganza era suya y él me devolvió la vida!

¡Maldito sea si vivo en deuda con un ladrón! ¡Maldito si cedo en la caza! ¡Yo soy la Ley y de la Ley nadie se burla! ¡Le escupiré su piedad en la cara! ¡No hay nada en el mundo que compartamos! ¡Es o Valjean o Javert!

            ¿Cómo he permitido que este hombre tenga poder sobre mí? Este hombre desesperado al que he perseguido, me devolvió la vida, me devolvió la libertad. Debería haber perecido por su mano… era su derecho. Era mi derecho, asimismo… en vez de ello, vivo, ¡pero vivo en el infierno!

            ¡Y mis pensamientos vuelan en todas direcciones! ¿Puede creerse en este hombre? ¿Debe ser perdonado de sus pecados? ¿Debe ser indultado de sus crímenes? ¿Y debo empezar a dudar, yo, que nunca dudé en todos estos años? Mi corazón es de piedra y, sin embargo, tiembla. ¡El mundo que conocía está perdido en las tinieblas! ¿Viene del Cielo o del Infierno? ¿Sabe acaso que, al devolverme la vida, aún así me ha matado?

            Extiendo los brazos, pero caigo, y las estrellas son negras y frías, mientras permanezco en el borde de un mundo, de un mundo que no puedo soportar. ¡Escaparé ahora de este mundo, del mundo de Jean Valjean! ¡No hay camino que pueda tomar, no hay camino que continuar!

            Por hoy es bastante. Pero no hemos acabado con este musical. Ni mucho menos.

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