Con un vaso de whisky

septiembre 29, 2014

Cómo no organizar una Distopía

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:32 pm
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            Por aquello de que un domingo por la tarde uno está vago, se cometen ciertos errores. Miren que podía haber hecho cosas mejores con mi vida. Continuar la lectura de “Las benévolas”, de Jonathan Littell, una novela inquietante de la que tal vez hablemos algún día. Ponerme de una vez con “The honourable woman”. Mirar fijamente un punto en la pared. Escribir un borrador de un relato para luego vociferar que es basura, prepararme café y sentirme escribidor. Pero no. Tuve que ver “Divergente”. Morbo, quizás. Masoquismo. A saber.

            En fin, no voy a detenerme en comentarla, en tanto película. No hay por dónde cogerla. Ni en la dirección, ni en la fotografía, ni en la banda sonora, ni en las actuaciones (santo cielo, las actuaciones), ni en el guión. Está basada en una novela de este género que viene a ser a la ciencia-ficción lo que la saga Crepúsculo al terror. Y dice IMDB que hay secuelas en camino. Así que hagamos acopio de paciencia.

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            La historia (ja) se desarrolla (jajaja) en una Chicago en ruinas. Se nos habla de una guerra que armó la zapatiesta, sin mayores detalles. Esto es, por no saber no sabemos si aún hay una guerra. Lo que sí parece es que un grupo relativamente numeroso de gente se refugió en la ciudad y levantó una valla alrededor. Valla que no parece comparable al Muro de Berlín, ni al Muro de Poniente ni a ningún otro Muro merecedor de dicho nombre, en este mundo o en otros. Se supone que es un muro para evitar que unos posibles invasores (¿quiénes y por qué?) traten de entrar, más que para mantener a la población dentro. Bueno, bueno, noten ustedes que esto no es malo por necesidad. La fortaleza de “El desierto de los tártaros” esperaba una hipotética invasión y lo inconcreto, nebuloso, irreal de esa invasión es uno de los geniales pilares de ese gran libro. Obviamente, aquí genialidad hay poca.

            Los visionarios que decidieron levantar la valla, también decidieron que la mejor manera de mantener la sociedad estable e inmutable (ya saben, esas cosas que Maquiavelo, entre otros, ya escribió que son imposibles) consistía en dividir a la sociedad en castas. Ahora, como “casta” queda feo, llamémoslas “facciones”. Mucho mejor. Facción jamás ha tenido connotaciones negativas. Cinco facciones, cinco grupos, cada uno en una según sus habilidades. Y cada una tiene asignado un color y sólo puede vestir de ese color ¿No husmean ustedes ya el olorcillo de la distopía?

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            Tenemos a unos de Blanco, los Honestos, creo, cuya mayor habilidad es decir siempre la verdad. No teman, que nadie va a meterse en espinosos debates filosóficos. Dicen lo que les viene a la cabeza, sin pararse a pensar, sin filtro (esto lo dice un personaje literalmente en la película y nadie desmiente semejante afirmación). A estos Blancos Honestos se les confía el ejercicio del Derecho. No voy a hacer chistes fáciles, pero coincidirán conmigo que unos tipos dedicados a resolver conflictos mediante argumentos y a aplicar la ley deberían ser capaces de pensar antes de hablar Tal vez, vaya. Es una suerte que no haya contactos con otras ciudades, porque supongo que serían los diplomáticos, otro gremio donde tampoco importa mucho medir las palabras.

            Luego están los de Negro. Estos son los Intrépidos. Según nos cuenta la protagonista, estos muchachos (no se ve uno que supere los treinta años, menos un jefe), son el ejército y la policía. ¡Ah! Una esperanza. Mezclar ejército y policía puede ser marca de una buena sociedad distópica. No de las más sutiles ni inteligentes, pero tener soldados actuando como policías suena a dictadura. Rompe un poco el encanto que las tres primeras veces que los veamos, estos Intrépidos estén corriendo y dando saltos por las calles, trepando a fachadas y a puentes, riéndose, en plan “somos la hostia, no como esos aburridos de ahí”. Se respira la disciplina en sus apariciones. Más tarde se nos trata de convencer que hay un riguroso entrenamiento y que saben obedecer las órdenes sin rechistar (algo que contradice de manera clara lo que viene a ser la mitad del argumento de la película, por cierto). Pero a uno no se le olvida que parecen más la caricatura de una tribu urbana medio punk con exceso de anfetaminas en sangre.

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            Hay unos de Naranja, dedicados a la agricultura. No recuerdo su nombre. Llamémoslos Aburridos. Los Aburridos siembran y recolectan. Según parece, están de un buen humor constante, con un aire a lo hippie un tanto extraño. Son ninguneados de manera flagrante en la historia. Nadie con dos dedos de frente querría ser un Aburrido y vestir de naranja. Sin embargo, observe el político sagaz que estos tienen el monopolio de la comida. Si los Aburridos quisieran, el resto de la ciudad no tendría un guisante que llevarse a la boca. No se nos da pista alguna de que sean otras facciones los que les den instrucciones. Porque más bien parece que cada facción se ocupa de sus asuntos sin admitir órdenes de las demás, como compartimentos estancos. Así que los arquitectos sociales de esta ciudad han dejado el poder de alimentar o dejar morir de hambre al resto en una sola mano. Hábiles, sin duda.

            Tenemos a continuación a los Azules. Los Azules son los Eruditos. Los que saben cosas. No nos concretan más. Por las imágenes parece que son los científicos y los técnicos. Silencio sobre si alguno es además humanista o desarrolla las ciencias sociales. Silencio de la película, quiero decir. En sus dos horas y pico no hay nadie que tenga un libro entre sus manos. Ni que mencione su existencia. Y esto no como en, por ejemplo, la célebre obra de Bradbury. Da la impresión de que para los creadores de este universo el hecho de que no haya rastro de arte, de filosofía, de fenómeno religioso (sea en forma de creencias o de ateísmo) es normal. No un indicio de pesadilla social. Algo que dice bastante de ellos y de su universo.

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            Por último están los Grises. Altruistas o Misericordiosos o algo similar. Se dedican a atender a todo el mundo, a ayudar a las viejecitas a cruzar por el paso de cebra, a bajar la basura del vecino y a ser amables. Y a gobernar. Pasmo. ¿Gobernar? Los Blancos aplican la ley. Los Negros tienen pistolas. Los Naranjas, la comida. Los Azules, la ciencia y la tecnología. Los Grises gobiernan. Pero, ¿cómo? ¿Son los legisladores? ¿La Administración? ¿Recaudan los impuestos? ¿Acuñan la moneda (¿hay moneda?)? ¿Reparten el correo? ¿Se encargan del suministro energético? Ni idea. La película ignora con gloriosa despreocupación estas cuestiones. Nos dice que gobiernan y se queda tan ancha. En un alarde de generosidad, nos dice que un tal Marcus es el Líder.

                ¿Quién demonios ha elegido a este fulano? ¿Los demás Grises? ¿Las demás facciones tienen voto o representantes? ¿Hay algún organismo de coordinación interfaccioso? ¿Cómo se las arreglan los Grises para gobernar- suponga esto lo que suponga- si no saben qué piensan o cómo les va al resto de facciones? Y si cada facción hace de su capa un sayo, ¿cómo se organizan internamente? El gobierno de los Grises, ¿hasta dónde puede intervenir en los asuntos de las facciones?

               Nada de esto se nos dice. Ni se plantea por ningún personaje. Claramente, ninguno de estos problemas tiene importancia y ningún grupo humano a lo largo de la Historia les ha buscado solución, porque, total, para qué. La única cuestión de organización social que se nos responde es cómo entra cada uno en una facción. Y agárrense, porque esto empieza a ser delirante.

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            Si uno decide que la base de su sistema social sean las castas, tiene dos opciones básicas. La primera es aplicar el nacimiento: si naces en la casta A, A serás, y tus hijos también. Sin excepciones. Este sistema prima la estabilidad, y es una papeleta segura hacia la esclerosis. La otra posibilidad es que el Estado se lleve a los críos desde el nacimiento, los eduque y los distribuya según sus talentos. De un modo más perfecto, los puede criar, aun con métodos eugenésicos, predeterminándolos para una clase social (“Un mundo feliz”, vaya).

            ¿Qué hicieron nuestros linces Fundadores? Ni lo uno ni lo otro. Hola, joven. Has nacido entre los Azules. Muy bien. Durante tu infancia y adolescencia vivirás entre los Azules, sin apenas contacto con los demás. Luego, cuando alcances una edad (sobre los dieciocho, da la impresión), te haremos un test. “Trust the test”, es uno de los lemas de la ciudad. El test (consistente en inyectarte sabe el cielo qué, que tengas una alucinación y examinar tu reacción) te indicará cuál es tu habilidad o virtud. ¿Eres honesto, o inteligente, o valiente, o amable, o feliz? Te has criado toda tu vida en un ambiente que machaconamente prima sólo una de esas características, pero igual tú tienes alguna de las otras. Ah, pero el resultado no es imperativo. Con lo cual, el día de la elección, por tus santas narices, puedes irte a la Facción que te dé la gana. Una vez que eliges, chaval, ya no hay marcha atrás.

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            Bien pensado. Es decir, que sabemos a ciencia cierta que tenemos entre manos a un futuro as de la microbiología, pero dejamos que decida, si eso, que le apetece más dar saltos entre los edificios, de risas. Y aunque luego se dé cuenta de que ha metido la pata y que lo suyo son las probetas, no aceptamos correcciones. Muy astuto. Oh, pero es que dentro de las Facciones hay entrenamientos, porque, claro, no todos valen. Y los que no pasan el entrenamiento, ¿a dónde van? A engrosar una sexta clase: los descastados. Veamos si lo he entendido bien. ¿Yo, el posible Premio Nobel de Física, voy a ser expulsado del sistema, por siempre jamás, porque un día, de chaval, decidí que me molaba más ser soldado, y luego se vio que no cuajaba? Excelente gestión de recursos humanos. Ni libertad de verdad ni despiadada eficacia. No me extraña que Chicago siga en ruinas.

            Ah, claro que esto da lugar a otra pregunta. Estos descastados son los que no han superado las pruebas. Nos los presentan como vagabundos a los cuales da la impresión de que se les haya practicado una lobotomía. Ahora bien, ninguna mención a ello hay. Simplemente, con los datos que hay encima de la mesa, son personas que eligieron mal su facción. El que se creía muy valiente, en realidad era muy inteligente. El que se creía futuro juez del Supremo en realidad hubiera sido un ingeniero de caminos estupendo. Pues bien, si tienes a un grupo no pequeño de personas sin esperanza de encajar en el sistema, pero con talento de sobra, ¿no sería razonable pensar que esta buena gente se organizaría de modo clandestino? Los Fundadores, a lo que parece, tampoco se plantearon la cuestión. Y con razón, porque en la película, los descastados se limitan a babear un poco por las esquinas. Una vez más, sin razón ni explicación.

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            Oh, aún hay más. Hemos dicho que el test te dice si eres inteligente o valiente. Pero cuidado como se te ocurra ser inteligente Y valiente. Porque tampoco vale. Como demuestres aptitudes para varias Facciones, no encajas. Eres una cosa rara llamada Divergente. Y, como tal, una amenaza para la sociedad. Desde luego, esta sociedad no tiene parangón en la lista de Sociedad Distópicas. Bajo el Gran Hermano, o en el mundo de “Brazil”, uno tenía que ser ciegamente obediente. Pero si lo eras, y además tenías varios talentos útiles, bienvenidos sean. Aquí no. Si sabes pegar tiros, no puedes saber cómo mejorar las armas, que eso es conocimiento técnico. Si eres compasivo, ya no puedes dedicarte a la ciencia. Si eres sincero, olvídate de tener agallas.

            Podríamos aceptar un régimen que busque la hiperespecialización y la mediocridad si hubiera una casta de superiores tirando de los hilos. Pero aquí, lo más parecido, los Eruditos, sólo saben de lo suyo. Están poco conformes con el status quo, porque no gobiernan ellos. Así que deciden arreglarlo mediante el clásico golpe de estado (deducimos, pues, que no hay elecciones ni órganos interfacciosos ni nada que se parezca a una estructura institucional, ni pública ni corporativa; las juntas de vecinos están mejor organizadas). Antes se desacredita en los medios de comunicación a los Grises, mediante tergiversaciones y medias verdades. Anda, hay medios de comunicación. ¿Son empresas privadas? ¿Son del Estado? ¿Quién los dirige y trabaja en ellos? ¿Los Grises, como parte del gobierno? Entonces, ¿por qué se desacreditan? ¿Los Eruditos? ¿Qué tiene que ver la prensa con la ciencia? ¿Los Blancos? ¿Esos no tenían que decir siempre la verdad, completa? ¿Los hippies? Saben tanto como yo.

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            Para un golpe de estado siempre es bueno tener a los militares de tu lado. Los líderes Intrépidos están por la labor, pero no se fían mucho de la disciplina de los suyos. Normal, viendo cómo cogen el tren, los muchachos. Así que los Eruditos se sacan de la manga un suero que convierte a los soldados en autómatas. Luego los mandan a fusilar a los Grises. ¿Pero qué ganan los Intrépidos? Van a seguir en la misma posición de poder. El sistema de facciones va a mantenerse igual, sólo que con los Grises de servidores. Los únicos que ganan son los Eruditos. No hay ni la sombra de mención a una posible alianza de líderes Eruditos e Intrépidos para imponer una dictadura más descarada. A todo esto, si los Eruditos tienen una droga que les permite convertir en borregos a los demás, ¿para qué demonios necesitan a los militares? Se les da a todo el mundo y listo. ¿En serio no se les ocurre ningún medio para inocularlo discretamente? ¿No han visto “Teléfono rojo”? Aparte, si los Blancos y los Naranjas ven que se liquida a los Grises, ¿no se plantearán si luego van ellos? ¿Dónde queda la sagrada estabilidad?

           Así que, en resumidas cuentas, tenemos una ciudad sin organismos conocidos de legislación y gobierno, donde cada facción se ocupa sólo de una parte de la vida, sin diálogo entre ellas, donde si vales para más de una cosa te pegan un tiro en la nuca, por ir de superior, donde si te has equivocado una vez en la vida te conviertes en un sin techo idiotizado (por alguna causa desconocida), donde la lealtad suprema es para la facción y no para la ciudad…

              En fin. Alguien tenía que ser el pringado en la clase de dictaduras. Pero yo me buscaría un buen Patricio.

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septiembre 24, 2014

Urquhart versus Underwood

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:52 pm
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            Como decía el tipo trajeado de la NASA, destrozando por un momento las esperanzas de Homer, Podría decirse que los dos han ganado; pero si nos ponemos a concretar, Barney ha ganado. Bueno, pues si nos ponemos a concretar, entre la “House of Cards” estadounidense (en adelante HCUSA) y la “House of Cards” británica (en adelante HCUK), gana la segunda. Y si se batieran Frank Underwwod y Francis Urquhart, en duelo de mentes tenebrosas, el inglés se comería con puré de patatas al norteamericano. Además, las tres entregas de HCUK son las basadas en las novelas de Michael Dobbs.

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            No quiero decir con esto que Kevin Spacey lo haga mal, ni mucho menos. Mr Spacey es un actor que hasta cuando no le dan un papel digno de él sabe sacarle jugo. Aquí alcanza momentos notables. Pero es que Sir Ian Richardson es Sir Ian Richardson. Con sólo mover levísimamente los labios, en un amago de sonrisa, este grande lograría hacer temblar a unos cuantos barones del Infierno. La serie americana, en un homenaje calculado, se esfuerza en emplear ciertos recursos que HCUK utilizó con genialidad. Por ejemplo, le da a Underwood como marca de la casa los dos golpes secos en la mesa, con una atractiva explicación. Yo prefiero el sinuoso leitmotiv de Urquhart: You might well think that. I couldn´t possibly comment. Otro es charlar con la audiencia.

            La ruptura de la cuarta pared, con los monólogos directos al público, es algo que un aficionado al teatro conoce. Ricardo III, Yago o Edmund dirigen sus soliloquios, en parte al menos, al público, seduciéndolo. Fuera de Shakespeare, he visto hacer lo mismo dignamente a Groucho Marx (otro tipo de seductor) y a estos dos políticos. Spacey aprueba, pero está lastrado por el tono solemne de HCUSA. En cambio, Richardson despliega todo su talento, con miradas de refilón, medias sonrisas y tosecillas burlonas. Con momentos francamente cómicos (como cuando se niega a comentar cierta noche pasada con cierta mujer, pese a la insistencia de la cámara) y otros muy inquietantes.

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            No voy a negar, poniéndome estupendo, que disfruté de HCUSA, especialmente de su primera temporada e, hilando aún más fino, de la segunda mitad de esta. A cambio, he de decir que la segunda temporada se me hizo muy cuesta arriba y que, con escasas compensaciones (ver actuar a Molly Parker o escuchar el vozarrón de Reg E. Cathey es siempre un placer), vi los últimos capítulos casi por inercia.

            Una de las diferencias más notables entre ambas series es de atmósfera. Estando ambientada en Westminster, parecería natural que la británica tirase más por la pompa y circunstancia. Sin embargo, es HCUSA la que emplea un tono, un color y un ritmo más solemne, que, en bastantes ocasiones, se hace pesado como una losa. Vean los créditos iniciales de la versión norteamericana:

            Hay un consciente o inconsciente deseo aquí de ser el reverso oscuro de esa gran serie, “The West Wing”, cuyos créditos estaban acompañados de una optimista fanfarria. En cambio, vean lo concisa que resulta la apertura de HCUK:

            Aunque hay trompetería y vistas del palacio de Saint James, en cada nota amenaza un punto chirriante. Entre otros motivos, por eso prefiero HCUK. Porque se presenta con un aspecto teatral, en ocasiones casi histriónico, mucho más burlesco que su hermana estadounidense. Eso se percibe desde el monólogo inicial del protagonista presentando a sus rivales: más burlón, delicado en la fonética, cuasi shakesperiano, el recitado por Urquhart; más prosaico, más de perro de presa, el de Underwood. Pero lo que acecha tras la máscara del bufón es mil veces más tenebroso que las andanzas de Underwood en Washington.

            A partir de aquí, me temo, hay spoilers.

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            Ambas series parten de la misma premisa: Urquhart y Underwwod, chief whips de sus respectivos partidos, ven frustradas sus aspiraciones políticas; el Primer Ministro y el Presidente, en cada caso, no hacen honor a sus promesas y le escamotean el ascenso. Es el peor error que cometen. Voy a estar comparando a ambos políticos a cada paso, y aquí ya hay un punto interesante, tanto respecto de ellos mismos como respecto a sus mujeres, otros personajes de cuidado, Elizabeth y Claire.

            Francis Urquhart, rabioso ante esta traición, queda momentáneamente hundido por la humillación. Frank Underwwod, también airado, fuma en silencio mientras maquina qué hacer. La iniciativa, si no recuerdo mal, es suya y sólo suya. Claire se limita a exigirle que actúe como espera de él. En cambio, Elizabeth sirve de acicate a su marido en este primer momento.

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            Elizabeth Urquhart es un ser condenadamente perverso. Tiene ciertas similitudes con la Lady Macbeth de los primeros actos, sin su hundimiento posterior en el delirio. Claire, bastante despiadada y compañera leal de Underwood, no resulta ni una décima parte de malvada. Ambos matrimonios son una alianza pragmática. Underwood parece sentir un auténtico amor por su esposa (sólo pierde los estribos cuando la ve amenazada) y ésta un contradictorio afecto por él. Todo el triángulo de Claire con el fotógrafo de la primera temporada es sumamente tedioso, pero, igual que cierta escena de la segunda temporada, demuestra que Claire es una persona con afectos y apetito sexual. Elizabeth, no. El grito terrible de Lady Macbeth, Unsex me!, se ha hecho realidad en esa inglesa de edad madura y temible ambición vicaria. De un modo análogo, Claire tiene sus momentos de remordimientos, en los que las vidas que ha lacerado parecen pasarle factura. Elizabeth es, en cambio, inmune. No hay ni un solo momento en que se le vea ni el más leve atisbo de duda. Es un ser monolítico, pero un monolito de maldad que da gusto.

            Ya que estamos considerando estos aspectos, Elizabeth tiene una relación mucho más inusual con su marido que Claire, lo cual, para una conservadora británica de principios de los noventa, es meritorio. Dudo profundamente que Francis y Elizabeth hayan retozado juntos en alguna ocasión. Lo que si hace Elizabeth es proporcionarle presas a su esposo. Carne fresca. Y mentes frescas. Con esto pasamos un instante a una de las facetas más truculentas de Urquhart, que lo vuelven mucho mejor villano que Underwood.

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            Frank Underwood se acuesta varias veces con Zoe, la joven periodista yanqui. Como le dice brutalmente, el sexo sólo tiene que ver con el poder y sus coitos se enmarcan en un juego de poder y manipulación, donde cada cual trata de sacar provecho de la otra parte. Zoe jamás está rendida ante Underwwod. Ni Underwwod parece mostrar mayor interés en ese sentido. Francis Urquhart juega a otro juego muy distinto con Mattie, la joven periodista inglesa. Desde luego, la usa como peón en su partida. Sin embargo, y esto es decisivo, también la devora. La somete, la doblega y la fagocita. No sólo la posee físicamente, sino que la controla psicológicamente. Urquhart, con Mattie, no se limita a una manipulación estratégica: la convierte en su esclava. Una esclavitud con una inquietante faceta paternofilial. Urquhart se comporta como un sádico, bordeando la psicopatía. Y es aún más lúgubre que Mattie, en ocasiones, parezca en su mente una personificación de Inglaterra: poseyendo a Mattie, Urquhart goza de un modo físico su proyectado control del país. ¿No les había advertido que era más oscura la versión inglesa? De ahí que el asesinato de Zoe resulta para Underwood un movimiento extremo pero sin mayores consecuencias personales. En cambio, eso mismo causará a Urquhart un trauma, que trata de aliviar con otra presa, a la que también fascina y domina. Sin embargo, las pesadillas atormentarán desde entonces al pérfido político. En cambio, muchas de sus otras víctimas serán para él meros nombres en una lista.

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            Estas ansias por dominar de Urquhart lo diferencia también de Underwood. El bueno de Frank es un controlador, un arribista y un trepador sin escrúpulos. Es un amoral sin ideología, aunque milite en el Partido Demócrata. No es que lo critique. Miren a mis queridos Fouché y Talleyrand: eran eso, pero con mucho más talento e interés. Urquhart, en cambio, es un torie. Un torie de verdad, pata negra. La acción de HCUK comienza justo cuando Margaret Thatcher deja el cargo de Primera Ministra. Urquhart decide, tras el espaldarazo de su mujer, seguir el legado de Maggie y superarla, hasta convertirla casi en una comunista. Si bien en la primera miniserie, la ideología de Urquhart es algo de menor importancia (porque aquello es una lucha a muerte entre tories), en las dos siguientes (“To play the King” y “The final cut”), el flamante Primer Ministro dejaría sin aliento a los más fervorosos neoliberales. Hasta el punto que su inicial admiración por Thatcher se convierte al final en un desdeñoso regodeo, al considerarse más astuto, implacable y ambicioso que la Dama de Hierro. Demonios, Urquhart hace que el Rey de Inglaterra pase a convertirse en el jefe de facto de la oposición a su acción de gobierno. Lo cual presenta una deliciosa ironía: aquellos espectadores que no comulguen con la ideología de Urquhart apoyan de manera instintiva al Rey. Pero esto, como apunta con malicia el mismo Francis, implica apoyar a una institución no elegida contra una institución que tiene el apoyo del Parlamento, o sea, de los representes del pueblo, elegidos democráticamente. Jejeje. Además, desde luego, el pobre Rey no tiene nada que hacer contra una araña tan diabólica.

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            HCUK, la primera miniserie, son cuatro capítulos. De una hora cada uno. HCUSA son, por ahora, dos temporadas, de trece capítulos cada una. Cuando Underwood alcanza la Presidencia de los Estados Unidos llevamos veintiséis capítulos con él. Urquhart logra instalarse en el número 10 de Downing Street en cuatro horas. Esto es importante. Urquhart, bien apoyado por sus aliados, es un astuto manipulador, pero sabe que la rapidez es esencial. La primera miniserie inglesa consiste en ver cómo teje de manera frenética su tela, sonriendo cordial a todo el mundo, sin dejar que nadie vea sus propios fines. Un poco a lo Ricardo III (a quien parodia en una escena), Urquhart enfrenta a sus rivales y acaba con ellos hasta que comprenden, demasiado tarde, lo que ha ocurrido. La rapidez es esencial, porque si deja pasar mucho rato, sus enemigos empezarán a sospechar. Luego, una vez alcanza el poder, se quita la máscara. Sigue siendo un manipulador, pero ya no juega la carta de “el bueno y honesto Francis” (o Yago; no, me he pasado), sino que utiliza sin escrúpulo el chantaje, la desinformación, el terror y si se tercia, la violencia. Underwood se arrastra al Despacho Oval como un caracol. Cualquiera de los rivales de Urquhart lo hubieran calado al principio de la segunda temporada. Que Underwood triunfe no se debe a su brillantez, sino a la extraordinaria estupidez de quienes le rodean. Por eso, sobre todo, me decepcionó tanto la segunda temporada. Por eso y por tanta subtrama absurda, como el encoñe de Stamper con la pobre Rachel.

            Reconozco que, en ocasiones, Underwood resulta más empático. Spacey clava el papel en los episodios más introspectivos, como esa visita a la vieja alma mater de Frank o su indagación en su antepasado, muerto en la Guerra de Secesión. En cambio, Urquhart alcanza un estado demoníaco, de megalomanía, con su punto álgido en la última miniserie y que provoca, de manera irónica, una caída que en realidad afianza la obra de toda su carrera.

            Qué quieren. Prefiero reptar por Westminster que por el Capitolio. Ustedes son muy libres de ir donde les plazca. Desde luego.

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