Con un vaso de whisky

abril 2, 2012

¿Amor? ¡Arte! (III): El enamoramiento combativo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:19 pm
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            El amor es también la guerra. De hecho, la guerra, la política y el amor no son más que el mismo juego con diferentes disfraces. Penas de amor perdidas y Mucho ruido y pocas nueces son, seguramente, las dos obras más conocidas de Shakespeare con la guerra de sexos como tema central. La primera es más cruel que la segunda, sin duda, y, tal vez por ello, es ésta la que suele tener mejor acogida entre el público. Dejando a un lado a los lamentables Claudio y Hero, y las intrigas del malo, don Juan, que es un diablillo de cuarta fila comparado con los monstruos que aguardan en otras piezas, Benedicto y Beatriz son los protagonistas, enzarzados en un duelo verbal sin tregua, ni antes de enamorarse, ni durante el enamoramiento ni tras su compromiso.

            Con razón se ha visto la influencia de Benedicto en el profesor Henry Higgins (aunque, personalmente, Higgins me gusta más que Benedicto, en buena medida a causa de Rex Harrison). Las bravatas contra el amor de Benedicto sólo nos dicen que va caer de cabeza en la trampa de la que él tanto se burla. Y eso que se burla con tesón, jurando que me veréis palidecer de cólera, de enfermedad o de hambre, señor; pero no de amor. Su discurso enumerando todas las condiciones que debería reunir una mujer para que se planteara siquiera hacerle la corte es de una cómica arrogancia. Muy parecida a la fanfarrona canción de Higgins Let a woman in your life, exposición de las desdichas que le aguarden al insensato que caiga en las redes femeninas. Son dos grandes momentos cómicos y no se los voy a escaquear.

            Aquí tenemos a Benedicto, tras poner verde a Claudio (que se merece todo lo malo que de él se diga):

            ¿Será posible que yo también me transforme y vea de esa manera con esos ojos? No puedo asegurarlo. Pienso que no. No juraré, empero, que el amor no sea capaz de convertirme en ostra; mas sí puedo hacer voto de que, mientras me convierta en ostra, no hará de mí un necio semejante. Una mejor es bella; pero yo no salgo de mis trece. Otra es discreta y yo en mis trece. Otra es virtuosa y en mis trece me quedo. Mientras no se junten en una mujer todas las gracias, no entrará ninguna en gracia conmigo. Habrá de ser rica, eso sin duda; discreta, o no la querré; virtuosa, o jamás haré contrato con ella; hermosa, o no la miraré nunca; dulce, o procuraré no acercarme; noble, o no me conquistará, aunque sea un ángel; de agradable discurso, excelente cultivadora de la música, y sean sus cabellos… del color que a Dios plazca.

            Y aquí al Profesor Higgins, entronizado en su autocomplacencia y encantado de tener un oyente tan paciente como el coronel Pickering:

            Estos personajes me caen bieny la verdad es que a buena parte del público también. Lo que no tengo tan claro es si es con ellos precisamente porque sabemos que van a ser víctimas de sus propias burlas o por sus previas jactancias. Supongo que las jactancias nos divierten tanto por ser exageradas como porque intuimos que ambos serán vencidos por el amor que tanto denostan. Benedicto y Higgins ponen en la picota al solterón pagado de sí mismo, encantado de haberse conocido y que considera al amor el camino directo hacia su destrucción como individuo de respeto.

            Al estar en el territorio de la comedia, la ironía no es asesina, y nos podemos reír con buen humor tanto en sus momentos de supuesto éxito solteril como en su caída ante Beatriz y Elisa, respectivamente. En especial, los últimos intentos de Higgins por recobrar sus misóginos ímpetus, después de que la señorita Doolittle -¡al fin!- haya logrado derrotarlo dialécticamente, cuando es más que obvio que no puede sacarse a Elisa de la cabeza, nos incitarían a la compasión, si no fuera que, para los hombres como Higgins, nada resulta más insultante y de peor gusto que ser objeto de la piedad ajena.

            Cierto que Beatriz alardea ante su tío igual que Benedicto ante el Príncipe. Él dice: Porque no quiero hacerles el agravio de desconfiar de alguna, me haré a mí mismo la justicia de no confiar en ninguna: y el fin es, por el cual puedo hacerme más fino, que viviré soltero. Ella, con más jovialidad que sorna, se imagina llegando hasta las puertas del Infierno: […] y allí estará el Diablo esperándome como un viejo cornudo con astas en la cabeza, y dirá: “Vete al Cielo, Beatriz, vete al Cielo, éste no es un sitio para vosotras las doncellas.” Así que entrego mis monos, y allá voy con San Pedro, hacia los cielos; me enseña dónde están los solteros, y allí vivimos tan alegres como la luz del día.

            Y es que Beatriz es superior a Benedicto en todo momento, en cada combate, pero también en cada momento solitario. Ella es la gloria de la comedia y no es nada sorprendente que Benedicto se haya enamorado de ella antes del comienzo de la obra, y que también haya huido, asustado. Casi no hay escena en la que su ingenio no desarme a todos los demás. He abierto al azar y me encuentro con frases como éstas, casi seguidas:

            […] No, tío, no quiero a ninguno. Los hijos de Adán son mis hermanos y, francamente, tendría por pecado buscar un esposo en mi familia.

            Beatriz: […] Porque, oídme, Hero: el enamorarse, el casarse y el arrepentirse son, respectivamente, como una giga escocesa, un minué y una zarabanda; el primer galanteo es ardiente y rápido, como la giga escocesa, y no menos fantástico; el casamiento es formal y grave, como el minué, lleno de dignidad y antigüedad; y luego viene el arrepentimiento y con sus piernas vacilantes toma parte en la zarabanda, cada vez más torpe y pesado, hasta que se hunde en la tumba.

            Leonato: Sobrina, siempre veis el lado oscuro de las cosas

            Beatriz: Tengo muy buena vista, tío. Soy capaz de distinguir una iglesia en pleno día.

            Lo estupendo es que, cuando estos dos ingenios hirientes y cómicos terminan enamorándose uno de otro, no pierden ni el ingenio ni la inteligencia. Sus nuevos combates de cortejo son igualmente divertidos (e, igualmente, Benedicto va siempre un paso por detrás). La obra concluye con un intercambio espléndido de agudezas, a medias humorístico, a medias cauteloso, en el que Benedicto sólo es capaz de callar a su compañera besándola; aunque Bloom, con acierto, sugiere que éste, como casi todos los matrimonios en Shakespeare, no tiene por qué ser un “palio bendito”, estos inteligentes amantes, “ninguno de los cuales da viso de quedar ofendido o derrotado, correrán juntos el riesgo.”

Imágenes: fotogramas de “Mucho ruido y pocas nueces”, de Kenneth Brannagh

1 comentario »

  1. […] Porque “Mucho ruido y pocas nueces” tiene sus glorias en Benedicto y, sobre todo, en Beatriz, como ya vimos. Son el centro de la obra, ella en especial. Es lógico que Whedon les diera esos papeles a los dos […]

    Pingback por Vacaciones en casa de Mister Whedon | Con un vaso de whisky — octubre 20, 2013 @ 1:57 pm | Responder


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