Con un vaso de whisky

agosto 23, 2011

Mediocres

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:47 am
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            Inside job, el documental de Charles Ferguson, es eso, un documental, es decir, un punto de vista. Me repatea mucho la gente que critica un documental por tener un punto de vista. Porque es imposible que no lo tenga. Igual que un reportaje periodístico o un ensayo, es imposible alcanzar en un documental la objetividad plena.

            Ahora, claro, eso no quiere decir que uno pueda soltar cuatro chorradas, invocar el derecho a la libertad de opinión y quedarse tan ancho. Un buen documental es riguroso, no falsea conscientemente la realidad, procura colocar los hechos en su contexto y busca dar voz a cuanta más gente, mejor. Inside job es, en mi opinión, un excelente documental.

            Y es, además, un excelente sumario de instrucción, una investigación concienzuda e implacable de esta crisis que lleva asolando el planeta los últimos años. Crisis sobre la que se han escrito ya muchos libros, varios más concienzudos y exhaustivos que el documental. Pero Ferguson, sus co-escritores Chad Beck y Adam Bolt, y su narrador (la voz fría de Matt Damon) condensan los porqués del catacrocker mundial, creo yo, con bastante acierto.

            Viéndola, hubo dos cosas que me sorprendieron desagradablemente. Hubo muchas cosas desagradables que no me sorprendieron demasiado (sobre todo, hacia la parte final del largometraje), desde luego. Sin embargo, las sorpresas me resultaron casi reveladoras, desde un punto de vista psicológico.

            La primera sorpresa fue que, salvo unos cuantos espabilados, la mayor parte de los responsables de las grandes empresas, de los grandes bancos, de las alegres agencias de rating y de los organismos reguladores, supervisores e inspectores (esos que primero Reagan, luego Bush y finalmente Clinton fueron dejando casi en objetos decorativos) no parecían tener ni idea de la que estaban montando.

            Había quien sí, claro. O que calculaban más o menos lo que podía salir mal (para el resto del mundo) y lo que ellos, pese a todo, iban a sacar en limpio. Qué quieren, a esos hasta los respeto. Pero a los otros, no. A los que se quedaron con cara de panoli viendo las ruinas, preguntándose cómo es posible que haya pasado esto… Dios mío, esa gente parece que recibió clases de macroeconomía con Homer Simpson:

            Pero fue la segunda sorpresa la que más me impresionó. Y esta afecta a todos, a los espabilados y a los ineptos. Durante las entrevistas, ocurrió algo magnífico: el entrevistador se convirtió en interrogador. Aquello no era una charla pactada, de manera explícita o implícita; no se hacían preguntas “ortodoxas”, se aceptaban respuestas vagas, oficiales, trilladas y se pasaba a la siguiente cuestión inocua. Se disparaba con bala. Y las balas empezaron a acertar.

            Cuando una respuesta no había sido concreta, la impasible voz volvía a plantear la pregunta. Cuando la respuesta no siquiera había llegado a la categoría de respuesta, se volvía a hacer la pregunta. Cuando la respuesta era falsa, se apartaba de los hechos o contradecía respuestas previas, el interrogador lo advertía de inmediato y reclamaba una explicación.

            Y entonces, la gran sorpresa: los académicos, economistas, brokers y políticos entrevistados, al toparse con un entrevistador que se empeñaba en actuar como tal, quedaban desconcertados. Más, desencajados. Sus caras eran un poema. Algunos ni se lo podían creer: no se aceptaba sin más sus palabras, se les cuestionaba. Unos pocos perdieron los papeles, cortando la entrevista, airados. Otros quedaron congelados, incapaces de articular palabra. Algunos trataban de balbucir alguna respuesta  imprecisa que les sacara del apuro, sólo para toparse con la réplica implacable del otro lado.

            Ahí estaban: varias eminencias (las que consintieron entrevistarse, porque varias decidieron ser más cautas y no ponerse tras las cámaras; así, no se hicieron dos entrevistas que yo esperaba casi con ansia, las de Alan Greenspan y Ben Bernake) comportándose igual que niños de cinco años a los que se les acusa de romper un cristal.

            No me digan que no es revelador: basta que una persona haga una pregunta incómoda, que no se conforme con una respuesta pactada y tiemblan los cielos y la tierra. Eso fue casi lo más desolador del documental: que no teníamos delante príncipes de las tinieblas, capaces de destrozar medio mundo, sonreír amigablemente y explicarse tan bien que sale uno de su despacho hasta convencido.

            Qué va. Mediocres. Eso es lo que hay tirando de los hilos, si es que hay hilos. Mediocridad.

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agosto 11, 2011

Mister Fry-and-Laurie

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:11 pm
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            Cuando divagábamos sobre humor y el absurdo, si se acuerdan, citaba yo, entre otros, a dos brillantes británicos, Stephen Fry y Hugh Laurie. Siguen vivos, en activo y esperemos que así sigan muchos años.

            Esta pareja genial, que se encontró en la universidad, trabajó codo con codo hasta lograr abrirse camino en el mundillo cómico del Reino Unido. Soy un anglófilo sin remedio para ciertas cosas, y el humor es una de ellas. Fry y Laurie es una de las razones.

            Una de sus series más conocidas, Jeeves and Wooster, es una digna como adaptación de las novelas de P. G. Wodehouse; sin embargo, el original literario es muy superior- el mismo Fry lo reconoce en el estupendo prólogo de ¡Pues vaya! Lo mejor de Wodehouse (que en España ha editado Anagrama).

            Pero su obra maestra, indiscutible es A bit of Fry and Laurie. La he buscado sin éxito por todas partes, teniéndome que conformar con los muchos sketches colgados en youtube. No voy a perder el tiempo albándola: sencillamente, vean los videos o, si tienen más fortuna que yo, vean sus gloriosos capítulos.

            Y, sin embargo, en 1995 estos dos amigos del alma (y ésta es una de las raras ocasiones en que la expresión es precisa, no un tópico) separaron sus caminos profesionales. No han vuelto a trabajar juntos en televisión.

            Por eso, fue una alegría encontrar, también en youtube, un especial de la cadena inglesa Gold: Fry and Laurie Reunited. Me lo he visto de una sentada. Y voy a facilitarles el hacer lo mismo.

            Antes, una advertencia: esto convencido de que no todo el mundo disfrutará tanto como yo. Unos lo harán más, otros menos, unos terceros querrán colgarme d elos pulgares. Este especial es para consumo interno, para quienes ya conocen a los protagonistas, para quien disfrute con el inconfundible aire irónico, melancólico, absurdo, alegre, egocéntrico de una reunión de dos amigos, de dos amigos ingleses, de dos amigos ingleses cómicos. Esto se hizo para ellos. El resto, además, podemos verlo. Y sentir quizás una vaga nostalgia de unos años pasados que no fueron nunca nuestros.

agosto 5, 2011

Retrato de un hombre de Estado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:34 am
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            A uno, ¿qué quieren?, le gustan las películas, las series y las novelas llamadas históricas. No se suelen dedicar a la vida de campesinos, proletarios, niños de la calle y demás gente de bien. Esas obras deberían llamarse intrahistóricas, por ponernos pedantes y unamunianos. No, las históricas están con la gente de no tan bien, los estadistas, los primeros ministros, los conquistadores. Casi siempre, “histórica” o” de época” son eufemismos para “intrigas políticas con ropajes divertidos”.

            Eso, cuando son buenas. Recordarán ustedes, como yo, las películas “históricas”, “de época” en las que los americanos o los ingleses eran muy buenos, frente a rusos, españoles y franceses, esos cabrones sin alma. No digo yo que rusos, franceses y españoles no fueran unos cabrones sin alma, pero nuestros camaradas anglosajones nos superaban en bastantes ocasiones.

            Pero, afortunadamente, vivimos en tiempos más cínicos y, mal que bien, los maniqueísmos están pasados de moda; desde luego, en las series. Siempre es agradable que un nuestras pantallas aparezca un villano completamente despiadado (hay menos de los que deberían); sin embargo, toleramos mal a héroes santos o santos heroicos. Peor si esos héroes existieron e indagamos un poco en su biografía.

            Añadamos a ello que los Estados Unidos tienen en su haber dos grandes leyendas, pese a los esfuerzos de sus propios artistas para desmitificarlas: la Guerra de la Independencia y la Guerra Civil. Y comprenderán ustedes la mezcla de deseo y temor que me embargó al tener en la mano la miniserie John Adams, de la HBO.

            Un biopic de uno de los Padres de la Patria. De la HBO. Basada en un libro, escrito por David McCullough, ganador del Pulitzer. Con Paul Giamatti de protagonista. ¿Qué será? ¿Una vuelta a la temible Época Dorada? ¿Un retrato cáustico y destructivo de los Fundadores? ¿Estará financiado por las Hijas de la Revolución Americana o por una plataforma antiyanqui?

            Pues ni lo uno ni lo otro. Es de la HBO. Y se hace corta.

            La miniserie se llama John Adams y mantiene ese nombre como guía. Podían haber hecho una obra coral, una serie-río, con todos los muy interesantes individuos que tuvieron algo que ver con la Independencia y con el nacimiento, primero, de la Confederación y, luego, de la Federación, de los Estados Unidos. Pero no, todos esos interesantes individuos salen únicamente cuando se tropezaron con el señor Adams. Es a él a quien seguimos. Por eso, la Guerra de la Independencia aparece siempre de manera indirecta: no hay batallas campales, hay juego diplomático. No hay barro y sangre, hay duelos verbales, máscaras, puñaladas traperas, argumentaciones y grandes discursos.

            Pual Giamatti carga sobre sus espaldas la responsabilidad de la serie, y Paul Giamatti es un estupendo actor, que encarna a un estupendo personaje. Un retrato humano, entrañable, sin darle ninguna aureola, de este Adams, que puede caer mal, sin dejar por ello de atraer. Un hombre severo, mordaz, pesimista, testarudo, con mal genio, trabajador, honesto, arrogante e inteligente. Y además (ya, el físico dicen que no importa), bajito, calvo y tripudo. Indicio casi siempre exacto: cuando en la serie casi no hay caras bonitas, la calidad suele ser alta.

            Giamatti anda bien secundado por Laura Linney, quien no suele ser plato de mi gusto. Sin embargo, su Abigail reposada, culta, austera e irónica da la réplica exacta al marido encarnado por Giamatti. He aquí uno de los matrimonios más interesantes que he visto en televisión. Con una vida familiar del siglo XVIII, no del siglo XXI. Podían haber sido hasta más duros, pero no se cae en el error garrafal de dar a gente de otras épocas mentalidades de la nuestra.

            Por supuesto, la ambientación no tiene por dónde pillarle un lado flaco. Los trajes, las pelucas, las ciudades, todo ello está cuidado con detalle. La vida era sucia, cruel y dura. Washigton (un contenido David Morse) se rompe sus podridos dientes en una comida. Es un detalle, no se recrean en él, pero gracias a detalles de este tipo se gana de verosimilitud. Y lo que les pasa a algunos hijos de Adams, mejor véanlo ustedes mismos.

            Decía antes que en este tipo de obras lo que más miedo me da es el maniqueísmo. El primer episodio se dedica a fondo a destruir cualquier tipo de maniqueísmo. John Adams defiende ante el tribunal a un grupo de soldados británicos acusados de disparar contra un grupo de independentistas. Más tarde, contempla horrorizado cómo la muchedumbre empluma a un desgraciado por descargar té en el puerto. Y aun cuando luego se convierte en un decidido defensor de la independencia, su pesimismo con respecto a los seres humanos será una sombra constante.

            Tampoco nos presentan, porque no lo eran, a los padres fundadores como una alegre panda de amigotes. Las fricciones, las discusiones, los enfrentamientos, las envidias y las reconciliaciones con Thomas Jefferson (un digno Stephen Dillane) o con el Doctor Benjamin Franklin (Tom Wilkinson, genial, como siempre) eliminan el aura de pureza divina. Eran hombres y eran hombres de Estado. Es cierto que tampoco hay un análisis a fondo de los muchos motivos de la independencia; una pena, habrá que esperar a que David Simon se anime.

            Sí, hay escenas “patrióticas”. Pero, ¿no es lógico poner la bandera de Estados Unidos justo cuando el primer Presidente jura su cargo? Por otro lado, ¿es que alguien, antes, había rodado esa sombría llegada a la Casa Blanca, a medio construir, en un barrizal, siendo levantada por esclavos? Y, en el último capítulo, ¿qué mejor reflexión podía hacerse sobre biografías, hagiografías y enaltecimientos que la sarcástica reacción del viejo Adams ante el cuadro que inmortaliza la Declaración de Independencia.

            Me hubiera gustado más tiempo para la Presidencia de Adams (una especie de tatarabuela de El Ala Oeste, vamos), porque el duelo entre Adams y Alexander Hamilton daba para muchísimo. Por otro lado, la inteligencia con la que se administran los tiempos y ritmos en los últimos capítulos, cuando parece que ya está todo contado, es digna de elogio.

            Tienen ante ustedes siete capítulos redondos. De calidad. De la HBO.

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