Con un vaso de whisky

agosto 29, 2013

La ofensiva

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:02 am
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            Hemos examinado, siquiera brevemente, el poder totalitario que se ha hecho con el Estado en la Inglaterra distópica de Moore y Lloyd. Pues bien, contra este Estado lucha V. La mayor parte de los lectores, salvo los fanáticos de la ley y el orden, siente una simpatía instintiva, hacia el enmascarado. Aunque, como ya he dicho, V no es un héroe y se autodefine, irónicamente, como un villano. Sin embargo, de buenas a primeras, el lector necesita un héroe y sólo con el tiempo comprende que aquí no caben maniqueismos facilones.

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            La primera vez que el estatus moral de V tiembla verdaderamente es cuando Finch entra en escena. Al investigar el secuestro de Prothero, el sagaz detective comenta con su ayudante, Dominic, que es el aspecto mental el que me preocupa… su actitud ante el asesinato. Piénsalo, los mató despiadada, eficientemente y con el mínimo esfuerzo. Pese a sus defectos, eran seres humanos… ¡y él acabo con ellos como si fueran ganado!

            V, no hay duda, es anarquista. Ahora bien, el anarquismo se divide, a grandes rasgos, en dos vertientes, el pacífico y el violento. Los violentos reclaman la “propaganda mediante la acción”, es decir, la ejecución de atentados para destruir la corrupta sociedad existente, para poder sustituirla por la nueva y pura sociedad de la Humanidad futura. Los pacíficos condenan la violencia, rechazan el asesinato.

            V, parece, se adscribe a la primera vertiente. Pero hasta el más pacifista de los anarquistas “ortodoxos” reconocía como legítimo el derecho de resistencia. Si la situación de opresión, de desamparo, de crueldad llegaba a límites intolerables, la reacción violenta es lógica, es justa y es inevitable. Salvo por el calificativo de justa, esto es lo que denunciaba la Teología de la Liberación: que la violencia sistemática, calculada, perversa e injustificable de la sociedad, de los privilegiados, tendría como respuesta natural la indignación, la cólera popular y, podía ser, la insurrección. Monseñor Romero (quien no era teólogo de la liberación), en una frase muy criticada, sentenció: Quítense los anillos antes de que les corten los dedos.

            Así pues, V tal vez haya sido un anarquista pacífico en sus orígenes, que ha llegado a la conclusión de que el derrocamiento del Líder exige métodos contundentes. Yo, la verdad, creo que V es un anarquista violento desde su origen. Al fin y al cabo, su conversión a la Anarquía se produce por su desengaño con la Justicia. Cuando su antigua amante le arroja a un campo de concentración donde se le tortura y se experimenta con él hasta la locura, se entrega a la Anarquía. Una Anarquía violenta. Su transfiguración viene con el fuego, el incendio que arrasa el campo de Larkhill.

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            Pero V es un violento calculador y muy inteligente. Sus ataques son meditados. Destruye el Parlamento, tal vez vacío, igual que el Old Bailey. Al menos, no tenemos datos de bajas. Los Poderes sin poder, aunque representados por edificios conocidos, respetados, llenos de simbolismo, son los primeros en caer.

            Después, V remata su vendetta contra sus torturadores de Larkhill. Cierto, con la locura de Prothero, asesta un nuevo golpe al Estado: la Voz de Destino debe cambiar y el cambio implica debilidad en el orden. Los oyentes se sienten incomprensiblemente incómodos. Lilliman es otro apoyo del Estado, aunque tampoco esencial: se puede encontrar otro obispo afín sin mucho esfuerzo. Y la atormentada Doctora Surridge, la ciencia prostituida por el Poder, no tiene relevancia en una guerra contra el Líder. Su muerte es una cuestión de estricta venganza. Aunque tal vez ella lo haya vivido más como una liberación.

            Es entonces cuando empieza la auténtica campaña. Mientras sus planes de liberación para Evey y de destrucción psicológica para el Líder avanzan, V se encarga de los medios de control. Al son de la Obertura Solemne 1812, vuela el Ojo, el Oído y la Boca. El Estado queda sordo y ciego e incapaz de hablar, como comprende Susan.

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            V pasa la pelota al pueblo. Informa a los ciudadanos de que, de repente, han recuperado su derecho a la intimidad. Es más: decreta unos días de absoluta libertad. El Estado no será capaz de controlar eficazmente a sus súbditos. Inglaterra es el País-de-haz-lo-que-quieras.

            Resultado: desorden, asaltos, pillaje. ¿Anarquía? Sin duda, replicarán los conservadores, la gente de ley y orden, los defensores del Estado. Sin nosotros, es el caos. La realidad nos respalda. V ha demostrado ser un terrorista provocador del desorden, nada más.

            Evey traslada nuestra pregunta a V. Y V es claro: Anarquía significa “sin líderes”, no “sin orden”. Con la anarquía viene la era del ordung, del verdadero orden, es decir, del orden voluntario. Esta era del ordung empezará cuando el ciclo loco e incoherente del verwirrung que esos informes revelan haya corrido su curso. Esto no es anarquía, Eve. Esto es caos.

            En tan pocas líneas, Moore ha condensado lo esencial de la tesis anarquista. El nuevo orden, el verdadero orden, el orden autoimpuesto, espontáneo, libre. Por así decir, la anarquía elimina el Derecho, entendido como conducta coactivamente impuesta desde el exterior, dejando sólo la Moral, la conducta espontánea, sin imposiciones, del hombre libre. Eso sí, no es algo instantáneo. Derribado el Estado, el antiguo orden, hay un período de ajuste, el período en el que la corrupción que la vieja estructura ha dejado impresa en el alma humana termina desapareciendo. Entonces surge el hombre nuevo.

            Por eso es erróneo comparar a V con el Joker, o afirmar que éste es un agente de la anarquía. Nadie es menos anarquista que el Joker, porque para ser anarquista hay que ser un humanista, un apasionado de la Humanidad. El Joker es un agente del caos, de la destrucción, del nihilismo más negativo, despiadado y tenebroso imaginable.

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(Además de poseer un envidiable sentido del humor)

            Con sus herramientas de control rotas, el Estado es presionado por el descontrol rugiente. Debe intentar encarrilar la situación. Y el totalitarismo conoce pocas formas de mantener el orden. Pero V, demostrando ser un fino analista, advierte que la equidad y la libertad no son lujos que puedan ser apartados a la ligera. Sin ellas, el orden no puede durar mucho antes de acercarse a abismos inimaginables.

            Es lo que ocurre. La violencia del sistema se hace insoportable para el pueblo. El fascismo lo sedujo para alzarse con el poder, lo sedujo con astucia, con fuerza y con terror. Pero ya ha perdido esa capacidad de seducción, sólo sabe aterrorizar. Ha empleado demasiado el palo, la fuerza física. Cualquier gobernante hábil sabe que el recurso de la fuerza bruta es el último, que debe ser utilizado con extrema prudencia. El Líder pudo haber evitado un empleo estúpido de la fuerza. Pero el Líder ya no es capaz de liderarse a si mismo, perdido en su depresión, derrotado por la genial guerra psicológica que V ha dirigido íntimamente contra él.

            Y el pueblo se alza. Sería de un optimismo enternecedor pensar que lo hace tras una meditada reflexión, como consecuencia de un razonamiento, al evaluar fríamente anarquía y despotismo. Pues no. Es una reacción, una reacción visceral, colérica. El detonante es el asesinato de una niña. E Inglaterra arde. Finch lo dice con precisión: Mantuvimos encerrada su amargura durante años, pero no les ayudamos a enfrentarse a ella.

            La ira del pueblo no es adhesión a V. No son anarquistas. Cuando Evey, al final, da a elegir a la multitud entre rematar al malherido Estado totalitario y ser libres o volver a su vieja obediencia, los ingleses se lanzan de cabeza contra los últimos soldados. Parece que el pueblo toma partido por la libertad y por la indignación. En una viñeta, durante los disturbios, Moore y Lloyd proyectan la imagen de Cosette, en un claro homenaje a Victor Hugo, a Los miserables, a la utopía de la revolución humanista y humanitaria. Y en ella, Hugo escribió: La cólera puede ser loca, absurda; el hombre puede irritarse injustamente, pero no se indigna sino cuando tiene razón en el fondo por algún lado.

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            El final es abierto. Evey, coherente con el pensamiento que ha recibido de su mentor, no desea ser líder. No los dirigiré, sino que los ayudaré a construir. Será el pueblo, sobre las ruinas del fascismo, el que tendrá que decidir si avanza hacia la anarquía, si es que eso es posible. Se admiten apuestas.

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