Con un vaso de whisky

abril 23, 2016

Historia de dos hermanos

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             Un hombre tenía dos hijos. Si a la tenebrosa historia de Walter White y Heisenberg le venía como anillo al dedo los versos poderosos del “Ozymandias” de Shelley, a la historia de James McGill, esquire, algún día Saul Goodman, le encaja de un modo peculiar la parábola que se narra en Lucas, capítulo 15, versículos 11 a 32. La del hijo pródigo. Que los más finos intérpretes opinan debería ser la parábola del padre y los dos hijos.

            Cuando se anunció que, después de haber dado al mundo esa obra maestra sin paliativos que es “Breaking Bad”, Vince Guilligan, con Peter Gould, iba a rastrear la historia de Saul Goodman, millones dimos palmas con las orejas. El personaje de Saul, de entre los muchos del rico universo del señor de la droga azul, era uno de los más pintorescos, memorables y queridos, una colorida sabandija parlanchina, llena de inventiva, aunque temerosa de los reptiles inmensos que se deslizaban por el pantano de Albuquerque. ¡Qué mejor noticia que poder volver a este mundo, con este abogado de camisas chillonas y labia inagotable!

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            Confieso, y no creo haber sido el único, que me esperaba una serie muy distinta a “Breaking Bad”. En eso, no me equivoqué. Estaba bastante seguro de que, esta vez, el humor, aunque negro, tendría la palabra, que tal vez el formato sería de media hora, en vez de los cuarenta y cinco o cincuenta de la serie madre. Que nos encontraríamos con Saul Goodman, en su grotesco despacho, dando un quebradero de cabeza tras otro a policías y fiscales y, tal vez, vislumbrando algo del mundo del narcotráfico. Y aquí, sí, me equivoqué bastante. Porque Vince Guilligam, Peter Gould y el equipo de guionistas, directores y actores nos iban a dar otra serie. Una mucho mejor de lo que esperaba y totalmente distinta. O, mejor dicho, dos: una serie negra, áspera, con un ex policía en su centro. Y un drama humano narrado con gran finura, con un abogado tramposo pero con una peculiar bondad.

            Que una serie cuente en realidad dos historias paralelas es un arma de doble filo (perdón). El riesgo de que la serie se vuelva esquizofrénica, de que una de las dos historias fagocite a la otra o de que se anulen mutuamente, impidiendo que se desarrollen en plenitud, es altísimo. “Better Call Saul” evita esos peligros. Sus dos historias mantienen un equilibrio perfecto. Las tramas de Mike y Jimmy corren paralelas. Y si la primera va llevándonos a un terreno cada vez más conocido, al final del cual tal vez espera el impecable dueño de una cadena de pollerías, en la segunda nos permite descubrir a un personaje que ya creíamos conocer.

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            Dos series que además tienen otro supuesto hándicap: sabemos qué va a ser de Mike y de Jimmy/Saul. Para que no quede duda alguna, tanto la primera como la segunda temporada (es de prever que también la tercera) se abren con una excelente escena en blanco y negro, donde podemos observar a Saul en su nueva vida en ese programa de protección de testigos particular en el que acabó al final de su periplo como asesor de Heisenberg. Podría pensarse que no hay interés en un viaje cuyo final e incluso buena parte del trayecto ya conocemos. Ja. Si creen eso, por favor, por favor, empiecen a ver la serie. Si no, también, caramba.

            No deja de ser un guiño divertido que los dos coprotagonistas sean Mike y Jimmy, o sea, Saul. Después de todo, el personaje de Mike entró, según tengo entendido, en la serie de Heisenberg, porque Bob Odenkirk no podía rodar ciertas escenas, en concreto, la eliminación del cadáver de la pobre Jane. Era Saul, el leguleyo todoterreno, quien debería haber aparecido para ayudar al destrozado Jesse. En su lugar, apareció este hosco calvo, de mirada sagaz y voz granítica. Y se hizo con un puesto de honor. Y al cual volvemos a disfrutar.

            Empecemos, pues, por Mike Ehrmantraut, aunque sólo sea para evitar que Jonathan Banks nos atraviese con una de sus largas ojeadas silenciosas. Banks es inmenso. Se nos resiste a aparecer y, aun cuando lo hace, se pasa buena parte de la primera temporada simplemente sentado en su puesto de trabajo oficial, sacando de sus casillas a Jimmy cada vez que tiene que entrar o salir del aparcamiento. ¡Lo que es capaz de hacer este actor apenas moviendo una ceja, un labio o carraspeando un poco! Sin embargo, ese grandioso episodio quinto de la primera temporada, tan sombrío, tan terrible, le mete de lleno en la serie y le concede la mitad de la corona.

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            A partir de entonces, la de Mike es una trama negra como Dios manda. No sólo tenemos su pasado en Philadelphia, que puede reaparecer en cualquier momento. No sólo tenemos su faceta humana, como abuelo entrañable y suegro modelo, mientras consigue dinero para su familia ejerciendo de matón profesional (de una profesionalidad ejemplar). Además, a través de las andanzas de Mike, el clan Salamanca vuelve a nuestras pantallas, para mayor regocijo, y el mundo de “Breaking Bad” asoma las orejas. Cierto que Tuco hizo su reaparición con Jimmy, no con Mike, pero cuando se vuelve realmente jugosa la implicación del cartel es con Mike, no con Jimmy.

            Cada escena de esta parte de la serie es una delicia. Perfectas. Trozos de gloria cinematográfica. Diálogos breves, concisos, entre gentes duras y de pocas palabras. Los encuentros armamentísticos entre Mike y Lawson, el vendedor de artillería a granel, son fantásticos. Ese burlón guiño hacia Walter White en ese patético cocinero de droga con ínfulas (tan lejos del ambicioso Heisenberg, pero irónicamente cercano al fracasado profesor de química). ¡Y qué decir de los dos encuentros cara a cara con Hector Salamanca, aún no prisionero de la silla de ruedas y de esa irritante campanilla!

                Sin embargo, por grande que sea Mike, es Jimmy quien tiene la parte del león en la serie. Es justo que así sea. Y si Jonathan Banks es un grande, Bob Odenkirk es un monstruo. Jimmy, aún no Saul, es un personaje digno de interpretar. Desde sus escenas como abogado de oficio a sus chanchullos como estafador en bares y restaurantes. Desde sus estratagemas comerciales a sus discursos de vendedor de humo. De sus triunfos legales (porque sí, es un buen abogado) a sus reflexiones mientras bebe agua de pepino. ¡Qué personaje! Gilligan no hace más que dar criaturas de antología.

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              El drama de Jimmy es muy diferente del drama de Mike. De hecho, cuanto más alejado está Jimmy del mundo del crimen (al que sabemos que regresará) más interesante se vuelve su historia. Porque se convierte en una historia de personas y relaciones, de amores y odios. Del gran amor entre Jimmy y Kim. Del gran odio, que nace de un gran amor, entre Chuck y Jimmy.

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                Kim, una espléndida Rea Sheehorn, es la brújula moral de la serie. Si hay un personaje radicalmente positivo, es ella. Si hay alguien por quien el espectador sin inclinación por la oscuridad tenga simpatías instintivas, es Kim. Gran abogada, rigurosa profesional, ambiciosa con escrúpulos, mantiene su dignidad humana en todo momento. Desde su grito de alegría en los aparcamientos de HHL a sus miradas a Jimmy cuando descubre alguna de sus trapacerías, es difícil de quién disfrutar más, de la actriz o del personaje. Y Kim, en especial en la rotunda segunda temporada, se ve, por su amor por Jimmy (es peculiarmente placentero ver a la moral Kim deslizarse al mundo turbio de Jimmy, en sus estafas de recepción de hotel) en la guerra terrible que se libra entre los hermanos McGill.

              Un hombre tenía dos hijos. Un hijo mayor, cumplidor de la ley, severo observador del deber. Un hijo menor, encantador, fullero, que malgasta la herencia de sus dones y facultades. Uno que siempre está en su puesto, pero que no ama ni es amado. Uno que danza al borde del abismo, pero lleno de vida. No puedo dejar de pensar en esa prodigiosa parábola evangélica mientras veo “Better call Saul”. Es uno de los textos más sutiles de la Historia, se interprete como metáfora teológica, como narración psicológica o como ambas. Junto al cuadro de Rembrandt, esta serie es la plasmación más clara de estos dos personajes que he visto nunca.

                 La serie es de una astucia tremenda en la presentación del conflicto. Durante la primera temporada nos deja creer (sin mentirnos nunca de modo descarado) que el culpable de que a Jimmy se le cierren los caminos legales es Hamlin, la supuesta cabeza del bufete de abogados; es él quien parece ser el mayor antagonista del más joven de los McGill. Aunque sabemos bien que Jimmy no es ningún santo varón, le vemos cuidar con fraternal solicitud a su hermano enfermo, defendiéndole a capa y espada frente a los consejos médicos, por muy certeros que sean, buscando, con una admiración que despierta ternura, la aprobación, la estimación, la caricia de su hermano mayor. Por eso es tan lacerante para Jimmy (y el espectador) el desenmascaramiento de Chuck, sus crueles palabras de rechazo. Por eso es tan terrible la lucha que libran en la segunda temporada, inteligencia contra inteligencia: una mente rigurosa y brillante contra una flexible y astuta.

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             Sin embargo, la serie también nos da cuenta de los pecados de Jimmy. Y no son pecados menores. Es comprensible el rechazo que Chuck puede sentir por su hermano menor y por sus prácticas. No obstante, no logramos sentir simpatía alguna por Chuck. El hermano mayor, rigorista, no conoce la piedad para con nadie, para con ningún error, ni propio ni ajeno. Cumple hasta la letra pequeña de la ley, todos los deberes, sin conocer más satisfacción que la del deber, impuesto o autoimpuesto, cumplido. Que es incapaz de coger la mano de su hermano para ayudarle a salir del hoyo. Porque esto es terrible: tan convencido está Chuck en su desdén por Jimmy, que, de manera consciente, sabotea todas las posibilidades de que su hermano logre triunfar de un modo honrado. Claro que Jimmy también pone de su parte. Pero Chuck actúa con Jimmy como quien le da la llave de una destilaría a un alcohólico y luego le señala, censor, cuando está totalmente borracho.

                 Esta guerra, que sin duda será sin cuartel en la próxima temporada, es el combate psicológico que más sin aliento me ha dejado desde el enfrentamiento entre genios perversos de Heisenberg y Gustavo Fring. Pero Jimmy lleva las de perder: porque, por experto en tretas que sea, su cariño por Chuck le lleva a desbaratar sus golpes, en última instancia. Mientras que el rencor acumulado por Chuck (esas reveladoras secuencias de la cena con la exmujer de Chuck o en el lecho de muerte de la madre) le lleva incluso a traicionar su beatería legalista.

                   Sí, un hombre tenía dos hijos. Pero aquí sólo tenemos a los hijos, no al padre. Kim es la única voz que pone a ambos ante el espejo. Sabemos que el pródigo hijo menor no resistirá en casa de Kim, que volverá a los senderos torcidos. No sabemos qué será del hijo mayor, como tampoco sabemos qué fue de él en la parábola. En este mundo de Nuevo México, sin redención, es probable que si uno se pierde por un lado, el otro quedará, rígido, solitario, preso de sus propias cadenas.

                  ¡Pero qué magnífico será ver esto y todo cuanto nos tengan en reserva esta panda de genios!

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abril 11, 2016

Galería de retratos

             No sé si a ustedes les pasa, pero un servidor suele intercambiar libros. Con amigos, claro. Desde pequeño, siempre me ha parecido que este intercambio es una de las más elevadas muestras de confianza. Con las cargas que ello implican. A quien recibe como depositario un libro ajeno le entran sudores fríos sólo de pensar que pueda sufrir algún desperfecto o, peor aún, que se extravíe o rompa; como encima fuera un libro firmado o con un pasado en sus lomo (todo libro tiene su valor para quien lo posee, mayor o menor, porque los libros de verdad son objetos únicos), la catástrofe es mayúscula. Desde luego (eso ni haría falta mencionarlo) que se acude de inmediato a una librería y se obtiene otro ejemplar lo más idéntico posible. Esa nueva compra del infractor, con todo, no deja de ser una compensación: la obligación principal se ha incumplido. El que ha fallado sabe que, aunque su amigo es generoso y le perdonará, él mismo llevará esa mancha sobre la conciencia. Los libros son sagrados. Poca broma con ellos.

            Pues bien, en uno de esos intercambios, llegó a mis manos un libro considerable y peculiar. Sé que la voz popular recomienda no juzgar un libro por su portada. Es una advertencia justa en parte. Pero sólo en parte. Las portadas son muy importantes. Las editoriales, que en eso suelen mandar bastante, se distinguen, entre otras cosas, entre aquellas que son capaces de dar al libro una portada digna de él y aquellas que hacen auténticas barbaridades. En la portada, además, figuran el título y el autor. Y es inevitable que el lector se sienta atraído o repelido por uno, otro o ambos. En este caso, me sentí inmediatamente atraído por ambos. El título era rotundo, “Libro de réquiems”. El autor no le iba a la zaga, Mauricio Wiesenthal.

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            No es un libro que les pueda recomendar si van con prisas. El señor Wiesenthal, advierte en sus primeras páginas que tardó cuarenta años en escribirlo. Ciertamente que no son necesarias cuatro décadas para leerlo. Pero tampoco valen cuarenta minutos. Libro un poco collage, de fragmentos de diferente extensión, humor y profundidad, es magnífico como lectura de fondo, esa que está aguardando en casa, que dejamos reposar y que retomamos con una periodicidad mayor o menor, mientras otras lecturas más breves o ligeras se superponen a nuestros ratos con ella. Una lectura de maratón interrumpida, que puede efectuarse mientras se hacen sprints literarios. En esto, el lector tiene sus ventajas sobre el corredor, porque dejar de correr una maratón para hacer los cien metros lisos, aunque supongo que posible, tiene que ser agotador.

            Es una lectura, pienso yo, nocturna. De noche lo he leído. De noche les recomiendo que lo lean. Un buen libro puede leerse en cualquier parte, pero, como como pasa con las buenas bebidas, a cada cual lo realza un momento y un lugar. Hay lecturas diurnas y nocturnas, de exterior y de interior, de campo, de terraza y de salón. “Libro de réquiems” es lectura de sillón, silencio y noche. Con un vaso de whisky, desde luego, la experiencia se disfruta más.

            Resulta complicado determinar el género de esta obra. No es una novela, ni un ensayo; no es un poemario, ni un conjunto de relatos. La analogía que más podría acercarse a la realidad es la de una exposición. Como con los cuadros de Mussorgsky, avanzamos de un retrato a otro, demorándonos más en éste o en aquél, acompañados por un guía extremadamente culto y encantador, aunque un poco tirano, porque, implacable, nos muestra los retratos tal cual él los percibe.

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            La galería es, desde luego, notable. Dostoiewsky y Rilke, Oscar Wilde y Calderón de la Barca, Beethoven y Casanova, Camus y Mozart, Coco Chanel y Tolstoi, Stefan Zweig y Nietzsche y otros, relacionados con ellos o con unos terceros, aparecen en sus páginas. A algunos podemos examinarlos con detalle. Otros son fugaces, rostros que se ocultan en el claroscuro o que aparecen en una esquina del cuadro, demasiado pequeños para extraer de ellos todos sus secretos. ¿Qué hilo de plata hay en esta colección de pinturas literarias? La muerte: son todos ellos retratos de hombres y mujeres en la tumba. Sólo una ciudad, Venecia, rompe la galería de efigies con un paisaje imposible de esta ciudad magnética. Pero incluso ella es descrita aquí en su aspecto de imán para los agonizantes. Por eso, el señor Wiesenthal se refiere más de una vez a este libro suyo como unas memorias. Memorias de los muertos, escritas por un vivo para colaborar en la lucha contra ese gran enemigo, el olvido.

            Son retratos todos de criaturas del espíritu. Hasta Casanova, ese encantador intrigante, que era una especie de novela encarnada y, además, un prodigioso escritor. Pensadores (como Marx), músicos (como Manuel de Falla), literatos (como Balzac). Ninguno, sin embargo, de los dueños del mundo. Ni financieros, ni estadistas. Ninguno de los que hacen y deshacen en el gran teatro del mundo. Salvo Goethe, quien, como escribió Zweig, para alcanzar la inmensidad, no necesita dar un solo paso fuera de este mundo, sino que sabe atraerla hacia él, lenta y pacientemente, y logró ser burgués, ministro, botánico, geólogo, poeta, todo al tiempo y sin que ninguna parte de su ser fuera una amenaza o una traición para las otras.

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            En esta selección, como en cualquier otra, hay algo de arbitrario, de subjetivo, de cierto dandismo, una elección tan moral como estética, dirigida por gustos y simpatías. ¿Podemos acusar al autor por ello? En modo alguno. Y da un paso más. No se esconde entre sus páginas, sino que, mientras nos enseña un perfil concreto, se nos descubre en parte. Ignoro si todo lo que cuenta don Mauricio de su vida es cierto. Con sólo la mitad ya merecería que su propio retrato colgase, en una sala menor, dentro de esta bella colección. Es probable que para ciertos lectores no sea de su agrado. Hay mucho de sentimental en su estilo, mucho de preciosismo casi (casi, muy importante este casi) pedante, de gran señor, de bon vivant, de extravagante, de cínico epicúreo con querencia por los rebeldes y los humildes frente a los poderosos y los mezquinos… con unas gotas de humor, para no tomarse a sí mismo muy en serio.

            Hasta cierto punto, en Wiesenthal se nota la influencia de Zweig, que era un soberbio retratista (sus biografías, para mí, son sus mejores obras literarias) y quien, sin embargo, aunque no ocultaba sus simpatías o sus admiraciones, incluso sus fascinaciones, que no es lo mismo (por ejemplo, es claro su entusiasmo al escribir sobre Fouché y nadie podría estar más alejado de Zweig que este astuto político, genialmente tenebroso), sin que por ello nos revele datos o experiencias propias. En este sentido, “El mundo de ayer”, el maravilloso libro de memorias de Zweig, escrito en las más terribles circunstancias, podría ser el padre o, al menos, un tío muy querido, de este libro de muertos ilustres. Porque sólo en él, aunque pase lista a una galería de grandes personajes que cruzaron en su vida, Zweig se permite ponerse en primer plano. Wiesenthal, más caprichoso, se muestra o se oculta, según convenga, según la semblanza que nos esté mostrando dé pie a ello o no.

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            Un libro hermoso, bellamente escrito, un tanto manierista, en el que se mezcla una peculiar pulsión vital con una melancolía nada amarga. Asistemáticas, desordenadas memorias de un hombre anciano que nos habla de muertos, vivientes en estas páginas y en otras muchas, en notas, en cantos, en versos y en las incontables vidas que muchos de ellos han marcado y seguirán marcando, mientras el olvido no nos gane la partida.

abril 3, 2016

Pandemónium en Hell´s Kitchen

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:39 pm
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            La segunda temporada de Daredevil me ha hecho esperar con ansia que haya una tercera. Les confieso que no tiendo a hacer maratones de series; disfruto más espaciando los capítulos. Pues esta nueva tanda de las andanzas de Matt Murdoch y compañía me la metí entre pecho y espalda en dos días. Y la disfruté una barbaridad. Así que, en efecto, la primera temporada no fue una afortunada causalidad. Hay aquí calidad. Una serie notable. Aunque no, aún, una serie sobresaliente.

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            En conjunto, he de admitir que la primera temporada me parece más redonda, mejor planteada y ejecutada. Las segundas temporadas o partes tiene su truco, es fácil perder el norte después de una sólida primera obra. Seamos justos, la brújula de la serie está, en general, en perfectas condiciones, aunque alguna vez la aguja salte de manera rara.

            Así que, para aquellos que aún no hayan vuelto a meterse en las calles calurosas de la Cocina del Infierno: si les gustó la primera temporada, pónganse con la segunda. Aquellos que sí la hayan visto, pueden continuar si lo desean. En otras palabras, habrá spoilers.

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            La segunda temporada nos mete de lleno en un Nueva York post Wilson Fisk. Como todo gran emperador, el imperio está en disputa. Esperaba que la serie nos presentara el enfrentamiento entre las distintas facciones (los irlandeses, los japoneses, los moteros). Pero el guión es más astuto. Nos permite ver que las facciones existen y tienen sus ambiciones como un medio: introducir y desarrollar al personaje más esperado por los espectadores desde que empezaron las promociones publicitarias. Frank Castle. El Castigador.

            Jon Bernthal es lo mejor de esta segunda temporada. Los cinco primeros episodios tal vez sean los más poderosos. Se consagran por completo al Castigador. Él es el centro de todo. Las acciones de los demás personajes orbitan en torno a él. De un modo similar a con Fisk, a partir de cierto punto de la primera temporada, el primer tercio de la nueva temporada es frankcastlecéntrica. Castle como ex veterano sonado es absolutamente creíble, encaja en el ansia de realismo relativo que es marca de la serie (siguiendo algo la estela de la trilogía del Batman de Nolan, con muchas reservas respecto a esto en su última entrega). Al tiempo, cualquiera que haya leído algún cómic con el castigador pululando, reconocerá a Castle sin problemas. Incluso se logra meter el conocido símbolo del personaje, la calavera, de un modo la mar de ingenioso, a través de la radiografía. ¡Y el monólogo en el cementerio! Es quizás el momento dramático cumbre de la temporada.

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            Sin embargo, ay, se consideró que Castle, en exclusiva, no podía ser el cimiento de trece capítulos. De modo que se introdujo a Elektra. Conste, yo estaba encantado. Siempre me ha gustado mucho el personaje de Elektra. Además, si no se abandonaba a Castle (y no se hizo), la serie podía pasar de la dicotomía Murdoch-Fisk a una estructura triangular. Con dos vértices, Castle y Elektra, tirando del tercero, Murdoch, logrando una tensión de primer orden.

            Porque tanto el Castigador como Elektra son tentaciones en el desierto para Matt. El primero es el paso siguiente en el camino de Daredevil. Hemos visto a Murdoch dar plaizas de campeonato a los malos e incluso aplicar la tortura a un par de villanos menores. No hay que olvidar esto, porque está en el centro del personaje: Matt es un ser que lleva a cuestas una contradicción del tamaño de una catedral, un abogado irlandés católico irreprochable, que aplica la ley, que cree en la ley como herramienta para defender a los más débiles, y, al mismo tiempo, un vigilante que quebranta esa misma ley a diario. Está a un pelo de la esquizofrenia. Castle es una posible solución para Daredevil. Deja la ley, definitivamente, y sé consecuente. Ni uno ni otro atacan a los inocentes (esto abriría otro debate de interés y milenario, quién es inocente, quién es culpable), pero sólo uno elimina definitivamente a los infractores. Castle es más coherente que Murdoch. No obstante, es una coherencia de un extraño nihilismo retributivo con buenas dosis de venganza personal. En Murdoch aún quedan esperanzas en la redención del otro. Para Castle, no. Como un Javert sin más ley que su propio código, divide de modo tajante a la humanidad en víctimas e infractores, con un solo castigo para los segundos.

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            Si Castle es la Retribución encarnada, sombría e implacable, Elektra es el Caos. Es otra tentación, aparentemente menos atrayente para alguien como Murdoch, pero más poderosa en realidad. La rabia acumulada de Murdoch por la muerte de su padre y las injusticias que ha sufrido y contemplado pueden ser un buen punto de partida para abandonarse a un hedonismo violento y sádico. Sin venganzas, sin retribuciones, sin justificaciones. La violencia, el caos, el sadismo, por ellos mismos, porque ellos son lo que Elektra dice ser y lo que dice que Matt es también.

            Ay, pero donde Bernthal es grande, Eloide Yung es sólo aceptable. No me la acabé de creer en ningún momento, ni tampoco me parece que la historia de deseo, amor, rechazo y dolor entre Murdoch y Elektra tuviera la garra necesaria. Menos aún con el noviazgo efímero de Matt y Karen metido en el cóctel. El resultado fue un considerable batiburrillo. Además, las tramas se mantienen en paralelo de tal modo que, en más de un momento, da la sensación de estar viendo dos series diferentes que, por algún motivo, se estaban emitiendo al mismo tiempo.

            Introducir a Elektra implicaba introducir a la Mano. La sombra de esta organización ya se insinuaba en la primera temporada, así como la guerra entre ésta y Stick y los suyos. La parte buena de que la Mano se revele es que permite traer de vuelta a Stick. Scott Glenn está soberbio, de nuevo, como este ciego duro hasta decir basta, capaz de darle una paliza a casi cualquier otro personaje mientras le azota, además, verbalmente. Lo malo es que durante unos buenos cinco o seis episodios, el peso de los antagonistas se traslada a la Mano y sus ninjas. Y esta tríada con ínfulas, para mí, tiene en la serie el carisma de un rábano. Ni sus planes pequeños, ni sus enfrentamientos contra Daredevil, Elektra o Stick, ni su Gran Plan, me supusieron ningún placer. Los momentos en los que estuve a punto de aburrirme son todos con la Mano en liza. El tal Nobu es un villano secundario sin espesor. ¡Qué diferencia con Wesley! O con Madame Gao, que tiene una breve aparición y demuestra que se puede ser una malvada de respeto mientras se pinta una cometa.

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            Por fortuna, Castle no fue olvidado, sino que su historia dio un par de vueltas de tuerca. Con Karen (ahora volveré sobre ella) haciendo de sabuesa, el Castigador es el centro de un juicio mediático y de una conspiración o dos. Soy un gran defensor de las conspiraciones en la ficción. Sin embargo, hay que saber conspirar. La trama de la implacable fiscal Reyes (cuyos duelos con Foggy son de las escenas brillantes) me quedó un poco coja, poco desarrollada. Igual que la conspiración de fondo, en los ultimísimos capítulos. “Daredevil” comete un error habitual: subir a bordo a un señor actor (Clancy Brown, el grandérrimo Hermano Justin de “Carnivàle”) para desaprovecharlo casi por completo. Estas tramas conspiratorias merecían más desarrollo, igual que los irlandeses y los motoristas merecían más presencia. La serie habría ganado con menos ninja haciendo el malabarista y más crimen sucio.

            De hecho, Castle se va difuminando a medida que avanza la serie. En los dos últimos capítulos se diría que no saben qué hacer con él y lo acaban usando como un muy inverosímil Séptimo de Caballería, pegando tiros a los sicarios de la Mano y salvando el día para Daredevil. Un desenlace bastante chusco para un personaje tan bien planteado y ejecutado hasta el momento.

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            En el lado de los buenos, el tema esencial es la destrucción de la Arcadia feliz que era Nelson&Murdock. Es lógico y es maduro por parte de la serie: las aventuras de Daredevil le pasan factura a Murdoch. No puede uno estar a palos toda la noche y llegar a tiempo a las sesiones del tribunal (por cierto, ¿qué es eso de convertir un interrogatorio en unas conclusiones anticipadas? Otro error innecesario en el terreno de lo verosímil). No puede uno saltarse la ley cada cinco minutos y no esperar que tu mejor amigo, también abogado y de los buenos, no te lo afee. Aunque tengo pocas dudas en que Foggy y Matt reconstruirán su amistad, fue una decisión acertada el mostrar las grietas en su relación.

            La reaparición de Claire Temple, la enfermera todoterreno, fue un poco decepcionante. La única escena que me mantuvo atento fue en la que Foggy les canta las cuarenta a los dos matones que están a la gresca en el hospital. Foggy es, sin duda, el personaje positivo que más crece. Elder Henson hace un papelón con lo que podría haberse enfocado como un secundario cómico y torpón, dándole una gran dignidad, inteligencia e integridad a este abogado con sobrepeso.

            Un terciario que eché de menos es el inteligente párroco de Matt. Sólo aparece en una escena y es lástima. Las tentaciones de Castle y Elektra podrían haber dado pie a jugosas charlas entre el cura y el abogado, sin que esto se convirtiera en una obra psicológica o en “Antígona”.

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            Karen, por su parte, es tratada de un modo irregular. La historia de su relación con Murdoch es considerablemente tediosa y espero que se le haya puesto punto y final. En cambio, su transformación de secretaria en investigadora hasta terminar convirtiéndose en la virtual sustituta del finado Ben Ulrich está muy bien trabajada. La relación paternofilial que desarrolla con el reservado e irónico editor del Bulletin tiene calidez y Deborah Ann Woll está muy bien en todas sus secuencias a lo Woodward y Bernstein. Que estreche lazos de un modo tan veloz con un asesino en serie como Castle me sorprendió un tanto, aunque hay que tener en cuenta que no sabemos demasiado de Karen y que tiene sus esqueletos en el armario, como demuestra esa investigación de Ulrich antes de morir. Karen es una buena noticia en la serie y espero que siga siéndolo. Dicho lo cual, su soliloquio con el que finaliza la temporada es bastante tópico, sin fuerza. Muy diferente de esa excelente y tenebrosa reflexión de Fisk sobre la parábola del Buen Samaritano al final de la primera.

            Y con Fisk quiero acabar, porque Fisk es mi personaje favorito de la serie y fue para mí una inmensa alegría ver esa calva impresionante en la misma cárcel que Castle. ¡Muy hábil, dejar la mención a Vincent D´Onofrio para los créditos finales! El Gran Enemigo está encerrado y sus redes están rotas… por el momento. Fisk aparece escasamente, pero no hay un segundo que se desaproveche. Con ritmo y economía de medios se nos expone su ascenso hasta la cúspide del mundo carcelario, formando su pequeña guardia de corps. Su manipulación de Castle es digna de Kingpin (parece que ese nombre va a empezar a usarse más a partir de ahora), igual que lo es el cambio de planes cuando el Castigador sobrevive a la emboscada. Y pocas veces se ha visto un Fisk más aterrador en su omnipotencia que en su encuentro con Murdoch, en un magnífico vis a vis entre enemigos mortales.

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            No dudo que Fisk, jugador a largo plazo, tendrá mucho que decir en la tercera temporada. Y que dejará a la Mano en el lugar que le corresponde como antagonistas de segunda. Y que Murdoch estará aguardando

            Otro año más de espera, otro año más…

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