Con un vaso de whisky

febrero 21, 2012

With a pickle!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:10 pm
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            ¿Por qué, oh, por qué es tan poco conocida Black Books? Mientras varias sitcoms mediocres empalman temporada tras temporada (y de veintitantos capítulos), los dieciocho brillantes capítulos de la serie creada por Dylan Moran brillaron en la televisión británica, desaparecieron y pocos fuera de las Islas los conocen.

            Y es lástima. Por su brevedad y por su poca celebridad. En fin, lo breve si bueno, dos veces bueno. A saber, igual con más tiempo hubiera la comedia hubiera perdido inteligencia, aunque yo creo que había cuerda para rato. Pero no es justo que no se conozca. No es justo para la serie y no es justo para los espectadores. Así que, desde mi humilde posición, intento corregir esta faena.

            Black Books es una comedia. Una comedia debe ser graciosa. Puede ser más cosas, ácida, amable, crítica, negra, cruel, profunda o ligera. Pero tiene que ser divertida. Black Books es muy, muy divertida. A veces se dice que el humour es más de sonrisa que de carcajada. Quien dice eso sabe poco. Con el humour se sonríe y se ríe. Con Black Books se ríe, y a mandíbula batiente.

            El argumento, mejor, la situación, se puede resumir así: Bernard Black (David Moran) es un librero irlandés (en Londres), bebedor y con poco don de gentes… Por una serie de circunstancias (son los dos primeros capítulos, no voy a destriparlos), acaba contratando como asistente a Manny, un humilde, servicial y amabilísimo individuo. Fran, la dueña de la tienda de al lado y, quizás, única amiga de Bernard en el mundo, completa el reparto.

            Bien, para empezar, dejemos una cosa clara, por si hay algún miembro de la Liga Antialcohol. Esta es la serie en la que más he visto beber. Y tengo en cuenta The Wire, con MacNulty, Bunk, los velatorios policiales y toda la pesca. Por cierto, la obra maestra de David Simon y Ed Burns duraba cinco temporadas, con capítulos de una hora. Black Books dura tres, de seis capítulos, veinte minutos cada uno. Hagan cuentas.

            La capacidad sobrehumana de Bernard, Fran y, un poco menos, Manny de beber cantidades prodigiosas de vino, cerveza y licores variados es sencillamente espectacular. Es, además, uno de los motores humorísticos de la serie. Sin tanta borrachera y tanta resaca, las situaciones cómicas en las que nuestro trío se metería serían menores. Y la comedia, más aburrida. Vaya, vean la entrevista de trabajo que Bernard le hace a Manny:

            Si recuerdan, cuando divagábamos sobre el Ingenio y el Absurdo, llegábamos (ustedes no me replicaron, así que…) a la conclusión de que el humour anglosajón mezcla muchas veces ambos, hasta que es imposible saber cuál lleva la voz cantante. Black Books no participa de esta característica. Su arma es el Absurdo, es decir, el humor por el humor, como decía Chesterton. Nos reímos de los protagonistas, pero sin acritud, porque esos personajes están para hacernos reír, son puestos en posiciones ridículas por estrafalarias. No es lo que hace mi admirado Ricky Gervais, que retuerce el humour hasta la oscuridad. Aquí no hay malicia. No nos burlamos de personas, sino de caricaturas y, si acaso, de lo caricaturesco que tengamos cada uno.

            ¡Pero qué estupendo, qué liberador, qué sano es saber que vas a reírte y sólo a reírte con una serie! Admiro los grandes dramas, las tragedias poderosas y la gran épica. Sin embargo, nadie puede vivir en las alturas o en los abismos de modo eterno. Bueno, sí se puede, conforme. Aunque bajar la valle, de cuando en cuando, ayuda a recuperar cierta perspectiva, aparte de ayudar a apreciar los lugares elevados de donde acabamos de descender. Además, en este caso, el valle es agradecidísimo de visitar.

            Respetemos la comedia por la comedia, la risa por la risa. Es una de las más humildes y despreciadas facetas del Arte, aún hoy, injustamente. Se ha repetido hasta la saciedad que la comedia es muchas veces más complicada que el drama. Que morir es fácil, pero la comedia es difícil. Sí, se ha repetido hasta la saciedad. Volveremos a repetirlo cuantas veces haga falta. Porque hay gente que es capaz  de hacernos caer de la silla de la risa en diez segundos:

            Nada más tengo que añadir. Entren en esta pequeña librería y a disfrutar. De las borracheras, de los clientes recibidos a ladridos, de las discusiones, de la relación a ratos amistosa, a ratos amo/esclavo entre Bernard y Manny, de las resacas, del vino del Papa, de Fran y sus esfuerzos por llevar una vida feliz y ordinaria, de este universo encajado entre cuatro mugrientas paredes, abarrotadas de libros, con tres habitantes. Y con el choque constante entre este universo y el que hay más allá de la puerta. Qué quieren, yo apuesto por Bernard, Manny y Fran.

febrero 5, 2012

Un borrón

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:43 pm
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            Clint Eastwood es un grande. No hace falta que yo se lo reconozca, pero lo hago con gusto. Tiene en su haber Sin perdón, Medianoche en el jardín del bien y del mal, Cartas desde Iwo-Jima, Banderas de nuestros padres, Cazador blanco, corazón negro, por poner sólo unos ejemplos. Su habilidad y su talento no están en discusión o, al menos, no por mí.

            Pero el mejor escribano hace un borrón. El maestro Hitchcock hizo Topaz, vaya. Eastwood ha hecho J. Edgar. Y esta película es floja, aburrida, indiferente.

            De J. Edgar Hoover sé lo que la mayoría de la gente: el hombre que creóla OficinaFederalde Investigación (Federal Bureau of Investigation), tal como se conoce hoy día, quien aumentó sus poderes y lo controló con mano de hierro durante casi cinco décadas. Un hombre que empleó tácticas bordeando o más allá de la legalidad, que recopiló información y la empleó para chantajear, coaccionar, manipular o perseguir a cualquiera que fuera una amenaza para su posición, su oficina, su país.

            No sé si la película de Eastwood es exacta históricamente. No me interesa. Desde la primera escena parece que van a narrarse los hechos desde el punto de vista de Hoover. Y una de las últimas escenas, con Clyde, su compañero eterno, le echa en cara las mentiras, las exageraciones y las medias verdades que llenan sus memorias. Pero si quisiera un exacto conocimiento de los hechos y de la psicología de Hoover, leería una biografía. Dicho sea de paso, si alguien conoce una buena biografía, por favor, dígalo. ¡Cuánta falta nos hace otro Stefan Zweig!

             Esto no implica, claro, que si la película ahondara con precisión en la mente de Hoover, se lo reprocharía. Todo lo contrario, sería un extra. Sin embargo, no es la piedra de toque que decidiría la calidad de esta obra. Mis quejas sobre la película son en tanto en cuanto película. Son problemas de estructura, de narración y de personajes.

            De estructura: Eastwood usa la técnica de los saltos al pasado y al presente (de Hoover). Un Hoover anciano desea explicar al pueblo americano su propia historia, presentándose como uno de los cruzados que salvó a la Patriade las garras de sus enemigos. Es algo habitual. El problema es que no tiene un hilo de plata que de coherencia a la historia. En la densa, compleja, Nixon, de Oliver Stone (que a mí me gusta mucho, pese a sus defectos), el escándalo “Watergate” sirve de brújula: está envolviéndolo todo, sirve de trampolín para indagar en la biografía personal y política del protagonista. Por cierto, Bob Hoskins es un Hoover mucho más poderoso en los pocos minutos que sale en dicha película, que Leonardo Di Caprio en la ahora comentada.

            Las Memorias de Hoover no tienen la fuerza para cumplir esa función.La Historiadel Bureau se nos cuenta de modo inconexo. El caso Lindbergh ocupa buena parte de la cinta, pero tampoco la llena. De hecho, nada de lo que ocurre en las dos horas las llena, ni las hace dignas.

            Los problemas de narración andan cerca de los estructurales. La narración es muy confusa, deslavazada. ¿Qué quiere Eastwood mostrarnos? ¿La Historia del F.B.I? ¿Sus casos más importantes o controvertidos? ¿El ascenso de Hoover desde una posición subordinada a la cima de la política y la seguridad estadounidense? ¿La torturada alma del impenetrable Director? Quizás quiso mostrarlo todo. Y, claro, como no estaba haciendo una miniserie, no logró mostrarnos nada.

            Tampoco los personajes nos llegan o nos emocionan. Di Caprio es un actor respetable, pero ni por un segundo logró convencerme de que estaba viendo a Hoover, por mucho maquillaje que le echaron al pobre encima. Justo lo contrario que Anthony Hopkins en la antes mencionada Nixon. Hopkins, y sus secundarios, subordinados en todo momento al personaje central, sí insuflaba vida al polémico Presidente. El personaje de Nixon, sus contradicciones, sus demonios, sus maquinaciones, sus debilidades y sus sentimientos,  devoraban la película. Justo lo contrario que en J. Edgar.

            Judy Dench, como la controladora madre de Hoover (siempre las madres, caramba, parece que el Colegio de Psicoanalistas paga a los guionistas, a veces) o Naomi Watts como la fiel secretaria del Director son las más cercanas a conseguir algo de chispa humana. De hecho, quizás la mejor escena de toda la película sea la “cita” entre el joven Hoover y su secretaria: como medio de impresionar a la chica, el burócrata implacable muestra con orgullo el sistema de clasificación de la Biblioteca del Congreso. Ahí, sí, el escalpelo psicológico estuvo bastante fino.

            Pero nada funciona como es debido. Así que, en lugar de ensañarnos, cerremos esta crítica. Eastwood es un gran cineasta. J. Edgar, una película mediocre.

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