Con un vaso de whisky

octubre 29, 2012

Falstaffiada sin Falstaff

            Harold Bloom da a Enrique IV, Partes I y II el nombre de la Falstaffiada. Porque en ellas Shakespeare dio vida a uno de sus más grandes personajes, Sir John Flastaff, el Gran Ingenio. Falstaff es tan magnífico como arriesgado: estar cerca de él no conduce ni a la comodidad ni a una vida ortodoxa, ni segura; acercarse a él como director o actor puede ser una tarea demasiado ardua. Y en la adaptación de The Hollow Crown, ay, lo ha sido.

            Pero vayamos por partes. En estas dos películas, la BBC nos lleva a los tumultuosos últimos tiempos de Enrique IV. Al usurpador Bolingbroke le crecen los enanos: los nobles que le apoyaron en su escalada de poder le estorban ahora al reinar; los rencores, las ambiciones y las intrigas llevan a Inglaterra, una vez más, a la guerra civil. Las luchas por el poder, entre los rebeldes que tienen a Hotspur como caudillo carismático, y los fieles al Rey, conforman uno de los arcos argumentales de las obras.

            Y, en verdad, es el que mejor está tratado, también porque es el más sencillo. Las intrigas asesinas y las guerras siempre resultan entretenidas; si, además, tenemos la literatura de Shakespeare y a dignos actores, pues tanto mejor. Aún así, tampoco está exento de fallos.

            La ambientación es excelente, BBC obliga. La luminosidad irreal de Ricardo II deja paso al frío y las tinieblas. Una luz gris, gélida, de invierno y nieve, barro y lluvia, gobierna las escenas diurnas. Y las nocturnas son aún más sombrías, duras como la piedra de Westmisnter o sucias como los campos de batalla y los callejones de Londres. Como de costumbre, el atrezzo y el vestuario son impecables. Y los secundarios cumplen dignamente su papel.

            ¿Entonces? Hay graves fallos de dirección, a mi entender, en especial en la Parte I. Uno de los más obvios, olvidar que esto es una adaptación televisiva de una obra de teatro, no una representación teatral. Muchos actores, en especial Joe Armstrong (Hotpsur) y sus rebeldes, declaman a grito pelado cuando se supone que deberían estar susurrando. El contraste entre esa gran escena de Ricardo II en la que los aristócratas, mientras ven el féretro de Juan de Gante, forjan la conspiración de apoyo a Bolingbroke entre murmullos y miradas de soslayo, y esa otra de Hotpsur, su padre y su tío, tras ser despedidos por el airado monarca, es demasiado marcada. En ésta última, es imposible que Enrique IV no haya escuchado a esos levantiscos norteños decidir darle una paliza a base de espadazos.

            Armstrong se pasa todas sus escenas (salvo una) hablando demasiado alto. Sí, Hotpsur es de genio vivo, hiriente hasta con sus aliados y una magnífica máquina de trinchar carne en batalla. Pero se puede ser todo eso sin vociferar como si a quien estás insultando estuviera en el gallinero. Porque no hay espectadores en el gallinero, sino en el sillón de casa. Hombre.

            Que Jeremy Irons fuera convocado para calzarse la corona de Enrique me pareció una buena noticia. Pese a que de tanto en tanto Irons me decepcione (¿Dragones y Mazmorras, señor Irons? ¿Por qué?), tienen mucho más en el haber que en el debe. ¿Triunfa como Enrique IV? Casi. Y estoy seguro, esto lo repetiré algo más adelante, que el casi no es culpa suya, sino de un fallo de dirección. Porque, en efecto, me parece bien mostrar a un Enrique enfermo, envejecido, intranquilo e inseguro. Lo que no me parece bien es quitarle todo poderío regio.

            No me parece bien desde un punto de vista dramático. El dolorido Enrique de la Segunda Parte sería mucho más poderoso si en la Primera Parte, cuando menos en sus primeras escenas, hubiésemos contemplado a un monarca lúgubre, pero majestuoso, con autoridad y fuerza. Incluso aunque esa fuerza se pagara con toses y sufrimientos cuando los cortesanos hubieran sido despachados. Así, el gran monólogo sobre el sueño que el insomne Rey a medias murmulla, a medias grita, en la Segunda Parte (gran, gran momento), hubiera sido mil veces más impactante, de haber visto a un Rey menos hundido al inicio. John Gielgud, en Campanadas de medianoche, encarnaba a un Rey marmóreo, con una fuerza implacable y rígida. Una mezcla del Gielgud allí y del Irons acá, hubiera sido cabal. Con todo y con eso, Irons es, creo yo, quien mejor encarna a su personaje, de entre los principales.

            Enrique IV muestra bastante brío en los encuentros con su primogénito, el Príncipe Hal. Hal anda a caballo entre los dos arcos, el cortesano-guerrero y el popular. Tom Hiddleston tiene el encargo de calzar las botas de uno de los papeles más difíciles de interpretar. Porque Hal es ambiguo y astuto, tanto que engaña a lectores y espectadores, y quizás a sí mismo.

            La historia de Hal es la más importante de todo Enrique IV. Para unos, es la redención de Hal, quien abandona una vida de vicio, degradación y juergas con compañeros indignos y asciende a las cumbres de la majestad, hasta convertirse en el Gran Rey de Inglaterra. Para otros, es el ascenso de un magnífico guerrero y un futuro poderoso monarca, que, tras aprovechar muy bien el tiempo pasado entre la gente común, se deshace de todo cuanto le estorba en su camino hacia el trono y la corona.

            Esta versión de la BBC, me parece a mí, anda seducida por el carisma de Hal y no es extraño, porque es un personaje carismático. Durante la Parte Primera es constantemente comparado con Harry Percy, Hotpsur, siempre para criticar al Píncipe de Gales, pero éste es más peligroso, más hábil y más cruel que el pasional rebelde escocés. Hiddleston, no sé si de manera consciente o por estar él también doblegado por su personaje, encarna a un Hal felino, atrayente e imperial. Cuando él está en escena, todos los demás personajes empequeñecen, por admiración, por temor o por ambas cosas. Ya verán, seguro, la apoteosis que le van a preparar en Enrique V.

            Lógico, porque Hal tiene, como dice Bloom, muchas similitudes con Alejandro Magno. Joven, atractivo, magnético, hábil, despiadado, ambicioso, guerrero y lleno de ambiciones épicas. Es un monstruo que mandará a miles a la muerte por su deseo de gloria, pero esos miles y otros miles le aclamarán por ello.

            Hal es Alejandro, pero no tuvo de maestro a Aristóteles. El suyo es el gran personaje de las obras, que algunos críticos comparan con el mismo Jesús y otros con el mismo Sócrates. No ando muy de acuerdo con ninguna comparación, pero la socrática me parece algo más acertada. Sir John Falstaff es el Ingenio Máximo de Shakespeare, y no le regateo el título de Sócrates de Eastcheap, si se le quiere conceder. Aquí, lo siento, es cuando tengo que señalar a la BBC con el dedo acusador. Porque si su Enrique IV es digno y ha sido seducida por Hal, o bien no ha comprendido o bien ha decidido destruir a Falstaff. Y eso es un pecado.

            Voy a citar un grandioso párrafo de William Hazlitt. Es un poco largo, pero necesario para entender por qué estoy tan airado con el Falstaff que aquí nos ha sido ofrecido:

            La bendición de la libertad conseguida con humor es la esencia de Falstaff. Su humor no sólo está dirigido principalmente contra obvios absurdos; es el enemigo de todo lo que interfiera con su gusto, y por lo tanto de todo lo serio, y especialmente de lo respetable y moral. Pues estas cosas imponen límites y obligaciones y nos hacen súbditos de la ley, esa vieja patraña de papá, y del imperativo categórico, y de nuestra posición y sus deberes, y de toda clase de inconvenientes. Digo que es por lo tanto su enemigo, pero soy injusto con él; decir que es su enemigo implica que los considera cosas serias y reconoce su poder, cuando en verdad se niega a reconocerlos en absoluto. Para él son absurdos, y reducir una cosa al absurdo es reducirla a nada y marcharse libre y regocijado. Eso es lo que Falstaff hace con todas las pretendidas cosas serias de la vida, a veces sólo con sus palabras, a veces también con sus acciones. Hará que la verdad aparezca como absurda por medio de solemnes declaraciones que externa con perfecta gravedad y que espera que nadie crea; y el honor, demostrando que no puede arreglar una pierna y que ni los vivos ni los muertos pueden poseerlo; y la ley, evadiendo todos los ataques de su más alto representante y obligándolo casi a reírse de su propia derrota; y el patriotismo, llenando sus bolsillos con los sobornos ofrecidos por soldados competentes que quieren escapar del servicio, mientras toma el lugar de los tullidos, los lisiados, los presidiarios; y el deber, mostrando como trabaja en su vocación: la de robar; y el valor, burlándose de su propia captura de Colevile e igualmente proclamando que ha matado a Hotspur; y la guerra, ofreciendo al príncipe su botella de vino de Canarias cuando le pide una espada; y la religión, divirtiéndose con el remordimiento en ratos de ocio cuando no tiene otra cosa que hacer; y el miedo a la muerte, manteniendo perfectamente intacto, frente al inminente peligro e incluso cuando siente el temor de la muerte, exactamente el mismo poder de disolverlo en bromas que muestra cuando está sentado tranquilamente en sus posaderas. Esos son los maravillosos logros que lleva a cabo, no con la acritud de un cínico, sino con el regocijo de un muchacho. Y por eso lo alabamos, lo loamos, pues no ofende a nadie más que a los virtuosos, y niega que la vida sea real o sea seria y nos libera de la opresión de esas pesadillas y nos eleva a la atmósfera de la perfecta libertad.

            Bueno. Y ahora comparen a éste, el verdadero Falstaff, con el que interpreta (mal dirigido, calculo) Simon Russell Beale. No, no y mil veces no. No a ese Falstaff con cierto ingenio, sí, pero grotesco. A un Fasltaff bufonesco, que no verdadero bufón shakesperiano. A ese Falstaff torpón, que ríe para disimular el miedo y la angustia, que es y se siente viejo, a ese Falstaff que enlaza mentiras para salvar el pellejo, no para sencillamente divertirse metiéndose y saliendo indemne de todo duelo verbal. Ese Fasltaff cobarde, miserable, esa alimaña que merece en verdad el desprecio del Príncipe. No, no y no. No es Falstaff.

            Porque Falstaff nunca debe tener miedo de Hal, y éste lo tiene. Falstaff ama a Hal, quien fue su discípulo y su joven de oro. Hal ya no ama a Falstaff, desde el principio de la obra. Las ironías de Hal son asesinas, pero Falstaff las derrota siempre, siempre. No sólo las derrota, las arrasa. Un duelo dialéctico contra Falstaff sólo puede acabar con una sonada victoria de Sir John, no con un empate por los pelos, ni con una salida desperada, mientras mira con aire de perro apaleado.

            Es injusto, terriblemente injusto, que mutilen los diálogos de Falstaff. Le quitan muchas de sus réplicas y de sus bromas. A Hotspur se le respeta (y hacen bien) su Doomsday is near; die all, die merrily! A Falstaff se le escamotea su Give me life. Se conserva su gran monólogo sobre el honor, pero se saca de contexto su no menos gran reflexión sobre las virtudes del jerez, que trae a colación para criticar al príncipe Juan de Lancaster, ese digno hijo de Bolingbroke, abstemio, traicionero y asesino. Su duelo con el Jefe de Justicia carece de agilidad y alegría.

            Y es una desgracia lo que hacen con el “centro radiante” (Bloom) de la Primera Parte: el enfrentamiento entre Falstaff y Hal, cuando juegan a ensayar el diálogo de reencuentro entre Enrique IV y su hijo. Aquí, es cuando Hal se quita la máscara con la excusa del papel e insulta con terrible virulencia al Gordo Jack. Y donde Falstaff da su más conmovedora réplica: Pero decir que conozco en él más mal que en mí mismo sería decir más de lo que sé. Que sea viejo, tanto más digno es de compasión, sus canas dan fe de ello, pero que sea un putañero, lo niego perentoriamente. Si el vino de Canarias con azúcar es una falta, ¡Dios ayude al malvado! Si ser viejo y alegre es un pecado, entonces más de un viejo compadre que conozco está condenado; si ser gordo es ser odiado, entonces hay que amar a las vacas flacas del Faraón. No, mi buen señor; despedid a Peto, despedid a Bardolph, despedid a Poins…, pero al dulce Jack Falstaff, al buen Jack Falstaff, al leal Jack Falstaff, al valiente Jack Falstaff, y por ello tanto más valiente por ser el viejo Jack Falstaff, no lo desterréis de la compañía de vuestro Harry; desterrad al gordo Jack y desterráis al mundo.

            Lo que dije sobre Enrique IV, lo repito aquí, multiplicado por mil. Si el Falstaff de la Primera Parte fuera el verdadero Falstaff, entonces la interpretación de Beale en la Segunda Parte sería más convincente y hermosa. Porque entonces esa confesión a Doll (Soy viejo, soy viejo) estaría llena de dolor, al ser dicha por el más alegre vitalista. Y ese diálogo de réplicas secas con las que Falstaff quiere hacer callar al pesado del juez de paz Shallow (un muy bueno David Bamber) y sus recordatorios de la juventud pasada y de la cercanía de la muerte, serían más lacerantes. Y ese momento de alegría pura, al saber que Hal será coronado, más cruel. Y esa escena donde Enrique V (qué bien está ahí Hiddleston) lo repudia públicamente, frío, impasible, destruyendo al Señor del Lenguaje, más devastadora.

            No, sólo supieron darnos a Falstaff triste, cansado, vencido. Pero como no nos dieron antes al Gran Jack, todo quedó en poco.

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octubre 22, 2012

Tristes historias de reyes muertos

            Cuando la BBC toca a rebato, porque cree que Inglaterra y el mundo pueden estar olvidando a Shakespeare, no repara en gastos. Casi me imagino una enorme campana en lo alto del edificio de la cadena, tañendo a toda potencia. Cuando esa campana resuena, los actores británicos dejan sus pintas de ale y vasos de whisky, sus jardines, acrobacias amatorias, u otros planes  y acuden en masa.

            La BBC ha decidido adaptar, una vez más, unos cuantos dramas históricos del Gran William. Y, con no mal criterio, ha escogido la Henriada, como llaman los académicos a la tetralogía formada por Ricardo II, Enrique IV (dos partes) y Enrique V. Les han dado un título menos erudito y más sonoro, sacado de un verso del malhadado rey Ricardo II: The Hollow Crown.

            Estoy en proceso de verme las cuatro películas (de unas dos horas por cabeza), así que, a medida que las vaya digiriendo, las iremos comentando. Como la historia de Ricardo II ya ha sido comida y asimilada (con la obra original a un lado y mi Bloom gruñendo al otro), podemos ponernos con ella.

            Juicio global: muy favorable. Nunca había visto Ricardo II, ni en el teatro, ni en el cine ni en la televisión. Es una obra tremendamente formal, casi hierática, con largos soliloquios, en los que Shakespeare demuestra ya un notable control del lenguaje y ahonda en la psique del monarca (aunque deja a los demás personajes un tanto de lado). Me parecía muy difícil de adaptar y lo es, pero los cerebros detrás de esta versión eligieron bien su estrategia: no naturalizaron la obra, sino que la asumieron en toda su teatralidad. Basta la primerísima escena, incluso los primerísimos segundos de la misma, para captar que aquí vamos a tener preciosismo formal, con un estilo casi pictórico y, encima, prerrafaelista.

            Y hacen bien, porque otra elección sería traicionar la obra. Querer convertir Ricardo II en una obra de diálogos fluidos y naturales es no saber qué tienes entre manos. Drama extraño, frío y un tanto ajeno, yo, como lector, nunca me he sentido muy conmovido por los sufrimientos del protagonista, pero disfruto mucho de la belleza estética del lenguaje. De manera similar, esta adaptación respeta bastante la palabra y juega astutamente con la imagen, con una escenografía y un atrezzo cuidados hasta el más mínimo detalle. Las escenas en las que Ricardo tiene protagonismo son luminosos cuadros, hermosos aunque un tanto desvaídos, algo que refleja bastante bien la personalidad del rey; en cambio, cuando son Bolingbroke y sus secuaces los que dominan, todo pasa por un tamiz azul y gris, mucho más sombrío.

            Ricardo II es el centro de su propia obra. Todo se subordina a él, incluso él mismo, quien está encantado de haberse conocido y es absolutamente incapaz de pensar en nadie más, ni siquiera por un segundo. Bloom lo describe con precisión: Ricardo II es un mal rey y un interesante poeta metafísico; sus dos papeles son antitéticos, de modo que su reino decrece a medida que su poesía mejora. Al final, es un rey muerto, primero obligado a abdicar y después asesinado, pero lo que queda siempre en nuestros oídos es su falso lirismo metafísico. Rey alocado e inadecuado, víctima tanto de su propia psique y su extraordinario lenguaje como de Bolingbroke, no es que Ricardo gane nuestra simpatía, sino nuestra renuente admiración estética por la cadencia moribunda de su música cognitiva. Es totalmente incompetente como político y totalmente dueño de la metáfora.

            Había que ser cuidadoso eligiendo al actor que encarnase a Ricardo; una vez más, la elección fue afortunada: Ben Whishaw clava el papel. Un rey ensimismado, pseudomístico, amante de lo bello (sí, aquí se rodea de muchachos agraciados, pero en el personaje hay más de esteta pasivo y cansino que de homoerotismo, ni liberado ni frustrado) y amante de sí mismo, incapaz de gobernar de ninguna manera y completamente indefenso ante el depredador Bolingbroke. Whishaw está magnífico en todo momento y es a él a quien hay que felicitar porque suya era la carga: si no convencía como Ricardo, todo lo demás sería en vano. Pero convence y vemos al desgraciado Plantagenet y no al actor. No cabe elogio mayor. Whishaw logra lo que yo creo que es vital en este papel: que no nos caiga bien Ricardo, pero que tampoco disfrutemos sádicamente de su caída. Y es la poderosa fuerza de la poesía la que nos deja a medio camino entre el rechazo y el afecto. No podemos estimar a Ricardo, pero tampoco podemos desentendernos de sus diálogos y sus soliloquios. Están recortados, es cierto, en ocasiones, demasiado. En el último, por ejemplo, quitan un buen tercio de los versos y algunos de los que a mí me parecen más notables. Con todo y con eso, siguen siendo grandes parrafadas.

            Los monólogos de Ricardo en su decadencia son con diferencia los mejores de toda la obra. Whishaw echa el resto en cada uno de ellos, empezando con el magnífico parlamento en la playa. Ricardo ha vuelto de sofocar unas revueltas en Irlanda, un día demasiado tarde: los galeses que le eran fieles se han cansado de esperar el regreso del rey y ahora no hay ejército que se enfrente a las cada vez mayores fuerzas militares del usurpador Bolingbroke. Tras subirse un momento de irreal elevación, en la que se compara con el sol naciente, Ricardo cae en las simas de la desesperación, con ese monólogo que empieza No importa dónde, de consuelo no hable nadie./ Hablemos de sepulcros, de gusanos y epitafios.

            El patetismo de Ricardo sólo crece, igual que su calidad literaria y la habilidad de Whishaw en las siguientes declamaciones, ya sea rindiéndose ante Bolingbroke o cediendo su corona; la escena de la abdicación, una de las mejores de la obra, es, asimismo, una de las mejores de la película, con Ricardo negando su propio carácter de consagrado, pidiendo un espejo para verse tras la destrucción de su naturaleza real, jugando con símbolos, metáforas y palabras, hasta quedar reducido a nada.

            Y a la nada de la mazmorra, en su último soliloquio, siempre centrado en sí, un soliloquio en el que, dice Bloom no adquiere ninguna dignidad humana, pero empieza a encarnar lo que puede llamarse una dignidad estética. Ricardo es la primera figura de Shakespeare que manifiesta esta fisura entre la estatura humana y la estética.

            Sólo la escena de su muerte me rechina, con el paralelismo con el cuadro del martirio de San Sebastián que vimos al inicio del largometraje. Abunda en la idea del Ricardo obsesionado consigo mismo, empeñado en comparar sus sufrimientos con un martirio y hasta con la Pasión de Cristo, pero me resultó, en una obra muy teatral, excesiva.

            Por desgracia, no puede ser tan elogioso con el rival, con Bolingbroke. El personaje, y esto es así en la obra, es mucho menos interesante que Ricardo. El futuro Enrique IV vuelve del exilio para reclamar su legítima herencia, al morir su padre, Juan de Gante y, mientras finge que esto es lo único que persigue, se apodera del reino, al estar ausente el Rey. Es un arribista ambicioso y sin escrúpulos, pero Rory Kinnear se empeña en darle un aire de contenido remordimiento, como si hiciera todo cuanto hace a su pesar. El torvo Bolingbroke de la abdicación se vuelve un estirado que ve con cierta repugnancia la escena. Yo, la verdad, siempre me imaginé al Duque y luego Rey más taimado y amoral, no un guerreo marcial que parece estar siempre al borde de las lágrimas. Y el que sus últimas palabras, que son de una hipocresía rampante, tengan pinta de sinceras me hace sospechar que si a Ricardo lo calaron por completo, Bolingbroke logró engañar a la misma BBC.

            Fuera de Ricardo, sólo hay dos personajes con parlamentos de respeto (porque York, aunque interpretado por el gran David Suchet, quien da viveza al personaje, no es un papel agradecido). Uno es el Obispo de Carlisle, el único que se opone al victorioso Bolingbroke con unas palabras llenas de fuerza, cadenciosas, dramáticamente proféticas del dolor y la muerte que esperan a Inglaterra durante generaciones. Tan llenas de fuerza en la obra que Lucian Msamati, quien llevaba el papel con dignidad, tropieza y falla en su momento cumbre. Una auténtica pena.

            El que no falló fue Patrick Stewart, veterano actor shakesperiano (trekkismos lejos, por favor), es decir Juan de Gante. Gante tiene el otro gran parlamento que no es de Ricardo, un elogio conmovedor a Inglaterra (aunque nunca debemos dejar de ver ironías en todo elogio que haga un anglosajón). En esta escena, se emplea con inteligencia los recursos televisivos: lo que en un teatro se tendría que bramar, aquí apenas se susurra, en un primerísimo plano del agonizante noble. Y no es que a Stewart se le da mal los ladridos, como demuestra al echar en cara a Ricardo, pocos segundos después, en su frase más célebre, su manera de gobernar: Lanlord of England art thou now, not King!

            La BBC ha logrado nota en la adaptación, me parece, más complicada. Veremos si logran mantenerse en este camino.

octubre 14, 2012

Come the fuck in or fuck the fuck off!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:20 pm
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            Cuando ve uno The West Wing sabe que no está viendo la realidad. Que le gustaría, que ojalá, que incluso siendo aquel un mundo imperfecto, con corrupción, estupidez y maldad, en él son posibles la inteligencia, la razón, que ideas manipuladas o despreciadas pueden, en efecto, guiar a unos gobernantes. Que hay de todo en el mundo de la política: miserables, ambiciosos, gente honesta y hasta altruistas. Que el aire que se respira en los pasillos de Washington no es pestilente, que hay una marejada luminosa de fondo; un rumor que nos atrae, pero que no hace siempre conscientes de estar ante una obra de política-ficción.

            Cuando uno ve The Thick of It tiene uno una sensación completamente opuesta. Todo en ella conspira para que, desde que empieza hasta que acaba el capítulo, pensemos que alguien, cámara oculta en ristre, se ha metido en los pasillos políticos de Londres. Y, mientras nos caemos de la silla a carcajadas, alguna vez, reímos tan fuerte que casi parece que lloramos.

            Ver The Thick of It como una devastadora crítica de la Política y los políticos, creo yo, es reducirla. ¿Es que no lo es? Sí, desde luego; más de los politicastros que de la Política. O más bien aún, de la política, sin mayúsculas por ninguna parte. Armando Ianucci y su tropa (los mismos que nos dieron In the loop, entre temporadas de esta serie) no dejan títere con cabeza en el establishment político. Ministros, Secretarios de Estado, consejeros, redactores de discursos, funcionarios públicos, pero también periodistas, blogueros, empresarios y ciudadanos de a pie… todos pasan por la trituradora.

            Tanto los protagonistas como los secundarios, recurrentes o no, comparten ciertas características básicas: son o mezquinos o estúpidos o cobardes o todo ello al mismo tiempo. No son monstruos del abismo. Son personas. Algunos de ellos hasta tienen buenas intenciones. Incluso ciertos ideales elevados, una vocación cada vez más adormecida de dedicarse al bien de la sociedad. Intenciones, ideales y vocaciones que son sistemáticamente destruidos por el miedo a decir algo inapropiado en el momento inapropiado, a salirse del guión, a que se forme un escándalo o, por ser más coherente con el lenguaje de la serie, a storm shit que les deje con el culo al aire y sin apoyos. Porque allí fuera, en la calle, llueve y hace frío. O, de una manera aún más indigna y cómica, por ser sencillamente idiotas y meter la pata.

            Las relaciones triangulares entre políticos, periodistas y funcionarios (es muy anglosajón distinguir claramente los políticos, el partido, de los funcionarios, de la Administración, neutrales del juego) dan para mucho. Los periodistas quieren la noticia del día, cuanto más humillante, mejor. Los políticos quieren ascender en el partido, o, al menos, no hundirse y si, de paso, pueden hacerle la puñeta a un colega, pues mucho mejor. Los funcionarios quieren que los líos de los otros no pongan en peligro su preciada seguridad, alejándose de cualquier problema, complicación o tejemaneje… y si para ello hay que cargar las culpas al político o funcionario de al lado, pues qué le vamos a hacer.

            Cualquiera que esté pensando en meterse en la cosa pública debería ver esta serie. Bueno, si está pensando meterse en la cosa privada, también, aunque supongo que puede ver The Office. Las palabras que dan título a este artículo serán, casi seguro, las más amables que oiga en el Ministerio de Asuntos Sociales del Gobierno de Su Graciosa Majestad. Debería darle una idea aproximada de lo que le espera donde sea.

            Estar rodeado constantemente de gente insegura, envidiosa, aterrada y agresiva no es una forma de vivir muy alegre. Si encima se equivocan cada dos por tres y sabes que van a ir a por alguien a quien cargarle el muerto y que ese alguien puedes ser tú, la paranoia se convierte en tu mejor amiga. Porque ese criajo de rizos y gafas de Ollie es una sabandija que siempre patea al que es más débil, esa rubia pequeñaja y despistada de Robin va a decir lo que no debe a quien no debe doce de cada diez veces, esa funcionaria impasible y cansina que es Terri puede haber estado trabajando contigo diez años, que si supones la más mínima amenaza para su tranquilidad, adiós, muy buenas; hasta ese bastante inofensivo y amargado Glenn puede apuñalarte, por despecho y miedo. Y que Dios te pille confesado como seas el jefe de esa panda, no un compañero más. Lo saben Hugh Abbott o Nicola Murray.

            Y, además de todo, está Malcolm.

            Malcolm Tucker (inspirado en el tortuoso Alastair Campbell) es el Gran Tiburón Blanco, el terror de Whitehall, la pesadilla andante de todos los demás personajes… y, a menudo, su única salvación. Implacable, despiadado, malhablado (con el estupendísimo acento escocés de Peter Capaldi, qué grande es este hombre), mordaz, abrasivo y eficaz, recorre los departamentos ministeriales, a medias apagando fuegos, a medias provocándolos. Su presencia es inevitable, pero nunca bienvenida. El grito de “¡Viene Malcolm!” pone los pelos de punta en cualquier despacho oficial. Si Malcolm llega con el ceño fruncido, malo. Si llega sonriendo, peor. Si clava sus ojos en ti sin parpadear, encomiéndate a los santos y a los dioses.

            Malcolm es el único personaje por el que no tememos. Todos los demás, todos, pueden caer en cualquier momento. Malcolm, no. Por difíciles que se le pongan las cosas, sabemos que él triunfará al final. Posee cualidades envidiables para medrar en su ecosistema: es flexible, tan capaz de diseñar una retorcida estrategia a largo plazo como de improvisar, dando saltos mientras hace malabares con cinco bolas al tiempo. Y es destructivo. Rematadamente destructivo. En serio, Malcolm es posiblemente un psicópata metido en un traje. No mata a nadie físicamente, pero causa estragos psicológicos por donde anda, sin sentir la más mínima empatía por nadie. El único capaz de seguirle el ritmo es Jaime, el otro escocés de la plantilla, el pit-bull, tan agresivo y soez como Malcolm, aunque menos astuto.

            Su secreto tal vez resida en que, mientras todos los demás ansían ascender o temen desaparecer, él está en su puesto y se siente cómodo en él. No le hace falta subir en el Gobierno, ya controla todo desde donde está. No teme descender, pese a los bretes en los que anda enredado, siendo, como es, el mayor animal político de la jungla. Está libre de esos temores, por lo que puede centrar toda su radiante energía negativa en planes propios y humillaciones ajenas. Y los espectadores no querríamos (al menos, no yo) que fuera de otra manera. La aparición de Mister Tucker en escena sólo presagia momentazos.

            Si hay una serie realmente contraria a The Thick of It tal vez no sea The West Wing, después de todo, sino Parks and Recreation. Comparten la estructura de falso documental y el ser comedias. Pero donde la estupenda Leslie Knope y sus colegas de Pawnee mezclan absurdo, crítica social e ingenio amable (salvo con Jerry), Malcolm y sus lacayos vomitan olas de bilis desternillante. Llevo tiempo soñando con una colisión entre ambos mundos, aunque creo que, si sucediera, los entrañables funcionarios de Indiana serían arrasados por sus colegas británicos, hasta la cáustica April. Incluso con apoyos tan formidables como el bueno de Ben o el épico Ron Sawnson, Leslie no aguantaría frente al maquiavelismo de Malcolm. Sería una batalla digna de verse, en la cual el Mal triunfaría sobre el Bien. Porque en Parks and Recreation late la esperanza en la Humanidad, en la capacidad del ser humano de hacer el bien.

            Por eso The Thick of It es tan grande, tan divertida y tan tenebrosa. Porque en ella no son los políticos o los funcionarios los que son estúpidos, cobardes, mezquinos o malvados por definición. Son los seres humanos. Todos. Sin esperanza. Pero con risas.

octubre 4, 2012

Infancia corfiota

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:17 pm
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            Hay lugares que existen al tiempo en este mundo y en otros. Lugares perfectamente localizables geográficamente, en cualquier atlas o en cualquier mapa que hay en internet; pero que también existen en fotogramas, en cuadros y en páginas escritas. Y en cada una de esas encarnaciones, el lugar es diferente. No creo certero hablar de un solo lugar: son varios y diferentes lugares.

            Corfú es uno de ellos. Sin duda existe, es una de las islas griegas. A decir de muchos, a lo largo de la Historia, desde Homero a Edward Lear, pasando por Napoleón Bonaparte, es una de las más hermosas islas griegas. De ella han escrito y en ella han vivido o soñado vivir probablemente cientos o miles de personas, grandes y pequeñas. Y otros miles y cientos de miles hemos soñado con ella a través de sus palabras y recuerdos.

            Miles y miles conocemos Corfú, sobre todo, por una maravillosa serie de libros, la llamada Trilogía Corfiota de Gerald Durrell. Nadie que la haya leído puede dejar de evocar Corfú cuando lee u oye el apellido Durrell (no sé si esto fue motivo de frustración, simpatía o sorna para Lawrence Durrell) ni evitar pensar en la familia Durrell cuando escucha hablar de Corfú (y quiero creer que eso es motivo de jovial orgullo para todos los corfiotas).

            Porque quien se haya metido en las páginas de Mi familia y otros animales, Bichos y demás parientes y El jardín de los dioses estará primero enamorado de esta Isla, y luego la estimará a distancia, en un amor cortés de los inexistentes caballeros que suspiraban por una amada de la que, con suerte, tenían un retrato. Salvo que tenga la sensibilidad de una alpargata y el sentido del humor de un tertuliano de prensa rosa.

            Desde la primera escena, la reunión familiar en la que Mamá, Larry, Leslie, Margo y Gerry (más Roger, el perro) celebran el primero de los varios consejos de guerra familiares, deseamos ansiosamente que esta magnífica familia inglesa nos acoja como invitados, como amigos o, diantre, que nos adopte. Su decisión de abandonar la húmeda Inglaterra (pues los ingleses tienen el envidiable privilegio de burlarse de su tierra y de abandonarla cuando les venga en gana y puedan, siendo al hacerlo más ingleses que nunca) por el cálido Mediterráneo nos lleva a un rápido peregrinaje hasta que la isla los acoge. Al leer la llegada por primera vez, mucho más al releerla, tiene uno una peculiar sensación: la de que Gerry y su familia, al fin, han llegado al lugar donde pertenecen en realidad, que ellos y Corfú se conocían incluso antes de haberse conocido. Y que es estupendo que al fin se hayan encontrado. Es el inicio de algo grande, y se siente la excitación por lo que va a venir y una punzada de extraña tristeza, porque cuanto empieza en este mundo tiene siempre un final.

            ¡Ah, porque qué magnífica, qué milagrosa, qué espléndida es la época que tienen por delante! ¡Qué gentes les aguardan, humanas y animales! ¡Y qué cinco esperan también a esa gente! Es difícil saber quiénes son más grandes en esta crónica: si los Durrell, los corfiotas o los animales.

            Mamá, la heroína del relato, como la llama su primogénito, con sus recetas, su muy suyo sentido común, sus cabezonerías y su capacidad para mantener unido al clan. Larry, el futuro Lawrence Durrell, con veintipocos, mordaz, despectivo, soberbio, lenguaraz y uno de los motores cómicos más poderosos de la obra; pocas veces he leído un retrato más irónico y lleno de cariño de un hermano por otro hermano. Leslie, con su pasión por las armas, la caza y su temperamento (vivo es decir poco). Margo, mezclando refranes, dietas, modas y enamorados… y Gerry, el narrador, el pequeño de la familia, que se suele quedar en un discreto segundo plano, dejando que sus parientes brillen y nos conquisten, logrando, astutamente, conquistarnos al ser él, sus palabras y sus miradas las que nos revelan la isla y sus habitantes.

            Porque los habitantes son de traca. Empezando por el todoterreno Spiro, uno de los secundarios más entrañables jamás descritos. El apego de los Durrell por Spiro gotea de cada letra que sobre él se dice o que él mismo dice, con su voz tonante, su vocalización espantosa y sus ideas descabelladas, pero eficaces. Lean: Una vez tomado el mando, Spiro se nos pegó como una lapa. De taxista había pasado en pocas horas a ser nuestro defensor, y a la semana era ya nuestro guía, filósofo y amigo personal. Convertido en un miembro más de la familia, apenas había cosa que hiciéramos o proyectáramos en la que él no estuviera metido de algún modo. Siempre estaba presente con sus gruñidos y su voz de toro, arreglando nuestras dificultades, diciéndonos cuánto se debía pagar por cada cosa, vigilando nuestras actividades e informando a Mamá de todo lo que según él debía saber. Este angelote moreno y feo nos cuidaba con tanta ternura como si fuéramos niños ligeramente retrasadillos. A Mamá la adoraba francamente y dondequiera que estuviésemos se dedicaba a pregonar sus alabanzas, con gran bochorno por su parte.

            Un tiempo después, la familia recibirá otro regalo de Corfú, en la persona del Doctor Teodoro Stefanides, médico, naturalista, hombre de letras, de una cortesía, pulcritud, bondad y erudición que cuesta a veces trabajo creer que alguien así haya existido. A Gerald se le nota revivir esos años infantiles al escribirlos; la estima por Teo es particularmente fuerte, pues, si bien es amigo y consejero de toda la familia, la relación de mentor y pupilo entre Gerry y él (siempre, siempre Teo trata de usted a Gerry- ese detalle me encanta) los separa un poco de los demás. Gerald parece ser consciente de la inmensa suerte que tuvo de conocer al Doctor Stefanides y al resto nos deja cavilando acerca de si habremos tenido una figura semejante en nuestra infancia o si la habremos sabido apreciar en lo que valía.

            Y después llegan todos los demás: los tenderos, pastores, pescadores y labradores corfiotas, el Hombre de las Cetonias, Lucrecia, la criada de los mil y un achaques, Kralefsky y sus fantásticas historias de sí mismo defendiendo a una sucesión de “damas” sin nombre, Andruchelli, el socarrón médico, el dignísimo Cónsul Belga, el constante desfile de los amigos o colegas de Larry, la colección más simpática de pintores, poetas, bohemios y artistas que uno pueda imaginar.

            Mezclándose con las anécdotas y vida de los humanos, están las anécdotas y vidas de los animales. Cuando colisionan, las escenas son desternillantes. Cuando los animales están a solas, es cuando a Gerald le sale la vena del naturalista que fue años después (y era al formar estas novelas). El amor, la curiosidad, el respeto y la sorpresa con las que penetra, sin destrozar nada en su observación, las costumbres y dramas de arañas, lagartos, tortugas, mariposas, sepias y aves hace que a uno le entren ganas de coger varios tarros, una red, una lupa y un cuaderno y lanzarse al campo. Acompañado siempre por Roger y habitualmente por Teodoro, es comprensible el deleite con el que Gerald recuerda las andanzas de Gerry.

            Los animales de Gerry engrosan la familia: junto a los perros (bajo la superioridad incontestable de Roger fueron sumándose Widdle, Puke y Dodo, la patética dady dinmont de Mamá) se cuadran el mochuelo Ulises, el palomo Quasimodo, la gaviota Alecko, las espléndidas Gurracas o la salamanquesa Gerónimo (he asistido a pocos duelos a muerte más emocionantes que el de Gerónimo contra la mantis religiosa Cicely), y aún más legiones de bichos, maravillosos o repelentes, dependiendo del miembro de la familia..

            Los tres libros pueden leerse independientemente o uno tras otro. Los tres son encantadores, pero el primero, Mi familia  y otros animales es el superior, el más perfecto. Es éste el que tiene la clave, el secreto, el que les va a seducir sin remedio. En él las cualidades de la trilogía están en su momento álgido. Hay una meritoria adaptación en película, que se ve con gusto e incita a leer o releer el original.

            El humor con el que Gerald escribe, que es de auténticas carcajadas muy a menudo, está muy hábilmente entrelazado con una cierta tristeza, ya advertida por la cita de Cómo gustéis que abre la obra. Es una melancolía dulce, vivida con una muy anglosajona ironía, sin dejarse dominar por ella, la que recorre todas las líneas de cada libro. Porque Corfú puede existir, pero ése Corfú ya no. Y la dorada infancia de Gerry, aunque dio paso a la buena vida de Gerald, también se perdió. Así, nosotros, que también hemos perdido la infancia, una infancia que tal vez no fue tan dorada como la de Durrell, le envidiamos y le comprendemos.

            Y soñamos con esos campos, y ese cielo azul, ese mar, y esas Villas color fresa, color narciso, color blanco, esos tés y esas cenas, esas conversaciones, discusiones, peleas y bromas, ese vino, esas escapadas a montes y calas secretas, ese universo que la Historia, probablemente, ha destruido, pero que la Literatura ha sublimado y que es ya eterno y nuestro. Basta con abrir el libro y empezar a leer: Julio se había extinguido como una vela ante el viento cortante que nos trajo un plomizo cielo de agosto…

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