Con un vaso de whisky

octubre 30, 2009

Correspondencia (III)

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:43 pm

            MENSAJE de lord Gregor Jescheck, Señor de Cuatrocaminos, al resto de Señores

 

            Mis estimados lores,

            Durante largo tiempo han estado nuestras fronteras amenazadas por la sombra de Izur. Incluso cuando las diferencias y rencillas nos han enfrentado unos a otros –algo, ay, demasiado frecuente, me temo- siempre hemos sido conscientes de cuál era nuestro más peligroso enemigo.

            Es por ello, milores, que no hace demasiado envié otra misiva, convocando la venerable institución del Concilio de Iguales, existente incluso antes del Gran Reino. Tal es, también, el motivo de la presente.

            En los últimos tiempos, los espías y siervos de la República, que los dioses maldigan, se han vuelto osados hasta extremos nunca antes vistos. Cada vez son más frecuentes sus infiltraciones, sus entradas subrepticias en mis territorios. Dado que mi condado no sufre apenas una frontera con los territorios usurpados por Izur, me temo que esos viles lacayos han logrado atravesar varias regiones y señoríos.

            Otros de los nuestros, sinceramente preocupados, me han enviado mensajes en este sentido. Y sería temerario suponer que logramos identificar o capturar a todos o a una mayoría de esos agentes. ¿Cuántos de ellos habrán logrado burlar nuestra vigilancia? ¿Qué desmanes habrán provocado en su intento por doblegarnos? ¿Cuántos incendios, desastres o accidentes que atribuíamos a la fatalidad tendrán su origen en las maldades de Izur?

            El Concilio de Iguales es más necesario que nunca. Y al llegar al mismo, milores, debemos tener muy presente que Izur no enviaría tantos siervos sin un plan meditado. No podemos permitirnos llamarnos a engaño. La República puede estar preparándose para una nueva y criminal invasión.

            Quieran los viejos dioses darnos la sabiduría precisa para elegir el camino recto en esta hora oscura. El sendero de la guerra es doloroso, pero, si no lo tomamos, podemos vernos condenados a vivir encadenados para siempre.

 

 

            CIRCULAR de la Junta de Comerciantes de Izur, remitida a las Juntas de toda la República

 

            Muy señores nuestros,

            En reunión extraordinaria, los Delegados Electos de nuestra circunscripción hemos analizado la actual coyuntura, en relación con los debates, aún oficiosos, que se están produciendo en el seno de la Gran Asamblea. La opción que las Juntas tomemos influirá contundentemente en la decisión final de la Asamblea y del propio Consejo.

            Sabemos que existe división de opiniones entre las Juntas. Hay recelos bien fundados. No podría ser de otro modo. Seríamos, en verdad, irresponsables, si diéramos nuestra bendición a una aventura militar sin evaluar cuidadosamente los pros y los contras.

            Es notoria la situación de crisis que atraviesa el comercio, actualmente, en la República. Tres años de cosechas mediocres o, cuando menos, menos fructuosas de lo esperado, han colocado a los agricultores en una situación delicada. Los mercados no han logrado beneficios elevados, si es que los han obtenido. La agricultura es clave para la economía de cualquier nación: si el campesinado es incapaz de alimentarse y de alimentar al resto de la población, las consecuencias serán desastrosas. Poco podemos esperar de la pesca para paliar esta situación, puesto que los nuevos acuerdos con las Islas Rojas limitan el acceso de nuestra flota a sus caladeros.

            Precisamente dicha crisis es esgrimida por algunos como argumento en contra de las operaciones militares. Sin embargo, ello no resiste un análisis serio. Una campaña como la que se propone exigirá un incremento notable de la fabricación de armamento, de máquinas de guerra: ello estimulará al sector industrial. Los Gremios de Forjadores, no resulta extraño, son el sector, dentro de nuestras organizaciones, más favorables a apoyar a los belicistas en la Asamblea.

            Pero la agricultura y el comercio se beneficiarán igualmente, aunque a un más largo plazo. Cierto que, en tanto duren las operaciones, los soldados necesitarán avituallamiento. En un contexto de relativa escasez de alimentos, se afirma, ello provocará tensiones entre las clases menos afortunadas. Sin embargo, tengamos en cuenta que muchos jóvenes serán reclutados como soldados rasos, de acuerdo con el sistema de levas complementarias de apoyo al Ejército profesional, por lo que la posibilidad real de disturbios resulta lejana. Además, el espíritu patriótico de nuestros conciudadanos es notable: una guerra contra los bárbaros contará, a la fuerza, con apoyo popular.

            Por último, cuando la victoria sea obtenida, las tierras anexionadas a la República constituirán un auténtico tesoro, un territorio virgen en la que podremos encontrar recursos naturales así como zonas susceptibles de explotación agropecuaria, sin contar con las rutas comerciales que se abrirán y el botín que, descontado el porcentaje justo, propiedad legítima de la República, ayudará a dar liquidez a nuestros mercados.

            Es opinión, por tanto, de esta Junta de Comerciantes, que debemos apoyar sin reservas la opción militar. Recomendamos a las demás Juntas que se posicionen junto a nosotros. Quedamos, sin embargo, abiertos a un debate presto y razonable.

octubre 25, 2009

Leyes enjuiciadas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:20 pm
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            ¿Recuerdan la gran protesta que desfiló por las calles de Madrid, a su frente tres cardenales, contra algunas leyes promovidas por el actual Gobierno, en los primeros años de la anterior legislatura?

         manifestación   Ahora que la tormenta se ha calmado y que la sociedad, a lo que parece, no se ha autodestruido, no sería mala idea pararse un instante a reflexionar acerca de la misma, recordar esa protesta y, con tranquilidad, reflexionar si estaba o no justificada. Sin maniqueísmos ni dogmatismos. Partamos, antes, de unas cuantas ideas previas.

En primer lugar, la Iglesia, sus diferentes corrientes, sectores y miembros tienen todo el derecho a manifestarse y declarar públicamente sus opiniones. Y los obispos, también, por descontado. De hecho, a mí me gustaría ver al episcopado español más veces en la calle, mostrando su apoyo a causas en las que la discrepancia no se concilia con los valores evangélicos, tan básicas resultan. Me gustaría verles en manifestaciones promovidas por organizaciones y órdenes religiosas, por la misma Iglesia Católica en ocasiones, o de la mano de otras gentes, contra la pobreza, contra el hambre, a favor de una mayor justicia en las relaciones Norte-Sur. Me gusta menos verles en otras, porque creo que cometen un error, pero, en resumidas cuentas, cuestiono sus razones, no sus derechos.

En segundo lugar, el cruce de acusaciones e insultos acaecido después al acto, a medias litúrgico, a medias protesta social, fue lamentable. Lamentables las críticas del señor Blanco (actual Ministro de Fomento y entonces Secretario de Organización del PSOE), emplazando a la Iglesia a presentarse a las elecciones como un partido político o a no meterse en política. El señor Blanco se convirtió así en portavoz de una interpretación de la democracia que tiene mucho prestigio entre los propios partidos políticos: que la política es suya, sólo suya, y que nadie más puede opinar o criticar sus acciones.

Lamentables y exasperantes las palabras de gente afín a la manifestación, tachando al Gobierno y sus leyes de cercanas al nacionalsocialismo y de gente afín al Gobierno tildando a los obispos de filo-nazis. Esta buena gente demuestra así una ignorancia supina y una ligereza nada infrecuente a la hora de usar apelativos gravísimos. Deberían meditar un poco qué implica llamar nazi a otro, qué cosmovisión y qué práctica se agazapan detrás del vocablo “nazi”.

 

            La protesta de la Conferencia Episcopal y las plataformas y organizaciones que la apoyaron tenía cuatro objetivos principales: la reforma del Código Civil que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo, la reforma del Código Civil que agiliza el divorcio y unas temidas reformas penales que legalizarían o suavizarían la proscripción de la eutanasia y el aborto. Me centraré en los dos primeros; no se pueden meter en el mismo saco que la reforma del aborto o de la eutanasia. Se esté a favor o en contra de las últimas, se trata de materias que tocan nada menos que la vida humana, el mismo concepto de vida y sus límites. No mezclemos debates.

            Así que vamos con el matrimonio homosexual y con el así llamado “divorcio express”. Para dejar clara mi posición desde el primer momento, ambas reformas me parecen razonables y dos de los aciertos del Gobierno en esa legislatura. Y no creo que puedan calificarse de reformas típicas de la izquierda; tampoco serían típicas de la derecha. El Partido Popular podría haberlas llevado a cabo perfectamente, sin contradicción con su línea ideológica. De hecho, un sector del mismo así lo manifestó, antes de ser silenciado por la disciplina de partido. Asunto distinto es el cálculo político de votos, que ha llevado al PP ha mostrarse en contra. Oh, y que nadie saque como conclusión de este párrafo que considero al PSOE un partido de izquierda.

            Bueno, el matrimonio entre personas del mismo sexo. Es cierto, es un hecho histórico, que el matrimonio, no sólo en Occidente, ha sido considerado, de forma casi unánime, como esencialmente heterosexual; no ocurrió lo mismo con las diferencias de nacionalidad, raza o religión. Dependiendo de la época y del lugar, las legislaciones eran más o menos restrictivas.

            Sería muy largo exponer la historia del matrimonio y los porqués de este hecho. Sin embargo, que algo sea y haya sido así durante siglos o aun milenios no quita ni resta nada al mérito o demérito de ese algo. La idea, típicamente conservadora, de que una institución que ha permanecido a lo largo de los años posee cierta racionalidad intrínseca fue contestada en su momento por Marx, con el mordaz ejemplo de la esclavitud. ¿Vamos a defenderla por su larga permanencia? Mejor no.

            Sin embargo, no voy a meterme ahora a considerar si, desde un punto de vista moral, el matrimonio homosexual es lícito o ilícito. Porque la protesta iba dirigida contra una ley. Así que yo me pregunto, ¿la legislación que ahora tenemos, es correcta o incorrecta? Pienso que es correcta. Y me baso en el liberalismo para opinar así.

            No soy, ni mucho menos, un entusiasta liberal en materia económica. De hecho, miro al mercado descontrolado, libre de cualquier regulación, y a la mano invisible de Adam Smith con profundo recelo. Pero, en cambio, estoy muy de acuerdo con unos cuantos viejos principios liberales, que son una defensa constante contra el despotismo, sea estatal o privado. Y uno de dichos principios postula que el Estado, el Leviatán, el que tiene en su mano el monopolio de la fuerza, no debe restringir o negar derechos, salvo para evitar el daño de otros, para apoyar a los débiles.

            Una conducta nos puede parecer poco recomendable. O incluso una aberración. Pero, por muy inmoral que la consideremos, no tiene por qué ser ilegal, salvo que traspase la línea del daño. Las conductas prohibidas en Derecho, sea en el terreno civil, en el penal, en el laboral o en el administrativo, tienen (o deberían tener) siempre esa razón de ser: impedir el daño.

            Por eso creo que tanto una persona convencida de que el matrimonio homosexual es algo reprobable éticamente como una que considere que es algo tan respetable como el heterosexual podrían estar conformes con una legislación que permitiese un tal matrimonio.

            Porque, vamos a ver: ¿a quién hace daño que una pareja de lesbianas se casen? El Estado, aquí, se muestra neutral: que se case el que quiera. Ni obligamos ni prohibimos el matrimonio. ¿Es que los matrimonios entre heterosexuales se ven amenazados de algún modo? ¿Han dejado de producirse? ¿Es probable, es posible que dejen de producirse porque más personas tienen derecho a casarse? No parece. Sería tan absurdo como decir que, como los homosexuales pueden votar, el derecho al sufragio de los heterosexuales está en peligro.

            Habida cuenta de que el matrimonio homosexual no daña a nadie, sino que supone una opción de dos personas, con la que se puede estar o no de acuerdo, ¿qué razón hay para protestar contra el mismo? Hay quien se queja por la palabra, por la denominación. ¡Que se llame de otra manera! ¡Con los mismos derechos legales, con los mismos efectos ante los Tribunales! Pero con otro nombre. Las palabras importan.

            No es sorprendente que los grupos promotores de la reforma legal quisieran que el derecho fuera al matrimonio, no a una unión estable reconocida y amparada por la Ley. Porque las palabras son cruciales en ciertos asuntos. Porque que el Estado reconozca su derecho al matrimonio les coloca en la misma posición que el resto de las personas, que el resto de los ciudadanos. No desde un punto de vista estrictamente legal, sino desde un punto de vista social.

            Por consiguiente, la Iglesia (en la realidad, parte de ella) puede censurar los matrimonios homosexuales. Puede debatir, opinar, criticar y argumentar contra los mismos. Pero no puede, o no debe, criticar al Estado por haber reconocido un derecho que no daña a nadie, ni pone en peligro nada.

 

            El divorcio es algo más escurridizo. Pongámonos en antecedentes. En 1981 se reforma el Código Civil, permitiendo por segunda vez en la Historia de España (la primera fue durante la II República) el divorcio. Lanzando un rápido vistazo a la evolución del divorcio, a escala mundial, éste ha ido transformándose. El divorcio más antiguo y aún existente en muchos países, es el “divorcio-culpa”: uno de los cónyuges es declarado culpable del fracaso matrimonial, culpa que debe probarse, siendo el divorcio (y sus consecuencias económicas y familiares) la sanción. Vamos, el que hemos visto mil veces en series de abogados norteamericanas. Para evitar la aspereza y la mala saña que suelen traer con ellos estos divorcios, se pasó al divorcio consensual: los cónyuges llegan a un acuerdo y el matrimonio se disuelve. Como no siempre se da esa armonía conyugal, surge el tercer tipo, el “divorcio-remedio”: el matrimonio ya está muerto y lo único que hace el divorcio es verificar esa realidad, sin necesidad de buscar culpables, dejando las decisiones en manos del Juez cuando no hay acuerdo entre los cónyuges.

            Uf, cuánta palabrería jurídica. Aún queda un poco de eso. La reforma de 1981 establecía un sistema basado causas tasadas, cuando no había acuerdo. Si uno de los cónyuges quería el divorcio y el otro no, éste sólo se obtenía si se probaba la existencia de alguna de las causas que establecía la Ley. No era en realidad el sistema de la culpa (salvo en una causa concreta), sino que exigía la previa ruptura de convivencia y el transcurso de unos plazos, diferentes dependiendo de las circunstancias. Tampoco vamos a embrollarnos con los detalles.

            En 2005 entra en vigor una nueva reforma, que borra el sistema de causas. El divorcio se logra a instancias de ambos o de uno de los cónyuges, pasado cierto tiempo desde el matrimonio (tres meses). Punto. Luego vendrán todas las discusiones sobre la custodia de los hijos, la cuestión económica y demás. Pero la disolución del vínculo matrimonial se logra siempre y con facilidad. No pocos autores han señalado las similitudes de este sistema con el romano clásico, basado en la falta de afectio maritalis: desaparecida la misma, el matrimonio había muerto.

 

            ¿Por qué la Iglesia protestó en su día y protesta ahora? Cierto, el Derecho Canónico establece la indisolubilidad del matrimonio canónico. El Estado no lo discute. Reconoce el derecho de las confesiones religiosas a organizarse internamente y a que sus fieles sigan sus preceptos. Más aún, en el caso de la Iglesia Católica, concede efectos civiles, estatales, a ciertas decisiones de autoridades eclesiásticas (tampoco voy a detenerme en esto ahora).

            Pero el Estado regula el matrimonio civil, al margen del canónico. ¿Podría haber copiado la legislación canónica o, directamente, haberse remitido a la misma? Por supuesto. En el pasado lo hizo. Pero eso no sería propio de un Estado liberal y aconfesional, que debe legislar para todos los ciudadanos, sean cuales fueren sus creencias religiosas. Aun en el caso de que en España hubiese un mínimo porcentaje de no católicos, incluso aunque hubiera unidad religiosa completa, haría mal el Estado copiando la legislación canónica.

            Una vez más, el Estado no obliga a casarse ni a divorciarse. Sólo da la posibilidad de contraer matrimonio y de romperlo, ya que, para el Estado, no tiene carácter sacramental. Ay, amigo, pero aquí la argumentación es más peliaguda.

            Decíamos antes que el matrimonio homosexual no hace daño a nadie. ¿El divorcio sí? Según ciertos sectores, en efecto. El matrimonio, argumentan, es la base de la familia, que a su vez es la base de la sociedad. Si no protegemos el matrimonio, ponemos en grave riesgo la familia y si ponemos en riesgo la familia, ponemos en peligro la mismísima estructura social. El divorcio es un ataque directo al matrimonio y, cuanto más rápido y sencillo resulte, con más dureza se atenta contra la familia.

            Esta concepción parte de una idea básica: que el matrimonio es algo esencialmente bueno, aunque pueda corromperse. Por tanto, al margen de discusiones teológicas, el Estado debe blindar el matrimonio, bien mediante la eliminación del divorcio, bien mediante el establecimiento de un sistema que busque la reconciliación antes que la disolución y que exija estrictos requisitos para lograr la última. De lo contrario, estaremos dando alas a la ligereza, a la irresponsabilidad, a la cultura del todo vale y del mínimo esfuerzo.

            Pero otros parten de una concepción diferente. El matrimonio puede ser tanto algo bueno como algo malo. Un matrimonio puede ser espantoso para uno o para ambos cónyuges. Un matrimonio puede fracasar. Los esposos pueden dejar de amarse. Pueden suceder mil cosas. ¿Debe la Ley imponer a los cónyuges la obligación de salvar su matrimonio a toda costa? Eso no es asunto de la Ley, desde la posición clásica liberal, que yo comparto para buena parte de la vida íntima. Los cónyuges son los primeros interesados en que su matrimonio funcione. Si no lo consiguen, o no quieren, ¿a santo de qué lastrarles con farragosos procedimientos, pruebas y procesos legales?

Un matrimonio no se salva por la intervención del Derecho. Cuando el Derecho de familia entra en juego, suelen decir con ironía los abogados, ya no queda mucha familia de la que ocuparse. La Ley no repara matrimonios. La experiencia nos dice que los divorcios largos, complejos, son más traumáticos y amargos. Una vez tomada la decisión, cuanto más limpio y sencillo sea el proceso, mejor. Asunto diferente es que los cónyuges deban tomarse en serio tanto el contraer matrimonio como el romperlo. Asunto distinto es que sus convicciones religiosas o morales les interpelen, exigiéndoles un mayor esfuerzo o un mayor compromiso. Ese terreno no es el del Derecho.

 

Así que, en mi humilde opinión, se equivocó la Conferencia con sus críticas a estas dos leyes concretas. Mezcló Moral y Derecho y cedió en parte a la vieja tentación que tenemos todos de querer imponer nuestra visión con la fuerza de la Ley. Hay que ser muy cauto con el Derecho, que es fuerza organizada. Y si esa imposición es hasta cierto punto inevitable, ya que la neutralidad política pura es imposible, en ciertos aspectos de la vida, cuanto menos prohíba y mande la fuerza, mejor.

octubre 22, 2009

Conversación

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 10:01 pm

            – Y AHORA, ¿qué vas a hacer, Juez Errante Edmund Lukas? ¿Qué vas a hacer? ¿Por dónde puedes seguir buscando?

            “Sé lo suficiente para continuar. Sé que se dirigen a las Islas Rojas. ¿Qué otro motivo tenían para cruzar la frontera, para venir aquí, a Lossar?

            – Pero llevan ventaja. Lo más probable es que embarcaran ayer mismo, nada más escapar del incendio.

            “Claro que ellos viajan en un galeón mercante. Son barcos pesados, lentos. Mi navío de guerra es más rápido.

            – Eso si Lester no sigue reteniéndolo.

            “A Lester no le llega la camisa al cuerpo. No me dará más problemas.

            – Informará a Horst, de eso no cabe la menor duda. Un Juez Errante tiene el brazo largo en la República, no fuera de ella. ¿Crees que el Gobernador dejará pasar una oportunidad semejante?

            “Las Islas Rojas no son hostiles… lo consultaré con Dougal, cuando despierte.

            – ¡Oh, sí! ¡Con Dougal! Convendría pensar un poco sobre Dougal. Porque en la posada hubo que elegir entre Dougal y Ailin. Y el elegido fue Dougal.

            “No había elección: Dougal estaba en peligro. Era un caso claro de necesidad.

            – Tenía una pierna atrapada. ¿Es eso una necesidad lo bastante urgente como para dejar escapar a la heredera del Viejo Reino?

            “Sí: estábamos en medio de un incendio, el techo podía venirse abajo en cualquier momento y Dougal no habría podido moverse.

            – Un riesgo que aceptó al convertirse en ayudante de un Juez Errante.

            “No se deja a un ayudante atrás. Es la norma.

            – Corresponde al Juez Errante evaluar si el sacrificio del ayudante es razonable. Ésa es la norma. Y la heredera del Viejo Reino en persona se encontraba al alcance de la mano.

            “Aún la puedo capturar. Además, en la posada la situación era incontrolable. No es tan seguro que hubiera podido capturarla viva.

            – Pero sí matarla.

            “¿Y qué iba a decir ante el Consejo? ¿Iban a creer que la muerta era en verdad la Reina sin Trono, aceptando sin más mi palabra? La necesito viva. O viva o pruebas fehacientes de su identidad. No las tenía.

            – Todo eso es cierto. Sin embargo, la cuestión sigue siendo la misma: que yo, un Juez Errante de la República tuve que elegir entre tratar de detener a la máxima enemiga del Estado o no hacerlo. Y no lo hice. La dejé ir. Por Dougal. ¿Por qué?

            “Es mi asistente.

            – Eso ya lo has dicho, Edmund. Piensa, no te engañes a ti mismo.

            “¡No lo hago!

            – Tenía la misión clara, el objetivo a la vista. Cuando un Juez Errante dicta sentencia, lo mismo que cuando investiga o persigue a un enemigo, debe llevar a cabo su cometido, debe cumplir su misión.

            “En cambio, dejé que mis… sentimientos por Dougal se interpusieran. Incluso si no estás de acuerdo con él, incluso cuando me saca de mis casillas, con su paciencia y su buen humor. Incluso cuando desearía que se ofendiese y, en vez de eso, se sonríe y permanece tranquilo… ¿Sentimientos? ¿Por Dougal?

            – Y eso ha costado el éxito. ¿No me dijeron mis maestros que debía controlarme? Yo, precisamente yo, me dejo llevar por el sentimentalismo. ¿Setimientos?

            “No, no es cierto. No fue sentimentalismo. Necesito a Dougal. Es cien veces mejor rastreador que yo, que cualquier otro disponible. Sin él sano no podría perseguir a esos fugitivos, ni tal vez a ningún otro. Sin Dougal, jamás los encontraría en las Islas Rojas. No fue sentimentalismo, en modo alguno. Sabía bien lo que me hacía cuando le salvé.

            – Convincente. En parte, seguramente, verdad. Pero no te engañes Edmund Lukas. Eres más vulnerable de lo que crees. He de controlarme, he de dominarme. Porque si me dejo llevar, si me permito albergar aprecio o amistad por Dougal… no se detendrá ahí. Aparecerán otros sentimientos, sentimientos de todo tipo. Reacciones de todo tipo. Lo sé bien. Pueden aparecer.

            “No, puedo manejarlo.

            – ¿De veras? ¿Y qué sucedió, entonces, cuando la Reina estaba tirada en el suelo? ¿Qué sucedió justo antes de que la viga cayera sobre Dougal? ¿Qué me sucedió? ¿Qué, Juez Errante Lukas?

            “Basta.

octubre 18, 2009

Grandes Series: Friends y compañía

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:04 pm
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          fiends1jpg  Friends es la reina de las comedias ligeras. O lo fue. Un puñado de personajes simpáticos, bastante esquemáticos, diálogos divertidos, ritmo rápido, buenas actuaciones, invitados famosos, secundarios resultones, y tenemos diez temporadas (¡diez!) muy graciosas, que aguantan perfectamente varios visionados. Sin más pretensiones que hacer reír. Ni que fuera poca cosa.

            Con un grupo de veinteañeros (luego treintañeros) formado por una ex-niña rica, una neurótica del control, una excéntrica estrafalaria, un gracioso, un sabihondo y un tonto guaperas se podía haber conseguido varios resultados. El más común, una comedia sosa. Más raro, una comedia cruel. Aún más raro, se logró una comedia estupenda, amable, sin densidades. Pero, eh, esas comedias han salvado muchas vidas. Que no puede ser todo leer Dostoiewsky. De hecho, no se debería leer nunca a Dostoiewsky sin ver de cuando en cuando Friends.

            El truco está en dar a todos los protagonistas buen fondo. Liarlos en situaciones complicadas, en gags y sketches, hacer que se peleen, se enamoren, discutan, se metan en jaleos. Pero sabiendo que siempre tomarán una decisión generosa, que, además, dará lugar a un chiste. Los dos elementos son necesarios.

            Perfecta para el formato de capítulos de veinte minutos, Friends funcionó siempre porque sus guionistas fueron lo bastante inteligentes como para no ahondar en los personajes. Eso no interesaba a nadie. Los espectadores no queremos vincularnos con esos personajes, no queremos que nos afecten. Queremos que nos entretengan.

            Aquí soy aún más intolerante de lo habitual: odio el doblaje en español. Las voces cambian de manera espectacular, los chistes no tienen ni la mitad de gracia, los personajes no son los personajes. Inglés, por Dios. Oíd a Janice en inglés y nunca jamás volveréis a oírla en español. Ni a los seis protagonistas.

         barney   Friends nos ha dejado una heredera, Cómo conocí a vuestra madre. Y, por las cuatro temporadas que he visto, no tiene nada que envidiar a su antecesora, sobre todo gracias a Barney. Muchas veces, viendo capítulos de Friends me faltaba un burlón con mala idea que metiera una pulla en los momentos justos. Barney es ese burlón. Además, va bien trajeado, bebe whisky y fuma puros. Claro que Robin, Lily o Marshal tampoco desmerecen. Ted es el eslabón débil. Hace las veces de un hilo conductor tampoco muy necesario, no estorba, pero no es memorable. Sólo tiene la fuerza que le prestan sus compañeros.

            Friends logra un equilibrio casi perfecto entre Ross, Monica, Rachel, Chandler, Phoebe y Joey. Cómo conocí a vuestra madre, no. Barney está en la cima y Ted en lo más bajo de la pirámide. Pero no hay una distancia demasiado grande entre ellos, sirviendo los otros tres de digna clase media. La pirámide social en toda su crudeza aparece en una tercera serie The Big Bang Theory.

            En ésta, Leonard es el equivalente a Ted, pero reducido a la enésima potencia. Leonard es una nulidad completa: no aporta nada a la serie, deambula sin justificación, es un elemento pasivo en todos los chistes. Si Leonard desapareciera, nadie se daría ni cuenta. La clase media es digna, eso sí. Howard Wolowitz es el reflejo patético de Barney y Joey: quiere acostarse con tantas chicas como sea posible, pero carece de la legendaria astucia de Barney y del incomprensible magnetismo animal de Joey. Wolowitz nos divierte sádicamente: queremos que sea humillado una y otra vez. Raj es el buen chico silencioso, más divertido cuanto más silencioso. Tiene en su haber que sólo puede hablar con personas del otro sexo estando bebido; un filón que los guionistas aprovechan hábilmente. Penny, por su parte, resulta una sorpresa: es la obligatoria rubia que está buena. Pero demuestra tener bastante cabeza y lanza réplicas duras. Penny es capaz de mantener diálogos entretenidos con todos los demás personajes.sheldon

            En la cima, a mucha, mucha distancia del resto, la gloria de la serie, el Doctor Sheldon Cooper. A partir de la segunda temporada, Sheldon es la serie. Todo gira en torno a él, todo se subordina a él. Ciertos capítulos ni siquiera tienen trama, se limitan a dejar que hable, que interactúe con sus secundarios. Sheldon es un hallazgo. A primera vista, el tipo raro de la serie (el más raro, gente normal no aparece), resulta ser un bastión de lógica inhumana. El amplio catálogo de sus locuras está siempre justificado. En Shledon no haya nada caprichoso, hasta su más enloquecida manía tiene una razón de ser, racional, aplastante. Sheldon es el loco de Chesterton, es quien ha perdido todo, salvo la razón. Sólo Shledon es insustituible en esta serie, que sigue la senda de Friends, a su manera llena de frikeríos.

            Ahora, la comedia “anti-Friends” también existe: Colgados en Filadelfia (It´s Always Sunny in Philadelphia, es el original; ¿quién coño traduce los títulos?). Veinte minutos por capítulo. Cuatro amigos, dos de ellos, hermana y hermano, más un padre (Danny DeVitto) que ha perdido su enorme fortuna tras el divorcio. Personajes también arquetípicos. Tampoco nos vinculamos con ellos, bla, bla, bla. Esta vez, la serie sigue el camino de la crueldad.

           it´s always sunny in philadephia Las situaciones de los chicos de Filadelfia podían ocurrirles a Chandler, Joey, Monica y el resto. O a Ted y compañía. La diferencia es que los chicos de Filadelfia agarran cualquier suceso y lo retuercen, convirtiéndolo en un arma contra el resto del grupo. Sin excepción, son tipejos miserables, mezquinos, envidiosos, que sólo cooperan para joder a otra gente. Cada decisión se resuelve a favor de la opción egoísta. Es el reflejo esperpéntico (estadounidense) de las sitcoms estadounidenses. Y también te ríes. Te ríes de ellos, cuando los planes les salen mal. Te ríes de las víctimas, cuando los planes salen bien. Te ríes del absurdo salvaje y del sarcasmo brutal.

            Luego, si eso, pones otro capítulo de Friends. Por aquello del equilibrio cósmico.

octubre 15, 2009

XII. Ratonera.

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 10:11 pm

            WILLER HABÍA SALIDO AL BALCÓN huyendo de Asuran y sus baladas. Ailin se había mostrado intolerante, frustrando los intentos del caballero de solicitar unas botellas que alegraran la espera, pero, con absurda parcialidad, no se había opuesto a los quejidos musicales del bardo.

            – Señora, os perdéis.- le había censurado con frialdad fingida- ¿Dónde se ha visto que la voluntad de un trovador se imponga a la de un leal vasallo?

            – Willer, soy una mujer atrevida.- había contestado en idéntico tono la chica- No me importa hacer saltar en pedazos las tradiciones si ello me parece justo. Y Asuran se ha ganado un par de canciones.

            – Entonces, en nombre de la justicia, os solicito licencia para retirarme. Si Asuran se ha ganado ese derecho, yo no merezco tamaño castigo.

            – Sea como decís.

            De Kern no parecía especialmente divertido por aquel intercambio de agudezas, pero no protestó. Así que Willer salió a respirar mientras Asuran cantaba a los cabellos dorados de una doncella bajo un sauce. Estando allí, dejó vagar la mirada; ésta tropezó con un grupo cuadriculado, rojo y negro. Prestó un poco más de atención: un destacamento de guardias republicanos, algo no extraño en una ciudad de la República. Agudizó más aún su mente y percibió cierta lógica en los movimientos de los soldados: lógica preocupante, porque se dirigían directamente hacia la posada. Willer saltó como un resorte, volviendo a la habitación e interrumpiendo un dulce lamento de Asuran.

            – ¡Coged vuestras cosas, rápido!- exclamó- ¡Los rojinegros nos han encontrado!

            Ailin, pálida, no hizo preguntas. De Kern tardó unos segundos en bajar de su nube; cuando reaccionó, lo hizo con presteza.

            – ¡Vamos, vamos! ¡Hay que salir de aquí!

            – ¿Por dónde? ¿Por las salidas del servicio?- sugirió Ailin.

            – Tal vez las tengan vigiladas, pero también es posible que no.- dijo Willer- ¿Listos? ¡Pues vamos allá!

            – Y que los dioses nos protejan- murmuró Ailin.

 

            Edmund se abalanzó sobre Lester.

            – ¡Capitán!- masculló- ¿Qué piensa que está haciendo?

            El jefe de la guardia no contestó sinceramente. Desde que recibiera el mensaje de Horst y hablara con el Juez Errante, había estado meditando. Aunque la misiva del Gobernador sólo le ordenaba investigar, el capitán estaba seguro de que a Su Excelencia le agradaría que uno de sus hombres le ganara por la mano a un Juez Errante, permitiéndole alardear de su éxito ante el Consejo y la Asamblea. Y ese “uno de sus hombres”, sin duda, sería recompensado como merecía. Sabiendo donde se alojaba el Juez y sabiendo, por confesión de éste, a lo que había venido, ató cabos. Pero no podía decirle todo eso a un Lukas excepcionalmente furibundo. La verdad era que, en aquel momento, el capitán Lester sentía incluso, cómo decirlo, incluso cierto miedo.

            – Vengo a efectuar una detención, Señoría. Si en esa posada hay un enemigo de la República, me corresponde a mí llevarlo ante las autoridades legítimas.

            – ¡Imbécil!- Lukas, por una vez, estaba fuera de sí- ¿No entiende que va a estropear toda la operación?

            – Señoría,- Dougal tocó levemente el hombro del joven- vamos a la posada.

            Edmund asintió y echó a correr hacia el edificio, con Dougal y los suyos pisándole los talones.

            – ¡Seguidme!- gritó Lester a sus subordinados, y ellos también se lanzaron de cabeza hacia la fonda.

            Edmund y Dougal entraron como un vendaval, sin hacer caso de los gritos del posadero y sus camareros. Cuando llegaron al pie de la escalera que conducía a los pisos superiores, tres personas bajaban a toda prisa.

            – ¡Oh, mierda!- exclamó Willer.

            Los fugitivos dieron media vuelta, subiendo los escalones de cuatro en cuatro.

            – ¡Decid a los demás que vengan aquí ahora mismo!- ordenó Edmund a sus soldados, iniciando el ascenso- ¡Los tenemos acorralados!

            Lester, entre tanto, había aparecido en la planta inferior y, no sabiendo muy bien qué hacer, había empezado a registrar la sala común, el comedor y la cocina, gritando a clientes y servicio que se alinearan contra la pared, algo a lo que el dueño del negocio replicó airadamente; la situación devino en un alegre caos de alaridos y empujones.

            Con sus perseguidores a menos de diez pasos, Ailin y Willer, desenvainaron sus espadas.

            – ¿Qué hacemos ahora?- preguntó sin detenerse la heredera.

            – Si no podemos salir por la puerta, usaremos una ventana.

            – ¿Estás loco?- gritó De Kern- ¡No podemos saltar desde un tercer piso!

            – Para algo pusieron los dioses un río debajo de nuestro balcón- respondió Willer.

            Alcanzaron la habitación pero antes de que cerraran la puerta, Edmund dio un salto y penetró, con la espada lista para el combate. Dougal iba detrás. La ruda irrupción del Juez empujó a Ailin, quien derribó la lámpara de aceite que iluminaba el cuarto sobre una de las camas. La paja del colchón ardió con rapidez.

            – ¿Qué hacía esa lámpara prendida?- se quejó a voz en grito la adolescente.

            Willer no se molestó en replicar que no había tenido tiempo de apagar las lámparas, adecentar la habitación y escribir una nota de agradecimiento al posadero por el servicio: tenía demasiado que hacer enfrentándose, de nuevo, a sus adversarios de la fortaleza.

            – Señores,- dijo mientras cruzaban los aceros- algo me dice que no sois los vulgares saqueadores que creí en un principio.

            Edmund respondió con una estocada.

            – ¡A la ventana, vamos!- De Kern había perdido su temor a las alturas, frente a dos enemigos armados a pocos metros de distancia; tiraba del brazo de Ailin, pero ésta se desprendió y corrió en ayuda del caballero.

            – ¡Ailin, vete!

            El fuego había saltado desde la cama al techo y el suelo: la habitación ardería pronto por los cuatro costados; el humo ya empezaba a envolver a los combatientes. Del pasillo llegó el ruido de muchos pies corriendo, que se detenían bruscamente. Los soldados de Lukas vacilaban ante el espeso humo.

            Willer empujó con su espada e hizo retroceder a Dougal, propinándole luego a Edmund un buen puñetazo. Eso les dio un breve respiro.

            – ¡Venid, venid!- Asuran había abierto la puerta del balcón y les hacía señas. El caballero llegó si dificultades, pero no así Ailin: en mitad de su carrera, Edmund la derribó por detrás.

            Los jóvenes pelearon, hechos un lío. Ailin logró desembarazarse del Juez Errante, a cambio de soltar su espada, pero Edmund, con la suya bien agarrada, se puso en pie, dominando a la Reina sin corona.

            – Se acabó.- una sonrisa victoriosa distendió los labios de Lukas.

            Los ojos del Juez, relampagueando por el éxito, se clavaron en Ailin. Algo innominado, repentinamente, desconcertó por un instante a Edmund. Nadie notó esa vacilación. Pero fue bastante.

            Una viga se desprendió con un crujido, a su espalda. Se volvió justo a tiempo de ver a Dougal apartando por poco la cabeza de la trayectoria del madero, el cual, sin embargo, le atrapó la pierna. El viejo rastreador reprimió un grito de dolor.

            Lukas corrió en su ayuda; Ailin se incorporó, recuperó su espada y alcanzó el balcón. Convencidos de que los seguía, Asuran y Willer ya se habían arrojado al río. Nadaron hasta una de las escalerillas de piedra que conectaban el río con la calle y desaparecieron entre la multitud que, entre curiosa y alarmada, se había congregado en torno al incendio

            En el centro de ese incendio, Edmund se esforzaba por levantar la viga.

            – ¡Vosotros!- gritó a los soldados- ¡Entrad de una vez y ayudadme!

            Entre varios lograron liberar al Dougal. El rastreador se apoyó en el Juez.

            – Mejor será salir de aquí.- dijo tranquilamente

            Descendieron las escaleras lo más deprisa que pudieron. Abajo, Lester intentaba sin éxito organizar una evacuación ordenada. Cuando, a fuerza de empujar, la posada quedó vacía, el jefe de la guardia empezó a dar instrucciones hasta perder la voz: los soldados, incluyendo la escolta de Edmund, formaron una fila hasta el río, junto a los ciudadanos y, equipados con cubos, iniciaron la lucha contra el fuego.

            Lukas libró de ese servicio a dos de los suyos, indicándoles que llevaran a Dougal a sus habitaciones y que buscaran al médico de la guarnición de inmediato. Luego, se encaró a un sudoroso Ferdinand Lester.

            – Mis felicitaciones, capitán.- comenzó- Ha convertido una operación que debería haberse resuelto en unos minutos, de manera discreta y sin dificultades, en una batalla campal y un incendio.

            Lester no acertó a responder.

            – Supongo que mi barco sigue anclado en el puerto, por orden suya, pese a que lo solicité hace horas, ¿verdad?- prosiguió Lukas.

            El capitán no se atrevió a admitirlo.

            – Quiero que envíe a todos sus hombres al puerto, capitán y que impidan la salida de cualquier mercante, de cualquier galeón, de cualquier transporte que se disponga a zarpar. Quiero que todos y cada uno de los pasajeros y miembros de las tripulaciones formen en columnas. Los miraré uno por uno, si es necesario, pero pienso enmendar el desastre que ha ocasionado.

            Ferdinand Lester se aclaró la garganta.

            – Eso es imposible.

            Las manos del Juez Errante se crisparon.

            – ¿Qué ha dicho?

            – Que es imposible. No puedo cerrar el puerto, ni detener barcos de particulares de manera masiva, no sin una orden firmada por el propio Gobernador.

            – ¡Es el comandante del puerto! ¡Claro que puede hacer lo que le digo!

            – Mis atribuciones no llegan a tanto.- habiendo pronunciado al primera negativa, a Lester le resultaba cada vez más fácil seguir en sus trece.- Lo lamento, es una medida excepcional, cuya responsabilidad no pienso asumir si no me explicáis con claridad el objeto de vuestra operación, Señoría.

            – ¡Yo asumo la responsabilidad!

            – Lo lamento, pero no me toca a mí decidir si estáis capacitado o no para tomar semejante decisión, sino al Gobernador.

            Durante un instante, la ira derribó las murallas del autocontrol y el joven hizo ademán de abalanzarse sobre el oficial. Por suerte para ambos, logró dominarse.

            – Muy bien, capitán.- dijo, con una aterradora frialdad- Seguro que el Gobernador se sentirá satisfecho cuando se entere de que, por su culpa, las arcas de la provincia tendrán que ocuparse de la reconstrucción de esta posada, de indemnizar a cuantos hayan sufrido daños o perjuicios por el fuego y del tratamiento que necesite mi ayudante. Pero no se preocupe,- añadió, viendo palidecer bajo su capa de hollín a Lester- cualquier recompensa que el coronel Horst decida otorgarle será un minucia comparada con la que le dará el Consejo cuando le informe de que un oficial del Ejército, sin ninguna autorización, quebrantando la Ley, ha interferido en la labor de un Juez Errante y ha facilitado la huida de varios enemigos públicos.

            Edmund Lukas giró sobre sus talones y dejó al desdichado capitán preguntándose si había sido buena idea salir de la posada que se consumía ante él.

octubre 12, 2009

El Asunto Polanski

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:26 pm
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         polanski   Escribo mientras Roman Polanski sigue en prisión preventiva, allá en Suiza, esperando la decisión de los jueces acerca de su extradición hacia California. Su detención fue portada durante varios días en la prensa y ha provocado bastante revuelo. Podría haber escrito entonces. O podría esperar al siguiente acto de este proceso. Pero no, escribo ahora. De esta manera los hechos son ya conocidos por todos, de modo que no es necesario repetirlos y existe incertidumbre sobre el futuro, lo cual tiene más gracia.

            Este Asunto Polanski (podría ser un título nada original para los libros que sin duda se están escribiendo e incluso para un par de documentales y una miniserie televisiva) ha sido hasta el momento muy entretenido. Se puede estudiar desde distintas perspectivas, a cual más interesante.

            Está, en primer lugar, el aspecto jurídico. Es, dentro de lo que cabe, el menos polémico. Los fiscales, abogados y jueces deberán ganarse el sueldo; seguro que se están haciendo filigranas legales. Pero, en definitiva, es un asunto de Derecho. No voy a profundizar en él por falta de conocimiento. Ignoro por completo las leyes penales suizas y californianas, la incidencia de la doble nacionalidad franco-polaca del detenido, los Tratados de extradición que existan entre Estados Unidos y Suiza. Algo de eso se ha publicado en la prensa, pero la experiencia me ha enseñado a desconfiar de los conocimientos jurídicos de los periodistas.

            Supongamos, sin embargo, que el señor Polanski es efectivamente extraditado y llevado ante un tribunal californiano. Se abre aquí otro debate, en parte legal, en parte de política criminal. ¿Tiene sentido imponer una pena por un delito cometido hace tres décadas a un hombre que desde entonces, que se sepa, no ha infringido ninguna ley, que no ha hecho daño a nadie y que se encuentra totalmente integrado en la sociedad? Es un asunto más peliagudo de lo que parece.

            Desde una perspectiva exclusivamente retribucionista, kantiana, tiene todo el sentido del mundo. El señor Polanski delinquió y evitó la sanción legal. Que hayan pasado tres días, tres lustros o tres décadas carece de importancia. Teniendo en cuenta la diferente magnitud de los crímenes, ¿cuánta gente protestó cuando los nazis que habían huido a Sudamérica fueron detenidos y procesados? Y eran ya hombres ancianos, con nuevas vidas.

            La magnitud del delito es relevante. El crimen del señor Polanski no llega al nivel del Holocausto, pero tampoco fue baladí. Ahora, sería racional considerar que el Derecho Penal tiene poco que decir a estas alturas. Que no existe alarma social. Que no se lograría con ello ni satisfacer la prevención especial (esto es, que el señor Polanski no pueda cometer nuevos delitos) ni la general (evitar que otros cometan delitos ante el temor de acabar como el señor Polanski). Que los fines de reinserción se frustrarían al encarcelar a este hombre. Y como el Derecho Penal tiene fines tanto retributivos como preventivos y resocializadores, no hay una solución clara.

            También es cierto que Polnaski tuvo una cruel infancia. Que el salvaje asesinato de su esposa y de su hijo no nato fue terrorífico. Aspectos que un tribunal debe tener en consideración. Un tribunal. En un proceso.

            Sin embargo, el coro de críticas y quejas que arremetió contra la detención no argumentaba nada de lo anterior. Los cineastas e intelectuales europeos (sobre todo) que firmaron un manifiesto a favor de Roman Polanski no apelaban a ninguna razón jurídica, política, humanista o de misericordia. No. Censuraban la detención de un artista. Casi denunciaban el retorno de la Inquisición en cualquiera de sus variantes.

            A mi me gustan mucho las películas del señor Polanski. Me parece un cineasta genial. Un gran artista. Pero eso no le exime de responsabilidades legales, éticas o morales. Semejante argumento es de una necedad y una arrogancia acojonantes. Estupendas personas serían pésimos artistas y estupendos artistas pueden ser pésimas personas. El arte no es moral ni inmoral, como ya dijo Oscar Wilde. Pero los actos sí. Así que los aullidos de ese sector de la inteligencia continental son vergonzosos. Ha sido una mezcla de pataleta infantil, corporativismo infame y demostración de un sentimiento de superioridad sobre los meros mortales.

            Puedo entender que los organizadores del Festival de Cine durante el cual se produjo el arresto anden un tanto cabreados. Pero no que se eleve a grado de afrenta que el arresto se haya llevado a cabo durante un Festival, como si tales acontecimientos fueran una especie de limbo, donde las leyes resultan inaplicables.

            Hay, por último, el aspecto tenebroso. Un aspecto que, con justicia, se han planteado los periodistas. ¿Por qué ahora, esa detención? El señor Polanski ya había visitado Suiza varias veces. Tiene una casa nada pequeña en uno de sus cantones. Se ha recordado que no hace muchos meses las autoridades federales estadounidenses y el poderoso banco suizo USB, con el gobierno helvético entre medias, pusieron fin a un crispado combate sobre varios miles de cuentas amparados por el secreto bancario. Cuentas usadas por súbditos estadounidenses para defraudar a Hacienda. ¿Es esta sorpresiva detención una especie de moneda de cambio?

            La Secretaría de Estado de Obama estará haciendo horas extra, porque dos de sus socios europeos, Francia y Polonia, han protestado al más alto nivel. Los franceses, en especial, llevan muy mal que otras justicias metan la mano en los suyos. El Ministro de Cultura Mitterrand (que tiene ahora una polémica de cosecha propia) hizo unas declaraciones muy poco sutiles e incluso dejó entrever que el todopoderoso Presidente Sarkozy estaba molesto. Estados Unidos busca recomponer lazos con Francia, en especial para hacer un frente común ante Irán. Y el Gobierno polaco (el pueblo polaco es otro asunto) no está muy feliz con la decisión de desmantelar el famoso escudo antimisiles. Se siente desplazado a favor de Rusia. Por supuesto que el señor Polanksi no será un obstáculo serio para las relaciones internacionales. Al fin y al cabo, los hombres de Estado tienen el corazón en la cabeza. Pero tener a los amigos lo menos irritados posible siempre es una buena línea de acción diplomática.

            Por eso me gustaría tanto saber qué se mueve tras la cortina. Los jueces suizos y estadounidenses, en teoría, son independientes, no sometidos a los intereses de los Gobiernos respectivos o extranjeros. Pero, claro, como jugadores políticos que son, entrarán en conflicto. Embajadores, jueces, presidentes, ministros, fiscales, agentes diplomáticos… No me digan que no merece la pena.

            Y Polanski, en su celda, como una mosca en una tela de araña. Será justo encarcelarlo o no, pero es difícil no sentir cierta empatía por él, en estos momentos.

octubre 9, 2009

XI. Jaque a la Reina

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:04 pm

            CUANDO EDMUND COMUNICÓ A DOUGAL que tenía indicios concretos de hacia dónde se dirigían Ailin y sus servidores, el rastreador no se interesó por las fuentes del Juez Errante. No lograría una respuesta clara, molestaría a Lukas y podría darle motivos para sospechar que estaba muy despierto durante la entrevista nocturna con la figura encapuchada.

            Armado con un mapa de la región, Lukas llegó a la conclusión de que la forma más directa de llegar a Lossar era remontar el río Od; Dougal, consultado, se mostró de acuerdo.

            – ¿Planeas ir de incógnito, en algún barco mercante?

            – No. Necesitamos rapidez, no discreción. Usaremos un navío militar. Llevaremos una escolta, unos diez soldados. No se nos volverán a escapar.

            La flota republicana había logrado un notable éxito al fletar gran número de barcos acorazados, de distintos tamaños y potencia, con casco de metal, movidos no por el viento ni por remeros, sino por modernos motores que hacían rotar aspas. Las columnas de humo que vomitaban las chimeneas de esos nuevos ingenios empezaban a convertirse en seña de identidad de Izur en las aguas.

            – Para conseguir un navío militar, incluso uno pequeño, necesitaremos autorización del comandante del puerto. Y éste pedirá permiso a Horst.

            – El comandante del puerto está sometido a las leyes igual que Horst. Y las leyes me dan carta blanca cuando se trata de un asunto que afecta a la seguridad de la República.

            – Estás abusando de esa prerrogativa, Lukas. Sigue así y el Gobernador se convertirá en tu peor enemigo.

            – ¿Qué mas da? Este asunto terminará en Lossar. Frente a la presa que vamos a presentar al Consejo, las pataletas de Horst no significarán nada.

 

            Tal como Dougal había previsto, el comandante tenía la intención de informar al Gobernador sobre la solicitud –aunque, por la forma, se acercaba más a la exigencia- de Edmund. Pero, tal como Lukas había esperado, bastó citar el precepto legal, invocar la autoridad de los Nueve y arroparse en el manto de las actuaciones secretas en bien del Estado, para que el Juez Errante obtuviera un pequeño navío, servido por una tripulación de cinco marineros, un oficial y un capitán, así como diez soldados, uno de ellos sargento, a todos los cuales impuso obligación de silencio.

            Horst supo de estos sucesos en el preciso instante en que el barco abandonaba el puerto fluvial de Nicolia, rumbo a Lossar. El coronel quedó tan intrigado como irritado por la actitud de Edmund. Los viajes misteriosos del Juez alarmaban al Gobernador, quien decidió escribir al jefe de la guarnición de Lossar, ordenándole que descubriera discretamente cuanto pudiese.

            El navío había zarpado al anochecer y no arribó hasta la primera hora de la tarde del día siguiente. Durante el viaje, Lukas se encerró en un camarote, dejando a Dougal la tarea de confraternizar con los hombres; el rastreador supo hacerse pronto con la simpatía de los soldados y de la tripulación.

            En Lossar el comandante del cuerpo se reponía de una enfermedad; entre tanto, su puesto estaba al cargo del jefe de la guarnición, el capitán Ferdinand Lester. La paloma del Gobernador había sido más rápida que el barco. Lester no era un prodigio de ingenio; se mostró hostil, picajoso, empeñado en que Edmund confesara los motivos de su visita. ¿Qué hacían un Juez Errante y su ayudante, al mando de un navío, su tripulación y un grupo de soldados en Lossar? ¿Cómo podía colaborar con las actividades de Su Señoría, si las desconocía?

            – Dejándonos en paz, capitán. No es necesario que conozca los detalles de nuestra misión. Sencillamente, permita que el barco atraque en el puerto, hasta que me sea necesario.

            Lester era tenaz: insistió hasta lograr que Lukas, de muy mala gana, admitiera que estaban persiguiendo a un peligroso enemigo de la República.

            – Señoría, si un enemigo público se encuentra en Lossar, es mi deber tomar las medidas necesarias a fin de proteger a la población, así como comunicárselo de inmediato al Gobernador.

            Lukas apuñaló al oficial con la mirada.

            – Capitán, estando nosotros aquí, la población no tiene nada que temer. Esta operación es secreta y nada de lo que ha visto u oído podrá ser comunicado a ninguna persona, sin mi permiso expreso, salvo por orden del Consejo. ¿Queda claro?

            No, al capitán Lester no le quedaba nada claro, aunque una vez más el medallón de Edmund cerró la discusión. Fue un cierre en falso. Mientras los recién llegados abandonaban el cuartelillo, en dirección al pueblo, el capitán daba instrucciones a sus hombres de no perderlos de vista.

 

            Aunque Edmund y Dougal podían pasar desapercibidos si así lo deseaban, su comitiva de soldados uniformados no. Aprovechando lo tardío de la hora, el Juez y el rastreador llevaron su escolta hasta una casa de cuatro pisos, que se erigía en frente de la mayor posada de Lossar.

            Porque Lossar, aun cuando no fuera una localidad populosa, sí era un enclave muy concurrido por viajeros. Por ello, la zona del puerto, donde se concentraba la actividad económica y social, estaba bien diseñada y rebosante de edificaciones pensadas para albergar a un gran número de personas. Tres posadas y varias casas de habitaciones de alquiler atendían a la mayor parte de los visitantes.

            Con buena lógica, Lukas previó que cuando Ailin y los suyos llegaran se alojarían en alguna de las posadas, más concurridas, en las que resultaría fácil ocultarse entre la multitud. Los posaderos estaban siempre ocupados y no se fijaban muy bien en quién les pagaba por sus servicios; en cambio, las casas de alquiler se sometían a normas estrictas: había que demostrar solvencia, prestar una fianza, y firmar en un registro. Los patrones solían saber a quién tenían de inquilinos, algo de lo que la heredera del Viejo Reino huiría como de la peste.

            Edmund alquiló tres habitaciones, entregó un pagaré legalizado y ordenó al patrón que guardara silencio sobre la presencia de guardias en su establecimiento. Una vez repartidos los soldados en dos de las estancias, ocupó, junto a Dougal, la tercera. Sólo ellos dos saldrían de la casa, para contratar los servicios del ejército de pilluelos que pululaba por la zona portuaria, dispuestos a prestar cualquier servicio a cambio de unas monedas o de un trago de vino.

            Una vez extendida la red de espías, se retiraron. Equipados con un catalejo del barco, se turnaban para vigilar las calles, en tanto sus hombres, muertos de aburrimiento, se jugaban lo que no tenían a las cartas.

 

            Willer había trazado el plan de acción inmediata, eso no se podía negar: embarcar para las Islas Rojas en Lossar. Asuran, en un inesperado ramalazo de pragmatismo, había presentado y resuelto un problema clave: el dinero. En la República la moneda era distinta de las usadas por los Señores. No podrían comprar tres pasajes con el dinero del que disponían y, además, revelarían su origen. Tal era el problema. La solución, los cambistas ambulantes, muy frecuentes en la zona fronteriza. Si uno sabía dónde buscar, los encontraba. De Kern logró un cambio bastante justo de uno de ellos, después de una negociación durante la cual dejó atónitos a sus compañeros: manejaba usos y costumbres mercantiles con mayor facilidad que las cuerdas de su laúd y recitaba listas de tasas y equivalencias con más seguridad que los versos de una balada.

            – Maese Asuran,- dijo Willer- errasteis de profesión.

            El bardo hizo varios comentarios exasperados.

            Los tres se internaron en territorio republicano sin el menor problema, siendo una vez más Asuran el héroe de la jornada: parecía saber exactamente las zonas ciegas, poco o nada patrulladas por los centinelas rojinegros. Esto calmó las suspicacias que había despertado en Ailin la facilidad con la cual el juglar decía pasar del Viejo Reino a la República; las de Willer sólo quedaron en vigilante espera.

            Tal vez para desquitarse, el caballero se hizo con el mando de la expedición al llegar a Lossar. Insistió en pernoctar en la mayor de las posadas, buscando la protección de la masa y cumpliendo así, sin saberlo, las predicciones de Lukas. Lograron una amplia habitación, en la tercera y última planta del edificio, con un balcón que daba tanto al río como a la calle. Luego, guardaron resignadamente cola ante las oficinas de embarque, sufriendo los intentos de una horda de niños mendigos por sacarles alguna moneda; adquirieron tres pases para la salida más próxima, aquella misma noche, y volvieron a la posada, seguidos por unos cuantos pedigüeños, los cuales no se rindieron hasta llegar a la misma puerta. Un par de ellos todavía esperaron un rato más, hasta que Willer, desde el balcón, les gritó que se largaran.

 

            Edmund Lukas apenas era capaz de controlar su impaciencia. Una vez sus andrajosos agentes le hubieron señalado el lugar exacto donde se ocultaban las presas y la hora de su partida (siendo generosamente recompensados por el servicio prestado), el Juez Errante, ayudado por Dougal, había trazado la estrategia.

            Apresarles en el puerto sería un error. Habría una multitud de viajeros embarcando y desembarcando, en la que podrían perderse fácilmente. La posada era el lugar perfecto: una ratonera sin salida. Esperarían al atardecer, cuando la mayor parte de los inquilinos ocuparían ya sus alcobas o la sala común, si no se habían desparramado por las tabernas. Los pasillos y escaleras estarían casi desiertos.

            Ocho de los soldados, al mando del sargento, rodearían la posada, guardando la entrada principal y las dos del servicio. Los restantes guardias acompañarían a Lukas y Dougal, que entrarían en la fonda y apresarían a la heredera y los suyos, en su habitación si había suerte. Para no dejar nada al azar, Edmund había enviado un mensaje a la tripulación del barco, instruyéndoles para que el navío estuviera cerca de la posada en el momento de la operación, por si acaso alguna de las ratas se arriesgaba a una huida fluvial

            Pero el día ya iba de caída y el barco no aparecía; ¿se habría negado Lester a conceder permiso de ruta? Sus hombres habían tomado posición, ocultando los uniformes bajo amplios mantos, requisados del desván del patrón. El ojo de Edmund estaba fijo en el piso de Ailin; pese al catalejo, no era capaz de ver lo que sucedía en el interior. Entonces, el caballero salió al balcón y Edmund se arrodilló, espiando sin exponerse.

            – ¿Aún no ha llegado el barco?- le preguntó a Dougal.

            – No.- respondió el rastreador con un carraspeo- Pero tenemos una compañía inesperada.

            Edmund dejó al caballero para mirar en la dirección que el capitán le señalaba: por la calle, marchando con paso firme hacia la posada, acababa de aparecer una docena de soldados. El joven enfocó el catalejo en el que iba a la cabeza.

            – ¡Lester!- maldijo- ¿Qué está haciendo aquí ese imbécil?

            – Méritos, supongo. Me da que el Gobernador Horst tiene a Lester aquí de perro guardián.

            Con un movimiento brusco, Lukas volvió el catalejo hacia el balcón: el caballero había desaparecido.

            – ¡Vamos!- ordenó, blasfemando por lo bajo- ¡Esos idiotas van a espantarnos la caza!

            Y seguido por Dougal y los dos soldados, se precipitó por las escaleras a la calle.

octubre 5, 2009

Ejercicio de imaginación

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:05 pm
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         amarcord   Hay en Amarcord una escena en la cual un grupo de chavales va a confesarse. Tras asegurar a su párroco que no han cometido ningún pecado carnal (o que sí, pero, por Dios santo, no les gustó nada y jamás volverán a cometerlo), corren a un viejo coche donde se dedican a la práctica del onanismo. Mientras están ahí, a lo suyo, dos de ellos discuten a grito pelado porque ambos tienen en mente a la misma chica del pueblo. Y ni quieren cederla ni formar un trío.

            Esta pelea puede ser una parodia de un triángulo amoroso, o una desaforada escena felliniana. Pero se apoya en una realidad, documentada en libros, películas y testimonios. Quien se dedica a consolarse en la soledad, suele tener una imagen en el cerebro. El asunto parece bastante patético, pero es, o es posible que sea, independientemente de todo otro juicio, un poderoso ejercicio de la imaginación.

            El tópico y triste adolescente, a falta de un dúo material, se fabrica uno inmaterial. No se las denomina fantasías sexuales por darles un aire exótico. Se llama a filas a actores, actrices, modelos de lencería (comestible, tal vez), compañeros de clase y de trabajo y a la vecina de enfrente. La memoria se pone al servicio de la imaginación.

            Ahora bien, cuando nuestro solitario logra finalizar la etapa de monólogos, ese ejercicio de la imaginación no tiene por qué desaparecer. Puede, sencillamente, transformarse. Y que le ocurra al amante lo que a Marge Simpson, quien se lanza a por su marido tras pensar en Mel Gibson.

            Tengo la certidumbre de que muchas y pésimas series y películas sirven sólo de tienda de imágenes, para que los potenciales amantes se armen de cuerpos; luego, con ese arsenal, se van a la cama o al asiento de atrás. Muchas carreras (afortunadamente breves) de muchos actorzuelos son, en esencia, pornográficas. No voy a decir eróticas, que el erotismo tiene su dignidad, su clase. Están ahí para calentar al personal. Y como el personal no puede conocer bíblicamente al causante del calentón, se apaña con la pareja que en aquel momento tenga.

            Esto no quiere decir que no haya grandes películas que provoquen los mismos efectos. Hay buenas películas de erotismo declarado. Hay películas en las que el erotismo no es explícito y que son incluso más sugerentes. Match Point no es una película erótica, pero tiene escenas, explícitas y tácitas, que hacen hervir la sangre de los espectadores.matchpoint

            Claro que como el sexo pone en marcha los cinco sentidos, los amantes imaginativos se ven sometidos a una dura prueba. Su mente tiene que ser capaz de convertir las señales que oído, gusto, tacto, olfato y vista le envían para que la fantasía no se derrumbe estrepitosamente. Es cierto que la vista puede anularse con relativa facilidad, pero los otros cuatro son enemigos más serios.

            El poder de la imaginación es capaz de derrotar al poder del conocimiento. Porque usted, lector, sabe que no está retozando con Monica Belucci, ni con Ava Gardner. Pero, si es un soñador poderoso, puede que ese conocimiento no le moleste lo más mínimo. A no ser que empiece a vociferar “¡Monica, Monica!” y a quien tenga de interlocutora se llame, por ejemplo, Lorena. Si Lorena tiene una hermana llamada Mónica, la situación merece vivirse. Para que se rían los amigos, al menos.

            Ese mismo ejercicio de imaginación se da para otros menesteres. Si de películas, series, libros y comics se sacan escenas para las fantasías carnales, de las mismas fuentes se sacan ideas y perfiles para otras ensoñaciones. No es raro que, tras leer los libros de Andrzej Sapkowski uno camine por la calle con la ilusión de ir vestido de malla y con una brillante espada al costado, listo para una aventura o una intriga palaciega. No es extraordinario que tras devorar cuatro capítulos seguidos de Carnivale deseemos con todas nuestras fuerzas mezclarnos con los feriantes de Samson o, si uno es ambicioso, sustituir en sus discursos al mismísimo Hermano Justin.

            Un filósofo severo podría decir que eso es un síntoma de una grave enfermedad del espíritu, el apetito faústico. No le faltaría razón. Igual que el viejo Doctor, sentimos nuestras vidas poco satisfactorias, comparadas con otras, reales o ficticias. Por eso, al no tener a Mefistófeles a mano, buscamos otros remedios. Vemos otra película u otro capítulo. Compramos un nuevo libro. Nos apuntamos a clase de teatro, con la esperanza de representar un papel, con la esperanza de ser otro durante unas horas. O jugamos una partida de rol, esto es, celebramos una obra de teatro improvisada.

            Hay escritores, estoy seguro, que urden sus novelas por ese mismo apetito. Pueden ser historias fantásticas o realistas o incluso obras históricas. Al encontrarnos con la biografía de una personalidad atractiva, interesante o carismática, fantaseamos con un encuentro con ella. Así que escribimos sobre ella, siendo ella. O uno de sus allegados. Durante el tiempo que escribimos o leemos esa historia, salimos de nosotros mismos.

            También aquí tropezamos con los sentidos. Dependemos, de nuevo, de nuestra imaginación, de nuestra capacidad de abstracción. Hay quien en el ambiente más ruidoso puede zambullirse en un libro, ajeno a cuanto sucede a su alrededor. El familiarizado con la contemplación ignaciana, tendrá un excelente instrumento a su servicio. Aunque los objetivos de ese método de oración no son, precisamente, acallar el apetito fáustico.

            La escasa diferencia esencial entre las fantasías sexuales y las narrativas pueden reducirse aún más. Si una pareja está retozando, cada uno de sus miembros imaginando que la otra parte es quien no es, lo mismo puede suceder en, digamos una conversación entre amigos. Igual que en el teatro o en el rol.

        montañamágica    Pongamos que acaba usted de cerrar por hoy esa maravilla titulada La montaña mágica. Pongamos que un amigo suyo está en la misma situación, o la ha cerrado definitivamente hace poco. Y van a tomar un café, como caballeros. Hay un hormigueo en el cerebro de ambos. Entonces, uno de ustedes empieza a hablar como el gran Settembrini. A lo cual, el segundo replica con la feroz dialéctica de Naphta. Mientras un tercero (tal vez el más sutil) escucha con toda la inteligencia de Castorp. Eso sería un triunfo de la imaginación. Un triunfo homérico.

            Sin embargo, en este caso existiría una dificultad añadida. Aunque su pareja de usted no tenga el cuerpo de Scarlett Johansson (¿lo tiene? Entonces, ¿para qué imaginar?) un ensoñador entrenado tiene posibilidades de éxito. En cambio, si deseamos pasar por Naphta, por Falstaff, por Yago, más nos vale saber hablar. Más nos vale tener una mente rápida, brillante, ingeniosa. Más nos vale haber leído mucho, haber discutido mucho. Más nos vale haber llevado el cerebro al gimnasio.

            Así que hay una diferencia entre la fantasía sexual y la dramática. Para que la fantasía sexual no sea un fracaso total hay que resistir los ataques de la realidad. Para que una fantasía narrativa tenga cierto éxito, hay que doblegar la realidad. Para que ninguna de las dos nos devore, hay que saber siempre cómo regresar a la realidad. Y cómo quedarnos en ella. El apetito fáustico puede espolear nuestra creatividad, pero el autor tiene que separar su obra de su vida. Otra cosa es que haga de su vida una obra que otros deseen representar.

            El ansia por doblegar la realidad puede meterse también en la fantasía sexual, aunque estaríamos ya ante casos casi patológicos: el amante sustituye no sólo a su pareja, sino también a su propia, persona, imaginando que es otro; o sólo se sustituye a sí mismo. Los psicólogos se frotan las garras. Claro que si en la imaginación teatral el actor tiene que convencer, sobre todo, a los demás que es quien finge ser, en esta otra el sujeto tiene que convencerse a sí mismo; que convenza a su interlocutor es, o puede ser, secundario. Por tanto, no le resulta necesario disciplinarse como el actor, porque no un tercero objetivo que vaya a evaluar si ha estado o no a la altura de su personaje: es su propia conciencia quien decide. Éstas son aguas cenagosas, que pueden muy bien derivar en una alegre obsesión destructiva que es, como sabe todo el mundo, la mejor clase de obsesión.

            Por cierto, ¿cómo es que a ningún picapleitos se le ha ocurrido usar las fantasías sexuales? Al fin y al cabo, cada vez que alguien tiene a Paul Newman o a Grace Kelly en su cama, sin su consentimiento, está cometiendo una violación. O practicando la necrofilia, incluso. De un modo no físico, desde luego, pero sí moral. Es raro que nadie lo haya probado aún. ¡Abuso deshonesto de cuerpo astral/imaginario ajeno! Podrían lograrse millones en daños y perjuicios. Habrá que estudiarlo.

octubre 1, 2009

Correspondencia (II)

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 10:17 pm

            NOTA encontrada por el Juez Errante Lukas bajo su almohada, en Nicolia.

 

            Lossar.

 

 

            CARTA del general Ludwig Krier al coronel Frank Horst (enviada por vía extraoficial)

 

            Mi estimado coronel Horst:

 

            Perdonará que no emplee el pomposo trato de los civiles, que prefiera hablar de militar a militar, antes que de general a Gobernador. Ha sido ya bastante duro para mí perder a un colaborador tan capaz en aras de la política, de la administración. Sin embargo, como usted siempre me aseguró, todo será para mayor gloria de la República.

            Le escribo esta misiva no tanto con una finalidad personal como para hacerle partícipe de las noticias más importantes que ocurren aquí, en nuestra invicta Izur. Cumpliendo mi promesa, he hecho cuanto ha estado en mi mano para convencer a los miembros de la Gran Asamblea de la necesidad de una campaña más ambiciosa en las tierras bárbaras. Por desgracia, buena parte de nuestros políticos temen el coste de una guerra. Consideran que los señores sin ley no representan un peligro preocupante, mucho menos uno que justifique los planes que usted ha diseñado y que yo he presentado.

            Mucho me temo, pues, que si no logramos pruebas contundentes, la Asamblea será incapaz de adoptar una resolución favorable con una mayoría lo bastante amplia como para convencer al Consejo de los Nueve. Seguiré en la brecha, no le quepa duda. ¡Y, pese a ello, la Asamblea ha aprobado el envío de refuerzos, por las recientes incursiones bárbaras! Reconozco que esta tibieza, este no saber a qué carta quedarse de nuestros gobernantes me crispa los nervios.

            Entre tanto, los preparativos materiales y logísticos no se han detenido. Una muestra más de la ambivalencia de la Asamblea: no tiene el valor de apostar decididamente por nosotros, pero tampoco cancela las operaciones. Eso nos favorece, porque cuando el gasto haya sido tan cuantioso que desmovilizar a las legiones resulte más caro que enviarlas al frente, varios de los ahora dudosos se convertirán en decisivos aliados.

            Es cierto que logramos un apoyo sin precedentes, como he dicho, gracias al cual se han incrementado las legiones prometidas a la frontera. Fue usted diligente a la hora de reunir esos apoyos entre los demás Gobernadores: su presión influyó en la Asamblea. No nos confiemos demasiado, sin embargo. Los miembros de la Asamblea pueden echarse atrás.

            Me dice que los comerciantes de Nicolia se muestran hostiles a nuestros proyectos. Tantearé a la Junta de Izur, aunque recibo informes alentadores de otras ciudades importantes.

            Confío en poder comunicarle pronto mejores nuevas. Tal vez la próxima vez que nos encontremos deba saludarle como a mi superior.

            ¡Larga vida a la República!

 

 

            CARTA del Honorable Miembro de la Gran Asamblea Aldous Werner a su hermana (fragmento)

 

            Así pues, mi querida Elda, las noticias que de tu marido, mis sobrinos y sus hijos me transmites me alegran profundamente. ¡Y bien saben los cielos que no tengo muchas razones para alegrarme! Estas últimas semanas me han ayudado a tomar una resolución: una vez acabe este período, no buscaré ni aceptaré un nuevo mandato como representante ante la Asamblea.

            ¡Oh, te oigo desde aquí llamándome viejo insensato! ¿Quién renunciaría a esta dignidad, a este puesto tan respetable, tan noble y tan bien remunerado? Pues prepárate para reñirme con mayor severidad, porque he renunciado a un honor aún más alto. Hace dos días decliné una oferta pactada entre los partidos de la cámara. Me entregaban en bandeja la presidencia de la Asamblea, el cargo de Portavoz. Creo que mi negativa los dejó un tanto estupefactos, aunque todos ellos, Harker, Wallander y Gustavson, los emisarios, saben disimular como el mejor.

            Un puesto curioso, el de Portavoz. Preside la Asamblea, impone el orden, arbitra en los debates, representa a sus miembros ante el Consejo y las demás instituciones. Pero es mudo, ciego y sordo si la propia Asamblea no le dice lo contrario. Es un títere de la mayoría, una figura decorativa a la que se usa como chivo expiatorio si algún escándalo es más flagrante de lo habitual. No, Elda. No me interesa.

            Sueno amargo, me doy cuenta. Tal vez sea la edad. Estoy cansado de las discusiones estériles, de los debates mezquinos. Estoy harto del boato, de la hipocresía, de las palabras huecas y los bolsillos llenos. ¿Fue siempre la Asamblea este gallinero de mediocridades? Cuando era más joven conocí a representantes ilustres, incluso honrados. Y los que no lo eran, al menos resultaban hábiles. Ahora no veo más que zorros de segunda categoría.

            Aunque algo he de decirte, hermana mía: los pasillos están inquietos. Hay negociaciones por las esquinas. No paran de llegar informes de los Gobernadores, presionando a la Asamblea y al Consejo para mostrarse más agresivos. Hay miembros de la cámara que cenan regularmente con miembros de la Junta de Comerciantes. Y cada día veo más oficiales de alto rango conversando con los legisladores. ¿Recuerdas al general Krieg? Logró éxitos notables hará unos diez años, cuando las revueltas de campesinos. De hecho, allí alcanzó el generalato. Es el que habla con más gente. Casi desearía haber sobornado a más sirvientes a lo largo de mi carrera, para tener una red de informadores y así saber con certeza qué está ocurriendo.

            Puede que no haya escrito más que tonterías. Pero no me libro de una sensación de miedo, de inseguridad. Me escama. Esta ciudad está acabando conmigo. Tal vez ni siquiera termine mi mandato. ¡Cómo me gustaría volver antes de que acabe el año entrante a casa!

            No te irrito más con estas preocupaciones de anciano. Mis mejores recuerdos a Georg y a tus hijos y nietos. Y a ti, querida mía, que los dioses te guarden.

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