Con un vaso de whisky

enero 28, 2013

¡Garfio! ¡Garfio! ¡Garfio!

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            En las primeras películas de Disney, sólo hay Malvadas (el Espejo no cuenta para la paridad). Las Madrastras y Maleficent son, en mi opinión, las mejores Malvadas puras de Disney y esto habría que tomarlo como una alabanza hacia las mujeres (al menos, por mi parte). Pero Disney fue sacando de la manga algunos respetables Malvados. Y de ellos, el más peculiar, el más grande y el más querido es el Capitán James Garfio. No me digan que no querrían enrolarse con él.

(Los mejores bailarines, ganan una botella de grog)

            James Garfio da una nueva vuelta de tuerca a los Malvados de Disney. Hasta entonces, eran malos pensados para que el público (la mayor parte, al menos) se sintieran a gusto odiándolos. Malvados peligrosos, que ponían a los buenos en apuros hasta el último minuto y que los niños abucheaban cada vez que aparecían (menos los más listos). Garfio no es de esos. Es de los que los niños vitorean. Porque cuando aparece en escena sabes que vas a tenerlo todo: duelos de espadas, aventura y risas. Sobre todo, risas. Es el primer Malvado-Cómico de Disney. Y sigue siendo el mejor.

            Garfio es la principal justificación de Peter Pan (película). Nunca Jamás es un estupendo escenario, un trasfondo pintoresco, pero sin pobladores sería muy poco interesante. Indios, Niños Perdidos, Sirenas y aun Hadas le dan color, pero esa isla maravillosa ganó la lotería cuando el barco de los Piratas apareció en el horizonte. De estos Piratas, claro, de los del Capitán Garfio.

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            Hagan una prueba de imaginación: quiten de la película a Peter Pan. ¿Se resiente la cosa? Un tanto, hay que admitirlo. Ahora, quiten a Garfio. ¿Qué ocurre? Que se desmorona. Garfio le roba en buena medida a Pan el público ya en la obra original y posterior novela de Barrie, donde, sin embargo, el Niño que no quiere crecer es lo bastante extraño e inhumano para ser interesante. En la película, Garfio da la vuelta a la tortilla por completo. No es que Garfio nos importe por ser el enemigo de Peter, sino justo al revés: es Pan quien resulta interesante por ser el adversario de Garfio. Garfio seguiría siendo un grande enfrentado a otro héroe. Pan, sin Garfio, a mí me deja de importar.

            Pareja, Cómicos, Villano. Estas tres castas de personajes están presentes de una manera mucho menos evidente en Peter Pan que en las otras películas que hemos examinado en las últimas divagaciones. Sí, Peter y Wendy (así se llamaba la obra de teatro) son más o menos una pareja, aunque es más Wendy que Peter la que está por la labor. Y sí, forman el primer triángulo que recuerdo en Disney, con Campanilla. Pero es una pareja que no llega a ser tal, en realidad.

            ¿Cómicos? No los tediosos hermanos Banning, John y Michael, cansinos e insípidos, ni los vocingleros Niños Perdidos. Ya lo he dicho, Garfio, apoyado por su tripulación, es el gran Cómico, el causante de la mayor parte de las risas. Esa es la originalidad de este largometraje: los malvados son los chistes, sin dejar por ello de ser menos malvados. Garfio es el Cómico, y también el Villano. Es Cómico un tanto a su pesar. Tiene su propio sentido del humor, no muy sutil, pero cuando más gracioso resulta es cuando él es el objeto, no el causante, de la broma.

            Sólo en el Prólogo londinense encontramos otro personaje simpático, también Cómico a su pesar, el señor Bannings. El padre de Wendy, John y Michael (quien no tiene el menor sentido del humor y justo por eso es gracioso) es lo único que nos salva en los primeros diez minutos y, desde que se va de juerga con su esposa hasta que los niños llegan volando a Nunca Jamás, el espectador se impacienta (pese a Campanilla). Con inteligencia, se nos permite llegar a la isla antes que los supuestos protagonistas, para encontrarnos con el verdadero protagonista.

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            (Pobre hombre)

           Garfio, el señor Smee y el Cocodrilo son los tres hallazgos de la película. Los tres son creación de Barrie, desde luego, pero yo siempre he preferido las versiones de la Disney. El Garfio de Barrie, aunque con ciertos rasgos cómicos, era un malvado más oscuro y temible. Mata en su primera aparición a uno de sus secuaces, y mantiene una disciplina de hierro. Cierto que el Garfio de Disney le pega un tiro a un pirata acordeonista (bien hecho), pero la escena no es truculenta, es francamente divertida.

            Barrie concede a Garfio una especie de soliloquio nocturno paródico, en la que el Capitán reflexiona con gran angustia si es un hombre bien educado. Los modales de gran señor de Garfio son el corazón del personaje para Barrie. Garfio no odia a Pan por culpa de la mano perdida. No, es la insolencia de Peter y su falta de modales lo que desata la vengativa pasión del pirata, pasión que deviene en obsesión: la ironía es evidente. En Disney el personaje es más bufón que irónico, y esas reflexiones nocturnas no tienen mucho objeto. Aunque los modales los mantiene, eso sí.

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            El Garfio y el Smee de Disney forman uno de los mejores dúos cómicos de sus películas. Smee es, a su manera, mucho más serio que Garfio. Se lo toma todo literalmente. Claro que es tan tonto que mete la pata constantemente. Los guionistas vieron clara la veta que tenían allí: las escenas que yo más recuerdo de Peter Pan son sketches, de Garfio-Smee (Garfio engañando a Campanilla mientras un Smee maravillosamente borracho no se entera de lo que ocurre, por ejemplo) y de Garfio con el Cocodrilo; el miedo cerval de Garfio por el Cocodrilo, bastante comprensible, lo hace más cercano. Un malvado con un temor es más humano y más simpático. Smee es enternecedoramente idiota, y aunque siendo estrictos es de los malos, nadie puede aplicarle ese calificativo. Es el Cómico puro de la película, un secundario que suele ser el compañero del protagonista. Siguiendo esa lógica, llegamos de nuevo a mi tesis, que Garfio es el protagonista de Peter Pan.

(En un cuarto de hora, Garfio, Smee, el Cocodrilo, peleas y comedia; y Pan, secundario)

            Hasta Spielberg comprendió el acierto de Disney. En Hook (el título ya es indicativo) sólo Garfio y Smee, Dustin Hoffman y Bob Hoskins, merecen la pena, dejando aparte la presencia majestuosa de Maggie Smith. Hoffman y Hoskins basan su interpretación mil veces más en los Garfio y Smee de Disney que en los de Barrie- aunque con un Smee más astuto y traicionero.

            Bufonesco como es, este Garfio roza el ridículo en ocasiones. Pero Disney no nos deja olvidar que es el Malvado con mayúscula de la función. Basta mencionar su nombre para que las Sirenas escapen aterrorizadas. El hombre de la mano de hierro puede recibir un martillazo en la cabeza, o escapar por los pelos del estómago del Cocodrilo, pero el espectador siempre es consciente de lo peligroso que resulta. Es uno de los malvados que más cerca está de derrotar a su enemigo, mediante la trampa del paquete bomba, que urde manipulando los celos de Campanilla. Y, en el combate final, explota al arrogancia de Pan para quitarle su mayor ventaja, la capacidad de volar: en cuanto el criajo ése no puede hacer piruetas, le bastan tres minutos para ponerle la espada en la garganta; lástima de bandera.

            Con su casaca escarlata, su sombrero emplumado, su boquilla para dos cigarros y su estuche de garfios, sigue siendo mi capitán pirata preferido, incluso por delante del infame LeChuck o del pérfido Long John Silver.

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            Qué quieren, en Carnaval es típico ver a niños disfrazados de Piratas, no de Niños Perdidos. Y por cada Peter Pan que cuenten, habrá diez Garfios. Así que esta vez, no aplico la gran frase de David Simon: el espectador medio, con Garfio, tiene toda la razón del mundo.

enero 22, 2013

La Emperatriz del Mal

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            Muchas de las películas de Disney están basadas en cuentos, relatos e historias preexistentes. Yo he leído bastantes de esos cuentos y muchos son espléndidos. Y las películas de Disney, a su modo, también. El cambio más evidente es el tono: la Disney, aunque infiltraba cargas de profundidad, quitaba mucha oscuridad, mucha violencia, mucha crueldad. Es lástima. Al fin y al cabo, los cuentos de hadas son para niños (y para adultos astutos) y para que aprendan, entre otras cosas, que ahí fuera hay monstruos de todos los pelajes. Si el niño es prometedor, puede que descubra que él es uno de ellos.

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            De las películas “clásicas” de Disney, La Bella Durmiente es de las mejores. Está basada en un cuento de hadas popular, versionado tanto por Perrault como por los Hermanos Grimm. Es claro que Disney sigue a los Grimm, porque Perrault,  más cercano a las fuentes originales, hace continuar el relato mucho después de la boda, cuando ya han nacido los hijos de la Princesa (Aurora y Día) y narra cómo la madre del Príncipe, una Reina medio ogresa, trata de devorarlos, siendo burlada por el cocinero (el Príncipe del cuento no hace más que besar a la dormida muchacha, lo cual tal vez debiera ser estudiado por algún tribunal uno de estos días). Disney no da a su Príncipe una madre tan terrible con un medio muy simple: elimina toda referencia a la misma, dejándonos suponer que su padre, el Rey Hubert, es viudo. A cambio de escamotearnos a esa caníbal, nos da a la espléndida Maleficent.

            Esta película es notable en ciertos aspectos. El dibujo es muy distinto al de otras películas previas: los personajes son altos y angulosos (un tanto como pintados por El Greco) o bajos y redondeados. Colores y vestimentas son vistosos, al igual que las localizaciones: el castillo del Rey Stefan es El Castillo en el que se mirarán todos los demás castillos de películas fantásticas, la cabaña del bosque es La Cabaña por antonomasia y la Montaña Prohibida es la más siniestra fortaleza de la Oscuridad que hasta la fecha se había puesto en una pantalla.

            Cierto que hay imperfecciones, como los estáticos fondos donde danzan y charlan los personajes principales, pero se compensan por sus muchas virtudes. Disney y los suyos, tal vez haciendo un guiño a su magnífica Fantasía, sólo usan música sacada del maravilloso ballet de Tchaikovsky, aunque sin seguir el orden del original. Por ejemplo, la danza del Gato Negro y el Gato Blanco es empleada con habilidad en una de las mejores escenas de la película: la Princesa Aurora (aquí es ella, no su hija, la que se llama así) es hipnotizada y arrastrada hasta su perdición, cuando ya parecía a salvo:

            Ah, ahí la tenemos, Maleficent (y la voz de Eleanor Audley) en uno de sus momentos de triunfo. Ahora mismo vamos con ella, antes déjenme que lance un rápido vistazo a los demás personajes. Porque en La Bella Durmiente la división de castas es tan rígida como en otras películas ya comentadas, pero los que en ellas están encajonados son superiores a sus predecesores.

            La Parejita es, sí, tan detestable como es habitual. Aurora, Rose durante buena parte de la función, no es consciente de ser un princesa y, de hecho, queda horrorizada al descubrirlo, porque eso chafa sus planes para una segunda cita con su desconocido enamorado. Éste es el Príncipe Phillip, su prometido desde el nacimiento. Pero ni Aurora ni Phillip parecen tomarse sus obligaciones monárquicas muy en serio ante el reclamo de la carne. Vale que Aurora está dispuesto a seguir siendo Rose, pero el tarambana de Phillip quiere iniciar los matrimonios morganáticos con siglos de antelación. El Rey Hubert es demasiado bonachón e inocente para darle la respuesta correcta, la que el abuelo de Marius da a su insufrible nieto en Los Miserables (novela): ¡Tonto! ¡Tómala por amante!

            Hubert pertenece a los secundarios Cómicos, con el rey Stefan y a un Trovador anónimo, gracias a una de las escenas menos necesarias para la trama y más agradecidas por el espectador. Los dos soberanos esperan que termine el día previo al dieciséis cumpleaños de Aurora, cuando la maldición quedará anulada. Dispuesto a levantarle el ánimo a su viejo amigo, Hubert descorcha una botella de vino especial para la ocasión y, mientras brindan y cantan, el bardo se las arregla para escamotearles casi todo el vino. Luego, por un comentario inocente de Stefan, ambos se enzarzan en una pelea de comida que les lleva a declararse la guerra, hasta que, justo cuando parece que estamos en una obra de los Hermanos Marx, recobran tristemente el juicio y se echan a reír. Es el único momento en que Stefan cae bien y, si no fuera por la igualdad de rangos, recordarían al Rey y al Gran Duque de La Cenicienta, aunque estos eran más graciosos:

            Son, sin embargo, las Hadas Buenas, Flora, Fauna y Merryweather las, al tiempo, Cómicas y Protagonistas de la obra. Ellas llevan el peso de la trama: ellas dan los dones, ellas contrarrestan la maldición, ellas planean cómo proteger a la Princesa, ellas la esconden, ellas rescatan al Príncipe (es una de las ironías de la obra que más me gustan), ellas derrotan en verdad a la Villana en el enfrentamiento final. ¡Todo lo hacen ellas! Y todo mientras discuten entre sí, como lo que son, tres entrañables solteronas, sin pizca de amargura, dos tozudas, una sosegada, logrando así un peculiar equilibrio que proporciona simpáticos diálogos y enfrentamientos (¿El vestido azul? ¿El vestido rosa?).

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            Si las Hadas Buenas son las Protagonistas Cómicas, Maleficent es la Protagonista Malvada. Hasta ella, ningún villano de Disney, ni siquiera la Reina de Blancanieves, había alcanzado tal grado de preeminencia. Cuando se menciona esta película, primero se piensa en Maleficent, luego en las Hadas y después, en todos los demás. El título de Emperatriz del Mal sería absurdo fuera del mundo de Disney, donde hay monstruos mucho más perversos, pero, dentro de esos límites, Maleficent está, en mi opinión, legitimada para proclamarse tal.

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            ¿Quién es Maleficent? Sus poderes y su apariencia podrían hacernos pensar que es una hechicera humana, pero eso sería erróneo. En el cuento original, a la presentación de la Princesa eran invitadas una legión de hadas. El equivalente de Maleficent era la única no invitada. Yo estoy convencido de que la villana es de la misma naturaleza que las Hadas Buenas, sus rivales (hay indicios de una vieja y enconada enemistad) y, si actúan juntas, sus iguales. Flora, Fauna y Merryweather tienen una caprichosa inclinación por el Bien: dan regalos maravillosos al bebé sin motivo alguno y sacrifican dieciséis años de su existencia, con una estricta abstinencia de magia, para protegerlo. ¿Por qué? Porque son hadas y ése ha sido su capricho. Se encariñan con Rose y sienten estima por sus padres, pero en el fondo su bondad es feérica y, por tanto, ajena a las motivaciones humanas.

            Lo mismo, pero para el Mal, es aplicable a Maleficent. ¿Qué crimen terrible se comete contra ella? No invitarla a una ceremonia. Está claro que el Rey y la Reina conocían la fama de Maleficent, pero calcularon muy equivocadamente su reacción. No me invitáis a conocer vuestra hija. Yo la maldigo a morir y, además, os digo el día exacto, para que podáis contar cada segundo, llenos de angustia, hasta que llegue. Tras fingir sentirme confundida y avergonzada al no comprender que la invitación no llegó porque no era bien recibida.

            Pero este hada maligna no se queda luego de brazos cruzados. Despliega una considerable energía para lograr su propósito, pese a ser secundada por ineptos, excepción hecha de su cuervo. Y, cuando al fin triunfa, no se duerme en los laureles, sino que atrapa al Príncipe y lo encierra en sus calabozos. De haberlo matado, su victoria hubiera sido pragmáticamente completa. Pero estéticamente nos habríamos perdido una de los grandes momentos de Maleficent y uno de los más interesantes de su psicología. Las Hadas Buenas han logrado infiltrarse en la Montaña Prohibida. Siguen a su enemiga, quien abandona las celebraciones de sus secuaces para descender a la celda del Príncipe. Y allí se le concede uno de los soliloquios más sarcásticos que Disney otorgara nunca un Villano:

            Aquí tenemos una pista de las motivaciones de Maleficent. ¿Para qué encerrar a Phillip, que es el único que puede desbaratar su venganza deliciosamente desproporcionada? Por puro sadismo. Por gozar de su triunfo. Para tener a un reino muerto en vida y a un Príncipe heroico languideciendo, consumido por el qué podría haber sido. De ahí mostrar a la amada de Phillip, revelándole que es la misma muchacha por la que perdió la cabeza hace unas horas, y profetizarle su “glorioso” futuro, como sombra de lo que, conforme a los cuentos, él debería haber encarnado. Nadie se burla de los tópicos de los cuentos (que han sido popularizados en su versión más sentimentaloide por Disney) con más malicia que esta Malvada disneyiana, en un arrebato de júbilo que parte del público, sin duda, comparte.

            Así, Malficent no está gobernada por pasiones como la vanidad (pese a que los dibujantes quisieron otorgarle un atractivo frío y algo reptiliano), la ambición social o las ansias de inmortalidad, como las Madrastras. Maleficent no codicia el poder (ya tiene su propio dominio), ni siente rencor, envidia o celos. La falta de invitación no es más que una excusa para dar rienda suelta a su perfidia. Ella se dedica al Mal, porque tal es su naturaleza, absoluta y sin fisuras. Esto podría convertirla en un ser plano pero posee el raro carisma negativo que caracteriza a los Malvados supremos de la Literatura, Yago y Edmund. Maleficent está muy por debajo de ellos en la jerarquía del Mal, pero es lo más cercano a su nihilismo negativo que hay en Disney, aunque tanto Yago como el bastardo de El Rey Lear son mucho más complejos y varían a lo largo de sus obras, mientras la hechicera féerica permanece idéntica desde el principio hasta el final.

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            Este sádico gusto por causar el mal a los demás es su única pasión, que la obsesiona hasta el punto de jugarse cuanto posee por atormentar a Aurora, Phillip, parientes y súbditos anónimos. Una pasión por el juego, por el control sobre las vidas de otros, por el puro deleite de atormentar. De entre todos los villanos de Disney, sólo ella está en el camino del Juego, de la Guerra Perpetua. Si esto no es merecedor de admiración, no sé qué lo será. Y quieren que la interprete Angelina Jolie… no hay respeto.

enero 14, 2013

Las Madrastras

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:15 pm
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            Las generaciones que crecimos con las películas de Disney (o sea, casi todas, desde los años cuarenta, en Occidente y parte del extranjero), gracias a ellas antes que a los cuentos, aprendimos a temer (o apreciar) una palabra: Madrastra. Pronúncienla en voz alta. Por una vez, admito que el inglés cede. Stepmother es inquietante, pero Madrastra… parece una invocación a algún demonio.

            No todos los grandes villanos de Disney son Madrastras, pero todas las Madrastras de Disney son grandes villanas. Si no me falla la memoria, son tres. Dos clásicas, la Reina de Blancanieves y la Madrastra de Cenicienta, lady Tremaine. Una muy reciente, Madre Gothel, de Enredados (Tangled).

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            Empecemos por la primera. Y es la primera en todos los sentidos: la primera malvada del primer largometraje de animación de la Disney. Es, encima, Reina, Madrastra y Bruja. Diantre, es como una Trinidad maligna en un solo frasco. ¡Toda una oferta para las Fuerzas del Mal!

            Blancanieves y los Siete Enanitos (manía infame de ponerle diminutivos a todo; eso sólo se le consiente a Flanders) posee ya casi todos lo elementos de Disney: está basado en una historia preexistente, tiene canciones (aunque poco importantes para la trama) y a las tres castas de personajes. La Pareja es totalmente secundaria. El Príncipe Azul sale sólo un par de veces y nadie se acuerda de él hasta que llega la escena del beso resucitador. Es un estupendo Príncipe de Disney: casi no habla y carece de peso. En cuanto a Blancanieves, aún no sé por qué el cazador de la Reina no le arranca el corazón en su momento. A mí me gusta mucho más la vicealcaldesa de Villa Fábula que se sacó Bill Willingham de la manga; es de armas tomar.

            Son, por tanto, los Enanos, como Cómicos, y la Reina y su Espejo, como Villanos, los que merecen recuerdo. Los siete Enanos tienen las mejores secuencias: la mina, con el conocidísimo “Hi-Ho”, la primera vez que se enfrentan a un baño o la noche que pasan apelotonados en la cocina. Gruñón, Doc y Mudo, son los más recordados y los únicos que poseen cierta personalidad además de la asociada a su nombre (los demás sólo son eso, lo que dice su nombre). Gruñón, por ejemplo, es uno de los responsables de un arquetipo ya sobado: el tipo huraño, cínico y mordaz que oculta un corazón de oro. Pfff.

(Enanos; Reina; Espejo; ni rastro de Blancanieves… ¡Todo bien!)

            La Reina. Y el Espejo. ¡Vaya pareja! La película no se anda con tonterías: la primera secuencia es de ellos. La hechicera que tiene esclavizado a un espíritu poderoso, clarividente. El Espejo siempre me ha intrigado. De cuando en cuando me entran tentaciones de usarlo en algún relato, porque siempre he tenido la vaga sospecha de que su rol subalterno podía ser una máscara (su cara es una máscara, vaya) de un manipulador muy oscuro. La Reina sólo emplea sus poderes de conocimiento para saber si sigue siendo la más hermosa. ¿No sería simpático que el Espejo hubiera enloquecido a su supuesta ama, hasta volverla una narcisista celopática? ¡Porque el Espejo tiene la vida y el destino de casi todos los personajes en sus respuestas!

            Aun en ese supuesto de mi imaginación, la Reina seguiría siendo grande. Su motivación para el Mal es muy egoísta y un poco triste, pero sus medios son respetables. Las escenas de hechicería son de lo mejor de la animación de la película. Y ella tenía además la voz de Lucille La Verne (la Reina carece de nombre, pero no me digan que ése no le vendría como anillo al dedo), toda un estrella en su día, ahora completamente olvidada. Sólo su final me indigna: engañar a Blancanieves no parece muy complicado, aunque la escena se salva por el goce sádico de la Reina, convertida en vieja, al verla “morir”, sabiendo que la van a enterrar viva. ¡Pero escapar de siete enanos! ¿No podía haber llevado un embrujo de emergencia? Su muerte sabe a poco. Cuando está apunto de aplastar a los enanos con una roca, un relámpago sospechosamente justiciero la manda al abismo. Créanme: la muerte del cuento es mucho, mucho, mucho más interesante.

            Lady Tremaine no es Reina, aunque sí una gran señora; no es Bruja, pero es una malvada de cuidado. La Reina siente celos de la belleza de Blancanieves. Lady Tremaine teme que las virtudes de su hijastra Cenicienta obstaculicen los planes que tiene para sus propias hijas. Hemos perdido la hechicería a cambio de ganar un cálculo gélido. Ni tan mal.

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            En La Cenicienta hay muchos paralelismos con Blancanieves. La Parejita sigue siendo irrelevante (sí, Cenincienta cae algo mejor que Blancanieves, por conformista y poca cosa que sea; el Príncipe sigue siendo una nada que no estorba), y hay cómicos: los ratones enfrentados al mezquino gato “Lucifer” (mezcla de malvado secundario y cómico) y, por supuesto, la pareja formada por el Gran Duque y su irascible señor, el Rey, empeñado en ser abuelo y en decapitar a su servidor si no lo consigue. Y la Madrastra, de Gran Villana.

            Con la voz de Eleanor Audley (quien también le dio voz a otra grande del Mal, Maléfica, a la que ya encontraremos), y un rostro, siempre lo he creído, tomado prestado a Bette Davis, esta dama aristocrática, manipuladora, de exquisitos buenos modales, cargada con dos hijas feas y estúpidas que no merecen semejante madre, es un personaje poderoso; sólo tiene que levantar una ceja o sonreírse levemente para convertir en piltrafa al resto del reparto. Confieso mi orgullo filial cuando mi madre dice de cuando en cuando que es su personaje favorito de Disney.

            Hay pocos malvados que despedacen de una manera tan deliciosa a su rival como lady Tremaine. Finge ceder ante Cenicienta, permitiéndole ir al baile si acaba sus tareas y logra un vestido adecuado. La carga de trabajo para evitar que lo consiga. Y, cuando con la ayuda de sus amigos animales, la insolente hijastra se atreve a aparecer con un vestido aceptable, le bastan dos segundos de delicadas observaciones para azuzar a sus hijas como perros, que lo destrozan, dejando a la protagonista con mil toneladas de falsas esperanzas sobre la espalda. ¡Magnífico! Claro que llega el Hada Madrina a arreglarlo, pero esa vieja alegre me cae bien, así que se lo perdonamos.

(Good Night…)

            Oh, pero los dos segundos más terribles de esta malvada no han llegado. Cuando, después del baile, de la calabaza y de todo eso, el Rey manda al Duque a la caza de la misteriosa desconocida de los zapatos de cristal, cuando se lo comunica a sus hijas, cuando Cenicienta lo oye y, sabiendo que es ella y que es cuestión de tiempo irse para siempre con su amado, se deja llevar por la ensoñación, cuando las hermanastras, como de costumbre, no entienden nada y berrean… ¡Ah! Con un seco, “¡Silencio!”, corta los gritos, y fija su mirada en la joven que se va bailando… dos segundos, dos segundos en los que todo se oscurece y los ojos de la dama, amarillos como los de un gato, taladran a aquella inocente muchacha. Toda la malicia e inteligencia de lady Tremaine están en esos dos segundos, que le bastan para entender, para decidir qué hacer, para sepultar en vida a esa pobre tonta enamorada.

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            Pese a todos sus recursos, y pese a su último y meritorio esfuerzo, pierde el juego. Y aquí me alegra que Disney no haya sido fiel al original. Porque lo que le hace el Príncipe a la Madrastra en el cuento… Me niego a que alguien como lady Tremaine acabe así.

            Madre Gothel no supera en estilo y dignidad a lady Tremaine. Sin embargo, como villana es una de las más astutas e interesantes que he visto en Disney. Enrededados tiene pocas canciones (aunque la de la taberna de los criminales es simpática), algunos cómicos (el caballo medio javertiano, Máximus, es uno de sus puntos fuertes) y otra parejita cansina. Bueno, en la primera media hora Rapunzel y Flynn Raider, un homenaje medio burlón a Errol Flynn, son bastante aceptables. Curioso, eh, que sea cuando empiezan a actuar como pareja cuado pierden toda la gracia. Aunque sea eso lo que conceda a Gothel su mejor momento.

            Mientras la Reina siente celos de Blancanieves y Tremaine ve en Cenicienta un obstáculo, Gothel tiene en Rapunzel algo mucho más interesante: la fuente de su inmortalidad. El cabello de la princesa, mientras no se corte, tiene propiedades maravillosas; Gothel lo necesita para ser siempre joven, para dar esquinazo al tiempo. Así que secuestra a Rapunzel cuando es un bebé. Y aquí tiene una idea genial.

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            Rapunzel vive encerrada en una torre perdida, oculta del mundo. Y ella es una prisionera. Pero no hay cadena, ni hechizo, ni guardia que la retenga. No, no, lo que mantiene a Rapunzel en su jaula es un cuidadosamente torcido amor hacia Gothel. Esta villana utiliza hábilmente el chantaje emocional: ¡Claro, puedes irte por ahí, a vivir aventuras, a ver el mundo, a ser feliz, si no te importa dejar sola, abandonar a tu pobre madre! Y Rapunzel, durante dieciséis años, bajo el peso de este amor castrante y de la culpa, obedece.

            ¡Es un plan brillante! Gothel no siente más que cierto desdén por la princesa, pero mantiene la máscara de madre amante, posesiva. Su error, claro, es el exceso de confianza. Convencida de que tiene a la cría en un puño, no calcula que la curiosidad de Rapunzel por el mundo será más fuerte que los remordimientos (aunque le cuesta esfuerzo, en una graciosa secuencia bipolar, sobreponerse a ellos). Cuando se percata de su error, entra en pánico.

            Claro que es en los momentos de crisis cuando una mente sagaz da lo mejor de sí. Gothel podría haberse plantado ante Rapunzel y haberla engañado, o, incluso, usado la fuerza para llevársela. Sin embargo, con una astucia digna de alabanza, ve la oportunidad de quebrar para siempre la voluntad de su rehén. Y es el enamoramiento de Rapunzel y Flynn lo que le da la oportunidad (no he encontrado un video de mejor calidad):

 ¡Así que crees que ese mozalbete tan apuesto te quiere! ¡A ti! Pobrecilla, qué tienes tú para que nadie, salvo tu bondadosa madre, te quiera. ¡Si tú eres una mediocridad! Muy bien, ve con él. Y cuando te abandone porque ya ha conseguid lo que quiere, vendrás llorando. Basta una emboscada, un engaño con la niebla y la distancia como herramientas y éxito completo: Mención Honorífica entre las manipulaciones que he visto o leído.

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            Claro que, como esto tiene que acabar bien, Rapunzel recuerda por fin su secuestro; la escena de evocación merece un sobresaliente en “Atajos de guión para que las cosas nos cuadren como sea 101”. Santo cielo. Gothel es finalmente derrotada de un modo que cualquier espectador había previsto con media hora de antelación, dejándonos sin nada aprovechable (los diez últimos minutos de la película son un crimen diabético). Pero ella ha supuesto una hábil vuelta de tuerca y merece un puesto entre las Madrastras.

            Nos esperan otros villanos, sí, pero imaginen lo que estarán maquinando, las tres juntas, en el Club de Bridge del Infierno…

enero 7, 2013

Los Malvados del malvado señor Disney

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:26 pm
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            Mucho antes de que forjara una alianza a veces inestable con Pixar (y ella nos diera películas entre lo respetable y lo genial), la factoría Disney tenía imaginación, además de dinero. Y, aunque la inevitable imagen colectiva ante la palabra “Disney” sea un mundo de hipócrita felicidad rosa, con princesitas y pasteles, llena de simplicidad moral y de cursilería, y aunque haya buenos motivos para ello, tampoco hay que condenarlo de un plumazo.

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            No se puede despreciar impunemente a Disney. Como el señor Morán dijo una vez, con ojos redondos, enormes y llenos de lágrimas emocionadas, después de ver un espectáculo de luces y agua, esa gente tiene magia en cajas (hay testigos de esta confesión, bajo nombres falsos y en localidades secretas, para su protección). Gente que gestó en los años cuarenta algo tan arriesgado como Fantasía (hoy sigo considerándola una de sus mejores películas, si no la mejor) se merece, por lo menos, que levantemos un poco el sombrero ante su paso.

            Si bien con muchos matices y grandes excepciones, las películas del señor Walt Disney y sus sicarios poseen tres grandes grupos de protagonistas.

            El primero es el prescindible: la Pareja Protagonista. Casi siempre hay una, el Héroe y su Amada. Bueno, en realidad bastantes veces son la Heroína y su Amado, quien apenas aparece, lo cual es de agradecer. Un coñazo de gente. Son todos casi iguales, copan demasiado tiempo de pantalla, nos martirizan con canciones de pseudoamor y es fuente constante de desconcierto para mí que siempre acaben ganando.

            En segundo lugar, los Cómicos, habitualmente compañeros o aliados de la parejita. Un grupo delicado: si dan la talla, salvan la película; de lo contrario… Son los secundarios, que en películas de carne y hueso siempre se conceden a actores de reparto, bastantes veces, mucho mejores que los actores principales. Es curioso que los guionistas derramen casi todo su ingenio en los secundarios, mientras dejan a los principales como unos tipos sosos y planos. Será que es más seguro crear un ser sarcástico, excéntrico, loco o cómico y ponerlo un paso por detrás. También es cierto que esta idea del Héroe y su criado bufonesco es más vieja que el teatro barroco. Shakespeare y Cervantes jugaron con ese tópico hasta extremos nunca antes vistos.

            Y, por último, los Villanos.

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             Siempre malévolos, pueden, o no, tener una naturaleza también parcialmente cómica y, en ocasiones, hasta ridícula. Pero son los que, sobre todo en determinada etapa de la Disney, mantenían el tipo. Y son sobre los que aquí más vamos a hablar. Porque cuando recomendaba con entusiasmo moderado (si no lo hubiera moderado, el artículo hubiera consistido en una concatenación de exclamaciones, aspavientos y risas entrecortadas muy poco digna) How to train your dragon advertí que allí no había villano, que no me molestaba; y que eso era la excepción. Porque a mí me encantan los Villanos.

            Creo que se pueden dividir en etapas claras estas películas de animación. La primera, desde Blancanieves hasta Basil of Baker Street. Es la etapa más larga, la que vamos a llamar “clásica”, la más variada y en la que la rígida clasificación que he mencionado se aplica con mayores dificultades. Después, la segunda, donde la estructura era la reina, desde La Sirenita hasta cierto predominio de Pixar, quien ya se había manifestado, contundentemente, con Toy Story. Bendito predominio.

            Pues bien, si no tienen nada mejor que hacer, vamos a echar un vistazo a algunos malvados que pueblan estas etapas. Nada de respeto por la cronología, mezclaremos etapas como mejor nos convengan. Veremos si así se confirma una tesis de fondo: que el maniqueísmo simple tiene sus ventajas. Te carga con buenos buenísimos e insufribles; pero, a cambio, te da encarnaciones del Mal con sonrisas llenas de colmillos.

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            Qué cosas que el señor Disney supiera tan bien plasmar al Mal Absoluto. Como si lo conociera de primera mano, casi.

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