Con un vaso de whisky

julio 22, 2016

Hundidos en el Pozo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:22 pm
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            Nunca dejarás Harlan con vida era la sentencia inexorable que traspasaba las temporadas de “Justified”. Y aun cuando en ocasiones Rylan Givens o Boyd Crowder parecían estar rozando el pomo de la salida, terminaban arrastrados de vuelta al condado implacable de Kentucky, igual que sus aliados, amigos o adversarios. Cambien Harlan por Birmingham, por la parte más tenebrosa de la ciudad, y en igual situación está Thomas Shelby.

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            La huida del Pozo es la constante en las por ahora tres temporadas de esta magnífica serie (revisé aquí la primera y aquí la segunda). Thomas, Polly, Arthur, Grace, Campbell… de un modo u otro, todos trataban de escapar de pozos interiores o del gran Pozo. Todos fracasan. En este sentido, hay un cierto parecido entre “Peaky Blinders” y “The Wire”. Los habitantes de Baltimore, como los de Birmingham, son libres hasta cierto punto, pero sólo hasta cierto punto. La irónica pregunta de Lenin sobre las libertades formales de la clase obrera (Libertad, ¿para qué?) no es impertinente ni en Baltimore ni en Birmingham. La herencia social y familiar, la clase social y, también, sin duda, las propias decisiones, forman una malla que es muy difícil de romper. Mister Solomons, ese hallazgo de personaje (¡qué actorazo es Tom Hardy!), se lo recuerda a Thomas Shelby como si fuera un profeta del Antiguo Testamento, aunque usando una cita del nuevo: quien a espada vive, a espada morirá. Otro día, si quieren, discutimos por qué este aforismo evangélico es más bien una astuta defensa de la no violencia, más que una apología de la pena de muerte, como han querido ver muchas personas, sin duda muy razonables en otros aspectos de sus vidas.

            Desde el punto de vista formal, esta tercera temporada de “Peaky Blinders” no mantiene lo logrado anteriormente: lo supera. Escena tras escena, secuencia tras secuencia. Fotografía de matrícula de honor. Encuadres de matrícula de honor. Banda sonora de matrícula de honor. Parece a ratos que cada fotograma es un cuadro. La dirección y las actuaciones son, como siempre, excelentes. La trama y el desarrollo de personajes tienen, como siempre, mucho que escutar. Vamos con ello.

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            Al finalizar la segunda temporada, Thomas puede sentirse bastante seguro de su posición. Cuando comienza la tercera temporada, desde luego, parece que el imperio de los Shelby nunca ha sido más fuerte. Se podrían hacer paralelismos justos entre don Vito Corleone y Thomas, aunque también con Michael Corelone. Thomas, seguramente, es al tiempo Vito y Michael. Sus redes criminales son indiscutidas en su ciudad y se extienden hasta Londres, donde mantiene una tregua con las facciones que tanta guerra le dieron en el pasado. Tiene a la mujer que ama y, como anunció, se va a casar con ella. Es saludado por la sociedad bien de Birmingham, la Policía responde ante él, los servidores públicos se inclinan ante su paso, controla los negocios ilegales y legales. Es el amo. Cualquiera diría que ha ganado la partida.

            Pero Shelby debe su vida a Mr Wiston Chruchill. Y aunque los conservadores ya no estén en  Downing Street, los servicios secretos de Su Graciosa Majestad tienen apéndices oscuros. Y Thomas Shelby les será de utilidad.

            A partir de aquí, spoilers.

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            Esta tercera temporada se parece bastante, en cuanto a estructura de trama, a la primera. Como en aquella, hay un interés común a varias facciones y los Shelby están en el centro de la madeja. Los soviéticos, los rusos blancos en el exilio y los siniestros Odd Fellows, una especie de para-espías ultraconservadores, decididos a continuar la guerra subterránea contra la Unión Soviética, pese a que el Gobierno del momento no esté por la labor. Como en aquella, Thomas tiene que danzar con todas las facciones, tender redes, mover hilos, servir a unos y a otros, mientras en realidad sólo se sirve a sí mismo.

            Hay un detalle significativamente distinto entre la presente temporada y las previas: la ausencia de un antagonista principal. Cierto que había en aquellas y hay en esta múltiples adversarios. Pero tanto en la primera como en la segunda, el despiadado Inspector Campbell era el enemigo número uno, tanto pragmática como dramáticamente. La lucha a muerte entre Thomas y Campbell, en una relación de enemigos íntimos donde no había cabida para ningún respeto mutuo, era uno de los elementos que más me gustan de los doce  primeros capítulos de la serie.

            Campbell, sin embargo, cayó muerto en efecto por los disparos de Tía Polly, así que no tenemos a Sam Neill para darle la réplica a Cillian Murphy. Su plausible sustituto sería el Padre Hughes (Paddy Considine). Podría haber sido un villano de respeto (asumamos que Thomas es un héroe-villano, moralmente reprobable, pero seductor e irresistible en su carisma negativo). Desde luego, este cura y la organización a la que pertenece ponen en serios aprietos a Thomas. De hecho, nunca había visto a Shelby tan cerca de la derrota, de la ruina, no sólo como poder fáctico, sino interior: en los últimos capítulos, Thomas está desquiciado, recibiendo golpes de todas partes. Y si bien logra derrotar a sus enemigos, la victoria es más bien pírrica.

            Con todo y con eso, no pasará el Padre Hughes a mi lista de antagonistas memorables. Con ciertos cambios de detalle, hubiera podido ser una suerte de Gatehouse, a primera vista un hombre sombrío y discreto que en medio segundo pasa a convertirse en un Poder de las Tinieblas. Pero se quedó en un malo de segunda fila, pese a ciertas escenas poderosas, como ese perverso y falso acto de contrición que fuerza a recitar a Thomas en una cena. Incluso la clara insinuación a que se trataría de un pederasta me sonó artificioso, más un cliché (dramático, entiéndaseme y no se saquen de contexto esta afirmación) que un rasgo definido que hiciese más perverso, repugnante u odioso al personaje. Aparte que dicha insinuación se hace en referencia a Michael, el hijo de Polly, un tipo extraordinariamente cansino que sólo tuvo su gracia como instrumento para explorar a su madre y que ha sobrevivido a toda utilidad.

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            La otra facción adversaria, los rusos blancos, es más pintoresca. Más que blancos, se puede decir, como en “Casablanca”, que son rusos locos. Los Odd Fellow son despiadados y eficaces. Los rusos son crueles y están como una manada de cabras, como puede atestiguar el agente de los Shelby en sus filas. El duque es un cero a la izquierda. La duquesa y su hija son otra historia. Sobre todo, la hija, la Princesa Tatiana. Sus juegos sádicos, eróticos y psicológicos, con Thomas son lo más perturbador de esta temporada. Thomas tiene un laberinto por cerebro y en los aspectos emocionales resulta un personaje muy interesante: un hombre traumatizado por la guerra, ferozmente leal a su familia, como cabeza de la misma, con una capacidad de amar custodiada por su raciocinio implacable que ha sido, parece, devastada de una vez para siempre en esta ocasión. Y es ahí donde Tatiana ataca: golpea en ese amor dolorido para tratar de destruir la razón y arrastrar a Thomas a un caos enloquecido. En la noche que pasan juntos en la casi vacía mansión de Thomas o en la orgía chiflada en la casa de los aristócratas parece a ratos que lo consigue. Pero Thomas, autocrático, no permite que nadie tenga tanto poder sobre él y logra sobreponerse, por muchas cicatrices que la lucha le suponga.

            Porque Thomas encuentra apoyo en la familia. Se lo dijo a Campbell, en una de sus envenenadas conversaciones. A la muy sagaz apreciación del policía (Odiamos a la gente y, a cambio, la gente nos odia. Y nos teme. [… ]Los hombres como nosotros, señor Shelby, siempre estaremos solos. Y el amor que consigamos, tendremos que pagar por él) replica con un casi orgulloso Olvida, Inspector, que tengo a mi familia. Esa familia que quizás ya no sea tal. La base del poder de Thomas se está resquebrajando.

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            Grace, el amor de su vida, le es arrebatado. La muerte de Grace fue una sorpresa. Hunde a Thomas en una tenebrosa melancolía que tiene su importancia en el desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, no me desdigo de mi opinión cuando vi reaparecer a la ex espía en la anterior temporada: creo que Grace debería haber muerto a manos de Campbell. Hubiera sido una muerte más redonda, con implicaciones mayores para ese triángulo trágico, más devastador para todos. El fantasma de Grace, y eso se ha demostrado este año, ha resultado más poderoso que la Grace viva, más allá de la primera temporada. También es verdad que, por estar viva al principio, pudimos ver la boda con Thomas, una de las mejores bodas de televisión o el cine.

            ¿Y qué pasa con el núcleo familiar? Arthur se está alejando. Vaya personaje, el de Arthur. Ha pasado de rencoroso hermano mayor ante un hermano más joven, inteligente y hábil que él, a perro fiel y, por fin, a recorrer el tortuoso camino del arrepentimiento. ¿Recuerdan la terrible escena en la que la madre de una de sus víctimas le escupía todo su desprecio? Arthur se arrastra tratando de escapar del Pozo. Pero la familia le impone obligaciones y, aunque desgarrado por dentro, Arthur cumple, por devastadoras que sean las consecuencias. John, más simple, también empieza  dar señales de rebeldía. Michael, el cansino, no se resigna a su papel a lo Tom Hagen (sería tentador aunque inexacto ver a Arthur y John como los Sonny y Fredo de los Shelby) y se empeña en meterse en la parte turbia de los negocios, lo que causa tensiones con el otro gran cerebro de los Shelby, la Tía Polly.

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            Y la Tía Polly también trata de salir del Pozo. Lo intentó ya a través de su hijo perdido y encontrado. Pero ahora ve que lo está perdiendo de nuevo, tal vez por tratar de agarrarlo demasiado fuerte. Así que busca otra salida en el amor de un hombre ajeno a su mundo, un amor que es, o tal vez no, sólo un espejismo y que la hunde de nuevo en el Pozo. Thomas sabe clavar el cuchillo hasta la empuñadura cuando quiere y con Polly además, retuerce la hoja en la herida. Sólo con Ava, la Shelby que está pero a la vez no, la única que ha logrado medio escapar, aunque no del todo, veo a Polly en paz y tranquila.

            Hablando de las mujeres Shelby, qué lástima que esta temporada haya desaprovechado una línea argumental muy sugestiva. Hubiera visto con mucho gusto la reacción de los hombres Shelby, no muy brillantes más allá de Thomas, ante una rebelión sufragista en sus filas. Porque las mujeres (Esme aparte) de esta familia son considerablemente más inteligentes y resolutivas que los varones; como repite Tía Polly, ellas mantuvieron el negocio durante la Guerra y ya me gustaría ver cómo se las arreglaba incluso Thomas sin ellas. El momento en que Polly, Linda, Esme y Lizzie salen a unirse a la manifestación feminista es grande. Merecía más desarrollo. Ojo a Lizzie, además, a su cambio de mujer despreciada en un inicio a trabajadora discreta, con un gesto de enorme dignidad en la última escena del último capítulo, al rechazar, con fría rabia, el dinero con el que Thomas está comprando a toda su familia.

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            Y así llegamos a ese final. Menudo final. Un final muy Michael Corleone. Sí, Thomas, ha derrotado al Padre Hughes y se ha librado de los rusos. Pero los Odd Fellows son poderosos y para protegerse de ellos, Thomas, el jugador reptiliano, tiene que pactar. Y este pacto, esta vez, arrastra a su familia. Tal vez, no lo dudo, Thomas haya elegido el menor de los males posibles. Tal vez, no lo dudo, haya protegido su familia como ha podido. Pero esa última conversación familiar olía a disolución. Y la abrupta irrupción de las consecuencias del pacto deja a Thomas solo. Completamente solo. Campbell estará riéndose en el infierno.

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            El Pozo no deja escapar a sus moradores. Y nosotros, desde luego, volveremos a él, hundidos con Thomas hasta el cuello.

 

julio 1, 2016

El dolor de estar triste

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:44 pm
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            Victor Hugo escribió que la melancolía es el placer de estar triste. Cita romántica donde las haya, permite rebatir a aquellos que consideran a “River” una serie melancólica o, incluso, romántica. Porque esta obra, en apariencia policíaca, es una obra sobre la soledad, la tristeza y el dolor.

WARNING: Embargoed for publication until 10/11/2015 - Programme Name: River - TX: n/a - Episode: River (No. Ep 6) - Picture Shows: **STRICTLY EMBARGOED UNTIL 00:01HRS, TUESDAY 10TH NOVEMBER, 2015** John River (STELLAN SKARSGARD) - (C) Kudos - Photographer: Nick Briggs

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            Abi Morgan, su creadora, había mostrado ya su capacidad para mezclar con gran inteligencia desarrollo psicológico de personajes, relaciones interpersonales y tramas de intriga en la estupenda “The Hour”, que les recomiendo con grandes gestos de entusiasmo. En “River” se olfatea ese talento, aunque, esta vez, el grueso de la apuesta está en la psicología de los personajes. En especial, en el protagonista absoluto, el Detective Inspector John River.

            La trama de investigación policíaca no deja de ser interesante, desde luego. Pierdan cuidado, no haré spoilers de la misma. Resulta obvio, no obstante, que es instrumental: a través del caso, River aprende más de quienes le rodean y de sí mismo; los espectadores, cómplices del inspector en esta disección propia y ajena, hacemos lo propio, con un cierto regusto de voyeur espiritual.

            Confieso que empecé a ver la serie con cierta sospecha. Lo poco que había oído y leído me recordaba en exceso a “Luther”, a “House, M.D.” o al mismo Sherlock Holmes, en cada una de sus encarnaciones. No cabe duda que hay determinados puntos comunes. Quizás la serie a la que más se acerque sea “Luther”. No obstante, hay considerables diferencias. La más importante es esta: el combate en las otras series es siempre en el exterior, sea intelectual puro, en el caso de Holmes o House, sea emocional y psicológico, en el caso de Luther. Sus enemigos, sus adversarios, sus monstruos, están, principalmente, fuera. River tiene el campo de batalla dentro del cráneo.

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           Stellan Skarsgård está inmenso. Es preciso un gran actor para coger un buen guion y sortear las trampas de lo trillado que pueda contener. Lo consigue. Una de las señas del buen actor es lograr dar vida a un personaje impasible. River es introspectivo, callado, taciturno. Un actorzuelo pondría cara de palo. Skarsgård sabe que con un movimiento de labios, una breve risa, una mirada que refulge de súbito o se apaga de repente, que se inyecta de dolor o de anhelo, se arma un personaje complejo, vivo, humano. ¡Qué habilidad!

              River está rodeado de gente, pero se siente y cree solo. Es de hacer notar que, al lado de tipos bastante miserables, la serie ofrece un ramillete de personas decentes. La compasiva Doctora Fallows, la decidida superior de River, Chrissie, incluso en el más bien antipático Marcus MacDonald (a quien reconocerán los visitantes de los Siete Reinos de Poniente) se aprecian móviles decentes. Por supuesto, el sufrido Detective Sargento Ira King, con más paciencia que un santo con River, o su esposa, quien sólo aparece en una escena, y a la que, si la serie continúa, espero le den algo más de papel.

          Con todo y con eso, River se siente asilado. Más aún en Londres, ciudad inagotable, maravillosa, que también puede ser hostil, alienante y suponer la destrucción del individuo. El asilamiento, de estar lejos de la propia tierra, de la propia familia, de ser un apátrida, de no ser aceptado en la tierra de asilo, es otra faceta del gran tema de la serie.

           Poco sociable como es (“Si te sientes solitario cuando estás solo, estás en mala compañía”, dice en una ocasión), no es un misántropo ególatra y sarcástico, ni un sociópata, ni un arrogante gélido. La capacidad de compasión, de empatía, que tiene River es inmensa, pero carece de medios para canalizarla. No posee esclusas para dar salida a sus emociones, sino que las mantiene contenidas en una presa. Eso se cobra su precio. River tiene sus paralelismos con Stevens, el mayordomo impecable de “Lo que queda del día” y, como él, está al borde de la desolación afectiva.

            Lo que tiene Rivers y no tiene Stevens es una legión de compañía perpetua. Sus visiones. Es una decisión inteligente de la serie dejar desde el principio claro que no se tratan de manifestaciones sobrenaturales y que River tiene perfecta comprensión de que no son reales. Pero ahí están. Y hablan con él. Las víctimas de sus casos, que le interrogan y le hacen rumiar las pruebas hasta que el rompecabezas se resuelve (nunca con triunfalismo, siempre con tristeza). Stevie, con la que tantas conversaciones paralelas mantiene, para creciente desesperación de Ira. Y con la que tiene una de las cenas, rematada con baile, más hermosas y emocionantes del cine o la televisión.

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          Claro que dentro de la cabeza, en el sueño de la razón, acechan monstruos. Y el de River toma la faz del infame Doctor Thomas Neill Cream, asesino victoriano, al que presta forma el actor Eddie Marsan, con un aire de trasgo diabólico muy apropiado. Manifestación de las zonas más tenebrosas de su mente, no dialoga con River, monologa. Porque el inspector rehúye hablar con él, no le responde. Igual que el padre Merrin, en “El exorcista”, advertía al padre Karras que no debía entrar en discusiones con el Diablo, River no se enfrenta dialécticamente a su demonio; tal vez intuye que para derrotarle en ese tipo de combate, tendrá que mostrarse tan acerado, tan malévolo como él. Al fin y al cabo, no deja de ser parte del mismo River. El policía se muestra capaz de destruir verbalmente, con perverso placer, a quienes le rodean en esa reunión de sus semejantes. Aunque, al momento, se sienta confundido y avergonzado por la valiente reacción de su psicóloga.

         El venenoso Cream (el envenenador de Lambeth) fuerza a River a elegir uno de dos caminos para su soledad: abrazarla como una liberación, asumir la cara más oscura de su locura y lanzarse al Caos nihilista, destructivo y sádico, o congelarse en la apatía, en el sinsentido, en una podredumbre del alma y la mente, callada, estéril y agónica.

          Victor Hugo, de nuevo, dice en “Los Miserables”: Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no fuese más que a propósito de un solo hombre, aunque no fuese más que a propósito del más insignificante de los hombres, sería fundir todas las epopeyas en una epopeya mayor y definitiva. River es un hombre y la epopeya de su conciencia es la gran batalla contra el Mal, batalla que se libra en el interior del ser humano, mucho más que en el exterior, y en la que las armas son de una naturaleza peculiar y las peleas complejas, sutiles, potencialmente devastadoras. River, el que se cree solo, no lo está tanto. Aunque su mundo no sea un lugar feliz, ni quienes estén a su lado tengan vidas sin sombras, la esperanza planta cara a la desesperación. Es una epopeya que merece verse.

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febrero 9, 2016

Espionaje descentrado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:49 pm
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            Según su fiel biógrafo Boswell, el Doctor Johnson dijo en una ocasión que quien está cansado de Londres está cansado de la vida. En el mundo seriéfilo, eso es muy cierto. Londres es escenario y hogar de tantas y tan buenas series que resulta difícil no mirar con instintiva simpatía a una que nos lleve de nuevo a la gran metrópolis. Con todo, no basta sólo Londres para volver brillante una serie.

            “London Spy” transcurre en Londres y casi consigue ser brillante. Lo es en ocasiones. Pero el resultado final me ha dejado una sensación poco grata: la de estar ante una obra que podría haber sido grande y se ha conformado con ser digna. Y eso que tenía en mí a un público nada difícil. Primero, porque transcurre en Londres. Segundo, porque es una serie oscura, turbia, con trama retorcida e intrigante. Tercero, por el reparto, lleno de nombres de respeto, aun cuando varios no hagan más que un cameo. Sin embargo, cuando uno se espera un equivalente a los tenebrosos rompecabezas de Hugo Blick (de los que hablamos aquí y aquí) o a la espléndida “The Hour” (de vida demasiado breve y a la cual le debo una reseña en condiciones) es fácil que acabe algo decepcionado.

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            No deja de ser algo injusto. Porque “London Spy” tiene sus virtudes. Logra crear una atmósfera viscosa, asfixiante, casi claustrofóbica, que únicamente en el último episodio se me hizo artificiosa. En todos los capítulos hay al menos una escena brillante (me encanta la breve escena en el club de poderosos vejestorios, con la fugaz aparición de James Fox). La trama mantiene su intriga buena parte de los cinco episodios, aunque ciertas escenas parecen ser puro capricho, pistas que no meramente falsas, sino que dan la impresión de que se olvidan o dejan de lado, sin justificación ni explicación. Viene a ser una mezcla de historia de espías a lo John Le Carré y falso culpable de Alfred Hitchcock.

            Los dos actores principales son los que se comen la pantalla y justifican casi toda la serie: Ben Whishaw y Jim Broadbent. Whishaw no ha hecho aún una actuación mala que yo le haya visto. Cierto que Danny, el protagonista de la serie, es algo cansino y que no le vemos más que angustiado, torturado, asustado o desesperado. Sin embargo, uno se cree cada emoción, en cada segundo, de la interpretación de Whishaw. Broadbent, que es parte de la aristocracia dramática de Gran Bretaña, está, como siempre, simplemente genial. Sus escenas como Scottie son un placer, cada diálogo que tiene con Danny me convencía para permanecer mirando. Broadbent es un magnífico actor tanto en drama como en comedia; sabe, además, darle a sus secuencias dramáticas una cierta ironía maravillosa. El muy escaso humor de esta serie viene todo él del acento, de las expresiones o de las miradas de Scottie.

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            Entonces, ¿qué problema tengo con “London Spy”? Dos fundamentales. El primero, que cae víctima de su propia atmósfera: se vuelve tan pesada, tan oscura, tan trágica, que uno acaba por sobresaturarse y salir de la serie. No tiene esa capacidad, tan británica, de observarse a sí misma con cierta sorna; se vuelve a ratos pomposa. En “The Shadow Line”, tal vez la serie más tenebrosa que jamás haya visto, la trama era tan inteligente, los personajes tan variados y carismáticos, la dirección tan brillante, que cuanto más sombría se volvía, más la disfrutaba. Un perverso humor negro atravesaba los siete episodios. Aquí, creo yo, he visto un intento, meritorio, pero fallido. En el quinto episodio, simplemente, estuve tamborileando con los dedos en el sofá, mirando el reloj cada cinco minutos, a ver si acababa aquello de una buena vez.

            El segundo, el error en el macguffin. El macguffin o bien se deja claro que carece de relevancia o bien se le da la justa. En “Con la muerte en los talones” el macguffin es irrelevante y esa película es una obra maestra. En “The Shadow Line”, una vez más, el porqué último de la trama es tan prosaico que resulta una genialidad malévola. En “London Spy” tratan de convertirlo en la gran revelación. Y les estalla en la cara.

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            La cosa está en que, durante los dos primeros episodios, los mejores, para mí, parecía que se estaba centrando la historia en algo muy diferente y muchísimo más interesante. Todo el primer episodio se consagra a la historia de amor entre Danny y Alex: cómo estos dos extraños, de mundos muy diferentes, se conocen, se vuelven a ver y terminan siendo devotos el uno del otro. La serie se toma su tiempo, hace bien, con esta relación porque es el motor de todo. No se entienden las acciones de Danny a lo largo de la serie si olvidamos por un momento que Alex es el amor absoluto de su vida. En este primer episodio, la sombra de lo que está por llegar se proyecta, no de modo muy sutil, casi desde el primer segundo: el edificio del MI6 se alza sobre Danny al salir de la discoteca o se cierne, amenazador, tras la pareja, en su paseo por la orilla del río.

            Cuando la historia de amor se convierte en historia negra, con espías, criminales y policías, parece que la pregunta que Danny debe responder es: ¿quién es Alex? No para quién trabaja, no en qué está metido, no cuál es ese descubrimiento que ha hecho y que tiene a los Servicios de Inteligencia tan nerviosos. No. Danny trata de desentrañar la personalidad de su pareja. Encuentra respuestas muy diferentes, hasta cierto punto incompatibles entre sí. ¿Son diferentes máscaras de Alex? ¿O alguna de ellas resultará ser su verdadera cara? El espía al que hace referencia el título es Alex; debería haber sido Danny: alguien ajeno al mundo de claroscuros que se ve impulsado a escrutar, en busca no de sí mismo, sino de su otro.

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            Esta investigación de Danny resultaba mucho más prometedora. Daba espesor a un personaje, Alex, al que la interpretación de Edward Holcroft y su cara de palo no hacen muy memorable. Durante dos horas estuve ante una danza de equívocos donde no tenía muy claro quién era más astuto entre los bailarines: Danny, Alex, Scottie, la madre de Alex o los poderes en la sombra. Por desgracia, se le quitan a Alex las máscaras a toda velocidad y el único enigma que nos queda es el de su hallazgo, el del secreto que debe permanecer oculto a toda costa. Que desde luego no queda oculto para los protagonistas. Y que resulta tan pretencioso que es aburrido.

            Es lástima. Espionaje, crimen, amor y drama, con una dosis de humor dan para un cóctel de primera. Pero hay que saber dosificar y no pasarse. Esta vez, la mezcla no sabe como debería.

WARNING: Embargoed for publication until 00:00:01 on 10/11/2015 - Programme Name: London Spy - TX: n/a - Episode: n/a (No. 2) - Picture Shows:  Danny (BEN WHISHAW) - (C) WTTV Limited - Photographer: Laurence Cendrowicz

marzo 3, 2015

Leones, lobos y cuervos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:30 pm
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            “Wolf Hall” es ya una de las Joyas de la Corona de la BBC. Su primera temporada, seis horas rutilantes, bellas y serenas como gemas. Un tanto frías, en apariencia, pero con una llama en el corazón, que las ilumina. Una obra preciosista, pausada, donde las intrigas, los odios, las pasiones, son tan temibles como siempre, pero tienen la deferencia de sacarse el sombrero y hacer una inclinación.

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            Basada en las brillantes novelas de Hilary Mantel, la historia que nos narra es conocida. No en vano relata una de las épocas críticas de Inglaterra, que se engarza dentro de una de las épocas críticas de Europa. Enrique VIII, Anne Boleyn, Catalina de Aragón, Thomas More… y Thomas Cromwell. La ruptura entre Roma y Londres. La antesala de la Era Isabelina.

            Podría hacerse una comparación con “Los Tudor”, esa serie que trató de retratar los mismos eventos. Sin embargo, el mayor mérito de “Los Tudor” era llenar la pantalla de atractivos jóvenes de ambos sexos, con gran querencia por la gimnasia de dormitorio. No me entiendan mal, es un mérito que puede ser estimado en lo que vale. Pero no obliguen a esa fiesta universitaria con calzas a compararse con estas seis horas maravillosas.

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            Si nos ponemos a comparar, que sea con otra gran obra, “A man for all seasons” (aquí traducida como “Un hombre para la eternidad”). Es una de mis películas favoritas y cuenta, en parte, la misma historia. Las perspectivas son, sin embargo, radicalmente opuestas. La película, desde el punto de vista de Thomas More (y, en ocasiones, roza la hagiografía de un modo algo tramposo). Las novelas de Mantel y la serie comentada, adoptan la postura de Cromwell. Es razonable, pues, que los retratos que de uno y otro personaje se nos den difieran bastante; más aún si tenemos en cuenta que no fueron, precisamente, grandes camaradas, los dos Thomas. Lo más probable es que la verdad estuviera en una mezcla. De hecho, el More de “Wolf Hall” es, en mi opinión, un tanto excesivo: un ultramontano, conservador, esnob y displicente vejestorio. Incluso en The Guardian se escribió un artículo en defensa de este filósofo y mártir, tanto cargan las tintas contra él (aunque eran unas tintas cargadas desde la novela).

            Como quiera, no obstante, que estamos tratando de una serie, no de un ensayo histórico, que éste sea el único “pero” que le pongo ya da una idea de lo descomunal que es. En mi opinión, al menos.

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            Siempre que comento una serie de la BBC destaco el aspecto formal. En este caso no lo resalto, lo exalto. Desde la gran adaptación de Ricardo II, en “The Hollow Crown”, no había visto un alarde técnico, fotográfico, de vestuario, de iluminación, de ambientación, como éste. Es una serie pictórica. Cada plano, cada secuencia, cada escena, podría ser un cuadro. La capacidad que tiene esta obra para crear su propia atmósfera, envolvernos en ella hasta engullirnos sin que nos demos cuenta, es fascinante. Ayuda mucho una banda sonora sutil como pocas. Hace bien poco me quejaba de la falta de bandas sonoras memorables, abundando en las que se limitan a coadyuvar en la creación de atmósfera. En este caso, me como mis palabras: la delicada música que acompaña a las escenas (melodías sencillas y repetidas varias veces) es perfecta.

            Luego, están los guiones, con sus diálogos, sus silencios, sus saltos hacia atrás, en los recuerdos del protagonista, sus miradas, sus gestos. ¡Qué guiones! La vida privada de Cromwell, relatada en las novelas con una exhaustividad en ocasiones un tanto cargante, se ve aquí reducida, aunque en modo alguno se olvida, en aras de la vida pública, la gran trama política, cortesana.

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            En fin, los actores. Una vez más, hablando de la BBC, ¡qué actores! Damian Lewis logra que me olvide del sargento Brody, nada más ver esa barba pelirroja, esos ojos azules, esos ropajes majestuosos. A su Enrique VIII le falta quizás una pizca de sutileza. Este Tudor era, al fin y al cabo, un gran seductor, un músico no desdeñable, parece, y no tenía una pizca de tonto. Como león real, cuya ira rugiente puede hacer palidecer a cualquiera, cuya amistad jovial abraza a quienes, si le desagradan, serán despedazados, funciona. Un déspota poderoso, ambicioso, rutilante, generoso, pero tan voluble que resulta un peligro para favoritos y enemigos por igual.

            La galería de aristócratas, unos mejor perfilados que otros (me encanta la venenosa Lady Rochford), hacen un tanto de coro. De Thomas More, encarnado por Anton Lesser, ya hemos hablado. Claire Foy interpreta a una Anne Boylen muy distinta, de por ejemplo, la encarnada por Natalie Dormer: la suya es una reina mezquina, envidiosa, que goza humillando a quienes están a su alrededor, aun cuando se le concede cierta dignidad en su caída. Bernard Hill es un Duque de Norfolk tan brutal, tan áspero, tan grosero, que funciona por contraste con los demás personajes, secundarios o principales, mucho más sutiles. Su contrapunto perfecto puede ser el resbaladizo Stephen Gardiner, un Mark Gatiss más cercano a la babosa que a la serpiente.

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            Me van a dejar que le dedique unas líneas aparte al venerable Jonathan Pryce. Cualquier amante de Terry Gilliam conoce a Mr. Pryce, un actorazo como la copa de un pino. Aquí se mete en los ropajes escarlatas del cardenal Wolsey, y es el retrato más amable que he visto de este político “incomparablemente hábil” (More sobre él, en la película citada), un maniobrero de cuidado. Bien es cierto que, como siempre, se adopta la perspectiva de Cromwell, su protegido, y que lo vemos en su decadencia, no en su esplendor. Siempre es más sencillo mostrar simpatía por un poderoso caído que con uno en plenas fuerzas. Hay, así, un punto del Wolsey de Shakespeare (un “administrador retorcido”, según Bloom), en “Enrique VIII o Todo es verdad”, que tiene estas melancólicas palabras para su leal mano derecha: Oh, Cromwell, Cromwell, si tan sólo hubiera servido a mi Dios con la mitad de celo con que serví a mi rey, no me habría dejado a mi edad desnudo frente a mis enemigos. Aunque Pryce, con su zorruna sonrisa, es más humorístico que trágico en su melancolía de vencido.

            Y, por último, él, el lobo entre leones y cuervos, la serpiente diplomática, el humanista reformador, el superviviente despiadado, el hombre de rostro impenetrable, el maestro de fantasmas, Thomas Cromwell, interpretado de manera apabullante por Mark Rylance, un grande desconocido para mí hasta ahora. Interpretar a un político que, como un Fouché, tiene en su autocontrol la mayor de sus bazas, es complicado. Hay que saber dar sentido a cada movimiento de ceja, a cada fruncimiento de labios, a cada carraspeo, a cada media sonrisa, a cada gesto de una mano. Rylance lo consigue. Logra que, cuando Cromwell no lo permite, ni el mayor dolor, por una pérdida cercana o por un amor anhelado que se le escapa, se delate, lo cual vuelve aún más atormentado el vacío de su mirada. Logra, igualmente, que las breves expansiones de alegría, ternura, desprecio, rabia u odio sean más vívidas. Si Norfolk es el contrapunto de Gardiner, Cromwell lo es de su señor, el vehemente Tudor. Rylance lleva el peso de esta serie monumental en sus delgados hombros, revestidos por una sobria pelliza. Como un titán impasible, lo soporta sin esfuerzo aparente.

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            Así que, si aún no la han visto, afortunados mortales, tienen seis horas de placer por delante. Los demás, esperamos que lleguen nuevos episodios. En los que, me parece, Cromwell estará rumiando las palabras que Shakespeare puso en boca de su mentor.

febrero 17, 2015

En Hugo Blick confiamos

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            ¿En quién confiar? ¿Cómo saberlo? Nessa Stein abre cada capítulo de “The Honourable Woman” con estas preguntas desoladas. Tras haber visto los ocho episodios, tengo mi respuesta: puedo confiar en Hugo Blick. El mismo hombre que urdió esa siniestra obra maestra que es “The Shadow Line” (de la que hablamos aquí; sufro ahora mismo la enorme tentación de dejar de escribir y ponerme a verla una vez más) nos ha dado otra obra, menos tenebrosa, menos redonda, tal vez, pero muy digna de ser vista. Además, si IMDB no me engaña, Mr Blick fue un joven Jack Napier en “Batman” y tiene una sonrisa que inspira confianza.

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            Siempre me ha parecido curioso que se emplee el ajedrez como metáfora o símil del juego diplomático. Desde luego, yo también le he dado ese uso. Sin embargo, es un tanto injusto. El ajedrez es el juego maniqueo por excelencia. Hay fichas blancas y negras (o rojas). En el ajedrez no hay sitio para el azar, sólo para la habilidad. Cada pieza puede usarse de una manera determinada, únicamente. No hay trampas, aunque haya astucia. Y hay dos contendientes, no varios intereses, varios jugadores entrometiéndose unos en las partidas de otros. El ajedrez es pulcro. Así que ya me dirán ustedes si el ajedrez encaja con Oriente Medio.

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            Blick se mete de lleno en una de las realidades más complejas, delicadas, terribles y sangrientas de nuestro mundo. Israel y Palestina. Palestina e Israel. Creo recordar, además, que cuando se estrenó la serie, había un pico de tensión en la zona. Un pico de tensión allí no es ninguna tontería. Hubo cierta polémica. Porque Blick no usa el negro y el blanco si no es para conseguir el gris. Algo que le falta a “Homeland”, por ejemplo, con la que se puede ver un cierto paralelismo. Al menos, los títulos de crédito tienen un aire.

            Desde luego, no voy a ponerme a divagar sobre la problemática palestino-israelí. Me faltan conocimientos, experiencia y no es éste el lugar para una tal debate. Como es, sin embargo, el contexto de la serie, al verla y ahora al recomendarla, he de decir que “The Honourable Woman” sale con bien del avispero, sin demonizar ni santificar a nadie.

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            Formalmente, esto no por habitual hay que dejar de destacarlo, es irreprochable. Una fotografía perfecta, una dirección precisa, unos encuadres, unas secuencias, unas escenas a las que resulta difícil poner un pero. La estructura, con constantes saltos al pasado, está al servicio de la historia y del progresivo desvelamiento de los personajes, sus relaciones, sus historias. La banda sonora noes memorable. Cumple un papel muy humilde, envolviendo a la historia. Esto es una lástima. A mí me gustan las bandas sonoras memorables, porque creo que realzan los méritos de una película o de una serie, además de serlo por ella misma. Hace tiempo que no me topo con una banda sonora digna de recuerdo.

            Por suerte, la historia merece la pena. A partir de aquí, algún spoiler se colará.

            Igual que en “The Shadow Line”, una muerte pone las ruedas en marcha. Esa muerte no es casual, tiene una razón de ser en una red intrincada. Blick es un maquinador de primer orden. Sus tramas son retorcidas, aunque logra desplegarlas ante el espectador de manera que cada hebra esté en su sitio, sin enredos. Mientras la trama de “The Shadow Line” nos llevaba más y más al corazón de las tinieblas, aquí nos lleva más y más al corazón de la tragedia. Una tragedia familiar.

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            Hijos, padres, hermanos. Individuos y pueblos. Nessa y su hermano Ephra asistieron al asesinato de su padre, un magnate armamentístico. Ahora llevan las riendas de una empresa que trata de tender puentes de comunicación entre israelíes y palestinos. La familia Stein, incluyendo a los colaboradores cercanos de Nessa, es un pequeño y complicado mundo, lleno de desconfianza, dolor y amor. Un mundo que se engarza en otro más amplio, el de la política y el espionaje. Mundos que se escrutan mutuamente, cada cual tratando de sacar adelante sus propios designios.

           Maggie Gyllenhaal encarna a Nessa Stein. No es un papel fácil. Nessa me desconcertó en cada episodio. Cada vez que creía tenerle cogida la medida, algo en ella había que no terminaba de cuadrar. Una financiera idealista, comprometida en la causa de la paz, del entendimiento. Los cables que llevan y trasmiten información de un lado a otro de la frontera son al tiempo tanto una sólida realidad que favorece el comercio, la negociación, como un símbolo para una tierra llena de divisiones, de límites, de pasos fronterizos, de mutua exclusión. Una baronesa, una dama del Imperio, rica, poderosa, que trata casi de igual a igual a representantes de diferentes Estados u organizaciones. Una mujer con un pasado espantoso, con un secreto que debe proteger celosamente, un pasado que la alcanza, como siempre ocurre. Una persona herida, traumatizada, con la sombra del padre sobre ella, con la sombra del hijo sobre ella, con la sombra de la violencia sobre ella, que se acurruca en una extraña celda dentro de su mansión para poder dormir, cuando no busca su autodestrucción en la noche. Una mujer que tiene el sello de lo trágico, el orgullo de creer que saldrá triunfante en su lucha contra un Destino que no entiende invencible, pero que sabe que la más mínima duda sobre su honorabilidad causará su caída.

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           Gyllenhaal, aquí, me convence en ocasiones y me desagrada en otras. Entiendo que Nessa es un personaje difícil, más difícil aún cuanto es enormemente pasional. Sin embargo, hay momentos en que la interpretación de Gyllenhaal es excesiva, volviéndose histriónica. En un par de momentos me planteé si Nessa no sería bipolar, algo que no tiene base alguna en la información que da la serie, salvo en la propia actriz que la encarna. Y si ya Claire Danes es a veces excesiva en su papel de Claire, que sí es bipolar, Gyllenhaal es, en ciertos momentos, lo más flojo de la serie.

               Todos los demás actores cumplen con su rol de manera brillante. Los secundarios y terciarios son, como ha de ser en una serie compleja, seres humanos complejos. Ephra, mezquino, noble, débil, sufriente. Shlomo, jovial, violento, astuto, leal para con los suyos, grande de panza, corazón y riqueza. Atika, el personaje más opaco, con su cuerpo seco, delgado, siendo casi un recipiente para el dolor. Su relación con Nessa es de las más sutiles y su propio papel queda abierto al debate. ¿Hasta qué punto finge, hasta qué punto es sincera? Sin embargo, su integridad está fuera de toda duda, aún más en sus terribles momentos finales.

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            Como soy un devoto de Stpehen Rea, me ha encantado verle de nuevo. El suyo es, además, el personaje central dentro del mundo del espionaje, en la serie. Los Servicios Secretos británicos están metidos en el ajo, algo que siempre me llena de jolgorio. C, interpretada por Jante McTeer, es un placer para el espectador, en cada reunión, en cada conversación, en cada intriga. Igual que Eve Best, la aún más intrigante Monica Chatwin (Best, una cara ya vista en “The Shadow Line, parece condenada a ser siempre una rival para Rea en las obras de Hugo Blick).

             Pero Sir Hugh Haydeln-Hoyle (nombre de bien) se lleva la palma. Resulta un individuo tan o más complejo que Nessa. Un espía, un encargado de recabar y analizar información, sobre el que parece haber caído la maldición del Apocalipsis. “Ojalá hubieras sido frío o caliente, pero como has sido tibio te vomitaré de mi boca”. Sir Hugh, hombre sin pasiones, realista anfibio, no toma postura en ningún asunto peliagudo. La escena de la comida en el que el pro-palestino y el pro-israelí se enzarzan en una pelea, mientras él se muestra sólo interesado en las uvas y el vino es brillante.

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          A Sir Hugh esa indiferencia le cuesta el matrimonio, harta su digna esposa de aguantar a una sombra gris sin sangre en las venas. Le cuesta también sufrir los insultos de terceros. La sonrisa burlona con la que acoge las analogías que hacen a su costa con vampiros, espectros, criaturas de las tinieblas no oculta el creciente descontento consigo mismo. Si Nessa hace lo que hace en la serie, en parte por historia en parte por idealismo, Sir Hugh hace lo que hace, primero por supervivencia (los rivales olfatean debilidad y un puesto vacante en el futuro), luego por dignidad personal. Sir Hugh quiere ser capaz de respetarse a sí mismo, como profesional y como hombre, antes de pedir a cualquier otro (sobre todo, a su ex mujer) un respeto similar. De ahí que su desesperada súplica a un viejo colega, contacto y rival de la inteligencia israelí, logre conmover al veterano espía. De ahí que, de todos los finales, el más feliz, sin melindres, sea el suyo.

            El más feliz. Porque esta serie no tiene un final feliz. Es una historia trágica. No perversa. Resulta curioso: todos los personajes todos, hasta los más despiadados, son honestos. Los móviles de la trama no son intereses económicos o de puros juegos de poder. Tampoco (lo cual me sorprendió para bien) es el fanatismo, político o religioso, el que está en el fondo del asunto. Todo el mundo lucha por su parte de verdad, convencido de estar cumpliendo con su deber. Y, como es canónico en una tragedia, y es trágicamente comprobable en este mundo nuestro, luego de toda la sangre derramada, el mundo apenas ha cambiado.

             Pero son ocho horas de BBC. De Hugo Blick. Merecen la pena.

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diciembre 27, 2014

Trepando el Pozo

 

            Birmingham nos ha dado la bienvenida, una vez más. Thomas Shelby, junto con su clan, nos ha recibido entre balas, whisky, apuestas, intrigas y pasiones. A lo que parece, aún podremos regresar a los dominios de los Peaky Blinders una tercera vez, al menos. Lo cual me llena de perverso regocijo. Porque tiene que ser perverso el placer que uno obtiene visitando este Pozo temible. No por ello menos real.

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            He disfrutado mucho de esta segunda temporada de Peaky Blinders. Después de la descomunal primera temporada (hablamos de ella aquí), sentía una gran expectación. Que aquellos que no los hayan paladeado lo tengan claro: estos nuevos seis episodios merecen con creces ser vistos luego del primer visionado. Esto es, la BBC lo ha vuelto a conseguir. Ahora bien, y esto debo también dejarlo claro, considero que la segunda temporada no ha logrado superar, ni tan siquiera estar al mismo nivel, de la primera. Si les ayudan las notas escolares, la primera temporada rozaba el 10. Esta se queda entre el 8 y el 9.

            Los porqués los desarrollaré más abajo, ya que me obligarán a destripar en parte la trama. Los apartados formales y cinematográficos que en la primera eran de matrícula, aquí siguen siéndolo. La fotografía es magnífica, la ambientación, inmejorable. Birmingham sigue siendo la pesadillesca ciudad industrial de principios de siglo XX, y con ella se nos ofrecen unas visitas al submundo criminal londinense que le dejan a uno salivando. Los directores saben dar un ritmo pausado, letárgico, cuando conviene, y endiabladamente rápido, cuando es preciso (el asalto a la elegante sala de noche en Londres es brillante). Del mismo modo, el inteligentísimo empleo de la música, con canciones décadas posteriores a la época de la acción que quedan engarzadas sin fisuras, vuelve a ser marca de esta casa. “The Red Right Hand”, el tema principal, se escucha en varias versiones, cada cual adecuada para su momento.

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            Los actores siguen demostrando que quien se encarga de los castings británicos no falla casi nunca. Cillian Murphy repite su, para mí, papel de una vida. Sam Neill, sigue a la altura como su antagonista. Paul Anderson se come ciertas escenas como el pobre Arthur. Helen McCroy es una señora actriz. Entre las caras nuevas, mi favorita de largo es la barbuda de Tom Hardy, dando vida al genial gangster hebreo de voz gutural Mister Solomons.

            En resumen, para lo que no hayan disfrutado de esta segunda incursión en las movedizas arenas del crimen organizado y de las cloacas del Estado de entreguerras: están tardando.

            Entonces, ¿por qué no me ha parecido tan redonda? Veamos. A partir de aquí, spoilers.

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            La primera temporada acabó con uno de los mejores cliffhangers que yo recuerdo. Esta segunda temporada empieza resolviéndolo. He de confesar que yo estaba convencido de que el Inspector Campbell había ejecutado a sangre fría a Grace. Me sorprendió que fuera ella quien dejara fuera de combate a su antiguo superior. Y, después, Steven Knight y los suyos nos llevan dos años al futuro.

            Nos encontramos con una familia que ya controla lo legal y lo ilegal. El imperio de los Peaky Blinders es absoluto en Birmingham. Por ello, Thomas, el intrigante Thomas, el calculador Thomas, tiene sus ojos puestos en Londres, donde hay una guerra entre facciones. De sus viejos enemigos, ya pocos le pueden causar problemas: los comunistas no son ya una fuerza (la muerte de Freddie Thorne, ignoro si precisa por otros motivos, entierra en la serie esta facción). La policía está de nuevo a sueldo. La caída del “rey” Billy Kimber le ha dejado sin rivales en el submundo (por cierto, ¿qué habrá sido del contable o abogado de Kimber, esa especie de eminencia gris que parecía entenderse tan bien con Thomas?). Sólo los fenianos, parece, son una amenaza.

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            Thomas se ve envuelto, sin embargo, pronto en una intriga ajena. Los irlandeses pro tratado, en amarga guerra civil contra aquellos que lo rechazan (excurso, Murphy está magnífico en “El viento que agita la cebada”, una película, justamente, sobre dos hermanos irlandeses en bandos opuestos en esta guerra), colaboran con los servicios secretos británicos en un asesinato que les beneficiará a ambos. Pero quieren a un tercero para ejecutarlo. El elegido es Shelby. Y esa elección viene del ahora mayor Chester Campbell, quien, pese a cojo, ha sobrevivido al disparo de Grace y ha ascendido en la jerarquía.

            Tenemos así dos tramas de relaciones triangulares. La criminal, entre los Shelby, Solomons (lo repito, un personaje genial, sus encuentros con Thomas son de lo mejor de esta temporada) y Sabini. Éste mafioso italiano es el punto débil de esta trama; me resultó una versión de Kimber con más manierismos y menos gracia. La de espionaje, entre Campbell, los irlandeses y Thomas. A ello hay que sumar otro triángulo: el formado por Polly, su rencontrado hijo Michael y el resto de la familia, mientras Michael se ve atraído irresistiblemente y de muy buena gana por el carisma negativo de Thomas y el aura de poder, emoción y violencia del clan. Y otros dos más, el de amor formado por Thomas, Grace y May; el de odio, formado por Thomas, Campbell y Grace. Mucho triángulo.

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            Antes de seguir, ya que lo he comentado al referirme a Michael, un apunte sobre el enfoque romántico del criminal. Sin duda alguna, “Peaky Blinders” presenta un enfoque hasta cierto punto complaciente con este grupo de criminales. Nos caen bien, nos gustan estéticamente, son los protagonistas de la función. No tanto los héroes. La serie tiene bien cuidado de no endulzarnos sus salvajadas, su violencia cruel. Por si a alguien aún se siente tentado a pensar como el joven Michael, ahí tenemos la estremecedora escena entre Arthur, ahogando en licor y droga el odio que siente por sí mismo, y la madre del muchacho al que mató a puñetazos. Creo que esa señora es el único personaje que se opone a los Shelby sin más fuerza que la moral; y el que pierde, a ojos del espectador, es Arthur.

            Todos estos triángulos tienen elementos de respeto. Pero son tantos, que no hay tiempo para todo y unos ceden terreno a otros. Uno de los más importantes, en principio, la trama de asesinato político, queda muy oscurecida por todos los demás. Apenas se da un par de escenas a los irlandeses (buenas escenas, eso sí) y el duelo entre Thomas y Campbell queda demasiado enfocado, creo, en el triángulo emocional. Volveré sobre ello en un momento. El criminal, en cambio, está brillantemente desarrollado. Por astuto que sea Thomas, se las ve con individuos crueles, despiadados y también inteligentes, que le ponen contra las cuerdas en más de una ocasión.

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            El triángulo amoroso es el flojo. Aunque siempre es agradable ver actuar a Annabelle Wallis, Grace, en tanto personaje, me pareció descartado al final de la anterior temporada. Viva o muerta, tenía más fuerza como fantasma que obsesionaba a los dos viejos enemigos que como amante de uno de ellos en carne y hueso. En cuanto a May, podía tener su sentido como pasatiempo de Thomas; no me creí que el gélido líder de los Peaky Blinders, con su amada clavada como un aguijón en su espíritu, aceptase con tanta alegría una sustituta. Con todo, su único encuentro en las carreras deja un regusto agrio en Grace, lo cual es de agradecer.

            El triángulo del odio. O sea, el duelo a muerte entre Campbell y Thomas. Ya en la anterior temporada el mutuo desprecio entre estos personajes y su colaboración obligatoria, daba pie a momentos bien jugosos. En esta temporada, el juego ha sido más turbio. Mientras que en la anterior partida Campbell tenía como primer objetivo la misión y hacerle la puñeta a Thomas venía a ser un extra, en esta el mayor está entregado a sus oscuras pasiones. Ése es el punto de diferencia entre ambos. Sí, se odian, como se escupen en su última, sarcástica conversación, (que los iguala más de lo que ambos querrían) pero Thomas controla ese odio, no deja que ponga en peligro sus proyectos, mientras que Campbell (despiadado y maquinador como es) permite que sus ansias de revancha le nublen el juicio. Resulta curioso cómo se ha oscurecido a Campbell. El honesto y duro policía, para quien los fines de la Corona justificaban todos los medios, se ha convertido en un individuo aún más turbio: su tortura de Michael y la violación a Polly sólo buscan hacer daño a Thomas, a los suyos. Ni por un momento (como tampoco Polly, parece) me resultó creíble esa supuesta confesión in articulo mortis. Ni el viejo Chester lo diría con sinceridad, casi seguro

            El otro gran problema de la temporada, que se une a este abigarramiento de tramas, es la falta de un hilo de plata. Las distintas intrigas de la primera temporada se enroscaban alrededor de un eje común: las armas robadas. Eran el macguffin, pero un macguffin muy útil, el oro del Rin que podía dar a Thomas el poder para alzarse o condenarle a caer. En esta temporada no había nada que sirviera de mortero para soldar las distintas piezas. Lo único, la propia capacidad de Thomas para enlazar su misión como reluctante asesino y sus objetivos particulares como mafioso. Siendo Thomas quien es, logra el éxito en el frenético último capítulo. Pero es demasiado poco, no da a los seis episodios de una cierta unidad que me resultaba un gran activo en la primera tanda.

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            Algo hay en común a los personajes: tratan todos de salir del Pozo. Thomas quiere extender su influencia y llegar a ser un miembro respetable de la sociedad, intocable por la Ley. Campbell quiere destruirle, para exorcizar sus fantasmas, para salir de su propia cárcel de rencor. Polly quiere salir de su vida pasada a través de su hijo. Arthur no encuentra más salida que embrutecerse con estupefacientes. En el fondo, todos ellos seguirán dentro del pozo, por mucho que se esfuercen. Sólo Ada se ha liberado y, por ello, tampoco tiene apenas peso en la historia.

            En cuanto al final, en un principio reaccioné con cierto disgusto. Me parecía un tanto tramposo. Pero luego aprecié su ironía. Campbell y Thomas han estado peleando bajo la lupa del gran intrigante, un tortuoso Winston Churchill. Ha concedido ventaja a uno u otro contendiente según le interesaba y siempre velando por sus propios fines. Si, en última instancia, desbarata el plan de venganza urdido por su servidor, actuando como una suerte de deus ex machina, lo hace porque Thomas Shelby puede ser un peón útil.

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            Sí, Thomas ha sobrevivido y sus enemigos han caído (parece, aunque ese Campbell tiene la piel dura). Su imperio ya llega a Londres. Está saliendo del Pozo y el futuro le sonríe entre el humo. Aunque ahora crece a la sombra del Imperio. Y ya se sabe que la Corona no tiene aliados; tiene intereses.

            Blimey, larga se me hará la espera.

noviembre 10, 2013

El Pozo

            Peaky Blinders, creada por Steven Knight, se ha hecho acreedora mía: en mi momento de depresión post Breaking Bad, me dio seis magníficas horas de complots, pasiones, oscuridad, violencia, ternura y gran televisión. No sólo nos cuenta una gran historia, sino que forma un gran mundo, poblado de turbios personajes, que merece la pena explorar, un pozo terrible en el que cada capítulo sólo nos adentra más y más en la tiniebla. Pero es que en las tinieblas ocurren cosas muy dignas de verse, muy entretenidas (muchísimo) de contemplar. Otra cosa es cómo reaccione cada cual.

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            Birmingham, año 1919. La Gran Guerra ha terminado. Los veteranos han vuelto a casa. Y en esta ciudad pesadillescamente industrial, una familia tira de los hilos. Los Shelby controlaban el submundo criminal aun durante el conflicto bélico y están dispuestos a seguir haciéndolo en el futuro. Desde la primera secuencia, queda claro que en estas sucias calles, ese jinete y los suyos son la autoridad. Que luego veamos que son una autoridad nada indiscutida y con ansias de aumentar su influencia no resta un ápice a la imagen de soberanía que Thomas Shelby plasma, en lo alto del caballo, con su característica gorra.

            Atmósfera siniestra, personajes turbios, tramas tenebrosas. Ahora vamos con los personajes y las tramas. Antes, hablemos de la atmósfera. La BBC nos vuelve a regalar la vista y los oídos. Los trajes y la ambientación, impecables. La fotografía, la iluminación, es la perfecta. El habilísimo juego de la luz y la sombra da un aire propio e inconfundible a esta serie. Un color, unos matices que me dejaron en un perpetuo estado de semi ensoñación, como si me hubiera metido en un mundo onírico, al tiempo que lúgubremente realista. Cualquiera que sepa cómo eran las condiciones de vida de las clases populares británicas en la entreguerra sabe que Peaky Blinders no exagera al mostrar la miseria, la suciedad. Si acaso, se queda corta.

            ¡Qué maravilla de planos! ¡Qué luz, sucia, a veces, sublime, en otras, filtrándose por las ventanas del pub! ¡Qué noches, iluminadas por los resplandores infernales de los hornos! ¡Qué días, de un gélido gris más opresivo que la noche! ¡Qué astutos los momentos de sol y verde campestre, porque todos ellos ocultan una trampa! O bajo el cielo azul se trama alguna traición, o, aún peor, alguien cree que tal vez logre salir del Pozo.

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            Porque Birmingham es un Pozo de almas que necesitarían una bajada de un Mesías para sacarlas de las profundidades, como en la vieja leyenda cristiana. En su entrada debería colocarse una advertencia: “Abandonad toda esperanza los que aquí entráis”. Sin embargo, todos los que allí viven tienen esperanzas. Y es que, como mostró Neil Gaiman en unas de sus mejores páginas, ni en el Infierno muere del todo la esperanza.

            La banda sonora es otro de los aciertos mayúsculos. Temas de Tom Waits, The White Stripes o Nick Cave and the Bad Seeds (“Red Right Hand”, temazo, abre los capítulos) se engarzan excelentemente en la serie. Frente a la igual de legítima decisión de Boardwalk Empire de usar música de la época, aquí se han elegido canciones y composiciones que casen con el sombrío espíritu de la serie.

            Thomas Shelby, un inmenso Cillian Murphy, está en el centro de las telarañas. Peaky Blinder es un caleidoscopio de intrigas, intereses, relaciones y pasiones. Él es la pieza central, todo lo demás gira en torno a él, se relaciona con él, se define en cuanto su postura hacia él. Es el protagonista absoluto, el más turbio, inteligente y despiadado en una serie bien surtida de gente turbia, inteligente y despiadada.

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            Pueden hacerse algunos paralelismos entre Thomas y Jimmy Darmody, el desdichado falso protagonista de las dos primeras temporadas de Boardwalk Empire. De una edad parecida, ambos viven más o menos en la misma época, y los dos han regresado marcados por su experiencia en la guerra. Pero los traumas de Darmody eran previos a su viaje a las trincheras. Éstas, desde luego, sólo los empeoraron y, si acaso, añadieron alguno más. Pero Jimmy no venía de ningún lugar feliz. De hecho, se lanzó de cabeza a la conflagración para huir de un horror que había devorado cualquier posibilidad de una vida feliz para él. Thomas, en cambio, venía de una familia criminal, unida por la sangre, leal para con los suyos, y en la que el amor era genuino.

            Tras su vuelta, Jimmy intenta encontrar su lugar en el mundo, bajo la sombra del gigantesco Enoch “Nucky” Thompson. Thomas Shelby es su propio Nucky. Por eso, el Jimmy que puede haber en él no le lleva a la ruina. Shelby es mucho más frío, astuto y peligroso que Darmody. Los fantasmas de la trinchera también le acosan y paga un alto precio, pero no es peón de nadie, aunque tenga que jugar manos muy complicadas, con muchas cartas marcadas, contra varios tahúres de cuidado al tiempo. Nucky y Thomas podrían tener un encuentro muy interesante. Jimmy y Thomas, también, pero sospecho que Shelby preferiría con mucho el primero.

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            Si tuviera que elegir una figura geométrica para poner un poco de orden en este caos, sería el triángulo. Thomas siempre será uno de los vértices, pero en los otros dos podemos ir colocando otros personajes. Por ejemplo, Freddy y Ada. O Arthur, el hermano mayor, y Arthur padre, ausente menos en un episodio. Y el más obvio, el triángulo entre Thomas, Grace y el Inspector Campbell. Sólo la gran Tía Polly puede quedar el margen de los triángulos y hablar a Thomas como a un igual, en cierto modo.

            En este mundo de gentes turbias, casi todos los personajes son extrañamente honestos. Campbell lo es, estoy seguro, en su discurso inicial, donde promete limpiar la ciudad a sangre y fuego, tras ese paseo nocturno desde su carruaje. Freddie, el más idealista, el revolucionario que sueña con un mundo mejor para las masas oprimidas, no sólo es honesto, es el único férreamente honrado, el único que se niega a pactos, negociaciones, contubernios. Tiene la fuerza y la debilidad de los espíritus espartanos, rígidos. Aunque también es cierto que en Birmingham los pactos son siempre con el Diablo. Thomas, a su cínica manera, también es honesto en su pragmatismo sin escrúpulos, dejando a salvo siempre los lazos de familia (que emplea en sus juegos políticos, eso sí).

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            Si hay un tema en esta serie, ese ha de ser, como en todas las grandes historias, el de la pasión. Somos, como defendía magistralmente el fallecido Eugenio Trías en su “Tratado sobre la pasión”, seres pasionales. Desde la pasión pensamos y actuamos. La pasión amorosa. La pasión del odio. La pasión del poder. La pasión de la virtud. La pasión por la supervivencia. La pasión de la venganza. La pasión utópica. Todas esas pasiones son las que mueven a los personajes. Thomas, que no llega a ser el Edmund de El Rey Lear (pero qué bien haría Murphy de ese inmenso villano), es de lo más pasional, bajo su helado exterior.

            Grace, Thomas, Campbell son el Triángulo Trágico de la serie. Grace (buen trabajo, Anabelle Wallis), la espía de Su Majestad, al servicio de la Policía, movida por el odio hacia el IRA, cuyos miembros asesinaron a su padre, ansiosa ella también de asesinar, de destruir. Que Grace terminara enamorándose de Thomas y Thomas de Grace, creo, no nos pilló a ninguno por sorpresa. Pero la manera de desenvolver su historia, sobre todo en los primeros momentos, los más complicados de plasmar, fue elogiable. Además, durante bastante rato estuve en duda de quién de los dos se había enamorado antes del otro y aunque sospecho que fue Thomas el que fue seducido en primer lugar, Grace estuvo fascinada por él también desde un inicio.

            Igualmente, la debilidad de Campbell por Grace (¡cómo sospecha esto ella y trata de evitarlo!) es también muy clara, pero sabe contenerse hasta que las ordenanzas le permiten revelar sus emociones. Campbell es un personaje tan interesante como Thomas. Sam Neill demuestra de nuevo que si un director le ayuda a controlar cierta tendencia suya a la sobreactuación, es un muy buen intérprete. Este policía implacable, virtuoso, para el cual erradicar el crimen, la corrupción y los enemigos del Imperio justifica cualquier medio, es uno de sus trabajos más notables. Su relación de necesaria colaboración y mutuo desdén con Shelby es excelente. Su partida de cartas es la más interesante y llena de recovecos.

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              Ambos se subestiman de manera clara, salvo el policía en su última conversación, cuando Campbell, consumido por los celos, ha caído en su momento más bajo y perturbador. Tras volver a vestirse, revistiéndose de su dignidad perdida, Campbell sonríe sardónicamente ante su enemigo, quien cree que ha ganado todas las manos de la partida y le da concede una mordaz reflexión de despedida: “Una cosa que he aprendido es que somos opuestos, pero también los mismo. Como el reflejo de un espejo. Odiamos a la gente y, a cambio, la gente nos odia. Y nos teme. [… ]Los hombres como nosotros, señor Shelby, siempre estaremos solos. Y el amor que consigamos, tendremos que pagar por él.” Thomas replica: “Olvida, Inspector, que tengo a mi familia”. Campbell sonríe. Pero quizás Thomas tenga razón. Desde luego, es su último refugio.

             Seres oscuros y pasionales, todos los personajes andan buscando amor y ternura. El pobre Arthur hijo, que se siente desplazado, ninguneado, y cae patéticamente en la estafa de su mezquino padre. Ada y Freddie, amenazados por ser un obstáculo en los planes de Thomas. Los mismos Thomas y Grace, cuyo enamoramiento pone en riesgo sus diferentes planes. Campbell, quien concentra toda su amargura por sus derrotas finales en una decisión sangrientamente irrevocable.

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            El Amor es una pasión. Pero el Poder también lo es. En la serie, ese Poder se encarna en las armas que los hombres de los Peaky Blinders obtienen por error. Esas armas dan una inmensa fuerza a la facción que las posea. Y, al igual que el Oro Maldito del Rin, destruyen a su poseedor. Thomas quiere usar esas armas en un complejo juego para hacerse con la corona del crimen. Pero los comunistas quieren las armas para su revolución. El IRA para su independencia. Los criminales rivales para sus propios intereses. Y la Corona está dispuesta a barrer Birminghan para recuperarlas (qué grandes las apariciones de Winston Churchill, irónico, excéntrico y sin el menor escrúpulo). Dejan tras de sí una ristra de gentes destrozadas, por dentro o por fuera.

            Al final, sólo queda en pie esta familia, que ha alcanzado el trono del delito, a cambio de sufrir y de estar a punto de la ruptura. Los agujeros en el imperio de los Shelby existen, y pueden muy bien llevar a la ruina todo lo conseguido. Aun en el caso de que no sea así, de que Thomas se convierta en el César de Birmingham, será, como Michael Corleone, tras haber convertido su interior en un erial.

           Así que ya saben. Brimingham les espera. Y una segunda temporada nos dará la bienvenida a quienes queramos quedarnos. Yo tengo ya reserva en el hotel.

octubre 27, 2013

Gatos y ratones en Belfast

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 6:22 pm
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            Gillian Anderson ha escogido este año para pasarlo entre asesinos en serie. Además de su breve e intrigante papel en la grandiosa Hannibal, la BBC (donde la vimos dickensiana en Casa desolada o Grandes esperanzas) la ha colocado en uno de los roles protagonistas de una serie lúgubre, sombría y atrayente: The fall.

            El planteamiento ni es novedoso ni pretende serlo. En Belfast, la policía se encuentra con asesinatos de mujeres en la treintena, morenas y profesionales. Uno de los jefes decide llamar a la Detective Superintendente Stella Gibson para que supervise las investigaciones. Y la Superintendente rápidamente ve que hay conexión entre todos ellos y que hay un asesino en serie haciendo de las suyas.

            Bien. A primera vista, el qué es conocido. Lo es, aunque sólo hasta cierto punto, como veremos. El cómo también es conocido, para muy bien. Esto es la BBC, aquí se hacen las cosas como han de hacerse. La ambientación es magnífica, en una Belfast húmeda, tétrica, gris en los días más luminosos. Fotografía y dirección, impecables. Atmósfera agobiante, helada, que mantiene al espectador muy atento mientras la historia se desarrolla sin prisas ante él.

            Existen dos tramas, a lo que parece. Esta no es una miniserie, sino que tenemos una primera temporada de cinco capítulos y muchas ganas, al menos yo, de que llegue la segunda. Junto con el principal asunto de la caza del asesino, existe una subtrama de corrupción, crimen organizado, tejemanejes bajo mano, infidelidades profesionales, chanchullos. Nada, una vez más, que no se haya visto. Y, quizás, lastra un pelín la temporada (aunque ya veremos cómo se desarrolla), pero no desmerece y además así tenemos la oportunidad de ver a Michael McElhatton interpretando a un personaje bien distinto del frío lord Bolton. Por otro lado, es de agradecer (y seguro que los habitantes de Belfast son los primeros en hacerlo) que los guionistas hayan resistido la tentación de meter, de un modo u otro, el enfrentamiento entre unionistas y republicanos, sin ignorar su existencia.

            Los secundarios son otra de las marcas de la casa de la BBC y aquí están utilizaos sabiamente sin ser cargantes. El superior de Gibson, sus agentes subordinados, la médico forense (Archie Panjabi, una de las estrellas de esa serie, The Good Wife, que por mucho que lo intento no logro verle la maravilla), así como la esforzada señora Spector, todos ellos, aun cuando podrían estar en ocasiones mejor perfilados, tienen autenticidad, no son meras sombras chinescas en el fondo. Incluso terciarios como el despreciable marido maltratador son individuos que ayudan al espectador a meterse más en este mundo deprimente.

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            Ahora bien, a serie tiene dos protagonistas evidentes. Dos cazadores. Una policía. Un asesino. La policía, Gibson, Gillian Anderson. Metódica, seca, controlada, introvertida, inteligente. Este personaje, aun cuando no es tampoco de una originalidad desarmante, tiene a su favor varios argumentos. Uno es que es el de Anderson, que está magnífica. Otro, que no hay visos de que nos vayan a martirizar con otro solitario huraño que esconde un corazón de oro tras su fría apariencia y que sufre su soledad. Gibson no padece su solitaria forma de vida, que le da tiempo para degustar una copa de vino, estudiar decenas de licenciaturas, nadar y cepillarse algún jovenzuelo de buen ver. Otro más, que, pese a ello, existen miradas y fugaces momentos en que se percibe un espíritu inquieto y más vivo de lo que el exterior permite adivinar.

            El asesino. Paul Spector. Éste sí que me sorprendió. Cada detalle de él. Es uno de los mayores aciertos de la serie, sino el mayor. Es el qué al cual no estamos acostumbrados. Hasta ahora he visto siempre dos tipos de asesinos en serie. El sociópata cansino, amargado con el mundo que desea vengarse, y que, por inteligente que sea, es un desastre emocional, y el psicópata todopoderoso, cuya quintaesencia es el doctor Lecter. Spector no es nada de eso.

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            He aquí un hombre aún joven, pero ya formado, atractivo y en forma. No hay deformidad alguna física que lo vuelva un marginado rencoroso (variedad de sociópata muy manida). Un hombre cuyo trabajo es el de aconsejar y guiar a parejas en dificultades, cuya relación está en peligro, para ayudarlas a enfrentarse al dolor, a la muerte, al sufrimiento. Un hombre casado, con una enfermera que cuida a bebés neonatos, muchos de los cuales no logran sobrevivir a sus dolencias, y acompaña a las madres de las criaturas. Un hombre que tiene dos hijos pequeños que le quieren y a los que quiere. Un hombre que muestra sentimientos por otros seres humanos, que se pasa la vida entre emociones ajenas. Un hombre, en fin, que tiene una vida, con sus satisfacciones y sus decepciones. Pero de ese hombre podría decirse lo que escribió Victor Hugo (cito muy de memoria y seguro que inexactamente), que sólo alguna burbuja en la superficie del lago nos insinúa la hidra que se arrastra en el fondo.

            Esas burbujas existen. Spector, de hecho, es un asesino al tiempo cuidadoso y desordenado. Dedica tiempo a cada víctima, prepara el terreno, aprende de sus errores pasados. Sin embargo, deja una pieza de obvio valor inculpatorio (ese diario en el que desahoga parte de sus demonios interiores) oculto en el dormitorio de su hijo pequeño; tal vez haya un contraste que encuentre irresistible: su inocente hijo de carne duerme al lado de su espantoso hijo de papel. Ama, pienso yo, a su esposa y, de hecho, se estremece ante la idea de perderla a ella y a sus hijos (un poco como, aunque muy alejado de, ese personaje ambiguo, complejísimo, extraordinario que es Walter White, alias Heisenberg). No obstante, padece una obsesión por una chica adolescente que se troca en desdén en el momento en que podría devorarla, irritado como está por su fracaso. Porque esa es otra: Spector es falible, sus asesinatos no son milimétricamente precisos, en su camino de horror da muestras de talento y, al golpe siguiente, como dice Gibson, la jode, pero bien. Y esto, lejos de vulgarizarlo, lo vuelven un personaje más interesante.  Jamie Dornan clava su actuación.

            El paralelismo entre estos dos adversarios es demasiado evidente como para que los guionistas pierdan el tiempo restregándonoslo por la cara. Las veces que lo muestran de una manera explícita, es con tino. Spector haciendo ejercicio en las tinieblas de un parque nocturno, Gibson nadando en una solitaria piscina, iluminada por una luz helada. O esa secuencia larga, morbosa, casi truculenta, en la que se intercalan a Gibson manteniendo relaciones sexuales con un policía que le ha llamado la atención, sin mediar palabra y el contacto justo, con Spector, llevando a cabo su asesinato más perfecto y ocupándose de dejar el cadáver limpio, con enorme delicadeza.

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            Veremos cómo sigue la serie, tras un final no del todo satisfactorio. Porque esperar, esperamos mucho.

noviembre 5, 2012

El Héroe-Rey

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:39 pm
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            The Hollow Crown cierra con la más popular, célebre y representada obra de la Henriada: Enrique V. Era, pienso yo, la adaptación más sencilla. De hecho, hay dos versiones cinematográficas previas, la de Lawrence Olivier y la de Kenneth Btanagh, muy populares, con sus aciertos y sus errores. Curiosamente, éste último drama es el que más indiferente me ha dejado. Ricardo II me sigue pareciendo el mejor de los cuatro largometrajes y en las dos partes de Enrique IV sufrí mucho la vejación constante a Falstaff, que envenena estas adaptaciones irremediablemente, pero me gustó bastante todo lo demás. En cambio, la historia de las correrías del Rey Enrique por tierras francesas… pues ni frío ni caliente.

            Tom Hiddleston es lo mejor de la película, lo cual es razonable, porque Enrique V es el centro de la obra, como Ricardo de la suya. Monarcas muy diferentes, eso sí. Enrique V es el anti-Ricardo: su poesía es muy inferior a la del rey destronado, pero como político, guerrero y líder carismático, le supera infinitamente. Muchos críticos ensalzan a Enrique V, Monarca Ideal, Gran Estrella de Inglaterra, libre ya, como repiten en la obra sus cortesanos y consejeros, de sus vicios juveniles; libre de la influencia de Sir John Fasltaff. Otros críticos, quizás los más sabios, sienten, en cambio, algo más que reservas frente a este soberano tan aclamado.

            Hazlitt, por ejemplo, lo cala de una mirada: Era un héroe, es decir, estaba dispuesto a sacrificar su propia vida por el placer de destruir miles de otras vidas… ¿Cómo es que nos gusta entonces? Nos gusta en la obra. Allí es un monstruo muy amable, un espectáculo muy espléndido… Yeats es menos burlón que Hazlitt: Enrique V, escribe, tiene los vicios groseros, los nervios toscos de quien tiene que gobernar entre gente violenta y está tan lejos de ser “demasiado amistoso” con sus amigos que los pone en la puerta cuando se les ha acabado el tiempo. Está tan desprovisto de remordimientos y de distinciones como una fuerza natural, y lo mejor de su obra de teatro es la manera en que sus viejos compañeros salen de ella con el corazón roto o camino de la mazmorra.

            En esta versión de la BBC hay cierta ambivalencia hacia Enrique V. Ni es una glorificación tan rampante como la de Branagh, ni se sigue la fría y certera visión de Yeats y Hazlitt. Hiddleston pasa del ambiguo, felino y seductor Hal al león rugiente del Rey Harry, quien despacha al embajador francés, tras el insulto del estúpido Delfín, con uno de los más amenazadores discursos que jamás haya pronunciado un gobernante, real o ficticio. Los obispos de Canterbury y Ely, se sonríen. Queda claro que ellos dan justificación legal y aun religiosa a las depredaciones de Enrique, para así evitar una ley de los Comunes, la cual amenazaba las posesiones seculares eclesiásticas. Sin embargo, creer que estos dos clérigos han manipulado a Enrique es tenerlos a ellos en demasiado y al Rey en demasiado poco. Enrique necesitaba una cobertura legal y una excusa honorable, para, invocando piadosamente a Dios, lanzarse a sus matanzas. Las consigue, pero va de cabeza a la guerra por voluntad libérrima, no engañado.

            En la línea que ha mantenido The Hollow Crown de resumir o eliminar escenas, aquí se nos escamotea aquella en la que Enrique condena a muerte a Cambridge, Scroop y Grey, por traición, tras jugar sádicamente con ellos. Quizás pensaban que le daba un aire demasiado sombrío. Sin embargo, no eliminan el ahorcamiento del pobre Bardolph, ni tampoco la orden de asesinar a sangre fría a los prisioneros franceses. Me parece que la óptica de la adaptación es que esos actos son terribles pero justificables, en virtud de la Razón de Estado. O sea, que Enrique, por despiadado que parezca, actúa como gran Rey; nunca se coloca al espectador en contra del protagonista.

            Igual puede entenderse las visitas nocturnas de Harry a sus soldados, la víspera de la batalla, sonriente y cordial, para luego, embozado, infiltrarse en conversaciones. El Alférez Pistol, amargado por la muerte de su amigo Bardolph, por el sinsentido de la guerra, con una mínima pizca de falstaffianismo (pues no en vano era un seguidor del Gran Ingenio) da bruscas contestaciones al disfrazado monarca. Y más amargas serán las quejas del soldado Williams, que logran hacer perder los estribos al Rey, quien se comporta como un niño mimado al cual súbitamente empieza a criticarse. Harry se tomará su venganza, jugando como el gato con el ratón al ver a William tras la batalla. Como gran político, deja salva la vida del soldado, e incluso le recompensa, ganándose así la estima de todos, pero yo tengo la sensación de que Williams libra la cabeza de milagro, por capricho principesco. En esta escena está perfectamente plasmado el poder de un Monarca Absoluto, libre para quitar o dar la vida, irresponsable y sin remordimientos.

            Se nos va la larga reflexión de Harry sobre las cargas de la realeza, herido por las crudas palabras de Williams y Pistol, pero tenemos las, pienso yo, muy hipócritas oraciones antes de la batalla y, desde luego, los dos mejores momentos de Enrique V: el discurso de San Crispín y la seducción de Katherine.

            La arenga del Rey ante sus tropas, felicitándose de que su hueste sea tan escasa, pues así lograrán una mayor gloria en la victoria, es una pequeña obra maestra de la manipulación; lean un fragmento:

            Nosotros pocos, nosotros los pocos felices, nosotros banda de hermanos;

            Porque aquel que derrame su sangre conmigo

            Será mi hermano, por más vil que sea

            Este día ennoblecerá su condición:

            Y los caballeros de Inglaterra que están ahora en la cama

            Se juzgarán malditos de no haber estado aquí,

            Y tendrán en poco su hombría cuando hable alguno

            Que haya combatido con nos el día de San Crispín

            Bloom se muestra particularmente mordaz con este discurso: Ése es el rey, justo antes de la batalla de Agincourt. Está muy agitado, nosotros también; pero ni nosotros ni él creemos una palabra de lo que dice. Los soldados rasos que combaten con su monarca no van a convertirse en hidalgos, no digamos ya nobles, y “el fin del mundo” es una evocación demasiado pomposa para una rapiña imperialista de tierras que no sobrevivió mucho a la muerte de Enrique V, como el público de Shakespeare sabía muy bien.

            De acuerdo, ¡pero qué gran discurso mentiroso es, entonces! Hiddleston lo declama muy bien, pero, por algún incomprensible designio de dirección, sólo ante cuatro nobles. ¡Vaya desperdicio de elocuencia! La escena tendría que haber sido ante la soldadesca, que prorrumpiría en vítores, justo antes de escuchar a los acorazados caballeros franceses. Vendría entonces la batalla, entre la flor y nata de la caballería de Francia, convencida de que aquello iba a ser un paseo, y los sufridos arqueros ingleses, en un combate, a decir de varios historiadores militares, que cambió las reglas de la guerra en Europa.

            Pero nada, la arenga se desperdicia y la batalla, la verdad, también. No me esperaba yo un despliegue de medios a lo HBO, pero caramba, tan poco, tan poco… El clímax de la obra pasó sin alzar mucho la cabeza.

            Por suerte, a Hiddleston le quedaba una última gran escena y esta vez sí le dejaron llenarla. La charla, dama de compañía traductora (Geraldine Chaplin) de por medio, entre Harry y Katherine es la mejor de esta versión. Vemos de nuevo al brillante príncipe Hal, seduciendo a la bella princesa, mintiendo como un bellaco, pero con una sonrisa tan encantadora, que entendemos que espectadores, críticos y el mismo Faltsaff hayan caído rendidos a sus pies. Bloom lo admite: Falstaff era el espíritu, mientras que Enrique no es más que la política. Pero la política se presta para un soberbio boato y algo en cada uno de nosotros responde al regocijo de Enrique V. El militarismo, la brutalidad, la pía hipocresía, todo queda oscurecido por el carismático héroe-rey. Esto es muy conveniente para la obra, y Shakespeare cuida de que recordemos los límites de su obra.

            Ahora bien, fuera de Tom Hiddleston y de su brillante personaje, ¿queda algo en esta adaptación que merezca la pena? Muy, muy poco. Enrique V no muestra a Falstaff, pero nos concede el relato de su muerte, en el maravilloso lamento de la Hostelera Quickly. Julie Walters la interpreta con tino, pero mal apoyada por la dirección, que mete unos violines cuando no vienen a cuento y los corta a mitad del párrafo, como dándose cuenta de su equivocación. A Pistol, inferior a su viejo cabecilla, pero con cierta energía, lo reducen a casi nada.

            Peor aún se trata al capitán galés Fluellen. Este soldado bravo, es también un secundario cómico, con su marcado acento y sus largas conversaciones, que son bastante ridículas, pero que él se toma muy en serio. Aquí, en cambio, no es más que una máquina de picar carne francesa y un fiel creyente de la disciplina militar más decarnada. Sus líneas quedan reducidas a una mínima parte. De hecho, su mejor momento, cuando compara elogiosamente a Enrique con Alejandro Magno, es cortado. Muy probablemente porque ese elogio es en verdad un regalo venenoso, pues se recuerda cómo Alejandro mató a su amigo Clito y cómo Enrique mató, al rechazarlo, a su mentor Jack Fasltaff.

            Poco más hay digno de mención en este cierre, salvo el hábil uso del Coro, con John Hurt dándole la voz y empleando muy cinematográficamente sus explicaciones. También es astuto comenzar y cerrar la película con el entierro del Rey, logrando así que el público sienta el luto por la desaparición de este amable monstruo. Pero es, en general, a salvo su protagonista, una adaptación irregular, un tanto floja, con demasiados errores de dirección, de estructura, de ritmo, de cortar lo que no se debía y alargar lo innecesario.

            The Hollow Crown tiene sus virtudes, pero yo, en el lugar de la BBC, cambiaría rápidamente de directores.

octubre 29, 2012

Falstaffiada sin Falstaff

            Harold Bloom da a Enrique IV, Partes I y II el nombre de la Falstaffiada. Porque en ellas Shakespeare dio vida a uno de sus más grandes personajes, Sir John Flastaff, el Gran Ingenio. Falstaff es tan magnífico como arriesgado: estar cerca de él no conduce ni a la comodidad ni a una vida ortodoxa, ni segura; acercarse a él como director o actor puede ser una tarea demasiado ardua. Y en la adaptación de The Hollow Crown, ay, lo ha sido.

            Pero vayamos por partes. En estas dos películas, la BBC nos lleva a los tumultuosos últimos tiempos de Enrique IV. Al usurpador Bolingbroke le crecen los enanos: los nobles que le apoyaron en su escalada de poder le estorban ahora al reinar; los rencores, las ambiciones y las intrigas llevan a Inglaterra, una vez más, a la guerra civil. Las luchas por el poder, entre los rebeldes que tienen a Hotspur como caudillo carismático, y los fieles al Rey, conforman uno de los arcos argumentales de las obras.

            Y, en verdad, es el que mejor está tratado, también porque es el más sencillo. Las intrigas asesinas y las guerras siempre resultan entretenidas; si, además, tenemos la literatura de Shakespeare y a dignos actores, pues tanto mejor. Aún así, tampoco está exento de fallos.

            La ambientación es excelente, BBC obliga. La luminosidad irreal de Ricardo II deja paso al frío y las tinieblas. Una luz gris, gélida, de invierno y nieve, barro y lluvia, gobierna las escenas diurnas. Y las nocturnas son aún más sombrías, duras como la piedra de Westmisnter o sucias como los campos de batalla y los callejones de Londres. Como de costumbre, el atrezzo y el vestuario son impecables. Y los secundarios cumplen dignamente su papel.

            ¿Entonces? Hay graves fallos de dirección, a mi entender, en especial en la Parte I. Uno de los más obvios, olvidar que esto es una adaptación televisiva de una obra de teatro, no una representación teatral. Muchos actores, en especial Joe Armstrong (Hotpsur) y sus rebeldes, declaman a grito pelado cuando se supone que deberían estar susurrando. El contraste entre esa gran escena de Ricardo II en la que los aristócratas, mientras ven el féretro de Juan de Gante, forjan la conspiración de apoyo a Bolingbroke entre murmullos y miradas de soslayo, y esa otra de Hotpsur, su padre y su tío, tras ser despedidos por el airado monarca, es demasiado marcada. En ésta última, es imposible que Enrique IV no haya escuchado a esos levantiscos norteños decidir darle una paliza a base de espadazos.

            Armstrong se pasa todas sus escenas (salvo una) hablando demasiado alto. Sí, Hotpsur es de genio vivo, hiriente hasta con sus aliados y una magnífica máquina de trinchar carne en batalla. Pero se puede ser todo eso sin vociferar como si a quien estás insultando estuviera en el gallinero. Porque no hay espectadores en el gallinero, sino en el sillón de casa. Hombre.

            Que Jeremy Irons fuera convocado para calzarse la corona de Enrique me pareció una buena noticia. Pese a que de tanto en tanto Irons me decepcione (¿Dragones y Mazmorras, señor Irons? ¿Por qué?), tienen mucho más en el haber que en el debe. ¿Triunfa como Enrique IV? Casi. Y estoy seguro, esto lo repetiré algo más adelante, que el casi no es culpa suya, sino de un fallo de dirección. Porque, en efecto, me parece bien mostrar a un Enrique enfermo, envejecido, intranquilo e inseguro. Lo que no me parece bien es quitarle todo poderío regio.

            No me parece bien desde un punto de vista dramático. El dolorido Enrique de la Segunda Parte sería mucho más poderoso si en la Primera Parte, cuando menos en sus primeras escenas, hubiésemos contemplado a un monarca lúgubre, pero majestuoso, con autoridad y fuerza. Incluso aunque esa fuerza se pagara con toses y sufrimientos cuando los cortesanos hubieran sido despachados. Así, el gran monólogo sobre el sueño que el insomne Rey a medias murmulla, a medias grita, en la Segunda Parte (gran, gran momento), hubiera sido mil veces más impactante, de haber visto a un Rey menos hundido al inicio. John Gielgud, en Campanadas de medianoche, encarnaba a un Rey marmóreo, con una fuerza implacable y rígida. Una mezcla del Gielgud allí y del Irons acá, hubiera sido cabal. Con todo y con eso, Irons es, creo yo, quien mejor encarna a su personaje, de entre los principales.

            Enrique IV muestra bastante brío en los encuentros con su primogénito, el Príncipe Hal. Hal anda a caballo entre los dos arcos, el cortesano-guerrero y el popular. Tom Hiddleston tiene el encargo de calzar las botas de uno de los papeles más difíciles de interpretar. Porque Hal es ambiguo y astuto, tanto que engaña a lectores y espectadores, y quizás a sí mismo.

            La historia de Hal es la más importante de todo Enrique IV. Para unos, es la redención de Hal, quien abandona una vida de vicio, degradación y juergas con compañeros indignos y asciende a las cumbres de la majestad, hasta convertirse en el Gran Rey de Inglaterra. Para otros, es el ascenso de un magnífico guerrero y un futuro poderoso monarca, que, tras aprovechar muy bien el tiempo pasado entre la gente común, se deshace de todo cuanto le estorba en su camino hacia el trono y la corona.

            Esta versión de la BBC, me parece a mí, anda seducida por el carisma de Hal y no es extraño, porque es un personaje carismático. Durante la Parte Primera es constantemente comparado con Harry Percy, Hotpsur, siempre para criticar al Píncipe de Gales, pero éste es más peligroso, más hábil y más cruel que el pasional rebelde escocés. Hiddleston, no sé si de manera consciente o por estar él también doblegado por su personaje, encarna a un Hal felino, atrayente e imperial. Cuando él está en escena, todos los demás personajes empequeñecen, por admiración, por temor o por ambas cosas. Ya verán, seguro, la apoteosis que le van a preparar en Enrique V.

            Lógico, porque Hal tiene, como dice Bloom, muchas similitudes con Alejandro Magno. Joven, atractivo, magnético, hábil, despiadado, ambicioso, guerrero y lleno de ambiciones épicas. Es un monstruo que mandará a miles a la muerte por su deseo de gloria, pero esos miles y otros miles le aclamarán por ello.

            Hal es Alejandro, pero no tuvo de maestro a Aristóteles. El suyo es el gran personaje de las obras, que algunos críticos comparan con el mismo Jesús y otros con el mismo Sócrates. No ando muy de acuerdo con ninguna comparación, pero la socrática me parece algo más acertada. Sir John Falstaff es el Ingenio Máximo de Shakespeare, y no le regateo el título de Sócrates de Eastcheap, si se le quiere conceder. Aquí, lo siento, es cuando tengo que señalar a la BBC con el dedo acusador. Porque si su Enrique IV es digno y ha sido seducida por Hal, o bien no ha comprendido o bien ha decidido destruir a Falstaff. Y eso es un pecado.

            Voy a citar un grandioso párrafo de William Hazlitt. Es un poco largo, pero necesario para entender por qué estoy tan airado con el Falstaff que aquí nos ha sido ofrecido:

            La bendición de la libertad conseguida con humor es la esencia de Falstaff. Su humor no sólo está dirigido principalmente contra obvios absurdos; es el enemigo de todo lo que interfiera con su gusto, y por lo tanto de todo lo serio, y especialmente de lo respetable y moral. Pues estas cosas imponen límites y obligaciones y nos hacen súbditos de la ley, esa vieja patraña de papá, y del imperativo categórico, y de nuestra posición y sus deberes, y de toda clase de inconvenientes. Digo que es por lo tanto su enemigo, pero soy injusto con él; decir que es su enemigo implica que los considera cosas serias y reconoce su poder, cuando en verdad se niega a reconocerlos en absoluto. Para él son absurdos, y reducir una cosa al absurdo es reducirla a nada y marcharse libre y regocijado. Eso es lo que Falstaff hace con todas las pretendidas cosas serias de la vida, a veces sólo con sus palabras, a veces también con sus acciones. Hará que la verdad aparezca como absurda por medio de solemnes declaraciones que externa con perfecta gravedad y que espera que nadie crea; y el honor, demostrando que no puede arreglar una pierna y que ni los vivos ni los muertos pueden poseerlo; y la ley, evadiendo todos los ataques de su más alto representante y obligándolo casi a reírse de su propia derrota; y el patriotismo, llenando sus bolsillos con los sobornos ofrecidos por soldados competentes que quieren escapar del servicio, mientras toma el lugar de los tullidos, los lisiados, los presidiarios; y el deber, mostrando como trabaja en su vocación: la de robar; y el valor, burlándose de su propia captura de Colevile e igualmente proclamando que ha matado a Hotspur; y la guerra, ofreciendo al príncipe su botella de vino de Canarias cuando le pide una espada; y la religión, divirtiéndose con el remordimiento en ratos de ocio cuando no tiene otra cosa que hacer; y el miedo a la muerte, manteniendo perfectamente intacto, frente al inminente peligro e incluso cuando siente el temor de la muerte, exactamente el mismo poder de disolverlo en bromas que muestra cuando está sentado tranquilamente en sus posaderas. Esos son los maravillosos logros que lleva a cabo, no con la acritud de un cínico, sino con el regocijo de un muchacho. Y por eso lo alabamos, lo loamos, pues no ofende a nadie más que a los virtuosos, y niega que la vida sea real o sea seria y nos libera de la opresión de esas pesadillas y nos eleva a la atmósfera de la perfecta libertad.

            Bueno. Y ahora comparen a éste, el verdadero Falstaff, con el que interpreta (mal dirigido, calculo) Simon Russell Beale. No, no y mil veces no. No a ese Falstaff con cierto ingenio, sí, pero grotesco. A un Fasltaff bufonesco, que no verdadero bufón shakesperiano. A ese Falstaff torpón, que ríe para disimular el miedo y la angustia, que es y se siente viejo, a ese Falstaff que enlaza mentiras para salvar el pellejo, no para sencillamente divertirse metiéndose y saliendo indemne de todo duelo verbal. Ese Fasltaff cobarde, miserable, esa alimaña que merece en verdad el desprecio del Príncipe. No, no y no. No es Falstaff.

            Porque Falstaff nunca debe tener miedo de Hal, y éste lo tiene. Falstaff ama a Hal, quien fue su discípulo y su joven de oro. Hal ya no ama a Falstaff, desde el principio de la obra. Las ironías de Hal son asesinas, pero Falstaff las derrota siempre, siempre. No sólo las derrota, las arrasa. Un duelo dialéctico contra Falstaff sólo puede acabar con una sonada victoria de Sir John, no con un empate por los pelos, ni con una salida desperada, mientras mira con aire de perro apaleado.

            Es injusto, terriblemente injusto, que mutilen los diálogos de Falstaff. Le quitan muchas de sus réplicas y de sus bromas. A Hotspur se le respeta (y hacen bien) su Doomsday is near; die all, die merrily! A Falstaff se le escamotea su Give me life. Se conserva su gran monólogo sobre el honor, pero se saca de contexto su no menos gran reflexión sobre las virtudes del jerez, que trae a colación para criticar al príncipe Juan de Lancaster, ese digno hijo de Bolingbroke, abstemio, traicionero y asesino. Su duelo con el Jefe de Justicia carece de agilidad y alegría.

            Y es una desgracia lo que hacen con el “centro radiante” (Bloom) de la Primera Parte: el enfrentamiento entre Falstaff y Hal, cuando juegan a ensayar el diálogo de reencuentro entre Enrique IV y su hijo. Aquí, es cuando Hal se quita la máscara con la excusa del papel e insulta con terrible virulencia al Gordo Jack. Y donde Falstaff da su más conmovedora réplica: Pero decir que conozco en él más mal que en mí mismo sería decir más de lo que sé. Que sea viejo, tanto más digno es de compasión, sus canas dan fe de ello, pero que sea un putañero, lo niego perentoriamente. Si el vino de Canarias con azúcar es una falta, ¡Dios ayude al malvado! Si ser viejo y alegre es un pecado, entonces más de un viejo compadre que conozco está condenado; si ser gordo es ser odiado, entonces hay que amar a las vacas flacas del Faraón. No, mi buen señor; despedid a Peto, despedid a Bardolph, despedid a Poins…, pero al dulce Jack Falstaff, al buen Jack Falstaff, al leal Jack Falstaff, al valiente Jack Falstaff, y por ello tanto más valiente por ser el viejo Jack Falstaff, no lo desterréis de la compañía de vuestro Harry; desterrad al gordo Jack y desterráis al mundo.

            Lo que dije sobre Enrique IV, lo repito aquí, multiplicado por mil. Si el Falstaff de la Primera Parte fuera el verdadero Falstaff, entonces la interpretación de Beale en la Segunda Parte sería más convincente y hermosa. Porque entonces esa confesión a Doll (Soy viejo, soy viejo) estaría llena de dolor, al ser dicha por el más alegre vitalista. Y ese diálogo de réplicas secas con las que Falstaff quiere hacer callar al pesado del juez de paz Shallow (un muy bueno David Bamber) y sus recordatorios de la juventud pasada y de la cercanía de la muerte, serían más lacerantes. Y ese momento de alegría pura, al saber que Hal será coronado, más cruel. Y esa escena donde Enrique V (qué bien está ahí Hiddleston) lo repudia públicamente, frío, impasible, destruyendo al Señor del Lenguaje, más devastadora.

            No, sólo supieron darnos a Falstaff triste, cansado, vencido. Pero como no nos dieron antes al Gran Jack, todo quedó en poco.

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