Con un vaso de whisky

diciembre 27, 2014

Trepando el Pozo

 

            Birmingham nos ha dado la bienvenida, una vez más. Thomas Shelby, junto con su clan, nos ha recibido entre balas, whisky, apuestas, intrigas y pasiones. A lo que parece, aún podremos regresar a los dominios de los Peaky Blinders una tercera vez, al menos. Lo cual me llena de perverso regocijo. Porque tiene que ser perverso el placer que uno obtiene visitando este Pozo temible. No por ello menos real.

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            He disfrutado mucho de esta segunda temporada de Peaky Blinders. Después de la descomunal primera temporada (hablamos de ella aquí), sentía una gran expectación. Que aquellos que no los hayan paladeado lo tengan claro: estos nuevos seis episodios merecen con creces ser vistos luego del primer visionado. Esto es, la BBC lo ha vuelto a conseguir. Ahora bien, y esto debo también dejarlo claro, considero que la segunda temporada no ha logrado superar, ni tan siquiera estar al mismo nivel, de la primera. Si les ayudan las notas escolares, la primera temporada rozaba el 10. Esta se queda entre el 8 y el 9.

            Los porqués los desarrollaré más abajo, ya que me obligarán a destripar en parte la trama. Los apartados formales y cinematográficos que en la primera eran de matrícula, aquí siguen siéndolo. La fotografía es magnífica, la ambientación, inmejorable. Birmingham sigue siendo la pesadillesca ciudad industrial de principios de siglo XX, y con ella se nos ofrecen unas visitas al submundo criminal londinense que le dejan a uno salivando. Los directores saben dar un ritmo pausado, letárgico, cuando conviene, y endiabladamente rápido, cuando es preciso (el asalto a la elegante sala de noche en Londres es brillante). Del mismo modo, el inteligentísimo empleo de la música, con canciones décadas posteriores a la época de la acción que quedan engarzadas sin fisuras, vuelve a ser marca de esta casa. “The Red Right Hand”, el tema principal, se escucha en varias versiones, cada cual adecuada para su momento.

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            Los actores siguen demostrando que quien se encarga de los castings británicos no falla casi nunca. Cillian Murphy repite su, para mí, papel de una vida. Sam Neill, sigue a la altura como su antagonista. Paul Anderson se come ciertas escenas como el pobre Arthur. Helen McCroy es una señora actriz. Entre las caras nuevas, mi favorita de largo es la barbuda de Tom Hardy, dando vida al genial gangster hebreo de voz gutural Mister Solomons.

            En resumen, para lo que no hayan disfrutado de esta segunda incursión en las movedizas arenas del crimen organizado y de las cloacas del Estado de entreguerras: están tardando.

            Entonces, ¿por qué no me ha parecido tan redonda? Veamos. A partir de aquí, spoilers.

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            La primera temporada acabó con uno de los mejores cliffhangers que yo recuerdo. Esta segunda temporada empieza resolviéndolo. He de confesar que yo estaba convencido de que el Inspector Campbell había ejecutado a sangre fría a Grace. Me sorprendió que fuera ella quien dejara fuera de combate a su antiguo superior. Y, después, Steven Knight y los suyos nos llevan dos años al futuro.

            Nos encontramos con una familia que ya controla lo legal y lo ilegal. El imperio de los Peaky Blinders es absoluto en Birmingham. Por ello, Thomas, el intrigante Thomas, el calculador Thomas, tiene sus ojos puestos en Londres, donde hay una guerra entre facciones. De sus viejos enemigos, ya pocos le pueden causar problemas: los comunistas no son ya una fuerza (la muerte de Freddie Thorne, ignoro si precisa por otros motivos, entierra en la serie esta facción). La policía está de nuevo a sueldo. La caída del “rey” Billy Kimber le ha dejado sin rivales en el submundo (por cierto, ¿qué habrá sido del contable o abogado de Kimber, esa especie de eminencia gris que parecía entenderse tan bien con Thomas?). Sólo los fenianos, parece, son una amenaza.

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            Thomas se ve envuelto, sin embargo, pronto en una intriga ajena. Los irlandeses pro tratado, en amarga guerra civil contra aquellos que lo rechazan (excurso, Murphy está magnífico en “El viento que agita la cebada”, una película, justamente, sobre dos hermanos irlandeses en bandos opuestos en esta guerra), colaboran con los servicios secretos británicos en un asesinato que les beneficiará a ambos. Pero quieren a un tercero para ejecutarlo. El elegido es Shelby. Y esa elección viene del ahora mayor Chester Campbell, quien, pese a cojo, ha sobrevivido al disparo de Grace y ha ascendido en la jerarquía.

            Tenemos así dos tramas de relaciones triangulares. La criminal, entre los Shelby, Solomons (lo repito, un personaje genial, sus encuentros con Thomas son de lo mejor de esta temporada) y Sabini. Éste mafioso italiano es el punto débil de esta trama; me resultó una versión de Kimber con más manierismos y menos gracia. La de espionaje, entre Campbell, los irlandeses y Thomas. A ello hay que sumar otro triángulo: el formado por Polly, su rencontrado hijo Michael y el resto de la familia, mientras Michael se ve atraído irresistiblemente y de muy buena gana por el carisma negativo de Thomas y el aura de poder, emoción y violencia del clan. Y otros dos más, el de amor formado por Thomas, Grace y May; el de odio, formado por Thomas, Campbell y Grace. Mucho triángulo.

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            Antes de seguir, ya que lo he comentado al referirme a Michael, un apunte sobre el enfoque romántico del criminal. Sin duda alguna, “Peaky Blinders” presenta un enfoque hasta cierto punto complaciente con este grupo de criminales. Nos caen bien, nos gustan estéticamente, son los protagonistas de la función. No tanto los héroes. La serie tiene bien cuidado de no endulzarnos sus salvajadas, su violencia cruel. Por si a alguien aún se siente tentado a pensar como el joven Michael, ahí tenemos la estremecedora escena entre Arthur, ahogando en licor y droga el odio que siente por sí mismo, y la madre del muchacho al que mató a puñetazos. Creo que esa señora es el único personaje que se opone a los Shelby sin más fuerza que la moral; y el que pierde, a ojos del espectador, es Arthur.

            Todos estos triángulos tienen elementos de respeto. Pero son tantos, que no hay tiempo para todo y unos ceden terreno a otros. Uno de los más importantes, en principio, la trama de asesinato político, queda muy oscurecida por todos los demás. Apenas se da un par de escenas a los irlandeses (buenas escenas, eso sí) y el duelo entre Thomas y Campbell queda demasiado enfocado, creo, en el triángulo emocional. Volveré sobre ello en un momento. El criminal, en cambio, está brillantemente desarrollado. Por astuto que sea Thomas, se las ve con individuos crueles, despiadados y también inteligentes, que le ponen contra las cuerdas en más de una ocasión.

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            El triángulo amoroso es el flojo. Aunque siempre es agradable ver actuar a Annabelle Wallis, Grace, en tanto personaje, me pareció descartado al final de la anterior temporada. Viva o muerta, tenía más fuerza como fantasma que obsesionaba a los dos viejos enemigos que como amante de uno de ellos en carne y hueso. En cuanto a May, podía tener su sentido como pasatiempo de Thomas; no me creí que el gélido líder de los Peaky Blinders, con su amada clavada como un aguijón en su espíritu, aceptase con tanta alegría una sustituta. Con todo, su único encuentro en las carreras deja un regusto agrio en Grace, lo cual es de agradecer.

            El triángulo del odio. O sea, el duelo a muerte entre Campbell y Thomas. Ya en la anterior temporada el mutuo desprecio entre estos personajes y su colaboración obligatoria, daba pie a momentos bien jugosos. En esta temporada, el juego ha sido más turbio. Mientras que en la anterior partida Campbell tenía como primer objetivo la misión y hacerle la puñeta a Thomas venía a ser un extra, en esta el mayor está entregado a sus oscuras pasiones. Ése es el punto de diferencia entre ambos. Sí, se odian, como se escupen en su última, sarcástica conversación, (que los iguala más de lo que ambos querrían) pero Thomas controla ese odio, no deja que ponga en peligro sus proyectos, mientras que Campbell (despiadado y maquinador como es) permite que sus ansias de revancha le nublen el juicio. Resulta curioso cómo se ha oscurecido a Campbell. El honesto y duro policía, para quien los fines de la Corona justificaban todos los medios, se ha convertido en un individuo aún más turbio: su tortura de Michael y la violación a Polly sólo buscan hacer daño a Thomas, a los suyos. Ni por un momento (como tampoco Polly, parece) me resultó creíble esa supuesta confesión in articulo mortis. Ni el viejo Chester lo diría con sinceridad, casi seguro

            El otro gran problema de la temporada, que se une a este abigarramiento de tramas, es la falta de un hilo de plata. Las distintas intrigas de la primera temporada se enroscaban alrededor de un eje común: las armas robadas. Eran el macguffin, pero un macguffin muy útil, el oro del Rin que podía dar a Thomas el poder para alzarse o condenarle a caer. En esta temporada no había nada que sirviera de mortero para soldar las distintas piezas. Lo único, la propia capacidad de Thomas para enlazar su misión como reluctante asesino y sus objetivos particulares como mafioso. Siendo Thomas quien es, logra el éxito en el frenético último capítulo. Pero es demasiado poco, no da a los seis episodios de una cierta unidad que me resultaba un gran activo en la primera tanda.

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            Algo hay en común a los personajes: tratan todos de salir del Pozo. Thomas quiere extender su influencia y llegar a ser un miembro respetable de la sociedad, intocable por la Ley. Campbell quiere destruirle, para exorcizar sus fantasmas, para salir de su propia cárcel de rencor. Polly quiere salir de su vida pasada a través de su hijo. Arthur no encuentra más salida que embrutecerse con estupefacientes. En el fondo, todos ellos seguirán dentro del pozo, por mucho que se esfuercen. Sólo Ada se ha liberado y, por ello, tampoco tiene apenas peso en la historia.

            En cuanto al final, en un principio reaccioné con cierto disgusto. Me parecía un tanto tramposo. Pero luego aprecié su ironía. Campbell y Thomas han estado peleando bajo la lupa del gran intrigante, un tortuoso Winston Churchill. Ha concedido ventaja a uno u otro contendiente según le interesaba y siempre velando por sus propios fines. Si, en última instancia, desbarata el plan de venganza urdido por su servidor, actuando como una suerte de deus ex machina, lo hace porque Thomas Shelby puede ser un peón útil.

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            Sí, Thomas ha sobrevivido y sus enemigos han caído (parece, aunque ese Campbell tiene la piel dura). Su imperio ya llega a Londres. Está saliendo del Pozo y el futuro le sonríe entre el humo. Aunque ahora crece a la sombra del Imperio. Y ya se sabe que la Corona no tiene aliados; tiene intereses.

            Blimey, larga se me hará la espera.

diciembre 16, 2014

Memorias de un verdugo

            Hermanos hombres, dejadme que os cuente cómo ocurrió. No somos hermanos tuyos, me replicaréis, y nos importa un bledo. Y es muy cierto que se trata de una tenebrosa historia, aunque también edificante, un auténtico cuento moral, os lo aseguro. Existe el riesgo de que resulte un tanto largo, porque, bien pensado, sucedieron muchas cosas, pero a lo mejor no tenéis mucha prisa; con un poco de suerte, no andáis mal de tiempo. Y además no es algo ajeno a vosotros; ya veréis como no es algo ajeno a vosotros.

            Así comienza “Las Benévolas”, la novela de Jonathan Littell, autor estadounidense, escrita en francés, las ficticias memorias del Doctor Maximilian Aue, miembro de las Schutzstaffel, las Escuadras de Protección, las temibles SS; memorias que nos llevan de Berlín a Polonia, de París a Stalingrado, donde sucedieron hechos nada ficticios.

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            Esta novela compleja, larga y difícil no tiene un argumento claro. Ni los nombres musicales de sus partes (Tocata, Alemandas I y II, Courante, Zarabanda, Minueto en rondós, Aire y Giga) ni su título, ofrecen muchas pistas. Las Benévolas eran deidades griegas temidas aun por los olímpicos, encargadas de castigar al parricida, sin hacer caso de excusas, atenuantes u órdenes ajenas. Es, por cierto, el título del penúltimo volumen de la gran obra de Neil Gaiman, “The Sandman”, que, si no han leído, deberían empezar ya; de nada. Seguimos. Aunque hay unos personajes que aparecen hacia la mitad del libro y pueden ser un mordaz remedo de estas diosas vengativas, es algo que queda abierto a la interpretación y dejaré que sea usted, lector, el que se enfrente al acertijo.

            Se trata, lo advierto, de una lectura ardua. Aunque también de una lectura hipnótica. Ciertas páginas se vuelven áridas, calculadamente, diría yo, pero al párrafo siguiente no podía dejar de leer durante decenas y decenas de folios. Memorias extrañas, su autor (quiero decir, el Doctor Aue) varía su estilo considerablemente. Puede ser el más gris burocrático, al exponer la retorcida estructura del Tercer Reich, digno de un notario, al narrar las reuniones de los jerarcas y de los cuadros medios nazis, para pasar a uno propio de corresponsal de guerra, al describir, con un realismo hiriente, las miserias del día a día en la guerra, de un minucioso observador al exhibir el genocidio; pero también de un visionario enloquecido cuando se trata de narrar pesadillas (y pocas novelas con escenas oníricas más perturbadoras he leído) o de un pensador cínico, culto y refinado al pasar al primer plano sus personales opiniones.

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            Es también una lectura inquietante; a ratos, demoledora. No tanto por la exacta descripción de las salvajadas de los nazis o de la guerra. Leo que Vargas Llosa escribió que uno cree saberlo todo ya sobre el vertiginoso salvajismo con que los nazis se encarnizaron por liquidar judíos. Jonathan Littell nos revela que no, que todavía fue peor, que los crímenes, la inhumanidad de los verdugos alcanzaron cimas más altas de monstruosidad de lo que creíamos. Son páginas que quitan el habla. Con todo respeto hacia un Nobel de Literatura, discrepo. No en que quiten el habla, sino en que nos la quiten por los detalles de las atrocidades nazis. Pese a que tanto revisionista por ahí a veces haga parecer lo contrario, el Holocausto, su horror hacia judíos, eslavos, gitanos, homosexuales, enemigos políticos, religiosos y otros grupos minoritarios (cada uno por motivos diversos, no voy a entrar en un debate histórico sutil) está muy documentado y expuesto. El mismo Aue, cuando es destinado a Auschwitz, desestima describir de manera prolija el funcionamiento del campo, precisamente, porque cientos de libros ya lo han hechos y no es cosa de repetirse.

            No, lo siniestro del libro está por otros lados. Por ejemplo, en la insensibilidad que logra causarnos al tercer relato de un crimen de guerra. El estilo es tan frío que hace falta un auténtico esfuerzo de voluntad y de inteligencia para no perder la perspectiva y seguir siendo consciente de lo terrible que estamos leyendo. Y eso no es, en absoluto, lo peor.

            Dos aspectos, creo, son los más temibles de esta narración. La eliminación de la cultura como escudo ante el horror y que el horror se vuelva nuestro único contexto.

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            Amos Oz, en su emocionante “Contra el fanatismo” dice más o menos (cito de memoria): “ojalá pudiera deciros: leed y con ello estaréis inmunizados”. Sin duda, leer, leer mucho, leer variado y saber leer ayudan a mantener a raya el fanatismo. Pero aquí tenemos a Aue, un jurista culto, un melómano, un amante de lo bello, un hombre que busca la compañía y amistad de científicos, filólogos, un lector de poesía y refinada literatura. Que es un nazi, y que debate de manera sofisticada contra sus oponentes ideológicos, defendiendo la cosmovisión hitleriana con pleno convencimiento. Las dudas que le asaltan en ocasiones son sobre matices, sobre detalles que no acaban de encajar, no sobre el sistema ideológico nacionalsocialista. Aue podría haber sido una fuente de Rosa Sala Rose para su excelente “Diccionario crítico de símbolos y mitos del nazismo”. La cultura, la erudición, la sutileza de pensamiento, no nos inmunizan contra el totalitarismo ni el genocidio.

            En esta novela, una amplia mayoría de con cuantos Aue se relaciona es nazi, más o menos convencida. Al principio podemos rechazar con un gesto digno cualquier diferencia entre ellos. ¡Nazis todos! Pero llega un momento en que la escritura de Littell (o de Aue) nos tiene tan atrapados que vemos, las diferencias. Les pondré dos ejemplos.

            En momento dado, las SS y la Wehrmacht tienen un enfrentamiento por si una minoría étnica es o no judía. Si es judía, será exterminada; si no lo es, no. Como la Wehrmacht ve uso en esa minoría en la guerra contra los soviéticos, aboga a su favor, presenta informes etnográficos, análisis de peritos lingüistas, para demostrar que no son judíos. Las SS oponen sus propios estudios. Aue se queja de que ninguno busque la verdad, sino ganar a sus rivales en un juego de política interna, para ver quién manda más. ¡Qué vergüenza, ignorar pruebas claras, torcer los hechos, por una cuestión de influencia política! Aue es honesto. Su honestidad admite que una población sea exterminada. Los motivos de los militares serán cínicos, pero si ganan ellos, cientos, miles de personas, salvarán la vida.

             En otra ocasión, Aue entra en contacto con un juez militar encargado de investigar la corrupción en las SS y, en especial, entre los encargados de los campos de concentración y exterminio. Este juez, honrado y escrupuloso, recibe presiones por todas partes para que no toque a elementos bien relacionados que se están lucrando, malversando bienes del Estado. Aue le admira. Hay que acabar con la corrupción, fuente de todo mal. Sin ella, la sociedad podrá finalmente ser más justa y benéfica, lograr sus objetivos. Claro que será sociedad del Tercer Reich.

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            En varios momentos hay que tomar aire, pues. Dar un paso atrás. Ver que el lago donde nadan estos peces, unos honestos, otros corruptos, unos supervivientes (como Thomas, el amigo de Aue; es curiosa la relación de Thomas y Aue, un poco de Buero Vallejo, el hombre de acción y el hombre de pensamiento) es el del nazismo y que los que luchan por aclarar sus aguas desean que la ideología nazi sea cuanto antes una realidad incuestionada. Oh, Aue no es, desde luego, un matón, ni un psicópata que asesino a cientos por el placer de hacerlo. No, él extermina por otros motivos. Puede ser sano, de cuando en cuando, caer en la cuenta que la corrupción de un sistema no implica per se que ese sistema, limpio, sea digno de ser servido.

            Aue, en varias ocasiones, rechaza la acusación de inhumanidad como una excusa del resto del mundo para desvincularse de los nazis. Es un debate interesante, y debo decir que estoy de acuerdo con el narrador. Igual que otros. Es la tesis de la profesora Sala Rose; se repite también en la notable película “Vencedores o vencidos”. Ver a los nazis como demonios inhumanos es una forma de auto engañarnos. Por eso, quizás, me parezca un poco trampa que el mismo Aue, tan ilustrado, tenga un grave trauma psicológico. Su obsesión enfermiza con su hermana, que le impide vivir su propia homosexualidad con calma, aunque ofrece algunas páginas memorables, puede dar a algún lector una salida fácil. ¡Ah, veis cómo estaban locos todos, de una manera u otra! Locos, locos, de verdad, sólo al final, en ese Berlín derrumbándose en el caos.

            Densa, desagradable en muchas ocasiones, gélida, pasional, documentada hasta lo exhaustivo, realista, onírica, tenebrosa, desasosegante. Mil páginas de horrores, de miseria, de ironía, de humanidad. Mal que nos pese.

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diciembre 8, 2014

Iluminación urbana

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:06 pm
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En una reciente visita a Venecia se me planteó una cuestión de alumbrado público. Varios recién llegados (sin duda habría turistas, pero, dando el beneficio de la duda, supondremos que todos éramos viajeros) embarcamos en el vaporetto que conecta el aeropuerto con la Serenísima. Había anochecido ya y, cada cual, trataba de espiar por las ventanas, ansioso por ver la ciudad, en la Laguna; salvo unos pocos, más ansiosos por otras cuestiones, respetabilísimas en privado.

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            Al enfilar por el Gran Canal, un matrimonio se puso en pie y asomó medio cuerpo fuera del vaporetto. La mujer estaba más bien excitada e incluso creo que daba algún saltito que otro. Como yo recordaba (y recuerdo) muy bien la sensación que experimenté al llegar por vez primera a Venecia, no pude evitar una cierta simpatía por la buena señora.

En esto, estábamos aproximándonos a la notable Ca´ d´Oro. Y la mujer le dijo a su marido, más introvertido: “Lástima que con lo magnífico que es esto no lo tengan iluminado”.

Tuve la inmediata intuición de que la mujer estaba equivocada. Cuanto más lo pienso, más equivocada me parece. Espero que esa frase no se le meta nunca en la cabeza del responsable de Luces y Fanales Vénetas.

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            Distingamos: claro que el alumbrado público supuso un considerable avance en la vida urbana. De hecho, según me comentó un amigo un día más tarde, entre spritzs al aperol, algunos opinan que Venecia fue una de las primeras ciudades europeas que alumbró sus calles. En modo alguno estoy negando sus ventajas, su utilidad. Hay lugares en ciudades que aprecio, como Barcelona, o Londres, a la cual noto más mía (o, mejor dicho, me noto más suyo) que mi propia ciudad natal, en los que ni se me ocurriría entrar si no hay una buena iluminación.

Pero este argumento no es pertinente. Por dos motivos. El pragmático: Venecia no es una ciudad insegura. Ha habido ocasiones en las que no tenía muy claro si sería capaz de llegar a donde me proponía o incluso encontrar de nuevo mi residencia temporal; sin embargo, nunca, por desierta que estuviera la callejuela, he temido un mal encuentro. El segundo y principal, es que la frase de la señora del vaporetto no se lamentaba por cuestiones prácticas, sino estéticas.

La idea tras la frase era que, siendo los edificios de la Serenísima tan bellos, por qué no iluminarlos por la noche. Algunos lo están, es cierto. El casino. Santa Maria della Salute y San Giorgio Maggiore, si no me falla la memoria, también. Son bellos edificios, aunque no son los que más me gustan de la vieja república. Pero la inmensa mayoría de las casas, aun en el Gran Canal, donde abundan los palazzos, de las iglesias y de las scuolas no sufren los focos.

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            Y yo estoy completamente de acuerdo. El día es el día, la noche es la noche. Es verdad que, en ocasiones una buena iluminación realza a un edificio notable por la noche. Las Casas del Parlamento, en Londres, sobre todo cuando la luz es verdosa, son impresionantes en horario nocturno. Pero alumbrar cada edificación de interés en una ciudad, más en una como Venecia, es una locura para el gasto público y una necedad para el gusto.

Lo mismo que en el Barroco había un horror vacui en el arte, ahora parece que tenemos un horror a la sombra. Como cualquiera que haya leído a Tanizaki les puede decir, error garrafal. La luz genera sombra. Un alumbrado funcional, bien usado, causa a su alrededor penumbras, sombras, que al ojo sensible, resultan mil veces más apetecibles que un condenado tubo fluorescente machacando con su luz antinatural Mil veces mejor es vislumbrar la severa construcción de la iglesia de San Juan y San Pablo. La basílica de San Marcos o el Palacio Ducal apenas están iluminados por faroles cuyo uso es más bien urbano. El Campanile se alza en las tinieblas, con un solo foco, ese sí con cierta astucia, que alumbra parte de su base, pero deja velada la mayoría de su cuerpo. La blancura del Palacio y de ciertas iglesias es más impactante en las sombras que ante la luz.

Esta manía de sobreiluminar monumentos exagera su aspecto de atracción. Impide que sean parte viviente de la ciudad. Y estaban pensados para ser parte de la ciudad. Está bien, la Scuola Grande di San Rocco ya no sirve para lo que era, pero el edificio puede aún sumergirse entre los demás, al amparo de la noche. Mucho más si hablamos de casas particulares, por bellas que sean. La mayoría de las que hay en el Gran Canal son viviendas (habitadas con mayor o menor frecuencia, ése es otro debate). Son parte de una ciudad. Por relevante que sea el turismo para la economía de una urbe, ésta no puede consentir que la ahogue hasta el punto de convertirla en un parque temático. Venecia no está lejos de este peligro.

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            Así pues, por favor, maravillémonos con la belleza arquitectónica a pleno sol. Pero dejen que también la disfrutemos velada; quizás en ese momento nos sintamos más arropados por la ciudad, sus rumores, su historia. La noche tiene sus ritmos y sus misterios, igual que el día. Respetemos ambos.

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