Con un vaso de whisky

diciembre 13, 2018

Apuntes breves sobre Sabrina y sus tibias aventuras

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:42 pm
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   Como ando un poco liado con varias cosas y, en mi humilde y muy discutible opinión, “The Chilling Adventures of Sabrina” no da para una reseña muy detallada, me voy a limitar a dejarles aquí una lista más o menos desordenada de impresiones sobre la serie de Netflix; para mí, una de las pequeñas decepciones del año.

    -En primer lugar, jamás he leído los cómics en los que se basa la serie, ni los de Sabrina ni los de Archie, la matriz, así que no tengo ni la más remota idea de si la producción de Netflix es o no fiel a la obra original; ni tampoco sé si sería loable o deplorable la lealtad.

    – La sitcom que llevó a la televisión por vez primera a Sabrina Spellman es, en mi recuerdo, una de las comedias más infames que he tenido el disgusto de afrontar. De modo que estaba inmunizado contra esos accesos de nostalgia manipuladora que otros, según leo, han sufrido al ver esta nueva encarnación.

    -Juicio global, la serie me ha resultado entretenidilla, bastante tonta en ocasiones, no mal hecha formalmente y desde luego olvidable por completo.

   -Dirección, fotografía, vestuario y banda sonora, funcionales y a ratos dignas (la banda sonora, quizá lo peor). En cambio, las actuaciones… abismales, en general. No ha habido ni una interpretación que me haya parecido salvable del Gulag. Ni siquiera, con gran dolor lo escribo, la de Kiernan Shipka, que tan bien llevaba su papel en “Mad Men”, con momentos de brillantez indiscutible. No entiendo muy bien qué ha pasado, incluso admitiendo que Sabrina es un rol menor comparado con Sally Draper. El resto… o actuación de cara de palo o sobreactuación vergonzante. Con la excepción mínima de la abuela ciega de la mejor amiga de Sabrina.

    -Hay alguna secuencia de magia y hechicería simpática. El espantapájaros que persigue a Sabrina por el laberinto de maíz quizá sea el bicho más resultón.

    -La relación entre las tías de Sabrina tiene su aquel. Pero, una de dos, o Zelda le rompe a Hilda la crisma de una vez y para siempre o Hilda envenena el té de Zelda. O, mucho mejor, que Zelda le rompa la crisma a Hilda luego de beberse el té envenenado.

   -El humor es casi inexistente, salvo puerilidades como agarrar frases típicas de distintas iglesias y darles un pequeño cambio satanista (“Praise the Dark Lord”; “unholy feast”; cosas así). Sólo me he reído en los momentos de supuesta profundidad emocional o socio-ideológica-teológica.

   -Entiendo que esto es una simple serie de aventuras y no pretende graves debates sociales, morales y religiosos. Pero no debería amagar tanto en tocar Temas y luego hacer una chapuza con los diálogos o las situaciones.

   -El director del instituto es un cretino machista, cansino e indigno de la Villanía y todo lo malo que le pase es poco. Como personaje en obra literaria, claro.

   -Ando un poco perdido en cuanto a la organización del culto satánico de la serie. Da la impresión de que cada congregación brujeril va un poco a lo suyo, como las iglesias evangélicas estadounidenses, porque el personaje de Michelle Gomez (aunque mienta más que habla) asegura ante brujas veteranas que pertenecía, no a su Iglesia de la Noche, sino a la Iglesia de las Sombras, en otro pueblo, y nadie mueve un músculo. Claro que entonces no sé qué rol tiene el Sumo Sacerdote como vicario infernal, a lo papa diabólico, salvo que en realidad sea un simple reverendo diabolista con ínfulas. Ni tampoco tengo muy claro las reglas de elección de nuevo Sumo Sacerdote, viendo que el padre de Sabrina ocupaba el cargo, pero a su muerte pasó al discreto Faustus Blackwood y todo el mundo asume que los hijos de éste tienen derecho a reclamar el título, cuando el padre vaya al amoroso seno de Belcebú.

   -Los amigos mortales de Sabrina sólo son sobrepasados como generadores de tedio por los amigos o enemigos, dependiendo del día, brujeriles de Sabrina.

   -La serie tiene un notable problema de ritmo y de estructura de fondo. Los primeros capítulos nos introducían con cierta rapidez en el mundo y todo lo que pasaba nos arrastraba a un momento cumbre: el Bautismo Oscuro de Sabrina, teniendo este arco una coda de cierto interés al negarse la protagonista a firmar el Libro de la Bestia y ser una más del cónclave. Pero una vez que las partes llegan a un acuerdo más o menos de equilibrio para las dos naturalezas de Sabrina, entramos en una serie de episodios sin sentido y llenos de bostezos, a lo Harry Potter, hasta que Miss Wardwell, la mala principal, más porque se acaba la temporada que por lógica del relato, fuerza un clímax final que es un poco anticlimático, todo sea dicho.

   -¿Qué demonios añade el primo Ambrose?

   -Las referencias y guiños a folklore, magia, religión y cultura popular son bastante perezosas. Un Daniel Webster que no tiene anda que ver con el relato ni la película original y cuya historia aquí es risible (¡Ooooh, un joven abogado que hace un pacto con el Diablo y empieza a defender y liberar culpables! ¡Qué escándalo!). Un brujo llamado Nick Scratch (Nick es uno de los muchos nombres del demonio; Mr. Scratch era como se hacía llamar Lucifer, justamente, en “El Diablo y Daniel Webster”). Una Lillith que se supone gran revelación y logra un mínimo arqueamiento de ceja porque, en realidad, importa un bledo que sea ella. Da la impresión de que los guionistas pusieron en un buscador “referencias al diablo” y empezaron a tomar notas.

   -Michelle Gomez está aquí un poco más contenida que en “Doctor Who”, en la que es responsable de una de las encarnaciones más histriónicas (para mal) de The Master, el archienemigo del Doctor. Y es lástima, porque su trama es la más interesante de la serie: en vez de ser una historia de “Camino del Héroe” o de la Heroína, en este caso, se nos presenta una historia de corrupción. Miss Wardwell trata de convertir a Sabrina en la paladín de las Tinieblas, la perfecta servidora del Demonio (lo cual, al parecer, y pese a que tantos personajes relativamente positivos de la serie sean fieles creyentes en Satán, sigue siendo algo no muy bueno). El problema es que durante un buen tercio de la serie esto queda muy difuminado y en el trayecto final se trata de recuperar el tiempo perdido, con resultados discutibles.

-En general, la serie me ha recordado bastante a “Buffy, the Vampire Slayer”, sin sus ridículas peleas. Y dado que yo no soporto ni a Buffy ni a la obra del señor Whedon en general, no es muy sorprendente que Sabrina y sus compinches no vayan a seguir acompañándome en el futuro.

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noviembre 27, 2018

Manchester, 1973

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:24 pm
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    Me llamo Sam Tyler. Tuve un accidente y desperté en 1973. ¿Estoy loco, en coma o he viajado atrás en el tiempo? Con estas palabras comienzan los títulos de crédito de cada episodio de “Life on Mars”, una serie británica de la que me habían llegado rumores bastante elogiosos. Así que, cuando me vi forzado a subsistir sin conexión a internet durante un tiempo, la edición en DVD que estaba disponible en una biblioteca municipal vino a ayudarme a llenar algunas horas de ocio. Y, siendo proclive, por las circunstancias, a mirar con simpatía este auxilio pre-streaming, el veredicto es un tibio “bueno, no está mal del todo”. Lo cual, lo admito, no es la introducción más seductora.

    La premisa de la serie nos la explica su mismo protagonista, como ya les he traducido con mayor o menor precisión. Sam Tyler, inspector jefe (Detective Chief Inspector en inglés) de la policía de Manchester es atropellado y cuando recobra el conocimiento sigue en Manchester, pero no en 2006, sino en 1972, degradado a inspector (Detective Inspector), supuestamente trasladado desde una comisaría de Hyde, de acuerdo con sus papeles, desarraigado por completo de su existencia y, para mayor martirio, con un guardarropa de lo más hortera.

   ¿Qué demonios ha pasado? Las hipótesis nos las plantea él mismo: o bien su vida en 2006 es una alucinación y su realidad es la de 1973; o bien está en coma y en medio de un delirio o sueño; o de algún modo ha viajado en el tiempo. Los guionistas, con un ejercicio de soberanía rayando lo arbitrario, nos dejan encerrados en ese estrecho círculo de posibilidades. Pero, qué quieren, no se nos explica por qué Tyler no puede haber cambiado de universo, como si hubiera traspasado una de las cajas del profesor Farnsworth. O haber sido abducido por hombrecillos verde-grisáceos. O ser parte de una vasta trama cósmica en la que se mezclen los Primigenios, dioses del Olimpo poco dispuestos a la jubilación y algún arcángel que pasara por allí. Nada. Hay que asumir que sólo hay tres opciones en el menú. Puro autoritarismo.

   La serie se sustenta en dos grandes pilares: la resolución de la Gran Incógnita y el desajuste de Tyler a la realidad de los años setenta. Dentro de este segundo pilar es donde podríamos encajar dos columnas secundarias, a saber, la resolución del caso policíaco del episodio y la evolución de la relación entre Tyler y el resto de personajes de la serie, en esencia sus compañeros de comisaría. Bien y en John Simm, el actor que encarna Tyler y tiene que actuar en cada escena de cada episodio. Un actor competente, que a mí me suele gustar. Aunque prefiero mil veces su interpretación de The Master, el viejo enemigo del Doctor, en “Doctor Who”, que este policía tiquismiquis.

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   Los casos policíacos no están mal, resultan entretenidos, pero no soy un espectador con mucho gusto ya por los procedimentales de episodios autoconclusivos y en “Life on Mars” hay mucho de este tipo de series. No es algo que reproche objetivamente, es una simple cuestión de gustos, aunque admito excepciones en esta tendencia mía (varios episodios autoconclusivos de series como “Expediente X” o “Justified” me gustaron y me gustan mucho). Parte de la gracia en estos casos está en la extrañeza de Tyler ante los, para él, muy desfasados métodos policiales y las, para sus nuevos compañeros, excentricidades del recién llegado ¡Grabar en un magnetófono las declaraciones de los testigos y sospechosos, cielo santo! ¡Dar importancia a la policía científica! ¡No poder soltar un par de puñetazos al sospechoso para ablandarlo ¡A dónde vamos a llegar!

   En este, digamos, desajuste de metodologías había una veta. No se sabe aprovechar. Y no se aprovecha porque la serie no sabe qué tono emplear. ¿Debe Tyler irritarse ante sus colegas menos sofisticados, dando al asunto un aire de farsa? ¿Debe horrorizarse ante lo que son flagrantes abusos de autoridad, racismo, brutalidad policial y hasta tortura? ¿Tiramos más hacia la comedia ligera o hacia la reflexión social o intentamos mezclar ambas? Sospecho que se intentó la tercera opción, lo cual es excelente cuando se hace bien y un desastre de diferentes dimensiones cuando no. En este caso, es más bien un pequeño desbarajuste. No tiene sentido que Tyler prácticamente amenace con dejar el cuerpo o detener a los policías locales y, en el episodio o escena siguiente, ante conductas iguales o similares, su reacción sea la del Payaso Triste ante una torpeza del Payaso Tonto, buscando así la serie la sonrisa o carcajada del público. La serie se vuelve inconsistente, incoherente, sin que esto esté buscado.

   Algo muy similar ocurre en las relaciones de Tyler con los demás policías, sobre todo con los dos secundarios principales.

   Consideremos primero a Liz White, personaje soso y estomagante. Parece que está ahí para cubrir una cuota, pero de cansinez. Supuestamente una mujer inteligente y capaz, hasta con una licenciatura en psicología, condenada a un puesto inferior por el machismo imperante (hasta ahí, compro), es un personaje sin gracia, ni iniciativa, ni capacidad de actuación independiente. Liz no hace nada de nada sin Sam Tyler. Por ahí he leído que su relación con Tyler es a ratos de madre, a ratos de hermana y a ratos de posible novia o amante. Nada tengo yo contra las madres, las hermanas, las novias y las amantes. Ahora bien, por todos los santos, que las madres, hermanas, novias y amantes pueden ser y de hecho muchas, en la ficción y en la realidad, seres de respeto, negativos o positivos, pero de respeto. La pobre Liz es un cero pasivo a la izquierda de Tyler. ¡Y ni siquiera nos da una razón para ello! Sam le suelta en el primer episodio (a los cinco minutos de conocerla) que en realidad es un policía del siglo XXI, y que o ha viajado en el tiempo o todo lo que hay a su alrededor, incluyendo al propia Liz, como ella le hace notar, no existe y, en vez de llamar a los chicos de las batas blancas o de sonreír, dar media vuelta y no acercarse a ese chalado en la vida, sigue estando a su lado, una y otra vez. Como si soltar esa locura fuera equivalente a llevar corbata con camisa de manga corta, algo enervante, aunque no justifique cortar relaciones profesionales (o, si uno es muy tolerante, hasta personales). Un desastre. Y de su flirteo durante las dos temporadas no digo más, que me atraganto. Deplorable.

   Queda un personaje. El sheriff de Manchester. El DCI Gene Hunt. La contrapartida de Tyler. Directo, brutal, grosero, alcohólico, implacable y para quien las normas y procedimientos son algo opcional y se acatan mientras no molesten demasiado. Como no he tenido tratos con la policía de Manchester en los setenta ni he leído mucho sobre el tema, desconozco si es un retrato fidedigno del típico inspector jefe de la época. Bien pudiera ser, aunque Hunt tiene algo de caricatura. Aún así, es un personaje llamativo y Philip Glenister sabe sacarle el jugo que tiene. Una escena con Hunt es siempre más sabrosa que una escena sin Hunt.

   El problema es que se pretendía una suerte de mutua contaminación entre Tyler y Hunt. Vamos, lo que hizo Cervantes con Don Quijote y Sancho y luego se ha repetido por casi todos los escritores posteriores. Y aquí pasa algo similar con el desajuste socio-temporal. El horror claro de Tyler en un inciio se va trcado en un reluctante respeto y hasta en una amistad inesperada (inesperada para los personajes, los espectadores lo ven venir de lejos)… para dar saltos ilógicos y caprichosos de vuelta al horror del inicio y de ahí a la amistad y a la reluctancia yasí seguimos hasta casi el final de la serie. Y lo mismo ocurre con Hunt: de no aguantar al sabihondo estirado pasa a considerarlo su protegido hasta que en una escena cualquiera vuelven a pelearse como hacía cinco episodios más atrás. No estoy hablando de grises, de ambigüedades en la relación. Los guionistas hacen que se lleven como el perro y el gato o como hermanos fraternos como quien enciende o apaga una bombilla.

  Queda la Gran Incógnita. Y aunque era muy consciente de que era la zanahoria de la serie y sospechaba que cuando se diera la solución ésta sería más bien un conejo sacado de un sombrero en lugar de un rompecabezas cuyas piezas se nos hubieran ido ofreciendo, es la parte que más disfruté. Pero sólo por ella misma, no por quién estaba en el laberinto. De hecho, lo que le ocurriera a Sam Tyler me daba igual, porque Sam Tyler nunca me importó un bledo. Aún así, era entretenido verle busca pistas en sus encuentros (¿casuales?) con gentes de su pasado. Su padre. Su madre. La madre de su futura novia. Delincuentes con los que tratará (¿o trató?). Y oye voces, con mensajes crípticos. En una emisora de radio. En un programa de televisión. En una llamada de teléfono. En pesadillas. Y sólo él escucha esas voces. Las escenas en las que parece que la realidad setentera se resquebraja son las más interesantes y formalmente dignas de la serie. Mi demonio particular de Tyler favorito es una niña con un globo rojo y un payaso de peluche que aparece en la carta de ajuste de la televisión, a las tantas de la madrugada.

   Finalmente el misterio se resuelve. Sin destripe, es una de las tres hipótesis que nos han estado repitiendo todo el rato. Primero se amaga con darnos una que no encajaría con demasiados detalles de la serie y, finalmente se nos revela la verdad. Casi seguro. El epílogo de la serie es un tanto contradictorio con todo lo que se ha estado mostrando previamente y con la psicología de Tyler. No lo puedo discutir con detalle sin desvelar buena parte de la trama y ya me he extendido más de lo que pretendía. Diré, sencillamente, que me quedó la sensación de estar ante un final que pretendía ser al mismo tiempo irónico, ambiguo y abierto y que, al contrario, me dejó una regusto de truco barato y un tanto incoherente.

   Como ven, no puedo, de buena fe, decirles que la estancia en Manchester, 1973, sea memorable. Pero, en fin, si no tienen otro lugar que visitar…

julio 12, 2018

Los ladrones van a la Fábrica

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:53 pm
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   Está empezando ser un lugar común el decir que la Era Dorada de la Televisión ya empieza a decaer en Estados Unidos y Reino Unido pero comienza en España. Como es un lugar común, no vamos a emplearlo. Admitamos, no obstante, que la calidad media de las producciones españolas va mejorando y que, de vez en cuando, aparecen cosas dignas. “La casa de papel” es una de esas cosas dignas. Dignas, no geniales. No acabo de entender muy bien que haya alcanzado el estatus de fenómeno en Francia o en varios países sudamericanos. Pero, eh, que un servidor cayó en su día en la trampa de “Perdidos” (aunque la acabó de ver ya por pura curiosidad de hasta qué punto era todo una engañifa), así que tampoco está para mirar a nadie por encima del hombro.

   “La casa de papel” es una serie muy entretenida, con un ritmo bien mantenido, formalmente más que respetable y con destellos de brillantez. ¿Tiene errores? Los tiene y haremos escarnio de ellos. Sin embargo, vaya por delante, antes de meternos en el campo de los destripes: si buscan entretenimiento de calidad, recomendada queda.

   Resumen muy básico y con pocos spoilers: un grupo de ladrones, siguiendo los planes de un individuo que se hace llamar el Profesor, se infiltran en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, la Real Casa de la Moneda, con toma de rehenes incluida, siendo cercados por la Policía al poco. La serie va siguiendo la ejecución del delito y sus vicisitudes, con ciertos saltos al pasado en los que se explica la preparación y planificación del mismo.

   A partir de aquí, sí, nos meteremos con personajes, trama y demás. Así que ya saben. Bajo su propia responsabilidad.

   A mí me gustan las películas de atracos. Desde “Atraco perfecto” no me encontraba con una idea tan ingeniosa como la que propone esta serie: fingir un atraco que sale mal para poder llevar a cabo el auténtico plan, es decir, imprimir un botín mucho mayor, alargando el sitio policial el máximo tiempo posible, y huir con él. Roza la genialidad. El meticuloso plan del Profesor quizás es lo que más me gustó de la serie. Es un plan muy pensado y minucioso, que tiene previstas casi todas las eventualidades. Lo que parecía un hueco clamoroso al final de la primera parte se revela en la segunda como una trampa más para la policía (lo cual era deducible, porque no podía admitirse tamaña torpeza en un tipo que nos habían vendido como un planificador de primer orden).

   Es sabido que los planes de batalla no sobreviven al contacto con el enemigo y que en las series y películas de atracos algo tiene que torcerse. Y aunque aquí esto también ocurre, durante buena parte de la primera parte de la serie el plan funciona, preciso e implacable, sin que el interés del espectador se resienta, más bien la contrario. Hay un cierto placer retrospectivo en las escenas en las que el Profesor explica a sus cómplices en el pasado (el presente para el espectador) qué es probable que haga la Policía y qué van a hacer ellos entonces. Los guionistas son buenos escritores y buenos urdidores.

   Cuando las cosas empiezan a no ir del todo bien hasta rozar el desastre completo para los atracadores (por llamarlos así), la tensión va siendo cuidadosamente aumentada. Y aquí se tomó una decisión muy inteligente: convertir al personaje que cumplía el arquetipo de planificador pasivo en un arreglador que tenía que ir taponando vías de agua una tras otra. El riguroso arquitecto convertido en un malabarista improvisador. El Profesor me resultó casi mejor personaje una vez sometido a esta transformación que antes y eso que antes ya me gustaba mucho.

   La mayoría del resto del reparto (tanto actores como personajes asociados) pasa el examen con notas altas. Si esto es una partida de ajedrez, analogía socorrida pero que tiene su sentido, frente al Profesor había que poner un rival de altura. Y la serie es lo bastante habilidosa como para hacerlo. Siendo casi inevitable que las simpatías iniciales de los espectadores estén del lado de los ladrones (y allí seguramente se mantengan hasta el final en muchos casos) es necesario, por el bien de la tensión, que entre la Policía haya buenos personajes. En realidad, sólo hay uno, pero logra equilibrar la balanza dramática.

   La inspectora Raquel Murillo es una buena antagonista. Es lista, es decidida, es humana. Una mujer en la Policía, íntegra y profesional, aunque sobre ella esté la sombra del maltrato por parte de un ex marido miserable (también policía, respetado, parece que con razón, en su trabajo) y la aún más insidiosa de que el maltrato se lo ha inventado ella por venganza. Es razonable que muchos espectadores sientan que sus lealtades vacilan o incluso varían con Raquel como jefa del otro bando del juego. Más si se compara a la inspectora con el repelente coronel de Inteligencia.

   Los atracadores, pese a todo, son los personajes más pintorescos y retienen la atención. Moscú y Denver forman una pareja curiosa y su relación de padre e hijo funciona bastante bien. De hecho, es la mejor relación de toda la serie. La risa de Denver, que al principio se me hacía inaguantable, terminó por hacerme gracia y realmente es de los detalles que hacen creíble a un personaje.

   Nairobi tarda en adquirir peso. Pero cuando por fin da un paso al frente (¡viva el Matriarcado!) es casi mi favorita. El guión le da una motivación que casi todo espectador puede comprender y estimar para meterse en este lío, un hijo al que quiere recuperar, y Alba Flores la interpreta estupendamente, con simpatía, gracia y mala leche cuando se tercia. Además, le ponen al lado un terciario entrañable, el señor Torres, el cual, sin decir casi palabra, se me hizo un hallazgo.

   Lo que impide que Nairobi sea la número uno dentro de la Fábrica es el despiadado Berlín; por otro lado, es tan comprensible como satisfactoria la relación entre el respeto reluctante y la animadversión clara entre Nairobi y Berlín. Hombre de hielo sonriente y cínico, implacable y mordaz, Berlín hubiera sido un villano perfecto en una serie más maniquea. Aunque en algunos momentos la interpretación de Pedro Alonso se me antojó un tanto histriónica, saca adelante el papel con clase. Al ser el personaje menos vulnerable desde el punto de vista emocional o mental, se le otorga una debilidad física que ni le absuelve ni le justifica, pero le concede cierta dignidad estética. Si a uno le cae Berlín es porque es un hijo de puta, no pese a serlo.

   Precisamente por eso, que sea el hermano del Profesor me pareció una revelación un poco artificial, demasiado de culebrón. La historia del porqué del atraco, de a quién se le ocurrió el plan del Profesor ya daba bastante trasfondo emocional al personaje de Álvaro Morte. Y si algo no necesitaba Berlín (al contrario) es un trasfondo emocional. Aunque ver al profesor y a Berlín, copa en mano, cantando “Bella Ciao” casi lo compensa.

   Pero, ay, en la Fábrica también está Río. Y Tokio. Y aquí uno ya decide sacar el hacha.

   Río es insustancial y cansino. Como personaje es una nulidad: si lo quitas ni te enteras. Sus funciones se hubieran podido pasar a otro personaje (yo se las hubiera dado a Helsinki) sin problemas. Que Río sobreviva es una de las decepciones de la serie.

   Aún mayor es que lo haga Tokio. Esta no es una nulidad, sino una rémora. Eliminar a Tokio no hubiera dejado la serie igual, la hubiera mejorado considerablemente. El personaje es inaguantable y estúpido. Una de las preguntas que me gustaría hacer al Profesor es: ¿por qué Tokio? ¿Qué aporta a tu plan? Porque no hace nada de nada, salvo molestar y fastidiar cuanto toca. Para controlar la situación dentro está Berlín; para que la impresión de los billetes sea impecable, Nairobi; para hacer agujeros, Moscú y Denver; para galimatías informáticos, Río (podría no estarlo, pero está, vaya); para pegar tiros y dar pescozones, Oslo y Helsinki. ¿Para qué, en nombre de Hans Gruber, queremos a Tokio?

   Como recurso narrativo, voz en off que va explicando desde un futuro inconcreto lo que pasó en el atraco, tampoco es imprescindible; se podría haber puesto casi a cualquier otro: desde Raquel al Profesor o incluso, hubiera sido interesante, haber ido variando de perspectiva. Pues no. La insufrible voz de Úrsula Corberó nos martiriza desde el principio hasta casi el final. Madre mía. Qué cansinez de actriz, de actuación, de personaje.

   Entre policías y ladrones están los rehenes. Aquí la cosa está bastante repartida. Además del querido señor Torres, básicamente hay tres rehenes con algún interés.

   Arturo, el director de la Fábrica, me resultó el más interesante. Secundario negativo y desagradable, no le puede caer bien a nadie: su presentación tanto antes del asalto como en los primeros compases está pensada para que nos sea antipático. Y aunque nunca se recupera de ello, aunque sea viscoso y cobarde, tiene sus momentos de dignidad, de inteligencia y es el único de los rehenes, el único, que es activo, tratando de escapar una y otra vez. Es justo decir que las acciones de Arturo causan más quebraderos de cabeza a la banda de ladrones que las fuerzas del orden.

   Alison Parker tiene importancia como una pieza en el plan de Profesor. Así debería haber sido tratada. Los intentos, desechados, por fortuna, de convertirla en un personaje de cierta entidad eran sonrojantes. Es estomagante, sólo un poco menos que Tokio. Aparte que es absolutamente imposible creérsela como la hija del embajador británico en España. Absolutamente imposible.

   Mónica Catzambide tenía más potencial. Desaprovechado. Hubiera sido un personaje desgraciado perfecto: la amante de Arturo, abandonada por éste, que acaba enredada en el atraco y con uno de los atracadores, teniendo que acabar mal su periplo. La idea de que la atracción de Mónica por Denver fuera un ejemplo de síndrome de Estocolmo tenía bastante más sentido y gracia que lo que, por desgracia, se decide: convertir a estos dos en una pareja que acaba junta y feliz. Absurdo y edulcorado.

   Pero no es sorprendente porque uno de los mayores fallos de la serie está, justamente, en las relaciones. Hay demasiadas y demasiado tontas. La de Tokio y Río es vomitiva y una razón más para cargarse a ambos personajes. La de Mónica y Dénver podría haber sido turbia, pero no se quiso. Se amagó con otra, que apenas se desarrolló y que tenía muchas posibilidades tenebrosas, la de Berlín con una rehén a la que utiliza; esa relación basada en el terror podría haber sido muy curiosa, pero no se le dio espacio, ante el tiempo que ocupaban las demás, así que resultó, desde mi punto de vista, un error. Para dejarla a medias o ni eso, ni te molestes con ella.

   La gran relación de la serie es la del Profesor con Raquel. Resulta previsible, pero está mejor llevada de lo que yo esperaba. Aunque albergaba la esperanza de que el Profesor no estuviera de verdad enamorándose de su adversaria, acepté sin mucho dolor que así fuera. Hasta daba más gracia a sus conversaciones telefónicas. Sin embargo, cuando Raquel descubre (a la segunda o tercera vez, esto también es una repetición de recursos de guión discutible) la identidad de su novio, la serie derrapa que da gusto.

   La inicial reacción de Raquel es la comprensible, la coherente con el personaje: este desgraciado me ha estado utilizando, me ha manipulado, me ha engañado, ha logrado que baje la guardia, se ha infiltrado en mi intimidad física y emocional y por su culpa lo puedo perder todo, carrera profesional, estima de mis compañeros y hasta la custodia de mi hija. La rabia y la desesperación de Raquel y su implacable determinación para cazar al cerebro del atraco son entendibles y apropiadas.

   Lo que no lo es en absoluto es el giro ridículo del final, que además se enlaza con otro fallo de la serie. Vamos a ver, ¿alguien compró que Raquel cambie su sistema de valores y sus paradigmas vitales por la chorrada de discurso de dos líneas del Profesor sobre la crisis económica y el rescate a los bancos? Para eso hubiera sido necesario presentar a una inspectora con muchas más dudas que la que se nos había presentado hasta el momento. Que Raquel encubra al Profesor y luego se vaya con él al Trópico (aunque permita ver un sombrero panamá en la escena final) es una tontería de cuidado.

   Igual que lo es el intentar convertir a los ladrones en Robin Hood y sus alegres hombres de Sherwood. La motivación de la banda nunca fue política o social. Podría haberlo sido (de parte, quizá) pero no era el caso. Sus motivos eran todos personales con la codicia como denominador común. La idea de que esto pudiera tener un valor reivindicativo es una tontería, porque en ningún momento se vende a la opinión pública como tal por parte de los atracadores, ni siquiera como una estratagema más. Así que no sé de dónde se sacan eso, tan a destiempo. ¿Que hubiera podido ser muy interesante y hubiera convertido esta serie en una más profunda, siempre que no hubiese caído en simplismos fáciles? Puede. También podría haber sido un aburrimiento plomizo. Pero “La casa de papel” no era esa serie y no comprendo que se haya tratado de disfrazar de cine político costa-gavresco al final.

   Pero con todo y con eso, “La casa de papel” tiene sobrados triunfos en la trama, en la estructura, en lo estético (las máscaras de Dalí me encantan y ese homenaje a la “La jungla de cristal” con el Himno a la Alegría de la Novena cuando las máquinas se ponen a imprimir me gustó mucho) como para verla y no sentir que se ha perdido el tiempo.

   Pese a Tokio. Por todos los santos.

junio 26, 2018

La pendiente resbaladiza

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:20 am
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    Uno de los más importantes descubrimientos que se hacen en la vida es el comprender que el mal tiene muchas veces su origen en el bien. Es un descubrimiento enriquecedor, porque le vuelve a uno inmune o, al menos, escéptico ante los maniqueísmos fáciles. Saber que en el corazón humano el bien y el mal se mezclan tanto que somos auténticos hombres grises impide aceptar sin más que esta persona o aquella otra sean demonios inhumanos o ángeles sobrehumanos. Pero también implica saber que las más nobles, justas, elevadas ideas puede ser el origen de las más tenebrosas, crueles y horripilantes acciones. Y que estas ideas nobles pueden corromperse hasta convertirse en ideas rígidas y despiadadas. Ideas que pueden llevar a una persona a cometer u ordenar actos atroces, bien retorciendo la idea original para adaptarla a sus propios designios e intereses o bien al estimar que el bien superior absuelve de los males instrumentales.

   Lo gracioso es que uno puede pensar equivocadamente durante mucho tiempo que los mayores adversarios de la idea pura son aquellos que se aprovechan cínicamente de ella. Los hipócritas, los corruptos, los sepulcros blanqueados. Hacen mucho daño, no hay duda. Pueden resultar repelentes incluso a aquellos que no compartan la idea o creencia en cuestión, pero que respeten la integridad de los que la defienden honradamente. Sin embargo, los honestos pueden ser mayores monstruos que los hipócritas. Para ello sólo es necesario que su honestidad sea diamantina: dura, inflexible, incapaz de aceptar otro punto de vista. Si eso ocurre, el diálogo entre personas de buena fe e ideas diferentes es un imposible. Es el germen de toda tragedia que merezca ese nombre.

   Los hipócritas habilidosos y los fanáticos honestos pueden desconfiar unos de otros pero también pueden colaborar entre sí. Los hipócritas, manipulando a los honestos (o suponiendo que lo hacen). Los fanáticos, creyendo que sus socios lo son también o sabiendo que no, pero considerando que ese bien que puede justificar cualquier matanza ciertamente permite una alianza así. Temporal, claro. Tarde o temprano, habrá un enfrentamiento. Las historias de estas ententes o duelos entre personas o facciones flexibles y rígidas siempre son fascinantes, incluso las grotescas.

   Las consecuencias para las sociedades donde tienen lugar han sido, en fin, no muy gratas.

   Como somos una especie con una obsesión notable por cometer los mismos errores una y otra vez (con algunos cambios de accidente, manteniendo, decididos, la esencia), estoy observando con una perplejidad un tanto alarmada lo que ocurre estos tiempos.

   Veo a mucha gente, de buena fe en su inmensa mayoría, que está tomando un camino extraordinariamente peligroso. Varios, quizá, creyendo que el bien perseguido merece que se corra un riesgo. Otros, sin ver ese riesgo. Que es pavoroso.

   Ya he escrito en otra ocasión que una de mis escasas convicciones (otras incluyen que la tortilla de patata debe llevar cebolla o que el whisky es como el café, mejor sin añadidos) es un escrupuloso respeto por la presunción de inocencia y el derecho de defensa en los procesos criminales. Ese respeto tiene que incluir el respeto a los tribunales, de jueces o de jurados, ante los cuales se desarrollan los procesos donde el acusado es presumido inocente y ha de poder defenderse.

   Aclaro rápidamente: el respeto a un tribunal no implica una admiración ciega, acrítica, de su decisión. Implica otra cosa: que si esa decisión se ha tomado respetando los principios del proceso, está argumentada y razonada, se acata, aunque se discrepe de ella de la manera más pública y vigorosa. Si una parte no está de acuerdo y hay recurso, se recurre. Pero se acata. Incluso si la norma nos parece incorrecta. En ese caso, lo que hay que hacer es cambiar esa norma. Y una de las características de una sociedad bien ordenada (lean a Rawls; no, en serio, léanlo) es que las normas se han de poder cambiar.

   Soy muy consciente de que los cambios en las normas no siempre han sido o son fáciles. Que hay sociedades con mecanismos de cambio mejores y otras con mecanismos peores o incluso infames. Estimo, no obstante, que incluso con todos los defectos que les aquejan, la parte del mundo donde vivimos, el occidente europeo, ha alcanzado unos sistemas razonablemente buenos de cambio normativo. No quiero idealizarlos, tampoco demonizarlos.

   Ahora bien, el derecho de crítica a las decisiones de jueces y jurados y la posibilidad de cambio de normas implica también una cierta responsabilidad. La crítica exige que el crítico sea leal y contraargumente con las mismas armas que pudo usar el tribunal: o sea, jurídicas. Y, claro (esto parece asombroso tener que decirlo, pero visto lo visto, no está de más), se tiene que criticar lo que diga la resolución, lo que diga de verdad; no un resumen sesgado, no un rumor de lo que se supone que dice. La prohibición absoluta de las decisiones secretas o sin justificar de los tribunales fue un triunfo de la sociedad. Caramba, pues que sirva para algo.

   Las normas sí que se pueden y aun deben criticar desde perspectivas sociales, económicas, políticas o ideológicas. Para eso están los Parlamentos, entre otras cosas, para debatir las normas existentes y las que sean propuestas. Y por eso es bueno que las sesiones parlamentarias sean públicas (con excepciones que deben estar muy justificadas y delimitadas) y que exista debate en eso que hemos venido a llamar la sociedad civil.

   La otra cara de la moneda es que esos cambios serán responsabilidad de aquellos que los propusieron, de quienes los apoyaron y de quienes los aprobaron. Se puede ser responsable de cambios para mejor. Y de cambios para peor.

   En la magnífica película “Juicio en Nuremberg” (traducido el título de manera un tanto absurda como “Vencedores o vencidos”) el ex juez alemán Ernst Janning, ahora acusado, suelta uno de los más memorables discursos del Cine. Algunas de sus palabras pueden ser proféticas; no porque anuncien el futuro, gracias a visiones sobrenaturales, sino porque advierten sobre los peligros del presente: “¿Qué importancia tiene que unos cuantos extremistas políticos pierdan sus derechos ? ¿Qué importancia tiene que unas cuantas minorías raciales pierdan sus derechos? Es sólo una fase pasajera. Es sólo una etapa por la que debemos pasar. Tarde o temprano será descartada. El mismo Hitler será descartado, tarde o temprano… El país está en peligro. ¡Salgamos de las sombras! ¡Marchemos hacia delante! ¡Adelante es la palabra mágica! […] Y , entonces, un día, miramos a nuestro alrededor y comprendimos que estábamos en un peligro mayor. El ritual que comenzó en esta sala de vistas se había extendido como una rabiosa enfermedad rugiente. Lo que iba a ser una fase pasajera, se había convertido en un modo de vida.”

   Resulta estremecedor escuchar o leer ciertas cosas, estos días. El desdén por la presunción de inocencia o por el ejercicio de la defensa. Sobre eso ya escribí, no voy a repetirme, aunque me parece fundamental. Pero la cosa va más allá y se está volviendo incluso más aterradora.

   Supongamos, pues, que ciertos individuos son, en efecto culpables. Lo son porque lo han dicho los tribunales (que se pueden equivocar, son falibles, puesto que son humanos). La sociedad donde viven ha determinado que esa culpabilidad implica la pérdida de ciertos derechos. Y aquí una sociedad tiene que decidir y definirse: ¿qué haremos con esos culpables? ¿Qué derechos podemos arrebatarles? ¿Y durante cuánto tiempo? Algunos opinan que los seres humanos tienen una serie de derechos que les son propios por propia dignidad, sea su origen divino o natural. Otros opinan que esos derechos son creación social y legal. Las listas tienden a coincidir. Para unos, la sociedad reconoce esos derechos; para otros, los crea. El punto de partida es diferente pero el fin es el mismo. Porque, aun cuando discrepen sobre ese origen, unos y otros consideran que será mejor una sociedad que reconozca o cree una serie de derechos frente a otra que los niegue o no los admita.

   ¿Qué hay del culpable (tremenda palabra) de un crimen? ¿Lo colgaremos, entre antorchas y horcas, del árbol más cercano? ¿Lo expondremos en la plaza pública y escupiremos sobre él? ¿Lo lapidaremos? ¿Lo encerraremos, en un agujero oscuro, sin comida, sin agua o en condiciones que respeten su integridad física y mental? ¿Durante un tiempo limitado? ¿Hasta que creamos que puede regresar a la sociedad, sea esto cuando sea? ¿Para siempre? Y, si ha vuelto, ¿volverá como un ciudadano en plenitud de sus derechos o como un ciudadano limitado? ¿Le daremos ese pasaporte amarillo que Jean Valjean tenía que mostrar y que le cerró todas las puertas de la aldea, menos una? ¿Le coseremos una letra escarlata, para que su pecado sea perpetuamente recordado, aunque la religión que esos jueces decían respetar predica el perdón y la reconciliación?

   La sociedad, o partes de ella, claman por su seguridad y no es una reclamación absurda. El miedo, sin embargo, siempre ha sido un buen aliado de los hipócritas y de los fanáticos.

   Seamos francos: ¿creemos, como sociedad, que el culpable, cualquier culpable, el culpable del más terrible crimen, es un ser humano, es un ciudadano y tiene derechos? ¿Creemos, como sociedad, que podemos quitarle los derechos que establece la ley, nuestra ley, y ni uno más? ¿Creemos que ese culpable ha de tener la posibilidad de rehacer su vida, una vez que la pena se haya cumplido? ¿O creemos que no, que el culpable, o algún culpable, es un eterno réprobo, que ha de ser expulsado de la comunidad, que no es digno de estar entre nosotros?

   Son preguntas graves, que toda sociedad se ha hecho, se hace y se hará. A nosotros nos toca responderlas. Sabiendo que con esa medida que hemos establecido, tal vez, seremos medidos nosotros.

   En uno de los estupendos relatos de Chesterton (“Las estrellas errantes”), el padre Brown advertía a su amigo el aún ladrón Flambeau: “Los hombres han sido capaces de mantener un cierto nivel de bondad, pero nadie ha sido capaz de mantener un cierto nivel de maldad. El camino es siempre descendente”. Esto vale para los individuos y para las sociedades.

   Y ya sabemos a dónde llevan los caminos empedrados de buenas intenciones. Ya hemos estado allí, demasiadas veces.

junio 18, 2018

Sherlock Freud contra Freddy el Destripador

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:18 pm
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   No creo sorprender a nadie que me haya leído en otras ocasiones si digo que, estéticamente, siempre me ha gustado la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo la británica. Y las historias de detectives. Y los asesinos en serie (quiero decir, leer o ver obras sobre los mismos, desde la egoísta seguridad de mi salón; no se escuchan los Pasajes del Terror del señor Cebrián impunemente).

   Teniendo en cuenta esto, la serie “El Alienista” tenía bastantes papeletas para parecerme, como poco, un buen entretenimiento. Pues no. Han sido diez episodios de bostezo perpetuo. Un desperdicio. Una serie que podía haber sido curiosa, tirada a la basura. Transcurre en un Nueva York sombrío (no es Londres, pero tampoco vamos a ser exquisitos). Hay un asesino truculento. Un pionero en la psicología criminalística (aunque no menciona la frenología, para disgusto, supongo, de Charles Montgomery Burns), que además es interpretado por Daniel Brühl, un actor que nunca había visto fallar en un papel. Una mujer policía, pionera también. Dos detectives judíos con nombres shakesperianos que podrían haber sido personajes de alguna película de los hermanos Coen. Personajes históricos (Theodore Roosevelt, J.P. Morgan) mezclándose con los ficticios. ¡Díganme que con esto no se habría podido hacer una serie decente, incluso digna y hasta grande! Pues nada.

   “El Alienista” es tan mezquina que ni siquiera nos permite destriparla entre carcajadas. No es ni una obra mala, consciente de ello y que se ríe de sí misma, ni una obra con pretensiones pero tan infame que resulte divertida. Ni ese pequeño placer concede. Es una implacable mediocridad blanda. Desesperadamente tediosa.

   Como no merece que le concedamos, ni ustedes ni yo, ni una pizca de piedad, seamos claros: esta serie falla en los aspectos formales, falla en la dirección y en la interpretación y falla en el guión. Los trajes, bien. Pero para ver trajes victorianos, pónganse con “Penny Dreadful” que, con sus defectos, es muchísimo más entretenida. Y tiene brujas, vampiros y demás parafernalia nocturna.

   Cada plano, cada secuencia, cada plano secuencia es de un convencionalismo gris. No uso aquí el término “convencional” al modo de Chesterton, que es elogioso. Porque hay series convencionales que saben usar muy bien la convención, directores ortodoxos y artesanales que merecen estima. Estos de aquí, santo cielo, no dan una. Cada vez que tratan de crear la atmósfera inquietante, amenazadora, asfixiante o trepidante que supongo intentan, logran una sensación de vergüenza ajena. Cuando tratan de electrificar al espectador, de hacer que estire el cuello y se siente en el borde de su asiento, consiguen que esté arrellanado en su sillón, ojeando un libro, una revista o su teléfono móvil. ¿Oh, aún no ha acabado el episodio?

   ¡Esa banda sonora plana, usada sin ninguna imaginación, subrayando, con la sutileza de una apisonadora, los momentos que quieren ser dramáticos, los sentimentaloides, los terroríficos de cartón-piedra! ¡Ese empleo de la cámara lenta, al cruzar dos personajes una mirada! ¡Fijaos, fijaos, estos dos no se llevan bien! ¿Lo habéis visto? ¿Hacemos que se crucen a cámara lenta de nuevo, por si se os ha escapado?

   Los personajes y los actores. El único que roza el aprobado es Luke Evans. ¡Quién lo iba a decir! No es que haga un papelón, pero su ilustrador alcohólico es uno de los pocos seres no inaguantables de esta ciudad. Genuinamente compasivo y bastante decepcionado consigo mismo, al menos trata de enderezarse, según cree que debe hacerlo, sin aspavientos. Incluso demuestra un cierto ingenio en un par de ocasiones. ¿Es un personaje olvidable? Por completo, pero comparado con lo que tiene a su alrededor, cuanto más tiempo está en pantalla, mejor.

   Todos los demás, al Frente Ruso. Todos. Miss Jordan es una decepcionante Dakota Fanning, cuyo registro aquí se limita a tener cara de indigestión en diferentes grados de agudeza: cuando la escena se supone cumbre, parece que va a vomitar; pueden ser náuseas, lo cual contaría a favor en cuanto a gusto y en contra en cuanto a talento interpretativo. Su personaje, por otro lado, que sobre el papel se supone que tiene cierta energía y capacidad de cerrar muchas bocas, no hace nada digno de mención ni de recuerdo. Ni una escena, ni una línea, ni un gesto. Como todos los demás, eso es verdad.

   Los hermanos Isaacson podrían haber desaparecido, dejando que el trío protagonista llevara a cabo sus averiguaciones y la historia no se hubiese resentido en absoluto. No son ni personaje sin recursos narrativos. Son nada. La subtrama de Esther y Marcus no entiendo cómo se libró de las tijeras. Como otras muchas escenas o diálogos. Si se empezasen a cortar trozos que no aportan ni estéticamente, ni como desarrollo de trama o personajes, ni resultan entretenidos, divertidos o emocionantes, nos quedamos con cuatro episodios de media hora. Que serían mediocres, pero digeribles.

   La serie pretende que nos creamos a Brian Geragthy como Theodore Roosevelt. Aunque en un par de ocasiones el guión intenta a la desesperada que veamos al comisario de policía como un hombre de callada fuerza e imperturbable honestidad, no cuela. Es imposible que un actor tan inexpresivo y anodino (al menos, aquí) como Geragthy sea creíble en el papel de quien fuera uno de los más carismáticos, pintorescos, agresivos e implacables presidentes de Estados Unidos. Ni siquiera en su juventud, por muchos anteojos que le pongan.

   Al pobre Ted Levine, un buen actor de reparto, sólo le permiten arquear las cejas como un villano de folletín barato, en un papel asombrosamente mal escrito, incluso para la media, que sólo se salva por agravio comparativo, porque tiene al lado al insufrible capitán Connor, una mala caricatura de matón. Y ver aquí a Robert Wisdom, el inolvidable Howard “Bunny” Colvin de “The Wire” es descorazonador.

   Ay, Daniel Brühl. Laszlo Kreizler. Dios bendito, qué tipo más estomagante. Un pseudo Freud refundido en una mala imitación de Holmes. El enésimo detective aficionado que es más listo que todo el mundo, atormentado por su pasado y sus dolores, incapaz de revelar sus sentimientos. Madre mía, es que se cae uno dormido sólo de escribirlo. Si alguien hace un personaje así, aunque lo hayamos visto mil veces, hay que darle alguna virtud: tiene que ser brillante o ingenioso o eficaz. Algo tiene que hacer bien. El doctor Kreizler no hace nada bien, desde que comienza hasta que termina la temporada. Pasa de una arrogancia sin justificación a una autocompasión aún más insoportable, para regresar al final a salvar el día y aportar cero a su grupo de detectives marginales. Hagan el experimento, si han padecido la serie: eliminen a Kreizler. ¡Todo ocurriría exactamente igual! Y nos libraríamos de él, que no sería poca ventaja. Hasta Brühl parece harto del personaje, viendo la absoluta falta de interés que pone en su actuación.

   El guión es perezoso y torpe. La investigación avanza a trompicones, sin que haya un hilo que los detectives realmente logren atrapar para ver a dónde les lleva. No hay un rompecabezas que se vaya resolviendo, así que esto no es una historia de la Época Dorada de lo Detectivesco. Pero tampoco es (aunque sospecho que lo pretende) un retrato vívido y convincente de una sociedad corrompida y más allá de la redención, en la que el crimen no es una anomalía, sino una consecuencia lógica, así que tampoco es una obra del género negro.

   Ni hay pistas que seguir que atrapen al espectador, ni hay una trama subterránea que se vaya revelando. Particularmente torpe es la historia del primer falso sospechoso que se nos presenta, quien obviamente no es el sanguinario asesino. El modo en que pone fin a la misma no es infame, pero lo que no tiene ningún sentido es que no tenga repercusiones. Y no las tiene, pese a que los guionistas amagan con ello. Sencillamente, la dejan de lado; es probable que no supieran qué hacer con ella. Se la podrían haber ahorrado y aligerar este bodrio en cuatro horas.

   Uno tiene la sospecha de que eso mismo ocurre con el asesino de verdad. Después de que finalmente su identidad sea revelada (y a nadie le importe un bledo), nos escamotean lo que se supone que es lo que busca el protagonista desde el principio: el motivo. Y, por favor, no me digan que esto es un astuto retorcimiento de la serie, que así nos deja en un terreno de nihilismo intelectual o filosófico. Esta serie no va por ahí. Puede intentar vestirse de ironía negativa el anticlimático final, pero la sensación que yo tuve es que, simple y llanamente, así se evitaban dar explicación alguna. Que es algo mucho más cómodo.

   Ojo, eso no tendría que ser una mala cosa. La escena del psiquiatra explicando lo que le pasa a Norman por la cabeza es lo más flojo de “Psicosis” .Pero “Psicosis” es una obra maestra del terror y no había un criminólogo desde el primer minuto hablando de las motivaciones de los asesinos (y no acertando ni una). Aquí, el pacto con el espectador exigía una explicación. Que podría ser que la diera alguien que no fuera el doctor Kreuzler, cuya incompetencia profesional ya estaba más que establecida. Pero que alguien nos la debía, aunque fuera el asesino del montón ése. Menudo asesino, por cierto. Diez episodios esperando una bestia infernal y es un don nadie. Bueno, está a la par con los investigadores.

   Burda, aburrida, plana, esta serie no tiene ni una sola cualidad por la cual se la pueda recomendar. Es una pésima obra de aficionado al género a quien le han dado un montón de dinero para llevarla a cabo. Si no es usted amante de lo detectivesco, lo terrorífico o lo decimonónico, al verla no se sentirá, por lo menos, ofendido. Pero aburrido, sí. Eso, se lo garantizo.

abril 10, 2018

Lucha a muerte en el Pozo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:50 pm
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   La familia Shelby ha regresado por cuarta vez, con una temporada poderosa, trepidante, de gorras grises y abrigos oscuros, de whisky y ginebra, de polvo y acero, de combates entre mafiosos, lucha de clases e intrigas entre bambalinas. De esta Birmingham tenebrosa y fascinante a la que nos asomamos hace años y que ya no nos dejará marchar.

   Antes de comentar algunos aspectos de la cuarta temporada (serán más unos pensamientos enlazados débilmente, me temo, más que un análisis concienzudo), vamos a hacer justicia a los aspectos formales. Una vez más, matrícula de honor. Todo lo que ya alabé en las temporadas anteriores, se mantiene. La fotografía. La luz. El color. La banda sonora (espléndida). El vestuario (¡ay, ese vestuario!). Los encuadres, los planos, las secuencias. Sobresaliente, todo ello. Cine de calidad en la pantalla pequeña. No me cansaré de repetir lo buena que es “Peaky Blinders” desde un punto de vista puramente visual, musical y estético. Porque ahí radica mucha de su fuerza, de su atmósfera. Y porque soy un devoto de la forma, en el arte. Nunca se pueden dar por descontadas, estas virtudes estilísiticas.

   Dicho lo cual, veamos algo de la trama y de los personajes de la serie (que también importan y mucho). Así que, ya saben, destripes habrá.

    Como dicen los Evangelios Sinópticos (Marcos 3, 15; Lucas 11, 17; Mateo 12, 25: los tres, bingo), una casa dividida no puede subsistir. Al final de la tercera temporada la casa de los Shelby parecía dividida y amenazada de ruina. El último pacto de Thomas para sobrevivir había apartado de sí, quizá de modo definitivo, a su parientes. Y al comienzo de la cuarta temporada, esa división se mantiene, pese a que sean los tratos de Thomas con la Corona los que salven a los Shelby del patíbulo. El imperio Shelby es fuerte, en los dos lados de la ley; su peso, sin embargo, ya sólo recae sobre los hombros de Thomas (auxiliado por la leal Lizzie y la lejana Ada).

   Pero he aquí que los pecados pasados extienden su sombra y que desde América llega una fuerza hostil decidida a exterminar a los señores de Birmingham. Y esa fuerza impone una tregua al enfrentado clan porque la advertencia evangélica les toca muy de cerca y hacen caso de la misma.

   Esa fuerza es el clan mafioso de los Changretta, a cuyo patriarca, cumpliendo las órdenes de Thomas, Arthur y John asesinaron (de un modo más limpio de lo exigido por su despiadado hermano). Al frente del escuadrón de la muerte italiano, Luca Changretta, interpretado de modo notable por Adrien Brody. Si algo faltaba en la tercera temporada era un sólido antagonista para Thomas. Aunque el inspector Campbell, sobre todo en la primera temporada, sigue siendo mi rival favorito de Thomas (su mutuo desprecio y sus diferencias de carácter, siendo ambos implacables, los volvía un dúo dramático muy interesante), Luca Changretta no le va a la zaga. Bien vestido pero con una cerilla siempre en la boca. De voz baja y mirada asesina. Sonriente y brutal. Changretta y los suyos son una amenaza muy creíble y ponen a Thomas contra las cuerdas, obligándole a tejer alianzas, una vez más, donde no querría.

Programme Name: Peaky Blinders IV – TX: n/a – Episode: n/a (No. 1) – Picture Shows: Luca Changretta (Adrien Brody) – (C) © Caryn Mandabach Productions Ltd 2017 – Photographer: Robert Viglasky

   Entre esos aliados incómodos está Mr Aberama Gold y sus gitanos errantes (no tengo claro si estos personajes son gitanos por etnia o se les aplica el sustantivo anglosajón gipsy que no tiene por qué tener una connotación racial). Después del torpe, injusto, humillante y merecedor de hoguera final que “Juego de Tronos” concedió a Meñique (me desahogo más sobre este asunto aquí), fue un placer volver a ver la media sonrisa cínica de Aiden Gillen, bajo el pelazo y el sombrero de Mr Gold. Siendo uno de mis actores vivos favoritos, espero de verdad que vuelva en la siguiente temporada y que le den un papel con más sustancia. Lo que le han ofrecido no está mal (la escena campestre con la tía Polly es quizá la mejor, aunque esté de apoyo para Helen McCroy), pero Gillen puede con mucho más. Se lo merece. Y nosotros también.

   Gillen puede tener su oportunidad al habernos despedido de Tom Hardy y de su maravilloso Mr Solomons. Luego de la tremenda decepción (fuera de la fotografía y de la digna banda sonora de Max Richter) que para mí fue “Taboo”, el reencuentro con este criminal hebreo parlanchín, irónico y carismático resultó una gozada. Pocos actores, incluso en esta serie, que es un cúmulo de talentos, logran que nos fijemos en ellos más que en Cillian Muprhy. Hardy, con su Mr Solomons, es de los que lo consiguen. Le roba las escenas a cualquiera que interactúe con él. Mi momento preferido de la temporada tal vez sea su único diálogo con Luca Changretta, totalmente desconcertado ante el individuo que tiene delante. ¡Y qué hermosa muerte en la playa!

   La de Solomons es la muerte más destacable de la temporada, pero no la única. Los Shelby sufren pérdidas. John y Michael, uno por las balas de los italianos, otro exiliado por su deslealtad a Thomas. Aquí voy a confesarles el mayor defecto de esta cuarta temporada: es tramposa con el espectador.

   Veamos, en las tres temporadas anteriores, como espectadores, teníamos que seguir diferentes planes y conspiraciones. Los de Campbell. Los de Churchill. Los del IRA. Los de los comunistas. Los de los rusos blancos. Los de los Oddfellows. Y, claro, los de Thomas, que se las apañaba para enredar a todos, titiritero casi supremo. Los guionistas tenían buen cuidado, en general, de dejarnos compartir o intuir las estratagemas de Thomas y también las de sus oponentes. Solíamos saber más que todos los demás personajes y, con escasas excepciones (como el final de la segunda temporada) no había sorpresas ni giros de guión bruscos. El placer de las tramas retorcidas estaba precisamente en poder seguir la maraña de hilos. Y, en verdad, la sorpresa final de la segunda temporada funcionaba porque Thomas, el héroe-villano protagonista que nos fascina y que nos tiene de su lado siempre, ignoraba lo que iba suceder y se había resignado a la muerte.

   En cambio, en esta temporada hay unos cuantos momentos que denotan cierta pereza de guión. El casi ahorcamiento del primer capítulo, si bien aquí la tensión está bien medida, porque la serie podría seguir, aunque un poco coja, sin alguno de los condenados; de hecho, esta tensión al inicio sirve para que la muerte de John y la casi muerte de Michael (la cual desencadenará la cadena al final de la cual estará su exilio) resulten más inesperadas y chocantes. En cambio, nadie que conozca la psicología de Polly (que grandísima actriz es Helen McCroy, demonios, qué bien actúa en cada segundo) se creyó ni por un momento que hubiese traicionado a la familia, ni siquiera para salvar a Michael. Y no digamos la falsa muerte de Arthur. O ese pacto de los Shleby con la mafia de Chicago que, epa, sale como el conejo de la chistera en el último episodio, sin previo aviso.

   Salvando esos fallos, que son más llamativos por las altas expectativas que tengo siempre con “Peaky Blinders”, los guiones son más que buenos. Las relaciones entre los personajes siguen siendo complejas y llenas de aristas. El drama y la comedia negra tienen su hueco. Y la serie, como ya hizo en la tercera temporada, va preparando la trama principal de la siguiente entrega (salvo que me equivoque mucho) con la subtrama del partido comunista y la relación entre Thomas y la combativa Jessie Eden (qué gran escena, la entrada en el pub de Jessie y Ada, esa Ada que tanto quería librarse de su apellido).

   Así que veremos lo que nos depara el futuro. Pero tengo grandes esperanzas. Al fin y al cabo, cómo no tenerlas cuando nos espera un individuo como este Thomas Shelby, genial y familiar, gélido y cruel, empresario capitalista, líder criminal y Miembro del Parlamento por el Partido Laborista, gracias a una alianza secreta con el muy conservador Gobierno de Su Graciosa Majestad. Nos calzaremos las botas y nos calaremos las gorras una vez más, sin duda.

marzo 13, 2018

“Collateral” se acerca y falla

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:36 pm
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    En el último episodio de esta miniserie, de la cual es protagonista, la Detective Inspectora Kip Glaspie llama a su marido. “¿Has resuelto el caso?”, le pregunta él. “He estado cerca”, le responde ella (más o menos, cito y traduzco de memoria). “Collateral”, como Glaspie, se queda cerca. Pero no resuelve su caso. E incluso diría que está más lejos que su personaje principal.

    “Collateral” es una miniserie compuesta de cuatro episodios, con una premisa relativamente atractiva: un motorista de una pizzería es asesinado a balazos luego de hacer una entrega. La policía investiga un crimen que huele a emboscada profesional. Había las bases para una buena historia negra. Cuando vi el trailer, intuí que podía encontrarme con una pariente lejana de “The Shadow Line”, la obra maestra de Hugo Blick.

    Sin embargo, leí que Alan Sepinwall (el Grande) consideraba que “Collateral” trataba (sin éxito) de aproximarse a la obra maestra de David Simon y Ed Burns (entre otros), “The Wire”. Esto me chocó. Aunque recordé que, en su día, ya había leído críticas que comparaban esas dos grandes series de televisión, considerando a la británica una respuesta a la estadounidense; análisis que me parece una tontería y que no entiendo cómo puede hacer alguien que haya visto ambas maravillas. Ahora estaba más intrigado que antes.

    Pues bien (no habrá spoilers concretos, pero sí puede haber alguna pista vaga), creo que el principal problema de “Collateral” es que anda entre los dos polos. A ratos, trata de ser una suerte de “The Wire” de un pequeño barrio londinense. A ratos, trata de construir un tenebroso thriller, como los que Hugo Blick urde tan magistralmente. El resultado es que no llega a ninguna parte.

   “The Wire” nos metía en medio de la ciudad de Baltimore y nos permitía ser visitantes durante cinco años, en los que intuíamos partes de vida de sus habitantes. Historias personales se entrecruzaban con crímenes e investigaciones policiales, intrigas políticas con anécdotas y rutinas. Y Temas, con mayúscula, como la marginalidad, la pobreza, la educación, la responsabilidad de la prensa, la corrupción de las instituciones y la delincuencia formaban los pilares de una tragedia griega en Estados Unidos. Incluso con un Griego que no era. “The Shadow Line”, por contra, presentaba una serie de personajes y proponía una historia lineal, con introducción, nudo y desenlace. Personajes espléndidos, trama retorcida, ritmo implacable y un Villano apoteósico.

   “Collateral” es un batiburrillo de lo anterior. Presenta una historia lineal, con introducción, nudo y desenlace, a la cual trata de atar Temas no menos merecedores de mayúscula como la xenofobia, la inmigración, el amor, el deber y la fe. Pero no cuaja. El estudio social estorba a la trama. Los personajes no respiran ni se desarrollan. El maniqueísmo es marcado (de acuerdo que es difícil no ser maniqueo cuando hay una organización criminal turbia metida en danza, pero justo eso se lograba en “The Wire”, que negaba atribuir la bondad o la maldad por el lado de la ley en que se estuviera y, en “The Shadow Line”, el personaje de Christopher Ecclestone era uno de los que más compasión inspiraban, por muy narcotraficante que fuera). Y el final, con un éxito muy relativo para los “buenos”, aunque decente, sabe a poco porque, francamente, nos da un poco igual tanto la vida de los personajes como la resolución del caso.

   El ritmo en general es correcto y la dirección aceptable, aunque sin destacar y con ciertas secuencias que podrían haber sido más austeras, acorde con el tono que la serie trataba de alcanzar. Hay, por cierto, una total carencia de humor. Esto es extraño, porque un británico tiene el sentido del humor activado por defecto, aunque sea una variedad cruel, calculadora y defensiva. Esto también separa mucho a la serie de las dos piedras de toque que antes he mencionado. Las escenas eminentemente graciosas o irónicas en “The Wire” son numerosas y en “The Shadow Line”, además del humor sarcástico de varios personajes hay una macabra ironía glacial de la propia serie que la recorre de punta a punta. En “Collateral” todo el mundo es más tieso que una escoba.

   La investigación policial puede ser lo más interesante de la serie. Carey Mulligan me gustó como la impasible DI Glaspie, el personaje más complejo, ex atleta fracasada, ex maestra y ahora policía perspicaz y compasiva. Mulligan logra interpretar a un personaje controlado sin convertirlo en un monigote de palo gracias a determinadas escenas, con un brillo en los ojos o un rictus de la boca. Y también en esta trama la capitán Sandrine Shaw es un personaje relativamente complejo, otra mujer profesional, controlada, con lava palpitante de rabia, frustración, angustia y ansias de cumplir lo que entiende es su obligación bajo un caparazón casi irrompible. Jeany Spark lleva su papel a cabo con dignidad.

   Lástima que no se les haya dado más espacio para desarrollarse. El resto de personajes de esta parte de la serie a su alrededor son nulidades: los compañeros o superiores de Glaspie no llegan al nivel ni de recurso narrativo, salvo el Detective Sargento Nathan Bilk, que es justo eso, un recurso y bastante cansino; las hermanas del asesinado podrían haber tenido interés, si su estancia en el centro de reclusión para inmigrantes hubiera ocupado más tiempo. Sin embargo, esta parte, que parecía llamada a tirar hacia el polo “The Wire”, se subordinó a la parte policíaca y sirvió sólo para avanzar la trama y de un modo algo perezoso. El desagradable agente del MI5 Sam Spence podría haber sido una especie de antagonista ambiguo para Glaspie, una fría razón de Estado con tintes racistas, pero quedó en un arquetipo sin excesivo interés. Igual que el viscoso y repelente superior de Sandrine.

   Si los cuatro episodios se hubieran dedicado en exclusiva al thriller, se habría logrado algo notable. Habría habido tiempo para desarrollar tramas y personajes, para explicar los porqués de cada uno y para que la investigación efectivamente lo fuera: policías investigando, servicios de inteligencia maquinando, criminales organizados cubriendo sus huellas. En vez de eso, ni logramos conocer bien a ninguno de los protagonistas o antagonistas, ni se nos ofrecen escenas sabrosas, ni se resuelve el caso de modo convincente, sino más bien con un atajo en el último episodio que me dejó con un “Ah, ¿así descubren lo que ha ocurrido, en serio?”. Por lo menos no es un triunfo del Bien contra el Mal, que mande al carajo el tono que se pretendía realista.

   Y si no se da tiempo el thriller es por que se mete la cuestión social. Ojo, que no tiene por qué ser algo malo. Volvamos a “The Wire”: ahí hay sociología, economía, filosofía y política de primer orden. Y las tramas no sólo no quedan lastradas, sino que se realzan gracias a ello. Aquí, pues no.

   Toda la subtrama del Miembro del Parlamento laborista David Mars (John Simm) y de su ex mujer Karen (Billie Piper) es insufrible. Trataban, sospecho, de introducir aquí el debate sobre inmigración, derechos humanos y xenofobia en la sociedad británica además de dar una patada en a espinilla los laboristas. Bueno, podía haber estado bien. Pero no lo está. Las escenas son aburridas y sin sentido. No ayudan al avance de la trama principal, no nos interesa como trama secundaria, los personajes son tediosos (una pena, los actores sí son buenos) y desde luego los diálogos políticos no son dignos ni de “El Ala Oeste” ni de “Yes, Minister”.

   Algo parecido ocurre con la historia de la pastor Jane Oliver. Una sacerdote anglicana honesta y dedicada a su parroquia, abiertamente lesbiana, a la que el asesinato pone patas arriba la vida. Este personaje me gustó más que los otros y Nicola Walker es también una respetale actriz. Pero todo lo que hay alrededor queda cojo.

   Si la idea de la miniserie hubiera sido explorar cómo un acto de violencia afecta las vida de la gente a su alrededor (de ahí una posible explicación del título), podría haber sido de interés. Si hubiera querido centrarse en exclusiva en los aspectos sociales y políticos que se sacasen a la luz por causa del asesinato, también. Si hubiese querido limitarse a una serie policíaca, con cierto tinte social, hubiera sido correcto. Pero saber mezclar todos los elementos anteriores exige más talento, más habilidad y seguramente más episodios que estos cuatro, aceptables, fallidos y olvidables capítulos.

enero 23, 2018

Gormenghast: galería de sombras

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:52 pm
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    J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis son tal vez los escritores de fantasía más célebre de la Inglaterra de la posguerra. La influencia de la obra de Tolkien tanto en el género como en la cultura popular occidental, al menos, es poco discutible. En menor medida, las sagas de Lewis (tanto Las Crónicas de Narnia como la muy irregular Trilogía Cósmica) son conocidas también más allá de Inglaterra (dejo de lado la faceta de Lewis como polemista y ensayista y la de ambos como académicos). Sin embargo, hay otro autor, contemporáneo suyo, que creó su propio mundo, lo pobló de criaturas y que ha sido injustamente olvidado. Fuera de Reino Unido y de los Estados Unidos, apenas se le conoce y allí, creo, cada vez menos. El escritor es Mervyn Peake. Su obra literaria principal, las novelas de Gormenghast.

    La obra de Peake es problemática y extraña hasta el punto que resulta complicado ponerle una de nuestras amadas etiquetas. ¿Fantasía? Puede. ¿Gótica? Sí para las primeras ediciones norteamericanas, algo que no fue muy apreciado por los británicos, según parece. ¿Cómica? A ratos. ¿De terror? Mezclado con su peculiar humor. ¿Novela de crecimiento de héroe, una bildungsroman? También se puede defender. Novelas complejas, eclécticas. Y, al mismo tiempo, propias, distintas de cuanto he leído hasta el día de hoy.

    De las anteriores etiquetas, una de las más justas sería tal vez la de bildungsroman. Al fin y al cabo, la primera de las novelas, “Titus Groan”, comienza con el nacimiento del personaje que da nombre al libro. La última novela conclusa “Titus Alone”, sigue a un Titus ya pasada la infancia y la adolescencia, en su vagabundeo por un mundo alejado del hogar familiar, vagamente futurista. Sin embargo, durante toda la primera novela Titus, el supuesto protagonista, es un bebé y nada hace ni en nada influye. Hay quien ha visto aquí (y, si no me falla la memoria, el mismo Peake así lo indicó) un homenaje a la maravillosa, genial, divertidísima novela de Laurence Sterne, “Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy”, que, como es sabido, se inicia con el nacimiento del narrador y acaba antes siquiera de que éste haya dado un paso en el mundo.

   Sterne es un homenaje. Otro grande, Charles Dickens, es una influencia. En especial en las dos primeras novelas, “Titus Groan” y “Gormenghast”, que forman un conjunto coherente, con un arco argumental propio. “Titus Alone” es una obra autónoma, hasta cierto punto, no sólo por cuestiones de personajes y trama, sino también en cuanto estructura y lenguaje. Los muchos habitantes que pueblan el castillo de la Casa de Groan podrían pulular por el Londres extraño de Dickens. Y, viceversa, muchos de los duendes con forma humana de Dickens podrían encontrase en las mazmorras, las cocinas, los jardines y aposentos de Gormenghast como en casa; y tal vez como en su verdadera casa.

   Es una auténtica galería de criaturas entre lo humano y lo grotesco. La mayoría de ellos no son criaturas con abismos dentro, tridimensionales, personas, en fin, sino extravagantes criaturas casi oníricas. ¡Pero qué llamativas, qué siniestras, qué peculiares e inusuales!

   Lord Sepulchrave Groan, grave, melancólico, atado a la tradición. Los tiránicos y viejos Maestros del Ritual, Sourdust y Barquentine. El esquelético criado rígido Mr. Flay. Su gran enemigo, el obscenamente obeso cocinero, el viscoso Abiatha Swelter. La inmensa Condesa, Lady Gertrude, con sus hordas de gatos y pájaros. Fuchsia Groan, la primogénita, solitaria, fantasiosa, anhelante de una ternura que Gormenghast le negará casi por completo. Las gemelas Cora y Clarice Groan, ambiciosas y huecas. La patética y entrañable Mrs Slagg, aya de Fuchsia primero y Titus, después. El Doctor Prunesquallor, bufonescamente brillante, con su envesado lenguaje, y su hermana Irma. Los sombríos habitantes de más allá del castillo, los moradores del barro. El profesor Bellgrove y su claustro.

   Y, aunque parezcan tan extraños, la mayoría de estos personajes, sin llegar a profundidades dignas de Dostoiewsky, desarrollan sentimientos y relaciones más complejas de las que en primer momento les consideraríamos capaces. Fuchisa ama de su modo torpe y arrebatado a su hermano Titus, a su vieja aya, al dicharachero Doctor Prune o al tieso Flay; y es correspondida. Lord Groan no tiene tiempo apenas para amar: a él le aplasta la soledad, el cumplimiento infeliz de un deber indiscutido, la tristeza que le roe hasta el tuétano. Personajes tan ridículos como Irma y Bellgrove, no obstante servir para algunas de las escenas más paródicas de las novelas, tienen su punto de angustia vital, de temor ante una soledad que se cierne sobre todo y todos. Una soledad que unos combaten desesperadamente, otros aceptan y otros niegan, aferrados a la Norma y al Rito.

   Porque Gormenghast, este mundo fantasmal, onírico o pesadillesco, es un personaje casi por derecho propio. Sus muchas tradiciones y ceremonias, descritas con minucioso detalle, son una telaraña que estrangula a sus moradores. Es siempre peligroso considerar que una obra es portavoz de su autor, pero según no pocos críticos Peake descargó en estas novelas su desprecio por el dogma monolítico, la obediencia ciega y la tradición estéril. Aunque no todos los habitantes del castillo son negativos, su mundo lo es. En tanto que servidores de la implacable Ley de Groan ( y todos lo son, desde los Condes hasta los criados), ninguno de ellos podría ser un héroe.

   Siendo esta, hasta cierto punto, una saga de fantasía, hace falta un héroe. ¿No será el héroe, pues el rebelde contra la Ley? Sí. Y no.

   Porque Peake nos ofrece dos rebeldes o dos trasuntos de rebeldes. Uno es, desde luego Titus, sobre todo en la segunda novela. Como niño primero, como adolescente, después, su incomodidad y desasosiego son cada vez más notorias. Un deseo salvaje de libertad, de sacudirse su herencia de encima, devoran al crío. Titus, efectivamente, actúa siempre, de modo externo o interno, contra la Ley de Groan. Pero Titus no es muy heroico. De hecho, qué quieren, es bastante inaguantable. Sus hitos vitales (como su único encuentro con un personaje secundario pero vital, la Cosa) lo vuelven más egoísta y alejado de los demás personajes. Y, al acabar el primer arco argumental, huye del castillo. Gormenghast no es derrotado por el joven. Bien, de acuerdo, hay aquí ciertos rasgos del héroe romántico. Con todo, Titus es estomagante y de sus extrañas andanzas solitarias lo más extraño es que logre la amistad, el amor o la obsesión de los personajes más notables, el vital Muzzlehatch, la pasional Juno, la fascinadora Cheeta.

   ¿Y el otro? El otro es una de las mayores glorias de la saga. El glacial, inteligente, maquinador, despiadado y magnífico Steerpike. Un joven criado de las cocinas a quienes vemos ascender, a fuerza de intrigas, hasta lo más alto de la jerarquía.

   Pero, ¿es un rebelde o no? Lo es, en parte. Porque se resiste al orden impasible del castillo y rompe o tuerce cada una de sus reglas. Pero si un rebelde busca derribar o reformar un orden injusto, entonces Steerpike no es un rebelde, ni un revolucionario, aunque a algunos lectores pueda darles esa impresión. Steerpike es un arribista. Le importa un bledo que el orden sea injusto. Lo que quiere es ser el amo de ese orden.

   Steerpike es uno de los más grandes villanos que he leído. Se pueden trazar paralelismos entre este joven delgado y poco agraciado y uno de los mayores malvados de Shakespeare, Edmund. Ambos estrategas del mal, ambos nihilistas helados, absolutamente incapaces de amar, ambos buscadores del poder absoluto. La relación entre Steerpike y las necias gemelas Cora y Clarice, o al menos así lo he visto yo, es un burlón homenaje o eco de la relación entre el brillante bastardo de Gloucester y las hermanas Goneril y Regan. No deja de ser notable que casi todos los demás personajes se sientan fascinados, atraídos o aterrados por Steerpike, pese a su poco hermoso aspecto: por su intelceto, por su vitalidad, por su habilidad.

   Si hay una trama en las dos primeras novelas de la saga, un elemento dinámico, es el relato de las maquinaciones de Steerpike. El quietismo pasivo de los Groan y sus siervos contrasta vivamente con la agilidad subterránea del gran villano. Su falsa revolución tiene hasta tintes diabólicos, una ironía más, pues si Steerpike es Satanás, Gormenghast sería el Cielo. Sin embargo, este demonio no quiere asaltar el Palacio, quiere controlarlo desde las sombras… hasta cierto punto.

   Alguna vez creo haber escrito que la gran tensión que ha de existir en los titiriteros en las sombras es la de la perpetua tentación de demostrar quién tiene en verdad el poder. Steerpike es un brillante ejemplo de esa tensión. Maestro manipulador, sabe colocarse a las mil maravillas la máscara que le conviene en cada momento. Pero esta criatura, la más solitaria de todas las criaturas solitarias que pueblan el castillo, de mente pragmática y metálica, desprecia a todos y a todo y se muere por escupirles su desdén. Es casi hitchcocktiano contemplar en cada escena, en cada diálogo, cómo ese hondo desdén que a Steerpike le produce todo el mundo es el mayor riesgo para sus meditados planes.

   A pesar de las intrigas de su malvado mayor, la saga de Peake no es una lectura al galope. Es ardua y el ritmo, en ocasiones frenético, otras es muy pausado. Peake escribe un inglés retorcido, conscientemente arcaizante y aun alambicado en ocasiones. Todos recordamos las largas descripciones que Tolkien hacía de una hoja. Peake, sin llegar a esos extremos, se toma su tiempo con las piedras y el moho. Indudablemente, la atmósfera única y peculiar de estas novelas se logra gracias al talento descriptivo de Peake, por cuesta arriba que en ocasiones se vuelva. Pero hay que tener en cuenta que, igual que Tolkien era primero filólogo y luego novelista, Peake era sobre todo y ante todo pintor e ilustrador (ilustró magníficamente “La Isla del Tesoro”). Varios críticos consideran que si Peake se volvió hacia la escritura era porque terminó considerando la pintura o el dibujo insuficientes para pintar los cuadros que tenía en su mente. Sólo podía pintarlos con palabras.

   Página tras página de su obra, desde el inicio hasta la fragmentaria e inconclusa cuarta parte (“Titus Awakes”) hay un cuadro, un paisaje, un retrato, tras otro. Escenas que no tienen ningún sentido desde el punto de vista de trama o personajes, son plásticamente poderosas. La presentación del Poeta, por ejemplo, no hace avanzar el argumento ni un milímetro. Nadie olvidará, sin embargo, esa imagen. “Titus Alone”, escrita mientras la terrible enfermedad que destrozaría la mente y la vida de Peake avanzaba, parece más un cuaderno de dibujos y esbozos que una novela o incluso que unas notas para una novela.

   Imaginativas, extrañas, perturbadoras, sombrías e intrigantes, las novelas de Gormenghast son una de las joyas oscuras de la literatura anglosajona. No dejemos que caigan en el olvido.

diciembre 7, 2017

Cómo no llevar a cabo un experimento socio-genético

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:30 pm
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     Después de torturar mi cerebro con las dos primeras partes de la Saga Divergente, viendo que empezaba a dejar de babear de manera involuntaria, decidí que había llegado el momento de apurar la copa hasta las heces y ver la tercera parte. Y Santo Dios. Santo Dios. Creo que he quedado medio tarado de modo definitivo.

    Ya el título es poco prometedor. La primera cosa se llama “Divergente”. La segunda “Insurgente”. No sólo rimaban ripiosamente entre sí (también en el original), se referían ambas a la protagonista. Pues bien, la tercera parte es “Leal”. No rima (tampoco en inglés, “Allegiant” ). Y además, como veremos, la leal no es la prota, es un personaje terciario. Esto pinta peor de lo previsto.

    La película se estructura en una introducción que merece le dediquemos un poco de atención, por su extrema torpeza, y dos tramas paralelas medio mezcladas: la que narra lo que ocurre en la ciudad de Chicago y la que narra lo que ocurre fue de la ciudad de Chicago. Luego ambas tramas se unen en un clímax tolerable de un modo directamente proporcional al número de botellas de licor vaciadas.

    Antes de entrar con el hacha de carnicero, dediquemos dos líneas a los aspectos estrictamente cinematográficos. La dirección es inexistente; la banda sonora, irrelevante;los diálogos, vergonzantes; la interpretación, para ahorcarse con una cuerda de piano y los efectos especiales (en la película de la saga donde más se usan) dignos de “Superpulpo contra Megatiburón: la Venganza”.

    Continuemos.

    Recordarán que, al final de “Insurgente” la dictadura de los Eruditos y parte de los Intrépidos había sido derribada por una alianza de los fulanos de Blanco, los de Naranja y la masa sin facción, con la pobre Naomi Watts haciendo de Lenin (ay, Naomi Watts… después de verla en la vuelta de “Twin Peaks” verla aquí…). Además, la prota había hecho público un mensaje de los Fundadores que, en esencia decía que todo era una broma, que Chicago era un experimento, que los Divergentes eran cosa buena y que la Humanidad les estaba esperando. Esto nos planteaba bastantes preguntas legítimas. ¿Hay respuesta en esta película? Sí. Que fuera de Chicago también es todo el mundo idiota. O incompetente. O las dos cosas.

    El prólogo no sitúa en una especie de versión barata de la época del Terror. Derribado el antiguo régimen, se han iniciado una serie de juicios sumarios.

    Como muestra del sistema de justicia, se ve el proceso al jefe de los Intrépidos. Modélico: se le inyecta una especie de suero de la verdad, se le pregunta si está contento con haber sido colaborador de la fallecida Jefa Azul, el tipo dice que sí, que mucho y el público, por volumen de griterío, vota entre culpable o inocente. Bueno, gritar, gritan mucho, pero quien toma la decisión final es el personaje de Watts. Vaya, que vox populi, vox Dei, pero mando yo. Esto no siente muy bien a la jefa de los hippies Naranjas, que se va con sus simpatizantes. ¡Ajá! ¡Grietas en la colación! ¡Guerra civil en el aire! ¡La líder revolucionaria, en su primera decisión, logra cabrear a quienes controlan el suministro de comida! ¡Brillante!

A

     Puede uno creer que esta escena sirve para huir de maniqueísmos y demostrar que la antigua aliada de los buenos es tan mala como los antiguos malos al alcanzar el poder. Pero la protagonista (Tris) y su maromo, aunque un poco incómodos, no dicen esta boca es mía. Como símbolo y heroína de la rebelión, no es irracional pensar que si Tris hubiera dicho a la Lideresa que ya está bien, la Lideresa habría tenido una crisis entre manos, mayor aún por la desafección de los de Naranja. Así que o a Tris eso no se le ocurre, o es una cobarde, o está de acuerdo con las ejecuciones en masa. Con una excepción: su hermano (un Erudito) está encerrado. Así que el novio saca al joven de la celda (sin más), Tris y él meten al hermano en un coche y tratan de salir de la ciudad. Hasta que les para un control.

     Ah, sí, perdón, hay controles. Porque aunque la grabación de los Fundadores dice que la Humanidad espera más allá de Chicago, la Lideresa ha decretado que no sale nadie. ¿Por qué? No se explica. Para qué.

     Así pues, los protas están tratando de huir con un preso. Preso al que se le distingue como miembro de la facción Erudita porque aún lleva las ropas azules de rigor. Que está esposado (no, no le han quitado las esposas). En el control el centinela muestra cierta suspicacia (algo es algo) y pide papeles. Los buenos han parado para recoger a Peter (personaje recurrente cuya función es ser más irritante e imbécil que los demás para que así estos nos parezcan menos lerdos), pero no se les ha ocurrido haber conseguido unos papeles, falsos o verdaderos. Noten que el tal Cuatro es el hijo de la Lideresa. Algo de cómo tiene su madre montado el tinglado debería saber. De pronto, aparece la amiga abogada de Tris con un fajo de papeles en la mano. Se los da al centinela, se sube al coche y el centinela, sin apenas haberlos leído, da paso franco. ¿Cómo sabía la amiga abogada que estaban tratando de escapar? ¿Cómo había conseguido los papeles adecuados? ¿Cuándo y cómo los había falsificado, si era el caso? Misterios. Telepatía o el poder del amor y la amistad, seguramente. Eso sí, ante otros centinelas el maromo empuja al hermano a una zanja ty finge pegarle un par de tiros. Los centinelas, con madera de Tropas de Asalto del Impero Galáctico, ni se molestan en comprobar si hay cadáver.

     La huida continúa con el escalamiento de la Valla alrededor de la ciudad y su bajada gracias a unos cables mágicos que extienden o acortan su longitud cuando es conveniente y que, en general, parecen desafiar cuantas reglas de la física y la mecánica son conocidas. Y ahora, sí, están en el exterior. Que es un erial, rojizo y desolado. Los protagonistas empiezan a caminar, sin saber hacia dónde van. Como gentes inteligentes, establecen un riguroso racionamiento de los víveres que han traído consigo. Nada, no hagan caso. Claro que NO han traído ni una gota de agua ni un mal bocadillo en su viaje hacia lo desconocido. ¿Ustedes nunca han ido al exilio sin provisiones? Panda de privilegiados debiluchos.

     Por suerte para ellos, los protas llegan a una especie de frontera formada por un montón de bolas de vigilancia que, además, mantienen una cúpula sobre Chicago y sus alrededores. Son salvados por un batallón de tipos uniformados de rojo de una patrulla de esbirros de la Lideresa que los estaban persiguiendo. Una vez rescatados, los meten en unos campos de fuerza color butano y se los llevan volando hasta una base antes conocida como aeropuerto de Chicago.

    Estos tipos de rojo son soldados de una tal Agencia Genética Buena o algo así, según explica quien da la bienvenida al grupo, interpretado por Bill Skarsgård , esto es, Pennywise sin maquillaje. Esta es una de las mayores decepciones de la película: uno esperaba que su personaje empezaría a repartir globos y a atormentar a la caterva de inútiles que llevamos aguantando demasiado tiempo. Y nada.

    Pennywise pone a los protas una película que es como el contexto de “Gattaca” para tontos. Explicaciones posteriores las ofrece un tal David, director de la Agencia y Malo Inútil de la función. Pero esto es importante, porque se supone que es una de las Grandes Respuestas de la saga. Resulta que, habiendo trampeado con nuestro genoma para hacernos más altos, guapos y modernos, se ahondó la grieta social hasta que estalló una guerra atómica. Los supervivientes quedaron dañados genéticamente: así, si uno es inteligente no tiene compasión y si es valiente es tonto perdido. ¿A que les suena? ¡Aquí está el origen de las facciones!

    La Agencia depende de un Consejo. Otro Consejo. Éste no es al que hacía referencia la Jefa Azul en “Insurgente” (del cual tampoco se nos daba mucha información). Este Consejo, elegido no se sabe por quién, al frente de no se sabe qué Estado, Federación o Comunidad de Vecinos, ha encargado a la Agencia la labor de arreglar los daños que tanto juego genético dejó en nuestro genoma. Chicago es el experimento para tratar de encontrar la solución.

    El experimento consistió en agarrar a unos cuantos cientos de miles de personas, meterlas en Chicago, hacerles olvidar de dónde venían (los de la Agencia tienen un gas amnésico muy cuco) dividirlas en facciones y esperar que, a base de reproducirse, apareciera gente sin taras genéticas. Que son, exactamente, los Divergentes.

    Bien. Ustedes ven los problemas, claro. Si la idea es acabar con esta división entre humanos sólo inteligentes, sólo valientes, sólo honestos, sólo abnegados y sólo lo que sean los Naranjas… ¿qué sentido tiene fundar la sociedad experimental, justamente, en esas divisiones? Si el sentido es tener controlado a cada grupo de personas con fallos genéticos, ¿por qué establecer que, luego del famoso test (“trust the test”) cada uno pudiera elegir la facción que le diera la gana? ¿Eso no haría más complicado el seguimiento? Sobre todo, si la idea del experimento era lograr gente que fuera al mismo tiempo inteligente, honesta, valiente, abengada y la que sea la quinta virtud… ¿para qué señalar a los Divergentes como enemigos públicos a los que hay que liquidar? ¡Si son el resultado querido o aproximado del experimento!

    Para mayor alegría, el tal David le explica a Tris que ella es la única Divergente Pura, la única que de verdad no tiene taras genéticas (de ahí que pudiera abrir el Artefacto de la segunda película; de ahí que, sutileza, en esta película sólo vista de blanco). Pero que ella no es hija de Chicago. Su madre fue introducida en Chicago por la Agencia, para ver si se avanzaba algo con el experimento, que andaba un tanto atascado. Les confieso que no soy ni sociólogo ni biólogo. Pero si se está llevando a cabo un experimento en unas condiciones concretas, aislando severamente el lugar donde se está llevando a cabo tal experimento, introducir un elemento extraño, ¿no viene a poner en riesgo todo el experimento y, por ende, sus resultados?

    Tris, siendo la única Divergente Pura, es, según David, prueba de que el experimento funciona. Un momento, un momento, Director. Si llevan ustedes varias generaciones dejando que los de Chicago se reproduzcan a la buena de Dios, a ver si por suerte sale algo bien (qué diría de esto la Bene Gesserit) y en todo ese tiempo sólo obtienen un resultado positivo… ¿no sería prudente pensar que puede ser una casualidad? Si el método es el correcto, ¿no deberían haberse obtenido más Divergentes Puros? Para David, no. Y se lleva a toda velocidad a Tris a la sede del Consejo a presumir.

    En esta escena puede haber otra de las claves de la saga. A saber, que sí, que es todo una estafa. Una estafa con David, Director de la Agencia, en el centro. David no presenta documentación ni informes al Consejo. Sólo a Tris. Y el Consejo decide interrogar a Tris porque, lo dicen textualmente, David ya les ha mentido en ocasiones anteriores.

    Es decir, como apuntó agudamente uno de los valientes amigos que me acompañaban en el visionado de este engendro, que la auténtica trama de la película es la de David tratando de sacar fondos al Consejo. Es como un capítulo infame de “El Ala Oeste” o “The Thick of It”: el jefe de un departamento se está quedando sin dinero, la misión de ese departamento no ha sido cumplido y no hay visos de que vaya a serlo en breve, los que controlan el dinero se impacientan… ¡Algo hay que hacer! ¡Aunque sea hacer pasar una casualidad afortunada como un resultado exitoso! Todo, Chicago, las facciones, los divergentes… todo es el proyecto enloquecido de David, que sencillamente no acepta que sigue perseverando en un error. También, vaya gente, la del Consejo. Una de dos: o creían que la Agencia de David lo estaba haciendo más o menos bien (algo que no encaja con saber que el mismo les ha mentido a la cara en el pasado) o no les importa. Claro que, si no les importa, ¿por qué darle una base reluciente, unos laboratorios equipados y un ejército? No parece barato.

    Así llegamos a la respuesta medio abierta de la saga: los Fundadores son o unos idiotas obsesivos (como David) o unos incompetentes (como el Consejo, cualquiera de las opciones que escojamos pata explicar su conducta). Al menos, este universo tiene coherencia.

    Entre tanto, en Chicago, la Lideresa y la jefa de los Naranjas están en pie guerra. Los enemigos de la Lideresa se hacen llamar “Leales”, de ahí el título: Leales al sistema de Facciones. O sea, son contrarrevolucionarios. Y no, tampoco esta vez hacen uso de su monopolio sobre la comida para derrotar a sus enemigos. Agarran fusiles y cargan de frente.

    Tris y los suyos deciden regresar, cada uno como puede, a Chicago, porque ya no se fían de David. No ayudó que presenciaran a los soldados de la Agencia secuestrando críos de las zonas fuera del dominio del Consejo y borrándoles la memoria. Los críos estos serán nuevos súbditos del Consejo, parece, y se supone que se les va a tratar sus enfermedades y sus deficiencias genéticas, aunque todo esto se comenta de pasada y no me queda muy claro el empeño de la Agencia por convertirse en una guardería gigante, sobre todo si Chicago es la gran apuesta para encontrar la solución de tales deficiencias.

    Luego de una evasión tan ridícula como la del prólogo (Tris escapa en la nave privada del malo, usando el piloto automático…¡y el malo no puede redirigir su propia nave, aunque sí puede cortar sus comunicaciones!), logran llegar a la ciudad, en medio de la batalla entre los de la Lideresa y los contrarrevolucionarios.

    David, que no ha estado del todo de brazos cruzados, ha enviado al peor espía del mundo (el insufrible Peter) para hacer un pacto con uno de los bandos enfrentados y restaurar el sistema de facciones. Por supuesto, la oferta se hace a la Lideresa de los descastados, en vez de a la jefa del bando pro-facciones. Es de una lógica cristalina. ¿Cómo sabe la Agencia lo que ocurre en Chicago? Porque tienen un sistema de vigilancia que les permite proyectarse dentro de la ciudad, si que nadie les vea. Como si fuera un juego de realidad virtual. Es el sistema de vigilancia más patético concebible para supervisar grandes masas humanas: es necesaria una red de espías virtuales las 24 horas del día paseándose por la ciudad. El trabajo de una videocámara lo tiene que hacer siete espías.

    El plan secreto que David ofrece a la Lideresa es el siguiente: liberar el gas de amnesia en la ciudad, de modo que nadie recuerde nada y se pueda restablecer el sistema de facciones, con la Lideresa como gran jefa. Sin dar mayor trascendencia a lo que supone traicionar toda su vida, la Lideresa accede.

    ¿Dónde esta el gas? Almacenado en el antiguo cuartel general de los Eruditos. Pero ese no es un gas desarrollado por los Eruditos, sino por la Agencia. Si está allí, conectadas las bombonas a todo el sistema de ventilación de Chicago, es porque la Agencia lo puso allí, tal vez por si las cosas se salían de madre, como está pasando en ese momento. Sería lícito preguntar por qué la Agencia instalaría esa especie mecanismo de reinicio del sistema y no un medio para activarlo a distancia. Porque si puede activarlo a distancia, ¿para qué hacer tratos con la Lideresa y convencerla de que lo active ella? Claro que luego se ve en una escena como David, desde su base, abre y cierra por control remoto puertas y accesos dentro de Chicago. El alcohol no da consuelo, ya.

    Y entonces, tras evitar que el gas le quite la memoria a la gente (el gas sí se bombea por el sistema de ventilación, pero desaparece por ensalmo al presionar un botón), Tris da un discurso en plan Enrique V de latón, unificando a toda Chicago contra la Agencia, el Consejo y el Departamento de Correos. Y se acaba la película. Lo cual implica que habrá otra. Y que habrá que verla.

    Uno se hace un ovillo en el suelo y gime, en un Cosmos gélido e indiferente.

octubre 18, 2017

La traición del conde de la Fère

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   A los grandes escritores se les escapan sus grandes personajes. Es una de las marcas del gran escritor, el que su criatura esté tan viva que se escabulla de su obra y sea posible y hasta irresistible imaginarlo en otras obras o incluso en esta mediocre vida real nuestra. A Shakesperae, desde luego, se le escaparon muchos de sus personajes de entre las manos y a algunos, como Mercutio, tuvo que ejecutarlos para que no se apropiaran por completo de la obra a la que se suponía debían servir.

   Los personajes fugitivos (de libros y obras de teatro, de cómics y de películas o series de televisión) pueden tener, tienen, de hecho, en mi opinión, tanta influencia en nosotros como personas de carne y hueso con las que nos topamos por la calle, en la escuela, en el trabajo o en el bar. Puede alguno de ustedes considere esto una necedad pero, francamente, no veo qué tiene de necio captar la fuerza de Fasltaff, Mister Pickwick, Yago, Holmes, Don Quijote o Stringer Bell. Me cruzo todos los días con gentes menos interesantes y absorbentes, por ejemplo, cada vez que me paro delante de un espejo.

   Tienen influencia también, mucha, sobre los lectores que además se arriesgan a pervertirse como escribidores. Todos los que intentamos narrar historias, urdir tramas, esbozar personajes, somos conscientes de la legión de escribidores, escritores y Escritores que llevamos encima, como una carga. Harold Bloom, que será un gruñón, pero no por ello deja de ser un gran crítico, considera que no puede haber creación literaria (o artística) sin una agonía vital que viene del conflicto con todos los autores precedentes, una lucha a muerte para poder hacerse con un puesto en el canon. Lo que Cervantes (ya ven) creía que nunca lograría por ser un poeta mediocre. Una lucha más o menos condenada al fracaso por ser capaces de replicar a nuestros ancestros, de negarlos o de sublimarlos, de transformarlos o de rebatirlos. Sabiendo que Shakespeare nos ha derrotado a todos antes de comenzar la partida porque, como decía Chesterton, Shakespeare nos describió a nosotros. El muy desgraciado.

 

 

   Alexandre Dumas, padre, es uno de los Autores a los que se le han escapado personajes. Ya sé, ya sé, está el Conde de Montecristo y no voy a ser yo quien le reste méritos. Pero, es al menos mi vivencia, a Dumas quienes se le escaparon de verdad fueron un joven gascón, sus tres amigos acérrimos y sus dos antagonistas igual de acérrimos. Voy a ser más restrictivo: el gascón, su gran amigo y sus dos adversarios.

   Milady de Winter, la villana de “Los tres mosqueteros”, logró huir de aquella lúgubre orilla del río Lys, donde el verdugo de Lille alzó su espadón sobre su blanco cuello. Huyó y se escondió en mil mujeres fatales, seductoras, inteligentes, ambiciosas. En cualquier gran malvada, que sepa cómo manipular a esos papanatas de hombres (y mujeres) que tiene a su alrededor, hay un eco de la feroz enemiga de D´Artagnan. ¡Ah, esas jornadas de encierro en Inglaterra!

    ¿Y qué decir de su protector, el todopoderoso, el irónico, el genial, el grandérrimo duque-cardenal de Richelieu? ¿Qué mayor elogio se puede hacer al poder de un escritor que el que su personaje literario haya fagocitado por completo al personaje histórico? ¡Y no un personaje histórico cualquiera! Si el verdadero Richelieu no hubiera sido un hombre de respeto (aunque menos interesante psicológica y espiritualmente, según Aldous Huxley, que el temible padre Jospeh, la Eminencia Gris), el Richelieu de Dumas no sería tan inmenso. Sin embargo, para los que no somos historiadores profesionales (por mucho que nos guste la Historia) y yo sospecho que hasta para los historiadores profesionales es imposible incluso mirar el famoso triple retrato de Su Eminencia y no pensar en el hábil ministro de Luis XIII sonriendo diabólicamente mientras contempla los herretes de la reina Ana. Y es difícil bosquejar a un genio político manipulador en la ficción sin que tenga resabios del Duque Rojo. Sir Terry Pratchett diría que había imaginado al magnífico lord Vetinari pensando en los Médici, pero como mínimo tenía un ojo inconsciente puesto en Richelieu.

 

   De los tres mosqueteros que son en verdad cuatro, Aramis y Porthos no logran salir del libro. Son inimaginables en cualquier otro lugar, en otro contexto, rodeados de otros personajes. No es que sean malos personajes secundarios, todo lo contrario. Pero hacen tan buen decorado que en otro lugar estorban, como una butaca de cuero que es perfecta en un despacho forrado de maneras nobles pero no tiene ningún sentido en un comedor.

   D´Argtagan y Athos son otra cosa. Sobre todo Athos. D´Argtagnan es un chaval encantador y un arribista de mucho cuidado que se ha equivocado de amo (es la mayor y mejor ironía del personaje), por mucho que el amo al que podría servir con ganancia trate por todos los medios de reclutarlo, un aventurero tanto de espada como de alcoba. Es hijo y padre de héroes de folletín, aunque Duma supo dotarle de las dosis justas de cinismo y alegría juvenil despreocupada, con unas gotas de honor (no muchas) y de devoción irrenunciable por sus amigos que hacen difícil no encariñarse con el gascón.

   Athos es otra cosa, totalmente diferente y mil veces más fascinantee. Dependiendo del pasaje de “Los tres mosqueteros” tiene toques marxistas (de Groucho), como esa conversación magnífica en la Bastilla con el desconcertado carcelero, casi fasltaffianos (le pierde ser un valiente militar, en vez de un total burlón contra el heroísmo bélico), como en el bastión de Saint-Gervais, y siniestros, como en sus charlas con Milady. Es un cínico profundo y alcohólico que se burla del amor con algunas de las mejores frases contra los enamorados que he leído nunca fuera de Shakespeare, un amargo no amargado que enmascara su dolor tras modales de gran señor o mordacidades, capaz de ser una especie de padre afectuoso, con treinta años, para un provinciano de veinte. Cuando leí por vez primera “Los tres mosqueteros”, de adolescente, en un “arrebato justo y honroso” (otra vez Chesterton), sufrí la contradicción de querer crecer para ser al tiempo Richelieu y Athos. Ahora sólo espero poder poner sobre el papel a un hijo más o menos legítimo del mosquetero bebedor.

   Por eso creo que hay pocas experiencias más demoledoras que leer “Veinte años después” y “El vizconde Bragelonne” después de haber leído y releído varias veces “Los tres mosqueteros”. No porque no sean entretenida, que lo son (aunque “El vizconde” mejoraría notablemente si se le suprimiesen un par de cientos de páginas versallescas). No porque su retrato de Carlos I Estuardo sea bastante estomagantemente hagiográfico, que lo es. No porque cada vez que salgan en escena Mazarino y Mordaunt añoremos desesperadamente a Richelieu y Milady, que desde luego. Ni porque veamos que el tiempo está haciendo envejecer a esos cuatro amigos. No, no, la melancolía tiene sus placeres. Aramis, Porthos y D´Artagnan son ellos. Más tristes, más viejos, pero son ellos, con sus cualidades, sus vicios y sus flaquezas.

   Athos, en cambio, muere en “Los tres mosqueteros”. Y a quien nos encontramos en “Veinte años después” y mucho más aún en “El vizconde” es a un rancio aristócrata inaguantable, el conde de la Fère. Es demoledor leer, escuchar a quien un día llevó el nombre de Athos y se bebió una bodega entera sin pestañear haciendo una apología de la monarquía absoluta por derecho divino. Es insoportable contemplar al hombre que mantenía la compostura, frío, irónico, en medio de una tormenta de balas, perder los estribos por el juicio a un Carlos Estuardo. Es vergonzoso ser testigo de cómo el hombre que era capaz de hablar casi de igual a igual con el señor cardenal y de resistir los embates dialécticos de lady de Winter chochear por un insufrible como Raoul, por muy hijo suyo (adoptivo, biológico, tanto me da) que sea. El auténtico Athos hubiera negado de modo enérgico cualquier parentesco con ese pisaverde tedioso, más aún que maese Coquenard el suyo con el tragón de Porthos.

   Puedo imaginar a Athos, igual que a su esposa y enemiga, que al cardenal e incluso que al joven gascón, en casi cualquier otra novela de aventurase intriga. No a ese desgraciado del conde. A ese estirado que nos traicionó, a nosotros, los lectores, al devorar al querido, entrañable, arisco, educado, señorial, borracho, cínico, solitario y digno Athos. Tal vez esa fuera la venganza del escritor, como la de Conan Doyle en Reichenbach, su forma de agarrar a su más vivo personaje y clavarlo en la pared, como a una mariposa. Hubiera sido preferible matarlo de una estocada o una botella de más, señor Dumas, que doblegarlo de esta manera hasta hacerlo irreconocible y odioso.

   No crea que se lo voy a perdonar fácilmente.

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