Con un vaso de whisky

enero 28, 2017

Una sobrina de Dickens

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:58 pm
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       A series of unfortunate events es una saga de libros, escrita, según parece, por Lemony Snicket. Una saga que no he conseguido leer aún y que tengo entre mis deudas personales. Lo que sí he podido hacer es ver las dos versiones, cinematográfica y televisiva, se han efectuado. La primera, la disfruté en una de esas tardes donde uno se deja llevar por la vagancia y decide ver lo que por casualidad encuentre. Pasé dos horas entretenidas. La segunda la vi con plena conciencia y bastante curiosidad. Pasé ocho horas muy entretenidas.

      La adaptación que Netflix ha efectuado tiene una factura formal perfecta. Desde las primeras escenas, la atmósfera de la serie me agradó: un mundo muy cercano al real, al cotidiano, pero justo fuera del mismo. Una pequeña exageración en el color aquí, una mezcla anacrónica de ropas y mobiliario por allí, maquinarias algo estrafalarias en una esquina, una época que casi se puede determinar, pero sólo casi, en la que se cuelan facetas de diferentes décadas y países… aunque nada realmente fantástico, nada mágico, nada salido de un cuento de hadas. Nada tengo yo contra lo fantástico, lo mágico ni los cuentos de hadas, antes al contrario; ahora bien, el falso realismo casi mágico es una ambientación ambigua, borrosa y llena de grises, por colorida que aparente, la cual, si está conseguida, me fascina. Esta serie (llena de desdichas; perdón), lo consigue.

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         Voy a procurar no hacer destripe alguno. Por lo tanto, no comentaré la trama. Sin embargo, como prefiero empezar indicando lo que me parece flojo de una película, serie o libro y como uno de mis dos mayores problemas está con un punto de la trama o, más bien, en cómo se muestra un punto de la trama, me arriesgaré un poco. En el último capítulo de la temporada hay un momento tramposo y que revela una trampa que se lleva preparando desde varios capítulos atrás. No es una trampa grosera y, en verdad, si uno llevase a los guionistas y directores a juicio, podrían sus abogados muy bien argumentar que en verdad la culpa es casi toda del espectador, por no hacer caso al consejo de Javier Cercas: hay que desconfiar del escritor. No obstante, una trampa casi igual se tendía en “El silencio de los corderos” (la película de Jonathan Demme) y bien tendida estaba; aquí, en cambio, en el momento cumbre de la trampa, justo antes de que se cerrara sobre el espectador, se olía lo que iba a pasar. Y eso es indigno de un buen trampero.

      El segundo problema lo tengo con los actores que dan vida a los protagonistas. No respecto del bebé, claro, es un bebé. Pero los dos actores que encarnan a Violet y Klaus Baudelaire (Malina Weissman y Louis Hynes) me resultaron un tanto sosos, poco expresivos. Aunque desde luego la que les cae encima a los Baudelaire es suficiente para dejar sin aliento a cualquiera, estos críos inteligentes, capaces y resolutivos, según nos dicen y según se desprende de sus acciones, no terminan de conciliarse con unos actores un tanto monótonos. Ni en sus momentos de casi alegría, ni en sus momentos de lucha, ni en sus momentos de desesperanza sentí simpatía alguna por los tres huérfanos, tal y como aparecían en la pantalla.

       Y esta falta mía de empatía por los Baudelaire me lleva a mi pequeña tesis: que esta serie y, supongo, los libros en los cuales se basa, tiene muchos ecos del mundo dickensiano.

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        Los protagonistas de Dickens (con la gloriosa excepción de Mr Pickwick) son bastante inaguantables. ¡Oliver Twist! ¡David Copperfiled! ¡Hasta Pip! Huérfanos, casi siempre, sobre ellos se abaten tremendas desgracias. Pese a que Dickens obviamente simpatiza con ellos y pese a que los corazones de generaciones de lectores han sangrado por ello, a mí siempre me han causado un principio de dispepsia. Dickens nunca es peor que cuando se vuelve sentimental y con sus protagonistas huérfanos, el viejo Charles prácticamente solloza.

       Los Baudelaire son huérfanos (no cuenta como destripe, se dice en los primeros cinco minutos de la serie). Sobre ellos se abaten tremendas desgracias (tampoco es destripe; diablos, está en el título). Son bastante dickensianos. Pero podrían haber sido personajes cuasi dickensianos que me cayeran bien. El hecho es que estoy bastante seguro de que los personajes de Violet, Klaus y Sunny sí me caen bien. Tiene virtudes estimables. Me caían bastante bien en la película de 2004. Es en esta versión en la que no logro sentir por los tres hermanos más que cierta indiferencia.

      La influencia de Dickens es aún más clara cuando alzamos la vista y nos fijamos en la legión de secundarios. ¡Ah, en eso sí que era Dickens un maestro! Ningún escritor, aunque ha tenido muy meritorios alumnos y seguidores, logra poblar una novela con tal cantidad y variedad de criaturas extrañas, positivas y negativas. Más duendes que personas, opina, creo, Chesterton, en una de sus críticas. Los secundarios y terciarios que pululan en torno a los Baudelaire difícilmente pueden considerarse positivos, con escasas excepciones, como el tío Monty o la llena de recursos Jacquelyn. En general son neutros o pragmáticamente negativos, por buenas intenciones que tengan: así están el ilimitadamente obtuso y cuadriculado Mr Poe, la ingenua juez Satruss o la traumatizada tía Josephine.

A Series Of Unfortunate Events

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       Del lado de la villanía, un grupo de esbirros patibularios, grotescos y torpones, que sirven de séquito para el malvado de la función, el pérfido conde Olaf. Olaf es uno de los motores de la serie. Neil Patrick Harris hace un buen trabajo, al dar vida a este antagonista excéntrico. Olaf es un personaje peculiar. Por un lado, es un pésimo actor, pese a estar convencido de lo contrario. Su inmenso ego le hace creerse el mayor actor existente y todas sus intrigas exigen que se disfrace, adoptando una u otra personalidad; es siempre obvio, tanto para los Baudeliare y para el espectador (¡pero sólo para ellos!) que detrás del maquillaje, intenta ocultarse el conde. Hace falta ser buen actor para interpretar a un mal actor que se pasa la vida actuando. Harris sale con bien del lance.

       Hubiera sido muy sencillo convertir al conde Olaf en un mero villano ridículo, cuya derrota resultaría inevitable a manos de los héroes, quienes no tendrían que sudar mucho para desenredar sus ardides. Pero entonces no sería ésta “Una serie de catastróficas desdichas”. Lo más interesante de Olaf es que, siendo un mal actor, siendo torpe, siendo cómico, siendo grotesco, es, en efecto, una amenaza real. Sus planes, dentro de este mundo, están siempre a punto de fructificar. Consigue, implacable, rastrear a los tres huérfanos, por mucho que ellos se oculten, huyan y pongan tierra de por medio. El conde, tarde o temprano, siempre está ahí. Y es malvado, cruel, despectivo y asesino. Es un malvado-cómico a quien los protagonistas tienen que tomar en serio.

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        Otro de los grandes aciertos de la serie es el narrador. El mismo Lemony Snicket (o quien se nos presenta como tal), nos acompaña desde el primer segundo. Con su aburrido traje y su aburrida corbata, su voz grave, melancólica y pesarosa, su mueca taciturna, las intervenciones del narrador, haciendo de ventana en la cuarta pared, dan el tono del humor de la serie: seco, negro, con ciertos toques absurdos y un regodeo un poco enfermizo en sus recordatorios constantes de que ésta no es una historia con un final feliz, ni tampoco con un comienzo o un intermedio muy alegres. Es un astuto recurso televisivo para suplir uno de los, supongo, mecanismos de la saga literaria. Una novela puede apoyarse en el narrador, omnisciente o no, para desarrollar pensamientos, contexto y el humor o el drama propios de la obra. En el cine y la televisión, que tienen otros recursos, la traducción de esta técnica literaria es complicada o imposible. La solución de esta adaptación es ingeniosa y en absoluto artificiosa: el narrador encorbatado se integra sin chirridos en la pantalla y su presencia física lo vuelve más cercano y atractivo que una simple voz en off.

       Con tres huérfanos, unas tramas que aún habrán de retorcerse más, secundarios estrafalarios y uno de los malvados más peculiares del que tenga noticia, “Una serie de catastróficas desdichas” es una digna familiar indirecta de Charles Dickens y su mundo literario. Aunque, al acercarse al final de una obra de Dickens, normalmente, se acerca uno a una luz tras tanta oscuridad, dolor y pérdida que habían afligido a los protagonistas. Aquí, si Mr Snicket no nos miente, los Baudeliere sólo se adentrarán en una oscuridad más profunda.

      Y, como espectador, estoy ávido por presenciarlo. ¿Qué clase de persona me vuelve eso, me pregunta, Mr Snicket? Usted lo sabrá. Escribe para gente como yo.

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enero 8, 2017

Confusión

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:41 am

 

            Les confieso que tengo muchas dudas sobre si escribir o no esta entrada. Sé, sin embargo, que como no la escriba no voy a ser capaz de concentrarme en otras escrituras más agradables. Así que, en parte por puro egoísmo, estoy tecleando. Esas dudas, en esto tengo más certeza, me acompañarán durante toda la redacción. Y estimo muy probable que al final del artículo no haya llegado a ninguna conclusión definitiva. Es decir, que quien espere encontrar opiniones grabadas en roca y una síntesis asombrosa tras examinar tesis y antítesis, debería buscar en otra parte. Bien, creo que como párrafo de salvaguarda, ya es suficiente.

            En España las muertes que pueden ser calificadas de homicidios o asesinatos no son de una habitualidad estremecedora, a día de hoy. Desde luego, hay homicidios (no incluyo los homicidios por imprudencia) y hay asesinatos. Admitamos, no obstante, que hay lugares del mundo donde homicidas y asesinos actúan con mayor asiduidad. Existe, es también sabido, un tipo de homicidio o asesinato que sí es lúgubremente habitual, ya casi cotidiano: el de las mujeres a manos de sus parejas o ex parejas (masculinas), maridos o ex maridos.

            Es éste un tema grave y sensible. Y es real. Vaya eso por delante. No es cierto que no exista la violencia sobre la mujer. No es cierto que no exista el machismo. Existen, ciertamente. En distintos ámbitos. Como asunto complejo, delicado, de consecuencias demoledoras para las que lo sufren, puede observarse desde múltiples puntos de vista. Pueden considerarse diferentes aspectos. Tratar de comprimir en un artículo este maremágnum y pretender que en el último párrafo les vaya a ofrecer una conclusión con soluciones infalibles sería insultar su inteligencia. Así que me voy a centrar en un aspecto concreto: la confusión legislativa que, creo, existe en España.

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            La violencia física o psíquica dirigida a causar un mal a otra persona está tipificada, de diversas formas, en los Códigos Penales o leyes criminales de casi todos los países del mundo. Lo está en el Código Penal español. Un sujeto mata a otro, queriendo causarle la muerte. Eso es un homicidio. Dejemos, por claridad, de un lado el supuesto de la eutanasia. Las legislaciones de muchos países, a la hora de regular los delitos, establecen mecanismos para que, si en el hecho, en el autor o en la víctima concurren ciertas circunstancias,  se exija mayor o menor responsabilidad. O incluso no se exija responsabilidad (jurídica) en absoluto. Un tipo con un hacha trata de abrirme la cabeza y, para evitarlo, yo le golpeo con una piedra, causándole la muerte: puede ser un caso de legítima defensa y mi responsabilidad puede estimarse menor o inexistente.

            Entre las causas que las legislaciones han considerado que justifican aumentar lo que se conoce como reproche penal están los móviles discriminatorios. En España, ese motivo está recogido en el artículo 22 del Código Penal (CP):

            Son circunstancias agravantes: […] 4ª. Cometer el delito por motivos racistas, antisemitas u otra clase de discriminación referente a la ideología, religión o creencias de la víctima, la etnia, raza o nación a la que pertenezca, su sexo, orientación o identidad sexual, razones de género, la enfermedad que padezca o su discapacidad.

            Esta regla de esta norma deriva del artículo 14 de la Constitución Española (CE), que establece el principio de la igualdad entre los españoles y prohíbe cualquier discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Es éste un artículo abierto, que ha dado lugar a un gran desarrollo legislativo en varios campos (desde el civil al laboral) y a una extensísima jurisprudencia.

            Las causas que vienen expresamente indicadas en el artículo 14 de la CE se conocen como causas particular o especialmente odiosas. Se considera, como regla general, que toda discriminación (concepto que también ha dado y dará para discusiones muy largas, en las que se han vaciado y se vaciarán muchas cafeteras y botellas) es condenable, pero, como los animales de la granja de Orwell, hay discriminaciones más condenables unas que otras. Y si esa discriminación está en el móvil del delito, ese delito se vuelve de modo inmediato más grave, merecedor de un castigo más severo. Es lo que en otros países se conoce como “delitos de odio”.

             Los crímenes de odio son tal vez los delitos más difíciles de desentrañar. Por su propia definición, los jueces que los juzgan deben dilucidar los móviles del acusado y determinar si la acusación ha logrado probar dichos móviles. Eso provoca vértigo a poco que uno se pare a pensarlo. Implica que el proceso penal debe ahondar en el corazón, la mente, el espíritu del acusado. Debe determinar  si A mató a B única o principalmente porque B era negro, judío, homosexual, protestante, católico, comunista, liberal, mujer u hombre. Los legisladores han tenido la inteligencia de entender que la ley puede establecer la norma universal, pero que determinar si en efecto hubo racismo, machismo, homofobia, odio ideológico o religioso es una labor casuística. Hay que determinar si hubo ese móvil de odio en tal caso concreto.

            Eso es, ya digo, vertiginoso. Implica confiar que los magistrados, seres humanos con conocimientos legales, más aquellos que hayan podido acumular mediante sus propios estudios y experiencias, sean capaces de leer e interpretar las acciones de un semejante con unos datos muy limitados. Hasta cierto punto, se trata de juzgar la esencia del acusado. En calibrar qué fue lo que motivó que A alzara su arma y disparara contra B, causándole la muerte. ¿Lo sabe el mismo A? ¿Es posible determinar qué pasa por la cabeza de una persona en el momento de cometer un acto violento, qué pensamiento, creencia, pasión o instinto es el dominante o si hay alguno que sea dominante?

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            Entre estas causas odiosas está el sexo. Legalmente, hoy día, se reconocen dos sexos, hombre y mujer.  Es decir, un delito cometido contra  un hombre o una mujer, por el motivo de que la víctima es hombre o mujer, es más grave que si no existiera ese motivo. Nótese que el artículo 22  del CP incluye, por un lado, el sexo y, por otro, las razones de género. Les confieso que no sé qué diferencia hay entre una y otra discriminación. Sea que usemos sexo o género, la idea de la ley es, sobre el papel, muy clara.

            Las Cortes aprobaron una ley especial. La Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.  Esta ley y las modificaciones que provocó en otras leyes, crearon unos juzgados especializados en determinados delitos, que aplicaban unas reglas especiales, separadas en parte del procedimiento habitual. No voy a detenerme en un análisis pormenorizado de esta Ley. Lo que me interesa, a los efectos de este artículo, suponiendo que tenga un tema concreto, es lo siguiente: que esta ley, queriendo ser, supuestamente, una ley contra la violencia machista, en realidad no aplica la agravante del artículo 22 contra el delito sexista.

            El maltrato, que llega en ocasiones a la muerte, cuya exposición había causado una considerable alarma, alarma que está en el origen de esta ley, ocurría (y ocurre), sobre todo, según parece, dentro de la pareja. Ante esto, la respuesta legal fue tipificar cualquier agresión, por leve que fuera, aunque no causara la más mínima lesión, en delito, siempre y cuando la víctima sea o haya sido la mujer o persona ligada al autor por análoga relación de afectividad, con o sin convivencia.  Y sin que el móvil tenga la más mínima relevancia. Aquí está el asunto.

            Supongamos que un individuo se casa con una mujer. En un momento dado, decide matar a su mujer. Porque al matarla (si no le pillan, claro, pero nuestro asesino está muy seguro de sí mismo) logrará una considerable fortuna. O porque quiere empezar una nueva relación y el divorcio le parece muy engorroso. O porque se aburre y ha leído demasiado a Thomas de Quincey. ¿Hay un móvil machista en esos asesinatos? Tal vez. Tal vez no. A la ley le da igual: todos ellos se calificarán como violencia sobre la mujer.

            Ahora supongamos que ese marido un tanto psicópata tiene como afición, después de un duro día, salir por la calle enmascarado y elegir al azar mujeres para acuchillarlas por el hecho de que son mujeres. En este supuesto, no se considera un delito de violencia sobre la mujer, sino un delito “común” al que se le podría aplicar la agravante de marras.

             Desde este punto de vista, la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género no crea crímenes machistas, ni los castiga con mayor severidad. Eleva a delito hechos o prevé un castigo más grave para esos delitos si los comete un tipo concreto de persona: los maridos, novios o ex de la víctima; de un modo automático.

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            La idea de fondo de la ley, supongo, era atacar el mal (que existe, no se olvide, no se pierda de vista esto nunca) en el lugar donde se había rastreado: la relación matrimonial o de pareja.  Se usó el Derecho Penal como un martillo. O más bien como un bombardeo por saturación, cuando tal vez hubiera sido mejor ser más preciso. La idea de la ley era y es ofrecer una total protección a las víctimas, lo que es loable. Pero, en mi opinión, ha provocado una confusión conceptual considerable. No se aplica la agravante por sexismo o machismo en casos en los que es de aplicación la ley contra la violencia de género (o machista). Se aplica en casos donde la citada ley y los artículos de las leyes por ella reformadas quedan al margen.

          ¿Entonces la ley es una ley contra el maltrato doméstico o en pareja? Pues tampoco del todo. Porque no se aplican los mismos tipos si el maltratador es un padre o una madre, un hijo o una hija, respecto de sus ascendientes o descendientes. Ni tampoco si la situación de violencia o maltrato se da en una pareja de personas del mismo sexo. O si el maltrato es por parte de la mujer de la relación al hombre. Entiéndase bien, ese maltrato está tipificado, pero se castiga con menor gravedad; e incluso hay hechos que, cometidos por un progenitor, un hijo o un cónyuge que no sea varón y contra su mujer, no son castigados penalmente.

            He leído en ocasiones que el equivalente de esta ley sería otra que considerase racista cualquier delito cometido por los miembros de una etnia determinada contra los miembros de otra etnia determinada. No es verdad. Porque esta ley no considera machista cualquier acto ilícito cometido por cualquier hombre contra cualquier mujer, sino sólo los cometidos si hay o hubo la relación ya indicada. Y ni siquiera ésos, ya que no concede relevancia al motivo del acto.

          De modo expreso.

         Únicamente se podría entender que el machismo es relevante si se considera que cualquier acto ilícito del cónyuge varón contra el cónyuge mujer es machista por definición. Si éste es el sentido real de la ley, que no lo sé, considero que se trata de una legislación errada. Porque se aproxima peligrosamente al llamado Derecho Penal de Autor (esto es, no importa, o importa menos, qué se haya hecho sino quién lo haya hecho, para determinar que algo es un delito). Porque, siendo grave, dificultosa, seguramente abocada al fracaso en el fondo, la labor del tribunal de determinar qué movió a A a matar a B, establecer una presunción legal, universal y sin posibilidad de corrección sobre los móviles de las personas me inquieta mucho más.

         En el sistema del common law hay un principio: we do not judge men, we judge facts; no jugamos hombre, juzgamos hechos. Es un principio sutil: quiere delimitar los marcos del Derecho y la Moral, pero también quiere indicar que lo delictivo es el hecho, la acción o la omisión, no la persona.  Claro que hay matices; claro que las circunstancias de una persona no son irrelevantes para calibrar su responsabilidad. Pero si empezamos a determinar que el Estado debe castigar no hechos, sino personas y personas con características concretas, nos adentramos en unos senderos que ya hemos recorrido demasiadas veces.

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diciembre 12, 2016

Quiero hacer un trato

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:53 pm
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        Una persona entra en una cafetería. Al fondo, en el banco de la última mesa, un hombre de traje oscuro está leyendo un viejo libro manuscrito mientras bebe una taza de té. La persona se acerca y, con una sonrisa nerviosa, una temblor esperanzado o una mueca amarga, comenta: “Dicen que aquí está muy bueno el sandwich de pastrami”. El hombre cierra el libro, indica con un gesto al recién llegado que tome asiento y responde, con un aire peculiarmente átono: “Eso he oído”.

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       “The Booth at the End” (creada y escrita por Christopher Kubasik, dirigida su primera temporada por Jessica Landaw y su segunda por Adam Arkin) es una de esas pequeñas series desconocidas que son gigantes de calidad. Dos temporadas de cinco capítulos cada una, veinte minutos por capítulos. Breve, concisa, precisa. Y brillante. Lástima que no haya una tercera temporada y que nos hayan dejado con una final que podemos entender como abierto si deseamos consolarnos. Una serie que descansa en unos diálogos vibrantes, sin aspavientos ni florituras, un puñado de actores que hacen un trabajo notable y un guión lleno de sutilezas.

         La premisa es hasta cierto punto familiar. Hay un individuo, el hombre del traje y el libro, a quien se puede pedir un deseo. El que sea. Mi hijo está enfermo, quiero que sane. Me gustaría ser más bonita. Quiero que todos los practicantes de una religión y esa religión sean erradicados de la faz de la Tierra. Deseo amor. Quiero volver a escuchar a Dios. Quiero haber estado casado con otra persona los últimos veinte años. El hombre abrirá el libro. Y encomendará una tarea. Si el cliente la cumple, su deseo se cumplirá.

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         Hay reglas, desde luego. El cliente debe ser cuidadoso sobre cómo formula su deseo, porque lo que pida será lo que reciba. El cliente debe explicar al hombre el porqué de su petición. El cliente deberá deducir por sí mismo en qué consiste la tarea, si hay campo a la interpretación (algunas tareas son simples de entender, otras, no tanto) y es cosa suya cómo lleve a cabo la tarea. Y el cliente deberá acudir cada poco a la cafetería y explicar al hombre cómo se están desarrollando los acontecimientos y cómo siente y vive esos acontecimientos. El hombre preguntará, pedirá explicaciones, tomará notas. No ayudará. No dará consejos. No aceptará responsabilidades. Aclarará las reglas.

        Como espectadores, la serie nos limita a estar presentes en las conversaciones entre el hombre y los clientes. Escuchamos los diálogos, pero nunca cruzaremos las puertas de la cafetería para seguir a los clientes. Tampoco podremos seguir al hombre fuera de la cafetería y, siempre que nosotros lleguemos, él ya llevará allí un buen rato. Por lo tanto, para dar respuesta a los interrogantes de esta serie no tenemos más pistas que lo que dicen y no dicen los personajes, cómo lo dicen, cómo guardan silencio, cómo reaccionan. Con el riesgo de que los clientes pueden mentir. De hecho, lo hacen si bien el hombre capta esas mentiras al vuelo.

        El primer y más directo de los interrogantes de la serie es, ¿quién demonios es el hombre del libro (aplauso para Xander Berkeley, un señor actor)? Uno puede caer en la tentación y pensar que es justamente el Diablo. Algún cliente lo sugiere y el hombre, en broma, en serio, nunca se está seguro, no lo niega de modo abierto. Se hacen insinuaciones. “¿Cree en Dios?, le pregunta una cliente. “Creo en los detalles”, responde el hombre. Y ya se sabe quién está en los detalles. Los pactos con el Demonio en los que Satanás logra cumplir lo acordado y al mismo tiempo estafar al insensato que ha firmado han dado lugar a cuentos, novelas, películas y capítulos de televisión de mayor o menor calidad, desde el mismo relato de las tentaciones de Jesús por San Mateo o por San Lucas, esa joya que tiene como comentario casi supremo otra joya, la leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski. No tengo yo nada en contra de este tópico, si está bien usado.

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         La respuesta de la identidad del hombre no termina de llegar. El hombre del libro se comporta de un modo distinto al de otros comerciantes de deseos. Para empezar, no busca clientes. Bien es verdad que no parece necesitarlo, por que no dejan de llegarle. Pero es significativo que su postura sea de absoluta pasividad. Por otro lado, nunca trata de engañar a sus clientes. Les explica siempre con claridad las reglas, pocas, simples e inmutables. Les recuerda que la decisión de continuar o no es suya. Que el que no cumplan su tarea no quiere decir que su deseo no vaya a producirse nunca, aunque el cumplimiento garantizará que se materialice. Y, y esto es muy llamativo, sólo se indigna de verdad, de un modo fríamente áspero, cuando alguno de sus clientes trata de derivarle a él la responsabilidad. Me has obligado a hacer una cosa horrible, he hecho algo espantoso por ti. No, replica siempre el hombre, lo has hecho por ti. Era tu deseo y tu decisión. Yo sólo te mostré la tarea: llevarla a cabo o no era cosa tuya.

        Por supuesto que los grandes manipuladores siempre saben quedar fuera del foco y que su presencia e influencia apenas se note. Cierto que el Diablo podría argumentar (y, de hecho, algunas veces, como en “The Sandman”, de Neil Gaiman, lo hace) que él no obliga a nadie a nada, simplemente da opciones, pero no hay encarnación del diablo que no sea un embustero de cuidado y un tentador. El hombre no es un embaucador. Es un observador y un cronista. ¿Un Demonio o un demonio cansado de enredar y que prefiere limitarse a contemplar? ¿Un contemplador cósmico, de otra naturaleza? Tampoco es un hipótesis desdeñable.

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       Otro interrogante igual de evidente, aunque de respuesta idénticamente esquiva, es la siguiente: ¿qué es el libro? El poder, ¿lo tiene el hombre o el libro? Porque el hombre escribe en el libro, siempre que algún cliente dice algo que le llama la atención. El mismo libro que abre para asignar una tarea. Da la impresión, a lo largo de la serie, que las tareas no son asignadas por él. No es que (punto contrario a la teoría diabólica) el hombre seleccione la tarea que considere justa o divertida o apropiada (aunque la dificultad o gravedad de la tarea sí tiene una proporción clara con el deseo que se solicita). El libro la da. Él la transmite. ¿Es el hombre un mero intermediario entre los clientes y otros poderes superiores? También se sugiere por un cliente, el hombre sonríe. ¿Qué poderes? ¿Infernales? ¿Celestiales? ¿Los Primigenios? ¿Una civilización extraterrestre? ¿Estamos ante una historia espiritual, sobrenatural, fantástica o de ciencia ficción? La serie deja al espectador elegir, hasta cierto punto.

       Y, de este modo, al dar nosotros respuesta a esos interrogantes y a otros relacionados (la enigmática Doris, otro más), los espectadores estamos, en cierta medida, respondiendo a interrogantes sobre nosotros mismos.

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       Porque ése es el gran interrogante de la serie. No tanto quién es el hombre, sino quiénes son los clientes. Cada uno de ellos. Por qué piden lo que piden. Hasta dónde están dispuestos a llegar para lograrlo. Cómo experimentan por lo que están pasando. Qué decisiones toman y por qué las toman o dejan de tomarlas. Cómo reaccionan ante las consecuencias de las decisiones que han tomado. El viejo consejo del oráculo de Delfos es el que cada cliente debería tomar en cuenta antes de sentarse ante el hombre. Porque nuestros deseos, como nuestras máscaras, son reflejo de nosotros mismos y no hay modo de no ser esclavo de deseos y máscaras más que comprendido sus porqués. Como decía el temible juez Holden, lo que existe sin mi conocimiento, existe sin mi consentimiento. Y aunque es discutible que el consentimiento de nosotros, meros mortales, tenga tanta autoridad como la del juez violinista y bailarín, nuestro conocimiento puede, quizás, hacernos como poco esclavos lúcidos y tal vez seres un poco más libres. Así, los seres menos misteriosos, en apariencia, son el auténtico enigma.

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      De esta manera, la atmósfera enigmática de la serie (que tiene aún más fuerza por ser una serie formalmente sencilla, ambientada en el local más ordinario que puede uno pensar) nos ha arrastrado mediante la intriga hasta una serie de relatos intimistas. Una colección de exploraciones psicológicas. De retratos de alma. Eso es lo que el hombre del libro rastrea y ansía. La máscara de imperturbable cinismo sólo se le cae cuando algo, una reacción, una decisión, una toma de postura, le interesa. Observa y analiza, a veces con burla, a veces, con desapego otras con simpatía o hasta ternura, a las criaturas que tiene ante él. No hay en el hombre el sadismo jovial de un Lorne Malvo. A ratos, tiene un aire, mucho más contenido y con mucha menos implicación, al doctor Paul Weston, el psiquiatra interretado por Gabriel Byrne en “En terapia”.

       Ahí está el alma de la serie, lo que la vuelve tan brillante. Que, jugando con la carta del misterio, nos enfrenta a misterios aún mayores, que nos esperan a la vuelta de la esquina. Qué ocultan los rostros cotidianos, qué hará cualquier persona de la calle, cada una con su bagaje, con su historia, con su contexto, en una situación u otra. Y qué pensaremos nosotros, convertidos, con el hombre, en una suerte de analistas sin titulación, deseosos de escarbar en la psique de los clientes. ¿Para juzgar, para entender, para tener poder, para despreciar o para estimar? Eso la serie no nos lo dice. Lo descubrimos nosotros. O no.

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diciembre 5, 2016

La sonrisa del reloj

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:26 pm
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           No hace mucho se me estropeó el teléfono móvil. Ni se me vino el cielo sobre la cabeza ni sentí un inmenso alivio ante la idea de verme liberado de los grilletes de la tecnología moderna. Quiero decir que no voy a lanzarme a una filípica contra la actual época deshumanizadora ni a una nostálgica ensoñación sobre los buenos viejos tiempos que nunca existieron ni tampoco a una alabanza desaforada sobre las maravillas de la técnica, escupiendo de paso sobre aquellos que se divierten componiendo filípicas y rememorando eras doradas legendarias. Tenía que arreglar el móvil y estaría un tiempo con él fuera de circulación. Era molesto y me costaría un dinero que podría haber sido invertido en causas más nobles, como comprar un par de libros o probar un whisky de malta desconocido. En fin.

         No le dí mayor importancia hasta que caí en la cuenta de que, al haber perdido el móvil, había perdido mi reloj de uso habitual. Hace años, perdonen por la deriva personal, que no uso reloj de muñeca porque la mayor parte del año me molesta cuando hace calor. Soy de esas personas que ven con una mezcla de preocupación y censura el termómetro cuando supera los quince grados. Podría usar reloj de bolsillo, claro, pero la moda de esta época nuestra no acaba de conciliarse con un objeto tan digno. ¡Vaya por Dios, ya he caído en la nostalgia tramposa! Les confieso que soy el orgulloso propietario de un reloj de bolsillo que unos amigos, tolerantes con mis rarezas, me regalaron. Pero es un reloj que me gusta reservar, en su honor, para según qué ocasiones y no lo uso a diario.

         De modo que una tarde me encontraba en la calle, sin reloj de clase alguna, sabiendo que debía estar en determinado lugar a las siete y media. Con la vaga idea de que serían en torno a las seis. No tiendo a fiarme de las vagas ideas, propias o ajenas, respecto de horas y lugares. Nada serio, me dije, me meteré en una cafetería, pediré algo, consultaré el reloj que habrá sin duda en el local y esperaré hasta que sea la hora. Un plan, como diría Walter Sobchak, cuya belleza radicaba en su sencillez.

         Había una cafetería abierta cerca. Tenía un reloj en la pared. Las siete menos veinticinco. Al entrar no me había dado cuenta de que en el reducido local todas las personas parecían conocerse y estar en animada conversación. Nada que objetar a ello. La conversación se desarrollaba en el tono convencional de una cafetería española, esto es, podría haberse usado como taquígrafo a un vecino que estuviera sentado cuatro plantas más arriba y no se habría perdido ni una sílaba. Había además, y esto era aún más inquietante, dos niños que no sumarían entre los dos a un adolescente. Estaban sueltos por el lugar, dando vueltas como peonzas y uno de ellos advertía a los adultos y al Universo que se aburría. Sin duda contando con su indiferencia, repetía su cansancio vital una y otra vez.

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          Debería haberme batido en retirada, me dirán ustedes, con razón, pero alguien desde detrás de la barra ya me había descubierto y me preguntó qué quería tomar. Pedí un café, me senté en la mesa más alejada del Sartre en miniatura y me concentré en el libro que llevaba conmigo. Había conseguido desentrañar medio párrafo cuando hicieron entrada dos nuevos personajes, una señora y un perro pequeñajo. Los críos saludaron al perro con un alborozo correspondido por el perro, que se retorcía de emoción. Si mi taza de café no hubiera estado casi intacta, habría huido. Lo de los perros dentro de los locales es algo que me exaspera. De un lugar donde se admiten perros puede uno esperar cualquier cosa, como que la tortilla de patatas no tenga cebolla o que viertan la leche en la taza antes que el té.

         Uno de los críos, obnubilado por el júbilo, pisó al perro, quien lanzó un aullido y fue sacado con rapidez del bar por la dueña. El que el crío (no el existencialista en ciernes, el otro) pisara en verdad o no al perro no puedo asegurarlo. No lo vi. Pero el veredicto del jurado adulto allí presente fue que en efecto pisó al perro, pero sin intención de causar daño, con lo cual no se le consideró merecedor de mayor sanción que una breve amonestación y una recomendación futura de que tuviera más cuidado. A todo esto la dueña del perro entró de nuevo. Con el perro. No indicó que tuviera intención de apelar la decisión. Se retomó la animada charla. Yo seguía releyendo el mismo medio párrafo.

         Uno de los presentes le explicaba al pequeño condenado que Sir Isaac Newton (obvió el título de caballero, pero no vamos a regateárselo aquí) descubrió la ley de la relatividad sin hacer nada (no sé qué moraleja pretendía que sacara el crío de aquello), lo cual fue al punto corregido por otro asistente, indicando que el descubrimiento había sido de la ley de la gravedad, algo que aceptó de inmediato quien se encargaba de la lección, añadiendo de inmediato el inevitable detalle de la manzana. Temí que de ahí se pasaría a la otra habitual falsedad en cualquier charla, la calavera de Yorick en el monólogo de Hamlet que no correspondía. No sabía yo si iba a lograr permanecer mudo si se daba el caso, casi seguro que no, quedaría como un maldito pedante, entrometido y grosero, lo cual sería cierto; no hay en este mundo un ser que merezca más escarnio público que los pedantes entrometidos y groseros y no me apetecía revelarme como uno de ellos. Mejor me acababa de una vez el café. El niño que no había cometido falta alguna contra la raza canina anunció de nuevo su tedio vital. Bebí, me levanté, pagué, me despidieron con una sonrisa amable y escapé. El reloj marcaba las siete menos diez y dentro se debatía sobre la relatividad del tiempo y la existencia.

          Mientras caminaba hacia donde se suponía que debía estar cuarenta minutos más tarde, consideré que no les faltaba razón a la gente de la cafetería. Gentes más capaces que yo han reflexionado sobre el tema, pero tengo la impresión de que el tiempo es relativo. Si lo relativo o absoluto es el tiempo percibido o el tiempo vivido no me atrevería asegurarlo. Ciertamente, los quince minutos en la cafetería me habían parecido horas. ¿Cómo podemos percibir el tiempo, nosotros, criaturas temporales, esencialmente incapaces de concebir la atemporalidad? En ese momento, eché en falta un reloj como no había echado en falta cosa alguna. Algo en mí se rebeló contra Cortázar. Su maravilloso preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj me pareció digno de una demanda por libelo. Me enervé contra todos aquellos que ven al reloj como el enemigo, como el asesino del tiempo y de la vida. ¡Nada de eso! El reloj es el escudo del ser humano frente al tiempo. El Tiempo, ese abstracto inmenso, inconcebible como un Primigenio de Lovecraft, nos arrasaría si no tuviéramos horas y relojes para marcarlas, controlarlas, dominarlas. Lo sabían los caldeos, los egipcios, los griegos y los romanos. Lo sabían los monjes. Un relojero es un maestro armero, que nos proporciona una armadura de engranajes y ruedas, un yelmo de cuarzo, una espada para combatir los minutos y una daga para parar las estocadas de las horas. Igual que los cuentos y las historias necesitan una forma, límites, como argumentaba Chesterton, la vida necesita hitos, fronteras, para poder ser vivida. Una vida amorfa, al menos por ahora, es invivible. La embriaguez de ignorar el reloj y los horarios es un placer que, como todo placer, se convierte en un tedio pegajoso en el momento en que se convierte en absoluto e ilimitado.

         Pero estaba en una ciudad, en medio de la civilización. ¿Sin duda habría relojes en la calle! Busqué. No había ninguno. Ni un reloj en la calle. Ni un círculo mágico. Ni un letrero luminoso en una farmacia. Me descubrí oteando por las ventanas de los bares, tratando de espiar la hora en alguna televisión que estuviera encendida. Consideré rogar la hora como se pide limosna, pero los demás viandantes iban enfrascados en conversaciones, personales o telemáticas (que no dejan de ser igual de personales que cualquier otra); así que me refugié en otra cafetería. Pedí otro café. No había reloj. Traté de calcular cuántos de los cuarenta minutos habrían pasado. Concluí que, con seguridad, había pasado un período comprendido entre un minuto y un eón. Tal vez debería ya estar donde debía estar. Tal vez llegara tarde. El camarero me cobró. Le pedí la hora. Me la concedió con tranquilidad, como sin dar importancia a algo que tiene más poder que todos los hechizos de todos los magos de todos los cuentos y relatos. Eran las siete y trece minutos. Di las gracias, me respondió con un “de nada”, tan cortésmente indiferente como antes. Me fui de allí. Llegué a tiempo.

         Cuando, aquel día, regresé a casa, abrí el cajón donde guardaba el reloj de bolsillo. Las agujas parecían una sonrisa. Pero no supe interpretar si era la sonrisa amable del protector o la arrogante del dueño. Sólo acerté a percibir algo de la fría ironía de la esfinge, que guarda todos los secretos tras ella.

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noviembre 30, 2016

Bostezos decimonónicos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:17 pm
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        Alguna vez les he comentado que el concepto “género menor”, en el campo literario, me da cierta urticaria. Implica un desdén pomposo, apriorístico y afectado. Cuando oigo que alguien dice de un escritor “No le falta talento, pero lo dedica a novelas de detectives” (verbigracia), mascullo imprecaciones, invocando la pipa de Georges Simenon. Pero, claro, eso no quiere decir que cualquier novela de un género “menor” (mascullen conmigo) cuente de inmediato con mi favor. Sería igual de apriorístico y absurdo que la pose contraria.

          Escribir es difícil. Escribir bien es aún más difícil. No hablo ya de escribir genialmente. La frontera entre el buen escritor y el genial es misteriosa y, pese a los esfuerzos dedicados por críticos, escritores y filósofos no sé yo si lograremos delimitarla con precisión, aun cuando sepamos sin dudas de qué lado de la línea está tal o cual autor. Escribir novelas de detectives no es fácil (insisto, lean a Chesterton) y menos escribir buenas novelas de detectives. Cuando leí las críticas de “La musa oscura”, llenas de alabanzas y de calificativos de “magistral”, viendo además que estaba editada en España por Impedimenta, una editorial cuidadosa con sus selecciones, decidí que debía leer esta obra. Y la leí. Y me siento decididamente en la bancada de la leal oposición.

         Es, en mi humilde opinión, una novela mediocre con ciertas ideas desaprovechadas. Me gustaría decir que Armin Öhri lo intenta y fracasa meritoriamente, pero no tengo muy claro si ni siquiera lo intenta.

         El primer capítulo, seamos justos, es notable. De hecho, es lo mejor de todo el libro. Está escrito con un estilo sobrio, seco, directo y preciso. No volveremos a leer algo igual mientras tengamos el libro entre las manos. Presenta a la víctima del crimen y al criminal y narra el crimen en sí mismo. No habrá, pues, juego de gato y el ratón, no habrá lista de sospechosos y suspense hasta el final, mientras nos mordemos las uñas barruntando quién lo habrá hecho. Sabemos desde el principio quién lo ha hecho.

      ¿Entonces? Öhri juega una carta interesante: en vez de una investigación, el corazón de la novela será el juicio. Un juicio donde el criminal, que no es heroico, sino muy villano, tratará de hacer descarrilar el proceso contra él aunque sea obvio y notorio para todos los implicados, que es culpable. Es una idea muy atractiva. El problema es la ejecución. Créanme, en ocasiones pensaba estar leyendo el guión de un bodrio de sobremesa. Los diálogos de los interrogatorios eran un tanto sonrojantes. El estilo de la narración, folletinesco en el peor sentido de la expresión; perdí la cuenta de cuántas muecas diabólicas, demoníacas, mefistofélicas y satánicas deformaban la faz del profesor Goltz, nuestro orondo asesino. Öhri trata de dar vida su villano y le sale una caricatura. Sin pretenderlo, que es lo grave. Cuando, después de contemplar sus argucias de leguleyo patético, lee uno a un veterano policía admirarlo por su astucia infernal y calificarlo de genio de la lógica, se pregunta si no será la novela un bromazo encubierto.

       Cierto que en los últimísimos capítulos se levanta algo la cabeza. Se evita un desenlace que, de haberse producido como parecía, hubiera sido para tirar el libro por la ventana y ese pequeño guiño burlesco es un mérito que no regateo al autor. La explicación final del móvil del asesino y el desenlace del caso son aceptables, aunque ni mucho menos originales. En cuanto al móvil, durante la exposición del mismo por el perfidísimo profesor me encontré pensando en “La soga” y en cómo se expone idéntica idea de un modo mil veces más atractivo y escalofriante, sin aspavientos.

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       Pero es que “La musa oscura” no tiene como protagonista al profesor Goltz. ¡Ojalá! El protagonista es Julius Bentheim, dibujante de la policía, estudiante de Derecho, convertido en detective aficionado, uno de los tipos más estomagantes que he tenido el disgusto de cruzarme en un novela. Bentheim es una nulidad. Carece de cualquier atractivo. Ni es inteligente, ni es simpático, ni es concienzudo, ni es humilde, ni es nada. Es una nulidad. ¿Que con eso se podría haber formado un protagonista irónico de primer orden? ¡Ya lo creo! ¿Que Öhri intenta que nos tomemos en serio a su petimetre? Eso me temo.

        Para más desesperación “La musa oscura” tiene vocación de inicio de saga detectivesca. Y se nota en cada línea. La historia del juicio y la historia de Bentheim corren paralelas durante buen parte de la novela. Las pausas en el proceso se utilizan con la sutileza de una bomba atómica para ir colando la historia personal de Bentheim y presentar a la obligada colección de personajes secundarios recurrentes que toda saga ha de tener. Nada tengo yo contra tales colecciones. Siempre he sido un forofo de los personajes secundarios. Muchas veces, salvan novelas, películas y series. Siempre que sean buenos personajes secundarios. Dickens era una maestro consumado en este sentido. Como también Pratchett. Öhri, no. Ni uno, oigan. Ni uno llama la atención. Más que presentarlos, Öhri les permite hacer un cameo, tal vez tanteando al público a fin de determinar quiénes agradan más y merecen volver a presentarse. Las únicas excepciones son Albrecht Krosick (el supuestamente cínico e irónico amigo del protagonista ) y Filine (el amor del protagonista), dos sinsustancias de cuidado, pero que aparecen casi tanto en la historia como Bentheim y Goltz.

        La intención de que “La musa oscura” sea una novela, por así decir, de presentación es tan evidente, que no hay una auténtica trama en los capítulos que no tratan del juicio. Bien es cierto que no es necesario una trama para hacer una gran obra. Hace poco he terminado la maravillosa “Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy”, de Laurence Sterne, donde la acción no avanza ni un medio minuto durante cientos de páginas. Es uno de los libros que más he disfrutado y con el que me he reído en años y años, una obra maestra. Öhri no es capaz de escribir bien sobre la nada. Intenta colarnos un remedo de trama paralela que no es sino una excusa flagrante para ir metiendo la galería de secundarios, con vistas a que vuelvan a aparecer en las futuras entregas de su saga. Esto puede llegar a convertirse en la estructura de esas futuras entregas: un caso principal y un puñado de escenas más o menos inconexas para que recordemos la existencia de Bentheim y sus adláteres.

         Resumiendo: con un inicio prometedor, un asesinato brutal, un proceso contra el asesino donde éste tiene que desmontar una acusación que parece a prueba de balas, todo ello ambientado en el Berlín de mediados del siglo XIX, Armin Öhri se las apaña para tejer una novela mediocre, pretenciosa, aburrida y con ínfulas de ingenio. Meritorio. Seguro que las continuaciones están a la altura.

septiembre 12, 2016

El Rey Profeta de la Ciénaga

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:36 pm
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            Tres grasientos hermanos cuervos giran, picos arriba, cortando una circunferencia en el cielo magullado y revuelto, trazando órbitas rápidas y oscuras a través de las espesas hinchazones de humo.

            Durante mucho tiempo la tapadera del valle estuvo clara y azul, pero, ahora, por Dios que ruge. Desde donde estoy tumbado las nubes parecen prehistóricas y vomitan enormes bestias sin rostro que se enroscan y mueren así, sin más, allá arriba.

            Quien nos dirige la palabra es Euchrid Eucrow, segundo de dos hermanos, el superviviente, porque el primogénito falleció al poco de nacer, mudo desde el nacimiento, una de las criaturas más sorprendentes con las que me he topado, gran protagonista de una de las novelas más sorprendentes con las que me topado: “Y el asno vio al ángel”, de Nick Cave. Sí, ese Nick Cave. El inmenso talento como músico y letrista de este australiano alto y oscuro queda claro en ésta, su primera novela. Si uno fuera dado a la envidia, estaría verde hasta el tuétano.

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            ¿Qué se va a encontrar el lector? Una extraña mezcla de “La conjura de los necios” y el mundo de Faulkner. Vetas de realismo mágico en un tenebroso bloque de sarcasmo. Un universo alucinado y tortuoso que cabe en un miserable valle de Maine, sobre el cual, si aceptamos las fechas que se nos dan en la novela, pasan los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado pero que, en verdad, parece al margen del tiempo y del resto del Cosmos.

            El título de la novela viene de la historia de la mula de Balaam, que es citada (Números 22, 23-31). Un cierto sabor veteotestamentario se puede percibir en las imágenes y en el lenguaje de los personajes. No en vano, el valle está controlado por la minoritaria pero feroz secta de los ukulitas y no en vano Euchrid se siente tocado por el dedo de Dios y como autoproclamado campeón del Señor de los Ejércitos nos declama. Pero es un cierto sabor, sólo, superficial, propio de las congregaciones petrificadas, rígidas, implacables en el cumplimiento de sus normas, obedecidas sin discusión y sin sentido. No es que sea Balaam de los personajes más inteligentes de la Biblia, aunque sí de los más grotescos. Una digna entrada a este libro extraño.

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            El idioma de la novela es extremadamente rico e imaginativo. El vocabulario que Cave derrama sobre las páginas es colorido, lleno de florituras arcaizantes, de adjetivos rebuscados y de enumeraciones encadenadas que se retuercen, ondean y fluyen como serpientes gigantescas. Y ese idioma, propio del narrador omnisciente, cuando toma la palabra el propio Euchrid, algo que ocurre la mayor parte del tiempo, se alza y se rebaja al mismo tiempo. Sus discursos y explicaciones están construidos con oraciones extraordinarias, con palabras rotundas, engarzadas como joyas rutilantes, pero también están llenos de vulgarismos, de cagamentos e insultos que irrumpen en mitad de sus devaneos.

            Porque Euchrid, y no destriparé más, nos habla desde su lecho de muerte, en la mitrad de su ciénaga, mientras el barro y las arenas movedizas lo van tragando. Desde allí, nos va desgranando su terrible historia y conocemos a los estrambóticos habitantes de aquel lugar extraño, azotado por los Años de la Lluvia, que todos entienden como un implacable castigo divino.

            ¡Y menuda galería! La atroz Madre, borracha y bestial; el silencioso y hosco Padre, inventor de innumerables trampas mecánicas, sonrientes artilugios diseñados para triturar, atrapar y tullir. El enloquecido predicador Abie Poe, con sus odiosos sermones de miedo y castigo. Las sombrías comadres del valle, un personaje múltiple, mezquino y temible. La tentadora y desdichada Cosey Mo. La aún más desdichada Beth, la elegida del valle, víctima de todos los personajes del libro, de una inocencia que raya en la estupidez. Es consolador pensar que no hay ningún personaje realmente inteligente en todo el libro y puede uno pensar que, en este mundo, la inocencia y la necedad no tienen que ir unidas. Simplemente, la necedad es universal, se sea inocente o depravado.

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            Pero Euchrid es quien nos controla y a quien volvemos. Es quien habla y quien nos habla y, muchas veces, nos interpela directamente, nos interroga y nos exige respuestas. Su poder léxico es asombroso y su imaginación proléptica es poderosa. Se ve a sí mismo como elegido, profeta y después rey. Y resulta muy difícil sustraerse al encantamiento de sus palabras, de sus visiones, de sus alucinaciones, cada vez más delirantes, a medida que avanza el libro. Aunque la razón nos diga que sus afirmaciones de terror y poder sobre cuanto le rodea no son más que absurdos, casi le rendimos pleitesía en ocasiones. Porque, y este es uno de los grandes aciertos del libro, estamos, casi sin remedio, en manos de Euchrid. Vemos la realidad a través de sus ojos. Es él quien nos describe a muchos de los demás personajes. Y, por tanto, tenemos que fiarnos de sus palabras e interpretaciones. ¿Son realmente tan terribles la Madre y el Padre, tan bestiales los habitantes del valle, tan viles los vagabundos adictos? Parece que sí, por lo que nos dice el narrador omnisciente cuando toma la palabra. Pero, ¿quién es ese sospechoso y anónimo narrador, de voz tan similar a Euchird, aunque sin sus accesos de amnesia, rabia y dispersión? ¿No será el mismo Euchird, viéndose fuera de su propio cuerpo?

            Todo en Euchird está torcido, desde su visión del mundo hasta su percepción de Dios (no es mucho menos torcida la de los fanáticos ukulitas, cuya teología es tan ramplona como supersticiosa), pero la suya no es una mente inferior. Enloquecido como está, razona de un modo caprichoso, pero seductor. No le falta un humor negro y mordaz, que lo vuelve extrañamente simpático. Su mudez mantiene encerradas todas las palabras que querría decir, por lo que giran en su mente de modo incansable, royéndola. Su burbujeante cerebro es un laberinto de caos e insensateces regido por una razón particular e inexorable. Su dolor y su rencor, su misantropía y sus frustraciones se traducen en venganzas salvajes, unas imaginarias, otras reales. Haber creado a Euchird Eucrow es haber creado a uno de los monstruos más notables de la Literatura, alguien que podría debatir, mediante la telepatía, con el mismo Ignatius J. Reilly (no tengo muy claro quién agotaría antes a quién bajo el peso de su palabrería y sus disquisiciones) y que se sentiría al tiempo como en casa entre los monólogos lúgubres de “Mientras agonizo”.

            Lean esta novela, se lo recomiendo. Es un viaje a la locura y el absurdo, a la tragedia que se ríe sardónicamente, un torrente literario irresistible como el diluvio sobre el Valle de Ukulore, absorbente como su ciénaga, grotesco como el Reino de Cabeza de Perro.

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agosto 16, 2016

Zorros y sabuesos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:23 pm
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            El ocho de agosto de 1963, el Real Tren Postal (Royal Mail Train), con origen en Glasgow y destino en Londres, fue detenido en el puente de Bridego Railway, en Ledburn, cerca de Mentmore, Buckinghamshire. Un grupo de ladrones sustrajeron entre dos millones seiscientas treinta y un mil seiscientas ochenta y cuatro libras y dos millones quinientas noventa cinco mil novecientas noventa y siete libras con diez chelines. El cerebro de este atraco fue Bruce Richard Reynolds, alias, Napoleón. El cerebro de la investigación para apresar a la banda, el Superintendente en jefe (Detective Chief Superintedent) Tommy Butler. Fue el mayor atraco de la Historia del Reino Unido, si no estoy mal informado. Uno de los casos más notables en los anales de la justicia penal, con una sentencia polémica por su severidad. Y, entre otras adaptaciones, ha dado para una miniserie de dos capítulos (más bien, dos películas), de 2013: “The Great Train Robbery”.

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            Las películas o series de atracos siempre me han encantado. “Atraco perfecto” es una de mis películas favoritas. Si “Inception” me exasperó tanto es porque me parece una estupenda película de atraco que no llegó a ser. “TGTR” (por abreviar) no es perfecta, pero garantiza tres horas de entretenimiento de calidad.

            Esta obra está dividida en dos partes muy diferenciadas; en la primera, se nos narra la planificación y ejecución del atraco, mientras la segunda adopta el punto de vista de los policías que investigaron el crimen. Así, la serie no es por completo ni de los delincuentes ni de los investigadores. Los títulos de las películas, casi idénticos, refuerzan esta especie de equidistancia: “Historia de un atracador”, “Historia de un policía”. En inglés la similitud es incluso mayor: “A Robber´s Tale” versus “A Copper´s Tale”.

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            Desconozco si la serie es rigurosa históricamente. No he leído ningún libro sobre el asunto, aunque sin duda buscaré alguno para cubrir semejante laguna. Como obra de ficción funciona estupendamente. La primera película quizás sea la más redonda. Desde la primera secuencia, para presentarnos el núcleo de la banda de ladrones en un atraco anterior (con bombines y paraguas), pasando por la organización del robo, resolviendo los problemas logísticos (el detalle de la bombilla y el guante me encantó) hasta el recuento del botín (¡Y DIEZ CHELINES!) hasta la inquietante sensación de que la ruina aguarda a los protagonistas casi desde el mismo momento de su triunfo, me tuvo clavado en el sofá. Y eso que el ritmo no es particularmente trepidante ni se usa la música para tener al espectador con el corazón en un puño.

            Tal vez se echa en falta un poco más de examen de los personajes. Uno siente una instintiva simpatía por cualquier personaje interpretado por Paul Anderson, al fin y la cabo todo un Shelby en “Peaky Blinders”. Pero las motivaciones de los ladrones, en especial de Reynolds (un solvente Luke Evans, actor con papeles mediocres casi siempre) quedan demasiado brumosos. No es por codicia, se nos quiere decir, en una y otra película. Hay algo de orgullo artesanal, algo de ansias por trepar en una sociedad que no permite muchas alternativas a quienes no nacen ricos, algo de la camaradería del grupo en combate. Las constantes referencias de Reynolds al “Sistema” hacen pensar que hay un cierto rencor social, un rechazo meditado de este grupo respecto del mundo y el país en el que viven. Pero eso es apenas esbozado. Quizás para no lastrar la película, es comprensible.

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            La sensación de que los ladrones (o algunos de ellos) no están movidos únicamente por la codicia ayuda a que el espectador tome partido por los mismos. La idea de narrar la investigación desde el punto de vista de los policías, tal vez, tenía como fin equilibrar el marcador, lograr que, como Rick en “Casablanca” comprendiésemos el punto de vista del sabueso tanto como el del zorro. Sin embargo, la unidad de policías no resulta muy memorable como personaje colectivo. Y Butler, el implacable superintendente, es un personaje francamente antipático, sobre todo en comparación con Reynolds.

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            Lo cual, bien mirado, es un acierto. Ese contraste ayuda mucho dramáticamente. Si el atracador es un tipo bastante majo, empático y agraciado, pongamos un perseguidor gélido, duro y estirado. Pero que sea un enemigo a la altura o incluso superior. Así que el papel debe interpretarlo alguien de respeto. Pocos más respetables que el gran Jim Broadbent. Butler ni necesita ni quiere ser estimado o admirado. Quiere ser obedecido y quiere obtener resultados. Triunfa donde otros fallan. El aura de inhumanidad del personaje (su genuina sorpresa cuando se le sugiere que no todo el mundo compartimentaliza su vida de un modo tan drástico como él) se presenta de un modo no muy original, aunque sí efectivo. Sólo se le va la mano al guión y al director en esa secuencia final, tras la charla con Reynolds, un buen diálogo, ambiguo, que permite al espectador ser él mismo quien decida, al fin, de parte de quién está. Después de la charla, el espectador no necesita el plano de la escuadra de policías: ya ha comprendido. O debería.

            Bien hecha, dirigida con tino, sin alardes y sin ser una obra genial, estas dos películas conforman una agradable contribución al género policíaco. Ni más, ni menos.

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agosto 7, 2016

Nihil obstat

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:27 pm
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            Hace unos días leí un “hilo de Twitter” (esto es, para aquellos que no conozcan esa red social, varios tuits o breves mensajes encadenados y que tratan sobre el mismo asunto) que me causó un cierto malestar. El hilo daba una interpretación sobre determinada novela, interpretación en modo alguno mal razonada. El último tuit era una especie de epílogo que olía más a veredicto que a reflexión final. Ese epílogo fue el que me dejó inquieto.

            Al pensar un poco más en ello, caí en la cuenta de que había tres aspectos, distintos, aunque, hasta cierto punto, relacionados, en este asunto que me zumbaban en el cabeza, pese a los vermuts que les echaba encima, para ahogarlos. Ya saben cómo son las ideas zumbonas: nadan mejor que las penas. No crean que he tenido una iluminación.  Nada nuevo hay bajo el sol: estas cuestiones llevan siglos revoloteando, así que no se puedan despachar con una maldición genérica hacia “los jóvenes de hoy en día” ni con una nostalgia más o menos injustificada respecto de los tiempos pasados. Tampoco creo que estas líneas supongan ningún antes y después en la discusión. Si las escribo es, fundamentalmente, porque escribir tiende a ser más efectivo que el alcohol para poner en su sitio a este tipo de ideas o impresiones insectoides.

            El primero de los aspectos no es el que más me cerca del córtex me zumbaba. Es el viejo debate de juzgar obras artísticas por criterios morales. Asunto que sigue dando para cavilaciones y que, en algunas personas, llevan a negarse a escuchar tal o cual compositor o a leer tal o cual escritor por considerarlo un ser humano repugnante. No es un debate menor. Chesterton, a quien reverencio, dedicó bastantes páginas al asunto y, aunque no caía en simplificaciones, tendía a dar importancia al elemento moral en el arte. Wilde, por poner a otro titán, era más bien contrario a mezclar ambos círculos y consideraba que una obra de arte no podía ser moral o inmoral. En las actas del juicio que le enfrentó al marqués de Queensberry (recogidas en el libro “El marqués y el sodomita. Oscar Wilde ante la Justicia”, de Merlin Holland, publicadas en España por Papel de Liar), el astuto abogado defensor del marqués interroga de manera implacable a Wilde sobre la moralidad de ciertos trabajos literarios; el escritor siempre se niega a dar una valoración moral, limitándose a permanecer en el ámbito de lo estético.

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            Este asunto es muy interesante, pero no es el que más me hacía pensar estos días. Con todo, creo que está en la base del asunto, así que igual se me desliza en los siguientes párrafos. Para no ser del todo oscuro, un apunte: prohibir una obra porque el sentido moral de uno, unos cuantos o casi todos se ofenda me parece digno de sociedades donde no me gustaría pasar demasiado rato.

            Uno de los problemas esenciales con el tuit final del que les hablaba hace unas líneas era que sacaba una moraleja de la novela comentada. Esto, en mi opinión, supone un error: confundir diferentes subgéneros narrativos. Leo y oigo con frecuencia que se trata a novelas o cuentos como si fueran fábulas o parábolas. Y no es así. La fábula es una narración con un declarado objetivo didáctico. Las fábulas existen por y para la moraleja. Pueden estar peor o mejor escritas, desde luego, pero en este caso considero legítima la crítica ética o moral, porque la fábula busca trasmitir una lección moral o ética. La parábola es ligeramente distinta: también busca transmitir una enseñanza, pero donde la fábula es, por lo general, clara, la parábola es más retorcida. No es de extrañar que el más grande contador de parábolas del que un servidor tiene noticia repitiese “quien tenga oídos, que oiga”. Es, por tanto, habitual discutir las diferentes interpretaciones de una parábola, no de una fábula.

            No obstante, en la discusión sobre una parábola concreta los contendientes barruntan que hay una respuesta auténtica. Por sutil que sea la parábola, por compleja, por matizada que sea la enseñanza, hay una enseñanza.

            Ni en la novela ni en el cuento tiene por qué existir enseñanza alguna. La novela, sobre todo, es una criatura conflictiva, que se adapta, muta y aúna en sí misma mil mundos literarios. Sigo sin leer una definición de novela que acabe de cerrar de modo rotundo la discusión sobre su verdadera naturaleza, sobre su esencia, y es poco probable que llegue a leerla. Tal vez sea ése el secreto de su supervivencia a través de los siglos, mientras una generación tras otra de críticos literarios (bueno, algunos en cada generación) se empeña en certificar su muerte y traernos su cabeza para demostrarla. Por tanto, hay novelistas y cuentistas que, efectivamente, esconden fábulas o parábolas en sus novelas y cuentos. Claro que en este caso se puede argüir que nos encontraríamos ante fábulas o parábolas con forma de novelas y cuentos, disfrazadas, enmascaradas. Y que, al quitarle la máscara, se puede juzgar a la supuesta novela como lo que en verdad es.

            Admito esto, en parte. Pero estimo que la inmensa mayoría de novelas, aun las novelas de tesis, no son fábulas. Su razón de ser no es proporcionar enseñanzas morales, dar respuestas a dilemas políticos o éticos. Victor Hugo, por ejemplo, era dado a introducir largas reflexiones en sus novelas, sobre los más variados asuntos. La diferencia entre las partes auténticamente novelescas y estos ensayos es evidente. El mismo Hugo advertía al lector (quizás para que el lector pudiese decidir si se saltaba esa parte) cuándo pensaba dedicar unas cuantas páginas a meditar sobre la relación entre la arquitectura y la imprenta, la oración o el problema de la redistribución de la riqueza. Estas reflexiones pueden estar bellamente escritas, pero no son novela. Los soliloquios internos de Claude Frollo o Jean Valjean, en cambio, sí lo son. Es un error, por tanto, juzgar una novela por su pretendida tesis.

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            Y aquí enlazo con la última cuestión que es, quizás, la más inquietante de todas. El juicio. La condena. El establecer que esta novela o este cuento, esta película, o esta serie de televisión quieren transmitir esta enseñanza. Esta concreta. Que deben leerse de esta manera. Que su interpretación es esta. Que, por tanto, dada esta tesis, esta idea, esta moraleja que hemos desvelado, la obra merece ser ensalzada o repudiada. Y que quien lea la obra condenada, quien la defienda, quien la estime, es un ser asimismo reprobable, indigno.

            Hay matices y hay grados. Tal, no obstante, es la tendencia que observo muchas veces a mi alrededor. Me aterra. La arrogancia de un individuo que determina, ex cathedra, el único y verdadero significado de una obra de arte me exaspera. Niego que un Comité de Sabios, reunido como un tribunal, pueda determinar si el significado verdadero de “La isla del tesoro”  es éste o aquel. Niego que ese tribunal, incluso si el mismo está formado por las más grandes literatos, pueda concluir que la única interpretación aceptable de “El rey Lear” es esta o la otra. Que si entendemos “Crimen y castigo” de esta manera, estamos a salvo y hasta se nos puede felicitar, mientras que, si la leemos de este otro modo, merecemos que nos escupan a la cara.

            Y esa autoridad que niego al hipotético Comité de Sabios, se la niego, de igual modo, a la turba. Me niego a aceptar que un pelotón de linchamiento, virtual o no, me diga cómo tengo que leer, obligatoriamente. Rechazo que puedan coaccionarme moralmente, pasearme emplumado por las calles si mis gustos literarios o mi visión de una obra no coinciden con los suyos.

            ¡Qué empobrecedora es esa posición! ¡Qué cerril! ¡Qué amnésica! Impide al lector la capacidad de transformarse. Destruye la sutileza tanto para el escritor como para el lector. Erradica el gran poder de las novelas infinitas, aquellas que encierran en sí mismas mil lecturas posibles. Rechaza que el lector pueda ser un colaborador del escritor, que el escritor es sólo dueño de la obra hasta que pone el punto final y que el lector, cada lector, sea o no la misma persona, hasta cierto punto, la hace suya.

               Desde luego que no toda lectura es válida, sin más. Si uno de ustedes me dice que “El sabueso de los Baskerville” es una defensa del nacionalsocialismo, veo bastante probable que, después de escuchar sus argumentos, le mande al carajo. Hay interpretaciones absurdas, que no se sostienen o incluso que no se argumentan. No voy a negar a nadie el derecho a interpretar absurdamente una novela. Claro que me reservo mi derecho a tirar por tierra esa argumentación.

            Es importante, creo yo, advertir esto. Porque, de lo contrario, poco a poco, dejaremos que gente con muy buenas intenciones nos diga qué y cómo debemos leer, qué y cómo debemos escribir. Y tal vez volvamos a ver, en los libros publicados, en todos ellos y no sólo donde, tal vez, estén justificadas, esas sombrías palabras: Nihil obstat. Imprimatur.

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julio 22, 2016

Hundidos en el Pozo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:22 pm
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            Nunca dejarás Harlan con vida era la sentencia inexorable que traspasaba las temporadas de “Justified”. Y aun cuando en ocasiones Rylan Givens o Boyd Crowder parecían estar rozando el pomo de la salida, terminaban arrastrados de vuelta al condado implacable de Kentucky, igual que sus aliados, amigos o adversarios. Cambien Harlan por Birmingham, por la parte más tenebrosa de la ciudad, y en igual situación está Thomas Shelby.

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            La huida del Pozo es la constante en las por ahora tres temporadas de esta magnífica serie (revisé aquí la primera y aquí la segunda). Thomas, Polly, Arthur, Grace, Campbell… de un modo u otro, todos trataban de escapar de pozos interiores o del gran Pozo. Todos fracasan. En este sentido, hay un cierto parecido entre “Peaky Blinders” y “The Wire”. Los habitantes de Baltimore, como los de Birmingham, son libres hasta cierto punto, pero sólo hasta cierto punto. La irónica pregunta de Lenin sobre las libertades formales de la clase obrera (Libertad, ¿para qué?) no es impertinente ni en Baltimore ni en Birmingham. La herencia social y familiar, la clase social y, también, sin duda, las propias decisiones, forman una malla que es muy difícil de romper. Mister Solomons, ese hallazgo de personaje (¡qué actorazo es Tom Hardy!), se lo recuerda a Thomas Shelby como si fuera un profeta del Antiguo Testamento, aunque usando una cita del nuevo: quien a espada vive, a espada morirá. Otro día, si quieren, discutimos por qué este aforismo evangélico es más bien una astuta defensa de la no violencia, más que una apología de la pena de muerte, como han querido ver muchas personas, sin duda muy razonables en otros aspectos de sus vidas.

            Desde el punto de vista formal, esta tercera temporada de “Peaky Blinders” no mantiene lo logrado anteriormente: lo supera. Escena tras escena, secuencia tras secuencia. Fotografía de matrícula de honor. Encuadres de matrícula de honor. Banda sonora de matrícula de honor. Parece a ratos que cada fotograma es un cuadro. La dirección y las actuaciones son, como siempre, excelentes. La trama y el desarrollo de personajes tienen, como siempre, mucho que escutar. Vamos con ello.

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            Al finalizar la segunda temporada, Thomas puede sentirse bastante seguro de su posición. Cuando comienza la tercera temporada, desde luego, parece que el imperio de los Shelby nunca ha sido más fuerte. Se podrían hacer paralelismos justos entre don Vito Corleone y Thomas, aunque también con Michael Corelone. Thomas, seguramente, es al tiempo Vito y Michael. Sus redes criminales son indiscutidas en su ciudad y se extienden hasta Londres, donde mantiene una tregua con las facciones que tanta guerra le dieron en el pasado. Tiene a la mujer que ama y, como anunció, se va a casar con ella. Es saludado por la sociedad bien de Birmingham, la Policía responde ante él, los servidores públicos se inclinan ante su paso, controla los negocios ilegales y legales. Es el amo. Cualquiera diría que ha ganado la partida.

            Pero Shelby debe su vida a Mr Wiston Chruchill. Y aunque los conservadores ya no estén en  Downing Street, los servicios secretos de Su Graciosa Majestad tienen apéndices oscuros. Y Thomas Shelby les será de utilidad.

            A partir de aquí, spoilers.

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            Esta tercera temporada se parece bastante, en cuanto a estructura de trama, a la primera. Como en aquella, hay un interés común a varias facciones y los Shelby están en el centro de la madeja. Los soviéticos, los rusos blancos en el exilio y los siniestros Odd Fellows, una especie de para-espías ultraconservadores, decididos a continuar la guerra subterránea contra la Unión Soviética, pese a que el Gobierno del momento no esté por la labor. Como en aquella, Thomas tiene que danzar con todas las facciones, tender redes, mover hilos, servir a unos y a otros, mientras en realidad sólo se sirve a sí mismo.

            Hay un detalle significativamente distinto entre la presente temporada y las previas: la ausencia de un antagonista principal. Cierto que había en aquellas y hay en esta múltiples adversarios. Pero tanto en la primera como en la segunda, el despiadado Inspector Campbell era el enemigo número uno, tanto pragmática como dramáticamente. La lucha a muerte entre Thomas y Campbell, en una relación de enemigos íntimos donde no había cabida para ningún respeto mutuo, era uno de los elementos que más me gustan de los doce  primeros capítulos de la serie.

            Campbell, sin embargo, cayó muerto en efecto por los disparos de Tía Polly, así que no tenemos a Sam Neill para darle la réplica a Cillian Murphy. Su plausible sustituto sería el Padre Hughes (Paddy Considine). Podría haber sido un villano de respeto (asumamos que Thomas es un héroe-villano, moralmente reprobable, pero seductor e irresistible en su carisma negativo). Desde luego, este cura y la organización a la que pertenece ponen en serios aprietos a Thomas. De hecho, nunca había visto a Shelby tan cerca de la derrota, de la ruina, no sólo como poder fáctico, sino interior: en los últimos capítulos, Thomas está desquiciado, recibiendo golpes de todas partes. Y si bien logra derrotar a sus enemigos, la victoria es más bien pírrica.

            Con todo y con eso, no pasará el Padre Hughes a mi lista de antagonistas memorables. Con ciertos cambios de detalle, hubiera podido ser una suerte de Gatehouse, a primera vista un hombre sombrío y discreto que en medio segundo pasa a convertirse en un Poder de las Tinieblas. Pero se quedó en un malo de segunda fila, pese a ciertas escenas poderosas, como ese perverso y falso acto de contrición que fuerza a recitar a Thomas en una cena. Incluso la clara insinuación a que se trataría de un pederasta me sonó artificioso, más un cliché (dramático, entiéndaseme y no se saquen de contexto esta afirmación) que un rasgo definido que hiciese más perverso, repugnante u odioso al personaje. Aparte que dicha insinuación se hace en referencia a Michael, el hijo de Polly, un tipo extraordinariamente cansino que sólo tuvo su gracia como instrumento para explorar a su madre y que ha sobrevivido a toda utilidad.

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            La otra facción adversaria, los rusos blancos, es más pintoresca. Más que blancos, se puede decir, como en “Casablanca”, que son rusos locos. Los Odd Fellow son despiadados y eficaces. Los rusos son crueles y están como una manada de cabras, como puede atestiguar el agente de los Shelby en sus filas. El duque es un cero a la izquierda. La duquesa y su hija son otra historia. Sobre todo, la hija, la Princesa Tatiana. Sus juegos sádicos, eróticos y psicológicos, con Thomas son lo más perturbador de esta temporada. Thomas tiene un laberinto por cerebro y en los aspectos emocionales resulta un personaje muy interesante: un hombre traumatizado por la guerra, ferozmente leal a su familia, como cabeza de la misma, con una capacidad de amar custodiada por su raciocinio implacable que ha sido, parece, devastada de una vez para siempre en esta ocasión. Y es ahí donde Tatiana ataca: golpea en ese amor dolorido para tratar de destruir la razón y arrastrar a Thomas a un caos enloquecido. En la noche que pasan juntos en la casi vacía mansión de Thomas o en la orgía chiflada en la casa de los aristócratas parece a ratos que lo consigue. Pero Thomas, autocrático, no permite que nadie tenga tanto poder sobre él y logra sobreponerse, por muchas cicatrices que la lucha le suponga.

            Porque Thomas encuentra apoyo en la familia. Se lo dijo a Campbell, en una de sus envenenadas conversaciones. A la muy sagaz apreciación del policía (Odiamos a la gente y, a cambio, la gente nos odia. Y nos teme. [… ]Los hombres como nosotros, señor Shelby, siempre estaremos solos. Y el amor que consigamos, tendremos que pagar por él) replica con un casi orgulloso Olvida, Inspector, que tengo a mi familia. Esa familia que quizás ya no sea tal. La base del poder de Thomas se está resquebrajando.

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            Grace, el amor de su vida, le es arrebatado. La muerte de Grace fue una sorpresa. Hunde a Thomas en una tenebrosa melancolía que tiene su importancia en el desarrollo de los acontecimientos. Sin embargo, no me desdigo de mi opinión cuando vi reaparecer a la ex espía en la anterior temporada: creo que Grace debería haber muerto a manos de Campbell. Hubiera sido una muerte más redonda, con implicaciones mayores para ese triángulo trágico, más devastador para todos. El fantasma de Grace, y eso se ha demostrado este año, ha resultado más poderoso que la Grace viva, más allá de la primera temporada. También es verdad que, por estar viva al principio, pudimos ver la boda con Thomas, una de las mejores bodas de televisión o el cine.

            ¿Y qué pasa con el núcleo familiar? Arthur se está alejando. Vaya personaje, el de Arthur. Ha pasado de rencoroso hermano mayor ante un hermano más joven, inteligente y hábil que él, a perro fiel y, por fin, a recorrer el tortuoso camino del arrepentimiento. ¿Recuerdan la terrible escena en la que la madre de una de sus víctimas le escupía todo su desprecio? Arthur se arrastra tratando de escapar del Pozo. Pero la familia le impone obligaciones y, aunque desgarrado por dentro, Arthur cumple, por devastadoras que sean las consecuencias. John, más simple, también empieza  dar señales de rebeldía. Michael, el cansino, no se resigna a su papel a lo Tom Hagen (sería tentador aunque inexacto ver a Arthur y John como los Sonny y Fredo de los Shelby) y se empeña en meterse en la parte turbia de los negocios, lo que causa tensiones con el otro gran cerebro de los Shelby, la Tía Polly.

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            Y la Tía Polly también trata de salir del Pozo. Lo intentó ya a través de su hijo perdido y encontrado. Pero ahora ve que lo está perdiendo de nuevo, tal vez por tratar de agarrarlo demasiado fuerte. Así que busca otra salida en el amor de un hombre ajeno a su mundo, un amor que es, o tal vez no, sólo un espejismo y que la hunde de nuevo en el Pozo. Thomas sabe clavar el cuchillo hasta la empuñadura cuando quiere y con Polly además, retuerce la hoja en la herida. Sólo con Ava, la Shelby que está pero a la vez no, la única que ha logrado medio escapar, aunque no del todo, veo a Polly en paz y tranquila.

            Hablando de las mujeres Shelby, qué lástima que esta temporada haya desaprovechado una línea argumental muy sugestiva. Hubiera visto con mucho gusto la reacción de los hombres Shelby, no muy brillantes más allá de Thomas, ante una rebelión sufragista en sus filas. Porque las mujeres (Esme aparte) de esta familia son considerablemente más inteligentes y resolutivas que los varones; como repite Tía Polly, ellas mantuvieron el negocio durante la Guerra y ya me gustaría ver cómo se las arreglaba incluso Thomas sin ellas. El momento en que Polly, Linda, Esme y Lizzie salen a unirse a la manifestación feminista es grande. Merecía más desarrollo. Ojo a Lizzie, además, a su cambio de mujer despreciada en un inicio a trabajadora discreta, con un gesto de enorme dignidad en la última escena del último capítulo, al rechazar, con fría rabia, el dinero con el que Thomas está comprando a toda su familia.

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            Y así llegamos a ese final. Menudo final. Un final muy Michael Corleone. Sí, Thomas, ha derrotado al Padre Hughes y se ha librado de los rusos. Pero los Odd Fellows son poderosos y para protegerse de ellos, Thomas, el jugador reptiliano, tiene que pactar. Y este pacto, esta vez, arrastra a su familia. Tal vez, no lo dudo, Thomas haya elegido el menor de los males posibles. Tal vez, no lo dudo, haya protegido su familia como ha podido. Pero esa última conversación familiar olía a disolución. Y la abrupta irrupción de las consecuencias del pacto deja a Thomas solo. Completamente solo. Campbell estará riéndose en el infierno.

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            El Pozo no deja escapar a sus moradores. Y nosotros, desde luego, volveremos a él, hundidos con Thomas hasta el cuello.

 

julio 1, 2016

El dolor de estar triste

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:44 pm
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            Victor Hugo escribió que la melancolía es el placer de estar triste. Cita romántica donde las haya, permite rebatir a aquellos que consideran a “River” una serie melancólica o, incluso, romántica. Porque esta obra, en apariencia policíaca, es una obra sobre la soledad, la tristeza y el dolor.

WARNING: Embargoed for publication until 10/11/2015 - Programme Name: River - TX: n/a - Episode: River (No. Ep 6) - Picture Shows: **STRICTLY EMBARGOED UNTIL 00:01HRS, TUESDAY 10TH NOVEMBER, 2015** John River (STELLAN SKARSGARD) - (C) Kudos - Photographer: Nick Briggs

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            Abi Morgan, su creadora, había mostrado ya su capacidad para mezclar con gran inteligencia desarrollo psicológico de personajes, relaciones interpersonales y tramas de intriga en la estupenda “The Hour”, que les recomiendo con grandes gestos de entusiasmo. En “River” se olfatea ese talento, aunque, esta vez, el grueso de la apuesta está en la psicología de los personajes. En especial, en el protagonista absoluto, el Detective Inspector John River.

            La trama de investigación policíaca no deja de ser interesante, desde luego. Pierdan cuidado, no haré spoilers de la misma. Resulta obvio, no obstante, que es instrumental: a través del caso, River aprende más de quienes le rodean y de sí mismo; los espectadores, cómplices del inspector en esta disección propia y ajena, hacemos lo propio, con un cierto regusto de voyeur espiritual.

            Confieso que empecé a ver la serie con cierta sospecha. Lo poco que había oído y leído me recordaba en exceso a “Luther”, a “House, M.D.” o al mismo Sherlock Holmes, en cada una de sus encarnaciones. No cabe duda que hay determinados puntos comunes. Quizás la serie a la que más se acerque sea “Luther”. No obstante, hay considerables diferencias. La más importante es esta: el combate en las otras series es siempre en el exterior, sea intelectual puro, en el caso de Holmes o House, sea emocional y psicológico, en el caso de Luther. Sus enemigos, sus adversarios, sus monstruos, están, principalmente, fuera. River tiene el campo de batalla dentro del cráneo.

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           Stellan Skarsgård está inmenso. Es preciso un gran actor para coger un buen guion y sortear las trampas de lo trillado que pueda contener. Lo consigue. Una de las señas del buen actor es lograr dar vida a un personaje impasible. River es introspectivo, callado, taciturno. Un actorzuelo pondría cara de palo. Skarsgård sabe que con un movimiento de labios, una breve risa, una mirada que refulge de súbito o se apaga de repente, que se inyecta de dolor o de anhelo, se arma un personaje complejo, vivo, humano. ¡Qué habilidad!

              River está rodeado de gente, pero se siente y cree solo. Es de hacer notar que, al lado de tipos bastante miserables, la serie ofrece un ramillete de personas decentes. La compasiva Doctora Fallows, la decidida superior de River, Chrissie, incluso en el más bien antipático Marcus MacDonald (a quien reconocerán los visitantes de los Siete Reinos de Poniente) se aprecian móviles decentes. Por supuesto, el sufrido Detective Sargento Ira King, con más paciencia que un santo con River, o su esposa, quien sólo aparece en una escena, y a la que, si la serie continúa, espero le den algo más de papel.

          Con todo y con eso, River se siente asilado. Más aún en Londres, ciudad inagotable, maravillosa, que también puede ser hostil, alienante y suponer la destrucción del individuo. El asilamiento, de estar lejos de la propia tierra, de la propia familia, de ser un apátrida, de no ser aceptado en la tierra de asilo, es otra faceta del gran tema de la serie.

           Poco sociable como es (“Si te sientes solitario cuando estás solo, estás en mala compañía”, dice en una ocasión), no es un misántropo ególatra y sarcástico, ni un sociópata, ni un arrogante gélido. La capacidad de compasión, de empatía, que tiene River es inmensa, pero carece de medios para canalizarla. No posee esclusas para dar salida a sus emociones, sino que las mantiene contenidas en una presa. Eso se cobra su precio. River tiene sus paralelismos con Stevens, el mayordomo impecable de “Lo que queda del día” y, como él, está al borde de la desolación afectiva.

            Lo que tiene Rivers y no tiene Stevens es una legión de compañía perpetua. Sus visiones. Es una decisión inteligente de la serie dejar desde el principio claro que no se tratan de manifestaciones sobrenaturales y que River tiene perfecta comprensión de que no son reales. Pero ahí están. Y hablan con él. Las víctimas de sus casos, que le interrogan y le hacen rumiar las pruebas hasta que el rompecabezas se resuelve (nunca con triunfalismo, siempre con tristeza). Stevie, con la que tantas conversaciones paralelas mantiene, para creciente desesperación de Ira. Y con la que tiene una de las cenas, rematada con baile, más hermosas y emocionantes del cine o la televisión.

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          Claro que dentro de la cabeza, en el sueño de la razón, acechan monstruos. Y el de River toma la faz del infame Doctor Thomas Neill Cream, asesino victoriano, al que presta forma el actor Eddie Marsan, con un aire de trasgo diabólico muy apropiado. Manifestación de las zonas más tenebrosas de su mente, no dialoga con River, monologa. Porque el inspector rehúye hablar con él, no le responde. Igual que el padre Merrin, en “El exorcista”, advertía al padre Karras que no debía entrar en discusiones con el Diablo, River no se enfrenta dialécticamente a su demonio; tal vez intuye que para derrotarle en ese tipo de combate, tendrá que mostrarse tan acerado, tan malévolo como él. Al fin y al cabo, no deja de ser parte del mismo River. El policía se muestra capaz de destruir verbalmente, con perverso placer, a quienes le rodean en esa reunión de sus semejantes. Aunque, al momento, se sienta confundido y avergonzado por la valiente reacción de su psicóloga.

         El venenoso Cream (el envenenador de Lambeth) fuerza a River a elegir uno de dos caminos para su soledad: abrazarla como una liberación, asumir la cara más oscura de su locura y lanzarse al Caos nihilista, destructivo y sádico, o congelarse en la apatía, en el sinsentido, en una podredumbre del alma y la mente, callada, estéril y agónica.

          Victor Hugo, de nuevo, dice en “Los Miserables”: Escribir el poema de la conciencia humana, aunque no fuese más que a propósito de un solo hombre, aunque no fuese más que a propósito del más insignificante de los hombres, sería fundir todas las epopeyas en una epopeya mayor y definitiva. River es un hombre y la epopeya de su conciencia es la gran batalla contra el Mal, batalla que se libra en el interior del ser humano, mucho más que en el exterior, y en la que las armas son de una naturaleza peculiar y las peleas complejas, sutiles, potencialmente devastadoras. River, el que se cree solo, no lo está tanto. Aunque su mundo no sea un lugar feliz, ni quienes estén a su lado tengan vidas sin sombras, la esperanza planta cara a la desesperación. Es una epopeya que merece verse.

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