Con un vaso de whisky

agosto 29, 2017

Elegía por Petyr Baelish

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:37 pm
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    Nunca había escrito hasta la fecha sobre la serie de la HBO “Juego de Tronos”, pese a seguirla desde el principio. Me parece, como juicio global a la espera de su final, una serie monumental, con sus grietas y errores (cada vez más y con más riesgo de ruina), pero que he disfrutado considerablemente.

    De entre sus personajes, mi favorito (y hay varios personajes que me han gustado y con los que he disfrutado, mayores y menores) siempre ha sido lord Petyr Baelish, alias Meñique. Lo era en las novelas (veremos, si es que lo vemos, qué ocurre en las novelas que esperamos cada vez con menos esperanza) y lo era en la serie. Cuando se anunció el inicio del rodaje de la primera temporada de “Juego de Tronos” y se hicieron públicos los actores, yo estaba volviendo a ver, por segunda o tercera vez, “The Wire”. Al leer el nombre de Aidan Gillen, supe de inmediato, como muchos otros, que sería Meñique. ¡Cómo no iba a serlo el actor que tan bien encarnó al maniobrero Thomas Carcetti! Gillen había nacido para ese papel.

    Ahora, destripe mayúsculo, Meñique nos ha dejado. Y he sentido la necesidad de despedirme de este personaje, uno de los más interesantes de Poniente. Hay muchos motivos para considerar a esta séptima temporada de “Juego de Tronos” como la peor (por el momento). No es el menor que se haya reducido a lord Baelish a un enano mental y se le haya liquidado de un modo indigno del personaje, de sus ejecutores y de la serie.

    Tiendo a comparar cada villano de cada obra que leo o veo con Yago, Edmund o el juez Holden, mi tríada de Maestros de la Oscuridad (el Joker es un personaje con muchos padres y es más equívoco como piedra de toque). Baelish no es un personaje de Shakespeare ni un aterrador heraldo de la Guerra Total casi seguro sobrenatural. En él, sin embargo, sí percibo ecos de los dos grandes villanos de Shakespeare, dos nihilistas destructivos, manipuladores, dramaturgos de las vidas ajenas. Baelish es un estratega del mal, como Edmund, y está en guerra con el mundo, como Yago.

    Aunque los sucesos de “Juego de Tronos” son una responsabilidad compartida, puede decirse que Meñique tiene derecho a reclamar, orgulloso, buena parte de esa responsabilidad. No voy a detallar aquí todas sus intrigas. Es sabido, sin embargo, que la guerra que arrasa Poniente desde hace seis temporadas es en gran medida su obra. Baelish no busca la guerra como fin en sí mismo, lo cual le aparta de Yago y de Holden, sino como medio para obtener el caos, como indicó en uno de sus diálogos más memorables de toda la serie:

    ¿Pero por qué el caos? ¿Únicamente por sed de poder? Meñique, como Edmund, codicia el poder, desde luego, poder sobre todo y sobre todos. Esta codicia, considero, no acaba de explicar por completo su motivación íntima. En un monólogo, Meñique rememora su humillante derrota ante un joven lord Stark, a quien había retado, enamorado como estaba de la futura lady Catelyn Stark. Esa derrota abre los ojos a Baelish, que comprende que no puede jugar al juego de sus contemporáneos y triunfar, sino que debe obligarles a ellos a jugar a su propio juego. Ellos es todo el mundo. Baelish, retoño de una casa menor, sin poder ni riqueza, sin fuerza física ni habilidades marciales, es un paria en Poniente. Es un excluido, alguien que no encaja. Lo es, se sabe así, más aún que bastardos cansinos como Jon Nieve.

      Esto parece apuntar a una oscura raíz en las motivaciones de Meñique, el rencor. El rencor, no obstante, tiende a ser paralizante. Y lord Baelish es cualquier cosa menos un paralítico social o político. ¿Entonces? Creo que hay aquí unas gotas del fondo oscuro de Yago, mucho más siniestro que el rencor: el vacío ontológico. Baelish no teme al pozo que evoca Varys, porque viene de ese pozo y lo lleva en el alma. Meñique guerrea contra todo y contra todos. Busca el poder, el máximo de poder, con el fin último de destruir Poniente, de aniquilar a todo este mundo en el que él ni encaja ni puede encajar. Varys, una vez más, tiene una intuición exacta sobre Meñique: “quemaría el mundo para ser el rey de las cenizas”. De hecho, en algún momento me pregunté si alguno de los personajes de “Juego de Tronos” podría terminar siendo un traidor supremo y acabar facilitando el paso a los Muertos y los Caminantes Blancos; psicológicamente, sólo me cuadraba un Meñique que hubiera visto todos sus intrincados planes desbaratados, dispuesto a que el mundo perezca de un modo u otro.

     Tal es el fondo profundo, creo, de Baelish. Ese nihilista negativo está envuelto en muchas capas de político intrigante, de diplomático manipulador. El único otro personaje intelectualmente a la altura de Meñique, del abanico de maquinadores que poblaban Poniente (ahora ya no queda ni uno digno de ese nombre), era Varys, la Araña. Esto puede ser una obsesión mía, pero estos dos titiriteros en la sombra siempre me han recordado a la infernal pareja formada por Talleyrand y Fouché. Varys, el maestro de susurros, dispuesto a servir al Reino aunque para ello haya que traicionar al Rey, parece homenajear al Talleyrand de “La Cena”, de Jean Claude Brisville, quien afirma: Nunca he abandonado a ningún príncipe antes de que él no se hubiera abandonado a sí mismo. Infiel a los regímenes, pero siempre fiel a Francia. Mis ideas son mucho más estables de lo que se cuenta. Mientras que a Meñique se le puede distinguir cuando Stefan Zweig, en su “Fouché”, escribe: nada esconde su siniestra alegría ante el caos, más genial y mejor, que el sobrio hábito de funcionario cumplidor y honesto cuya máscara llevará toda su vida. Baelish, menos gris que Fouché, oculta igual de bien su demoníaco fondo tras la máscara de un irónico servidor del Trono, parapetado entre libros de cuentas, burdeles e informes de espías. E, igual que Fouché, puede cambiar de un cargo a otro, de una lealtad a otra, sirviéndose siempre a sí mismo. No se puede confiar en lord Baelish, se dicen los reyes y notables de los Siete Reinos, igual que las cabezas de la Convención, del Directorio, del Consulado, del Imperio y de la Monarquía se decían que no se podía confiar en Fouché. Pero el Consejero de la Moneda y el Ministro de Policía siempre lograban maniobrar en su provecho, porque no contar con ellos entre tus aliados implicaba tenerlo entre tus adversarios. El riesgo de su lealtad incierta era algo menor que el riesgo de su animosidad cierta, por muy profesionales de la traición que, una y otra vez, ambos demostrasen ser.

     También, igual que sus homólogos franceses, Varys y Meñique mezclaban rivalidad con respeto. Salvo a Varys, Meñique no respeta, de verdad, a nadie en toda la serie. Aparte de a Tyrion, que es lo bastante astuto para ganarse el respeto del eunuco, lo bastante interesado en el bien común para serle útil en su proyecto y lo bastante afable para lograr su amistad, la Araña sólo respeta de veras, un respeto un tanto mezclado por el temor, y hasta siente una cierta estima fría por el despiadado Baelish. Sin embargo, sus motivaciones son antitéticas. Por intrigante que sea, y vaya si lo es, Varys tiende sus planes para lograr la estabilidad y la prosperidad del Reino. Meñique, para alcanzar el poder absoluto y pisotear hasta reducir a escombros el mundo conocido.

    Durante años acaricié la esperanza de que todas las tramas e intrigas de “Juego de Tronos” desembocaran en un duelo entre Varys y Meñique. De algún modo, han jugado al ajedrez el uno contra el otro. Hubiera visto con satisfacción, sin embargo, una verdadera guerra vicaria entre ambos, los dos personajes más hábiles de la serie. Sus escasas conversaciones (qué lástima que les separaran tan pronto) se cuentan entre las mejores escenas de la misma.

    No ha sido así. Meñique ha caído, en parte, por su única debilidad, una debilidad que intuyó, cómo no, Varys, esto es, Sansa Stark. Una debilidad que le separa mucho de sus maestros, Yago y Edmund, especialmente de éste, el personaje más frío de toda la Literatura occidental. Y atención. Si Sansa hubiera terminado derrotando a Meñique, tras haber absorbido todas sus enseñanzas perversas, yo aplaudiría. Hubiera sido una ironía digna y creo que Baelish, como buen ironista, la habría apreciado.

    El problema, me van a perdonar que aquí me exaspere, es que se nos ha tratado de vender esto en la séptima temporada. Y no hay quien se lo crea. Baelish no cae víctima de las dos hermanas Stark, sino de unos guionistas que ya no sabían qué hacer con un personaje más inteligente que ellos. El plan de Meñique, según creo que era, resulta plausible: convertir a Sansa en Reina en el Norte, tras quitar de en medio al pesado de Jon y dejar que la aún más pesada de Daenerys y Cersei Lannister se destrozasen mutuamente, para luego, el Norte y el Valle unidos, conquistarlo todo. No contaba, claro, con la vuelta de un Bran omnisciente y una Arya asesina profesional.

   Ahora bien; Meñique era, estaba establecido, un genio de la manipulación y la conspiración. ¿Cómo podemos creer que ese genio haga todas las tonterías que le hacen cometer en la última temporada?

     Alguien tan cauto y flexible como Baelish no habría ignorado de un modo idiota una charla en la que Bran le cita su aforismo más reconocible, que siseó, tiempo atrás y a cientos de millas de distancia, a lord Varys. Quien ha logrado enfrentar a hermanas, a Grandes Casas, unas contra otras y hundido al Reino en la mayor guerra de una generación, no va a jugárselo todo a una carta, sin ningún plan de contingencia. Quien tiene como lema “la información es poder” no va dejar de controlar milimétricamente a las dos personas clave en sus planes; las hermanas Stark no deberían haber podido tener ninguna reunión sin que él lo supiera, con lo que su complot hubiera sido obvio. Alguien tan sutil no va a ser tan grosero como para tratar de manipular a Sansa (cuya inteligencia, aunque sabe menor que la suya, no desprecia y a quien ya ha visto con talento para la mentira) contra Arya dándole un listado de preguntas que se le pueden aplicar a él mismo en esa misma situación. Esto dejando aparte que todo el asunto de la emboscada de las hermanas contra Meñique es una estafa de guión de manual (si estaban de acuerdo, la escena en la que Arya, a solas, ya que asumimos que Meñique no se entera de cuándo hablan y de cuándo no, insinúa de modo no muy sutil que puede asesinar a Sansa y ocupar su identidad carece de todo sentido, salvo para engañar de modo burdo al espectador). No, Meñique, por mucho que desee a Sansa, no cometería tantos errores.

     ¡Y esa escena final! Baelish es un estratega pero, cuando se tercia, puede ser también un improvisador. El caso que Sansa presenta contra él no puede ser más endeble. Aun si se acepta, que me cuesta, que Baelish no tuviera a sueldo a más de la mitad de los allí presentes, no se presenta ni la más mínima prueba digna de ese nombre. Sólo Bran y Arya hablan contra él en el juicio. Un chaval que ha vuelto de más allá del Muro contado historias sobre Cuervos con Tres Ojos (razón suficiente para que los señores feudales, gente prosaica, desconfiaran de todo lo que tenga que decir) y una cría que lleva repitiendo desde que ha llegado que pertenece a una secta de asesinos profesionales. Meñique no debería haber tenido problema en destrozar una red tan débil, tejedor experimentado como era.

    Y si no, maldición, que le den muerte tras soltar un último sarcasmo, no gimoteando de rodillas. La única explicación razonable para un final tan patético para uno de los grandes personajes de la serie, es que los guionistas, que ya no sabían qué hacer con un ser que les superaba, creían satisfacer así a buena parte de los espectadores.

     Pues bien. Con Meñique maltratado y ejecutado de modo tan indigno y con Varys anulado (¿alguien recuerda la última vez que el guión le dejó hacer algo digno?), sólo espero que Tyrion, Bronn y Podrick se vayan de aventuras muy lejos. Y que los muertos andantes se coman a todos los demás. No parecen muy listos (si Danerys no hubiera regalado una mascota nueva al Rey de la noche, ¿cuál era su plan genial una vez llegar al Muro, sentarse en protesta silenciosa con su ejército sin respirar hasta que les abrieran las puertas?). Pero considerando al alternativa, estoy con ellos. Y que el mundo se convierta en cenizas.

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agosto 23, 2017

El todo no es mejor que algunas partes

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:54 pm
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     Netflix y Marvel han agarrado a sus cuatro superhéroes televisivos y los han han juntado, a ver qué salía. Ha salido una medianía, como diría Luisa Lanas.

     Las series de Marvel han ido en progresiva decadencia. Luego de la muy notable primera temporada de “Daredevil”, nos vino una segunda no tan buena, pero aún digna, una discutible primera temporada de “Jessica Jones”, una “Luke Cage” que dedicaba la mitad de sus episodios a ser casi entretenida para luego hacer el imbécil más absoluto en la otra mitad y una temporada sobre “Iron Fist” que no he visto, espantado ante las feroces críticas, unánimes, que recibió. Y, ahora, juntos y revueltos.

     “The Defenders” tiene como principal virtud la brevedad. Le sobran episodios. Siendo malévolo, podría defender que le sobran ocho episodios. Me parece absurdo pensar que las cuatro series madre (incluyo por rigor a “Iron Fist”, aunque ya digo que no la he visto y mi juicio puede estar aquí equivocado) sean una excusa para sacar esta miniserie. Más bien supongo que Marvel ha tratado de repetir en la televisión lo que tan buenos resultados (al menos, comerciales) le está dando en el cine: crear un universo a base de películas independientes pero conectadas y cuyos personajes, de vez en cuando, se van de parranda juntos. Sin embargo, en verdad, luego de haber visto la miniserie, apenas hay información relevante o evolución de personajes que no se pudiera haber metido a base de escenas o elipisis, en las series independientes. Cosa que de alguna manera se hará, intuyo, para que aquellos espectadores que se nieguen a salir de la Cocina del Infierno o de Harlem, ni siquiera si su héroe favorito abandona el barrio durante ocho horas. O sea, que “The Defenders” es , narrativamente, una pérdida de tiempo casi absoluta. Justificaré ese casi al hablar de la Mano.

     Bueno, bueno, vale, no ahonda en los personajes ni en sus historias (con ciertos matices). ¿Pero es entretenida? Porque si es entretenida, ya es suficiente, que tampoco esperábamos aquí a “Los Soprano”. A un servidor le aburrió. No como para tirarse por la ventana, pero si como para decidirse a verla lo más rápido posible, para cubrir el expediente.

     Así que, antes de entrar en el Reino del Destripe, no puedo recomendarles que dediquen su tiempo a esta serie. Si desean seguir los pasos futuros del abogado ciego, la detective alcohólica, el ex presidiario de corazón de oro o el niño rico imbécil, busquen a un pobre desdichado que ya la haya visto y que les cuente lo que pase.

    Vamos a analizar, brevemente, algunos aspectos más. Y sí, ahora, spoilers.

      Lo primero que no funciona en “The Defenders” es el grupo de protagonistas. Admití, tras un primer episodio en el cada uno iba por su lado, que se juntarían porque sabía que tenían que juntarse. Así que cuando efectivamente llegan a unir fuerzas en un asalto ridículo contra el cuartel general de los malos (donde se justifica sólo parcialmente la presencia de los cuatro héroes) lo acepté. Al menos, es verdad, hay una especie de cena de fundación del grupo en el que Matt Murdock y Jones se muestran mas bien reluctantes. Finalmente, como el espectador, asumen que hay supergrupo, más por hecho consumado que por otra causa. Aún así, nunca llegan a funcionar correctamente. En ninguno de sus enfrentamientos contra los Ninjas Cansinos el cuarteto (más sus lacayos) me pareció que formaran un todo. Lo cual hubiera tenido lógica y hasta gracia si no fuera porque se pretendía justo lo contrario.

      Matt Murdock, Daredevil, el Diablo de la Cocina del Infierno, es el personaje más complejo e interesante de los cuatro protagonistas; su mundo e sel más rico y sus secundarios, los mejores de las series originales. No es raro que todo ello se mantenga en esta miniserie, aunque atemperado al tener que compartir tiempo y espacio con muchos otros personajes. Ver a Foggy, Kate o el padre Lantom, por poco que fuera su tiempo, era al tiempo un placer y un descanso. Parecían las suyas escenas robadas la tercera temporada de “Daredevil”. A Matt se le trata d eun modo más caprichoso. Interactúa bien son sus personajes habituales y con Jessica, pero por lo demás, está en baja forma dramática. Y ese final, ridículo. Es la resurrección más esperada y menos sorprendente desde Jon Snow. Error garrafal.

     Jessica Jones no tenía personajes secundarios de interés en su mundo (Kilgrave no era secundario, era el antagonista y además un antagonista que se quedaba con el trono, la corona y el cetro). Afortunadamente, hubo pocos minutos desperdiciados en Trish, ese ser insufrible, y el cameo de Hogarth, la gélida abogada, se limitó a una escena absurda, que sólo se explica si los guionistas se habían puesto un número mínimo de personajes secundarios o terciarios que había que meter como fuera.

    Jessica fue para mí una fuente de incertidumbre en esta serie. Era, después de Murdock, en ocasiones, antes que él, el personaje que más me gustó en la miniserie. Incluso estuve pensando que la segunda temporada de su serie en solitario tal vez merezca la pena (una esperanza que no abrigaba al terminar su primera). No obstante, de cuando en cuando caía en la cuenta de que no era Jessica como personaje la que me gustaba, sino Jessica como coro sarcástico. Su función (buscada o accidental) terminó siendo la de representante del espectador exasperado. Cada bufido, maldición, arqueamiento de cejas, cada vez que Jessica rezongaba que algo era una jodida estupidez, yo suscribía de corazón. El problema, claro, es que ser un Tersites sólo funciona si tienes una colección de héroes o situaciones ridículas d ellos que burlarte. Si eres la protagonista de tu propia historia, ese rol no encaja. Con lo que tengo de nuevo mis dudas respecto del futuro de Ms. Jones.

    El de Luke Cage es el trasfondo más atractivo de las cuatro series (después del de Daredevil), al menos hasta que decidieron hacerlo volar por los aires torpemente. No hay nada apenas de Herlem y sus parroquianos en esta miniserie, con la excepción de Misty, personaje bastante irrelevante y una de las peores policías d ella televisión. La buena de Claire, personaje tránsfuga de una serie madre a otra, queda reducida a ser la pareja de Cage y la niñera de la niñera de Iron Fist, lo cual no le da muchas oportunidades para brillar. En cuanto al propio Cage demuestra que es mejor personaje secundario que protagonista. Está más aprovechado, dentro de lo que cabe, aquí que en su propia serie, lo cual no deja de ser curioso.

     En cuanto a Danny Rand… después de verlo aquí calenturas me dan de imaginarlo como protagonista de una serie casi el doble de larga. Qué personaje más cargante. De hecho, borren lo último. De personaje nada: no es más que un macguffin con ínfulas. Es, de modo literal, un puro recurso narrativo, una llave para una puerta. Si, en vez de Rand, la Mano necesitara una estatua con forma de modo fumador, el resultado sería el mismo y habríamos ganado con el cambio. Creo que todos los espectadores sentimos que Stick no lo decapitase.

    Y ya que hemos mencionado a la Mano, vamos con ella, una de las principales razones por las que esta miniserie ha sido un tedio. Daredevil tiene a Fisk; Jones a Kilgrave (bueno tenía); Cage a Cottonmouth (hasta que no, y así acabó la cosa). The Defenders tienen a la Mano. Y la Mano es la primera organización maléfica en la sombra de asesinos con poder casi omnímodo que me hace estar del lado d ellos buenos. Eso es muy duro y no sé yo si se lo podré perdonar a Netflix o a Marvel.

    La Mano es la responsable directa de que la segunda temporada de “Daredevil” degenerara a pasos agigantados; hubo que traer de vuelta a Kingpin para que pusiera orden en las filas de la villanía. Aquí son los enemigos únicos y no hay por dónde cogerlos. Para ser una organización con medios económico ilimitados, control político y jefes maquinadores, su única táctica consiste en mandar pelotones de asesinos a pegar tiros a cara descubierta. Sus supuestos asesinos temibles no son más que tropas de asalto imperiales sin armaduras. Y los jefes… El del sombrero parecía que llegaría a algo y, de hecho, siendo cautivo de los buenos parecía que podría ser un tipo de interés, atacando psicológicamente a sus captores. Le cortan la cabeza cinco minutos después. Madame Gao pasa de ser una siniestra jefe mafiosa a una especie de Yoda del Lado Oscuro bastante aburrida. El japonés y el otro tipo, guerreros inmortales peligrosísimos, una vez entran en combate, sólo reciben palos.

     Por último está Alexandra. Sigourney Weaver es una gran actriz, incluso cuando tiene que interpretar papeles medianos. Cada escena en la que participa, en esta serie, aumenta de calidad. El único que más o menos le aguanta el tipo al estar en la misma escena es Scott Glenn. Alexandra no es una mala villana. Su motivación es entendible, una mujer milenaria a la que de repente le quedan pocos meses de vida y que se juega su existencia y la de su organización a una carta. Una carta en la que además vierte sus escasos sentimientos. La relación cuasi maternal con la pseduoElektra apuntaba maneras… lástima que no se desarrollara más. Y si bien el villano refinado y culto, que se pasa la vida rodeado de cuadros de Boticcelli es un arquetipo, peores arquteiposhay. Weaver lo lleva con dignidad.

     Hasta que la matan. Imbécilmente. El mismo error que en “Luke Cage”, eliminar al antagonista carismático que daba cierta gracia a la función. Para sustiuirlo por una nada.

     Elektra es aquí la misma decepeción constante que fue en la segunda temporada de “Daredevil”. Todo lo que me dejó mal sabor de boca, en un personaje cuya aparición esperaba con ansia, se repite aquí. Así que me remito a lo ya escrito; sigue sin decirme nada de nada su sufriente y oscura relación con Matt. Stick, el otro personaje de “Daredevil” vinculado, como adversario, a la Mano, reaparece también. Y su bien Glenn es un tipo de respeto, el personaje está rebajado en la miniserie (no insulta ya como antes) y su muerte es anticlimática, pobre, casi un fraude.

     Por lo menos, la Mano fracasa en su plan (plan que no hacía falta mantener en secreto siete capítulos) y parece totalmente destruida, así que igual hay suerte y no habrá que padecerla en el futuro.

    Algo es algo.

junio 25, 2017

La caída de la Casa McGill

   Un hombre tenía dos hijos, decía cuando escribí sobre las dos primeras temporadas de “Better call Saul”, pero en este mundo es imposible el regreso a la casa del padre. La lucha que en la segunda temporada ya había comenzado ha culminado con plena crudeza. Ya la casa de los McGill, como toda casa enfrentada, ha sucumbido. Ni el hermano mayor, el cumplidor, honrado, severo, inflexible hermano mayor, ni el hermano menor, el hábil, experto en atajos, compasivo, escurridizo hermano menor han salido indemnes de la lucha. Ni victoriosos.

   “Better call Saul”, se ha dicho por críticos de respeto, yo me limité a repetirlo, era en las temporadas anteriores una especie de serie bifurcada: por un lado, la historia de Mike, por otro, la de Jimmy. Las interacciones entre el ex policía y el abogado daban cierta unidad a la serie, que terminaba de cohesionar el conocimiento que tenía el espectador del universo donde se desarrollaba y del destino de los personajes (al menos, de parte de ellos). En esta tercera temporada, se puede defender que la estructura es similar; sin embrago, la historia de Mike sufre ella misma bifurcciones, subdivisiones. Con lo que una de las historias que conformaban el delicado equilibrio de la serie se transforma en un ramillete coral, con varias tramas entrelazadas, mientras la otra sigue su camino, aparentemente cada vez más desconectada de la otra. Los platillos de la balanza se han desequilibrado bastante esta tercera temporada. Ello no ha afectado a la calidad de este spin-off excepcional, aunque admito que mi sensación de estar viendo dos, en vez de uno sólo, ha sido más intensa este año.

Bob Odenkirk as Jimmy McGill – Better Call Saul _ Season 3, Episode 6 – Photo Credit: Michele K. Short/AMC/Sony Pictures Television

    Habíamos dejado a Mike en su guerra particular contra el clan Salamanca, detenido el dedo en el gatillo, casi literalmente, por una escueta nota. Todos intuíamos quién estaba detrás de esa nota y todos esperábamos que su autor apareciera esta temporada. Y lo hizo, pero el ritmo pausado que Gilligan y Gould y los demás escritores han impuesto a la serie, hizo que se demorara. No me quejo; este ritmo pausado es una de las virtudes de la serie: le da una potencia de fuerza de la naturaleza, como una erupción volcánica, que tarda en gestarse, pero que no puede detenerse una vez comienza y que tiene consecuencias irreversibles.

   He leído alguna queja sobre las secuencias prácticamente mudas de Mike: desmontando meticulosamente su coche; vigilando, mientras come pistachos, en mitad de la noche; registrando el desierto, en busca del cadáver de la desdichada víctima de don Héctor y los suyos. A mí me parecen secuencias brillantes. Mike es un individuo cauto, solitario y silencioso. Es lógico que sus escenas en solitario sean cautas y silenciosas. Jonathan Banks sigue siendo capaz de darnos el equivalente a un soliloquio interno sólo con mover el mentón y no tendría mucho sentido verle soltando parrafadas o diálogos interminables.

   Lo que sí tiene sentido es que, siendo Mike y su historia la más relacionada (por ahora) con el mundo criminal en el que vimos zambullirse a Walter White, Mike se relacione cada vez más con los habitantes de ese mundo. La historia de Mike tiene que acomodar dentro de su espacio a la historia de Nacho y, también, al Hombre Pollo. Esto implica algún sacrificio: las secuencias familiares de Mike, donde se ve su lado más bondadoso, las que nos dan el porqué de sus acciones turbias (el Bien como un posible origen del Mal, uno de los interrogantes de “Breaking Bad”) han sido reducidas drásticamente. No eliminadas, empero, y han dado pie a alardes cinematográficos (la secuencia circular del grupo de duelo, donde sólo al final se nos desvela la presencia de Mike, escuchando a la viuda de su hijo, es particularmente brillante); reducidas, no obstante, a una mínima parte de lo que habían sido.

   En compensación, Nacho ha retomado protagonismo. Aunque sea un personaje que me importa más bien poco, todas sus escenas y secuencias van del notable al sobresaliente: sean sus diálogos con Mike, sea su relación con su padre (qué escena, esa charla nocturna, en la que el hijo trata de salvar a su padre, sin poder decirle parte de la verdad, mientras el padre, al que se ha descubierto toda la verdad que le hace falta, es aplastado por la decepción y la tristeza), sea el desarrollo de su plan para eliminar a Héctor Salamanca. Las secuencias en el café donde Nacho hace las veces de cobrador, casi mudas, son otro ejemplo de cómo se pueden usar las armas del cine o la televisión para desvelar o confirmar la psicología de los personajes apenas sin palabras. O cómo crear una tensión casi insoportable: Nacho dándole el cambiazo al viejo Salamanca con las pastillas me tuvo en el borde del sofá con la espalda como una tabla, igual que cuando Walter trataba de hacer volar a Gus por los aires en el aparcamiento.

   Y Gus, efectivamente, ha regresado. Mike ha seguido el rastro y ha encontrado a la araña. Claro que porque la araña tenía curiosidad por ver hasta dónde era capaz de llegar este viejo perro y hasta qué punto le podría ser útil. Muy útil, ha concluido.

   Como ya he dicho, la aparición de Fring no ha pillado a nadie por sorpresa. Pero que levante la mano el que no haya sentido un estremecimiento de placer al desvelarse el emblema de los Pollos Hermanos. ¡Y qué entrada, la de Gustavo! ¡Eso es conocer a un personaje! Nada de fanfarrias, nada de espectáculo! Una figura borrosa está barriendo el suelo al fondo del restaurante. Pero lleva esa camisa amarilla, esa corbata negra, tiene esa complexión… y es él, en efecto, con una escoba en la mano, el humildísimo gerente de la franquicia de pollerías. V.M. Varga, el pérfido villano de la tercera temporada de “Fargo” no podría menos que respetar a otra mente maestra criminal con vocación por la invisibilidad.

   Gus trajo consigo que el velo sobre el cartel, que ya se había levantado en parte la segunda temporada, quedase corrido del todo. Incluso pudimos ver de nuevo a la cima de la pirámide, don Eladio, amenazador sin dejar de reír. La lucha de poder entre el cartel no ocupó mucho tiempo (no lo había), pero la maestría de los guiones quedó de nuevo demostrada al hilar los mismos perfectamente la conspiración particular de Nacho, la guerra de Mike y su progresivo reclutamiento por Gus (ese apretón de manos; qué inteligencia, la de Fring: “Nunca robaría de su familia”, con ecos de su primitiva seducción de Walter) y la forja por éste de su imperio, con el grupo Madrigal de nuevo entre sus aliados o peones.

Giancarlo Esposito as Gustavo “Gus” Fring – Better Call Saul _ Season 3, Episode 4 – Photo Credit: Michele K. Short/AMC/Sony Pictures Television

    La vida de Mike está ahora mucho más poblada de criaturas turbias y siniestras. Para nosotros, eso son buenas noticias.

   ¿Qué hay de la vida de Jimmy? Jimmy ha tenido muy poco contacto con Mike. En una ocasión, Mike le tuvo que pedir, rechinando los dientes, ayuda. En otra, fue Jimmy quien recurrió a Mike. Fuera de ese toma y daca, han sido dos extraños. Mike tenía bastante en su plato. Jimmy, aún más.

   Igual que en los años anteriores, por muy entretenida y hábil que fuera la parte de la serie dedicada a narcotraficantes, el peso auténtico está en la consagrada a Jimmy, Kim y Chuck. Los, para mí, dos mejores capítulos de la temporada (el quinto y el décimo) están libres de toda referencia a Mike, Gus o los Salamanca. Sólo los hermanos McGill.

Bob Odenkirk as Jimmy McGill – Better Call Saul _ Season 3, Gallery – Photo Credit: Michele K. Short/AMC/Sony Pictures Television

   Los primeros cinco capítulos cubren la batalla entre Chuck y Jimmy. Chuck, tan reverente con las leyes, las ha, por lo menos, doblado, al grabar a Jimmy sin su consentimiento. No puede usar ese arma ante un tribunal. No puede hacerla pública. Pero puede usarla de un modo más insidioso. Los que siempre han visto a Jimmy como más astuto que su hermano se habrán replanteado su posición: Chuck conoce bien a su hermano pequeño. Sabe que es de mente ágil, un improvisador casi genial, pero que carece de su sangre fría, de su paciencia reptiliana. Sabe, he aquí lo terrible, lo mucho que Jimmy le admira y le quiere, lo mucho que esta traición le dolerá, la desesperación a la que le arrastrará (por miedo profesional y, sobre todo, por angustia personal). Y Jimmy, efectivamente, no es capaz de seguir los calmados consejos de Kim. Y cae en la trampa de Chuck.

   Ah, no obstante, Chuck sólo es capaz de esta forma de pensar digna de un estafador como excepción. Una vez ha dado fruto su plan, se repliega al mundo que mejor conoce, donde se sabe imbatible: el de las leyes. Tiene las pruebas y se mete a la fiscal especial en el bolsillo sin dificultades. Fuerza un acuerdo lo más humillante y destructivo posible para su hermano. Esta vez, está decidido a destruir a Jimmy McGill, Esquire, y devolverlo al cuarto para el correo del que nunca debió salir.

   Chuck está seguro de su victoria y este orgullo, que le ciega, le pierde. Porque si Jimmy ha aprendido algo en su vida es a salir de situaciones comprometidas. Arrinconado, ante un adversario al que siempre ha admirado, cuya inteligencia siempre le ha abrumado, al que conoce, sin embargo, tan bien como éste le conoce a él, contraataca. Y qué contraataque. La ofensiva de Chuck es tan implacable, que hasta la íntegra Kim, sin vacilación, se hace partícipe del engaño de Jimmy. Así llegamos a la batalla campal, en el capítulo quinto. Es un placer intelectual un tanto perverso ver a Jimmy colocar trampas dentro de trampas, engaños dentro de engaños, sabiendo que Chuck será capaz de verlos casi todos, de desbaratarlos casi todos, de parar casi todas sus estocadas… menos la definitiva, la auténtica. ¡Qué actor es Michael Mckean! ¡Qué monólogo de derrumbe! A nadie le cae bien Chuck, de acuerdo, pero se puede entender su punto de vista, sin apreciarlo. Y su derrota, tan pública, tan demoledora, es dura de contemplar.

   Pero he aquí que eso ocurre a mitad de temporada. La guerra ha acabado. Y se nos ofrece la posguerra. Y hay otra vuelta de tuerca genial: Chuck parece haber perdido. Jimmy parece haber salido bastante bien parado. Pero Chuck emerge casi triunfante y Jimmy casi vencido.

   Admito que esperaba que Chuck, enfrentado ante la evidencia de su enfermedad mental, se encerraría en una paranoia absoluta. Todo lo contrario (una vez más, ¡qué escritores hay en esa sala de guionistas). Mira a las pruebas y concluye que su enfermedad puede ser mental, no física. Que puede haber estado equivocado todos esos años. Y, mente rigurosa, de acuerdo con su doctora (Clea DuVall, esa vieja conocida de “Carnivàle”), comienza su recuperación.

   En cambio, las cosas no van bien para Jimmy. Ni para Kim. Suspendido por un año, pero incapaz de admitir que Kim cargue en exclusiva con los gastos del bufete, Jimmy busca otras vías de ingresos. Dentro de la ley. Y su ingenio, tan fructífero cuando está al servicio de una estafa con todas las letras, es insuficiente para sacar dinero de estos apaños cada vez más desesperados. El viejo Jimmy, el Jimmy de la juventud callejera, empieza a asomar de nuevo. Y esta vez, con un nombre tras el que esconderse: Saul Goodman.

   Saul Goodman. Sabíamos que ese nombre aparecería. El futuro de Jimmy surge como una herramienta temporal, algo que se usará y se desechará. El espectador, que sabe más, sufre o disfruta sádicamente, al ver a Kim y Jimmy reírse de esta criatura ridícula, que, piensan, no tendrá importancia en sus vidas.

   Saul Goodman no es lo mismo que Jimmy McGill, ni siquiera que Slippery Jimmy. Es Slippery Jimmy sin ningún control, sin ningún contrapeso. Y está cada vez más cerca. Cuando sus intentos de lograr dinero de modo más o menos legal fracasan, Jimmy retoma el camino descendente. Estafa a los gemelos músicos (que antes trataron de medio estafarle a él), extorsiona al mezquino encargado de los servicios comunitarios… y teje una red para forzar a sus antiguos clientes de la residencia de ancianos para que lleguen a un acuerdo en el pleito que tanto tiempo ocupó en las temporadas pasadas y él pueda cobrar su parte. Es un plan ingenioso y que vuelve a demostrarnos lo hábil que puede ser Jimmy manipulando a la gente, incluso a gente que le importa. Un plan que nos da uno de los momentos más oscuros de la serie, en penetrantes palabras de Alan Sepinwall: una anciana a la que nadie aplaude al ganar el bingo.

   Jimmy no es, aún, Saul. Sus clientes le importan, le importan genuinamente. Y cuando ve que no puede soportar el sacrificio de esa anciana, pieza clave en su plan, desenreda su propia red y, en verdad, se inmola a sí mismo, a su reputación, para salvarla.

   Esto es muy importante. Se han establecido, lógicamente, paralelismos entre Walter White/Heisenberg y Jimmy McGill/Saul Goodman. La diferencia clave, creo yo, es ésta: Heisenberg estuvo siempre dentro de Walter, esperando que las circunstancias fueran propicias para alzarse; el ansia de poder, de control, la lascivia por la manipulación y el dominio siempre estuvieron en Walter. Jimmy es justo el reverso. Dentro del estafador esperaba su oportunidad el hombre honrado. Llevamos tres temporadas viendo cómo el mejor Jimmy trata de imponerse al Jimmy turbio. Cómo intenta dejar atrás las trapacerías, apoyándose en tres pilares: el amor y el respeto que siente por su hermano y que desea recibir de él; el amor y el respeto que siente por Kim y que desea recibir de ella; la estima que siente por sus clientes y que desea recibir de ellos.

   Pero la admiración y el respeto por Chuck han muerto: lleno de rencor, Jimmy sabotea (es algo trágico) la incipiente recuperación de su hermano, hasta llegar a una desolación mutua total. Las últimas palabras de Chuck a Jimmy son tal vez las más crueles que un hermano puede decirle a otro.

   La estima de sus clientes ha desaparecido, en el sacrificio propio que ha orquestado Jimmy.

   Sólo queda Kim. La espléndida Kim. La relación de pareja entre Kim y Jimmy está entre las mejores que haya visto. Contenida (Kim es una de las personas más reservadas y controladas de la serie, lo que no es decir poco), poco explícita (hay poco contacto físico entre ellos), pero innegable (lo que hacen Bob Odenkirk y Rhea Seehorn sólo con los ojos…). Para que Jimmy caiga en Saul, Kim tiene que desaparecer, de un modo u otro. Esa desaparición está en marcha: a Kim le devora la culpa por su parte en la humillación de Chuck y se zambulle en el trabajo hasta el agotamiento (ese accidente de coche lo temía y lo temía mucho peor). A fin de temporada, Jimmy y Kim han sobrevivido.

   Sin embargo, tenemos la carga del conocimiento. Sabemos que no hay esperanza para Jimmy. No la ha habido para Chuck. No la habrá para Kim.

junio 2, 2017

Relatos de piratas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:41 pm
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    Desde que un servidor de ustedes era crío, al empezar a leer una novela o un cómic o ver una película o serie, espera con ansia a que aparezca en escena el villano de la función. Asumo que en ocasiones no hay tal villano y aún así estoy ante una obra digna o maestra, pero, pese a ello, siento una ligera comezón sin un malvado con todas las letras (de uno u otro sexo, obvio es decirlo).

    Los piratas fueron en mi infancia bandera de contradicción. A primera vista, pocos podían superar a un auténtico capitán pirata como Malvado. ¡Lo tiene todo! La casaca. El barco. Una tripulación de sicarios. ¡Calaveras y huesos por símbolos! Y si lleva garfio y se llama James, ya para qué pedir más. Por desgracia, aparecieron los románticos (condenado Espronceda) y el pirata, precisamente por ser un villano tan resultón, pasó a convertirse en el héroe. Las películas de Burt Lancaster o Errol Flynn o las novelas de Salgari me desconcertaban. Sí, sí, había algún pirata antagonista; los verdaderos enemigos, sin embargo, eran el Comodoro de turno, el gobernador de Jamaica o Maracaibo. Tardé en verle la gracia a un gobernador de un Imperio como villano, principalmente porque en esas películas solían ser enemigos torpes y bastante estúpidos.

    Hoy día los piratas y sus andanzas me siguen atrayendo, aunque con ciertas cautelas, porque nunca tengo muy claro dónde voy a depositar mis simpatías y si en sus aventuras habrá un antagonista que merezca la pena.

    Con esas cautelas empecé a ver “Black Sails”. Y, voto a tal, si ustedes no tienen los problemas que yo tengo con los muchachos del cofre del muerto y las botellas de ron, pónganse con ella. Es una de las series de aventuras más entretenidas que he visto en mucho tiempo. Hay lo que debe haber en una buena saga de piratería: tesoros, batallas navales, sables, cañones, calaveras, traiciones , mutilados y ron.

    Además, tiene unos de los créditos de inicio más espectaculares de la televisión (aún mejores los de las últimas temporadas, con ese ejército de esqueletos surgiendo del océano).

    “Black Sails” es la hermana mediana entre series como “Los Tudor” y similares (con las que comparte, por ejemplo, que todos los personajes tengan un seguro dental que ya quisiera Lisa Simpson) y la poderosa “Juego de Tronos”. Si bien la gran serie de fantasía de la HBO tiene capítulos enteros un tanto desesperantes y su ración de errores, es una serie monumental, con una excelente banda sonora, magníficos actores y una ambientación cuidada. Hay escenas y diálogos de “Juego de Tronos” que recordaré durante mucho tiempo. “Blacks Sails” no llega a tanto, no ha dejado una impresión tan honda. A su modo, no obstante, juega al mismo deporte, aunque no en la misma liga. Galeones y sables en vez de dragones y espadas.

    No voy a destripar tramas ni giros de guión. Bueno, un poco sí, les avisaré antes. De modo general, debo decir que la serie, considero, se entusiasmó en exceso. Las primeras dos temporadas me parecen redondas: presentan a un puñado de personajes principales y secundarios y les dan un escenario, Nassau, donde desplegarse e interaccionar. El espectador disfruta descubriendo a algunos nombres de “La Isla del Tesoro” antes de que se cruzaran en el camino del joven Jim Hawkings. El capitán Flint; John Silver, antes de obtener el título de Long y de perder una pierna; Billy Bones. Frente o junto a ellos, la astuta Max, la maquinadora Eleanor, el ambicioso Jack Rakham, el feroz Charles Vane o la diestra Anne Bony.

    Estos personajes se alían y se enfrentan y los cambios de lealtades, los cambios de chaqueta y los planes dentro de otros planes son tantos y tan variados que a veces uno necesita hacer una pausa para recapitular. Aunque nadie en la serie le llegue a las suelas de los zapatos, el grandérrimo Al Swearengen se sentiría en su elemento en esta ciudad tan al margen de la ley como Deadwood.

    Aunque constantes, estos cambios de lealtad y estos enfrentamientos no son, casi nunca, artificiosos. Las decisiones de los piratas de Nassau obedecen siempre a una lógica. Lógica de cada uno. Y en esa lógica, curiosamente, se introduce el elemento romántico del personaje del pirata.

    A partir de aquí habrá algunos destripes, espero que menores.

    Aun siendo una serie muy coral, “Black Sails” tiene dos personajes centrales: Flint y Silver. La preeminencia de Flint es clara desde un inicio; Silver tarda más en adquirir relevancia (es un don nadie cuando empieza la serie, mientras que Flint es un capitán temido), aunque una vez comienza su elevación, resulta imparable. Pues bien, Flint y Silver son las dos caras de la moneda de la figura romántica del pirata y ellos dos, en especial Flint, sirven de punto de referencia para todos los demás personajes de la serie.

    Flint es el héroe romántico. Una naturaleza demoníaca, un genio pasional, como un Napoleón en alta mar. Inteligente, despiadado, hábil, carismático, por mucho que su carisma sea en buena medida negativo, Flint se enfrenta, implacable, contra todo y contra todos. Contra algunos, como Charles Vane o Billy Bones porque, conservadores, sólo quieren preservar el viejo estilo de vida del pirata, donde cada capitán y su banda de hombres libres tienen como patria el mar. Contra otros, como Eleanor y Max, pragmáticas reformistas, que consideran que deben moverse con la marea y repensar Nassau si ésta ha de sobrevivir. Flint entra en conflicto con conservadores y reformistas, al ser un heraldo de la guerra total contra el orden establecido, un revolucionario que desea la destrucción del mundo viejo, para traer, a sangre y fuego si es preciso, el mundo nuevo.

    A medida que avanza la serie, al conocer el pasado de Flint y los motivos que le impulsan en su odio perpetuo e insobornable contra los imperios (especialmente el británico), nos damos cuenta de que Flint es, como él mismo admite, un disfraz, una máscara que se ha puesto para ocultar al verdadero hombre; pero las máscaras, lo advertía Wilde, pueden acabar siendo las verdaderas caras. Flint se ha convertido en su personaje. La figura legendaria ha devorado a la persona y le impulsa en su camino hacia las estrellas o hacia el abismo.

    El habilidoso Silver, por su parte, no tiene jamás intención de ser leyenda, pero ser leyenda le es impuesto por las circunstancias. Flint diseñó a su personaje, otros crean el personaje de John Long Silver para el auténtico Silver. Pero Silver se hace con las riendas de ese personaje y, naturaleza racional, la usa para sus propios fines. Fines que sólo conoce él. Silver (y de ello se da cuenta Flint hacia el final de la serie) es un ser opaco entre seres transparentes. Todos (espectadores y personajes) saben quiénes son y qué quieren Vane, Max, Eleanor o Rackham. Nadie sabe quién es Silver ni lo que quiere, sólo él. Es inmune a su propia leyenda, a su máscara ya que, en realidad, se la ha puesto sobre otra que ya llevaba previamente y que tiene bajo su total control.

    La alianza entre Flint y Silver es, así, al tiempo la más firme y la más endeble de todas las que existen en la serie. Porque si bien tal vez sólo cada uno de ellos es capaz de entender y complementar al otro, son criaturas demasiado diferentes para durar demasiado juntas. Flint desea hacer arder la tierra vieja; Silver, que es un cínico sin ilusiones ni ideales, parece (parece, porque con Silver nunca se puede tener nada claro) desea vivir en el mundo, con la mujer que ama y si es rico, pues mejor. El conflicto al final resulta inevitable. Ver cómo va larvando hasta desencadenarse ese conflicto es lo más interesante de la última temporada y, aunque su ejecución no me parece inmune a las críticas, su resolución, aunque esperable desde hacía tiempo, es coherente con la penetración psicológica de Silver, el único capaz de atravesar la máscara de Flint y, por tanto, destruirlo.

    El destino de Flint y Silver, en tanto leyendas, es comprendido por Rackham. Si Flint es el héroe romántico, Rackham es el poeta romántico. Rackham querría ser la leyenda, el Pirata Mayúsculo. Se pasa la serie tratando desesperadamente de salir de su rol de contramaestre conspirador a la sombra de un capitán poderoso (sea Vane, Teach o Flint). Mientras que el resto de personajes tienen móviles pragmáticos o demoníacos palpables, Rackham se mueve para obtener la inmortalidad: desea que la Historia recuerde su nombre y sus hechos. Esto vuelve a Jack un individuo mucho más interesante que el mero intrigante que al principio de la serie parecía ser. Y, además lo convierte en un enlace con el espectador. Es Rackham quien entiende, en una decisiva conversación con una hija de la nueva aristocracia del nuevo mundo, que sus historias no serán recordadas, pero sus leyendas sí. Y que pervivirán como criaturas de cuentos y relatos, no como personajes históricos. Es entonces cuando nosotros comprendemos que el Flint y el Silver y el Billy de esta serie no son el Flint, ni el Silver ni el Billy de Stevenson. La serie juega a ser Historia sobre la que nació la Literatura, aun cuando sepamos, desde luego, que todo es pura ficción.

    He dicho antes que, en mi opinión, la serie empezó a desbarrar un tanto al entusiasmarse, al crecer. Mientras estaba centrada en Nassau, todo funcionaba. Pero para que la pasión de Flint pudiese desarrollarse, la serie se vio obligada a ir mucho más allá, hasta iniciarse una suerte de revolución a lo Espartaco contra Gran Bretaña como nueva Roma. Fue un movimiento ambicioso, que sólo se supo llevar a cabo medio bien. Y que a mí me trajo de vuelta el problema de la infancia. El del antagonista.

    El héroe romántico se debe enfrentar a un enemigo invencible. Sea el Estado, sea el Destino, sea Júpiter Tonante. Lean “El Héroe y el Único”, de Rafael Argullol, que es magnífico y particularmente brillante en este punto. Flint, como Pirata Romántico, se enfrenta a una potencia infinitamente superior a sus fuerzas. Todos los demás personajes se lo recuerdan. La civilización es el nombre de este adversario. Y si los creadores hubieran decidido que este enemigo no tuviera rostro concreto, podría haber funcionado. El problema es que le dieron rostros. De capitanes y, sobre todo, de un gobernador.

    Y no funcionó. El Imperio encarnado en un enemigo tan plano, tan aburrido como un Woodes Rogers producía bostezos. Lo único que daba a Rogers alguna posibilidad tanto dramática como práctica de ser un peligro para Flint, Silver y el resto de piratas era que Eleanor (de un modo un tanto caprichoso) y Max, dos pesos pesados de la serie, se alinearon con él. Pero ni a Max ni a Eleanor se les encargó ser la encarnación del Imperio y la Sociedad, sino sólo sus aliadas más o menos reluctantes. Y así, el tiempo dedicado al enfrentamiento contra Inglaterra, en lugar de ser un clímax épico, se volvió un lastre que distrajo demasiado tiempo y dedicación que hubiera debido otorgarse al duelo entre Flint y Silver.

    Pese este error, el cual lastra las dos últimas temporadas de la serie, “Black Sails” logra ser, durante treinta y ocho episodios, una serie de aventuras a la vieja usanza en la que se ha sabido introducir la visión romántica auténtica del pirata. No es poco. Pese a esas sonrisas perfectas, que no hay quien se las crea. Así que, diantre, sírvanse un grog y tengan la pólvora seca.

marzo 4, 2017

El alegre caso del Doctor Wodehouse y Mister Pratchett

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:10 pm
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       El Doctor P.G. Wodehouse y Sir Terry Pratchett son, en opinión de un servidor de ustedes, los dos mejores escritores humorísticos británicos del siglo XX. Y esto, opino, es como decir los mejores escritores humorísticos mundiales del siglo XX. Sé que Sir Terry se nos fue, alas, en esta segunda década del siglo XXI y que, como buen escritor, murió mientras seguía escribiendo. Sé también que en el siglo XX hay grandes escritores humorísticos, británicos y no británicos. Pero si tenía en cuenta todo eso ya no me salía una frase redonda para comenzar el artículo, diablos. Así que hagamos, ustedes y yo, un esfuerzo mental y finjamos que las últimas líneas nunca han existido. Perfecto. Continuemos.

      Estos párrafos son un humilde homenaje de un lector agradecido. Las obras de Wodehouse y Pratchett me han acompañado durante años y espero que sigan haciéndolo durante muchos años más. Han sido una fuente inagotable de placer, de inteligencia, de risa. Mi vida sería más gris y tediosa si no hubiera tenido cabida en ella la lectura de sus relatos y novelas. Por supuesto, en el breve espacio que permite el formato en el que escribo, no voy a descubrir grandes cosas, me temo. Ni tampoco voy a exprimir hasta la última gota, mientras llevo mi máscara de crítico e intento hacer explícito lo implícito, como diría Bloom. Sobre Wodehouse y Prachett se pueden escribir volúmenes. Se han escrito. Se escribirán. Con todo, tal vez algo aprovechable salga de aquí.

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     Por supuesto, cuanto opine en este artículo se referirá a Pratchett y Wodehouse en tanto que escritores. No pienso emitir juicio alguno, positivo o negativo, sobre sus personas. En primer lugar, porque conozco de modo limitado sus biografías. En segundo, más importante aún, porque carezco de cualquier autoridad para emitir un juicio semejante. En tercer lugar, y quizá más importante aún, porque me resulta irrelevante la vida y el carácter de un artista para poder apreciar su obra. Miren a Shakespeare: no sabemos apenas nada de su vida y nada en absoluto de sus opiniones, sus creencias o sus ideas, al menos no con certeza. ¿Es que eso impide que leamos “El sueño de una noche de verano” o “Medida por medida” y no quedemos con la boca abierta? Dicho esto, admitiré que un individuo capaz de llevar con dignidad tantos y tan diferentes sombreros y que hizo forjar su propia espada para la ceremonia en la que fue nombrado Caballero del Imperio, como Sir Terry Pratchett, tiene mucho para ser considerado respetable; por otra parte, la confesa querencia del viejo Plum, compartida por su esposa, por los caniches, siempre me ha parecido desasosegante.

     La comparativa entre las obras de Wodehouse y de Pratchett siempre me ha resultado atractiva. Tienen tantos puntos de semejanza como de distanciamiento. En algunas cuestiones, tengo la impresión de que Pratchett leyó con atención e inteligencia a su predecesor, mientras que en otras hay casi un abismo entre ellos.

    La mayor semejanza entre ellos está en su calidad como prosistas cómicos. Aunque las tramas de sus novela son siempre entretenidas y las situaciones en las que se meten sus personajes interesantes y en bastantes ocasiones divertidas por ellas mismas, en pocos escritores como en estos dos he observado la importancia de la forma de presentar situaciones, personajes, tramas y escenas. No es tanto el qué ocurre, el qué nos cuentan sino el cómo nos lo cuentan lo que vuelven tan hilarantes sus páginas. El uso de manierismos, repeticiones, aliteraciones, la capacidad de, mientras se sigue usando la figura del narrador omnisciente, meterse en la cabeza de los personajes, enlazando sus pensamientos en el relato de dicho narrador, son técnicas de novelista que ambos usan con maestría. En cambio, es curioso, Wodehouse jamás descubrió el potencial cómico de las notas a pie de página, uno de los recursos predilectos de Pratchett. Recurso, por cierto, que vuelve un tanto frustante la lectura de cualquier ensayo: cada vez que uno ve una nota al pie, irracionalmente, espera poder soltar una carcajada gracias a ella. Al no conseguirlo casi nunca, se experimenta una sensación de desconcierto durante un par de segundos.

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    Pero esa magia que poseen no se puede separar del papel. Stephen Fry escribió que al adaptar parte de las historias de Jeeves y Bertie Wooster para la televisión, tanto él como Hugh Laurie se dieron cuenta de que una buena parte del genio de Wodehouse se perdería de manera irremediable. Tiene toda la razón. La serie es muy divertida, pero no deja de ser una sombra de la maravilla que está escrita. Porque se pensó para ser leída, no para ser visionada. Incluso los diálogos, que podrían considerarse la parte que con mayor fidelidad se puede trasladar de una novela a un guión, resultan mucho más divertidos en nuestras cabezas que en la televisión, por bueno que sea el actor. Fry acierta en este análisis y creo que se puede aplicar sin cambiar una coma al caso de Pratchett.

    La entrega de premios por parte de Gussie, un amigo de Bertie Wooster, es tal vez de las más graciosas escenas de toda la obra de Wodehouse. Siempre que la leo me desternillo. Prueben a leerla en voz alta. De algún modo misterioso, pierde encanto. Piensen en cualquiera de los encuentros entre el comandante Vimes y lord Vetinari: no hay actor, ni director capaces de rodar esas escenas de un modo superior o incluso idéntico a las escenas que nosotros hemos creado en nuestras imaginaciones al leer las líneas. Eso es genio literario. Cualquiera puede describir una casa señorial en la campiña inglesa. Cualquiera puede dejarnos claro que la acción transcurre en una ciudad sucia, caótica y violenta. Pero sólo Wodehouse fue capaz de describir el castillo de Bladings. Y sólo Pratchett fue capaz de que nos sintamos en Ankh-Morpork apenas leyésemos unas palabras. Y de que, al leerlas, de modo inmediato, una sonrisa cómplice, expectante y mravillada se nos dibuje en la cara.

    Tanto Wodehouse como Prachett saben, además, usar el conjunto de su obra como una caja de resonancia cómica. Cada obra es brillante en sí misma, casi siempre. Sin embargo, lo insuperable es el conjunto. No hablo de meras referencias que haya de una novela a otra. Quiero decir que, cuanto más leemos a Wodehouse y Pratchett, cuanto más nos adentramos en sus mundos, más divertidos resultan. Algo que, como lectores novatos, no habríamos encontrado particularmente gracioso se vuelve irresistible cuando ya somos algo más veteranos.

    Al leer, pongamos por caso, en una novela de Pratchett las palabras “el Equipaje” el lector, de modo infalible, sonríe o suelta una risita. O supongamos un breve diálogo en el que sencillamente dos personajes digan:

   -De acuerdo, Jeeves.

   -Sí, señor.

   Estas cinco palabras inocuas habrán puesto en marcha en el cerebro del lector wodehousiano una maquinaria de reminiscencias que ya querría la célebre magdalena proustiana.

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   Eso hace, en parte, que la relectura de los libros de estos dos autores resulte, muchas veces, incluso más placentera que la lectura por primera vez. Cuando la trama ya no tiene secretos para nosotros podemos regodearnos en el uso del lenguaje, en el ritmo de los diálogos, en los párrafos que, sin necesidad de contar ningún chiste, no puede leer uno sin soltar relinchos de risa (para escándalo de vecinos de vagón o cafetería).

    Otra de las semejanzas entre nuestros autores es la intercalación de sagas internas, con personajes recurrentes, independientes entre sí, con novelas totalmente independientes. Bien, la independencia total y absoluta es más rara en Prachett, pero no es inencontrable (ahí,por ejemplo, está su peculiar homenaje dickensiano, “Dodger”). No obstante, ambos gustaron de crear mundos dentro de sus mundos. Ankh-Morpork es un mundo dentro de Mundodisco, como lo son las Montañas del Carnero, y dentro de esos mundos caben otros. La saga de la Guardia (que fue mutando hasta convertirse en la saga de Vimes, en realidad) o la de las Brujas, las historias de Tiffany Dolorido o del habilidoso Von Lipwig miran de igual a igual a las historias de Jeeves y Wooster, la saga del castillo de Bladings, con lord Elmsworth a su cabeza, o las maquinaciones de Upkridge. Y aunque sean sagas independientes, forman parte del mismo universo y pocas cosas causan más placer al lector que ver personajes habituales de una de dichas sagas apareciendo donde uno no se lo esperaba. Cosa que ellos saben y saben usar con astucia.

    Ambos sabían también emplear el personaje múltiple. Wodehouse creó en un rapto de genialidad el Club de los Zánganos y nada como un coro de Huevos Duros y Buñuelos perorando sobre cualquier asunto para diversión del lector. Aún mejores eran sus personajes múltiples formados por severas tías, padres gruñones y prometidas cada vez más desencantadas, capaces de destrozar al más bienintencionado pretendiente. Aquí, es justo decirlo, Pratchett se lleva el triunfo: porque no se ha inventado mejor personaje cómico múltiple que el Claustro de la Universidad Invisible. Creo que en “El País del Fin del Mundo” Sir Terry se dio cuenta de la mina de oro que acababa de descubrir si ponía al Tesorero, al Archicanciller, al Decano y al resto de esos magos pomposos y glotones trabajando al unísono. Un personaje múltiple no es lo mismo que usar varios personajes: es crear un personaje de la unión de no-personajes. Nadie se acordaría de un Buñuelo anónimo o del Decano si aparecieran por su cuenta: carecen de espesor y de carisma. Sólo funcionan como parte de un multiorganismo literario mayor. Que ese personaje múltiple funcione sin que sus miembros se estorben unos a otros es uno más de los muchos talentos de Pratchett y de Wodehouse.

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   Pero, claro está, Wodehouse y Prachett también tienen sus diferencias. En mi opinión, dos muy claras: sus tipos de personaje y de humor.

   No es que considere que los personajes pratchettianos pudieran aparecer en una novela de Dostoievsky sin que nadie se diera cuenta. Me parece, no obstante, que Pratchett trató por todos los medios de ahondar en algunos de sus personajes o de ir revelando que eran más complejos de lo que parecían en un primer momento. Así, aunque Vimes es Vimes desde un inicio, su carácter y opiniones van cambiando a a lo largo de sus historias y se percibe una evolución en el mismo. De modo diferente, vamos descubriendo que el capitán Zanahoria es mucho más que un enano por adopción (de dos metros) y una luminosa visión optimista de la vida o que Tata Ogg no es simplemente una anciana con un escabroso sentido del humor y una capacidad para trasegar alcohol encomiable. Por otro lado, los personajes de Wodehouse no cambian, jamás. Jeeves es Jeeves y Wooster es Wooster. Tía Dahlia no modifica un ápice sus modales bruscos de vieja parienta entrañable. De un modo análogo, las criaturas de Pratchett pueden mostrar o experimentar una gama de sentimientos más compleja que los de Wodehouse. No todos, desde luego. El muy honorable Y.V.A.L.R. Escurridizo tiene un espesor emocional de medio milímetro. Lo cual no es impedimento para que resulte uno de los secundarios más memorables de la muy memorable galería de secundarios del Mundodisco.

    Mi impresión es que esta diferencia no implica que Pratchett sea un psicólogo más perspicaz que Wodehouse o un escritor más capaz para indagar en la mente y el alma. Más bien sospecho que Wodehouse no quiso volver a sus criaturas más ambiguas, más contradictorias, porque, en el mundo que había creado para ellas, esa ambigüedad, esa contradicción no tenían lugar.

    Hay quien dice que Pratchett es un escritor de fantasía humorística. También hay quien dice que Practchett es un escritor de humor fantástico. A los zelotes de ambas opiniones les invitaría con gusto a una arena, bien provistos de armamento, para que se destripen mientras otros hacemos apuestas. El elemento fantástico, sea principal o secundario, no se discute. Seamos honestos, yo tampoco lo discuto. Caramba, a un mundo con brujas, hechiceros (y rechiceros), dragones, trolls, el Equipaje y el Bibliotecario, es difícil escamotearle el calificativo de marras.

    Sin embargo, escarbando no demasiado, observamos que en el Disco hay varios viejos conocidos de la vida ordinaria. Existen el fanatismo y la hipocresía, la xenofobia y el miedo, odios irracionales ancestrales, cínicas manipulaciones de los poderosos y un puñado de esos héroes ordinarios que siguen bregando pese a todo y que no siempre ven que su entereza tenga recompensa.

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   El mundo de Wodehouse ha sido definido por algún crítico como el de la Humanidad antes de la Caída (analogía que se entiende, aunque su teología pueda ser muy discutible). En el mundo de Wodehouse, sobre todo en la Inglaterra de Wodehouse, todo es casi frívolo, porque hasta la profundidad es leve, esponjosa y alegre. La pobreza puede ser una molestia, pero no un drama y nadie la teme de verdad. La diferencia de clases existe como parte de un juego, no como un problema que la filosofía política deba resolver y, seguramente, Jeeves levantaría medio milímetro su ceja izquierda si alguien expusiese los defectos del feudalismo. Los criminales, como mucho, son cómicamente patibularios. Los millonarios codiciosos y tacaños son desagradables, pero siempre ridículos. Hasta el protofascista Roderik Spode no deja de ser un payaso del cual Wodehouse se burla con su particular falta de bilis. El Mal en el mundo de Wodehouse tiene su máxima encarnación en una rica y gruñona tía que se empeña en arruinar el desenfadado estilo de vida de un sobrino un tanto tarambana pero encantador en su inocencia. El Mal en Mundodisco es tenebroso y con los colmillos bien afilados.

   El mundo idílico de Wodehouse es, así, una tierra más fantástica que el mundo lleno de prodigios y hechicerías de Pratchett. Y la naturaleza tan distinta de sus universos explica que los humores de los escritores sean también diferentes. O, tal vez, el que sus humores y, en parte, forma de plasmarlos literariamente sean diferentes es la causa de unos universos tan dispares. Aunque desde luego Wodehouse puede ser muy irónico, no es un satírico. Y aunque Pratchett sabe usar el absurdo, emplea el humor más bien como una herramienta de reflexión. Pratchett tiene aquí un mínimo punto de contacto con otro gran escritor cómico, Tom Sharpe. Pero Sharpe, si bien es un satírico, es más desolador que Pratchett. En verdad, en este aspecto, Sharpe es el contrario de Wodehouse: un reflejo deformante, un infierno grotesco que da la réplica al arcadia amable del viejo Plum. Pratchett no es un creador de monstruos contrahechos y Sharpe, sí.

   No estoy seguro de que el arte de Pratchett sea por ello superior al de Wodehouse. Es cierto, en ocasiones Pratchett me ha movido a reflexión (tampoco nos pasemos y convirtamos a Pratchett en un Shakespeare o un Dworkin, porque no lo es, ni creo que jamás quisiera serlo). Pero es fácil subestimar el esfuerzo de orfebre de Wodehouse, quien, de modo disciplinado, se dedicó a refinar su humor hasta volverlo casi puro, sostenido sólo por un ingenio amable para las tramas y un amor sin límites por las palabras, sin ceder a la tentación de regodearse en el sarcasmo malvado, tentación que todo humorista padece; el sarcasmo es muy gratificante.

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   Wodehouse nos dejó un colección de libros y un mundo que han sido alivio y bálsamo para generaciones de lectores, que les permitieron sonreír y reír. Pratchett, con la risa, nos mezcla alguna lágrima melancólica, pero que siempre termina deslizándose por una sonrisa irónica.

   Chesterton escribió, a propósito de “El sueño de una noche de verano” que como el hombre vive en una frontera, puede encontrarse en una atmósfera espiritual o sobrenatural, no sólo siendo profundamente triste o meditativo, sino siendo extravagantemente feliz. El alma puede escapar del cuerpo en una agonía de pesar o en un trance extático; pero también puede abandonar el cuerpo en un paroxismo de risotadas.

   Nuestros dos maestros cómicos han logrado que esas risotadas y carcajadas resuenen altas, fuertes y claras durante al menos un siglo. Y por muchos más, esperemos.

enero 28, 2017

Una sobrina de Dickens

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:58 pm
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       A series of unfortunate events es una saga de libros, escrita, según parece, por Lemony Snicket. Una saga que no he conseguido leer aún y que tengo entre mis deudas personales. Lo que sí he podido hacer es ver las dos versiones, cinematográfica y televisiva, se han efectuado. La primera, la disfruté en una de esas tardes donde uno se deja llevar por la vagancia y decide ver lo que por casualidad encuentre. Pasé dos horas entretenidas. La segunda la vi con plena conciencia y bastante curiosidad. Pasé ocho horas muy entretenidas.

      La adaptación que Netflix ha efectuado tiene una factura formal perfecta. Desde las primeras escenas, la atmósfera de la serie me agradó: un mundo muy cercano al real, al cotidiano, pero justo fuera del mismo. Una pequeña exageración en el color aquí, una mezcla anacrónica de ropas y mobiliario por allí, maquinarias algo estrafalarias en una esquina, una época que casi se puede determinar, pero sólo casi, en la que se cuelan facetas de diferentes décadas y países… aunque nada realmente fantástico, nada mágico, nada salido de un cuento de hadas. Nada tengo yo contra lo fantástico, lo mágico ni los cuentos de hadas, antes al contrario; ahora bien, el falso realismo casi mágico es una ambientación ambigua, borrosa y llena de grises, por colorida que aparente, la cual, si está conseguida, me fascina. Esta serie (llena de desdichas; perdón), lo consigue.

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         Voy a procurar no hacer destripe alguno. Por lo tanto, no comentaré la trama. Sin embargo, como prefiero empezar indicando lo que me parece flojo de una película, serie o libro y como uno de mis dos mayores problemas está con un punto de la trama o, más bien, en cómo se muestra un punto de la trama, me arriesgaré un poco. En el último capítulo de la temporada hay un momento tramposo y que revela una trampa que se lleva preparando desde varios capítulos atrás. No es una trampa grosera y, en verdad, si uno llevase a los guionistas y directores a juicio, podrían sus abogados muy bien argumentar que en verdad la culpa es casi toda del espectador, por no hacer caso al consejo de Javier Cercas: hay que desconfiar del escritor. No obstante, una trampa casi igual se tendía en “El silencio de los corderos” (la película de Jonathan Demme) y bien tendida estaba; aquí, en cambio, en el momento cumbre de la trampa, justo antes de que se cerrara sobre el espectador, se olía lo que iba a pasar. Y eso es indigno de un buen trampero.

      El segundo problema lo tengo con los actores que dan vida a los protagonistas. No respecto del bebé, claro, es un bebé. Pero los dos actores que encarnan a Violet y Klaus Baudelaire (Malina Weissman y Louis Hynes) me resultaron un tanto sosos, poco expresivos. Aunque desde luego la que les cae encima a los Baudelaire es suficiente para dejar sin aliento a cualquiera, estos críos inteligentes, capaces y resolutivos, según nos dicen y según se desprende de sus acciones, no terminan de conciliarse con unos actores un tanto monótonos. Ni en sus momentos de casi alegría, ni en sus momentos de lucha, ni en sus momentos de desesperanza sentí simpatía alguna por los tres huérfanos, tal y como aparecían en la pantalla.

       Y esta falta mía de empatía por los Baudelaire me lleva a mi pequeña tesis: que esta serie y, supongo, los libros en los cuales se basa, tiene muchos ecos del mundo dickensiano.

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        Los protagonistas de Dickens (con la gloriosa excepción de Mr Pickwick) son bastante inaguantables. ¡Oliver Twist! ¡David Copperfiled! ¡Hasta Pip! Huérfanos, casi siempre, sobre ellos se abaten tremendas desgracias. Pese a que Dickens obviamente simpatiza con ellos y pese a que los corazones de generaciones de lectores han sangrado por ello, a mí siempre me han causado un principio de dispepsia. Dickens nunca es peor que cuando se vuelve sentimental y con sus protagonistas huérfanos, el viejo Charles prácticamente solloza.

       Los Baudelaire son huérfanos (no cuenta como destripe, se dice en los primeros cinco minutos de la serie). Sobre ellos se abaten tremendas desgracias (tampoco es destripe; diablos, está en el título). Son bastante dickensianos. Pero podrían haber sido personajes cuasi dickensianos que me cayeran bien. El hecho es que estoy bastante seguro de que los personajes de Violet, Klaus y Sunny sí me caen bien. Tiene virtudes estimables. Me caían bastante bien en la película de 2004. Es en esta versión en la que no logro sentir por los tres hermanos más que cierta indiferencia.

      La influencia de Dickens es aún más clara cuando alzamos la vista y nos fijamos en la legión de secundarios. ¡Ah, en eso sí que era Dickens un maestro! Ningún escritor, aunque ha tenido muy meritorios alumnos y seguidores, logra poblar una novela con tal cantidad y variedad de criaturas extrañas, positivas y negativas. Más duendes que personas, opina, creo, Chesterton, en una de sus críticas. Los secundarios y terciarios que pululan en torno a los Baudelaire difícilmente pueden considerarse positivos, con escasas excepciones, como el tío Monty o la llena de recursos Jacquelyn. En general son neutros o pragmáticamente negativos, por buenas intenciones que tengan: así están el ilimitadamente obtuso y cuadriculado Mr Poe, la ingenua juez Satruss o la traumatizada tía Josephine.

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       Del lado de la villanía, un grupo de esbirros patibularios, grotescos y torpones, que sirven de séquito para el malvado de la función, el pérfido conde Olaf. Olaf es uno de los motores de la serie. Neil Patrick Harris hace un buen trabajo, al dar vida a este antagonista excéntrico. Olaf es un personaje peculiar. Por un lado, es un pésimo actor, pese a estar convencido de lo contrario. Su inmenso ego le hace creerse el mayor actor existente y todas sus intrigas exigen que se disfrace, adoptando una u otra personalidad; es siempre obvio, tanto para los Baudeliare y para el espectador (¡pero sólo para ellos!) que detrás del maquillaje, intenta ocultarse el conde. Hace falta ser buen actor para interpretar a un mal actor que se pasa la vida actuando. Harris sale con bien del lance.

       Hubiera sido muy sencillo convertir al conde Olaf en un mero villano ridículo, cuya derrota resultaría inevitable a manos de los héroes, quienes no tendrían que sudar mucho para desenredar sus ardides. Pero entonces no sería ésta “Una serie de catastróficas desdichas”. Lo más interesante de Olaf es que, siendo un mal actor, siendo torpe, siendo cómico, siendo grotesco, es, en efecto, una amenaza real. Sus planes, dentro de este mundo, están siempre a punto de fructificar. Consigue, implacable, rastrear a los tres huérfanos, por mucho que ellos se oculten, huyan y pongan tierra de por medio. El conde, tarde o temprano, siempre está ahí. Y es malvado, cruel, despectivo y asesino. Es un malvado-cómico a quien los protagonistas tienen que tomar en serio.

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        Otro de los grandes aciertos de la serie es el narrador. El mismo Lemony Snicket (o quien se nos presenta como tal), nos acompaña desde el primer segundo. Con su aburrido traje y su aburrida corbata, su voz grave, melancólica y pesarosa, su mueca taciturna, las intervenciones del narrador, haciendo de ventana en la cuarta pared, dan el tono del humor de la serie: seco, negro, con ciertos toques absurdos y un regodeo un poco enfermizo en sus recordatorios constantes de que ésta no es una historia con un final feliz, ni tampoco con un comienzo o un intermedio muy alegres. Es un astuto recurso televisivo para suplir uno de los, supongo, mecanismos de la saga literaria. Una novela puede apoyarse en el narrador, omnisciente o no, para desarrollar pensamientos, contexto y el humor o el drama propios de la obra. En el cine y la televisión, que tienen otros recursos, la traducción de esta técnica literaria es complicada o imposible. La solución de esta adaptación es ingeniosa y en absoluto artificiosa: el narrador encorbatado se integra sin chirridos en la pantalla y su presencia física lo vuelve más cercano y atractivo que una simple voz en off.

       Con tres huérfanos, unas tramas que aún habrán de retorcerse más, secundarios estrafalarios y uno de los malvados más peculiares del que tenga noticia, “Una serie de catastróficas desdichas” es una digna familiar indirecta de Charles Dickens y su mundo literario. Aunque, al acercarse al final de una obra de Dickens, normalmente, se acerca uno a una luz tras tanta oscuridad, dolor y pérdida que habían afligido a los protagonistas. Aquí, si Mr Snicket no nos miente, los Baudeliere sólo se adentrarán en una oscuridad más profunda.

      Y, como espectador, estoy ávido por presenciarlo. ¿Qué clase de persona me vuelve eso, me pregunta, Mr Snicket? Usted lo sabrá. Escribe para gente como yo.

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enero 8, 2017

Confusión

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:41 am

 

            Les confieso que tengo muchas dudas sobre si escribir o no esta entrada. Sé, sin embargo, que como no la escriba no voy a ser capaz de concentrarme en otras escrituras más agradables. Así que, en parte por puro egoísmo, estoy tecleando. Esas dudas, en esto tengo más certeza, me acompañarán durante toda la redacción. Y estimo muy probable que al final del artículo no haya llegado a ninguna conclusión definitiva. Es decir, que quien espere encontrar opiniones grabadas en roca y una síntesis asombrosa tras examinar tesis y antítesis, debería buscar en otra parte. Bien, creo que como párrafo de salvaguarda, ya es suficiente.

            En España las muertes que pueden ser calificadas de homicidios o asesinatos no son de una habitualidad estremecedora, a día de hoy. Desde luego, hay homicidios (no incluyo los homicidios por imprudencia) y hay asesinatos. Admitamos, no obstante, que hay lugares del mundo donde homicidas y asesinos actúan con mayor asiduidad. Existe, es también sabido, un tipo de homicidio o asesinato que sí es lúgubremente habitual, ya casi cotidiano: el de las mujeres a manos de sus parejas o ex parejas (masculinas), maridos o ex maridos.

            Es éste un tema grave y sensible. Y es real. Vaya eso por delante. No es cierto que no exista la violencia sobre la mujer. No es cierto que no exista el machismo. Existen, ciertamente. En distintos ámbitos. Como asunto complejo, delicado, de consecuencias demoledoras para las que lo sufren, puede observarse desde múltiples puntos de vista. Pueden considerarse diferentes aspectos. Tratar de comprimir en un artículo este maremágnum y pretender que en el último párrafo les vaya a ofrecer una conclusión con soluciones infalibles sería insultar su inteligencia. Así que me voy a centrar en un aspecto concreto: la confusión legislativa que, creo, existe en España.

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            La violencia física o psíquica dirigida a causar un mal a otra persona está tipificada, de diversas formas, en los Códigos Penales o leyes criminales de casi todos los países del mundo. Lo está en el Código Penal español. Un sujeto mata a otro, queriendo causarle la muerte. Eso es un homicidio. Dejemos, por claridad, de un lado el supuesto de la eutanasia. Las legislaciones de muchos países, a la hora de regular los delitos, establecen mecanismos para que, si en el hecho, en el autor o en la víctima concurren ciertas circunstancias,  se exija mayor o menor responsabilidad. O incluso no se exija responsabilidad (jurídica) en absoluto. Un tipo con un hacha trata de abrirme la cabeza y, para evitarlo, yo le golpeo con una piedra, causándole la muerte: puede ser un caso de legítima defensa y mi responsabilidad puede estimarse menor o inexistente.

            Entre las causas que las legislaciones han considerado que justifican aumentar lo que se conoce como reproche penal están los móviles discriminatorios. En España, ese motivo está recogido en el artículo 22 del Código Penal (CP):

            Son circunstancias agravantes: […] 4ª. Cometer el delito por motivos racistas, antisemitas u otra clase de discriminación referente a la ideología, religión o creencias de la víctima, la etnia, raza o nación a la que pertenezca, su sexo, orientación o identidad sexual, razones de género, la enfermedad que padezca o su discapacidad.

            Esta regla de esta norma deriva del artículo 14 de la Constitución Española (CE), que establece el principio de la igualdad entre los españoles y prohíbe cualquier discriminación por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social. Es éste un artículo abierto, que ha dado lugar a un gran desarrollo legislativo en varios campos (desde el civil al laboral) y a una extensísima jurisprudencia.

            Las causas que vienen expresamente indicadas en el artículo 14 de la CE se conocen como causas particular o especialmente odiosas. Se considera, como regla general, que toda discriminación (concepto que también ha dado y dará para discusiones muy largas, en las que se han vaciado y se vaciarán muchas cafeteras y botellas) es condenable, pero, como los animales de la granja de Orwell, hay discriminaciones más condenables unas que otras. Y si esa discriminación está en el móvil del delito, ese delito se vuelve de modo inmediato más grave, merecedor de un castigo más severo. Es lo que en otros países se conoce como “delitos de odio”.

             Los crímenes de odio son tal vez los delitos más difíciles de desentrañar. Por su propia definición, los jueces que los juzgan deben dilucidar los móviles del acusado y determinar si la acusación ha logrado probar dichos móviles. Eso provoca vértigo a poco que uno se pare a pensarlo. Implica que el proceso penal debe ahondar en el corazón, la mente, el espíritu del acusado. Debe determinar  si A mató a B única o principalmente porque B era negro, judío, homosexual, protestante, católico, comunista, liberal, mujer u hombre. Los legisladores han tenido la inteligencia de entender que la ley puede establecer la norma universal, pero que determinar si en efecto hubo racismo, machismo, homofobia, odio ideológico o religioso es una labor casuística. Hay que determinar si hubo ese móvil de odio en tal caso concreto.

            Eso es, ya digo, vertiginoso. Implica confiar que los magistrados, seres humanos con conocimientos legales, más aquellos que hayan podido acumular mediante sus propios estudios y experiencias, sean capaces de leer e interpretar las acciones de un semejante con unos datos muy limitados. Hasta cierto punto, se trata de juzgar la esencia del acusado. En calibrar qué fue lo que motivó que A alzara su arma y disparara contra B, causándole la muerte. ¿Lo sabe el mismo A? ¿Es posible determinar qué pasa por la cabeza de una persona en el momento de cometer un acto violento, qué pensamiento, creencia, pasión o instinto es el dominante o si hay alguno que sea dominante?

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            Entre estas causas odiosas está el sexo. Legalmente, hoy día, se reconocen dos sexos, hombre y mujer.  Es decir, un delito cometido contra  un hombre o una mujer, por el motivo de que la víctima es hombre o mujer, es más grave que si no existiera ese motivo. Nótese que el artículo 22  del CP incluye, por un lado, el sexo y, por otro, las razones de género. Les confieso que no sé qué diferencia hay entre una y otra discriminación. Sea que usemos sexo o género, la idea de la ley es, sobre el papel, muy clara.

            Las Cortes aprobaron una ley especial. La Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género.  Esta ley y las modificaciones que provocó en otras leyes, crearon unos juzgados especializados en determinados delitos, que aplicaban unas reglas especiales, separadas en parte del procedimiento habitual. No voy a detenerme en un análisis pormenorizado de esta Ley. Lo que me interesa, a los efectos de este artículo, suponiendo que tenga un tema concreto, es lo siguiente: que esta ley, queriendo ser, supuestamente, una ley contra la violencia machista, en realidad no aplica la agravante del artículo 22 contra el delito sexista.

            El maltrato, que llega en ocasiones a la muerte, cuya exposición había causado una considerable alarma, alarma que está en el origen de esta ley, ocurría (y ocurre), sobre todo, según parece, dentro de la pareja. Ante esto, la respuesta legal fue tipificar cualquier agresión, por leve que fuera, aunque no causara la más mínima lesión, en delito, siempre y cuando la víctima sea o haya sido la mujer o persona ligada al autor por análoga relación de afectividad, con o sin convivencia.  Y sin que el móvil tenga la más mínima relevancia. Aquí está el asunto.

            Supongamos que un individuo se casa con una mujer. En un momento dado, decide matar a su mujer. Porque al matarla (si no le pillan, claro, pero nuestro asesino está muy seguro de sí mismo) logrará una considerable fortuna. O porque quiere empezar una nueva relación y el divorcio le parece muy engorroso. O porque se aburre y ha leído demasiado a Thomas de Quincey. ¿Hay un móvil machista en esos asesinatos? Tal vez. Tal vez no. A la ley le da igual: todos ellos se calificarán como violencia sobre la mujer.

            Ahora supongamos que ese marido un tanto psicópata tiene como afición, después de un duro día, salir por la calle enmascarado y elegir al azar mujeres para acuchillarlas por el hecho de que son mujeres. En este supuesto, no se considera un delito de violencia sobre la mujer, sino un delito “común” al que se le podría aplicar la agravante de marras.

             Desde este punto de vista, la Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género no crea crímenes machistas, ni los castiga con mayor severidad. Eleva a delito hechos o prevé un castigo más grave para esos delitos si los comete un tipo concreto de persona: los maridos, novios o ex de la víctima; de un modo automático.

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            La idea de fondo de la ley, supongo, era atacar el mal (que existe, no se olvide, no se pierda de vista esto nunca) en el lugar donde se había rastreado: la relación matrimonial o de pareja.  Se usó el Derecho Penal como un martillo. O más bien como un bombardeo por saturación, cuando tal vez hubiera sido mejor ser más preciso. La idea de la ley era y es ofrecer una total protección a las víctimas, lo que es loable. Pero, en mi opinión, ha provocado una confusión conceptual considerable. No se aplica la agravante por sexismo o machismo en casos en los que es de aplicación la ley contra la violencia de género (o machista). Se aplica en casos donde la citada ley y los artículos de las leyes por ella reformadas quedan al margen.

          ¿Entonces la ley es una ley contra el maltrato doméstico o en pareja? Pues tampoco del todo. Porque no se aplican los mismos tipos si el maltratador es un padre o una madre, un hijo o una hija, respecto de sus ascendientes o descendientes. Ni tampoco si la situación de violencia o maltrato se da en una pareja de personas del mismo sexo. O si el maltrato es por parte de la mujer de la relación al hombre. Entiéndase bien, ese maltrato está tipificado, pero se castiga con menor gravedad; e incluso hay hechos que, cometidos por un progenitor, un hijo o un cónyuge que no sea varón y contra su mujer, no son castigados penalmente.

            He leído en ocasiones que el equivalente de esta ley sería otra que considerase racista cualquier delito cometido por los miembros de una etnia determinada contra los miembros de otra etnia determinada. No es verdad. Porque esta ley no considera machista cualquier acto ilícito cometido por cualquier hombre contra cualquier mujer, sino sólo los cometidos si hay o hubo la relación ya indicada. Y ni siquiera ésos, ya que no concede relevancia al motivo del acto.

          De modo expreso.

         Únicamente se podría entender que el machismo es relevante si se considera que cualquier acto ilícito del cónyuge varón contra el cónyuge mujer es machista por definición. Si éste es el sentido real de la ley, que no lo sé, considero que se trata de una legislación errada. Porque se aproxima peligrosamente al llamado Derecho Penal de Autor (esto es, no importa, o importa menos, qué se haya hecho sino quién lo haya hecho, para determinar que algo es un delito). Porque, siendo grave, dificultosa, seguramente abocada al fracaso en el fondo, la labor del tribunal de determinar qué movió a A a matar a B, establecer una presunción legal, universal y sin posibilidad de corrección sobre los móviles de las personas me inquieta mucho más.

         En el sistema del common law hay un principio: we do not judge men, we judge facts; no jugamos hombre, juzgamos hechos. Es un principio sutil: quiere delimitar los marcos del Derecho y la Moral, pero también quiere indicar que lo delictivo es el hecho, la acción o la omisión, no la persona.  Claro que hay matices; claro que las circunstancias de una persona no son irrelevantes para calibrar su responsabilidad. Pero si empezamos a determinar que el Estado debe castigar no hechos, sino personas y personas con características concretas, nos adentramos en unos senderos que ya hemos recorrido demasiadas veces.

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diciembre 12, 2016

Quiero hacer un trato

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:53 pm
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        Una persona entra en una cafetería. Al fondo, en el banco de la última mesa, un hombre de traje oscuro está leyendo un viejo libro manuscrito mientras bebe una taza de té. La persona se acerca y, con una sonrisa nerviosa, una temblor esperanzado o una mueca amarga, comenta: “Dicen que aquí está muy bueno el sandwich de pastrami”. El hombre cierra el libro, indica con un gesto al recién llegado que tome asiento y responde, con un aire peculiarmente átono: “Eso he oído”.

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       “The Booth at the End” (creada y escrita por Christopher Kubasik, dirigida su primera temporada por Jessica Landaw y su segunda por Adam Arkin) es una de esas pequeñas series desconocidas que son gigantes de calidad. Dos temporadas de cinco capítulos cada una, veinte minutos por capítulos. Breve, concisa, precisa. Y brillante. Lástima que no haya una tercera temporada y que nos hayan dejado con una final que podemos entender como abierto si deseamos consolarnos. Una serie que descansa en unos diálogos vibrantes, sin aspavientos ni florituras, un puñado de actores que hacen un trabajo notable y un guión lleno de sutilezas.

         La premisa es hasta cierto punto familiar. Hay un individuo, el hombre del traje y el libro, a quien se puede pedir un deseo. El que sea. Mi hijo está enfermo, quiero que sane. Me gustaría ser más bonita. Quiero que todos los practicantes de una religión y esa religión sean erradicados de la faz de la Tierra. Deseo amor. Quiero volver a escuchar a Dios. Quiero haber estado casado con otra persona los últimos veinte años. El hombre abrirá el libro. Y encomendará una tarea. Si el cliente la cumple, su deseo se cumplirá.

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         Hay reglas, desde luego. El cliente debe ser cuidadoso sobre cómo formula su deseo, porque lo que pida será lo que reciba. El cliente debe explicar al hombre el porqué de su petición. El cliente deberá deducir por sí mismo en qué consiste la tarea, si hay campo a la interpretación (algunas tareas son simples de entender, otras, no tanto) y es cosa suya cómo lleve a cabo la tarea. Y el cliente deberá acudir cada poco a la cafetería y explicar al hombre cómo se están desarrollando los acontecimientos y cómo siente y vive esos acontecimientos. El hombre preguntará, pedirá explicaciones, tomará notas. No ayudará. No dará consejos. No aceptará responsabilidades. Aclarará las reglas.

        Como espectadores, la serie nos limita a estar presentes en las conversaciones entre el hombre y los clientes. Escuchamos los diálogos, pero nunca cruzaremos las puertas de la cafetería para seguir a los clientes. Tampoco podremos seguir al hombre fuera de la cafetería y, siempre que nosotros lleguemos, él ya llevará allí un buen rato. Por lo tanto, para dar respuesta a los interrogantes de esta serie no tenemos más pistas que lo que dicen y no dicen los personajes, cómo lo dicen, cómo guardan silencio, cómo reaccionan. Con el riesgo de que los clientes pueden mentir. De hecho, lo hacen si bien el hombre capta esas mentiras al vuelo.

        El primer y más directo de los interrogantes de la serie es, ¿quién demonios es el hombre del libro (aplauso para Xander Berkeley, un señor actor)? Uno puede caer en la tentación y pensar que es justamente el Diablo. Algún cliente lo sugiere y el hombre, en broma, en serio, nunca se está seguro, no lo niega de modo abierto. Se hacen insinuaciones. “¿Cree en Dios?, le pregunta una cliente. “Creo en los detalles”, responde el hombre. Y ya se sabe quién está en los detalles. Los pactos con el Demonio en los que Satanás logra cumplir lo acordado y al mismo tiempo estafar al insensato que ha firmado han dado lugar a cuentos, novelas, películas y capítulos de televisión de mayor o menor calidad, desde el mismo relato de las tentaciones de Jesús por San Mateo o por San Lucas, esa joya que tiene como comentario casi supremo otra joya, la leyenda del Gran Inquisidor de Dostoievski. No tengo yo nada en contra de este tópico, si está bien usado.

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         La respuesta de la identidad del hombre no termina de llegar. El hombre del libro se comporta de un modo distinto al de otros comerciantes de deseos. Para empezar, no busca clientes. Bien es verdad que no parece necesitarlo, por que no dejan de llegarle. Pero es significativo que su postura sea de absoluta pasividad. Por otro lado, nunca trata de engañar a sus clientes. Les explica siempre con claridad las reglas, pocas, simples e inmutables. Les recuerda que la decisión de continuar o no es suya. Que el que no cumplan su tarea no quiere decir que su deseo no vaya a producirse nunca, aunque el cumplimiento garantizará que se materialice. Y, y esto es muy llamativo, sólo se indigna de verdad, de un modo fríamente áspero, cuando alguno de sus clientes trata de derivarle a él la responsabilidad. Me has obligado a hacer una cosa horrible, he hecho algo espantoso por ti. No, replica siempre el hombre, lo has hecho por ti. Era tu deseo y tu decisión. Yo sólo te mostré la tarea: llevarla a cabo o no era cosa tuya.

        Por supuesto que los grandes manipuladores siempre saben quedar fuera del foco y que su presencia e influencia apenas se note. Cierto que el Diablo podría argumentar (y, de hecho, algunas veces, como en “The Sandman”, de Neil Gaiman, lo hace) que él no obliga a nadie a nada, simplemente da opciones, pero no hay encarnación del diablo que no sea un embustero de cuidado y un tentador. El hombre no es un embaucador. Es un observador y un cronista. ¿Un Demonio o un demonio cansado de enredar y que prefiere limitarse a contemplar? ¿Un contemplador cósmico, de otra naturaleza? Tampoco es un hipótesis desdeñable.

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       Otro interrogante igual de evidente, aunque de respuesta idénticamente esquiva, es la siguiente: ¿qué es el libro? El poder, ¿lo tiene el hombre o el libro? Porque el hombre escribe en el libro, siempre que algún cliente dice algo que le llama la atención. El mismo libro que abre para asignar una tarea. Da la impresión, a lo largo de la serie, que las tareas no son asignadas por él. No es que (punto contrario a la teoría diabólica) el hombre seleccione la tarea que considere justa o divertida o apropiada (aunque la dificultad o gravedad de la tarea sí tiene una proporción clara con el deseo que se solicita). El libro la da. Él la transmite. ¿Es el hombre un mero intermediario entre los clientes y otros poderes superiores? También se sugiere por un cliente, el hombre sonríe. ¿Qué poderes? ¿Infernales? ¿Celestiales? ¿Los Primigenios? ¿Una civilización extraterrestre? ¿Estamos ante una historia espiritual, sobrenatural, fantástica o de ciencia ficción? La serie deja al espectador elegir, hasta cierto punto.

       Y, de este modo, al dar nosotros respuesta a esos interrogantes y a otros relacionados (la enigmática Doris, otro más), los espectadores estamos, en cierta medida, respondiendo a interrogantes sobre nosotros mismos.

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       Porque ése es el gran interrogante de la serie. No tanto quién es el hombre, sino quiénes son los clientes. Cada uno de ellos. Por qué piden lo que piden. Hasta dónde están dispuestos a llegar para lograrlo. Cómo experimentan por lo que están pasando. Qué decisiones toman y por qué las toman o dejan de tomarlas. Cómo reaccionan ante las consecuencias de las decisiones que han tomado. El viejo consejo del oráculo de Delfos es el que cada cliente debería tomar en cuenta antes de sentarse ante el hombre. Porque nuestros deseos, como nuestras máscaras, son reflejo de nosotros mismos y no hay modo de no ser esclavo de deseos y máscaras más que comprendido sus porqués. Como decía el temible juez Holden, lo que existe sin mi conocimiento, existe sin mi consentimiento. Y aunque es discutible que el consentimiento de nosotros, meros mortales, tenga tanta autoridad como la del juez violinista y bailarín, nuestro conocimiento puede, quizás, hacernos como poco esclavos lúcidos y tal vez seres un poco más libres. Así, los seres menos misteriosos, en apariencia, son el auténtico enigma.

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      De esta manera, la atmósfera enigmática de la serie (que tiene aún más fuerza por ser una serie formalmente sencilla, ambientada en el local más ordinario que puede uno pensar) nos ha arrastrado mediante la intriga hasta una serie de relatos intimistas. Una colección de exploraciones psicológicas. De retratos de alma. Eso es lo que el hombre del libro rastrea y ansía. La máscara de imperturbable cinismo sólo se le cae cuando algo, una reacción, una decisión, una toma de postura, le interesa. Observa y analiza, a veces con burla, a veces, con desapego otras con simpatía o hasta ternura, a las criaturas que tiene ante él. No hay en el hombre el sadismo jovial de un Lorne Malvo. A ratos, tiene un aire, mucho más contenido y con mucha menos implicación, al doctor Paul Weston, el psiquiatra interretado por Gabriel Byrne en “En terapia”.

       Ahí está el alma de la serie, lo que la vuelve tan brillante. Que, jugando con la carta del misterio, nos enfrenta a misterios aún mayores, que nos esperan a la vuelta de la esquina. Qué ocultan los rostros cotidianos, qué hará cualquier persona de la calle, cada una con su bagaje, con su historia, con su contexto, en una situación u otra. Y qué pensaremos nosotros, convertidos, con el hombre, en una suerte de analistas sin titulación, deseosos de escarbar en la psique de los clientes. ¿Para juzgar, para entender, para tener poder, para despreciar o para estimar? Eso la serie no nos lo dice. Lo descubrimos nosotros. O no.

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diciembre 5, 2016

La sonrisa del reloj

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:26 pm
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           No hace mucho se me estropeó el teléfono móvil. Ni se me vino el cielo sobre la cabeza ni sentí un inmenso alivio ante la idea de verme liberado de los grilletes de la tecnología moderna. Quiero decir que no voy a lanzarme a una filípica contra la actual época deshumanizadora ni a una nostálgica ensoñación sobre los buenos viejos tiempos que nunca existieron ni tampoco a una alabanza desaforada sobre las maravillas de la técnica, escupiendo de paso sobre aquellos que se divierten componiendo filípicas y rememorando eras doradas legendarias. Tenía que arreglar el móvil y estaría un tiempo con él fuera de circulación. Era molesto y me costaría un dinero que podría haber sido invertido en causas más nobles, como comprar un par de libros o probar un whisky de malta desconocido. En fin.

         No le dí mayor importancia hasta que caí en la cuenta de que, al haber perdido el móvil, había perdido mi reloj de uso habitual. Hace años, perdonen por la deriva personal, que no uso reloj de muñeca porque la mayor parte del año me molesta cuando hace calor. Soy de esas personas que ven con una mezcla de preocupación y censura el termómetro cuando supera los quince grados. Podría usar reloj de bolsillo, claro, pero la moda de esta época nuestra no acaba de conciliarse con un objeto tan digno. ¡Vaya por Dios, ya he caído en la nostalgia tramposa! Les confieso que soy el orgulloso propietario de un reloj de bolsillo que unos amigos, tolerantes con mis rarezas, me regalaron. Pero es un reloj que me gusta reservar, en su honor, para según qué ocasiones y no lo uso a diario.

         De modo que una tarde me encontraba en la calle, sin reloj de clase alguna, sabiendo que debía estar en determinado lugar a las siete y media. Con la vaga idea de que serían en torno a las seis. No tiendo a fiarme de las vagas ideas, propias o ajenas, respecto de horas y lugares. Nada serio, me dije, me meteré en una cafetería, pediré algo, consultaré el reloj que habrá sin duda en el local y esperaré hasta que sea la hora. Un plan, como diría Walter Sobchak, cuya belleza radicaba en su sencillez.

         Había una cafetería abierta cerca. Tenía un reloj en la pared. Las siete menos veinticinco. Al entrar no me había dado cuenta de que en el reducido local todas las personas parecían conocerse y estar en animada conversación. Nada que objetar a ello. La conversación se desarrollaba en el tono convencional de una cafetería española, esto es, podría haberse usado como taquígrafo a un vecino que estuviera sentado cuatro plantas más arriba y no se habría perdido ni una sílaba. Había además, y esto era aún más inquietante, dos niños que no sumarían entre los dos a un adolescente. Estaban sueltos por el lugar, dando vueltas como peonzas y uno de ellos advertía a los adultos y al Universo que se aburría. Sin duda contando con su indiferencia, repetía su cansancio vital una y otra vez.

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          Debería haberme batido en retirada, me dirán ustedes, con razón, pero alguien desde detrás de la barra ya me había descubierto y me preguntó qué quería tomar. Pedí un café, me senté en la mesa más alejada del Sartre en miniatura y me concentré en el libro que llevaba conmigo. Había conseguido desentrañar medio párrafo cuando hicieron entrada dos nuevos personajes, una señora y un perro pequeñajo. Los críos saludaron al perro con un alborozo correspondido por el perro, que se retorcía de emoción. Si mi taza de café no hubiera estado casi intacta, habría huido. Lo de los perros dentro de los locales es algo que me exaspera. De un lugar donde se admiten perros puede uno esperar cualquier cosa, como que la tortilla de patatas no tenga cebolla o que viertan la leche en la taza antes que el té.

         Uno de los críos, obnubilado por el júbilo, pisó al perro, quien lanzó un aullido y fue sacado con rapidez del bar por la dueña. El que el crío (no el existencialista en ciernes, el otro) pisara en verdad o no al perro no puedo asegurarlo. No lo vi. Pero el veredicto del jurado adulto allí presente fue que en efecto pisó al perro, pero sin intención de causar daño, con lo cual no se le consideró merecedor de mayor sanción que una breve amonestación y una recomendación futura de que tuviera más cuidado. A todo esto la dueña del perro entró de nuevo. Con el perro. No indicó que tuviera intención de apelar la decisión. Se retomó la animada charla. Yo seguía releyendo el mismo medio párrafo.

         Uno de los presentes le explicaba al pequeño condenado que Sir Isaac Newton (obvió el título de caballero, pero no vamos a regateárselo aquí) descubrió la ley de la relatividad sin hacer nada (no sé qué moraleja pretendía que sacara el crío de aquello), lo cual fue al punto corregido por otro asistente, indicando que el descubrimiento había sido de la ley de la gravedad, algo que aceptó de inmediato quien se encargaba de la lección, añadiendo de inmediato el inevitable detalle de la manzana. Temí que de ahí se pasaría a la otra habitual falsedad en cualquier charla, la calavera de Yorick en el monólogo de Hamlet que no correspondía. No sabía yo si iba a lograr permanecer mudo si se daba el caso, casi seguro que no, quedaría como un maldito pedante, entrometido y grosero, lo cual sería cierto; no hay en este mundo un ser que merezca más escarnio público que los pedantes entrometidos y groseros y no me apetecía revelarme como uno de ellos. Mejor me acababa de una vez el café. El niño que no había cometido falta alguna contra la raza canina anunció de nuevo su tedio vital. Bebí, me levanté, pagué, me despidieron con una sonrisa amable y escapé. El reloj marcaba las siete menos diez y dentro se debatía sobre la relatividad del tiempo y la existencia.

          Mientras caminaba hacia donde se suponía que debía estar cuarenta minutos más tarde, consideré que no les faltaba razón a la gente de la cafetería. Gentes más capaces que yo han reflexionado sobre el tema, pero tengo la impresión de que el tiempo es relativo. Si lo relativo o absoluto es el tiempo percibido o el tiempo vivido no me atrevería asegurarlo. Ciertamente, los quince minutos en la cafetería me habían parecido horas. ¿Cómo podemos percibir el tiempo, nosotros, criaturas temporales, esencialmente incapaces de concebir la atemporalidad? En ese momento, eché en falta un reloj como no había echado en falta cosa alguna. Algo en mí se rebeló contra Cortázar. Su maravilloso preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj me pareció digno de una demanda por libelo. Me enervé contra todos aquellos que ven al reloj como el enemigo, como el asesino del tiempo y de la vida. ¡Nada de eso! El reloj es el escudo del ser humano frente al tiempo. El Tiempo, ese abstracto inmenso, inconcebible como un Primigenio de Lovecraft, nos arrasaría si no tuviéramos horas y relojes para marcarlas, controlarlas, dominarlas. Lo sabían los caldeos, los egipcios, los griegos y los romanos. Lo sabían los monjes. Un relojero es un maestro armero, que nos proporciona una armadura de engranajes y ruedas, un yelmo de cuarzo, una espada para combatir los minutos y una daga para parar las estocadas de las horas. Igual que los cuentos y las historias necesitan una forma, límites, como argumentaba Chesterton, la vida necesita hitos, fronteras, para poder ser vivida. Una vida amorfa, al menos por ahora, es invivible. La embriaguez de ignorar el reloj y los horarios es un placer que, como todo placer, se convierte en un tedio pegajoso en el momento en que se convierte en absoluto e ilimitado.

         Pero estaba en una ciudad, en medio de la civilización. ¿Sin duda habría relojes en la calle! Busqué. No había ninguno. Ni un reloj en la calle. Ni un círculo mágico. Ni un letrero luminoso en una farmacia. Me descubrí oteando por las ventanas de los bares, tratando de espiar la hora en alguna televisión que estuviera encendida. Consideré rogar la hora como se pide limosna, pero los demás viandantes iban enfrascados en conversaciones, personales o telemáticas (que no dejan de ser igual de personales que cualquier otra); así que me refugié en otra cafetería. Pedí otro café. No había reloj. Traté de calcular cuántos de los cuarenta minutos habrían pasado. Concluí que, con seguridad, había pasado un período comprendido entre un minuto y un eón. Tal vez debería ya estar donde debía estar. Tal vez llegara tarde. El camarero me cobró. Le pedí la hora. Me la concedió con tranquilidad, como sin dar importancia a algo que tiene más poder que todos los hechizos de todos los magos de todos los cuentos y relatos. Eran las siete y trece minutos. Di las gracias, me respondió con un “de nada”, tan cortésmente indiferente como antes. Me fui de allí. Llegué a tiempo.

         Cuando, aquel día, regresé a casa, abrí el cajón donde guardaba el reloj de bolsillo. Las agujas parecían una sonrisa. Pero no supe interpretar si era la sonrisa amable del protector o la arrogante del dueño. Sólo acerté a percibir algo de la fría ironía de la esfinge, que guarda todos los secretos tras ella.

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noviembre 30, 2016

Bostezos decimonónicos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:17 pm
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        Alguna vez les he comentado que el concepto “género menor”, en el campo literario, me da cierta urticaria. Implica un desdén pomposo, apriorístico y afectado. Cuando oigo que alguien dice de un escritor “No le falta talento, pero lo dedica a novelas de detectives” (verbigracia), mascullo imprecaciones, invocando la pipa de Georges Simenon. Pero, claro, eso no quiere decir que cualquier novela de un género “menor” (mascullen conmigo) cuente de inmediato con mi favor. Sería igual de apriorístico y absurdo que la pose contraria.

          Escribir es difícil. Escribir bien es aún más difícil. No hablo ya de escribir genialmente. La frontera entre el buen escritor y el genial es misteriosa y, pese a los esfuerzos dedicados por críticos, escritores y filósofos no sé yo si lograremos delimitarla con precisión, aun cuando sepamos sin dudas de qué lado de la línea está tal o cual autor. Escribir novelas de detectives no es fácil (insisto, lean a Chesterton) y menos escribir buenas novelas de detectives. Cuando leí las críticas de “La musa oscura”, llenas de alabanzas y de calificativos de “magistral”, viendo además que estaba editada en España por Impedimenta, una editorial cuidadosa con sus selecciones, decidí que debía leer esta obra. Y la leí. Y me siento decididamente en la bancada de la leal oposición.

         Es, en mi humilde opinión, una novela mediocre con ciertas ideas desaprovechadas. Me gustaría decir que Armin Öhri lo intenta y fracasa meritoriamente, pero no tengo muy claro si ni siquiera lo intenta.

         El primer capítulo, seamos justos, es notable. De hecho, es lo mejor de todo el libro. Está escrito con un estilo sobrio, seco, directo y preciso. No volveremos a leer algo igual mientras tengamos el libro entre las manos. Presenta a la víctima del crimen y al criminal y narra el crimen en sí mismo. No habrá, pues, juego de gato y el ratón, no habrá lista de sospechosos y suspense hasta el final, mientras nos mordemos las uñas barruntando quién lo habrá hecho. Sabemos desde el principio quién lo ha hecho.

      ¿Entonces? Öhri juega una carta interesante: en vez de una investigación, el corazón de la novela será el juicio. Un juicio donde el criminal, que no es heroico, sino muy villano, tratará de hacer descarrilar el proceso contra él aunque sea obvio y notorio para todos los implicados, que es culpable. Es una idea muy atractiva. El problema es la ejecución. Créanme, en ocasiones pensaba estar leyendo el guión de un bodrio de sobremesa. Los diálogos de los interrogatorios eran un tanto sonrojantes. El estilo de la narración, folletinesco en el peor sentido de la expresión; perdí la cuenta de cuántas muecas diabólicas, demoníacas, mefistofélicas y satánicas deformaban la faz del profesor Goltz, nuestro orondo asesino. Öhri trata de dar vida su villano y le sale una caricatura. Sin pretenderlo, que es lo grave. Cuando, después de contemplar sus argucias de leguleyo patético, lee uno a un veterano policía admirarlo por su astucia infernal y calificarlo de genio de la lógica, se pregunta si no será la novela un bromazo encubierto.

       Cierto que en los últimísimos capítulos se levanta algo la cabeza. Se evita un desenlace que, de haberse producido como parecía, hubiera sido para tirar el libro por la ventana y ese pequeño guiño burlesco es un mérito que no regateo al autor. La explicación final del móvil del asesino y el desenlace del caso son aceptables, aunque ni mucho menos originales. En cuanto al móvil, durante la exposición del mismo por el perfidísimo profesor me encontré pensando en “La soga” y en cómo se expone idéntica idea de un modo mil veces más atractivo y escalofriante, sin aspavientos.

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       Pero es que “La musa oscura” no tiene como protagonista al profesor Goltz. ¡Ojalá! El protagonista es Julius Bentheim, dibujante de la policía, estudiante de Derecho, convertido en detective aficionado, uno de los tipos más estomagantes que he tenido el disgusto de cruzarme en un novela. Bentheim es una nulidad. Carece de cualquier atractivo. Ni es inteligente, ni es simpático, ni es concienzudo, ni es humilde, ni es nada. Es una nulidad. ¿Que con eso se podría haber formado un protagonista irónico de primer orden? ¡Ya lo creo! ¿Que Öhri intenta que nos tomemos en serio a su petimetre? Eso me temo.

        Para más desesperación “La musa oscura” tiene vocación de inicio de saga detectivesca. Y se nota en cada línea. La historia del juicio y la historia de Bentheim corren paralelas durante buen parte de la novela. Las pausas en el proceso se utilizan con la sutileza de una bomba atómica para ir colando la historia personal de Bentheim y presentar a la obligada colección de personajes secundarios recurrentes que toda saga ha de tener. Nada tengo yo contra tales colecciones. Siempre he sido un forofo de los personajes secundarios. Muchas veces, salvan novelas, películas y series. Siempre que sean buenos personajes secundarios. Dickens era una maestro consumado en este sentido. Como también Pratchett. Öhri, no. Ni uno, oigan. Ni uno llama la atención. Más que presentarlos, Öhri les permite hacer un cameo, tal vez tanteando al público a fin de determinar quiénes agradan más y merecen volver a presentarse. Las únicas excepciones son Albrecht Krosick (el supuestamente cínico e irónico amigo del protagonista ) y Filine (el amor del protagonista), dos sinsustancias de cuidado, pero que aparecen casi tanto en la historia como Bentheim y Goltz.

        La intención de que “La musa oscura” sea una novela, por así decir, de presentación es tan evidente, que no hay una auténtica trama en los capítulos que no tratan del juicio. Bien es cierto que no es necesario una trama para hacer una gran obra. Hace poco he terminado la maravillosa “Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy”, de Laurence Sterne, donde la acción no avanza ni un medio minuto durante cientos de páginas. Es uno de los libros que más he disfrutado y con el que me he reído en años y años, una obra maestra. Öhri no es capaz de escribir bien sobre la nada. Intenta colarnos un remedo de trama paralela que no es sino una excusa flagrante para ir metiendo la galería de secundarios, con vistas a que vuelvan a aparecer en las futuras entregas de su saga. Esto puede llegar a convertirse en la estructura de esas futuras entregas: un caso principal y un puñado de escenas más o menos inconexas para que recordemos la existencia de Bentheim y sus adláteres.

         Resumiendo: con un inicio prometedor, un asesinato brutal, un proceso contra el asesino donde éste tiene que desmontar una acusación que parece a prueba de balas, todo ello ambientado en el Berlín de mediados del siglo XIX, Armin Öhri se las apaña para tejer una novela mediocre, pretenciosa, aburrida y con ínfulas de ingenio. Meritorio. Seguro que las continuaciones están a la altura.

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