Con un vaso de whisky

febrero 17, 2015

En Hugo Blick confiamos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:51 pm
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            ¿En quién confiar? ¿Cómo saberlo? Nessa Stein abre cada capítulo de “The Honourable Woman” con estas preguntas desoladas. Tras haber visto los ocho episodios, tengo mi respuesta: puedo confiar en Hugo Blick. El mismo hombre que urdió esa siniestra obra maestra que es “The Shadow Line” (de la que hablamos aquí; sufro ahora mismo la enorme tentación de dejar de escribir y ponerme a verla una vez más) nos ha dado otra obra, menos tenebrosa, menos redonda, tal vez, pero muy digna de ser vista. Además, si IMDB no me engaña, Mr Blick fue un joven Jack Napier en “Batman” y tiene una sonrisa que inspira confianza.

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            Siempre me ha parecido curioso que se emplee el ajedrez como metáfora o símil del juego diplomático. Desde luego, yo también le he dado ese uso. Sin embargo, es un tanto injusto. El ajedrez es el juego maniqueo por excelencia. Hay fichas blancas y negras (o rojas). En el ajedrez no hay sitio para el azar, sólo para la habilidad. Cada pieza puede usarse de una manera determinada, únicamente. No hay trampas, aunque haya astucia. Y hay dos contendientes, no varios intereses, varios jugadores entrometiéndose unos en las partidas de otros. El ajedrez es pulcro. Así que ya me dirán ustedes si el ajedrez encaja con Oriente Medio.

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            Blick se mete de lleno en una de las realidades más complejas, delicadas, terribles y sangrientas de nuestro mundo. Israel y Palestina. Palestina e Israel. Creo recordar, además, que cuando se estrenó la serie, había un pico de tensión en la zona. Un pico de tensión allí no es ninguna tontería. Hubo cierta polémica. Porque Blick no usa el negro y el blanco si no es para conseguir el gris. Algo que le falta a “Homeland”, por ejemplo, con la que se puede ver un cierto paralelismo. Al menos, los títulos de crédito tienen un aire.

            Desde luego, no voy a ponerme a divagar sobre la problemática palestino-israelí. Me faltan conocimientos, experiencia y no es éste el lugar para una tal debate. Como es, sin embargo, el contexto de la serie, al verla y ahora al recomendarla, he de decir que “The Honourable Woman” sale con bien del avispero, sin demonizar ni santificar a nadie.

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            Formalmente, esto no por habitual hay que dejar de destacarlo, es irreprochable. Una fotografía perfecta, una dirección precisa, unos encuadres, unas secuencias, unas escenas a las que resulta difícil poner un pero. La estructura, con constantes saltos al pasado, está al servicio de la historia y del progresivo desvelamiento de los personajes, sus relaciones, sus historias. La banda sonora noes memorable. Cumple un papel muy humilde, envolviendo a la historia. Esto es una lástima. A mí me gustan las bandas sonoras memorables, porque creo que realzan los méritos de una película o de una serie, además de serlo por ella misma. Hace tiempo que no me topo con una banda sonora digna de recuerdo.

            Por suerte, la historia merece la pena. A partir de aquí, algún spoiler se colará.

            Igual que en “The Shadow Line”, una muerte pone las ruedas en marcha. Esa muerte no es casual, tiene una razón de ser en una red intrincada. Blick es un maquinador de primer orden. Sus tramas son retorcidas, aunque logra desplegarlas ante el espectador de manera que cada hebra esté en su sitio, sin enredos. Mientras la trama de “The Shadow Line” nos llevaba más y más al corazón de las tinieblas, aquí nos lleva más y más al corazón de la tragedia. Una tragedia familiar.

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            Hijos, padres, hermanos. Individuos y pueblos. Nessa y su hermano Ephra asistieron al asesinato de su padre, un magnate armamentístico. Ahora llevan las riendas de una empresa que trata de tender puentes de comunicación entre israelíes y palestinos. La familia Stein, incluyendo a los colaboradores cercanos de Nessa, es un pequeño y complicado mundo, lleno de desconfianza, dolor y amor. Un mundo que se engarza en otro más amplio, el de la política y el espionaje. Mundos que se escrutan mutuamente, cada cual tratando de sacar adelante sus propios designios.

           Maggie Gyllenhaal encarna a Nessa Stein. No es un papel fácil. Nessa me desconcertó en cada episodio. Cada vez que creía tenerle cogida la medida, algo en ella había que no terminaba de cuadrar. Una financiera idealista, comprometida en la causa de la paz, del entendimiento. Los cables que llevan y trasmiten información de un lado a otro de la frontera son al tiempo tanto una sólida realidad que favorece el comercio, la negociación, como un símbolo para una tierra llena de divisiones, de límites, de pasos fronterizos, de mutua exclusión. Una baronesa, una dama del Imperio, rica, poderosa, que trata casi de igual a igual a representantes de diferentes Estados u organizaciones. Una mujer con un pasado espantoso, con un secreto que debe proteger celosamente, un pasado que la alcanza, como siempre ocurre. Una persona herida, traumatizada, con la sombra del padre sobre ella, con la sombra del hijo sobre ella, con la sombra de la violencia sobre ella, que se acurruca en una extraña celda dentro de su mansión para poder dormir, cuando no busca su autodestrucción en la noche. Una mujer que tiene el sello de lo trágico, el orgullo de creer que saldrá triunfante en su lucha contra un Destino que no entiende invencible, pero que sabe que la más mínima duda sobre su honorabilidad causará su caída.

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           Gyllenhaal, aquí, me convence en ocasiones y me desagrada en otras. Entiendo que Nessa es un personaje difícil, más difícil aún cuanto es enormemente pasional. Sin embargo, hay momentos en que la interpretación de Gyllenhaal es excesiva, volviéndose histriónica. En un par de momentos me planteé si Nessa no sería bipolar, algo que no tiene base alguna en la información que da la serie, salvo en la propia actriz que la encarna. Y si ya Claire Danes es a veces excesiva en su papel de Claire, que sí es bipolar, Gyllenhaal es, en ciertos momentos, lo más flojo de la serie.

               Todos los demás actores cumplen con su rol de manera brillante. Los secundarios y terciarios son, como ha de ser en una serie compleja, seres humanos complejos. Ephra, mezquino, noble, débil, sufriente. Shlomo, jovial, violento, astuto, leal para con los suyos, grande de panza, corazón y riqueza. Atika, el personaje más opaco, con su cuerpo seco, delgado, siendo casi un recipiente para el dolor. Su relación con Nessa es de las más sutiles y su propio papel queda abierto al debate. ¿Hasta qué punto finge, hasta qué punto es sincera? Sin embargo, su integridad está fuera de toda duda, aún más en sus terribles momentos finales.

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            Como soy un devoto de Stpehen Rea, me ha encantado verle de nuevo. El suyo es, además, el personaje central dentro del mundo del espionaje, en la serie. Los Servicios Secretos británicos están metidos en el ajo, algo que siempre me llena de jolgorio. C, interpretada por Jante McTeer, es un placer para el espectador, en cada reunión, en cada conversación, en cada intriga. Igual que Eve Best, la aún más intrigante Monica Chatwin (Best, una cara ya vista en “The Shadow Line, parece condenada a ser siempre una rival para Rea en las obras de Hugo Blick).

             Pero Sir Hugh Haydeln-Hoyle (nombre de bien) se lleva la palma. Resulta un individuo tan o más complejo que Nessa. Un espía, un encargado de recabar y analizar información, sobre el que parece haber caído la maldición del Apocalipsis. “Ojalá hubieras sido frío o caliente, pero como has sido tibio te vomitaré de mi boca”. Sir Hugh, hombre sin pasiones, realista anfibio, no toma postura en ningún asunto peliagudo. La escena de la comida en el que el pro-palestino y el pro-israelí se enzarzan en una pelea, mientras él se muestra sólo interesado en las uvas y el vino es brillante.

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          A Sir Hugh esa indiferencia le cuesta el matrimonio, harta su digna esposa de aguantar a una sombra gris sin sangre en las venas. Le cuesta también sufrir los insultos de terceros. La sonrisa burlona con la que acoge las analogías que hacen a su costa con vampiros, espectros, criaturas de las tinieblas no oculta el creciente descontento consigo mismo. Si Nessa hace lo que hace en la serie, en parte por historia en parte por idealismo, Sir Hugh hace lo que hace, primero por supervivencia (los rivales olfatean debilidad y un puesto vacante en el futuro), luego por dignidad personal. Sir Hugh quiere ser capaz de respetarse a sí mismo, como profesional y como hombre, antes de pedir a cualquier otro (sobre todo, a su ex mujer) un respeto similar. De ahí que su desesperada súplica a un viejo colega, contacto y rival de la inteligencia israelí, logre conmover al veterano espía. De ahí que, de todos los finales, el más feliz, sin melindres, sea el suyo.

            El más feliz. Porque esta serie no tiene un final feliz. Es una historia trágica. No perversa. Resulta curioso: todos los personajes todos, hasta los más despiadados, son honestos. Los móviles de la trama no son intereses económicos o de puros juegos de poder. Tampoco (lo cual me sorprendió para bien) es el fanatismo, político o religioso, el que está en el fondo del asunto. Todo el mundo lucha por su parte de verdad, convencido de estar cumpliendo con su deber. Y, como es canónico en una tragedia, y es trágicamente comprobable en este mundo nuestro, luego de toda la sangre derramada, el mundo apenas ha cambiado.

             Pero son ocho horas de BBC. De Hugo Blick. Merecen la pena.

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febrero 2, 2015

Jaque sin mate

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:21 pm
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            “The Fall” se ha despedido hasta otra temporada. En la primera esa despedida temporal me sorprendió, pues estaba seguro de estar viendo una miniserie cerrada, dejándome una considerable ansia por continuar. Esta vez también me ha sorprendido, pues estaba convencido de asistir al desenlace (se ve que no ando muy certero, con esta serie en particular), pero el regusto ha sido más amargo: aguardo con esperanza un poco temerosa su regreso, porque espero, sin garantías, que enderece lo que está torcido.

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            ¿Cuál es, entonces, mi recomendación respecto a esta segunda temporada? ¿Deben ustedes verla o no? Depende. Si les convenció la anterior (de la que hablamos aquí), sí, sin duda, véanla. Tiene muchas de sus virtudes, en especial el tono frío, la fotografía precisa, el ritmo más angustioso que acelerado; ha corregido algunos de sus defectos y han surgido otros nuevos. Si no acabaron ustedes muy seducidos por Stella Gibson, Paul Spector y su juego en la gris Belfast, pues no dediquen más horas. Hay otras series esperándoles.

            Esta serie no es ni una obra de detectives pura ni una obra negra pura. Las series policiacas británica cada vez más, están en una zona media entre la Edad de Oro de Holmes y Miss Marple, y la sombría reflexión social de la novela negra clásica americana o contemporánea italiana, griega, escandinava. No es sólo un rompecabezas, no es sólo una disección de la sociedad, no es sólo un estudio psicológico de personajes. Es una mezcla de todo ello, por lo que ninguno de los ingredientes tiene primacía. Ese es su mérito y su limitación.

            A partir de aquí, spoilers; irán siendo más graves a medida que avancemos.

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            “The Fall” sigue basándose en sus dos personajes centrales, los cazadores: Spector, el depredador de mujeres morenas (Jamie Dornan, casi te perdonamos dar vida al fulano Grey) y la policía que caza al cazador (Gillian Anderson, soberbia, como de costumbre). Al contrario que en los cinco capítulos anteriores, en estos seis su partida tiene prioridad absoluta y otras tramas menores se dejan a un lado. La subtrama sobre corrupción policial y política en Irlanda del Norte desaparece casi sin dejar rastro. Esto es en parte una virtud, ya que se corría el riesgo de lastrar el ritmo y distraer la atención del duelo central; no obstante, también se puede lamentar: al fin y al cabo, esa subtrama servía para colocar a Stella en un contexto, una forastera en una tierra con sus propias historias, sus propios intereses subterráneos que pueden reaccionar si ella los pone en peligro. Ese enfoque se abandona por completo.

            El centrarse en la detective y el asesino obliga a examinarlos más a fondo. Aquí hay alguno de los cambios que pueden ser para mejor o para peor. En la primera temporada tanto Gibson como Spector me sorprendieron de un modo considerable. Stella era tan extraordinariamente gélida, tan desafecta de todos los demás seres humanos que la rodeaban, que rozaba la sociopatía. Extremadamente inteligente, impasible, severa y solitaria. He aquí, sin embargo, que en esta segunda temporada demuestra ser una persona emocional, empática. Stella siente y padece por las víctimas. El analítico desapego del pasado se convierte en una devoción más personal que profesional en el caso.

            Hay una posible explicación (aparte de que los guionistas hayan decidido modificarnos a nuestra investigadora). El asesino, entonces, asesinaba. En esta temporada, el crimen que mueve a la policía, igual o más que los pasados, es un secuestro, un secuestro de una mujer viva, a la que aún puede salvarse. Stella no está ante cuerpos fríos, sino ante una mujer y una familia aún no irremediablemente condenadas. Eso, tal vez, explique sus lágrimas. Lágrimas que, obvio es decirlo, no son muestra de debilidad.

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            Spector, por su lado, se vuelve aún más extraño. Gibson, en un momento dado, le espeta a su cansino superior, Jim Burns, que Spector no es un monstruo, sino un hombre. Nadie está más a favor de los monstruos de las profundidades que yo en la ficción. Esta serie, que tiene una clara vocación por ser veraz, en cambio, no puede permitirse un asesino que sea, sencillamente, una encarnación del Mal. Lo que vale, por ejemplo, en “Hannibal”, no vale en “The Fall”. Así es, Paul Spector es humano. Entonces, ¿qué le ha convertido en lo que es? Ya dije que no es ni el típico sociópata resentido ni el psicópata todopoderoso y ficticio.

            Esta segunda temporada nos deja sin muchas respuestas. Spector se vuelve más opaco cada episodio. Su matrimonio, que tan inquietantemente amable le volvía (ay, Sally Ann Spector, qué sufrimiento más bien interpretado por Bronagh Waugh), se ha ido al diablo. Sigue siendo un padre para su pequeña hija Olivia (del pobre Liam no se acuerda nadie), un vínculo poderoso que toca de cerca, parece, a la misma Stella. Sin embargo, se nos escamotea un porqué. Burns cree encontrarlo en un posible abuso de niño, explicación razonable, aunque un tanto manida (para la ficción, se entiende, no en la realidad); pero la serie la descarta de manera expresa. ¿La pérdida violenta de la madre? Se insinúa, sin más. Spector es un libro cerrado, y Dorman lleva muy bien esa impenetrabilidad. Resulta curioso que cuanto más se va resquebrajando la impasibilidad de Gibson (sin llegar a romperse del todo), más pétreo sea Spector.

            Opaco en cuanto a sus orígenes, opaco en cuanto a sus propósitos. Durante parte de la temporada pareciera que su objetivo es eludir el cerco policial, cada vez más estrecho. Su seducción de la tontaina de Katie puede ser, primero, para que tenga la boca cerrada y salvar su matrimonio. Luego, para tejer una coartada. En fin, parece que también siente un sádico placer en manipularla, jugar con sus expectativas y, de un modo bastante sencillo, inocularle un cierto nihilismo negativo (lo cual, tratándose de una adolescente, tampoco es que sea una hazaña épica), para convertirla en una suerte de esbirro. Admito, a día de hoy, que no sé qué pretende Spector.

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            Otro de los temas que recorre con más claridad esta temporada que laanetrior es el del machismo. Las alusiones a un machismo puro y duro (así el despreciable Jimmy, que ya conocíamos) se unen a un cierto machismo casi subconsciente. La detective MCNally se cabrea con su compañero cuando éste salta a defenderla ante un sospechoso, como si ella no fuera capaz de ponerlo en su sitio. Y no hablemos del torpe de Burns, que no es mala persona, pero sí bastante patético; entre que no parece fiarse de que ella sea capaz de arrostrar a un puñado de matones y su, ejem, visita nocturna, se cubre de gloria. Gibbons parece haber pasado de su misantropía general a un particular desdén por sus colegas masculinos, con argumentos razonables, visto lo visto.

            Admito que en la serie no hay personajes masculinos que merezcan mucho la pena. Los relativamente positivos son simples, torpes o poco interesantes (en especial los amantes ocasionales de Stella, uno en la primera temporada, otro en ésta). Diablos, Spector aparte, el único memorable es un pederasta en prisión, que posee una cierta aura perversa. Las mujeres son personajes más firmes, lo cual es una elección legítima para la serie, más si tenemos en cuenta que los cuerpos policiales, al menos en la ficción, sospecho que en la realidad, tienden a ser campos de feroz masculinidad. Tampoco hay que sacar las cosas de quicio: que el personaje de Stella desprecie tanto a los varones no implica que este sea un mensaje de la serie y, por otro lado, pese a sus aseveraciones, Gibson se muestra sinceramente cercana con el pobre Tom, el marido de la víctima del secuestro. Esta es una serie de grises.

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            Stella, eso sí es claro, resulta atrayente para Spector, aunque no creo que desde lo físico. Su mayor éxito en esta partida es obtener acceso a los más íntimos pensamientos de su adversaria, a través de su diario. Es un golpe duro para Gibson. Parte de su resquebrajamiento emocional puede venir de ahí. Durante el último episodio de estos seis, el asesino rechaza con su simple silencio todos los asaltos y tretas policiales. Está muy cerca de obtener su libertad. Pero exige un cara a cara con Stella. Ella accede.

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            Es mi escena favorita de esta temporada. El duelo no es perfecto, pero está a la altura. Gibson y Spector, sin mover más que los labios (casi no mueven un músculo, es un duelo de estatuas, y lo digo sin sentido peyorativo) se sacan los ojos el uno a la otra. Spector, desde un punto de vista del proceso, se entrega. Confiesa con rapidez ser culpable. Parece ser, éste es un rasgo común a ciertos asesinos en serie: terminan admitiendo sus crímenes, con cierto orgullo o alivio (dicen algunos que admiten hasta los no cometidos). Paul admite ser culpable para poder enfrentarse a Stella donde le interesa, en el terreno psicológico. La fría razón de Stella choca con la pasión destructora de Spector. Cuando parece que ella le ha hecho morder el polvo, Spector da una última dentellada que hiere muy hondo a su rival. Luego, se niega seguir luchando. El final de este combate es ambiguo. Hubiera sido un excelente final hacia la tercera temporada.

            Pero tuvieron que alargarlo media hora más.

        Esos últimos treinta minutos son bastante desastre. El paseo boscoso de Stella siguiendo las indicaciones de Spector es excesivamente largo, el descubrimiento de Rose, viva, poco verosímil (pese a que nos da un “Inesperado” muy simpático del asesino) y no acabo de ver qué pretende Spector con todo esto, si es que pretende algo. Pero eso no es lo peor.

          La subtrama del maltratador Jimmy debería haber sido aparcada, igual que la política. Tiene cierta utilidad para la trama principal, pero el asalto de ese animal de bellota al refugio de mujeres maltratada tiene escaso sentido narrativo. Su aparición en el bosque, además de previsible, es una tontería como la copa de un pino. Dispara al sinsustancia que se está cepillando Stella (tras unos torpes planos que parecen equipararlo al mismo Spector, algo risible) y al mismo Paul. Si hubiera acabado ahí la serie, menudo bajonazo.

        Parece que no será así. Stella se lanza, desesperada, para asegurarse de que Spector vive. Seguramente viva. Tanta angustia por su enemigo exigirá buenas explicaciones. Y como sea que, en Spector y Olivia, Stella vea a su padre y a ella misma, muy bien tendrán que vendérmelo.

          Así que a la espera quedamos.

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