Con un vaso de whisky

noviembre 25, 2012

Twin Peaks era aburrido

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:22 pm
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            Ser sociópata es cansino (al contrario que ser psicópata, si se tiene ingenio, que es grandérrimo), pero a veces a uno le dan tentaciones. Porque los sociópatas se relacionan con la gente lo justo para matarla y luego lloriquear sobre lo rechazados que se sienten por el resto del mundo, hasta que salen a matar otra vez (tedioso, muy tedioso). Si no eres uno, entablas relaciones hasta cordiales con diferentes grupos, hablas, intercambias ideas, opiniones y gustos. Y entonces uno de esos grupos te descubre un nuevo Lugar Inexistente. Y lo visitas. Estabas aún maldiciendo porque tu drakkar había sido incapaz de llegar a Berk. Ahora estás maldiciendo, además, porque las vacaciones en Gravity Falls, Oregón se han suspendido, durante meses…

            Tengo la cada vez más firme certidumbre que los dibujos animados han variado con sutileza en los últimos años. No hace demasiado, tenían un objetivo muy evidente: los niños, como mucho los preadolescentes. Estaban hechos para ellos o para lo que se suponía que eran ellos. Normalmente, llamándolos idiotas a la cara. A alguna lumbrera se le ocurrió que, si además de porrazos y formas coloridas (que son cosas respetabilísimas), se incluían diálogos con varias interpretaciones posibles, detalles de fondo, referencias de pasada que entendieran los adultos, se lograba atrapar a los críos, a sus padres y a los hermanos mayores. Hasta que una lumbrera más tuvo la inspiración de que los adultos podían ser el verdadero objetivo, aunque dando aún a los niños migajas para que la vieran con sus padres y hermanos.

            Un niño puede ver Gravity Falls tan bien como un adulto. Un adulto que no sea aburrido hasta el sopor claro. Es decir, que un niño inteligente y un adulto inteligente pueden verla y pasárselo como enanos. Si el adulto inteligente aún conserva o ha recuperado al niño inteligente dentro, entonces logra un pleno. Así que si están ustedes en alguno de estos tres segmentos de población y aún no están viendo la serie de Alex Hirsch, empiezo a dudar de su inteligencia. De acuerdo, pueden terminar de leer. ¡Pero no tarden ni un segundo más!

            No se confundan, a mí me encanta Twin Peaks, sobre todo su primera temporada, con su delicioso café, su excelente tarta de cerezas y el olor de los abetos Douglas. Sin embargo, como pueblo misterioso en medio del bosque, ya no tiene el primer puesto. Porque en Gravity Falls hay misterios, pero, sobre todo, hay risas. El agente Cooper podría transplantarse directamente y ganaríamos todos con ello. Por cierto, The Club, el club de Gravity Falls, es un homenaje clarísimo a la siniestra habitación de cortinas rojas donde Cooper tiene conversaciones al revés con el enano danzarín (el estupendo Michael J. Anderson, Samson en Carnivàle).

            En los primeros diez segundos del piloto conocemos a Dipper y Mabel, dos hermanos de doce años que están pasando el verano en compañía de su tío-abuelo Stan… claro que los conocemos mientras conducen frenéticamente un cochecito de golf entre los árboles, escapando de una criatura de horror inimaginable. ¡Empezamos como Dios manda!

            Estos dos críos son los protagonistas y son protagonistas de bien. A su alrededor (ahora volvemos con ellos, descuiden), la obligada colección de secundarios. Por obligada, siempre difícil que sea digna. Ésta lo es, con creces. Stan, dueño de la cochambrosa Mistery Shack, es un grande: un viejo misántropo, sarcástico, capaz de sonreír con todos los dientes mientras te está timando, estafando y engañando. Antes de que des dos pasos en su tienda, ya sabe cuánto dinero tienes y cómo va a sacártelo todo, preferiblemente de un modo mezquino.

            Sus empleados tampoco tienen desperdicio. Soos, manitas y chico para todo, a lo que parece (el estatus laboral de los empleados de Stan nunca está claro, lo cuál siempre es útil para él), mezcla momentos de simpleza encantadora con otras de sospechosa perspicacia; además, sus tripas suenan como el canto de las ballenas. ¡Majestuoso! Y Wendy, la adolescente encargada de la caja, que se merece el anglosajón calificativo de “cool”. Tan vaga en el trabajo como echada para adelante fuera de él, a veces me parece una April (Parks and Recreation) sin vena maligna.

            Dipper y Mabel siguen siendo los protagonistas, pese a tan buena compañía, merecidamente. Dipper es un aventurero revuelto con un conspiranoico encajado bajo la gorra de un chaval inseguro. Es la parte racional, meticulosa y detectivesca de la serie. Es él quien está convencido de que en Gravity Falls hay mil misterios extraños (tampoco es que se oculten tanto), quien tiene en su posesión uno de los diarios de un investigador anónimo que le precedió en ese convencimiento. No sólo no resulta jamás cargante, sino que es bastante majo y da gusto reírse de él y de lo que le pasa. Que tenga un enamoramiento veraniego con Wendy servirá, supongo, para que parte del público empatice con él (ah, el chico que suspira por la chica inalcanzable, pero justo a su lado… ¿dónde tengo el cuchillo de trinchar?). Sirve, desde luego, para crear momentos muy cómicos. Y para que exista “Double Dipper”, el capítulo donde más divertido resulta Dipper, hasta la fecha.

            Dipper tiene a Mabel de hermana; que nos demos cuenta de que Dipper existe, que es gracioso y que es uno de los protagonistas, aún estando cerca de Mabel, implica que él es un personaje con entidad. Porque Mabel eclipsa a cualquiera. Mabel es el gran hallazgo. Mabel convierte una serie simpática, en una serie desternillante. ¿Por dónde empezar? ¿Por sus jerseys enormes? ¿Por su voz perfecta (trabajazo de Krsiten Schaal; buen trabajo de los demás, pero trabajazo de ella)? ¿Por sus ojos enloquecidos? ¿Por su indestructiblemente optimista visión de la realidad? ¿Por el absurdo que la sigue a cada paso? ¿Por sus sobredosis de azúcar, que dejan a los viajes de ácido con un palmo de narices? ¿Por ser el personaje cuya intervención es siempre esperada y siempre logra partirnos de risa?

            Encima, en un momento determinado, Mabel encontró a Waddles.

            Por su cuenta, Waddles sería un cerdo cabal. Ahora bien, su auténtica naturaleza es alimentar el poder de Mabel. Por así decirlo, Waddles es el Anillo Único: depende de con quien se junte, tendrá un efecto más o menos espectacular. Juntar a Waddles con Mabel es darle a Sauron el Anillo. No, eso es ser injusto… ¡Ya le gustaría a Sauron!

            Personajes de bien, en un escenario de bien. Gravity Falls tiene de todo: gnomos psicóticos, minotauros tontorrones y forzudos, periodistas patéticos, un par de policías que merecerían trabajar en Springfield, misterios dentro de acertijos, y adversarios. Por ahora, hay tres antagonistas identificados: Robbie, el adolescente medio emo repelente, que lucha contra Dipper por Wendy (llamarle adversario es dignificarlo demasiado); Pacifica Northwest, la niña pija de la familia importantísima, enemiga jurada de Mabel (pobre…); y Little Gideon, un niño gordo, con un traje espantoso, un tupé rubio a lo Elvis en su peor época, estrella local de televisión, psíquico estafador (¿o no?) con ribetes de telepredicador, obsesionado con tener a Mabel de novia, eliminar a Dipper por entrometerse en su camino y apropiarse de la tienda de Stan, por alguna razón, mientras controla a sus padres como un dictador diminuto, iracundo y berreante. Y, encima, hay monstruos.

            Los guionistas hacen un trabajo de sobresaliente: las tramas son autoconclusivas, pero los personajes tienen continuidad y como el Diablo está en los detalles, los cuidan de un modo casi preocupante (¿Es casualidad que Stan sea el único personaje con cinco dedos en las manos? ¡Lo dudo!). No voy a decir más que esto: vean la serie varias veces, paren cuando crean que hay algo en la pantalla que merece un vistazo atento. Seguro que lo hay. Y que tiene relación con otro detalle de otro episodio. Y que se les siguen escapando cosas.

            Qué les voy a decir: me ví los doce capítulos en una semana. Estoy bastante orgulloso de mí. Porque hubiera querido metérmelos todos el mismo día entre pecho y espalda. Tal vez lo haga. Tal vez ahora mismo. ¿Cómo vas a decirles que no a estos dos?

            Maldita gente… como si no tuviéramos ya bastantes Lugares Inexistentes para torturarnos…

noviembre 18, 2012

La fortaleza multicolor

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:27 pm
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            He estado recientemente en el Museo Nacional de Arte de Cataluña. Casi merece la pena ir sólo por la visión de Barcelona a tus pies, allí en lo alto de la escalera. Pero lo que hay dentro es aún más espectacular. Éste es un gran museo y los grandes museos no conviene comerlos de una sentada; ni era mi intención. Iba con menú cerrado: devorar el Románico y, si quedaba sitio, picotear algo del Gótico.

            Las colecciones románicas y góticas de las tierras que fueron la Corona de Aragón son magníficas. En su mayoría, son piezas de Cataluña. Y es que el románico catalán es cosa seria. Tan ahíto quedé de tallas, tablas, policromías, arquetas, orfebrería y capiteles, que cuando me acerqué al año 1300 ya tenía la capacidad de ingesta bastante tocada. Disfruté del Gótico, pero por gula en buena medida, porque mi hambre había quedado satisfecha con el Románico.

            Poner en la tesitura de escoger entre arquitectura románica y gótica es una canallada. Los templos románicos inducen al recogimiento, a la introspección, a la meditación; los góticos, a la euforia, al éxtasis, al arrebato. Las severas y sombrías iglesias románicas, de robustos muros y ventanas como aspilleras, fortalezas de Dios, frente a la luminosa esbeltez de las catedrales góticas… ¡difícil elección! Las iglesias góticas suelen ganar, porque, justo es reconocerlo, son más impresionantes y, además, si el día es soleado, el juego de luces resulta abrumador (aunque San Martín de Frómista, en su blanca sobriedad, no se anda a la zaga). Pero, mientras avanzaba en mi visita, empecé a preguntarme si no somos un tanto injustos con las viejas iglesias románicas.

            Nunca jamás podremos experimentar una verdadera iglesia medieval. Estamos acostumbrados a verlas, austeras, con la piel de piedra desnuda. Incluso las series o películas de ambientación medieval nos presentan así los edificios religiosos. Bueno, pues si ésta es la idea que tienen (natural si han visto alguna por dentro), vayan a las salas del MNAC. Sus hábiles historiadores y restauradores han desplegado una inteligente estrategia: diseñar sus salas de manera que reproduzcan, dentro de lo posible, la planta de la iglesia original, colocando las pinturas murales que se conservan en su lugar primitivo.

            El resultado es de aplauso. Aun en aquellos casos en los que sólo se conserva un mínimo, se puede captar la belleza, la fuerza que los interiores de esas iglesias, que tan bien creíamos conocer, tenían en verdad. Esos rojos, verdes, azules, negros y dorados, esos colores planos, potentes, esas marcada siluetas, la abstracción, la geometría, lo simbólico por encima de lo narrativo… Pongámonos en la piel del hombre del Medievo que entraba y ante él veía esos bestiarios, con grifos y basiliscos, guepardos y cuadrúpedos, al Pantocrátor, a los Tetramorfos, a los santos y profetas, majestuosos pero humanos, junto a terribles serafines de alas llenas de ojos y llamas, a demonios horripilantes (hay una procesión medio borrada de figuras cornudas y envueltas en mantos que no pasa de lo inquietante a lo terrorífico por un pelo)… y no nos sintamos muy superiores individuos del siglo XXI, porque quienes pintaron ese universo épico eran gentes medievales.

            Soy consciente, claro, de la utilidad que muchas veces sacaron nobles seglares y alto clero del arte maravilloso. Un campesino analfabeto veía aquellas imágenes sobrecogedoras y debía sentir el temor en el alma. Claro que ese mismo campesino cantaba luego burlonas canciones en las tabernas en las que no se dejaba títere con cabeza, del Papa para abajo, y esos monjes que tan guardianes de la ortodoxia debían ser (y muchos lo eran) han conservado carminas en latín llenos de procacidad e ingenio hasta nuestros días.

            Sociologías aparte, ¡qué gran tesoro! En El nombre de la rosa Umberto Eco hace que el novicio Adso de Melk sufra una apoteosis estético-espiritual ante un pórtico que representa el Juicio Final. Viendo el estremecimiento que sentí, lo reconozco, ante los restos de la pintura del ábside de Sant Climent de Taüll, en un contexto mucho menos propicio (malditas visitas organizadas)… ¡cómo no entender a Adso!

            Es una opinión muy personal que la arquitectura cristiana alcanzó diversos matices de perfección en la Edad Media, aguantó el tipo en el Renacimiento y se fue al infierno en el Barroco. Ahora, calculen mi entusiasmo cuando imagino esas obras de arte recubiertas de pinturas tan formidables, donde cada color, cada forma, cada ser cumple un propósito simbólico preciso.

            Esta mezcla de Arte y Fe tiene su problemática. ¿El Arte debe ser mediatizado por la Religión? ¿Es mejor Arte por ello, o es peor? Como yo sigo, en este punto, las tesis de Oscar Wilde, creo que el Arte no es ni moral ni inmoral, y que la religiosidad del mismo es irrelevante para apreciarlo o gozarlo como tal obra de arte. Por otra parte, considero perfectamente legítimo que una religión emplee el arte como vía para expresarse, sea mediante la pintura, la escultura, la arquitectura o la poesía. Una poesía será genial o deplorable, con independencia del sentimiento religioso del autor. Aunque hay veces que una obra utilizada para un fin ideológico o religioso se resiente.

            Es verdad que la estética apela a la sensibilidad humana más sutil. Un persona de gran sensibilidad estética, espiritual y religiosa (son tres sensibilidades diferentes) puede verse con problemas para discernir donde empieza cada cual, porque muy probablemente habrá zonas de intersección. El miedo a que la contemplación de lo bello nublara a los fieles y los apartara del sentimiento esencialmente religioso llevó a los puritanos a erradicar el arte de sus templos (entre otros motivos), que tan fríos, secos y desapacibles resultan. También el Islam mira con recelo la representación de figuras, uniendo a la posibilidad de la distracción la tentación de la idolatría. Pero muchas mezquitas son auténticas maravillas de motivos vegetales y geométricos y la caligrafía coránica grabada en sus paredes alcanza, en ocasiones, una hermosura incomparable.

            No es que yo rompa una lanza a favor de discursos que legitiman el arte como medio de buscar a Dios o, al menos, dejarle recado para que llame cuando mejor Le venga, pues me parece un error. El Arte se legitima a sí mismo, y el arte religioso puede ser disfrutado más por un ateo que por un creyente. Pero tampoco critiquemos, en modo alguno, al creyente que goza del Arte y, al mismo tiempo, vive su fe gracias a él.

            Y en cualquier caso, temamos a los que rechazan el Arte por seducción de los sentidos y consideran que erradicar la belleza es un mandato divino. Porque son los mismos que, donde dice “Amaos los unos a los otros”, lograron leer “Quemadlos a todos”. Lo cual, justo es reconocerlo, no está falto de mérito.

noviembre 11, 2012

¡Dragones! ¡Vikingos! ¡Y dragones!

            Miren ustedes que yo iba con mala idea. Me habían hablado, gente de respeto, muy bien de la película. Verás, me dijeron, que no sólo Pixar hace maravillas de animación. Pero yo tenía reparos. Me senté con ánimo de clavar los colmillos. Incluso contaba con una cita culta, de Chesterton, para abrir el fuego. No les digo qué cita. Porque comprendí que no quería decir lo que yo quería que significase. Y que si la usaba para atacar a este magnífico cuento, el señor Chesterton jamás se dignaría a devolverme el saludo. Aunque no sé cuántas serán las probabilidades de que nos veamos, prefiero no arriesgarme.

            Y es que mis prejuicios se tambalearon a los diez segundos, fueron destruidos a los cuatro minutos (de reloj) y durante la siguiente hora y media estuve clavado en el sillón. Sabía que cada minuto iba en mi contra, porque me acercaba al final, pero cada minuto merecía toda mi atención. Cuando How to train your dragon (“Cómo entrenar a tu dragón”) finalizó con un redoble de tambores me puse a buscar entre viejas cartas de navegación la Isla de Berk. Cada vez que la veo, infaliblemente, acabo de buen humor y empiezo a maquinar la ruina de sus personajes; yo sólo urdo la ruina de quien me merece respeto.

            Basada en una serie de novelas escrita por Cressida Cowell (que no he leído y, por tanto, no puedo comentar), esta joya de Dreamworks mira de igual a igual a las mejores películas de Pixar, que yo creía imbatible. Tanto desde el punto de vista técnico (aunque Brave, sólo desde esta perspectiva, da un salto más), como del guión, las voces de los actores y la dirección (y, por seguir con Brave, aquí le da mil vueltas). Quizás parte de su secreto sea que carece de pretensiones. No pretende ser la Gran Obra Que Cambie la Historia del Cine. Quiere ser una buena película. Y lo consigue, con creces.

            Así que allá vamos, acercándonos a Berk, en medio del frío océano, donde somos recibidos por Hiccup Horrendus Haddocck III. Saben ustedes que, muchas, muchas veces, el protagonista de una buena historia suele ser el más flojo. Que son los secundarios los que dan el paso al frente y salvan el día. Aquí, no. Hiccup es el protagonista y, yo al menos, no querría que me lo cambiaran. Porque este chaval delgaducho, torpe y sin ninguna de las habilidades que deberías tener si eres un joven vikingo en una isla asaltada cada dos por tres por dragones se gana las simpatías del espectador desde el primer momento.

            Esto es importantísimo, pero también es complicado. Si no simpatizamos con Hiccup, todo el tinglado se va al garete. Ahora piensen en la cantidad de protagonistas adolescentes cansinos que hay. Piensen en cuántos de ellos son chavales que no acaban de encajar y cuya película es la historia de cómo, al final, triunfan y se llevan a la reina del baile. Piensen en cuántas veces han soñado con torturarlos lentamente. Y pásmense, porque Hiccup no está entre ellos, ni de lejos. Lo consideramos con cordialidad y un punto de envidia (porque, diantre, ¿quién no ha querido tener un dragón? ¿Quién no quiere tener un dragón?).

            Porque sí, Hiccup es el marginado de la Isla. Todos, casi todos los habitantes de la Isla lo ven como un chiste o un peligro andante. Todos lo querrían muy lejos. Hasta su padre, el jefe, el gran Stoick el Vasto, lo tiene por caso perdido. El único que lo trata con sarcástica estima es el maestro herrero y sargento instructor, Gobber (un vikingo con no menos de treinta prótesis distintas para su mano perdida). Piensen lo que supone vivir en una tribu, durante unos catorce años, en la que nadie te quiere cerca. Hiccup no es feliz, pero no es un cansino, porque no comete el gran pecado: no se autocompadece. Este muchacho posee tenacidad e ironía. Cuando se lamenta, y al principio se lamenta un par de veces, su tono es más de cómica frustración que de pose pseudo trágica. Gobber es el único que le da el consejo que necesita: “Deja de intentar ser lo que no eres.” Y aunque el propio Gobber no es consciente del auténtico alcance de sus palabras, y Hiccup responde entonces con un cansado “Sólo quiero ser uno de vosotros”, no pasará mucho tiempo hasta que, ante la tribu y arriesgándolo todo, proclame “No soy uno de ellos”.

            Hiccup logra, sin testigos, una hazaña histórica: derribar un Furia Nocturna, el más enigmático de los dragones, que el Libro de los Dragones vikingo describe como “el impío vástago de los Relámpagos y la misma Muerte”. Lo derriba, lo busca, lo encuentra… y aquí es donde empieza lo grande. En las siguientes escenas, los guionistas y directores sabían que se la jugaban. Porque si ésta es la historia de la amistad entre un dragón y un niño, en medio de una batalla centenaria entre dragones y vikingos, cómo funcione el encuentro entre ambos es capital.

            Y funciona. Funciona a las mil maravillas. Esta película es inteligente: no sale bien a la primera. Hiccup encuentra al Furia Nocturna (luego bautizado como Toothless, Desdentado) indefenso. Puede matarlo. Sabe que debería matarlo. Pero no es capaz. Lo libera. Y el dragón no está nada contento, no se convierte en su mascota agradecida. Pero tampoco lo mata. Así que Hiccup, mientras aprende la teoría y práctica de la caza de dragones, rastrea al herido dragón y lo encuentra, incapaz de volar, por haber perdido parte de su cola. Lo observa, hasta que, al fin, decide acercarse.

            Éste es, en mi opinión, el momento culmen de la película, el más cuidado, el más hábil. Todo lo que viene después me encanta, pero es que los seis minutos en los que Hiccup logra superar sus miedos y Toothless su hostil desconfianza, luego su despectiva indiferencia, en un baile de intento y error, de acercamientos y meteduras de pata, sin palabras, con la magnífica banda sonora de John Powell (lo repito, magnífica), esos minutos tan cómicos, tan astutos y tan emocionantes… Son de matrícula de honor (por desgracia, sólo he conseguido este video, que está del revés con respecto al original, pero vaya…):

            La relación entre Hiccup y Toothless tarda aún un poco en asentarse. Gracias a ella vemos que Hiccup, un pésimo vikingo guerrero, es una atractiva mezcla de ingeniero y naturalista (un tanto durrelliano), inventivo, curioso e inasequible al desaliento. Que sean capaces de dotar a Toothless de personalidad sin concederle la palabra (porque los dragones no hablan aquí) dice mucho del buen hacer de guionistas y animadores. Y mientras Hiccup estrecha sus lazos con su dragón, mientras perfecciona la cola artificial que le ha preparado, mientras ambos aprenden a volar juntos, Hiccup aprovecha lo que descubre para convertirse en el mejor alumno de la Academia de cazadores, sin matar a un solo dragón, en otra secuencia muda grande y divertidísima:

            Alrededor de esta pareja, se colocan todos los demás. El resto de dragones no tiene una personalidad digna de ese nombre, al contrario que Toothless, pero las diferentes razas son vistosas, con la mezcla justa de humor y peligro (porque, sí, los dragones son dragones). Mi favorito es, quizás, el Terrible Terror, un pequeñajo estrábico, con muy malas pulgas, el cual, en su primera aparición me recuerda al Conejo Asesino de los Monty Phyton.

            ¿Y los demás vikingos? Son un tanto arquetípicos, en especial los compañeros, luego camaradas, de Hiccup. Pero encajan, porque los secundarios ligeramente arquetípicos son a veces lo que hace falta. Los gemelos Tuffnut y Ruffnut, el empollón (curiosamente, no marginado) Fishlegs, el bravucón Snotlout… y Astrid.

            Astrid es la mejor alumna, hasta el sorprendente e inesperado ascenso de Hiccup. Ágil, valiente, seria, obsesiva y quien más puñetazos da (casi todos merecidos) a lo largo de la película. La relación entre Hiccup y Astrid no es tan sutil como con Toothless, pero tampoco me disgusta. Hiccup lleva mucho tiempo loco por Astrid, quien le ve como lo que es, el raro. Quizás acaban juntos un pelín demasiado rápido (igual que ella supera su antidraconismo) pero el ritmo de la película lo exigía, para que no que no se convirtiera en lastre. Y además, ¿quién no va a mirar con otros ojos a un dragón y a su jinete después de pasar un día haciendo giros entre las nubes?

            No hay villano en esta película, algo que a mí me suele disgustar, pero aquí entiendo legítimo. La fuerza hostil contra la que al final hay que luchar no merece el calificativo de villano. De hecho, quien representa, pragmáticamente, el rol de antagonista durante la mayor parte del tiempo es Stoick, padre de Hiccup, el más vikingo de los vikingos. Pero Stoick no es en modo alguno un malvado. Es un buen jefe, convencido de que lo mejor para su gente es erradicar a los dragones. No está ni dispuesto ni preparado, hasta el final, para aceptar un cambio en su concepción del mundo. Stoick no es el enemigo, el enemigo son los prejuicios, el miedo y el odio al otro. Stoick es digno, y por eso la incapacidad que tienen padre e hijo de hablarse y escucharse resulta tan grave.

            Ni hay villano ni hay, en realidad, personajes despreciables. Hiccup, Toothles, Astrid y el bueno de Gobber son claramente positivos. Pero también lo son los gemelos y Fishlegs y Stoick, e incluso Snotlout, quien podría haber sido pintado como el matón cobardica y mezquino. Sí, es un fanfarrón pagado de sí mismo, pero no tiene mal fondo. Ésta es la clave: que el mal viene de la ignorancia y del miedo, pero que todos los personajes hacen lo que creen correcto. Esto, así, podría desembocar en tragedia o en comedia negra, pero es comedia esperanzada porque se confía en la capacidad de cambio, sobre todo, de los personajes más jóvenes, los menos enquistados.

            Y esto, ya digo, a un ritmo trepidante, con una animación fantástica, una música perfecta, un hábil empleo de diálogos y silencios, un guión que funciona como un reloj, donde nada, en realidad nos sorprende por nunca antes visto, pero todo nos encanta (por ejemplo, en el primer vuelo de Hiccup y Toothless, sabemos que al final no se van a estampar contra el mar, pero estiramos el cuello hasta que logran enmendar la situación y dan ganas de aplaudir cuando salen triunfantes).

            Una película divertida, ágil, entretenidísima, que soporta la mar de bien la Regla de Wilde (si no soporta una segunda visión, no merece la primera), que nos lleva a un mundo del que da auténtica pena marcharse. Porque, como cierra Hiccup, en una jovial variación de sus primeras palabras: Esto es Berk. Nieva nueve meses del año y hiela los otros tres. Toda la comida que aquí crece es dura y sin sabor, y la gente que crece aquí lo es más aún. La única ventaja son las mascotas. Mientras otros lugares tienen ponies o loros, aquí tenemos… ¡dragones!

            Ahora, disculpen. Creo que he encontrado la carta de navegación que buscaba y necesito ir a comprar un drakkar. Ya les mandaré una postal.

noviembre 5, 2012

El Héroe-Rey

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:39 pm
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            The Hollow Crown cierra con la más popular, célebre y representada obra de la Henriada: Enrique V. Era, pienso yo, la adaptación más sencilla. De hecho, hay dos versiones cinematográficas previas, la de Lawrence Olivier y la de Kenneth Btanagh, muy populares, con sus aciertos y sus errores. Curiosamente, éste último drama es el que más indiferente me ha dejado. Ricardo II me sigue pareciendo el mejor de los cuatro largometrajes y en las dos partes de Enrique IV sufrí mucho la vejación constante a Falstaff, que envenena estas adaptaciones irremediablemente, pero me gustó bastante todo lo demás. En cambio, la historia de las correrías del Rey Enrique por tierras francesas… pues ni frío ni caliente.

            Tom Hiddleston es lo mejor de la película, lo cual es razonable, porque Enrique V es el centro de la obra, como Ricardo de la suya. Monarcas muy diferentes, eso sí. Enrique V es el anti-Ricardo: su poesía es muy inferior a la del rey destronado, pero como político, guerrero y líder carismático, le supera infinitamente. Muchos críticos ensalzan a Enrique V, Monarca Ideal, Gran Estrella de Inglaterra, libre ya, como repiten en la obra sus cortesanos y consejeros, de sus vicios juveniles; libre de la influencia de Sir John Fasltaff. Otros críticos, quizás los más sabios, sienten, en cambio, algo más que reservas frente a este soberano tan aclamado.

            Hazlitt, por ejemplo, lo cala de una mirada: Era un héroe, es decir, estaba dispuesto a sacrificar su propia vida por el placer de destruir miles de otras vidas… ¿Cómo es que nos gusta entonces? Nos gusta en la obra. Allí es un monstruo muy amable, un espectáculo muy espléndido… Yeats es menos burlón que Hazlitt: Enrique V, escribe, tiene los vicios groseros, los nervios toscos de quien tiene que gobernar entre gente violenta y está tan lejos de ser “demasiado amistoso” con sus amigos que los pone en la puerta cuando se les ha acabado el tiempo. Está tan desprovisto de remordimientos y de distinciones como una fuerza natural, y lo mejor de su obra de teatro es la manera en que sus viejos compañeros salen de ella con el corazón roto o camino de la mazmorra.

            En esta versión de la BBC hay cierta ambivalencia hacia Enrique V. Ni es una glorificación tan rampante como la de Branagh, ni se sigue la fría y certera visión de Yeats y Hazlitt. Hiddleston pasa del ambiguo, felino y seductor Hal al león rugiente del Rey Harry, quien despacha al embajador francés, tras el insulto del estúpido Delfín, con uno de los más amenazadores discursos que jamás haya pronunciado un gobernante, real o ficticio. Los obispos de Canterbury y Ely, se sonríen. Queda claro que ellos dan justificación legal y aun religiosa a las depredaciones de Enrique, para así evitar una ley de los Comunes, la cual amenazaba las posesiones seculares eclesiásticas. Sin embargo, creer que estos dos clérigos han manipulado a Enrique es tenerlos a ellos en demasiado y al Rey en demasiado poco. Enrique necesitaba una cobertura legal y una excusa honorable, para, invocando piadosamente a Dios, lanzarse a sus matanzas. Las consigue, pero va de cabeza a la guerra por voluntad libérrima, no engañado.

            En la línea que ha mantenido The Hollow Crown de resumir o eliminar escenas, aquí se nos escamotea aquella en la que Enrique condena a muerte a Cambridge, Scroop y Grey, por traición, tras jugar sádicamente con ellos. Quizás pensaban que le daba un aire demasiado sombrío. Sin embargo, no eliminan el ahorcamiento del pobre Bardolph, ni tampoco la orden de asesinar a sangre fría a los prisioneros franceses. Me parece que la óptica de la adaptación es que esos actos son terribles pero justificables, en virtud de la Razón de Estado. O sea, que Enrique, por despiadado que parezca, actúa como gran Rey; nunca se coloca al espectador en contra del protagonista.

            Igual puede entenderse las visitas nocturnas de Harry a sus soldados, la víspera de la batalla, sonriente y cordial, para luego, embozado, infiltrarse en conversaciones. El Alférez Pistol, amargado por la muerte de su amigo Bardolph, por el sinsentido de la guerra, con una mínima pizca de falstaffianismo (pues no en vano era un seguidor del Gran Ingenio) da bruscas contestaciones al disfrazado monarca. Y más amargas serán las quejas del soldado Williams, que logran hacer perder los estribos al Rey, quien se comporta como un niño mimado al cual súbitamente empieza a criticarse. Harry se tomará su venganza, jugando como el gato con el ratón al ver a William tras la batalla. Como gran político, deja salva la vida del soldado, e incluso le recompensa, ganándose así la estima de todos, pero yo tengo la sensación de que Williams libra la cabeza de milagro, por capricho principesco. En esta escena está perfectamente plasmado el poder de un Monarca Absoluto, libre para quitar o dar la vida, irresponsable y sin remordimientos.

            Se nos va la larga reflexión de Harry sobre las cargas de la realeza, herido por las crudas palabras de Williams y Pistol, pero tenemos las, pienso yo, muy hipócritas oraciones antes de la batalla y, desde luego, los dos mejores momentos de Enrique V: el discurso de San Crispín y la seducción de Katherine.

            La arenga del Rey ante sus tropas, felicitándose de que su hueste sea tan escasa, pues así lograrán una mayor gloria en la victoria, es una pequeña obra maestra de la manipulación; lean un fragmento:

            Nosotros pocos, nosotros los pocos felices, nosotros banda de hermanos;

            Porque aquel que derrame su sangre conmigo

            Será mi hermano, por más vil que sea

            Este día ennoblecerá su condición:

            Y los caballeros de Inglaterra que están ahora en la cama

            Se juzgarán malditos de no haber estado aquí,

            Y tendrán en poco su hombría cuando hable alguno

            Que haya combatido con nos el día de San Crispín

            Bloom se muestra particularmente mordaz con este discurso: Ése es el rey, justo antes de la batalla de Agincourt. Está muy agitado, nosotros también; pero ni nosotros ni él creemos una palabra de lo que dice. Los soldados rasos que combaten con su monarca no van a convertirse en hidalgos, no digamos ya nobles, y “el fin del mundo” es una evocación demasiado pomposa para una rapiña imperialista de tierras que no sobrevivió mucho a la muerte de Enrique V, como el público de Shakespeare sabía muy bien.

            De acuerdo, ¡pero qué gran discurso mentiroso es, entonces! Hiddleston lo declama muy bien, pero, por algún incomprensible designio de dirección, sólo ante cuatro nobles. ¡Vaya desperdicio de elocuencia! La escena tendría que haber sido ante la soldadesca, que prorrumpiría en vítores, justo antes de escuchar a los acorazados caballeros franceses. Vendría entonces la batalla, entre la flor y nata de la caballería de Francia, convencida de que aquello iba a ser un paseo, y los sufridos arqueros ingleses, en un combate, a decir de varios historiadores militares, que cambió las reglas de la guerra en Europa.

            Pero nada, la arenga se desperdicia y la batalla, la verdad, también. No me esperaba yo un despliegue de medios a lo HBO, pero caramba, tan poco, tan poco… El clímax de la obra pasó sin alzar mucho la cabeza.

            Por suerte, a Hiddleston le quedaba una última gran escena y esta vez sí le dejaron llenarla. La charla, dama de compañía traductora (Geraldine Chaplin) de por medio, entre Harry y Katherine es la mejor de esta versión. Vemos de nuevo al brillante príncipe Hal, seduciendo a la bella princesa, mintiendo como un bellaco, pero con una sonrisa tan encantadora, que entendemos que espectadores, críticos y el mismo Faltsaff hayan caído rendidos a sus pies. Bloom lo admite: Falstaff era el espíritu, mientras que Enrique no es más que la política. Pero la política se presta para un soberbio boato y algo en cada uno de nosotros responde al regocijo de Enrique V. El militarismo, la brutalidad, la pía hipocresía, todo queda oscurecido por el carismático héroe-rey. Esto es muy conveniente para la obra, y Shakespeare cuida de que recordemos los límites de su obra.

            Ahora bien, fuera de Tom Hiddleston y de su brillante personaje, ¿queda algo en esta adaptación que merezca la pena? Muy, muy poco. Enrique V no muestra a Falstaff, pero nos concede el relato de su muerte, en el maravilloso lamento de la Hostelera Quickly. Julie Walters la interpreta con tino, pero mal apoyada por la dirección, que mete unos violines cuando no vienen a cuento y los corta a mitad del párrafo, como dándose cuenta de su equivocación. A Pistol, inferior a su viejo cabecilla, pero con cierta energía, lo reducen a casi nada.

            Peor aún se trata al capitán galés Fluellen. Este soldado bravo, es también un secundario cómico, con su marcado acento y sus largas conversaciones, que son bastante ridículas, pero que él se toma muy en serio. Aquí, en cambio, no es más que una máquina de picar carne francesa y un fiel creyente de la disciplina militar más decarnada. Sus líneas quedan reducidas a una mínima parte. De hecho, su mejor momento, cuando compara elogiosamente a Enrique con Alejandro Magno, es cortado. Muy probablemente porque ese elogio es en verdad un regalo venenoso, pues se recuerda cómo Alejandro mató a su amigo Clito y cómo Enrique mató, al rechazarlo, a su mentor Jack Fasltaff.

            Poco más hay digno de mención en este cierre, salvo el hábil uso del Coro, con John Hurt dándole la voz y empleando muy cinematográficamente sus explicaciones. También es astuto comenzar y cerrar la película con el entierro del Rey, logrando así que el público sienta el luto por la desaparición de este amable monstruo. Pero es, en general, a salvo su protagonista, una adaptación irregular, un tanto floja, con demasiados errores de dirección, de estructura, de ritmo, de cortar lo que no se debía y alargar lo innecesario.

            The Hollow Crown tiene sus virtudes, pero yo, en el lugar de la BBC, cambiaría rápidamente de directores.

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