Con un vaso de whisky

agosto 29, 2013

La ofensiva

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            Hemos examinado, siquiera brevemente, el poder totalitario que se ha hecho con el Estado en la Inglaterra distópica de Moore y Lloyd. Pues bien, contra este Estado lucha V. La mayor parte de los lectores, salvo los fanáticos de la ley y el orden, siente una simpatía instintiva, hacia el enmascarado. Aunque, como ya he dicho, V no es un héroe y se autodefine, irónicamente, como un villano. Sin embargo, de buenas a primeras, el lector necesita un héroe y sólo con el tiempo comprende que aquí no caben maniqueismos facilones.

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            La primera vez que el estatus moral de V tiembla verdaderamente es cuando Finch entra en escena. Al investigar el secuestro de Prothero, el sagaz detective comenta con su ayudante, Dominic, que es el aspecto mental el que me preocupa… su actitud ante el asesinato. Piénsalo, los mató despiadada, eficientemente y con el mínimo esfuerzo. Pese a sus defectos, eran seres humanos… ¡y él acabo con ellos como si fueran ganado!

            V, no hay duda, es anarquista. Ahora bien, el anarquismo se divide, a grandes rasgos, en dos vertientes, el pacífico y el violento. Los violentos reclaman la “propaganda mediante la acción”, es decir, la ejecución de atentados para destruir la corrupta sociedad existente, para poder sustituirla por la nueva y pura sociedad de la Humanidad futura. Los pacíficos condenan la violencia, rechazan el asesinato.

            V, parece, se adscribe a la primera vertiente. Pero hasta el más pacifista de los anarquistas “ortodoxos” reconocía como legítimo el derecho de resistencia. Si la situación de opresión, de desamparo, de crueldad llegaba a límites intolerables, la reacción violenta es lógica, es justa y es inevitable. Salvo por el calificativo de justa, esto es lo que denunciaba la Teología de la Liberación: que la violencia sistemática, calculada, perversa e injustificable de la sociedad, de los privilegiados, tendría como respuesta natural la indignación, la cólera popular y, podía ser, la insurrección. Monseñor Romero (quien no era teólogo de la liberación), en una frase muy criticada, sentenció: Quítense los anillos antes de que les corten los dedos.

            Así pues, V tal vez haya sido un anarquista pacífico en sus orígenes, que ha llegado a la conclusión de que el derrocamiento del Líder exige métodos contundentes. Yo, la verdad, creo que V es un anarquista violento desde su origen. Al fin y al cabo, su conversión a la Anarquía se produce por su desengaño con la Justicia. Cuando su antigua amante le arroja a un campo de concentración donde se le tortura y se experimenta con él hasta la locura, se entrega a la Anarquía. Una Anarquía violenta. Su transfiguración viene con el fuego, el incendio que arrasa el campo de Larkhill.

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            Pero V es un violento calculador y muy inteligente. Sus ataques son meditados. Destruye el Parlamento, tal vez vacío, igual que el Old Bailey. Al menos, no tenemos datos de bajas. Los Poderes sin poder, aunque representados por edificios conocidos, respetados, llenos de simbolismo, son los primeros en caer.

            Después, V remata su vendetta contra sus torturadores de Larkhill. Cierto, con la locura de Prothero, asesta un nuevo golpe al Estado: la Voz de Destino debe cambiar y el cambio implica debilidad en el orden. Los oyentes se sienten incomprensiblemente incómodos. Lilliman es otro apoyo del Estado, aunque tampoco esencial: se puede encontrar otro obispo afín sin mucho esfuerzo. Y la atormentada Doctora Surridge, la ciencia prostituida por el Poder, no tiene relevancia en una guerra contra el Líder. Su muerte es una cuestión de estricta venganza. Aunque tal vez ella lo haya vivido más como una liberación.

            Es entonces cuando empieza la auténtica campaña. Mientras sus planes de liberación para Evey y de destrucción psicológica para el Líder avanzan, V se encarga de los medios de control. Al son de la Obertura Solemne 1812, vuela el Ojo, el Oído y la Boca. El Estado queda sordo y ciego e incapaz de hablar, como comprende Susan.

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            V pasa la pelota al pueblo. Informa a los ciudadanos de que, de repente, han recuperado su derecho a la intimidad. Es más: decreta unos días de absoluta libertad. El Estado no será capaz de controlar eficazmente a sus súbditos. Inglaterra es el País-de-haz-lo-que-quieras.

            Resultado: desorden, asaltos, pillaje. ¿Anarquía? Sin duda, replicarán los conservadores, la gente de ley y orden, los defensores del Estado. Sin nosotros, es el caos. La realidad nos respalda. V ha demostrado ser un terrorista provocador del desorden, nada más.

            Evey traslada nuestra pregunta a V. Y V es claro: Anarquía significa “sin líderes”, no “sin orden”. Con la anarquía viene la era del ordung, del verdadero orden, es decir, del orden voluntario. Esta era del ordung empezará cuando el ciclo loco e incoherente del verwirrung que esos informes revelan haya corrido su curso. Esto no es anarquía, Eve. Esto es caos.

            En tan pocas líneas, Moore ha condensado lo esencial de la tesis anarquista. El nuevo orden, el verdadero orden, el orden autoimpuesto, espontáneo, libre. Por así decir, la anarquía elimina el Derecho, entendido como conducta coactivamente impuesta desde el exterior, dejando sólo la Moral, la conducta espontánea, sin imposiciones, del hombre libre. Eso sí, no es algo instantáneo. Derribado el Estado, el antiguo orden, hay un período de ajuste, el período en el que la corrupción que la vieja estructura ha dejado impresa en el alma humana termina desapareciendo. Entonces surge el hombre nuevo.

            Por eso es erróneo comparar a V con el Joker, o afirmar que éste es un agente de la anarquía. Nadie es menos anarquista que el Joker, porque para ser anarquista hay que ser un humanista, un apasionado de la Humanidad. El Joker es un agente del caos, de la destrucción, del nihilismo más negativo, despiadado y tenebroso imaginable.

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(Además de poseer un envidiable sentido del humor)

            Con sus herramientas de control rotas, el Estado es presionado por el descontrol rugiente. Debe intentar encarrilar la situación. Y el totalitarismo conoce pocas formas de mantener el orden. Pero V, demostrando ser un fino analista, advierte que la equidad y la libertad no son lujos que puedan ser apartados a la ligera. Sin ellas, el orden no puede durar mucho antes de acercarse a abismos inimaginables.

            Es lo que ocurre. La violencia del sistema se hace insoportable para el pueblo. El fascismo lo sedujo para alzarse con el poder, lo sedujo con astucia, con fuerza y con terror. Pero ya ha perdido esa capacidad de seducción, sólo sabe aterrorizar. Ha empleado demasiado el palo, la fuerza física. Cualquier gobernante hábil sabe que el recurso de la fuerza bruta es el último, que debe ser utilizado con extrema prudencia. El Líder pudo haber evitado un empleo estúpido de la fuerza. Pero el Líder ya no es capaz de liderarse a si mismo, perdido en su depresión, derrotado por la genial guerra psicológica que V ha dirigido íntimamente contra él.

            Y el pueblo se alza. Sería de un optimismo enternecedor pensar que lo hace tras una meditada reflexión, como consecuencia de un razonamiento, al evaluar fríamente anarquía y despotismo. Pues no. Es una reacción, una reacción visceral, colérica. El detonante es el asesinato de una niña. E Inglaterra arde. Finch lo dice con precisión: Mantuvimos encerrada su amargura durante años, pero no les ayudamos a enfrentarse a ella.

            La ira del pueblo no es adhesión a V. No son anarquistas. Cuando Evey, al final, da a elegir a la multitud entre rematar al malherido Estado totalitario y ser libres o volver a su vieja obediencia, los ingleses se lanzan de cabeza contra los últimos soldados. Parece que el pueblo toma partido por la libertad y por la indignación. En una viñeta, durante los disturbios, Moore y Lloyd proyectan la imagen de Cosette, en un claro homenaje a Victor Hugo, a Los miserables, a la utopía de la revolución humanista y humanitaria. Y en ella, Hugo escribió: La cólera puede ser loca, absurda; el hombre puede irritarse injustamente, pero no se indigna sino cuando tiene razón en el fondo por algún lado.

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            El final es abierto. Evey, coherente con el pensamiento que ha recibido de su mentor, no desea ser líder. No los dirigiré, sino que los ayudaré a construir. Será el pueblo, sobre las ruinas del fascismo, el que tendrá que decidir si avanza hacia la anarquía, si es que eso es posible. Se admiten apuestas.

agosto 22, 2013

Siervos y peones

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:10 pm
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            Aunque el fascismo es una ideología que muestra caracteres diversos (el fascismo italiano no tiene tanto en común con el franquismo nacional-católico –espléndida contradicción de términos-, que era más un ultraconservadurismo militarista, sobre todo una vez purgada la Falange, porque los fascistas son anticonservadores, son revolucionarios), puede decirse con certeza que el Líder y su Partido son netamente fascistas.

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            Aparte de la confesión de Adam Susan, tenemos su apología de la Patria, su catastrofismo histórico, sus ansias de dominación absoluta de todos los campos de la vida, su beligerancia militarista (las noticias informan de una guerra por la reunificación del Reino Unido) y su manipulación de la masa irracional.

            Además de todo ello, el fascismo inglés de V de vendetta tiene un componente racial exacerbado que es clavado a la xenofobia y al racismo que las organizaciones ultraderechistas de nuestros días enarbolan orgullosamente. Y va más allá, acercándose al nazismo. Porque las doctrinas hitlerianas eran aún más tenebrosas que el mero racismo (una vez más, lean el Diccionario crítico de símbolos y mitos del nazismo).

            La inclaustración, experimentación médica y presumible asesinato en masa de gitanos, negros u homosexuales en manos del Estado fascista se justifica por motivos varios. Son seres asociales, que no se adaptan a las normas culturales de la sociedad establecida (o, mejor, de la que el partido quiere establecer). Además, se intuye un componente de pureza racial (creo en el destino del hombre nórdico, declara Susan). En resumidas cuentas, el odio, el miedo al otro, como amenaza la comunidad, como amenaza al orden, como amenaza a la supervivencia de la Patria, con su consiguiente demonización. Prothero, ante V, se muestra desesperadamente sincero: Mire, lo sabe tan bien como yo…hicimos lo que teníamos que hacer. Los negros, los maricas, los beatniks… eran ellos o nosotros. Ellos o nosotros, ¿no lo comprende?

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            La relación del Estado totalitario y las Iglesias (digo las Iglesias porque el totalitarismo clásico, estrictamente, es un fenómeno del siglo XX europeo, y porque desconozco en gran medida cómo fueron las cosas en las dictaduras asiáticas) tampoco es susceptible de una reducción simplona. En Italia, la Iglesia católica se aseguró su independencia (gracias a los Pactos de Letrán,), a cambio de cerrar la boca y aun de apoyar de modo implícito o explícito al Duce, excepción hecha del Papa Pío XI. En Alemania, los nazis se aseguraron el silencio cómplice (parcial, al menos) de las Iglesias cristianas, aunque eso sólo sirvió para que la persecución constante de sus miembros no alcanzara las proporciones de los judíos. Y en España, hasta mediados los años sesenta y setenta, los obispos bendecían al Caudillo (por la gracia de Dios).

            ¿Qué hay de nuestra Inglaterra? El obispo Lilliman es el único miembro del clero que nos encontramos. Su sermón en la abadía de Westminster es ejemplo perfecto de colaboracionismo con el régimen. Dios ha castigado a una pecadora Humanidad con el horror nuclear y sólo sus elegidos han sobrevivido, entre ellos, Inglaterra, mientras sea dirigida por el Partido.

            Pero observando los rostros de sus feligreses, vemos que la flor y nata de ese Partido hace más bien poco caso. Sólo Etheridge (director del Oído) y su mujer escuchan devotamente. Etheridge es el típico burócrata que trabaja grismente para el monstruo. Su crimen está en su obediencia pasiva. Estas gentes, como ha quedado demostrado tanto en la Alemania nazi como en la Unión Soviética, son esenciales para cualquier totalitarismo.

            En cambio, Derek Almond, el director de la Mano, maltratador habitual de su mujer, muestra una mueca de desprecio agresivo. Helen Heyer y su marido títere, Conrad (director del Ojo) se muestran indiferentes. Y Finch, de quien ya hablaré, aburrido.

            Ni siquiera tengo claro que el obispo sea un creyente fanático. Su pedofilia no es argumento bastante para calificarlo directamente de hipócrita. Su lenguaje, de modo constante, incluso en los momentos anteriores a su burlón asesinato, por parte de V, es relamidamente religioso. Aunque esto tampoco quiere decir nada: puede mantener la pose de hombre de Dios hasta el final. Quizás ya no sepa siquiera si su religiosidad es una máscara o no.

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            El Líder, indudablemente, no es un creyente, al menos, no un creyente en Dios. Para Susan, Dios es Destino. O Destino es Dios. Sin entrar en debates teológicos sobre la Encarnación, si Jesús es, para los cristianos, Dios hecho hombre, Destino es, al menos para Susan, Dios hecho máquina. Con las implicaciones, siquiera sean simbólicas, que esto tiene.

            Es un hecho, sin embargo, que el símbolo principal del Estado es una cruz alada. Su lema: La fuerza mediante la pureza, la pureza mediante la fe. Las resonancias religiosas son evidentes. Se ha unido la fuerza (virtud fascista), con la pureza (virtud bien racista, bien totalitaria) y con la fe (virtud religiosa). Si los chicos del Ku Klux Klan han logrado ser racistas y asesinos sin que su confesado cristianismo les moleste lo más mínimo (es una hazaña que otros han logrado antes), tampoco hay mayor dificultad en admitir un fascismo cristiano o un cristianismo fascista. Pero, también, el uso de iconos religiosos puede ser medio de manipulación de dicha religión, en pro del poder estatal.

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            Hemos hablado sólo del Poder Ejecutivo. Sin duda, en esta Inglaterra existen jueces y fiscales, que cumplen los deseos de sus amos. Puede que haya un Parlamento. Hitler lo tenía. Stalin lo tenía. Con todos los diputados perteneciendo al mismo Partido, el peso del Legislativo como Poder aparte del Gobierno es una broma. Ya es bastante broma en los parlamentos plurales, gracias a la disciplina de partido, así que en uno monolítico, para qué hablar.

            Existe también una Familia Real. En el primer informativo que escuchamos, Moore (¿con malicia? ¡seguro que no!) menciona a la Reina Zara, que ha ido a inaugurar, con un hermoso vestido, una depuradora de agua. La Monarquía, como institución títere e inútil al servicio del fascismo es algo que Mussolini sabía utilizar. El fascismo no tiene que ser republicano.

agosto 15, 2013

El Leviatán

            En Los miserables, Víctor Hugo afirmaba que si nos viéramos forzados a la opción entre los bárbaros de la civilización y los civilizados de la barbarie, escogeríamos a los bárbaros. Pero, gracias al cielo, hay otra elección posible. No es necesario ninguna caída a pico, ni hacia delante ni hacia atrás. Ni despotismo ni terrorismo. Moore y Lloyd no son tan considerados con nosotros. Nos niegan la tercera vía. Nos colocan ante la lucha entre un Estado todopoderoso y un terrorista invencible. Y nos invitan a tomar partido.

            En ningún momento se expone con mayor claridad semejante choque como en el capítulo cinco del libro I, “Versiones”. El Líder, Adam Susan, expone en su soliloquio las líneas maestras de la teoría fascista. La Patria está en peligro, para salvarla hace falta unidad, porque de la unidad nace la fuerza. Y si esa fuerza, esa unidad de propósito exige uniformidad de pensamiento, palabra y obra, que así sea. ¿Las libertades individuales? Son lujos. No creo en los lujos. La guerra acabó con los lujos.

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            Volveré en un momento con el señor Susan y con el Estado fascista que lidera. La segunda versión es un teatral (¡cómo no!) diálogo que V “mantiene” con la estatua de la Justicia que corona el Old Bailey. V se presenta a Madame Justicia como un antiguo admirador, un enamorado platónico en su infancia y juventud. Un enamorado que ha visto como su amada se ha ido de picos pardos con un tirano brutal. Acusa de infidelidad a la Justicia. Es decir, a la Ley, al antiguo orden, a la democracia, al sistema anterior a la guerra. V fue un fiel ciudadano en el pasado. Respetó la ley. Obedeció al sistema. Porque el sistema prometía paz, justicia, igualdad y libertad. Pero cuando esa Ley se alía con el poder del terror, V ve con claridad que será siempre una enemiga de la Libertad. Así que se entrega a los brazos de otra amante, la Anarquía, la cual le enseña que la Justicia no significa nada sin la Libertad. V se despide cortésmente de Madame Justicia, le entrega un último regalo. Y vuela en pedazos el tribunal.

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            Primero, el Estado. Todo Estado sueña con ser totalitario. Igual que el Mercado ansía ser rapazmente libre para devorarlo todo, el Estado desea ser completamente absoluto para dominarlo todo.

            En esta Inglaterra que examinamos, el Estado lo ha logrado, o casi.

            Las viejas portadas del Leviathan, de Thomas Hobbes, mostraban al Estado como un hombre gigantesco formado por hombres más pequeños, los ciudadanos. Parece una sombría parodia de la metáfora de San Pablo (Primera Carta a los Corintios 12, 12-30). La imagen del cuerpo estatal, constituido por los ciudadanos (o, peor, por los súbditos) es la predilecta de la teoría organicista.

            Según esta visión de la sociedad, el ser humano es un miembro del grupo y es el grupo el que transmite derechos al individuo. Éste es algo sólo mientras pertenezca a un grupo, a un organismo. La crítica clásica al organicismo es su alegre tendencia al totalitarismo. Su visión del Derecho es muy reveladora: es la medicina para sanar las enfermedades del cuerpo social.

            No cabe duda de que el Líder es un organicista. Tan es así que ha establecido un gobierno conocido como la Cabeza. Toda la poderosa Administración depende de alguna parte de esta Cabeza. Examinémosla.

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            Tenemos, en primer lugar, el Ojo, encargado de observar hasta el más mínimo detalle. En las primeras viñetas del comic, una cámara de video-vigilancia grababa fríamente a los viandantes bajo el familiar lema “Para su protección”. A lo largo de la obra, es claro que no hay intimidad en Inglaterra. Tampoco los miembros del Partido se libran de ellas, ni siquiera en sus propios dormitorios. Orwell ya pensó en este sistema, en 1984 (novela con la cual V de vendetta tiene más de una deuda).

            Una misión análoga tiene el Oído. Sus funcionarios escuchan con paciencia, con aburrimiento, cada conversación, cada charla. No hay una línea telefónica o telegráfica que no esté intervenida. La Stasi, en la Alemania del Este, sabía muy bien lo útiles que podían resultar estas escuchas.

            La Boca, en cambio, pretende alentar al pueblo. Alentarlo a la obediencia, claro. Y al orgullo patriótico. Y al miedo al caos que, inevitablemente, asolará las verdes campiñas inglesas si el gobierno cae. Con Prothero como la Voz del Destino (ahora veremos quién es Destino), a las horas previstas los boletines llevan tranquilidad, morfina, éxtasis, odio o cualquier otro sentimiento que la Cabeza considere necesario inocular a sus órganos inferiores.

            Por último, tenemos los elementos represores. Pero no existe un departamento dedicado a ello en exclusiva, sino dos. La Nariz se encarga de las investigaciones criminales. Es la policía, la policía común. La que tiene el Estado más democrático y más respetuoso con los derechos humanos y libertades públicas. Luego está la Mano. Y sus Dedos. Los mismos que trataron de violar a Evey. Los Dedos son la Gestapo, las SS, la NKVD, la KGB y la Stasi. Son la policía secreta, la policía política. La que se mueve siempre en la sombras, la que purga el cuerpo de los elementos extraños. No los meros delincuentes, que también pueden caer en sus garras. Sin duda, la Mano se encargó de los campos de concentración y es la que se ocupa de cualquier rebelde o inconformista, de cualquier librepensador. Es la Mano que agarra, golpea y estrangula. La Nariz se limita a olfatear. Y a taparse las fosas cuando la Mano entra en acción.

            Ojo, Oído, Boca, Nariz y Mano están al servicio del Líder, que los controla desde su despacho. Esta estancia bien podría llamarse el Cerebro. Los miembros del Oído y los del Ojo dan sus informes al Líder. Para consultar datos de otros departamentos hace falta permiso del Líder, o actuar a sus espaldas. Sólo este cerebro sabe con exactitud lo que ocurre en su reino.

            Porque en la Cabeza reside Destino. Destino es un ordenador, una inmensa base de datos, la información archivada, controlada, consultada y cotejada sin descanso. Destino es lo que sería una Internet bajo férreo control gubernamental. Destino es el genio místico que anima al Estado. Los ciudadanos escuchan las noticias de la Voz del Destino. Incluso creen que Prothero es la auténtica voz del ordenador. Aunque el Líder, sólo el Líder, tiene acceso al sancta sanctorum donde Destino se encuentra.

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            Este Líder, este Adam Susan, ¿quién es? Es Calvino. Es el personaje histórico al que más me recuerda. Con una idea fija, ambos, con un desprecio absoluto hacia sus gobernados. Convencidos de estar haciendo lo correcto, convencidos de que todos los medios son legítimos para conseguir el elevado fin que persiguen. Y tan despiadados consigo mismos como con los demás.

            En su retrato de Calvino, Stefan Zweig nos muestra un hombre severísimo, implacable. Un hombre que jamás descansaba, que jamás se relajaba. Un hombre que sólo sabía trabajar, gobernar, administrar. Incluso sus escritos y sus oraciones eran actos de gobierno, porque, como teócrata, Dios entraba en sus funciones de dictador.

            Susan da una descripción de sí mismo que se aleja poco de la del señor de Ginebra. ¿Me reservo la libertad que niego a otros? No. Me siento en mi celda y no soy sino un siervo. […] No soy amado, lo sé. Ni en alma ni en cuerpo. Nunca he conocido los suaves susurros del cariño. Nunca he conocido la paz que yace entre los muslos de una mujer. Pero soy respetado. Soy temido. Eso bastará.

            Pero, como señalaba también Zweig, un cuerpo siempre fustigado por la mente acabará por rebelarse. Calvino se pasó casi toda su vida enfermo. El Líder se vuelve loco. Su idolatría por Destino como encarnación del poder absoluto, como su dios mecánico, le lleva a amarlo de un modo, incluso, enfermizamente físico. Véase la página 196.

            V, manipulador genial, es quien inicia la reacción en cadena que destroza la mente del Líder. Una mente que es igual a la sociedad que ha creado, rígida, rigurosa, poderosa, pero frágil, precaria, como el mismo V afirma. Mientras el Líder se hunde en la irrealidad y luego en la depresión, V desmonta metódicamente la dictadura que había establecido.

            La verdad, es un tanto injusto para Susan que le veamos en su decadencia. Su ascenso al trono tuvo que ser digno de estudio. Su establecimiento de una dictadura tan bien pensada, en medio de una posguerra nuclear, sin duda alguna fue una obra maestra del totalitarismo. El tiempo, sin embargo, pertenece a V.

agosto 2, 2013

El hombre de la máscara

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:26 pm
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            V es, mentalmente, superior a todos los demás personajes. El hombre detrás de la máscara es polifacético. En la Galería de las Sombras tenemos pruebas a manos llenas de su cultura, de su erudición. En este sentido, su refugio es el último baluarte de las ciencias, la filosofía y las artes en Inglaterra. No deja de ser significativo que V sea el único personaje que lee (a excepción de Finch, aunque éste se limita a ensayos sobre el suicidio, durante su depresión final).

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            V no somos todos. Uno de los grandes errores de la película basada en este comic es tratar de democratizar a V. El final, con cientos de londinenses disfrazados como V es ridículo. V no es Londres, ni Inglaterra, ni el Pueblo. V se envuelve en la capa para separarse de la Humanidad. La desea liberar, pero es poco probable que pertenezca a ella. Y, por supuesto, no busca convertirse en una proyección de los hombres corrientes. Quien se ponga la máscara de Guy Fawkes acepta el sacrificio de apartarse para siempre de los hombres.

            También es teatral. Su gusto por los disfraces, por lo dramático, es evidente. ¿Quién llama a su escondite la Galería de las Sombras? Todas sus apariciones, todos sus encuentros con sus presas, sus enemigos o con los simples ciudadanos están pensados, no sólo pero también, desde un punto de vista escénico.

            La tortura hasta la locura del ex coronel (y actual Voz del Destino) Prothero y el asesinato del obispo Lilliman son actuaciones muy bien pensadas. En ambos casos, V modifica su atuendo. Ante Prothero, despliega todo un campo de concentración en miniatura, presentándose ante él vestido de maestro de ceremonias de vodevil. La actitud de V, su macabro humor negro, sus réplicas, durante esta función me recuerdan mucho al Joker, aunque hay un abismo entre ambos personajes. Con el obispo, V es menos estrafalario. Sencillamente lleva cuernos y saluda con los primeros versos de Simpathy for the devil. V es un artista, un artista que crea su obra con personas de carne y hueso.

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            Porque V es, sobre todo, un gran manipulador. Hay algo incómodamente común entre los grandes monstruos shakesperianos, Yago y Edmund, y V. Todos ellos son los dramaturgos, los que convierten al resto de personajes en peones. Finch, en su detallado informe al Líder, con el que se cierra el Libro I, ya nos da una idea de lo vasto que tal vez sea el plan de V. Cuando éste finalmente se nos revela, comprobamos que todo lo previsible, todo lo susceptible de planificación, de cálculo, ha sido previsto, planificado y calculado por el misterioso terrorista.

            La superior cultura de V se nota en cada detalle, incluido el lenguaje. Nadie en el comic habla con su riqueza. Evey, Finch, Dominic, el Líder y el resto son bastante prosaicos, comunes. Hablan coloquialmente. Sólo el despreciable obispo Lilliman usa de un estilo engolado y pseudoapocalíptico, propio de los hipócritas o de los fanáticos. Nada que ver con la variedad de registros de V, que puede ser cercano, incluso dulce, siniestramente irónico o implacable. V tiene cierta debilidad por los aforismos lapidarios, aunque su carisma, su presencia y sus argumentaciones son tan imponentes que esto deja de ser un defecto, convirtiéndose en un arma más de su arsenal dialéctico.

            El contacto con V, también en este sentido, cambia paulatinamente a Evey. La Evey acogida al inicio de la trama tiene poco que ver con la Evey que saluda al estupefacto Dominic al final. Su capacidad de introspección ha aumentado, así como su habilidad analítica. El largo monólogo interno de Evey, mientras rinde los último honores a su mentor es buena muestra de su evolución ideológica, psicológica y estética.

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            La inteligencia de V es demasiado poderosa como para no evaluar la alta probabilidad de su muerte a lo largo de su lucha contra el Estado. La mente de V es también demasiado simbolista como para no captar la necesidad de su muerte. Como he dicho más arriba, él es el Destructor. Evey es la Constructora. ¿Por qué, si no, iba V a molestarse tanto en la educación de Evey, tan perfectamente planificada como todo lo demás?

            V la salva de los Dedos, la inicia en las artes y la filosofía, acepta su ayuda en la vendetta contra Prothero, Lilliman y la doctora Surridge. Pero luego la devuelve al mundo, permite que se relacione de nuevo con ciudadanos corrientes, que inicie una relación sentimental… le permite que retome una vida corriente. Claro que la vida corriente implica sufrimiento y muerte. Cuando su amante es asesinado, Evey se deja tentar por la venganza. Y justo cuando está a punto de ejecutarla, es raptada una vez más. Entonces comienza la parte más aterradora de su formación, la prueba definitiva de la humillación, el terror, la desesperanza. Cuando Evey la supera, en una nueva vuelta de tuerca, debe enfrentarse con el mismo V o, mejor dicho, V le obliga a enfrentarse a sí misma. Hasta que, por fin, alcanza la ansiada transfiguración, en medio de la tormenta.    Es interesante el uso de los elementos primarios del fuego y el agua en las transfiguraciones del hombre de la habitación cinco y Evey. El primero, el recluso que ya apuntaba al genio, se alza como V en medio del caos, del incendio. Evey, en la lluvia.

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            Fuego y agua son símbolos habituales del Espíritu. No hay una jerarquía, ni una necesaria connotación negativa del primero frente al segundo. Pensemos en las lenguas de fuego de Pentecostés y en el agua del bautismo.  Juan el Bautista advertía que el Mesías bautizaría con fuego y Espíritu Santo. Junto con el aire (la misma palabra griega para espíritu significa “viento”), agua y fuego son signos de lo trascendente.

            Ahora bien, es innegable que, en nuestra mente colectiva, el fuego evoca adjetivos de violencia. El fuego es agresivo, el fuego consume, el fuego purifica mediante la destrucción de lo corrupto. El agua sana, el agua limpia, el agua, incluso en su forma de tempestad, incluso en su manifestación más tremenda, implica dación de vida, más que devastación.

            Por eso, es lógica la elección del fuego terrible para la ascensión de V y la lluvia para la transfiguración de Evey. Evey no mata. Más adelante, V le ofrece la posibilidad de vengarse, de enviar una rosa (la tarjeta de visita de V) al asesino de su amante. Coger una flor no es gran cosa. Es tan fácil como irrevocable, dice V, añadiendo, Entiende qué es lo que se te ofrece y haz lo que desees. Evey toma su decisión: Que crezca.

            ¿Está V enamorado de Evey o Evey de V? ¿Es relevante esta cuestión o me la planteo por exhaustividad? Más bien lo segundo. Pero voy a dar mi opinión, de todas formas.

            V no está enamorado de Evey. Cierto, afirma que la ama, pero enamorase no es lo mismo que amar y además hay muy diversas formas de amor. V ama a Evey como Humanidad renacida y libre. Tal vez, no estoy muy seguro, también como persona concreta.

            Tampoco creo que Evey esté enamorada de V. Está fascinada por él, cosa comprensible. También amedrentada, durante mucho tiempo. El sueño en el que visualiza a V como un polichinela psicótico no es que dé mucha tranquilidad sobre el enmascarado.

            Sí es cierto que hay un inicio de relación paterno-filial. Evey incluso pregunta directamente a V si éste es su padre. Él lo niega. Al final de todo, la joven desenmascara imaginariamente a V varias veces. Una, la última, V es su padre. Pero esta posibilidad es rechazada junto a las anteriores. Imaginar, por un segundo, que V fuera en verdad el padre de Evey me produce escalofríos. Por fortuna, aquí escribe Alan Moore.

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