Con un vaso de whisky

noviembre 30, 2009

¿Amor? ¡Arte! (I)

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:14 pm
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[1]Touchstone: No en verdad; pues la poesía más verdadera es la más fingida, y los Amantes son dados a la Poesía, y lo que juran en Poesía, puede decirse que los Amantes lo fingen.

William Shakespeare, Como gustéis.

            Casi ningún pensador, filósofo, teólogo, poeta o novelista ha pasado por la vida sin reflexionar sobre uno de los temas centrales de la vida humana, cual es el amor. La verdad, uno podría empezar a preguntarse si el amor es realmente tan importante, per se, o han sido esos augustos individuos los que nos han convencido de ello, cuando, objetivamente, no tiene más interés que un circo de pulgas falso. Sea dicho con respeto a los circos de pulgas verdaderos.

            Resistiendo al sofismo que me devora, presupongamos que la respuesta correcta es la primera: en efecto, el amor pertenece a la casta Temas Inmortales de la Humanidad. Claro que es un concepto ambiguo, lleno de matices y con muchas caras, algo que le honra. Porque, cuando hablamos de amor conviene especificar a qué clase de amor estamos haciendo referencia. Como dijo el Doctor Julius Hibbert: ¿Se refiere al amor de un marido por su esposa o al amor que siente un hombre hacia un buen habano? Diferencia, ya hay.

            Expulsemos de estas páginas, por tanto, a los amores filiares y paternales, a los amores de los estetas por la belleza, al amor al arte en todas sus manifestaciones, al amor a las ciudades, y a la Naturaleza, el amor a o de Dios, con Su permiso de caballero, con el de los creyentes y no creyentes; a no ser que en algún momento nos sean de utilidad y declaremos una amnistía. Centremos la mirada en el amor tópico, en el amor de pareja. Y vayamos bien armados de ironía, que es esencial para estos estudios.

 

            Llevo bastante tiempo planteándome escribir sobre este asunto. Al fin y al cabo, nada como escribir para analizar una cuestión. Pero se me planteaban ciertos problemas en contra de un tal análisis.

            Veamos. Es imposible que una reflexión, por mucho que el autor de la misma se esfuerce, sea objetiva. Como lo objetivo es absoluto, una meditación es siempre subjetiva. Más o menos, se admiten muchas graduaciones, pero siempre será subjetiva. Y en este tema en concreto, el subjetivismo inevitable puede convertirse a toda velocidad en algo espantoso: el egocentrismo, la autocompasión, el quejiquismo. Hay muchas poesías (la mayor parte infames) y novelas, y relatos, y artículos que adolecen de este pecado mortal. La autocompasión es implacable e impide contemplar con tolerancia la obra en la que se ha infiltrado.

            El temor a caer en el subjetivismo patético (es un riesgo teórico para todos) me ha mantenido alejado mucho tiempo. Porque semejante escrito sería una pérdida de tiempo para un servidor y para los lectores, que tendrían que leer y hasta es posible que se planteasen replicar y contradecir o secundar las opiniones. A una persona se le puede pedir que dedique una porción de su vida a escuchar a otra persona y a dialogar con ella bajo ciertas condiciones. La autocompasión impide hacer esa petición.

            Creo que he encontrado un medio de sortear el escollo: la ironía y el arte. Son dos baterías formidables. La ironía corroe la autocompasión y usar a los grandes de la literatura o el cine permite descentrar al autor, evita que el propio pensador se coloque en medio de la pista.

            Con esto espero haber allanado el camino lo más posible. Claro que queda otro enemigo: el tema es tan complejo, incluso restringiéndolo como he hecho, que se corre el riesgo de divagar o alargarse de manera excesiva sin llegar a ninguna parte y sin haber logrado nada de interés por el camino.

            Teniendo todo lo anterior en cuenta, puedo comenzar, amenazado por todos lados. Veremos si merece la pena.

 

            Probablemente, Shakespeare vaya a ser el autor en el que más me apoye. Después de todo, Harold Bloom (que también estará muy presente) afirma que fue él quien, en buena medida, inventó lo humano en la literatura y hasta en la propia vida y que, escuchando a los personajes shakesperianos, que no son arquetipos ni Virtudes o Pecados encarnados, sino auténticos seres humanos, nos entendemos e interpretamos mejor a nosotros mismos. Es posible que ellos, con otros que les siguieron, sean los que nos han formado y, así, somos hijos de criaturas de ficción, al mismo tiempo muy reales. Hay mucha verdad en esta afirmación. Además, la hace Bloom. Y la Palabra de Bloom la discuten sólo otros gigantes.

            En Shakespeare encontramos un estudio muy hondo y complejo del amor en muchas de sus manifestaciones y, desde luego, también del amor de pareja. Si quitamos el amor (y el sexo) de su obra, buena parte de ella se va volando por la ventana o queda mutilada de forma irrecuperable. Valga de ejemplo y comienzo una de sus piezas más conocidas.

 

            Romeo y Julieta es una de las obras malditas por su celebridad. Los titiriteros de la adolescencia la han esgrimido desde hace largo tiempo para engatusar a la chavalería, que no se entera de lo que lee o ve. Sólo se fijan en dos muchachos de amor desgraciado que, por la enemistad entre sus familias no eran capaces de vivir felices y comer perdices y, de hecho, acaban muertos. Se llora un poco, se suspira por un Romeo o una Julieta y se pasa a otro culebrón.

            Y claro, el amor que aparece en Romeo y Julieta no es el de un culebrón de sobremesa. Porque Julieta, a la cual desprecié, víctima de la lectura estúpida de la obra, durante mucho tiempo, es una abanderada del amor heroico e inocente. Tendrá catorce años (de hace unos cinco siglos), pero incluso un malvado como yo se muestra cierto respeto ante alguien capaz de hablar como ella habla:

Sólo para ser liberal y volvértelo a dar;

Y sin embargo sólo deseo aquello que tengo.

Mi botín es tan ilimitado como el mar,

Mi amor igual de profundo: cuanto más te lo doy

Más tengo, pues ambos son infinitos.

            Sin duda, de estar dentro de la obra (y gozar la elocuencia precisa), se me hubiesen ocurrido muchas respuestas y apartes malévolos. Esta declaración de amor de Julieta a Romeo es el paradigma hecho verso del enamoramiento, con todo lo que de desquiciado tiene esta etapa, pero también de un deseo de amor que no es posible. Los monólogos de Julieta y los diálogos de la pareja serían los estandartes del movimiento del Amor Absoluto. Romeo aprende (el hombre aprende de la mujer en materia sentimental en casi todas las obras de Shakespeare) de su amada y deja de ser el figurín que era.

            Frente a ellos, Mercurcio es uno de los primeros personajes de Shakespeare que ataca con un sarcasmo terrible al amor. Mercucio va a la vanguardia de aquellos que identifican de manera absoluta sexo y amor, que califican al amor de eufemismo tramposo para ocultar la única realidad: un ardiente deseo sexual, puro y simple. Por supuesto, ni Romeo ni Julieta son tan necios como para considerar al amor sin sexo, pero Mercucio es arrolladoramente absoluto. Sus bromas y procaces juegos de palabras, brillantes, son un contrapunto espléndido. Quizás demasiado: Bloom considera que Shakespeare se ve obligado a matarlo para que no devore la obra. E, ironista temible, mata a Mercucio como mártir involuntario del amor entre Romeo y Julieta, lo cual es el destino más espantoso para cualquier enemigo jurado del amor heroico.

            Claro que las ironías de Shakespeare no acaban ahí y su sabio ingenio es consciente de que un amor heroico como el de sus superdotados adolescentes sólo tiene dos salidas. No puede convertirse en otra de las clases de amor que desplegará en otras obras suyas. Así que, o bien acaba en catástrofe sangrienta o bien se transforma en una realidad decepcionante. Muchos escritores satíricos han imaginado a un Romeo y a una Julieta, vivitos y coleando, tras un tiempo de convivencia. Sólo queda la muerte.  

          El amor y la muerte, siniestramente unidos, no es una invención del Romanticismo, como vemos. Al no dedicarse Shakesperae a dar sermones, gracias a Dios, tampoco es una prueba de lo pecaminoso de las pasiones, que son fatalmente castigadas. Pero Shakespeare es consciente de la enorme fuerza del amor y de lo peligroso que puede ser. El enamoramiento, que es, según Ortega y Gasset, un estado de miseria mental en que la vida de nuestra conciencia se estrecha, empobrece y paraliza, puede ser la etapa más crítica, porque es en la que se cometen las mayores estupideces, estando la capacidad de calibrar muy disminuida.

          Julieta, pese a todo, no es ni mucho menos la gran heroína del amor en Shakespeare. Muchas otras obras atacan el tema, desde muy distintos puntos de vista (por ejemplo, la cruel y nihilista Medida por medida). Pero de entre esas mujeres dos son mis favoritas: la ingeniosa Beatriz y la casi perfecta Rosalinda. De ellas nos ocuparemos la próxima semana.

             


[1] Lista de imágenes, por su orden: portada de los Sonetos de William Shakespeare; Harold Bloom; fotograma de Romeo y Julieta, de Franco Zeffirelli;

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noviembre 27, 2009

III. ¡Abordaje!

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:20 pm

           MÁS ADELANTE, EL CONTRAMAESTRE LLEGARÍA A CAPITÁN del Vieja Madre. Más adelante, explicaría, con todo lujo de detalles, a los propietarios del navío, a los mercaderes para los cuales trabajaba, que él siempre se había opuesto al cambio de ruta; que había sido el hasta entonces capitán quien lo había decidido, quien había impuesto su opinión; que había sido él, sólo él, el responsable de haber colocado al Vieja Madre en aguas infestadas de piratas. Más adelante, el viejo capitán acabaría sus días explicando a los parroquianos de las tabernas cómo fue traicionado por su segundo de a bordo, un cabrón miserable y rastrero.

            Pero eso sería más adelante. Entre tanto, capitán y contramaestre, y con ellos todos los pasajeros, marineros o grumetes, estaban demasiado ocupados pensando si seguirían vivos al día siguiente como para culparse mutuamente de su situación.

            El Vieja Madre se encontraba a menos de dos días de su destino, cuando otra vela apareció en el horizonte, frente a ellos. El capitán supuso que sería algún navío de las Islas Rojas. No se equivocaba. El capitán también supuso que sería un barco sin intenciones hostiles. El capitán no podía equivocarse más.

            El bajel pirata se reveló como tal a un par de millas, izando la bandera púrpura; aquella insignia era una advertencia: si el Vieja Madre se resistía al próximo abordaje, habría poca compasión para con los vencidos. El contramaestre opinó que al mercante, más lento, mal equipado para una refriega, con muchos pasajeros indefensos a bordo y unos marineros que serían pobres rivales para los asaltantes, le iría mejor si se rendía. El capitán se mostró de acuerdo.

            Los piratas separaron con rapidez pasaje y tripulación. Por experiencia, sabían que, en barcos como el Vieja Madre, el botín consistía en las pertenencias del primero. Los marineros se relajaron, siendo desde entonces espectadores neutrales y tal vez con cierta simpatía por los bucaneros.

            Estos registraban las personas y los camarotes de los pasajeros sin consideración, aunque con rapidez; un tercer grupo de filibusteros permanecía en medio de la cubierta, listo para entrar en acción si alguien tenía la mala idea de hacerse el héroe. Viendo a dos corpulentos piratas acercarse cada vez más a ella y los suyos, Ailin tuvo esa mala idea, aunque no llegó a materializarla: Willer le puso la mano en el brazo.

            – Más vale capear el temporal.- susurró el caballero.

            Al toparse con unas víctimas tan armadas, uno de los piratas, el cual compensaba su calva con una barba movediza, se dirigió al grupo de vigilancia.

            – ¡Eh, Silvela! Mira esto. ¡Tenemos a unos espadachines entre nosotros!

            Una joven felina, unos años mayor que Ailin, se dirigió hacia ellos. No era demasiado alta, con una rizada melena, negra como sus ojos. Llevaba a la espalda dos espadas de hoja larga y fina. Al verla, Willer silbó por lo bajo y tampoco Asuran quedó indiferente.

            – ¿Qué opinas? Parecen de buena calidad.

            Silvela estudió a los cuatro compañeros con atención.

            – Un bardo con su laúd, un crío con pinta de Hombre Salvaje, un par de amantes con espadas.- enumeró, seca- No creo que les saquemos más que las armas, pero menos da una piedra.

            – ¡No somos amantes!- saltó Ailin con tal furia que Willer se sintió un poco dolido.

            Silvela la miró con vaga sorpresa.

            – ¡Vaya, tenemos una luchadora!- se rió el otro pirata.

            – Lamento haberos ofendido.- dijo burlonamente Silvela- No sois hermanos, a no ser que seáis hijos de mil padres. ¿Simples compañeros? ¿Es el bardo el que te lleva al catre? ¿O el niño? ¿O se te turnan?

            A cada palabra, la mano de Ailin se crispaba un poco más. Asuran y Río de Viento fulminaban a la pirata con la mirada. Willer decidió intervenir.

            – Capitana Silvela, ¿decís eso porque vuestros hombres os han convencido de que es la única forma de relacionaros con ellos o acaso es una costumbre isleña?

            Silvela, que ya se había dado media vuelta, giró sobre sus talones. Sus negros ojos brillaban con una luz peligrosa. Los piratas cercanos rodearon al cuarteto, apartando a empujones a los demás pasajeros, que no se hicieron de rogar.

            – No soy la capitana de nada.- repuso fríamente- Y mis compañeros valen más despiezados que todos tus antepasados juntos.

            – Oh, sobre eso, no estoy seguro de que llevéis razón. Mis antepasados forman una colección de bandidos, salteadores de caminos y miserables del calibre mediocre. ¡Con deciros que yo soy quien más alto ha llegado en la vida! Pienso que mis ancestros y vuestros compañeros simpatizarían a primera vista.

            – Muy bien, jodido bocazas.- la pirata desenvainó con fluidez sus armas- Vas a servir de ejemplo por si hay aquí alguien más con la lengua larga.

            – ¡No sabes la que te espera, compadre!- se rió el bucanero de las barbas casi vivas- ¡Silvela Dos Hojas no ha perdido nunca un combate!

            – ¿Silvela Dos Hojas? Como sea tan aguda como quien la nombró así, no tengo nada que temer. ¡Por todos los peces saltarines, menudo mote!

            – ¿Se te ocurre alguno mejor, compadre?

            – Es imposible que no sea así. Ningún apodo sería más obvio, aburrido y vulgar que el que le habéis puesto. ¿O se lo ha concedido ella misma? En ese caso, tal vez sea con ánimo de mortificar su orgullo y, entonces, merece mi respeto, aunque nunca mi aprobación.

            – Basta de charla.- restalló Silvela- ¡En guardia!

            Rodeados por un círculo de abordantes y abordados –cada uno más entusiasmado por el duelo que el anterior-, los contendientes se prepararon. Silvela extendió el brazo derecho y la espada correspondiente hacia Willer, mientras el izquierdo formaba un ángulo recto sobre su cabeza, la punta del arma paralela a su hermana. El caballero, por su parte, con el cuerpo bien erguido, colocó frente a él su espada, en posición diagonal, protegiendo el tronco; la mano izquierda sostenía con aparente indolencia la daga.

            Ambos duelistas se estudiaron, esperando que el otro iniciara el ataque, debilitando su posición; pero si Silvela aguardaba en un mutismo absoluto, Willer no dejaba de parlotear.

            – Veamos, veamos. Silvela Mar Agitado. No es tampoco muy original. Como sois pirata, debéis tener al mar en vuestro nombre. ¡Menuda chispa! Por lo mismo rechazamos Silvela Dama de las Olas. Notad que he dicho “Dama”. Hacedme saber si me he equivocado y debería considerar Doncella de las Olas.

            La corsario saltó hacia delante, la hoja derecha hacia el brazo de Willer, la izquierda hacia su pecho; el caballero, rechazó ambos golpes con una contra de su arma y con el mismo movimiento trazó un arco que obligó a Silvela a brincar a un lado.

            – Silvela Serpiente Marina. Sois tan rápida como uno de esos bichos. Por seguir en la misma línea, podemos llamaros Anguila o Morena, aunque reconoced que esos animalejos, si bien ejemplifican vuestra agilidad, no hacen justicia a vuestro atractivo. No me extraña que vuestros compañeros os hayan engañado tan vilmente: el premio lo disculpa.

            Silvela acometió de nuevo, y otra vez y otra, con precisión, sin un movimiento extemporáneo, demostrando un más que aceptable juego de muñecas, un gran habilidad en los giros sobre sí misma y una endiablada agilidad. Sin embargo, Willer no tuvo la menor dificultad en detener sus ataques. De hecho, si hubiese querido, podría haber apuñalado a su joven adversaria dos veces.

            Y ella era consciente: advertía sus pocos errores, las ocasiones que su rival había tenido para finalizar el combate. Esto, sumado a que estaba combatiendo en el mar, en su elemento, y la charla incesante de Willer, empezaba a ser demasiado. Pese a saber muy bien que un esgrimista airado tiene el combate perdido, Silvela incubaba una explosión de cólera.

            Entonces, al tirarse Silvela a fondo, concentrando todas sus energías en la espada derecha, Willer giró sobre sus talones, colocándose, por culpa del impulso de la pirata, a sus espaldas, enlazó el brazo izquierdo de la pirata con el derecho y colocó la daga en su garganta.

            – Silvela la Impetuosa os pega mal, pero, carajo, esto ha sido impetuoso, querida. E injusto, os merecéis otra oportunidad.

            Shephard la liberó, volviendo a su posición de guardia. Respirando agitadamente, por el esfuerzo, el orgullo herido y la exasperación, Silvela le imitó. Pero antes de retomar la lucha, emitió un largo, profundo suspiro. Y con el aire pareció irse la ira, porque la joven se mostraba ahora tan impasible como al comienzo del duelo. Willer aprobó con la cabeza. Le gustaba aquella espadachina.

            Los espectadores asistieron a un nuevo ciclo de baile. En aquella coreografía, el caballero puso en acción su daga, contrarrestando efectivamente las espadas dobles de Silvela. Pese a ser su arma más pesada que las dos finas hojas de la pirata, Willer estaba demostrando su fama de gran combatiente. Al observarles, la preocupación de Ailin cedía ante la admiración: la aprendiza estaba ante un maestro y una hábil profesional.

            Pero no todo el mundo andaba tan embelesado. Un pirata cubierto de cicatrices, al rato de reanudarse el combate, se entrometió.

            – Silvela, ya basta.- ordenó, cortante- No podemos perder el tiempo de esta manera.

            – ¡Estamos en un abordaje!- exclamó la joven, sin bajar la guardia- ¡En un abordaje, soy yo quien da las órdenes!

            – Tú mandas en los abordajes, pero yo en la navegación. Y digo que, si no nos vamos ahora, perderemos la marea favorable.

            – ¿Vamos a dejar sin acabar el duelo?- se quejó Willer- ¡Si ni siquiera le he encontrado un mote adecuado a mi rival!

            – ¡Llevad el botín al barco!- gritó el de las cicatrices- Vamos, Silvela.

            La pirata le destripó con la mirada; luego, volvió los ojos a sir Willer.

            – No creas que hemos terminado.- dijo entre dientes; hizo un gesto imperioso al barbado y a su compañero- ¡Llevadlos a bordo! ¡A los cuatro!

            El de las cicatrices alzó las cejas.

            – No discutas conmigo, Graf. Vienen con nosotros.

            Graf se encogió de hombros. Los piratas desarmaron a Willer, Ailin y Asuran e incluso le quitaron su bastón a Río de Viento, el cual demostró que su habitual tranquilidad no estaba reñida con la resistencia activa; el de la barba lo arrastró hasta la lancha de abordaje cojeando por las patadas recibidas.

            Bien vigilados, los cautivos se estuvieron muy quietos en el corto trayecto hasta el bajel pirata. Sólo Willer se removió una vez, para comentarle a Río de Viento:

            – Me has decepcionado un poco, Hermano. Creía que en cuanto yo empezara a proponer nombres, me secundarías, demostrando tu prodigiosa imaginación. ¿Es que no se os da bien eso de bautizar de nuevo a la gente?

            – El maestro da su nombre al discípulo. Lo siento, yo no soy el maestro de Silvela.

            – ¡Y con esa actitud no lo serás nunca! De acuerdo, me ocuparé en persona de lograr un apodo digno de ella. Claro que, si se te ocurre una genialidad, házmelo saber y fingiré que ha sido idea mía.

            En el Vieja Madre, la vida volvía a la normalidad para tripulación y pasaje; los desocupados observaron alejarse al atacante. Asegurada la vida y la integridad, podían ya sollozar por sus bienes materiales. El contramaestre, cuando tuvo la certeza de no ser observado, se escurrió hasta su camarote; abrió los cuatro fondos de su arcón, encontrando intacto el escorpión de Ailin. Con una sonrisa de satisfacción, retornó la alhaja a su escondite, volvió a cubierta y se unió al coro de lamentaciones.

noviembre 23, 2009

Grandes series: Malditos médicos

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:01 pm
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            Si en películas los abogados les dan una paliza sin contemplaciones a los médicos, en series de televisión la cosa anda repartida en el número. En calidad, ganan ellos. Urgencias es el buque insignia de Medicina contra Derecho en televisión. Quince temporadas. Eso son muchos enfermos. Por desgracia, el County General ha cerrado sus puertas.

            Por ese hospital de Chicago han pasado tantos médicos y enfermeras que es casi imposible acordarse de todos ellos. Y la serie se resentía poco. Incluso cuando se fueron personajes que parecían intocables. El Doctor Green murió tras larga y dolorosa enfermedad, el Doctor Ross y la enfermera Hathaway se largaron a vivir su vida por ahí, el Doctor Bentom se marchó a otra clínica, al Doctor Romano le aplastó un helicóptero… y el hospital siguió en pie, impertérrito. El servicio de urgencias fagocitaba a los protagonistas y sus vidas, pero el río de pacientes no cesaba nunca.

            La verdad es que sólo así se puede mantener tanto tiempo una serie: reciclando. De los primeros personajes ya no quedaba ni uno al clausurarse la serie. Los novatos cuando la pillé se convirtieron en veteranos. Y cuando éstos se fueron y lo que eran los nuevos novatos también se convirtieron en veteranos, entrando gente aún más nueva, empecé a sentirme viejo. Los nuevos espectadores se pueden sumar sin problemas, pero los que llevábamos años en el County echábamos de menos a nuestros médicos de toda la vida.

            Acierto grande, el de los guionistas, el cortar sin piedad conversaciones y momentos personales importantísimos de los personajes con una avalancha de heridos. Asistía entonces a diez minutos de órdenes vociferadas, de tecnicismos, de discusiones médicas a toda prisa, sin enterarme de nada, pero sin perderme una palabra. Luego, evitando siempre encasillarse, nos regalaban capítulos sin medicina cada medio segundo.

            Pocas veces he visto una serie que perfilara y ahondara tanto en tantos personajes diferentes. El capítulo en el que varios miembros del personal, encerrados en un aula, interactúan y se van conociendo, con lo bueno y lo malo, merece recuerdo. O la relación del Doctor Kovac con el Arzobispo. O el Doctor Bentom practicando la medicina en el Sur profundo. O la temporada en África de Kovac y Carter…

            Malditos médicos.

 

            ¿Es House M.D. una serie de médicos? Pienso que no. Es una serie donde aparecen médicos, pero ni la medicina es lo importante, ni la forma de plantearse las enfermedades es realista, ni a nadie le importa que no lo sea. Más que ninguna otra serie que conozca, House M.D. descansa en un único personaje y en un único actor, Hugh Laurie, que lo borda, eso sí, bien secundado por tres o cuatro personajes y actores.

            Chase y Cameron son bastante prescindibles, aunque tampoco estorban, igual que Kutner, Taub o Trece. En fin, Cameron y Trece estorban más bien poco. Y si estuvieran juntas no estorbarían nada. Pero son Wilson, Cuddy y Foreman los que logran que la serie no se convierta en un monólogo constante, peligro que nunca está lejos (ni siquiera con Vogler, Tritter o la Zorra Implacable dando guerra).

            Aunque es un monólogo muy seductor, al menos, para mí ¿Los enfermos? Bueno, salvo raras excepciones, donde el tratamiento presenta un interesante problema moral, son meras excusas para diálogos sarcásticos y humillaciones verbales. Y nada tengo en contra de eso.

            El gran problema de esta serie es que se encajona en una estructura rígida, repetitiva, que se termina haciendo monótona. Cierto, House tiene carisma de sobra para soportar esa rigidez. Las escenas en las consultas o las conversaciones con Wilson y las extorsiones racionales a Cuddy suelen estar entre lo divertido y lo genial.

            Sin embargo, los capítulos que rompen la estructura son recordados con justicia, porque, además, resultan tener unos guiones más que apreciables. Así que, metiendo más personajes o centrándose directamente en los ya conocidos, los guionistas tratan de compensar el esqueleto establecido. No siempre lo consiguen. A ver si flexibilizan. Con humillaciones se llega lejos, pero no tanto. Claro que sin humillaciones no se llega a ninguna parte. Miedo me está dando la sexta temporada: o bien rompen un tabú y hacen evolucionar a House hasta convertirlo en una persona medio sano (y acaban la serie) o le devuelven la bilis. Las medias tintas son para los tibios. Y ya sabemos lo que les pasa a los tibios en el Apocalipsis.

 

            Urgencias era un drama médico –no un culebrón, eso, creo, es en estos momentos Anatomía de Grey; y digo creo porque jamás he visto un capítulo-. House M.D. mezcla una estructura dramática con escenas cómicas. Scrubs, a primera vista, es la comedia médica sin rival por la corona.

            Para empezar, sus episodios duran veinte minutos, el tiempo establecido para las sitcoms. Cierto, fue de las primeras en eliminar las risas enlatadas, un detalle que se agradece mucho. Además, posee los personajes adecuados para una comedia ligera, de los que ahora me ocuparé. Pero no es una comedia pura, al estilo de Friends y las demás que ya hemos comentado. Scrubs intenta servir a dos señores, a la comedia y al drama. No hay capítulos sin rastro de humor, pero en muchos la mitad del protagonismo se lo lleva el drama, en especial los finales. Sin broma de compensación. Qué quieren, disfruto mucho más de la parte cómica. Aunque el esfuerzo por separarse o parodiar los tópicos de las sitcoms, no siempre exitoso, merece respeto.

            Hay personajes principales y secundarios: al igual que en otras series, al paso del tiempo los secundarios casi usurpan el lugar de los principales. Y, como casi siempre, damos a gracias a Dios, a Vishnú y a Gran A´Tuin por ello. El cuarteto protagonista (John, “J.D.” Dorian, Elliot Reid, Crish Turk y Carla Espinosa) tardó mucho en caerme bien. Y, la verdad, siguen sin gustarme del todo. Carla es un ser desprovisto de todo humor, que podría desaparecer de la serie sin que nadie se diese ni cuenta. Turk sólo tiene a su favor su infinita variedad de bailes para cualquier circunstancia de la vida. Eliott es encantadoramente neurótica, enloquecida y, depende del episodio, humillable, hasta que deja de ser encantadora y se convierte en irritante- luego vuelve a ser encantadora y vuelta a empezar. Dorian es la mayor parte del tiempo exasperante: de cada trees veces, dos pienso dónde he puesto mi martillo y el cd con Las Cuatro Estaciones de Vivaldi.

            Bueno, seamos justos. Dorian es también el principal vehículo del absurdo en la serie y el absurdo tiene mucho que decir en Scrubs. Las ensoñaciones sin sentido y las fantasías excéntricas de “J.D.” le salvan de la hoguera. Lo malo es que después se empeña en hablar y en tener largos monólogos interiores. Monólogos que hacen las veces de hilo conductor a través del capítulo pero que son mil veces mejores cuando el monologuista resulta ser otro personaje.

            Porque son los otros, los secundarios, los que me hicieron disfrutar de esta serie (esperemos que siga así). Fueron Ted, el patético abogado del Sagrado Corazón, Todd, el cirujano salido, y sobre todo, el otro cuarteto.

            El Doctor Kelso, el pérfido director médico y, durante buena parte de la serie, firme candidato a Segundo Anciano Más Malvado de la Televisión (el primero siempre será Charles Montgomery Burns). El Doctor Perry Cox, involuntario mentor de “JD”, especialista en discursos mordaces y humillaciones varias (se parece, pero no es igual a House: a Cox le importan los pacientes honradamente, como seres humanos, por molestos, estúpidos e insufribles que sean) y su ex-mujer Jordan, digna de él e incluso superior cuando de torturas psicológicas se trata. Y el Conserje, el enorme, el todopoderoso Conserje, el más loco e inquietante del hospital, capaz de convertir un mínimo gesto en una ofensa merecedora de castigo abrumador y cualquier situación en una trampa mortal. Que atormente sobre todo a Dorian dice mucho de él y todo bueno.

            Pese a ellos, los últimos minutos de la, por ahora, última temporada son terribles de ver. Ponérselos a un diabético es, como poco, un intento de asesinato (hay claro ensañamiento). Pasas por ellos, esperas que, en el ultimísimo segundo, un bromazo lo justifique. Pues no. Dios mío. Más les vale volver con una temporada llena de risas, crueles o locas.

noviembre 19, 2009

II. Planificación

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 11:09 pm

           EL MÉDICO DE LA GUARNICIÓN DICTAMINÓ un día de reposo absoluto a Dougal. Pero de madrugada, una calentura se apoderó del rastreador, dejándolo postrado. El viejo la sufrió entre un duermevela borroso y un sopor profundo. Stephen Dougal no se dejaba derrotar por tan poca cosa: salió del trance.

            El capitán recobró el pleno conocimiento en la cama donde los guardias le habían acomodado, donde el médico le había examinado. Abrió primero un ojo e inspeccionó la sobria estancia: cuatro paredes de madera, las ventanas, a través de las cuales se podía ver la posada, menos ruinosa de lo que esperaba, la otra cama, un mesa con jofaina y una silla, puesta a los pies de su lecho, donde Edmund Lukas estaba dormido.

            El joven Juez Errante tenía todo el aspecto de haber cedido al sueño mientras velaba al enfermo: los brazos cruzados, la pierna derecha flexionada sobre la izquierda, la cabeza derrumbada sobre el pecho. Dougal abrió el segundo ojo y enfocó a su superior. Calculó el rastreador que llevaría en cama unos dos días. El indicio clave fue la sombra de barba de Edmund. El viejo sonrió, conmovido ante lo que interpretó como prueba silenciosa de la preocupación de Lukas. Y, con sensatez, se propuso no hacer mención de ello jamás.

            Cerró los párpados, se removió en la cama, gruñó, se agitó y cuando notó que Edmund había despertado, los abrió de nuevo.

            – Buenos días, Dougal. Nos has hecho tomar unas vacaciones inesperadas.

            – Buenos días.- bostezó el capitán- Lo siento de veras, ha sido un retraso lamentable.

            – Ya, bueno.- Edmund se pasó la mano por el rostro, desperezándose; se demoró un segundo más de la cuenta en su mejillas- Voy a por algo para que desayunes.

            Tras un rato, reapareció, con una bandeja de madera en la que había un plato con un huevo cocido, pan, algo de jamón y un tazón humeante. Su rostro estaba ahora perfectamente afeitado. Dougal reprimió una sonrisa divertida.

            – ¿Té?- husmeó esperanzado.

            – No.- Edmund le pasó la bandeja con una mueca burlona- Una tisana. La beberás dos veces al día durante cuatro días, de acuerdo con las instrucciones del médico. No quiero tener que cargar contigo a la espalda.

            Dougal observó con desconfianza el brebaje verdoso, torció el gesto ante su olor, sorbió un poco y puso una cara de antología.

            – ¡Santo cielo! ¿Cómo puede una infusión saber así? ¡Es un crimen contra la Humanidad!

            – Déjate de cuentos. Al contrario que las mil clases de té y todas esas aguas con hierbas que tanto te gustan, esto lo necesitas. Bebe.

            – ¡Aguas con hierbas!- masculló, indignado, Dougal, tomando unos sorbos más- Tendríamos mucho que discutir acerca del concepto “necesario”.

            – Mientras estabas durmiendo,- continuó Edmund- he estado pensando qué hacer a continuación. Si estás lo bastante recuperado como para ponerte en pie, zarparemos hacia las Islas Rojas.

            – ¿Ahí es donde crees que han ido? Es razonable. ¿Para qué habrían venido hasta Lossar y comprado unos pasajes, si no?

            – Eso mismo opino yo.

            – Pero las Islas Rojas son una nación independiente. Tal vez no reciban con entusiasmo la llegada de un navío militar republicano.

            – Los barcos de la República atracan con habitualidad en sus puertos. Si nos presentamos ante las autoridades y solicitamos permiso de entrada, dudo que nos lo nieguen.

            – Yo dudo que nos dejen pasearnos por sus tierras al frente de un grupo de soldados.-

            – Si no hay más remedio, iremos tú y yo a solas.

            – Será toda una novedad verte discutir con unos oficiales sin restregarles tu cargo por las narices.- comentó Dougal devorando el huevo en dos bocados- En cuanto a nuestros oficiales, ¿qué le vas a decir a Lester para que nos deje abandonar las aguas de Izur?

            – Lester está demasiado asustado por lo que pueda decir de él al Consejo como para suponer un obstáculo. Ya sé, informará a Horst.- se adelantó al ver que Dougal alzaba un dedo- No tengo modo de evitarlo. Tampoco me parece muy preocupante.

            – Edmund, tienes mejor cabeza que eso. ¿Qué harías tú si fueras el Gobernador y un Juez Errante interrogase a tus espaldas a un prisionero, se lo llevara, sin dar explicaciones, hacia quién sabe dónde, regresara sin él y con una excusa no muy original para su ausencia, se trasladase a otra ciudad, donde tratara de arrestar a unos fugitivos anónimos, prendiendo fuego, de paso, a un mesón y, para rematar la jugada, embarcase hacia las Islas Rojas? ¿Te quedarías cruzado de brazos?

            Lukas hizo un gesto de rechazo con la mano.

            – No voy a rendirme ahora. Atraparé a Ailin Grimwald.

            – Pero ¿por qué no avisar a Izur sin más? ¿Por qué no decírselo a Horst y reclamar su ayuda?

            – Prefiero ser discreto. Si la noticia de que la Heredera del Viejo Reino está viva y suelta… la gente es impredecible, Dougal. Quién sabe cómo reaccionaría el pueblo de la República, la Gran Asamblea o los bárbaros.

            El capitán apuró el tazón, mirando con suspicacia por encima del borde. No obstante, atacó por otro flanco.

            – Las competencias de un Juez Errante son de índole interna. No eres un diplomático: en las Islas Rojas carecerás de poderes.

            – Salvo por ser un funcionario importante de un Estado aliado. Nos tratarán bien, no te preocupes. No te pusiste tan pesado cuando se trató de cruzar la frontera hacia territorio bárbaro.

            – Eso fue distinto. No íbamos a entrevistarnos con agentes de otra potencia, ni a llevar un barco de guerra bien visible. Se podía hacer en secreto. Esto, no.

            – Cuando Horst empiece a protestar, desde el Consejo se le tranquilizará, se le asegurará que se tomarán medidas. Y cuando capture a Ailin, seremos inatacables.

            – ¡Vaya! ¿El resultado por encima de las leyes? ¡Bonito precedente quieres sentar! Además, y no es por echar sal a la herida, pero eso mismo dijiste cuando vinimos a Lossar. Lo logrado deja bastante que desear.

            – En las Islas no tendré detrás a un oficial idiota intentando hacer méritos que lo desbarate todo.

            – Aún así, es arriesgado. Si Horst quiere hacerte daño, puede usar esto como arma. Teóricamente, abandonar la República sin permiso, en una misión clandestina… en fin, ¿no es una de esas cosas por las que podría presentar una denuncia?

            – Que lo haga. Que me denuncie ante el Consejo. Me dará la oportunidad de interrogarle por otras misiones clandestinas.

            – ¿De qué hablas?

            Edmund se inclinó y bajó la voz.

            – En Nicolia, en la biblioteca, encontré por casualidad algo muy extraño. Era una hoja suelta, una hoja de control que se había traspapelado.

            – ¿Una hoja de control? ¿De agentes del Gobernador?

            – De sus espías, sí; al menos, eso me pareció. Estaba resumida, abreviada, pero me dio la impresión de que se trataba de una relación de misiones cerca de la frontera.

            Dougal se acarició la barba.

            – En el banquete,- rememoró- cuando nos interrumpieron, el soldado informó a Horst de que Oras había sido capturado cerca de la frontera. Y Horst se puso hecho una furia.

            – Asumimos que estaba enfadado por los comentarios de Salis.

            – Y por los tuyos.- apuntó el rastreador- Ya veo por dónde vas…

            – Es posible que Horst esté enviando espías a los territorios bárbaros, sin informar ni al Consejo ni a la Asamblea. Lo que no sé es para qué.

            Subiendo un grado el nivel de preocupación que su lenguaje físico trasmitía, Dougal se mordió el bigote.

            – Especular es arriesgado. ¿No indagaste más en la biblioteca?

            Lukas le dirigió esa mirada que significa: “¿Con quién crees que estás hablando?”

            – En tiempos de Rinaud, los registros eran públicos. Horst cambió eso, por motivos de seguridad, según él. Si hubiera ido acudido, con mi rango, seguramente se me habría consentido examinarlos, pero…

            – Horst lo habría sabido de inmediato.

            – Eso mismo.

            – Sin contar que, si estás en lo cierto, si se trata de misiones clandestinas, dudo mucho que las inscriba en un registro, aunque sea reservado. En todo caso, tendrá anotaciones personales.

            – Sí, la hoja que leí fue una casualidad afortunada. Y un descuido muy grande por parte de alguien.

            – Quizás ese descuido fue el que terminó de convencer a Horst de que no hay nada como unas notas bajo llave en algún lugar sólo conocido por él. Un descuido muy grande, muy extraño.

            – ¿Quién está especulando ahora?

            – Tienes razón.- el rastreador dio buena cuenta del jamón y del pan, se palmeó la barriga y suspiró- En fin, estoy listo. Mis cosas seguirán a bordo, ¿verdad? ¿O has aprovechado para arrojar a la ría cuanto compré en Nicolia?

            Dougal leyó la respuesta en el ceño de Edmund: nada le hubiera gustado más, pero nada más lejos de la realidad.

            – Me llevaré esto.- gruñó el Juez, recogiendo la bandeja- Ve vistiéndote. Te espero abajo.

            – ¿Sabéis, Señoría, que en los puertos de las Islas Rojas se compran, venden y truecan mercaderías de todos los rincones del mundo? Si no encontramos a la joven Ailin, al menos tendremos la ocasión de llevarnos unos recuerdos. ¿Qué le gustará al Gobernador? ¡Igual logramos que hagáis las paces!

            Edmund dio un portazo.

            – ¡Qué paciencia!- suspiró Dougal- Lo que no me atrevería a decir es si la tiene él conmigo o yo con él.

noviembre 15, 2009

Celda 211

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:01 pm
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         celda-211-fin   Empieza la cosa como debe: con una de las escenas más violentas que haya visto nunca en el cine. Violencia nada gratuita, ni superficial, ni frívola. Violencia auténtica, silenciosa, áspera, desesperada. Uno sabe ya dónde se ha metido. Esa escena va estar en la cabeza del espectador durante las siguientes dos horas.

            Dos horas enormes. Porque en Celda 211 funciona todo. La trama, los personajes, los actores, la dirección, la imagen. Esta película merece hasta el último céntimo del precio de la entrada. No tiene un minuto malo (salvo la segunda secuencia de la película, la más floja), pero eso no quiere decir que tenga un minuto de paz. Daniel Monzón nos agarra para no soltarnos.

            Pongamos las cosas en su sitio. Luis Tosar es el centro. Está inmenso. Da una lección magistral de interpretación, metido en “Malamadre”, el más duro y peligroso cabrón de una cárcel donde los cabrones duros y peligrosos no escasean. Un asesino despiadado, líder inteligente y carismático. Desde el Tony Soprano de James Gandolfini (pese a las grandes diferencias que existen entre ellos), nadie me había transmitido esa sensación de no saber qué va a hacer en el segundo siguiente: si abrazarte como a un hermano o arrancarte de cuajo la cabeza. “Malamadre” es un personaje que bien podría convertirse en un icono.

            Claro que si sólo Tosar funcionara, la película sería interesante, tal vez buena. Celada 211 es más que buena. Los secundarios apoyan a Tosar como él merece. Todos ellos: Alberto Amman, Antonio Resines, Carlos Bardem, Manuel Morón, Fernando Soto… Individuos muy diferentes entre sí, en su nivel intelectual y moral.

            Amman, debutante, tiene la dificilísima papeleta de aguantar el ritmo de Tosar, en un mano a mano. Y qué quieren que les diga, el chico sale airoso. Hace creíble la huida hacia delante del desgraciado Juan, un funcionario novato abandonado por sus compañeros en medio de un motín carcelario. Tiene que ser cuidadoso, listo y buen mentiroso para sobrevivir. Cada escena me sorprendía lo bien llevada que está su evolución, obligado por lo que le ocurre en los peores días de su vida.

            He dicho que hay grandes diferencias intelectuales y morales entre los jugadores. Claro que, en el campo moral, la escala va de la cobardía miserable al hijoputismo más descarnado. Aquí no se salva nadie. Desde “Tachuela”, el sombrío teniente de “Malamadre”, o el astuto “Apache”, jugando al mismo tiempo en todos los bandos, a la mezquina brutalidad del carcelero “Putavieja”, un Resines que te hace olvidar por completo Los Serrano. Sin olvidar la frialdad inmisericorde del Estado.

            Es una película violenta: hay violencia individual, violencia institucional, violencia estructural. Pero eso no es una carga para el ritmo, que avanza con vigor, sin necesidad de música, salvo cierta percusión metálica, que se confunde con los ruidos de la cárcel y el motín.

            No hay maniqueísmo alguno, ni apología del crimen, ni justificación de las brutalidades. Sin embargo, al igual que Juan, nuestro involuntario representante, los espectadores van empatizando con los presos. Son atroces, pero los que les observan a través de las cámaras no resultan mejores. Al final, “Malamadre” se ha ganado nuestro apoyo en algún momento.

            Háganme caso: en vez de tirar el dinero (y, peor, horas de vida) con 2012, Luna Nueva o mierdas de similar calibre, vayan al cine. Al de verdad.

noviembre 13, 2009

Parte Segunda: Las Islas Rojas

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 6:51 pm

Tras el primer silencio, el hombre bajo dijo al otro:

– ¿Dónde oculta un hombre astuto un guijarro?

Y el hombre alto respondió en voz baja:

– En la playa.

El hombre bajo asintió y tras un corto silencio dijo:

– ¿Dónde esconde un hombre astuto una hoja?

Y el otro respondió:

– En el bosque

 

Gilbert Keith Chesterton, La muestra de la espada rota

 

I. Travesía

            Con buen tiempo, un barco mercante podía llegar desde Lossar al puerto más cercano de las Islas Rojas en tres días. Para exasperación de su tripulación y angustia de su pasaje, las dos primeras jornadas del viaje del Vieja Madre transcurrieron bajo una espantosa tormenta. En los camarotes de primera, unos pocos privilegiados eran dolorosamente conscientes de que el mar tiene tantos miramientos con los ricos como con los pobres. En las zonas destinadas a los pasajeros humildes, estos se apretujaban unos a otros, rogando por que los marinos supieran hacer su trabajo.

            Esas esperanzas no eran infundadas: cuando el tercer día amaneció resplandeciente, el barco no sólo seguía a flote, sino que no había sufrido desperfectos de importancia. Eso sí, apenas habían recorrido la mitad del trayecto, pero, como comentó filosóficamente el capitán, mientras regalaba a sus subordinados dos tragos de grog, en recompensa, y a sus pasajeros uno, en compensación, mejor llegar tarde y mojados que ahogarse. Nadie pudo rebatir tal afirmación.

            Ailin, Willer y Asuran pasaron el resto del viaje en cubierta, por varias razones. En primer lugar, porque tras tanto tiempo hacinados en las entrañas de la embarcación, hubiera hecho falta una yunta de bueyes para arrastrarles de nuevo abajo. En segundo lugar, para tener algo más de intimidad: era más sencillo conversar sin ser oído en una esquina de la cubierta que en los camarotes comunales. En tercer lugar, bajo el sol las ropas secan más deprisa que en la sombra.

            Tras pedir permiso al contramaestre, los tres compañeros tendieron sus atavíos en una cuerda, librándose al fin de la humedad que arrastraban desde que saltaron al río. Ailin y De Kern habían agarrado un resfriado bien respetable y se pasaban las horas muertas compitiendo en un concurso de estornudos y maldiciones. Willer encontraba muy divertido que, siendo el peor nadador del trío, fuera el único sano. Sus compañeros no participaron del jolgorio.

            Cuando Ailin se reunió en el río con su Protector y el bardo, éste mantenía la cabeza del primero por encima de la superficie. La chica había aprendido a nadar muy pronto, por placer y por orden de lord Helmut, quien seguía la máxima “la Reina tiene que saber cosas”. Sir Willer, en cambio, jamás había planeado acercarse a más agua que a la de una bañera caliente de cuando en cuando.

            Empapados como ratas de agua habían alcanzado el puerto; en su huida fluvial, se habían perdido la malla de Shephard, buena parte de su dinero y equipaje, pero conservaban sus armas, Asuran su laúd y, lo que era más importante, los pasajes, húmedos, aunque legibles y válidos. Sin embargo, el contramaestre, un zorro viejo, al ver a tres individuos con prisa por embarcar, que no miraban más que al suelo cuando el oficial del puerto se acercaba a menos de cuatro metros, se olió un buen negocio. Los billetes eran de primera. Ordenó a un marino que los llevara a la zona de clase baja; luego, fue corriendo a advertir en la oficina del puerto que en el Vieja Madre quedaban tres puestos de primera, que fueron vendidos. El contramaestre, que cobraba una cuota de los beneficios, sentía un vivo aprecio por sus tres víctimas, las cuales no habían abierto la boca para protestar ni una vez.

            Así, en tanto Willer afilaba las espadas y dagas, Asuran afinaba su laúd, Ailin hacía las veces de cerebro del grupo, planeando el siguiente paso.

            – Desembarcaremos dentro de dos días, a lo sumo. Orchar es la mayor de las Islas Rojas, ¿verdad?

            – Sí,- contestó Asuran, reprimiendo un estornudo- la mayor y la más importante. Casi todas las ciudades dignas de ese nombre están en Orchar y es donde se concentran los puertos mercantiles.

            – Cierto, maese bardo.- asintió Willer- Pero sería bastante tonto despreciar las tres islas menores: están fortificadas hasta los dientes y son el retiro de los gobernantes del archipiélago. Si alguien quiere conquistar las Islas Rojas y se limita a invadir Orchar, verá a sus tropas atacadas por el Oeste, el Norte y el Sur al mismo tiempo.

            – La estrategia militar no es lo que más me preocupa ahora.- repuso Ailin- Si mi padre viajó hasta las Islas, lo más probable es que se dirigiera a Orchar, al menos, en un principio.

            – Aunque eso tampoco es garantía de nada. Las Islas Rojas son un lugar de paso común. En sus puertos hay barcos de todas las naciones y reinos, aun de los más lejanos. A pesar de los piratas, el tráfico de gente es constante y en sus ciudades te puedes encontrar de todo. Será difícil hallar pistas.

            – Maese De Kern, sois el pesimismo con perilla.- aseveró Willer- Orchar es más fácil de registrar que todo el Viejo Reino. ¡Tengamos fe! No tenerla da el mismo resultado, pero estás de peor humor mientras éste llega.

 

            El cuarto día, el Vieja Madre aprovechó unos vientos que le ayudarían a navegar con rapidez, a cambio de desviarse un tanto de la ruta original. Esto provocó una seria discusión entre capitán y contramaestre, porque el último, cauto por naturaleza, prefería evitar cualquier cambio, cualquier desviación del plan previsto; las rutas habituales no estaban exentas de riesgos, pero abandonarlas suponía, según él, una invitación en toda regla al desastre; el capitán se impuso. Tenía bien vigilados los puntos en los cuales existían escollos o corrientes traicioneras y, en lo referente a los piratas, se limitó a encogerse de hombros, con una sonrisa llena de confianza.

            Pasajeros y tripulantes vieron pasearse al contramaestre por cubierta, descargando su irritación contra cualquier inferior que no realizara su trabajo de manera impecable. Al cabo, se cansó de recorrer el barco de babor a estribor y apoyó la espalda en la pared del castillo, oteando con ojos tenebrosos. Ailin le vigilaba a su vez, preocupada por lo que aquel individuo trapacero podía hacerles, mientras siguieran a bordo. De pronto, el contramaestre ladeó la cabeza, igual que una gaviota que ha descubierto una presa. Siguiendo su mirada, la muchacha vio a un niño delgado y ágil, vestido de forma extraña, con un largo bastón a la espalda, encaramado entre las velas. Parecía una ardilla entre los árboles.

            La gaviota emprendió la caza de la ardilla. Discretamente, habló con cuatro marineros: dos de ellos treparon por los mástiles, el otro par se colocaron justo debajo del crío. Willer y Asuran tomaron conciencia de la situación.

            – ¿Qué le molesta ese niño?- murmuró Ailin.

            – Ahora veremos.- contestó De Kern.

            El caballero no dijo nada: estaba demasiado ocupado estudiando al chaval; masculló una exclamación de asombro. Ailin le interrogó mudamente, pero en aquel instante, la gaviota se lanzó en picado.

            – ¡Tú!- chilló el contramaestre- ¡Tú, el de arriba! ¿No me oyes, criajo? ¡Te hablo a ti, el del palo!

            El niño miró hacia abajo y saludó alegremente con la mano al contramaestre.

            – ¡Baja aquí ahora mismo!

            Los marineros que habían ascendido estaban listos para interceptar al niño si éste trataba de escapar; en cambio, descendió con una facilidad pasmosa, sin mostrar la menor inquietud y se plantó delante del contramaestre. Un pequeño círculo de curiosos se había formado ya.

            – Bueno, bueno.- comenzó el oficial, con una mueca amenazadora- No te había visto hasta ahora. Supongo que durante la tormenta estarías abajo, en los camarotes comunales, ¿eh? Ahí podías pasar desapercibido, pero el sol y el aire limpio te gustan demasiado, ¿verdad? No podías quedarte escondido. Creías que estaríamos ocupados y que nadie repararía en ti, ¿eh?

            – Me gustan el sol y el aire salado y el mar, sí. Nunca antes lo había visto tan de cerca.- el niño sonreía de oreja a oreja; habría desarmado a un torturador, pero tenía que enfrentare a un empresario.

            – Pues yo querría ver tu pasaje. Tampoco lo he visto nunca y algo me dice que nunca lo veré.

            El niño se rascó la despeinada cabeza.

            – Bueno, es que no tengo.- confesó- En el puerto le pregunté a una mujer si habría sitio para mí en el barco y ella me dijo que seguro, que era un barco enorme. Así que subí. Todo el mundo estaba haciendo cosas. No quería molestar, así que me fui a donde iba la mayoría.

            – ¡Vaya! ¡Qué considerado por tu parte! ¿No se te ocurrió pensar que para viajar en un barco, antes hay que pagarse un billete?

            – Pues la mujer no me dijo nada y la última vez que fui en barco, me llevaron de un lado al otro del río sin pedirme nada a cambio, ni a mí ni a mi maestro.

            – ¿Está ese maestro tuyo por aquí?- el contramaestre miró a su alrededor.

            – No, no. Nos separamos. Ya me tocaba.

            – Así que te han abandonado y te metes de polizón en un barco, ¿eh? Para ver mundo y todas esas cosas.

            – Tengo que encontrar compañeros.- informó el niño, amablemente- Igual aquí lo consigo.

            – Eso lo dudo mucho.- el rostro del contramaestre se volvió feroz- Tienes dos opciones, muchachito. Como polizón, careces de derecho a estar en el barco. Por lógica, debería arrojarte por la borda.

            Algunos pasajeros lanzaron exclamaciones ahogadas de repulsa, aunque ninguno parecía dispuesto a impedirlo; el crío era un polizón, al fin y al cabo.

            – Si no te gusta esa opción, te acomodaremos en un camarote especial; otros antes que tú lo han probado. No verás el mar ni el sol, es cierto, pero estarás bien guardado hasta que lleguemos a Orchar y te entreguemos a las autoridades. Porque ir de polizón en un barco, pequeño mío, va contra las leyes del mar.

            – Que cuando la marea tiene que subir, baje, es ir contra las leyes del mar. No sabía que el mar nos obligara a pagar por cruzarlo.

            – Las leyes del mar son las leyes de los navegantes, chaval.- el contramaestre subió el tono- No te pases de listo.

            El niño sonrió, con un gesto de disculpa tan humilde que Ailin no pudo soportarlo más.

            – Pagaré su billete.

            Partes y espectadores se volvieron hacia ella.

            – En buen momento le ha salido el instinto maternal.- musitó Willer; por una vez, Asuran estaba de acuerdo con él.

            – ¿Qué es eso de que pagarás su billete?- el contramaestre no se amilanó ante su nueva adversaria.

            – Decís que este niño es un polizón por no haber pagado su billete. Pues bien, os propongo hacerme cargo de su deuda, señor contramaestre. Así será un pasajero más y no tendréis ni que encerrarlo ni que entregarlo.

            Sin dejarse impresionar, el contramaestre contraatacó.

            – No es tan sencillo: el crío ha quebrantado las leyes; no puede irse de rositas sencillamente porque te hayas apiadado de él. Es preciso dar ejemplo.

            – De acuerdo. Entonces, además del precio del billete, imponedle una multa. Me comprometo a satisfacerla.

            El contramaestre era un hombre sensato. Arrestar a un niño y entregarlo a las autoridades de las Islas Rojas, si bien legítimo, podría ser perjudicial. Era obvio que, entre los pasajeros, semejante medida no resultaba muy popular. Aunque no interferirían en su ejecución, lo comentarían, y la indignación moral de la gente, sobre todo cuando manifestarla no supone riesgo alguno, es un enemigo temible: las naves de su compañía podían sufrir un descenso de encargos a raíz de aquel incidente.

            Por otro lado, la multa era un castigo proporcionado, que a todos satisfaría y que le permitiría aumentar los beneficios del viaje y, por ende, los suyos propios. Habiendo reflexionado de tal modo, operación que le llevó apenas un instante, el contramaestre asintió.

            – Me parece razonable.- los pasajeros intercambiaron comentarios aprobadores- Bien, teniendo en cuenta el valor del pasaje común y la multa justa… yo diría que ese broche cubrirá tus obligaciones, muchacha.

            Ailin se llevó la mano al escorpión, en un gesto reflejo. Frunció el ceño y se lo desabrochó, entregándoselo al contramaestre, quien se fue con su botín, más alegre que unas pascuas. Ni Asuran ni Willer se atrevieron a decir una palabra. El niño, libre ya, se les acercó.

            – Muchas gracias.- se inclinó, extendiendo los dos brazos con las palmas hacia arriba- Soy deudor tuyo.

            – No tiene importancia.- contestó Ailin, mirando al contramaestre con ira contenida.

            – Sí, la tiene. Has salvado a un desconocido y has sacrificado algo tuyo, algo valioso.

            – ¿Cómo sabes que era algo valioso?- le preguntó De Kern, alzando una ceja.

            – Lo protegiste con la mano. Después aceptaste entregarlo, pero primero querías protegerlo.

            Ailin dirigió su mirada al niño, cambiando la ira por la sorpresa.

            – Eres muy observador. ¿Cómo te llamas?

            – Río de Viento es mi nombre.

            Al oír esto, Willer chasqueó los dedos, en un gesto de satisfacción.

            – ¡Eso me parecía! ¡Un Hombre Verdadero! Mis respetos, Hermano Río de Viento. Éste de aquí es Asuran de Kern, aunque deberíamos rebautizarle. Laúd-con-más-cuerdas-de-las-necesarias, por ejemplo, sería digno de él. También valdría Bigotes Atildados, porque, en verdad, en verdad os digo, Hermano Río de Viento, que nadie cuida su mostacho como maese De Kern. En las Islas deberíais deshaceros de él. Gustan de barbas y perillas y los rostros afeitados no despiertan hostilidad, pero unos bigotes excesivos desesperan, rechinan, justifican la violencia contra su poseedor, algo que nadie de los presentes querríamos ver.

            – ¿Pues cómo os llamaríais vos?- replicó agitadamente el bardo- Sir Odre de Vino, caballero Copa sin Honor, Willer del Licor y las Posadas, serían sobrenombres dignos de vos.

            – ¡No está mal, no está mal! Una copa rebosante de vino, flanqueada por dos mozas, con una posada de fondo. ¡Sería un bonito escudo de armas! Mucho más digno, desde luego, que el de varios hermanos míos de batalla, que, o bien no les hacen justicia, o bien se la hacen demasiada. Hermano Río de Viento, si alguna vez sufro una transmutación interior tal que me convierta en un Hombre Verdadero, seré Odre Siempre Lleno. ¡A vino nuevo, odres nuevos, se dice! Pues bien, espero ser para el mundo un receptáculo nunca vacío de vino nuevo, dulce, fuerte, fresco, alejado de las garras del vinagre.

            Río de Viento miraba al caballero y al bardo con ojos como platos. Luego, empezó a reír.

            – ¡Asuran y Willer, espero aprender de vosotros lo que queráis enseñarme, si somos compañeros!

            – Según qué cosas, será mejor que no te las enseñen.- opinó Ailin, rodeando los hombros del niño con su brazo- Tal vez ellos puedan aprender un poco de ti.

            Le tocó a Asuran el turno de reír.

            – ¿De un niño de diez años?

            – De un Niño Verdadero, perdón, de un Hombre Verdadero.- le corrigió Willer.

            Ailin se acuclilló, hizo girar a Río de Viento hasta que sus ojos estuvieron a la misma altura y le preguntó:

            – ¿Quieres de verdad ser nuestro compañero?

            – Creo que lo soy.- respondió el otro- Les he preguntado a algunos si lo éramos. Muchos no querían o no podían o no sabían lo que significaba eso. Un hombre viejo lo entendió, pero ya tenía un compañero del que ocuparse, al que enseñar y del que aprender. Ninguno de ellos eran mis compañeros. Creo que vosotros lo sois.- y Río de Viento desplegó de nuevo su amplia, sincera sonrisa.

            – No puedes decidir sin saber quiénes somos.- Ailin estaba mortalmente seria.

            – Conozco los nombres de Willer y Asuran y un poco de ellos mismos. Sé un poco de ti, pero no tu nombre.

            – Yo,- comenzó la chica, bajando la voz hasta que sólo fue un susurro que se deslizaba en el oído del niño- soy Ailin Grimwald, heredera del Gran Reino. Willer Shephard es mi caballero Protector y Asuran de Kern, el bardo, ha jurado fidelidad a mi Casa y a mi causa. Viajamos en secreto, para restaurar el Trono, en busca de la Corona del Corazón Negro. Si quieres ser nuestro compañero, tu vida no será fácil hasta que el Reino se unifique de nuevo.

            Río de Viento miró a la heredera.

            – Yo,- contestó en un susurro idéntico- soy el compañero de Ailin Grimwald, Willer Shephard y Asuran de Kern. Ellos son mis compañeros. Y soy el deudor de Ailin.

            – No. Un compañero nunca es un deudor. Si vienes con nosotros, que no sea por una deuda.

            El niño meditó un instante; al cabo, meneó la cabeza, en señal de acuerdo, y se inclinó ante Ailin, quien hizo lo propio.

            – ¡Estupendo!- exclamó Willer- Finalizado el protocolo, vamos a celebrarlo como mandan los cánones. Seguro que puedo convencer al capitán para que nos dé un poco de grog. Y si el compañero Río de Viento declina el trago, será un honor aceptarlo, como un regalo, de sus manos.

            El caballero se fue en busca de la bebida; Río de Vida, quien parecía encantado de tener un nuevo amigo tan parlanchín, fue con él.

            – Mi señora,- dijo Asuran- os habéis ganado la fidelidad de un Hermano con una mirada. No sé qué más pruebas hacen falta para demostrar que sois la Reina.

            Ailin no respondió.

noviembre 8, 2009

Aborto

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:08 pm
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Falso Senador Bob Dole: ¡Aborto para todos! (abucheos de la multitud) Está bien, entonces, ¡aborto para nadie! (más abucheos) Mmmmh… ¡aborto para unos, banderitas americanas para otros! (vítores) 

Los Simpson, “Ciudadano Kang”

 

            Decía un profesor mío de Filosofía del Derecho que una de las notas esenciales de la tragedia griega era presentar un conflicto, no entre el Bien y el Mal, sino entre dos potencias con argumentos razonables a favor de sus respectivas posiciones. Y que ese mismo enfrentamiento entre enfoques con porción de verdad se da con frecuencia en la vida ordinaria. El elemento trágico consiste en la radical imposibilidad de los contendientes para llegar a acuerdos, convencerse mutuamente, aceptar que el adversario no está tan equivocado.

            En pocas controversias sociales veo más claro este elemento trágico que en el debate sobre el aborto. Se dan ambas características: tanto los favorables como los opuestos al mismo están convencidos de andar en posesión de la Verdad Absoluta y ambos manejan argumentos suficientes como para perpetuar la pugna.

            El problema del aborto está conformado por cuestiones éticas, por convicciones morales, con o sin base religiosa, por regulaciones legales, por discusiones sociales y, en definitiva, por una no resuelta pregunta biológica. De este maremagnum me causa cierta simpatía la posición de los legisladores, porque, a fin de cuentas, quien tiene la última palabra es el Estado.

            Como aseveraba otro profesor mío, éste de Derecho Eclesiástico del Estado, tan socarrón y polemista como el primero, una de las virtudes del Derecho es su capacidad, al menos en principio, de enfriar los ánimos. Los tecnicismos, formalismos, procedimientos y la obligatoriedad de basar la postura propia en artículos legales y en decisiones jurisprudenciales ayudan bastante a impedir que el combate que se libra ante los jueces se convierta en un concurso de gritos. En cambio, en el Parlamento de cualquier nación los diputados se lo pasan de miedo pegando alaridos, sobre todo en cuestiones tan divisorias como la del aborto. Me propongo ser al tiempo político y jurista, expresar los argumentos que vuelan de una trinchera a otra y la posición (tibia, ambigua, escurridiza) que ha adoptado nuestro legislador, en su sabiduría.

 

           abortofavor Empecemos por el apartado legal. La Constitución de 1978 dice con rotundidad en su artículo 15 que todos tienen derecho a la vida. Dice más cosas, pero a los efectos de este escrito, no nos importan.

            “Todos” significa “todas las personas”. Cuando la Constitución emplea esa palabra da a entender (así lo ha determinado el Tribunal Constitucional, que es su supremo intérprete y, por tanto, lo que dice va a misa) que el derecho, libertad o facultad a la que se refiere no es exclusiva de un grupo determinado. Hombres o mujeres, ciudadanos españoles o ciudadanos extranjeros y cualquier dualidad que quiera ponerse a continuación. Cualquier persona. Estupendo. ¿Y quién es persona humana?

            En España, los artículos 29 y 30 del Código Civil se encargan de dar una definición de lo que el Derecho entiende por persona:

            Artículo 29: El nacimiento determina la personalidad; pero el concebido se tiene por nacido para todos los efectos que le sean favorables, siempre que nazca con las condiciones que expresa el artículo siguiente.

            Artículo 30: Para los efectos civiles, sólo se reputará nacido el feto que tuviere figura humana y viviere veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno.

            Cualquiera que no cumpla los requisitos establecidos en el artículo 30 será considerado “criatura abortiva” y, por tanto, sin derechos ni capacidad jurídica en el terreno civil. Porque eso dice el precepto: “para los efectos civiles”. Empieza aquí la habilidosa tibieza del legislador.

            Una vez han transcurrido esas veinticuatro horas estipuladas, el niño goza de personalidad desde el mismo instante de su nacimiento. El plazo es una condición imprescindible, pero, una vez cumplida, los efectos se retrotraen hasta el mismo instante del nacimiento, habiendo discusiones entre los autores acerca de si éste se produce en el momento del parto o en el de rotura del cordón umbilical.

            Ahora bien, supongamos que en el instante en que la orgullosa madre recoge al fruto de su vientre de manos de una simpática enfermera, aparece un loco con un hacha (siempre hay menos locos con hacha de los necesarios), desencadenándose una matanza como Dios manda. Y en el transcurso de la misma, el loco del hacha hace picadillo al bebé. Es obvio que el niño ya no podrá vivir veinticuatro horas enteramente desprendido del seno materno.

            Pero como ha declarado el Tribunal Supremo en reiteradas sentencias (podría buscarlas, pero tampoco es esto un dictamen estricto), cuando estamos en el orden penal, el plazo del artículo 30 del Código Civil no tiene importancia. El loco del hacha ha cometido un homicidio, como mínimo. Tal vez incluso un asesinato. No voy ahora a meterme en sus distinciones. Ya lo explicaré cuando el lector tenga a bien invitarme a cenar.

            Entonces, se preguntará alguna ingenua criatura, ¿el Código Penal establece una definición tan clara de persona como el Código Civil? Pues no.

            El Código Penal se ha definido muchas veces como la Constitución negativa. Mientras la Constitución concede, reconoce o crea (según la ideología del consumidor) derechos y libertades, entre otras cosas, el Código Penal, a la cabeza de la legislación criminal, tipifica los más graves ataques contra esos derechos y libertades. Los ataques contra la vida humana son de los más graves. El Libro II del Código Penal de 1995, que contiene el catálogo de los delitos y sus penas correspondientes, comienza con la regulación del homicidio: homicidio, asesinato, provocación, conspiración y proposición para los dos anteriores, homicidio imprudente, inducción y cooperación al suicidio, eutanasia… y se acabó el primer Título del Libro II.

            El Título II tipifica el aborto (artículos 144 a 146). Aparte del homicidio. Podemos, por tanto, sacar esta conclusión indiscutible: legalmente, al aborto no es un homicidio, ni un asesinato; es un delito diferente, penado con mayor levedad.

            Todos los delitos, sin excepción, tipifican ataques contra lo que se denomina “bien jurídico protegido”. Partiendo de esta premisa, hay delitos en los que dicho bien es evidente y otros en los que la doctrina y la jurisprudencia aún discuten cuál es o si hay alguno en realidad. En el homicidio y sus variantes, el bien protegido es la vida humana. ¿Y en el aborto?

            Aquí empieza el debate serio. Porque si respondemos que el bien protegido es la vida humana no hay razón sistemática para colocarlo en un Título distinto. Y, ciertamente, los defensores a ultranza del aborto creen que no se protege la vida de nadie, sino la libertad de la mujer embarazada. Indudablemente, la libertad de la mujer está protegida: el artículo 144 castiga a quien produzca el aborto de una mujer, sin su consentimiento.

            Pero en el siguiente precepto se pena, con una sanción menos severa, la conducta de quien produzca el aborto de una mujer, con su consentimiento, fuera de los casos permitidos por la Ley. Y en el apartado segundo del mismo artículo 145 se castiga, con más levedad aún, a la mujer que produjere su aborto o consintiere que otra persona se lo cause, fuera de los casos permitidos por la Ley. El 146 castiga el aborto por imprudencia.

            Por tanto, la siguiente conclusión inevitable es que el bien jurídico protegido en el aborto no es sólo la libertad de la mujer embarazada. Su libre consentimiento no tiene poder destipificador, sólo logra atenuar la reacción penal. Por tanto, tiene que existir otro bien protegido. Los adversarios a ultranza del aborto señalan como único plausible la vida humana. La verdad es que cierta razón no les falta.

            Sin embargo, el hecho es que aborto y homicidio son figuras diferentes, con una pena muy alejada la una de la otra. Un feto no es ni puede ser víctima de un asesinato. Y es que el Tribunal Supremo ha llegado a la conclusión de que en el orden penal, como en el civil, es el nacimiento el que determina la personalidad. Sin las veinticuatro horas.

 

          abortocontra  Es éste buen momento para desempolvar el debate doctrinal. Porque en la cuestión del comienzo de la vida, cuatro han sido las posturas enfrentadas tradicionalmente. Por un lado, está la teoría de la concepción, postura defendida con firmeza desde el principio por el pensamiento judeocristiano mayoritario, según la cual existe un ser humano vivo e independiente desde el embrión. Justo delante, la teoría del nacimiento, que tiene diversas facciones, dependiendo de cuántas condiciones se pongan para considerar nacido al feto. En tercer lugar, la teoría de la viabilidad, para la cual, además de nacer y nacer vivo, el feto ha de gozar de las características necesarias para subsistir por sí mismo. Como cajón de sastre, las teorías eclécticas, que mezclan algunas o todas las posturas anteriores.

            Advierta el lector despierto que la tesis civil española es la del nacimiento, no la de viabilidad, pese al plazo de veinticuatro horas. Efectivamente, un feto viable, pero que muera por cualquier circunstancia antes de transcurrir el plazo legal no sería persona a los efectos del artículo 30. En cambio, un feto inviable, pero que cumpliera todas las condiciones de dicho precepto, incluido el transcurso del citado plazo, sí lo sería, aunque muriese un segundo después.

            Bueno, pues el Tribunal Supremo se muestra seguro en el terreno penal, tanto como en el civil: a partir del comienzo del nacimiento, deja de ser feto y se inicia su protección como persona. La doctrina española mayoritaria no cree que, en el delito de aborto, el feto sea el sujeto pasivo (es decir, la persona ofendida por el delito), sino el objeto material del mismo (como puede serlo, y lo digo a meros efectos explicativos, un caballo al que se rompa una pata para el delito de daños). Sin embargo, el Tribunal Constitucional afirma que el bien jurídico protegido es la vida del nasciturus, porque éste, aunque no sea persona, es un bien constitucionalmente protegido. Por así decir, se protege la esperanza de una futura persona.

            Leído el párrafo anterior, se ve que el legislador, los tribunales y los profesores no logran una solución plenamente coherente. El aborto consentido no implica la muerte de una persona, pero tampoco es un acto atípico que no lesione bienes jurídicos. Postura ésta que no convence ni a partidarios ni a detractores del aborto.

            En el Derecho comparado, resumiendo, existen tres grupos de legislaciones, según cómo enfoquen el problema. Algunos países sancionan el aborto en todo caso, aunque tampoco lo consideran un homicidio. Otros siguen el sistema de las indicaciones, es decir, se despenaliza el aborto consentido, en ciertas circunstancias y con ciertos requisitos, por motivos terapéuticos, éticos o eugenésicos. Por último, está el sistema de plazos, actualmente en el centro del debate en nuestro país, que permite el aborto consentido, con ciertos requisitos formales, dentro de los plazos que la Ley establezca.[1]

            El sistema español actual combina los dos últimos sistemas, con predominio del de las indicaciones, declarado constitucional por el Tribunal Constitucional. El artículo 417 bis del Código Penal anterior, subsistente, establece:

1. No será punible el aborto practicado por un médico, o bajo su dirección, en centro o establecimiento sanitario, público o privado, acreditado y con consentimiento expreso de la mujer embarazada, cuando concurra alguna de las circunstancias siguientes:

1.ª Que sea necesario para evitar un grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la embarazada y así conste en un dictamen emitido con anterioridad a la intervención por un médico de la especialidad correspondiente, distinto de aquél por quien o bajo cuya dirección se practique el aborto.

En caso de urgencia por riesgo vital para la gestante, podrá prescindirse del dictamen y del consentimiento expreso.

2.ª Que el embarazo sea consecuencia de un hecho constitutivo de delito de violación del artículo 429, siempre que el aborto se practique dentro de las doce primeras semanas de gestación y que el mencionado hecho hubiese sido denunciado.

3.ª Que se presuma que el feto habrá de nacer con graves taras físicas o psíquicas, siempre que el aborto se practique dentro de las veintidós primeras semanas de gestación y que el dictamen, expresado con anterioridad a la práctica del aborto, sea emitido por dos especialistas de centro o establecimiento sanitario, público o privado, acreditado al efecto, y distintos de aquél por quien o bajo cuya dirección se practique el aborto.

2. En los casos previstos en el número anterior, no será punible la conducta de la embarazada aún cuando la práctica del aborto no se realice en un centro o establecimiento público o privado acreditado o no se hayan emitido los dictámenes médicos exigidos.

            El Constitucional, comentando el artículo, ha hecho ciertas precisiones. La gravedad del peligro y la necesidad del aborto, en la primera causa de despenalización, implican que no puede solucionarse el conflicto de ninguna otra forma y que el peligro ha de ser de una disminución importante de la salud y con permanencia en el tiempo; esto no obstante, es notorio que es la razón que más frecuentemente y con más éxito se alega.

            En cuanto al segundo motivo, el Tribunal ha declarado que obligar a soportar a una mujer las consecuencias de una violación es “manifiestamente inexigible”. Y por lo que se refiere al tercer supuesto, que “el recurso a la sanción penal entrañaría la imposición de una conducta que excede de la que normalmente es exigible a la madre y a la familia”. Todo esto en su Sentencia de 11-4-1985.

 

            Tal es el marco legal. Pero la legislación no es más que la respuesta por parte del Estado al debate social. No vaya a creer nadie que la Ley es la respuesta de la sociedad. Téngase en cuenta que sus señorías, los miembros de las Cortes Generales, no son los representantes de la nación, ni expresan la voluntad de la nación. No, no. Ellos crean esa voluntad, es decir, la voluntad del Estado. No es éste momento para discurrir sobre la distinción.

            En fin, es evidente que la legislación no ha solucionado el debate de fondo. Cuando los señores del Partido Popular claman que el Gobierno del PSOE saca a relucir el debate del aborto para desviar la atención de la actual crisis económica mundial aciertan en parte. Ninguna decisión de ningún partido es inocente. Sin embargo, cuando añaden que esta cuestión no preocupa a la ciudadanía, ni existe un debate interno, faltan clamorosamente a la verdad. En cuanto se agita un pelín la legislación penal en este punto, los bandos enfrentados cargan la artillería, pidiendo más aborto unos y menos o ninguno otros.

            Hay que reconocer que ambas facciones afilan bien sus palabras. Los favorables califican a sus adversarios de antiabortistas (o, con alegre desparpajo, “fascistas”). Digan en alto la palabra y verán lo áspero, lo duro, lo desagradable que suena. Los de ese bando caen mal nada más oírlo. Pero ese bando se autoproclama pro-vida. Repítase el experimento. ¡Ah, qué suave, qué hermoso, qué benévolo! ¡Cómo no vamos a estar de acuerdos con los defensores de la vida! ¡Mucho más si los de enfrente son “asesinos de bebés”!

            Unos y otros están de acuerdo, eso sí, en castigar el aborto forzado. Y en declarar atípico y merecedor de compasión el aborto sin intervención humana. Sin embargo, aun en estas posturas comunes subsiste la gran diferencia, la diferencia irreconciliable.

            Porque los proabortistas defienden la libertad de la mujer, mientras que los antiabortistas defienden la vida del feto. ¿Es así como está distribuido el campo de batalla, la libertad contra la vida? En mi opinión, esto es un error.

            Lo que falta en el debate sobre el aborto, lo que lo vuelve tan trágico (y, al tiempo, negramente cómico), es que nadie escucha al otro.

            ¿De verdad piensan los antiabortistas que sus rivales abogan por el exterminio masivo de niños? ¿De verdad piensan los proabortistas que sus adversarios son parte de una retorcida conspiración para mantener encadenada a la mujer?

            Es verdad que, históricamente, la lucha por el derecho al aborto está vinculada por la lucha a favor de los derechos de la mujer. Es verdad que si una mujer tenía veinticuatro hijos, a no ser que fuera muy muy rica, no tenía más remedio que quedarse en casa para cuidarlos, sobre todo porque el marido estaría, a no ser que fuera también muy muy rico, trabajando como un loco para mantener el rebaño. O emborrachándose con los amigos, que también pasaba.

            Es verdad que ciertas posturas, como la del actual magisterio de la Iglesia Católica, contraria tanto al aborto como a los anticonceptivos no abortivos despierta dolor de cabeza (ya me ocuparé de los anticonceptivos en otra ocasión).

            Ahora bien, estar a favor o en contra del aborto no es, en esencia, propio de la izquierda ni de la derecha, de católicos o de protestantes o de ateos, de hombres ni de mujeres. Se puede ser católico y estar a favor del aborto, ateo y estar en contra, ser un conservador burgués a machamartillo al grito de “nosotras parimos, nosotras decidimos” y un ortodoxo marxista que se opone con firmeza a la interrupción del embarazo.

            Porque la raíz de la cuestión es ésta y sólo ésta: ¿el feto, el embrión o el pre-embrión son seres humanos? Si respondemos sí, todo el mundo (salvo los nazis) estará en contra del aborto. Si respondemos no, todo el mundo lo aceptará, con más o menos reservas.

            Puede uno criticar que una pareja no tenga hijos, porque considere que es una actitud egoísta e inmadura y que tener hijos es una bendición de Dios o un deber para con la sociedad (o Dios). O puede considerar que es una postura muy legítima y respetable. O puede darle igual. En ningún caso se planteará el debate de si así se está impidiendo la vida de un nuevo ser humano, aunque, en la práctica, así sea. Pero nadie con dos dedos de frente planea obligar por decreto a la población a mantener relaciones sexuales ininterrumpidas para evitar el riesgo de dejar a algún niño sin nacer. Hasta el señor Gaspar Llamazares y Monseñor Rouco Varela estarán de acuerdo en eso.

            Es por eso que la actitud del legislador es ambigua, e incluso incoherente. Si se elimina una vida, castíguese como homicidio, con sus correspondientes eximentes y atenuantes. Si no se mata a nadie, que sea atípico, salvo cuando se viole la libertad de la embarazada.

            Sí, es ambigua, pero muy comprensible. Porque cuando la respuesta de la comunidad científica a la pregunta es su división entre los bandos en pugna, cunde el desánimo. Hay médicos proabortistas y antiabortistas por ideología. Algunos, sólo por ideología o creencia personal. Otros, influidos por ellas. Pero también hay biólogos que se atienen estrictamente a la ciencia y se muestran divididos.balanza2

            No me extraña que el Estado se sienta tentado por el sistema de plazos. Hay algo terrible y solemne en los plazos legales. Apenas un segundo separa radicalmente realidades casi idénticas. En muchas ocasiones los plazos parecen arbitrarios y sus consecuencias, absurdas, injustas, crueles. Pero tienen la virtud de la certeza. Dan seguridad. Son fríos y objetivos. En una cuestión tan espinosa, tan debatida y tan confusa, parecen una tabla en medio de un naufragio, aunque no por ello las olas y la tormenta dejarán de rugir. Y con razón.


[1] En realidad, el Proyecto de Ley que aún debe tramitar el Parlamento es una mezcla de ley de plazos y causas de despenalización. Así, hasta las 14 semanas, se puede interrumpir el embarazo libremente. Hasta las 22, sólo si hay grave riesgo para la vida o la salud de la madre o graves anomalías en el feto. Sin plazo, en el caso de que las anomalías del feto sean incompatibles con la vida o de enfermedad muy grave e incurable, previo dictamen de especialistas.

noviembre 6, 2009

Epílogo

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 5:57 pm

         EN UN CLARO NATURAL, rodeados por árboles centenarios, de raíces profundas y ramas gruesas, que soñaban con la primavera, veinte figuras formaban un círculo. Sentadas sobre la buena tierra, silenciosas, los ojos cerrados, veinte pares de labios murmuraban una muda plegaria. Los rezos acabaron de modo simultáneo y veinte pares de ojos, oscuros y claros, videntes y ciegos, todos llenos de experiencia, todos llenos de vida y de muerte, se abrieron.

            – Henos aquí,- empezó una anciana de pelo blanco, alta y delgada- henos aquí, Hermanos. Venimos de los valles y de las montañas, de los bosques y de las llanuras, de cerca y de lejos. La ocasión es solemne.

            – Vayamos al grano, Rama de Sauce.- la interrumpió secamente un hombre calvo- Ya tendremos tiempo para las grandes palabras. Sabemos a qué hemos venido.

            – Los vientos nos lo han dicho, los pájaros lo han cantado.- asintió Rama de Sauce.

            – Se avecinan cambios.- dijo el calvo.

            – Se avecinan cambios.- repitieron los otros.

            – Los Señoríos pueden volver a ser un Reino.- habló otra mujer, más joven, más enérgica- ¿Qué posición tomaremos? ¿Apoyaremos a la Reina sin Trono a recuperar lo que cree que es suyo?

            – En la República hay movimientos.- añadió alguien más- Si los Señoríos se enfrentan a la República, ¿les ayudaremos? ¿O estaremos con los rojinegros? ¿O con ninguno de ellos?

            – Ninguna decisión será buena.- sentenció el calvo- Los Señores, los rojinegros, la Reina, todos ellos pasan ante el bosque y sólo ven leña para el fuego.

            Los demás murmuraron un asentimiento sombrío.

            – Es cierto, Ciervodanzante,- admitió la mujer enérgica- pero la realidad no es amable, ni es considerada. La vida nos ofrece lo que nos ofrece y debemos elegir. Tenemos esa obligación, no el derecho de saber si nuestra elección es correcta.

            – ¿Y a quién apoyar?- se preguntó Rama de Sauce

            – A la Reina.- dijo un ciego, de rasgos ascéticos y astutos- A la Reina sin Trono.

            – ¿Por qué? ¿Qué bien hará eso al mundo?- Ciervodanzante fruncía el ceño.

            – Se avecinan cambios. La guerra es el más cruel de los cambios. Los Señores pueden resistir a la República o la República puede vencer a los Señores.

            – En cualquier caso, la tierra sangrará.- comentó Rama de Sauce.

            – Así es, Hermana. Y en cualquier caso, ninguno de los bandos nos necesitará, ni contará con nosotros. Los Señores tienen su autoridad asentada en las espadas de sus caballeros y vasallos. La República… ha surgido de la nada y ha crecido contra viento y marea.

            – La República devorará los bosques y los ríos.- dijo la mujer enérgica- Quiere pastos para el ganado, quiere rutas para sus comerciantes, quiere campos para sus labradores.

            – También los Señores.- apuntó Ciervodanzante.

            – Los Señores no son tan voraces.

            – No lo han sido aún.

            – He dicho que deberíamos apoyar a la Reina- el ciego recuperó la palabra-, no a los Señores ni a la República, Luna sin Rostro. La Reina necesita sostenes, aliados. Debe convencer a los Señores de que ella es y puede ser la Señora de Señores. Que lo consiga gracias a nosotros. Que deba el Trono del Corazón Negro a los Hermanos. Y asegurémonos de que paga su deuda, cuando llegue el momento.

            – Eres un ingenuo, Brumayniebla.- se burló Ciervodanzante- Cuando la Reina tenga su trono, se olvidará de nosotros.

            – Ya nos ha sucedido antes.

            – Hemos confiado demasiadas veces en promesas falsas, en palabras huecas.

            – No debemos dejarnos engañar de nuevo.

            Brumayniebla esbozó una sonrisa extraña, mezcla de agrado y desolación.

            – Sí, cuando la Reina esté en su trono puede darnos la espalda. A no ser que detrás del trono esté uno de los nuestros.

            Hubo un silencio.

            – No nos mezclamos en los juegos de poder, Brumayniebla.- dijo severamente Rama de Sauce.

            – Tendremos que hacerlo. Tendremos que colocar un valedor junto a la Reina, para que no nos olvide. Tendremos a uno de los nuestros en el círculo de Ailin Grimwald.

            – En los hornos oscuros se forjan las cadenas fuertes, dicen los Señores.- murmuró Luna sin Rostro- ¿En eso piensas?

            – Si un Hermano se une a la hija de los Reyes Perdidos y está a su lado ahora, que no es nadie, cuando sea quien quiere ser, habremos conseguido nuestro valedor.

            – Que primero el Hermano se haga amigo de la huérfana y que luego nos traiga a la heredera, para convertirla en Señora de Señores. Es una idea.- reconoció Rama de Sauce.

            – ¿Y quién será?- quiso saber Ciervodanzante

            – No somos titiriteros, Hermanos. Hemos tomado nuestra decisión y ahora compete a la Providencia mostrarnos si era acertada o equivocada.

            – La Providencia tampoco nos usa como muñecos, Brumayniebla; pero tú no tomas una decisión sin indicios de que puede ser la verdadera.- replicó otro Hombre Verdadero- ¿A quién has vigilado?

            – Hay un Hermano cerca de la Reina, sin que yo haya hecho nada para que así fuera; me he limitado a observar a Ailin Grimwald. Viajan en el mismo barco, hacia las Islas Rojas.

            – Hemos de mandar un mensaje a nuestro Hermano.- dijo Luna sin Rostro

            – A su debido tiempo. Primero, veamos si se conocen, si se convierten en eslabones de la misma cadena. Y si en efecto así sucede, actuaremos.

            Los veinte Hermanos asintieron. Sus ojos se cerraron de nuevo y sus labios se movieron una vez más, sin pedir ni imponer nada a los dioses que escuchaban. Llegaban cambios. Habían cumplido su deber. La Providencia no les podía exigir más. Los rezos se mezclaron con los vientos.

 

FIN DE LA PARTE PRIMERA

noviembre 2, 2009

Fiscales de película

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:04 pm
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            Después de escribir sobre unos cuantos abogados de cine, me quedó la gana de escribir sobre sus habituales adversarios en la pantalla. Por desgracia, al decidirme a hacerlo, me he encontrado con que si con los abogados tuve que restringirme a sólo tres, porque si no hubiera llenado decenas de páginas, con los fiscales no tengo que limitarme nada. Todo lo contrario. Y es que los fiscales son la fea del baile en los juzgados de la ficción.

            En efecto, al revés que los abogados, los fiscales no suelen ser los protagonistas, sino los antagonistas (y a veces ni eso). En fin, a primera vista, tampoco es tan terrible: hay antagonistas memorables. Incluso hay antagonistas que usurpan el papel de protagonistas. Salvo raras excepciones, los fiscales no llegan tan arriba.

            Y es lástima. Después de todo, los fiscales suelen ser los acusadores. Uno de los significados del nombre Satán es justamente “acusador”. También “enemigo”, pero eso es otra historia. En el Libro de Job, el Satán aparece, cínico y descreído, en la corte celestial para poner verde a la especie humana. En Sin noticias de Dios, en los tribunales del Más Allá, los emisarios del Cielo actúan como defensores y los del Infierno como acusadores. Los fiscales de la ficción deberían ser dignos de semejantes paralelos ultraterrenos. ¿Lo son? La triste respuesta es que no.

 

           law&order La especie más común de fiscal en las películas y series es el implacable vengador del pueblo. La voz de la cólera popular que quiere llevar a la horca al miserable criminal. Estos fiscales son observados como figuras positivas (cuando el acusado es culpable de algún delito atroz), como individuos trágicamente equivocados (cuando el delito sigue siendo atroz, pero el acusado no es culpable) o como inquisidores de una sociedad malvada, racista, fascista y todos los “istas” que uno quiera (cuando el acusado es culpable siendo su delito defender los derechos humanos).

            De estos hay a montones. Los fiscales de Ley y Orden son el paradigma. Jack McCoy y los suyos investigan, acusan y condenan inexorablemente a cuantos asesinos, violadores, ladrones y demás infractores se cruzan en su camino. Sus argumentaciones suelen ser convincentes, pero claro, es que son los “buenos” de la serie, así que, por una de esas reglas de la televisión, tienen que ser mucho mejores que sus rivales. Hombre, siempre hay excepciones, siempre hay algún episodio en el que el defensor es decente y así la intriga del veredicto se mantiene hasta el final.

            Aunque sean juristas de cierta habilidad, y aun gustándome la serie, estos fiscales no me caen nada bien. De hecho, me resultan cansinos. Porque declaman a jurados y jueces como si estuvieran en un púlpito, y no en un púlpito sabio. Tienen unas ínfulas de superioridad moral que me provocan urticaria. Están convencidos de que los criminales son los malos, que ellos son los buenos y que la Espada Flamígera de la Justicia está en sus manos. Se sienten la mar de bien cuando machacan a los acusados. En realidad esta gente sacia su sed de venganza, la de los policías que colaboran con ellos y la de los familiares de las víctimas. Pero no tienen las narices de reconocerlo, empeñados en que ellos hacen justicia, no venganza.

            Cierto, hay ocasiones en que los fiscales de este pelaje tienen que encerrar a auténticos vengadores (habitualmente, el padre o esposo de alguien que se lía a tiros con el asesino/violador de turno). Son esos raros momentos en los que los guionistas permiten que entre los acusadores haya dudas. Unos muestran sus simpatías con el reo, otros dicen que le hubieran dado más balas y, al fin, siempre hay uno (McCoy o su equivalente) que se atiene al más estricto legalismo.

            Particularmente vomitiva es la protagonista del engendro Fiscal Chase (en inglés, Close to home), que participa de la naturaleza de L&O, estando a mil años luz en cuanto a calidad dramática. Cualquier persona de respeto no sólo observa con tolerancia la violencia contra esa mujer sino incluso con desaforado entusiasmo.

            Ojo, no estoy diciendo que las actitudes de Ley y Orden no sean comprensibles. Ni que no reflejen reacciones que se dan en la vida real: todo lo contrario. Tampoco digo que esa apelación a la Ley, fría y estricta, sea estúpida, ni mucho menos (sobre todo en ciertos casos). Lo que me aleja irreductiblemente de estos fiscales (y policías) es su moralismo. Su idea de que la Ley es justa, de que la Ley es correcta y que la Ley sólo está equivocada cuando no es lo bastante dura. Su autoengaño, su empeño en disfrazar de justicia la venganza. Son todos unos idealistas implacables o unos idealistas hipócritas.

            Y ambos idealistas, los puros y los hipócritas, son aburridísimos.

 

            Con todo, hay algún fiscal de estos de duralexsedlex que no es desagradable. El ejemplo más claro, para mí, lo constituye el coronel Lawson (Richard Widmarck), en Vencedores o vencidos. Lawson tiene el moralismo cansino que antes deploraba, aunque con un matiz que lo hace más tragable: su cólera, su indignación ante las atrocidades nazis es tan sincero que no trata de engañarse a sí mismo ni a los demás. Uno de los jueces se lo reprocha: “Su problema es que querría enjuiciar al país entero”.nuremberg

            Lawson es un iusnaturalista, lo que lo aleja aún más de McCoy. Ansía condenar a cuatro jueces alemanes que, por diferentes motivos, aplicaron el ordenamiento jurídico hitleriano. Habida cuenta de la injusticia de tales normas, su conducta es culpable. Les acusa también de quebrantar incluso las propias leyes alemanas en aras del Poder; sin embargo, a nadie se le escapa que el meollo de la acusación es que la legislación nacionalsocialista era perversa, por lo cual los jueces que la aplicaron actuaron perversamente, tan perversamente como los líderes políticos y militares del Tercer Reich.

            El personaje de Lawson tiene brío: interroga con dureza, sus discursos de inicio y conclusión poseen el toque justo de cólera para hacerlos intensos sin perder una estructura argumentativa convincente. Pero Lawson ejemplifica también la derrota dramática de los fiscales frente a los abogados defensores.

            Es Hans Rolfe, el cabeza de la defensa alemana, quien gana todo el protagonismo en las escenas del juicio. Lawson queda en un papel secundario. El espectador asiste con interés a la exposición del coronel, a la presentación de sus testigos y pruebas, pero a quien espera con avidez es a Rolfe. Soberbiamente interpretado por Maximilian Schell, el brillante abogado se muestra a la altura de su trabajo. Hace posible lo imposible: articula una “muy hábil defensa”, en palabras del juez Haywood (Spencer Tracy), de sus clientes.

            Condenando desde el punto de vista político y moral al nazismo, Rolfe se las arregla para razonar la posición de sus defendidos. Como defensor, destroza la pretendida superioridad moral de la acusación y de los Estados o sociedades a las que representa. Además, contraargumeta cada una de las afirmaciones que Lawson presenta como absolutas, proporcionando a los magistrados (al público) otra punto de vista, otra interpretación y otra conclusión posibles. Con una endiablada inteligencia, adapta su defensa a las vicisitudes del caso, mientras que Lawson actúa más como una apisonadora, sin desviarse un ápice del camino marcado.

            Lawson, igual que McCoy, es fiscal antes que político. Inicialmente idealista (como militar que ha defendido, desde su punto de vista, la libertad frente a uno de los regímenes más siniestros de la Historia), se enerva cuando las necesidades de la razón de estado ponen en peligro su caso. Se mantiene, y es digno de mérito, fiel a sus convicciones, sabiendo que su futuro profesional no será, como consecuencia de su acerada independencia, prometedor. Esta faceta es la más respetable de los fiscales de esta índole.

 

          jfk  Jim Garrison, Kevin Costner en JFK, se parece mucho a Lawson. También él comienza la acción como un idealista. También él se muestra firmemente independiente de las presiones políticas o familiares en su obsesiva investigación. También él tiene ese síndrome de cruzado, que es el lastre inevitable de estos honestos defensores de la ley (cuando son honestos). Sólo que Garrison, dramáticamente, domina de forma total el juicio, en la parte final de la película. Hasta ese momento, Garrison es poco más que un cronista, un paciente recopilador de datos. Son los personajes secundarios, más o menos tenebrosos, los que dan fuerza a la obra. Con astucia, Oliver Stone concedió estos papeles breves, pero capitales, a actores de gran calidad. Joe Pesci, Jack Lemmon, Tommy Lee Jones, Gary Oldman, Walter Matthau, Donald Sutherland o Kevin Bacon son mucho más atractivos en los minutos que aparecen ante las cámaras que Kevin Costner en sus tres horas. Pero es que el personaje de Costner es un corredor de fondo, constante. He de reconocer que Garrison sí me cae bien, aún más a medida que, al avanzar la trama, sus dogmas preconcebidos van siendo derribados, sin que él caiga en el desánimo. Hubiera sido más atractivo verlo convertido en cínico, pero no se puede tener todo en este mundo.

            Lo que hace más simpático a Garrison, a pesar de sus veleidades idealistas y de su familia perfecta, que es la parte más floja de la película, es su inevitable derrota. Tras desplegar toda su fuerza en el proceso, con un ritmo apabullante (salvo en el demasiado largo discurso final), tras hacer gala de su capacidad analítica, deductiva, de su ironía y de un realismo crudo, fruto de las investigaciones que ha ido realizando, Garrison muerde el polvo y es derrotado. El Poder se sale con la suya y el hombre solitario, que se ha dejado la piel en la lucha, se va a casa con las manos vacías, consolado (para que el público no se sienta tan mal) por su esposa y su hijo.

            Un Garrison triunfante hubiese sido no sólo increíble en la realidad, sino intragable en la ficción. Costner también interpretó a Eliott Ness, quien tiene sus puntos de conexión con Garrison, aunque el fiscal me parece más humano, más complejo y más interesante que el agente del Tesoro. Al vencer a Al Capone, Ness se me hace francamente antipático: es el símbolo del vengador del pueblo que, saltándose la Ley (la evolución de Ness consiste en pasar de respetar la legalidad a considerar que el fin justifica los medios, es decir, pasar de defensor de la Ley a justiciero pretendidamente heroico), vence a los villanos. Unos villanos mucho más carismáticos que los héroes, por cierto.

 

            Mucho más simpático es Adam Bonner (Spencer Tracy), el fiscal de La costilla de Adán. En esta espléndida comedia, el iuspositivista que es Adam se enfrenta a la abogada política de su mujer, Amanda (Katharine Hepburn). Siendo justos, Amanda le da cien vueltas a su marido ante el tribunal. Centra el debate donde le interesa y despelleja al pobre Adam, quien va desquiciándose a ojos vista. En sus conclusiones, el habitual sermón sobre el Imperio de la Ley queda reducido a unas inconexas frases hechas que ni siquiera acierta a vocalizar bien

            Pero Adam es digno como ser humano. Y consciente de su dignidad. Por eso, mientras Amanda gana el proceso, el matrimonio se derrumba. Adam lo achaca a la falta de respeto de su mujer a la Ley, pero eso es falso. Lo que teme el fiscal es que su maravillosa esposa le haya perdido el respeto a él, como colega y compañero. Furioso, enlaza el caso con su matrimonio, proclamando la consigna de todos los legalistas del mundo: “¡La Ley es la Ley, sea buena o mala! ¡Si es mala, lo lógico es cambiarla, no menospreciarla o burlarse de ella!”adam´srib

            Estoy de acuerdo con Adam en que una mala Ley debe ser cambiada, pero no en que no podemos burlarnos de ella. Ahora bien, aunque, en la sala de vistas, el fiscal legalista es machacado, una vez termina el proceso, el marido se desquita y de la manera más gloriosa. Hemos visto toda la película a Amanda como superior intelectualmente a su marido, pero los que subestimaban al señor Bonner reciben una lección, primero con la treta de la pistola de regaliz (que reivindica la tesis de Adam y logra una astuta ambigüedad para la obra), y luego con las lágrimas de cocodrilo gracias a las cuales demuestra a su mujer que ambos se quieren como siempre, reconquistando así, de un golpe, todo el terreno marital perdido.

            Pero por muy bien que nos caiga Adam como persona, como fiscal ha sido un fracaso.

 

            Los fiscales tan rectos, o tan hipócritas, al igual que esos otros fiscales que acusan con furor sólo porque sospechan que el clamor popular se lo reclama, estando las elecciones a la vuelta de la esquina, son puestos en su sitio en Boston Legal.

            Esta serie, a medias dramática, a medias cómica, tiene su principal atractivo en la pareja formada por Alan Shore y Denny Crane (James Spader y William Shaftner), a salvo ciertos secundarios. Los fiscales que se enfrentan a Shore (es quien lleva la voz cantante en los pleitos) son siempre legalistas sin imaginación ni garra o politicastros que hacen de la seguridad ciudadana su bandera para la reelección. Sus casos son siempre sencillos, siempre lineales, siempre blancos o negros. Sus conclusiones, tediosas y monótonas: la ley es la ley. Denny Crane sirve para mofarse de ellos y de sus parientes serios: “¿Por qué la fiscalía siempre acaba tan pronto?” Frente a ellos, los soliloquios de Shore (siempre interesantes, muchas veces divertidos, en ocasiones brillantes) ganan un caso tras otro. Esto es un error de guión, porque termina siendo previsible, a no ser que las situaciones sean estrafalarias y los razonamientos de estos abogados cínicos, aunque cada uno con un peculiar sentido de la moral, extravagantemente cómicos.

            La verdad, pienso que los juicios de Shore y Crane deben ser lo menos dramáticos posibles. O, por lo menos, deben ser enfocados de la manera menos seria. Incluso los juicios por asesinato deberían mostrarse como farsas (sobre todo los juicios por asesinato). Nada desarma más la figura del fiscal legalista, creyente o hipócrita, que un juicio por una infracción nimia, desquiciado y exagerado por la acusación. Ahí está el juicio por tráfico de grasa.

 

            Mientras que la calidad humana de los abogados defensores es extraordinariamente variada, pudiendo ser todos personajes excepcionales, los fiscales no salen nunca de su papel rígido o político barato (¿dónde están los políticos inteligentes?). Y es lástima. Llevo tiempo esperando, por ejemplo, al fiscal inteligente, cínico, que observa con más que escepticismo la justicia de las leyes, que se enfrenta a sus casos, por el placer de resolver el acertijo, no por la peligrosa palabrería de la Justicia ni por las plañideras quejas de las víctimas. Es decir, un fiscal que sea a la abogacía lo que Holmes es a la criminalística o House a la medicina. Un fiscal que sepa poner en su sitio a sus aburridos colegas. Pero nada.

            Se nos prometió algo así con Shark, una de las series más decepcionantes, tediosas y lamentables que he visto en tiempo. ¡Desaprovechar a James Woods! ¡Tiene delito la cosa! La idea del célebre abogado defensor que de repente tiene un súbito ataque de conciencia y se pasa a la fiscalía ya me puso en guardia. La tesis que había detrás era la tópica: los defensores salvan delincuentes, los fiscales los encierran. Es una visión tan reduccionista y necia como la de “los abogados defensores son buenos y los fiscales malos”.

            Sin embargo, había posibilidades. Si el nuevo fiscal traía sus trapacerías, sus habilidades, sus astucias y, sobre todo, su visión descarnada de la práctica profesional, la cosa podía salvarse. Si actuaba con el mismo desapego con respecto a las víctimas como lo había hecho con respecto a sus clientes, podía tener gracia. Podía ser una eficaz burla de Ley y Orden. Se convirtió en una copia de mala calidad.

            Con el cuento de que Sebastian Stark se encargaba ahora de su hija adolescente y maduraba emocionalmente (santo cielo), el supuesto jurista endurecido se convirtió en un cruzado más, sólo que con pecados que expiar. Así se interpreta la serie: como un camino de salvación desde las oscuras tierras del dinero corrupto a las luminosas alturas de la Verdad y la Justicia. Un espanto. Los comentarios mordaces, los quebrantamientos de las reglas procesales o las insubordinaciones ante sus superiores (mmmh, ¿lo harán cojo en próximas temporadas?) no salvan a una serie floja en guiones, nula en secundarios y deprimente en la evolución de su protagonista.

 

            ¿Dónde están los fiscales? Los abogados y los jueces, en las películas y series, son doce veces más interesantes, divertidos, complejos o inquietantes que los fiscales. Pues vaya. Habrá que hacer una huelga. Por una Fiscalía digna. No justa. Al diablo la justicia.

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