Con un vaso de whisky

octubre 18, 2017

La traición del conde de la Fère

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:41 pm
Tags: , , , , , , ,

   A los grandes escritores se les escapan sus grandes personajes. Es una de las marcas del gran escritor, el que su criatura esté tan viva que se escabulla de su obra y sea posible y hasta irresistible imaginarlo en otras obras o incluso en esta mediocre vida real nuestra. A Shakesperae, desde luego, se le escaparon muchos de sus personajes de entre las manos y a algunos, como Mercutio, tuvo que ejecutarlos para que no se apropiaran por completo de la obra a la que se suponía debían servir.

   Los personajes fugitivos (de libros y obras de teatro, de cómics y de películas o series de televisión) pueden tener, tienen, de hecho, en mi opinión, tanta influencia en nosotros como personas de carne y hueso con las que nos topamos por la calle, en la escuela, en el trabajo o en el bar. Puede alguno de ustedes considere esto una necedad pero, francamente, no veo qué tiene de necio captar la fuerza de Fasltaff, Mister Pickwick, Yago, Holmes, Don Quijote o Stringer Bell. Me cruzo todos los días con gentes menos interesantes y absorbentes, por ejemplo, cada vez que me paro delante de un espejo.

   Tienen influencia también, mucha, sobre los lectores que además se arriesgan a pervertirse como escribidores. Todos los que intentamos narrar historias, urdir tramas, esbozar personajes, somos conscientes de la legión de escribidores, escritores y Escritores que llevamos encima, como una carga. Harold Bloom, que será un gruñón, pero no por ello deja de ser un gran crítico, considera que no puede haber creación literaria (o artística) sin una agonía vital que viene del conflicto con todos los autores precedentes, una lucha a muerte para poder hacerse con un puesto en el canon. Lo que Cervantes (ya ven) creía que nunca lograría por ser un poeta mediocre. Una lucha más o menos condenada al fracaso por ser capaces de replicar a nuestros ancestros, de negarlos o de sublimarlos, de transformarlos o de rebatirlos. Sabiendo que Shakespeare nos ha derrotado a todos antes de comenzar la partida porque, como decía Chesterton, Shakespeare nos describió a nosotros. El muy desgraciado.

 

 

   Alexandre Dumas, padre, es uno de los Autores a los que se le han escapado personajes. Ya sé, ya sé, está el Conde de Montecristo y no voy a ser yo quien le reste méritos. Pero, es al menos mi vivencia, a Dumas quienes se le escaparon de verdad fueron un joven gascón, sus tres amigos acérrimos y sus dos antagonistas igual de acérrimos. Voy a ser más restrictivo: el gascón, su gran amigo y sus dos adversarios.

   Milady de Winter, la villana de “Los tres mosqueteros”, logró huir de aquella lúgubre orilla del río Lys, donde el verdugo de Lille alzó su espadón sobre su blanco cuello. Huyó y se escondió en mil mujeres fatales, seductoras, inteligentes, ambiciosas. En cualquier gran malvada, que sepa cómo manipular a esos papanatas de hombres (y mujeres) que tiene a su alrededor, hay un eco de la feroz enemiga de D´Artagnan. ¡Ah, esas jornadas de encierro en Inglaterra!

    ¿Y qué decir de su protector, el todopoderoso, el irónico, el genial, el grandérrimo duque-cardenal de Richelieu? ¿Qué mayor elogio se puede hacer al poder de un escritor que el que su personaje literario haya fagocitado por completo al personaje histórico? ¡Y no un personaje histórico cualquiera! Si el verdadero Richelieu no hubiera sido un hombre de respeto (aunque menos interesante psicológica y espiritualmente, según Aldous Huxley, que el temible padre Jospeh, la Eminencia Gris), el Richelieu de Dumas no sería tan inmenso. Sin embargo, para los que no somos historiadores profesionales (por mucho que nos guste la Historia) y yo sospecho que hasta para los historiadores profesionales es imposible incluso mirar el famoso triple retrato de Su Eminencia y no pensar en el hábil ministro de Luis XIII sonriendo diabólicamente mientras contempla los herretes de la reina Ana. Y es difícil bosquejar a un genio político manipulador en la ficción sin que tenga resabios del Duque Rojo. Sir Terry Pratchett diría que había imaginado al magnífico lord Vetinari pensando en los Médici, pero como mínimo tenía un ojo inconsciente puesto en Richelieu.

 

   De los tres mosqueteros que son en verdad cuatro, Aramis y Porthos no logran salir del libro. Son inimaginables en cualquier otro lugar, en otro contexto, rodeados de otros personajes. No es que sean malos personajes secundarios, todo lo contrario. Pero hacen tan buen decorado que en otro lugar estorban, como una butaca de cuero que es perfecta en un despacho forrado de maneras nobles pero no tiene ningún sentido en un comedor.

   D´Argtagan y Athos son otra cosa. Sobre todo Athos. D´Argtagnan es un chaval encantador y un arribista de mucho cuidado que se ha equivocado de amo (es la mayor y mejor ironía del personaje), por mucho que el amo al que podría servir con ganancia trate por todos los medios de reclutarlo, un aventurero tanto de espada como de alcoba. Es hijo y padre de héroes de folletín, aunque Duma supo dotarle de las dosis justas de cinismo y alegría juvenil despreocupada, con unas gotas de honor (no muchas) y de devoción irrenunciable por sus amigos que hacen difícil no encariñarse con el gascón.

   Athos es otra cosa, totalmente diferente y mil veces más fascinantee. Dependiendo del pasaje de “Los tres mosqueteros” tiene toques marxistas (de Groucho), como esa conversación magnífica en la Bastilla con el desconcertado carcelero, casi fasltaffianos (le pierde ser un valiente militar, en vez de un total burlón contra el heroísmo bélico), como en el bastión de Saint-Gervais, y siniestros, como en sus charlas con Milady. Es un cínico profundo y alcohólico que se burla del amor con algunas de las mejores frases contra los enamorados que he leído nunca fuera de Shakespeare, un amargo no amargado que enmascara su dolor tras modales de gran señor o mordacidades, capaz de ser una especie de padre afectuoso, con treinta años, para un provinciano de veinte. Cuando leí por vez primera “Los tres mosqueteros”, de adolescente, en un “arrebato justo y honroso” (otra vez Chesterton), sufrí la contradicción de querer crecer para ser al tiempo Richelieu y Athos. Ahora sólo espero poder poner sobre el papel a un hijo más o menos legítimo del mosquetero bebedor.

   Por eso creo que hay pocas experiencias más demoledoras que leer “Veinte años después” y “El vizconde Bragelonne” después de haber leído y releído varias veces “Los tres mosqueteros”. No porque no sean entretenida, que lo son (aunque “El vizconde” mejoraría notablemente si se le suprimiesen un par de cientos de páginas versallescas). No porque su retrato de Carlos I Estuardo sea bastante estomagantemente hagiográfico, que lo es. No porque cada vez que salgan en escena Mazarino y Mordaunt añoremos desesperadamente a Richelieu y Milady, que desde luego. Ni porque veamos que el tiempo está haciendo envejecer a esos cuatro amigos. No, no, la melancolía tiene sus placeres. Aramis, Porthos y D´Artagnan son ellos. Más tristes, más viejos, pero son ellos, con sus cualidades, sus vicios y sus flaquezas.

   Athos, en cambio, muere en “Los tres mosqueteros”. Y a quien nos encontramos en “Veinte años después” y mucho más aún en “El vizconde” es a un rancio aristócrata inaguantable, el conde de la Fère. Es demoledor leer, escuchar a quien un día llevó el nombre de Athos y se bebió una bodega entera sin pestañear haciendo una apología de la monarquía absoluta por derecho divino. Es insoportable contemplar al hombre que mantenía la compostura, frío, irónico, en medio de una tormenta de balas, perder los estribos por el juicio a un Carlos Estuardo. Es vergonzoso ser testigo de cómo el hombre que era capaz de hablar casi de igual a igual con el señor cardenal y de resistir los embates dialécticos de lady de Winter chochear por un insufrible como Raoul, por muy hijo suyo (adoptivo, biológico, tanto me da) que sea. El auténtico Athos hubiera negado de modo enérgico cualquier parentesco con ese pisaverde tedioso, más aún que maese Coquenard el suyo con el tragón de Porthos.

   Puedo imaginar a Athos, igual que a su esposa y enemiga, que al cardenal e incluso que al joven gascón, en casi cualquier otra novela de aventurase intriga. No a ese desgraciado del conde. A ese estirado que nos traicionó, a nosotros, los lectores, al devorar al querido, entrañable, arisco, educado, señorial, borracho, cínico, solitario y digno Athos. Tal vez esa fuera la venganza del escritor, como la de Conan Doyle en Reichenbach, su forma de agarrar a su más vivo personaje y clavarlo en la pared, como a una mariposa. Hubiera sido preferible matarlo de una estocada o una botella de más, señor Dumas, que doblegarlo de esta manera hasta hacerlo irreconocible y odioso.

   No crea que se lo voy a perdonar fácilmente.

Anuncios

diciembre 5, 2016

La sonrisa del reloj

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:26 pm
Tags: , , ,

           No hace mucho se me estropeó el teléfono móvil. Ni se me vino el cielo sobre la cabeza ni sentí un inmenso alivio ante la idea de verme liberado de los grilletes de la tecnología moderna. Quiero decir que no voy a lanzarme a una filípica contra la actual época deshumanizadora ni a una nostálgica ensoñación sobre los buenos viejos tiempos que nunca existieron ni tampoco a una alabanza desaforada sobre las maravillas de la técnica, escupiendo de paso sobre aquellos que se divierten componiendo filípicas y rememorando eras doradas legendarias. Tenía que arreglar el móvil y estaría un tiempo con él fuera de circulación. Era molesto y me costaría un dinero que podría haber sido invertido en causas más nobles, como comprar un par de libros o probar un whisky de malta desconocido. En fin.

         No le dí mayor importancia hasta que caí en la cuenta de que, al haber perdido el móvil, había perdido mi reloj de uso habitual. Hace años, perdonen por la deriva personal, que no uso reloj de muñeca porque la mayor parte del año me molesta cuando hace calor. Soy de esas personas que ven con una mezcla de preocupación y censura el termómetro cuando supera los quince grados. Podría usar reloj de bolsillo, claro, pero la moda de esta época nuestra no acaba de conciliarse con un objeto tan digno. ¡Vaya por Dios, ya he caído en la nostalgia tramposa! Les confieso que soy el orgulloso propietario de un reloj de bolsillo que unos amigos, tolerantes con mis rarezas, me regalaron. Pero es un reloj que me gusta reservar, en su honor, para según qué ocasiones y no lo uso a diario.

         De modo que una tarde me encontraba en la calle, sin reloj de clase alguna, sabiendo que debía estar en determinado lugar a las siete y media. Con la vaga idea de que serían en torno a las seis. No tiendo a fiarme de las vagas ideas, propias o ajenas, respecto de horas y lugares. Nada serio, me dije, me meteré en una cafetería, pediré algo, consultaré el reloj que habrá sin duda en el local y esperaré hasta que sea la hora. Un plan, como diría Walter Sobchak, cuya belleza radicaba en su sencillez.

         Había una cafetería abierta cerca. Tenía un reloj en la pared. Las siete menos veinticinco. Al entrar no me había dado cuenta de que en el reducido local todas las personas parecían conocerse y estar en animada conversación. Nada que objetar a ello. La conversación se desarrollaba en el tono convencional de una cafetería española, esto es, podría haberse usado como taquígrafo a un vecino que estuviera sentado cuatro plantas más arriba y no se habría perdido ni una sílaba. Había además, y esto era aún más inquietante, dos niños que no sumarían entre los dos a un adolescente. Estaban sueltos por el lugar, dando vueltas como peonzas y uno de ellos advertía a los adultos y al Universo que se aburría. Sin duda contando con su indiferencia, repetía su cansancio vital una y otra vez.

drer_m12

          Debería haberme batido en retirada, me dirán ustedes, con razón, pero alguien desde detrás de la barra ya me había descubierto y me preguntó qué quería tomar. Pedí un café, me senté en la mesa más alejada del Sartre en miniatura y me concentré en el libro que llevaba conmigo. Había conseguido desentrañar medio párrafo cuando hicieron entrada dos nuevos personajes, una señora y un perro pequeñajo. Los críos saludaron al perro con un alborozo correspondido por el perro, que se retorcía de emoción. Si mi taza de café no hubiera estado casi intacta, habría huido. Lo de los perros dentro de los locales es algo que me exaspera. De un lugar donde se admiten perros puede uno esperar cualquier cosa, como que la tortilla de patatas no tenga cebolla o que viertan la leche en la taza antes que el té.

         Uno de los críos, obnubilado por el júbilo, pisó al perro, quien lanzó un aullido y fue sacado con rapidez del bar por la dueña. El que el crío (no el existencialista en ciernes, el otro) pisara en verdad o no al perro no puedo asegurarlo. No lo vi. Pero el veredicto del jurado adulto allí presente fue que en efecto pisó al perro, pero sin intención de causar daño, con lo cual no se le consideró merecedor de mayor sanción que una breve amonestación y una recomendación futura de que tuviera más cuidado. A todo esto la dueña del perro entró de nuevo. Con el perro. No indicó que tuviera intención de apelar la decisión. Se retomó la animada charla. Yo seguía releyendo el mismo medio párrafo.

         Uno de los presentes le explicaba al pequeño condenado que Sir Isaac Newton (obvió el título de caballero, pero no vamos a regateárselo aquí) descubrió la ley de la relatividad sin hacer nada (no sé qué moraleja pretendía que sacara el crío de aquello), lo cual fue al punto corregido por otro asistente, indicando que el descubrimiento había sido de la ley de la gravedad, algo que aceptó de inmediato quien se encargaba de la lección, añadiendo de inmediato el inevitable detalle de la manzana. Temí que de ahí se pasaría a la otra habitual falsedad en cualquier charla, la calavera de Yorick en el monólogo de Hamlet que no correspondía. No sabía yo si iba a lograr permanecer mudo si se daba el caso, casi seguro que no, quedaría como un maldito pedante, entrometido y grosero, lo cual sería cierto; no hay en este mundo un ser que merezca más escarnio público que los pedantes entrometidos y groseros y no me apetecía revelarme como uno de ellos. Mejor me acababa de una vez el café. El niño que no había cometido falta alguna contra la raza canina anunció de nuevo su tedio vital. Bebí, me levanté, pagué, me despidieron con una sonrisa amable y escapé. El reloj marcaba las siete menos diez y dentro se debatía sobre la relatividad del tiempo y la existencia.

          Mientras caminaba hacia donde se suponía que debía estar cuarenta minutos más tarde, consideré que no les faltaba razón a la gente de la cafetería. Gentes más capaces que yo han reflexionado sobre el tema, pero tengo la impresión de que el tiempo es relativo. Si lo relativo o absoluto es el tiempo percibido o el tiempo vivido no me atrevería asegurarlo. Ciertamente, los quince minutos en la cafetería me habían parecido horas. ¿Cómo podemos percibir el tiempo, nosotros, criaturas temporales, esencialmente incapaces de concebir la atemporalidad? En ese momento, eché en falta un reloj como no había echado en falta cosa alguna. Algo en mí se rebeló contra Cortázar. Su maravilloso preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj me pareció digno de una demanda por libelo. Me enervé contra todos aquellos que ven al reloj como el enemigo, como el asesino del tiempo y de la vida. ¡Nada de eso! El reloj es el escudo del ser humano frente al tiempo. El Tiempo, ese abstracto inmenso, inconcebible como un Primigenio de Lovecraft, nos arrasaría si no tuviéramos horas y relojes para marcarlas, controlarlas, dominarlas. Lo sabían los caldeos, los egipcios, los griegos y los romanos. Lo sabían los monjes. Un relojero es un maestro armero, que nos proporciona una armadura de engranajes y ruedas, un yelmo de cuarzo, una espada para combatir los minutos y una daga para parar las estocadas de las horas. Igual que los cuentos y las historias necesitan una forma, límites, como argumentaba Chesterton, la vida necesita hitos, fronteras, para poder ser vivida. Una vida amorfa, al menos por ahora, es invivible. La embriaguez de ignorar el reloj y los horarios es un placer que, como todo placer, se convierte en un tedio pegajoso en el momento en que se convierte en absoluto e ilimitado.

         Pero estaba en una ciudad, en medio de la civilización. ¿Sin duda habría relojes en la calle! Busqué. No había ninguno. Ni un reloj en la calle. Ni un círculo mágico. Ni un letrero luminoso en una farmacia. Me descubrí oteando por las ventanas de los bares, tratando de espiar la hora en alguna televisión que estuviera encendida. Consideré rogar la hora como se pide limosna, pero los demás viandantes iban enfrascados en conversaciones, personales o telemáticas (que no dejan de ser igual de personales que cualquier otra); así que me refugié en otra cafetería. Pedí otro café. No había reloj. Traté de calcular cuántos de los cuarenta minutos habrían pasado. Concluí que, con seguridad, había pasado un período comprendido entre un minuto y un eón. Tal vez debería ya estar donde debía estar. Tal vez llegara tarde. El camarero me cobró. Le pedí la hora. Me la concedió con tranquilidad, como sin dar importancia a algo que tiene más poder que todos los hechizos de todos los magos de todos los cuentos y relatos. Eran las siete y trece minutos. Di las gracias, me respondió con un “de nada”, tan cortésmente indiferente como antes. Me fui de allí. Llegué a tiempo.

         Cuando, aquel día, regresé a casa, abrí el cajón donde guardaba el reloj de bolsillo. Las agujas parecían una sonrisa. Pero no supe interpretar si era la sonrisa amable del protector o la arrogante del dueño. Sólo acerté a percibir algo de la fría ironía de la esfinge, que guarda todos los secretos tras ella.

inkf1r

agosto 7, 2016

Nihil obstat

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:27 pm
Tags: , , , , ,

            Hace unos días leí un “hilo de Twitter” (esto es, para aquellos que no conozcan esa red social, varios tuits o breves mensajes encadenados y que tratan sobre el mismo asunto) que me causó un cierto malestar. El hilo daba una interpretación sobre determinada novela, interpretación en modo alguno mal razonada. El último tuit era una especie de epílogo que olía más a veredicto que a reflexión final. Ese epílogo fue el que me dejó inquieto.

            Al pensar un poco más en ello, caí en la cuenta de que había tres aspectos, distintos, aunque, hasta cierto punto, relacionados, en este asunto que me zumbaban en el cabeza, pese a los vermuts que les echaba encima, para ahogarlos. Ya saben cómo son las ideas zumbonas: nadan mejor que las penas. No crean que he tenido una iluminación.  Nada nuevo hay bajo el sol: estas cuestiones llevan siglos revoloteando, así que no se puedan despachar con una maldición genérica hacia “los jóvenes de hoy en día” ni con una nostalgia más o menos injustificada respecto de los tiempos pasados. Tampoco creo que estas líneas supongan ningún antes y después en la discusión. Si las escribo es, fundamentalmente, porque escribir tiende a ser más efectivo que el alcohol para poner en su sitio a este tipo de ideas o impresiones insectoides.

            El primero de los aspectos no es el que más me cerca del córtex me zumbaba. Es el viejo debate de juzgar obras artísticas por criterios morales. Asunto que sigue dando para cavilaciones y que, en algunas personas, llevan a negarse a escuchar tal o cual compositor o a leer tal o cual escritor por considerarlo un ser humano repugnante. No es un debate menor. Chesterton, a quien reverencio, dedicó bastantes páginas al asunto y, aunque no caía en simplificaciones, tendía a dar importancia al elemento moral en el arte. Wilde, por poner a otro titán, era más bien contrario a mezclar ambos círculos y consideraba que una obra de arte no podía ser moral o inmoral. En las actas del juicio que le enfrentó al marqués de Queensberry (recogidas en el libro “El marqués y el sodomita. Oscar Wilde ante la Justicia”, de Merlin Holland, publicadas en España por Papel de Liar), el astuto abogado defensor del marqués interroga de manera implacable a Wilde sobre la moralidad de ciertos trabajos literarios; el escritor siempre se niega a dar una valoración moral, limitándose a permanecer en el ámbito de lo estético.

wilde-the-uk-magazine-police-news-reported-his-trial-at-the-A04W3M

            Este asunto es muy interesante, pero no es el que más me hacía pensar estos días. Con todo, creo que está en la base del asunto, así que igual se me desliza en los siguientes párrafos. Para no ser del todo oscuro, un apunte: prohibir una obra porque el sentido moral de uno, unos cuantos o casi todos se ofenda me parece digno de sociedades donde no me gustaría pasar demasiado rato.

            Uno de los problemas esenciales con el tuit final del que les hablaba hace unas líneas era que sacaba una moraleja de la novela comentada. Esto, en mi opinión, supone un error: confundir diferentes subgéneros narrativos. Leo y oigo con frecuencia que se trata a novelas o cuentos como si fueran fábulas o parábolas. Y no es así. La fábula es una narración con un declarado objetivo didáctico. Las fábulas existen por y para la moraleja. Pueden estar peor o mejor escritas, desde luego, pero en este caso considero legítima la crítica ética o moral, porque la fábula busca trasmitir una lección moral o ética. La parábola es ligeramente distinta: también busca transmitir una enseñanza, pero donde la fábula es, por lo general, clara, la parábola es más retorcida. No es de extrañar que el más grande contador de parábolas del que un servidor tiene noticia repitiese “quien tenga oídos, que oiga”. Es, por tanto, habitual discutir las diferentes interpretaciones de una parábola, no de una fábula.

            No obstante, en la discusión sobre una parábola concreta los contendientes barruntan que hay una respuesta auténtica. Por sutil que sea la parábola, por compleja, por matizada que sea la enseñanza, hay una enseñanza.

            Ni en la novela ni en el cuento tiene por qué existir enseñanza alguna. La novela, sobre todo, es una criatura conflictiva, que se adapta, muta y aúna en sí misma mil mundos literarios. Sigo sin leer una definición de novela que acabe de cerrar de modo rotundo la discusión sobre su verdadera naturaleza, sobre su esencia, y es poco probable que llegue a leerla. Tal vez sea ése el secreto de su supervivencia a través de los siglos, mientras una generación tras otra de críticos literarios (bueno, algunos en cada generación) se empeña en certificar su muerte y traernos su cabeza para demostrarla. Por tanto, hay novelistas y cuentistas que, efectivamente, esconden fábulas o parábolas en sus novelas y cuentos. Claro que en este caso se puede argüir que nos encontraríamos ante fábulas o parábolas con forma de novelas y cuentos, disfrazadas, enmascaradas. Y que, al quitarle la máscara, se puede juzgar a la supuesta novela como lo que en verdad es.

            Admito esto, en parte. Pero estimo que la inmensa mayoría de novelas, aun las novelas de tesis, no son fábulas. Su razón de ser no es proporcionar enseñanzas morales, dar respuestas a dilemas políticos o éticos. Victor Hugo, por ejemplo, era dado a introducir largas reflexiones en sus novelas, sobre los más variados asuntos. La diferencia entre las partes auténticamente novelescas y estos ensayos es evidente. El mismo Hugo advertía al lector (quizás para que el lector pudiese decidir si se saltaba esa parte) cuándo pensaba dedicar unas cuantas páginas a meditar sobre la relación entre la arquitectura y la imprenta, la oración o el problema de la redistribución de la riqueza. Estas reflexiones pueden estar bellamente escritas, pero no son novela. Los soliloquios internos de Claude Frollo o Jean Valjean, en cambio, sí lo son. Es un error, por tanto, juzgar una novela por su pretendida tesis.

trinity2

            Y aquí enlazo con la última cuestión que es, quizás, la más inquietante de todas. El juicio. La condena. El establecer que esta novela o este cuento, esta película, o esta serie de televisión quieren transmitir esta enseñanza. Esta concreta. Que deben leerse de esta manera. Que su interpretación es esta. Que, por tanto, dada esta tesis, esta idea, esta moraleja que hemos desvelado, la obra merece ser ensalzada o repudiada. Y que quien lea la obra condenada, quien la defienda, quien la estime, es un ser asimismo reprobable, indigno.

            Hay matices y hay grados. Tal, no obstante, es la tendencia que observo muchas veces a mi alrededor. Me aterra. La arrogancia de un individuo que determina, ex cathedra, el único y verdadero significado de una obra de arte me exaspera. Niego que un Comité de Sabios, reunido como un tribunal, pueda determinar si el significado verdadero de “La isla del tesoro”  es éste o aquel. Niego que ese tribunal, incluso si el mismo está formado por las más grandes literatos, pueda concluir que la única interpretación aceptable de “El rey Lear” es esta o la otra. Que si entendemos “Crimen y castigo” de esta manera, estamos a salvo y hasta se nos puede felicitar, mientras que, si la leemos de este otro modo, merecemos que nos escupan a la cara.

            Y esa autoridad que niego al hipotético Comité de Sabios, se la niego, de igual modo, a la turba. Me niego a aceptar que un pelotón de linchamiento, virtual o no, me diga cómo tengo que leer, obligatoriamente. Rechazo que puedan coaccionarme moralmente, pasearme emplumado por las calles si mis gustos literarios o mi visión de una obra no coinciden con los suyos.

            ¡Qué empobrecedora es esa posición! ¡Qué cerril! ¡Qué amnésica! Impide al lector la capacidad de transformarse. Destruye la sutileza tanto para el escritor como para el lector. Erradica el gran poder de las novelas infinitas, aquellas que encierran en sí mismas mil lecturas posibles. Rechaza que el lector pueda ser un colaborador del escritor, que el escritor es sólo dueño de la obra hasta que pone el punto final y que el lector, cada lector, sea o no la misma persona, hasta cierto punto, la hace suya.

               Desde luego que no toda lectura es válida, sin más. Si uno de ustedes me dice que “El sabueso de los Baskerville” es una defensa del nacionalsocialismo, veo bastante probable que, después de escuchar sus argumentos, le mande al carajo. Hay interpretaciones absurdas, que no se sostienen o incluso que no se argumentan. No voy a negar a nadie el derecho a interpretar absurdamente una novela. Claro que me reservo mi derecho a tirar por tierra esa argumentación.

            Es importante, creo yo, advertir esto. Porque, de lo contrario, poco a poco, dejaremos que gente con muy buenas intenciones nos diga qué y cómo debemos leer, qué y cómo debemos escribir. Y tal vez volvamos a ver, en los libros publicados, en todos ellos y no sólo donde, tal vez, estén justificadas, esas sombrías palabras: Nihil obstat. Imprimatur.

nihilobstat

diciembre 22, 2013

En defensa de las tabernas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:40 pm
Tags: , , , ,

            A mí me gustan las tabernas. Y los pubs, los bares, las cervecerías, los chigres, sidrerías, y diversas casas y cellares donde se distribuyen bebidas alcohólicas; en un alarde de tolerancia, hasta distribuyen bebidas no alcohólicas. Me gusta ir a ellas a beber, a charlas, a leer, a tomar notas y a discutir. Adoro discutir con una copa en la mano. Algunas de mis mejores noches me las he pasado empalmando whiskies mientras lanzaba toda mi artillería contra las posiciones de mi adversario que, no siempre, pero casi, era un amigo mío. O varios.

2009072393pub_art

            Pues bien, por ello detesto la expresión “discusión tabernaria”, como si esto implicase, fatalmente, algo truculento, simplón, de mucho grito y poco argumento. Evidentemente, pueden ser eso. Pero, visto lo visto, ruego a la autoridad competente que se cambie el adjetivo. Llámenlo discusión periodística, o parlamentaria o twitera.

            Existen discusiones de muchas clases. Distinguir tiempos y lugares es señal de persona sagaz. Hay lugares donde un tema puede ser abordado de manera humorísitica. Bien, conforme, en cualquier lugar puede ser abordado un tema de manera humorística, siempre que el humor sea de calidad. Acordemos, no obstante, que hay ciertos lugares donde se debaten ciertos temas en los que esperamos finura, inteligencia, matices y racionalidad. No aullidos. Y que ciertos temas, independientemente de dónde se debatan, han de ser tratados con inteligencia y con humildad.

            Dejemos las cosas claras desde un inicio. La humildad y la inteligencia no están reñidas con defender la propia postura con energía y aun con acidez. Un individuo irónico será, casi seguro, humilde. Un individuo sarcástico, quizás no. Un debate puede ser sereno o vivo, sin que dejen sus partícipes por eso de ser humildes. Porque la humildad, sencillamente, es reconocer que, por seguro que uno esté de su posición, admite no estar en posesión de la Verdad.

            Llevo mucho tiempo discutiendo, escuchando discusiones, leyendo discusiones. En mi adolescencia, como todo adolecente, era el ser menos humilde del planeta. Uno va descubriendo, a base de trinchera dialéctica, que los debates de blanco y negro son escasos, casi inexistentes. Algunos hay, desde luego. Como el debate de si la tortilla de patata ha de llevar cebolla o no o si en el té se puede verter leche. Pocas más.

Debate

            Por eso, y quizás es que uno se hace viejo, me desgastan tanto tantas discusiones. Entiendo que se discuta, de hecho, me alegra. Comprendo que hay asuntos que dividen, muy profundamente, a la sociedad. Pero me estremezco cuando esos debates trazan una línea en la arena, porque los que están a cada lado de ella no son adversarios, sino enemigos.

            No voy a caer en ese tópico de señalar con orgullo que tengo amigos de diversas creencias e ideologías, como si fuera por el mercado comprando amigos en diferentes tenderetes. Pero se da la casualidad de que tengo un puñado de amigos y conocidos cordiales. Y que no estoy de acuerdo con todos en todo. Así que nos pasamos horas, muchas, discutiendo. Hay tardes en las que discutimos sobre la minoría, estando de acuerdo en la mayoría, y otras en las que la mayoría en cuestión es tan grande que firmamos una tregua por la minoría.

            El truco está, pienso yo, en no ver al otro como un monstruo del averno porque discrepa. Esto, como casi todo, es cuestión de grado. No voy a ceder a un relativismo absoluto (lo cual, creo, sería una contradicción en los términos). Hay ciertas posiciones por las que no paso. Si alguien las sostiene dudo que hagamos muy buenas migas (por ejemplo, echarle red bull a un whisky de doce años; lo he visto). Ello no obstante, creo que es un deber de buen discutidor no perder las formas ni con quien defiende una postura que considere repugnante desde cualquier punto de vista.

            Tampoco voy a ser ingenuo: muchas discusiones dignas no se hacen con pureza filosófica; no hay un debate entre dos mentes para acercarse más a la Verdad, si es que alguna por ahí. Muchísimas veces, se discute por hacer morder el polvo al otro, aunc cuando en su fuero interno uno de los duelistas haya caído en la cuenta de que está errado en algún punto. Schopenhauer escribió un manual brevísimo y con bastante colmillo retorcido dando estratagemas para vencer en un debate, llevara uno más o menos razón. Estos son duelos de respeto, siempre que se guarden las formas.

el-arte-tener-razon-arthur-schopenhauer-L-1

            En una discusión se admiten la ironía, el dardo, la sutil indirecta, el golpe de mano, la argumentación enrevesada, el silogismo y la acumulación de pruebas, entre otras. Si uno es ingenioso como Wilde o Talleyrand, el aforismo breve y punzante es el broche de oro. Twitter está lleno de aspirantes a Wilde o Talleyrand. Pero el insulto fácil, el lugar común, el cliché, el desprecio al otro sin tomarse ni medio segundo en analizar su posición… eso es de mal jugador. Y eso se ve, no sólo en España, me temo, a lo largo de todo el espectro ideológico. La polarización, la llaman: cada cual ha de estar en un bloque monolítico, y comulgar con todos los preceptos del bloque. Si no, automáticamente, se es del enemigo. Qué quieren, eso suena aburridísimo.

Shaw,_Belloc_e_Chesterton

            Una de las relaciones de rivalidad amistosa más curiosas que ha dado la historia fue la existente entre Chesterton y Bernard Shaw. Dos grandes escritores y críticos, polemistas por placer y profesión, que pasaron media vida enzarzados en un debate perpetuo. No estaban de acuerdo en prácticamente nada. Su duelo se libró en todos los teatros imaginables. Discutían en locales privados y públicos, en artículos periodísticos, en ensayos breves o largos y en sus obras literarias, metiendo personajes que representaban las ideas del otro. Organizaban, de hecho, discusiones en público. Hay un pequeño libro (“Entonces, ¿estamos de acuerdo?”) que recoge las notas que un espectador tomó durante una de ellas. La discusión está incompleta, pero el tono general se percibe.

            Y es el tono lo que a mí me llena de melancolía. El tono de amigables adversarios, de rivales llenos de respeto uno por el otro, de dos duelistas que, con pasión, pero sin odio ni desprecio, seguirían discutiendo hasta que el infierno se helase.

            Desconfío de las discusiones a gritos, si esos gritos no son joviales. En broma, se puede gritar. En serio, no. La carcajada es una mueca magnífica en un debate, el alarido, no. Cuando se llega al grito, es que el debate ha muerto y llega el tiempo del choque. Momento éste, la Historia lo demuestra, que puede llegar. Y que en ocasiones se vuelve inevitable, momento al que tal vez estemos llegando. Momento siempre terrible. Pero en demasiadas ocasiones se oculta tras el grito, a un lado y al otro, la falta de razones, el puro dogmatismo. Con lo cual se corrompe el debate y se rebaja el grito indignado, esa especie de arma suprema cuando se ha agotado hasta las heces el diálogo.

            El debate blando, perezoso, también es aburrido, ojo. Ni siquiera es discusión. Chesterton mismo, en su breve reseña sobre Santo Tomás de Aquino opinaba que este monje polemista se lo pasaría mejor discutiendo con los grandes y nobles ateos del siglo XIX que con los agnósticos perezosos de principios del siglo XX. Quizás la gran división no sea entre gentes de izquierdas o de derechas, creyentes o no (lean, por cierto “Derecha e izquierda”, del gran Norberto Bobbio; da un par de collejazos a muchos ignorantes de izquierdas y de derechas), sino entre inteligentes o necios. Un inteligente es siempre humilde; aunque sea por táctica.

            Pero eso sí. Déjenme las tabernas y los bares en paz. No me los emponzoñen. Quiero seguir teniendo un lugar donde discutir hasta perder la voz. Y que mi adversario invite a la siguiente ronda.

pub

octubre 9, 2013

Un pueblecito en la costa

            En la llamada Época Dorada de la literatura detectivesca primero es el Orden, entendido como algo bueno, decente, lógico. Una sociedad cuasi idílica, para cierta forma de entender la vida. Luego, llega el Caos, la destrucción, la muerte. Alguien ha colado una serpiente en el Paraíso y el reptil, menos sutil que el del Génesis, quebranta la sociedad mediante el asesinato. Pero el Orden, nos dicen estas historias, magistrales o pésimas, se puede restaurar. El culpable será atrapado, la sociedad regresará a su estabilidad -esa que Maquiavelo, con su sagaz mirada, decretó como imposible.

            Los británicos, padres e hijos de la Novela Detectivesca, han dado pasos hacia su hermana, la Novela Negra. Y eso, aún en sus últimas creaciones más clásicas, sigue notándose. Broadchurch es una historia de detectives. Pero hubiera sido impensable en la Época Dorada.

broadchurch1

            Un viejo y efectivo Who-done-it, quién lo ha hecho, un cluedo, un relato de Agatha Christie. Un niño de once años aparece muerto en la playa. ¿Accidente? ¿Suicidio? Como los guionistas saben lo que esperamos, rápidamente se quitan de en medio esas hipótesis y la palabra recorre el pueblo, ese pueblecito idílico, soleado, de la costa inglesa que vemos recorrer a Mark Lattimer en sus últimos momentos de alegría: asesinato, asesinato, asesinato. ¿Quién ha matado a Danny Lattimer? Y queremos una respuesta, diantre. Porque, como declaró memorablemente Truman Cappote en Un cadáver a los postres, estamos hartos de finales tramposos. Nos dan una respuesta que no es (aquí estoy de acuerdo con el profesor Nahum), satisfactoria del todo, pero que, si uno es generoso, encaja con una idea que traspasa toda la serie: que los seres humanos son complejos, llenos de matices, de abismos, de contrasentidos y que la Razón y la Lógica, por más que nos gustase, no rigen el mundo.

            Tal es, para mí, uno de los méritos de Broadchurch. No es la serie a caballo entre lo detectivesco y lo negro que he visto más tenebrosa. The Fall, por ejemplo, es mucho más sombría. Y recuerdo, una vez más, con entusiasmo, la impresionante The Shadow Line. No obstante, Broadchurch no se resigna a mostrarnos un mundo bonito deformado por un crimen. El mundo no era bonito antes del crimen, sólo lo parecía. El asesinato de Danny da el primer golpe a una estructura que terminará hundiéndose, dejando, pese a las valerosas hogueras en la noche, un agujero oscuro.

broadchurch_ep1_39

            Los actores británicos, ese gremio de respeto, sacan adelante la serie. Sin ellos, esto hubiera estado peligrosamente cerca del culebrón de sobremesa. La dirección deja en ocasiones que desear (tanta cámara lenta, tanta música resaltando momentos dramáticos, tanto primer plano). Con una dirección peor (es decente, sabe su oficio) y malos actores, ésta serie una horrenda producción de sobremesa. Los actores, ya digo sin embargo, son sólidos. Aun los personajes terciarios menos convincentes o directamente desechables tienen a un profesional competente dándole cierta vida.

            Hay cuatro personajes claramente principales: el DI Hardy (David Tennant), la DS Miller (Olivia Colman), los policías encargados del caso, por un lado; Mark (Andrew Bucham) y Beth Latimer (Jodie Whittaker), padres del crío asesinado, por otro. Cuatro grandes personajes, cuatro grandes actores.

               De ellos, quizás el más aburrido, llegando en ocasiones a la cansinez sea Mark. No es un papel muy agradecido, pero Bucham logra darle vida, cierta hondura, gracias a esa culpa que le devora por dentro. Resulta una grata sorpresa que cuando la ciudad se lanza a su caza de brujas contra el desdichado Jack Marshall (en una histeria muy por debajo de la narrada en la grandiosa La caza), Mark mantenga la compostura y sea al final, sólo al final, cuando se deje llevar por la rabia.

            Beth es un personaje mucho más jugoso y Whittaker (magnífica, suave y dulce al principio, desencajada después, con arrebatos de ira totalmente creíbles) lo exprime. Madre amante de dos hijos, esposa fiel, casada con su novio cuando apenas tenía dieciséis años, querida por todos, viviendo su vida en el centro de una pequeña, perfecta, feliz familia en una pequeña, perfecta, feliz comunidad. El asesinato quita máscaras y deja al descubierto que no todo es perfecto y casi nada es feliz. Todo el mundo, todo, sufre en Broadchurch. Como escribió Sepinwall, muchos habitantes se han refugiado en este pueblecito costero para huir de un pasado tenebroso. Nadie, sin embargo, sufre más que Beth, a quien se le arranca salvajemente una parte esencial de su vida, que descubre de repente la infidelidad de su marido, infidelidad que ayudó a la muerte de Danny, y para la cual el descubrimiento de la verdad sólo supone la pérdida de dos viejos y queridos amigos. No, el futuro, por mucho hijo en camino, mucha reconciliación que haya, no se presenta fácil ni esperanzado para Beth. La gélida conversación con la madre de otros niños asesinados (quizás la escena más devastadora de la serie) ha tendido sobre ella una sombra: eso puede ser lo que le depare el futuro y no estamos muy seguros de si logrará escapar a esa desesperante muerte en vida.

            Mark y Beth no son como los tediosos padres de las dos primeras temporadas de The killing, esos surtidores de lágrimas insufribles. Pero más interesantes aún me resultan los sabuesos del caso, la pareja de Hardy y Miller. Lo de la pareja de policías opuestos es un topicazo como la catedral de San Pablo. Ya saben la gracia de los tópicos, claro: están basados en cierta verdad y cuando funcionan, funcionan. Aquí, éste, funciona.

16764841001_2649643830001_Broadchurch-Ep02-2

            A Tennat lo tengo grabado como el décimo Doctor, pero aquí, entre el robusto acento escocés con el que este hijo de Bathgate reparte estopa entre investigados y subordinados, el gesto a punto siempre del colapso nervioso, el rictus, la mirada… Tennant me convence, aunque sobreactúa un poco, y, a medida que vamos descubriendo más sobre Hardy, su propio pasado, más entrañable, sin llegar nunca a ser del todo simpático, me parece. Momentos humillantes, como el flirteo equivocado con la dueña del hotel, o extrañamente cercanos, así la cena en casa de los Miller, lo acercan al espectador, en vez de dejarlo en un mero inquisidor misántropo, lejano y obsesivo. Su confesión ante los dos periodistas locales (físicamente parece que su esquelética figura se vuelve más ligera), aun cuando tiene un leve aire de mártir, da una satisfactoria explicación psicológica a las motivaciones, a las actitudes de este individuo en ocasiones auténticamente inaguantable. De hecho, toda su aspereza, en el último episodio, se ha convertido en una honda tristeza, en una extraña y sombría empatía para con su compañera, para con el pueblo que tanto dijo despreciar e, incluso (¿por qué no?) para con el asesino.

uktv-broadchurch-ep3-4

            Miller. Admito que yo, como Hardy, apenas tragaba a Miller en el primer episodio. Condenada mujer llena de buenas intenciones, de sentimientos y de corazón sangrando con la familia. Pero era importante que Miller empiece siendo quien esa para que apreciemos lo que dos meses de investigación hacen de ella. Con cada sospechoso que descartan, la detective se oscurece. No siente el menor placer predatorio, sólo dolor al comprobar que su pueblo es un lugar donde todos tienen secretos, mentiras, pasado y oscuridad. Y cuando la verdad llega al fin, cuando la golpea tan de cerca, casi podríamos decir que Beth le pasa el testigo: ahora empieza el via crucis de Ellie. El último episodio, casi íntegro, es su primera estación, aunque sospechamos que le quedan muchas más. Seguramente tema verse reflejada en la hosca soledad de Susan Wrigth. ¡Qué enorme actriz es Olivia Colman, qué bien hace la transición de la jovial vecina-madre-esposa-amiga a la suspicaz policía y a la hundida persona del final!

BC-E5Ellie1

            Los secundarios… De todo hay. El terceto de periodistas es un tanto esquemático, con la vieja reportera honrada en un extremo, la poco escrupulosa profesional de la gran ciudad (Vicky McClure, con un papel más digno en Line of Duty), en otro, y un novato en medio, con su alma, por lo menos profesional, en juego. Por cierto, esta serie muestra, por enésima vez, una de esas deliciosas contradicciones de la sociedad británica: puede devorar tabloides amarillistas, y, al mismo tiempo, despreciarlos implacablemente. No veo yo una serie de televisión española permitiéndose este retrato con periódicos reales.

            Una de los detalles astutos de la serie es el trato que recibe el vicario Paul Coates (otro conocido de las andanzas del Doctor, Arthur Davill). Siendo el pastor, relativamente joven, del pueblo, encima profesor de informática, tenía todas las papeletas para ser un personaje débil, cobarde, turbio o, en el mejor de los casos, un pardillo. Nada más lejos de la realidad. Habla con humanidad (casi es el único que lo hace), con Beth sobre su pérdida, sin imponerle su propia fe. Cuando habla de Dios lo hace sin proselitismos detestables, aunque sus palabras tampoco son como para lanzar cohetes teológicos. Da dos sermones en la serie, el primero una bronca de cuidado a la comunidad por su perversa paranoia, que se ha cobrado la vida de un inocente; el segundo, un dolorido intento de que la comunidad ponga su esperanza en el perdón, no en la venganza. Es de los pocos que da la réplica a las acerbas insinuaciones de Hardy. ¡Si hasta parece que se ha ligado a Becca, que no es ninguna mosquita muerta!

Screen-shot-2013-08-08-at-1.06.34-PM

            Chesterton escribió un muy buen ensayo sobre cómo montar historias de detectives. Y uno de sus consejos era que el escritor se pelea contra el lector, quien le pedirá cuentas de cada detalle. Si algo se dice en la historia, es que tiene importancia para la historia. Descubrir lo contrario roza la estafa. Broadchurch no cae apenas en ese fallo Casi todas las tramas psicológicas (en cuanto a los personajes) y policiales (en cuanto a la investigación) se cierran con acierto. Las historias de Marshal y Wrigth, cada una con sus peculiaridades, resultan satisfactorias, al tiempo que sombrías, aunque el parentesco de Susan con el pesado de Nige es bastante forzado. La hermana de Miller, que sobraba por todas partes, es una equivocación, aunque no lastra demasiado.

            Uno de los mayores errores es el personaje del “médium”. Se le dedica tal cantidad de tiempo y de importancia psicológica que algo debía significar. Pensé, en un inicio, que era sencillamente, una muestra más de los buitres que rondan a las gentes que han sufrido una desgracia. Podía haber quedado ahí; pero los guionistas insistían en sacarlo a escena e incluso a darle pátinas de credibilidad. Vamos a ver. A mí un buen vidente no me estorba nada en Twin Peaks, o en Expediente X. Me molesta, y mucho, aquí. Esta historia no va de fantasmas, ni de aparecidos, ni se admite el menor elemento ultraterreno. Es una serie con vocación de realismo o, al menos, de verosimilitud, jugando según las reglas de la vida cotidiana inglesa contemporánea. Luego ese médium que, encima, parece que tiene algo de razón, es un patinazo de cuidado.

            La serie se hubiera beneficiado, pienso yo, de un capítulo menos o dos. De un guión más comprimido, eliminando escenas repetitivas, planos que subrayan demasiado el estado emocional de los personaje o, directamente, trampas (¿a qué diantre venía hacernos creer que Nige había matada, ballesta mediante, al perro de Susan?). Aun así, sus defectos no superan a sus virtudes y son ocho horas de televisión británica dignas. O, como me resumió un amigo: forma impecable, historia correcta. No es poco.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.