Con un vaso de whisky

diciembre 18, 2009

Paréntesis, con su permiso

Filed under: 1 — conunvasodewhisky @ 9:41 am

Y espero en verdad que me lo den. Me estoy recuperando de una semana bastante desastrosa en lo que a mi salud se refiere. En cuanto lo consiga (que espero sea en las próximas doce horas o menos), otro asunto, que ya me tenía totalmente agarrado, me tendrá aún más agarrado, si ello era posible.

Por tanto, es mi intención retomar Con un vaso de whisky dentro de unas semanas. Calculemos que a mediados de enero, hacia su tecera semana, más que hacia la segunda. Allí volveremos a beber mientras divagamos sobre cualquier cosa que se nos pase por la cabeza y seguiremos junto a Edmund y Dougal la pista de Ailin, Willer y el resto de su grupo.

Hasta entonces, que pasen unas Navidades lo más tolerables posibles e incluso agradables. Muchas gracias y salud.

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diciembre 13, 2009

Lo Que Me Saca De Mis Casillas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:05 pm

           

 

 Peter Griffin abrió camino. Pero no podemos dejar que las grandes ideas queden en manos de un solo hombre, por gordo e irresponsable que sea. Fue, por tanto, un placer conocer esta página, que un viejo amigo tuvo a bien descubrirme hace un par de días: http://loquemesacademiscasillas.com/

            Aunque los muy honorables miembros del Tribunal Constitucional aseguren que en España no existe el derecho al insulto, nadie con dos dedos de frente puede creerlo. Aquí insultamos, a todas horas y en todas direcciones. Como en cualquier otra parte del mundo. Ahora, tenemos un vocabulario amplio, florido, que da para varios diccionarios. La sociedad no tolera, sino que aplaude el insulto. Lo único criticable es la baja estofa de la mayoría de los insultadores. La única solución sensata, elevar el nivel del insulto. No bajar el insulto al pueblo, sino el pueblo hacia el insulto como Dios manda.

            Así que ahí tienen un lugar más desde el que despotricar, burlarse, sonreír, vociferar, cada cual según su gusto y estilo. Sólo alguien que sabe cómo descargar bilis es tan respetable que aquel de nervios de hielo que no se exaspera por nada. Ninguno de los dos renegará de esta web.

            Y ya, ya sé que el destino de la burla es no cambiar nada y que así no mejoraremos el mundo y todas esas cosas. Pero por lo menos le plantaremos cara al buenrollismo rampante.

            Además, ¿y lo bien que uno se queda?

diciembre 11, 2009

IV. Interrogatorio.

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:24 pm

            EL CONTRAMAESTRE HABÍA GANADO A LAS CARTAS bastante dinero como para emborrachase a conciencia. Guardó la mitad de sus ganancias e invirtió la otra mitad en la cerveza negra, densa, con apenas espuma, especialidad del sureste de las Islas Rojas. Sus compañeros de mesa, cansados de perder, se le unieron. Llevaban un buen rato bebiendo; la atmósfera de la taberna (una de tantas en los puertos de Orchar) no invitaba a la ebriedad festiva, así que los ya no jugadores se encorvaban sobre sus picheles, tratando de pensar lo menos posible. El contramaestre, que había bebido más que nadie y estaba sereno como ninguno, evaluaba los riesgos de aligerarles los bolsillos en un rato.

            Entraron entonces dos hombres en la taberna, un joven alto y delgado y un viejo, envueltos en capas de viaje. Uno de sus camaradas se inclinó vagamente hacia el contramaestre y le masculló:

            – Esos son del continente. Les vi bajar de un barco republicano hace unas horas.

            – Bueno, ¿y qué? ¡Cómo si no hubiera barcos republicanos en el puerto! El mío viene de la República.

            – Ya.- vocalizó el otro.- Pero este es un na-ví-o mi-li-tar.

            – Uh.

            – Ya te digo.

            El contramaestre se retrepó en su silla. Les lanzó una ojeada estimatoria. El viejo parecía pacífico. Había pedido un par de pintas al tabernero. El contramaestre desconfiaba de las personas pacíficas. Uno nunca sabía si eran peligrosas hasta que resultaba demasiado tarde. El joven hablaba con el tabernero, quien, después de cobrar más de lo justo por las cervezas, señalaba hacia su mesa. El joven delgado giró la cabeza, hacia ella. El contramaestre lamentó ser el único con la cabeza levantada. Tuvo la impresión de que los ojos del joven le clavaban al asiento. Calma, coño. Sólo es una mirada.

            Seguido por el viejo y las cervezas, el joven se aproximó. Desde las alturas, se dirigió directamente al él.

            – ¿Es el contramaestre del Vieja Madre?

            – Y qué si lo soy.

            – ¿Le importa que le acompañemos?

            – Lo siento, amigo, pero no hay sitio.

            El joven dejó una pequeña bolsa en la mesa. Su contenido sonó metálico. Los compañeros del contramaestre se irguieron un poco.

            – Dejadme con estos señores.

            – Que me hayas ganado no quiere decir que quedarse decirme lo que hacer.- farfulló uno.

            El que había visto el barco de los recién llegados ya estaba en pie y arrastrando a los demás a una mesa desocupada y alejada.

            – Celso, hazme caso. Vete. Sé buen chico.

            Celso hizo girar la cabeza en gesto negativo; al finalizar el giro, se quedó mirando al joven, que le devolvía la mirada. Celso se fue.

            Coño con las miradas. Mantén la calma.

            El Juez Errante Edmund Lukas se sentó en frente del contramaestre. Dougal ocupó un puesto intermedio. Posó las pintas. A partir de ese momento, dedicó, aparentemente, toda su atención a la suya.

            – ¿Cómo sabe quién soy?

            – El mesonero me lo ha dicho.

            – Ya lo sé, lo he visto.

            – ¿Para qué pregunta, entonces?

            – Le habrá dicho que yo soy el contramaestre del Vieja Madre. O sea, que le ha preguntado por ese contramaestre en concreto. Para hacer esa pregunta, hay que saber que hay un barco llamado así y que tiene un contramaestre que está en esta taberna.

            – No sabía si estaba en esta taberna. Sabía que estaba en alguna taberna del puerto.

            – ¿Han ido taberna por taberna?

            – Sí.

            – Ya puede ser importante.

            – Lo es.

            – ¿Le debo dinero?

            – No.

            – Mejor. ¿Cómo sabía que el Viaje Madre estaba aquí?

            – Porque el comandante del puerto de Lossar me informó de su itinerario.

            – ¿Y por qué le interesa tanto el Vieja Madre?

            – Porque es el único barco que zarpó una noche determinada de Lossar hacia aquí con cuyos oficiales no he hablado.

            – ¿No ha hablado con el capitán?

            – El capitán estaba incapacitado temporalmente para una conversación útil.

            – Ya veo. Así que ha buscado al siguiente en la jerarquía.

            – Así es.

            – En fin, es un sistema como otro cualquiera. ¿Ha venido para preguntarme algo?

            – Sí.

            – Pues hasta ahora, las preguntas las he hecho yo.

            El contramaestre se rió de su propia gracia. Lukas tenía una expresión curiosa: como si contuviera una sonrisa y una mueca de irritación al tiempo.

            – En fin, pregunte.

            – Entre los pasajeros del Vieja Madre, ¿había una muchacha de unos quince o dieciséis años, acompañada de dos hombres? Uno de ellos fuerte, alto, con aspecto de guerrero; el otro, más joven, rubio, con un laúd.

            – Mmmmh. ¿Podría describirme a la chica?

            – ¿En qué sentido?

            – Pues vaya, lo típico. ¿Era fea? ¿Era guapa? ¿Era alta? ¿Baja? ¿Tenía pelo? Esas cosas.

            – De estatura normal. Pelo castaño oscuro.

            – ¿Corto?

            – La última vez que la vi, en melena.

            – Muchos pasajeros podrían encajar en esa descripción. Lo siento.

            – Qué le vamos a hacer. ¿Podríamos acompañarle hasta el barco?

            – ¿Para qué?

            – Para echar una ojeada. Si los que buscamos han estado en su barco, tal vez se hayan olvidado algo en él.

            – Es un barco grande.

            – Eso es problema nuestro. Estaremos en tierra antes de que deban zarpar.

            – No es muy regular.

            El contramaestre hizo un gesto de impotencia. Ya sabes lo que quiero, hombre.

            – ¿Es usted de las Islas?

            – ¿Yo? No, no. Bueno, un marino es del mar y de los puertos, ¿sabe? Pero yo soy ciudadano de la República.

            El rostro de Edmund cambió. Antes, daba la impresión de que varias partes de sí mismo luchaban por expresarse. Ahora, había consenso. Sonreía. El contramaestre tragó saliva una vez. Ay, dioses. ¿Qué habré dicho?

            – ¿Quiere mirar la bolsa, por favor? Sin que nadie más vea el contenido.

            El contramaestre no movió un músculo.

            – Por favor.

            Con dedos perezosos, entreabrió la bolsa. No había monedas dentro. Había otra cosa. Un colgante. El contramaestre tragó saliva. Otra vez.

            – ¿Cree que podríamos subir a bordo?

            – Supongo que sí.

            – Gracias. Vamos.

            Edmund recogió la bolsa. Dougal dejó su pinta vacía en la mesa. El contramaestre se levantó, envarado, y echó a andar, seguido por el Juez y su ayudante. El resto de la taberna siguió a lo suyo.

            Una vez en el barco, Edmund pidió al contramaestre que le llevara hasta su camarote. Haciéndose el indiferente ante las miradas sorprendidas de la tripulación, el oficial obedeció. Dougal cerró la puerta y se apoyó en ella. Sus ojos escrutaron la cámara. Lukas la inspeccionaba uniendo el movimiento a la vista. El contramaestre se golpeaba un puño contra el otro.

            – Pensaba que querían registrar el barco.

            – Eso hacemos.- replicó Lukas, sin detenerse.

            – ¿Creen que en mi camarote van a descubrir algo? ¡Si ni siquiera saben si esa chica a la que buscan estuvo en el Vieja Madre!

            – Un arcón siempre es interesante.- le comentó Dougal a Lukas.

            – Es demasiado evidente.- replicó el Juez Errante.

            El rastreador hizo un gesto ambiguo; mientras su superior seguía observando las paredes, se arrodilló junto al arcón.

            – ¿Me permite su llave?- le rogó al contramaestre.

            – No tengo nada que ocultar.- repuso el otro, entregándosela.

            Edmund, sin volver la vista, se sonrió mordazmente.

            Dougal abrió el arcón y, con tranquilidad, fue descubriendo cada uno de los falsos fondos. Cuando encontró el primero, el contramaestre masculló una maldición con ánimo de despistar. En el segundo, puso cara de preocupación. Al llegar al tercero, la preocupación fue verdadera. Al cuarto, se tuvo que sentar en su camastro.

            – Buen escondite.- alabó Dougal- Un arcón es demasiado evidente para alguien astuto y cuatro fondos son bastantes incluso para alguien tenaz.

            Edmund reconoció su error con un leve gruñido y se inclinó sobre el arcón. Metió la mano y sacó el escorpión de oro.

            El contramaestre sintió los ojos del joven clavados en él y se vio impelido a levantar la cabeza.

            – ¿Dónde están?

            El marinero hizo un último esfuerzo.

            – Esa joya lleva tiempo ahí dentro. Ya no recuerdo dónde la conseguí.

            Dougal meneó la cabeza. Edmund se colocó a medio palmo del contramaestre.

            – ¿Dónde están?

diciembre 6, 2009

¿Amor? ¡Arte! (II): Las heroínas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:10 pm
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            [1]El amor es también la guerra. De hecho, la guerra, la política y el amor no son más que el mismo juego con diferentes disfraces. Penas de amor perdidas y Mucho ruido y pocas nueces son, seguramente, las dos obras más conocidas de Shakespeare con la guerra de sexos como tema central. La primera es más cruel que la segunda, sin duda, y, tal vez por ello, es ésta la que suele tener mejor acogida entre el público. Dejando a un lado a los lamentables Claudio y Hero, y las intrigas del malo, don Juan, que es un diablillo de cuarta fila comparado con los monstruos que aguardan en otras piezas, Benedicto y Beatriz son los protagonistas, enzarzados en un duelo verbal sin tregua, ni antes de enamorarse, ni durante el enamoramiento ni tras su compromiso.

            Con razón se ha visto la influencia de Benedicto en el profesor Henry Higgins (aunque, personalmente, Higgins me gusta más que Benedicto, en buena medida a causa de Rex Harrison). Las bravatas contra el amor de Benedicto sólo nos dicen que va caer de cabeza en la trampa de la que él tanto se burla. Y eso que se burla con tesón, jurando que me veréis palidecer de cólera, de enfermedad o de hambre, señor; pero no de amor. Su discurso enumerando todas las condiciones que debería reunir una mujer para que se planteara siquiera hacerle la corte es de una cómica arrogancia. Muy parecida a la fanfarrona canción de Higgins Let a woman in your life, exposición de las desdichas que le aguarden al insensato que caiga en las redes femeninas.

            Estos personajes me caen bien, simpatizo con ellos y la verdad es que buena parte del público también. Lo que no tengo tan claro es si simpatizamos con ellos precisamente porque sabemos que van a ser víctimas de sus propias burlas o por sus previas jactancias. Benedicto y Higgins ponen en la picota al solterón pagado de sí mismo, encantado de haberse conocido y que considera al amor el camino directo hacia su destrucción como individuo de respeto. Al estar en el territorio de la comedia, la ironía no es asesina, y nos podemos reír con buen humor, con estos personajes, tanto en sus momentos de supuesto éxito solteril como en su caída ante Beatriz y Elisa, respectivamente. En especial, los últimos intentos de Higgins por recobrar sus misóginos ímpetus, después de que la señorita Doolittle -¡al fin!- haya logrado derrotarlo dialécticamente, cuando es más que obvio que no puede sacarse a Elisa de la cabeza, nos incitarían a la compasión, si no fuera que, para los hombres como Higgins, nada resulta más insultante y de peor gusto que ser objeto de la piedad ajena.

            Cierto que Beatriz alardea ante su tío igual que Benedicto ante el Príncipe. Él dice: Porque no quiero hacerles el agravio de desconfiar de alguna, me haré a mí mismo la justicia de no confiar en ninguna: y el fin es, por el cual puedo hacerme más fino, que viviré soltero. Ella, con más jovialidad que sorna, se imagina llegando hasta las puertas del Infierno: […] y allí estará el Diablo esperándome como un viejo cornudo con astas en la cabeza, y dirá: “Vete al Cielo, Beatriz, vete al Cielo, éste no es un sitio para vosotras las doncellas.” Así que entrego mis monos, y allá voy con San Pedro, hacia los cielos; me enseña dónde están los solteros, y allí vivimos tan alegres como la luz del día.

            Lo estupendo es que, cuando estos dos ingenios hirientes y cómicos terminan enamorándose uno de otro, no pierden ni el ingenio ni la inteligencia. La obra concluye con un intercambio espléndido de agudezas, a medias humorístico, a medias cauteloso y aunque Bloom, con acierto, sugiere que éste, como casi todos los matrimonios en Shakespeare, no tiene por qué ser un “palio bendito”, estos inteligentes amantes, “ninguno de los cuales da viso de quedar ofendido o derrotado, correrán juntos el riesgo.”

 

            Beatriz y Benedicto, por tanto, nos desvelan otra de las verdades de la pareja. Efectivamente, se puede amar y ser inteligente; se puede ser amante y mantener vivo el ingenio. Esto es casi una epifanía apocalíptica, porque destruye uno de los pilares de los solterones de intelecto poderoso: ya no hay que elegir entre amar y pensar, no pierde uno la dignidad, ni la estima, propia y ajena, por amar y ser amado. Bueno, dependiendo de a quién amemos. ¿Es que respetamos menos a Luke por haberse enamorado de Lorelai Gilmore? Más bien no. En todo caso, hasta es posible que le respetemos más.

            Pero Shakespeare aún no nos había regalado a su heroína invencible del amor. De todos sus grandes ingenios, sólo una es verdaderamente amante y amada y, contra la opinión de Ortega (Los hombres más capaces de pensar sobre el amor son los que menos lo han vivido; y los que lo han vivido suelen ser incapaces de meditar sobre él), tan capaz de amar como de meditar sobre el amor. Rosalinda es la inteligencia amorosa y el amor inteligente por excelencia. Tal vez sea una humana inexistente.

            De acuerdo, Hamlet es más inteligente. Sólo Falstaff, señala Bloom, y estoy de acuerdo, iguala la capacidad intelectual del Príncipe de Dinamarca. Pero Hamlet no ama a nada ni a nadie y Falstaff ama, sí, pero no es amado. De hecho, su relación amorosa con el peligrosísimo Príncipe Hal es ambigua y uno no sabe si colocarla en el terreno del maestro y el discípulo, en clave paterno-filial, o un sentido, digamos, más bien griego. Lo único seguro es que Hal ha dejado de amar, si es que alguna vez amó a Falstaff, en cualquier sentido, y que, tras aprender del Ingenio Máximo todo lo posible, se deshace de él, pues supone un lastre para su carrera en el Poder.

Rosalinda, ama con ingenio y educa a su amado, Orlando, que demuestra ser, si bien no su igual (es muy inferior en grado de brillantez), sí un pupilo capacitado, recto, sin malicia e igualmente amante. Lo hace disfrazada de muchacho, pero varios críticos opinan, y pienso que con mucha razón, que Orlando no se deja engañar y participa en la farsa, que es una auténtica escuela del amor inteligente. Ambos se aman con pasión y con agudeza: hay conexión física e intelectual. En sus diálogos de cortejo, dice Bloom, “Rosalinda funde de manera casi única (incluso en Shakespeare) el auténtico amor con el más alto ingenio”. Veamos si no:

Orlando: ¿Pero hará eso mi Rosalinda?

Rosalinda: Por mi vida, hará como yo

Or.: Ah, pero ella es sensata.

Ros.: Y si no, no tendría el ingenio para hacer esto. Cuanto más sensata, más caprichosa. Ciérrale la puerta al ingenio de una mujer y saldrá por la ventana; cierra ésa y saldrá por el agujero de la cerradura; tapa ése y volará con el humo por la chimenea.

Or.: Un hombre que tuviera una esposa con ese ingenio podría decir: “Ingenio, ¿para qué te las ingenias? (en el original: “wit, whiter wilt?”, esto es, “Ingenio, ¿adónde quieres ir?)

Ros.: No, puedes guardar ese reproche hasta que te encuentres con el ingenio de tu esposa yendo a la cama de tu vecino.

Or.: ¿Y qué ingenio tendría la ingeniosidad de excusar eso?

Ros.: Hombre, diciendo que fue allí a buscarte. Nunca la pescarás falta de respuesta, a menos que la encuentres sin lengua. Oh, la mujer que no pueda hacer de su falta la ocasión de su marido, que nunca críe a su hijo ella misma, porque lo criará como un tonto.

            Lo grandioso de Rosalinda es su capacidad de amar y reírse del amor, ser ella una heroína romántica y desconfiar profundamente de todo romanticismo sentimental. Sus diálogos con Orlando en Como gustéis son lectura obligatoria para toda persona metida en una relación amorosa, o en vías de hacerlo. Ante su discípulo, sonríe con amable burla: Los hombres han muerto de vez en cuando y los gusanos se los han comido, pero no por amor. Shakespeare, que siempre cuidó de ocultarse detrás de su obra, de modo que conociésemos lo menos posible sus opiniones, quizás habla aquí. No, no, Orlando, los hombres son abril cuando hacen la corte, diciembre cuando se casan. Las doncellas son mayo cuando son doncellas, pero el cielo cambia cuando son esposas.

            Las heroínas han ido aumentando en inteligencia y profundidad y Rosalinda es la culminación. Nadie en la obra se le resiste. Sus adversarios, Jaques, un melancólico estirado, pero con un talento satírico nada despreciable (el famoso discurso que comienza Todo el mundo es teatro lo pronuncia Jaques), y el agriamente mordaz Touchstone, no logran hacer temblar ni un segundo a esta mujer maravillosa. Bloom sueña con su personaje predilecto, Falstaff, colándose y debatiendo con Rosalinda y yo sería el primero en apuntarme al espectáculo, porque seguramente sólo Sir John tendría voluntad y capacidad para competir con ella. Tanto dentro de la literatura como en el mundo real. Otra cosa es que nos encontremos a Rosalinda en nuestra realidad.

 

 

 


[1] Lista de imágenes: fotograma de Mucho ruido y pocas nueves, de Kenneth Brannagh; fotograma de My Fair Lady, de George Cukor; portada de Como gustéis.

diciembre 4, 2009

Correspondencia (IV)

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:59 pm

            CARTA del general Ludwig Krier al coronel Frank Horst

 

            Mi estimado Horst

            He conversado con mis contactos en la Junta de Comerciantes de Izur. Conociéndole como le conozco, estoy convencido de que no es una novedad para usted si le informo de que una circular muy favorable a nuestros intereses ha sido remitida a las demás Juntas y que, en general, éstas han reaccionado positivamente.

            Con el apoyo de las Juntas, pocos bancos se mostrarán reacios, pues ya sabe que si los comerciantes ven posibilidades de beneficios, los banqueros les siguen sin perder un instante. Los mayores obstáculos han sido, por tanto, removidos.

            Ha llegado el momento de dar un golpe decisivo. En la Gran Asamblea los ánimos están cada vez más de nuestro lado, pero esos parlamentarios son cambiantes. Hay que golpear el hierro cuando está caliente. Por ello, considero de extrema importancia su presencia en la capital. Debe usted asistir como invitado a una sesión de la Asamblea, para fortalecer a nuestros apoyos y convencer a los indecisos. Sé que no son de su agrado estas manifestaciones propias de políticos y charlatanes, pero es imperativo. Si no habla usted, podemos perder el apoyo ganado o, cuanto menos, ver retrasadas las operaciones largo tiempo, quizás para siempre. Deje a un colaborador eficaz al frente de Nicolia y venga cuanto antes.

            ¡Larga vida a la República!

 

            MENSAJE PRIVADO de lord Gregor Jescheck, Señor de Cuatrocaminos, a Pieter Rümelin, su senescal en Salto de Agua

 

            Mi buen Pieter,

            No tengo más que alabanzas para vos y vuestra administración en la zona más rica de mis dominios. Gracias a servidores de vuestro talento, el Condado de Tresina será pronto el más próspero de los Señoríos. No he dejado de apreciar la magnífica cesta de frutos variados que enviasteis junto a los últimos balances; os aseguro que se le hizo justicia en mi mesa. Apenas podría decidir cuál de mis hijos disfrutó más con su contenido, así como con los presentes de los que les hicisteis objeto. En cuanto a mí, querido Pieter, semejantes números son regalo más que bastante.

            Precisamente porque sé valorar vuestras habilidades como gestor, me repugna, en parte, la misión que debo encomendaros. Pero si sois un buen administrador, vuestras habilidades como embajador no se quedan atrás. Por tanto, disponed lo necesario para que la zona a vos confiada quede competentemente guardada y montad el caballo más veloz de los establos. Con una escolta adecuada, cabalgad hasta Bosquedesnudo. Enviad en el momento de vuestra partida una paloma mensajera a lord Helmut, solicitando audiencia y advirtiéndole de vuestra próxima llegada.

            Han llegado rumores hasta mí, Pieter, de que la bastarda de Helmut ha abandonado el castillo de su tutor. En otro Señor no me importaría, pero Helmut se ha tomado muchas molestias con ella. Ha ocultado su condición de hija ilegítima, la ha hecho pasar por huérfana, la ha adoptado, con la aprobación de su esposa. ¿Y ahora se escabulle?

            Investigad cuanto podáis. Oficialmente, acudís para preparar el cercano Concilio. El más seguro servidor de lord Jescheck, conde Tresina, negocia los temas dignos de debate, las formas y el protocolo, con lord Helmut, el Señor más relevante de los contornos, junto al Señor de Cuatrocaminos. Que lord Helmut invite a cuantos aliados y amigos desee a participar en tales trabajos preparativos. Alargad vuestra estancia en Bosquedesnudo, dentro de lo prudente, hasta que logréis averiguar si en efecto la bastarda se ha ido y por qué razón.

            Dejo el asunto en vuestras fiables manos.

 

            MENSAJE del comandante del puerto este de Orchar a la tetrarca Elspeth Voe

 

            Alteza,

            Esta mañana un navío de la Armada de la República de Izur ha solicitado permiso para atracar en el puerto cuya vigilancia habéis tenido a bien encomendarme. Dado que la República es amiga de las Islas y de Vuestras Altezas, los Tetrarcas, he considerado prudente concedérselo. De este navío desembarcaron dos funcionarios republicanos. Pidieron una conversación privada conmigo y en ella me confesaron ser un Juez Errante y su auxiliar. Al parecer, un fugitivo ha pasado de la República a las Islas. El Juez solicita permiso para continuar su persecución en vuestro territorio y el auxilio de vuestras tropas. Les he concedido autorización para moverse por la ciudad, en espera de vuestras instrucciones. Los soldados y marinos republicanos pueden descender para aprovisionarse, siempre desarmados. Desde luego, Sus Altezas, los Tetrarcas, serán informados de este suceso, a su debido tiempo.

            Quedo a vuestras órdenes.

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