Con un vaso de whisky

noviembre 26, 2013

La mentira y la locura

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            Es un lugar común decir que los tres grandes temas tratados por Woody Allen en su filmografía (en sus divertidísimos artículos y relatos cortos también, pero menos) son la Muerte, el Sexo y la Religión. Sea en sus comedias, aun en las más amables, sea en sus dramas, estos tres temas asoman la patita o el cuerpo entero. Algo bastante lógico, por otra parte: son temas universales. Piensen, por un momento, en el inagotable Shakespeare y quiten sexo y muerte. Diezmaríamos su obra.

            Con todo y con ello, Allen no sólo habla de Sexo, Muerte y Dios. Como satélites de estos tres grandes conceptos existen otros asuntos dignos de examinarse. Por poner ejemplos, dos de sus, para mí, obras mayores, Delitos y faltas y Match Point, examinan ideas diferentes, siendo muy similares en el esqueleto argumental. En la primera, la infidelidad del oftalmólogo interpretado por Martin Landau con el personaje de Anjelica Huston sirve para poner encima del tapete cuestiones como la culpa, el miedo al castigo, el remordimiento y el arrepentimiento (aspectos todos relacionados y todos diferentes). Por su parte, junto con el retrato de cómo una pasión sexual ardiente puede desbaratar los planes del arribista más calculador, en Match Point el rey de la función es el azar.

Match-Point-Scarlett-Johansson(claro, que a ver quién se lo reprocha al arribista)

            Blue Jasmine es la película de Woody Allen que más me ha gustado en bastantes años. No es una de sus obras maestras, pero es una obra muy notable. También con un tema, la mentira. Y dentro de la mentira, sobre todo, el autoengaño. Y las consecuencias demoledoras que tiene en la vida.

            Todo el mundo, pero todo el mundo, miente en esta película. Bien se mienten a sí mismos, bien mienten a los demás. O hacen las dos cosas, en ocasiones al mismo tiempo. Los únicos que no dicen una sola mentira son el simplón de Chili (Bobby Cannavale, el inolvidable Gyp Rosetti de Boardwalk Empire) y el diplomático miembro del Departamento de Estado con planes para meterse en política (no me digan que no es maravilloso). Por las bocas y mentes de los demás no hay más que mentiras y mentiras, para sí y para otros. Aunque algunos aprenden, como el exmarido de Ginger, quien se dejó seducir, se mintió a sí mismo una vez y ahora sufre las consecuencias de ese terrible momento de debilidad.

            Esta película tiene una protagonista absoluta, y es Jasmine. O sea, Cate Blanchett. Una actriz menor hubiera torpedeado la película. Pero Cate Blanchett es cosa seria. Es otro lugar común decir que resulta sencillo interpretar a un loco. Interpretar bien cualquier cosa no resulta sencillo. Interpretar bien la locura es muy complicado. Blanchett lo borda. Hay una perfecta combinación de guion y actuación. Ya en la primera secuencia, en el avión, en el aeropuerto, tenemos los datos necesarios para entender con quién nos las vemos, aunque las claves para interpretar correctamente la información aún tardarán un poco en llegar. Sus monólogos, sobre todo ante los hijos de Ginger, son entre aterradores y graciosísimos: los ojos, los labios, el tono, el timbre, la vocalización, las palabras… es lo más parecido a una montaña rusa convertida en persona que he visto en una pantalla. Y además sin moverse de la silla.

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            “La verdad os hará libres”, dice el Evangelio de San Juan. Sin embargo, la verdad y la libertad son aterradores para esta hija adoptiva que ha logrado pasar toda su vida (hasta el momento en que la conocemos) en la elite social, en la burbuja de los privilegios. Pero esa vida de lujosa superficialidad está cimentada en mentiras y más mentiras. Cuando esas mentiras salen a la luz, derrumbándose el castillo de naipes, Jasmine tiene la oportunidad de mirar cara a cara a la vida. Sin embargo, no es capaz. Su mente se niega a contemplar el mundo, se niega a examinarse a sí misma. Ni acepta su nueva suerte, ni desea transformarla en algo diferente, en algo nuevo, quizás en algo mejor. Todos sus rabiosos soliloquios sobre cómo no soportaría convertirse en alguien mediocre, sin sustancia, sin importancia quedan en nada, porque ella es una nada. Se lanza a una carrera ciega hacia delante, con un plan vital y laboral absurdo, esperando que aparezca en su vida un asidero. Cuando era universitaria ese asidero hacia las alturas fue Hal, su marido Es interesante que Jasmine nunca jamás ha sido independiente, ni ha tenido que tomar las riendas de su vida. En muchos aspectos, su vida matrimonial es pura y dura prostitución. En la caída, tras rechazar al despreciable dentista, el doctor Flicker (Michael Stuhlbarg, otro grande en Boardwalk Empire), se lanza a los brazos del diplomático que puede ofrecerle la escalera de vuelta a las alturas, a otro chulo que le regalará joyas. O eso se dice.

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            Es evidente para cualquiera que examine con un minuto de frialdad el proyecto de Jasmine la ruina inevitable del mismo; está abocado al fracaso nada más nacer. El diplomático está embobado con ella y con su futuro dorado y durante un tiempo todo va bien. Jasmine es capaz hasta de ocultarle su locura. Pero aun cuando, a la puerta de la joyería donde van a comprar el anillo de compromiso, no hubiera aparecido Augie como un deux ex machina al revés, era cuestión de tiempo. En cuanto su prometido se hubiera postulado para congresista, la prensa lo hubiera descubierto. Seguramente Jasmine ni siquiera hubiera podido disfrutar de esos dos años en Viena que él le promete: ¡trabaja para el Departamento de Estado, por Dios! ¿Cómo no iba a reconocer nadie del Gobierno Federal a la esposa del gran estafador?

            Pero Jasmine no piensa. El sueño de la razón produce monstruos. Aquí, la razón queda sepultada por el autoengaño. Jasmine se miente a sí misma, porque su razón no puede aceptar la realidad (lo cual la convierte en una mala aunque perseverante mentirosa). Está rota cuando la vemos por vez primera. Su lucha por mantener sus pedazos unidos está salpicada de momentos donde las grietas se hacen peligrosamente evidentes. Al final, tras el encuentro con su hijastro, cuando la última verdad que trataba de ahogar en vodka resurge (y qué excelente verdad), todo acaba. Su mente se rompe en mil pedazos. Toma la salida que ofrece la locura. La misma que el Joker, en su mejor soliloquio de La broma asesina ofrece al atormentado Comisario Gordon. Mandar a paseo recuerdos, verdad y racionalidad y abrir los brazos a la demencia.

            Claro que Jasmine no está sola en la mentira. Ginger, su hermana adopotiva, culpa de manera reiterada a “los genes” por el reparto de roles que la vida les ha dado a Jasmine y a ella. Sin embrago, atrapada en un trabajo pequeño y con una vida familiar en absoluto envidiable, se miente a sí mismo. Se miente en su breve aventura con Al (¡Louis C.K!), quien la miente a ella, pero también se engaña al regresar con ese niño grande, celoso, impulsivo y violento que es Chili. ¿Quién cree que ese final lleno de risa y alegría es cierto, que ése será en verdad su futuro? Igualmente el hijastro de Jasmine, quien disfrutó durante toda su vida de la escandalosa riqueza de su padre y que, al descubrir la verdad, parece tener un momento de rabia moral contra él y sus engaños. La última charla con su madrastra, grande, deja claro que de eso, nada: le exaspera el fin de la vida de lujos, eso es lo único que echa en cara a Jasmine. Que ella, en un arrebato, haya acabado con la fiesta. Y eso, seguramente, es lo que la propia Jasmine no se puede perdonar.

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            No me gusta dar interpretaciones simbólicas a las obras. Me parece que s meter demasiado del espectador en el análisis y, por otro lado, convierte a películas, novelas y comics en autos morales, con el Vicio, la Virtud y el resto de la tropa declamando. Convertir a los personajes en iconos aniquila su complejidad psicológica. Con todo y con ello, creo que Blue Jasmine admite cierta visión simbólica. Esa Jasmine, sobre todo pero no ella sólo, que ha vivido a todo tren, sin que nada de ello tuviera una base firme, se parece tétricamente al Occidente contemporáneo y tal vez aún más a Europa occidental. Incapaz de encarar la realidad, incapaz de transformarse, busca una nueva mentira que le permita volver a la falsa buena vida unos pocos años. Una vez más, otra burbuja, otra mentira, hasta que también estalle. Claro que la otra opción parece ser Ginger, conformándonos con una vida miserable, pequeña, infeliz, por mucho teatro que le pongamos.

            Así que quién sabe. Quizás el Joker esté en lo cierto y Jasmine llegue a la única salida posible. Aunque esperemos reírnos más, cuando nos volvamos locos.

noviembre 10, 2013

El Pozo

            Peaky Blinders, creada por Steven Knight, se ha hecho acreedora mía: en mi momento de depresión post Breaking Bad, me dio seis magníficas horas de complots, pasiones, oscuridad, violencia, ternura y gran televisión. No sólo nos cuenta una gran historia, sino que forma un gran mundo, poblado de turbios personajes, que merece la pena explorar, un pozo terrible en el que cada capítulo sólo nos adentra más y más en la tiniebla. Pero es que en las tinieblas ocurren cosas muy dignas de verse, muy entretenidas (muchísimo) de contemplar. Otra cosa es cómo reaccione cada cual.

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            Birmingham, año 1919. La Gran Guerra ha terminado. Los veteranos han vuelto a casa. Y en esta ciudad pesadillescamente industrial, una familia tira de los hilos. Los Shelby controlaban el submundo criminal aun durante el conflicto bélico y están dispuestos a seguir haciéndolo en el futuro. Desde la primera secuencia, queda claro que en estas sucias calles, ese jinete y los suyos son la autoridad. Que luego veamos que son una autoridad nada indiscutida y con ansias de aumentar su influencia no resta un ápice a la imagen de soberanía que Thomas Shelby plasma, en lo alto del caballo, con su característica gorra.

            Atmósfera siniestra, personajes turbios, tramas tenebrosas. Ahora vamos con los personajes y las tramas. Antes, hablemos de la atmósfera. La BBC nos vuelve a regalar la vista y los oídos. Los trajes y la ambientación, impecables. La fotografía, la iluminación, es la perfecta. El habilísimo juego de la luz y la sombra da un aire propio e inconfundible a esta serie. Un color, unos matices que me dejaron en un perpetuo estado de semi ensoñación, como si me hubiera metido en un mundo onírico, al tiempo que lúgubremente realista. Cualquiera que sepa cómo eran las condiciones de vida de las clases populares británicas en la entreguerra sabe que Peaky Blinders no exagera al mostrar la miseria, la suciedad. Si acaso, se queda corta.

            ¡Qué maravilla de planos! ¡Qué luz, sucia, a veces, sublime, en otras, filtrándose por las ventanas del pub! ¡Qué noches, iluminadas por los resplandores infernales de los hornos! ¡Qué días, de un gélido gris más opresivo que la noche! ¡Qué astutos los momentos de sol y verde campestre, porque todos ellos ocultan una trampa! O bajo el cielo azul se trama alguna traición, o, aún peor, alguien cree que tal vez logre salir del Pozo.

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            Porque Birmingham es un Pozo de almas que necesitarían una bajada de un Mesías para sacarlas de las profundidades, como en la vieja leyenda cristiana. En su entrada debería colocarse una advertencia: “Abandonad toda esperanza los que aquí entráis”. Sin embargo, todos los que allí viven tienen esperanzas. Y es que, como mostró Neil Gaiman en unas de sus mejores páginas, ni en el Infierno muere del todo la esperanza.

            La banda sonora es otro de los aciertos mayúsculos. Temas de Tom Waits, The White Stripes o Nick Cave and the Bad Seeds (“Red Right Hand”, temazo, abre los capítulos) se engarzan excelentemente en la serie. Frente a la igual de legítima decisión de Boardwalk Empire de usar música de la época, aquí se han elegido canciones y composiciones que casen con el sombrío espíritu de la serie.

            Thomas Shelby, un inmenso Cillian Murphy, está en el centro de las telarañas. Peaky Blinder es un caleidoscopio de intrigas, intereses, relaciones y pasiones. Él es la pieza central, todo lo demás gira en torno a él, se relaciona con él, se define en cuanto su postura hacia él. Es el protagonista absoluto, el más turbio, inteligente y despiadado en una serie bien surtida de gente turbia, inteligente y despiadada.

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            Pueden hacerse algunos paralelismos entre Thomas y Jimmy Darmody, el desdichado falso protagonista de las dos primeras temporadas de Boardwalk Empire. De una edad parecida, ambos viven más o menos en la misma época, y los dos han regresado marcados por su experiencia en la guerra. Pero los traumas de Darmody eran previos a su viaje a las trincheras. Éstas, desde luego, sólo los empeoraron y, si acaso, añadieron alguno más. Pero Jimmy no venía de ningún lugar feliz. De hecho, se lanzó de cabeza a la conflagración para huir de un horror que había devorado cualquier posibilidad de una vida feliz para él. Thomas, en cambio, venía de una familia criminal, unida por la sangre, leal para con los suyos, y en la que el amor era genuino.

            Tras su vuelta, Jimmy intenta encontrar su lugar en el mundo, bajo la sombra del gigantesco Enoch “Nucky” Thompson. Thomas Shelby es su propio Nucky. Por eso, el Jimmy que puede haber en él no le lleva a la ruina. Shelby es mucho más frío, astuto y peligroso que Darmody. Los fantasmas de la trinchera también le acosan y paga un alto precio, pero no es peón de nadie, aunque tenga que jugar manos muy complicadas, con muchas cartas marcadas, contra varios tahúres de cuidado al tiempo. Nucky y Thomas podrían tener un encuentro muy interesante. Jimmy y Thomas, también, pero sospecho que Shelby preferiría con mucho el primero.

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            Si tuviera que elegir una figura geométrica para poner un poco de orden en este caos, sería el triángulo. Thomas siempre será uno de los vértices, pero en los otros dos podemos ir colocando otros personajes. Por ejemplo, Freddy y Ada. O Arthur, el hermano mayor, y Arthur padre, ausente menos en un episodio. Y el más obvio, el triángulo entre Thomas, Grace y el Inspector Campbell. Sólo la gran Tía Polly puede quedar el margen de los triángulos y hablar a Thomas como a un igual, en cierto modo.

            En este mundo de gentes turbias, casi todos los personajes son extrañamente honestos. Campbell lo es, estoy seguro, en su discurso inicial, donde promete limpiar la ciudad a sangre y fuego, tras ese paseo nocturno desde su carruaje. Freddie, el más idealista, el revolucionario que sueña con un mundo mejor para las masas oprimidas, no sólo es honesto, es el único férreamente honrado, el único que se niega a pactos, negociaciones, contubernios. Tiene la fuerza y la debilidad de los espíritus espartanos, rígidos. Aunque también es cierto que en Birmingham los pactos son siempre con el Diablo. Thomas, a su cínica manera, también es honesto en su pragmatismo sin escrúpulos, dejando a salvo siempre los lazos de familia (que emplea en sus juegos políticos, eso sí).

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            Si hay un tema en esta serie, ese ha de ser, como en todas las grandes historias, el de la pasión. Somos, como defendía magistralmente el fallecido Eugenio Trías en su “Tratado sobre la pasión”, seres pasionales. Desde la pasión pensamos y actuamos. La pasión amorosa. La pasión del odio. La pasión del poder. La pasión de la virtud. La pasión por la supervivencia. La pasión de la venganza. La pasión utópica. Todas esas pasiones son las que mueven a los personajes. Thomas, que no llega a ser el Edmund de El Rey Lear (pero qué bien haría Murphy de ese inmenso villano), es de lo más pasional, bajo su helado exterior.

            Grace, Thomas, Campbell son el Triángulo Trágico de la serie. Grace (buen trabajo, Anabelle Wallis), la espía de Su Majestad, al servicio de la Policía, movida por el odio hacia el IRA, cuyos miembros asesinaron a su padre, ansiosa ella también de asesinar, de destruir. Que Grace terminara enamorándose de Thomas y Thomas de Grace, creo, no nos pilló a ninguno por sorpresa. Pero la manera de desenvolver su historia, sobre todo en los primeros momentos, los más complicados de plasmar, fue elogiable. Además, durante bastante rato estuve en duda de quién de los dos se había enamorado antes del otro y aunque sospecho que fue Thomas el que fue seducido en primer lugar, Grace estuvo fascinada por él también desde un inicio.

            Igualmente, la debilidad de Campbell por Grace (¡cómo sospecha esto ella y trata de evitarlo!) es también muy clara, pero sabe contenerse hasta que las ordenanzas le permiten revelar sus emociones. Campbell es un personaje tan interesante como Thomas. Sam Neill demuestra de nuevo que si un director le ayuda a controlar cierta tendencia suya a la sobreactuación, es un muy buen intérprete. Este policía implacable, virtuoso, para el cual erradicar el crimen, la corrupción y los enemigos del Imperio justifica cualquier medio, es uno de sus trabajos más notables. Su relación de necesaria colaboración y mutuo desdén con Shelby es excelente. Su partida de cartas es la más interesante y llena de recovecos.

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              Ambos se subestiman de manera clara, salvo el policía en su última conversación, cuando Campbell, consumido por los celos, ha caído en su momento más bajo y perturbador. Tras volver a vestirse, revistiéndose de su dignidad perdida, Campbell sonríe sardónicamente ante su enemigo, quien cree que ha ganado todas las manos de la partida y le da concede una mordaz reflexión de despedida: “Una cosa que he aprendido es que somos opuestos, pero también los mismo. Como el reflejo de un espejo. Odiamos a la gente y, a cambio, la gente nos odia. Y nos teme. [… ]Los hombres como nosotros, señor Shelby, siempre estaremos solos. Y el amor que consigamos, tendremos que pagar por él.” Thomas replica: “Olvida, Inspector, que tengo a mi familia”. Campbell sonríe. Pero quizás Thomas tenga razón. Desde luego, es su último refugio.

             Seres oscuros y pasionales, todos los personajes andan buscando amor y ternura. El pobre Arthur hijo, que se siente desplazado, ninguneado, y cae patéticamente en la estafa de su mezquino padre. Ada y Freddie, amenazados por ser un obstáculo en los planes de Thomas. Los mismos Thomas y Grace, cuyo enamoramiento pone en riesgo sus diferentes planes. Campbell, quien concentra toda su amargura por sus derrotas finales en una decisión sangrientamente irrevocable.

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            El Amor es una pasión. Pero el Poder también lo es. En la serie, ese Poder se encarna en las armas que los hombres de los Peaky Blinders obtienen por error. Esas armas dan una inmensa fuerza a la facción que las posea. Y, al igual que el Oro Maldito del Rin, destruyen a su poseedor. Thomas quiere usar esas armas en un complejo juego para hacerse con la corona del crimen. Pero los comunistas quieren las armas para su revolución. El IRA para su independencia. Los criminales rivales para sus propios intereses. Y la Corona está dispuesta a barrer Birminghan para recuperarlas (qué grandes las apariciones de Winston Churchill, irónico, excéntrico y sin el menor escrúpulo). Dejan tras de sí una ristra de gentes destrozadas, por dentro o por fuera.

            Al final, sólo queda en pie esta familia, que ha alcanzado el trono del delito, a cambio de sufrir y de estar a punto de la ruptura. Los agujeros en el imperio de los Shelby existen, y pueden muy bien llevar a la ruina todo lo conseguido. Aun en el caso de que no sea así, de que Thomas se convierta en el César de Birmingham, será, como Michael Corleone, tras haber convertido su interior en un erial.

           Así que ya saben. Brimingham les espera. Y una segunda temporada nos dará la bienvenida a quienes queramos quedarnos. Yo tengo ya reserva en el hotel.

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