Con un vaso de whisky

julio 30, 2015

Lava fría

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            Oigo por ahí que hay cierta polémica sobre “Lava”, el corto que se proyecta antes de “Inside Out (Del Revés)”, en los cines. Sobre la película ya se ha dicho casi todo lo que hay que decir. Así que me limitaré a unirme al coro: véanla, háganse el favor. En cuanto a la polémica, no crean que tengo muy claro cuáles son los bandos. Así que pondré aquí mi punto de vista y luego ya me asignan etiqueta, para que no me sienta discriminado.

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            Antes de empezar, dos aspectos. Primero, me parece muy bien que se hable de un corto. Los cortos de Pixar son, en general, pequeñas joyas. Esta compañía tiene olfato poniendo a animadores y guionistas noveles en la labor y, viendo los resultados, no se extraña luego uno de los grandérrimos largometrajes que, con contadas excepciones, acaban en las pantallas. También es digno de respeto que se proyecte un cortometraje antes de la película, a la antigua usanza. Tal vez otras compañías y productoras, no sólo de animación, podrían tomar nota. Mi favorito, aún hoy, de entre los cortos de Pixar sigue siendo “Pajaritos”, una genialidad que tuvo, entre otras virtudes, la de profetizar Twitter y su modus operandi.

            El segundo aspecto, que pueden tener en cuenta al leer mi opinión sobre “Lava” es que odio los ukeleles. Su sonido hace que piense automáticamente en camisas hawaianas. Respecto a estas camisas, mi opinión es aún más estricta de que la de Homer J. Simpson. Nadie debería llevar camisas hawaianas. Si tuviera un reprobable rapto totalitario, casi seguro lo primero que haría sería quemar todas las camisas hawaianas de mis dominios en una gran hoguera.

            Entremos en materia. Breve resumen para aquellos que no han visto el corto. En un océano inmenso hay una isla tropical, que es, en verdad, un volcán. Este volcán, dotado de cierta inteligencia, no demasiada, observa con benevolencia cómo las criaturas aéreas, terrestres y marinas acaban emparejadas. Él, en cambio, está solo. Así que se pone a cantar, al ritmo de un maldito ukelele, hacia una hipotética compañera. Esa canción hace que su fuego interior (ojo a la astuta metáfora) arda durante años, décadas. Pero el fuego se va consumiendo y el volcán se va apagando y hundiendo en el océano. Hete aquí que una volcán subamarina lleva años escuchando embelesada la canción. Canción que también hace arder su interior y la proyecta a la superficie, justo cuando el volcán está a punto de hundirse… y encima con ella mirando en la dirección equivocada, así que no puede verle. El pobre volcán acaba hundido. Y la volcán empieza a cantar, la misma canción. Así que el volcán, enardecido, resurge y forman juntos una sola isla, cantando a dúo.

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            Bueno, desde mi punto de vista no es el mejor cortometraje de Pixar. Ciertamente que hay puntos de interés. Fíjese el lector astuto que, como los volcanes están directamente enraizados en la corteza terrestre y parecen seres de inteligencia, pese a un tanto monotemáticos, el corto puede ser una defensa solapada de la teoría de Gaia. Puede que sobre esto verse la polémica arriba mencionada. También puede discutirse sobre el hecho de que, por hermosa que sea una canción (y la del volcán es bastante insufrible), si es lo único que uno escucha durante lustros acaba un poco harto de ella. Podría haber el trozo de roca ese intercalado alguna cantata de Bach o algo de Iron Maiden, por variar. Además, se ha supuesto que el volcán quería una volcán y la volcán un volcán. Pero, ¿y si él quería otro él y ella otra ella? Sin duda hay discusión por ahí fuera sobre este punto. Porque podía muy bien ocurrir que el interés amoroso de uno u otra no fuera coincidente, aunque, qué duda cabe, aquello podría haber sido el comienzo de una hermosa amistad. De conversación más bien escasa, eso sí.

            Con todo, es la forma de rematar la historia lo que vuelve, creo yo, mediocre a la obra. El final es el peor de los posibles. Había dos alternativos (bueno, hay otro más que se me ocurre, pero implica el despertar de los Primigenios, así que lo dejamos de lado). En uno, la volcán tras décadas de amor hacia alguien que en realidad no ha conocido nunca, constante y fiel, termina apagándose poco a poco y, al hundirse cantando suavemente al océano impasible, termina muda en las profundidades, sin ver al volcán apagado que ha estado escuchando su voz como antes ella la de él, tan cerca y tan lejos de su amada, para siempre. En el segundo, forzando la geología, al hundirse la volcán, terminaría girando sobre su eje, quedando de cara al volcán y allí, viejos y mudos, terminarían sus días en una silenciosa, dulce compañía.

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            Cualquiera de los dos es más hermoso que el elegido, pienso. El primero me parece preferible, ya que desarrolla un tema clásico, no el amor no correspondido, sino el trágico amor correspondido pero destinado a no consumarse jamás. Resulta un final melancólico. Un servidor, al menos en el arte, considera que la melancolía, sin cansinismos, es preferible en los finales que a la alegría galopante. El segundo tiene en su contra que los volcanes acaben juntos, pero al menos han pasado la mayor parte de su vida separados, cantándose sin poder verse, lo cual da un complicado sabor a su unión, más valorada que si se hubiese alcanzado antes, aunque también con la tristeza de los años perdidos

            Al ser el final la parte más importante de un corto (una obra muy breve que tiene el foco puesto caso siempre en él), donde se juega dejar un buen o mal gusto en el espectador, “Lava” es uno de los tropiezos de Pixar. Pero bueno, tampoco es para rasgarse las vestiduras.

            En fin, es lo que opino. Espero que haya acertado con el tema del debate. El de Gaia también me vale, de todas maneras

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julio 22, 2015

Levitas y brujerías

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:08 pm
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            Cuando acabé de ver la primera temporada de “Penny Dreadful” me quedó un regusto agridulce en la boca. Esta segunda temporada, una vez más, tengo sabores encontrados en el paladar. Igual que la primera, se resume en que varias de sus partes son mejor que el todo. Es lástima. Con todo, siempre que no se haga caso a sus afirmaciones en materia de historia, arte, literatura, religión o mitología, no deja de ser una serie bien hecha.

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            Con sus errores y sus aciertos, los diez capítulos de esta segunda vuelta a Londres con Miss Ives y sus compañeros me han resultado más pesados que los ocho primeros. También es verdad que ha habido mejoras. Como resulta siempre más agradable acabar con lo bueno, despachemos en primer lugar los tropiezos. Advierto, caerán spoilers.

            De los tres grandes errores que le vi a la primera tanda, dos se mantienen: la falta de sentido del humor y la desunión del grupo supuestamente protagonista. En cuanto al humor, un grano se puede espigar en algún dialogo entre Mister Chandler y el Inspector Tusk o con el ambiguo Mister Lyle (cuyos parsimoniosos manierismos constituyen un relativo acierto). La desunión es casi total. Vanessa Ives y sólo Vanessa Ives mantiene en relación a los distintos miembros. Casi la serie entera depende de ella. Sir Malcolm, el Doctor Frankenstein y Chandler carecen de una verdadera relación entre ellos. No hay apenas un diálogo, una escena o un instante significativo entre los protagonistas si no está Miss Ives presente.

Helen McCrory as Evelyn Poole and Simon Russell Beale as Ferdinand Lyle in Penny Dreadful (season 2, episode 2). - Photo: Jonathan Hession/SHOWTIME - Photo ID: PennyDreadful_202_4526

Helen McCrory as Evelyn Poole and Simon Russell Beale as Ferdinand Lyle in Penny Dreadful (season 2, episode 2). – Photo: Jonathan Hession/SHOWTIME – Photo ID: PennyDreadful_202_4526

            A estos fallos, debemos sumar otros. A mi entender, esta temporada hubiera agradecido un considerable adelgazamiento. Si me hubiesen dejado a mí las tijeras, Dorian Gray hubiera desaparecido por completo. En la primera temporada su presencia carecía de cualquier sentido. En esta segunda, hasta las dos ultimísimas escenas donde sale, igual. Parece que, por lo que se apunta, hará las veces de antagonista (no el principal) en la tercera temporada. Muy poco, muy tarde, para un ser cuya presencia en pantalla me llena de exasperación. Dorian Gray es, posiblemente, el personaje de la literatura decimonónica peor adaptado en el cine y la televisión; esta versión es otra chapuza. Claro, no ayuda de Reeve Carney sea un actor tan deplorable. Excuso recordar que Gary es, se supone, carismático, misterioso y magnético. Venga, revisen cualquier escena de este zagal y desterníllense.

            Aparte de Gray, las andanzas de Mister Clare (antes conocido como Calibán, o sea, la Criatura de Frankenstein) resultan también cargantes. Aceptaba sus reflexiones nihilistas y melancólicas en los primeros ocho episodios. Pero, por el amor del cielo, ¡otros diez de lloriqueos pomposos con una pátina de lirismo es demasiado! Suponía que ya había asumido su rol asocial, y se había revestido con la fría dignidad del padre de la futura raza de hijos de acero y roca. Pero no.

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             Con todo, el triángulo entre Clare, Victor y la Novia (antes Bonna, una Billie Piper que no hace nada mal su papel) podría haber tenido su interés. Claro que para eso, Clare tendría que haber sido más digno y Victor menos patético. El repentino enamoramiento del Doctor por su criatura es un error. No traten de vendérmelo como una versión sombría de Pigmalión. Sí, yo disfruté como todos de Miss Ives actuando a lo hermana mayor que da consejos a su torpe hermano pequeño con su primera novia. Sin embargo, no se explica la pseudonecrofilia de Frankenstein de manera plausible. Además, la cosa se hace todavía más complicada sin necesidad al convertir el triángulo en un cuadrilátero, con Gray y su cara de niñato pánfilo en la cuarta esquina. ¡Con lo interesante que hubiera sido un Frankentsein extrañamente paternal con su tercera y más acabada criatura, un Clare tratando de llevarla fuera de la sociedad y una Novia que en realidad estaba maquinando por su cuenta! En fin, esto último (si bien de un modo demasiado repentino, un tanto tramposo) se da.

              La trama de Clare con los Putney y su hija ciega es otro de los errores. Es una repetición de lo ya visto en el teatro, pero con más mezquindad por los empresarios y una historia de amor imposible que se esboza, sin desarrollarla apenas; tal vez los guionistas se dieran cuenta del tedio mortal que estaban causando. Sólo espero que, de una condenada vez, el Monstruo sea el Monstruo, con su romanticismo poderoso, desolado, y deje de suspirar como una quinceañera de escaso cerebro.

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              Siguiendo con los secundarios, la historia de Chandler, otra de las paralelas que no se cruzan jamás, sí estaba mejor estructurada. El detective de los Pinkerton fue un enemigo más peliagudo de lo que yo pensaba en principio para el robusto yanqui; nunca hay que subestimar a las comadrejas. El Inspector Rusk, aunque hubiera merecido un secundario con más presencia que Douglas Hodge, no ha dejado de ser un digno representante de la sociedad civil, racional, convencional, en este mundo de hechizos, demonios y horrores.

Helen McCrory as Evelyn Poole in Penny Dreadful (season 2, episode 1). - Photo: Jonathan Hession/SHOWTIME - Photo ID: PennyDreadful_201_1990

Helen McCrory as Evelyn Poole in Penny Dreadful (season 2, episode 1). – Photo: Jonathan Hession/SHOWTIME – Photo ID: PennyDreadful_201_1990

            El gran acierto de esta temporada con respecto de la anterior está, sin duda, en la antagonista. Es cierto, yo esperaba que el Maestro fuera el Conde Drácula y no. El viejo Satanás reclama ese título. Un Satanás no muy sutil, he de decir, por mucho que haya sido divertido el diálogo entre Miss Ives y su yo en forma de muñeca. Ahora bien, el Diablo sabe elegir a ayudantes con estilo. Porque Helen McCrory, la estupenda Tía Polly de “Peaky Blinders”, hace de una villana de las de vieja escuela. El Mal tiene que quedar bien en este tipo de obras. McCrory es la única en la serie capaz de rivalizar interpretativamente con Eva Green. Su regodeo pérfido en sus planes es espléndido; regodeo que hace más notables esos breves momentos de claridad ontológica, por así decir, cuando casi admite que todos sus ardides, todas sus intrigas, todos sus poderes, son vestimentas que ocultan la nada. Ya lo decía Mefistófeles: “En verdad, prefiero mi eterno vacío”. Aunque su derrota fue un poco de levantar la ceja, la verdad.

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             Y, en fin, Miss Ives. Eva Green. LA protagonista. La razón para ver la serie. Su historia es la de verdadero interés, si bien aún no termina de quedar muy claro por qué ella en concreto es la llave del Enemigo para traer el Reino de la Oscuridad sobre el mundo. Da igual. Es Eva Green. ¿Quién puede culpar al Demonio por quererla como consorte? La capacidad de Green como actriz es grande. Puede interpretar una mujer extraordinariamente cortés, delicada, amable, cordial y cariñosa. Una mujer apasionada. Una mujer altiva, segura y fría. Una mujer refinada, culta, inteligente. Una mujer atormentada, hundida, torturada por sus ansias de paz, por su fe asediada. Una mujer temible, siniestra, con todos los poderes de las Tinieblas tras ella, o con todas las legiones del Cielo a su lado. Y nunca deja uno de ver a Miss Ives. Miss Ives, en gran medida gracias a Green, es el personaje más complejo y poliédrico de la serie sin dejar de ser ella misma en ningún momento, sin ser artificiosa. El mejor capítulo de la temporada, sin duda, es el dedicado al pasado, a su etapa en la choza de la bruja de los páramos.

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            Miss Ives, además, se emancipa del todo. En la primera temporada se definía por su relación filial con Sir Malcolm. Eso aquí ha quedado muy en segundo plano. Su atracción, mutua, con Mister Chandler no ha sido estomagante porque ha sido declarada imposible por ella misma en un primer momento y por él en un segundo.

           Así pues, “Penny Dreadful” se ha despedido hasta una tercera temporada. El grupo parece definitivamente disuelto, lo cual tal vez nos permita dejar de perder el tiempo con meras apariencias de una Liga de Caballeros Extraordinarios. Miss Ives se siente por primera vez completamente sola, alejada del mundo y de Dios. El aquelarre ha sido derrotado, aunque aún queda una bruja con ambiciones (no sé si talento y estilo). El Diablo siempre tiene un as en la manga. Y unos seres inmortales (por ahora, dos, uno de ellos un cansino de cuidado) pretenden adelantar a los nazis en sus chifladuras de conquista y dominación del universo por la raza superior.

           Veremos. Esta vez, espero con más recelo que entusiasmo.

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julio 8, 2015

Sin noticias de Holmes

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:13 pm
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            Al cerrar “Mr. Holmes” (título original, A Slight Trick of the Mind) de Mitch Cullin, me embargó una vaga inquietud. Había bostezado unas cuantas veces con una novela en la que Sherlock Holmes aparece en cada una de las páginas. ¡Cómo podía pasar esto! Tras unos minutos me vino la consoladora respuesta: que ese anciano de barba blanca, apoyado en dos bastones y mascando un puro jamaicano era un farsante, no el auténtico Mr. Holmes.

            Desde luego, no voy a refunfuñar que sólo Sir Arthur Conan Doyle podía escribir historias sobre Holmes (y Watson). Ni voy a negar que haya grandes aproximaciones al personaje por otros autores. Soy un acérrimo fan de la serie “Sherlock”, de la BBC, y, siempre que puedo, veo la estupenda “La vida privada de Sherlock Holmes”, una de las maravillas de Billy Wilder (con el llorado Sir Christopher Lee interpretando a uno de los mejores Mycrofts Holmes de la Historia). Así que si Mr. Cullin hubiese triunfado, sería el primero en proclamarlo con gran alegría. Pero no es el caso.

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            Admito que leí el libro en buena parte por curiosidad ante la inminente película protagonizada por Sir Ian McKellen (un actor magnífico al que hace años que no le dan un papel a su altura). Ahora veré el largometraje con mayor curiosidad aún: sé que de noveluchas se hacen grandes películas y mantengo la esperanza de que sea el caso.

            Estamos en el año 1947 y el supuesto Mr. Holmes lleva décadas retirado en una casa de campo de Sussex. Hasta ahí, bien. El Doctor Watson nos advertía del retiro de Holmes, donde, entre algún que otro ataque de reumatismo, se dedicaba tan campante a la apicultura, en la nota previa a “El último saludo de Sherlock Holmes”. ¿Qué iba a encontrarme, pensaba yo en esas primeras páginas? ¿Un caso que venía a sacarle de su apacible vida campestre, ayudado por el despierto y silencioso hijo de su ama de llaves? ¿O, tal vez, al gran cerebro apagándose, por la edad, con un Holmes enfrentado a sus límites, en un drama como Dios manda? ¿O, y esta era la mejor opción, ambas cosas? Pues ninguna de ellas.

            Sí, hay un caso. Sí, el pseudo-Holmes se da cuenta de que su memoria ya no es lo que era. Pero nada tiene demasiado interés. Hay tres arcos que se entrecruzan en esta novela. La vida del anciano entre sus abejas, con el ama de llaves y el hijo de esta. Un caso que Holmes se pone a escribir, rememorándolo. Un viaje a Japón. O sea, Holmes cuida de sus abejas, Holmes recuerda una batallita, Holmes va de viaje. Como diría Moriarty, ¡vaya por Dios, Mr. Holmes, vaya por Dios!

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            La parte en Sussex es tremendamente aburrida. Da ciertas pinceladas de la enclaustrada vida del supuesto ex-detective, tiene lugar una tragedia azarosa y poco más. Hay algún apunte aislado sobre las menguantes (aunque tampoco es para tanto) capacidades mentales del protagonista. Sin embargo, Mr. Cullin retrocede ante la opción de indagar más en esa mente, en ese espíritu. Nos hurta un examen psicológico hondo, tal vez por suerte. Nos quedamos sin sentir, o, al menos, yo no lo sentí en ningún momento, un ápice de preocupación, interés o simpatía por el vejete que de cuando en cuando no recuerda cómo llegó a esta habitación y gruñe para sí mismo.

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            La parte japonesa es aún peor. Aparte de ciertas reflexiones superficiales sobre la bomba atómica, algunas curiosidades culinarias niponas y ver al pseudo-Holmes de parranda con un digno caballero japonés, sigo sin verle el menor sentido a todo lo que ocurre durante ese viaje. Cada capítulo dedicado a Japón terminaba con un “ajá, ajá, ¿y qué?”, por mi parte. La indagación del señor Umezaki sobre su perdido padre en los recuerdos de su invitado inglés es de un tedio insoportable.

            ¡Y el caso! ¡Por el amor del cielo! Mr. Cullin parece creer en ocasiones que hasta que no llegó él nadie había hecho que Holmes escribiera un caso propio. Para empezar, Conan Doyle ya lo hizo en, al menos, una ocasión (“La aventura de la melena de león”). Estamos de acuerdo, creo, casi todos los lectores del verdadero Holmes que cuando Watson toma la pluma la cosa mejora literariamente, pero en fin, eso no deja de ser una cuestión de perfeccionismo. Si el caso nos atrapa, ya hay mucho ganado. Pero este relato insertado en la novela demuestra que escribir una buena historia de detectives, como sabía Chesterton, es muy complicado. El caso de “La armonicista de cristal” no entraría en ninguna antología detectivesca, mucho menos en una holmesiana. No hay por dónde cogerlo. La razón honda de por qué se mete en la novela es risible. Holmes, parece, entra en melancolía y reflexiona sobre la falta de amor en su vida.

            No voy a reírme de la idea de un Holmes melancólico y amante. Se ha hecho. Y se ha hecho bien. Irene Adler, en el relato y en la serie de la BBC antes citada, es obvio que engancha a Holmes. En la película de Billy Wilder, Holmes está enamorado hasta la barbilla del personaje femenino principal. Pero montar todo un caso, que no tiene ni misterio, ni gracia, para decir que Holmes, en un encuentro breve, quedó obsesionado con la mujer de un cliente, sin más, y luego acabar la novela… Esto suena un tanto a estafa. Además, insisto, hablar de amor con Holmes y no mencionar a Adler, no tiene sentido alguno.

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            Salvo en pequeñas ráfagas, no reconocí a Holmes en una sola página. Las burlas a su famosa gorra de cazador eran esperables, ya se han hecho, pero aceptables. El que Holmes diga que siempre llamó John a Watson no sólo contradice de plano la fuente original, contradice a la era victoriana entera. Cierto que Benedict Cumberbatch llama “John” a Martin Freeman; pero en una adaptación al siglo XXI. Lo ordinario en nuestra época es tutearnos y llamarnos por el nombre propio. Pero dos amigos íntimos e ingleses decimonónicos antes se hubiesen dejado quitar el opio que no usar los apellidos. “-Si cogemos el tren de las 8:15 de Warterloo estaremos allí a media tarde, John –Vamos allá, Sherlock”. ¡Por favor!

            Hagan este experimento: piensen que el protagonista de la novela no es Mr. Holmes. ¿Qué queda? Una novelita olvidable, bastante mediocre, que casi nadie hubiese leído. Piensen que es Mr. Holmes. ¿Qué hay? Un insulto a muchas horas, años, siglos de lectura. Elijan ustedes.

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