Con un vaso de whisky

diciembre 21, 2012

Humbug!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:43 pm
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            Me da igual lo que El Corte Inglés o la Lotería digan: hasta el 25 de Diciembre no hay Navidad que valga. Pero mientras llegan tan entrañables fechas, pueden hacerse preparativos. Cada cual tendrá sus ideas sobre la Navidad, pero hasta los más devotos del Grinch la homenajean, siquiera con su malhumorado desprecio –digamos de paso que éste es más digno de respeto que el azúcar pringoso que toma al asalto escaparates y altavoces.

            En aras de la hermandad universal (ya saben lo poco que me gusta el caos y la confusión), hago una recomendación, espero, del gusto de todos. Charles Dickens. Michael Caine. Los Muppets (Teleñecos, Teleñecos… ¿Qué es eso? Ni una tele ni un muñeco). The Muppet Christmas Carol.

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            Pongamos las cosas en su sitio. Si no han leído la novela original, tienen ustedes una laguna de tamaño del Mar Negro. Me sorprendería que estuvieran en este caso, también se lo digo. Porque A Christmas Carol (traducida bien como Canción de Navidad, bien como Cuento de Navidad) no es la mejor obra de Charles Dickens, pero es, sin la menor duda, la más conocida, la más leída y la más adaptada. También la más breve. Y, si descontamos esa creación mágica que es Los papeles póstumos del Club Pickwick, la de menor carga social. No inexistente. Scrooge es un prestamista usurero y especulador. La avaricia es el pecado que siempre se asocia con este individuo, pero es tan codicioso como avaro. Acumula créditos y dinero, para luego vivir en una miserable estrechez.

            En fin, hablando de las múltiples adaptaciones que se han realizado, unas son mejores, otras son peores. La peor que yo he visto era una versión de los cincuenta, creo, no sé si inglesa o estadounidense. Cierto que la tuve que ver doblada (horror), pero me temo que sólo eso no justifica el espanto que sufrí. Amén de un Scrooge sobreactuado, se unieron una cocinera inexistente en el original (e ilógica), unos Fantasmas patéticos y, aún peor, un tipo en un sillón, con batín y un ponche que se atrevía a cortar la película a cada cambio de escena, para recordarnos, por si no nos habíamos dado cuenta, de lo buenos que eran los actores, lo buena que era la novela y lo buena que era la adaptación. Sólo una de esas afirmaciones era verdadera.

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            La mejor adaptación que he visto es la de los Muppets. Con diferencia. El humor muppetiano se une a la ironía y al absurdo dickensiano. Cuando Dickens se pone empalagoso puede ser el más empalagoso de los escritores y los Muppets, ese es su peor defecto, caen en el mismo error. Así que imaginen lo que se hace en esta versión con el Pequeño Timmy, personaje querido por generaciones, para mi incredulidad (que su supervivencia alegre tanto a narrador, lectores y Scrooge me rebasa). Pero el Pequeño Timmy aparte, todo lo demás, grande.

            Empezando, claro, por Mister Ebenezer Scrooge. Sin Scrooge no hay obra. Mientras casi todos los demás personajes son criaturas bastante planas (y perfectas para que los Muppets los posean y les den más brío, recalcando sus características, por así decir), con su protagonista Dickens deja fluir el verbo:

            ¡Ah, pero Scrooge era un auténtico tacaño! ¡Un viejo y codicioso pecador que agarraba, estrujaba, arrancaba, arrebataba y despojaba! Era duro y afilado como el pedernal, del que ningún eslabón había logrado sacar jamás una chispa de generosidad; y cauto, cerrado y solitario como una ostra. Su frialdad interior acartonaba su viejo semblante, congelaba su nariz puntiaguda, secaba sus mejillas, envaraba su paso, enrojecía sus ojos, amorataba sus labios delgados y volvía acerada su voz chirriante. Una gélida escarcha le cubría la cabeza, las cejas, la hirsuta barbilla. Siempre llevaba consigo su baja temperatura; helaba su oficina en los días de bochorno y no deshelaba ni un grado en Navidad.

            Hacía falta introducir con igual fuerza a Scrooge en la película. Y se consigue con esta canción, en la que la cara del cruel prestamista se nos escamotea hasta el último segundo, pero en la que los londinenses de traporetratan certeramente y con ironía al protagonista (las señoras bondadosas que cantan eso de He must be so lonely, he must be so sad, and he goes to extremes to convince us he is bad. He is really a victim of fear and of pride: look close and there must be a sweet man inside… para entonar un unánime “Nah” cuando Scrooge pasa a su lado es la guinda):

            ¡Y ahí está Michael Caine! El señor Caine dice que éste es uno de los papeles que más disfrutó interpretando y se le nota. Su paso del despiadado hombre de negocios del principio (seguramente, donde mejor se lo pasó actuando) al excelente individuo que baila por las calles en Navidad es todo lo matizado que permite una película de hora y media llena de marionetas. Es normal que Scrooge (descontando su sobrino Fred y su perdido amor Belle) sea el único personaje interpretado por un actor. Es el único personaje que se retrata con cierta profundidad psicológica y hacía falta un rostro humano, un rostro que supiera dar vida a un ser despreciable y a un ser amigable. Caine fue una elección magnífica y le concedo mucho del mérito de la película.

            Todos los Muppets, no se confundan, son ideales para sus papeles- hecho en falta, eso sí, la presencia del Conde; el Conde siempre fue mi Muppet preferido y es lástima que no se le haya dado un papel. El Gran Gonzo como narrador y autoproclamado Charles Dickens, junto con Rizzo la Rata, quien se interpreta a sí misma, dan un dúo cómico resultón que, además, permite intercalar citas casi literales del original literario. Kermit (Gustavo por estos lares) era una elección obvia como Bob Cratchit, al igual que Miss Peggy era la elección obvia para su esposa, no sólo por esa relación tan fogosa que ofrece demasiadas opciones para los chistes procaces y que no vamos a aprovechar hoy. El Doctor Honeydew y Beaker son unos muy logrados caballeros caritativos. Statler y Waldorf, los vejestorios aguafiestas, dan vida a los difuntos socios de Scrooge, Jacob y Robert Marley, que son ejemplo para todo alto ejecutivo desde hace siglos. Sí, en el original, Jacob Marley no tenía ningún hermano, pero esto se llama licencia poética y si permite este fantasmagórico número musical, bienvenida sea (la escena completa, por desgracia, no la he encontrado):

            Después de Scrooge, Canción de Navidad es recordada por los fantasmas de las Navidades Pasada, Presente y Futura. El Fantasma de la Navidad Pasada no es muy memorable, salvo para contemplar la triste infancia de Scrooge (el primer momento de la novela en la que Dickens muestra piedad por su personaje: Junto a un débil fuego, había un niño solitario leyendo; y Scrooge se sentó en un banco, y lloró al verse a sí mismo, pobre niño olvidado, tal y como había estado siempre) y su sacrificio de su único amor humano por su más duradero amor por el dinero.

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            El Fantasma de la Navidad Presente es muy diferente: es sin duda el más amable, chispeante, benévolo y entrañable de todos. Es el que mejor está plasmado en la película, con un Muppet orondo, un poco a lo San Nicolás, un poco a lo Falstaff, lleno de buen humor. Y con otra aceptable canción de la obra (por cierto, las adaptaciones de la letra al español, aparte de ser malas en tanto que doblaje, vuelven insoportables casi todas las piezas musicales de la película), además de las que ya hemos vista, una danza por la ciudad en la que Scrooge sonríe sin malignidad por primera vez en muchos años:

            Sin duda porque no deseaban enturbiar el espíritu cómico de la obra, quizás por falta de tiempo, los responsables de la película dejaron fuera una escena muy dickensiana, una alegoría sombría, en la que el Fantasma muestra a un espantado Scrooge a una pareja de niños gemelos. El Espíritu adopta entonces un aire de Profeta del Antiguo Testamento: –Son hijos del hombre- dijo el espíritu, mirándolos. Y se aferran a mí suplicantes, huyendo de sus padres. Este niño es la Ignorancia. Esta niña, la Indigencia. Guárdate de ellos y de los de su especie; pero, sobre todo, guárdate de este niño, porque en su frente veo escrita la palabra Condenación, a menos que sea borrada. ¡Recházala!- exclamó el espíritu, extendiendo la mano hacia la ciudad- ¡Calumnia a quienes te la digan! ¡Admítela para tus fines perversos y empeórala aún más! ¡Y espera el final!

            Esta despedida bastante lúgubre prepara el camino para el tercer Fantasma, el enigmático Fantasma de las Navidades Futuras. También aquí la película está a la altura: el espectro es el más siniestro de todos, sin nada del humor negro de los Marley para compensar. Impasible y silencioso, lleva a Scrooge hacia un futuro triste, pesado, donde sólo unos cuantos comerciantes glotones y un puñado de carroñeros harapientos parecen encontrarse en su salsa. El Pequeño Tim ha muerto (¡hurra!) y a un devastado Scrooge se le muestra su propia tumba, tras probar que el único rastro que dejará tras de sí en este mundo es el de la indiferencia o el frío placer de sacar beneficios de su muerte.

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            ¡Ah, pero Scrooge despierta el día de Navidad! Despierta cambiado, risueño, alegre y lleno de esperanza. Sí, conforme, a mí también me gustaba más el Scrooge del principio, pero como ya hemos llegado al final, Michael Caine sigue siendo Michael Caine y los Muppets son siempre simpáticos, podemos observar con cierta tolerancia la reaparición del pesado de Tim y el cántico final. Bueno, no. No, a tanto no puedo llegar, lo siento.

            Ahora, vayan a comprar un pavo y yo pongo la bebida. ¡Paparruchas! Humbug!

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