Con un vaso de whisky

junio 30, 2011

Brothers and sisters

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            En Carnivàle hay casi tantos momentazos como escenas. Raro es el minuto que no sea digno de mención, bien por aspectos simbólicos, estéticos, por ser reveladores de personajes o por desarrollo de la trama. Con todo, algunos se elevan incluso por encima de la altísima calidad media. Y entre ellos se cuentan, al menos, dos discursos del Hermano Justin.

            Antes de continuar: si, a pesar de mis recomendaciones, no han visto aún -en versión original, por supuesto- esta espléndida (e inconclusa) serie de la HBO, dejen de leer y a ello. Porque es seguro que les arruinaría el placer de ir descubriendo algunos de sus secretos por vez primera. Si, en cambio, ya están en el grupo de sus seguidores devotos, pueden seguir, salivando como yo al rememorar estos momentos.

            Justin pronuncia varios sermones/discursos a lo largo de la historia. Uno los rasgos más característicos, si no el que más, de este personaje es su voz (la grandísima voz de Clancy Brown), su capacidad oratoria, de la que da muestras prácticamente desde que nos lo encontramos en su pequeña iglesia californiana. Pero, al igual que Justin va creciendo en maldad, crece también en poder oratorio.

            Tras su particular destierro, vagando por los caminos, herido por una súbita iluminación en un puente sobre un río, encerrado en un hospital psiquiátrico, donde toma mayor conciencia de sí mismo, Justin vuelve a casa. Hace una entrada calculada en la iglesia del buen reverendo Norman Balthus, interrumpiéndole y asegurándose la atención incondicional de toda la congregación.

            Ahora, he buscado esta escena para poder acompañarla, pero no hay manera de encontrarla. Bien que lo siento. Tendremos que conformarnos con mis palabras.

            Justin se dirige a los fieles con unas primeras palabras reconfortantes: “He viajado por el desierto y he regresado con el amor del Señor en el corazón”. Pero entonces, el tono cambia de manera súbita: El Mal existe, hermanos. Empieza aquí una etapa esencial del discurso, marcada por un astuto uso de la repetición, de la enumeración, cadenciosa, poderosa. Caminando entre su audiencia, alto como una torre sombría, Justin lee las almas y proclama impasiblemente sus pecados. Nadie se atreve a mirarle, todos están desconcertados, avergonzados, temerosos. ¡Ah, pero Justin se une a la lista! Se acusa del más grave pecado, se acusa de asesinato y cuando el público aún no se ha repuesto, aclara: En mi mente he matado a hombres, una y otra vez. Y entonces, una variación que en inglés posee una gran fuerza, que culmina esta primera etapa: I am an evil man. I am a sinner man. I am a man!

 

            Esto es monstruosamente astuto. Ni siquiera Iris comprende qué está haciendo su hermano aún. Hasta ahora ha hundido a su auditorio, hundiéndose con él Y como buen predicador, Justin sabe que sólo tras caer hasta lo más hondo puede lograrse un ascenso vertiginoso, eufórico, acrítico. Comienza su segunda fase: Pero podemos salvarnos, hermanos. Las frases tienen ahora un sabor veteotestamentario en el más negativo sentido, tan del gusto de ciertas comunidades cristianas. Salvarnos no por la oración, ni por el estudio, ni por la discusión, ni por la caridad. Por la sangre y el fuego. Por la sangre de la expiación y el fuego de la resurrección. Podría uno pensar que Justin está siendo sólo extremadamente enfático, que habla en signos, si no fuera porque su discurso se vuelve guerrero. Justin está preparando, ya desde este momento, las legiones de seguidores que luego le aclamarán en su ciudad de Nueva Canaán.

            En esta escena hay cuatro personajes más y la misma sirve de microscosmos: cada uno de ellos actúa aquí como actuará posteriormente en relación con Justin. Norman Balthus, desconcertado, asustado y, en última instancia, horrorizado ante su hijo adoptivo. Tommy Dolan, el oportunista locutor, capaz de vislumbrar el potencial que hay en Justin, pero completamente ciego ante su esencia y cuantía, ignorante de que no es sino un peón en el juego de los hermanos Crowe. La masa, hipnotizada, seducida, arrastrada. E Iris, la mujer de atrás, la colaboradora imprescindible, ¿la que mueve los hilos o un títere más, una aliada o una adversaria de Justin?

            En cualquier caso, la que más se acerca a comprenderle, porque cuando Justin pide ser bautizado de nuevo, sellando así su renacimiento, es Iris quien entiende que la congregación está a punto de seguir a Justin, pero sólo a punto. Necesitan que alguien dé el primer paso, para seguirle, igual que una avalancha sigue a las primeras piedras desprendidas. Iris da ese primer paso. Es un instante crítico, y todos los actores, con el juego de miradas, cumplen a la perfección.

            Por tenebrosamente grande que se haya mostrado Justin, su revelación no ha concluido. Aún cree ser la Mano Izquierda de Dios. Sin embargo, cuando indaga en el espíritu de Norman, buscando su mayor pecado para quebrantarlo anímicamente, la sorpresa se la lleva él no menos que el reverendo Balthus. Criar a Justin fue el mayor pecado de Norman. Y Justin Crowe entiende. Pide a Norman que lo mate, que acabe con su vida, antes de que sea demasiado tarde. Pero Norman es incapaz de asesinar a su hijo adoptivo. Y la Oscuridad se alza de una vez.

            Es el final de la primera temporada. Los hilos de las distintas tramas se entrelazan. Las maquinaciones de la misteriosa Administración, con Samson, Lodz y Ben a guisa de piezas empiezan a fructificar. El trágico destino de Sofie avanza otro paso. Justin, desde las tinieblas, habla por primera vez a través de la radio. Y su voz se extiende, lo unifica, lo atrae todo. Ese chasquido de dedos, ese tic-tac del reloj cósmico. El Heraldo de la Oscuridad clama, usando el nombre de Dios para sus fines. Su reino de los mil años se acerca, naciendo, como predijo, de la sangre y el fuego, de la muerte y la resurrección.

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junio 23, 2011

Obra Maestra

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:00 am
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            Por fin. Por fin, tras un año de espera. En julio vuelve Breaking Bad. Y aunque no me gusta unirme a las fiebres seriéfilas que cada estreno o retorno provocan por la red, esta vez hago una excepción. Hacía tiempo que le debía a esta obra maestra una humilde introducción y una entusiasta recomendación, para todos aquellos que no la hayan visto. Dejándome mucho en el tintero.

            Comencé a ver la criatura de Vince Gillian en mi última fase de depresión post The Wire. Viéndome tan alicaído, un viejo amigo, de juicio impecable para libros, películas y series, me la aconsejó. Y, el muy desgraciado, logró convertirme una vez más en deudor suyo.

            Porque quedé boquiabierto ante la pantalla desde el principio. Y, a medida que iba viéndola, capítulo a capítulo, sin atragantones, degustando su sabor amargo, más boquiabierto quedaba. De sorpresa, primero, de maravilla, luego, de entusiasmo, al final.

            La historia, o mejor, dicho, el inicio de la misma es rápido de contar. A Walter White (Bryan Cranston), un profesor de química en un instituto, se le diagnostica un cáncer inoperable e incurable. Con pocos meses de vida en su haber, Walter decide hacer cuanto pueda para dejar a su familia en una holgada situación económica. Así, White contacta con un antiguo alumno suyo, Jesse Pinkman (Aaron Paul), ahora camello de poca monta, y le hace una proposición: asociarse para fabricar y distribuir las mejor metanfetamina del mundo.

            Breaking Bad puede aplicarse las palabras de Chesterton en un relato del padre Brown: Los hombres pueden mantener un cierto nivel de bondad, pero ningún hombre ha sido capaz de mantener un nivel de maldad. El camino es descendente. Esta serie es el descenso al corazón de las tinieblas por parte de un hombre común, con sus virtudes y sus defectos. Ver a Walter White en el piloto y ver a Walter White en el final de la tercera temporada es ver a dos personas, al inicio y en medio de su viaje tenebroso.

            Poco o nada hay de calidad media aquí. Los guionistas se merecen los elogios más desaforados que se nos puedan ocurrir. La fotografía es magnífica, hasta el punto que esta serie forma parte del club de series televisivas reconocibles por su color. Unos colores anaranjados o amarillentos, secos, polvorientos, calurosos y despiadados como el sol.

            Los actores están a la altura (altísima) que les exigen los escritores, bordando sus personajes. Breaking Bad tiene relativamente pocos. Aun cuando, temporada a temporada, vamos agrandando el cuadro, ampliando el radio de actividades, y, como es lógico, más gente se une a la fiesta. De este modo, por cierto, los personajes varían de distintas maneras: bien evolucionan (aquí, de los secundarios, colocaría a Skyler, la esposa de Walter), bien se nos van revelando (como Hank, cuñado, agente pit-bull de la DEA, cada vez más sagaz), bien quedan en su exacta perspectiva (y en este caso está Saul Goodman, miembro de la ilustre familia de abogados miserables; cuando Walter y Jesse lo conocen, parece una enciclopedia de conocimientos del submundo, pero cuando entran en escena los tiburones del crimen, queda reducido a lo que es, un pez piloto).

            Y, por supuesto, están Bryan Carston (cinco segundos y el padre de Malcolm queda en el olvido) y Aaron Paul. Walter White y Jesse Pinkman. Si hablamos de evolución y revelación, se llevan la palma. Pocos, poquísimas veces he visto cambiar tanto a dos seres en televisión. Sin giros en redondo ridículos y sin fundamento (es decir, lo que le hicieron a mi antaño estimadísimo Benjamin Linus los estafadores de Lost). Cambian, cambian mucho, pero, como en la vida, y habiendo puntos de no retorno, es difícil señalar con precisión cuándo, cuándo un apocado maestro se transformó en una mente maestra del delito y cuándo un patético perdedor se convirtió casi en la única brújula moral orientada.

            Con diálogos excelentes, unas tramas que van extendiendo sus tentáculos, capítulos inolvidables, ejercicios de estilo, humor negrísimo, Breaking Bad es una de las series más implacables, ásperas, crueles, absorbentes y magníficas de la Historia. Es, como me dijo mi amigo, la serie que Cormac McCarthy hubiera querido escribir.

junio 14, 2011

Duelistas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:59 pm
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            No, no me refiero al relato de Joseph Conrad, muy bien adaptado al cine por Ridley Scott. Los duelistas del título no se enfrentaron sobre un campo, al alba, cada uno armado con una espada y un puñal. Su enfrentamiento se hizo por medio de la palabra libre frente a la censura, la amenaza y la hoguera. No tenía por causa un desaire insignificante, sino la misma independencia de pensamiento, la libertad de conciencia. Sebastian Castellio, era uno. Jean Calvin, Calvino, el otro. Y Stefan Zweig, el narrador.

            Es para mí un misterio que nadie, jamás, en toda mi etapa formativa, me haya hablado, desde el puesto de educador, sobre Zweig, sus obras y, en especial, sobre la magnífica Castellio contra Calvino. Este ensayo debería leerse tal vez durante la educación secundaria, pero, sin duda alguna, en la Universidad. Si me apuran, les diré que con indiferencia hacia la carrera que se estudie. Porque tan necesaria es su lectura tanto para un ingeniero como para un biólogo, para un jurista como para un químico. Qué diablos, sería necesario haberlo leído para ejercer el derecho al voto.

            En su introducción, Zweig describe su libro como un esfuerzo por reivindicar la figura de Sebastian Castellio, humanista y hombre de fe, totalmente olvidado, uno de los primeros, más consecuentes y finos defensores de la libertad de pensamiento y religión, un hombre al que, de común acuerdo, sus contemporáneos no sólo ponderaron como uno de los hombres más sabios, sino también como uno de los más nobles de su tiempo. Aún hoy hemos de saldar una deuda de agradecimiento frente a este olvido y expiar una terrible injusticia.

            El gran tema de fondo que bulle debajo del combate histórico no es sino la lucha entre el totalitarismo frente a la libertad de conciencia, la tentación eterna de imponer una idea, la que sea, el “-ismo” que ustedes prefieran, por la fuerza, a los demás. Hasta la más legítima de las verdades, si es impuesta a otros por medio de la violencia, se convierte en un pecado contra el espíritu. Esta frase de Zweig debería grabarse en unos cuantos muros.

            Con la maestría que le caracteriza, Zweig nos va desgranando el contexto, el origen, el desarrollo y la conclusión del duelo. Siendo todo el libro una maravilla, los primeros capítulos tal vez sean los más trabajados y los más inquietantes. En ellos se nos describe como una ciudad, un Estado, una República democrática, se entregó en manos de un hombre de genio, que la transformó en una dictadura espiritual de perfección casi total. En el ascenso de Calvino y, en especial, en la instauración de la llamada “discipline” pone en juego Zweig sus más espléndidas dotes de narrador.

            Por cierto que el autor, mientras denuncia a los fanáticos, lanza un buen rapapolvo a los intelectuales que se quejan en privado y callan en público. Algo que también hace en su breve biografía sobre Erasmo de Rotterdam (se ve que nadie, pero nadie, anda libre de culpa en el mundo). Bastante sobre intelectuales frente a fanáticos sabía el mismo Zweig (Austria, 1936: ¿ven por dónde van los tiros?).

            Al comentar la biografía que consagró a Joseph Fouché, ya aseguré la capacidad de Zweig para el retrato psicológico. De hecho, su Fouché me confirmó lo que había visto en este otro ensayo, que leí antes. Y si en dicha biografía describe a un político de genial amoralidad, en este ensayo contrapone dos figuras opuestas hasta el más mínimo detalle. Salvo por un punto: su honradez.

            Porque por implacable que sea Calvino, por férreo, metódico, despiadado e intolerante que se muestre, de su buena fe no se duda. Esta es una característica de todo fanatismo, que, vimos ya, advierte Amos Oz. Un fanático está totalmente convencido no sólo de andar en posesión exclusiva de la Verdad Absoluta sino de su obligación de establecerla por cualquier medio. Calvino, organizador de primer orden, consagra su vida a establecer la Jerusalén Celeste sobre la Tierra, su interpretación de lo que debería ser el Reino de Dios. No admite discusión, discrepancia ni corrección. Dogmático inmovilista, duro consigo mismo no menos que son sus súbditos, terriblemente honesto.

            Castellio es igualmente honrado e igualmente creyente. Pero donde Calvino ve un Código rígido que no busca proteger, sino esclavizar a la Humanidad como medio de salvación eterna, Castellio ve, justamente, la liberación del hombre. Donde Calvino se arroga fríamente la única Verdad, Castellio se muestra apasionado, aunque humilde. Y donde Calvino tiene a los tribunales, a las universidades y a los púlpitos, Castellio está solo.

            El combate definitivo lo desencadena el conocido Caso Servet. No se muestra tampoco Zweig particularmente indulgente con Miguel Servet, aunque le reconoce toda la dignidad que supo mantener este individuo enfebrecido, idealista pero exasperante, zigzagueante, en sus últimos días: juzgado, condenado y cruelmente ejecutado. Aquella Ginebra quemaba a quienes se oponían a su dogma igual que aquella Roma.

            Esto es demasiado para Castellio quien, sabiendo muy bien dónde se mete, conociendo desde hace años a Calvino, tiene el atrevimiento de denunciar al todopoderoso reformador en uno de los primeros (si no el primero) manifiestos a favor de la libertad de conciencia que ha visto Europa. Al exponer el escrito, que toma la forma de un estudio erudito sobre la definición de la herejía y la licitud de castigar a los herejes, y, más tarde, el examen impecable al que Castellio somete el proceso contra Servet (una especie de apelación ante toda la comunidad intelectual), Zweig se entusiasma. Cede la palabra casi por completo al sabio del siglo XVI, limitándose a recalcar las frases, a señalar la lógica imperturbable, sobria e irrefutable del razonamiento de Castellio.

            Y, por fin, las consecuencias: Calvino pone en marcha la maquinaria. La lúcida crítica de Castellio no logra apenas ver la luz. Su nombre es vilipendiado. Se presiona a las Universidades para que no den trabajo al humanista. Nadie le defiende en público, ni se opone a la campaña de desprestigio. Castellio morirá solo, agotado, honrado por sus pocos colegas y estudiantes.

            Están tardando en ir a su librería. Editorial El Acantilado, que ha puesto a disposición del público buena parte de las obras de Zweig. Se la leerán de un tirón, para luego ir releyéndola. Quizás se depriman un tanto, si no son de humor negro, al ver que hoy, siglos después, las palabras de Castellio no han perdido importancia: “Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre.”

Imágenes: Jean Calvin, Sebastian Castellio, Miguel Servet

junio 6, 2011

En nombre de Dios

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 9:34 pm
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            Casi todos los cineastas, supongo, que deciden rodar un documental sobre un tema complejo saben que su obra será incompleta. “Quien mucho abarca, poco aprieta”, podría ser el lema de todo documentalista. ¡Entonces nada de tocar temas complejos! ¡Si algo es incompleto, no os digno! Así nos quedarían tres alternativas: bien sólo hacer documentales sobre asuntos intrascendentes, bien restringir el estudio a aspectos muy concretos, bien realizar películas interminables.

            Los hermanos Gédéon y Jules Naudet se habrán encontrado en la misma situación. Tras vivir en el mismo World Trade Center los atentados del 11-S, se embarcaron en un viaje por todo el mundo. A lo largo del mismo, convivieron y entrevistaron a varios líderes espirituales y religiosos. En el nombre de Dios fue el resultado.

            No se trata de un documental apologético, ni maniqueo, ni agresivo. Tras verlo, no sé cuáles son las creencias de sus autores, que se quedaron en un prudente segundo plano. Tanto creyentes como no creyentes pueden verlo, encontrándolo interesante. E incompleto, desde luego.

            Cuestiones tales como la existencia de Dios, la relación entre la duda y la fe, el diálogo interreligioso, los aspectos sociales o políticos de la religión, el terrorismo integrista o la respuesta ante el dolor y la muerte no son menores, ni sencillas. Si además se plantean a varias personas, judías, musulmanas, cristianas, budistas, hindúes, sijs o sintoistas, con vidas y opiniones diversas, la complejidad crece. Es imposible entrar en un debate profundo sobre cada una de ellas en menos de dos horas de documental.

            Estoy convencido de que hay muchas horas rodadas que se han quedado fuera en aras de lo posible. Quizás los Naudet deberían haber realizado una serie de documentales. Tal vez deberían haber centrado cada entrega en una pregunta distinta o en una religión o personaje concreto. Porque así es difícil conocer al entrevistado y ahondar en sus respuestas. Claro que es muy cómodo hablar. Realizar un documental y distribuirlo no es tarea simple. Ni barata.

            Sin embargo, mi juicio de este documental no es negativo. Creo que, a la vista de sus limitaciones, los Naudet lo plantean como un inicio. No se dan respuestas definitivas. El documental busca más incitar a indagar, preguntar, discutir, que contestar de manera absoluta. Busca encontrar puntos de acuerdo, para avanzar. Las secuencias intermedias presentando a los distintos líderes preparándose para sus ritos, orando, comiendo o charlando son buen indicio de una intención confesa de los realizadores: aproximarse a esos hombres y mujeres de Dios como tales hombres y mujeres.

            ¿Me hubieran gustado unas entrevistas más prolijas, más concienzudas y, en ocasiones, más incómodas? ¿Me hubiera gustado que se diera voz directa a los ateos, que se merecen tanto respeto como los religiosos? Sí. Pero acepto que el ánimo detrás del largometraje era animar a ese debate, desde un respeto mínimo. Si, por ejemplo, se quisiera usar este documental en unas sesiones de reflexión sobre las religiones o sobre el ecumenismo, debería servir de obertura, no de conclusión.

            Como muestrario de distintas sensibilidades, de distintas fes que, sin embargo, tienen vínculos, el documental funciona. Como rechazo de la intransigencia y la xenofobia, el documental funciona. A mí algunos de los entrevistados me cayeron mejor que otros, pero casi todos me dieron la impresión de mentes dispuestas al debate.

            Eso es mucho. Y es necesario. Pero no es suficiente. Es algo incompleto. Completémoslo.

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