Con un vaso de whisky

agosto 19, 2014

El Corcovado con jazz

 

            Vamos a tener, parece, segunda temporada de “The Hollow Crown”. Ya me despaché sobre las adaptaciones de “Ricardo II”, “Enrique IV, partes I y II” y “Enrique V”. La BBC planea ahora darnos las tres partes de “Enrique VI” y finalizar con una de las obras más célebres de Shakespeare, “Ricardo III”. Y para interpretar al temible jorobado Gloster han escogido a Benedict Cumberbatch, que es un señor actor. Su colega en la brillante “Sherlock”, Martin Freeman, que es otro señor actor, ha tenido muy buenas críticas en el teatro londinense en el mismo papel, por cierto.

            Espero con interés a Mr Cumberbatch como el Duque de Gloucester. Mucho tendrá que hacer, sin embargo, para quitarme de la cabeza a mi particular Ricardo III. Porque al primero que vi yo en este papel fue al enorme Sir Ian McKellen. Y lleva acompañándome desde entonces.

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            “Ricardo III”, en versión de Richard Loncraine, guión conjunto con Sir Ian, es una película muy apreciable, pero que, como no es tampoco una obra maestra, ha quedado lago olvidada. Yo la vi gracias a un excelente profesor de Literatura que tuve en mi adolescencia. Decidido a meternos el gusano de la lectura, no sólo nos recomendaba varios títulos al mes para leer, al margen de las obras obligatorias, y no sólo nos daba puntos extras en los exámenes si además de contestar a las preguntas transcribíamos poemas de la época que estuviésemos estudiando, sino que veíamos películas basadas en novelas y obras teatrales de grandes autores. Una de ellas fue esta “Ricardo III”. Fue mi primer contacto con Shakespeare. Calculen la deuda que tengo con este hombre.

            Ricardo III no es el más grande villano de Shakespeare. Yago y Edmund, en mi opinión, se disputan ese honor. Pero es un malvado de respeto, y Loncraine y McKelln supieron aprovechar todas las virtudes del personaje para que les saliera una película casi redonda.

           McKellen, hombre que conoce muy bien la obra shakesperiana, cambia la ambientación: de la Edad Media a los años treinta. La Guerra de las Rosas se combatió aquí con fusiles y tanques, no con espadas y caballos. En vez de jubones, se llevan gabardinas. Pero el texto sigue encajando a la perfección, los temas no chirrían en absoluto al acercarlos a nuestros tiempos, la psicología de los personajes es completamente verosímil. Así que Ricardo puede regodearse en su perfidia mientras escucha discos de jazz y se fuma un cigarrillo igual de bien que si estuviera bebiendo vino caliente especiado.

            Cuidado hasta el más mínimo detalle, el vestuario tiene una gran importancia en la trama. Porque a medida que el maquinador duque va quitando gente de en medio y más se acerca a la corona, los uniformes militares, los símbolos y adornos, van pasando poco a poco de ser los propios de la Inglaterra de entreguerras a inspirados directamente por otro régimen de aquellos años. Hasta que llegamos a esa escena extraordinaria en la que Ricardo, ayudado por sus secuaces, obtiene la corona jurando y perjurando que no la desea. Escena que en esta película tiene una guinda que sigue haciendo que me frote las manos.

            Claro que esto no convierte a Ricardo en nazi (escucha música “degenerada”, bebe y fuma), ni en fascista. Pero el impacto de la imaginería hitleriana ha sido tan poderoso que revestir a un villano shakesperiano con la misma es una buena fórmula para que los espectadores del siglo XX (y del XXI) aprecien por los ojos lo que ya han percibido por los oídos.

            Esto es una adaptación de Shakespeare, así que más que el vestuario importan actores y texto. En cuanto al último, se ha respetado, pero no copiado literalmente, la obra. De hecho, se ha acortado. Por ejemplo, se ha dejado fuera a la desesperante reina Margarita, viuda de Enrique VI de Lancaster, a quien Gloster ejecuta en la primera escena de la película. Parte de sus frases se las reparten la reina Isabel y la Duquesa de York. También se ha acortado algo el magnífico monólogo del pobre Clarence, describiendo su pesadilla, y su conversación con los asesinos enviados para acabar con su vida (lo matan de una forma más realista y menos grotesca que en la obra original, aunque supongo que muchos puristas lamentan no ver las piernas de Clarence saliendo del barril de malvasía). En fin, en el soliloquio que da inicio a la obra, se introducen unos cuantos versos dichos por el mismo personaje, pero en otra pieza. Cuando Gloster murmura “I can smile, and murder while I smile” es parte de su monólogo final en la tercera parte de Enrique VI, justo después de haber asesinado al último de los Lancaster. Pero es una frase demasiado buena como para no colarla.

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            Ricardo es la figura central de la obra, su razón de ser, un paso más en la creación de personajes por parte de Shakespeare. De su rencor ya hablamos en otra ocasión. Todo él, su malicia, su odio, sus remordimientos, su ambición, su crueldad está en la interpretación magnífica de McKellen. Ricardo, en el teatro, dirige sus apartes al público, seduciéndolo, como más adelante, y aún mejor, harán Yago y Edmund. Estos apartes que con tanta astucia homenajeó la serie “House of Cards”, con el gran Sir Ian Richardson en el rol de Urquhart (y luego remedó Kevin Spacey como Underwood). McKellen devora la pantalla en cada escena, y sabe atravesarla para agarrar al espectador y convertirlo en cómplice emocional de sus atrocidades. Fue la primera interpretación de este grande que vi, mi primer malvado de William y cada vez que la vuelvo a ver me entra un cosquilleo. ¡Ese “¡Ha!” tras seducir a lady Anne ante el cadáver de su marido! ¡Oro puro!

            Los demás personajes de la obra son muy menores, pero eso se ha compensado dándoselos a actores de altura. Jim Broadbent, ese secundario genial, está excelente como el taimado Duque de Buckingham, principal aliado de Gloster. Nigel Hawthorne es un Clarence impecable. Dominic West, el insulso Richmond, es digno de ser citado sólo porque este debe de ser su único papel en el que no es alcohólico, o engaña a su mujer o ambas cosas (aunque su sonrisa al vencer en la batalla final no es muy tranquilizadora). Kristin Scott Thomas lleva muy bien el papel de Anne, con la cual la obra se ceba especialmente.

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             Annette Bening y Robert Downey Junior, como la reina Isabel y su hermano, el conde de Rivers, fueron una elección astuta. Isabel provenía de una familia menor, de nobleza rural, y su matrimonio con el rey Eduardo de York dio que hablar en la corte. De hecho, hay una serie, “The White Queen”, que parece ser narra estas intrigas cortesanas. Digo parece ser porque tras el primer episodio estaba tan aburrido que no he vuelto con ella. Pues bien, Locraine agarra a dos actores americanos, cuyos acentos chocan con los de sus colegas británicos y los dirige d emodo que sus exclamaciones, parlamentos, reacciones sean mucho menos reservadas y protocolarias. La cosa funciona. Ya se ve claro en la escena del baile, donde la reina da la bienvenida a su hermano con gritos y saltos, ante la estupefacción de los invitados. Robert Downey Junior es un joven Tony Stark, antes de tener traje y de aprender a pensar, en el camino de un malvado que deja en pañales a todo lo que tiene la Marvel en cantera.

              Y párrafo aparte para la inmensa Maggie Smith. Tiene un papel breve, pero que llena con su talento prodigioso. El rapapolvo que le echa a su perverso hijo, al final de la obra, es el único momento en el que un personaje logra dejar sin palabras al locuaz Ricardo, y hacía falta una actriz con autoridad para que fuera creíble. Maggie Smith tiene más autoridad en su dedo meñique que todos nosotros juntos. Una actriz tan buena lo es en todo momento. En la escena del baile, justo antes del famosísimo monólogo de Ricardo, cuando todo el mundo presta atención, hay un segundo en el que la Duquesa tiene un ramalazo de inquietud al verle ante el micrófono. Es un instante y gracias a él ya sabemos que Ricardo no podrá nunca engañar a su madre, que le conoce y que siente un miedo casi instintivo ante él. Eso es actuar.

             Dirigida con eficacia, con actores de aplaudir y no parar, gran ambientación, vestuario y maquillaje (la deformidad de Ricardo está muy conseguida), sería una pena que esta película se olvidase. Porque, como canta Al Jolson, a ratos está en la cima del mundo.

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agosto 2, 2014

Regreso a Berk

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            Cuando terminamos de comentar “How to train your dragon” me despedí de ustedes y me largué a buscar un drakar que me llevara a la Isla de Berk lo antes posible. He tardado, pero al final he podido hacerle una nueva visita, a ella y sus habitantes. Ha pasado el tiempo y los reencuentros no son siempre fáciles. ¿Entonces? Pues ocurre que “How to train your dragon 2” es una película muy entretenida, que disfruté considerablemente. Pero que la primera parte sigue siendo una maravilla memorable, cuyo recuerdo aún me hace dar saltitos entusiastas (y no soy persona dada a los saltitos). Como me descuide, dejaré de escribir en cualquier momento para verla una vez más.

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            Si con la primera parte me senté sin esperanzas y aun con un perverso deseo de poder destriparla, con esta segunda fui sin expectativas desproporcionadas, pero con una curiosidad confiada. Así que pude verla con ecuanimidad. Terminé la primera parte con una sonrisa de oreja a oreja que tardó largo rato en borrárseme. Acabé la segunda con simpatía, pero mayor frialdad. La sombra enorme de la primera parte se cierne, con cierta injusticia, sobre la segunda. Es por ello que, las comparaciones son odiosas e inevitables, tendré que considerar la predecesora cuando analice la sucesora.

            “How to train your dragon 2” es, eso está fuera de toda discusión, un festín visual. Ilustradores, diseñadores y animadores pueden irse a beber de firme, satisfechos de su trabajo. Los paisajes, los personajes, el vestuario, los dragones, conocidos y nuevos, cada escena y cada detalle está cuidado de tal manera que quita el aliento. Hay un trabajo bárbaro detrás de esta obra. Si no tuviera más virtudes que las puramente estéticas (y tiene más), ya merecería la pena.

            Si los paisajes y, vamos a decirlo así, el “uso de las cámaras” y la fotografía es brillante, también lo es el diseño y la expresividad de los personajes. Igual que en la primera parte. Dar personalidad propia a criaturas que no vocalizan es complicado y vuelva conseguirse. La expresividad de Toothless, en especial, es muy notable. Sus interactuaciones con Hiccup y con el resto de dragones son un soberbio trabajo de animadores y guionistas. El modo de comportarse de los dragones, mezcla de felinos, perros y pájaros, funciona y resulta muy cómico.

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            Pero lo que hacía excelente la primera película no era la magnífica animación, sino los personajes y la historia. ¿En ésta? La cosa flojea a ratos.

            El guion de la primera parte era una obra maestra de relojería: cada escena encajaba con precisión, con respecto a la anterior y la siguiente. Tan entretenida era la historia, tan trepidante el ritmo, tan excelente la música, tan fluida la acción, que el mecanismo y los engranajes apenas se notaban. En esta segunda, en cambio, el guion tiene trompicones. No hay una suavidad en los intersticios, no es todo tan redondo. Hay aristas sin pulir y detalles (como el casco de Hiccup flotando eternamente en el agua) que chirrían. Además, mientras la primera te agarraba a los dos segundos y ya no te soltaba, la segunda tarda en poner la maquinaria en marcha y eso, en una película tan breve, se nota. Es una buena historia, pero no es TAN buena.

            Nuestros viejos conocidos siguen siendo ellos mismos. Los gemelos Tuffnut y Ruffnut, Fishlegs, Snotlout y Gobber son perfectamente reconocibles. Tienen un papel más pequeño que en la anterior, pero se respeta su psicología y cumplen con su rol de secundarios. Igual Astrid, que era una cría de respeto y ha crecido como una buena vikinga. La relación amorosa entre Hiccup y ella no es, tampoco ahora, ningún lastre, ni hay celos, pasiones desaforadas o triángulos trágicos que no tendrían sentido en esta obra. De hecho, sus interacciones tienden más a la broma mutua, lo cual es de agradecer. El digno Stoick el Vasto sigue siendo un individuo de bien y, una vez más, tiene gran importancia en la trama.

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            Pero, claro, son Hiccup y Toothless la cabecera del cartel. El Furia Nocturna ha crecido para convertirse en un dragón lleno de vitalidad, extraordinariamente expresivo, capaz de enseñar los dientes con tanta rapidez como hacer carantoñas según quien tenga delante. Su reacción de puro gozo al descubrir sus nuevas escamas y habilidades es un gozo también para el espectador (lo que demuestra que estos guionistas siguen sabiendo cómo manipularnos). Y Hiccup sigue siendo Hiccup. Ya no es el torpe y marginado muchacho que tan bien nos caía por no tener ni un gramo de autocompasión. Lo describí en su momento como “una atractiva mezcla de ingeniero y naturalista (un tanto durrelliano), inventivo, curioso e inasequible al desaliento”. Sigue siendo todo eso (su traje supera cuanto haya inventado el viejo Gobber). Y sigue estando en conflicto con su mundo.

            Una de las virtudes más claras de “How to train your dragon” era la ausencia de villano y la existencia de un conflicto entre personajes positivos. Hiccup se saltaba la centenaria lucha entre vikingos y dragones y se arriesgaba a ser proscrito por su tribu y su padre por ello, convencido de que la guerra eterna no era algo fatal y que se debía al mutuo desconocimiento. Esta tesis, la de que el odio y el miedo al Otro es producto de la ignorancia y los prejuicios, era el gran mensaje de la película y, cosa curiosa, la realzaba en vez de hundirla.

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            En esta segunda aparte Stoick, antiguo antagonista, ya está de acuerdo con las ideas de su hijo y ha pasado de sentir una dolorida vergüenza por él a un orgullo incontenible. Orgullo paterno que también causa incomodidad al hijo. Hiccup pasa buena parte de la obra preguntándose por qué demonios tiene que ser el jefe de su tribu, como sucesor de su padre, cuando él es un aventurero, un explorador. Sin embargo, el auténtico conflicto de esta obra viene por otro lado.

            Stoick acepta y celebra la alianza entre vikingos y dragones, pero en Berk. Como repite, los jefes cuidan de los suyos. Cuando una nueva amenaza (ojo, a partir de aquí spoilers) surge en el horizonte, su reacción es defensiva: encerrase en su mundo hasta que la tormenta pase. Stoick es un buen conservador. Hiccup, su hijo, un buen progresista: tiene fe en el futuro y en la capacidad de cambio y cree firmemente que puede ampliar la paz más allá de Berk.

            Y aquí los guionistas, creo yo, se enfrentaron a una disyuntiva y tiraron por el camino de en medio. De los tres personajes nuevos, sólo dos tienen peso. Eret, hijo de Eret, el joven trampero, es un cero a la izquierda, salvo como objeto de chistes a cargo de los amigos de Hiccup. Valka y Drago Puño Sangriento son otra historia. Cualquiera de los dos, en solitario, hubiese podido ser un excelente antagonista. Y, por mi parte, creo que hubiera estado más dentro del espíritu de esta saga que lo hubiera sido Valka.

            Valka (con la voz de Cate Blanchett, porque las voces siguen estando elegidas con enorme acierto) es la madre de Hiccup, a la que todos creíamos muerta. Arrebatada en un ataque de dragones, ha aprendido a vivir entre ellos, a relacionarse con ellos. Hiccup ha salido a su madre, como ella misma comenta con satisfacción. Su encuentro está bien desarrollado, con una Valka de movimientos draconianos, que, poco a poco, va recuperando una forma de comportamiento más humana (aunque la escena podría haber sido un poco más tensa).

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             El período de Hiccup con Valka se narra en una secuencia ágil que rehúye el sentimentalismo, pero deja clara la emoción mutua de la madre y el hijo reunidos y que se descubren como muy iguales. Valka ofrece a Hiccup una alternativa a Berk: una vida verdaderamente de dragón, dejando a un lado la humanidad. El conflicto podía estar servido: bastaba con que Valka se hubiera vuelto tan rígida como lo era Stoick en el pasado, sólo que de parte de los dragones. Después de casi perder a su padre, Hiccup tendría que ahora que plantearse perder a su reencontrada madre si no lograba sacarla a ella también de su cerrazón. De hecho, hay un momento en que parece que por ahí van los tiros. La llegada de Stoick apunta a que no. Porque su propio reencuentro con su mujer no es negativo y además da paso a otra buena escena, la de la danza entre ambos, puede que la mejor escena de una pareja amante que haya visto en una película de animación. Con todo, creo que podría haberse conseguido un enfrentamiento familiar muy atractivo.

            Sin embargo, ya se nos había presentado a Drago como enemigo principal y había que ser coherente con esa presentación. Drago y Hiccup son el verdadero choque de mentalidades. De Drago se nos dice muy poco. Hubiera querido un malvado mejor perfilado. Parece que su motivación última es la sed de poder, más que el rencor o la venganza, aunque estos móviles pudieron ser importantes en su pasado. Drago es ejemplo de lo que Maquiavelo describió: mejor que el Príncipe sea temido a que sea amado. Es el otro maestro de dragones de la obra. Pero mientras Hiccup se gana la lealtad de Toothless mediante la confianza y el respeto recíproco, Drago controla a sus muchos dragones mediante el terror y la fuerza. El gesto con que Hiccup se ganaba a Toothles y Toothles a Hiccup es la de la mano del chaval posándose sobre el morro del dragón. Cada vez que un humano tocaba con su mano la cabezota de un dragón, significaba un mutuo entendimiento. Drago pone su pie en la cabeza de los dragones. El contraste en obvio, aunque yo hubiera querido una reflejo tenebroso de la quizás mejor escena de la primera película, cuando Hiccup y Toothless se aceptan tras una danza de errores y aciertos.

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            No se nos explica cómo diablos logró Drago imponerse sobre el gigantesco dragón Alfa (porque poner la bota en un bicho del tamaño de una montaña no debe impresionarle demasiado), y la verdad, como mente maligna este tipo deja bastante que desear. Ahora bien, como antítesis de Hiccup, funciona. Stoick era un antagonista más interesante (como hubiera sido Valka), por ser un personaje positivo, pero con una visión del mundo dogmática. Drago es un mero aspirante a megalómano sin demasiado carisma. Lo interesante de Drago no es él, es lo que representa, pero convendrán ustedes que una tesis negativa sostenida por un villano de altura es más seductora.

            Drago demuestra el poder del dominio forzando a Toothles a agredir a Hiccup, provocando el sacrificio de Stoick. Hiccup, pues, se ve empujado a ocupar el puesto de su padre, muerto por su mejor amigo (y, al menos en un primer momento, el chico tiene una realista reacción de rechazo al dragón). Esta muerte es dudosa. Da cierta carga dramática a la película y obliga a Hiccup a ocupar un puesto que no desea en un mundo imperfecto. Por otro lado, reencontrar a la madre y perder al padre es algo un tanto manido. Esto hubiera podido ser grande con un conflicto familiar. Pese a todo, creo que no es un error grave.

            Es astuto no conceder un triunfo total a Hiccup. Drago es derrotado, pero no convencido. Y ya sabemos lo que Víctor Hugo decía de vencer sin convencer: es una estupidez. De este modo, el joven vikingo no es ni el jefe deseado por su padre ni el pacificador que deseaba ser él, como reflexiona el propio Hiccup. Drago es el primer individuo a quien Hiccup no logra convencer, el primero demasiado encorsetado por sus ideas de ambición, desprecio y poder. Muere, pero muere defendiendo su idea pasada. Es una advertencia, el mundo es, también, un lugar hostil y no todos aceptarán una visión más armónica, más pacífica. Resulta deprimente que, al final, Stoick y Valka parezcan tener razón.

            La coda final de Hiccup, que en la primera parte era festiva, alegre, jubilosa, es aquí desafiante. Berk ha sobrevivido y está dispuesta a convencer al mundo de que su utopía es posible. Pero a los Dragos de ahí fuera les esperan los dragones de Berk.

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