Con un vaso de whisky

septiembre 27, 2009

Mister Harry Potter

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:23 pm

       harrypotter     Soy incapaz de esgrimir una razón realmente convincente para este artículo. Pero se me ocurren algunas excusas. La “pottermanía” (cansina y digna de desprecio, como casi todas las manías de su clase) ha remitido, así que se puede hacer una crítica tranquila sobre la obra que convirtió a J. K. Rowling en una de las mujeres más ricas de Gran Bretaña.

            Por otro lado, las aventuras del niño mago y sus alegres compañeros son responsables en buena medida de la avalancha renovada de literatura fantástica de ínfima calidad que estamos viviendo. Como devoto admirador de la literatura fantástica y amante de los cuentos de hadas, me entran ganas de crucificar a Harry Potter y a sus camaradas.

            Para concluir con las excusas, las novelas de Rowling han estado perseguidas (ja, perseguidas) por la controversia y la polémica. Esto es lo más divertido de las mismas y voy a detenerme unos instantes.

            Cuando el éxito editorial de Harry Potter era ya un hecho científico, padres, educadores y polemistas profesionales se pusieron a discurrir en voz alta los beneficios y perjuicios de dejar a los críos leer estos libros. Una facción clamaba que los niños deberían leer La Odisea, a Dickens y a Chaucer (y tenían toda la razón), exigiendo la quema pública de esas novelas bobas. Una reacción exagerada, la última. No sé si por estúpidos prejuicios hacia los cuentos de hadas o por envidia ante los millones de libras esterlinas en los que se bañaba la madre de la criatura.

            Otros observaban a Harry Potter como un mal menor y aun como un instrumento para que la juventud acabara leyendo más y mejor, esperanza tristemente defraudada por la realidad. Y por último, los defensores a ultranza de Rowling veían en Harry Potter una maravilla de maravillas, saludando el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia (ideaza) como un sustituto del Premio Nobel. Unos poquitos, en medio del barullo, se atrevieron a sugerir que el debate se estaba sacando de quicio y que tampoco había que armar tanto revuelo por unos libros ni mejores ni peores que otros muchos publicados, pero que habían tenido más suerte a la hora de su venta. Afortunadamente, el sentido común de los últimos tardó en imponerse y pudimos ver más discusiones la mar de cómicas.

            Porque, al igual que con ese engendro de Dan Brown, El Código Da Vinci, se metió a la Iglesia en el debate. Algunos teólogos ultramontanos, dentro del catolicismo, y varios predicadores enloquecidos, entre los protestantes, llegaron a la conclusión de que los libros de Harry Potter eran manuales encubiertos de magia negra; corrompían a la juventud y les alejaban de los senderos del Señor. Para sorpresa universal y deleite de varios medios de prensa, el Vaticano emitió una nota (tampoco muy entusiasta, todo sea dicho) en la que venía a sugerir que si esto era así, habría que evitar que los niños leyeran semejantes escritos. Dicha nota provocó hilaridad, cansancio y exasperación a partes iguales, dentro y fuera de la Iglesia.

            Pero es que, además, de modo muy parecido a lo ocurrido con la novela infame de Brown, aparecieron multitud de publicaciones explicando las claves secretas de los libros de Harry Potter, exponiendo, al parecer, las bases de una nueva espiritualidad que barrería definitivamente al caduco cristianismo y, si a eso íbamos, a todas las demás religiones conocidas o desconocidas.

            Como no podía ser de otra forma, también hubo quien examinó Harry Potter a la luz de los Evangelios, demostrando que Rowling no había hecho sino coger el mensaje de Jesús y presentarlo bajo otra forma, seguramente mucho mejor que la original. En fin, no voy a detenerme a explicar la superioridad estética, formal, literaria (menos aún voy a entrar en el plano religioso o espiritual) de los Evangelios sobre Harry Potter. Eso sí, me reí mucho ojeando esos libros. Creo que andan por las secciones de autoayuda y esoterismo de las librerías. Merecen cinco minutos.

 

            Leí Harry Potter por recomendación de una amiga cuando tenía unos quince años. Lo acogí con frío escepticismo. Me parecía, de entrada, un libro fantástico más, sin demasiadas virtudes formales. Ese juicio primero es el que sigo manteniendo hoy día. Me he leído toda la saga. Por eso puedo subirme al púlpito y sermonear un poco.

            Ahora concreto; empecemos con una opinión general: Harry Potter es una entretenida serie de aventuras que se convierte en novela río y que hacia la mitad de los siete volúmenes empieza una degeneración galopante que termina en una caída en picado. Sobre un campo de cactus.

            Empieza el asunto, en efecto, como una serie de aventuras. Las tres primeras entregas son tres aventuras completamente independientes. Están escritas de manera que se puedan leer sin muchos problemas de forma desconectada, sin necesidad de haber leído las partes previas. Cada vez que aparece un personaje relevante se nos explica quién es (una vez más). Se mencionan sucesos ocurridos anteriormente con una breve explicación para el lector novato. Igual que en las historias de Shelock Holmes hay personajes recurrentes, como Watson, Lestrade, Mycroft, Moriarty; del mismo modo, Holmes y su viejo amigo y cronista comentan casos pasados que el lector puede conocer o no.

            La primera novela es una especie de “novela piloto”. Tiene que presentar a todos los personajes importantes y dar a la serie sus notas características. Lo hace. Su estructura se repite sin cambios hasta el final de la cuarta entrega: Harry Potter vive con sus mezquinos tíos, Harry Potter comienza el curso en la escuela de magia Hogwarts, Harry Potter y sus amigos descubren una malévola trama, la investigan y la resuelven. En medio, Rowling mete escenas, diálogos y situaciones, cada vez más para aumentar el grosor de los libros, pero que, en parte, dan datos sobre el trasfondo, sobre el mundo mágico en el que se mueven los personajes.

 

            En cuanto a este mundo, nada nuevo bajo el sol. Y no lo digo con tono áspero. En el mundo de la fantasía es muy difícil ser original y muchas veces lo más inteligente es utilizar arquetipos, criaturas y personajes que vienen directamente del folklore y de los relatos populares que son, al fin y al cabo, los grandes cuentos de hadas de donde vienen todas las historias maravillosas (o espantosas).

            Así pues, Rowling saca del sombrero (estaba a huevo, qué le vamos a hacer) una sociedad y una realidad que conviven secretamente con el mundo corriente. Los magos y demás seres se guardan muy mucho de ser descubiertos por los humanos no mágicos (muggles, en la jerga que, como autora de libros fantásticos, tiene que inventarse Rowling). La interacción, cuando ocurre, es usada de forma cómica. A veces se consigue. Otras, en fin, mejor lo dejamos correr.

            Porque Rowling, en la espléndida tradición anglosajona, se esforzaba al principio por incluir el humor, el absurdo y el ingenio en sus narraciones. No alcanzaba cotas elevadas, pero igual que las primeras novelas eran las más entretenidas, eran también las más divertidas. Tiraba de sus personajes secundarios y terciarios para los gags humorísticos o los movía como caricaturas satíricas. Los Dursley, antes de la deriva pseudo-trágica que luego destriparé con gusto, pertenecían a la ilustre familia de los parientes insoportables que casi todo buen protagonista debe tener. Los padres de Ron, uno de los amigos de Harry, los funcionarios del Ministerio de Magia, el guardabosques Hagrid… al principio eran agradables secundarios sin pretensiones.

            No es ninguna sorpresa que los personajes que con más gusto se lean sean los secundarios adultos. Ni tampoco que lo que salve a las adaptaciones cinematográficas sean las interpretaciones de actores británicos consagrados. Tal vez tengan deudas o disfruten en una especie de juego con ropas talares y palabrería rebuscada. Yo me lo pasaría tan bien como Maggie Smith, Alan Rickman, el difunto Richard Harris, sustituido por Michael Gambon, o Emma Thompson.

            Los tres personajes más inteligentes de toda la saga, el director Dumbledore y los profesores Snape y McGonagall, gozan de mejor salud en los primeros volúmenes. Es un buen momento para ocuparme de ellos.

            Dumbledore es, en mi opinión, un personaje tratado con gran injusticia al finalizar la saga. Al principio, cubría el hueco de viejo maestro, sabio, inteligente, un tanto loco y excéntrico. Y lo cubría con dignidad. Tenía, eso sí, la tendencia a predicar de todos estos personajes cuando no los pone en juego un genio, usados por los autores como portavoces de sus propias opiniones políticas y sociales. Sin embargo, Rowling supo otorgarle sentido del humor y utilizarlo con bastante acierto en muchas ocasiones. Es decir, que Dumbledore, el arquetipo, tenía su dignidad y a todo el mundo caía bien.

            También la Profesora McGonagall estaba en el hueco de los maestros sabios, eclipsada por su superior. Una especie de tía solterona dickensiana, dura, justa y que protege a sus sobrinos ante los malvados nada más mandarlos a la cama sin cenar. Era otro personaje popular entre los lectores (bueno, entre los que conozco que leían estos libros). Craso error de Rowling, en los últimos volúmenes pierde toda relevancia y aparece sólo de cuando en cuando, entre los cientos de páginas sobrantes, casi de casualidad.

            Con todo, es mejor eso que lo que le pasa a Dumbledore, quien pierde cualquier atisbo de comicidad, de ingenio y de gracia, transformado en los dos últimos volúmenes en un pseudo-oráculo, mago ante el Gran Mal, una suerte del Gandalf de Tolkien (el único personaje que mantenía el tipo en El Señor de los Anillos). Un horror. Peor: un horror pesado. Además, Rowling dejó escapar, como de pasada (ja, una vez más), que era homosexual. Pues vaya. Qué bien. El público la ovacionó. Yo me imaginé lo que hubiera comentado Oscar Wilde.

            Para acabar, Snape. Snape es, para entendernos, el profesor cabrón. El borde profesional, sardónico y autosuficiente, que no gusta a casi ningún otro personaje. Cuando la trama se complica (y empieza el descenso), es el único que no mengua. Si acaso, crece un poco. Se transforma en el personaje ambiguo, que no se sabe si está con el malo, con los buenos o con ninguno. Y es el único al que Rowling le sigue concediendo sentido del humor. Un humor que usa para fustigar a los protagonistas, razón por la cual me caía muy bien. Pues en fin, este individuo, que, bien usado, podría haber levantado una historia que se derrumbaba, terminó por darle la puntilla, al explicarse sus motivaciones, las más cursis, gazmoñas y vomitivas que he leído en tiempo.

 

            El resto de los personajes no valen nada o valen algo en su papel. Voldemort es el malo, un malo penoso, de esos que se repite mil veces su astucia y su poder, todo el mundo le tiene miedo y en realidad es más sencillo engañarle y vencerle que robarle un caramelo a un niño. Los terciarios son muchos, más o menos afortunados y algunos inexplicables, salvo como excusa para más páginas.

            Los héroes, Harry, Ron y Hermione, no merecen ni las balas. Harry es el Elegido, con marca incluida, con sus dudas, sus temores, sus amores y sus traumas. Nada original. Vale. Nada bien escrito o desarrollado. Ahí está la culpa de Rowling. El protagonista es un fracaso. Tiene la misma personalidad con once años y con diecisiete. Es la excusa para que la trama avance a ninguna parte. Si hubiera resultado que no era su misión acabar con el malísimo, la cosa hubiese tenido más gracia. Pero nada.

            Ron es el payaso del grupo y Hermione, la sabihonda. Acaban liados. Poco más hay que decir de estos dos.

 

            Pese a semejante panorama, sin embargo, los cuatro primeros volúmenes se leían sin disgusto. Sobre todo, el tercero y el cuarto. El primero empezaba de manera decente, con un estilo inglés bastante digno de aventuras para niños, aunque luego la cosa parecía más una guía del mundo de los magos que una novela. El segundo era la repetición del esquema, con más confianza, lo mismo que el tercero, aunque en éste tanto la trama como los personajes (secundarios) y situaciones estaban algo mejor desarrollados.

            En el cuarto la cosa se torció. Era mucho más voluminoso. El éxito empezaba a imponerse y había que vender libros al peso. Había más que un poco de paja. Así y todo, era entretenido. Aún. Pero empezaba la trama complicada: el alzamiento del villano, la guerra entre el Bien y el Mal en el horizonte y todas esas cosas. Fue un punto de inflexión. Hacia el aburrimiento.

            Rowling cometió el error capital de intentar humanizar a sus personajes. Pretendió hacer lo que Shakespeare: convertirlos de arquetipos en personas. Como fracasó estrepitosamente, la saga fracasó estrepitosamente. Aumentó la paja, las escenas que no aportaban nada, salvo tal vez alguna escena generada por ordenador en el cine. Los protagonistas alcanzaron gran protagonismo, para mi desesperación. Sufrían y se enamoraban y lloraban y todo era muy entrañable, tan entrañable como un culebrón de sobremesa aderezado por un argumento que pretendía ser épico y que culminaba en una larga batalla definitiva contra el malvado Voldemort, con muerte y resurrección del héroe incluida, previa visitación de su anciano maestro, también muerto. Al final, lo que derrota al todopoderoso villano es el amor. Santo cielo.

            Así, se pasó de las aventuras de Harry Potter a la Gran Historia Trágica del Fabuloso Harry Potter y de Sus Tristes y Gloriosas Desventuras, dejando al ingenio y al humour, en la medida que Dios le había concedido, por el camino.

            Rowling creía que con soltar de mala manera las viejas historias en forma de novelas, con adolescentes inaguantables en el centro, ya tenía un cuento de hadas. Sólo lo tuvo, en parte, cuando Potter era un niño, cuando las aventuras eran aventuras y cuando los secundarios cumplían su papel. Con tranquila humildad, sin alcanzar grandes cimas, ni de forma ni de fondo. Y lo tiró por la borda. Al menos, logró una fortuna.

 

            Así pues, ¿debería el lector dedicar su tiempo a Harry Potter?

            Si no gusta de la fantasía y de las hadas, en modo alguno. No es algo que defina a una persona. Conozco a gente a la que respeto y aprecio, de gran cultura e inteligencia a la que no despierta mucho entusiasmo el género.

            Si le gusta mucho el género, si aprecia a las hadas y a Faerie, menos aún se lo recomiendo. Si es de sangre caliente tal vez clame por la cabeza de J. K. Rowling.

            Si tiene tiempo, le gustan los magos y sabe qué puede esperar de Potter, pues vaya. Por qué no. Pero sabiendo que hay otros muchos cuentos esperando. Cuentos que de verdad le sumergirán en los otros mundos.

septiembre 25, 2009

X. Tres servidores de la República

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:55 pm

            EN TANTO NO RECIBIERA RESPUESTA A SU QUEJA, al Gobernador Horst no le quedaba más remedio que rechinar los dientes y dar acomodo al Juez Errante Lukas y al capitán Dougal. Aparte de las palabras de mera formalidad que intercambiaban cuando se encontraban, apenas sí tenían contacto directo: el coronel trataba por todos los medios de evitar la compañía de sus invitados; éstos no podían estar más conformes con semejante actuación.

            Frank Horst, además, estaba muy ocupado. Administrar una provincia es tarea pesada. Cuando la provincia es fronteriza con territorios hostiles, la tarea es agotadora; si además se espera una inminente llegada de fuerzas armadas, hasta la mente más disciplinada empieza a resentirse. Así que Horst no pensaba malgastar ni un segundo de su tiempo siendo cortés con aquel insolente jovenzuelo.

            Aquel día, el Gobernador debía atender las peticiones de Gur Salis y el resto de la Junta de Comerciantes. Para tratar de fortalecer su posición, Horst había dispuesto que la reunión se llevara a cabo en el amplio salón de audiencias. Sentado en su sitial, el supremo representante de la República en Nicolia espera que sus ciudadanos recordaran el lugar que cada uno ocupaba. Por la leve sonrisa de Salis al entrar, este objetivo no se había cumplido.

            Con creciente impaciencia, el Gobernador escuchó las largas listas de quejas y temores de los delegados de los mercaderes, fabricantes y artesanos. A su modo de ver, la llegada de tres legiones de soldados –quizás más- a Nicolia venía a significar la hecatombe económica de la región. ¿Dónde se encontraría comida y bebida suficientes para la estancia de los militares? ¿Quién pagaría el avituallamiento preciso para cuando empezara la campaña? ¿Estarían limitados los soldados a la zona de barracones recién construida o podrían pasearse con libertad por la ciudad y sus alrededores? En este caso, ¿podía garantizar Su Excelencia el Gobernador que el orden público no se vería alterado? ¿Podrían los ciudadanos dedicarse con normalidad a sus asuntos, sin temor a sufrir excesos por parte de la soldadesca?

            – Los soldados de la República,- replicó Horst con tirantez- han sido siempre la primera línea de defensa contra los bárbaros y extranjeros. Si pueden comerciar con tranquilidad es gracias a ellos. ¿A qué viene, entonces, tanto miedo? Esos valientes guerreros van a arriesgar sus vidas, van a sufrir penalidades para asegurar la tranquilidad y la seguridad de las gentes de la República.

            – No lo ponemos en duda, Excelencia.- dijo Salis, quien se hizo con el cargo de portavoz oficioso- Jamás cuestionaríamos los sacrificios de nuestros ejércitos, ni su valía. Ahora bien, nos guste o no, hay inevitables consecuencias cuando se acantona una cantidad grande de guerreros en una ciudad. Como Gobernador, es vuestro deber proteger los intereses de Nicolia.

            – Conozco mis deberes perfectamente, señor Salis. Soy tanto Gobernador de Nicolia como responsable ante la Gran Asamblea y el Consejo de las operaciones militares. Puede que en los próximos tiempos sean necesarias cierta austeridad, cierta renuncia a derechos legítimos por parte de los ciudadanos de Nicolia. Pero ninguno que no resulte razonable, ni no indemnizable. Además, señores, piensen en lo que espera tras la guerra: nuevos territorios vírgenes para el comercio y la economía. Es una recompensa que bien merece un pequeño sufrimiento.

            Este discurso no terminó de convencer a los representantes. Horst tuvo que dedicar dos horas más hasta lograr un voto de confianza muy desconfiado por parte de la Junta de Comerciantes. En su interior, el coronel esperaba ardientemente que la próxima guerra arruinara a algunos de aquellos pomposos buitres, aquellas sanguijuelas que recogían los beneficios del trabajo y los pesares de mejores hombres que ellos. Tal vez, pensó mientras observaba la irritante sonrisita de Gur Salis, la campaña reclamaría expropiaciones en aras de la patria.

            Al caer la noche, el Gobernador, salvo que tuviera algún acto social de relevancia, se retiraba a sus habitaciones privadas; no a descansar. Era el momento de estudiar los informes de sus espías, de entrevistarse con sus agentes y de despachar los asuntos que no pueden ser llevados a cabo a plena luz del día, los que mantienen a un hombre de estado en su puesto.

 

            Dougal recordaría aquellos días en Nicolia con estima. Se encontró con una inusual cantidad de tiempo libre entre manos y decidió sacarle provecho. Horst no había estado al frente de la administración tiempo bastante para derribar la obra de su predecesor. Y había que reconocer que el depuesto Gobernador Rinaud había logrado embellecer Nicolia de un modo inteligente, sin lastrar la vida cotidiana. Había trazado calles rectas y amplias, había modernizado el alcantarillado, había establecido jardines y agradables paseos. El mercado se había extendido desde su vieja plaza; para el capitán fue un placer pasar horas curioseando entre los puestos, tiendas y tenderetes. Vestido con ropas corrientes, a fin de no llamar la atención, regresaba al palacio con varios objetos y chucherías que mostraba a Lukas entusiasmado, logrando como recompensa, a lo sumo, alguna observación mordaz.

            A Dougal no le molestaba la aspereza del Juez. Seguía disfrutando de aquel período vacacional. Podía consagrar la tarde a saborear una fragante taza de té tras otra o una copa de buen vino de tanto en tanto.

            O jugaba unas partidas del quintacolumna, un enrevesado juego de piezas, el cual aunaba estrategia, cálculo, lógica, paciencia y unas gotas de azar, en el que era un consumado maestro. Dougal gustaba de repetir que sólo a aquellos que lo dominasen debería permitírseles llegar a general. Cuando, en el mercado, se topó con un juego completo, con fichas bellamente talladas y pintadas, que costaba más de lo que un artesano medio ganaba en todo un año, no pudo resistir la tentación: lo compró, cargando la cuenta al mismísimo Gobernador. Edmund puso el grito en el cielo y el rastreador, contrito, devolvió su adquisición. El vendedor, que amaba el quintacolumna tanto como el capitán y había compartido varias partidas con él, le ofreció una considerable rebaja si lograba derrotarlo tres veces consecutivas. Dougal lo logró. Como el vendedor había cometido un par de torpezas inimaginables en sendos momentos clave, le invitó a comer y se separaron como los mejores amigos del mundo.

            Otras ocasiones iba a sentarse en un banco de los parques, examinando las flores que Rinaud, se decía, había encargado personalmente, para asegurarse de que, en cualquier estación, hubiera colorido. Daba conversación a cualquiera que la buscara, pero se guardaba mucho de imponer su presencia a quienes preferían estar solos.

            Sentado, una tarde como otras, en un banco como tantos otros, en el jardín más grande de la ciudad, su entrenado oído percibió un rumor peculiar por encima de él: ruido de hojas y ramas, el ruido leve que haría un animal de buen tamaño, muy ágil y discreto, moviéndose por la copa de un árbol. El rastreador torció la cabeza, escrutando los árboles cercanos. En el más próximo lo vio: era un niño, de unos diez años, delgado, de grandes ojos oscuros. Vestía de manera extraña, con una túnica corta y unos pantalones que le llegaban a las rodillas, que parecían trenzados con hierbas, hojas y pieles: ningún sastre de la República ni de los señores bárbaros había tejido semejante atavío. A la espalda llevaba un bastón de madera, de la altura de su dueño, que nunca había pasado por las manos de un carpintero. Iba descalzo; usaba las manos y los pies para moverse por el árbol como una ardilla.

            – ¡Buen día!- saludó Dougal.

            El niño saltó desde las ramas, aterrizando sin problemas justo delante del capitán. No había nadie por las cercanías.

            – Buen día.- contestó el niño.

            – Ya que has dejado tu árbol por mi culpa,- dijo Dougal- lo menos que puedo hacer es ofrecerte mi banco. ¿Quieres sentarte?

            – Gracias, prefiero estar de pie.

            – Como gustes. ¿Eres de por aquí?- Dougal sabía que no, pero no le importaba hacer preguntas cuyas respuestas conocía o intuía si eso le permitía formular otras para las cuales no tenía respuesta, ni intuida ni conocida.

            – No.- contestó el niño: no una contestación seca, acerba en su brevedad, sino de simple naturalidad.

            – ¿De otra parte de la República, entonces?

            – Quizás. No tengo muy claras esas fronteras.

            – En esta zona del mundo, las fronteras nunca están muy claras.

            – ¿Tú eres de por aquí?

            – No, soy un forastero, que está pasando unos días en esta hermosa ciudad.

            – ¿De otra parte de la República, entonces?- el niño reproducía incluso los ademanes de Dougal, como si pensara que aquella conversación era un preciso ritual.

            – En efecto. Nací y crecí en Izur, la capital, aunque hace unos años la dejé y, desde entonces, he recorrido toda la República.

            – ¿Estás solo?

            Dougal se tomó unos momentos antes de replicar.

            – No, no estoy solo. ¿Y tú?

            – Nunca estoy solo.

            – Tal vez hablemos de soledades diferentes. ¿Tienes algún compañero o amigo que esté contigo, alguna persona que viaje a tu lado?

            – No, ya no. Mi maestro me dijo que debía continuar por mi cuenta, hasta encontrar nuevos compañeros.

            Dougal se decidió a hacer una pregunta que rabiaba por formular desde el principio.

            – ¿Eres un Hombre Verdadero?

            – Soy un Hermano.- contestó humildemente el niño.

            Dougal, como casi todo el mundo, había oído hablar de los Hermanos, aunque, como casi todo el mundo, jamás se había encontrado con uno. En la República muchos los llamaban los Hombres Salvajes, gentes aún menos civilizadas que los bárbaros más allá de las fronteras; entre los Señores el término era ése también. Pero en el Viejo Reino se les había denominado los Hombres Verdaderos, los únicos que no deseaban separarse de la Naturaleza, que vivían en armonía con ella, que acataban sus leyes y no buscaban imponerle las suyas.

            Los Hombres Salvajes o Verdaderos se referían ellos mismos como los Hermanos, hermanos de las plantas, de los animales, de los demás hombres. Se decía que los Hermanos conocían el lenguaje de las bestias y los árboles, que podían pedirles favores o darles órdenes. Algunas leyendas hablaban de Hermanos de gran poder que controlaban parte o todos los elementos del mundo. Los Hombres Verdaderos afirmaban servir a los dioses y a la Providencia sirviendo a la Creación pero los sacerdotes de los diversos templos, al menos los que tenían el capillismo en el tuétano, mantenían hacia aquellos extraños una actitud que iba de la suspicacia a la franca animadversión.

            – ¿Y cómo es que un Hermano ha terminado en una ciudad?

            Los Hermanos solían evitar las poblaciones; cuanto más grandes, más las evitaban, pues allí sus poderes eran débiles, al haberse roto los lazos con la Naturaleza. Al menos, eso se afirmaba en las historias.

            – Busco compañeros, como me dijo mi maestro. Debemos encontrar compañeros, antes de decidir si debemos seguir nuestro camino en compañía de otros hombres o sin ella.

            – Entiendo.

            – ¿Serás tú mi compañero?- no era una súplica, ni una petición: el niño exponía el asunto como si no dependiera de sus voluntades. Dougal podía elegir ser el compañero del niño tanto como un jilguero podía elegir ser jilguero.

            – No lo creo, Hermano. Tengo ya uno del que encargarme. Él es mi compañero y me necesita.

            El niño asintió.

            – Continuaré mi camino.

            – Ha sido un placer conocerte, Hermano. ¿Tienes un nombre?

            – Río de Viento es mi nombre ahora. ¿Tienes un nombre?

            – Dougal, antes y ahora.

            – Adiós, Dougal.

            – Adiós, Hermano Río de Viento.

            El niño echó a correr y se perdió entre los árboles del jardín. Dougal asimiló aquel peculiar encuentro; luego de un rato meditabundo, se levantó y abandonó el parque, en dirección a la biblioteca, donde estaría, probablemente, Edmund Lukas.

 

            Las capitales de provincia de la República, sin apenas excepciones, tenían en su haber las Academias, donde los hijos privilegiados de la sociedad estudiaban y se formaban para poder ocupar un día los puestos principales de la Administración, el Ejército o para dirigir los Gremios y Juntas de Comerciantes. A estas Academias acudían no sólo los jóvenes ricos y de familias destacadas, sino aquellos que, en opinión de los Seleccionadores, tenían potencial.

            Rinaud, en su campaña por convertir a Nicolia en la joya de la República, había dado gran importancia a las Academias, invirtiendo considerables sumas de dinero público. Suya había sido la idea de construir una biblioteca común para todas las Academias, donde se concentrara el saber, donde los estudiantes pudieran acudir para consultar obras, pergaminos antiguos, viejos libros o esos novedosos volúmenes impresos, que habían abierto un nuevo mundo en el campo del saber.

            Los estudiantes compartían las estancias de lectura y consulta con todos aquellos ciudadanos que lo desearan, que no eran muchos, la verdad. La mayor parte eran varones, pero algunas muchachas también acudían. No alcanzarían altos puestos, pero una joven cultivada era cada vez mejor vista en la sociedad republicana, siempre y cuando su erudición o talento quedara en recatada privacidad.

            Aprovechando la oportunidad, el Juez Errante Lukas acudía cada día a la biblioteca. Edmund se había impuesto un estricto horario: los días del joven consistían en practicar sus ejercicios físicos, sus movimientos de esgrima (porque un Juez Errante debe estar en forma y con la espada afilada) y, el tiempo que le sobraba después de hacer esto, lo consagraba a pensar y a estudiar. Dougal se le unía en ocasiones, al término de la jornada, y ambos leían en silencio.

            Sólo había un momento en el que ni el cuerpo ni la cabeza del Juez estaban alerta: el breve ritual del afeitado. Dougal había aprendido, con jovial sorpresa, que su superior era un virtuoso de la navaja. Tenía una hermosa cuchilla barbera y cada jornada se rasuraba el pálido rostro. Lukas parecía un poco avergonzado de esa manía suya, como si fuera consciente de que las manías eran propias de los seres humanos.

            – Si algún día pierdes el puesto de Juez Errante, Edmund,- había comentado Stephen, con tono ligero- no me preocuparé por tu futuro: te ganarás la vida perfectamente.

            El Juez le había fulminado con la mirada más amenazadora de su repertorio; Dougal no repitió jamás la broma.

            Edmund, desde sus días en la Escuela, era un lector ávido. Tratados de historia, geografía y ciencias naturales, poemas y cantares, leyendas, compilaciones de leyes y sentencias, todo lo devoraba, todo lo asimilaba, todo lo analizaba. Ahora bien, el estudioso nunca se sobreponía al investigador. Una vez, mientras estaba enfrascado en una árida disertación sobre los derechos de los labradores frente al dueño de la finca labrantía, al pasar una hoja, se encontró con un documento traspapelado: era una relación, escrita de manera abreviada, de entradas y salidas de agentes del Gobernador.

            Los Gobernadores tenían la obligación de llevar un exacto control de las misiones de sus agentes e informadores. Debían redactar las misiones encomendadas y sus resultados para que cualquier autoridad legítima pudiera examinarlas, si fuera necesario. ¿Qué hacía, ahí, perdida, una hoja de control? Tras comprobar que en la biblioteca no había ningún volumen que reuniera tales registros, Edmund se interesó sobre ella: el bibliotecario jefe se puso lívido, dijo que era un error sin importancia, un documento viejo, sin valor y se lo arrebató al Juez Errante, quien decidió ser cauto y no insistir más. Pero esa hoja no desapareció de su mente con tanta facilidad como de la biblioteca.

            Edmund había tenido mala suerte en Nicolia. Se acercaba la época de exámenes en las Academias y la biblioteca estaba llena de críos aplicados o no en sus libros. El ambiente distaba mucho de la tranquilidad solitaria que a Edmund le complacía cuando de leer se trataba. Las largas mesas estaban repletas; no había más remedio que encajonarse entre grupos de bachilleres que, en el mejor de los casos, memorizaban datos, pasaban las hojas, mascullaban por lo bajo maldiciones y llenaban las habitaciones de un rumor confuso y fastidioso. En el peor, se dedicaba a charlar, cuchicheando en voz baja.

            Lukas estaba en una ocasión sentado cerca de unos estudiantes pertenecientes al segundo grupo. Les había lanzado, primero, miradas molestas, luego, miradas severas y, por último, miradas irritadas. Desde luego, el joven ocultaba su colgante: si aquellos chavales hubieran sospechado que estaban enfadando a un Juez Errante, hubieran tenido que volar a cambiarse los pantalones. Si Edmund se hubiera empleado a fondo, ni siquiera hubiera necesitado el colgante.

            Apareció entonces un anciano, alto, desgarbado, con una barba blanca un tanto descuidada, cargado de libros. Como había un sitio al lado de los muchachos a los que Edmund estaba imaginando en el potro, tomó posesión del mismo. La chavalería seguía a lo suyo. El anciano comenzó a observarles de vez en cuando, también; contrarrestando, quizás, las miradas de Lukas, las del viejo eran benévolas, afectuosas. Esto no se escapó a la atención del Juez Errante.

            – Perdonadme,- dijo de repente el anciano, con un tono demasiado alto para una biblioteca- pero es que me alegráis.

            Los bachilleres interrumpidos lanzaron una atónita mirada al viejo, igual que Lukas.

            – Sí, es muy bonito veros aquí, en la biblioteca, leyendo, estudiando, formándoos. Es muy bonito ver jóvenes aplicados. Pero, por favor, no dejéis que estas paredes caigan sobre vosotros. ¡Sois muy niños aún! ¡La primavera está al llegar! No os olvidéis de vivir.

            Pasado el primer momento de estupefacción, los estudiantes prestaban atención al viejo con falsas sonrisas de simpatía, mientras algunos se ocultaban detrás de los libros para reírse en silencio, cuando ya no aguantaban más.

            El viejo retomó su lectura con placidez, pero no había pasado mucho cuando volvió a la carga.

            – ¡Sois jóvenes, estáis empezando a vivir! No, estáis en lo mejor, en lo mejor de la vida. Algunos seguro que os habéis enamorado por primera vez o por segunda o por tercera, ¿eh?- el anciano, radiante, dirigía sus ojos pardos a un chico y una chica, que, a juzgar por los arrumacos indisimulados que se habían prodigado mutuamente desde su llegada, eran pareja nada secreta; ella se mordió los labios para no estallar en carcajadas, mientras él golpeaba medio en broma a un compañero que se reía por lo bajo.

            – Sí, en invierno amar es una maravilla. ¡Pero esperad a la primavera, cuando los jardines reluzcan, cuando el sol sea amable, cuando podáis correr por los campos! Estudiar es bueno, pero no olvidéis vivir. ¡Sois tan niños! Se os puede olvidar.

            Edmund había asistido a aquel monólogo, en principio, con enorme malestar. Lo único que le faltaba era un viejo medio chocho que diera a aquella banda de críos motivos para pasar el resto de la tarde riéndose. Lo que decía el viejo no ayudaba para que Lukas le tuviera aprecio. La reacción de los muchachos, aunque le resultaba comprensible, no hacía más que aumentar su exasperación.

            – Hace un poco de frío, aquí, ¿verdad?- el viejo no daba tregua- Quizás debierais pedir a los responsables que encendieran un fuego, con seguridades de que los libros no se prendieran, claro. Un poco de fuego para calentarse no puede hacer daño, ¿verdad? ¿No podéis pedirlo? ¡Sois jóvenes! ¡Sois vosotros los que tenéis que cambiar lo que no funciona! Y eso, sea un fuego que hace falta o una ley que no funciona o lo que sea. ¡Sois tan niños- repitió con piedad- y tenéis que hacer tanto! Perdonadme, pero es que os quiero mucho.

            Los bachilleres casi lloraban del esfuerzo que les costaba no partirse de risa. El Juez, harto de la situación, intervino, con voz cortante.

            – Ya está bien. Si quiere compartir sus profundos pensamientos con estos chicos, lléveselos a alguna fonda, invíteles a vino y todos saldremos ganando.

            El anciano, cogido por sorpresa, miró a Edmund con los ojos de cachorro que hubiera recibido un golpe inmerecido.

            – Pero es que sois tan jóvenes…- musitó.

            – No me ponga en el mismo saco que esos.- la voz de Lukas varió a una entonación burlona, más siniestra que la anterior brusquedad- De mí no lograría nada. Así que, por favor, lléveselos a algún antro, para que puedan emborracharse a gusto, follar a gusto y reírse a gusto de usted y de sus memeces.- de pronto, Edmund se echó a reír, con una risa estremecedora- Tendrá que emborracharles mucho, si lo que quiere hacer algo más que mirar.

            El anciano temblaba igual que una hoja; tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no derramaba ni una. Los bachilleres bajaban la cabeza, mudos, sin atreverse a decir o hacer nada. Alguno miraba con cierta vergüenza al viejo y con una mezcla de miedo y censura a Lukas.

            Con manos torpes, el anciano empezó a recoger los libros. Edmund le observaba fríamente, agotado el momento de arrebato.

            – Déjelo. Me voy yo. Puede seguir iluminando a estos niños que tanto le alegran la vida.

            Cerró de golpe el volumen que estaba leyendo y, sin molestarse en recogerlo, el Juez Errante salió de la estancia, dejando tras de sí un grupo de críos confusos y un anciano derrumbado sobre la mesa, llorando larga y silenciosamente.

septiembre 20, 2009

¡Anunciado en televisión!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:16 pm

        atv2    Hace unos artículos divagaba yo sobre el humor y el ingenio, de la mano de Chesterton y con la otra agarrando el pescuezo del señor Morán. Mencionaba las apariciones del señor Morán en El Jueves. Confiaba en que lo del señor Morán y El Jueves no hubiesen sido un par de noches apasionadas en un motel de mala muerte. Había indicios de que aquello podía convertirse en una relación destructiva con ribetes sádicos y vampirismo emocional de regalo. Los indicios se están convirtiendo en certidumbres.

            Porque, efectivamente y sí, el señor Morán tiene su rincón. Sección propia, en la que ejerce de guionista. El dibujo corre de la cuenta del señor Ágreda. Un dibujo muy colorido, muy colorista y muy irónico. Coherente con los guiones. Luego vuelvo a esto.

            La cosa está en sus inicios; los inicios prometen. Cumple una regla casi infalible, sagrada: si el primer capítulo, la primera entrega es la más floja, vamos por buen camino. Cada semana ha mejorado. Tengamos esperanzas. El trabajo previo de los implicados las fundamenta.

            Morán tiene hueco, en coposesión. Sin duda, hay mucha gente que se alegra de ello más que yo. Empezando por él mismo. Y sus familiares, que observan incrédulos y alegres cómo las miles de páginas sacrificadas por su vástago han servido para algo, al fin. Familiares que se cuidarán muy mucho de observar que el bueno de Sergio no sólo escribía, sino que también dibujaba. ¡Ah, la diplomacia familiar! O sus amigos más íntimos, que se encargarán de recordárselo una y otra y otra vez. ¡Ah, la sinceridad amistosa! ¡Cuántos asesinatos justifica!

            Ocupando mi lugar en la cola, yo me alegro después de los preferentes. Me alegro porque así tengo otro artículo, me alegro porque durante unos minutos más a la semana me río y me alegro porque la ironía y el absurdo van reconquistando El Jueves. ¿Por Morán? Sí, bien. De acuerdo. Me alegro por Morán.

            Bueno, entremos en materia. ¡Anunciado en televisión! es una página encargada de viviseccionar la publicidad, en especial (sorpresa, sorpresa) la publicidad televisiva. Parece una labor sencillita, ¿eh? Algo fácil, para un novato. Pues no.

            Para empezar, por el objeto. La publicidad se las trae. Porque sobre ella ya han opinado centenares de columnistas. Ya la han criticado docenas de ensayistas. La han acribillado miles de cómicos. La publicidad ha hecho publicidad burlándose de la publicidad. Así que sacar una página semanal sobre algo tan estudiado, humillado, golpeado y exprimido como la publicidad no es tan fácil. No si se quiere lograr una calidad razonable.

            En segundo lugar, por el enfoque. ¿Desde el humor o desde la sátira? ¿O desde ambos? ¿Es ¡Anunciado en televisión! una obra humorística o ingeniosa?[1] En general, es ingeniosa. El concepto es ingenioso, la intención es satírica. Morán y Ágreda, cada cual con sus armas, son parte de la legión de fustigadores. Sin embargo, no se limitan a lo irónico. Nos dan golpes de humor. Dejan que el absurdo se ponga al servicio del ingenio. Podríamos decir que el Ingenio golpea a veces la cabeza de la Publicidad con un enorme bate llamado Absurdo.

            Haber realizado una sección completamente absurda hubiera sido digno de verse. Más que nada porque no conozco obra artística, salvo alguna composición poética, que sea absurdo puro. Haberse mantenido en los límites de la sátira hubiera tenido también mérito: las limitaciones autoimpuestas obligan a afilar el cerebro, requieren esfuerzo, pueden salir grandes cosas de él. Aunque si gracias al absurdo tenemos los maravillosos coleccionables del tercer número (semana del 14 al 20 de Septiembre), aquí paz y después, gloria.

            La tercera gran amenaza sobre ¡Anunciado en televisión! proviene del mismo El Jueves. De la joya de la corona. De ¡Para ti, que eres joven! Las comparaciones son odiosas y divertidas: la nueva sección de Morán y Ágreda guarda similitudes con el corazón de la revista.[2] De hecho, ¡Anunciado en televisión! podría haber sido un especial de ¡Para ti que eres joven! Aunque la estructura de ambas secciones no es idéntica, ¿de verdad nadie se imagina a la Rubia y al Presentador  rondando por las páginas de Fontdevilla y Monteys? Esto no es un reproche: es una alabanza. Ser una especie de sombra de Monteys y Fontdevilla es uno de los menos grotescos sueños húmedos del señor Morán. Que lo niegue, si se atreve.

            Entonces, ¿dónde está el peligro? Pues, precisamente, en que esta sección quede bajo la sombra de sus mayores para siempre. Que no logre tener su propia personalidad. Ya, ya, eso se puede decir de toda obra en todo momento y lugar. Nadie escribe, dibuja o esculpe cocos sin influencias. Los genios logran dar una vuelta de tuerca y sublimar esas influencias en algo nuevo. Los más grandes logran incluso liberarse de esas influencias. La gente de talento domina sus influencias, las controla. Pero hay gente de talento que cae, y pasa de ser creadora a ser repetidora. Ése es un peligro monstruoso, con una enorme boca bostezante. Como gente de talento, Ágreda y Morán están amenazados por él.

            Aunque hay otro mayor. Y es que Monteys y Fontdevilla hayan leído ese librito, El Príncipe, donde el viejo, sabio Maquiavelo dice: Es necesario ser un gran simulador y disimulador; y los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes que el que engaña encontrará siempre quien se deje engañar. Cada uno ve lo que parece, pero pocos palpan lo que eres. Así ellos verán, detrás de las sonrisas y las reverencias de Ágreda y Morán, sus siniestras intenciones. Y que lo que tomaron por un homenaje, un reconocimiento, es, en realidad, un paso hacia el trono. Claro que Maquiavelo también da su advertencia a los aspirantes: A los hombres se les ha de agasajar o aplastar, pues se vengan de las ofensas ligeras ya que de las graves no pueden: la afrenta que se hace a un hombre debe ser, por tanto, tal que no haya ocasión de temer su venganza.

            En la redacción va a haber un ambiente desenfadado. Viva y bravo.

 


[1] Uso estos términos en el sentido que Chesterton les da. Me he explayado al respecto en Dictamen sobre ¡Eh, Tío! ¿Que de qué estoy hablando? Mire un poco más abajo en esta Categoría.

[2] Opinión subjetiva, valga la redundancia: creo que ¡Para ti, que eres joven! es la única sección intocable (junto a The Timos). El día que desaparezca, El Jueves debería sacar un número especial necrológico y guardar luto un par de lustros.

septiembre 18, 2009

IX. Juegos de villanos

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:17 pm

            AILIN, WILLER Y ASURAN cabalgaron durante mucho rato luego de abandonar la fortaleza. No sabían si sus atacantes cumplirían el deber que tenían contraído con el difunto Oras, ni si, caso de que así lo hicieran, eso les daría tiempo para poner suficiente tierra de por medio. Pero en algún momento tenían que parar; en plena noche, se toparon con una pequeña cueva natural.

            – Éste es tan buen sitio como otro cualquiera para descansar unas horas.- opinó Ailin.

            Descabalgaron y recogieron leña de las cercanías. A la entrada de la cueva encendieron una hoguera y Willer, con una rama ardiendo en una mano y la espada en la otra, inspeccionó la gruta.

            – Vacía.- informó- Ningún animal la está usando, así que nadie nos puede considerar intrusos en casa ajena.

            – Tengo hambre.- dijo Ailin- ¿Hay algo de comer?

            – Psé, nos quedan algunas provisiones.- respondió Willer mirando en las alforjas- Fue inteligente cazar de cuando en cuando. Tampoco es que nos vayamos a dar un festín, pero saldremos del paso.

            Asuran resistió la tentación de suspirar.

            Los tres compartieron la escasa comida, en silencio. De Kern parecía abstraído, Ailin, meditabunda y Willer, preocupado. El caballero lanzó un par de miradas a sus compañeros; al ver que no reaccionaban, dio una palmada y desarrugó el ceño, sonriendo jovial.

            – ¡Vamos, vamos! ¡Que os dormís! Dentro de nada os dejaré, tranquilos. Antes, si no os parece un desatino, me gustaría que discutiésemos un par de cosas.

            – ¿Cómo quiénes eran los que nos asaltaron en la fortaleza?

            – Bueno, yo pensaba más bien si podríamos resolver de una vez si un árbol hace ruido al caer en medio de un bosque, sin nadie que lo oiga. Aunque vuestro tema, mi señora, es incluso más atractivo.

            – Willer, ¿no estábamos de acuerdo en que me tutearas?- se quejó Ailin, medio en broma.

            – No sé si a maese Asuran de Kern le parecerá un trato demasiado confiado.- se encogió de hombros Willer.

            – Pues que me trate de vos él, si le hace gracia.- cortó Ailin, antes de que el bardo pudiera contestar- Los asaltantes sabían quién era yo.

            – Porque maese Asuran se lo contó con todo lujo de detalles. ¿Podríais explicar vuestros motivos, señor trovador? Reconozco que a mí se me escapan. Debe ser que los caballeros no gozamos de una mente tan aguda como la de los bardos.

            – Lo sabían antes.- objetó Ailin, impidiendo de nuevo que Asuran, esta vez irritado, replicara a Sir Willer- El alto me preguntó por mi identidad como si ya la conociera. Y tenían a Oras.

            – Eso es lo primero que deberíamos considerar. ¿Qué hacía el cocinero de tu tutor con dos bandidos?

            – No eran bandidos.- Asuran había logrado intervenir en la conversación.

            – ¿Y cómo lo sabéis, maese Asuran de Kern?

            El trovador se puso mohíno.

            – No hace falta que seas sarcástico, caballero.

            El gesto de Willer indicaba a las claras que la necesidad era el último motivo del sarcasmo.

            – Nos habíamos encontrado en otra ocasión. Desde que logramos derrotarlos- Willer sonrió, pero no dijo nada- y pude pensar con calma, me preguntaba de qué me sonaban sus caras. Viajamos juntos un trecho del camino, en territorio de la República.

            – ¿Qué hacías tú en la República?- preguntó Ailin, extrañada.

            – Soy un juglar trotamundos.- contestó evasivamente Asuran- Cruzo la frontera muchas veces.

            – Los rojinegros vigilan la frontera.- dijo Willer- Es raro que logres viajar por la República sin ser republicano.

            – Hasta ahora, he tenido suerte.

            – Has nacido con una flor en el culo, como se dice.- asintió, risueño, el caballero, sin que sus ojos perdieran un ápice de suspicacia.

            – Será eso. El caso es que pasaron la noche en la misma posada que yo, viajaban sin ningún problema y no parecían tener problemas con nadie. Los bandidos no van a cara descubierta a una posada.

            – Bueno, yo no estoy tan seguro. Hay muchas tabernas en las que sólo entran bandidos.

            – No era de esas. Había un par de soldados entre los parroquianos, aquella noche. Unos bandoleros no se arriesgarían.

            – Puede que tengas razón, Asuran.- terció Ailin- Además, no nos olvidemos de Oras. Tú mismo lo acabas de decir, Willer: ¿cómo iban unos bandoleros a tener prisionero a Oras?

            – O sea, que consideras que Oras no estaba allí por su propia voluntad.

            – Oras nunca abandonaría a mi tutor sin su permiso y no creo que se lo concediera para ir de paseo con unos rojinegros.

            – Sí, ha sido una observación estúpida. Lord Helmut pudo llevárselo en su revisión de los baluartes. Es la explicación menos absurda que se me ocurre.

            – ¿Y fue capturado?- Ailin se puso pálida.

            – Algunos baluartes están muy cerca de la frontera.- dijo Willer con lentitud- Es posible que hayan sufrido una emboscada y que Oras fuera capturado por los rojinegros. En los últimos tiempos, se han vuelto muy osados.

            La chica se estremeció.

            – Lord Helmut es un luchador veterano y no iría sólo acompañado de Oras.- la consoló Willer- No sufras por él, Ailin, mucho menos si ni siquiera sabemos qué ocurrió en realidad.

            – Y si Oras fue capturado por los rojinegros,- Ailin continuaba el razonamiento, con voz queda, aunque firme- y esos dos son de la República…

            – Y aparecieron justo donde está enterrada la Reina Calen…- añadió Willer.

            – Eso es que Oras les ha hablado de mí. Les guió hasta la fortaleza para capturarme o matarme.

            – ¡El maldito traidor!- Asuran aprovechó para explicitar su presencia.

            – Pudieron torturarle.- contestó Ailin, severamente- Oras era viejo, no lo resistiría. Y perdió la vida tratando de ayudarnos.

            Asuran cerró la boca.

            Willer atizó la hoguera con un palo.

            – Pongámonos en el peor de los casos. Supongamos que la República se ha enterado de tu existencia, Ailin; supongamos que esos no son sino algunos de los sicarios que ha enviado tras de ti. Pues bien, todo ello no hace más que aumentar la urgencia de nuestro viaje. Así que dejemos de especular y centrémonos.

            – Tienes razón.

            – Lord Helmut nos dijo que tu padre había viajado hacia el Oeste. El Oeste es muy grande. Tenemos que encontrar alguna pista más concreta. ¿Hacia dónde se dirigió un caballero errante, hace trece años?

            – ¡Cualquiera sabe!- exclamó Asuran.

            – Cualquiera no, pero me parece que conozco a una persona que tal vez pueda ayudarnos.

            – ¿Quién?- preguntó Ailin, inclinándose hacia Willer.

            – Un viejo que vive en una aldea a un par de jornadas de camino. Tiene la memoria más asombrosa que he visto, más aún teniendo en cuenta que se pasa la vida en una taberna. Se bebería hasta el agua de sus propios ojos, si no tuviera más remedio.

            – Un viejo borracho.- dijo Asuran con desdén- ¿Ésa es tu gran pista?

            – Nunca le he visto borracho. Es extraordinario. Me costará trabajo, pero si hay suerte, saldremos de esa taberna con una idea más clara de hacia dónde dirigirnos. ¡Y, ahora, basta de charla! Dormid un rato. Yo haré la primera guardia.

 

            El viaje hasta la aldea no tuvo historia. Willer frustró todos los intentos de Asuran por cantar una tonada, algo que el bardo no dejó pasar sin quejas indignadas, invocando en su defensa a las generaciones futuras.

            – Si las generaciones futuras me recuerdan, cosa que dudo,- había replicado sir Willer- nada me enorgullecería más que fuera por este servicio que les presto.

            Así que De Kern tuvo que conformarse con murmurar insultos. Aunque hubo un momento en que a Willer casi le pareció que se sonreía, como si se burlara de sí mismo. Aquello le desconcertó.

            Llegaron al fin al pequeño pueblo; el caballero guió a sus compañeros hasta la posada sin vacilar.

            – Pareces conocer muy bien el camino, caballero.- comentó, malicioso, Asuran.

            – Reconozco que he venido aquí más veces de lo que el código de la caballería consiente. Claro que, como el código de caballería prohíbe por completo estas visitas, tampoco tiene mucho mérito.

            Asuran torció el gesto.

            – Francamente, sir Willer, espero que no todos los caballeros estén hechos según vuestra horma.

            – Oh, estoy casi seguro de ser un caso único.

            – Si conocías esta aldea, ¿por qué no lo dijiste antes?- preguntó Ailin, quien parecía tan escandalizada por la conducta de Willer como el propio caballero.

            – Te respeto demasiado para contestarte. Vamos, Ailin, piensa un poco, esfuérzate. ¿Cómo vas a reunificar un reino sin usar la cabeza?

            – Ah, claro, qué idiota soy.- rió Ailin- Mi tutor.

            – Eso es. ¡No podía confesar delante de él las veces que había viajado hasta aquí, cuando él creía que estaba entrenando en el bosque! ¡Me hubiera despellejado!

            El posadero les recibió con una cortesía que se volvió amabilidad sin límites al saber que la pupila del señor de aquellas tierras había hecho la merced de visitar su humilde establecimiento.

            – Bien, Gustav, necesitamos una habitación para pasar la noche.

            – Sin duda, sir Willer, la mejor del local.

            – Perfecto. Lady Ailin y nuestro bravo amigo, maese Asuran de Kern, subirán ahora mismo. Están agotados. Llévales algo de comer.

            – Al momento.

            – Y dime, ¿está el viejo Kuln por aquí?

            – Oh, desde luego. Lo encontrarás donde siempre.

            – Perfecto. Oh, Gustav, por dejar las cosas claras: si alguien se entera de que lady Ailin ha estado aquí, te destripo. Si oigo que alguien sabe que lady Ailin ha estado aquí, te aso a fuego lento. Si sospecho que alguien sabe que lady Ailin ha estado aquí, te saco los huesos y luego te corto la cabeza.

            – ¡Ay, señor! Os juro que de mi boca no saldrá una palabra. Y si alguno de los míos se llega a enterar y habla, os ruego que, antes de matarme, me permitáis darle una buena paliza.

            – Estupendo. Ya habéis oído,- les dijo a Ailin y Asuran, cuando Gustav se marchó apresuradamente- subid y esperadme arriba. Me temo que tardaré un buen rato, pero nada temáis. ¡Volveré con noticias o el mar se atascará con nuestros cadáveres!

            Si la habitación era la mejor de la posada, el nivel de la misma no podía ser muy elevado. Constaba de tres camas, tres sillas, un par de baúles pequeños y una mesa de madera en la cual habían grabado ingeniosos mensajes y escenas edificantes los cuchillos de muchos huéspedes.

            Comieron lo que les sirvió Gustav –un estofado presentado de manera vulgar, pero con un sabor digno de un rey- y la muchacha decidió descabezar un sueñecito, mientras Asuran pulsaba las cuerdas de su laúd lánguidamente, canturreando en voz baja. El trovador se mostraba un tanto cohibido al estar a solas con la heredera del Trono: por mucho que ella lo intentó durante el tiempo que estuvieron en la habitación, no logró mantener una conversación de verdad, pues De Kern contestaba siempre de manera correcta y breve, con una brevedad que tenía su parte de timidez y su parte de reserva.

            Cuando los tres viajeros llegaron a la posada el mediodía ya había pasado. Al despertar Alin, había llegado el atardecer. Willer no subió hasta que la noche se hubo enseñoreado del mundo. Abrió la puerta con extremo cuidado, cruzó el umbral con paso marcial, se tambaleó, recuperó el equilibrio y se sentó en una silla, en frente de la mesa, sobre la cual posó una botella de vino y tres copas.

            – ¡Bebamos!- exclamó el caballero, escanciando- ¡Por todos los demonios! ¡Hay que celebrar como mandan los cielos una buena batalla!

            – Willer, ¿estás borracho?- preguntó Ailin, alarmada.

            – Podría dar esa impresión, al ojo inexperto.- dijo Willer vaciando su copa de un trago- Pero no se da la circunstancia, mi señora, empeño mi honor en ello.

            – ¡Vaya garantía!- murmuró Asuran.

            – Ah, vamos, maese bardo. No nos peleemos. Acabo de combatir a un adversario temible y estoy cansado de bregar por hoy. Así que bebamos y escuchad el relato de mi heroica gesta.

            – ¿Has visto al anciano? ¿Has descubierto algo sobre mi padre?

            – Lady Ailin Grimwald, compostura. Las historias se cuentan con orden. Vamos a ello. Encontré a maese Kuln, el anciano del que os hablé. Está como siempre, el muy bandido. Le saludé y él me saludó, como si fuéramos viejos camaradas, y nos pusimos a charlar de la marcha del mundo, de los años que transcurren y de cómo todos nos hacemos viejos menos él, que ya no puede envejecer más. ¡Pero bebed, caramba, este vino es excelente!

            Los otros obedecieron y Willer rellenó las copas.

            – Eso está mejor. Pues bien, Kuln, como os dije, tiene una memoria prodigiosa. “Mi querido Kuln, tengo que hacerte una pregunta importante.” “Me parece bien”, dijo él. “¿Podrías decirme si por esta zona pasó, hace casi trece años, un caballero con aspecto de no estar pasando los mejores días de su vida, empeñado en una búsqueda larga y ardua?” “Muchos caballeros pasan por aquí y la mayoría se pasa la vida buscando cosas”, me respondió el muy canalla. “Lo sé, pero éste que te digo estaba dispuesto a abandonar a su querida esposa, a su amada hija, a sus amigos, a su hogar, para encontrar lo que buscaba, tan importante era.” “Puede que recuerde algo”. ¡Fijaos! “Puede que recuerde algo.” ¡Lo recordaba todo! ¡Sabía muy bien de quién estaba hablando!

            – ¿Después de tanto tiempo?- se asombró Asuran- ¿Cómo es posible?

            – Kuln es muy viejo, para él trece años es antes de ayer. ¡Y basta de interrumpirme con preguntas que no vienen a cuento, joder! Lo lamento, eso no estaba justificado. Sigo. El muy perro sabía lo que necesitamos saber. Pero debo deciros algo de Kuln: nunca dice nada gratis, hay que ganarse ese derecho. ¿Y cómo? Jugando. Kuln es un jugador asombroso y le encanta obligar a los demás a apostar dinero o bienes a cambio de información. ¡Lleva ganándose la vida entera gracias a eso! Empezamos a jugar a los dados. Aposté todo nuestro dinero a una jugada.

            – ¡Todo nuestro dinero!- exclamó Ailin.

            – No hubiese aceptado menos. Es un hombre justo: sabe cuánto vale lo que se le pide. Así que lancé los dados. ¡Un ocho nada menos! Por desgracia él me ganó por dos tantos.

            – ¡Willer!

            – Calma, calma. Como es natural, ese revés no iba a desanimarme, de modo que aposté mi caballo. Luego, el caballo de maese De Kern. Luego, el tuyo, Ailin.

            – ¡Por el amor del cielo, Willer! ¿Cómo vamos a viajar sin nuestros caballos?

            – ¿Y a dónde viajaríamos sin más datos? Estás muy excitada, Ailin, toma otro poco de vino.

            – No quiero más vino.

            – Haces mal. En fin, ¿por dónde iba? ¡Oh, sí! Con tu caballo, Ailin, recuperé el de Asuran y con esos dos, recobré el mío y la mitad de nuestro dinero.

            Asuran suspiró, aliviado y Ailin se echó a reír.

            – Creo que sí tomaré ese poco de vino.- exclamó.

            – Ya sabía yo que recapacitarías. Kuln es muy listo. Cuando vio que los dados empezaban a volverse contra él, propuso cambiar de juego. Me retó a los dardos.

            – ¡Pues no es tan listo!- opinó Ailin, encantada- Tienes una puntería impresionante, seguro que le diste una paliza.

            Willer la observó con amable conmiseración por encima de su copa.

            – ¡Ay, señora! Kuln tiene la mano más firme que yo haya visto en mi vida con un dardo entre los dedos. Además, entre los dos habíamos vaciado ya cuatro botellas del mismo vino que estamos bebiendo ahora y, en ese momento, decidió que debía probar un licor de hierbas, al cual siempre me había resistido. Es de muy mala educación rechazar una invitación en mitad de un juego, así que no tuve más remedio que aceptar. Con esto no quiero decir que estuviera borracho ni embriagado… bonita palabra…, claro que Kuln menos todavía.

            – Te emborrachó para que perdieras a los dardos.- Asuran chascó los labios- ¡Vaya trampa más sucia!

            Mirando fijamente al bardo, el caballero desenvainó su daga, apuntó a donde se cruzaban dos vigas al otro lado de la habitación y dijo:

            – Mirad el nudo de la madera.

            La daga se clavó justo en medio del nudo.

            – Bueno, por ser breve, le gané dos partidas y el me ganó otras dos. Por aquel entonces, en mi haber estaban nuestros caballos, nuestro dinero y el broche.

            – ¿Mi broche?- Ailin le arrebató la botella a su Protector, derramando parte del contenido; Willer lanzó un quejido.

            – Eso trae buena suerte, dicen.- comentó Asuran.

            – ¿Derramar un estupendo vino del Valle de Adron, buena suerte? ¡Jamás oí estupidez mayor!

            – ¿Mi broche?

            – Tuve que ponerlo encima de la mesa, en sentido figurado, o no habría recuperado todo el dinero.- el caballero recuperó la botella con delicadeza.

            – ¡Este broche era de mi madre, Willer! ¡El dinero me da igual!

            – No grites, Ailin, por la bendita Providencia y los infiernos. Compréndelo: para conseguir la información, antes tenía que recuperar cuanto me hubiera ganado Kuln, para que fuera él el que estuviera en deuda conmigo.

            Ailin hizo un gesto de aquiescencia nada convencido.

            – Pero entonces, ya habías ganado.- observó Asuran- Kuln estaba limpio.

            – En fin, casi. Tenía algo nuestro en su poder. El laúd.

            – ¡¿Qué?!

            – Lo tuve que apostar también y esa partida la perdí. Kuln es un gran aficionado a la música, así que, cuando le describí lo hermoso que era, de forma y de sonido, ese laúd, lo aceptó como apuesta.

            – No tenías ningún derecho…- barbotó De Kern.

            – Lo hecho, hecho está. ¡Respira, bardo! Lo recuperé en la siguiente tirada. Ahora sí que tenía a Kuln en mis manos, de manera que le dije: “Maese Kuln, ya no tienes nada que apostar y ese laúd no cubre tus pérdidas. Vas a tener que hablar” Como es un jugador de respeto, cumplió con sus obligaciones.

            – ¡Al fin!- la heredera al Trono había tomado posesión de Ailin- ¿Qué sabía?

            – Recordaba a tu padre. Había bebido con él. Al parecer, tu padre estaba deseoso de conversar con alguien y le contó casi toda su historia a Kuln, sin decir en ningún momento que era el Rey. Pero Kuln no es tonto y cubrió las lagunas con el tiempo.

            – ¿A dónde iba mi padre?

            – Según Kuln, tenía la intención de tomar un barco y navegar hasta las Islas Rojas. Es lo que sabía. Encaja con lo que le dijo a lord Helmut. Las Islas están al Noroeste.

            – ¿Dónde podemos conseguir un barco?

            – Calma, calma. Las cosas son más complicadas. La situación ha cambiado mucho en estos trece años. Los rojinegros controlan el mar y es muy complicado adentrarse en él sin topar con su flota. Las Islas no les pertenecen, pero mantienen buenas relaciones con sus gobernantes. La manera más segura de llegar hasta allá es un barco de la República.

            – ¿Te has olvidado de nuestros amigos de la fortaleza? La República sabe quién soy.

            – La República no es un monstruo de mil ojos, Ailin. Que algunos agentes suyos te conozcan no quiere decir que todos los soldados de Izur tengan tu retrato metido en la cabeza. Si nos movemos rápida y discretamente, podemos lograrlo. Iremos a Lossar, una pequeña ciudad con puerto fluvial. El río Od es navegable y desemboca en el mar. Varios barcos que van hasta las Islas Rojas parten de Lossar.

            – Va a ser peligroso.- murmuró Asuran.

            – Maese De Kern, citadme un cantar de gesta en el que los protagonistas lo tuvieran sencillo. La verdad es que es un asco protagonizar un cantar, pero qué le vamos a hacer. Terminemos esta botella y a la cama. Mañana hay que despertar al gallo. ¡Salud!

septiembre 13, 2009

Tarta y café

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 10:11 pm

          twin peaks1  Como joven objetivo y razonable, Andrew Dennings no ponía excesivos reparos a la cafetería en la que se encontraba. Quizás la camarera era un poco más rolliza de lo deseable y el café que servía no fuera el que uno esperaría en el Florian de Venecia, pero ni Andrew había tenido la fortuna de visitar la Serenísima ni estaba interesado en conocer bíblicamente a la camarera. El ambiente era poco alegre e incluso lúgubre. Las mesas, mal iluminadas, se encontraban vacías en su mayor parte. Unos clientes dispersos se concentraban en el contenido de sus respectivos vasos. Era la atmósfera adecuada para aquella escena; el señor Dennings albergaba la sospecha de que algún geniecillo ocioso se había encargado de prepararla.

            En un acto reflejo, sorbió un poco de café. Su estómago presentó una protesta formal por acto hostil gratuito y el cerebro dictaminó, por siete votos contra cuatro y una abstención, que la protesta tenía fundamento. El joven paseó una mano nerviosa por el cuello de la camisa, el nudo escurrido de la corbata, las solapas de su americana, hasta llegar de nuevo a la taza, que se reencontró con los labios. El estómago, indignado, reaccionó, y la otra mano acercó con precipitación un pañuelo a la boca, conteniendo por poco la respuesta.

            En una mesa circular, unos metros detrás de la adosada donde Andrew no se molestaba en recuperar la dignidad, un hombre, con un traje tan aburrido que clamaba ante el mundo entero su condición de burócrata, lanzó una nada disimulada mirada a su reloj y una muy amenazadora mirada hacia Dennings. Otro bebedor, que bien podía ser el que acabamos de describir, si éste hubiese corrido hasta una mesa más adelante en un momento de distracción, realizó los mismos gestos en orden inverso.

            – ¿Más café, encanto?- preguntó la camarera, agitando seductoramente la cafetera ante los ojos de Dennings.

            – No, gracias. ¿Tendría algo de comer? Un trozo de tarta o lo que fuera.

            – Tenemos tarta de manzana, tarta de frambuesa, tarta de cerezas, tarta especial y tarta de zucamayo.

            Dennings se sintió intrigado ante la tarta de cerezas. La tarta especial y la de zucamayo eran trampas para incautos, que, atraídos por sus enigmáticos nombres, pagarían más de lo debido a cambio de un poco de masa, crema pastelera en un grado avanzado de descomposición y medio bote de pintura con plomo para alegrar la vista.

            – Tomaré una porción de la de cerezas, por favor.

            – Ahora mismo.

            Mientras la tarta llegaba, perteneciendo aún al mundo de las presunciones de inocencia, Andrew se entregó a sus pensamientos, sombríos y autocompasivos. En el Club, la idea de cambiar la botella de Blue Label del Decano Paddintong por una mezcla consistente en tres cuartas partes de JB y una cuarta parte de codeína, había despertado simpatías. Algunos socios hasta habían asegurado que bien podría competir por el Premio Mensual de Ingeniosas Perpetraciones, en la categoría de Prima Perpetratio. Por desgracia, el joven Dennings se regía por el calendario gregoriano, mientras que el Decano, firme adalid de las tradiciones, seguía usando el juliano, de modo y manera que atrapó al infractor con las manos en la masa, cuando, según los cálculos de éste, debía encontrarse aún explicando a sus alumnos la degeneración introducida en la poesía por los Salmos del Rey David, ejemplo palmario de lascivia desordenada.

            El Decano Paddintong era bondadoso por naturaleza y, como además estaba bien relacionado, consintió en trocar el justo castigo de Andrew por los servicios del mismo a cualesquiera autoridades pertinentes. Así, el señor Dennings había conocido a mucha más gente de la que hubiese deseado y se había encontrado en muchos lugares a los que jamás se hubiera acercado. Así, en última instancia, había acabado en aquella cafetería.

            La tarta de cerezas no dejaba en ridículo al café. Una facción sediciosa del cerebro filtró el informe de los ojos al estómago y éste anunció que, como aquella monstruosidad tocara la punta de la lengua, segregaría jugos gástricos suficientes para provocar una peritonitis. Sabiendo que trataban con un gourmet extremista y fanático, las neuronas dieron instrucciones terminantes de no tocar el tenedor bajo ningún concepto.

            Precaución innecesaria: ojos, neuronas e incluso el egocéntrico estómago olvidaron la tarta ante el personaje que entró, igual que un huracán, en la cafetería.

            El recién llegado parecía una enorme nube negra, envuelto como estaba por una amplia capa española, la cabeza cubierta por un sombrero de ala ancha. Pero fue girar sobre sí mismo, con la agilidad de un bailarín, y revelarse: una melena y una barba pelirrojas, enmarcando un ancho rostro rubicundo; un traje verde laurel, un chaleco naranja, una pajarita irisada y un bastón de cedro, con empuñadura de marfil. Era un gigante orondo, estratosférico, luminoso, una mezcla entre león y elefante, capaz de sonreír.

            – ¡Por Júpiter, que la noche es fría!- exclamó con un vozarrón mayestático, un rugido alegre- ¡Un whisky, un borgoña, un copa de vino caliente de Canarias, por ese orden o por el que Dios le dé a entender!

            – Ahora mismo, señor Oldcastle.

            La camarera, sin dar muestras de asombro, sirvió las bebidas. Los demás clientes tampoco habían mostrado sorpresa alguna, aunque sí habían reaccionado: ya no estaban encorvados sobre sus tazas, sino que habían erguido la columna e, incluso, un par de ellos esbozaban algo parecido a una sonrisa.

            El Burócrata Número Uno miró al Burócrata Número Dos (o tal vez fuera el Burócrata Número Dos quien miró al Burócrata Número Uno) y ambos miraron al señor Dennings, el cual, aplastado por la perplejidad y el miedo, trasegó el contenido de la taza al estómago. Lo único que logró así fue doblarse sobre sí mismo. Cuando pudo incorporarse, otro hombre estaba sentado frente a él.

            El aparecido era enjuto, pálido, de manos largas y huesudas. Vestía un traje parecido al de Oldcastle, si bien el chaleco era de un morado casi negro y el traje de un escarlata casi morado. Además, llevaba una corbata a juego con el chaleco. Pulcramente doblado junto a él, un largo abrigo ciruela, debajo de una chistera de terciopelo, pero ningún bastón. También el caballero delgado sonreía, aunque aquel rasgo era más una diferencia que una semejanza. La sonrisa de Oldcastle era regocijante, cordial, agresiva. La del compañero de mesa de Andrew resultaba inquietantemente cortés y cortésmente inquietante, todo ello al mismo tiempo y sin los límites muy claros.

            – Buenas noches.- saludó el caballero delgado, una voz suave, educada, distante.

            Los gemelos burócratas ahora, pasaban sus grises miradas del gigante al espectro y del espectro al gigante.

            – Sus perros guardianes no parecen saber muy bien a qué carta quedarse.- observó el caballero huesudo sin apartar sus sombríos ojos de Andrew- Llevan ustedes días vigilando este local, preparando el gran día. Y cuando llega éste, en lugar de aparecer un invitado, se presentan dos. ¡Qué desconcertante!

            – ¿Es usted el que me citó aquí hace unas semanas?

            – Eso es querer saber demasiado, demasiado pronto. Lleva usted un tiempo preguntando, buscando, tratando de descubrir algo de cierta organización. No por voluntad propia, ya lo sé. Aunque eso carece de importancia, desde cierto punto de vista al menos.

            El señor Oldcastle, apuradas sus bebidas lanzó una ojeada radiante a su alrededor. Curiosamente, la mesa donde Andrew conversaba con el caballero de sonrisa inquietante pareció pasársele desapercibida. Sin mediar advertencia o estímulo alguno, hinchó el pecho y empezó a cantar con energía:

Good King Wenceslas looked out, on the Feast of Stephen,

When the snow lay round about, deep and crisp and even;

Brightly shone the moon that night, tho’ the frost was cruel,

When a poor man came in sight, gath’ring winter fuel.[1]

            La camarera se echó a reír y los demás clientes golpearon con sus tazas la mesa, siguiendo el ritmo de la canción. Una jukebox se encendió, resplandeciente, en la esquina, proporcionando la música exacta.

            – Por supuesto, habrá comprendido usted,- continuó, imperturbable, el caballero delgado- que dicha organización le estudió a fondo. Y que, cuando se planteó la posibilidad de responder a sus peticiones, lo hizo con cautela, sin exponer a ninguno de sus miembros. Por eso nunca vio cara a cara a ningún miembro. Por eso vino aquí, esta noche, sin saber quién sería el enlace. Y si usted no lo sabe, tampoco lo saben sus titiriteros.

            – Hombre, con todo lo que me ha dicho ahora… supongo que el enlace será usted.- Andrew lo dijo con cierto encogimiento, con tono humilde, casi disculpándose.

            – ¿De dónde saca eso?

            – Pues, vaya, de que sólo alguien de esa organización sabría todo lo que acaba de decir y sólo el enlace estaría aquí en nombre de la organización.

            – Va muy rápido. Presupone y deduce a una velocidad de vértigo, vaticinando un varapalo vasto a su vocinglería. ¿No se le ha ocurrido pensar que yo puedo ser un investigador independiente? ¿Quizás un secuaz de la autoridad del que nada sabe? ¿O un agente de otra potencia? Tal vez ni siquiera sea real, sino una manifestación de su superego, enfrentado con su ego y con su ello.

            – Trata de confundirme.- gimió Andrew.

            – Sigue presuponiendo.- apuntó su interlocutor, monocorde- Lo que yo quiera, pueda o esté haciendo son cosas diversas y se helará el infierno antes de que sea capaz de adivinar alguna de ellas.

            Dennings parpadeó repetidas veces y calibró la posibilidad de arrojar la taza a la cara del caballero. Pero había recibido una excelente formación en su Club y sabía a la perfección que, si bien arrojar el contenido de una taza a la cara de un adversario puede estar justificado o incluso constituir un imperativo categórico bajo ciertas circunstancias, arrojar el continente era indigno del gorro rojo más brutal.

            – Por tanto, se encuentra en un auténtico brete. No sabe a quién señalar como presa a sus amos. Sabe que, si no les ofrece una, habrá fracasado. Y adivina las consecuencias de su fallo.

            – Podría señalarle a usted y todos contentos.

            – Usted no haría eso.

            – Le metería en una celda y tiraría la llave, sin pensármelo dos veces.

            – Ya, como si no le conociera.

            – ¡Es que no me conoce!- gritó Andrew, frustrado.

            En los ojos del caballero asomó un segundo la ironía. Luego, quedaron vacíos de nuevo.

            – En cualquier caso, conozco a los muchachos de gris. No harán nada fuera del reglamento. Pueden pasar horas hasta que determinen quién de nosotros, si Oldcastle o yo, es su enemigo.

            Andrew giró la cabeza hacia el jovial Oldcastle, que, tras interpretar el viejo villancico dos veces, bailaba al son de In the mood, acompañado por los aplausos de los clientes.

            – Pues yo lo tengo bastante claro.

            – ¿De veras?

            – Si de verdad me conociera tan bien, sabría en qué clase de organización trato de desenmascarar y a qué clase de individuo mandarían.

            – Ilústreme.

            – Son gente peligrosa. Gente que está en contra de la sociedad, que vive al margen de ella.

            – Suena convencional. Podía haberse esforzado un poco más al describírmelos.

            – Usted podría ser uno de ellos.- Andrew había perdido la humildad y se encendía.- ¡Vaya que sí! Tiene mala pinta, amigo. No me extrañaría mucho si me enterase que tiene a su madre momificada en un armario. O que ha enterrado en su jardín a la mitad de sus vecinos.

            – ¿Por mi aspecto, debo ser un asesino en serie? Al menos, juzga usted según las apariencias. Eso es un punto a su favor. Y, créame, no anda muy desencaminado en lo que a mí se refiere. Aunque ninguno de sus ejemplos sea correcto.

            Andrew perdió el vigor, después de la humildad. Alguna zona de su carácter debía tener un gran agujero.

            – Pero por eso, precisamente,- continuó, sin dejar de sonreír, el caballero- debería dirigir sus sospechas contra el viejo Oldcastle. ¿Piensa que yo resulto una amenaza superior que él para sus dueños? Me inclino a pensar que no los conoce entonces muy bien.

            Los dos burócratas habían estado celebrando conferencia íntima. Por la manera en que envararon el cuerpo, habían llegado a una conclusión. El Burócrata Número Uno se deslizó discretamente hasta la puerta y de ahí a la barra, rodeando de esa forma al inmenso danzante. El Burócrata Número Dos caminó en línea recta hacia él.

            – Pare.- ordenó.

            En aquel momento terminó la melodía y por eso, sólo por eso, Oldcastle dejó de brincar y de dar palmas.

         jukebox   – ¡Magnífico Glenn Miller!- exclamó- ¡Es capaz de volver juguetón a un subinspector delegado de Hacienda y de poner de buen humor a un psicólogo tras veinte años ininterrumpidos de escuchar adolescentes convencidos de sufrir desgracias wertherianas! ¿Pero alguno imita a ese jovenzuelo? ¡Claro que no! En fin, alguno que otro. Pero si escucharan a Miller, ¡ni uno, estoy convencido! ¡Dejarían tranquilo a su psicólogo, que cerraría la consulta y se convertiría en saltimbanqui, en tertuliano de café o en tragasables diplomado, profesiones todas ellas dignísimas, buenas para cualquier muchacho sano de cuerpo y espíritu y reprobadas por los mayores de amplias calvas y blancas patillas!

            – ¿Puede hacer el favor de mostrarme su documentación?

            La agria voz del Burócrata, más alta esta vez, zarandeó al cuerpo de Oldcastle.

            – ¿Mi documentación? ¿Con qué objeto me formula esa petición, que suena casi a exigencia, y amparándose en qué soberanía?

            El Burócrata sacó una placa, que Andrew no pudo ver con claridad.

            – ¿Y cree que eso le da derecho, compadre? Se tiene en más de lo que es.

            – ¡Sus papeles!

            – Mis papeles son míos. De ahí deducimos que puedo dárselos a quien quiera. Aquí los tiene.

            De un bolsillo interior sacó una cédula doblada varias veces. El Burócrata Número Dos la desplegó con cierta dificultad: era enorme, de papel firme, robusto, escrita sin duda a pluma de ave, con un caligrafía elaborada, de mayúsculas cuatro veces más grandes que las minúsculas.

            – Éste no es ningún documento oficial.- dijo el Burócrata, de forma aún más agria.

            – Ha pedido como un matón mis papeles. Son esos y no otros. Puede refunfuñar, patalear, suspirar y mordisquear todo lo que quiera, pero, por San Patricio, San Jorge y San Andrés, que no logrará nada más de mí. Ha llegado al fondo de mi bolsa.

            El Burócrata Número Dos leyó con detenimiento la cédula. Había algo cuadriculado en su manera de leer, algo seco, desapacible, rígido, formal. Daba la impresión de que el propio acto de lectura se había convertido en un trámite administrativo. El ceño del leedor se fue arrugando hasta que sus cejas constituyeron una línea delgada y severa.

            – Esos documentos son absurdos. No figuran en ellos ni su edad, ni su domicilio, ni su profesión, ni ningún dato relevante de cualquier manera.

            – En ese bendito trozo de papel está todo cuanto hace falta saber.- el gigante se lo arrebató a su inquisidor, lo agitó un par de veces para alisarlo y declamó su contenido:

            “En nombre de Su Graciosa Majestad, a quien Dios guarde muchos años para felicidad de Su Augusta Persona, hacemos saber a todos los que prestaren su atención y entendieren, que por esta cédula que extendemos damos existencia, forma y libre albedrío al Muy Honorable Gilbert Oldcastle y le concedemos los siguientes privilegios y prerrogativas:

            “One, que el Muy Honorable Gilbert Oldcastle posee libertad de pensamiento, de palabra y de ingesta, hasta que llegue el día en que sus palabras no puedan expresar sus pensamientos y sus intestinos no puedan digerir un volumen de viandas equivalente al volumen de su ingenio.

            “Deux, que el Muy Honorable Gilbert Oldcastle goza de autoridad para la alegría y para transmitirla a cuantos quisiere o por bien tuviere, en mucho o en poco, sin que otro derecho pueda prevalecer sobre éste.

            “Drei, que en los territorios señalados al margen, el Muy Honorable tendrá supremacía absoluta, incluso sobre el Gobierno de Su Graciosa Majestad, a quien Dios guarde muchos años para murmuración de sus sirvientes.

            “Cuatro, que el Muy Honorable no está constreñido en vida más que por los límites de su ingenio, de su lenguaje y de su hambre, siendo este documento papel mojado en el preciso instante que el Muy Honorable así lo determine.

            “Así lo ordeno, mando, instruyo, estampo y redoblo, en nombre de Su Graciosa Majestad, a quien Dios guarde muchos años para regocijo de los enemigos del Reino,

Henry Bolingbroke-Blackstone, Pinche Mayor y Jefe de Basureros.”

            Y el señor Oldcastle se guardó la cédula con un gracioso ademán, entre los aplausos de los clientes.

            – Espero,- dijo, tras saludar a sus fieles, dirigiéndose al Burócrata Número Dos- que comprenda ahora lo infinitesimal de su posición ante mí.

            Los dos burócratas mostraban una expresión inusual en ellos: podríamos incluso arriesgarnos, sugiriendo que era síntoma de una emoción humana. Su retrato indicaba indignación, santa cólera, conciencia de haber sido testigos de la vejación de algo sagrado. Ahora bien, tales sentimientos, si en verdad bullían por sus almas, en el caso de que las tuviesen, ¿eran realmente de los burócratas? ¿Se sentían, en verdad, indignados? ¿Notaban, en sus carnes, el gusto áspero, desquiciante de la exasperación frustrada? ¿Odiaban al Muy Honorable Oldcastle con sincera, humana, personal pasión?

            ¿O tal vez sólo exteriorizaban la ira de la Autoridad? ¿Era la Autoridad la que se había puesto como un basilisco ante el desprecio del titán por sus poderes? Nuestros dos burócratas, ¿no hacían sino reflejar, como era su deber, los sentimientos de la mente superior a la que servían? Preguntas insondables, hundidas en simas que ni los más monstruosos peces abisales, repletos de bombillas bioluminiscentes, se atreven a visitar en el paseo después de la merienda.

            El Burócrata Número Uno se ajustó la chaqueta en un gesto siniestro que el Burócrata Número Dos interpretó correctamente.

            – Señor Oldcastle, debo pedirle que salga con nosotros de forma pacífica y civilizada.

            – ¡Salir! ¿Salir de la cafetería? ¿Eso me pide? ¿Que salga con ustedes, que atraviese, escoltado por semejantes pajarracos el umbral de este refugio y me adentre en las tinieblas exteriores? Hace falta una gran luz para aventurarse allá afuera, o ser uno mismo una gran oscuridad, ante la cual las sombras se agazapen, llenas de terror. Pero ustedes no son ni una gran luz ni una gran tiniebla. Son seres sin brillo ni espanto, sin pasión ni desdén. ¡Cómo esperan que salga de aquí acompañado por unos seres semejantes! ¿Y mi reputación? Ya se me escapa ella sola cada dos por tres y tengo que hacer graves esfuerzos para encontrarla. ¡De ninguna manera pienso darle paso franco para la huida saliendo de aquí con ustedes dos!

            – Compórtese.- el Burócrata Numero Uno habló aceradamente. ¡Albricias! Podemos distinguirlos por sus voces: agria, la del Número Dos, acerada, la del Número Uno.

            – Estamos tratando de asuntos serios.- añadió el Número Dos.

            – Sin duda: de zapatos y de reyes, de lacre y alquitrán. ¡Ah, por Guinness, que alguien nos sirva una ración de ostras y pan a discreción!

            – No nos deja opción, señor.

            El Burócrata Número Uno aferró los brazos de Oldcastle, doblándolos hacia atrás, mientras que el Burócrata Número Dos sacaba unas esposas.

            – Ya se lo dije.- sonrió el caballero delgado, una sonrisa indiferente, ni triste ni alegre- han tardado mucho menos de lo que yo me esperaba, pero los perros han olfateado al zorro adecuado.

            – ¿Él es el enlace? Apenas puedo creerlo.

            – No he dicho nada de ningún enlace. Pero los enviados de la Autoridad han visto claro quién de los dos era más peligroso para ellos.

            Los Burócratas habían logrado esposar a Oldcastle. Le echaron por encima la capa española y el Número Uno recogió el bastón y el sombrero.

            – Permanezcan todos sentados en sus sitios respectivos.- ordenó- Dentro de siete minutos y catorce segundos podrán realizar sus actividades habituales. Entre tanto, no interfieran con la operación en curso.

            La camarera y los clientes observaron, acongojados, al increíble gigante salir detenido de la cafetería, la melena y la barba erizadas y los ojos lanzando chispas. En cuanto la puerta se cerró tras él, se fueron el calor y la alegría. Pero tampoco volvió la atmósfera decrépita que reinaba antes de su aparición. Otra poder se entronizaba: un aire frío, tenebroso, lleno de susurrante malevolencia. Los clientes se marchitaron y aferraron con manos trémulas las tazas. El caballero huesudo se desperezó y su sonrisa se hizo más amplia, menos distante: a cada segundo se volvía más diabólica, una mueca de pérfida jovialidad, de crueldad risueña. Dennings no tuvo ánimos ni para encogerse.

            ¡Y entonces! Se oyeron ruidos de pelea más allá de la puerta, en las tinieblas exteriores. Reglamentarias amenazas de uso adecuado de la fuerza, respondidas por carcajadas. Al cabo de unos segundos, volvió el silencio. Se abrió la puerta. El señor Oldcastle regresaba libérrimo, con el bastón roto en una mano, la capa enrollada en la otra y el sombrero ladeado en la cabeza.

            – ¡Vino de Canarias que la noche es fría! ¡Por todos los Nibelungos, que nunca adivinarían lo que acaba de sucederme!

            – Usted dirá, encanto.- le animó la camarera, escanciando. Los clientes, devueltos a la vida, miraban al gran hombre con ansia.

            – ¡Emboscada!- vociferó Oldcastle- ¡Emboscada traicionera! Regresaba aquí después de salvar al Reino de la ruina, por un perverso complot de facciosos sediciosos en inteligencia con arribistas internacionales. ¡De pronto, de la nada, aparecen unos villanos de la peor estofa, con los más espantosos trajes que he visto nunca! Se veía a la legua que no eran hombres de respeto. Uno de ellos me habla con voz de chacal: “Danos tus papeles”.

            – ¿Qué hizo Vuestra Merced?- uno de los clientes no pudo controlarse.

            – Pues bien, soy hombre de honor y aunque me asedien una docena de bandidos, no retrocedo. Por supuesto, no iba a entregarles por las buenas mis papeles, que me entregó en mano el más alto servidor del Reino y de Su Graciosa Majestad. Así que alzo mi bastón y le digo: “Vete por donde has venido si sabes lo que te conviene, porque podría acabar con diez veces vuestro número y hay aquí cerca fieles amigos que acudirán en mi ayuda si grito una sola palabra”.

            Los clientes prorrumpieron en vítores.

            – Eso los acobardó, pero eran, ya les digo, el centenar de desgraciados más vil que he visto en mi vida. Me rodean. La mitad de ellos salta sobre mí y los otros cien tratan de encadenarme. Pero me zafo y lucho con ellos, con todos a la vez. Mi bastón les mide el lomo y mientras combato, me río y les increpo. Por fin, los supervivientes, que no eran más de tres docenas, dejan a sus camaradas caídos en el suelo, una legión entera, y huyen con el rabo entre las piernas. Para tan poca cosa, no merecía la pena interrumpirles a todos ustedes.

            El relato fue recompensado con otra ronda y más y más aplausos. Los clientes comentaban entre sí la épica aventura. Andrew, estupefacto, comió maquinalmente media tarta de cerezas. El estómago ni se dio cuenta.

            – Otra noche que se libra.- el caballero huesudo se encogió de hombros- Debería usted irse a casa. Sus superiores no tienen nada que reprocharle.

            – ¿Desde dónde puedo llamar a un taxi?

            – Ningún taxi llega hasta aquí. Le recomiendo que vaya andando. Venga conmigo. Yo me voy. Esta noche nada puedo hacer aquí, es evidente, y quedarme para ver si cambian los vientos sería una estúpida pérdida de tiempo. Ya veremos mañana.

            Andrew Dennings contempló a su interlocutor, el abrigo puesta, la chistera entre las manos.

            – No se ofenda, pero un paseo por la noche con usted no es algo que me llame mucho.

            – Juzgar por las apariencias es sensato, pero le conviene venir conmigo. ¿No? En fin, tal vez nos veamos en otra ocasión. Que usted lo pase bien.

            El caballero se caló la chistera y abandonó la cafetería sin dirigir a nadie más ni una palabra ni una mirada. Al marcharse, la alegría del local aumentó. Las ventanas ya no estaban sucias y las mesas relucían. Hasta las lámparas daban una luz más viva y cálida. El señor Oldcastle bailaba con la camarera una polka.

            Nuestro desconcertado joven se aflojó la corbata, se reclinó en su asiento y cerró los ojos. El sonido de la puerta al abrirse le hizo abrir uno. El ambiente había cambiado de nuevo. El jolgorio se mezclaba con una sutil elegancia, con una voluptuosidad aterciopelada. Una mujer hermosísima, de piel blanca como la leche y cabellos negros, en un vestido de noche rojo andaba sobre tacones. Andrew se puso recto. La mujer se sentó frente a él y clavó sus ojos claros en los del muchacho.

            Los labios rojos se abrieron y una voz ronroneante le acarició los oídos.

            – Buenas noches, señor Dennings. Al fin nos conocemos. Me alegra que haya venido solo, como acordamos.

            Andrew Dennings, joven sensato e inteligente, decidió dar vacaciones indefinidas a la cordura. Se ajustó la corbata, sonrió a su vez y respondió a la mujer. Era la única forma de tener una conversación con ella.

 


[1] Primera estrofa de un villancico basado en una antigua leyenda sobre la vida de San Wenceslaus I, Duque de Bohemia (907-935). La letra inglesa es obra de John Mason Neale, aunque hay quien opina que es una traducción de un poema de Václav Alois Svoboda. La melodía es de una canción primaveral del siglo XIII, “Tempus Adest Floridum”.

septiembre 10, 2009

Correspondencia (I)

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 10:15 pm

             QUEJA presentada por el Gobernador Frank Horst ante la Gran Asamblea

 

            Ilustrísimos Miembros de la Gran Asamblea:

            Cumpliendo con lo dispuesto en la Ley, el Juez Errante Edmund Lukas, compareció ante mí, para informarme, en calidad de Gobernador de Nicolia, de su presencia y de la de su asistente, el capitán Stephen Dougal.

            Por desgracia, parece que el respeto de Su Señoría por los demás servidores de la República terminaba ahí. Su modo de comportarse rozó en todo momento la insolencia, sin que sus palabras fueran pronunciadas más que con seca arrogancia o encubierta burla. Por supuesto, jamás distraería la atención de Sus Ilustrísimas por una mera cuestión de protocolo, ni por los sentimientos personales que el Juez Errante Lukas pueda provocar o no en mí.

            Sin embargo, aun acomodándose a la letra de la Ley, sus posteriores actuaciones pueden ser preocupantes e incluso sospechosas. Insistió en interrogar a cierto prisionero, capturado cerca de la frontera por mis soldados, sin permitir que nadie más, aparte de su asistente, estuviera presente durante el mismo. Tampoco compartió conmigo, máximo representante de Izur en la provincia, las informaciones que del sujeto pudiera haber obtenido. Para colmo, informó de su inmediata marcha, llevándose con él al prisionero, sin explicar el motivo de su viaje, ni aceptar más compañía que la del capitán Dougal. A su retorno, este mismo día, el prisionero no venía con ellos y el Juez Errante Lukas sólo tuvo a bien comunicar al Gobernador que “había fallecido en una escaramuza con bandidos”.

            Tales explicaciones, no son sólo insuficientes, sino que resultan poco convincentes. De sobra sé que no tengo autoridad para interrogar a un Juez Errante, sino que sobre ellos sólo el Muy Alto Consejo de de los Nueve posee jurisdicción. Empero, los privilegios, justos y adecuados, de los Jueces Errantes tienen su razón de ser en el mayor beneficio de la República.

            Los movimientos de este Juez Errante, sin quebrantar norma alguna, son equívocos. Ruego por ello a la Gran Asamblea de Izur que tenga a bien solicitar del Consejo de los Nueve una reprimenda al Juez Errante Lukas, por oscurantismo y desprecio hacia las autoridades legítimas del Estado.

            Larga vida a la República.

 

             SOLICITUD de la Gran Asamblea al Consejo de los Nueve

 

            Los Ilustres Miembros de la Gran Asamblea saludan al Muy Noble Consejo.

            Habiendo sido remitidos a esta cámara numerosos informes de los Gobernadores fronterizos, notificando un alarmante incremento de las incursiones bárbaras, la Gran Asamblea juzga, por amplia mayoría, que la República debe mostrarse firme en la defensa de sus territorios.

            Considerando que los Gobernadores solicitan el envío de legiones suplementarias que apoyen a las fuerzas ya destacadas; y que esperan que, con su presencia, los caudillos bárbaros cesen sus salvajes ataques, las cuales ya han costado varias vidas y han provocado cuantiosos daños y pérdidas, la Gran Asamblea mantiene que la República ha de apoyar a sus representantes.

            Siendo Nicolia la provincia de mayor tamaño e importancia, y estando dirigida por un Gobernador de probada capacidad militar, es el parecer de la Asamblea que el grueso de los refuerzos debe enviarse a dicha ciudad. Ciertamente, al Gobernador Horst se le había informado de la llegada de legiones suplementarias. A la vista, sin embargo, de las preocupantes noticias, los Miembros de la Asamblea han acordado incrementar en dos legiones más tal socorro.

            Por tanto, con el respeto que el Muy Noble Consejo merece, solicitamos de él una pronta ratificación unánime de estas medidas y de las futuras que se muestren necesarias.

            Larga vida a la República

septiembre 7, 2009

Grandes series: Twin Peaks

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:45 am
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       twinpeaks2     Estoy convencido de que el padre y la madre de Expediente X es Twin Peaks. Toda la serie es un expediente X, muy largo, muy complicado, extraño más allá de cualquier descripción. David Lynch y Mark Frost nos dejaron en este pequeño pueblo que rebosa sucesos impenetrables, con sociedades secretas, gente que tiene un plan tras otro y tal vez cuatro más en reserva y secundarios estrafalarios. Hay pocos personajes normales y la verdad es que nos sobran, porque, además, son unos sosos bastante tontos.

            Kyle MacLachlan, el Agente Cooper, es antecedente directo de Mulder el Siniestro, un hombre del F.B.I. apasionado del café y las tartas, obsesionado con el Tíbet, la sabiduría oriental, el mundo de los espíritus y los sueños, que tiene visiones y se comunica con seres oníricos, convertido en una suerte de paladín contra las oscuras fuerzas que se ocultan en los bosques y en la ciudad. Sus amigos y compañeros, con el sheriff Harry S. Truman a la cabeza, tampoco tienen desperdicio: si ellos ven a Cooper como un excéntrico genial (que lo es), los espectadores no podemos colocarlos en el terreno de la normalidad.

            A medida que avanza la serie y las largas sombras del pasado se proyectan, a medida que las víboras de Twin Peaks (y son muchas) se traicionan entre sí, a medida que lo sobrenatural, lo extraño, lo inexplicable se hace con el control, a medida que el mal estrecha el cerco, quién mató a Laura Palmer nos parece cada vez más intrascendente. El asesinato es curiosamente reconfortante: quiere decir que aún queda algo fiable en esta tierra. Homer Simpson, mientras la veía en televisión, lo resumió de forma magistral: “¡Sensacional! No tengo ni la menor idea de lo que está pasando.”

            Hasta que nos dicen quién mató a Laura Palmer. Ya habíamos visto la primera temporada y estábamos a mediados de la segunda. Entusiasmados, seducidos por Twin Peaks y sus habitantes. Caemos en la cuenta de que ese enigma seguía siendo el motor de la serie. Pero los astutos ejecutivos de la ABC querían que se desvelara. E insistieron, después, en alargar la segunda temporada más allá de todo lo estirable. Entonces, Frost y Lynch dejaron a su criatura con la niñera. Una niñera incompetente.

            Tramas terciarias sin sentido ni gracia empezaron a minar los cimientos. Las secundarias no se desarrollaron bien, ni lograron hilarse con la principal. Cada vez más extraños visitaban el pueblo (sólo el Agente Albert y el Supervisor Gordon, interpretado por el mismo Lynch, eran siempre bien recibidos). Ahora el Mal ya no estaba en el bosque, ni el misterio en el pueblo, sino que venía a él desde el exterior, devaluando al pueblo y a sus pobladores. Un villano sin brillo apareció de repente, lastrando más aún las tramas. Se dieron explicaciones de folletín barato para lo inexplicable, que, como sabe todo el mundo, tiene mucho más encanto si no se explica. Los protagonistas y secundarios de la primera temporada trataban a la desesperada de mantener la serie en pie.

            Lynch y Frost volvieron al rescate. La segunda temporada finalizó con un capítulo como Dios manda. Una muestra de que para ser siniestro, inquietante e incomprensible no basta querer. Este final hizo que mereciera la pena esperar una tercera temporada, en la que se recuperara el espíritu original. Los ejecutivos de la ABC (sí, los mismos que habían montado el cirio) nos condenaron a seguir esperándola. A día de hoy, me temo que estamos esperando en balde.

            Por cierto, el Doctor Jacobi y el maquinador Benjamin Horne, es decir, Russ Tamblyn y Richard Beymer, aparecen juntos aquí muchos años después de haber participado en un famoso musical. Y David Duchovny actuó en Twin Peaks, interpretando a un agente de la DEA travesti. Ah, David Lynch…

septiembre 4, 2009

VIII. La tumba de la Reina Perdida

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:26 pm

            EL GOBERNADOR HORST MALDECIRÍA durante largo tiempo su decisión de acoger como huéspedes al Juez Errante Lukas y a su ayudante. Y se revolvería más aún por su determinación de humillarlos, con la intención de afianzar su no indiscutida autoridad en la ciudad de Nicolia. Porque el condenado joven había hecho largo uso de sus poderes, negándose a compartir con él la información que, tal vez sí, tal vez no, había extraído del prisionero; peor aún, había abandonado Nicolia, con el viejo rastreador y el lamentable preso, justificándose con la excusa de la “seguridad del Estado”. El Gobernador Horst tomó buena nota de todo ello y dedicó parte de los días siguientes a acrecentar su rencor hacia el Juez que había dañado su imagen y, por tanto, su poderío.

            Esa reacción era temida por Dougal, quien no dejaba de hacer cábalas sobre la actuación de Edmund. Sin duda, la información que había sacado al cocinero era de una importancia tal que merecía ser verificada. Para la República la existencia de una posible heredera al Trono no era baladí. Ahora bien, ¿por qué no la habían compartido con el Gobernador, el máximo representante del Estado? ¿Por qué no habían solicitado su ayuda? ¿Por qué el Juez Errante llevaba aquel asunto en secreto? En la primera aldea que habían visto, Edmund se había dirigido al palomar y enviado un impersonal mensaje a Izur, al Consejo, advirtiéndole de que estaba llevando a cabo una misión de especial relevancia, pero sin mencionar el objeto de la misma. Cuando Horst leyera esa nota se quedaría igual que estaba.

            ¿Es que Edmund temía que si el Gobernador militar se enteraba de la existencia de la tal Ailin dirigiría en persona la búsqueda, ansioso de colgarse la medalla? ¿Y qué? En todo caso, el interés de la República se habría protegido y, al menos en teoría, un Juez Errante no aspiraba a la gloria personal. ¿O pensaba quizás que esa probable intromisión de Horst pondría en peligro la cacería? ¿O era, simplemente, la antipatía que existía entre Juez y Gobernador la causa última? Dougal no se decidía, pero tampoco se atrevía a interrogar a Lukas. Desde que abandonaran Nicolia el joven llevaba puesta una máscara que el rastreador conocía bien: para todo aquel con un poco de sentido común, Edmund estaba gritando “dejadme en paz”.

            Cabalgaban en silencio, porque tampoco Oras era un tertuliano muy apetecible. Se limitaba a indicar por dónde debían ir y a temblar a intervalos regulares. De cuando en cuando, le entraban al viejo sirviente unos confusos remordimientos, la sensación amorfa de que no estaba actuando del modo correcto guiando a unos rojinegros hasta el lugar donde reposaban los restos de los Reyes. Lanzaba entonces miradas temerosas al Juez y si éste las sorprendía (lo que ocurría casi siempre) la expresión de ave de presa atravesaba la máscara y el reluctante guía olvidaba toda impresión, que no idea, de arrepentimiento.

            Lo cual no pasaba desapercibida para Dougal. El rastreador perfilaba mejor la situación. Oras podía tener vagas sensaciones; Dougal sabía que, aunque había logrado los datos que quería con el simple terror y la dialéctica, al Juez Errante no le habría temblado la mano para aplicar el tormento a aquel desgraciado. Le constaba que Edmund había extraído placer del interrogatorio, había resuelto el desafío que le habían presentado. Eran medios para un fin, igual que la tortura, medios que no le proporcionaban regocijo ni repulsa. Al menos, no parecía que disfrutara o sufriera con ellos. Lo que pasaba por la cabeza del Juez en esos momentos nunca estaba muy claro. Dougal sabía muy bien esto. Y se alegraba por Oras.

            – Aquello es una torre de vigías.- dijo Edmund; era la frase más larga que pronunciaba desde Nicolia.

            – La frontera no puede estar muy lejana.- comentó Dougal- ¿Es que esa fortaleza se encuentra fuera de la República?

            – No lo sé.- respondió Oras.

            – Es normal.- asintió Dougal- Las fronteras no están muy bien definidas en estas regiones.

            – Hay que subir y bajar esas colinas.- indicó Oras, con gesto impreciso- La fortaleza está detrás, en otra.

            – Fuera de la República, desde luego.

            – Da igual- replicó Edmund- Iremos allí.

            – Es territorio extranjero: no tenemos autoridad.

            Edmund alzó, impaciente, una ceja.

            Con una facilidad preocupante, eludieron a los centinelas de la torre, que habrían formulado preguntas incómodas si hubieran descubierto a un Juez Errante, a su asistente y a un dubitativo prisionero, guía a la sazón, escurriéndose por la frontera.

            – ¡Qué vergüenza!- masculló Dougal- Este sector es un coladero para espías. Espero que los demás estén mejor vigilados.

            – No los atrapan a los agentes de lord Helmut.- dijo Oras- Pero se vuelven deprisa, con miedo por los controles, sin saber nada.

            – Es un consuelo.

            Tal como había afirmado el cocinero, tras las colinas, en la cima de una algo más escarpada, en medio de un bosque de abetos, se erigía lo que quedaba del antiguo refugio de los Reyes Perdidos. La torre del homenaje estaba casi intacta, pero las murallas aparecían como una mandíbula desdentada. El sol declinaba y los débiles rayos daban un aire melancólico a aquella ruina. Un ruiseñor cantó desde algún lugar, mientras una bandada de estorninos taladraba el aire.

            – Será mejor que dejemos los caballos atados a un árbol cercano a las ruinas- sugirió Dougal- Los cascos harían mucho ruido contra las piedras del patio. Si hay alguien ahí dentro nos oiría.

            Seguido el consejo del rastreador, Lukas agarró por el brazo a Oras.

            – Vas a entrar con nosotros. Si Ailin está dentro, no hables con ella. Déjanos hacer a nosotros.

            – Es la Reina. No le puedes dar órdenes.

            – No daré ninguna orden a la Reina. ¿Vienes, Dougal?

            – Estoy preparado.- aseguró el veterano soldado, cubriendo con su capa una ballesta de mano que había sacado de su bolsa.

            Cautamente, atravesaron la derruida entrada principal. En el patio de armas no había un alma. El abandono, la decrepitud, se encarnaba en las malas hierbas que crecían entre las baldosas, las podridas puertas, el silencio que se volvía más perceptible por los ruidos del bosque.

            – Un buen lugar para la realeza.- ironizó en voz baja Dougal.

            – ¿Dónde está enterrada la Reina Calen?- preguntó Edmund.

            – Abajo,- respondió Oras- bajo la torre, en una cámara de difuntos. Lord Helmut dijo que por lo menos descansaría entre señores, aunque fueran señores olvidados.

            – Tienes una memoria muy exacta para ciertas cosas.- dijo Dougal, a medio camino entre el cumplido y el simple interés.

            – Vamos a esa cámara.

            – No llevamos nada que ofrecer a la difunta Reina.- objetó Oras- No está bien, no está bien.

            – Puedes arrancar esos hierbajos y hacer un ramillete, si quieres.- replicó Edmund- Vamos de una vez.

            Una expresión hostil cruzó por el rostro del siervo, pero el miedo y la confusión fueron más poderosos: echó a andar hacia la torre.

            Cada paso que el Juez y sus acompañantes daban era más sigiloso que el anterior. Y Oras empezaba a preguntarse por qué había que ser tan silencioso. Tal vez como señal de respeto, aunque a los rojinegros no les había preocupado el no llevar ofrenda.

            Pese a los años transcurridos, el cocinero recordaba al detalle aquella fortaleza y encontró el camino más rápido hasta la cámara mortuoria. Cuando llegaron al piso correspondiente, el caminar sin hacer apenas sonido pareció volverse una obsesión para los rojinegros.

            – ¿Este pasillo lleva hasta la cámara?- susurró Dougal.

            – Todo recto, sí.

            – Me adelantaré.- anunció el viejo y se deslizó con la suavidad de un zorro por el corredor. Oras se fijó por primera vez en la ballesta de mano. No pudo dedicar mucho tiempo al descubrimiento: Lukas le dio un pequeño empujón para que avanzara, aunque ahora a un ritmo menor.

            El pasillo terminaba en una puerta discreta, algo mejor conservada que las de la superficie, entornada. Dougal oteó desde la misma, con buen cuidado de que si alguien estaba al otro lado no le viera, e hizo señales a Edmund y Oras.

            La cámara de difuntos no era de espectaculares dimensiones, pero las diez tumbas que había en su interior entraban cómodamente. Había cuatro en las paredes, cuatro sarcófagos con tapas esculpidas, representando dormidos a sus ocupantes. Las demás eran sencillos sepulcros, tapados por lápidas, a ras de suelo. Pero una de esas lápidas era algo mayor que las demás y había tres personas junto a ella.

            La joven heredera del Trono estaba arrodillada, con la capa sin cubrirle el rostro, el aire meditabundo. Sir Willer, de pie, apoyaba su mano sobre el hombro de Ailin, la cabeza gacha. Asuran de Kern tenía bastante juicio para permanecer callado, aunque sus labios se movían imperceptiblemente, en un canto mudo y sus dedos pulsaban de manera refleja las cuerdas de un laúd inexistente.

            – ¡Es la Reina!- murmuró embelesado Oras.

            Edmund y Dougal ya habían llegado a esa conclusión. Ante ellos tenían a dos adversarios bien armados y uno de ellos, Ailin, debía ser capturada viva. Estaban más allá del territorio de la República, así que no había que pensar en un arresto formal. Por consiguiente, la táctica era clara: aprovechando el elemento sorpresa, Dougal dejaría fuera de combate al caballero (se le notaba en el rango de la espada, en las espuelas), tras lo que no sería muy difícil apresar a la heredera. Había una salida en el otro extremo de la cámara, pero podían atraparla antes de que se repusiese de la confusión.

            Todo aquello era tan lógico que Juez y rastreador no tuvieron que intercambiar ni un gesto. Dougal extendió el brazo, apuntando al desprevenido Willer. Y, entonces, craso error por parte de los republicanos, el cocinero intervino. Incluso el confuso Oras fue capaz de darle al movimiento de Dougal su sentido correcto. No comprendía la problemática en su conjunto, pero era obvio que aquellos dos iban a atacar a la Reina y sus acompañantes.

            Oras reaccionó como el sirviente que era: agarró el brazo de Dougal y tiró de él hacia sí, con tan mala suerte que el dardo se enterró en su pecho. No era un estoico; gritó de dolor, un quejido lastimero y agudo. Los tres visitantes de la Reina Calen se volvieron bruscamente y vieron al viejo sirviente, ensangrentado, escurriéndose al suelo desde los brazos de Dougal.

            – ¡Oh, misericordia, misericordia!- se lamentaba el rastreador, espantado.

            – ¡Oras!- exclamó, en el colmo del asombro, Willer.

            Edmund, con la espada desnuda, pasó por encima de su ayudante y del moribundo.

            – ¿Eres tú Ailin, hija de los Reyes Perdidos?- preguntó, con un desdén que quitaba toda solemnidad a sus palabras.

            – Es Ailin del Corazón Negro, soberana del Gran Reino.- contestó Asuran, para desesperación de Willer- ¿Quiénes sois vosotros que perturbáis con violencia este lugar de eterno reposo?

            – ¡Dougal!- llamó el Juez; el rastreador dejó el cadáver del pobre Oras y, sacando la espada, ocupó su puesto.

            – Os ruego no hagáis ni un movimiento.- pidió Edmund con sorna- Si os place, vendréis ahora con las manos en alto y saldréis sin causar problemas.

            – ¿Quién os creéis que sois para dar órdenes a la Reina?- el bardo seguía pomposamente ofendido, demasiado ocupado buscando las palabras adecuadas como para reconocer, al menos por el momento, a sus atacantes.

            – Dos hombres con espadas.- respondió Willer- ¡Y cierra la boca de una vez!

            El caballero se interpuso entre el Juez y Ailin.

            – Ahora escuchadme vosotros: no sé si sois meros salteadores o algo peor. Pero os aconsejo, por vuestro bien, que os echéis atrás.

            Ailin captó enseguida el mensaje que Willer había transmitido con una clave sencillísima y útil: “ahora atrás”. El lenguaje de batalla tenía códigos igual de simples, dependiendo de la situación y de la información que se quería enviar. La joven pegó un salto hacia atrás, desenvainando al tiempo. El brusco movimiento distrajo a los republicanos unos segundos, tiempo suficiente para que Willer sacara sus armas y se pusiera en guardia.

            – ¡Salid de aquí, señora!- gritó- ¡Yo los retendré!

            Maldiciendo, Lukas se había lanzado ya al ataque, secundado por Dougal. Willer se batía de maravilla, manteniéndolos a raya. Ailin no se decidía a intervenir o a escapar.

            – ¡Vamos, señora, poneos a salvo!- suplicó Asuran, tironeando de su capa- ¡Sir Willer no corre peligro!

            – ¡Ailin!- rugió el caballero, despreciando clamorosamente el respeto jerárquico- ¡Obedece!

            La chica, con el juglar detrás de ella, salió a toda prisa de la cripta. Willer empezó entonces a retroceder hacia la salida, parando todas las estocadas de sus adversarios, sin devolverlas. No se podía derramar sangre en una estancia de difuntos, menos aún en la que estaba enterrada una Reina. Willer ni era un perfecto burlón, ni tampoco un perfecto caballero. Contenía, pues, a sus adversarios, sin tratar de herirles.

            Cuando llegó a la salida, lanzó un ataque, obligando a sus contrincantes a replegarse unos pasos, algo que aprovechó para dar media vuelta y correr con toda su alma. Edmund y Dougal le persiguieron a través del pasillo, siempre demasiado lejos del caballero para lanzar un ataque.

            Willer huía fiándose de su instinto: no había sido éste el camino que habían seguido para llegar hasta la cripta, de manera que no tenía ni la menor idea de hacia dónde estaba dirigiéndose. Trataba de subir siempre que le era posible, buscando el patio de armas. Cuando por una de las aspilleras de la pared se filtró algo de luz, luz que se intensificó relativamente al aparecer una puerta medio sacada de quicio, decidió que ya era hora de probar fortuna y embistió contra ella.

            La puerta crujió y se salió de sus goznes, a cambio de un dolor en el hombro que, mucho se temía el caballero, iría a peor en cuanto el músculo se enfriara. El tener que derribar el obstáculo había permitido a sus perseguidores acortar distancias. Y, encima, se encontraba, no el patio de armas, sino en el adarve de una de las murallas. Había subido demasiado. Siguió corriendo, rezando por encontrase con una escalera. Sus plegarias fueron escuchadas por algún genio mordaz: encontró en efecto una escalera, aunque rota a medio camino. Con cuidado, llegaría hasta el suelo sin romperse el cráneo, pero los perseguidores que jadeaban detrás de él podían no mostrarse corteses dándole tregua. Habría que encararles.

            El rastreador y el Juez, en especial el último, no estaban del mejor humor: no había rastro de Ailin (algo que a Willer a medias le preocupaba a medias le consolaba) y capturar o matar a un caballero bárbaro era un consuelo bastante magro. Eso si lograban hacerlo, porque era un hueso duro de roer, incluso arrinconado.

            – ¡Por todos los diablos!- le increpó Lukas- ¡Estás atrapado! ¡Rinde tu espada!

            – Estoy tan atrapado como vosotros. No podéis retroceder sin darme la espalda y convertiros de perseguidores en perseguidos, ni tampoco avanzar sin enfrentaros conmigo. De modo que, ¿por qué no rendís vosotros vuestras espadas?

            – Podemos tratar de razonar, en vez de seguir peleando.- propuso Dougal- La verdad es que nos encontramos en una situación un tanto ridícula. Vos peleáis para defender a vuestra Reina y nosotros para atraparla. Pero esa Reina no se encuentra aquí, por lo que nuestro combate carece de sentido.

            Por la puerta arrancada salieron discretamente Ailin y Asuran, atraídos por los ruidos y los gritos de la persecución. Discreción inútil: el fino oído del rastreador les descubrió.

            – Ahora sí hay una razón para luchar.- admitió.

            – Y otra para no hacerlo.- sonrió Willer- Estáis entre dos fuegos, salteadores. Si yo solo pude haceros frente, ahora ya no tenéis muchas posibilidades.

            – Por algo eres el mejor espadachín de estas tierras.- añadió muy ufana Ailin, amenazando con la espada y la daga a Dougal.

            Edmund, con un esfuerzo, se tragó la frustración, evaluando el escenario. El resultado del duelo no era seguro; sin embargo, la posición de la Reina y sus siervos era más fuerte que la suya.

            – Negociemos.

            – Tirad las espadas.- ordenó Willer- Dejadnos bajar al patio de armas sin perseguirnos. Un solo gesto sospechoso y, aunque esté en medio de la bajada, os atravesaré con mi daga. Soy un tirador bastante aceptable.

            – Si dejamos nuestras espadas, estaremos indefensos.- replicó Edmund- No tenemos garantías de que no aprovecharéis para matarnos.

            – Tenéis la palabra de honor de un caballero y la promesa de la Reina.- dijo el bardo.

            El Juez lanzó una carcajada seca, que no requería mayores explicaciones.

            – Si no crees en la palabra de la Reina y su caballero, es que no tienes honor, villano.- sentenció Asuran.

            – Prefiero no tener honor y asegurar mi vida que ser el más honorable hombre sobre la faz del mundo, atravesado como un cerdo.

            – Conservad vuestras espadas.- dijo Ailin- Y dejadnos marchar. Con espadas o sin ellas, sir Willer puede mataros a distancia.

            El Juez interrogó a su ayudante, quien asintió con gesto resignado.

            – De acuerdo.

            Se hicieron a un lado y retrocedieron hasta la puerta, mientras Ailin y los suyos descendían, vigilando al tiempo la traicionera escalera y a sus adversarios. Cuando estaban cerca del patio, Willer hizo una bocina con las manos y les gritó:

            – Por vuestra culpa hay un muerto insepulto en una cripta consagrada. Enterradlo vosotros mismos o que las maldiciones de los espíritus y los dioses os persigan hasta la muerte.

            – ¿Crees que estaremos malditos si no lo hacemos, Dougal?- preguntó con ironía el Juez- ¿Más que por perseguir a la Reina, soberana del Gran Reino por voluntad divina?

            – Quizás a la voluntad divina le ofenda más el desprecio hacia un pobre siervo que hacia una Reina.- contestó el viejo, observando a sus presas correr hacia las puertas principales de la fortaleza- Pero sin duda le debemos a Oras un entierro digno.

 

            Encontrar de nuevo la cripta, sacar el cuerpo sin vida del cocinero, hallar el recinto de tierra consagrada dedicada a los plebeyos, al aire libre, al contrario que los aristócratas, cavar la tumba, depositar el cadáver y cubrirlo les llevó el resto de la jornada. Para sorpresa de Dougal, el Juez Errante no se opuso, ni se quejó, ni urgió a su ayudante a dejar a un lado la piadosa tarea, para poder salir de inmediato en persecución de la Reina Ailin. Es más, cuando terminaron, dijo que lo mejor sería recoger los caballos y pasar la noche en la fortaleza.

            – Estamos demasiado cansados para perseguirlos; podemos pasar por alto alguna pista.

            A Dougal le ofendió un poco esa falta de fe en sus habilidades, pero no tenía nada que objetar a una noche de descanso.

            Acamparon en el propio patio de armas. Después de todo, estarían igual de cómodos que en cualquiera de las habitaciones de la fortaleza, pero tendrían margen de maniobra. Si una bestia los atrapaba en una habitación, estarían en una ratonera. Edmund decidió hacer el primer turno de guardia, algo que el rastreador tampoco encontró susceptible de crítica. Dougal se durmió como un bendito, mientras el Juez se paseaba torvamente por el patio.

            Le despertó ese no sé qué que todo buen rastreador debe poseer. Sin moverse apenas, escudriñó el patio, descubriendo dos figuras conversando. Una, alta, envuelta en la capa de viaje, era Edmund. La otra, acuclillada, sin capa, pero también encapuchada, estaba hablando en aquel instante. Dougal se esforzó por distinguir las palabras.

            – Una lástima que les hayas perdido, Juez. Una lástima que tu mensaje no llegase antes.

            – Culpa de Horst. Sin su maldito sistema de supervisión del correo, podría haberlo enviado con facilidad. Además, no quería que mi asistente se enterara. Aun así, el encontrarla aquí fue una casualidad afortunada; no contaba con ello cuando fijé este punto de encuentro.

            – ¿Por qué no te pusiste en contacto con nosotros por los medios usuales?

            – Era arriesgado.

            – Un exceso de cautela y un exceso de arrojo. Cuidas las comunicaciones, pero te adentras en el terreno de los bárbaros. Dudo que el Consejo te reprenda por tu actuación hoy, pero ¿quién soy yo para opinar sobre ese asunto?

            – No necesito que me tranquilices a ese respecto.

            – Por supuesto. Nos pondremos en contacto contigo.

            La figura acuclillada se alejó con la agilidad de un mono, en tanto el joven, envuelto en su manto, reanudaba sus paseos.

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