Con un vaso de whisky

mayo 8, 2013

La jauría y el venado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:01 pm
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            La caza (Jagten), de Thomas Vintenberg, es una película volcánica. Fría, distante, tranquila en el exterior. La belleza de los paisajes daneses en invierno, la nieve que cae, la falta de música que haga resaltar los momentos cumbre, la impecable fotografía, la contenida actuación de los actores, carente de todo histrionismo… Pero, bajo esa superficie, hierve la lava. Porque es la historia de la destrucción de un inocente.

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            Los temas del falso culpable y de la muchedumbre linchadora no son nuevos, ni en el cine ni en la literatura. Hitchcock hizo de los falsos culpables una de sus marcas de la casa. Y películas como La jauría humana, Perros de paja o Dogville, entre otras, ya nos mostraron lo que puede hacer una comunidad aburrida, manipulada, mezquina o violenta con uno de sus miembros o con un extraño. Pero La caza, además de sus virtudes formales, tiene dos características notables que la hacen brillar: que el falso culpable es un personaje poderoso y que los linchadores no son lejanos. Y esto hace que la caída de Lucas sea más traumática y que las acciones de sus vecinos resulten más terribles.

            Vintenberg ha escogido una temática delicada: la pederestia. Pocos delitos provocan reacciones más viscerales. Porque los casos de pederastia suelen ir acompañados por el encubrimiento institucional, en ciertos casos (ahí están, por ejemplo, el escándalo contemporáneo de la Iglesia católica, del que ya hablamos en otra ocasión), por la intimidación psicológica de las víctimas, en muchos y, ahora, dada la reacción social de hacer oscilar el péndulo de manera completa, por la aniquilación de aquel del cual se tienen meras sospechas.

            Si uno sabe por dónde van los tiros, los primeros minutos del largometraje son de los más angustiosos. Lucas (Mads Mikkelsen, soberbio), un maestro de guardería, está logrando rehacer su vida. Reservado y bondadoso, está dejando atrás un divorcio nada amistoso, recuperando el trato habitual con un hijo que le quiere, iniciando una nueva relación, tiene un trabajo que le gusta (su reacción mesuradamente indignada ante el desprecio de su ex-mujer por su labor de profesor de guardería lo deja claro) y se siente arropado por un puñado de buenos amigos, en una comunidad pequeña y bien avenida. No es una mala vida.

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             Por eso es tan aterrador (salvo para un sádico) contemplar cómo unos hilos sutiles, casi insignificantes, se van enredando en torno a este hombre, sin que ni él ni nadie a su alrededor se dé cuenta… hasta que lo tienen atrapado. Entonces, esa leve tela de araña se convierte en una red de acero; la fantasmagoría se vuelve real, la nada se convierte en sospecha y la sospecha en una certeza tanto más inamovible por menos fundada. Se establece una presunción, la cual no se revisa porque todo cuanto sucede puede encajar perfectamente según la misma (eso es lo que hace tan peligrosas las presunciones, que la realidad, si es que puede apreciarse objetivamente, no las refuta, sólo las fortalece; porque las presunciones funcionan como las gafas del miope).

              He ahí que una vida de rectitud, de bondad, de amor por los niños, de tranquilidad se ve truncada. Porque Klara, una niña pequeña, sin malicia, quiere expresar su cariño por su profesor y éste, amablemente, mantiene de inmediato las distancias. Y la niña, sólo una noche, sólo un minuto, manifiesta su enfado, con palabras que ha oído y no comprende. Y un adulto las oye. Y el mecanismo se pone en marcha.

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            Es fácil sentir irritación contra el personaje de la directora, quien lo inicia todo. Sigue el procedimiento, pero, desde el principio, el asco hacia el supuesto crimen, mezclado por el miedo que todo cargo siente ante una posible acusación de complicidad si no se actúa tajantemente eliminan cualquier rastro de humanidad o inteligencia. Igual puede decirse de las demás maestras y de los padres. Pero eso es lo más terrible: que su reacción es entendible. Es irracional, es visceral, es cruel, pero es comprensible. Existe una mínima sospecha de que sus pequeños estén en peligro: el instinto de protección se alza y reclama la destrucción de la fuente de peligro, en este caso, un hombre. Inocente.

            En su muy recomendable libro ¿Se puede creer a un testigo? El testimonio y las trampas de la memoria (Editorial Trotta), Giuliana Mazzoni, Profesora de Psicología en la Universidad de Hull, dedica unos pasajes particularmente interesantes al testimonio de los niños, en supuestos, sobre todo, de abusos sexuales. Mazzoni es muy crítica con la forma convencional de hacer las exploraciones a los menores, en las que observa un elevado riesgo de inducir respuestas, manipulando (sin que ni interrogador ni interrogado sean conscientes de ello) los recuerdos infantiles. Recordaba bien esas críticas al ver la escena en la que un (supongo) psicólogo infantil explora a Klara. Cada pregunta que hacía ese buen hombre era un ejemplo de lo que la profesora Mazzoni denuncia. Y de una niña se pasa a varios y, finalmente, a todos: todos recuerdan que su querido profesor les ha tocado, todos dicen lo mismo, cuando es falso. Ese contagio es también algo habitual.

               De ahí que el dilema en el que se mueven los padres y maestros (o mienten los niños o miente el sospechoso) es erróneo. Porque no decir la verdad no es lo mismo que mentir. Los niños creen decir la verdad, o creen que lo creen, o creen que decir eso es lo que se espera de ellos, aun cuando no sea cierto. Lo irónico es que cuando Klara trata de exculpar a Lucas de manera reiterada, los adultos lo achacan al bloqueo de los recuerdos, un fenómeno que también es muy habitual en los supuestos de pedofilia auténtica. Por eso, la jauría que acosa a Lucas no es inhumana, ni ajena. Primero está asustada. Luego, se vuelve horrendamente mezquina.

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               El trato que Lucas recibe, si fuera culpable, sería repugnante. Siendo inocente, es demoledor. El inmenso actor que es Mikkelsen se revela en las escenas del progresivo derrumbe del maestro, silencioso, apoyado aún por su hijo y un amigo, mientras la duda ha contaminado a todos los demás. Una dignidad tan callada, tan estoica, tan resistente, sólo la había visto antes en Atticus Finch. Pero la prueba que soportaba Finch por defender a un negro en el Sur racista era menor comparada con el acoso feroz que padece el falso pederasta. Y hace más valiente su actitud, decidida, casi desesperada por no perderse a sí mismo (la vuelta al supermercado, tras la paliza, o cómo se prepara para asistir a la misa de Nochebuena) y más comprensibles sus breves arrebatos de rabia.

                No importa lo que digan los organismos oficiales, no importa que Klara lo desmienta, no importa que tiempo después todo parezca de nuevo en calma. La sentencia social ha sido dictada. Y Lucas, igual que un venado, vivirá para siempre sabiendo que el rifle del cazador le apunta. Y que un día, quizás, no fallará.

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2 comentarios »

  1. […] al de Hopkins. No mejor. Ciertamente, no peor. Ver a Mikkelsen en Hannibal después de verlo en La caza es toda una revelación: este hombre es un genio. Y Fuller le da todas las herramientas para que, […]

    Pingback por Bienvenidos al festín | Con un vaso de whisky — junio 22, 2013 @ 7:31 pm | Responder

  2. […] contra el desdichado Jack Marshall (en una histeria muy por debajo de la narrada en la grandiosa La caza), Mark mantenga la compostura y sea al final, sólo al final, cuando se deje llevar por la […]

    Pingback por Un pueblecito en la costa | Con un vaso de whisky — octubre 9, 2013 @ 5:00 pm | Responder


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