Con un vaso de whisky

mayo 28, 2010

Conversación

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:02 pm

            – ESTA HA SIDO UNA NOCHE…

            “Ha sido una noche… no sabría expresarlo.

            – ¡Claro que sabes! ¡No seas ridículo! Ahora que has cumplido, tal vez recuperes la calma. Ya no estás allí, en su alcoba, con ella recorriéndote el cuerpo…

            “¡Silencio!

            – ¿Por qué? Después de tantas noches sin dormir pensando en ello, al fin lo has conseguido. ¿No quieres recrearte un poco?

            “¿Recrearme en eso? ¿En esa humillación?

            – ¿Humillación? ¿Es que no lo has pasado bien? Creía que había sido una experiencia magnífica.

            “Esa mujer… me ha utilizado.

            – Sí, desde luego, pero eso no quita el placer. ¿O sí? ¿No has descubierto ningún placer cuando te has rendido ante ella?

            “He sido un débil, un hombrecillo patético.

            – Hablando de Historia podías competir con ella, pero en este tipo de debates sus argumentos son más fuertes, ¿verdad? ¿No eres capaz de responder, Edmund Lukas?

            “He sido demasiado débil… debería haberlo visto venir.

            – Basta de engaños: lo viste venir. Lo sentiste, lo viviste. No trates de hacer pasar lo que ha ocurrido por algo inesperado. Era algo fervientemente esperado.

            “¡Pero no debería haberlo sido!

            – ¿Por qué no? ¿Es que acaso es ilegal acostarse con una mujer?

            “No, no lo es.

            – Entonces, ¿es porque la mujer en cuestión es Tetrarca de las Islas Rojas? Puede haber implicaciones políticas. ¿Y si la dejas embarazada? ¿Tendrás derechos, como padre, en el archipiélago? ¿O temes que si informa al Consejo éste lo tome como un insulto a la dignidad de una aliada? ¿Has estado tan mal como para que se sienta insultada?

            “No es nada de eso. No creo que ella corra el riesgo de quedarse embarazada de mí.

            – Desde luego que no. ¿Por qué es tan humillante lo que ha sucedido, Edmund?

            “Porque era ella quien lo quiso. Ella quien lo planeó. Ella quien me tentó, quien me dejó sufriendo durante días.

            – Y cuando te concedió tu deseo, ¿crees que lo hizo para aliviar ese sufrimiento?

            “No. No, lo hizo para dominarme por completo. Igual que en la cena esa chica quería seducirme, para convertirme en el pelele de alguien, de Horst, de quien fuera.

            – Y Edmund Lukas no es el pelele de nadie, ¿no es cierto?

            “Lo he sido todos estos días.

            – Parece que vamos recobrando la inteligencia. Ya era hora. Estas noches pasadas no había forma de concentrarse. Esto ha sido muy liberador.

            “¡Liberador! ¡Me doy asco!

            – Sí, es evidente. ¿Por qué? Has tenido que tragarte tu orgullo en otras ocasiones. Con el propio Gobernador Horst, sin ir más lejos. En la Escuela se te enseñó que no siempre lograrías lo que te propondrías. Que se te impondrían límites. Y lo aceptaste.

            “Quizás no debería haberlo hecho.

            – Quizás. Pero lo aceptaste, para conseguir tu objetivo. El medallón, el cargo. ¿Fue humillante esa ceremonia donde, al fin, se te invistió?

            “No.

            – En cambio, esta noche sí la has vivido como algo vergonzoso. ¿Ha sido por el sexo? Creo que es más divertido que un ritual solemne.

            “Esa ceremonia era una recompensa por los conocimientos, por las habilidades. ¡Era un triunfo, no una lucha! La lucha había quedado atrás. Y la había ganado.

            – De acuerdo. ¿Por qué ha de ser diferente con esta batalla que he mantenido con Elspeth Voe?

            “Porque aquí era ella la que iba a ganar, sin ninguna duda. Para un Juez Errante no es un problema sentir pasión por una mujer. Ni por un hombre, si sabe ser discreto. No es ilegal.

            – Tampoco va contra un código ético. Nunca he fruncido el ceño por inmoralidad cuando veía a una pareja regalándose.

            “¡Claro que no! Estabas viendo una partida de un juego. Igual que en un interrogatorio, en una emboscada, en un duelo de esgrima. Dos oponentes midiendo sus fuerzas. Siempre hay un ganador y un perdedor.

            – Sin duda.

            “Sabías desde siempre, que no podrías jamás vencer en este juego. Y no te importaba.

            – Eso, lo reconozco. Sencillamente, me apartaba de él. Nunca iniciaba ninguna partida.

            “Ni tampoco la aceptabas.

            – Bueno, nunca resultó una carga. Tampoco es que me llovieran los desafíos.

            “Eso explica que esta noche haya sido humillante.

            – En absoluto. Que la hayas vivido como una humillación es algo puramente subjetivo. Lo mismo que ha sucedido hoy, sin variar ni un detalle externo, podría haber sido un éxito para ti.

            “¿Cómo es eso?

            – Mera cuestión de vivencia. Te has resistido a Elspeth. Has plantado cara. La verdad es que la mitad del tiempo no eras consciente y luego estabas demasiado obsesionado como para comprenderlo, pero de un modo instintivo te oponías a su ataque.

            “Cierto.

            – ¿Y para qué? Si sabías que ibas a perder, ¿para qué luchar?

            “No podía irme del palacio.

            – Discutible, pero no es eso de lo que hablamos. Si te hubieras rendido de buenas a primeras, o tras resistir lo justo, no hubieras sufrido tanto. Te habrías dejado llevar a la cama sin tanta agonía.

            “Como su entretenimiento.

            – ¡Vaya! ¡Así que ella no sentía por mí esa misma pasión ardiente!

            “¡Pues claro que no!

            – Pero tú la deseabas. Deseabas acostarte con ella. Desde luego, hubiera sido preferible que no sintieras ese deseo, se habría llevado una decepción espléndida. No era el caso. Reprimir ese deseo fue un error estratégico.

            “Entonces, ¿es que debo dejarme llevar por cualquier deseo? ¿Por cualquier pasión?

            – Rara vez lo has hecho. Sólo te dejas llevar por la ira, de vez en cuando. Por miedo. Aunque has ido cambiando. Ya no sientes tanto miedo. ¿Vas a dejar de resistirte a lo que llevas dentro?

            “Si lo hago, seré un idiota. Los que se dejan llevar por las pasiones son siempre los títeres de alguien más inteligente. Y yo lo he demostrado.

            – Sí, pero una persona inteligente se conoce, se sondea. Sabe cuándo algo que lleva dentro puede devastarlo si no lo deja salir. Otra caso, desde luego, es cómo lo deje salir.

            “No lo entiendo.

            – Lo entiendes. Al reprimir tu deseo por Elspeth te convertiste en un rival débil. Al dejarte llevar, después de tu resistencia, en contra de voluntad, fuiste vencido. Por eso sientes asco de ti, y con razón. Pero si hubieras cedido por tu voluntad, dejando que ella creyese que te había derrotado… Eso ya es otra cosa, ¿no es cierto?

            “Sí… Lo es, sin duda.

            – Tengo razón al ver el sexo como un arma en una lucha muy difícil para mí. Hay que reconocer las propias limitaciones.

            “Donde me he equivocado es en no subordinar esa debilidad a un plan propio, en no saber emplearla a mi favor.

            – A no ser que ames tanto a Elspeth que te sea intolerable no estar a su lado, no ser su compañero, su fiel amante.

            “No hay ese riesgo.

            – Perfecto. Ahora mismo ya te has librado de ella. Nadie que sea un títere sabe cómo derrotar a su titiritero. Siempre y cuando sepas mantener cualquier deseo bajo tu control.

            “Eso decía Dougal. Un deseo reprimido no es un deseo controlado.

            – Deja a Dougal, no está aquí.

            “Cierto. Podría dejar que la Tetrarca siguiera creyendo que soy su perro. Seguramente mañana empiece un nuevo juego: querrá hacerme bailar por unas migajas de la fiesta de anoche.

            – Seguramente. Hay quien la dejaría engañarse, si es que esas migajas son lo único que deseas.

            “Deseo mucho más. Pronto se dará cuenta de que ha calculado mal conmigo.

            – ¿Eso es una venganza?

            “No.

            – Bien. La venganza es una estupidez. El que se venga no es capaz de controlarse. Se deja llevar por un absurdo sentimiento de justificación, un engaño bastante pobre.

            “No, no deseo vengarme. Deseo demostrarle su error. No tengo muy claro lo que deseo. ¿Humillarla? Sí, es cierto, pero no por venganza. He recobrado el control sobre mí y quiero que ella sea consciente. ¿No lo acabo de decir? Hay que saber cuándo expresar lo que uno lleva en el corazón, ¿verdad?

            – ¿Cómo?

            “Esperaré a los Segadores.

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mayo 21, 2010

XVII. El gato y el ratón

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:28 pm

          MIENTRAS, EDMUND APLICABA SU RUTINA SIN CAMBIOS. Al preguntar a su anfitriona si, por casualidad, tendría alguna sala de estudio o pequeña biblioteca, Elspeth, con expresión divertida, lo condujo hasta una enorme biblioteca. El anterior Tetrarca la había recopilado a lo largo de sus muchos años. La actual Tetrarca la ponía a la entera disposición de Su Señoría.

            Voe dejó al Juez a sus anchas durante el primer día. Se ocupó de Tolia (a quien, por descontado, ocultaba de su invitado), recibió los informes habituales de su hábil lugarteniente, se bañó y relajó. Y planificó. Al inicio de la tarde, se dejó caer por la biblioteca. Saludó respetuosamente al joven lector, se interesó por su día, recibiendo unas respuestas lacónicas, encargó a un sirviente que no le faltara de nada y se despidió hasta la cena.

            El Juez llevaba todo el día buscando información acerca del escorpión de oro. Se lo había visto a Ailin, sabía que era una alhaja de importancia, pero quería conocer su significado con exactitud. Al fin, descubrió el escorpión en un volumen de heráldica de las casas del Viejo Reino. Supo así de la Casa Tribiena, de su cercanía a la Real Casa Grimwald. Buscando más, llegó incluso a encontrar un registro de los enlaces de la Casa Grimwald, un registro inusualmente preciso, que terminaba con el, entonces, reciente matrimonio entre Desmond Grimwald y Calen Tribiena. Esta prueba documental completaba su certeza acerca de Ailin, de la fugitiva Ailin, de la cual había estado tan, tan cerca… Entonces, apareció la Tetrarca; Edmund logró ocultar la ilustración del escorpión y el registro debajo de otros libros y capear la cortés conversación sin que se notara demasiado una confusión que ni él mismo entendía en aquel momento.

            Elspeth percibió, sin embargo, lo suficiente de esta confusión. Era un indicio prometedor. Por razones de tiempo, no podía permitirse el lujo de dar más independencia al Juez. Al día siguiente, ella en persona le sirvió el almuerzo, en la biblioteca. Dejó la cháchara insustancial y ofreció sus servicios como ayudante en las investigaciones que Su Señoría estuviera efectuando.

            – Siempre y cuando,- añadió, con un acento encantador- una gobernante extranjera pueda participar en ellas.

            Edmund aceptó la oferta, antes de haberlo pensado siquiera. El riesgo de que la Tetrarca descubriera algo le parecía ahora de escasa importancia: ya no le hacía falta consultar aquel comprometedor registro.

            Se encontró con una buena sorpresa; aquella mujer no sólo sabía moverse entre los interminables estantes con claridad, encontrando los libros más adecuados, sino que resultó ser una magnífica conversadora. Comentaba inteligentemente los hallazgos, glosaba los párrafos incompletos, escuchaba, con la atención que una persona instruida presta a otra, las observaciones de Edmund.

            El Juez empezó a sentir respeto por los conocimientos y la inteligencia de Elspeth. Empezó a agradecer su compañía. Empezó a encontrarla agradable, placentera. Cuando, el tercer día a solas, fueron a cenar desde la biblioteca al jardín, bajo un cielo ya casi nocturno, Dougal apenas hubiera reconocido a Edmund, tan relativamente hablador, suelto, educado era su estado.

            En verdad, junto a esa confusa sensación de bienestar, había otra, mucho menos agradable. Porque aquellas dos jornadas de estudio y debate se habían dedicado a la historia del Gran Reino, a su nacimiento, esplendor y caída. Lukas había leído por primera vez libros que no contaban lo ocurrido desde el punto de vista republicano.

            Ni siquiera en su infancia había sido Edmund de los que creen a pie juntillas cuanto se les dice. En relación con la gloriosa historia de Izur y la de sus vecinos, enemigos o amigos, había mostrado siempre un grado de escepticismo mayor o menor. En la Escuela, varios futuros Jueces Errantes eran fanáticos patriotas, que no admitían ni discusión, ni duda, ni críticas. Edmund dudaba, debatía y criticaba. En su fuero interno, la mayor parte de las veces.

            Al leer exposiciones, frías o apasionadas, igual que las republicanas, pero diciendo exactamente lo contrario, o crónicas intermedias, sus dudas sobre esa República brillante, destinada a la victoria, elegida por la Providencia recibieron nueva vida. Eso, por supuesto, no implicaba que observase al Trono del Corazón Negro como la maravilla de maravillas que cantaban sus apologistas. Sólo se preguntaba si la República sería aún más digna de sospecha de lo que ya pensaba. Si algún régimen no lo sería.

            Por otro lado, tuvo ocasión de leer sobre la pérdida del propio Corazón Negro, así como del juramento de la Casa Grimwald de buscarlo sin reposo. Un juramento que incluía a Desmond y a su hija, Ailin. Lo que Oras le había confesado se veía corroborado.

            Todo esto bullía en su mente y en su alma, pero no pudo dedicarle el tiempo ni la concentración que merecía. La presencia de la Tetrarca se lo impedía. Con lo cual, su confusión era mayor a cada momento.

            A la Tetrarca no se le habían escapado las implicaciones de los libros consultados. Supuso que el motivo del viaje de Edmund y los tratados de Historia no estaban muy separados. Dio órdenes discretas a sus soldados, allá en Orchar, de que aceleraran sus pesquisas. Y al encargado del puerto de la Isla del Este, de que retuviera cortésmente al capitán Stephen Dougal.

            Pero esa confusión era una buena noticia para la Tetrarca, en sus proyectos de triunfo sobre Lukas. Había logrado derribar parte de las defensas de su invitado. Lo que el paciente Dougal había conseguido con esfuerzo, ella lo había logrado en dos jornadas. Ya era respetada; ya era estimada. Ahora debía ser deseada. Debía convertir la agradable sensación de bienestar de Edmund en una pasión que le llevara al sufrimiento. Debía convertir aquella confusión en un desquiciamiento.

            Elspeth Voe sabía cómo hacerlo. Sabía cómo insinuar, qué entonación dar a cada sílaba, qué gesto debía acompañar a una palabra o a un silencio. Edmund, cuando la respetaba, cuando la estimaba, apenas podía apartar la vista de ella. O lo hacía, precisamente, en un ejercicio de disciplina. Al iniciar Elspeth su tercera fase de invasión, esa disciplina empezó a resquebrajarse.

            Los Jueces Errantes no eran célibes ni castos. Un Juez casado abandonaba el cargo de manera casi inmediata, por deseo propio, por conveniencia familiar, por interés político, no por ley. Cualquier Juez Errante en activo podía mantener relaciones con quien quisiera, dentro de la legalidad republicana. Ni se aplaudía ni se condenaba. Si el sexo era útil en alguna pesquisa, se admitía como una herramienta más.

            Edmund sabía todo esto. Y se había mantenido célibe y casto. Alejado de la vida común, sin estar mucho tiempo en el mismo lugar, protegido por su cargo, su autoridad y el terror que conllevaba jamás había tenido ni la necesidad ni la oportunidad de batirse en aquel campo. En la Isla del Este, dándose cuenta cuando ya era demasiado tarde, se encontraba en medio de aquel campo y el ejército adversario había desplegado sus estandartes; empezaba a cercarlo. Había intuido su debilidad.

            Llegó el sufrimiento. Ver a Elspeth le parecía capitular ante el enemigo; se esforzaba en arrancarla de su mente. Le había atrapado, y ni siquiera sabía cómo. No ver a Elspeth era una aflicción. Sus noches se volvieron irrespirables. Una parte de él soñaba despierto con la maravillosa mujer que dormía no muy lejos; otra combatía por preservar su control. No lograba concentrarse y examinar la situación. Algo no cuadraba, chirriaba en todo aquello. Amanecía, sin que hubiera podido descansar ni pensar.

            Hacía sus ejercicios, sus prácticas con la espada, acudía a la biblioteca. Pero estaba cansado, torpe, distraído. Al sexto día, su desconcierto había acallado cualquier otra voz: ahora ya sólo deseaba, con una fuerza que le descoyuntaba, aunque su rostro sólo le traicionaba en las ojeras y en una palidez mayor de la habitual.

            Elspeth leía en el Juez sin dificultad. Era un momento de goce. Estaba a un paso de la victoria total. Ni una vez había hecho o dicho nada a lo que Edmund pudiera agarrase con certeza. Nada expreso, todo implícito. Lukas ardía de fiebre por ella; podía creer o soñar que ella lo hacía por él. Pero no estaba seguro. Era un momento delicado. Había que mostrar al cautivo algo, un indicio, una sombra, para que siguiera retorciéndose. Era preciso presionarle lo justo, ni más ni menos, hasta romper la última cadena: entonces se arrodillaría ante ella, entonces acudiría a ella. Y ella le concedería su deseo, como una reina concede una caricia a un perrito tembloroso.

            Pero el séptimo día Edmund siguió sin avanzar. No claudicó. Era incapaz de retroceder, pero también de dar el paso definitivo. Se había detenido al borde del abismo, en equilibrio, con los ojos desorbitados. Sin caer. Era necesario un pequeño empujón.

            Así que la Tetrarca, un poco a disgusto, se lo dio en la cena. Una mirada. Una mirada que ya no era amable, ni cortés, ni atenta, ni divertida. Una mirada magnética, penetrante. Una mirada que Edmund sintió físicamente y que logró hacerle aspirar de modo agónico. Esa aspiración fue para Elspeth un acicate. Unió a la mirada aquel gesto, esta inflexión de voz. Los sirvientes se habían retirado. Ella se levantó, se aproximó a él, le revolvió cariñosamente el pelo, con la otra mano le alzó la barbilla. Una luz peligrosa cruzó un instante los ojos de Edmund, pero los dedos ya le rozaban los labios. Lukas se rindió: también se levantó y la besó. Luego del beso, ella sonreía, con una alegría inmensa. Él estaba palidísimo.

            Elspeh Voe cogió de las manos a Edmund Lukas, se separó, le fue llamando hacia una habitación susurrante. Y él, tras un segundo de vacilación, un segundo que fue terrible para ambos, acudió a ella.

mayo 14, 2010

XVI. Escaramuza

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:10 pm

            EL PRIMER PASO PARA ELSPETH VOE consistía en separar a Lukas de Dougal. El capitán, advirtió la Tetrarca, ayudaba al joven a centrarse. La serenidad del militar se contagiaba al Juez; con el tiempo, tal vez, convertiría la disciplina en equilibrio, la imposición en asunción. Era evidente que, con Dougal cerca, Edmund tendría un aliado, un confidente, un apoyo. Tendría un tercer camino, además de mantener su control o arrodillarse ante Elspeth.

            Así pues, la Tetrarca le privó de esa opción. Durante el almuerzo (porque Voe era ave nocturna y rara vez se levantaba antes del mediodía) maniobró hasta lograr que Dougal lamentara la situación de la tripulación republicana.

            – Ellos allí, en los puertos de Orchar, sin poder moverse del barco, en tanto nosotros abusamos de vuestra largueza, mi señora.

            – Estáis en lo cierto, capitán. Es intolerable que permita semejante trato hacia los valientes soldados de la República. Escribiré de inmediato una orden al comandante del puerto. Vuestra tripulación tendrá permiso para levar anclas y fondear en la Isla del Este. Estarán mejor atendidos, más resguardados y en contacto con otros soldados. Sé que eso es siempre del gusto de un guerrero.

            – Normalmente, así es, Alteza.

            – No podrán levar anclas por muchas órdenes que escribáis a vuestro comandante, Alteza.- intervino Lukas- Dejé al capitán instrucciones precisas: sólo hará caso a una orden mía o del capitán Dougal.

            – ¡Qué contrariedad!- la Tetrarca compuso un gesto de amable desolación, como diciendo “lo lamento por los soldados, pero, desde luego, no voy ni a insinuar que debáis abandonar mi palacio”.

            – Uno de nosotros irá.- Dougal asintió a sus propias palabras- No cabe otra opción. No podemos ir los dos, sería un grosería para con Vuestra Alteza ¿Iréis vos, Señoría, para demostrar a nuestros hombres que os preocupáis por ellos? ¿O yo, quien, al fin y al cabo, soy militar? Aparte de que me entenderé mejor con mi colega. Sin mencionar, desde luego, que soy vuestro ayudante. ¡Decidido! He de ir yo.

            Y Dougal sonrió hacia la Tetrarca, quien le recompensó con otra sonrisa, luminosa. Edmund comenzó una objeción no muy articulada, pero su asistente no quiso oír nada de nada. Partió al día siguiente, con un poder de Elspeth y una orden escrita y firmada de Edmund. Embarcó para Orchar en el puerto principal de la Isla del Este. Sólo a media travesía empezó a sentirse incómodo con su decisión y vagamente inquieto por su superior.

mayo 7, 2010

XV. Uso y manejo de dos borrachos

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:54 pm

            AILIN CAMINÓ EN LÍNEA RECTA DESDE LA PUERTA HASTA SU MESA. Se sentó, logrando permanecer casi rígida; cogió la botella de vino que aún quedaba por el gollete y vertió su contenido en una copa. La mano de Willer tapó la copa antes de que pudiera bebérsela de un trago.

            – Mala idea, no se debe beber este vino así: de un golpe y con mala cara.

            – Lo necesito.- repuso la joven, mirando con ojos vidriosos al caballero. Éste intercambió un vistazo con Río de Viento; retiró la mano. Ailin bebió, aunque no apuró la copa.

            – Nos cansamos de cantar.- dijo Río de Viento- Después de dos canciones que no conoces, la cosa no tiene gracia. Aunque Willer seguía saltando, así, mira.- el niño hizo una imitación de los brincos de su compañero; Ailin ni siquiera levantó la vista. Río de Viento, alicaído por el fracaso, se quedó quieto en su asiento.

            – ¿Prefieres hablar de lo que haya sucedido más tarde?- preguntó Willer.

            – Sí.

            – Como gustes.

            Willer se las arregló para espiar discretamente al hombre del jubón escarlata. Aquel jubón le sonaba de algo. El hombre, por su parte, también espiaba discretamente a Ailin, tan discretamente que si Willer no hubiera estado atento ni se habría enterado. Debían librarse de aquel individuo, quienquiera que fuese. Abandonar simplemente la taberna serviría de poco: les seguiría sin la menor dificultad. Era necesario crear confusión.

            – ¿Dónde está Asuran?- preguntó Ailin, de vuelta en el mundo de los sentidos- ¿Y Silvela?

            – Han aprovechado esta noche para limar asperezas.

            – Sí, puede que Asuran intente así que Silvela se sienta más integrada.

            – A mí me da más bien, Río de Viento, que quien pretende integrarse es maese De Kern.

            El niño se echó a reír.

            – ¿Habéis dejado a solas a Asuran con Silvela? ¿Estáis mal de la cabeza? ¡Ella es una luchadora, lo mataría en un suspiro!

            – Desde luego, pero no hay riesgo. Se ha juramentado. Si encuentra un resquicio en el juramento, lo aprovechará. Pero, por ahora, no ha tenido tiempo de pensar en ello. Además, cuando nos sentamos aquí le birlé a Asuran la bolsa. Sin dinero, Silvela no podrá ir muy lejos sin pedir ayuda. Eso la retrasaría.

            – ¿Lo previste?- se asombró Río de Viento.

            – Pues no, pero me parecía injusto pagar el vino entre todos.

            Ailin hizo un gesto de impotencia y se refugió de nuevo en su mente confusa.

            – Vamos a dejarles unos momentos más, por deferencia. Luego, habrá un alboroto.

            Ailin alzó la cabeza.

            – No miréis. Nos están vigilando. Uno, por lo menos. Puede que más.

            – ¿Quién?

            – Ni idea. Tal vez los viejos compañeros de Silvela. O puede que amigos de nuestros conocidos de Lossar.

            – ¿Eh?

            – Ya te lo contaré otro día, Río de Viento.

            – ¿Qué hacemos? ¿Pegar a alguien?

            – Segunda mala idea, Ailin. Tenemos que irnos en medio del alboroto, no estar justo en el centro.

            – Pues, entonces, que alguien pegue a alguien.

            – A eso iba.

            Shephard se había fijado en un tipejo escuchimizado, borracho como una cuba, que llevaba un rato incordiando a otro bebedor, mucho más grande y, a lo que parecía, de borrachera más violenta que molesta. El esuchimizado estaba en aquel momento, tras hacerse con una jarra de tinto llena hasta los bordes, tambaleándose hacia el grande, inmerso en la falsa invulnerabilidad de la cogorza.

            Con tranquilidad, sin movimientos bruscos, Willer posó su copa redonda en el suelo; con un golpe seco del pie, la hizo girar, girar, girar, girar, hasta que se interpuso entre el suelo firme y el pie del escuchimizado. El del jubón escarlata se dio cuenta de la jugada un segundo demasiado tarde.

            La jarra de tinto saltó de las manos de su dueño -quien se derrumbó con un alarido espléndido- derramándose su contenido en todas direcciones, golpeando ella misma en pleno la cabeza del borracho enorme. Éste alzó su mole, gruñó algo ininteligible y se abalanzó contra el pobre desgraciado del suelo. Otra copa, gemela de la anterior, se encargó de él: el hombretón perdió el equilibrio y, agitándose con desesperación, aterrizó en la mesa del espía del jubón. Lleno de ira aferró a quien tenía más a mano y le propinó un puñetazo.

            Algunos empleados del establecimiento corrían hacia el hombretón, para tratar de controlarlo. Los parroquianos parecían indecisos. Una pelea iba contra las reglas, pero, por otro lado, ¡una pelea siempre es una pelea! El borracho iracundo se desprendió de uno de sus contrincantes, que cayó sobre otra mesa. Uno de sus ocupantes, con menos autocontrol que los demás, le rompió una botella en la espalda. Era la chispa que hacía falta. El salón se convirtió en un campo de batalla.

            – Ailin, Río de Viento, salid de aquí ahora mismo. Yo me voy arriba a sacar de debajo de donde estén a nuestra pirata y a su bardo.

            . No, tú eres su Protector. Soy más pequeño, me será más fácil subir y luego bajar.

            – De acuerdo, Hermano. ¿Alguna objeción, Ailin?

            La muchacha sacudió la cabeza, hundida de nuevo en un desinterés cansado. Willer la rodeó con un brazo y empezaron a avanzar hacia la puerta. Río de Viento se escurría igual que una anguila hacia los pisos superiores.

            Mientras tanto, el dueño del establecimiento había salido de su despacho, alarmado por el ruido. Al ver aquel caos, volvió a meterse, surgiendo de nuevo al poco, con una maza de madera en la mano.

            – ¡Basta!- rugió- ¡Deteneos ahora mismo!

            Varios de sus subordinados se le unieron, tratando de formar una cuña capaz de cortar aquel barullo pataleante. Johann el Tuerto estudiaba la situación, buscando algún punto crítico, existente en toda masa, el cual, si se le golpea con fuerza, sirve para convertir un tumulto en un grupo de personas confusas. Su ojo tropezó con Ailin y quedó ciego para nada más. Un hombre trataba de ponerla a salvo. Pero el del jubón y una mujer iban hacia ellos con una determinación alarmante. El hombre tenía un puñal desnudo.

            Desmond se inflamó.

            – ¡Grimwald!- bramó, un grito irreflexivo, inconsciente; empezó a barrer a cuantos se interponían en su camino. El hombre del puñal se había girado al oír aquel grito. También Ailin y Willer. El caballero fue consciente entonces de la mujer, que también iba armada con un puñal. Le pegó una patada bien dirigida. Su compañero esquivó la embestida de Desmond, por muy poco.

            – ¡Fuera de aquí!- le gritó Desmond a Willer- ¡Sácala de aquí!

            Río de Viento bajaba las escaleras, seguido por Silvela y Asuran, ambos a medio vestir.

            – ¡Los encontré al tercer intento!- anunció el Hermano.

            – ¿Pero qué coño pasa aquí?- exclamó el bardo.

            – ¡Marchaos, marchaos! ¡Corre, Ailin! ¡Corre!- Desmond mantenía a raya a los asesinos; estaba como loco y lograba contenerlos.

            – ¡Eh, ese jubón es de Puchta!- gritó Silvela- Lo sé, me lo ganó a los dados.

            – Ya sabía yo que me sonaba de algo.- murmuró Willer.

            – ¡Vamos, vamos!- les urgió Río de Viento.

            Tropezando, asombrados, sin entender muy bien lo que ocurría, el grupo logró salir a la calle. Empezaron a correr. Ailin, que parecía ir como en sueños se estremeció de pronto. Deteniéndose un momento, se volvió a mirar La Conquista del Rey. Desmond estaba en el umbral, libre de atacantes, apoyándose en la maza, jadeando. Ninguno movió un músculo. Luego, Ailin le dio la espalda y empezó a correr, en una carrera frenética, con sus perplejos compañeros detrás, tratando de alcanzarla.

            Desmond les miraba, ciego, sordo de melancolía. Transcurrió un rato. Un tercer hombre venía desde una casa cercana. El tuerto no se dio cuenta de él hasta que casi lo tuvo encima. Detrás de él, la pelea continuaba, sin signos de decadencia. Sus adversarios se recuperaron. El hombre del jubón le pegó en la rodilla, la mujer en el estómago, el tercer hombre le arrebató la maza y, en el mismo movimiento, le golpeó la cabeza con el mango.

            Arrastraron el cuerpo de Desmond hasta un callejón cercano.

            – ¿Y ahora?- suspiró la mujer- ¿Seguimos su rastro?

            – Podemos intentarlo, pero no conocemos la zona.- el del jubón escupió una flema sanguinolenta.- Ya has tardado en venir. ¿Y los otros?

            – Buscando por otras partes.

            – Estaban justo aquí. Ahora, a saber.

            – Éste lo sabrá. Ya le habéis oído. Creo que el Juez querrá charlar con él.

            El tercer hombre asintió con la cabeza.

            – Vamos a un lugar más tranquilo, a atarlo antes de que se despierte.

 

            UNA MEDIA HORA DESPUÉS, la Conquista del Rey recobró la calma. Los soldados de la guarnición por fin hicieron acto de presencia y pidieron habar con el dueño del local. El dueño no aparecía. Los guardias le citaron, vía sus empleados, para comparecer al día siguiente en la casa consistorial. Strhum se dio por notificado. Cuando los soldados se retiraron, registró los alrededores. Habían pasado ya casi dos horas del inicio de la pelea. Strhum lideró un grupo de búsqueda. Al despuntar el alba, volvieron a la taberna, con las manos vacías.

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