Con un vaso de whisky

septiembre 19, 2013

Personas entre monstruos

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            V es un monstruo, en el sentido que Vargas Llosa da a esa palabra al referirse a Jean Valjean o a Javert (en su interesante aunque discutible La tentación de lo imposible). Es decir, no es un ser humano. Debajo de la capa de V, como le dice a Finch en su único encuentro, sólo hay una idea. El Líder, hasta que (igual que Javert) duda y se derrumba, tampoco es un hombre, sino un monstruo monolítico.

            Dejando a un lado los demás secundarios, y aparte de Evey, de la cual ya hemos hablado, los dos personajes más humanos de V de vendetta son Rosemary Almond y Eric Finch. Empecemos por la primera.

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            En las páginas que Moore y Lloyd dedican a la desgraciada Rosemary hay más verdad sobre el maltrato doméstico que en todas las pomposas declaraciones de nuestros próceres. Con ella la trama no tiene piedad. Cada cambio en su vida es para peor, aunque parezca imposible.

            La conocemos como esposa de Derek Almond. Una esposa cohibida, dominada, que apenas habla ante otras personas y que sólo recibe gritos de su marido. A la salida de la iglesia, este matrimonio coincide con su reflejo, el formado por Helen y Conrad Meyer. Uno se siente tentado a imaginarse un matrimonio entre Derek y Helen. Teniendo en cuanta la brutalidad de uno y la maldad de la otra, a los dos meses se habrían destripado mutuamente. Están bien casados: cada cual ha encontrado a un esclavo al cual torturar, de modos distintos.

            Como botón de muestra de una velada conyugal: Derek entrando en el dormitorio y acercando el cañón de su revólver a la cara su aterrada esposa. Aprieta el gatillo. No la he cargado. Esta noche no.

            Justo esa noche Almond marcha precipitadamente a la caza de V, advertido por Dominic. Con la pistola descargada. V lo despacha en medio segundo. Creo que a muchos lectores les entra un cosquilleo de placentera venganza. Igual que cuando Azarías cuelga al señorito, en el último capítulo de Los santos inocentes.

            Pero con la muerte de Almond la vida de Rosemary no mejora. Ni siquiera queda igual de mal. Empieza la caída en picado. Pasa de ser una mujer esclavizada, humillada, atormentada, a ser una viuda sola, abandonada, atormentada. Sin dinero. El poder del maltratador sobrevive. La muerte (o, si eso vamos, la prisión) del torturador no es suficiente. Como ama de casa, sin ningún talento profesional, dependía de su marido para sobrevivir. Sin él, tiene que prostituirse.

            Primero de una manera socialmente aceptable. Acepta los flirteos de Dascombe, el director de la Boca, una alimaña de otra especie que Almond. Hay que sobrevivir, a cualquier coste. Dascombe también muere, durante el asalto de V a los estudios de la Boca. Rose empieza a trabajar en un cabaret, cuyo dueño se toma sus libertades con las empleadas.

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            Y esta mujer, esta mujer como tantas otras, que vive fiel al recuerdo de un marido despreciable, termina siendo un peón crucial para la caída del Estado. Mata al Líder.

            Es una escena macabramente irónica. Justo cuando el Líder empieza a despertarse como ser humano, justo cuando ha superado la traición de Destino en brazos de V, justo cuando sale de su oficina, para saludar a su pueblo (ignorante de que su caída ya ha sido planeada por sus lugartenientes), para, por primera vez, quizás, en su vida, tener un encuentro, por breve que sea, con otro ser humano, la señora Almond le sale al paso. Y lo mata, delante de todo el mundo.

            Considerar que V ha planeado esto es ridículo. Considerar que V había previsto que Rosemary Almond mataría a Adam Susan es absurdo. Considerar que V había previsto que el sistema conduciría a un final similar, es muy posible. Rose y Susan son un símbolo: el Pueblo, harto, aniquila al Poder. Es, a escala pequeña, lo que sucederá pasados no muchos días. El último monólogo de Rose, como una letanía en la que se mezclan razones íntimas con acusaciones generales, apoya esta interpretación. La gota que colma el vaso es que el Líder, el visionario por el cual tantas vidas han sido destruidas, no reconoce a la viuda de un miembro de su gabinete. El Estado es el más frío de los monstruos. Esa frialdad la paga con la muerte.

            Rose paga su único acto decidido con un interrogatorio a manos de los Dedos. No sabemos más de ella. Podemos deducir, sin mucho esfuerzo, lo que le ha ocurrido.

            Eric Finch no es un personaje secundario. Es uno de los protagonistas. Es el antagonista de V, pero no su enemigo. Cuando V habla de su “rival”, siempre se refiere al Líder y, por extensión, al Estado totalitario. Finch es parte de ese Estado. Pero no es un miembro muy adicto.

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            El aspecto físico de Finch contrasta con el de V. Frente a esta figura misteriosa, embozada, llena de sorpresas y trucos, Finch es un hombre común. Bajo, calvo, con su curva de la felicidad. Traje corriente, gabardina corriente, fuma en pipa (quisiera que sólo Finch fumara en pipa en el comic). Anodino. Como el inspector Parr de El círculo carmesí o el padre Brown de Chesterton, sin la fingida torpeza del primero ni la humildad absoluta del segundo.

            Finch es una persona, y una persona compleja, por debajo de tanta vulgaridad. Trabaja para los fascistas, pero él no es un fascista. Es más, se atreve a espetar al Líder, con una tranquilidad pasmosa que todo este asunto del Nuevo Orden no me entusiasma demasiado.

            Finch ha sabido hacerse imprescindible para el Líder. Sin duda hay otros policías ansiosos por ocupar su puesto como jefe de la Nariz. Pero el Líder, hombre inteligente, prefiere tener a un escéptico hábil a su servicio que a un fanático o un trepa inútil. Este escepticismo político de Finch es jugoso. Finch hace su trabajo sin meterse en política. Esto le diferencia radicalmente de V y del Líder, que son seres esencialmente políticos. Eric Finch está harto de la política. De hecho, Eric Finch está harto de la vida. Cuando le conocemos ya parece vivir por pura costumbre.

            La raíz de ese hastío está en la guerra. La guerra le arrebató a Finch su familia. Perdido, necesitado de un asidero, probó a acatar las órdenes de la autoridad. Pensé que obedecer órdenes me curaría. Finch reconoce que se equivocó.

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            Estas dudas y heridas internas, sin embargo, no le molestan durante buena parte de su caza. Secundado por su joven ayudante Dominic, Finch se lanza tras la pista del esquivo V. Como policía, despliega una serie de virtudes. Tiene buenas dosis de sentido común, es tenaz, agudo, de gran capacidad analítica y un seco sentido del humor. Finch no será un buen artista, como V, pero es un crítico muy capaz. Helen Heyer lo subestima tremendamente cuando lo describe como hombrecillo aburrido y fiable.

            Su persecución de V se explica sobre todo, por motivos profesionales. Motivos profesionales que devienen en obsesión personal. No por móviles pasionales. Cuando la doctora Surridge es asesinada, por un segundo Finch se deja llevar por los sentimientos. Lo veré muerto por esto, Dominic. Luego, encuentra el diario de Surridge. Descubre los detalles de Larkhill.

            ¿Sabía el pueblo inglés lo que ocurría en Larkhill? Creo que la respuesta es la misma que a la pregunta ¿sabía el pueblo alemán lo que ocurría en Auschwitz? No hay una respuesta sencilla. Finch,en todo caso, siente que ha mirado hacia otro lado durante mucho tiempo. Ahora, por obligaciones de su cargo, tiene que encarar la realidad.

            Un caso tan estresante, con un criminal tan desquiciante como V y unas verdades tan horripilantes, termina pasándole factura. Finch va quedando atrás. Es Dominic quien tira del carro, defendiendo a capa y espada a su superior, mostrando una independencia tan testaruda como él. Mientras tanto, entre escarceos intelectuales con el suicidio, Finch sigue buscando a V y buscándose a sí mismo. Al igual que V y Evey, también Finch tiene su transfiguración. Una transfiguración dolorosa. En Larkhill.

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            Con unas cuantas pastillas de LSD en el cuerpo, el alicaído policía se interna en las ruinas del campo de concentración. Todo lo que lleva años acumulando en silencio aflora. Su amargura, su sentimiento de culpa. Finch tiene visiones de aquellos a los que el régimen que sirve exterminó, los otros, los diferentes, de diferente piel, de diferente orientación, de diferente fe, de diferente pensamiento. Su necesidad de ser aceptado por ellos, por los otros, de que ellos vieran en él a otro ser humano, de que vieran más allá de mi uniforme.

            En su visión, Finch es encerrado como un interno más, en la habitación número cinco, donde nació V. Ve los diseños de V, sus explosivos, la fuga en el incendio. Aunque esta vez quien escapa es él. Y como V bajo el cielo rugiente y Evey bajo la lluvia, Finch es libre. Corre libre, desnudo, primigenio, se alza ante una aurora en Stonehenge.

            Un Finch nada eufórico regresa a Londres. Pasado el efecto de las drogas, se tambalea por las calles de la capital. Y descubre, por una sombra proyectada (este detalle me encanta) la entrada de la Galería de las Sombras.

            Bien, señor Finch. Al fin nos encontramos. Tras este breve saludo, Finch dispara y V arroja un cuchillo. Parece que V está indemne. Se despide de Finch con ironía y lo deja.

            V no mata a Finch. ¿Porque está demasiado débil, herido de muerte, pese a su afirmación? Quizás. Ni V ni Finch se conocen el uno al otro. Tal vez sean demasiado incompatibles. Tal vez estos dos personajes no sean reconciliables.

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            Finch reacciona con salvaje alegría, con la alegría del cazador tras meses de fatigoso trabajo, ante la evidencia de la herida mortal de V. Para Finch, V es un asesino, un terrorista. Finch no pertenece ya al Estado, pero tampoco milita bajo la bandera de V. Por motivos quizás más personales que filosóficos. Sin embargo, tampoco traiciona la entrada a la Galería. Se escuda en una laguna de memoria y escamotea a los miembros de la Cabeza el enclave del terrorista. Finch ya no pelea en ningún bando.

            Mientras el régimen que ayudó a sostener sin convicción se derrumba, mientras la nueva lucha comienza, Finch se aleja. Desprecia la oportunidad de un mezquino inicio de poder al lado de Helen Meyer. Enciende su pipa. Sigue caminando.

            A algunos tal vez les parezca que está dando la espalda a su responsabilidad. Que debería regresar, ponerse a construir para equilibrar su culpa. Que es un hombre derrotado. O un cobarde. Yo no creo nada de eso. Finch, es, al fin, libre también. Sin líderes ni órdenes, ni proclamas. Finch se aleja del mundanal ruido. Dejadle que se haga a un lado, que reflexione, que se reconstruya a sí mismo. Tal vez vuelva.

            Evey sustituye a V. Dominic sustituye a Finch. Los protegidos dan un paso adelante. Dominic aún relativamente fiel al Estado, más por confusión que por convicción, me parece a mí.

            En el último tumulto del que somos testigos, la multitud airada está a punto de aplastar a Dominic. Evey lo salva. Igual que V la salvó a ella de los Dedos. ¿Merecía aquella Evey más que este Dominic? En la Galería de las Sombras Evey/V da la bienvenida a un joven servidor del Estado. Evey nada sabe de la personalidad de Dominic. No sabe que no es un fascista fanático. No sabe nada de él, al contrario que nosotros. Hace una apuesta. Moore y Lloyd reconcilian dos facciones enemigas.

            ¿Quién sabe? Evey puede ganar su apuesta.

septiembre 4, 2013

Los abismos del Mal

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:21 pm
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            En El Paraíso perdido, Milton hace dar a Satán una viaje bastante largo, en el cual, cada vez que encuentra el final de un abismo ve que se abren nuevos abismos en su fondo. Algo similar encontraron Joshua Oppenheimer y su equipo al ir a Indonesia a rodar su documental The act ok killing, una de las obras más estremecedoras, espeluznantes, extrañas y notables que haya visto en los últimos años.

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            Confieso una ignorancia casi total sobre la historia indonesia. Desconocía por completo que en los años 60, 1965-1966, al menos un millón de personas fueron asesinadas en dicho país. No tenía idea de que los militares que llegaron al poder, golpe de estado propiciado por las potencias occidentales durante el infernal ajedrez de la Guerra Fría, subcontrataron ese genocidio, encargándolo a grupos paramilitares y gánsteres. Ni que esos militares, paramilitares y gánsteres siguieran siendo los amos del país. Venga, repitan ese tópico de que los estadounidenses no se enteran de nada de lo que ocurre fuera de sus fronteras.

            Oí hablar de este documental gracias a un excelente entrevista que hizo John Oliver al señor Oppenheimer en The Daily Show (pueden verla aquí). Es una entrevista que cumple sus objetivos: al terminar de verla está uno muy interesado por ver el documental, pero no sabe lo que le espera. Por mucho que sepa que los documentalistas (algunos de ellos, protegidos por el anonimato) estuvieron hablando y conviviendo con verdugos y perpetradores del genocidio, créanme, no se esperan lo que aparece en pantalla.

            Los asesinos hacen una película. Una película recreando cómo eran los interrogatorios, cómo eran las torturas, las vejaciones, las humillaciones y los asesinatos. Cómo mataban. Unas veces hacen de ejecutores, otras de ejecutados. Hay escenas oníricas grotescas, otras perturbadoramente realistas. Si esa película enloquecida llegó a montarse, me gustaría verla. Mientras los protagonistas de la misma buscan extras, discuten qué escenas rodar y cuáles no y charlan tras las cámaras, vamos descubriendo los horrores de la época.

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            Es asombroso presenciar los desfiles del mayor grupo paramilitar del país, mientras recibe los parabienes de las más altas autoridades del Estado. Roza lo ridículo contemplar la campaña electoral de uno de los verdugos para ser elegido parlamentario; en dos escenas se expone fríamente un sistema corrupto hasta la médula pero, sobre todo, que vive con normalidad esa corrupción y ni siquiera se molesta en buscarle eufemismos, excusas ni envoltorios brillantes (son las barbas del vecino). Resulta, desgraciadamente, nada sorprendente oír a un editor de periódicos reconocer que él determinaba quién era comunista o simpatizante y, por tanto, con un guiño, decidía su muerte, pues esa gente existe en toda represión. Y las cámaras captan la recogida de fondos, a cargo de dos miembros de ese heroico grupo paramilitar, coaccionando, chantajeando con brutalidad a los comerciantes, en especial, de ascendencia china, quienes pagan con sonrisas de terror congeladas en el rostro.

            Tres asesinos responden a las preguntas de Oppenheimer y conversan con él. Oppenheimer y su equipo, por cierto, no se cortan un pelo. Aunque sabía que estaba sano y salvo, alguna vez, desde la seguridad del cine, me decía “se lo cargan”. Imaginen cómo se sentían ellos allí. Tres verdugos, decía, que son tres seres humanos (vamos a repetirlo, para no caer en felices mentiras de inhumanidad, tres seres humanos) muy diferentes, que viven de manera muy diferente su pasado y su presente.

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            Uno de ellos, Herman, es un hombre simple: brutal, corrupto, bestial, repugnante aun físicamente, el que se presenta a candidato para, una vez elegido, dedicarse a chanchullos urbanísticos, torpe y sin una gota de astucia en su orondo cuerpo. Este hombre vive con total tranquilidad su presente, y, las veces que habla de su pasado, está convencido de haber hecho bien al erradicar a esos comunistas: en parte porque se lo mandaban, en parte porque ponían en peligro sus negocios y los de los suyos. Estos hombres existen en todas partes del mundo, son los matarifes por excelencia.

            Un segundo, que aparece ya avanzado el documental y cuyo nombre, maldición, no logro recordar, es el hombre de hielo. Sería un maduro oficial de las SS si los nazis hubieran ganado la guerra. Frío, cínico, realista, impasible. Ante ciertas mistificaciones de sus compañeros, se muestra tajante: hicieron lo que hicieron y lo hicieron de manera eficaz, despiadada y cruel. La película, dice en un momento, puede ser importante, pero destruirá el relato que lleva repitiéndose desde hace décadas: que el genocidio fue necesario, que ellos son héroes, que los comunistas, los chinos, los intelectuales, los opositores eran más crueles que los paramilitares y mafiosos. No, dice con energía, nosotros éramos más crueles. He aquí un hombre sin remordimientos, sin tal vez ni el concepto de remordimiento. Oppenheimer le saca a relucir un día la Convención de Ginebra y él se ríe. Da las repuestas de un auténtico hombre de Estado: ¿Y si mañana se firma una Convención de Yakarta que deje en papel mojado la de Ginebra? No, no reconoce el Derecho Internacional, porque qué es un crimen de guerra lo deciden los vencedores. “Soy un vencedor, concluye, por lo que yo decido”.

            Este hombre imperturbable reprocha al tercero, y principal protagonista, Anwars Congo, sus dudas, sus remordimientos, su flaqueza. Congo sufre una espectacular metamorfosis a lo largo de la película. El anciano sonriente, que explicaba hasta con jovialidad cómo estrangulaba con un alambre a sus víctimas, que es saludado respetuosamente por el gobernador local, cuyo nombre, esto lo reconocen casi todos, inspiraba pavor, está al final consumido, encorvado, camina con enorme dificultad, encogido en su traje amarillo.

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            Mientras Herman ni sabe lo que es el arrepentimiento y el verdugo gélido lo ha descartado, Congo se arrastra hacia él. No lo alcanza, al menos no en el documental, donde sólo llega al remordimiento egoísta. Sufre desde hace tiempo insomnio y pesadillas, teme que las almas de sus víctimas reclamen un castigo. Por miedo propio sufre. Pero también empieza a vislumbrar, al interpretar a una víctima en una escena, el horror que infligió a otros. Si bien Oppenheimer, con justicia, le dice que no, que no sabe cuánto sufrieron sus víctimas, porque ellas no estaban en ningún rodaje, sino en una realidad terrible, Congo parece sinceramente atribulado. Al verse confrontado de una manera tan directa, tan vívida con su pasado, algo dentro de él se quiebra.

          Cada cual muestra un abismo diferente del alma humana Una de las grandes virtudes del documental es recordarnos, de nuevo, lo cercano que es el Mal. No necesita de estéticas siniestras, uniformes impecables ni genios diabólicos. Le basta tres personas normales. Herman es demasiado simple hasta para entenderlo, pero también él lleva una carga de horror y quizás embrutecerse sea una táctica para superarlo. El verdugo profesional pasea con su mujer y su hija, sin preocupaciones. Curiosamente él, el más terrible de los tres, es el que despacha con desdén a un antiguo informador, un soplón que ahora alega ignorancia (¿Para qué, si está con los ganadores? ¿No puede dormir?). Y Congo enseña la película a sus nietos, con cierto orgullo, nietos a los que enseñó a no maltratar a un pequeño pato, a tratarlo con delicadeza. Abismos, abismos.

            Este documental, parece, también ha quebrado parcialmente a la sociedad indonesia. La misma que antes reverenciaba a los asesinos, que veía en ellos héroes nacionales (Indonesia no se diferencia en esto de casi cualquier otro país), que aplaudía sus apariciones (la escena del programa de televisión es reveladora) ha tenido que ver un reflejo de la realidad desde otra óptica, con otra luz. En antropología, si no recuerdo mal, se pueden usar dos perspectivas de estudio, la interna y la externa a la comunidad. La externa no comprende ciertos aspectos que sólo los miembros de la comunidad pueden explicarle, pero estos, a su vez, no tienen perspectiva sobre otros, que son captados por el observador externo. En este caso, he oído, los observadores externos, al mostrar su estudio, han sumido a la comunidad en un debate profundo. Eso, de por sí, ya justifica esta obra desasosegante.

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