Con un vaso de whisky

diciembre 22, 2013

En defensa de las tabernas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:40 pm
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            A mí me gustan las tabernas. Y los pubs, los bares, las cervecerías, los chigres, sidrerías, y diversas casas y cellares donde se distribuyen bebidas alcohólicas; en un alarde de tolerancia, hasta distribuyen bebidas no alcohólicas. Me gusta ir a ellas a beber, a charlas, a leer, a tomar notas y a discutir. Adoro discutir con una copa en la mano. Algunas de mis mejores noches me las he pasado empalmando whiskies mientras lanzaba toda mi artillería contra las posiciones de mi adversario que, no siempre, pero casi, era un amigo mío. O varios.

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            Pues bien, por ello detesto la expresión “discusión tabernaria”, como si esto implicase, fatalmente, algo truculento, simplón, de mucho grito y poco argumento. Evidentemente, pueden ser eso. Pero, visto lo visto, ruego a la autoridad competente que se cambie el adjetivo. Llámenlo discusión periodística, o parlamentaria o twitera.

            Existen discusiones de muchas clases. Distinguir tiempos y lugares es señal de persona sagaz. Hay lugares donde un tema puede ser abordado de manera humorísitica. Bien, conforme, en cualquier lugar puede ser abordado un tema de manera humorística, siempre que el humor sea de calidad. Acordemos, no obstante, que hay ciertos lugares donde se debaten ciertos temas en los que esperamos finura, inteligencia, matices y racionalidad. No aullidos. Y que ciertos temas, independientemente de dónde se debatan, han de ser tratados con inteligencia y con humildad.

            Dejemos las cosas claras desde un inicio. La humildad y la inteligencia no están reñidas con defender la propia postura con energía y aun con acidez. Un individuo irónico será, casi seguro, humilde. Un individuo sarcástico, quizás no. Un debate puede ser sereno o vivo, sin que dejen sus partícipes por eso de ser humildes. Porque la humildad, sencillamente, es reconocer que, por seguro que uno esté de su posición, admite no estar en posesión de la Verdad.

            Llevo mucho tiempo discutiendo, escuchando discusiones, leyendo discusiones. En mi adolescencia, como todo adolecente, era el ser menos humilde del planeta. Uno va descubriendo, a base de trinchera dialéctica, que los debates de blanco y negro son escasos, casi inexistentes. Algunos hay, desde luego. Como el debate de si la tortilla de patata ha de llevar cebolla o no o si en el té se puede verter leche. Pocas más.

Debate

            Por eso, y quizás es que uno se hace viejo, me desgastan tanto tantas discusiones. Entiendo que se discuta, de hecho, me alegra. Comprendo que hay asuntos que dividen, muy profundamente, a la sociedad. Pero me estremezco cuando esos debates trazan una línea en la arena, porque los que están a cada lado de ella no son adversarios, sino enemigos.

            No voy a caer en ese tópico de señalar con orgullo que tengo amigos de diversas creencias e ideologías, como si fuera por el mercado comprando amigos en diferentes tenderetes. Pero se da la casualidad de que tengo un puñado de amigos y conocidos cordiales. Y que no estoy de acuerdo con todos en todo. Así que nos pasamos horas, muchas, discutiendo. Hay tardes en las que discutimos sobre la minoría, estando de acuerdo en la mayoría, y otras en las que la mayoría en cuestión es tan grande que firmamos una tregua por la minoría.

            El truco está, pienso yo, en no ver al otro como un monstruo del averno porque discrepa. Esto, como casi todo, es cuestión de grado. No voy a ceder a un relativismo absoluto (lo cual, creo, sería una contradicción en los términos). Hay ciertas posiciones por las que no paso. Si alguien las sostiene dudo que hagamos muy buenas migas (por ejemplo, echarle red bull a un whisky de doce años; lo he visto). Ello no obstante, creo que es un deber de buen discutidor no perder las formas ni con quien defiende una postura que considere repugnante desde cualquier punto de vista.

            Tampoco voy a ser ingenuo: muchas discusiones dignas no se hacen con pureza filosófica; no hay un debate entre dos mentes para acercarse más a la Verdad, si es que alguna por ahí. Muchísimas veces, se discute por hacer morder el polvo al otro, aunc cuando en su fuero interno uno de los duelistas haya caído en la cuenta de que está errado en algún punto. Schopenhauer escribió un manual brevísimo y con bastante colmillo retorcido dando estratagemas para vencer en un debate, llevara uno más o menos razón. Estos son duelos de respeto, siempre que se guarden las formas.

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            En una discusión se admiten la ironía, el dardo, la sutil indirecta, el golpe de mano, la argumentación enrevesada, el silogismo y la acumulación de pruebas, entre otras. Si uno es ingenioso como Wilde o Talleyrand, el aforismo breve y punzante es el broche de oro. Twitter está lleno de aspirantes a Wilde o Talleyrand. Pero el insulto fácil, el lugar común, el cliché, el desprecio al otro sin tomarse ni medio segundo en analizar su posición… eso es de mal jugador. Y eso se ve, no sólo en España, me temo, a lo largo de todo el espectro ideológico. La polarización, la llaman: cada cual ha de estar en un bloque monolítico, y comulgar con todos los preceptos del bloque. Si no, automáticamente, se es del enemigo. Qué quieren, eso suena aburridísimo.

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            Una de las relaciones de rivalidad amistosa más curiosas que ha dado la historia fue la existente entre Chesterton y Bernard Shaw. Dos grandes escritores y críticos, polemistas por placer y profesión, que pasaron media vida enzarzados en un debate perpetuo. No estaban de acuerdo en prácticamente nada. Su duelo se libró en todos los teatros imaginables. Discutían en locales privados y públicos, en artículos periodísticos, en ensayos breves o largos y en sus obras literarias, metiendo personajes que representaban las ideas del otro. Organizaban, de hecho, discusiones en público. Hay un pequeño libro (“Entonces, ¿estamos de acuerdo?”) que recoge las notas que un espectador tomó durante una de ellas. La discusión está incompleta, pero el tono general se percibe.

            Y es el tono lo que a mí me llena de melancolía. El tono de amigables adversarios, de rivales llenos de respeto uno por el otro, de dos duelistas que, con pasión, pero sin odio ni desprecio, seguirían discutiendo hasta que el infierno se helase.

            Desconfío de las discusiones a gritos, si esos gritos no son joviales. En broma, se puede gritar. En serio, no. La carcajada es una mueca magnífica en un debate, el alarido, no. Cuando se llega al grito, es que el debate ha muerto y llega el tiempo del choque. Momento éste, la Historia lo demuestra, que puede llegar. Y que en ocasiones se vuelve inevitable, momento al que tal vez estemos llegando. Momento siempre terrible. Pero en demasiadas ocasiones se oculta tras el grito, a un lado y al otro, la falta de razones, el puro dogmatismo. Con lo cual se corrompe el debate y se rebaja el grito indignado, esa especie de arma suprema cuando se ha agotado hasta las heces el diálogo.

            El debate blando, perezoso, también es aburrido, ojo. Ni siquiera es discusión. Chesterton mismo, en su breve reseña sobre Santo Tomás de Aquino opinaba que este monje polemista se lo pasaría mejor discutiendo con los grandes y nobles ateos del siglo XIX que con los agnósticos perezosos de principios del siglo XX. Quizás la gran división no sea entre gentes de izquierdas o de derechas, creyentes o no (lean, por cierto “Derecha e izquierda”, del gran Norberto Bobbio; da un par de collejazos a muchos ignorantes de izquierdas y de derechas), sino entre inteligentes o necios. Un inteligente es siempre humilde; aunque sea por táctica.

            Pero eso sí. Déjenme las tabernas y los bares en paz. No me los emponzoñen. Quiero seguir teniendo un lugar donde discutir hasta perder la voz. Y que mi adversario invite a la siguiente ronda.

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diciembre 15, 2013

Citas con la Dama del Crimen

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:54 pm
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            Que P. D. James, cuyas novelas leo con interés y cuyo Todo lo que sé de novela negra me parece uno de los mejores resúmenes de la historia de la literatura detectivesca, me perdone. Pero, para mí (y sospecho que para unos cuantos millones más de lectores), la Dama del Crimen siempre será Agatha Christie.

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            Me encontré con Ms. Christie en la adolescencia, años después de ser un visitante asiduo al número 221 de Baker Street. Aunque aún hoy sigo prefiriendo con mucho los relatos y novelas de Mr. Sherlock Holmes y el Doctor James Watson (y ciertas adaptaciones suyas; ¡en enero, señores y señoras, en enero!), y pese a que Sir Arthur Conan Doyle me parezca mejor escritor, sería bastante necio despreciar a la segunda más célebre autora británica de este género.

            Ciertamente, al ser tan prolífica, Ms Christie no siempre lograba obras maestras. En ocasiones obtenía obras mediocres. O directamente malas. Acabo de terminar Hercule Poirot´s Christmas (traducido al español más melodramáticamente como “Navidades trágicas”); es una de las mayores tonterías que he leído, con una de esas soluciones que parodiaba Un cadáver a los postres: rápida, tramposa y rozando el insulto. Pero hay muchas novelas dignas de leerse para compensar los fracasos.

            Aparte de los libros en sí mismos (ahora volvemos con ellos), la obra de Ms. Christie ha dado material para cine y televisión- y un episodio del Doctor que más vale olvidar. Disfruto mucho de las adaptaciones que tenían a Peter Ustinov en el papel de Hercule Poirot. Pero el mejor detective belga de la pantalla, grande o pequeña, es el inmenso David Suchet, protagonista de una larguísima serie de adaptaciones, BBC mediante. Por ahí se han paseado muchas caras anglosajonas bien conocidas. La impecable forma, el buen hacer de directores y guionistas y la cantera envidiable de actores británicos daban empaque hasta a novelas flojas. Esta serie es uno de los hitos de la televisión, ha terminado hace poco y ya están tardando en ponerse a verla.

            Volvamos a las novelas. Hay para elegir, en los tres grandes grupos: las de Hercule Poirot, las de Miss Marple y el resto. Personalmente, prefiero a Monsieur Poirot antes que a Miss Marple, aun si contamos las que narra el cansino capitán Hastings. Este personaje es uno de los mayores errores de Ms. Christie y, su uso, un remedo demasiado evidente de Watson.

            Las tramas son siempre el punto fuerte de Agatha Christie. Aun en sus peores obras, con una resolución de juzgado de guardia, la historia es entretenida. El puzzle siempre subordina a la profundidad psicológica de los personajes (ironías del arte, ningún detective ha asegurado ser más estudioso de la psicología que Poirot) o la perfección estética. Sin embargo, cuando el megalómano rompecabezas deja un poco de espacio para otros aspectos, los resultados son memorables. Siempre y cuando sepamos qué clase de literatura estamos leyendo, claro.

            Voy a darles la lista, en mi opinión, de las novelas mejores o más curiosas que he leído de Ms. Christie. Dejo aparte Asesinato en el Orient Express, por demasiado manida. Si algún día el lector quiere invitarme a cenar (yo llevo el vino), discutiremos por qué creo que hay paralelismos entre el final de esta novela y el de Los santos inocentes, de Don Miguel Delibes.

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            El asesinato de Roger Acroyd suele citarse como una de las mejores obras de Christie. Ciertamente, es de las más conocidas, y con razón. Resulta un poco complicado hablar mucho de ella sin reventarla, así que me limito a aconsejarles que la busquen y la lean. Christie usaba de manera indistinta el narrador en tercera persona (que no omnisciente) y el narrador en primera persona. Nunca logró emplear éste último mejor que aquí. Estamos totalmente en manos de quien nos cuenta la historia, viéndolo desde su punto de vista. El lector, ante este recurso literario, puede bien limitarse a seguir la historia según le es expuesta o intentar rebelarse contra una perspectiva tan limitada, tratando de husmear pistas por su cuenta. Para ambos tipos de lectores, ésta es su obra.

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            Diez negritos es lo más parecido a una novela de terror que escribió Christie. Diez personas que no se conocen entre sí son invitadas a pasar un fin de semana en una casa sita en una isla, por un misterioso anfitrión. Al llegar allí, cada una de ellas es acusada de un crimen ocurrido en el pasado, y por el cual no han recibido castigo alguno. Una vieja canción infantil se convierte en una profecía macabra de su futuro. Recuerdo que me leí del tirón este relato; quedé absorto en la atmósfera claustrofóbica, la paranoia que va ganando a los personajes a medida que los versos de la canción adquieren una siniestra realidad… Estructura, forma, trama y exploración de las mentes están en un excelente equilibrio. Desconozco si hay una buena adaptación al cine o a la televisión, pero desde luego, la novela lo pide a gritos. Busquen un rincón solitario, silencioso, para leerla, y ya me dirán si de tanto en tanto no dan un respingo, al sentir que hay algo justo detrás de ustedes.

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            Cinco cerditos tiene también una canción infantil en su esqueleto. Otra de la sobras mayores, gracias a, de nuevo, un hábil equilibrio. Su estructura está muy inteligentemente planeada y su argumento posee buenas dosis de originalidad. En el prólogo, una joven solicita a Hercule Poirot que demuestre la inocencia de su madre, juzgada y condenada por la muerte de su marido, Amyas Craile, un afamado pintor. Un crimen de años ha, sin ninguna prueba física disponible para el detective. Así que Poirot interroga a cinco profesionales que se encargaron del caso (el policía que lo investigó, el encargado de la acusación en el juicio, el barrister de la defensa, y los dos solicitors de la acusada), a los cinco testigos de los hechos (dos hermanos, amigos de los Craile, la amante y modelo de Amyas, la hermana pequeña de la acusada y la institutriz), les pide cinco relatos en los que cada uno exponga su versión de los hechos aquel día, les hace a cada uno una pregunta final y, por fin, tras tantos cincos, ofrece la solución del problema. Es una de las historias más redondas de Ms. Christie y los cinco relatos de los testigos son la joya de la obra. Ahí dentro está, si uno sabe leer, la clave. No hay trampa ni cartón. Es, quizás, mi favorita de todas las obras de esta escritora.

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            Los cuatro grandes no es una de las buenas novelas de Christie, pero es una de las más peculiares. Tan peculiar que en varias ocasiones roza lo ridículo. Un viejo amigo mío, muy aficionado tanto a Christie como a las películas de James Bond suele describirla como una mezcla de ambos mundos y tiene bastante razón. Pero, qué quieren, meter a Poirot en una trama propia del agente 007 no me acaba de convencer. De hecho, en una película de James Bond, Poirot sería casi seguro el malo o el compinche aún más malvado del villano (belga, bajito, con bigotazos, excéntrico… en fin, vicepresidente de SPECTRA, caramba). Que Hastings ande implicada no mejora la cosa. Sin embargo, para una tarde ligera, cuadra. Siempre que no tomemos muy en serio ese argumento en el que una sociedad secreta dirigida por un mandarín chino, un industrial estadounidense, una científica francesa y un enigmático asesino buscan dominar el mundo. Así, tal cual. Si lo leen como una obra bufa, gana.

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            Un gato en el palomar no es muy conocida. Ahora bien, esta historia que transcurre en un internado para señoritas de clase alta y en el cual Poirot no aparece hasta el último tercio, resulta, pienso yo, un intento de Ms. Christie por meterse en género del espionaje. Hay un cierto aire a lo John Le Carré, no a lo Graham Greene, en esta historia y en sus personajes. Cierto aire, entiéndanme. No encontrarán aquí el gris opresivo, la ambigüedad anfibia de Smiley y la gente del Circus. Es una muestra más, no obstante, de que nuestra autora no escribía sólo de vicarios envenenados a la hora del té.

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            Telón. Debo acabar con el último caso de Poirot. Me costó trabajo empezarla. Porque sabía que Poirot muere. Y aunque suene un poco infantil, tenía la sensación de que, mientras no leyera esta novela, Poirot no estaría muerto en mi mundo, y que podría leer y releer sus casos sin tener la impresión de revisar una necrológica. Terminé por decidirme. Y sí, fue duro despedirse del hombrecillo de cabeza de huevo. A cambio, obtuve la única novela narrada por Hastings que realmente disfruté. Los personajes son turbios, todos ellos con sombras, no meramente son secretos vergonzosos, sino con personalidades desagradables, contradictorias o infelices. Hay un aire de honda melancolía que se cierne sobre la casa de Styles, en esta novela extraña y fría. Y, además, Poirot se encuentra con el primer asesino a quien no puede derrotar.

            Eh, bien, pues aquí están. Y yo quedo a su servicio para discutir sobre las mismas cuándo y dónde digan. Salud.

David Suchet

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