Con un vaso de whisky

septiembre 5, 2017

Escena en un aeropuerto

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 8:16 am

   Su vuelo no despegaba hasta varias horas después, pero el viajero ya estaba en la terminal. No podía evitarlo, el llegar varias horas antes. ¿Y si había un problema con la facturación? ¿Y si el vuelo se adelantaba? ¿Y si el horario de embarque que había consultado dos docenas de veces la última semana y media docena de veces la noche anterior estaba equivocado? ¿Y si un terremoto volvía inútiles las carreteras de acceso, dentro de lo que se consideraría un tiempo razonable para llegar al aeropuerto? De modo que el viajero llegaba con más tiempo del que una persona sin filia por el masoquismo querría pasar en cualquier aeropuerto. El viajero, que no la tenía, había logrado sacar una especie de ventaja de aquella compulsión suya: si el vuelo ponía el punto final a un viaje agradable, las horas vacías, tediosas, quebrantadoras de mente y alma que pasaba en la terminal hacían contemplar la llegada a la rutina con estima y casi con ansia. Jamás había sentido la melancolía gris que padecían todos sus amigos y conocidos el Día de la Vuelta. El viajero sentía un orgullo por esto que le provocaba un cierto embarazo.

   Era, pues, una hora temprana, cuando llegó. No había mucha gente en la terminal. Pero se trataba de una terminal pequeña, en una región muy visitada, en temporada alta: pronto estaría llena de gentes llegando, gentes marchando, gentes en el limbo de los vuelos con enlace. Tenía tiempo antes de que le permitieran facturar su equipaje. Con sorda satisfacción, se sentó en uno de los bancos disponibles, cruzó los brazos sobre el pecho, colocó la maleta entre sus piernas y se preparó para una espera anestésica.

   El perro era color canela, seguramente, aunque la porquería le daba un tono de caramelo requemado. Llevaba una cadena oxidada alrededor del cuello flaco, que no era señal de dueño alguno. Entró en la terminal sin aspavientos ni temor. El viajero reparó en su existencia al tiempo que escuchaba (¿o por causa de?) a otra viajera, sentada a su lado, emitir una leve interjección de sorpresa. El viajero intercambió una mirada de incredulidad relativa con la viajera. ¡Menuda terminal era aquella!

   Cuando se hubo adentrado un tanto, con ese paso propio de quien no sólo está acostumbrado a un lugar sino que lo considera en parte suyo y tiene la seguridad de que nada malo le puede ocurrir en el mismo (o eso le pareció al viajero), el perro alzó una pata, orinó sobre el suelo, bajó la pata, sacudió la cabeza una vez y, sin un vistazo atrás, continuó su trayecto, el paso invariable, hizo un quiebro circular y salió de la terminal por la misma puerta automática perpetuamente abierta por la que había entrado.

   -¡Esto no puede ser cierto!- masculló el viajero.

   Lo era, desde luego. Un charco regular, casi de platónica perfección circular, de orina amarillenta.

   La viajera, quien no había malgastado saliva con aseveraciones sin peso, intercambió una mirada de incredulidad absoluta con el viajero.

   Ninguno de los dos sabía qué hacer. Nadie más a su alrededor daba la impresión de haber visto al perro entrar, ocuparse del asunto que le había llevado hasta allí y salir con la tranquilidad de una conciencia en paz.

   El charco, implacablemente circular, permanecía.

   Un turista calzado con sandalias de plástico y calcetines blancos pasó cerca del charco, sin rozarlo por centímetros. Una familia de maletas rodantes se salvó de atravesarlo, tal vez por instinto.

   El viajero, incómodo, se removió en el banco. ¿No había allí personal del aeropuerto? Ah, sí, allí, a menos de cuatro metros, dos empleados con uniforme charlaban amigablemente. El viajero pasaba su mirada del charco a los empleados y de los empleados al charco. ¿Es que no lo veían? Si lo hacían, no daban muestra. Si el viajero albergaba la esperanza de que su propia mirada, botando como una pelota de ping-pong, tendría algún efecto, quedó cruelmente defraudado.

   La viajera emitió una segunda interjección, aunque esta vez, más que sorpresa, denotaba un desdén nada asombrado respecto del ser humano en general y los empleados de aeropuerto en particular. El viajero le dirigió la palabra, con cierto embarazo:

   -Yo, ehm… En fin, supongo que será mejor que les avise.

   Recibió un cabeceo de acuerdo y apoyo moral. El viajero, vacilando ante una acción que irremediablemente atraería cierta atención sobre su persona en un lugar público, se levantó.

   Una anciana se detuvo junto al charco, su bolsa de viaje oscilando peligrosamente cerca de su superficie unos segundos, antes de volver por donde había venido.

   El viajero alcanzó a los empleados en tres zancadas.

   -Uhm, ustedes disculpen, señores.- cuatro ojos no muy cordiales le miraron- Me temo que un perro ha entrado y ha orinado en el suelo, allí.- señaló el círculo, amarillo, en aquel momento sin nadie en sus cercanías.

   -Vaya, ya veo.- dijo el primer empleado.

   -Ya llamaremos a alguien.- dijo el segundo empleado, con un tono que ponía punto final a la interactuación con el viajero.

   -Muchas gracias.- murmuró, incongruente, el viajero.

   Regresó al banco. Se encogió de hombros ante la expresión interrogativa de la viajera.

   -Dicen que llamarán a alguien, para limpiarlo.

   Se sentó. Consultó su reloj. Las nueve y un minuto.

   -A ver cuánto tardan en limpiarlo.- comentó, levemente ácido.

   La viajera también miró la hora.

   -No vendrá nadie antes de las nueve y media.- aseguró, rotunda; luego añadió, acaso por rechazo filosófico hacia las certezas absolutas- Si es que viene alguien.

   El viajero balbució un “Bueno, bueno” que rechazaba la existencia de un mundo donde la segunda opción fuera siquiera posible en un debate de sofistas. La viajera medio sonrió, sarcástica.

   A las nueve y tres un hombre con zapatillas deportivas pisó de refilón el charco, que dejó de ser un círculo para convertirse en un óvalo irregular. Algunas gotas, aventureras, salpicaron los alrededores.

   A las nueve y cuatro el segundo empleado se paró de su compañero y pasó junto al charco al mismo tiempo que un anciano matrimonio, la parte femenina del cual acertó de pleno al óvalo. La señora alzó el pie calzado en una sandalia de suela gruesa, desconcertada. El empleado le dirigió unas palabras, que ni la viajera ni el viajero comprendieron; por los ademanes, semejaba una bronca a la anciana por no mirar dónde pisaba. El empleado llegó a un mostrador e hizo una breve llamada telefónica.

   A las nueve y siete las ruedas de una maleta rompieron lo que quedaba del óvalo, trazando una línea intermitente en el suelo de falso mármol.

   A las nueve y ocho el empleado colgó y, pasando delante del banco, dijo al viajero:

   -Ahora vendrá alguien a limpiar.

   No lo articuló, pero el viajero estaba seguro de que había añadido para sí “puto entrometido de los cojones”.

   A las nueve y diez en aquella zona de la terminal empezó a congregarse cada vez más gente. Algún vuelo saldría en breve y el acceso a las puertas desde las que salían los aviones no estaba lejos. Y cada segundo que pasaba alguien se acercaba al charco, cada vez más extendido, lo pisaba, lo tocaba, se salpicaba en el mismo.

   -¿Por qué no han puesto una señal para que no lo pisen?- gimió el viajero.

   ¿Debería ir a advertir al resto de usuarios de la terminal? Tuvo una visión de sí mismo, como guardia de tráfico improvisado. Especuló sobre as diferentes reacciones que podrían tener viajeros, empleados del aeropuerto, vigilantes de seguridad y policías. Se atragantó y decidió quedarse sentado.

   -Nadie parece darle importancia cuando lo pisa.- observó la viajera, con una mezcla de distanciamiento y repugnancia- Es razonable- continuó, comprensiva-nadie ha visto al perro y a quién se le puede ocurrir que ese líquido, en el suelo de un aeropuerto, no es un refresco o agua que se ha derramado.

   Las nueve y cuarto. Los viajeros empezaron a formar una cola. Aún no, pero dentro de no muy poco, varios de ellos estarían de pie justo sobre los orines del perro, ahora ya en plena campaña expansionista.

   El viajero se descubrió pensando que, de estar en un aeropuerto de su lugar de origen, se habría organizado una ronda de apuestas, tal vez con él mismo como corredor, apuntando cada una.

   “-¿A cuánto está que la chica de la falda larga la arrastra por todo el meado?

   -Tres a uno, señor.

   -Apúnteme cinco.

   -Veinte a que alguien resbala y cae justo encima.

   -Lo veo.

   -Doce a que esto lo limpian a las diez menos veintidós.

   -¡Catorce a que no lo limpian!”

   No sabía qué pensaba la viajera. Como él, ella seguía observando con fascinación la escena. Ninguno se había decidido a intervenir, más allá de aquel primer aviso, ninguno podía desentenderse del morboso espectáculo de gentes que estaban cerca o encima del orín de un perro callejero.

   -A saber de dónde ha salido ese perro.- dijo la viajera, oscuramente- Y lo que puede tener encima.

   El viajero tuvo la irracional idea de que estaba en el epicentro de una futura pandemia mundial. Se secó las manos contra los pantalones.

   Las nueve y veinte. La cola ya era una realidad. Media docena de viajeros esperaba, pacientes, con sus maletas y bolsas, sobre lo que el viajero y la viajera sabían que era una superficie usada, al menos de modo puntual, como cuarto de baño por como mínimo un perro de la zona.

   -Cuando llegue el personal de limpieza,- rezongó el viajero- ni verá qué tiene que limpiar.

   -Es verdad.- la viajera rió- Tendrá que decirle a esa gente que se mueva, se pondrán a discutir, vendrán los de seguridad a preguntar qué pasa…

   -Y alguien dirá que se llamó a limpieza por petición nuestra- continuó el viajero; se corrigió, con un acento aún más sombrío- Por petición mía.

   -Cuando lo que deberíamos haber hecho, nos dirán, era dejar que la naturaleza siguiera su curso. Con suficientes viajeros pisando y extendiendo el charco habría llegado un momento en que no se notaría. Y, si no se nota, ¿para qué hacer nada?

   Callaron. Algunos de los de la cola les lanzaban ojeadas curiosas, extrañadas, vagamente molestas o alarmadas. ¿Quienes eran esos dos que no apartaban los ojos y de vez en cuando hacían una mueca medio de desesperación, medio de asco ¿Debería alguien llamar a un policía?

   A las nueve y veintiocho el viajero vislumbró una mujer con traje de faena y una fregona en la mano. A las nueve y veintinueve la mujer llegó a la zona cero. A las nueve y media en punto pasó la fregona (una vez, dos) sobre donde más o menos estaba el grueso del orín del perro, sin mirar mucho a los de la cola, que se apartaron como pudieron. Luego se dio media vuelta, con su instrumento de trabajo en ristre. El viajero creyó ver, no podría haberlo jurado, caer algunas gotas del mismo.

   -Habría ganado usted la apuesta.- le dijo a la viajera; ésta alzó la ceja, sin entender.

   Un altavoz anunció un cambio de puerta en un vuelo.

   -Ése es el mío.- exclamó la viajera. Cogió su maleta y extendió la mano al viajero, que se la estrechó.

   -Si contásemos esto, dirían que exageramos.- apuntó el viajero, a modo de despedida.

   La viajera sonrió.

   -¿Sabe lo que sería un final apropiado? Que el perro volviese e hiciese lo mismo justo ahora.

   -¡Eso sí que sería literatura!

   La viajera se marchó a buen paso. El viajero regresó a su anterior inmovilidad. Incluso cerró los ojos.

   -Buenas, señor.

   Los abrió.

   Había allí dos vigilantes de seguridad. Sonrientes.

   -¿Es usted el que ha pedido que se llamase al servicio de limpieza? Tendríamos algunas preguntas que hacerle.

   El viajero gimió. Tal vez llegar temprano no fuera siempre una garantía para evitar problemas.

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