Con un vaso de whisky

julio 9, 2012

Las Hebras y la Soga

            Hace varias entradas analizamos las diferencias entre la Novela Policíaca de la llamada Edad de Oro y la Novela Negra, nacida en Estados Unidos. Y decía yo que la BBC, con varias miniseries, se negó a aceptar tan rígida separación, mezclándolas. De las tres miniseries citadas (State of play, The Hour, The Shadow Line) la última es la que más se acerca a la novela negra, al cine noir. Yo diría que hasta coge la negrura y nos demuestra que aún había matices más tenebrosos.

            He leído varias veces que The Shadow Line es la respuesta británica a The Wire. Me parece bastante equivocado. Para empezar, The Wire es una serie que dura cinco temporadas, con una estructura cada vez menos basada en la introducción-nudo-desenlace. Esta podría aplicarse, con reticencias, a las dos primeras temporadas, pero desde luego, no a las tres siguientes, donde la idea de mosaico, de comedia humana balzaquiana (en Baltimore, en vez de París) es la que domina. The Shadow Line es una miniserie de siete capítulos, con una implacable continuidad, con inicio y final. Sí, porque aunque los acontecimientos tengan sus orígenes en el pasado y proyectan su sombra hacia el futuro, la narración que vemos comenzar en efecto termina.

            Por otro lado, el tono es diferente. El realismo de The Wire es una de sus cualidades más apreciadas. La obra maestra de David Simon y Ed Burns parece a ratos un documental cámara en mano y esa sensación de estar viendo hechos reales no desaparece ni en los momentos de mayor tragedia ni virtuosismo narrativo. El estilo de The Shadow Line, en cambio es mucho más ficticio, más cinematográfico. Los hechos pueden resultar plausibles, la sombría trama de fondo podría ser verdad (casos más siniestros han ocurrido), pero el tratamiento que se les da los aleja del realismo. Aunque que alguien igual a Gatehouse existiese a muchos nos encantaría.

            Ahora, si hablamos de calidad, entonces estoy más de acuerdo. Porque si The Wire es, para mí, la mejor serie de la HBO (y de la televisión), pese a poderosas contrincantes, The Shadow Line es la mejor miniserie que he visto de la BBC.

         Aviso de navegantes: aunque no pretendo diseccionar las tramas de la miniserie, siempre habrá sido mejor haberla visto para seguir leyendo. Hasta ahora, no había riesgo. Luego de este párrafo, ya veremos. Pero aún podemos seguir juntos unos minutos. Porque, recuerden los que la hayan disfrutado, abran boca los que no, así empezaba todo:

            Muchas vueltas va a dar este asesinato. La intriga va retorciéndose hasta cotas casi inimaginables aun para mentes tortuosas. Hugo Blick se ha ganado mi más profundo respeto como maquinador. Y es que, además, las piezas encajan. Unos amigos con los que vi las siete horas en siete sesiones acabaron el primer capítulo diciendo tener jaqueca del lío en el que les había metido. A medida que avanzábamos, la jaqueca se fue (son gente recia), el lío se volvió más y más monstruoso y ya empezaban a ver los contornos del rompecabezas… aunque para verlo completo tuvieron que esperar al último capítulo. También creo recordar que me miraban con cierto nerviosismo al ver cómo gozaba yo de cada vuelta de tuerca.

            La serie sigue una progresión geométrica: siendo todos los capítulos muy buenos, cada cuál es mejor que el anterior, pues va acumulando la fuerza de los pasados, como una ola que se va formando hasta alcanzar grado de tsunami. El séptimo capítulo, lisa y llanamente, es acojonante. No es sólo que las tramas hayan aumentado, es que el dramatismo se va acercando a la tragedia, los personajes, cada vez más conocidos y perfilados, que nos interesaron desde el primer minuto, son ya parte de nuestro imaginario, se nos han colado  en la mente (para unos estos, para otros esos, yo sinceramente, Gatehouse aparte, no logro elegir un favorito).

          En el primer capítulo parece evidente (desconfíen de lo evidente) quiénes van a ser los protagonistas, unidos por el asesinato de Harvey Wratten. De un lado del ring, el Detective Inspector Gabriel (Chiwetel Ejiofor), recién reincorporado al servicio, tras sufrir una herida de bala que casi le mata y que le ha dejado una amnesia parcial. Del otro, Joseph Bede (Christopher Eccleston), uno de los tenientes de Wratten, obligado a tomar el mando de su organización criminal, acosado por varios frentes. Yo creí, al principio, que iban a enfrentarse. Una de las grandes virtudes de la serie es que sus dos personajes principales no llegan jamás ni a verse. Y en modo alguno son contrincantes en el perverso juego, sino más bien piezas.

         Las motivaciones de Gabriel y Bede y el buen hacer de guionistas y actores los colocan merecidamente en el centro de la serie (aunque no de la trama). Gabriel se busca a sí mismo, trata de determinar quién es, aclarar las circunstancias, sospechosas, en las que fue herido, para poder mirarse al espejo y saber si es un policía honrado o un corrupto. Cuando el asesinato de Wratten y su propia herida se vinculan, las ansias de saber se vuelven una obsesión feroz. Bede es aún más empático para el espectador. Toda la operación que monta tiene un objetivo: lograr una buena cantidad de dinero, retirarse para siempre y dedicarse en cuerpo y alma al cuidado de su adorada esposa, que está siendo devorada por el alzheimer. Algunas de las escenas más estremecedoras de la miniserie son la de este amante y angustiado matrimonio; sin caer nunca en el morbo, o la pornografía emocional, son terribles. La secuencia de la cocina en el último capítulo es de las mejores en una hora con sólo momentazos.

       Pero es que los secundarios y los terciarios no son meros comparsas, ni muchísimo menos. Jay Wratten es un personajazo, alguien turbio, peligroso e impredecible desde el primer segundo, con ciertos rasgos jokerunos, aunque menor comparado con otros individuos. Sin embargo, cuando tiene una conversación, hacia el final, con otro digno secundario, Buktak Babur, comprendemos que le habíamos subestimado todo el tiempo. Algo parecido se puede decir de Patterson, el superior de Gabriel: irónico, escéptico ante las teorías de su subordinado, parecía simplemente eso, el superior a quien siempre hay que convencer en los thrillers. Como cualquiera que haya visto la serie sabe, ¡y un cuerno! La última escena se la lleva él, con merecimiento.

       Y es que todos los personajes, hasta los terciarios, tienen, mínimo, una gran escena: la presentación del jovencísimo e inquietante amante de Bob Harris, el encuentro en el funeral entre la esposa y la amante de Gabriel, el enfrentamiento en el garaje del venal sargento Foley y el honrado detective Beatty, todas las escenas de Glickman en Irlanda (ese ojo, detrás de la lente de aumento…), y tantas más.

      Además y por encima, está Gatehouse. Yo reverencio a Stephen Rea; creo que jamás ha estado en un papel mejor. Este magnífico actor demuestra que con una voz suave, un rostro inescrutable y modales educados se puede formar a uno de los mejores villanos de la televisión. En una historia llena de grises y sombras, Gatehouse es la Oscuridad. Más que un personaje, una fuerza imparable, terrible, frente a la que se ven inermes todos los demás, jugadores y peones. Cada escena de Gatehouse es deliciosamente amenazante. Nadie que le haya visto en acción podrá considerar de la misma manera un altavoz para bebés. Él vuelve una serie superior en una serie grandiosa. Suyas son algunas de las citas lapidarias, y, quizás, la mejor frase de toda la serie, cuando el gélido asesino se permite un instante de satisfacción: You are the threads, but I am the rope. Vosotros sois las hebras, pero yo soy la soga.

        Los aspectos formales son, como siempre en la BBC, impecables: fotografía, sonido, encuadre, uso de las cámaras… Un detalle astuto, para crear tensión en los momentos adecuados, es el empleo de la música, en concreto de dos temas. Las escenas finales (salvo en un par de episodio) siempre terminan con una nota chirriante, aguda, angustiosa; muy similar, por cierto, a la que introduce el tema del Joker en El Caballero oscuro. Las escenas de inicio de cada capítulo (que son, siempre, escenazas) acaban con unas lúgubres notas, la obertura del tema principal, que entra con un retumbar de percusión.

            Y es que el tema de los créditos iniciales es una maravilla, una versión de “Pause”, canción de Emily Barker and the Red Caly Halo (inciso: escuchen “Almanac”, el disco al que pertenece, merece la pena). Vamos a hacer la prueba. Esta es la canción original:

       Ahora, vean como, simplemente introduciendo la percusión y algunas modificaciones de detalle, una pieza bella y melancólica se vuelve siniestra:

       Podría seguir hablando y hablando de The Shadow Line. Pero es mejor que la vean. Y, si ya la han visto, si han pasado por el laberinto de mentiras, si han llegado al centro de la telaraña y han descubierto qué es el motor de tanta muerte, tanta maldad, tanto horror, pensarán que la banalidad del Mal no es, después de todo, tan banal.

3 comentarios »

  1. […] por ejemplo, es mucho más sombría. Y recuerdo, una vez más, con entusiasmo, la impresionante The Shadow Line. No obstante, Broadchurch no se resigna a mostrarnos un mundo bonito deformado por un crimen. El […]

    Pingback por Un pueblecito en la costa | Con un vaso de whisky — octubre 9, 2013 @ 5:00 pm | Responder

  2. […] en Hugo Blick. El mismo hombre que urdió esa siniestra obra maestra que es “The Shadow Line” (de la que hablamos aquí; sufro ahora mismo la enorme tentación de dejar de escribir y ponerme a verla una vez más) nos ha […]

    Pingback por En Hugo Blick confiamos | Con un vaso de whisky — febrero 17, 2015 @ 3:51 pm | Responder

  3. […] uno se espera un equivalente a los tenebrosos rompecabezas de Hugo Blick (de los que hablamos aquí y aquí) o a la espléndida “The Hour” (de vida demasiado breve y a la cual le debo una reseña […]

    Pingback por Espionaje descentrado | Con un vaso de whisky — febrero 9, 2016 @ 4:49 pm | Responder


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