Con un vaso de whisky

noviembre 25, 2014

La Raíz (y V)

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 6:41 pm
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            Sam y Higgins son personajes creados por @Ismurg y empleados con su permiso

             -Yo soy escritora, señorita Higgins. Creo que eso pesó en su decisión de aceptar mi caso. Jamás he publicado un libro, fuera de éste. Cuando, siendo casi una niña empecé a escribir, algo me llamó la atención: aquellos que leían y conservaban mis escritos, sufrían cambios en sus vidas. Nada espectacular. Como si de repente ciertos anhelos o miedos menores se volvieran más tangibles. Mi madre obtuvo un ascenso, mi mejor amiga perdió su perro y jamás volvió a aparecer. Cosas así. No les di importancia.

            “Pero al crecer empecé a preocuparme, a ver cierto patrón. Cuanto mejor escritora me volvía, cuanta mayor era la calidad de mis obras, mayores eran los cambios en las vidas de aquella gente a la que regalaba alguno de mis trabajos. Lo analicé con cuidado, sin llamar la atención. Comprobé que un lector casual apenas sufría cambios. Uno habitual, sufría modificaciones pequeñas, pero regulares, en su día a día. El que tuviera un manuscrito o una copia, ah, sí, entonces sí ocurría alguna cosa como…- Pécuchet se interrumpió, se pasó la mano por la frente- Da igual. Me asusté. Me juré que nadie leería nada más de lo que yo escribiera, que dejaría de escribir, si hacía falta. Sin embargo, al final, era escritora. No pude mantener mi promesa. Durante años, lo conseguí. Pero terminé quebrantándola. Escribí un libro. Éste. Todas las energías que había mantenido a raya llenaron este libro. Apenas dormí o comí hasta terminarlo. Casi sin esforzarme, una editorial de cierta importancia me descubrió y decidió publicarlo. No una tirada amplia, pero sí generosa para una autora novel. Y yo accedí.

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            “Fue un éxito. Se vendieron todos los ejemplares. La editorial preparaba una segunda edición. No obstante, al pasar el momento de euforia, me sentí inquieta. Decidí, antes de dar mi permiso (había conservado ciertos derechos importantes en mi contrato), investigar a quienes habían comprado mi libro. Empecé por gente cercana, conocida. Me quedé helada. No eran ya cambios menores. Su vida había dado vuelcos, desde el día en que compraron su ejemplar y lo leyeron. En algunos al empezar, en otros al acabarlo. A uno se le había suicidado su hijo, otra había encontrado el amor de su vida, tras décadas de infeliz matrimonio, la tercera había tenido un golpe de suerte fabuloso en la Bolsa. Pero más preocupante era que, mientras en el pasado los lectores habían sufrido los cambios de manera pasiva, ahora, algunos parecían estar, hasta cierto punto, guiando estos cambios, de un modo no deliberado, pero tampoco absolutamente inconsciente.

            Pécuchet tamborileó los dedos sobre el maletín.

          -¿Se da cuenta? De repente, Cenicienta podía decidir regresar a la una de la madrugada. El genio podía conceder cuatro o cinco deseos, o ninguno. De pronto, había gentes capaces de modificar la forma de su vida de un modo más allá de las capacidades humanas. Por tanto, también su contenido. Y mi libro era la herramienta para ello, por algún extraño don que se me había arrojado.

            Sonrió de súbito.

          -Hay quien dice que los escritores son vampiros, chupando la vida de los demás para alimentar sus obras. Yo era algo peor: un demiurgo que contagiaba a sus lectores. Gracias a mí, ellos podían alterar su realidad… y lógicamente la de los demás.

             -¿Cómo es posible?- preguntó Higgins, queda.

           -No lo sé. Pero lo era. Y no podía continuar. Comuniqué a la editorial que no habría nuevas publicaciones. Se pusieron como locos. También mi agente (creo que luego se dio a la bebida, pero eso no es culpa mía, estoy tranquila, jamás leyó dos líneas seguidas de un solo libro). Amenazaron con un proceso. Una panda de matones de patio, en fin. Me mantuve firme y desistieron. Entonces usé mi dinero para comprar cada ejemplar. Cuando fue necesario, empleé medios… discutibles. Pero los conseguí recuperar todos. Salvo uno. Éste de aquí.

          -¿Y qué ha hecho con los otros?- Higgins parecía haber olvidado las reglas de aquel interrogatorio, pero Pécuchet tampoco dio muestras de mucho celo, porque replicó sordamente:

             -Destruirlos.

              Higgins quedó lívida. Pécuchet continuó, sin que su voz se alzara, con una entonación cada vez más sombría:

            -¿No comprende el gran cambio que Bouvard ha supuesto? Sólo él ha sido capaz de aprovecharse del libro de manera consciente, verdaderamente consciente. El interior de la cabaña es la prueba. Eso no es casual, ni puede no haber sido notado, es algo querido por ese coleccionista de libros. ¡Una biblioteca gigantesca que cabe en una pequeña cabaña, lejos de todo! ¡Un sueño para alguien así! De los mastines, en fin, no estoy segura. Y fue, con todo, un ejercicio limitado, de alguien menor. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que llegue una mujer o un hombre con voluntad e imaginación? No tiene que ser alguien de inteligencia o talento superiores; pero sí alguien a quien el libro alimente y que, tal vez, alimente el libro, en una espiral hacia quién sabe dónde. ¿Qué podría hacer alguien así? No voy a esperar a averiguarlo. Soy la creadora de esta maldita cosa. Así que asumiré mi responsabilidad y destruiré a mi criatura.- Pécuchet se detuvo, jadeando un poco; apuntó con un vago dedo a la biblia- En ese otro libro, el Creador decide volverse el Destructor ante las consecuencias de lo creado. Yo no necesito un Diluvio.

             -No lo destruye todo.- replicó Higgins- Y jura no destruir nunca más.

            -Sí, sí. ¿No es curiosa la idea de esos hebreos? Un ser omnisciente que se arrepiente de su propia obra y luego se arrepiente de haberse arrepentido. Una concepción muy dubitativa de la divinidad. Pero yo no soy ningún dios vacilante. Ni optimista. Haré lo que debo.

            -¡No!- no fue un grito, fue una negación seca, que paralizó toda la habitación un instante.

           -¿No?- tosió cordial, Pécuchet.

            -No. No tiene derecho.

            -¿No tengo derecho?- había una incredulidad casi ultrajada en esta pregunta- ¿No tengo derecho? Es mi libro. Mi creación. Mío. Tengo perfecto derecho a hacer con él lo que considere oportuno.

            -No es cierto. Dejó de ser su libro en cuanto alguien lo leyó. Entonces fue también suyo. El escrito es del escritor hasta que pone el punto final. Entonces ya no es sólo de él. Pertenece a quienes lo leen. Porque sin lector no hay libro. Y cada lector puede reclamar el libro como suyo. Hay tantos libros como lectores. El escritor no tiene derechos superiores. Es uno más.- Higgins había hablado muy deprisa, dando la sensación de un carrete de cable que se desenreda a toda velocidad y va a romperse con un chasquido de un momento a otro.

            -¿No ha oído lo que he explicado? ¿Lo que hace este libro? ¡No puedo permitir que continúe! No puedo permitir que él o su contenido o lo que sea siga cambiando la vida.

            -Es sólo lo que todo escritor sueña- dijo Higgins- ¿Para qué escribir si no es para cambiar de alguna manera la vida de la gente? No puede destruir un libro por hacer demasiado bien aquello que es su esencia. No puede destruir para siempre un libro. Eso es un crimen. Eso es asesinato.

               -Pero alguien…

               -Podría usarlo, sí. Escriba otro.

                -¿Qué?- por primera vez Pécuchet se mostró desconcertada.

           -Escriba otro. Si no le gustan los efectos que tiene éste, haga lo que debe hacer un escritor. Combátalo escribiendo. Escriba otro libro. Deje sin efecto su anterior obra con la nueva. No la destruya. Siga adelante. Dice que tiene un don. Aprenda a usarlo. Conózcalo a fondo. Porque lo único que he escuchado con claridad de toda esta historia es que lleva toda su vida asustada de ser quien es.

            Pécuchet clavó los ojos en la moqueta, largamente. Luego se volvió al maletín. Lo abrió con un movimiento nervioso. Sacó el libro. Lo sopesó entre sus manos. Acarició el lomo con el pulgar. Alzó la mirada y se encontró con la fija de Higgins. Sin desviarla, metió la mano en un bolsillo de su americana y extrajo un pequeño objeto cilíndrico. Un moderno mechero soplete, ideal para encender un fuego en cualquier circunstancia. Lo activó. Lo acercó a las páginas del libro.

            Higgins se proyectó hacia delante.

            No fue un mero salto, fue una embestida, veloz e imparable. Las manos de Higgins aferraron por el cuello a Pécuchet. Ésta dejó caer libro y mechero. Cayó hacia atrás. Se golpeó la nuca con el canto de la mesa. Los ojos de la escritora se llenaron de lágrimas, los de Higgins no. La sangre de Pécuchet manchó las manos de Higgins. El cadáver quedó sobre la moqueta.

            Sam se puso en pie, tras un par de segundos. Higgings flotaba cerca del cuerpo. Daba la impresión de estar arrodillada. Miraba con mirada vacía la mancha roja oscura que se extendía blandamente. Sam dio dos zancadas, recogió el libro. Recogió el mechero. Prendió fuego al libro.

            Higgins giró la cabeza, desorbitados los ojos, preguntando sin palabras, horrorizada por todo.

            -No cobraremos.-dijo Sam- Pero acordamos que le entregaríamos el libro. Así que se lo entrego.

            Con el libro en llamas entró en el cuarto de baño y lo lanzó al plato de la ducha. Dejó correr el agua. El libro era un amasijo de papel y cenizas irreconocible.

            -Los pactos deben cumplirse.- murmuró; luego exclamó,- Vuelve al farol. Nos vamos de este puto motel y de este puto estado. De una vez.

            Cortó el agua. Cayeron dos gotas, dip-dip. Luego, silencio.

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noviembre 18, 2014

La Raíz (IV)

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 7:11 pm
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Sam y Higgins son personajes creados por @Ismurg y empleados con su permiso

           Higgins y Sam escucharon el motor (probablemente también el encargado; lo cierto es que no salió de su oficina, dejando sus motivos a la especulación). La reacción de Higgins fue cerrar la biblia y posarla con cuidado sobre la mesilla de noche. La de Sam, acercarse a la ventana, levantar las persianas venecianas y abrirla (sería la única ventana abierta del motel). Después, colocó el maletín sobre la mesa que hay en toda habitación de motel. Finalmente, se sentó en una silla, de manera que quedó mirando de frente a la puerta; con la mochila y su contenido a mano.

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            Picaron a la puerta. Cuatro golpes, en intervalo rápido, el cuarto un poco más espaciado. Higgins sonrió.

            -Está abierto.- dijo Sam.

            Giró el picaporte. Entró una mujer.

            Tendría unos cincuenta años, era baja, corpulenta, de pelo corto; vestía un traje pantalón gris y zapatos de tacón bajo. No parecía agobiada por el calor, pese a ello. Llevaba un punto intermedio entre el bolso de mano y el maletín. Unos ojos miel con vetas cobrizas observaban tras unas gafas de montura de concha.

            No muchos, pensó Sam, al entrar esta mujer en un salón atestado advertirían su presencia de buenas a primeras. Pero sí, pensó Higgins, advertirían su ausencia de cualquier lugar en el que hubiera permanecido un tiempo.

            Esos ojos batieron la habitación, demorándose uno o dos segundos en la mochila de Sam (sin que hubiera reacción), en la biblia de la mesilla (una leve sonrisa bailoteó en sus labios rectos), en el maletín, en fin (y un relámpago iluminó las vetas de cobre.

            -La señora Pécuchet, sin duda.- dijo Sam, negándose aquella vez, también, a ser fiel a las palabras del condenado Stanley.

            -Y usted es Sam. Y usted es Higgins.- repuso ella, aceptando la afirmación de Sam con ese “Y”; tenía una voz carnosa, que, de alguna manera, meditó el detective, no cuadraba con su aspecto.- Y, por seguir confirmando hechos probables, ese maletín contiene lo que les encargué encontrar y entregarme.

            -Y, por lo cual, vamos a ser pagados.-apostilló Sam.

            -Obviamente.

            -No.- dijo Higgins- Usted acaba de decirlo, confirmamos hechos probables. No obvios. Ni notorios.

            Pécuchet sonrió, exhibiendo unos dientes de buen tamaño. Fue una sonrisa natural, espontánea, de persona estrictamente risueña, que, como la carnosidad de la voz, tampoco cuadraba, pese a ello. Sam tuvo una imagen de aquella mujer como un collage, de partes auténticas individualmente que parecían artificiosas al conjugarse.

            -En tal caso, permítanme que compruebe si el contenido probable es, en efecto, el cierto.

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            Con movimientos tranquilos, se dirigió al maletín. Sin moverse ni mediar palabra, Sam le lanzó la llave. Pécuchet no la cogió al vuelo. Tuvo que agacharse para recogerla de la moqueta. No pareció irritada ni humillada. Abrió el maletín, cogió con cuidado lo que contenía (sí, aquí hubo un leve temblor), extrajo un libro de simples tapas negras, lo posó, cauta, sobre la mesa. Acto seguido, de su bolso extrajo una pequeña linterna. Abrió el libro por la primera página, por aquella donde nunca hay nada escrito, y la barrió con la luz violácea, hasta que una marca se reveló en la blancura. Entonces suspiró, satisfecha.

            -Es auténtico. Hice colocar estos ex libris en cada uno de los volúmenes publicados. Sí,- repitió, esta vez como para sí misma- es auténtico. Radix omnium malorium.

            La espalda de Higgins adquirió un nuevo tipo de rigidez; no era ya de mera defensa frente al mundo, ahora había un matiz de alerta.

            Pécuchet metió el libro en el maletín, lo cerró, guardó la linterna. Ya sólo falta que ordene la transferencia, se dijo Sam, y podremos largarnos de este motel de mierda y volver a algún lugar que parezca civilizado.

            -¿Me permite una pregunta, señorita Higgins?- esto cogió a Sam por sorpresa; a Higgins era difícil saberlo.

            -Si usted me permite otra, luego.

            -Muy bien. Pero mi respuesta dependerá, en buena medida, de cómo conteste usted.

            -Conforme.

            -Cuando ese djinn juguetón le encerró para el resto de sus días en ese farol tan bien oculto bajo la cama, ¿le permitió salir de manera completa bajo alguna condición? Quiero decir, de modo que toda usted salga y se mueva de manera independiente sin ataduras.

            Muy quieta, muy calma, con esa calma terrible del hielo antes de quebrarse, Higgins respondió:

            -Sí.

            Pécuchet esperó unos segundos. Como Higgins no añadiera nada, indicó:

            -Haga su pregunta.

            -¿Qué va a hacer con ese libro?

            -Enmendar un error.

            -¿Qué significa eso?- exigió ásperamente Higgins.

            -No, recuerde que mi contestación dependía de la suya. No espere más de lo que entregue, querida mía. Puede, claro, permitirme otra pregunta y yo aceptaré una más de usted.

            Una inclinación de glaciar.

            -¿Cúando puede usted salir por completo de su farol?

            -Cada día, por mi propia voluntad, en la hora que hay antes de la aurora. En esa hora puedo ir a donde quiera, pero cuando llega el alba, regreso al farol. Esté yo donde esté, esté él donde esté.

            -Ah, la hora del lobo. Le tocó a usted un djinn de gustos poéticos algo sombríos. También algo inexacto. Depende de la estación, de la longitud y de la latitud, su hora es una u otra. Pero es esperable de un espíritu que encierra a una bibliotecaria en el mismo farol que usaba para rebuscar entre libros que no debía, ¿eh?

            Higgins no dijo nada; la mano de Sam rozó la mochila.

            -De todos modos, ese djinn cumplió con sus obligaciones. Quiero decir que podía sencillamente encerrarla, maldecirla sin más. Tenía que haber algo, una regla, una condición, una excepción. Eso es importante. Cada historia necesita esto. Usted tiene su regla o su excepción, según se mire. ¿Por qué la hora del lobo? Bueno, ¿por qué el genio de la lámpara concede tres deseos? ¿Por qué Cenicienta debe regresar antes de las doce? ¿Por qué a Pinocho le crece la nariz, precisamente, al mentir? Porque sí. Porque es preciso. Porque sin esas limitaciones no habría historia, porque una historia exige forma y la forma es algo delimitado, por definición.

            -Entonces, yo soy una historia.

           -Eso ha sonado como una afirmación, no como una pregunta. No tema, querida, no se la habría tenido en cuenta. ¿Le ofende ser una historia? ¿Preferiría ser un sueño del Rey Rojo, como temía Alicia? Yo no.

            Higgins aferró con manos crispadas las sábanas.

            -¿Qué significa enmendar un error?

        Pécuchet torció un poco los labios, en el gesto de quien debe afrontar una cuestión no por esperada más agradable.

            -Contestar hace conveniente una pregunta a su compañero. Créame, no trato de dar largas. ¿Me permite?

            Higgins meneó la cabeza, en hosca aquiescencia.

            -Sam, ¿puede decirme si en la recuperación de mi libro ocurrió algo fuera de lo común? O, siendo usted quien responde, ¿en su línea de trabajo?

            Sam no iba a mostrarse tan infantil como para indicar que aquella forma de ningunearlo, de pedir permiso a Higgins a fin de interrogarlo (como si fuera un criado o un objeto al cual antes de dar uso hay que pedir venia al dueño) le había molestado. Le había molestado. Le había molestado que le molestase, Pero la vida está llena de molestias; no valía la pena tenerlas en cuenta todas. Así que explicó, sin adornos, con prosaica fidelidad, lo que había pasado en los alrededores y dentro de la cabaña de Bouvard. Pécuchet escuchó con interés; Higgins, que ya había escuchado lo ocurrido, no separó la mirada de ella.

            Cuando acabó el informe, Pécuchet, que apenas sí se había movido para apoyar su peso ora en un pie, ora en otro, se dejó caer en la silla que acompaña obligatoriamente a la mesa en las habitaciones de los moteles.

            -Con otra persona lo que voy a decir exigiría muchas más explicaciones y nunca estaría segura de si habría sido creída. Pero no con usted, señorita Higgins, ni con usted, señor Sam.- lo añadió con elegancia, como quien se ha dado cuenta de su fallo y sabe corregirlo sin dejar claro que es una corrección, porque ello ahonda en la humillación, propia y ajena, del primer error.- No, con ustedes no será necesario, por eso les contraté, porque saben encargarse de asuntos como estos.

            Hubo un minuto de silencio (ni un segundo menos, ni un segundo más, Higgins lo contó) y Pécuchet, con un carraspeó, pero sin vacilar, comenzó su historia.

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noviembre 12, 2014

La Raíz (III)

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 7:37 pm
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              Sam y Higgins son creación de @Ismurg y han sido empleados con su permiso

           La nieve crujía bajo las sandalias, pero no cedía. Dura y resistente, como cemento con una capa de azúcar glasé, aguantaba el peso de que Sam imponía en cada uno de sus sigilosos pasos. Uno después de otro, se fue acercando a la cabaña, dejando atrás los árboles, igual que antes había dejado atrás el camino medio oculto por el barro helado y, antes incluso, la carretera donde la furgoneta esperaba paciente a su dueño.

          Sam se reacomodó la mochila. El farol tintineó, osciló, precario el enganche, en apariencia, pese a que Sam se había asegurado de que una ventisca negra podría azotar con toda su energía que farol y mochila seguirían tan indisolublemente unidos como un matrimonio tridentino. Higgins nunca tendría quejas en ese aspecto, al menos.

           Sacó del interior de un bolso un catalejo, lo desplegó y oteó los alrededores. No se veía bicho viviente. La propia cabaña parecía desierta, ni una voluta de humo salía de su chimenea, ni una luz en las ventanas (el amanecer estaba despuntando, aunque el Sol tardaría en aparecer y unas tozudas nubes no renunciaban a su porción de cielo); pero la cabaña no mostraba signos de abandono, ante la puerta no había nieve acumulada en demasía, bloqueando el acceso, los cristales estaban limpios. Alguien se ocupaba de aquel refugio en la montaña. Y como no había vehículo en los alrededores, fuera de la furgoneta de Sam, y no había marcas en la nieve que indicaran la llegada y marcha de ninguno (en los últimos días, seguro, ni en las últimas semanas, probablemente), era prudente concluir que ese alguien estaba dentro de la cabaña. Teniendo en cuenta, además, que esa cabaña tenía dueño y dicho dueño no dejaba que nadie, salvo él mismo, entrara en ella, Sam podía atreverse a poner nombre al tal alguien.

             Bouvard. Su cliente se había reído, con una risa extraña, hueca, distorsionada por el teléfono, cuando Sam le comunicó que las pesquisas habían dado fruto, que el consultor que había adquirido el volumen les había confesado por cuenta de quién había actuado. “Bouvard, qué apropiado, en ese caso les puedo darme un nombre, o dárselo a ustedes. Si él es Bouvard, yo debo ser Pécuchet, es lo justo.” Sam no había entendido. Higgins, sí, por el leve fruncimiento de labios que en ella hacía las veces de sonrisa (o no del todo de sonrisa, porque no tenía ninguno de los mil matices que una sonrisa puede desplegar para ser significante de mil significados, sino más bien era su gesto para dar a entender que encontraba algo ingenioso o, incluso más exacto, que reconocía algo como ingenioso sin que ello implicara que le moviera a la risa, ni que le divirtiera, ni que despertase en ella ninguno de los sentimientos, emociones, sensaciones que pretende despertar el ingenio, o que despierta aun sin pretenderlo). Así que habían seguido el rastro de este Bouvard. Hasta allí.

         Plegó el catalejo, lo guardó, dio otro par de pasos, aún bajo la protección de los silenciosos abetos. Pronto no tendría más remedio que salir a campo descubierto, si quería seguir aproximándose. En lo alto de una pequeña colina, un terraplén, en realidad, aunque a veces parecía una colina con todas las letras, sólo unos segundos, sin vegetación, ni formaciones rocosas, ni obstáculos para la vista, ni escondites para un visitante indeseado o no. Salvo por que no había foso, el señor de la cabaña había parecido pensar en el emplazamiento de un baluarte. Quizás lo fuera, para su propia soledad. Sam podía simpatizar en parte con dicho propósito, aunque más bien porque los individuos que necesitaban un refugio tan alejado de la soledad estaban mejor en él y, cuanto más tiempo, más felices serían individuo y sociedad.

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            El ataque no fue del todo inesperado. Es la desventaja de un terreno despejado: se ve llegar al enemigo, pero el enemigo te ve venir a su vez. Cuatro perros, mastines habría observado Sam, de haber tenido alguna noción canina. Pero no la tenía; para él eran cuatro moles de músculos, sobre cuatro patas robustas, unas cabezas enormes y unas bocas llenas de dientes ansiosos por comprobar cuánto podían hundirse en su carne. Lo cual, si uno lo piensa, era una noción más que suficiente en aquellas circunstancias.

           Aunque los perros se acercaban a una velocidad preocupante, Sam tuvo tiempo para unas medidas indispensables. Abrió la mochila, sacó de ella una hachuela, metió dentro el farol, cerró la mochila y cubrió la misma bajo una capa de nieve de varios centímetros. Luego cogió dos pedruscos. Uno lo colocó encima de la mochila, con esos centímetros de nieve en medio. El otro lo lanzó contra el mastín que iba en cabeza, con bastante buena puntería.

        El animal lo atrapó al vuelo con la boca y lo hizo pedazos. Un hilillo de sangre le goteó de las quijadas. Sam masculló una blasfemia.

          Los mastines se estaban volviendo más grandes a cada zancada, y no por el mero cambio de perspectiva. Sam agarró el mango del hacha de determinada manera y ésta también creció, proporcional, hasta alcanzar el tamaño de un hacha de leñador capaz de poner nerviosa a una secuoya. Afianzó las piernas, hizo oscilar el hacha, la equilibró, aguardó. El primer perro, ahora del tamaño de un puñetero ternero, le sacaba distancia considerable a sus compañeros y no tenía los buenos modales de esperar por ellos. Cargó contra Sam, con la lengua colgante.

           Sam se dejó caer hacia atrás, sin doblar las piernas, igual que un tronco derribado. Pero el hacha estaba firme en sus manos, y los brazos estaban extendidos, de manera que el filo esperara en el lugar justo. El perro pasó por encima de Sam, hasta encontrarse el filo del hacha, que cortó piel, tendones, músculo. Sam, giró a su derecha, esquivando la sangre y las entrañas en su mayor parte. Se puso en pie de un salto. El perro, tendido sobre una mancha roja que la nieve chupaba, ávida, gruñó de dolor e impotencia. Dos hachazos más, en el cráneo.

        Sam se encaró entonces a los otros tres. Pudo comprobar, al dar un vistazo a su alrededor, que yo no había tres, sino uno. Uno que ocupaba el volumen de tres. Que tenía tres cabezas. Que parecían todas ellas igual de ansiosas por despedazar al intruso que cuando remataban cuerpos separados, lo cual era un gesto de tranquilizadora continuidad en aquel mundo cambiante.

        Lo que siguió, según comentaría más adelante a Higgins, fue la prueba incontestable de que los combates han de tener coreografía, porque son una danza. En el caso del combate con hacha frente una monstruosidad policéfala, una digna de una discoteca, la música sintética bramando y dos o tres drogas de diseño distintas y de mezcla desaconsejable en el cuerpo. Al final, el hacha se impuso al diente y la garra. A cambio, sí, de que Sam recuperase la mochila todo lo rápido que fue capaz, sacara con manos temblorosas cierta cantimplora, bebiese todo su contenido, hasta la última gota, aun sabiendo que ello implicaría pasarse una semana entera, a partir del día siguiente, en un estado cuasi comatoso, aunque siendo capaz de percibir el dolor que retorcería cada nervio de su cuerpo. Pero le había permitido ponerse en pie, coger mochila y hacha, llegar hasta la cabaña, abrir la puerta de una patada. Porque el baile, hay que admitirlo, diría luego Sam, no te deja con ganas de mostrar modales de vizconde.

         Al entrar, pudo reprimir la exclamación: “Me cago en la puta. ¡Es más grande por dentro!”. Pero lo pensó.

        Porque lo era.

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            El interior de la cabaña era un inmenso salón octogonal, con una amplia chimenea, un sofá, un diván, un sillón con orejeras, un pequeño comedor y por encima de todo, alrededor de todo, cubriéndolo todo, estanterías llenas de libros, hasta un techo que se vislumbraba mucho más arriba de donde debería estar. Una biblioteca inmensa, interconectada por corredizos con barandilla, adarves de madera, escaleras, desde una de las cuales, según pudo apercibirse Sam, luego de unos segundos de parpadeo, le observaba un hombre encogido.

          -El señor Bouvard, espero.-dijo Sam con el tono algo cansado de un cartero que ha llegado a su último buzón y está soñando con su casa (de ahí el “espero”, nada del “supongo” de Stanley, ese periodista engreído).

           El hombrecillo, mudo, pálido, descendió con lamentable lentitud. Sus ojos no se separaron del visitante, ni tan siquiera cuando pisó mal un escalón y a punto estuvo de desnucarse. Cuando llegó a ras de suelo, se retorció las manos una vez. Después, se quedó inmóvil, como una estatua que sudara frío.

          -Señor, le confieso que no tengo interés en estar aquí mucho rato. Vengo a buscar un libro. Un volumen muy concreto. Quien me ha contratado me ha probado que es suyo. No se moleste en negar nada. Sé que ese libro fue adquirido por Carl Spector. Él fue el último poseedor en la lista oficial. Pero no lo consiguió para él mismo, sino para usted. También sé que no se encuentra en ninguna de sus otros inmuebles en este país, señor. He buscado en cada uno. Sólo me queda éste. En el que usted lleva recluido los últimos dos meses. Así que, señor Bouvard, ¿por qué no nos hace un favor a los dos y me da el libro?

        El hombrecillo tuvo una especie de convulsión nerviosa; Sam bien podía haberle dicho que le entregara su hígado de una vez. Luego se limitó a negar con la cabeza, de un modo lento, mecánico, inconsciente.

       -Señor Bouvard, no me apetece, créame, pero si hace falta haré astillas su biblioteca hasta encontrar ese libro.- ¿Fue una simple impresión, o el farol se agitó dentro de la mochila?

      -¡Pero es el último!-sopló Bouvard, su garganta semejaba una caña hueca- ¡El último ejemplar! ¡Lo más cercano que existe al manuscrito original! ¿No lo comprende? ¿No comprende lo que significa tener este libro?

          -Lo que sé es que me han contratado para recuperarlo. Y yo cumplo mi parte en los contratos.

        -¡Ah, ah, pacta sunt servanda.- murmuró Bouvard; luego dirigió a Sam una mirada de angustiada esperanza- ¿Cuánto le paga? Porque doblo la oferta. ¡No! ¡La triplico!

           Sam meneó la cabeza. Cierta gente siempre intentaba esa negociación patética. Al principio, Sam trataba de explicarles por qué no podía aceptar. El respeto a la palabra dada, la reputación como hombre fiable ante futuros clientes, el respeto a su compañera (una vez se asoció con Higgins), el orgullo profesional… Algunos hasta lo comprendían. Pero todos ellos, sin excepción, todos los de cierta clase se aferraban a la negociación, que era lo mismo que decir a la negación. Porque no podía ser, sencillamente, no podía ser, que no hubiera forma de que ellos, al final, se salieran con la suya, pagando, pactando, prometiendo. Así que había dejado de intentarlo. Y por eso no perdió resuello con Bouvard.

        Escrutó la estancia, sin ver vitrinas ni atriles expositores. Hubiera sido demasiado fácil, en un coleccionista como Bouvard. En cambio, sí había un pequeño escritorio, cerca de una lámpara de pie. Un escritorio con secreter. Así que se echó el hacha al hombro, enfiló hacia el escritorio, incluso tuvo ánimos de silbar una melodía (“Dixie”; ¿por qué carajo “Dixie”? Hay cosas inexplicables). Bouvard mantuvo el tipo hasta que Sam alzó el hacha. Antes de dejarla caer ya estaba alzando los brazos en un gesto de rendición.

         -¡Tenga la llave!-gimió, tendiéndola- ¡Deje el mueble! ¡Podría dañar el libro con esa hacha infernal!

         -Casi, pero no.- sonrió Sam. Cogió la llave, encontró el cajón donde encajaba, lo abrió.

         Y allí estaba.

        Unos segundos después, el libro iba a buen recaudo, dentro de la mochila, colgada del hombro de Sam. El farol oscilaba. Sam traspasó la puerta hacia el exterior, sin una mirada a Bouvard, derrumbado, sollozando, en su sillón, rodeado de libros que, ay, no eran el libro. Una bofetada de viento le recibió. Con una simple ojeada identificó la dirección hacia la que tenía que ir para llegar hasta la furgoneta. Tras de sí, en la nieve, dejó los cadáveres destrozados de cuatro mastines.

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