Con un vaso de whisky

julio 14, 2014

Chisteras y colmillos

            “Penny Dreadful” es honesta desde el título. Le viene de las publicaciones de a penique que se vendían en la vieja Inglaterra, llenas de noticias sensacionalistas o relatos de terror; muchos de ellos (los relatos) sospecho que no de demasiada calidad. Algo parecido a lo que en Estados Unidos se llamó décadas después literatura pulp. Cierto que esto dio, a su vez, título a “Pulp Fiction”, la mejor película que ha hecho nunca, y creo que hará, Quentin Tarantino. La serie pagada por Showtime y Sky, creada por John Logan, no llega a tanta genialidad. Ni a un poco. Pero es muy, muy entretenida.

            Admito que cuando alguien me dice “Inglaterra victoriana” ya me tiene medio ganado. Si además añade terror, aventuras y personajes de la literatura decimonónica, es seguro que veré lo que se me ofrece. Otra cosa es que salga contento o echando pestes. Así, sigo maravillado con el cómic “La Liga de los Caballeros Extraordinarios”. Sigo vejado con la horrible, estúpida, infame película del mismo nombre.

            “La Liga” (a partir de ahora, el cómic) es acreedora de esta serie. La idea de juntar a un grupo de personajes basados o directamente extraídos de obras literarias del siglo XIX se saca, casi sin duda, de la obra de Alan Moore y Kevin O´Neill. Del mismo modo, Miss Vanessa Ives está obviamente inspirada (estéticamente, cuando menos) en la Miss Mina Murray de “La Liga”. De hecho, si alguna vez se adapta como Dios manda este gran cómic a la pantalla, costará trabajo convencernos de que otra actriz que no sea Eva Green es digna del papel. De modo análogo, Sir Malcolm es un trasunto de Alan Quatermain, aunque aquí las diferencias entre ambos personajes con algo más acusadas.

            Eva Green y Sir Malcolm son dos de los personajes más interesantes de la serie y están en manos de dos de los mejores actores. Es un placer ver a Eva Green en acción, con un personaje que le permite ir de un extremo al otro del espectro emocional. En cuanto a Mister Dalton, desde su papel en “El León en Invierno” (reseñas aquí, aquí y aquí), no le había visto demostrar que es un actor de respeto, si descontamos su participación en la notable Trilogía del Cornetto. Me alegra comprobarlo de nuevo.

Penny Dreadful - Episode 1

            La ambientación está cuidada. Escenarios (me he creído este sombrío y sucio Londres), atrezzo, ropas… Contemplar las calles, las casas, desde el exterior y desde el interior, los trajes y vestidos de los personajes es uno de los placeres de la serie y sería una pena que si uno anda muy angustiado por la trama se le escape. Y tampoco es que la trama se merezca tanta angustia.

               La música, en cambio, no me parece que sea digna de mención. Esto es una pena, porque una buena banda sonora (que se lo digan a Jeff Beal, por ejemplo) es el broche de oro de una buena serie. No es necesario que sea memorable por cuenta propia. Por ejemplo, en la gran “Fargo” los temas musicales estaban totalmente al servicio de escenas, personajes y situaciones; lo realzaba todo. Aquí, en cambio, no. De hecho, soy incapaz de recordar una sola escena en la que la música me haya envuelto, me haya introducido más, me haya arropado. O también en esa obra maestra inconclusa “Carnivàle”; la cual, por cierto, usaba el tarot con mayor majestad que “Penny Dreadful”.

Episode 101

            A cambio, ciertos detalles de guion sí logran meternos en atmósfera: las referencias a Jack el Destripador (¿ha vuelto?, se preguntan los testigos de varias carnicerías), la pseudoegiptología de folletín, los detectives la de la agencia Pinkerton (ah, “Deadwood”…), etcétera, son guiños inteligentes a las fuentes de esta serie. Esto no implica ningún respeto por las mismas cuando se refieren a las biografías de los personajes que se toman prestados. De hecho, no hay ni uno cuyo pasado literario no se modifique en mayor o menor medida.

            Resumiendo: “Penny Dreadful” no es la serie del año, ni de la década, ni del siglo. Pero son ocho episodios muy entretenidos, que se ven con gusto, siempre que a uno le atraigan las noches oscuras, los bastones y las levitas. O sea, que yo estoy esperando con interés la segunda temporada.

            Dicho esto, entramos en algunos detalles, o sea, que spoilers.

            He indicado antes que Sir Malcolm y Vanessa son los dos personajes más interesantes de la serie. Me mantengo en mis trece, pero Frankenstein y su criatura original (no el pobre Proteus) no les andan a la zaga. El tema de fondo de esta serie es el amor entre padres e hijos. De un modo relativamente similar a “El Rey Lear” (lo digo porque esa obra de Shakespeare es la gran tragedia de padres e hijos) Sir Malcolm y Vanessa, Frankenstein y Caliban se mueven entre el amor y el desespero que provoca ser hijo o ser padre. Sir Malcolm, esta es la supuesta trama de la temporada, busca a su hija Mina (sí, esa Mina), arrebatada por una potencia maligna (y con siervos de colmillo muy agudos), Vanessa le ayuda, en parte para expiar una falta, en parte porque, sola, huérfana, tiene a este hombre implacable y sombrío como padre putativo. La relación tensa entre uno y otra es doloridamente paternofilial y de ahí que la decisión final de Malcolm, en el teatro, no resulte absurda, sino concisa, terrible y comprensible.

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            De un modo similar, Victor se ve enfrentado a sus responsabilidades. Si el dio vida a un ser, ha de velar por él; pero no lo hizo y la criatura pide cuentas. Aunque muy alejada la serie de la novela de Shelley, “Penny Dreadful” y sus guionistas parecen haber entendido mejor que nadie que yo haya visto a ambos personajes. Sus diálogos son, en verdad, muy similares a los enfrentamientos de la obra original. Ayudan mucho los actores, claro. Harry Treadaway encarna a un obsesivo, sufriente, taciturno y perdido joven Frankenstein, mientras Rory Kinnear declama con aplomo los soliloquios de la criatura, quizás el personaje de lenguaje más libresco del plantel (pese a que sus lamentaciones de enamorado rechazado no me muevan a gran simpatía). Ambos buscan, también figuras paternas que los conforten. Frankentsein en un profesor Van Helsing (David Warner) de paso muy fugaz para mi gusto; la criatura en el entrañable Vincent (ese gran actor de reparto británico que es Alun Armstrong), el actor que le da su nombre. Nombre shakesperiano, desde luego, el del desdichado Caliban, la criatura sirviente del enigmático Próspero en “La tempestad”; el mago-duque tampoco es un amo muy afectuoso, si bien Calibán parece, fue un servidor de poco fiar en cuanto a la hija de Próspero y además trama torpemente el asesinato de éste. Con todo, Próspero al final, lo readmite con poca efusividad (this thing of darkness I/ Acknowledge mine), igual que Victor y la criatura terminan en una suerte de reconciliación.

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            Bien, errores. Que los hay. Tres de creciente gravedad. Primero, los antagonistas. El gran villano de la serie se nos sigue hurtando al final de la temporada. Eso no es algo necesariamente malo, ya que puede aumentar el misterio, pero empiezan a pasarse. Tampoco es necesario que aparezca en escena. De hecho muchos memorables villanos apenas aparecen en persona y su presencia indirecta aumenta la sensación de amenaza. Pero que lo nombren de una vez. ¿Es un antiguo dios egipcio (la posesión de Miss Ives en la fiesta espiritista pesa en contra)? ¿Es un Primigenio lovecraftiano? ¿Es Satán (espero que no)? ¿Es Drácula? Por ahora, el viejo Vlad es mi apuesta, ya que hay muchas referencias a la novela de Bram Stoker (Mina Murray, Van Helsing, vampiros menores por todas partes, que Mina y el prisionero de los protagonistas hablen de él como “master”, el término ambiguo, amo y maestro, que usa siempre Renfield para referirse al conde). Claro que esto puede ser una pista falsa.

            Incidentalmente, no me han gustado nada los vampiros hasta ahora en escena. Son unos meros minions que los “buenos” masacran sin despeinarse, salvo en el episodio final, casi como si fueran orcos de “El Señor de los Anillos”, aunque con melenazas blancas. Un vampiro es cosa seria, caramba; además, el vampiro siempre es el solitario, son los cazadores los que tienen que ir en grupo para compensar sus mayores poderes. Estas peleas se parecían demasiado a las de “Buffy, la cazavampiros”, esa serie cuya legión de defensores nunca deja de sorprenderme.

            Segundo error: la absoluta carencia de sentido del humor. No hay ni un chiste. Ni una situación graciosa o irónica. Ni un sarcasmo. El único que se burla un poco es el enemigo sin nombre en uno de sus encuentros con Vanessa. Es una pena. En “La Liga” uno de los aciertos, creo, fue introducir mediante el personaje de Griffith, que era un miserable amoral traicionero, una agradable dosis de cinismo sarcástico, de humor negro, que en “Penny Dreadful” falta por completo.

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            Tercero y mayor: el grupo no es un grupo. El piloto se dedica casi por completo en reclutar a Victor y a Ethan Chandler para la misión. Ethan, de hecho, se pasa dudando un buen rato. Pero, después, cada cual sigue por su cuenta. Frankestein tiene sus problemas con Caliban, que ni rozan al resto de personajes (salvo a Van Helsing). Sir Malcolm y Vanessa están en el centro de todo, sí, pero Vanessa, por su cuenta inicia una peculiar intimidad con Dorian Gray, que resulta una versión peculiar del personaje de Wilde (un sibarita hastiado de todo hasta que conoce a la misteriosa Miss Ives) y, al tiempo, un intento de unificar lo desunido; de ahí supongo esa tontería de escena con Ethan, que no tiene más trascendencia ni consecuencias. Por cierto, punto para la serie: el Retrato no se muestra, aunque sabemos que existe. Y, por su lado, Ethan malgasta su tiempo en pantalla con una tediosa historia de amor con Bronna, la triste prostituta tuberculosa. Espero que Billie Piper nos vuelva ya como novia de la criatura en la segunda temporada, un rol mucho más digno. Ni saber que Ethan es un licántropo (algo que ya se sospechaba con fundamento) le ha dado más carisma al pistolero americano.

            Esta desunión es grave, porque resiente el conjunto. De hecho, el mejor episodio de la temporada es el séptimo, el penúltimo. Brillantemente escrito y dirigido, todos los personajes principales están encerrados en la mansión de Sir Malcolm, velando a Vanessa, poseída por el enemigo anónimo. Un homenaje decimonónico a “El exorcista”, con cura incluido, aunque no tan ducho como el padre Merrin en estas cosas de batirse con espíritus malvados. La sensación de impotencia de Murray, Frankenstein y Chandler, la claustrofobia, los arrebatos de mutua ira, los instantes de cercanía, todo esto hubiera sido mucho más poderoso si en las seis horas previas hubiésemos visto y sentido que este grupo de individuos era, en efecto, un grupo, no unos meros coincidentes en el tiempo y en el espacio.

            La trama ha llegado a un punto de interés. La segunda temporada tiene la responsabilidad de mantener virtudes y limar vicios. Pero está en buena posición. Mina ya no es excusa de nada, el protagonismo recae por fin en Vanessa, Chandler tiene que lidiar con su pasado y su naturaleza, Caliban conseguirá al fin pareja, y el Maestro, sea quien sea, saldrá al fin de las sombras. Esperemos que hablando un inglés correctísimo, con cierto acento eslavo.

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