Con un vaso de whisky

diciembre 7, 2017

Cómo no llevar a cabo un experimento socio-genético

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:30 pm
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     Después de torturar mi cerebro con las dos primeras partes de la Saga Divergente, viendo que empezaba a dejar de babear de manera involuntaria, decidí que había llegado el momento de apurar la copa hasta las heces y ver la tercera parte. Y Santo Dios. Santo Dios. Creo que he quedado medio tarado de modo definitivo.

    Ya el título es poco prometedor. La primera cosa se llama “Divergente”. La segunda “Insurgente”. No sólo rimaban ripiosamente entre sí (también en el original), se referían ambas a la protagonista. Pues bien, la tercera parte es “Leal”. No rima (tampoco en inglés, “Allegiant” ). Y además, como veremos, la leal no es la prota, es un personaje terciario. Esto pinta peor de lo previsto.

    La película se estructura en una introducción que merece le dediquemos un poco de atención, por su extrema torpeza, y dos tramas paralelas medio mezcladas: la que narra lo que ocurre en la ciudad de Chicago y la que narra lo que ocurre fue de la ciudad de Chicago. Luego ambas tramas se unen en un clímax tolerable de un modo directamente proporcional al número de botellas de licor vaciadas.

    Antes de entrar con el hacha de carnicero, dediquemos dos líneas a los aspectos estrictamente cinematográficos. La dirección es inexistente; la banda sonora, irrelevante;los diálogos, vergonzantes; la interpretación, para ahorcarse con una cuerda de piano y los efectos especiales (en la película de la saga donde más se usan) dignos de “Superpulpo contra Megatiburón: la Venganza”.

    Continuemos.

    Recordarán que, al final de “Insurgente” la dictadura de los Eruditos y parte de los Intrépidos había sido derribada por una alianza de los fulanos de Blanco, los de Naranja y la masa sin facción, con la pobre Naomi Watts haciendo de Lenin (ay, Naomi Watts… después de verla en la vuelta de “Twin Peaks” verla aquí…). Además, la prota había hecho público un mensaje de los Fundadores que, en esencia decía que todo era una broma, que Chicago era un experimento, que los Divergentes eran cosa buena y que la Humanidad les estaba esperando. Esto nos planteaba bastantes preguntas legítimas. ¿Hay respuesta en esta película? Sí. Que fuera de Chicago también es todo el mundo idiota. O incompetente. O las dos cosas.

    El prólogo no sitúa en una especie de versión barata de la época del Terror. Derribado el antiguo régimen, se han iniciado una serie de juicios sumarios.

    Como muestra del sistema de justicia, se ve el proceso al jefe de los Intrépidos. Modélico: se le inyecta una especie de suero de la verdad, se le pregunta si está contento con haber sido colaborador de la fallecida Jefa Azul, el tipo dice que sí, que mucho y el público, por volumen de griterío, vota entre culpable o inocente. Bueno, gritar, gritan mucho, pero quien toma la decisión final es el personaje de Watts. Vaya, que vox populi, vox Dei, pero mando yo. Esto no siente muy bien a la jefa de los hippies Naranjas, que se va con sus simpatizantes. ¡Ajá! ¡Grietas en la colación! ¡Guerra civil en el aire! ¡La líder revolucionaria, en su primera decisión, logra cabrear a quienes controlan el suministro de comida! ¡Brillante!

A

     Puede uno creer que esta escena sirve para huir de maniqueísmos y demostrar que la antigua aliada de los buenos es tan mala como los antiguos malos al alcanzar el poder. Pero la protagonista (Tris) y su maromo, aunque un poco incómodos, no dicen esta boca es mía. Como símbolo y heroína de la rebelión, no es irracional pensar que si Tris hubiera dicho a la Lideresa que ya está bien, la Lideresa habría tenido una crisis entre manos, mayor aún por la desafección de los de Naranja. Así que o a Tris eso no se le ocurre, o es una cobarde, o está de acuerdo con las ejecuciones en masa. Con una excepción: su hermano (un Erudito) está encerrado. Así que el novio saca al joven de la celda (sin más), Tris y él meten al hermano en un coche y tratan de salir de la ciudad. Hasta que les para un control.

     Ah, sí, perdón, hay controles. Porque aunque la grabación de los Fundadores dice que la Humanidad espera más allá de Chicago, la Lideresa ha decretado que no sale nadie. ¿Por qué? No se explica. Para qué.

     Así pues, los protas están tratando de huir con un preso. Preso al que se le distingue como miembro de la facción Erudita porque aún lleva las ropas azules de rigor. Que está esposado (no, no le han quitado las esposas). En el control el centinela muestra cierta suspicacia (algo es algo) y pide papeles. Los buenos han parado para recoger a Peter (personaje recurrente cuya función es ser más irritante e imbécil que los demás para que así estos nos parezcan menos lerdos), pero no se les ha ocurrido haber conseguido unos papeles, falsos o verdaderos. Noten que el tal Cuatro es el hijo de la Lideresa. Algo de cómo tiene su madre montado el tinglado debería saber. De pronto, aparece la amiga abogada de Tris con un fajo de papeles en la mano. Se los da al centinela, se sube al coche y el centinela, sin apenas haberlos leído, da paso franco. ¿Cómo sabía la amiga abogada que estaban tratando de escapar? ¿Cómo había conseguido los papeles adecuados? ¿Cuándo y cómo los había falsificado, si era el caso? Misterios. Telepatía o el poder del amor y la amistad, seguramente. Eso sí, ante otros centinelas el maromo empuja al hermano a una zanja ty finge pegarle un par de tiros. Los centinelas, con madera de Tropas de Asalto del Impero Galáctico, ni se molestan en comprobar si hay cadáver.

     La huida continúa con el escalamiento de la Valla alrededor de la ciudad y su bajada gracias a unos cables mágicos que extienden o acortan su longitud cuando es conveniente y que, en general, parecen desafiar cuantas reglas de la física y la mecánica son conocidas. Y ahora, sí, están en el exterior. Que es un erial, rojizo y desolado. Los protagonistas empiezan a caminar, sin saber hacia dónde van. Como gentes inteligentes, establecen un riguroso racionamiento de los víveres que han traído consigo. Nada, no hagan caso. Claro que NO han traído ni una gota de agua ni un mal bocadillo en su viaje hacia lo desconocido. ¿Ustedes nunca han ido al exilio sin provisiones? Panda de privilegiados debiluchos.

     Por suerte para ellos, los protas llegan a una especie de frontera formada por un montón de bolas de vigilancia que, además, mantienen una cúpula sobre Chicago y sus alrededores. Son salvados por un batallón de tipos uniformados de rojo de una patrulla de esbirros de la Lideresa que los estaban persiguiendo. Una vez rescatados, los meten en unos campos de fuerza color butano y se los llevan volando hasta una base antes conocida como aeropuerto de Chicago.

    Estos tipos de rojo son soldados de una tal Agencia Genética Buena o algo así, según explica quien da la bienvenida al grupo, interpretado por Bill Skarsgård , esto es, Pennywise sin maquillaje. Esta es una de las mayores decepciones de la película: uno esperaba que su personaje empezaría a repartir globos y a atormentar a la caterva de inútiles que llevamos aguantando demasiado tiempo. Y nada.

    Pennywise pone a los protas una película que es como el contexto de “Gattaca” para tontos. Explicaciones posteriores las ofrece un tal David, director de la Agencia y Malo Inútil de la función. Pero esto es importante, porque se supone que es una de las Grandes Respuestas de la saga. Resulta que, habiendo trampeado con nuestro genoma para hacernos más altos, guapos y modernos, se ahondó la grieta social hasta que estalló una guerra atómica. Los supervivientes quedaron dañados genéticamente: así, si uno es inteligente no tiene compasión y si es valiente es tonto perdido. ¿A que les suena? ¡Aquí está el origen de las facciones!

    La Agencia depende de un Consejo. Otro Consejo. Éste no es al que hacía referencia la Jefa Azul en “Insurgente” (del cual tampoco se nos daba mucha información). Este Consejo, elegido no se sabe por quién, al frente de no se sabe qué Estado, Federación o Comunidad de Vecinos, ha encargado a la Agencia la labor de arreglar los daños que tanto juego genético dejó en nuestro genoma. Chicago es el experimento para tratar de encontrar la solución.

    El experimento consistió en agarrar a unos cuantos cientos de miles de personas, meterlas en Chicago, hacerles olvidar de dónde venían (los de la Agencia tienen un gas amnésico muy cuco) dividirlas en facciones y esperar que, a base de reproducirse, apareciera gente sin taras genéticas. Que son, exactamente, los Divergentes.

    Bien. Ustedes ven los problemas, claro. Si la idea es acabar con esta división entre humanos sólo inteligentes, sólo valientes, sólo honestos, sólo abnegados y sólo lo que sean los Naranjas… ¿qué sentido tiene fundar la sociedad experimental, justamente, en esas divisiones? Si el sentido es tener controlado a cada grupo de personas con fallos genéticos, ¿por qué establecer que, luego del famoso test (“trust the test”) cada uno pudiera elegir la facción que le diera la gana? ¿Eso no haría más complicado el seguimiento? Sobre todo, si la idea del experimento era lograr gente que fuera al mismo tiempo inteligente, honesta, valiente, abengada y la que sea la quinta virtud… ¿para qué señalar a los Divergentes como enemigos públicos a los que hay que liquidar? ¡Si son el resultado querido o aproximado del experimento!

    Para mayor alegría, el tal David le explica a Tris que ella es la única Divergente Pura, la única que de verdad no tiene taras genéticas (de ahí que pudiera abrir el Artefacto de la segunda película; de ahí que, sutileza, en esta película sólo vista de blanco). Pero que ella no es hija de Chicago. Su madre fue introducida en Chicago por la Agencia, para ver si se avanzaba algo con el experimento, que andaba un tanto atascado. Les confieso que no soy ni sociólogo ni biólogo. Pero si se está llevando a cabo un experimento en unas condiciones concretas, aislando severamente el lugar donde se está llevando a cabo tal experimento, introducir un elemento extraño, ¿no viene a poner en riesgo todo el experimento y, por ende, sus resultados?

    Tris, siendo la única Divergente Pura, es, según David, prueba de que el experimento funciona. Un momento, un momento, Director. Si llevan ustedes varias generaciones dejando que los de Chicago se reproduzcan a la buena de Dios, a ver si por suerte sale algo bien (qué diría de esto la Bene Gesserit) y en todo ese tiempo sólo obtienen un resultado positivo… ¿no sería prudente pensar que puede ser una casualidad? Si el método es el correcto, ¿no deberían haberse obtenido más Divergentes Puros? Para David, no. Y se lleva a toda velocidad a Tris a la sede del Consejo a presumir.

    En esta escena puede haber otra de las claves de la saga. A saber, que sí, que es todo una estafa. Una estafa con David, Director de la Agencia, en el centro. David no presenta documentación ni informes al Consejo. Sólo a Tris. Y el Consejo decide interrogar a Tris porque, lo dicen textualmente, David ya les ha mentido en ocasiones anteriores.

    Es decir, como apuntó agudamente uno de los valientes amigos que me acompañaban en el visionado de este engendro, que la auténtica trama de la película es la de David tratando de sacar fondos al Consejo. Es como un capítulo infame de “El Ala Oeste” o “The Thick of It”: el jefe de un departamento se está quedando sin dinero, la misión de ese departamento no ha sido cumplido y no hay visos de que vaya a serlo en breve, los que controlan el dinero se impacientan… ¡Algo hay que hacer! ¡Aunque sea hacer pasar una casualidad afortunada como un resultado exitoso! Todo, Chicago, las facciones, los divergentes… todo es el proyecto enloquecido de David, que sencillamente no acepta que sigue perseverando en un error. También, vaya gente, la del Consejo. Una de dos: o creían que la Agencia de David lo estaba haciendo más o menos bien (algo que no encaja con saber que el mismo les ha mentido a la cara en el pasado) o no les importa. Claro que, si no les importa, ¿por qué darle una base reluciente, unos laboratorios equipados y un ejército? No parece barato.

    Así llegamos a la respuesta medio abierta de la saga: los Fundadores son o unos idiotas obsesivos (como David) o unos incompetentes (como el Consejo, cualquiera de las opciones que escojamos pata explicar su conducta). Al menos, este universo tiene coherencia.

    Entre tanto, en Chicago, la Lideresa y la jefa de los Naranjas están en pie guerra. Los enemigos de la Lideresa se hacen llamar “Leales”, de ahí el título: Leales al sistema de Facciones. O sea, son contrarrevolucionarios. Y no, tampoco esta vez hacen uso de su monopolio sobre la comida para derrotar a sus enemigos. Agarran fusiles y cargan de frente.

    Tris y los suyos deciden regresar, cada uno como puede, a Chicago, porque ya no se fían de David. No ayudó que presenciaran a los soldados de la Agencia secuestrando críos de las zonas fuera del dominio del Consejo y borrándoles la memoria. Los críos estos serán nuevos súbditos del Consejo, parece, y se supone que se les va a tratar sus enfermedades y sus deficiencias genéticas, aunque todo esto se comenta de pasada y no me queda muy claro el empeño de la Agencia por convertirse en una guardería gigante, sobre todo si Chicago es la gran apuesta para encontrar la solución de tales deficiencias.

    Luego de una evasión tan ridícula como la del prólogo (Tris escapa en la nave privada del malo, usando el piloto automático…¡y el malo no puede redirigir su propia nave, aunque sí puede cortar sus comunicaciones!), logran llegar a la ciudad, en medio de la batalla entre los de la Lideresa y los contrarrevolucionarios.

    David, que no ha estado del todo de brazos cruzados, ha enviado al peor espía del mundo (el insufrible Peter) para hacer un pacto con uno de los bandos enfrentados y restaurar el sistema de facciones. Por supuesto, la oferta se hace a la Lideresa de los descastados, en vez de a la jefa del bando pro-facciones. Es de una lógica cristalina. ¿Cómo sabe la Agencia lo que ocurre en Chicago? Porque tienen un sistema de vigilancia que les permite proyectarse dentro de la ciudad, si que nadie les vea. Como si fuera un juego de realidad virtual. Es el sistema de vigilancia más patético concebible para supervisar grandes masas humanas: es necesaria una red de espías virtuales las 24 horas del día paseándose por la ciudad. El trabajo de una videocámara lo tiene que hacer siete espías.

    El plan secreto que David ofrece a la Lideresa es el siguiente: liberar el gas de amnesia en la ciudad, de modo que nadie recuerde nada y se pueda restablecer el sistema de facciones, con la Lideresa como gran jefa. Sin dar mayor trascendencia a lo que supone traicionar toda su vida, la Lideresa accede.

    ¿Dónde esta el gas? Almacenado en el antiguo cuartel general de los Eruditos. Pero ese no es un gas desarrollado por los Eruditos, sino por la Agencia. Si está allí, conectadas las bombonas a todo el sistema de ventilación de Chicago, es porque la Agencia lo puso allí, tal vez por si las cosas se salían de madre, como está pasando en ese momento. Sería lícito preguntar por qué la Agencia instalaría esa especie mecanismo de reinicio del sistema y no un medio para activarlo a distancia. Porque si puede activarlo a distancia, ¿para qué hacer tratos con la Lideresa y convencerla de que lo active ella? Claro que luego se ve en una escena como David, desde su base, abre y cierra por control remoto puertas y accesos dentro de Chicago. El alcohol no da consuelo, ya.

    Y entonces, tras evitar que el gas le quite la memoria a la gente (el gas sí se bombea por el sistema de ventilación, pero desaparece por ensalmo al presionar un botón), Tris da un discurso en plan Enrique V de latón, unificando a toda Chicago contra la Agencia, el Consejo y el Departamento de Correos. Y se acaba la película. Lo cual implica que habrá otra. Y que habrá que verla.

    Uno se hace un ovillo en el suelo y gime, en un Cosmos gélido e indiferente.

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noviembre 27, 2017

Alegato por la defensa

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 3:12 pm
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    Escribo estas líneas no bajo una fuerte tensión mental, como el narrador de Lovecraft, pero sí bajo una considerable preocupación social. Uno nunca ha sido un individuo particularmente optimista. Tampoco un entusiasta de los discursos, porque tienden a ser solemnes y un tanto alérgicos al humor. Pero estoy escuchando, leyendo y viendo tales cosas que me he decidido a escribir este artículo. No porque crea que vaya a tener mucha repercusión o cambiar muchas opiniones o percepciones, sino porque así podré escribir sobre otros asuntos sin sentirme un tanto culpable.

    El rotundo barrister Horace Rumpole, personaje de John Mortimer, dice en uno de sus casos: “When London is nothing more than a memory and the Old Bailey has sunk back in the primordial mud, my country will be remembered for three things: the British breakfast, the Oxford Book of English Verse and the presumption of innocence.” Y aunque no todos estén de acuerdo con el desayuno (yo sí) o con el libro de versos (yo también), no debería haber ciudadano de ningún país del mundo que no deseara tener como parte de su patrimonio la tercera cosa de la lista. Porque entre los hitos de la Humanidad hacia una sociedad menos estúpida, violenta, miserable, peligrosa e injusta debe contarse, en un puesto de honor, la entronización de la presunción de inocencia en el proceso criminal.

    La presunción de inocencia trae como consecuencia obligada el derecho de defensa. Sin el derecho de defensa la presunción de inocencia se convertiría en una entelequia, un principio vago, una frase retórica sin valor. Ese derecho de defensa está siendo objeto de ataque. Un ataque tanto más peligroso por cuanto quienes lo están llevando a cabo lo hacen, como siempre se ha hecho, desde la convicción de estar sirviendo al Bien y la Justicia. Un ataque que estima que se pueden hacer excepciones. Que no todos merecen defensa. Que no todos merecen ser presumidos inocentes. Que, en ciertos casos, podemos saltarnos las reglas.

    Qué tentador resulta. Cuántas veces he escuchado, ante casos horribles, crímenes espeluznantes, hechos odiosos, el grito del pelotón de linchamiento. Uno se había resignado a que siempre habría algunos que reaccionarían así. Gente que exigiría el ojo por ojo, la pena capital, la tortura del criminal, del enemigo social. Lo que no me esperaba, lo que me ha cogido por sorpresa, es que ahora se exija el linchamiento de los acusados prácticamente sin juicio. Que se viertan insultos contra los defensores por defender a los acusados. Que se muestre desdén por un tribunal que permite a la defensa presentar un relato alternativo al de la acusación, tratar de destruir las pruebas de la misma, ofrecer pruebas de descargo.

     La presunción de inocencia no debe negociarse. No es un derecho consecuencia de una ley natural. Es una creación humana. Inspirada en ideas que para algunos pueden tener raíces religiosas o al margen de la religión. Pero no viene de los Cielos. Es obra de la sociedad, de la mente humana. Y como tal puede ser eliminada. No la hemos tenido siempre con nosotros. No hay garantía de que vayamos a tenerla siempre. Por eso requiere protección. Hay que defender tanto la presunción de inocencia como el derecho de defensa y hay que hacerlo del modo más vigoroso. Me da igual que sean ustedes creyentes o ateos, de derechas o de izquierdas, a favor del mercado libre o regulado. En esto la mayor parte de la sociedad (las unanimidades son casi imposibles) debería estar de acuerdo. Deberíamos estar de acuerdo en que una persona, cualquier persona, acusada de un crimen, de cualquier crimen, deba ser considerada inocente hasta que se demuestre su culpabilidad. Deberíamos estar de acuerdo en que sea la acusación quien tenga que probar la culpa del acusado, no el acusado su inocencia.

     ¿En qué mundo de procesos inquisitoriales, secretos, laberínticos, nos moveríamos, si no? ¡Ya los hemos tenido! Los que reclaman transparencia y luz en los asuntos públicos hacen bien. Tal transparencia, tal luz, en el proceso criminal, se salvaguardan gracias a la presunción de inocencia. La maquinaria policial y judicial, al menos desde cierto momento del procedimiento, debe mostrar sus cartas al acusado y a su defensor. Debe permitir que el acusado contradiga su versión, si lo desea. Y deben ser bien pesadas las pruebas que destruyan una presunción tan preciosa.

    Me parece que hay muchas personas, de buena fe, que creen que un juicio criminal sirve para establecer la verdad. No es así. Un tribunal no es un buscador de la verdad. Su función es más humilde. La investigación tiene vocación de averiguar la verdad, es cierto. Es una labor de reconstrucción del pasado. No quiero sonar particularmente cínico, pero considero que la verdad, la verdad inadulterada, perfecta, objetiva, sobre un hecho pasado es difícil de alcanzar. En tiempos de patrañas y postverdades (es decir, en toda época) es una afirmación arriesgada la que acabo de hacer, porque puede ser usada por manipuladores de toda estofa.

     Hay quien ha comparado la labor del investigador criminal con la del historiador y no es una analogía descabellada. Se basan ambas en testimonios, en documentos, en pruebas físicas y en razonamientos lógicos cuando hay huecos en el relato. Se ofrece, finalmente, un relato de lo que, en opinión del investigador pudo haber pasado, conforme a las pruebas encontradas. El historiador presenta sus conclusiones a la sociedad y a sus colegas. El investigador y la acusación, según esté regulado en la legislación de cada país, ante un tribunal. Pero la academia y el tribunal usan balanzas diferentes. Porque en la del tribunal están en juego la vida y la libertad de personas concretas.

    Ante el tribunal se presenta una versión de los hechos, la de la acusación. La defensa presenta otra versión alternativa. Incluso si se limita a decir que la mantenida por la acusación no ocurrió o no está acreditada, está presentando una versión alternativa, siquiera sea por negación. Y así, entran en juego las reglas del juicio. Las cargas de la prueba, la posibilidad de contradicción, el examen crítico de los testimonios, de los documentos, de los informes.

     El defensor tiene un papel fundamental. Tiene la obligación, la obligación, de demoler el caso de la acusación. Tiene que tratar, por todos los medios (por supuesto, dentro de los límites legales y profesionales), de destrozar el relato del contrario. Cada caso es cada caso y en cada uno tendrá el defensor que comprobar qué pruebas son firmes y qué pruebas son débiles. La estrategia es casuística. Pero a nadie puede sorprender que un defensor intente que el tribunal vea con dudas la versión de un testigo de la acusación. ¿Cómo va un tribunal a prohibir al defensor contrainterrogar de modo exhaustivo a un testigo clave de la versión de la acusación? Sí, muchas veces ese testigo es la víctima. Sí, el tribunal también debe velar por los derechos y la dignidad de la víctima. Pero no puede sacrificar el derecho de defensa. Los juicios penales son siempre desagradables. ¿Cómo no van a serlo? Se juzgan actos que se han considerado los más graves, los más intolerables. A un lado de la sala hay personas que pueden haber sufrido acciones terribles. Al otro lado, personas sobre las que penden condenas muy duras. Pero justo por eso deben transcurrir conforme reglas, protocolos, del modo más frío posible.

      Si no aceptamos el derecho de defensa, no aceptamos que el acusado pueda poner en duda tanto las pruebas como el relato y las conclusiones de los investigadores y la acusación. Y si hay quien no acepta esto en algunos casos es porque ya ha juzgado. Ya ha considerado culpable al acusado, antes incluso de que ponga un pie en la sala de vistas.

     Nadie, salvo por motivos perversos, desea la condena de un inocente. Piensen que, incluso con todas las precauciones, incluso con todas las garantías, el error es posible. En todos los países se ha condenado a personas a las que, después de la condena, se ha considerado inocente. No puedo ni imaginar lo que puede ser estar en tal situación. Una sociedad debe decidir si desea que tales casos sean los menos posibles. Y eso, necesariamente, implica que en ciertos casos se absuelva a quien, posiblemente, sí cometió el crimen.

     Noten que he dicho posiblemente. No me gusta la expresión “mejor absolver a un culpable que condenar a un inocente” aunque comparta el fondo. La noción de absolver al culpable es jurídicamente imposible. Si no hay condena, no hay culpable. Porque todos somos inocentes de origen. Sinceramente, creo que esta idea no ha calado, que se ha quedado en la superficie y que una tormenta lo bastante fuerte, social o mediática, la arrastra.

    Voy un paso más allá. Desde mi punto de vista, la piedra de toque de un sistema penal no es que logre condenar a quien haya cometido un delito. Eso es, ciertamente, deseable, porque de lo contrario, viviremos en la impunidad. El estado de condena por sospecha es un mal. El estado de impunidad sistemática, otro.

    Pero para que un sistema penal realmente pueda decir que la presunción de inocencia se respeta, un observador omnisciente debería presenciar un caso en el que una persona que, efectivamente cometió el delito y efectivamente es responsable (legalmente) del mismo, es absuelta, siempre que no haya habido corrupción de por medio. Un tal proceso que produjera un tal veredicto sería irreprochable. Porque implicaría que la acusación no ha podido alcanzar la barrera que nos hemos puesto para protegernos, para nuestra seguridad.

    Sin embargo, por lo que veo, esto no se acepta. En ciertos casos, al menos. Marcamos a un acusado por hechos horribles como indigno. Lo excomulgamos de la sociedad. No reconocemos sus derechos como ciudadano. En cierto modo, lo deshumanizamos. No queremos que tenga nada que ver con nosotros. Nos convertimos en una manada vengativa. Es grotesco que haya quien se haya apropiado de ese término con orgullo. Porque si somos parte de manadas es que estamos en la jungla, como decía Lorne Malvo. Quizá sea así. En cuyo caso, al menos, dejen que pueda tomarme un buen desayuno inglés leyendo poesía, antes de arrastrarme a la lapidación.

octubre 18, 2017

La traición del conde de la Fère

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:41 pm
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   A los grandes escritores se les escapan sus grandes personajes. Es una de las marcas del gran escritor, el que su criatura esté tan viva que se escabulla de su obra y sea posible y hasta irresistible imaginarlo en otras obras o incluso en esta mediocre vida real nuestra. A Shakesperae, desde luego, se le escaparon muchos de sus personajes de entre las manos y a algunos, como Mercutio, tuvo que ejecutarlos para que no se apropiaran por completo de la obra a la que se suponía debían servir.

   Los personajes fugitivos (de libros y obras de teatro, de cómics y de películas o series de televisión) pueden tener, tienen, de hecho, en mi opinión, tanta influencia en nosotros como personas de carne y hueso con las que nos topamos por la calle, en la escuela, en el trabajo o en el bar. Puede alguno de ustedes considere esto una necedad pero, francamente, no veo qué tiene de necio captar la fuerza de Fasltaff, Mister Pickwick, Yago, Holmes, Don Quijote o Stringer Bell. Me cruzo todos los días con gentes menos interesantes y absorbentes, por ejemplo, cada vez que me paro delante de un espejo.

   Tienen influencia también, mucha, sobre los lectores que además se arriesgan a pervertirse como escribidores. Todos los que intentamos narrar historias, urdir tramas, esbozar personajes, somos conscientes de la legión de escribidores, escritores y Escritores que llevamos encima, como una carga. Harold Bloom, que será un gruñón, pero no por ello deja de ser un gran crítico, considera que no puede haber creación literaria (o artística) sin una agonía vital que viene del conflicto con todos los autores precedentes, una lucha a muerte para poder hacerse con un puesto en el canon. Lo que Cervantes (ya ven) creía que nunca lograría por ser un poeta mediocre. Una lucha más o menos condenada al fracaso por ser capaces de replicar a nuestros ancestros, de negarlos o de sublimarlos, de transformarlos o de rebatirlos. Sabiendo que Shakespeare nos ha derrotado a todos antes de comenzar la partida porque, como decía Chesterton, Shakespeare nos describió a nosotros. El muy desgraciado.

 

 

   Alexandre Dumas, padre, es uno de los Autores a los que se le han escapado personajes. Ya sé, ya sé, está el Conde de Montecristo y no voy a ser yo quien le reste méritos. Pero, es al menos mi vivencia, a Dumas quienes se le escaparon de verdad fueron un joven gascón, sus tres amigos acérrimos y sus dos antagonistas igual de acérrimos. Voy a ser más restrictivo: el gascón, su gran amigo y sus dos adversarios.

   Milady de Winter, la villana de “Los tres mosqueteros”, logró huir de aquella lúgubre orilla del río Lys, donde el verdugo de Lille alzó su espadón sobre su blanco cuello. Huyó y se escondió en mil mujeres fatales, seductoras, inteligentes, ambiciosas. En cualquier gran malvada, que sepa cómo manipular a esos papanatas de hombres (y mujeres) que tiene a su alrededor, hay un eco de la feroz enemiga de D´Artagnan. ¡Ah, esas jornadas de encierro en Inglaterra!

    ¿Y qué decir de su protector, el todopoderoso, el irónico, el genial, el grandérrimo duque-cardenal de Richelieu? ¿Qué mayor elogio se puede hacer al poder de un escritor que el que su personaje literario haya fagocitado por completo al personaje histórico? ¡Y no un personaje histórico cualquiera! Si el verdadero Richelieu no hubiera sido un hombre de respeto (aunque menos interesante psicológica y espiritualmente, según Aldous Huxley, que el temible padre Jospeh, la Eminencia Gris), el Richelieu de Dumas no sería tan inmenso. Sin embargo, para los que no somos historiadores profesionales (por mucho que nos guste la Historia) y yo sospecho que hasta para los historiadores profesionales es imposible incluso mirar el famoso triple retrato de Su Eminencia y no pensar en el hábil ministro de Luis XIII sonriendo diabólicamente mientras contempla los herretes de la reina Ana. Y es difícil bosquejar a un genio político manipulador en la ficción sin que tenga resabios del Duque Rojo. Sir Terry Pratchett diría que había imaginado al magnífico lord Vetinari pensando en los Médici, pero como mínimo tenía un ojo inconsciente puesto en Richelieu.

 

   De los tres mosqueteros que son en verdad cuatro, Aramis y Porthos no logran salir del libro. Son inimaginables en cualquier otro lugar, en otro contexto, rodeados de otros personajes. No es que sean malos personajes secundarios, todo lo contrario. Pero hacen tan buen decorado que en otro lugar estorban, como una butaca de cuero que es perfecta en un despacho forrado de maneras nobles pero no tiene ningún sentido en un comedor.

   D´Argtagan y Athos son otra cosa. Sobre todo Athos. D´Argtagnan es un chaval encantador y un arribista de mucho cuidado que se ha equivocado de amo (es la mayor y mejor ironía del personaje), por mucho que el amo al que podría servir con ganancia trate por todos los medios de reclutarlo, un aventurero tanto de espada como de alcoba. Es hijo y padre de héroes de folletín, aunque Duma supo dotarle de las dosis justas de cinismo y alegría juvenil despreocupada, con unas gotas de honor (no muchas) y de devoción irrenunciable por sus amigos que hacen difícil no encariñarse con el gascón.

   Athos es otra cosa, totalmente diferente y mil veces más fascinantee. Dependiendo del pasaje de “Los tres mosqueteros” tiene toques marxistas (de Groucho), como esa conversación magnífica en la Bastilla con el desconcertado carcelero, casi fasltaffianos (le pierde ser un valiente militar, en vez de un total burlón contra el heroísmo bélico), como en el bastión de Saint-Gervais, y siniestros, como en sus charlas con Milady. Es un cínico profundo y alcohólico que se burla del amor con algunas de las mejores frases contra los enamorados que he leído nunca fuera de Shakespeare, un amargo no amargado que enmascara su dolor tras modales de gran señor o mordacidades, capaz de ser una especie de padre afectuoso, con treinta años, para un provinciano de veinte. Cuando leí por vez primera “Los tres mosqueteros”, de adolescente, en un “arrebato justo y honroso” (otra vez Chesterton), sufrí la contradicción de querer crecer para ser al tiempo Richelieu y Athos. Ahora sólo espero poder poner sobre el papel a un hijo más o menos legítimo del mosquetero bebedor.

   Por eso creo que hay pocas experiencias más demoledoras que leer “Veinte años después” y “El vizconde Bragelonne” después de haber leído y releído varias veces “Los tres mosqueteros”. No porque no sean entretenida, que lo son (aunque “El vizconde” mejoraría notablemente si se le suprimiesen un par de cientos de páginas versallescas). No porque su retrato de Carlos I Estuardo sea bastante estomagantemente hagiográfico, que lo es. No porque cada vez que salgan en escena Mazarino y Mordaunt añoremos desesperadamente a Richelieu y Milady, que desde luego. Ni porque veamos que el tiempo está haciendo envejecer a esos cuatro amigos. No, no, la melancolía tiene sus placeres. Aramis, Porthos y D´Artagnan son ellos. Más tristes, más viejos, pero son ellos, con sus cualidades, sus vicios y sus flaquezas.

   Athos, en cambio, muere en “Los tres mosqueteros”. Y a quien nos encontramos en “Veinte años después” y mucho más aún en “El vizconde” es a un rancio aristócrata inaguantable, el conde de la Fère. Es demoledor leer, escuchar a quien un día llevó el nombre de Athos y se bebió una bodega entera sin pestañear haciendo una apología de la monarquía absoluta por derecho divino. Es insoportable contemplar al hombre que mantenía la compostura, frío, irónico, en medio de una tormenta de balas, perder los estribos por el juicio a un Carlos Estuardo. Es vergonzoso ser testigo de cómo el hombre que era capaz de hablar casi de igual a igual con el señor cardenal y de resistir los embates dialécticos de lady de Winter chochear por un insufrible como Raoul, por muy hijo suyo (adoptivo, biológico, tanto me da) que sea. El auténtico Athos hubiera negado de modo enérgico cualquier parentesco con ese pisaverde tedioso, más aún que maese Coquenard el suyo con el tragón de Porthos.

   Puedo imaginar a Athos, igual que a su esposa y enemiga, que al cardenal e incluso que al joven gascón, en casi cualquier otra novela de aventurase intriga. No a ese desgraciado del conde. A ese estirado que nos traicionó, a nosotros, los lectores, al devorar al querido, entrañable, arisco, educado, señorial, borracho, cínico, solitario y digno Athos. Tal vez esa fuera la venganza del escritor, como la de Conan Doyle en Reichenbach, su forma de agarrar a su más vivo personaje y clavarlo en la pared, como a una mariposa. Hubiera sido preferible matarlo de una estocada o una botella de más, señor Dumas, que doblegarlo de esta manera hasta hacerlo irreconocible y odioso.

   No crea que se lo voy a perdonar fácilmente.

septiembre 5, 2017

Escena en un aeropuerto

Filed under: Relatos — conunvasodewhisky @ 8:16 am

   Su vuelo no despegaba hasta varias horas después, pero el viajero ya estaba en la terminal. No podía evitarlo, el llegar varias horas antes. ¿Y si había un problema con la facturación? ¿Y si el vuelo se adelantaba? ¿Y si el horario de embarque que había consultado dos docenas de veces la última semana y media docena de veces la noche anterior estaba equivocado? ¿Y si un terremoto volvía inútiles las carreteras de acceso, dentro de lo que se consideraría un tiempo razonable para llegar al aeropuerto? De modo que el viajero llegaba con más tiempo del que una persona sin filia por el masoquismo querría pasar en cualquier aeropuerto. El viajero, que no la tenía, había logrado sacar una especie de ventaja de aquella compulsión suya: si el vuelo ponía el punto final a un viaje agradable, las horas vacías, tediosas, quebrantadoras de mente y alma que pasaba en la terminal hacían contemplar la llegada a la rutina con estima y casi con ansia. Jamás había sentido la melancolía gris que padecían todos sus amigos y conocidos el Día de la Vuelta. El viajero sentía un orgullo por esto que le provocaba un cierto embarazo.

   Era, pues, una hora temprana, cuando llegó. No había mucha gente en la terminal. Pero se trataba de una terminal pequeña, en una región muy visitada, en temporada alta: pronto estaría llena de gentes llegando, gentes marchando, gentes en el limbo de los vuelos con enlace. Tenía tiempo antes de que le permitieran facturar su equipaje. Con sorda satisfacción, se sentó en uno de los bancos disponibles, cruzó los brazos sobre el pecho, colocó la maleta entre sus piernas y se preparó para una espera anestésica.

   El perro era color canela, seguramente, aunque la porquería le daba un tono de caramelo requemado. Llevaba una cadena oxidada alrededor del cuello flaco, que no era señal de dueño alguno. Entró en la terminal sin aspavientos ni temor. El viajero reparó en su existencia al tiempo que escuchaba (¿o por causa de?) a otra viajera, sentada a su lado, emitir una leve interjección de sorpresa. El viajero intercambió una mirada de incredulidad relativa con la viajera. ¡Menuda terminal era aquella!

   Cuando se hubo adentrado un tanto, con ese paso propio de quien no sólo está acostumbrado a un lugar sino que lo considera en parte suyo y tiene la seguridad de que nada malo le puede ocurrir en el mismo (o eso le pareció al viajero), el perro alzó una pata, orinó sobre el suelo, bajó la pata, sacudió la cabeza una vez y, sin un vistazo atrás, continuó su trayecto, el paso invariable, hizo un quiebro circular y salió de la terminal por la misma puerta automática perpetuamente abierta por la que había entrado.

   -¡Esto no puede ser cierto!- masculló el viajero.

   Lo era, desde luego. Un charco regular, casi de platónica perfección circular, de orina amarillenta.

   La viajera, quien no había malgastado saliva con aseveraciones sin peso, intercambió una mirada de incredulidad absoluta con el viajero.

   Ninguno de los dos sabía qué hacer. Nadie más a su alrededor daba la impresión de haber visto al perro entrar, ocuparse del asunto que le había llevado hasta allí y salir con la tranquilidad de una conciencia en paz.

   El charco, implacablemente circular, permanecía.

   Un turista calzado con sandalias de plástico y calcetines blancos pasó cerca del charco, sin rozarlo por centímetros. Una familia de maletas rodantes se salvó de atravesarlo, tal vez por instinto.

   El viajero, incómodo, se removió en el banco. ¿No había allí personal del aeropuerto? Ah, sí, allí, a menos de cuatro metros, dos empleados con uniforme charlaban amigablemente. El viajero pasaba su mirada del charco a los empleados y de los empleados al charco. ¿Es que no lo veían? Si lo hacían, no daban muestra. Si el viajero albergaba la esperanza de que su propia mirada, botando como una pelota de ping-pong, tendría algún efecto, quedó cruelmente defraudado.

   La viajera emitió una segunda interjección, aunque esta vez, más que sorpresa, denotaba un desdén nada asombrado respecto del ser humano en general y los empleados de aeropuerto en particular. El viajero le dirigió la palabra, con cierto embarazo:

   -Yo, ehm… En fin, supongo que será mejor que les avise.

   Recibió un cabeceo de acuerdo y apoyo moral. El viajero, vacilando ante una acción que irremediablemente atraería cierta atención sobre su persona en un lugar público, se levantó.

   Una anciana se detuvo junto al charco, su bolsa de viaje oscilando peligrosamente cerca de su superficie unos segundos, antes de volver por donde había venido.

   El viajero alcanzó a los empleados en tres zancadas.

   -Uhm, ustedes disculpen, señores.- cuatro ojos no muy cordiales le miraron- Me temo que un perro ha entrado y ha orinado en el suelo, allí.- señaló el círculo, amarillo, en aquel momento sin nadie en sus cercanías.

   -Vaya, ya veo.- dijo el primer empleado.

   -Ya llamaremos a alguien.- dijo el segundo empleado, con un tono que ponía punto final a la interactuación con el viajero.

   -Muchas gracias.- murmuró, incongruente, el viajero.

   Regresó al banco. Se encogió de hombros ante la expresión interrogativa de la viajera.

   -Dicen que llamarán a alguien, para limpiarlo.

   Se sentó. Consultó su reloj. Las nueve y un minuto.

   -A ver cuánto tardan en limpiarlo.- comentó, levemente ácido.

   La viajera también miró la hora.

   -No vendrá nadie antes de las nueve y media.- aseguró, rotunda; luego añadió, acaso por rechazo filosófico hacia las certezas absolutas- Si es que viene alguien.

   El viajero balbució un “Bueno, bueno” que rechazaba la existencia de un mundo donde la segunda opción fuera siquiera posible en un debate de sofistas. La viajera medio sonrió, sarcástica.

   A las nueve y tres un hombre con zapatillas deportivas pisó de refilón el charco, que dejó de ser un círculo para convertirse en un óvalo irregular. Algunas gotas, aventureras, salpicaron los alrededores.

   A las nueve y cuatro el segundo empleado se paró de su compañero y pasó junto al charco al mismo tiempo que un anciano matrimonio, la parte femenina del cual acertó de pleno al óvalo. La señora alzó el pie calzado en una sandalia de suela gruesa, desconcertada. El empleado le dirigió unas palabras, que ni la viajera ni el viajero comprendieron; por los ademanes, semejaba una bronca a la anciana por no mirar dónde pisaba. El empleado llegó a un mostrador e hizo una breve llamada telefónica.

   A las nueve y siete las ruedas de una maleta rompieron lo que quedaba del óvalo, trazando una línea intermitente en el suelo de falso mármol.

   A las nueve y ocho el empleado colgó y, pasando delante del banco, dijo al viajero:

   -Ahora vendrá alguien a limpiar.

   No lo articuló, pero el viajero estaba seguro de que había añadido para sí “puto entrometido de los cojones”.

   A las nueve y diez en aquella zona de la terminal empezó a congregarse cada vez más gente. Algún vuelo saldría en breve y el acceso a las puertas desde las que salían los aviones no estaba lejos. Y cada segundo que pasaba alguien se acercaba al charco, cada vez más extendido, lo pisaba, lo tocaba, se salpicaba en el mismo.

   -¿Por qué no han puesto una señal para que no lo pisen?- gimió el viajero.

   ¿Debería ir a advertir al resto de usuarios de la terminal? Tuvo una visión de sí mismo, como guardia de tráfico improvisado. Especuló sobre as diferentes reacciones que podrían tener viajeros, empleados del aeropuerto, vigilantes de seguridad y policías. Se atragantó y decidió quedarse sentado.

   -Nadie parece darle importancia cuando lo pisa.- observó la viajera, con una mezcla de distanciamiento y repugnancia- Es razonable- continuó, comprensiva-nadie ha visto al perro y a quién se le puede ocurrir que ese líquido, en el suelo de un aeropuerto, no es un refresco o agua que se ha derramado.

   Las nueve y cuarto. Los viajeros empezaron a formar una cola. Aún no, pero dentro de no muy poco, varios de ellos estarían de pie justo sobre los orines del perro, ahora ya en plena campaña expansionista.

   El viajero se descubrió pensando que, de estar en un aeropuerto de su lugar de origen, se habría organizado una ronda de apuestas, tal vez con él mismo como corredor, apuntando cada una.

   “-¿A cuánto está que la chica de la falda larga la arrastra por todo el meado?

   -Tres a uno, señor.

   -Apúnteme cinco.

   -Veinte a que alguien resbala y cae justo encima.

   -Lo veo.

   -Doce a que esto lo limpian a las diez menos veintidós.

   -¡Catorce a que no lo limpian!”

   No sabía qué pensaba la viajera. Como él, ella seguía observando con fascinación la escena. Ninguno se había decidido a intervenir, más allá de aquel primer aviso, ninguno podía desentenderse del morboso espectáculo de gentes que estaban cerca o encima del orín de un perro callejero.

   -A saber de dónde ha salido ese perro.- dijo la viajera, oscuramente- Y lo que puede tener encima.

   El viajero tuvo la irracional idea de que estaba en el epicentro de una futura pandemia mundial. Se secó las manos contra los pantalones.

   Las nueve y veinte. La cola ya era una realidad. Media docena de viajeros esperaba, pacientes, con sus maletas y bolsas, sobre lo que el viajero y la viajera sabían que era una superficie usada, al menos de modo puntual, como cuarto de baño por como mínimo un perro de la zona.

   -Cuando llegue el personal de limpieza,- rezongó el viajero- ni verá qué tiene que limpiar.

   -Es verdad.- la viajera rió- Tendrá que decirle a esa gente que se mueva, se pondrán a discutir, vendrán los de seguridad a preguntar qué pasa…

   -Y alguien dirá que se llamó a limpieza por petición nuestra- continuó el viajero; se corrigió, con un acento aún más sombrío- Por petición mía.

   -Cuando lo que deberíamos haber hecho, nos dirán, era dejar que la naturaleza siguiera su curso. Con suficientes viajeros pisando y extendiendo el charco habría llegado un momento en que no se notaría. Y, si no se nota, ¿para qué hacer nada?

   Callaron. Algunos de los de la cola les lanzaban ojeadas curiosas, extrañadas, vagamente molestas o alarmadas. ¿Quienes eran esos dos que no apartaban los ojos y de vez en cuando hacían una mueca medio de desesperación, medio de asco ¿Debería alguien llamar a un policía?

   A las nueve y veintiocho el viajero vislumbró una mujer con traje de faena y una fregona en la mano. A las nueve y veintinueve la mujer llegó a la zona cero. A las nueve y media en punto pasó la fregona (una vez, dos) sobre donde más o menos estaba el grueso del orín del perro, sin mirar mucho a los de la cola, que se apartaron como pudieron. Luego se dio media vuelta, con su instrumento de trabajo en ristre. El viajero creyó ver, no podría haberlo jurado, caer algunas gotas del mismo.

   -Habría ganado usted la apuesta.- le dijo a la viajera; ésta alzó la ceja, sin entender.

   Un altavoz anunció un cambio de puerta en un vuelo.

   -Ése es el mío.- exclamó la viajera. Cogió su maleta y extendió la mano al viajero, que se la estrechó.

   -Si contásemos esto, dirían que exageramos.- apuntó el viajero, a modo de despedida.

   La viajera sonrió.

   -¿Sabe lo que sería un final apropiado? Que el perro volviese e hiciese lo mismo justo ahora.

   -¡Eso sí que sería literatura!

   La viajera se marchó a buen paso. El viajero regresó a su anterior inmovilidad. Incluso cerró los ojos.

   -Buenas, señor.

   Los abrió.

   Había allí dos vigilantes de seguridad. Sonrientes.

   -¿Es usted el que ha pedido que se llamase al servicio de limpieza? Tendríamos algunas preguntas que hacerle.

   El viajero gimió. Tal vez llegar temprano no fuera siempre una garantía para evitar problemas.

agosto 29, 2017

Elegía por Petyr Baelish

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:37 pm
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    Nunca había escrito hasta la fecha sobre la serie de la HBO “Juego de Tronos”, pese a seguirla desde el principio. Me parece, como juicio global a la espera de su final, una serie monumental, con sus grietas y errores (cada vez más y con más riesgo de ruina), pero que he disfrutado considerablemente.

    De entre sus personajes, mi favorito (y hay varios personajes que me han gustado y con los que he disfrutado, mayores y menores) siempre ha sido lord Petyr Baelish, alias Meñique. Lo era en las novelas (veremos, si es que lo vemos, qué ocurre en las novelas que esperamos cada vez con menos esperanza) y lo era en la serie. Cuando se anunció el inicio del rodaje de la primera temporada de “Juego de Tronos” y se hicieron públicos los actores, yo estaba volviendo a ver, por segunda o tercera vez, “The Wire”. Al leer el nombre de Aidan Gillen, supe de inmediato, como muchos otros, que sería Meñique. ¡Cómo no iba a serlo el actor que tan bien encarnó al maniobrero Thomas Carcetti! Gillen había nacido para ese papel.

    Ahora, destripe mayúsculo, Meñique nos ha dejado. Y he sentido la necesidad de despedirme de este personaje, uno de los más interesantes de Poniente. Hay muchos motivos para considerar a esta séptima temporada de “Juego de Tronos” como la peor (por el momento). No es el menor que se haya reducido a lord Baelish a un enano mental y se le haya liquidado de un modo indigno del personaje, de sus ejecutores y de la serie.

    Tiendo a comparar cada villano de cada obra que leo o veo con Yago, Edmund o el juez Holden, mi tríada de Maestros de la Oscuridad (el Joker es un personaje con muchos padres y es más equívoco como piedra de toque). Baelish no es un personaje de Shakespeare ni un aterrador heraldo de la Guerra Total casi seguro sobrenatural. En él, sin embargo, sí percibo ecos de los dos grandes villanos de Shakespeare, dos nihilistas destructivos, manipuladores, dramaturgos de las vidas ajenas. Baelish es un estratega del mal, como Edmund, y está en guerra con el mundo, como Yago.

    Aunque los sucesos de “Juego de Tronos” son una responsabilidad compartida, puede decirse que Meñique tiene derecho a reclamar, orgulloso, buena parte de esa responsabilidad. No voy a detallar aquí todas sus intrigas. Es sabido, sin embargo, que la guerra que arrasa Poniente desde hace seis temporadas es en gran medida su obra. Baelish no busca la guerra como fin en sí mismo, lo cual le aparta de Yago y de Holden, sino como medio para obtener el caos, como indicó en uno de sus diálogos más memorables de toda la serie:

    ¿Pero por qué el caos? ¿Únicamente por sed de poder? Meñique, como Edmund, codicia el poder, desde luego, poder sobre todo y sobre todos. Esta codicia, considero, no acaba de explicar por completo su motivación íntima. En un monólogo, Meñique rememora su humillante derrota ante un joven lord Stark, a quien había retado, enamorado como estaba de la futura lady Catelyn Stark. Esa derrota abre los ojos a Baelish, que comprende que no puede jugar al juego de sus contemporáneos y triunfar, sino que debe obligarles a ellos a jugar a su propio juego. Ellos es todo el mundo. Baelish, retoño de una casa menor, sin poder ni riqueza, sin fuerza física ni habilidades marciales, es un paria en Poniente. Es un excluido, alguien que no encaja. Lo es, se sabe así, más aún que bastardos cansinos como Jon Nieve.

      Esto parece apuntar a una oscura raíz en las motivaciones de Meñique, el rencor. El rencor, no obstante, tiende a ser paralizante. Y lord Baelish es cualquier cosa menos un paralítico social o político. ¿Entonces? Creo que hay aquí unas gotas del fondo oscuro de Yago, mucho más siniestro que el rencor: el vacío ontológico. Baelish no teme al pozo que evoca Varys, porque viene de ese pozo y lo lleva en el alma. Meñique guerrea contra todo y contra todos. Busca el poder, el máximo de poder, con el fin último de destruir Poniente, de aniquilar a todo este mundo en el que él ni encaja ni puede encajar. Varys, una vez más, tiene una intuición exacta sobre Meñique: “quemaría el mundo para ser el rey de las cenizas”. De hecho, en algún momento me pregunté si alguno de los personajes de “Juego de Tronos” podría terminar siendo un traidor supremo y acabar facilitando el paso a los Muertos y los Caminantes Blancos; psicológicamente, sólo me cuadraba un Meñique que hubiera visto todos sus intrincados planes desbaratados, dispuesto a que el mundo perezca de un modo u otro.

     Tal es el fondo profundo, creo, de Baelish. Ese nihilista negativo está envuelto en muchas capas de político intrigante, de diplomático manipulador. El único otro personaje intelectualmente a la altura de Meñique, del abanico de maquinadores que poblaban Poniente (ahora ya no queda ni uno digno de ese nombre), era Varys, la Araña. Esto puede ser una obsesión mía, pero estos dos titiriteros en la sombra siempre me han recordado a la infernal pareja formada por Talleyrand y Fouché. Varys, el maestro de susurros, dispuesto a servir al Reino aunque para ello haya que traicionar al Rey, parece homenajear al Talleyrand de “La Cena”, de Jean Claude Brisville, quien afirma: Nunca he abandonado a ningún príncipe antes de que él no se hubiera abandonado a sí mismo. Infiel a los regímenes, pero siempre fiel a Francia. Mis ideas son mucho más estables de lo que se cuenta. Mientras que a Meñique se le puede distinguir cuando Stefan Zweig, en su “Fouché”, escribe: nada esconde su siniestra alegría ante el caos, más genial y mejor, que el sobrio hábito de funcionario cumplidor y honesto cuya máscara llevará toda su vida. Baelish, menos gris que Fouché, oculta igual de bien su demoníaco fondo tras la máscara de un irónico servidor del Trono, parapetado entre libros de cuentas, burdeles e informes de espías. E, igual que Fouché, puede cambiar de un cargo a otro, de una lealtad a otra, sirviéndose siempre a sí mismo. No se puede confiar en lord Baelish, se dicen los reyes y notables de los Siete Reinos, igual que las cabezas de la Convención, del Directorio, del Consulado, del Imperio y de la Monarquía se decían que no se podía confiar en Fouché. Pero el Consejero de la Moneda y el Ministro de Policía siempre lograban maniobrar en su provecho, porque no contar con ellos entre tus aliados implicaba tenerlo entre tus adversarios. El riesgo de su lealtad incierta era algo menor que el riesgo de su animosidad cierta, por muy profesionales de la traición que, una y otra vez, ambos demostrasen ser.

     También, igual que sus homólogos franceses, Varys y Meñique mezclaban rivalidad con respeto. Salvo a Varys, Meñique no respeta, de verdad, a nadie en toda la serie. Aparte de a Tyrion, que es lo bastante astuto para ganarse el respeto del eunuco, lo bastante interesado en el bien común para serle útil en su proyecto y lo bastante afable para lograr su amistad, la Araña sólo respeta de veras, un respeto un tanto mezclado por el temor, y hasta siente una cierta estima fría por el despiadado Baelish. Sin embargo, sus motivaciones son antitéticas. Por intrigante que sea, y vaya si lo es, Varys tiende sus planes para lograr la estabilidad y la prosperidad del Reino. Meñique, para alcanzar el poder absoluto y pisotear hasta reducir a escombros el mundo conocido.

    Durante años acaricié la esperanza de que todas las tramas e intrigas de “Juego de Tronos” desembocaran en un duelo entre Varys y Meñique. De algún modo, han jugado al ajedrez el uno contra el otro. Hubiera visto con satisfacción, sin embargo, una verdadera guerra vicaria entre ambos, los dos personajes más hábiles de la serie. Sus escasas conversaciones (qué lástima que les separaran tan pronto) se cuentan entre las mejores escenas de la misma.

    No ha sido así. Meñique ha caído, en parte, por su única debilidad, una debilidad que intuyó, cómo no, Varys, esto es, Sansa Stark. Una debilidad que le separa mucho de sus maestros, Yago y Edmund, especialmente de éste, el personaje más frío de toda la Literatura occidental. Y atención. Si Sansa hubiera terminado derrotando a Meñique, tras haber absorbido todas sus enseñanzas perversas, yo aplaudiría. Hubiera sido una ironía digna y creo que Baelish, como buen ironista, la habría apreciado.

    El problema, me van a perdonar que aquí me exaspere, es que se nos ha tratado de vender esto en la séptima temporada. Y no hay quien se lo crea. Baelish no cae víctima de las dos hermanas Stark, sino de unos guionistas que ya no sabían qué hacer con un personaje más inteligente que ellos. El plan de Meñique, según creo que era, resulta plausible: convertir a Sansa en Reina en el Norte, tras quitar de en medio al pesado de Jon y dejar que la aún más pesada de Daenerys y Cersei Lannister se destrozasen mutuamente, para luego, el Norte y el Valle unidos, conquistarlo todo. No contaba, claro, con la vuelta de un Bran omnisciente y una Arya asesina profesional.

   Ahora bien; Meñique era, estaba establecido, un genio de la manipulación y la conspiración. ¿Cómo podemos creer que ese genio haga todas las tonterías que le hacen cometer en la última temporada?

     Alguien tan cauto y flexible como Baelish no habría ignorado de un modo idiota una charla en la que Bran le cita su aforismo más reconocible, que siseó, tiempo atrás y a cientos de millas de distancia, a lord Varys. Quien ha logrado enfrentar a hermanas, a Grandes Casas, unas contra otras y hundido al Reino en la mayor guerra de una generación, no va a jugárselo todo a una carta, sin ningún plan de contingencia. Quien tiene como lema “la información es poder” no va dejar de controlar milimétricamente a las dos personas clave en sus planes; las hermanas Stark no deberían haber podido tener ninguna reunión sin que él lo supiera, con lo que su complot hubiera sido obvio. Alguien tan sutil no va a ser tan grosero como para tratar de manipular a Sansa (cuya inteligencia, aunque sabe menor que la suya, no desprecia y a quien ya ha visto con talento para la mentira) contra Arya dándole un listado de preguntas que se le pueden aplicar a él mismo en esa misma situación. Esto dejando aparte que todo el asunto de la emboscada de las hermanas contra Meñique es una estafa de guión de manual (si estaban de acuerdo, la escena en la que Arya, a solas, ya que asumimos que Meñique no se entera de cuándo hablan y de cuándo no, insinúa de modo no muy sutil que puede asesinar a Sansa y ocupar su identidad carece de todo sentido, salvo para engañar de modo burdo al espectador). No, Meñique, por mucho que desee a Sansa, no cometería tantos errores.

     ¡Y esa escena final! Baelish es un estratega pero, cuando se tercia, puede ser también un improvisador. El caso que Sansa presenta contra él no puede ser más endeble. Aun si se acepta, que me cuesta, que Baelish no tuviera a sueldo a más de la mitad de los allí presentes, no se presenta ni la más mínima prueba digna de ese nombre. Sólo Bran y Arya hablan contra él en el juicio. Un chaval que ha vuelto de más allá del Muro contado historias sobre Cuervos con Tres Ojos (razón suficiente para que los señores feudales, gente prosaica, desconfiaran de todo lo que tenga que decir) y una cría que lleva repitiendo desde que ha llegado que pertenece a una secta de asesinos profesionales. Meñique no debería haber tenido problema en destrozar una red tan débil, tejedor experimentado como era.

    Y si no, maldición, que le den muerte tras soltar un último sarcasmo, no gimoteando de rodillas. La única explicación razonable para un final tan patético para uno de los grandes personajes de la serie, es que los guionistas, que ya no sabían qué hacer con un ser que les superaba, creían satisfacer así a buena parte de los espectadores.

     Pues bien. Con Meñique maltratado y ejecutado de modo tan indigno y con Varys anulado (¿alguien recuerda la última vez que el guión le dejó hacer algo digno?), sólo espero que Tyrion, Bronn y Podrick se vayan de aventuras muy lejos. Y que los muertos andantes se coman a todos los demás. No parecen muy listos (si Danerys no hubiera regalado una mascota nueva al Rey de la noche, ¿cuál era su plan genial una vez llegar al Muro, sentarse en protesta silenciosa con su ejército sin respirar hasta que les abrieran las puertas?). Pero considerando al alternativa, estoy con ellos. Y que el mundo se convierta en cenizas.

agosto 23, 2017

El todo no es mejor que algunas partes

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:54 pm
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     Netflix y Marvel han agarrado a sus cuatro superhéroes televisivos y los han han juntado, a ver qué salía. Ha salido una medianía, como diría Luisa Lanas.

     Las series de Marvel han ido en progresiva decadencia. Luego de la muy notable primera temporada de “Daredevil”, nos vino una segunda no tan buena, pero aún digna, una discutible primera temporada de “Jessica Jones”, una “Luke Cage” que dedicaba la mitad de sus episodios a ser casi entretenida para luego hacer el imbécil más absoluto en la otra mitad y una temporada sobre “Iron Fist” que no he visto, espantado ante las feroces críticas, unánimes, que recibió. Y, ahora, juntos y revueltos.

     “The Defenders” tiene como principal virtud la brevedad. Le sobran episodios. Siendo malévolo, podría defender que le sobran ocho episodios. Me parece absurdo pensar que las cuatro series madre (incluyo por rigor a “Iron Fist”, aunque ya digo que no la he visto y mi juicio puede estar aquí equivocado) sean una excusa para sacar esta miniserie. Más bien supongo que Marvel ha tratado de repetir en la televisión lo que tan buenos resultados (al menos, comerciales) le está dando en el cine: crear un universo a base de películas independientes pero conectadas y cuyos personajes, de vez en cuando, se van de parranda juntos. Sin embargo, en verdad, luego de haber visto la miniserie, apenas hay información relevante o evolución de personajes que no se pudiera haber metido a base de escenas o elipisis, en las series independientes. Cosa que de alguna manera se hará, intuyo, para que aquellos espectadores que se nieguen a salir de la Cocina del Infierno o de Harlem, ni siquiera si su héroe favorito abandona el barrio durante ocho horas. O sea, que “The Defenders” es , narrativamente, una pérdida de tiempo casi absoluta. Justificaré ese casi al hablar de la Mano.

     Bueno, bueno, vale, no ahonda en los personajes ni en sus historias (con ciertos matices). ¿Pero es entretenida? Porque si es entretenida, ya es suficiente, que tampoco esperábamos aquí a “Los Soprano”. A un servidor le aburrió. No como para tirarse por la ventana, pero si como para decidirse a verla lo más rápido posible, para cubrir el expediente.

     Así que, antes de entrar en el Reino del Destripe, no puedo recomendarles que dediquen su tiempo a esta serie. Si desean seguir los pasos futuros del abogado ciego, la detective alcohólica, el ex presidiario de corazón de oro o el niño rico imbécil, busquen a un pobre desdichado que ya la haya visto y que les cuente lo que pase.

    Vamos a analizar, brevemente, algunos aspectos más. Y sí, ahora, spoilers.

      Lo primero que no funciona en “The Defenders” es el grupo de protagonistas. Admití, tras un primer episodio en el cada uno iba por su lado, que se juntarían porque sabía que tenían que juntarse. Así que cuando efectivamente llegan a unir fuerzas en un asalto ridículo contra el cuartel general de los malos (donde se justifica sólo parcialmente la presencia de los cuatro héroes) lo acepté. Al menos, es verdad, hay una especie de cena de fundación del grupo en el que Matt Murdock y Jones se muestran mas bien reluctantes. Finalmente, como el espectador, asumen que hay supergrupo, más por hecho consumado que por otra causa. Aún así, nunca llegan a funcionar correctamente. En ninguno de sus enfrentamientos contra los Ninjas Cansinos el cuarteto (más sus lacayos) me pareció que formaran un todo. Lo cual hubiera tenido lógica y hasta gracia si no fuera porque se pretendía justo lo contrario.

      Matt Murdock, Daredevil, el Diablo de la Cocina del Infierno, es el personaje más complejo e interesante de los cuatro protagonistas; su mundo e sel más rico y sus secundarios, los mejores de las series originales. No es raro que todo ello se mantenga en esta miniserie, aunque atemperado al tener que compartir tiempo y espacio con muchos otros personajes. Ver a Foggy, Kate o el padre Lantom, por poco que fuera su tiempo, era al tiempo un placer y un descanso. Parecían las suyas escenas robadas la tercera temporada de “Daredevil”. A Matt se le trata d eun modo más caprichoso. Interactúa bien son sus personajes habituales y con Jessica, pero por lo demás, está en baja forma dramática. Y ese final, ridículo. Es la resurrección más esperada y menos sorprendente desde Jon Snow. Error garrafal.

     Jessica Jones no tenía personajes secundarios de interés en su mundo (Kilgrave no era secundario, era el antagonista y además un antagonista que se quedaba con el trono, la corona y el cetro). Afortunadamente, hubo pocos minutos desperdiciados en Trish, ese ser insufrible, y el cameo de Hogarth, la gélida abogada, se limitó a una escena absurda, que sólo se explica si los guionistas se habían puesto un número mínimo de personajes secundarios o terciarios que había que meter como fuera.

    Jessica fue para mí una fuente de incertidumbre en esta serie. Era, después de Murdock, en ocasiones, antes que él, el personaje que más me gustó en la miniserie. Incluso estuve pensando que la segunda temporada de su serie en solitario tal vez merezca la pena (una esperanza que no abrigaba al terminar su primera). No obstante, de cuando en cuando caía en la cuenta de que no era Jessica como personaje la que me gustaba, sino Jessica como coro sarcástico. Su función (buscada o accidental) terminó siendo la de representante del espectador exasperado. Cada bufido, maldición, arqueamiento de cejas, cada vez que Jessica rezongaba que algo era una jodida estupidez, yo suscribía de corazón. El problema, claro, es que ser un Tersites sólo funciona si tienes una colección de héroes o situaciones ridículas d ellos que burlarte. Si eres la protagonista de tu propia historia, ese rol no encaja. Con lo que tengo de nuevo mis dudas respecto del futuro de Ms. Jones.

    El de Luke Cage es el trasfondo más atractivo de las cuatro series (después del de Daredevil), al menos hasta que decidieron hacerlo volar por los aires torpemente. No hay nada apenas de Herlem y sus parroquianos en esta miniserie, con la excepción de Misty, personaje bastante irrelevante y una de las peores policías d ella televisión. La buena de Claire, personaje tránsfuga de una serie madre a otra, queda reducida a ser la pareja de Cage y la niñera de la niñera de Iron Fist, lo cual no le da muchas oportunidades para brillar. En cuanto al propio Cage demuestra que es mejor personaje secundario que protagonista. Está más aprovechado, dentro de lo que cabe, aquí que en su propia serie, lo cual no deja de ser curioso.

     En cuanto a Danny Rand… después de verlo aquí calenturas me dan de imaginarlo como protagonista de una serie casi el doble de larga. Qué personaje más cargante. De hecho, borren lo último. De personaje nada: no es más que un macguffin con ínfulas. Es, de modo literal, un puro recurso narrativo, una llave para una puerta. Si, en vez de Rand, la Mano necesitara una estatua con forma de modo fumador, el resultado sería el mismo y habríamos ganado con el cambio. Creo que todos los espectadores sentimos que Stick no lo decapitase.

    Y ya que hemos mencionado a la Mano, vamos con ella, una de las principales razones por las que esta miniserie ha sido un tedio. Daredevil tiene a Fisk; Jones a Kilgrave (bueno tenía); Cage a Cottonmouth (hasta que no, y así acabó la cosa). The Defenders tienen a la Mano. Y la Mano es la primera organización maléfica en la sombra de asesinos con poder casi omnímodo que me hace estar del lado d ellos buenos. Eso es muy duro y no sé yo si se lo podré perdonar a Netflix o a Marvel.

    La Mano es la responsable directa de que la segunda temporada de “Daredevil” degenerara a pasos agigantados; hubo que traer de vuelta a Kingpin para que pusiera orden en las filas de la villanía. Aquí son los enemigos únicos y no hay por dónde cogerlos. Para ser una organización con medios económico ilimitados, control político y jefes maquinadores, su única táctica consiste en mandar pelotones de asesinos a pegar tiros a cara descubierta. Sus supuestos asesinos temibles no son más que tropas de asalto imperiales sin armaduras. Y los jefes… El del sombrero parecía que llegaría a algo y, de hecho, siendo cautivo de los buenos parecía que podría ser un tipo de interés, atacando psicológicamente a sus captores. Le cortan la cabeza cinco minutos después. Madame Gao pasa de ser una siniestra jefe mafiosa a una especie de Yoda del Lado Oscuro bastante aburrida. El japonés y el otro tipo, guerreros inmortales peligrosísimos, una vez entran en combate, sólo reciben palos.

     Por último está Alexandra. Sigourney Weaver es una gran actriz, incluso cuando tiene que interpretar papeles medianos. Cada escena en la que participa, en esta serie, aumenta de calidad. El único que más o menos le aguanta el tipo al estar en la misma escena es Scott Glenn. Alexandra no es una mala villana. Su motivación es entendible, una mujer milenaria a la que de repente le quedan pocos meses de vida y que se juega su existencia y la de su organización a una carta. Una carta en la que además vierte sus escasos sentimientos. La relación cuasi maternal con la pseduoElektra apuntaba maneras… lástima que no se desarrollara más. Y si bien el villano refinado y culto, que se pasa la vida rodeado de cuadros de Boticcelli es un arquetipo, peores arquteiposhay. Weaver lo lleva con dignidad.

     Hasta que la matan. Imbécilmente. El mismo error que en “Luke Cage”, eliminar al antagonista carismático que daba cierta gracia a la función. Para sustiuirlo por una nada.

     Elektra es aquí la misma decepeción constante que fue en la segunda temporada de “Daredevil”. Todo lo que me dejó mal sabor de boca, en un personaje cuya aparición esperaba con ansia, se repite aquí. Así que me remito a lo ya escrito; sigue sin decirme nada de nada su sufriente y oscura relación con Matt. Stick, el otro personaje de “Daredevil” vinculado, como adversario, a la Mano, reaparece también. Y su bien Glenn es un tipo de respeto, el personaje está rebajado en la miniserie (no insulta ya como antes) y su muerte es anticlimática, pobre, casi un fraude.

     Por lo menos, la Mano fracasa en su plan (plan que no hacía falta mantener en secreto siete capítulos) y parece totalmente destruida, así que igual hay suerte y no habrá que padecerla en el futuro.

    Algo es algo.

junio 25, 2017

La caída de la Casa McGill

   Un hombre tenía dos hijos, decía cuando escribí sobre las dos primeras temporadas de “Better call Saul”, pero en este mundo es imposible el regreso a la casa del padre. La lucha que en la segunda temporada ya había comenzado ha culminado con plena crudeza. Ya la casa de los McGill, como toda casa enfrentada, ha sucumbido. Ni el hermano mayor, el cumplidor, honrado, severo, inflexible hermano mayor, ni el hermano menor, el hábil, experto en atajos, compasivo, escurridizo hermano menor han salido indemnes de la lucha. Ni victoriosos.

   “Better call Saul”, se ha dicho por críticos de respeto, yo me limité a repetirlo, era en las temporadas anteriores una especie de serie bifurcada: por un lado, la historia de Mike, por otro, la de Jimmy. Las interacciones entre el ex policía y el abogado daban cierta unidad a la serie, que terminaba de cohesionar el conocimiento que tenía el espectador del universo donde se desarrollaba y del destino de los personajes (al menos, de parte de ellos). En esta tercera temporada, se puede defender que la estructura es similar; sin embrago, la historia de Mike sufre ella misma bifurcciones, subdivisiones. Con lo que una de las historias que conformaban el delicado equilibrio de la serie se transforma en un ramillete coral, con varias tramas entrelazadas, mientras la otra sigue su camino, aparentemente cada vez más desconectada de la otra. Los platillos de la balanza se han desequilibrado bastante esta tercera temporada. Ello no ha afectado a la calidad de este spin-off excepcional, aunque admito que mi sensación de estar viendo dos, en vez de uno sólo, ha sido más intensa este año.

Bob Odenkirk as Jimmy McGill – Better Call Saul _ Season 3, Episode 6 – Photo Credit: Michele K. Short/AMC/Sony Pictures Television

    Habíamos dejado a Mike en su guerra particular contra el clan Salamanca, detenido el dedo en el gatillo, casi literalmente, por una escueta nota. Todos intuíamos quién estaba detrás de esa nota y todos esperábamos que su autor apareciera esta temporada. Y lo hizo, pero el ritmo pausado que Gilligan y Gould y los demás escritores han impuesto a la serie, hizo que se demorara. No me quejo; este ritmo pausado es una de las virtudes de la serie: le da una potencia de fuerza de la naturaleza, como una erupción volcánica, que tarda en gestarse, pero que no puede detenerse una vez comienza y que tiene consecuencias irreversibles.

   He leído alguna queja sobre las secuencias prácticamente mudas de Mike: desmontando meticulosamente su coche; vigilando, mientras come pistachos, en mitad de la noche; registrando el desierto, en busca del cadáver de la desdichada víctima de don Héctor y los suyos. A mí me parecen secuencias brillantes. Mike es un individuo cauto, solitario y silencioso. Es lógico que sus escenas en solitario sean cautas y silenciosas. Jonathan Banks sigue siendo capaz de darnos el equivalente a un soliloquio interno sólo con mover el mentón y no tendría mucho sentido verle soltando parrafadas o diálogos interminables.

   Lo que sí tiene sentido es que, siendo Mike y su historia la más relacionada (por ahora) con el mundo criminal en el que vimos zambullirse a Walter White, Mike se relacione cada vez más con los habitantes de ese mundo. La historia de Mike tiene que acomodar dentro de su espacio a la historia de Nacho y, también, al Hombre Pollo. Esto implica algún sacrificio: las secuencias familiares de Mike, donde se ve su lado más bondadoso, las que nos dan el porqué de sus acciones turbias (el Bien como un posible origen del Mal, uno de los interrogantes de “Breaking Bad”) han sido reducidas drásticamente. No eliminadas, empero, y han dado pie a alardes cinematográficos (la secuencia circular del grupo de duelo, donde sólo al final se nos desvela la presencia de Mike, escuchando a la viuda de su hijo, es particularmente brillante); reducidas, no obstante, a una mínima parte de lo que habían sido.

   En compensación, Nacho ha retomado protagonismo. Aunque sea un personaje que me importa más bien poco, todas sus escenas y secuencias van del notable al sobresaliente: sean sus diálogos con Mike, sea su relación con su padre (qué escena, esa charla nocturna, en la que el hijo trata de salvar a su padre, sin poder decirle parte de la verdad, mientras el padre, al que se ha descubierto toda la verdad que le hace falta, es aplastado por la decepción y la tristeza), sea el desarrollo de su plan para eliminar a Héctor Salamanca. Las secuencias en el café donde Nacho hace las veces de cobrador, casi mudas, son otro ejemplo de cómo se pueden usar las armas del cine o la televisión para desvelar o confirmar la psicología de los personajes apenas sin palabras. O cómo crear una tensión casi insoportable: Nacho dándole el cambiazo al viejo Salamanca con las pastillas me tuvo en el borde del sofá con la espalda como una tabla, igual que cuando Walter trataba de hacer volar a Gus por los aires en el aparcamiento.

   Y Gus, efectivamente, ha regresado. Mike ha seguido el rastro y ha encontrado a la araña. Claro que porque la araña tenía curiosidad por ver hasta dónde era capaz de llegar este viejo perro y hasta qué punto le podría ser útil. Muy útil, ha concluido.

   Como ya he dicho, la aparición de Fring no ha pillado a nadie por sorpresa. Pero que levante la mano el que no haya sentido un estremecimiento de placer al desvelarse el emblema de los Pollos Hermanos. ¡Y qué entrada, la de Gustavo! ¡Eso es conocer a un personaje! Nada de fanfarrias, nada de espectáculo! Una figura borrosa está barriendo el suelo al fondo del restaurante. Pero lleva esa camisa amarilla, esa corbata negra, tiene esa complexión… y es él, en efecto, con una escoba en la mano, el humildísimo gerente de la franquicia de pollerías. V.M. Varga, el pérfido villano de la tercera temporada de “Fargo” no podría menos que respetar a otra mente maestra criminal con vocación por la invisibilidad.

   Gus trajo consigo que el velo sobre el cartel, que ya se había levantado en parte la segunda temporada, quedase corrido del todo. Incluso pudimos ver de nuevo a la cima de la pirámide, don Eladio, amenazador sin dejar de reír. La lucha de poder entre el cartel no ocupó mucho tiempo (no lo había), pero la maestría de los guiones quedó de nuevo demostrada al hilar los mismos perfectamente la conspiración particular de Nacho, la guerra de Mike y su progresivo reclutamiento por Gus (ese apretón de manos; qué inteligencia, la de Fring: “Nunca robaría de su familia”, con ecos de su primitiva seducción de Walter) y la forja por éste de su imperio, con el grupo Madrigal de nuevo entre sus aliados o peones.

Giancarlo Esposito as Gustavo “Gus” Fring – Better Call Saul _ Season 3, Episode 4 – Photo Credit: Michele K. Short/AMC/Sony Pictures Television

    La vida de Mike está ahora mucho más poblada de criaturas turbias y siniestras. Para nosotros, eso son buenas noticias.

   ¿Qué hay de la vida de Jimmy? Jimmy ha tenido muy poco contacto con Mike. En una ocasión, Mike le tuvo que pedir, rechinando los dientes, ayuda. En otra, fue Jimmy quien recurrió a Mike. Fuera de ese toma y daca, han sido dos extraños. Mike tenía bastante en su plato. Jimmy, aún más.

   Igual que en los años anteriores, por muy entretenida y hábil que fuera la parte de la serie dedicada a narcotraficantes, el peso auténtico está en la consagrada a Jimmy, Kim y Chuck. Los, para mí, dos mejores capítulos de la temporada (el quinto y el décimo) están libres de toda referencia a Mike, Gus o los Salamanca. Sólo los hermanos McGill.

Bob Odenkirk as Jimmy McGill – Better Call Saul _ Season 3, Gallery – Photo Credit: Michele K. Short/AMC/Sony Pictures Television

   Los primeros cinco capítulos cubren la batalla entre Chuck y Jimmy. Chuck, tan reverente con las leyes, las ha, por lo menos, doblado, al grabar a Jimmy sin su consentimiento. No puede usar ese arma ante un tribunal. No puede hacerla pública. Pero puede usarla de un modo más insidioso. Los que siempre han visto a Jimmy como más astuto que su hermano se habrán replanteado su posición: Chuck conoce bien a su hermano pequeño. Sabe que es de mente ágil, un improvisador casi genial, pero que carece de su sangre fría, de su paciencia reptiliana. Sabe, he aquí lo terrible, lo mucho que Jimmy le admira y le quiere, lo mucho que esta traición le dolerá, la desesperación a la que le arrastrará (por miedo profesional y, sobre todo, por angustia personal). Y Jimmy, efectivamente, no es capaz de seguir los calmados consejos de Kim. Y cae en la trampa de Chuck.

   Ah, no obstante, Chuck sólo es capaz de esta forma de pensar digna de un estafador como excepción. Una vez ha dado fruto su plan, se repliega al mundo que mejor conoce, donde se sabe imbatible: el de las leyes. Tiene las pruebas y se mete a la fiscal especial en el bolsillo sin dificultades. Fuerza un acuerdo lo más humillante y destructivo posible para su hermano. Esta vez, está decidido a destruir a Jimmy McGill, Esquire, y devolverlo al cuarto para el correo del que nunca debió salir.

   Chuck está seguro de su victoria y este orgullo, que le ciega, le pierde. Porque si Jimmy ha aprendido algo en su vida es a salir de situaciones comprometidas. Arrinconado, ante un adversario al que siempre ha admirado, cuya inteligencia siempre le ha abrumado, al que conoce, sin embargo, tan bien como éste le conoce a él, contraataca. Y qué contraataque. La ofensiva de Chuck es tan implacable, que hasta la íntegra Kim, sin vacilación, se hace partícipe del engaño de Jimmy. Así llegamos a la batalla campal, en el capítulo quinto. Es un placer intelectual un tanto perverso ver a Jimmy colocar trampas dentro de trampas, engaños dentro de engaños, sabiendo que Chuck será capaz de verlos casi todos, de desbaratarlos casi todos, de parar casi todas sus estocadas… menos la definitiva, la auténtica. ¡Qué actor es Michael Mckean! ¡Qué monólogo de derrumbe! A nadie le cae bien Chuck, de acuerdo, pero se puede entender su punto de vista, sin apreciarlo. Y su derrota, tan pública, tan demoledora, es dura de contemplar.

   Pero he aquí que eso ocurre a mitad de temporada. La guerra ha acabado. Y se nos ofrece la posguerra. Y hay otra vuelta de tuerca genial: Chuck parece haber perdido. Jimmy parece haber salido bastante bien parado. Pero Chuck emerge casi triunfante y Jimmy casi vencido.

   Admito que esperaba que Chuck, enfrentado ante la evidencia de su enfermedad mental, se encerraría en una paranoia absoluta. Todo lo contrario (una vez más, ¡qué escritores hay en esa sala de guionistas). Mira a las pruebas y concluye que su enfermedad puede ser mental, no física. Que puede haber estado equivocado todos esos años. Y, mente rigurosa, de acuerdo con su doctora (Clea DuVall, esa vieja conocida de “Carnivàle”), comienza su recuperación.

   En cambio, las cosas no van bien para Jimmy. Ni para Kim. Suspendido por un año, pero incapaz de admitir que Kim cargue en exclusiva con los gastos del bufete, Jimmy busca otras vías de ingresos. Dentro de la ley. Y su ingenio, tan fructífero cuando está al servicio de una estafa con todas las letras, es insuficiente para sacar dinero de estos apaños cada vez más desesperados. El viejo Jimmy, el Jimmy de la juventud callejera, empieza a asomar de nuevo. Y esta vez, con un nombre tras el que esconderse: Saul Goodman.

   Saul Goodman. Sabíamos que ese nombre aparecería. El futuro de Jimmy surge como una herramienta temporal, algo que se usará y se desechará. El espectador, que sabe más, sufre o disfruta sádicamente, al ver a Kim y Jimmy reírse de esta criatura ridícula, que, piensan, no tendrá importancia en sus vidas.

   Saul Goodman no es lo mismo que Jimmy McGill, ni siquiera que Slippery Jimmy. Es Slippery Jimmy sin ningún control, sin ningún contrapeso. Y está cada vez más cerca. Cuando sus intentos de lograr dinero de modo más o menos legal fracasan, Jimmy retoma el camino descendente. Estafa a los gemelos músicos (que antes trataron de medio estafarle a él), extorsiona al mezquino encargado de los servicios comunitarios… y teje una red para forzar a sus antiguos clientes de la residencia de ancianos para que lleguen a un acuerdo en el pleito que tanto tiempo ocupó en las temporadas pasadas y él pueda cobrar su parte. Es un plan ingenioso y que vuelve a demostrarnos lo hábil que puede ser Jimmy manipulando a la gente, incluso a gente que le importa. Un plan que nos da uno de los momentos más oscuros de la serie, en penetrantes palabras de Alan Sepinwall: una anciana a la que nadie aplaude al ganar el bingo.

   Jimmy no es, aún, Saul. Sus clientes le importan, le importan genuinamente. Y cuando ve que no puede soportar el sacrificio de esa anciana, pieza clave en su plan, desenreda su propia red y, en verdad, se inmola a sí mismo, a su reputación, para salvarla.

   Esto es muy importante. Se han establecido, lógicamente, paralelismos entre Walter White/Heisenberg y Jimmy McGill/Saul Goodman. La diferencia clave, creo yo, es ésta: Heisenberg estuvo siempre dentro de Walter, esperando que las circunstancias fueran propicias para alzarse; el ansia de poder, de control, la lascivia por la manipulación y el dominio siempre estuvieron en Walter. Jimmy es justo el reverso. Dentro del estafador esperaba su oportunidad el hombre honrado. Llevamos tres temporadas viendo cómo el mejor Jimmy trata de imponerse al Jimmy turbio. Cómo intenta dejar atrás las trapacerías, apoyándose en tres pilares: el amor y el respeto que siente por su hermano y que desea recibir de él; el amor y el respeto que siente por Kim y que desea recibir de ella; la estima que siente por sus clientes y que desea recibir de ellos.

   Pero la admiración y el respeto por Chuck han muerto: lleno de rencor, Jimmy sabotea (es algo trágico) la incipiente recuperación de su hermano, hasta llegar a una desolación mutua total. Las últimas palabras de Chuck a Jimmy son tal vez las más crueles que un hermano puede decirle a otro.

   La estima de sus clientes ha desaparecido, en el sacrificio propio que ha orquestado Jimmy.

   Sólo queda Kim. La espléndida Kim. La relación de pareja entre Kim y Jimmy está entre las mejores que haya visto. Contenida (Kim es una de las personas más reservadas y controladas de la serie, lo que no es decir poco), poco explícita (hay poco contacto físico entre ellos), pero innegable (lo que hacen Bob Odenkirk y Rhea Seehorn sólo con los ojos…). Para que Jimmy caiga en Saul, Kim tiene que desaparecer, de un modo u otro. Esa desaparición está en marcha: a Kim le devora la culpa por su parte en la humillación de Chuck y se zambulle en el trabajo hasta el agotamiento (ese accidente de coche lo temía y lo temía mucho peor). A fin de temporada, Jimmy y Kim han sobrevivido.

   Sin embargo, tenemos la carga del conocimiento. Sabemos que no hay esperanza para Jimmy. No la ha habido para Chuck. No la habrá para Kim.

junio 2, 2017

Relatos de piratas

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:41 pm
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    Desde que un servidor de ustedes era crío, al empezar a leer una novela o un cómic o ver una película o serie, espera con ansia a que aparezca en escena el villano de la función. Asumo que en ocasiones no hay tal villano y aún así estoy ante una obra digna o maestra, pero, pese a ello, siento una ligera comezón sin un malvado con todas las letras (de uno u otro sexo, obvio es decirlo).

    Los piratas fueron en mi infancia bandera de contradicción. A primera vista, pocos podían superar a un auténtico capitán pirata como Malvado. ¡Lo tiene todo! La casaca. El barco. Una tripulación de sicarios. ¡Calaveras y huesos por símbolos! Y si lleva garfio y se llama James, ya para qué pedir más. Por desgracia, aparecieron los románticos (condenado Espronceda) y el pirata, precisamente por ser un villano tan resultón, pasó a convertirse en el héroe. Las películas de Burt Lancaster o Errol Flynn o las novelas de Salgari me desconcertaban. Sí, sí, había algún pirata antagonista; los verdaderos enemigos, sin embargo, eran el Comodoro de turno, el gobernador de Jamaica o Maracaibo. Tardé en verle la gracia a un gobernador de un Imperio como villano, principalmente porque en esas películas solían ser enemigos torpes y bastante estúpidos.

    Hoy día los piratas y sus andanzas me siguen atrayendo, aunque con ciertas cautelas, porque nunca tengo muy claro dónde voy a depositar mis simpatías y si en sus aventuras habrá un antagonista que merezca la pena.

    Con esas cautelas empecé a ver “Black Sails”. Y, voto a tal, si ustedes no tienen los problemas que yo tengo con los muchachos del cofre del muerto y las botellas de ron, pónganse con ella. Es una de las series de aventuras más entretenidas que he visto en mucho tiempo. Hay lo que debe haber en una buena saga de piratería: tesoros, batallas navales, sables, cañones, calaveras, traiciones , mutilados y ron.

    Además, tiene unos de los créditos de inicio más espectaculares de la televisión (aún mejores los de las últimas temporadas, con ese ejército de esqueletos surgiendo del océano).

    “Black Sails” es la hermana mediana entre series como “Los Tudor” y similares (con las que comparte, por ejemplo, que todos los personajes tengan un seguro dental que ya quisiera Lisa Simpson) y la poderosa “Juego de Tronos”. Si bien la gran serie de fantasía de la HBO tiene capítulos enteros un tanto desesperantes y su ración de errores, es una serie monumental, con una excelente banda sonora, magníficos actores y una ambientación cuidada. Hay escenas y diálogos de “Juego de Tronos” que recordaré durante mucho tiempo. “Blacks Sails” no llega a tanto, no ha dejado una impresión tan honda. A su modo, no obstante, juega al mismo deporte, aunque no en la misma liga. Galeones y sables en vez de dragones y espadas.

    No voy a destripar tramas ni giros de guión. Bueno, un poco sí, les avisaré antes. De modo general, debo decir que la serie, considero, se entusiasmó en exceso. Las primeras dos temporadas me parecen redondas: presentan a un puñado de personajes principales y secundarios y les dan un escenario, Nassau, donde desplegarse e interaccionar. El espectador disfruta descubriendo a algunos nombres de “La Isla del Tesoro” antes de que se cruzaran en el camino del joven Jim Hawkings. El capitán Flint; John Silver, antes de obtener el título de Long y de perder una pierna; Billy Bones. Frente o junto a ellos, la astuta Max, la maquinadora Eleanor, el ambicioso Jack Rakham, el feroz Charles Vane o la diestra Anne Bony.

    Estos personajes se alían y se enfrentan y los cambios de lealtades, los cambios de chaqueta y los planes dentro de otros planes son tantos y tan variados que a veces uno necesita hacer una pausa para recapitular. Aunque nadie en la serie le llegue a las suelas de los zapatos, el grandérrimo Al Swearengen se sentiría en su elemento en esta ciudad tan al margen de la ley como Deadwood.

    Aunque constantes, estos cambios de lealtad y estos enfrentamientos no son, casi nunca, artificiosos. Las decisiones de los piratas de Nassau obedecen siempre a una lógica. Lógica de cada uno. Y en esa lógica, curiosamente, se introduce el elemento romántico del personaje del pirata.

    A partir de aquí habrá algunos destripes, espero que menores.

    Aun siendo una serie muy coral, “Black Sails” tiene dos personajes centrales: Flint y Silver. La preeminencia de Flint es clara desde un inicio; Silver tarda más en adquirir relevancia (es un don nadie cuando empieza la serie, mientras que Flint es un capitán temido), aunque una vez comienza su elevación, resulta imparable. Pues bien, Flint y Silver son las dos caras de la moneda de la figura romántica del pirata y ellos dos, en especial Flint, sirven de punto de referencia para todos los demás personajes de la serie.

    Flint es el héroe romántico. Una naturaleza demoníaca, un genio pasional, como un Napoleón en alta mar. Inteligente, despiadado, hábil, carismático, por mucho que su carisma sea en buena medida negativo, Flint se enfrenta, implacable, contra todo y contra todos. Contra algunos, como Charles Vane o Billy Bones porque, conservadores, sólo quieren preservar el viejo estilo de vida del pirata, donde cada capitán y su banda de hombres libres tienen como patria el mar. Contra otros, como Eleanor y Max, pragmáticas reformistas, que consideran que deben moverse con la marea y repensar Nassau si ésta ha de sobrevivir. Flint entra en conflicto con conservadores y reformistas, al ser un heraldo de la guerra total contra el orden establecido, un revolucionario que desea la destrucción del mundo viejo, para traer, a sangre y fuego si es preciso, el mundo nuevo.

    A medida que avanza la serie, al conocer el pasado de Flint y los motivos que le impulsan en su odio perpetuo e insobornable contra los imperios (especialmente el británico), nos damos cuenta de que Flint es, como él mismo admite, un disfraz, una máscara que se ha puesto para ocultar al verdadero hombre; pero las máscaras, lo advertía Wilde, pueden acabar siendo las verdaderas caras. Flint se ha convertido en su personaje. La figura legendaria ha devorado a la persona y le impulsa en su camino hacia las estrellas o hacia el abismo.

    El habilidoso Silver, por su parte, no tiene jamás intención de ser leyenda, pero ser leyenda le es impuesto por las circunstancias. Flint diseñó a su personaje, otros crean el personaje de John Long Silver para el auténtico Silver. Pero Silver se hace con las riendas de ese personaje y, naturaleza racional, la usa para sus propios fines. Fines que sólo conoce él. Silver (y de ello se da cuenta Flint hacia el final de la serie) es un ser opaco entre seres transparentes. Todos (espectadores y personajes) saben quiénes son y qué quieren Vane, Max, Eleanor o Rackham. Nadie sabe quién es Silver ni lo que quiere, sólo él. Es inmune a su propia leyenda, a su máscara ya que, en realidad, se la ha puesto sobre otra que ya llevaba previamente y que tiene bajo su total control.

    La alianza entre Flint y Silver es, así, al tiempo la más firme y la más endeble de todas las que existen en la serie. Porque si bien tal vez sólo cada uno de ellos es capaz de entender y complementar al otro, son criaturas demasiado diferentes para durar demasiado juntas. Flint desea hacer arder la tierra vieja; Silver, que es un cínico sin ilusiones ni ideales, parece (parece, porque con Silver nunca se puede tener nada claro) desea vivir en el mundo, con la mujer que ama y si es rico, pues mejor. El conflicto al final resulta inevitable. Ver cómo va larvando hasta desencadenarse ese conflicto es lo más interesante de la última temporada y, aunque su ejecución no me parece inmune a las críticas, su resolución, aunque esperable desde hacía tiempo, es coherente con la penetración psicológica de Silver, el único capaz de atravesar la máscara de Flint y, por tanto, destruirlo.

    El destino de Flint y Silver, en tanto leyendas, es comprendido por Rackham. Si Flint es el héroe romántico, Rackham es el poeta romántico. Rackham querría ser la leyenda, el Pirata Mayúsculo. Se pasa la serie tratando desesperadamente de salir de su rol de contramaestre conspirador a la sombra de un capitán poderoso (sea Vane, Teach o Flint). Mientras que el resto de personajes tienen móviles pragmáticos o demoníacos palpables, Rackham se mueve para obtener la inmortalidad: desea que la Historia recuerde su nombre y sus hechos. Esto vuelve a Jack un individuo mucho más interesante que el mero intrigante que al principio de la serie parecía ser. Y, además lo convierte en un enlace con el espectador. Es Rackham quien entiende, en una decisiva conversación con una hija de la nueva aristocracia del nuevo mundo, que sus historias no serán recordadas, pero sus leyendas sí. Y que pervivirán como criaturas de cuentos y relatos, no como personajes históricos. Es entonces cuando nosotros comprendemos que el Flint y el Silver y el Billy de esta serie no son el Flint, ni el Silver ni el Billy de Stevenson. La serie juega a ser Historia sobre la que nació la Literatura, aun cuando sepamos, desde luego, que todo es pura ficción.

    He dicho antes que, en mi opinión, la serie empezó a desbarrar un tanto al entusiasmarse, al crecer. Mientras estaba centrada en Nassau, todo funcionaba. Pero para que la pasión de Flint pudiese desarrollarse, la serie se vio obligada a ir mucho más allá, hasta iniciarse una suerte de revolución a lo Espartaco contra Gran Bretaña como nueva Roma. Fue un movimiento ambicioso, que sólo se supo llevar a cabo medio bien. Y que a mí me trajo de vuelta el problema de la infancia. El del antagonista.

    El héroe romántico se debe enfrentar a un enemigo invencible. Sea el Estado, sea el Destino, sea Júpiter Tonante. Lean “El Héroe y el Único”, de Rafael Argullol, que es magnífico y particularmente brillante en este punto. Flint, como Pirata Romántico, se enfrenta a una potencia infinitamente superior a sus fuerzas. Todos los demás personajes se lo recuerdan. La civilización es el nombre de este adversario. Y si los creadores hubieran decidido que este enemigo no tuviera rostro concreto, podría haber funcionado. El problema es que le dieron rostros. De capitanes y, sobre todo, de un gobernador.

    Y no funcionó. El Imperio encarnado en un enemigo tan plano, tan aburrido como un Woodes Rogers producía bostezos. Lo único que daba a Rogers alguna posibilidad tanto dramática como práctica de ser un peligro para Flint, Silver y el resto de piratas era que Eleanor (de un modo un tanto caprichoso) y Max, dos pesos pesados de la serie, se alinearon con él. Pero ni a Max ni a Eleanor se les encargó ser la encarnación del Imperio y la Sociedad, sino sólo sus aliadas más o menos reluctantes. Y así, el tiempo dedicado al enfrentamiento contra Inglaterra, en lugar de ser un clímax épico, se volvió un lastre que distrajo demasiado tiempo y dedicación que hubiera debido otorgarse al duelo entre Flint y Silver.

    Pese este error, el cual lastra las dos últimas temporadas de la serie, “Black Sails” logra ser, durante treinta y ocho episodios, una serie de aventuras a la vieja usanza en la que se ha sabido introducir la visión romántica auténtica del pirata. No es poco. Pese a esas sonrisas perfectas, que no hay quien se las crea. Así que, diantre, sírvanse un grog y tengan la pólvora seca.

marzo 4, 2017

El alegre caso del Doctor Wodehouse y Mister Pratchett

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:10 pm
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       El Doctor P.G. Wodehouse y Sir Terry Pratchett son, en opinión de un servidor de ustedes, los dos mejores escritores humorísticos británicos del siglo XX. Y esto, opino, es como decir los mejores escritores humorísticos mundiales del siglo XX. Sé que Sir Terry se nos fue, alas, en esta segunda década del siglo XXI y que, como buen escritor, murió mientras seguía escribiendo. Sé también que en el siglo XX hay grandes escritores humorísticos, británicos y no británicos. Pero si tenía en cuenta todo eso ya no me salía una frase redonda para comenzar el artículo, diablos. Así que hagamos, ustedes y yo, un esfuerzo mental y finjamos que las últimas líneas nunca han existido. Perfecto. Continuemos.

      Estos párrafos son un humilde homenaje de un lector agradecido. Las obras de Wodehouse y Pratchett me han acompañado durante años y espero que sigan haciéndolo durante muchos años más. Han sido una fuente inagotable de placer, de inteligencia, de risa. Mi vida sería más gris y tediosa si no hubiera tenido cabida en ella la lectura de sus relatos y novelas. Por supuesto, en el breve espacio que permite el formato en el que escribo, no voy a descubrir grandes cosas, me temo. Ni tampoco voy a exprimir hasta la última gota, mientras llevo mi máscara de crítico e intento hacer explícito lo implícito, como diría Bloom. Sobre Wodehouse y Prachett se pueden escribir volúmenes. Se han escrito. Se escribirán. Con todo, tal vez algo aprovechable salga de aquí.

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     Por supuesto, cuanto opine en este artículo se referirá a Pratchett y Wodehouse en tanto que escritores. No pienso emitir juicio alguno, positivo o negativo, sobre sus personas. En primer lugar, porque conozco de modo limitado sus biografías. En segundo, más importante aún, porque carezco de cualquier autoridad para emitir un juicio semejante. En tercer lugar, y quizá más importante aún, porque me resulta irrelevante la vida y el carácter de un artista para poder apreciar su obra. Miren a Shakespeare: no sabemos apenas nada de su vida y nada en absoluto de sus opiniones, sus creencias o sus ideas, al menos no con certeza. ¿Es que eso impide que leamos “El sueño de una noche de verano” o “Medida por medida” y no quedemos con la boca abierta? Dicho esto, admitiré que un individuo capaz de llevar con dignidad tantos y tan diferentes sombreros y que hizo forjar su propia espada para la ceremonia en la que fue nombrado Caballero del Imperio, como Sir Terry Pratchett, tiene mucho para ser considerado respetable; por otra parte, la confesa querencia del viejo Plum, compartida por su esposa, por los caniches, siempre me ha parecido desasosegante.

     La comparativa entre las obras de Wodehouse y de Pratchett siempre me ha resultado atractiva. Tienen tantos puntos de semejanza como de distanciamiento. En algunas cuestiones, tengo la impresión de que Pratchett leyó con atención e inteligencia a su predecesor, mientras que en otras hay casi un abismo entre ellos.

    La mayor semejanza entre ellos está en su calidad como prosistas cómicos. Aunque las tramas de sus novela son siempre entretenidas y las situaciones en las que se meten sus personajes interesantes y en bastantes ocasiones divertidas por ellas mismas, en pocos escritores como en estos dos he observado la importancia de la forma de presentar situaciones, personajes, tramas y escenas. No es tanto el qué ocurre, el qué nos cuentan sino el cómo nos lo cuentan lo que vuelven tan hilarantes sus páginas. El uso de manierismos, repeticiones, aliteraciones, la capacidad de, mientras se sigue usando la figura del narrador omnisciente, meterse en la cabeza de los personajes, enlazando sus pensamientos en el relato de dicho narrador, son técnicas de novelista que ambos usan con maestría. En cambio, es curioso, Wodehouse jamás descubrió el potencial cómico de las notas a pie de página, uno de los recursos predilectos de Pratchett. Recurso, por cierto, que vuelve un tanto frustante la lectura de cualquier ensayo: cada vez que uno ve una nota al pie, irracionalmente, espera poder soltar una carcajada gracias a ella. Al no conseguirlo casi nunca, se experimenta una sensación de desconcierto durante un par de segundos.

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    Pero esa magia que poseen no se puede separar del papel. Stephen Fry escribió que al adaptar parte de las historias de Jeeves y Bertie Wooster para la televisión, tanto él como Hugh Laurie se dieron cuenta de que una buena parte del genio de Wodehouse se perdería de manera irremediable. Tiene toda la razón. La serie es muy divertida, pero no deja de ser una sombra de la maravilla que está escrita. Porque se pensó para ser leída, no para ser visionada. Incluso los diálogos, que podrían considerarse la parte que con mayor fidelidad se puede trasladar de una novela a un guión, resultan mucho más divertidos en nuestras cabezas que en la televisión, por bueno que sea el actor. Fry acierta en este análisis y creo que se puede aplicar sin cambiar una coma al caso de Pratchett.

    La entrega de premios por parte de Gussie, un amigo de Bertie Wooster, es tal vez de las más graciosas escenas de toda la obra de Wodehouse. Siempre que la leo me desternillo. Prueben a leerla en voz alta. De algún modo misterioso, pierde encanto. Piensen en cualquiera de los encuentros entre el comandante Vimes y lord Vetinari: no hay actor, ni director capaces de rodar esas escenas de un modo superior o incluso idéntico a las escenas que nosotros hemos creado en nuestras imaginaciones al leer las líneas. Eso es genio literario. Cualquiera puede describir una casa señorial en la campiña inglesa. Cualquiera puede dejarnos claro que la acción transcurre en una ciudad sucia, caótica y violenta. Pero sólo Wodehouse fue capaz de describir el castillo de Bladings. Y sólo Pratchett fue capaz de que nos sintamos en Ankh-Morpork apenas leyésemos unas palabras. Y de que, al leerlas, de modo inmediato, una sonrisa cómplice, expectante y mravillada se nos dibuje en la cara.

    Tanto Wodehouse como Prachett saben, además, usar el conjunto de su obra como una caja de resonancia cómica. Cada obra es brillante en sí misma, casi siempre. Sin embargo, lo insuperable es el conjunto. No hablo de meras referencias que haya de una novela a otra. Quiero decir que, cuanto más leemos a Wodehouse y Pratchett, cuanto más nos adentramos en sus mundos, más divertidos resultan. Algo que, como lectores novatos, no habríamos encontrado particularmente gracioso se vuelve irresistible cuando ya somos algo más veteranos.

    Al leer, pongamos por caso, en una novela de Pratchett las palabras “el Equipaje” el lector, de modo infalible, sonríe o suelta una risita. O supongamos un breve diálogo en el que sencillamente dos personajes digan:

   -De acuerdo, Jeeves.

   -Sí, señor.

   Estas cinco palabras inocuas habrán puesto en marcha en el cerebro del lector wodehousiano una maquinaria de reminiscencias que ya querría la célebre magdalena proustiana.

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   Eso hace, en parte, que la relectura de los libros de estos dos autores resulte, muchas veces, incluso más placentera que la lectura por primera vez. Cuando la trama ya no tiene secretos para nosotros podemos regodearnos en el uso del lenguaje, en el ritmo de los diálogos, en los párrafos que, sin necesidad de contar ningún chiste, no puede leer uno sin soltar relinchos de risa (para escándalo de vecinos de vagón o cafetería).

    Otra de las semejanzas entre nuestros autores es la intercalación de sagas internas, con personajes recurrentes, independientes entre sí, con novelas totalmente independientes. Bien, la independencia total y absoluta es más rara en Prachett, pero no es inencontrable (ahí,por ejemplo, está su peculiar homenaje dickensiano, “Dodger”). No obstante, ambos gustaron de crear mundos dentro de sus mundos. Ankh-Morpork es un mundo dentro de Mundodisco, como lo son las Montañas del Carnero, y dentro de esos mundos caben otros. La saga de la Guardia (que fue mutando hasta convertirse en la saga de Vimes, en realidad) o la de las Brujas, las historias de Tiffany Dolorido o del habilidoso Von Lipwig miran de igual a igual a las historias de Jeeves y Wooster, la saga del castillo de Bladings, con lord Elmsworth a su cabeza, o las maquinaciones de Upkridge. Y aunque sean sagas independientes, forman parte del mismo universo y pocas cosas causan más placer al lector que ver personajes habituales de una de dichas sagas apareciendo donde uno no se lo esperaba. Cosa que ellos saben y saben usar con astucia.

    Ambos sabían también emplear el personaje múltiple. Wodehouse creó en un rapto de genialidad el Club de los Zánganos y nada como un coro de Huevos Duros y Buñuelos perorando sobre cualquier asunto para diversión del lector. Aún mejores eran sus personajes múltiples formados por severas tías, padres gruñones y prometidas cada vez más desencantadas, capaces de destrozar al más bienintencionado pretendiente. Aquí, es justo decirlo, Pratchett se lleva el triunfo: porque no se ha inventado mejor personaje cómico múltiple que el Claustro de la Universidad Invisible. Creo que en “El País del Fin del Mundo” Sir Terry se dio cuenta de la mina de oro que acababa de descubrir si ponía al Tesorero, al Archicanciller, al Decano y al resto de esos magos pomposos y glotones trabajando al unísono. Un personaje múltiple no es lo mismo que usar varios personajes: es crear un personaje de la unión de no-personajes. Nadie se acordaría de un Buñuelo anónimo o del Decano si aparecieran por su cuenta: carecen de espesor y de carisma. Sólo funcionan como parte de un multiorganismo literario mayor. Que ese personaje múltiple funcione sin que sus miembros se estorben unos a otros es uno más de los muchos talentos de Pratchett y de Wodehouse.

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   Pero, claro está, Wodehouse y Prachett también tienen sus diferencias. En mi opinión, dos muy claras: sus tipos de personaje y de humor.

   No es que considere que los personajes pratchettianos pudieran aparecer en una novela de Dostoievsky sin que nadie se diera cuenta. Me parece, no obstante, que Pratchett trató por todos los medios de ahondar en algunos de sus personajes o de ir revelando que eran más complejos de lo que parecían en un primer momento. Así, aunque Vimes es Vimes desde un inicio, su carácter y opiniones van cambiando a a lo largo de sus historias y se percibe una evolución en el mismo. De modo diferente, vamos descubriendo que el capitán Zanahoria es mucho más que un enano por adopción (de dos metros) y una luminosa visión optimista de la vida o que Tata Ogg no es simplemente una anciana con un escabroso sentido del humor y una capacidad para trasegar alcohol encomiable. Por otro lado, los personajes de Wodehouse no cambian, jamás. Jeeves es Jeeves y Wooster es Wooster. Tía Dahlia no modifica un ápice sus modales bruscos de vieja parienta entrañable. De un modo análogo, las criaturas de Pratchett pueden mostrar o experimentar una gama de sentimientos más compleja que los de Wodehouse. No todos, desde luego. El muy honorable Y.V.A.L.R. Escurridizo tiene un espesor emocional de medio milímetro. Lo cual no es impedimento para que resulte uno de los secundarios más memorables de la muy memorable galería de secundarios del Mundodisco.

    Mi impresión es que esta diferencia no implica que Pratchett sea un psicólogo más perspicaz que Wodehouse o un escritor más capaz para indagar en la mente y el alma. Más bien sospecho que Wodehouse no quiso volver a sus criaturas más ambiguas, más contradictorias, porque, en el mundo que había creado para ellas, esa ambigüedad, esa contradicción no tenían lugar.

    Hay quien dice que Pratchett es un escritor de fantasía humorística. También hay quien dice que Practchett es un escritor de humor fantástico. A los zelotes de ambas opiniones les invitaría con gusto a una arena, bien provistos de armamento, para que se destripen mientras otros hacemos apuestas. El elemento fantástico, sea principal o secundario, no se discute. Seamos honestos, yo tampoco lo discuto. Caramba, a un mundo con brujas, hechiceros (y rechiceros), dragones, trolls, el Equipaje y el Bibliotecario, es difícil escamotearle el calificativo de marras.

    Sin embargo, escarbando no demasiado, observamos que en el Disco hay varios viejos conocidos de la vida ordinaria. Existen el fanatismo y la hipocresía, la xenofobia y el miedo, odios irracionales ancestrales, cínicas manipulaciones de los poderosos y un puñado de esos héroes ordinarios que siguen bregando pese a todo y que no siempre ven que su entereza tenga recompensa.

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   El mundo de Wodehouse ha sido definido por algún crítico como el de la Humanidad antes de la Caída (analogía que se entiende, aunque su teología pueda ser muy discutible). En el mundo de Wodehouse, sobre todo en la Inglaterra de Wodehouse, todo es casi frívolo, porque hasta la profundidad es leve, esponjosa y alegre. La pobreza puede ser una molestia, pero no un drama y nadie la teme de verdad. La diferencia de clases existe como parte de un juego, no como un problema que la filosofía política deba resolver y, seguramente, Jeeves levantaría medio milímetro su ceja izquierda si alguien expusiese los defectos del feudalismo. Los criminales, como mucho, son cómicamente patibularios. Los millonarios codiciosos y tacaños son desagradables, pero siempre ridículos. Hasta el protofascista Roderik Spode no deja de ser un payaso del cual Wodehouse se burla con su particular falta de bilis. El Mal en el mundo de Wodehouse tiene su máxima encarnación en una rica y gruñona tía que se empeña en arruinar el desenfadado estilo de vida de un sobrino un tanto tarambana pero encantador en su inocencia. El Mal en Mundodisco es tenebroso y con los colmillos bien afilados.

   El mundo idílico de Wodehouse es, así, una tierra más fantástica que el mundo lleno de prodigios y hechicerías de Pratchett. Y la naturaleza tan distinta de sus universos explica que los humores de los escritores sean también diferentes. O, tal vez, el que sus humores y, en parte, forma de plasmarlos literariamente sean diferentes es la causa de unos universos tan dispares. Aunque desde luego Wodehouse puede ser muy irónico, no es un satírico. Y aunque Pratchett sabe usar el absurdo, emplea el humor más bien como una herramienta de reflexión. Pratchett tiene aquí un mínimo punto de contacto con otro gran escritor cómico, Tom Sharpe. Pero Sharpe, si bien es un satírico, es más desolador que Pratchett. En verdad, en este aspecto, Sharpe es el contrario de Wodehouse: un reflejo deformante, un infierno grotesco que da la réplica al arcadia amable del viejo Plum. Pratchett no es un creador de monstruos contrahechos y Sharpe, sí.

   No estoy seguro de que el arte de Pratchett sea por ello superior al de Wodehouse. Es cierto, en ocasiones Pratchett me ha movido a reflexión (tampoco nos pasemos y convirtamos a Pratchett en un Shakespeare o un Dworkin, porque no lo es, ni creo que jamás quisiera serlo). Pero es fácil subestimar el esfuerzo de orfebre de Wodehouse, quien, de modo disciplinado, se dedicó a refinar su humor hasta volverlo casi puro, sostenido sólo por un ingenio amable para las tramas y un amor sin límites por las palabras, sin ceder a la tentación de regodearse en el sarcasmo malvado, tentación que todo humorista padece; el sarcasmo es muy gratificante.

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   Wodehouse nos dejó un colección de libros y un mundo que han sido alivio y bálsamo para generaciones de lectores, que les permitieron sonreír y reír. Pratchett, con la risa, nos mezcla alguna lágrima melancólica, pero que siempre termina deslizándose por una sonrisa irónica.

   Chesterton escribió, a propósito de “El sueño de una noche de verano” que como el hombre vive en una frontera, puede encontrarse en una atmósfera espiritual o sobrenatural, no sólo siendo profundamente triste o meditativo, sino siendo extravagantemente feliz. El alma puede escapar del cuerpo en una agonía de pesar o en un trance extático; pero también puede abandonar el cuerpo en un paroxismo de risotadas.

   Nuestros dos maestros cómicos han logrado que esas risotadas y carcajadas resuenen altas, fuertes y claras durante al menos un siglo. Y por muchos más, esperemos.

enero 28, 2017

Una sobrina de Dickens

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:58 pm
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       A series of unfortunate events es una saga de libros, escrita, según parece, por Lemony Snicket. Una saga que no he conseguido leer aún y que tengo entre mis deudas personales. Lo que sí he podido hacer es ver las dos versiones, cinematográfica y televisiva, se han efectuado. La primera, la disfruté en una de esas tardes donde uno se deja llevar por la vagancia y decide ver lo que por casualidad encuentre. Pasé dos horas entretenidas. La segunda la vi con plena conciencia y bastante curiosidad. Pasé ocho horas muy entretenidas.

      La adaptación que Netflix ha efectuado tiene una factura formal perfecta. Desde las primeras escenas, la atmósfera de la serie me agradó: un mundo muy cercano al real, al cotidiano, pero justo fuera del mismo. Una pequeña exageración en el color aquí, una mezcla anacrónica de ropas y mobiliario por allí, maquinarias algo estrafalarias en una esquina, una época que casi se puede determinar, pero sólo casi, en la que se cuelan facetas de diferentes décadas y países… aunque nada realmente fantástico, nada mágico, nada salido de un cuento de hadas. Nada tengo yo contra lo fantástico, lo mágico ni los cuentos de hadas, antes al contrario; ahora bien, el falso realismo casi mágico es una ambientación ambigua, borrosa y llena de grises, por colorida que aparente, la cual, si está conseguida, me fascina. Esta serie (llena de desdichas; perdón), lo consigue.

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         Voy a procurar no hacer destripe alguno. Por lo tanto, no comentaré la trama. Sin embargo, como prefiero empezar indicando lo que me parece flojo de una película, serie o libro y como uno de mis dos mayores problemas está con un punto de la trama o, más bien, en cómo se muestra un punto de la trama, me arriesgaré un poco. En el último capítulo de la temporada hay un momento tramposo y que revela una trampa que se lleva preparando desde varios capítulos atrás. No es una trampa grosera y, en verdad, si uno llevase a los guionistas y directores a juicio, podrían sus abogados muy bien argumentar que en verdad la culpa es casi toda del espectador, por no hacer caso al consejo de Javier Cercas: hay que desconfiar del escritor. No obstante, una trampa casi igual se tendía en “El silencio de los corderos” (la película de Jonathan Demme) y bien tendida estaba; aquí, en cambio, en el momento cumbre de la trampa, justo antes de que se cerrara sobre el espectador, se olía lo que iba a pasar. Y eso es indigno de un buen trampero.

      El segundo problema lo tengo con los actores que dan vida a los protagonistas. No respecto del bebé, claro, es un bebé. Pero los dos actores que encarnan a Violet y Klaus Baudelaire (Malina Weissman y Louis Hynes) me resultaron un tanto sosos, poco expresivos. Aunque desde luego la que les cae encima a los Baudelaire es suficiente para dejar sin aliento a cualquiera, estos críos inteligentes, capaces y resolutivos, según nos dicen y según se desprende de sus acciones, no terminan de conciliarse con unos actores un tanto monótonos. Ni en sus momentos de casi alegría, ni en sus momentos de lucha, ni en sus momentos de desesperanza sentí simpatía alguna por los tres huérfanos, tal y como aparecían en la pantalla.

       Y esta falta mía de empatía por los Baudelaire me lleva a mi pequeña tesis: que esta serie y, supongo, los libros en los cuales se basa, tiene muchos ecos del mundo dickensiano.

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        Los protagonistas de Dickens (con la gloriosa excepción de Mr Pickwick) son bastante inaguantables. ¡Oliver Twist! ¡David Copperfiled! ¡Hasta Pip! Huérfanos, casi siempre, sobre ellos se abaten tremendas desgracias. Pese a que Dickens obviamente simpatiza con ellos y pese a que los corazones de generaciones de lectores han sangrado por ello, a mí siempre me han causado un principio de dispepsia. Dickens nunca es peor que cuando se vuelve sentimental y con sus protagonistas huérfanos, el viejo Charles prácticamente solloza.

       Los Baudelaire son huérfanos (no cuenta como destripe, se dice en los primeros cinco minutos de la serie). Sobre ellos se abaten tremendas desgracias (tampoco es destripe; diablos, está en el título). Son bastante dickensianos. Pero podrían haber sido personajes cuasi dickensianos que me cayeran bien. El hecho es que estoy bastante seguro de que los personajes de Violet, Klaus y Sunny sí me caen bien. Tiene virtudes estimables. Me caían bastante bien en la película de 2004. Es en esta versión en la que no logro sentir por los tres hermanos más que cierta indiferencia.

      La influencia de Dickens es aún más clara cuando alzamos la vista y nos fijamos en la legión de secundarios. ¡Ah, en eso sí que era Dickens un maestro! Ningún escritor, aunque ha tenido muy meritorios alumnos y seguidores, logra poblar una novela con tal cantidad y variedad de criaturas extrañas, positivas y negativas. Más duendes que personas, opina, creo, Chesterton, en una de sus críticas. Los secundarios y terciarios que pululan en torno a los Baudelaire difícilmente pueden considerarse positivos, con escasas excepciones, como el tío Monty o la llena de recursos Jacquelyn. En general son neutros o pragmáticamente negativos, por buenas intenciones que tengan: así están el ilimitadamente obtuso y cuadriculado Mr Poe, la ingenua juez Satruss o la traumatizada tía Josephine.

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       Del lado de la villanía, un grupo de esbirros patibularios, grotescos y torpones, que sirven de séquito para el malvado de la función, el pérfido conde Olaf. Olaf es uno de los motores de la serie. Neil Patrick Harris hace un buen trabajo, al dar vida a este antagonista excéntrico. Olaf es un personaje peculiar. Por un lado, es un pésimo actor, pese a estar convencido de lo contrario. Su inmenso ego le hace creerse el mayor actor existente y todas sus intrigas exigen que se disfrace, adoptando una u otra personalidad; es siempre obvio, tanto para los Baudeliare y para el espectador (¡pero sólo para ellos!) que detrás del maquillaje, intenta ocultarse el conde. Hace falta ser buen actor para interpretar a un mal actor que se pasa la vida actuando. Harris sale con bien del lance.

       Hubiera sido muy sencillo convertir al conde Olaf en un mero villano ridículo, cuya derrota resultaría inevitable a manos de los héroes, quienes no tendrían que sudar mucho para desenredar sus ardides. Pero entonces no sería ésta “Una serie de catastróficas desdichas”. Lo más interesante de Olaf es que, siendo un mal actor, siendo torpe, siendo cómico, siendo grotesco, es, en efecto, una amenaza real. Sus planes, dentro de este mundo, están siempre a punto de fructificar. Consigue, implacable, rastrear a los tres huérfanos, por mucho que ellos se oculten, huyan y pongan tierra de por medio. El conde, tarde o temprano, siempre está ahí. Y es malvado, cruel, despectivo y asesino. Es un malvado-cómico a quien los protagonistas tienen que tomar en serio.

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        Otro de los grandes aciertos de la serie es el narrador. El mismo Lemony Snicket (o quien se nos presenta como tal), nos acompaña desde el primer segundo. Con su aburrido traje y su aburrida corbata, su voz grave, melancólica y pesarosa, su mueca taciturna, las intervenciones del narrador, haciendo de ventana en la cuarta pared, dan el tono del humor de la serie: seco, negro, con ciertos toques absurdos y un regodeo un poco enfermizo en sus recordatorios constantes de que ésta no es una historia con un final feliz, ni tampoco con un comienzo o un intermedio muy alegres. Es un astuto recurso televisivo para suplir uno de los, supongo, mecanismos de la saga literaria. Una novela puede apoyarse en el narrador, omnisciente o no, para desarrollar pensamientos, contexto y el humor o el drama propios de la obra. En el cine y la televisión, que tienen otros recursos, la traducción de esta técnica literaria es complicada o imposible. La solución de esta adaptación es ingeniosa y en absoluto artificiosa: el narrador encorbatado se integra sin chirridos en la pantalla y su presencia física lo vuelve más cercano y atractivo que una simple voz en off.

       Con tres huérfanos, unas tramas que aún habrán de retorcerse más, secundarios estrafalarios y uno de los malvados más peculiares del que tenga noticia, “Una serie de catastróficas desdichas” es una digna familiar indirecta de Charles Dickens y su mundo literario. Aunque, al acercarse al final de una obra de Dickens, normalmente, se acerca uno a una luz tras tanta oscuridad, dolor y pérdida que habían afligido a los protagonistas. Aquí, si Mr Snicket no nos miente, los Baudeliere sólo se adentrarán en una oscuridad más profunda.

      Y, como espectador, estoy ávido por presenciarlo. ¿Qué clase de persona me vuelve eso, me pregunta, Mr Snicket? Usted lo sabrá. Escribe para gente como yo.

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