Con un vaso de whisky

junio 18, 2018

Sherlock Freud contra Freddy el Destripador

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:18 pm
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   No creo sorprender a nadie que me haya leído en otras ocasiones si digo que, estéticamente, siempre me ha gustado la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo la británica. Y las historias de detectives. Y los asesinos en serie (quiero decir, leer o ver obras sobre los mismos, desde la egoísta seguridad de mi salón; no se escuchan los Pasajes del Terror del señor Cebrián impunemente).

   Teniendo en cuenta esto, la serie “El Alienista” tenía bastantes papeletas para parecerme, como poco, un buen entretenimiento. Pues no. Han sido diez episodios de bostezo perpetuo. Un desperdicio. Una serie que podía haber sido curiosa, tirada a la basura. Transcurre en un Nueva York sombrío (no es Londres, pero tampoco vamos a ser exquisitos). Hay un asesino truculento. Un pionero en la psicología criminalística (aunque no menciona la frenología, para disgusto, supongo, de Charles Montgomery Burns), que además es interpretado por Daniel Brühl, un actor que nunca había visto fallar en un papel. Una mujer policía, pionera también. Dos detectives judíos con nombres shakesperianos que podrían haber sido personajes de alguna película de los hermanos Coen. Personajes históricos (Theodore Roosevelt, J.P. Morgan) mezclándose con los ficticios. ¡Díganme que con esto no se habría podido hacer una serie decente, incluso digna y hasta grande! Pues nada.

   “El Alienista” es tan mezquina que ni siquiera nos permite destriparla entre carcajadas. No es ni una obra mala, consciente de ello y que se ríe de sí misma, ni una obra con pretensiones pero tan infame que resulte divertida. Ni ese pequeño placer concede. Es una implacable mediocridad blanda. Desesperadamente tediosa.

   Como no merece que le concedamos, ni ustedes ni yo, ni una pizca de piedad, seamos claros: esta serie falla en los aspectos formales, falla en la dirección y en la interpretación y falla en el guión. Los trajes, bien. Pero para ver trajes victorianos, pónganse con “Penny Dreadful” que, con sus defectos, es muchísimo más entretenida. Y tiene brujas, vampiros y demás parafernalia nocturna.

   Cada plano, cada secuencia, cada plano secuencia es de un convencionalismo gris. No uso aquí el término “convencional” al modo de Chesterton, que es elogioso. Porque hay series convencionales que saben usar muy bien la convención, directores ortodoxos y artesanales que merecen estima. Estos de aquí, santo cielo, no dan una. Cada vez que tratan de crear la atmósfera inquietante, amenazadora, asfixiante o trepidante que supongo intentan, logran una sensación de vergüenza ajena. Cuando tratan de electrificar al espectador, de hacer que estire el cuello y se siente en el borde de su asiento, consiguen que esté arrellanado en su sillón, ojeando un libro, una revista o su teléfono móvil. ¿Oh, aún no ha acabado el episodio?

   ¡Esa banda sonora plana, usada sin ninguna imaginación, subrayando, con la sutileza de una apisonadora, los momentos que quieren ser dramáticos, los sentimentaloides, los terroríficos de cartón-piedra! ¡Ese empleo de la cámara lenta, al cruzar dos personajes una mirada! ¡Fijaos, fijaos, estos dos no se llevan bien! ¿Lo habéis visto? ¿Hacemos que se crucen a cámara lenta de nuevo, por si se os ha escapado?

   Los personajes y los actores. El único que roza el aprobado es Luke Evans. ¡Quién lo iba a decir! No es que haga un papelón, pero su ilustrador alcohólico es uno de los pocos seres no inaguantables de esta ciudad. Genuinamente compasivo y bastante decepcionado consigo mismo, al menos trata de enderezarse, según cree que debe hacerlo, sin aspavientos. Incluso demuestra un cierto ingenio en un par de ocasiones. ¿Es un personaje olvidable? Por completo, pero comparado con lo que tiene a su alrededor, cuanto más tiempo está en pantalla, mejor.

   Todos los demás, al Frente Ruso. Todos. Miss Jordan es una decepcionante Dakota Fanning, cuyo registro aquí se limita a tener cara de indigestión en diferentes grados de agudeza: cuando la escena se supone cumbre, parece que va a vomitar; pueden ser náuseas, lo cual contaría a favor en cuanto a gusto y en contra en cuanto a talento interpretativo. Su personaje, por otro lado, que sobre el papel se supone que tiene cierta energía y capacidad de cerrar muchas bocas, no hace nada digno de mención ni de recuerdo. Ni una escena, ni una línea, ni un gesto. Como todos los demás, eso es verdad.

   Los hermanos Isaacson podrían haber desaparecido, dejando que el trío protagonista llevara a cabo sus averiguaciones y la historia no se hubiese resentido en absoluto. No son ni personaje sin recursos narrativos. Son nada. La subtrama de Esther y Marcus no entiendo cómo se libró de las tijeras. Como otras muchas escenas o diálogos. Si se empezasen a cortar trozos que no aportan ni estéticamente, ni como desarrollo de trama o personajes, ni resultan entretenidos, divertidos o emocionantes, nos quedamos con cuatro episodios de media hora. Que serían mediocres, pero digeribles.

   La serie pretende que nos creamos a Brian Geragthy como Theodore Roosevelt. Aunque en un par de ocasiones el guión intenta a la desesperada que veamos al comisario de policía como un hombre de callada fuerza e imperturbable honestidad, no cuela. Es imposible que un actor tan inexpresivo y anodino (al menos, aquí) como Geragthy sea creíble en el papel de quien fuera uno de los más carismáticos, pintorescos, agresivos e implacables presidentes de Estados Unidos. Ni siquiera en su juventud, por muchos anteojos que le pongan.

   Al pobre Ted Levine, un buen actor de reparto, sólo le permiten arquear las cejas como un villano de folletín barato, en un papel asombrosamente mal escrito, incluso para la media, que sólo se salva por agravio comparativo, porque tiene al lado al insufrible capitán Connor, una mala caricatura de matón. Y ver aquí a Robert Wisdom, el inolvidable Howard “Bunny” Colvin de “The Wire” es descorazonador.

   Ay, Daniel Brühl. Laszlo Kreizler. Dios bendito, qué tipo más estomagante. Un pseudo Freud refundido en una mala imitación de Holmes. El enésimo detective aficionado que es más listo que todo el mundo, atormentado por su pasado y sus dolores, incapaz de revelar sus sentimientos. Madre mía, es que se cae uno dormido sólo de escribirlo. Si alguien hace un personaje así, aunque lo hayamos visto mil veces, hay que darle alguna virtud: tiene que ser brillante o ingenioso o eficaz. Algo tiene que hacer bien. El doctor Kreizler no hace nada bien, desde que comienza hasta que termina la temporada. Pasa de una arrogancia sin justificación a una autocompasión aún más insoportable, para regresar al final a salvar el día y aportar cero a su grupo de detectives marginales. Hagan el experimento, si han padecido la serie: eliminen a Kreizler. ¡Todo ocurriría exactamente igual! Y nos libraríamos de él, que no sería poca ventaja. Hasta Brühl parece harto del personaje, viendo la absoluta falta de interés que pone en su actuación.

   El guión es perezoso y torpe. La investigación avanza a trompicones, sin que haya un hilo que los detectives realmente logren atrapar para ver a dónde les lleva. No hay un rompecabezas que se vaya resolviendo, así que esto no es una historia de la Época Dorada de lo Detectivesco. Pero tampoco es (aunque sospecho que lo pretende) un retrato vívido y convincente de una sociedad corrompida y más allá de la redención, en la que el crimen no es una anomalía, sino una consecuencia lógica, así que tampoco es una obra del género negro.

   Ni hay pistas que seguir que atrapen al espectador, ni hay una trama subterránea que se vaya revelando. Particularmente torpe es la historia del primer falso sospechoso que se nos presenta, quien obviamente no es el sanguinario asesino. El modo en que pone fin a la misma no es infame, pero lo que no tiene ningún sentido es que no tenga repercusiones. Y no las tiene, pese a que los guionistas amagan con ello. Sencillamente, la dejan de lado; es probable que no supieran qué hacer con ella. Se la podrían haber ahorrado y aligerar este bodrio en cuatro horas.

   Uno tiene la sospecha de que eso mismo ocurre con el asesino de verdad. Después de que finalmente su identidad sea revelada (y a nadie le importe un bledo), nos escamotean lo que se supone que es lo que busca el protagonista desde el principio: el motivo. Y, por favor, no me digan que esto es un astuto retorcimiento de la serie, que así nos deja en un terreno de nihilismo intelectual o filosófico. Esta serie no va por ahí. Puede intentar vestirse de ironía negativa el anticlimático final, pero la sensación que yo tuve es que, simple y llanamente, así se evitaban dar explicación alguna. Que es algo mucho más cómodo.

   Ojo, eso no tendría que ser una mala cosa. La escena del psiquiatra explicando lo que le pasa a Norman por la cabeza es lo más flojo de “Psicosis” .Pero “Psicosis” es una obra maestra del terror y no había un criminólogo desde el primer minuto hablando de las motivaciones de los asesinos (y no acertando ni una). Aquí, el pacto con el espectador exigía una explicación. Que podría ser que la diera alguien que no fuera el doctor Kreuzler, cuya incompetencia profesional ya estaba más que establecida. Pero que alguien nos la debía, aunque fuera el asesino del montón ése. Menudo asesino, por cierto. Diez episodios esperando una bestia infernal y es un don nadie. Bueno, está a la par con los investigadores.

   Burda, aburrida, plana, esta serie no tiene ni una sola cualidad por la cual se la pueda recomendar. Es una pésima obra de aficionado al género a quien le han dado un montón de dinero para llevarla a cabo. Si no es usted amante de lo detectivesco, lo terrorífico o lo decimonónico, al verla no se sentirá, por lo menos, ofendido. Pero aburrido, sí. Eso, se lo garantizo.

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mayo 22, 2018

Tras la catástrofe

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 9:35 am
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    Me van a perdonar que tiemble un poco al teclear, porque no sé si estaré a la altura de la tarea. Que me quite las sandalias literarias. Porque voy a escribir algunas impresiones sobre la primera temporada de una serie desconcertante y cercana, bella y extraña, asombrosa y áspera. Una serie que bien puede hacer estremecer al espectador y de la que puede decirse (perdonen la segunda referencia bíblica) “qué terrible lugar es éste”. “The Leftovers”. Los Restos.

    La premisa de la serie la supongo conocida, pero la voy a resumir: un día, el 14 de octubre de 2011, de modo repentino, el 2% de la población mundial desparece en un instante. Es lo que se conoce como “The Sudden Departure”, la Partida Súbita (las traducciones que haré de ciertos términos será la mejor que logre dentro de mis limitaciones; cuando se topen con un traductor, invítenle a una copa, que son un gremio esforzado y dignísimo). Tres años después, nos dejamos caer en la ciudad de Mapleton, Nueva York, donde transcurrirá, con pocas excepciones, la mayoría de la temporada. Y la ciudad, como el mundo, ha cambiado desde esa fecha fatídica.

    Una gran virtud de la serie es la ausencia total de explicaciones sobre la Partida. En algunos episodios se escucha a líderes de las comunidades científica y religiosa igual de desconcertados. La gente de ciencia, la gente de fe, la gente de ciencia y fe están perdidas, nadie sabe qué ha sucedido, cada cual busca sus propias respuestas. Y los espectadores están como ellos. No se dirá desde qué perspectiva hay que contemplar los hechos. Se respeta la libertad del que ve y oye lo que ocurre. Hay, sí, pistas y mensajes, parece, que va recopilando uno de los personajes principales, el jefe de policía de Mapleton, Kevin Garvey. Pero, ya lo veremos, teniendo en cuenta tanto los emisores como el receptor de dichos mensajes, pueden tomarse los mismos con notable escepticismo. Inteligentemente, el personaje que parecería el más indicado para dar la explicación religiosa más obvia (que la Partida es el Rapto, the Rapture, creencia de algunas iglesias evangélicas según la cual los elegidos serán arrebatados de improviso y llevados a los Cielos), el reverendo Matt Jamison, la combate con ferocidad.

    A mí me tienden a gustar mucho las tramas y las subtramas, los complots y las conspiraciones, los misterios y los laberintos. Me suele gustar una serie astuta de enigmas si luego da respuestas correctamente encadenadas a esos enigmas, aunque sean respuestas implícitas. O sea, justo lo contrario de lo que hizo la célebre estafa llamada “Perdidos”. “The Leftovers”es su opuesto. Menciono “Perdidos” no sólo porque me parece representativa (hay quien menciona a “Twin Peaks”, sobre todo su reciente última temporada, como ejemplar estafa, pero eso es no entender nada de Lynch, a quien lo de dar sentido a nada jamás le ha preocupado lo más mínimo), sino porque comparten responsable, Damon Lidelof, a quien he empezado a tener en más estima.

    Al contrario que en las andanzas de los habitantes de la Isla, en “The Leftovers” lo que importa aquí no son las tramas. Son los personajes, de los más cercanos a ser personas de los que he visto en mucho tiempo. Ellos y sus relaciones, sus sentimientos, sus emociones. “The Leftovers” es la serie más emocional que conozco. Y la menos sentimental. Esto me dejó perplejo y maravillado. Ni quienes me recomendaron la serie ni yo mismo somos fáciles de conmover, se lo puedo asegurar. Pues bien, hay momentos en algunos capítulos que se forma un nudo en la garganta. Si uno se ríe en otros, sospecho que es por mecanismo defensivo o porque, como decía Leonor de Aquitania en “El León en Invierno”, sonreír es nuestra forma de mostrar desesperación. Uno de esos recomendadores me dijo que había comenzado a llorar en una escena de una temporada posterior, primera y única vez que le había ocurrido ante una obra de televisión. No me sorprende. Esto es una prueba de la inmensa calidad de esta serie como aparato narrativo y emocional.

    Voy a repetirlo, porque quiero que quede claro: no es una serie que busque la lágrima fácil. No manipula de modo obvio al espectador. Lo conmueve. Busca la compasión, la conmiseración. El padecer con, el sentir con los personajes. Es, así, muy dura, muy áspera, en ocasiones de una crueldad refinada. Dos de los mejores episodios, centrados en dos personajes secundarios que van creciendo, Matt y Nora, rozarían el sadismo si no fuera porque la óptica de la serie es más melancólica y compasiva que malévola (el espectador, claro, puede adoptar la otra perspectiva). El tercero, centrado en Matt, (un inmenso Christopher Eccleston, aun sin su acento escocés) merecería sermones y artículos sobre teología e ironía y puede defenderse que es demostración del axioma “Ninguna buena acción queda sin su justo castigo”. El sexto, protagonizado por Nora (Carrie Coon, la mejor actriz de la serie, para mí, un talento extraordinario) logra que penetremos en la mente y alma de uno de los personajes más reservados de la serie que se revela como uno de los más conmovedores y tiene una escena, la de un abrazo, que no sólo es un do de pecho interpretativo de Coon sino que, sólo por ella, se justifica una subtrama bastante cansina de la serie.

    Este inmersión emocional se consigue por una conjunción virtuosa de guión, dirección, actuación (con escasas y deshonrosas excepciones, actores de sobresaliente) y música. Voy a parar un segundo aquí. La serie emplea bien canciones y música compuesta al margen de la serie. Pero es la banda sonora original la que destaca. La partitura es de Max Richter, uno de los grandes compositores contemporáneos (no dejen de escuchar su recomposición de “Las cuatro estaciones”, de Vivaldi) que aquí está, sencillamente, en estado de gracia. Ese piano y esas cuerdas. Sin ellos la serie no sería igual ni tendría el mismo efecto turbador.

Ahora, sí, no puedo analizar ciertos aspectos sin revelar parte de la trama. Ya les he dicho que eso no es, ni con mucho, lo más importante, pero si no han visto esta primera temporada, siempre es mejor verla con poca información.

   La serie tiene en su centro (aunque se va volviendo coral, a medida que avanza) en la familia Garvey. Los Garvey son una familia atípica en este mundo: ni uno sólo de sus miembros es uno de los Departed (Los Que Partieron). Pese a ello, es una familia rota. Laurie, la madre, se ha unido a un grupo sectario, The Guilty Remnant (Los Que Permanecen Culpables o Los Culpables Que Permanecen). Jill, la hija y Kevin, el padre, viven juntos, pero como extraños que apenas se hablan, Jill encerrada en sí misma y en su dolor, Kevin temiendo estar perdiendo la cabeza. Tom, el hijo, está lejos, en otra especie de secta dirigida por un enigmático sanador con un harén de jovencitas asiáticas llamado Wayne.

    Un apunte rápido sobre Wayne: su subtrama es la más aburrida de la serie. Empieza como un misterio con tintes sobrenaturales que se deja sin concluir y, aunque queda al criterio del espectador si era un estafador, un loco o en efecto alguien con habilidades excepcionales, podría quitarse toda su parte, así como las escenas de Tom y Christine sin problema; salvo por esa escena del abrazo con Carrie Coon y el encuentro final de Wayne con Kevin.

    Que esta familia, como el resto de personajes, no vivía en el paraíso en la Tierra antes de la Partida se nos revela en el estupendo penúltimo episodio de la temporada, que permite reinterpretar y comprender bastante de lo que hemos visto antes. Pero era una familia, cuya aniquilación desquicia a sus miembros. En este sentido, la serie, podría defenderse, toma partido de la máxima aristotélica del hombre como animal social, que no puede vivir en soledad absoluta sin hacerse daño. O, como sentenciaba Yavhé en el Génesis “No es bueno que el hombre esté solo”. Todos los personajes se sienten abandonados, solos y vacíos en este mundo y cada cual trata de poner remedio como puede: aferrándose a rutinas ritualísticas como Nora; emprendiendo cruzadas más o menos loables como Matt; cayendo en un hedonismo en el que nadie parece disfrutar ni un poco, como los amigos de Jill o los asistentes a la convención a la que Nora acude; fingiendo que el mundo es, en esencia, el mismo que antes, como la alcaldesa o Kevin. A ninguno les funciona.

    Y frente a todos ellos (su mayor rival empieza siendo Kevin, pero termina siendo Matt) se encuentran la secta de los Guilty Remnant. Es uno de los hallazgos de la serie (y, supongo, de la novela en la que se basa esta primera temporada, de Tom Perrota). Vestidos siempre de blanco (aunque de gusto más bien escaso en la ropa). Fumando un cigarrillo tras otro como parte de su hermético conjunto de creencias. Perpetuamente silenciosos, comunicándose, entre sí y con los demás sólo mediante notas escritas. Pasivo-agresivos de matrícula de honor, siguiendo, acechando, contemplando a los demás habitantes de la ciudad, provocando, de modo planificado, su animadversión, su hostilidad. Boicoteando cada acto que conmemora la Partida o intenta que la vida continúe como antes. Insistiendo, de un modo u otro, que el mundo ya no es el que era, que todo ha cambiado.

   Este grupo sectario es muy sugerente. Aunque hay noticias de que sectas y grupos extremistas religiosos se han multiplicado desde la Partida (de tal modo que una agencia federal ha asumido las competencias de lidiar con ellos y uno de sus agentes, en una conversación telefónica que no se puede estar seguro de si tiene lugar en realidad o no, hace una oferta siniestra y tentadora al pobre Kevin) los G.R. (por abreviar) son muy particulares. Para empezar, no son religiosos. Son una secta nihilista y, aunque no se diga de modo explícito, para mí que atea o, al menos, agnóstica (ni un nihilista tiene que ser ateo ni un ateo, nihilista, por supuesto). Parte de su credo se nos revela por la líder local, Patti, la gran villana de la serie, una genial Ann Dowd, en dos conversaciones en las que rompe su voto de silencio. La aniquilación total de los sentimientos, del pasado, de los recuerdos, de las relaciones, de la individualidad. Los G.R. viven en comunidad, nunca están solos, pero realmente no están acompañados porque sólo los individuos pueden hacerse compañía unos a otros y su fin es desaparecer en un cuerpo mayor. Son una secta organicista y totalitaria. No es esto lo mismo que el misticismo negativo de autonegación (aunque este misticismo tiene sus derivaciones perversas) porque el mismo busca, en última instancia, conectar el yo del místico con la deidad, y la autoanulación no quiere destruir al individuo, sino los obstáculos para esa comunión. Sin embargo, como buenos manipuladores, los G.R., y sobre todo Patti, saben perfectamente cómo tirar de los hilos del sacrificio y la abnegación hasta lograr una vocación de martirio que permite la ejecución de sus propios miembros o el suicidio.

    Laurie, (espléndida Amy Brenneman, da un recital mudo; su cara al mirar el monitor donde puede o no estar el feto es impresionante), es la segunda de Patti. Seguidora leal que acaba ocupando la cabecera al faltar la líder, se aferra a los dogmas con más ahínco cuantas más dudas le surgen (esa escena del silbato). Arrastra a la débil Meg hasta convertirla en una seguidora devota, pero no puede evitar que el horror se pinte en su rostro al ver a Jill entrar en la casa comunitaria. Y por fin rompe su silencio para intentar salvar la vida de su hija y se aparta de este grupo como consecuencia del gran triunfo de los G.R., de la gran catarsis que estaban buscando, de la gran explosión de odio, rabia y cólera que, con implacable precisión, han ido preparando y que Meg celebra con una sonrisa de orgullosa suficiencia.

    Esa catarsis es la que intentaba en un primer momento evitar Kevin, uno de los pocos que se dan cuenta del peligro para la paz social que suponen los G.R. Sin embargo, a Kevin le vienen encima otros problemas. Su sentimiento de culpa por haber estado siendo infiel a su mujer en el momento exacto de la Partida, sus intentos por no perder a su hija, su existencia a la sombra de su padre y sobre todo el miedo a la locura, relacionada directamente con ese mismo padre, (Scott Clenn, siempre un placer), encerrado en un hospital psiquiátrico. Pero, ¿está loco Kevin Garvey Senior? ¿Son las voces que dice oír fruto del delirio, como todos piensan, o es un loco de Dios o de quien sea que sea la fuerza detrás de la Partida? Queda a criterio del espectador. La serie es habilidosa con Kevin hijo: sus sueños y lapsos sin conciencia se pueden explicar desde la enfermedad o desde lo sobrenatural (recuerden, es nuestro mundo, con sus regalas, pero uno mundo nuestro en el que efectivamente ha tenido lugar algo como la Partida). El inquietante personaje de Dean, el cazador de perros, parece al inicio alguien que sólo Kevin escucha y ve. Pero aun cuando otros empiezan a interactuar con él, su misterio no se disipa. Incluso la brillante Patti es incapaz de descubrir nada de él. “Es usted un fantasma”, le dice. “Prefiero considerarme un ángel de la guarda”, replica este hombre brutal… que también escucha voces. Todo cuanto Kevin va descubriendo sobre sí mismo le llena de horror. Justin Theroux interpreta muy bien la angustia vital de este hombre atrapado. ¡Ah, las camisas!

   De algún modo, Kevin encuentra improbables aliados en una pareja de hermanos. Por un lado, Matt, el clérigo, aunque el policía no sea un hombre religioso. Menudo tipo, Matt. Casi sin feligreses, empeñado en recordar a la gente que Los Que Partieron no eran santos, aunque le partan la cara una y otra vez, cuidando de modo abnegado y amoroso a su mujer paralítica (Janel Moloney, una conocida de “The West Wing”), seguramente en parte también con un agudo sentimiento de culpa. Que luego se empeña en tratar de traer de vuelta al mundo de los vivientes imperfectos a los G.R. Sus fracasos perpetuos no hacen mella en su ánimo. Es difícil no sentir simpatía por Matt, aun sin compartir su fe o sus cruzadas o decisiones. Y por supuesto que escoge un pasaje del Libro de Job (del que ya hablamos aquí, aquí y aquí) para ese clandestino y nada inocente enterramiento de Patti.

   Por otro lado, Nora Durst, con la que inicia una relación. El espejo de los Garvey: ellos no perdieron a nadie en la Partida. Ella, a toda su familia. Pese a ello, durante mucho tiempo, parece el personaje más estable y controlado de la serie. Sigue con su vida. Tiene un trabajo gubernamental, una especie de funcionaria del censo de los que se fueron. Incluso juega a usar el sentimiento de difusa lástima que provoca en el pueblo para salir impune de pequeñas faltas. Pero en su casa sigue manteniendo todo exactamente como estaba cuando desaparecieron los suyos (hasta hace la compra para tener los mismos alimentos que entonces y no cambia le rollo de papel de cocina) y hace que prostitutas le disparen con un revólver al pecho protegido por kevlar. Carrie Coon, ya lo dije, pero lo repito, hace un papelón, y no hay premios bastantes para ella. La escena en la que descubre a los muñecos de su familia en la cocina pone los pelos de punta. Y, en ese mismo capítulo, recibe a Kevin, Jill y al condenado perro (qué detalle más bueno) con el bebé abandonado de Christine en brazos. Dos caras, el mismo personaje, la misma actriz. Es de quitarse el sombrero.

   Me he extendido más de lo que pensaba y podría seguir escribiendo. Voy a abandonar aquí la reseña. Sólo me resta por insistir: esta es una de las series más originales, inteligentes, duras y humanas que he visto. Tras la catástrofe, aún hay humanidad, amor y belleza. Al lado del dolor, de la desesperación y de la locura. Como el trigo y la cizaña, creciendo juntos.

mayo 12, 2018

La hora de Leporello

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 4:04 pm
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   Equivocarse en el juicio de las personas es algo tan común como perseverar en el vicio de juzgarlas. Y lo mismo ocurre con los personajes, sobre todo con los grandes. Hay personas simples y personajes simples, igual que hay personas complejas y personajes complejos. Y también hay seres velados, que no se si sabe si ocultan sencillez o abismos.

  Al leer y releer una novela o un cuento, al ver y volver a ver una película o una serie o al escuchar o (si el bolsillo lo permite) asistir varias veces a la representación de una ópera, hay ocasiones en que cambian nuestras opiniones y perspectivas sobre uno o varios personajes. Tal vez hemos sido nosotros los que hemos cambiado y apreciamos matices que antes no veíamos. O puede que, habiendo apreciado al personaje en su justa medida desde un inicio, lo que antes nos parecía meritorio ahora ya no tanto o viceversa. Otras veces, simple y llanamente, no habíamos entendido nada y ahora, de repente y casi siempre con ayuda, entendemos.

   Esto último me ha ocurrido con Leporello, el criado de Don Giovanni. Escribí en su día que Leporello me molestaba un tanto y que me hubiera gustado un fool shakesperiano en la ópera, en vez de este siervo que creía de poca monta. Me siguen gustando los fools, pero ¡qué equivocado estaba con el lacayo del gran seductor!

   Por suerte, tiene uno amigos más inteligentes y cultos que quien esto escribe. Uno de ellos me ayudó a comprender mi error. Ojo, me vino a decir, fíjate que Mozart ha hecho de Leporello un bajo, igual que Don Giovanni, igual que el Comendador. Aparte de la sugerente teoría de que los tres personajes están ya muertos al empezar la obra, esto implica una igualdad estética entre el centinela del viejo orden, el libertino protagonista y el criado. Esto es mucho, igualar a un plebeyo con dos aristócratas. Es la misma inquietante, para el Antiguo Régimen, posición que alcanza Figaro, frente al conde de Almaviva.

   Don Giovanni, luciferinamente jovial, seduce, miente y engatusa son desparpajo. Sin embargo, es bastante descuidado. Tiene una confianza en sí mismo tan absoluta que casi parece no dar importancia a ser atrapado en falta. Desestima los detalles con desdén de gran señor. Y de esos detalles se ocupa, diligente, Leporello. El criado lo sabe todo sobre su empleador y sus andanzas. Las apunta, las estudia, casi las soba, las considera, con no poca envidia y admiración. Leporello podría destruir a Don Giovanni en un momento, gracias a la información que posee. No lo hace, así que ni es un rebelde ni es un justiciero moralista. Pero tampoco la usa para controlar, dominar o chantajear a su patrón, para volverse el amo de su amo. En ese sentido, Leporello sigue siendo, desde el punto de vista de la historia, ya que no de la música, un ser pasivo y subordinado.

   Salvo en un momento. Su momento. Su aria.

   Leporello despliega su lista ante la pobre Doña Elvira. Y , por una vez, goza como un demonio, sádicamente, restregando la sucia verdad en la cara de esta pobre enamorada. Es el único momento en que el criado utiliza parte del devastador poder que encierra su libreta de notas. No tiene arrestos para hacerlo frente a su señor (quien, por otro lado, es conocedor de esa libreta y le importa un bledo), sino que, de un modo vicario y vil, disfruta dando alfilerazos malévolos a la amante de ayer, que se creía la de hoy y la de mañana.

   Leporello no es un defensor del viejo orden y sus supuestas virtudes, como el Comendador, su hija o el insufrible prometido de ésta. No es, porque no puede serlo, un amoral ególatra, grandioso en su carisma negativo y en su vitalismo nihilista. Leporello, en realidad, no encaja en la obra ni en el mundo. Porque es un hijastro del tiempo, como diría Vasili Grossman, de una época que aún no ha llegado pero que podría ayudar a traer, si se decidiera. Quizá no sea capaz.

   Ése el único instante en que Leporello paladea el poder del que dispone. Pero este momento es muy importante. De aquí surgirán otros, en la Historia y la Literatura, otros plebeyos, otros siervos con libretas, con notas, con información, como nuestro viejo amigo lord Baelish. Y no se contentarán con una simple burla a una mujer despechada. Recogerán el legado de Enguerrand de Marigny y de Guillaume de Nogaret, de Thomas Cromwell y Walsingham o Cecil, de Antonio Pérez y los superarán a todos, convirtiéndose ellos mismos en arañas universales como Luis XI. De ahí surgirá Corentin y el hombre en que en verdad se basa, el fundador de la Alta Policía, que llega hasta nuestros días, bajo muchas máscaras y siglas. Y ese genio político tenebroso, ese burgués, ese criado y espía que controlaba a quienes se suponía que servía, ese Joseph Fouché, en su encarnación teatral en “La Cena”, de Brisville, dirá, por fin, las palabras que Leporello no podía pronunciar:

   “Usted y yo no somos de la misma época. La suya está a punto de reventar de una indigestión de cortesía- y será la mía la que la suceda. El verdadero poder lo tendrán los subalternos, los espías, los delatores- y nadie sabrá nunca si está en regla porque la regla será equívoca y temible. Así es como veo yo a la policía: indefinida… proteiforme. Invisible y todopoderosa. Estará en la conciencia de todos y cada uno. Entonces, señor, eso será el Orden.”

   Leporello no es Fouché. Pero quizá sin el uno no habría llegado nunca el otro.

abril 10, 2018

Lucha a muerte en el Pozo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:50 pm
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   La familia Shelby ha regresado por cuarta vez, con una temporada poderosa, trepidante, de gorras grises y abrigos oscuros, de whisky y ginebra, de polvo y acero, de combates entre mafiosos, lucha de clases e intrigas entre bambalinas. De esta Birmingham tenebrosa y fascinante a la que nos asomamos hace años y que ya no nos dejará marchar.

   Antes de comentar algunos aspectos de la cuarta temporada (serán más unos pensamientos enlazados débilmente, me temo, más que un análisis concienzudo), vamos a hacer justicia a los aspectos formales. Una vez más, matrícula de honor. Todo lo que ya alabé en las temporadas anteriores, se mantiene. La fotografía. La luz. El color. La banda sonora (espléndida). El vestuario (¡ay, ese vestuario!). Los encuadres, los planos, las secuencias. Sobresaliente, todo ello. Cine de calidad en la pantalla pequeña. No me cansaré de repetir lo buena que es “Peaky Blinders” desde un punto de vista puramente visual, musical y estético. Porque ahí radica mucha de su fuerza, de su atmósfera. Y porque soy un devoto de la forma, en el arte. Nunca se pueden dar por descontadas, estas virtudes estilísiticas.

   Dicho lo cual, veamos algo de la trama y de los personajes de la serie (que también importan y mucho). Así que, ya saben, destripes habrá.

    Como dicen los Evangelios Sinópticos (Marcos 3, 15; Lucas 11, 17; Mateo 12, 25: los tres, bingo), una casa dividida no puede subsistir. Al final de la tercera temporada la casa de los Shelby parecía dividida y amenazada de ruina. El último pacto de Thomas para sobrevivir había apartado de sí, quizá de modo definitivo, a su parientes. Y al comienzo de la cuarta temporada, esa división se mantiene, pese a que sean los tratos de Thomas con la Corona los que salven a los Shelby del patíbulo. El imperio Shelby es fuerte, en los dos lados de la ley; su peso, sin embargo, ya sólo recae sobre los hombros de Thomas (auxiliado por la leal Lizzie y la lejana Ada).

   Pero he aquí que los pecados pasados extienden su sombra y que desde América llega una fuerza hostil decidida a exterminar a los señores de Birmingham. Y esa fuerza impone una tregua al enfrentado clan porque la advertencia evangélica les toca muy de cerca y hacen caso de la misma.

   Esa fuerza es el clan mafioso de los Changretta, a cuyo patriarca, cumpliendo las órdenes de Thomas, Arthur y John asesinaron (de un modo más limpio de lo exigido por su despiadado hermano). Al frente del escuadrón de la muerte italiano, Luca Changretta, interpretado de modo notable por Adrien Brody. Si algo faltaba en la tercera temporada era un sólido antagonista para Thomas. Aunque el inspector Campbell, sobre todo en la primera temporada, sigue siendo mi rival favorito de Thomas (su mutuo desprecio y sus diferencias de carácter, siendo ambos implacables, los volvía un dúo dramático muy interesante), Luca Changretta no le va a la zaga. Bien vestido pero con una cerilla siempre en la boca. De voz baja y mirada asesina. Sonriente y brutal. Changretta y los suyos son una amenaza muy creíble y ponen a Thomas contra las cuerdas, obligándole a tejer alianzas, una vez más, donde no querría.

Programme Name: Peaky Blinders IV – TX: n/a – Episode: n/a (No. 1) – Picture Shows: Luca Changretta (Adrien Brody) – (C) © Caryn Mandabach Productions Ltd 2017 – Photographer: Robert Viglasky

   Entre esos aliados incómodos está Mr Aberama Gold y sus gitanos errantes (no tengo claro si estos personajes son gitanos por etnia o se les aplica el sustantivo anglosajón gipsy que no tiene por qué tener una connotación racial). Después del torpe, injusto, humillante y merecedor de hoguera final que “Juego de Tronos” concedió a Meñique (me desahogo más sobre este asunto aquí), fue un placer volver a ver la media sonrisa cínica de Aiden Gillen, bajo el pelazo y el sombrero de Mr Gold. Siendo uno de mis actores vivos favoritos, espero de verdad que vuelva en la siguiente temporada y que le den un papel con más sustancia. Lo que le han ofrecido no está mal (la escena campestre con la tía Polly es quizá la mejor, aunque esté de apoyo para Helen McCroy), pero Gillen puede con mucho más. Se lo merece. Y nosotros también.

   Gillen puede tener su oportunidad al habernos despedido de Tom Hardy y de su maravilloso Mr Solomons. Luego de la tremenda decepción (fuera de la fotografía y de la digna banda sonora de Max Richter) que para mí fue “Taboo”, el reencuentro con este criminal hebreo parlanchín, irónico y carismático resultó una gozada. Pocos actores, incluso en esta serie, que es un cúmulo de talentos, logran que nos fijemos en ellos más que en Cillian Muprhy. Hardy, con su Mr Solomons, es de los que lo consiguen. Le roba las escenas a cualquiera que interactúe con él. Mi momento preferido de la temporada tal vez sea su único diálogo con Luca Changretta, totalmente desconcertado ante el individuo que tiene delante. ¡Y qué hermosa muerte en la playa!

   La de Solomons es la muerte más destacable de la temporada, pero no la única. Los Shelby sufren pérdidas. John y Michael, uno por las balas de los italianos, otro exiliado por su deslealtad a Thomas. Aquí voy a confesarles el mayor defecto de esta cuarta temporada: es tramposa con el espectador.

   Veamos, en las tres temporadas anteriores, como espectadores, teníamos que seguir diferentes planes y conspiraciones. Los de Campbell. Los de Churchill. Los del IRA. Los de los comunistas. Los de los rusos blancos. Los de los Oddfellows. Y, claro, los de Thomas, que se las apañaba para enredar a todos, titiritero casi supremo. Los guionistas tenían buen cuidado, en general, de dejarnos compartir o intuir las estratagemas de Thomas y también las de sus oponentes. Solíamos saber más que todos los demás personajes y, con escasas excepciones (como el final de la segunda temporada) no había sorpresas ni giros de guión bruscos. El placer de las tramas retorcidas estaba precisamente en poder seguir la maraña de hilos. Y, en verdad, la sorpresa final de la segunda temporada funcionaba porque Thomas, el héroe-villano protagonista que nos fascina y que nos tiene de su lado siempre, ignoraba lo que iba suceder y se había resignado a la muerte.

   En cambio, en esta temporada hay unos cuantos momentos que denotan cierta pereza de guión. El casi ahorcamiento del primer capítulo, si bien aquí la tensión está bien medida, porque la serie podría seguir, aunque un poco coja, sin alguno de los condenados; de hecho, esta tensión al inicio sirve para que la muerte de John y la casi muerte de Michael (la cual desencadenará la cadena al final de la cual estará su exilio) resulten más inesperadas y chocantes. En cambio, nadie que conozca la psicología de Polly (que grandísima actriz es Helen McCroy, demonios, qué bien actúa en cada segundo) se creyó ni por un momento que hubiese traicionado a la familia, ni siquiera para salvar a Michael. Y no digamos la falsa muerte de Arthur. O ese pacto de los Shleby con la mafia de Chicago que, epa, sale como el conejo de la chistera en el último episodio, sin previo aviso.

   Salvando esos fallos, que son más llamativos por las altas expectativas que tengo siempre con “Peaky Blinders”, los guiones son más que buenos. Las relaciones entre los personajes siguen siendo complejas y llenas de aristas. El drama y la comedia negra tienen su hueco. Y la serie, como ya hizo en la tercera temporada, va preparando la trama principal de la siguiente entrega (salvo que me equivoque mucho) con la subtrama del partido comunista y la relación entre Thomas y la combativa Jessie Eden (qué gran escena, la entrada en el pub de Jessie y Ada, esa Ada que tanto quería librarse de su apellido).

   Así que veremos lo que nos depara el futuro. Pero tengo grandes esperanzas. Al fin y al cabo, cómo no tenerlas cuando nos espera un individuo como este Thomas Shelby, genial y familiar, gélido y cruel, empresario capitalista, líder criminal y Miembro del Parlamento por el Partido Laborista, gracias a una alianza secreta con el muy conservador Gobierno de Su Graciosa Majestad. Nos calzaremos las botas y nos calaremos las gorras una vez más, sin duda.

marzo 13, 2018

“Collateral” se acerca y falla

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:36 pm
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    En el último episodio de esta miniserie, de la cual es protagonista, la Detective Inspectora Kip Glaspie llama a su marido. “¿Has resuelto el caso?”, le pregunta él. “He estado cerca”, le responde ella (más o menos, cito y traduzco de memoria). “Collateral”, como Glaspie, se queda cerca. Pero no resuelve su caso. E incluso diría que está más lejos que su personaje principal.

    “Collateral” es una miniserie compuesta de cuatro episodios, con una premisa relativamente atractiva: un motorista de una pizzería es asesinado a balazos luego de hacer una entrega. La policía investiga un crimen que huele a emboscada profesional. Había las bases para una buena historia negra. Cuando vi el trailer, intuí que podía encontrarme con una pariente lejana de “The Shadow Line”, la obra maestra de Hugo Blick.

    Sin embargo, leí que Alan Sepinwall (el Grande) consideraba que “Collateral” trataba (sin éxito) de aproximarse a la obra maestra de David Simon y Ed Burns (entre otros), “The Wire”. Esto me chocó. Aunque recordé que, en su día, ya había leído críticas que comparaban esas dos grandes series de televisión, considerando a la británica una respuesta a la estadounidense; análisis que me parece una tontería y que no entiendo cómo puede hacer alguien que haya visto ambas maravillas. Ahora estaba más intrigado que antes.

    Pues bien (no habrá spoilers concretos, pero sí puede haber alguna pista vaga), creo que el principal problema de “Collateral” es que anda entre los dos polos. A ratos, trata de ser una suerte de “The Wire” de un pequeño barrio londinense. A ratos, trata de construir un tenebroso thriller, como los que Hugo Blick urde tan magistralmente. El resultado es que no llega a ninguna parte.

   “The Wire” nos metía en medio de la ciudad de Baltimore y nos permitía ser visitantes durante cinco años, en los que intuíamos partes de vida de sus habitantes. Historias personales se entrecruzaban con crímenes e investigaciones policiales, intrigas políticas con anécdotas y rutinas. Y Temas, con mayúscula, como la marginalidad, la pobreza, la educación, la responsabilidad de la prensa, la corrupción de las instituciones y la delincuencia formaban los pilares de una tragedia griega en Estados Unidos. Incluso con un Griego que no era. “The Shadow Line”, por contra, presentaba una serie de personajes y proponía una historia lineal, con introducción, nudo y desenlace. Personajes espléndidos, trama retorcida, ritmo implacable y un Villano apoteósico.

   “Collateral” es un batiburrillo de lo anterior. Presenta una historia lineal, con introducción, nudo y desenlace, a la cual trata de atar Temas no menos merecedores de mayúscula como la xenofobia, la inmigración, el amor, el deber y la fe. Pero no cuaja. El estudio social estorba a la trama. Los personajes no respiran ni se desarrollan. El maniqueísmo es marcado (de acuerdo que es difícil no ser maniqueo cuando hay una organización criminal turbia metida en danza, pero justo eso se lograba en “The Wire”, que negaba atribuir la bondad o la maldad por el lado de la ley en que se estuviera y, en “The Shadow Line”, el personaje de Christopher Ecclestone era uno de los que más compasión inspiraban, por muy narcotraficante que fuera). Y el final, con un éxito muy relativo para los “buenos”, aunque decente, sabe a poco porque, francamente, nos da un poco igual tanto la vida de los personajes como la resolución del caso.

   El ritmo en general es correcto y la dirección aceptable, aunque sin destacar y con ciertas secuencias que podrían haber sido más austeras, acorde con el tono que la serie trataba de alcanzar. Hay, por cierto, una total carencia de humor. Esto es extraño, porque un británico tiene el sentido del humor activado por defecto, aunque sea una variedad cruel, calculadora y defensiva. Esto también separa mucho a la serie de las dos piedras de toque que antes he mencionado. Las escenas eminentemente graciosas o irónicas en “The Wire” son numerosas y en “The Shadow Line”, además del humor sarcástico de varios personajes hay una macabra ironía glacial de la propia serie que la recorre de punta a punta. En “Collateral” todo el mundo es más tieso que una escoba.

   La investigación policial puede ser lo más interesante de la serie. Carey Mulligan me gustó como la impasible DI Glaspie, el personaje más complejo, ex atleta fracasada, ex maestra y ahora policía perspicaz y compasiva. Mulligan logra interpretar a un personaje controlado sin convertirlo en un monigote de palo gracias a determinadas escenas, con un brillo en los ojos o un rictus de la boca. Y también en esta trama la capitán Sandrine Shaw es un personaje relativamente complejo, otra mujer profesional, controlada, con lava palpitante de rabia, frustración, angustia y ansias de cumplir lo que entiende es su obligación bajo un caparazón casi irrompible. Jeany Spark lleva su papel a cabo con dignidad.

   Lástima que no se les haya dado más espacio para desarrollarse. El resto de personajes de esta parte de la serie a su alrededor son nulidades: los compañeros o superiores de Glaspie no llegan al nivel ni de recurso narrativo, salvo el Detective Sargento Nathan Bilk, que es justo eso, un recurso y bastante cansino; las hermanas del asesinado podrían haber tenido interés, si su estancia en el centro de reclusión para inmigrantes hubiera ocupado más tiempo. Sin embargo, esta parte, que parecía llamada a tirar hacia el polo “The Wire”, se subordinó a la parte policíaca y sirvió sólo para avanzar la trama y de un modo algo perezoso. El desagradable agente del MI5 Sam Spence podría haber sido una especie de antagonista ambiguo para Glaspie, una fría razón de Estado con tintes racistas, pero quedó en un arquetipo sin excesivo interés. Igual que el viscoso y repelente superior de Sandrine.

   Si los cuatro episodios se hubieran dedicado en exclusiva al thriller, se habría logrado algo notable. Habría habido tiempo para desarrollar tramas y personajes, para explicar los porqués de cada uno y para que la investigación efectivamente lo fuera: policías investigando, servicios de inteligencia maquinando, criminales organizados cubriendo sus huellas. En vez de eso, ni logramos conocer bien a ninguno de los protagonistas o antagonistas, ni se nos ofrecen escenas sabrosas, ni se resuelve el caso de modo convincente, sino más bien con un atajo en el último episodio que me dejó con un “Ah, ¿así descubren lo que ha ocurrido, en serio?”. Por lo menos no es un triunfo del Bien contra el Mal, que mande al carajo el tono que se pretendía realista.

   Y si no se da tiempo el thriller es por que se mete la cuestión social. Ojo, que no tiene por qué ser algo malo. Volvamos a “The Wire”: ahí hay sociología, economía, filosofía y política de primer orden. Y las tramas no sólo no quedan lastradas, sino que se realzan gracias a ello. Aquí, pues no.

   Toda la subtrama del Miembro del Parlamento laborista David Mars (John Simm) y de su ex mujer Karen (Billie Piper) es insufrible. Trataban, sospecho, de introducir aquí el debate sobre inmigración, derechos humanos y xenofobia en la sociedad británica además de dar una patada en a espinilla los laboristas. Bueno, podía haber estado bien. Pero no lo está. Las escenas son aburridas y sin sentido. No ayudan al avance de la trama principal, no nos interesa como trama secundaria, los personajes son tediosos (una pena, los actores sí son buenos) y desde luego los diálogos políticos no son dignos ni de “El Ala Oeste” ni de “Yes, Minister”.

   Algo parecido ocurre con la historia de la pastor Jane Oliver. Una sacerdote anglicana honesta y dedicada a su parroquia, abiertamente lesbiana, a la que el asesinato pone patas arriba la vida. Este personaje me gustó más que los otros y Nicola Walker es también una respetale actriz. Pero todo lo que hay alrededor queda cojo.

   Si la idea de la miniserie hubiera sido explorar cómo un acto de violencia afecta las vida de la gente a su alrededor (de ahí una posible explicación del título), podría haber sido de interés. Si hubiera querido centrarse en exclusiva en los aspectos sociales y políticos que se sacasen a la luz por causa del asesinato, también. Si hubiese querido limitarse a una serie policíaca, con cierto tinte social, hubiera sido correcto. Pero saber mezclar todos los elementos anteriores exige más talento, más habilidad y seguramente más episodios que estos cuatro, aceptables, fallidos y olvidables capítulos.

febrero 7, 2018

Frente al artículo 525 del Código Penal

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 8:43 pm
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   Aunque no me gusta particularmente meterme en debates sociales concretos en este lugar y prefiero divagar sobre cine, televisión y libros, hay veces que uno cae en tentación. Hoy voy a caer un poco, con el perdón de ustedes. Voy a exponer, siquiera de modo sucinto, por qué creo que el artículo 525 del Código Penal debería ser derogado. Y espero no ofender a nadie. Más que nada porque, visto lo visto, ofender a la gente es tan sencillo que resulta aburrido.

   Un par de consideraciones previas. No voy a comentar ninguna noticia específica relativa a la aplicación por un tribunal de este artículo. Para hacer eso, creo yo, debería, por lo menos, leer la sentencia o auto del tribunal en cuestión, no basarme en tal o cual noticia o, pero aún, en tal o cual titular.

   Tampoco pretendo que esto se convierta en una tesis doctoral, ni voy a analizar, con el rigor propio de un artículo académico, el precepto penal y toda la jurisprudencia y doctrina tras él. No porque no tenga su interés, sino porque no es lo que pretendo. Por último, no me parece justo criticar a un tribunal por condenar a una persona conforme este artículo (siempre y cuando se hayan respetado todas las normas del procedimiento y la sentencia sea jurídicamente correcta). Ciertamente que los tribunales interpretan la ley, pero por mucho que interpreten, deben aplicarla. No pueden, al margen de cuáles sean sus ideas, convertirse en legisladores, mucho menos en un terreno tan peligroso como el del Derecho Penal. Quien puede poner y quitar artículos del Código Penal es (recursos y cuestiones de inconsticionalidad aparte) el Parlamento.

   Por último, aunque voy a dar mi opinión sobre este punto concreto, no voy a decir si soy o no creyente. No es por hacer trampas, es justo por lo contrario. Creo que, en esta cuestión, mis creencias o falta de ellas son irrelevantes. No me opongo a un buen debate entre personas de diferentes creencias o de diferentes faltas de creencias, ni mucho menos. Pero tengo la impresión de que dar ese dato puede distorsionar el resto del artículo. Si dijera que soy ateo, podría acusárseme de antirreligioso (estupidez considerable, por cierto). Si dijera que soy creyente (o de qué religión) seguro que hay quien me tacharía de hipócrita o de intentar usar esa confesión para manipular al lector.

   Vivimos en una sociedad con gentes ateas, agnósticas y religiosas, por burda que sea esta división, sabiendo lo complejos que son los seres humanos y la diversidad que hay en cada uno de esos grupos. Las leyes, en teoría y en pare, son normas comunes que nos damos para tratar de vivir más o menos en común sin matarnos los uno a los otros, por mucho que la severa sentencia del conde Tolstoi penda sobre el Derecho. Por tanto, siguiendo las tesis de Rawls, deberíamos establecer normas que sirvan para proteger a todos y en las que estemos de acuerdo, al margen de nuestras personales opiniones o creencias.

   Bueno, vamos con el artículo de marras.

  El artículo 525 está incluido en la Sección 2ª (“De los delitos contra la libertad de conciencia, los sentimientos religiosos y el respeto a los difuntos”) del Capítulo IV (“De los delitos relativos al ejercicio de los derechos fundamentales y libertades públicas”) del Título XXI (“Delitos contra la Constitución) del Libro II del Código Penal. Alguna vez he leído por ahí que debería suprimirse de un plumazo toda esta Sección. No estoy de acuerdo. La existencia de los dos primeros artíuclos me parece razonable dentro del Código Penal. Porque se refieren a derechos fundamentales (la libertad de religión es un derecho fundamental) tanto de creyentes como de no creyentes y porque la conducta exige “violencia, intimidación, fuerza o cualquier otro apremio ilegítimo” o “violencia, amenaza, tumulto o vías de hecho”. El Derecho Penal, entre otras cosas, sirve para proteger los derechos de las personas frente ataques graves. Y un ataque que se produzca con violencia, intimidación, amenazas, fuerza, etcétera parece grave, vaya.

  Dejo de lado el artículo 524, sobre el que tengo mis dudas y necesitaría más reflexión con whisky. Y dejo también de lado el artículo 526, aunque creo que habría que derogarlo también. Ya hablaremos o no de él en otro momento.

   ¿Qué dice este artículo 525, origen de tantas discusiones? Literalmente, esto:

  1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican.

   2. En las mismas penas incurrirán los que hagan públicamente escarnio, de palabra o por escrito, de quienes no profesan religión o creencia alguna.

   Hagamos algunas consideraciones para poner las cosas en sus justos términos. Como se ve, la pena no es privativa de libertad, sino económica, una multa. Esto tiene su trampa, como sabe cualquier estudiante de Derecho, porque si uno no paga la cuantía de la multa, actúa el artículo 53 del Código Penal y la multa se transforma en un privación de libertad. Pero, bueno, eso es sólo en caso de que el condenado por el delito no pague. Y la multa se gradúa, por ley, de acuerdo con la capacidad económica del condenado, precisamente, para asegurar el pago y, además, porque no es lo mismo para un sin techo que para un millonario pagar, pongamos, 400 euros.

  Por consiguiente, la pena legal no debería, en principio, privar a persona alguna ni de un segundo de libertad. Esto lo digo porque ante ciertas noticias de condenas siempre hay quien dice que ya puestos se reinstaure la hoguera, como cantaba Krahe.

  Además, el delito exige que la acción se haga públicamente, no en privado, en la intimidad del hogar o de un reunión íntima. Y, en fin, protege, tanto a creyentes como a no creyentes.

   Pero, esto es bastante notorio, la mayoría de las veces que se ha aplicado este artículo ha sido por denuncias de gente con creencias religiosas, no de ateos o agnósticos. Tiene su sentido, ya que las religiones tienden a tener un cuerpo más o menos ordenado y coherente de creencias, mientras que cada ateo, por así decirlo, va por libre. Un musulmán y otro musulmán, aunque no estén de acuerdo en muchas cosas, sí tienen ciertos puntos en común que no tienen, por ejemplo, con un protestante. Un ateo y otro ateo, al margen de su no creencia en ningún dios, no tienen por qué. Nótese, por cierto, que el acusado por un creyente puede ser otro creyente, incluso de su misma religión, aunque seguramente no de la misma cuerda.

   Este precepto no protege al Dios de las religiones del Libro ni a ningún dios, ni a ninguna divinidad o Providencia. No protege ni a los ángeles, ni a los querubines, potestades o arcángeles. Ni tampoco la creencia o no creencia en ellos. Protege a aquellos que creen o no en los mismos. No es, por lo tanto, el equivalente al delito de blasfemia, en el que el ofendido es Dios, directamente. Delito que para vergüenza de la Humanidad, en primer lugar de los creyentes, sigue existiendo en varios Estados del mundo y no con penas muy suaves.

   Porque este delito no es un delito religioso, ni es aplicado por órganos de ninguna religión. No se protege ortodoxia alguna, con este precepto. Quienes lo aplican son tribunales civiles, no eclesiásticos. Y no creo que porque este delito exista se pueda tachar al Código Penal de confesional. Porque no defiende ni a una religión concreta, ni siquiera a la religión. Consideren ustedes el lío que eso supondría. Si lo protegido fuera la religión, sólo se podría considerar ofendido quien fuera el representante de esa religión. ¡En menudo jaleo nos meteríamos! ¿Quién iba a decidir qué es y qué no es ofensivo para esa religión? Ni siquiera en confesiones tan jerárquicas como la católica estaría la cosa clara. ¿Debería personarse en Vaticano en cada causa? ¿Le correspondería la decisión a la Conferencia Episcopal o a obispo del lugar? ¿Y si otra Conferencia Episcopal, otro obispo o una agrupación de creyentes de base no estuviesen de acuerdo con la opinión del denunciante?

  Por tanto, el ofendido no es Dios, que está fuera (por naturaleza si existe y por su propia inexistencia, si no) de la jurisdicción del Estado. No es la religión ni el fenómeno religioso. No es una religión o fe. No es una comunidad de creyentes organizada. No es el ateísmo. No es una federación de ateos. Es cada persona, cada ciudadano, creyente o no, que se siente ofendido por una actuación pública de otra persona que encaja en la descripción típica del artículo que antes les he copiado.

   Y yo creo que no. Que ese artículo no debería existir. Que ofender los sentimientos religiosos o la falta de sentimientos religiosos no debería ser delito. Que una sociedad en la que eso es delito es una sociedad peor que una en la que no lo sea. Porque no perdamos de vista esto. Da igual que la pena sea de multa. Da igual que se proteja a unos, a otros y los de más allá. Hablamos de un delito. De la más grave respuesta que el Estado, el Leviatán, el más frío de los monstruos, puede dar a un acto humano. Convertir algo en delito es la muestra definitiva del poder soberano. Debe ser usado con extremada prudencia.

   Una conducta puede ser grosera, desagradable o incluso inmoral, si se quiere. Pero no por ello ha de ser delictiva. Aquí, me temo, hay que elegir entre Edmund Burke y John Stuart Mill. Decidir si el Estado debe prohibir y perseguir, con su autoridad más temible, lo que ofende o lo que agrede. Lo que molesta o lo que daña.

   La ofensa a la creencia o descreencia, desde mi humilde punto de vista, debería estar fuera de la ley penal, igual que debería estar fuera de ella el honor. No quiero ponerme fasltaffiano (bueno, sí). El honor, que es casi más complicado de definir que la fe, es también un derecho de las personas. Y no veo mal que el Estado ofrezca mecanismos para protegerlo o exigir satisfacción si alguien lo daña. Los duelos detrás de un convento al amanecer eran vistosos, pero un poco añejos, ya. Mejor es discutir esto con tono prosaico ante un tribunal. Civil. Pidiendo una indemnización o una reparación que puede ser una disculpa y una rectificación tan pública como la ofensa. Existe una ley que así lo prevé. No entiendo por qué no se extiende esa ley a las ofensas a las creencias o increencias religiosas. No entiendo que, hoy día, se convierta en criminales a los que se burlen de que otra persona crea o no en Dios. Me parece, ustedes me disculparán, propio de una sociedad infantil.

   La limitación a la burla, a la sátira, a la parodia y a la crítica, salvo prueba en contrario, me resulta muy sospechosa. Cuando esa limitación aparece con toda la sombría majestad de lo criminal, mi sospecha se convierte en alarma.

   Y a los creyentes, les recomendaría que leyeran la oración que Santo Tomás Moro compuso, en la Torre de Londres, esperando su ejecución:

     Señor, dame una buena digestión y,

     naturalmente, algo que digerir.

     Dame la salud del cuerpo

     y el buen humor necesario para mantenerla.

    Dame un alma sana, Señor,

    que tenga siempre ante los ojos lo que es bueno y puro

    de modo que, ante el pecado, no me escandalice,

     sino que sepa encontrar el modo de remediarlo.

    Dame un alma que no conozca el aburrimiento,

    los ronroneos, los suspiros ni los lamentos.

    Y no permitas que tome demasiado en serio

    esa cosa entrometida que se llama “ yo”.

    Dame, Señor, el sentido del humor.

    Dame el saber reírme de un chiste

    para que sepa sacar un poco de alegría a la vida

    y pueda compartirla con los demás.

  Qué sé yo, pero igual si recuerdan eso, a la puerta del juzgado, se dan media vuelta, entran en un bar y se piden un par de cañas. Que siempre sientan mejor que una sentencia.

enero 23, 2018

Gormenghast: galería de sombras

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:52 pm
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    J.R.R. Tolkien y C.S. Lewis son tal vez los escritores de fantasía más célebre de la Inglaterra de la posguerra. La influencia de la obra de Tolkien tanto en el género como en la cultura popular occidental, al menos, es poco discutible. En menor medida, las sagas de Lewis (tanto Las Crónicas de Narnia como la muy irregular Trilogía Cósmica) son conocidas también más allá de Inglaterra (dejo de lado la faceta de Lewis como polemista y ensayista y la de ambos como académicos). Sin embargo, hay otro autor, contemporáneo suyo, que creó su propio mundo, lo pobló de criaturas y que ha sido injustamente olvidado. Fuera de Reino Unido y de los Estados Unidos, apenas se le conoce y allí, creo, cada vez menos. El escritor es Mervyn Peake. Su obra literaria principal, las novelas de Gormenghast.

    La obra de Peake es problemática y extraña hasta el punto que resulta complicado ponerle una de nuestras amadas etiquetas. ¿Fantasía? Puede. ¿Gótica? Sí para las primeras ediciones norteamericanas, algo que no fue muy apreciado por los británicos, según parece. ¿Cómica? A ratos. ¿De terror? Mezclado con su peculiar humor. ¿Novela de crecimiento de héroe, una bildungsroman? También se puede defender. Novelas complejas, eclécticas. Y, al mismo tiempo, propias, distintas de cuanto he leído hasta el día de hoy.

    De las anteriores etiquetas, una de las más justas sería tal vez la de bildungsroman. Al fin y al cabo, la primera de las novelas, “Titus Groan”, comienza con el nacimiento del personaje que da nombre al libro. La última novela conclusa “Titus Alone”, sigue a un Titus ya pasada la infancia y la adolescencia, en su vagabundeo por un mundo alejado del hogar familiar, vagamente futurista. Sin embargo, durante toda la primera novela Titus, el supuesto protagonista, es un bebé y nada hace ni en nada influye. Hay quien ha visto aquí (y, si no me falla la memoria, el mismo Peake así lo indicó) un homenaje a la maravillosa, genial, divertidísima novela de Laurence Sterne, “Vida y opiniones del caballero Tristram Shandy”, que, como es sabido, se inicia con el nacimiento del narrador y acaba antes siquiera de que éste haya dado un paso en el mundo.

   Sterne es un homenaje. Otro grande, Charles Dickens, es una influencia. En especial en las dos primeras novelas, “Titus Groan” y “Gormenghast”, que forman un conjunto coherente, con un arco argumental propio. “Titus Alone” es una obra autónoma, hasta cierto punto, no sólo por cuestiones de personajes y trama, sino también en cuanto estructura y lenguaje. Los muchos habitantes que pueblan el castillo de la Casa de Groan podrían pulular por el Londres extraño de Dickens. Y, viceversa, muchos de los duendes con forma humana de Dickens podrían encontrase en las mazmorras, las cocinas, los jardines y aposentos de Gormenghast como en casa; y tal vez como en su verdadera casa.

   Es una auténtica galería de criaturas entre lo humano y lo grotesco. La mayoría de ellos no son criaturas con abismos dentro, tridimensionales, personas, en fin, sino extravagantes criaturas casi oníricas. ¡Pero qué llamativas, qué siniestras, qué peculiares e inusuales!

   Lord Sepulchrave Groan, grave, melancólico, atado a la tradición. Los tiránicos y viejos Maestros del Ritual, Sourdust y Barquentine. El esquelético criado rígido Mr. Flay. Su gran enemigo, el obscenamente obeso cocinero, el viscoso Abiatha Swelter. La inmensa Condesa, Lady Gertrude, con sus hordas de gatos y pájaros. Fuchsia Groan, la primogénita, solitaria, fantasiosa, anhelante de una ternura que Gormenghast le negará casi por completo. Las gemelas Cora y Clarice Groan, ambiciosas y huecas. La patética y entrañable Mrs Slagg, aya de Fuchsia primero y Titus, después. El Doctor Prunesquallor, bufonescamente brillante, con su envesado lenguaje, y su hermana Irma. Los sombríos habitantes de más allá del castillo, los moradores del barro. El profesor Bellgrove y su claustro.

   Y, aunque parezcan tan extraños, la mayoría de estos personajes, sin llegar a profundidades dignas de Dostoiewsky, desarrollan sentimientos y relaciones más complejas de las que en primer momento les consideraríamos capaces. Fuchisa ama de su modo torpe y arrebatado a su hermano Titus, a su vieja aya, al dicharachero Doctor Prune o al tieso Flay; y es correspondida. Lord Groan no tiene tiempo apenas para amar: a él le aplasta la soledad, el cumplimiento infeliz de un deber indiscutido, la tristeza que le roe hasta el tuétano. Personajes tan ridículos como Irma y Bellgrove, no obstante servir para algunas de las escenas más paródicas de las novelas, tienen su punto de angustia vital, de temor ante una soledad que se cierne sobre todo y todos. Una soledad que unos combaten desesperadamente, otros aceptan y otros niegan, aferrados a la Norma y al Rito.

   Porque Gormenghast, este mundo fantasmal, onírico o pesadillesco, es un personaje casi por derecho propio. Sus muchas tradiciones y ceremonias, descritas con minucioso detalle, son una telaraña que estrangula a sus moradores. Es siempre peligroso considerar que una obra es portavoz de su autor, pero según no pocos críticos Peake descargó en estas novelas su desprecio por el dogma monolítico, la obediencia ciega y la tradición estéril. Aunque no todos los habitantes del castillo son negativos, su mundo lo es. En tanto que servidores de la implacable Ley de Groan ( y todos lo son, desde los Condes hasta los criados), ninguno de ellos podría ser un héroe.

   Siendo esta, hasta cierto punto, una saga de fantasía, hace falta un héroe. ¿No será el héroe, pues el rebelde contra la Ley? Sí. Y no.

   Porque Peake nos ofrece dos rebeldes o dos trasuntos de rebeldes. Uno es, desde luego Titus, sobre todo en la segunda novela. Como niño primero, como adolescente, después, su incomodidad y desasosiego son cada vez más notorias. Un deseo salvaje de libertad, de sacudirse su herencia de encima, devoran al crío. Titus, efectivamente, actúa siempre, de modo externo o interno, contra la Ley de Groan. Pero Titus no es muy heroico. De hecho, qué quieren, es bastante inaguantable. Sus hitos vitales (como su único encuentro con un personaje secundario pero vital, la Cosa) lo vuelven más egoísta y alejado de los demás personajes. Y, al acabar el primer arco argumental, huye del castillo. Gormenghast no es derrotado por el joven. Bien, de acuerdo, hay aquí ciertos rasgos del héroe romántico. Con todo, Titus es estomagante y de sus extrañas andanzas solitarias lo más extraño es que logre la amistad, el amor o la obsesión de los personajes más notables, el vital Muzzlehatch, la pasional Juno, la fascinadora Cheeta.

   ¿Y el otro? El otro es una de las mayores glorias de la saga. El glacial, inteligente, maquinador, despiadado y magnífico Steerpike. Un joven criado de las cocinas a quienes vemos ascender, a fuerza de intrigas, hasta lo más alto de la jerarquía.

   Pero, ¿es un rebelde o no? Lo es, en parte. Porque se resiste al orden impasible del castillo y rompe o tuerce cada una de sus reglas. Pero si un rebelde busca derribar o reformar un orden injusto, entonces Steerpike no es un rebelde, ni un revolucionario, aunque a algunos lectores pueda darles esa impresión. Steerpike es un arribista. Le importa un bledo que el orden sea injusto. Lo que quiere es ser el amo de ese orden.

   Steerpike es uno de los más grandes villanos que he leído. Se pueden trazar paralelismos entre este joven delgado y poco agraciado y uno de los mayores malvados de Shakespeare, Edmund. Ambos estrategas del mal, ambos nihilistas helados, absolutamente incapaces de amar, ambos buscadores del poder absoluto. La relación entre Steerpike y las necias gemelas Cora y Clarice, o al menos así lo he visto yo, es un burlón homenaje o eco de la relación entre el brillante bastardo de Gloucester y las hermanas Goneril y Regan. No deja de ser notable que casi todos los demás personajes se sientan fascinados, atraídos o aterrados por Steerpike, pese a su poco hermoso aspecto: por su intelceto, por su vitalidad, por su habilidad.

   Si hay una trama en las dos primeras novelas de la saga, un elemento dinámico, es el relato de las maquinaciones de Steerpike. El quietismo pasivo de los Groan y sus siervos contrasta vivamente con la agilidad subterránea del gran villano. Su falsa revolución tiene hasta tintes diabólicos, una ironía más, pues si Steerpike es Satanás, Gormenghast sería el Cielo. Sin embargo, este demonio no quiere asaltar el Palacio, quiere controlarlo desde las sombras… hasta cierto punto.

   Alguna vez creo haber escrito que la gran tensión que ha de existir en los titiriteros en las sombras es la de la perpetua tentación de demostrar quién tiene en verdad el poder. Steerpike es un brillante ejemplo de esa tensión. Maestro manipulador, sabe colocarse a las mil maravillas la máscara que le conviene en cada momento. Pero esta criatura, la más solitaria de todas las criaturas solitarias que pueblan el castillo, de mente pragmática y metálica, desprecia a todos y a todo y se muere por escupirles su desdén. Es casi hitchcocktiano contemplar en cada escena, en cada diálogo, cómo ese hondo desdén que a Steerpike le produce todo el mundo es el mayor riesgo para sus meditados planes.

   A pesar de las intrigas de su malvado mayor, la saga de Peake no es una lectura al galope. Es ardua y el ritmo, en ocasiones frenético, otras es muy pausado. Peake escribe un inglés retorcido, conscientemente arcaizante y aun alambicado en ocasiones. Todos recordamos las largas descripciones que Tolkien hacía de una hoja. Peake, sin llegar a esos extremos, se toma su tiempo con las piedras y el moho. Indudablemente, la atmósfera única y peculiar de estas novelas se logra gracias al talento descriptivo de Peake, por cuesta arriba que en ocasiones se vuelva. Pero hay que tener en cuenta que, igual que Tolkien era primero filólogo y luego novelista, Peake era sobre todo y ante todo pintor e ilustrador (ilustró magníficamente “La Isla del Tesoro”). Varios críticos consideran que si Peake se volvió hacia la escritura era porque terminó considerando la pintura o el dibujo insuficientes para pintar los cuadros que tenía en su mente. Sólo podía pintarlos con palabras.

   Página tras página de su obra, desde el inicio hasta la fragmentaria e inconclusa cuarta parte (“Titus Awakes”) hay un cuadro, un paisaje, un retrato, tras otro. Escenas que no tienen ningún sentido desde el punto de vista de trama o personajes, son plásticamente poderosas. La presentación del Poeta, por ejemplo, no hace avanzar el argumento ni un milímetro. Nadie olvidará, sin embargo, esa imagen. “Titus Alone”, escrita mientras la terrible enfermedad que destrozaría la mente y la vida de Peake avanzaba, parece más un cuaderno de dibujos y esbozos que una novela o incluso que unas notas para una novela.

   Imaginativas, extrañas, perturbadoras, sombrías e intrigantes, las novelas de Gormenghast son una de las joyas oscuras de la literatura anglosajona. No dejemos que caigan en el olvido.

diciembre 7, 2017

Cómo no llevar a cabo un experimento socio-genético

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:30 pm
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     Después de torturar mi cerebro con las dos primeras partes de la Saga Divergente, viendo que empezaba a dejar de babear de manera involuntaria, decidí que había llegado el momento de apurar la copa hasta las heces y ver la tercera parte. Y Santo Dios. Santo Dios. Creo que he quedado medio tarado de modo definitivo.

    Ya el título es poco prometedor. La primera cosa se llama “Divergente”. La segunda “Insurgente”. No sólo rimaban ripiosamente entre sí (también en el original), se referían ambas a la protagonista. Pues bien, la tercera parte es “Leal”. No rima (tampoco en inglés, “Allegiant” ). Y además, como veremos, la leal no es la prota, es un personaje terciario. Esto pinta peor de lo previsto.

    La película se estructura en una introducción que merece le dediquemos un poco de atención, por su extrema torpeza, y dos tramas paralelas medio mezcladas: la que narra lo que ocurre en la ciudad de Chicago y la que narra lo que ocurre fue de la ciudad de Chicago. Luego ambas tramas se unen en un clímax tolerable de un modo directamente proporcional al número de botellas de licor vaciadas.

    Antes de entrar con el hacha de carnicero, dediquemos dos líneas a los aspectos estrictamente cinematográficos. La dirección es inexistente; la banda sonora, irrelevante;los diálogos, vergonzantes; la interpretación, para ahorcarse con una cuerda de piano y los efectos especiales (en la película de la saga donde más se usan) dignos de “Superpulpo contra Megatiburón: la Venganza”.

    Continuemos.

    Recordarán que, al final de “Insurgente” la dictadura de los Eruditos y parte de los Intrépidos había sido derribada por una alianza de los fulanos de Blanco, los de Naranja y la masa sin facción, con la pobre Naomi Watts haciendo de Lenin (ay, Naomi Watts… después de verla en la vuelta de “Twin Peaks” verla aquí…). Además, la prota había hecho público un mensaje de los Fundadores que, en esencia decía que todo era una broma, que Chicago era un experimento, que los Divergentes eran cosa buena y que la Humanidad les estaba esperando. Esto nos planteaba bastantes preguntas legítimas. ¿Hay respuesta en esta película? Sí. Que fuera de Chicago también es todo el mundo idiota. O incompetente. O las dos cosas.

    El prólogo no sitúa en una especie de versión barata de la época del Terror. Derribado el antiguo régimen, se han iniciado una serie de juicios sumarios.

    Como muestra del sistema de justicia, se ve el proceso al jefe de los Intrépidos. Modélico: se le inyecta una especie de suero de la verdad, se le pregunta si está contento con haber sido colaborador de la fallecida Jefa Azul, el tipo dice que sí, que mucho y el público, por volumen de griterío, vota entre culpable o inocente. Bueno, gritar, gritan mucho, pero quien toma la decisión final es el personaje de Watts. Vaya, que vox populi, vox Dei, pero mando yo. Esto no siente muy bien a la jefa de los hippies Naranjas, que se va con sus simpatizantes. ¡Ajá! ¡Grietas en la colación! ¡Guerra civil en el aire! ¡La líder revolucionaria, en su primera decisión, logra cabrear a quienes controlan el suministro de comida! ¡Brillante!

A

     Puede uno creer que esta escena sirve para huir de maniqueísmos y demostrar que la antigua aliada de los buenos es tan mala como los antiguos malos al alcanzar el poder. Pero la protagonista (Tris) y su maromo, aunque un poco incómodos, no dicen esta boca es mía. Como símbolo y heroína de la rebelión, no es irracional pensar que si Tris hubiera dicho a la Lideresa que ya está bien, la Lideresa habría tenido una crisis entre manos, mayor aún por la desafección de los de Naranja. Así que o a Tris eso no se le ocurre, o es una cobarde, o está de acuerdo con las ejecuciones en masa. Con una excepción: su hermano (un Erudito) está encerrado. Así que el novio saca al joven de la celda (sin más), Tris y él meten al hermano en un coche y tratan de salir de la ciudad. Hasta que les para un control.

     Ah, sí, perdón, hay controles. Porque aunque la grabación de los Fundadores dice que la Humanidad espera más allá de Chicago, la Lideresa ha decretado que no sale nadie. ¿Por qué? No se explica. Para qué.

     Así pues, los protas están tratando de huir con un preso. Preso al que se le distingue como miembro de la facción Erudita porque aún lleva las ropas azules de rigor. Que está esposado (no, no le han quitado las esposas). En el control el centinela muestra cierta suspicacia (algo es algo) y pide papeles. Los buenos han parado para recoger a Peter (personaje recurrente cuya función es ser más irritante e imbécil que los demás para que así estos nos parezcan menos lerdos), pero no se les ha ocurrido haber conseguido unos papeles, falsos o verdaderos. Noten que el tal Cuatro es el hijo de la Lideresa. Algo de cómo tiene su madre montado el tinglado debería saber. De pronto, aparece la amiga abogada de Tris con un fajo de papeles en la mano. Se los da al centinela, se sube al coche y el centinela, sin apenas haberlos leído, da paso franco. ¿Cómo sabía la amiga abogada que estaban tratando de escapar? ¿Cómo había conseguido los papeles adecuados? ¿Cuándo y cómo los había falsificado, si era el caso? Misterios. Telepatía o el poder del amor y la amistad, seguramente. Eso sí, ante otros centinelas el maromo empuja al hermano a una zanja ty finge pegarle un par de tiros. Los centinelas, con madera de Tropas de Asalto del Impero Galáctico, ni se molestan en comprobar si hay cadáver.

     La huida continúa con el escalamiento de la Valla alrededor de la ciudad y su bajada gracias a unos cables mágicos que extienden o acortan su longitud cuando es conveniente y que, en general, parecen desafiar cuantas reglas de la física y la mecánica son conocidas. Y ahora, sí, están en el exterior. Que es un erial, rojizo y desolado. Los protagonistas empiezan a caminar, sin saber hacia dónde van. Como gentes inteligentes, establecen un riguroso racionamiento de los víveres que han traído consigo. Nada, no hagan caso. Claro que NO han traído ni una gota de agua ni un mal bocadillo en su viaje hacia lo desconocido. ¿Ustedes nunca han ido al exilio sin provisiones? Panda de privilegiados debiluchos.

     Por suerte para ellos, los protas llegan a una especie de frontera formada por un montón de bolas de vigilancia que, además, mantienen una cúpula sobre Chicago y sus alrededores. Son salvados por un batallón de tipos uniformados de rojo de una patrulla de esbirros de la Lideresa que los estaban persiguiendo. Una vez rescatados, los meten en unos campos de fuerza color butano y se los llevan volando hasta una base antes conocida como aeropuerto de Chicago.

    Estos tipos de rojo son soldados de una tal Agencia Genética Buena o algo así, según explica quien da la bienvenida al grupo, interpretado por Bill Skarsgård , esto es, Pennywise sin maquillaje. Esta es una de las mayores decepciones de la película: uno esperaba que su personaje empezaría a repartir globos y a atormentar a la caterva de inútiles que llevamos aguantando demasiado tiempo. Y nada.

    Pennywise pone a los protas una película que es como el contexto de “Gattaca” para tontos. Explicaciones posteriores las ofrece un tal David, director de la Agencia y Malo Inútil de la función. Pero esto es importante, porque se supone que es una de las Grandes Respuestas de la saga. Resulta que, habiendo trampeado con nuestro genoma para hacernos más altos, guapos y modernos, se ahondó la grieta social hasta que estalló una guerra atómica. Los supervivientes quedaron dañados genéticamente: así, si uno es inteligente no tiene compasión y si es valiente es tonto perdido. ¿A que les suena? ¡Aquí está el origen de las facciones!

    La Agencia depende de un Consejo. Otro Consejo. Éste no es al que hacía referencia la Jefa Azul en “Insurgente” (del cual tampoco se nos daba mucha información). Este Consejo, elegido no se sabe por quién, al frente de no se sabe qué Estado, Federación o Comunidad de Vecinos, ha encargado a la Agencia la labor de arreglar los daños que tanto juego genético dejó en nuestro genoma. Chicago es el experimento para tratar de encontrar la solución.

    El experimento consistió en agarrar a unos cuantos cientos de miles de personas, meterlas en Chicago, hacerles olvidar de dónde venían (los de la Agencia tienen un gas amnésico muy cuco) dividirlas en facciones y esperar que, a base de reproducirse, apareciera gente sin taras genéticas. Que son, exactamente, los Divergentes.

    Bien. Ustedes ven los problemas, claro. Si la idea es acabar con esta división entre humanos sólo inteligentes, sólo valientes, sólo honestos, sólo abnegados y sólo lo que sean los Naranjas… ¿qué sentido tiene fundar la sociedad experimental, justamente, en esas divisiones? Si el sentido es tener controlado a cada grupo de personas con fallos genéticos, ¿por qué establecer que, luego del famoso test (“trust the test”) cada uno pudiera elegir la facción que le diera la gana? ¿Eso no haría más complicado el seguimiento? Sobre todo, si la idea del experimento era lograr gente que fuera al mismo tiempo inteligente, honesta, valiente, abengada y la que sea la quinta virtud… ¿para qué señalar a los Divergentes como enemigos públicos a los que hay que liquidar? ¡Si son el resultado querido o aproximado del experimento!

    Para mayor alegría, el tal David le explica a Tris que ella es la única Divergente Pura, la única que de verdad no tiene taras genéticas (de ahí que pudiera abrir el Artefacto de la segunda película; de ahí que, sutileza, en esta película sólo vista de blanco). Pero que ella no es hija de Chicago. Su madre fue introducida en Chicago por la Agencia, para ver si se avanzaba algo con el experimento, que andaba un tanto atascado. Les confieso que no soy ni sociólogo ni biólogo. Pero si se está llevando a cabo un experimento en unas condiciones concretas, aislando severamente el lugar donde se está llevando a cabo tal experimento, introducir un elemento extraño, ¿no viene a poner en riesgo todo el experimento y, por ende, sus resultados?

    Tris, siendo la única Divergente Pura, es, según David, prueba de que el experimento funciona. Un momento, un momento, Director. Si llevan ustedes varias generaciones dejando que los de Chicago se reproduzcan a la buena de Dios, a ver si por suerte sale algo bien (qué diría de esto la Bene Gesserit) y en todo ese tiempo sólo obtienen un resultado positivo… ¿no sería prudente pensar que puede ser una casualidad? Si el método es el correcto, ¿no deberían haberse obtenido más Divergentes Puros? Para David, no. Y se lleva a toda velocidad a Tris a la sede del Consejo a presumir.

    En esta escena puede haber otra de las claves de la saga. A saber, que sí, que es todo una estafa. Una estafa con David, Director de la Agencia, en el centro. David no presenta documentación ni informes al Consejo. Sólo a Tris. Y el Consejo decide interrogar a Tris porque, lo dicen textualmente, David ya les ha mentido en ocasiones anteriores.

    Es decir, como apuntó agudamente uno de los valientes amigos que me acompañaban en el visionado de este engendro, que la auténtica trama de la película es la de David tratando de sacar fondos al Consejo. Es como un capítulo infame de “El Ala Oeste” o “The Thick of It”: el jefe de un departamento se está quedando sin dinero, la misión de ese departamento no ha sido cumplido y no hay visos de que vaya a serlo en breve, los que controlan el dinero se impacientan… ¡Algo hay que hacer! ¡Aunque sea hacer pasar una casualidad afortunada como un resultado exitoso! Todo, Chicago, las facciones, los divergentes… todo es el proyecto enloquecido de David, que sencillamente no acepta que sigue perseverando en un error. También, vaya gente, la del Consejo. Una de dos: o creían que la Agencia de David lo estaba haciendo más o menos bien (algo que no encaja con saber que el mismo les ha mentido a la cara en el pasado) o no les importa. Claro que, si no les importa, ¿por qué darle una base reluciente, unos laboratorios equipados y un ejército? No parece barato.

    Así llegamos a la respuesta medio abierta de la saga: los Fundadores son o unos idiotas obsesivos (como David) o unos incompetentes (como el Consejo, cualquiera de las opciones que escojamos pata explicar su conducta). Al menos, este universo tiene coherencia.

    Entre tanto, en Chicago, la Lideresa y la jefa de los Naranjas están en pie guerra. Los enemigos de la Lideresa se hacen llamar “Leales”, de ahí el título: Leales al sistema de Facciones. O sea, son contrarrevolucionarios. Y no, tampoco esta vez hacen uso de su monopolio sobre la comida para derrotar a sus enemigos. Agarran fusiles y cargan de frente.

    Tris y los suyos deciden regresar, cada uno como puede, a Chicago, porque ya no se fían de David. No ayudó que presenciaran a los soldados de la Agencia secuestrando críos de las zonas fuera del dominio del Consejo y borrándoles la memoria. Los críos estos serán nuevos súbditos del Consejo, parece, y se supone que se les va a tratar sus enfermedades y sus deficiencias genéticas, aunque todo esto se comenta de pasada y no me queda muy claro el empeño de la Agencia por convertirse en una guardería gigante, sobre todo si Chicago es la gran apuesta para encontrar la solución de tales deficiencias.

    Luego de una evasión tan ridícula como la del prólogo (Tris escapa en la nave privada del malo, usando el piloto automático…¡y el malo no puede redirigir su propia nave, aunque sí puede cortar sus comunicaciones!), logran llegar a la ciudad, en medio de la batalla entre los de la Lideresa y los contrarrevolucionarios.

    David, que no ha estado del todo de brazos cruzados, ha enviado al peor espía del mundo (el insufrible Peter) para hacer un pacto con uno de los bandos enfrentados y restaurar el sistema de facciones. Por supuesto, la oferta se hace a la Lideresa de los descastados, en vez de a la jefa del bando pro-facciones. Es de una lógica cristalina. ¿Cómo sabe la Agencia lo que ocurre en Chicago? Porque tienen un sistema de vigilancia que les permite proyectarse dentro de la ciudad, si que nadie les vea. Como si fuera un juego de realidad virtual. Es el sistema de vigilancia más patético concebible para supervisar grandes masas humanas: es necesaria una red de espías virtuales las 24 horas del día paseándose por la ciudad. El trabajo de una videocámara lo tiene que hacer siete espías.

    El plan secreto que David ofrece a la Lideresa es el siguiente: liberar el gas de amnesia en la ciudad, de modo que nadie recuerde nada y se pueda restablecer el sistema de facciones, con la Lideresa como gran jefa. Sin dar mayor trascendencia a lo que supone traicionar toda su vida, la Lideresa accede.

    ¿Dónde esta el gas? Almacenado en el antiguo cuartel general de los Eruditos. Pero ese no es un gas desarrollado por los Eruditos, sino por la Agencia. Si está allí, conectadas las bombonas a todo el sistema de ventilación de Chicago, es porque la Agencia lo puso allí, tal vez por si las cosas se salían de madre, como está pasando en ese momento. Sería lícito preguntar por qué la Agencia instalaría esa especie mecanismo de reinicio del sistema y no un medio para activarlo a distancia. Porque si puede activarlo a distancia, ¿para qué hacer tratos con la Lideresa y convencerla de que lo active ella? Claro que luego se ve en una escena como David, desde su base, abre y cierra por control remoto puertas y accesos dentro de Chicago. El alcohol no da consuelo, ya.

    Y entonces, tras evitar que el gas le quite la memoria a la gente (el gas sí se bombea por el sistema de ventilación, pero desaparece por ensalmo al presionar un botón), Tris da un discurso en plan Enrique V de latón, unificando a toda Chicago contra la Agencia, el Consejo y el Departamento de Correos. Y se acaba la película. Lo cual implica que habrá otra. Y que habrá que verla.

    Uno se hace un ovillo en el suelo y gime, en un Cosmos gélido e indiferente.

noviembre 27, 2017

Alegato por la defensa

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 3:12 pm
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    Escribo estas líneas no bajo una fuerte tensión mental, como el narrador de Lovecraft, pero sí bajo una considerable preocupación social. Uno nunca ha sido un individuo particularmente optimista. Tampoco un entusiasta de los discursos, porque tienden a ser solemnes y un tanto alérgicos al humor. Pero estoy escuchando, leyendo y viendo tales cosas que me he decidido a escribir este artículo. No porque crea que vaya a tener mucha repercusión o cambiar muchas opiniones o percepciones, sino porque así podré escribir sobre otros asuntos sin sentirme un tanto culpable.

    El rotundo barrister Horace Rumpole, personaje de John Mortimer, dice en uno de sus casos: “When London is nothing more than a memory and the Old Bailey has sunk back in the primordial mud, my country will be remembered for three things: the British breakfast, the Oxford Book of English Verse and the presumption of innocence.” Y aunque no todos estén de acuerdo con el desayuno (yo sí) o con el libro de versos (yo también), no debería haber ciudadano de ningún país del mundo que no deseara tener como parte de su patrimonio la tercera cosa de la lista. Porque entre los hitos de la Humanidad hacia una sociedad menos estúpida, violenta, miserable, peligrosa e injusta debe contarse, en un puesto de honor, la entronización de la presunción de inocencia en el proceso criminal.

    La presunción de inocencia trae como consecuencia obligada el derecho de defensa. Sin el derecho de defensa la presunción de inocencia se convertiría en una entelequia, un principio vago, una frase retórica sin valor. Ese derecho de defensa está siendo objeto de ataque. Un ataque tanto más peligroso por cuanto quienes lo están llevando a cabo lo hacen, como siempre se ha hecho, desde la convicción de estar sirviendo al Bien y la Justicia. Un ataque que estima que se pueden hacer excepciones. Que no todos merecen defensa. Que no todos merecen ser presumidos inocentes. Que, en ciertos casos, podemos saltarnos las reglas.

    Qué tentador resulta. Cuántas veces he escuchado, ante casos horribles, crímenes espeluznantes, hechos odiosos, el grito del pelotón de linchamiento. Uno se había resignado a que siempre habría algunos que reaccionarían así. Gente que exigiría el ojo por ojo, la pena capital, la tortura del criminal, del enemigo social. Lo que no me esperaba, lo que me ha cogido por sorpresa, es que ahora se exija el linchamiento de los acusados prácticamente sin juicio. Que se viertan insultos contra los defensores por defender a los acusados. Que se muestre desdén por un tribunal que permite a la defensa presentar un relato alternativo al de la acusación, tratar de destruir las pruebas de la misma, ofrecer pruebas de descargo.

     La presunción de inocencia no debe negociarse. No es un derecho consecuencia de una ley natural. Es una creación humana. Inspirada en ideas que para algunos pueden tener raíces religiosas o al margen de la religión. Pero no viene de los Cielos. Es obra de la sociedad, de la mente humana. Y como tal puede ser eliminada. No la hemos tenido siempre con nosotros. No hay garantía de que vayamos a tenerla siempre. Por eso requiere protección. Hay que defender tanto la presunción de inocencia como el derecho de defensa y hay que hacerlo del modo más vigoroso. Me da igual que sean ustedes creyentes o ateos, de derechas o de izquierdas, a favor del mercado libre o regulado. En esto la mayor parte de la sociedad (las unanimidades son casi imposibles) debería estar de acuerdo. Deberíamos estar de acuerdo en que una persona, cualquier persona, acusada de un crimen, de cualquier crimen, deba ser considerada inocente hasta que se demuestre su culpabilidad. Deberíamos estar de acuerdo en que sea la acusación quien tenga que probar la culpa del acusado, no el acusado su inocencia.

     ¿En qué mundo de procesos inquisitoriales, secretos, laberínticos, nos moveríamos, si no? ¡Ya los hemos tenido! Los que reclaman transparencia y luz en los asuntos públicos hacen bien. Tal transparencia, tal luz, en el proceso criminal, se salvaguardan gracias a la presunción de inocencia. La maquinaria policial y judicial, al menos desde cierto momento del procedimiento, debe mostrar sus cartas al acusado y a su defensor. Debe permitir que el acusado contradiga su versión, si lo desea. Y deben ser bien pesadas las pruebas que destruyan una presunción tan preciosa.

    Me parece que hay muchas personas, de buena fe, que creen que un juicio criminal sirve para establecer la verdad. No es así. Un tribunal no es un buscador de la verdad. Su función es más humilde. La investigación tiene vocación de averiguar la verdad, es cierto. Es una labor de reconstrucción del pasado. No quiero sonar particularmente cínico, pero considero que la verdad, la verdad inadulterada, perfecta, objetiva, sobre un hecho pasado es difícil de alcanzar. En tiempos de patrañas y postverdades (es decir, en toda época) es una afirmación arriesgada la que acabo de hacer, porque puede ser usada por manipuladores de toda estofa.

     Hay quien ha comparado la labor del investigador criminal con la del historiador y no es una analogía descabellada. Se basan ambas en testimonios, en documentos, en pruebas físicas y en razonamientos lógicos cuando hay huecos en el relato. Se ofrece, finalmente, un relato de lo que, en opinión del investigador pudo haber pasado, conforme a las pruebas encontradas. El historiador presenta sus conclusiones a la sociedad y a sus colegas. El investigador y la acusación, según esté regulado en la legislación de cada país, ante un tribunal. Pero la academia y el tribunal usan balanzas diferentes. Porque en la del tribunal están en juego la vida y la libertad de personas concretas.

    Ante el tribunal se presenta una versión de los hechos, la de la acusación. La defensa presenta otra versión alternativa. Incluso si se limita a decir que la mantenida por la acusación no ocurrió o no está acreditada, está presentando una versión alternativa, siquiera sea por negación. Y así, entran en juego las reglas del juicio. Las cargas de la prueba, la posibilidad de contradicción, el examen crítico de los testimonios, de los documentos, de los informes.

     El defensor tiene un papel fundamental. Tiene la obligación, la obligación, de demoler el caso de la acusación. Tiene que tratar, por todos los medios (por supuesto, dentro de los límites legales y profesionales), de destrozar el relato del contrario. Cada caso es cada caso y en cada uno tendrá el defensor que comprobar qué pruebas son firmes y qué pruebas son débiles. La estrategia es casuística. Pero a nadie puede sorprender que un defensor intente que el tribunal vea con dudas la versión de un testigo de la acusación. ¿Cómo va un tribunal a prohibir al defensor contrainterrogar de modo exhaustivo a un testigo clave de la versión de la acusación? Sí, muchas veces ese testigo es la víctima. Sí, el tribunal también debe velar por los derechos y la dignidad de la víctima. Pero no puede sacrificar el derecho de defensa. Los juicios penales son siempre desagradables. ¿Cómo no van a serlo? Se juzgan actos que se han considerado los más graves, los más intolerables. A un lado de la sala hay personas que pueden haber sufrido acciones terribles. Al otro lado, personas sobre las que penden condenas muy duras. Pero justo por eso deben transcurrir conforme reglas, protocolos, del modo más frío posible.

      Si no aceptamos el derecho de defensa, no aceptamos que el acusado pueda poner en duda tanto las pruebas como el relato y las conclusiones de los investigadores y la acusación. Y si hay quien no acepta esto en algunos casos es porque ya ha juzgado. Ya ha considerado culpable al acusado, antes incluso de que ponga un pie en la sala de vistas.

     Nadie, salvo por motivos perversos, desea la condena de un inocente. Piensen que, incluso con todas las precauciones, incluso con todas las garantías, el error es posible. En todos los países se ha condenado a personas a las que, después de la condena, se ha considerado inocente. No puedo ni imaginar lo que puede ser estar en tal situación. Una sociedad debe decidir si desea que tales casos sean los menos posibles. Y eso, necesariamente, implica que en ciertos casos se absuelva a quien, posiblemente, sí cometió el crimen.

     Noten que he dicho posiblemente. No me gusta la expresión “mejor absolver a un culpable que condenar a un inocente” aunque comparta el fondo. La noción de absolver al culpable es jurídicamente imposible. Si no hay condena, no hay culpable. Porque todos somos inocentes de origen. Sinceramente, creo que esta idea no ha calado, que se ha quedado en la superficie y que una tormenta lo bastante fuerte, social o mediática, la arrastra.

    Voy un paso más allá. Desde mi punto de vista, la piedra de toque de un sistema penal no es que logre condenar a quien haya cometido un delito. Eso es, ciertamente, deseable, porque de lo contrario, viviremos en la impunidad. El estado de condena por sospecha es un mal. El estado de impunidad sistemática, otro.

    Pero para que un sistema penal realmente pueda decir que la presunción de inocencia se respeta, un observador omnisciente debería presenciar un caso en el que una persona que, efectivamente cometió el delito y efectivamente es responsable (legalmente) del mismo, es absuelta, siempre que no haya habido corrupción de por medio. Un tal proceso que produjera un tal veredicto sería irreprochable. Porque implicaría que la acusación no ha podido alcanzar la barrera que nos hemos puesto para protegernos, para nuestra seguridad.

    Sin embargo, por lo que veo, esto no se acepta. En ciertos casos, al menos. Marcamos a un acusado por hechos horribles como indigno. Lo excomulgamos de la sociedad. No reconocemos sus derechos como ciudadano. En cierto modo, lo deshumanizamos. No queremos que tenga nada que ver con nosotros. Nos convertimos en una manada vengativa. Es grotesco que haya quien se haya apropiado de ese término con orgullo. Porque si somos parte de manadas es que estamos en la jungla, como decía Lorne Malvo. Quizá sea así. En cuyo caso, al menos, dejen que pueda tomarme un buen desayuno inglés leyendo poesía, antes de arrastrarme a la lapidación.

octubre 18, 2017

La traición del conde de la Fère

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:41 pm
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   A los grandes escritores se les escapan sus grandes personajes. Es una de las marcas del gran escritor, el que su criatura esté tan viva que se escabulla de su obra y sea posible y hasta irresistible imaginarlo en otras obras o incluso en esta mediocre vida real nuestra. A Shakesperae, desde luego, se le escaparon muchos de sus personajes de entre las manos y a algunos, como Mercutio, tuvo que ejecutarlos para que no se apropiaran por completo de la obra a la que se suponía debían servir.

   Los personajes fugitivos (de libros y obras de teatro, de cómics y de películas o series de televisión) pueden tener, tienen, de hecho, en mi opinión, tanta influencia en nosotros como personas de carne y hueso con las que nos topamos por la calle, en la escuela, en el trabajo o en el bar. Puede alguno de ustedes considere esto una necedad pero, francamente, no veo qué tiene de necio captar la fuerza de Fasltaff, Mister Pickwick, Yago, Holmes, Don Quijote o Stringer Bell. Me cruzo todos los días con gentes menos interesantes y absorbentes, por ejemplo, cada vez que me paro delante de un espejo.

   Tienen influencia también, mucha, sobre los lectores que además se arriesgan a pervertirse como escribidores. Todos los que intentamos narrar historias, urdir tramas, esbozar personajes, somos conscientes de la legión de escribidores, escritores y Escritores que llevamos encima, como una carga. Harold Bloom, que será un gruñón, pero no por ello deja de ser un gran crítico, considera que no puede haber creación literaria (o artística) sin una agonía vital que viene del conflicto con todos los autores precedentes, una lucha a muerte para poder hacerse con un puesto en el canon. Lo que Cervantes (ya ven) creía que nunca lograría por ser un poeta mediocre. Una lucha más o menos condenada al fracaso por ser capaces de replicar a nuestros ancestros, de negarlos o de sublimarlos, de transformarlos o de rebatirlos. Sabiendo que Shakespeare nos ha derrotado a todos antes de comenzar la partida porque, como decía Chesterton, Shakespeare nos describió a nosotros. El muy desgraciado.

 

 

   Alexandre Dumas, padre, es uno de los Autores a los que se le han escapado personajes. Ya sé, ya sé, está el Conde de Montecristo y no voy a ser yo quien le reste méritos. Pero, es al menos mi vivencia, a Dumas quienes se le escaparon de verdad fueron un joven gascón, sus tres amigos acérrimos y sus dos antagonistas igual de acérrimos. Voy a ser más restrictivo: el gascón, su gran amigo y sus dos adversarios.

   Milady de Winter, la villana de “Los tres mosqueteros”, logró huir de aquella lúgubre orilla del río Lys, donde el verdugo de Lille alzó su espadón sobre su blanco cuello. Huyó y se escondió en mil mujeres fatales, seductoras, inteligentes, ambiciosas. En cualquier gran malvada, que sepa cómo manipular a esos papanatas de hombres (y mujeres) que tiene a su alrededor, hay un eco de la feroz enemiga de D´Artagnan. ¡Ah, esas jornadas de encierro en Inglaterra!

    ¿Y qué decir de su protector, el todopoderoso, el irónico, el genial, el grandérrimo duque-cardenal de Richelieu? ¿Qué mayor elogio se puede hacer al poder de un escritor que el que su personaje literario haya fagocitado por completo al personaje histórico? ¡Y no un personaje histórico cualquiera! Si el verdadero Richelieu no hubiera sido un hombre de respeto (aunque menos interesante psicológica y espiritualmente, según Aldous Huxley, que el temible padre Jospeh, la Eminencia Gris), el Richelieu de Dumas no sería tan inmenso. Sin embargo, para los que no somos historiadores profesionales (por mucho que nos guste la Historia) y yo sospecho que hasta para los historiadores profesionales es imposible incluso mirar el famoso triple retrato de Su Eminencia y no pensar en el hábil ministro de Luis XIII sonriendo diabólicamente mientras contempla los herretes de la reina Ana. Y es difícil bosquejar a un genio político manipulador en la ficción sin que tenga resabios del Duque Rojo. Sir Terry Pratchett diría que había imaginado al magnífico lord Vetinari pensando en los Médici, pero como mínimo tenía un ojo inconsciente puesto en Richelieu.

 

   De los tres mosqueteros que son en verdad cuatro, Aramis y Porthos no logran salir del libro. Son inimaginables en cualquier otro lugar, en otro contexto, rodeados de otros personajes. No es que sean malos personajes secundarios, todo lo contrario. Pero hacen tan buen decorado que en otro lugar estorban, como una butaca de cuero que es perfecta en un despacho forrado de maneras nobles pero no tiene ningún sentido en un comedor.

   D´Argtagan y Athos son otra cosa. Sobre todo Athos. D´Argtagnan es un chaval encantador y un arribista de mucho cuidado que se ha equivocado de amo (es la mayor y mejor ironía del personaje), por mucho que el amo al que podría servir con ganancia trate por todos los medios de reclutarlo, un aventurero tanto de espada como de alcoba. Es hijo y padre de héroes de folletín, aunque Duma supo dotarle de las dosis justas de cinismo y alegría juvenil despreocupada, con unas gotas de honor (no muchas) y de devoción irrenunciable por sus amigos que hacen difícil no encariñarse con el gascón.

   Athos es otra cosa, totalmente diferente y mil veces más fascinantee. Dependiendo del pasaje de “Los tres mosqueteros” tiene toques marxistas (de Groucho), como esa conversación magnífica en la Bastilla con el desconcertado carcelero, casi fasltaffianos (le pierde ser un valiente militar, en vez de un total burlón contra el heroísmo bélico), como en el bastión de Saint-Gervais, y siniestros, como en sus charlas con Milady. Es un cínico profundo y alcohólico que se burla del amor con algunas de las mejores frases contra los enamorados que he leído nunca fuera de Shakespeare, un amargo no amargado que enmascara su dolor tras modales de gran señor o mordacidades, capaz de ser una especie de padre afectuoso, con treinta años, para un provinciano de veinte. Cuando leí por vez primera “Los tres mosqueteros”, de adolescente, en un “arrebato justo y honroso” (otra vez Chesterton), sufrí la contradicción de querer crecer para ser al tiempo Richelieu y Athos. Ahora sólo espero poder poner sobre el papel a un hijo más o menos legítimo del mosquetero bebedor.

   Por eso creo que hay pocas experiencias más demoledoras que leer “Veinte años después” y “El vizconde Bragelonne” después de haber leído y releído varias veces “Los tres mosqueteros”. No porque no sean entretenida, que lo son (aunque “El vizconde” mejoraría notablemente si se le suprimiesen un par de cientos de páginas versallescas). No porque su retrato de Carlos I Estuardo sea bastante estomagantemente hagiográfico, que lo es. No porque cada vez que salgan en escena Mazarino y Mordaunt añoremos desesperadamente a Richelieu y Milady, que desde luego. Ni porque veamos que el tiempo está haciendo envejecer a esos cuatro amigos. No, no, la melancolía tiene sus placeres. Aramis, Porthos y D´Artagnan son ellos. Más tristes, más viejos, pero son ellos, con sus cualidades, sus vicios y sus flaquezas.

   Athos, en cambio, muere en “Los tres mosqueteros”. Y a quien nos encontramos en “Veinte años después” y mucho más aún en “El vizconde” es a un rancio aristócrata inaguantable, el conde de la Fère. Es demoledor leer, escuchar a quien un día llevó el nombre de Athos y se bebió una bodega entera sin pestañear haciendo una apología de la monarquía absoluta por derecho divino. Es insoportable contemplar al hombre que mantenía la compostura, frío, irónico, en medio de una tormenta de balas, perder los estribos por el juicio a un Carlos Estuardo. Es vergonzoso ser testigo de cómo el hombre que era capaz de hablar casi de igual a igual con el señor cardenal y de resistir los embates dialécticos de lady de Winter chochear por un insufrible como Raoul, por muy hijo suyo (adoptivo, biológico, tanto me da) que sea. El auténtico Athos hubiera negado de modo enérgico cualquier parentesco con ese pisaverde tedioso, más aún que maese Coquenard el suyo con el tragón de Porthos.

   Puedo imaginar a Athos, igual que a su esposa y enemiga, que al cardenal e incluso que al joven gascón, en casi cualquier otra novela de aventurase intriga. No a ese desgraciado del conde. A ese estirado que nos traicionó, a nosotros, los lectores, al devorar al querido, entrañable, arisco, educado, señorial, borracho, cínico, solitario y digno Athos. Tal vez esa fuera la venganza del escritor, como la de Conan Doyle en Reichenbach, su forma de agarrar a su más vivo personaje y clavarlo en la pared, como a una mariposa. Hubiera sido preferible matarlo de una estocada o una botella de más, señor Dumas, que doblegarlo de esta manera hasta hacerlo irreconocible y odioso.

   No crea que se lo voy a perdonar fácilmente.

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