Con un vaso de whisky

octubre 26, 2019

Su Alteza, el Príncipe Payaso

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:41 am
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    El Joker ha sido y es uno de mis personajes favoritos. Un servidor ha estado desde pequeñito del lado de la villanía y pocos villanos más villanos hay que ese demonio enfundado en un traje morado, con una perpetua sonrisa congelada en el rostro. No habiendo leído yo todos los cómic que debiera, el universo de Batman siempre me ha atraído por varias razones, pero siendo una de las principales la espectacular galería de malvados y criminales que lo puebla. De entre ellos, el Joker descuella sin posible discusión. Por debajo de él, que reine la subjetividad y los gustos personales entre el Espantapájaros y el Enigma, entre Hiedra Venenosa y Scarface, entre el Pingüino y Catwoman. El Joker es el primero y no inter pares.

    Este asesino en serie y en masa ha recorrido un largo camino desde su aparición primera, con esa viñeta que se inspiraba en el Conrad Veidt de la película “El hombre que ríe” (adaptación de la novela de Victor Hugo; el protagonista, tristemente, nada tiene que ver con el Joker; no obstante, es Hugo, merece la pena). Y tanto en cómic como en televisión y en cine ha ido cambiando, sin dejar de ser, pese a ello, siempre reconocible. Hubo un período, cierto, en que todo en Batman era bastante ridículo y el Joker, que nunca ha sido de medias tintas, era quizá lo más ridículo. Cuando las crónicas del Señor dela Noche se volvieron más oscuras, y más, y más y más, su némesis se volvió particularmente siniestro. No olvidemos, sin embargo, que el Joker fue atroz desde su aparición. Frente ladrones, mafiosos y delincuentes comunes que entonces pululaban en las viñetas de Bob Kane, el Joker dejó su tarjeta de presentación sin ambigüedades: él se dedicaba a asesinar.

    El Joker ha tenido este año su enésima encarnación, que ha causado un cierto revuelo por ganar el León de Oro en Venecia y por una polémica que logra a ser al tiempo estúpida y preocupante y a la que no voy a conceder ni un segundo más de tiempo en estas líneas. Otro día, quizá. Aquí estamos para que les dé mi opinión sobre “Joker” y sobre el Joker. Que no es lo mismo.

    Vaya por delante, habrá algún que otro spoiler.

     La película me ha gustado y me ha gustado bastante, no crean. Salí satisfecho del cine. Disfruté con ella y creo que es objetivamente un largometraje muy digno. Tiene un aroma setentero, con claros y ya señalados en otras reseñas homenajes a películas como “Taxi Driver” y, sobre todo, “El rey de la comedia”. Es una película tenebrosa, sin concesión a la esperanza. No hay ni Bien, ni Justicia ni perspectivas de que aparezcan. No hay un solo personaje positivo. Una Gotham sucia, fea, opresiva, corrupta, injusta, lisiada por recortes sociales, con una ira bullendo que busca romper y quemar, sin ninguna ambición de mejorar nada, sino de destrozar a quienes, desde arriba, engordan y desdeñan a los de abajo (Thomas Wayne, decisión de guión que me pareció muy divertida, es un perfecto hijo de puta). Una Gotham mucho más aterradora que la urbe fantasiosa de Burton o la pulcra megalópolis de Nolan.

     No es una película sin peros. Voy a señalar el que considero más evidente: era obvio que la vecina no estaba saliendo con Arthur Fleck. La escena en que eso se vuelve evidente no es innecesaria, aunque podía haberse cortado. Lo que es por completo equivocado es ese breve flashback en el que se elimina a la vecina de las escenas donde antes la hemos visto, producto de los delirios del protagonista.

     Arthur Fleck, el cascarón donde está oculto el Joker, es ese protagonista y Joaquin Phoenix hace una interpretación de aplauso. Es el quinto Joker que veo en la pantalla. El primero fue César Romero, en la estrambótica serie de Adam West como Batman. César Romero, lo siento, es un Joker que no me gusta nada, pero no tengo más que respeto por el actor, quien se negó a afeitarse su bigotazo para interpretar al criminal y al cual he visto prestar su cuerpo de forma involuntaria en sketchs magníficos donde un zagal le pedía un penique, asegurando, y yo no lo dudo, que sabría bien qué hacer con él. Luego vino Jack Nicholson, con un Joker al mismo tiempo estrafalario y perverso, que era quien salvaba la película de Tim Burton. Luego, Mark Hamill dio su prodigiosa voz al Joker de la serie de animación de los noventa. Serie que me sigue pareciendo de lo mejor que se ha hecho con Batman y toda su cohorte. El Joker de Hamill fue durante años mi favorito: cambiante, saltarín, burlón,un segundo bufonesco, al otro psicópata aterrador. Luego, Heath Ledger me hizo comer mis gruñidos ante la noticia de que sería el gran enemigo en la trilogía de Nolan y, en mi lista particular, retiene la corona, con el Joker más Joker que jamás he visto.

     Y llegó Phoneix. Que no ha logrado desbancar ni a Hamill ni a Ledger.

     Cuando me senté en la butaca del cine a ver “Joker” tenía dos principales temores, por los trailers y comentarios que había escuchado. Primero, que convirtiesen al Joker en una figura revolucionaria. Segundo, que colocasen como motor del personaje el rencor.

     En cuanto al primer temor, el Joker nunca ha sido ni puede ser un líder revolucionario. Un revolucionario, por muy equivocada que nos parezca su revolución, por muy horribles que sean los fines que use, por muy terrible que sea el régimen que instaure luego si triunfa (si es que está equivocada, si es que sus medios son horribles, si es que es terrible el régimen) es un individuo esperanzado. Es alguien con ideas, con creencias y, en general, con ansias de mejorar la vida de la gente. Otra cosa es que considere que sólo él sabe lo que es bueno y correcto y quien discrepe debe ser enviado al Gulag.

    Al Joker, en todas sus encarnaciones, la gente le importa un bledo. El Joker es un nihilista negativo. La destrucción le atrae no como medio para reconstruir, sino por ella misma. No desea que del caos salga un orden. Tampoco quiere instaurar el caos. El caos ya está ahí. Desde su punto de vista, la vida es ya caos, absurdo, sufrimiento y vacío. Sólo que a él eso le divierte enormemente y se alimenta de ello.

    Cuando el primer crimen de Fleck actúa como chispa y los ciudadanos de Gotham empiezan a llevar máscaras de payasos en marchas y concentraciones, sentí un pinchazo de inquietud. Pero la película fue astuta. La sonrisa de satisfacción de Fleck ante el movimiento creciente no era la de un Lenin. Era la de un ególatra que, como le dice a su psiquiatra, durante buena parte de su vida no ha estado seguro de si existe o no. Entre los rasgos constantes del personaje del Joker está la vanidad. Y es la vanidad, el orgullo, lo que le hace sonreír y, al final, pintarse una atroz sonrisa sangrienta y saludar a una masa enloquecida. A su público. No a sus revolucionarios. Más clara aún que su explícita negación ante Murray de apoyar al movimiento de airados sociales es la escena en la que, tras ver cómo la muchedumbre da una paliza a los policías que le perseguían, se saca la máscara, el símbolo del movimiento, y la tira, despectivo, a la basura.

       En cambio, el segundo temor no se sortea del todo. Veamos. “Joker” es una película de orígenes. Explica los inicios del monstruo. No es raro que se explique el origen del villano de la función en una o varias humillaciones. Alguien que, por un defecto físico, por una desventaja social, por una injusticia en el trabajo, en la vida, por un desengaño, se tira al descendente camino del Mal. Ese tropo no es aplicable al Joker. Tampoco la discutida “La broma asesina” da esta explicación: el tipo normal que acaba siendo el Joker no se vuelve el Joker como reacción voluntaria a la acumulación de desgracias, sino que se vuelve loco. El Joker no actúa por rencor. ¡Ése es Batman, no el Joker! Aunque el Joker ha liquidado a gente como represalia, esos crímenes han sido casi siempre secundarios en su ilustre carrera. Lo que no quiere decir que el Joker no esté en guerra contra el mundo, que lo está, a lo Yago. Pero no desde una herida íntima que trate de sanar. Eso le volvería vulnerable. Siendo un tanto simples, eso implicaría que el Joker necesita un abrazo que nunca le dieron. Las carcajadas que soltaría al escuchar esto. Qué diablos, ese argumento es el que usa este psicópata para manipular a la inestable doctora Quinn y transformarla en su “pareja”. Porque el Joker, en pareja, es un maltratador físico y psicológico de manual. Cómo iba a ser otra cosa.

     ¿Cae en este error la película? Puede argumentarse. La ensoñación de Arthur con el programa de Murray en el que al final le saca al escenario y le abraza como un padre o su encuentro en los baños con su se supone auténtico padre, son buenos argumentos para la acusación. Pero demos la palabra a la defensa. Y la defensa dice: no veamos la película como Arthur Fleck convirtiéndose en el Joker; veamos la película como el Joker librándose de Arthur Fleck. Como él mismo dice a su madre, si es que lo es, antes de matarla.

     Esto cambia bastante y para bien la perspectiva. Ya en la primera entrevista, con su psiquiatra, muy al principio de la cinta, vemos que el paciente está no muy bien. Una fugaz vistazo a su supuesto diario, a su libro de chistes, es revelador. A lo largo de la película lo veremos de nuevo, con esa letra atormentada y esas fotografías horripilantes, hasta que al fin el Joker lea uno de sus chistes ante una audiencia horrorizada. Porque el libro de chistes no es de Arthur, es del Joker, que se debate para salir a la superficie. Así vi también yo esa escena en la que se expone la espalda desnuda de Arthur, en tensión terrible, como si tratara de liberarse de unas cuerdas invisibles. Y así veo también las diferentes escenas de danza, cada vez más fluidas.

     Hasta que el Joker aparece por completo. No en las escaleras, por mucho que se empeñe Instagram. No, es en el programa de Murray. Nótese, incluso en el camerino parece que la idea del invitado es volarse la tapa de los sesos en directo. Pocos planes menos jokerunos se me ocurren. Ah, pero cuando el telón se aparta para él… el baile es por fin libre, el lenguaje corporal ha cambiado por completo, besa a la doctora del programa (un guiño al lúgubre cómic de Fran Miller, “El retorno del Caballero Oscuro”) , se sienta, imperial… Ahí, sí, ahí vi por fin al Joker, contemplando, con una mezcla de desprecio, frialdad, rabia y burla al auditorio, con el gesto superior de quien es el único que ha entendido el chiste de la existencia.

     Lo malo es que en su pequeño discurso posterior aún hay rastros de Arthur y de sus quejas. Aún no se ha liberado del todo. Quizá sólo se haya liberado al final, en Arkham, en esa última escena, con esas pisadas carmesíes.

    Lo cual me lleva a mi irreductible problema con “Joker”. Que es, como he dicho, una película de orígenes. Y por buena que sea, una película de orígenes es un error con el Joker.

     Error que cometieron los cómics, al darle esa tontería de explicación del ladrón Capucha Roja. Tan es así que posteriores cómics difuminaron esa explicación “canónica”. Error que cometió Burton y también la serie de animación, exponiendo o insinuando un pasado como gángster, si bien es cierto que en el “Batman” de Burton ese gángster ya estaba mal de la azotea antes del baño de ácido (y además, de joven lo interpretó Hugo Blick).

     Error que no cometió Nolan, en una de sus mejores decisiones: que el Joker irrumpiera sin explicación alguna en Gotham, sin que nadie sepa de dónde o el porqué y sin que nadie tenga siquiera tiempo de preguntárselo, arrastrados por el frenético carrusel de violencia que despliega el archicriminal hasta descoyuntar a la ciudad.

     Aquí me posiciono. No quiero una historia de orígenes del Joker. Incluso si es buena. Incluso si los orígenes que se narran pueden ser un puro delirio o fantasía. El Joker, como personaje, es mejor cuanto más inhumano resulte. El juez Holden, personaje con rasgos yaguescos y jokerunos, aparece en “Meridiano de sangre” sin explicación de su origen y buena parte de su poder estético viene del misterio de su naturaleza. No, no, explicar si Arthur es o no hijo de Penny Fleck, si es adoptado, si es o no hijo de Thomas Wayne, todo eso degrada al personaje. Dios mío, que se deja abierta la posibilidad de que el Joker y Batman sean hermanastros. ¡Si eso no es destrozar una de las mejores enemistades de la historia…!

     “Joker” es una buena película. Pero el Joker es otra cosa. El Joker entra en una sala llena de mafiosos y es capaz de aterrarles con un lápiz. Porque no le entienden. Porque el Joker no es humano. Ni debe serlo. Es el Príncipe Payaso. El Príncipe de esta Ciudad. Quien tenga oídos, que oiga.

agosto 27, 2019

Y la Bondad se hizo Risa

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:11 pm
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    Hace años leí una cita, que soy incapaz de situar y ni tan siquiera de asegurar que exista y no sea una jugarreta de mi memoria: “El hombre se inclina ante el talento, pero se arrodilla ante la bondad”. Si esta cita existe (no puedo afirmarlo) y fuera cierta (puedo discutirlo), sería digno de ver qué haría el hombre ante Mr. Michael Schur y sus colaboradores o ante sus obras. Porque en ellas sólo hay más bondad que talento.

   Es Mr. Schur responsable, con una lista no pequeña de cómplices, de tres de las series que más he disfrutado en los últimos años. Parks and Recreation. Brooklyn Nine Nine. The Good Place. Cualquier escritor daría su pluma, su mano y su mueble bar por escribir una de ellas. O la mitad. O un cuarto. Obras colectivas, como toda serie de televisión, se distingue, sin embargo, una mente común tras ellas.

   Siendo series con puntos de partida aparentemente muy distintos, hay un denominador común: al acabar un capítulo uno se siente mejor consigo mismo y con el resto de personas en el mundo. Incluso tiene la sensación de que uno mismo y el resto de personas en el mundo no somos, como dirían los doctores Kelso y Cox, “bastards, bastards coated bastards with bastard filling”.

  Podríamos hablar largo y tendido de estas tres enormes comedias, pero aquí quiero resaltar ese aspecto fundamental, en cuanto creo que les da su gran originalidad. Ciertamente, antes de esta triple corona schuriana había personajes positivos y amabilidad en el mundo de la televisión y de las comedias. Sin embargo, en casi todos ellas, la bondad es algo por lo que hay que pedir perdón. Ni guionistas, ni actores ni directores logran que lo luminoso entre en la comedia sin tener que suspender la risa. Un momento de ternura, de complicidad o de amabilidad tiene que ser inmediatamente corregido por un chiste. No hablo de una parodia de la amabilidad: es el terreno de la comedia negra, maravilloso territorio donde siempre estoy encantado de encontrame. No, no, hablo de un intento no irónico de mostrar sentimientos positivos de un personaje hacia otro. Hay una cierta incomodidad, en la obra y en el espectador, ante estos momentos. Como si fueran antitéticos con la comedia, salvo como excusa para la mofa. Hay que reír para superar un momento de vergüenza ajena ante dos personajes dándose un abrazo. Incluso en comedias que me parecen muy brillantes, como Scrubs o Community, ocurre esto.

    El gran secreto de Schur y los suyos es haber encontrado el modo de entrelazar humor y bien de un modo que no sea posible separarlos. Burlarse de Leslie y Ron cuando toman una cena-desayuno juntos,de April al mirar a su marido con enorme cariño, de Michael declarando a Janet su amistad, de Eleanor y Chidi mirando cómo se encuentran y se enamoran una y otra y otra y otra vez, de Peralta vislumbrando la aprobación tras el gesto impasible del enorme capitán Holt… Reírnos de ellos mataría la comedia y la serie. No queremos reírnos de esos personajes. Queremos que nos incluyan en sus comunidades, para poder reír con ellos.

   Las obras de Schur tienen en su centro una especie de comunidad fantástica: aquella que acoge a sus miembros sin impedir que sean individuos autónomos y dispares. En todas ellas se menciona el concepto de familia, fuera de vínculos biológicos. Los funcionarios de Pawnee, los policías de la comisaría neoyorquina, el grupo de almas errantes, forman comunidades, desarrollan relaciones de amistad íntima o amorosas, no sin aristas ni sin choques, pero sobrellevándose unos a los otros.

   Esas comunidades evitan el gran enemigo: la gazmoñería. No hay en ellas, ni en las comedias en las que tienen lugar, nada pringoso. El Bien, el Humor y el Ingenio no se ponen la zancadilla unos a otros, sino que bailan una danza armoniosa. Hay una ballet muy preciso aquí, que, como todo baile bien trabajado, resulta engañosamente simple a la vista. La risa no es un mecanismo de defensa frente a la vergüenza ajena porque no hay posibilidad de vergüenza ajena. Schur y los suyos demuestran y enseñan que se puede ser buena persona e inteligente e ingenioso e incluso sarcástico. Que la santidad no es sinónimo de cretinismo, ni la inocencia es la gemela de la pusilanimidad.

   Claro que en estos mundos ficticios el Mal ronda. En Parks and Recreation hay masas llenas de prejuicios y bastante idiotas; ricos egoístas y mezquinos; políticos corruptos; periodistas sensacionalistas e incompetentes. En Brooklyn Nine Nine, además de criminales con y sin placa, el racismo, la homofobia, el machismo y la pobreza muestran sus feas caras más de una vez. En The Good Place los personajes no dejan de reflexionar sobre qué es el Bien y qué es el Mal y, además, literalmente, ¡tenemos demonios actuando! Pero el Mal, en todas sus variedades, no tiene aquí la última palabra. Ni, mucho menos, es el último que ríe.

   Un servidor es, para qué negarlo, un devoto de la comedia más bien oscura. Yes, Minister, The Thick of It, The League of Gentlemen, Veep, Black Books, entre otras muchas, tienen un ruido de fondo lúgubre. Las carcajadas y las sonrisas irónicas nacen del desencanto. Silbamos con el grupo de crucificados de Brian, porque, indeed, life is a shit.

   Lo que atrapa de las comedias de Schur es su núcleo radiante, vitalista, que las atraviesa y alcanza al espectador, sin llamarle idiota. Al contrario, exigiéndole inteligencia. Y, de un modo similar a las benditas novelas de Wodehouse, logrando que, al acabar los veinte minutos del capítulo, se sienta casi feliz, más generoso consigo mismo y con los que tiene a su alrededor.

   Comedias, en fin, que demuestran que, cuando es Schur el que escribe, los hijos de las tinieblas no son más inteligentes que los hijos de la luz. Ni más graciosos. Algo es.

P

mayo 1, 2019

Valar morghulis, pero sin exagerar

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 6:48 am
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   Esta es la segunda y casi con certeza última reseña que escribo acerca de “Juego de Tronos”. No tenía pensado escribir más desde mi despedida de lord Baelish, mi individuo preferido con mucha diferencia en todo Poniente. Dudaba que la serie fuera a sacarme de mis casillas otra vez, luego de destrozar a ese escurridizo maquinador y ejecutarlo del modo más ignominioso. Y tenía razón: no estoy irritado, sino cansado. “Juego de Tronos”, en esta última temporada, me demuestra que ya no es más que una cáscara vacía. Y aún peor. Es una estafa. Una estafa que puede llegar a la indignidad de “Perdidos”.

   Voy a obviar los dos primeros capítulos de la octava temporada, dos horas perdidas, en las cuales la trama no avanza ni un milímetro, los personajes (ja, personajes, perdonen el chiste involuntario, ya sólo nos queda Sansa; ¡Sansa, quién nos lo iba a decir! Meñique) se reencuentran con un efecto dramático y emocional buscado y no encontrado y uno empieza a plantearse si no sería cosa de planchar esa pila de ropa pendiente mientras Jon y Daenerys intercambian requiebros vergonzantes. ¡El incesto, aburrido! ¡Así estamos!

   Uno tenía todas sus fichas, pues, en el tercer capítulo. El Rey de la Noche y sus secuaces llegaban al fin a Invernalia. Con un poco de suerte, barrerían a los vivos y los supervivientes escaparían. Con un poco de menos suerte, vencerían, tras graves sacrificios, para descubrir que el Mal Gélido les había engañado y estaba en otro lado, concretamente en Desembarco del Rey. Y, claro, ni una ni otra. La tercera opción. La espantosa.

   A partir de aquí, algún destripe caerá.

   No voy a entrar en la valoración del estúpido plan de batalla de los vivos, pues hay excelentes artículos criticando, desde un punto de vista estratégico y táctico, el capítulo. Para qué repetir. Basta indicar que lo que ya sabíamos ha recibido su enésima confirmación: tía y sobrino Targaryen son unos imbéciles incompetentes y todos los que tienen a su alrededor deberían arrojarles desde la torre más alta que encontrasen. Pero esta vez asegurando el resultado, no como Jaime con Bran.

   Visualmente, el capítulo es notable. La carga de los dothraki es de un cretinismo sin parangón desde la de la Brigada Ligera y la reaparición de Melisandre sin dar motivo de la misma, justo en ese momento, para ejercer de mechero viviente y recurso narrativo de guionistas perezosos, patética. Pero, justo es reconocerlo, esas miles de espadas ardientes fueron resultonas. Y ver cómo se apagaban en el abrazo de la Noche me concedió una breve esperanza. Falsa. No tuve, por cierto, mayor problema con la oscuridad que tanto se critica. Me pareció que tenía sentido, el que el espectador, como los vivos, no supiera bien cuándo y de dónde iban a surgir los muertos para dar una dentellada.

   ¿Hay algo aprovechable en este tercer y largo capítulo? Sí. Arya en la biblioteca es una secuencia excelente, tensa y muy bien rodada. La mínima sonrisa del Rey de la Noche ante Dany, cuando ésta se da cuenta de que su único recurso en la vida, los dragones, es inútil frente a él, casi me emocionó.

   Ah, pero el capítulo ya había dado señales, desde muy pronto: sería una engañifa. Y aquí voy al meollo de mi problema con los dos últimos años y pico de “Juego de Tronos”.

   El profesor Nahum, crítico que merece todo mi respeto y que me ha honrado con su atención más de una vez, repite que a partir de determinada temporada (la cuarta o la quinta, esto es discutible) había que cambiar las gafas para ver esta serie. Que todo se volvió más palomitero. Más marvelita. No le falta razón. Lo que pasa es que esa serie ya no me interesa. No fue un cambio brusco, brutal. La serie aún tenía sus destellos, a los que algunos nos agarrábamos. Sin embargo, la enfermedad estaba en el núcleo. Y era evidente.

   “Juego de Tronos”, para mí, tenía dos grandes atractivos. Era una serie de intrigas y conspiraciones, con personajes relativamente tortuosos y planes dentro de otros planes. Es notorio que ya no queda un personaje que piense, salvo Sansa, alumna que aprendió a golpes. Tyrion se ha vuelto idiota, Varys está sólo de cuerpo presente, lady Olenna y Tywin nos dijeron adiós y de Meñique ya he hablado bastante, no quiero caer en melancolías. Nos quedan tontos por doquier.

   La otra gran virtud era que no había seguridad. Los buenos podían morir. De hecho, los buenos, quienes, como decía Casco Oscuro, son idiotas, tenían tendencia a morir. No había, se suponía, personaje que estuviera a salvo del Segador y, durante buena parte de las temporadas, cuando caía la guadaña, caía con sentido. Era la consecuencia de alguna decisión, de algún error, de algún complot. Si te ponías a tiro, te abatían.

   Y luego algo pasó y los guionistas empezaron a repartir bulas. De repente, había seguridad. Había un núcleo de individuos que sabíamos, sabemos, con privilegio. Por si nos quedaba alguna duda, la serie colocó a varios en un lago de hielo, rodeados por hordas de muertos andantes, sin apoyo ni vía de escape. Y sobrevivieron. El condenado Jon Snow sobrevivió a dos muerte seguras en menos de cinco minutos. Los animales son iguales, decían los cerdos de Orwell, pero unos animales son más iguales que otros.

   El tercer capítulo de la octava temporada ha sido otra vuelta de esta tuerca. Pones a unos cuantos personajes principales en primera línea frente a unas fuerzas que devoran gente cual termitas la madera. Y, ¿a quién perdemos? A Edd el Penas. A lady Mormont, la pobre, que era una terciaria simpática, muere, pero no sin antes abatir a un gigante. Sir Beric Dondarrion, que ya no sabía ni qué hacer con su parche, cae, pero vive Dios, costó. Y aún más el Pagafantas con armadura, ese insoportable sir Jorah. Ah, y Melisandre, que se había quedado sin gas. Por cierto, ya me explicarán la mirada de casi pánico que la Mujer de Rojo dedicó a Arya hace años, viendo cual era al final el destino de la muchacha; no veo qué de terrorífico podía tener para una devota del Señor de la Luz.

   ¿El resto? Sin un rasguño. En primera línea y casi sin despeinarse. Jaime, manco y más bien torpón, tan campante, junto con Brienne y Podrick, aplastados contra una pared minutos eternos cuando no deberían haber durado ni diez segundos. Gusano Gris, también llega al final del episodio; verán que al final logra jubilarse en una playa. ¡Sam! ¡Sam sobrevive! ¡En un combate cuerpo a cuerpo contra docenas de zombies y esqueletos espídicos! ¿Cómo se va a tomar esto en serio nadie? ¿O en broma? No digamos Jon o Daenerys, que también deberían haber pasado a mejor vida unas seis veces cada uno. Aunque, seamos sinceros, eso ya no lo espera nadie.

   Y entonces, cuando la cosa ya no podía empeorar, por supuesto que empeoró. El Rey de la Noche, en vez de esperar tan tranquilo a que el ejército que acaba de animar liquide a los escasos supervivientes, va al jardín donde espera Bran, viendo alguna película en su mente. Con enervante lentitud liquida Theon (bueno, algo es algo). Se yergue ante Bran. Como un villano trillado, parece que pierde a posta su momento y, si no fuera porque es mudo, hubiera sido de esperar un soliloquio de regodeo. Y entonces, el deus ex machina. Arya surge, vaya usted a saber de dónde, entre cohortes de muertos y Caminantes Blancos. Y se carga al Rey de la Noche. Y al ejército. Y chimpum.

   Miren. Al diablo. Al carajo, de verdad. Ocho temporadas. Ocho. Desde la primerísima escena. Dejando caer que la Gran Amenaza no eran las estratagemas de Tywin, los planes de Varys, el caos calculado por Meñique. Que el Mal venía de Más Allá del Muro. Insinuando, primero, proclamando, después, que cuando los muertos llegasen, que R’hllor nos cogiera confesados. Y cuando por fin llegan, cuando llegan de verdad, pierden en la primera batalla. Matando a unos cuantos ex-personajes, deshechos de una serie que no sabe cómo cerrar las redes que fue tendiendo años y años. Sin que sepamos gran cosa de la auténtica motivación o la auténtica fuerza tras los Caminantes Blancos. Así, puf. De una cuchillada. Ya, ya, con la daga que casi mata a Bran en la primera temporada, fíjense qué consuelo. Sí, de acuerdo, al menos no es Jon el que liquida al Rey de la Noche, pero es que eso ya hubiera sido una causa de justificación del linchamiento de creadores y guionistas.

   Este episodio ha sido el equivalente a un indulto de última hora para Ned Stark. O la llegada de salvadores inesperados en la Boda Roja. Anticlimático. Burdo. Pueril.

   En fin, que los tres capítulos restantes serán contra Cersei. La villana más torpe del plantel. Conforme, la voladura del Septo de Baelor fue impecable televisión; Cersei sigue siendo una cretina. Con Euron, el Histriónico Real, como enemigo número dos.

   Qué quieren. Será un alivio acabar de una vez con esta agonía.

   Valar morghulis. Menudo chiste.

marzo 15, 2019

El enredador enredado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:20 am
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    En este mundo donde cada día se me van derrumbando las pocas convicciones que alguna vez he tenido (salvo mi concebollismo militante y mi confianza en el sabor de los whiskys de Islay) el no poder confiar ni en Hugo Blick es descorazonador.

    Hugo Blick es la mente poderosa que estaba tras “The Shadow Line”, obra maestra de la televisión, y “The Honourable Woman”, pieza notable y compleja, de las que ya hablamos. Al escuchar que estaba preparando una nueva serie, esperé con confiada impaciencia. Se ve que soy, ay, demasiado infantil e inocente para este mundo, como decía el Duque de Gloucester. La serie en cuestión, “Black Earth Rising”, ha sido una decepción. Blick está allí, sin duda, se nota su presencia sombría y astuta, pero parece como si buena parte de sus poderes de creador, intrigante y manipulador le hubieran abandonado.

   Como en sus antecesoras, tenemos a un puñado de personajes sufrientes, con dramas y aun tragedias personales sobre ellos, envueltos en una trama amplia y tortuosa. En el Gran Juego, como algún que otro dice a lo largo de la serie. Sin embargo, mientras que en esas antecesoras, sobre todo en “The Shadow Line”, la faceta personal y la intriga siniestra se complementaban a la perfección, de modo que cuanto más profundizábamos en la segunda más rica se volvía la primera, en “Black Earth Rising” una y otra se estorban. Y al dividirse y subdividirse casi de forma compulsiva no se obtiene una sutil tortuosidad sino una confusión a ratos caprichosa o torpe.

   Ciertamente, Blick no ha perdido su ambición ni su vocación por sondear las Tinieblas. No en vano, aquí se lanza al corazón de las mismas: en el centro de la serie está el terrorífico genocidio de Ruanda. Y los Temas que toca no son menores: la justicia y la verdad, la venganza y la reconciliación o el olvido, la razón de estado y los cálculos económicos, la complicidad o no de los Estados y las Iglesias en crímenes abyectos, la descolonización y el neocolonialismo, el racismo y el paternalismo auténticos o como excusa para escudar tras ellos intereses bastardos… Mucho, muchísimo. Tal vez demasiado.

  Superviviente del horror, Kate Ashby (Michaela Coel), mujer adoptada por una abogada británica experta en Derecho Internacional y acusadora ante el Tribunal Penal Internacional de genocidas y criminales de guerra, investigadora ella misma para el despacho de su madre, mujer traumatizada y obsesionada por su lacerante pasado, es la gran protagonista de la serie. Hay similitudes no menores entre Kate Ashby y Nessa Stein, ambas fuertes pero heridas. Y también entre Kate y el Detective Inspector Gabriel, ambos tratando, desesperados, de conocerse a sí mismos, de rellenar las lagunas de su propio autoconocimiento, de saber quiénes son en verdad. Ahora, donde Chiwetel Ejiofor me convencía plenamente, Michaela Coel se une a Maggie Gyllenhaal: tiene momentos brillantes y momentos deplorables. Sus arrebatos de angustia, dolor o furia, a veces, son tan exagerados que, en lugar de resultar estremecedores o emocionantes, resultan casi ridículos. Eso es un pesado lastre para la serie.

   Los secundarios lo hacen bastante mejor, aunque ninguno logrará, me parece, permanecer mucho en mi memoria. Tal vez la sobria e implacable presidenta Bibi Mundanzi o su consejero, el sibilino Runihura. John Goodman, cuya titánica presencia creí que compensaría la ausencia de mi idolatrado Stephen Rea, si bien hace un rol digno como Michael Ennis (es un grandioso actor), me chasqueó algo; esperaba más de él. Aparte, que no hay quien se lo crea como abogado británico (solicitor o barrister, no lo acabo de tener claro) en cuanto empieza a hablar. Otro tanto en el debe de la serie es un maniqueísmo más marcado que en las otras obras de Blick. Nadie está libre pecado, es verdad, y, de hecho, las faltas de los personajes parecen haberse somatizado en muchos de ellos, porque apenas hay alguien que no padezca una enfermedad que lo esté devorando por dentro. Sin embargo, aun con matices, los buenos están a un lado, los malos en otro. Y eso es aceptable cuando el Malo es Gatehouse. El problema es que no hay Gatehouse, aquí. El mismo Blick interpreta a un personaje que podría haber sido un candidato, el cínico abogado Blake Gaines, pero lo liquida con prontitud; la escena de su muerte no deja de ser irónica, eso sí.

  Tampoco desde el punto de vista formal, los encuadres, los planos, me dejaron una impresión notable, al contrario que en otras ocasiones. Incluso hubo momentos (Ennis y Ashby bajo las aguas del Támesis, por ejemplo) artificiosos. El uso de la animación para los recuerdos del pasado relacionados con el genocidio me sorprendieron. Me parecen una decisión correcta, estéticamente interesante y una forma de conjurar el riesgo del morbo o la violencia pornográfica. Algunas de estas secuencias animadas logran inquietar.

   Blick de vez en cuando parecía recuperar la forma, con destellos malévolos. La primera escena de la serie, el tenso intercambio entre la madre de Kate y un estudiante univseritario. La secuencia de Ashby caminando por el pasillo de la jaula dorada del genocida Patrice Ganimana, o la conversación de Ennis con un responsable del Foreign Office, con esa referencia a Isabel I, María Estuardo y el desgraciado secretario Rizzio, en una advertencia mezclada con una amenaza… Aquí está la mente que yo echaba tan en falta. O esa broma macabra en la que el comandante canadiense, lleno de ansias de heroicidad y celo justiciero, se empeña en haber reconocido a un criminal de guerra, provocando un desastre. Lo malo es que no hubo más que eso, destellos.

   La trama, donde Blick suele destacar, fue una decepción. Esperaba y no hubiera exigido menos, tramas y subtramas, juegos de sombras y espejos, giros de guión no azarosos sino calculados, pistas y senderos que uno creía que le llevaban a un lado y resulta que conducen a otro muy diferente. La trama de “Black Earth Rising” es abigarrada en exceso. Empieza con un ritmo muy notable, con un posible juicio contra un general que ayudó a poner punto final al genocidio, sirviendo en bandeja un conflicto personal entre varios personajes y un interesante argumento. Entra en juego el asesinato que aquí no inicia la acción, sino que la desbarata y obliga a empezar de nuevo. Y lo desbarata tanto que parece que la serie va dando tumbos.

   Toda la parte que transcurre en Francia, que ocupa no poco tiempo, es, a la postre, una mera pantalla de humo más en el juego. Bien, conforme, pero, señor Blick, ha gastado usted demasiada pólvora y esfuerzo apuntando a nuevos personajes y conflictos como para desdeñarlos con un gesto. La cosa no mejora después: la serie se empeña en mantenernos en tensión, insinuando que se desvelarán graves secretos, intrigas subterráneas. Sí se revelan. Y uno en concreto, relativo a Kate, tiene el gusto refinado y cruel de Blick. Pero el resto… En fin, cada vez que se desvelaba uno esperaba que fuera un mero espejismo más y que el verdadero meollo estuviere aún por llegar. Hasta que la serie se acabó.

   No es una serie pésima, ni mucho menos. Pero cuando uno se llama Hugo Blick y ha sido capaz de extender redes tan magníficas resulta doloroso ver que acaba atrapado por las nuevas y cayendo a plomo, hasta estrellarse.

  Hasta la próxima vez, señor Blick. Seguiré esperando.

enero 24, 2019

Hilda: los dorados días de la infancia

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:58 pm
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   Según tengo entendido, Gerald Durrell respondió, al ser preguntado qué regalaría a un niño, supongo que un niño que le fuera francamente simpático: “Mi infancia”. De la infancia de Gerry Durell con su familia en la isla de Corfú ya hablamos aquí. Luke Pearson decidió regalarnos otra infancia, la de Hilda, una infancia que parece muy digna de ser regalada y de ser vivida. No me vengan con el argumento de que la del bueno de Gerald fue real y la de Hilda es ficción, unos cómics. ¡Valiente objeción! Algunas de las mejores infancias y vidas de las que tengo conocimiento son ficticias. ¡No sigamos por el sendero de la ficción y la realidad o nos encontraremos al Rey Rojo durmiendo!

   Netflix ha puesto su grano de arena convirtiendo la saga de cómics de Mr. Pearson (que no he leído, para mi infortunio) en una espléndida serie de animación. Tantos quejidos que oigo, lamentaciones añorando las series de dibujos para niños de hace diez, veinte, treinta años. Bien, aquí tienen una maravillosa serie de dibujos para niños, de hoy día. Desde los cinco a los noventa y cinco años. No es la única, por cierto.

   “Hilda” narra las andanzas de una niña, la protagonista que da título a la obra, en la ciudad de Trollberg y sus cercanías boscosas. No pretendo explicar las tramas ni los giros de guión, así que me limitaré a cantar sus alabanzas. Los destripes serán mínimos, si es que los hay.

   Saben ustedes que una de las primeras cosas que juzgamos siempre aquí, cuando hablamos de una serie o película, son los aspectos formales. Siempre estoy dispuesto a inclinarme ante opiniones mejor fundadas y aún más en series de animación. Dicho esto, me parece que la animación de “Hilda” es una de las más pulcras, correctas y adecuadas que he visto. El estilo me recuerda considerablemente al de Bill Watterson en su inmortal “Calvin and Hobbes” o al “Peanuts” de Schulz. Los personajes son agradables a la vista, cercanos, terrosos. Son más “cute” (ese adjetivo inglés perfecto que en español podría ser traducido como “cuco” o “mono”, pero que no es exactamente equivalente) que bellos. Los colores son cálidos y acogedores. Incluso en escenas nocturnas e invernales, ni el trazo ni el color nos transmiten frío o desamparo. Esta serie es peculiarmente hogareña, esté o no algún personaje perdido en la espesura e incluso aún más en ese momento, porque el perdido, al fin y al cabo, está buscando su hogar.

   La estructura de la serie también me ha resultado una agradable sorpresa. Cada vez estoy más acostumbrado a series que se empeñan en hacer una especie de película de varias horas. Ojo, no es algo necesariamente malo. Por no irnos muy lejos de “Hilda”, la estupenda “Over the Garden Wall” se puede ver como una película dividida en capítulos, más que una miniserie; de hecho, les recomiendo que así la vean, de seguido. No obstante, una serie de televisión tiene otras alternativas y “Hilda” elige una muy clásica y válida: arcos argumentales que ocupen uno o dos episodios, con un mundo coherente que les da consistencia y unidad, favorecido esto con personajes recurrentes o pequeños misterios en el trasfondo que se van resolviendo en capítulos posteriores. Los episodio son breves, entretenidos y con un ritmo bien afinado, presentando el problema y resolviéndolo, sin que las tramas, el desarrollo de personajes y el del mundo se estorben los unos a los otros.

   En cuanto al mundo, parece que nos encontramos en una suerte de Escandinavia de finales del siglo XX, en la que los humanos conviven con criaturas, inteligentes o no, sacadas del folklore y las leyendas. No soy un gran conocedor del folklore y las leyendas escandinavas, así que no tengo idea de si la mayor parte de las criaturas han sido sacadas tal cual de las fuentes originale, si son modificaciones o invenciones de Mr. Pearson. Puede que lo averigüe. Lo haga o no, no hay criatura que no merezca atención: gigantes, trolls, nisses, elfos…

   Hagamos un pequeño alto con estos elfos diminutos. “Hilda” es una serie en absoluto carente humor y mucha de su ironía se gasta en los elfos. Criaturas maniáticas, cuadriculadas y un tanto pomposas, su vida entera gira en torno al papeleo, los contratos, los formularios, las firmas y los sellos. Son una civilización de burócratas y abogados que no tienen sociedad a la que servir, con lo que se han convertido en su propia justificación: el formalismo por el formalismo puro, sin objeto ni sentido. La leyenda que explica el porqué del exilio de una de las tribus de los elfos es una pequeña joya satírica.

   Pero no crean que “Hilda” es una serie eminentemente satírica, porque no lo es. Es inocente y amable en grado sumo, sin caer en gazmoñerías, lo cual no es escaso mérito. Es difícil que no caiga bien Hilda, pragmática e idealista al mismo tiempo, lista y considerada, aunque en modo alguno perfecta y con gran capacidad para meterse de cabeza en todos los líos posibles. ¡Es una aventurera, al fin y al cabo! Una protagonista necesita un séquito y Hilda no es la excepción. La tenemos bien flanqueada por dos amigos convenientemente dispares (esto es un tópico en este tipo de obras, pero lo admitimos porque en este caso funciona relativamente bien) la muy perfeccionista Frida y el bondadoso y torpe David, por su zorro ciervo Twig, el elfo Alfur y la digna madre de Hilda, Johanna, una de los mejores personajes maternos que he visto de un tiempo a esta parte. O esa bibliotecaria, que merece respeto aunque sea por ir con capa por la vida.

   El mundo de Hilda, por inocente que sea, no está exento de mal. Aunque el Mal, en esta obra, es casi siempre una consecuencia de la ignorancia, del desconocimiento, algo bastante platónico o propio de Auden.  Puede que la escena que mejor refleje esta idea esencial de la serie sobre el Mal sea la de la madre de Hilda, viendo, desconsolada, como un muy bondadoso gigante aplasta de un pisotón, sin ser consciente de ello, la casa de la familia humana… mientras el pie de Johanna atraviesa la pequeña casa de una familia élfica, sin que Johanna se dé cuenta.

   Oh, pero sí hay criaturas más o menos turbias, claro. Un aquelarre de adolescentes capaces de provocar pesadillas, que disfrutan sádicamente del terror de los demás. Un malicioso Rey Rata, traficante de secretos. El Hombre de Madera, sarcástico, solitario, tramposo y cínico, aunque si le caes bien puede que te ayude de un modo que también le beneficiará a él. Y no todos los humanos, desde luego, son de fiar.

   Incluso con estos individuos rondando, Trollberg y aledaños parecen una hermosa tierra. Alicia podría haber caído aquí y seguramente se habría sentido más a salvo que en el País de las Maravillas o en el Otro Lado del Espejo. Y sospecho que se habría llevado bien con Hilda. Así que espero que podamos regresar de nuevo aquí, mientras queden “los felices días de verano”. Hagan una visita, no lo lamentarán. ¡Y hay té y sándwiches de pepino en la cocina!

diciembre 13, 2018

Apuntes breves sobre Sabrina y sus tibias aventuras

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:42 pm
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   Como ando un poco liado con varias cosas y, en mi humilde y muy discutible opinión, “The Chilling Adventures of Sabrina” no da para una reseña muy detallada, me voy a limitar a dejarles aquí una lista más o menos desordenada de impresiones sobre la serie de Netflix; para mí, una de las pequeñas decepciones del año.

    -En primer lugar, jamás he leído los cómics en los que se basa la serie, ni los de Sabrina ni los de Archie, la matriz, así que no tengo ni la más remota idea de si la producción de Netflix es o no fiel a la obra original; ni tampoco sé si sería loable o deplorable la lealtad.

    – La sitcom que llevó a la televisión por vez primera a Sabrina Spellman es, en mi recuerdo, una de las comedias más infames que he tenido el disgusto de afrontar. De modo que estaba inmunizado contra esos accesos de nostalgia manipuladora que otros, según leo, han sufrido al ver esta nueva encarnación.

    -Juicio global, la serie me ha resultado entretenidilla, bastante tonta en ocasiones, no mal hecha formalmente y desde luego olvidable por completo.

   -Dirección, fotografía, vestuario y banda sonora, funcionales y a ratos dignas (la banda sonora, quizá lo peor). En cambio, las actuaciones… abismales, en general. No ha habido ni una interpretación que me haya parecido salvable del Gulag. Ni siquiera, con gran dolor lo escribo, la de Kiernan Shipka, que tan bien llevaba su papel en “Mad Men”, con momentos de brillantez indiscutible. No entiendo muy bien qué ha pasado, incluso admitiendo que Sabrina es un rol menor comparado con Sally Draper. El resto… o actuación de cara de palo o sobreactuación vergonzante. Con la excepción mínima de la abuela ciega de la mejor amiga de Sabrina.

    -Hay alguna secuencia de magia y hechicería simpática. El espantapájaros que persigue a Sabrina por el laberinto de maíz quizá sea el bicho más resultón.

    -La relación entre las tías de Sabrina tiene su aquel. Pero, una de dos, o Zelda le rompe a Hilda la crisma de una vez y para siempre o Hilda envenena el té de Zelda. O, mucho mejor, que Zelda le rompa la crisma a Hilda luego de beberse el té envenenado.

   -El humor es casi inexistente, salvo puerilidades como agarrar frases típicas de distintas iglesias y darles un pequeño cambio satanista (“Praise the Dark Lord”; “unholy feast”; cosas así). Sólo me he reído en los momentos de supuesta profundidad emocional o socio-ideológica-teológica.

   -Entiendo que esto es una simple serie de aventuras y no pretende graves debates sociales, morales y religiosos. Pero no debería amagar tanto en tocar Temas y luego hacer una chapuza con los diálogos o las situaciones.

   -El director del instituto es un cretino machista, cansino e indigno de la Villanía y todo lo malo que le pase es poco. Como personaje en obra literaria, claro.

   -Ando un poco perdido en cuanto a la organización del culto satánico de la serie. Da la impresión de que cada congregación brujeril va un poco a lo suyo, como las iglesias evangélicas estadounidenses, porque el personaje de Michelle Gomez (aunque mienta más que habla) asegura ante brujas veteranas que pertenecía, no a su Iglesia de la Noche, sino a la Iglesia de las Sombras, en otro pueblo, y nadie mueve un músculo. Claro que entonces no sé qué rol tiene el Sumo Sacerdote como vicario infernal, a lo papa diabólico, salvo que en realidad sea un simple reverendo diabolista con ínfulas. Ni tampoco tengo muy claro las reglas de elección de nuevo Sumo Sacerdote, viendo que el padre de Sabrina ocupaba el cargo, pero a su muerte pasó al discreto Faustus Blackwood y todo el mundo asume que los hijos de éste tienen derecho a reclamar el título, cuando el padre vaya al amoroso seno de Belcebú.

   -Los amigos mortales de Sabrina sólo son sobrepasados como generadores de tedio por los amigos o enemigos, dependiendo del día, brujeriles de Sabrina.

   -La serie tiene un notable problema de ritmo y de estructura de fondo. Los primeros capítulos nos introducían con cierta rapidez en el mundo y todo lo que pasaba nos arrastraba a un momento cumbre: el Bautismo Oscuro de Sabrina, teniendo este arco una coda de cierto interés al negarse la protagonista a firmar el Libro de la Bestia y ser una más del cónclave. Pero una vez que las partes llegan a un acuerdo más o menos de equilibrio para las dos naturalezas de Sabrina, entramos en una serie de episodios sin sentido y llenos de bostezos, a lo Harry Potter, hasta que Miss Wardwell, la mala principal, más porque se acaba la temporada que por lógica del relato, fuerza un clímax final que es un poco anticlimático, todo sea dicho.

   -¿Qué demonios añade el primo Ambrose?

   -Las referencias y guiños a folklore, magia, religión y cultura popular son bastante perezosas. Un Daniel Webster que no tiene anda que ver con el relato ni la película original y cuya historia aquí es risible (¡Ooooh, un joven abogado que hace un pacto con el Diablo y empieza a defender y liberar culpables! ¡Qué escándalo!). Un brujo llamado Nick Scratch (Nick es uno de los muchos nombres del demonio; Mr. Scratch era como se hacía llamar Lucifer, justamente, en “El Diablo y Daniel Webster”). Una Lillith que se supone gran revelación y logra un mínimo arqueamiento de ceja porque, en realidad, importa un bledo que sea ella. Da la impresión de que los guionistas pusieron en un buscador “referencias al diablo” y empezaron a tomar notas.

   -Michelle Gomez está aquí un poco más contenida que en “Doctor Who”, en la que es responsable de una de las encarnaciones más histriónicas (para mal) de The Master, el archienemigo del Doctor. Y es lástima, porque su trama es la más interesante de la serie: en vez de ser una historia de “Camino del Héroe” o de la Heroína, en este caso, se nos presenta una historia de corrupción. Miss Wardwell trata de convertir a Sabrina en la paladín de las Tinieblas, la perfecta servidora del Demonio (lo cual, al parecer, y pese a que tantos personajes relativamente positivos de la serie sean fieles creyentes en Satán, sigue siendo algo no muy bueno). El problema es que durante un buen tercio de la serie esto queda muy difuminado y en el trayecto final se trata de recuperar el tiempo perdido, con resultados discutibles.

-En general, la serie me ha recordado bastante a “Buffy, the Vampire Slayer”, sin sus ridículas peleas. Y dado que yo no soporto ni a Buffy ni a la obra del señor Whedon en general, no es muy sorprendente que Sabrina y sus compinches no vayan a seguir acompañándome en el futuro.

noviembre 27, 2018

Manchester, 1973

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:24 pm
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    Me llamo Sam Tyler. Tuve un accidente y desperté en 1973. ¿Estoy loco, en coma o he viajado atrás en el tiempo? Con estas palabras comienzan los títulos de crédito de cada episodio de “Life on Mars”, una serie británica de la que me habían llegado rumores bastante elogiosos. Así que, cuando me vi forzado a subsistir sin conexión a internet durante un tiempo, la edición en DVD que estaba disponible en una biblioteca municipal vino a ayudarme a llenar algunas horas de ocio. Y, siendo proclive, por las circunstancias, a mirar con simpatía este auxilio pre-streaming, el veredicto es un tibio “bueno, no está mal del todo”. Lo cual, lo admito, no es la introducción más seductora.

    La premisa de la serie nos la explica su mismo protagonista, como ya les he traducido con mayor o menor precisión. Sam Tyler, inspector jefe (Detective Chief Inspector en inglés) de la policía de Manchester es atropellado y cuando recobra el conocimiento sigue en Manchester, pero no en 2006, sino en 1972, degradado a inspector (Detective Inspector), supuestamente trasladado desde una comisaría de Hyde, de acuerdo con sus papeles, desarraigado por completo de su existencia y, para mayor martirio, con un guardarropa de lo más hortera.

   ¿Qué demonios ha pasado? Las hipótesis nos las plantea él mismo: o bien su vida en 2006 es una alucinación y su realidad es la de 1973; o bien está en coma y en medio de un delirio o sueño; o de algún modo ha viajado en el tiempo. Los guionistas, con un ejercicio de soberanía rayando lo arbitrario, nos dejan encerrados en ese estrecho círculo de posibilidades. Pero, qué quieren, no se nos explica por qué Tyler no puede haber cambiado de universo, como si hubiera traspasado una de las cajas del profesor Farnsworth. O haber sido abducido por hombrecillos verde-grisáceos. O ser parte de una vasta trama cósmica en la que se mezclen los Primigenios, dioses del Olimpo poco dispuestos a la jubilación y algún arcángel que pasara por allí. Nada. Hay que asumir que sólo hay tres opciones en el menú. Puro autoritarismo.

   La serie se sustenta en dos grandes pilares: la resolución de la Gran Incógnita y el desajuste de Tyler a la realidad de los años setenta. Dentro de este segundo pilar es donde podríamos encajar dos columnas secundarias, a saber, la resolución del caso policíaco del episodio y la evolución de la relación entre Tyler y el resto de personajes de la serie, en esencia sus compañeros de comisaría. Bien y en John Simm, el actor que encarna Tyler y tiene que actuar en cada escena de cada episodio. Un actor competente, que a mí me suele gustar. Aunque prefiero mil veces su interpretación de The Master, el viejo enemigo del Doctor, en “Doctor Who”, que este policía tiquismiquis.

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   Los casos policíacos no están mal, resultan entretenidos, pero no soy un espectador con mucho gusto ya por los procedimentales de episodios autoconclusivos y en “Life on Mars” hay mucho de este tipo de series. No es algo que reproche objetivamente, es una simple cuestión de gustos, aunque admito excepciones en esta tendencia mía (varios episodios autoconclusivos de series como “Expediente X” o “Justified” me gustaron y me gustan mucho). Parte de la gracia en estos casos está en la extrañeza de Tyler ante los, para él, muy desfasados métodos policiales y las, para sus nuevos compañeros, excentricidades del recién llegado ¡Grabar en un magnetófono las declaraciones de los testigos y sospechosos, cielo santo! ¡Dar importancia a la policía científica! ¡No poder soltar un par de puñetazos al sospechoso para ablandarlo ¡A dónde vamos a llegar!

   En este, digamos, desajuste de metodologías había una veta. No se sabe aprovechar. Y no se aprovecha porque la serie no sabe qué tono emplear. ¿Debe Tyler irritarse ante sus colegas menos sofisticados, dando al asunto un aire de farsa? ¿Debe horrorizarse ante lo que son flagrantes abusos de autoridad, racismo, brutalidad policial y hasta tortura? ¿Tiramos más hacia la comedia ligera o hacia la reflexión social o intentamos mezclar ambas? Sospecho que se intentó la tercera opción, lo cual es excelente cuando se hace bien y un desastre de diferentes dimensiones cuando no. En este caso, es más bien un pequeño desbarajuste. No tiene sentido que Tyler prácticamente amenace con dejar el cuerpo o detener a los policías locales y, en el episodio o escena siguiente, ante conductas iguales o similares, su reacción sea la del Payaso Triste ante una torpeza del Payaso Tonto, buscando así la serie la sonrisa o carcajada del público. La serie se vuelve inconsistente, incoherente, sin que esto esté buscado.

   Algo muy similar ocurre en las relaciones de Tyler con los demás policías, sobre todo con los dos secundarios principales.

   Consideremos primero a Liz White, personaje soso y estomagante. Parece que está ahí para cubrir una cuota, pero de cansinez. Supuestamente una mujer inteligente y capaz, hasta con una licenciatura en psicología, condenada a un puesto inferior por el machismo imperante (hasta ahí, compro), es un personaje sin gracia, ni iniciativa, ni capacidad de actuación independiente. Liz no hace nada de nada sin Sam Tyler. Por ahí he leído que su relación con Tyler es a ratos de madre, a ratos de hermana y a ratos de posible novia o amante. Nada tengo yo contra las madres, las hermanas, las novias y las amantes. Ahora bien, por todos los santos, que las madres, hermanas, novias y amantes pueden ser y de hecho muchas, en la ficción y en la realidad, seres de respeto, negativos o positivos, pero de respeto. La pobre Liz es un cero pasivo a la izquierda de Tyler. ¡Y ni siquiera nos da una razón para ello! Sam le suelta en el primer episodio (a los cinco minutos de conocerla) que en realidad es un policía del siglo XXI, y que o ha viajado en el tiempo o todo lo que hay a su alrededor, incluyendo al propia Liz, como ella le hace notar, no existe y, en vez de llamar a los chicos de las batas blancas o de sonreír, dar media vuelta y no acercarse a ese chalado en la vida, sigue estando a su lado, una y otra vez. Como si soltar esa locura fuera equivalente a llevar corbata con camisa de manga corta, algo enervante, aunque no justifique cortar relaciones profesionales (o, si uno es muy tolerante, hasta personales). Un desastre. Y de su flirteo durante las dos temporadas no digo más, que me atraganto. Deplorable.

   Queda un personaje. El sheriff de Manchester. El DCI Gene Hunt. La contrapartida de Tyler. Directo, brutal, grosero, alcohólico, implacable y para quien las normas y procedimientos son algo opcional y se acatan mientras no molesten demasiado. Como no he tenido tratos con la policía de Manchester en los setenta ni he leído mucho sobre el tema, desconozco si es un retrato fidedigno del típico inspector jefe de la época. Bien pudiera ser, aunque Hunt tiene algo de caricatura. Aún así, es un personaje llamativo y Philip Glenister sabe sacarle el jugo que tiene. Una escena con Hunt es siempre más sabrosa que una escena sin Hunt.

   El problema es que se pretendía una suerte de mutua contaminación entre Tyler y Hunt. Vamos, lo que hizo Cervantes con Don Quijote y Sancho y luego se ha repetido por casi todos los escritores posteriores. Y aquí pasa algo similar con el desajuste socio-temporal. El horror claro de Tyler en un inciio se va trcado en un reluctante respeto y hasta en una amistad inesperada (inesperada para los personajes, los espectadores lo ven venir de lejos)… para dar saltos ilógicos y caprichosos de vuelta al horror del inicio y de ahí a la amistad y a la reluctancia yasí seguimos hasta casi el final de la serie. Y lo mismo ocurre con Hunt: de no aguantar al sabihondo estirado pasa a considerarlo su protegido hasta que en una escena cualquiera vuelven a pelearse como hacía cinco episodios más atrás. No estoy hablando de grises, de ambigüedades en la relación. Los guionistas hacen que se lleven como el perro y el gato o como hermanos fraternos como quien enciende o apaga una bombilla.

  Queda la Gran Incógnita. Y aunque era muy consciente de que era la zanahoria de la serie y sospechaba que cuando se diera la solución ésta sería más bien un conejo sacado de un sombrero en lugar de un rompecabezas cuyas piezas se nos hubieran ido ofreciendo, es la parte que más disfruté. Pero sólo por ella misma, no por quién estaba en el laberinto. De hecho, lo que le ocurriera a Sam Tyler me daba igual, porque Sam Tyler nunca me importó un bledo. Aún así, era entretenido verle busca pistas en sus encuentros (¿casuales?) con gentes de su pasado. Su padre. Su madre. La madre de su futura novia. Delincuentes con los que tratará (¿o trató?). Y oye voces, con mensajes crípticos. En una emisora de radio. En un programa de televisión. En una llamada de teléfono. En pesadillas. Y sólo él escucha esas voces. Las escenas en las que parece que la realidad setentera se resquebraja son las más interesantes y formalmente dignas de la serie. Mi demonio particular de Tyler favorito es una niña con un globo rojo y un payaso de peluche que aparece en la carta de ajuste de la televisión, a las tantas de la madrugada.

   Finalmente el misterio se resuelve. Sin destripe, es una de las tres hipótesis que nos han estado repitiendo todo el rato. Primero se amaga con darnos una que no encajaría con demasiados detalles de la serie y, finalmente se nos revela la verdad. Casi seguro. El epílogo de la serie es un tanto contradictorio con todo lo que se ha estado mostrando previamente y con la psicología de Tyler. No lo puedo discutir con detalle sin desvelar buena parte de la trama y ya me he extendido más de lo que pretendía. Diré, sencillamente, que me quedó la sensación de estar ante un final que pretendía ser al mismo tiempo irónico, ambiguo y abierto y que, al contrario, me dejó una regusto de truco barato y un tanto incoherente.

   Como ven, no puedo, de buena fe, decirles que la estancia en Manchester, 1973, sea memorable. Pero, en fin, si no tienen otro lugar que visitar…

julio 12, 2018

Los ladrones van a la Fábrica

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:53 pm
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   Está empezando ser un lugar común el decir que la Era Dorada de la Televisión ya empieza a decaer en Estados Unidos y Reino Unido pero comienza en España. Como es un lugar común, no vamos a emplearlo. Admitamos, no obstante, que la calidad media de las producciones españolas va mejorando y que, de vez en cuando, aparecen cosas dignas. “La casa de papel” es una de esas cosas dignas. Dignas, no geniales. No acabo de entender muy bien que haya alcanzado el estatus de fenómeno en Francia o en varios países sudamericanos. Pero, eh, que un servidor cayó en su día en la trampa de “Perdidos” (aunque la acabó de ver ya por pura curiosidad de hasta qué punto era todo una engañifa), así que tampoco está para mirar a nadie por encima del hombro.

   “La casa de papel” es una serie muy entretenida, con un ritmo bien mantenido, formalmente más que respetable y con destellos de brillantez. ¿Tiene errores? Los tiene y haremos escarnio de ellos. Sin embargo, vaya por delante, antes de meternos en el campo de los destripes: si buscan entretenimiento de calidad, recomendada queda.

   Resumen muy básico y con pocos spoilers: un grupo de ladrones, siguiendo los planes de un individuo que se hace llamar el Profesor, se infiltran en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, la Real Casa de la Moneda, con toma de rehenes incluida, siendo cercados por la Policía al poco. La serie va siguiendo la ejecución del delito y sus vicisitudes, con ciertos saltos al pasado en los que se explica la preparación y planificación del mismo.

   A partir de aquí, sí, nos meteremos con personajes, trama y demás. Así que ya saben. Bajo su propia responsabilidad.

   A mí me gustan las películas de atracos. Desde “Atraco perfecto” no me encontraba con una idea tan ingeniosa como la que propone esta serie: fingir un atraco que sale mal para poder llevar a cabo el auténtico plan, es decir, imprimir un botín mucho mayor, alargando el sitio policial el máximo tiempo posible, y huir con él. Roza la genialidad. El meticuloso plan del Profesor quizás es lo que más me gustó de la serie. Es un plan muy pensado y minucioso, que tiene previstas casi todas las eventualidades. Lo que parecía un hueco clamoroso al final de la primera parte se revela en la segunda como una trampa más para la policía (lo cual era deducible, porque no podía admitirse tamaña torpeza en un tipo que nos habían vendido como un planificador de primer orden).

   Es sabido que los planes de batalla no sobreviven al contacto con el enemigo y que en las series y películas de atracos algo tiene que torcerse. Y aunque aquí esto también ocurre, durante buena parte de la primera parte de la serie el plan funciona, preciso e implacable, sin que el interés del espectador se resienta, más bien la contrario. Hay un cierto placer retrospectivo en las escenas en las que el Profesor explica a sus cómplices en el pasado (el presente para el espectador) qué es probable que haga la Policía y qué van a hacer ellos entonces. Los guionistas son buenos escritores y buenos urdidores.

   Cuando las cosas empiezan a no ir del todo bien hasta rozar el desastre completo para los atracadores (por llamarlos así), la tensión va siendo cuidadosamente aumentada. Y aquí se tomó una decisión muy inteligente: convertir al personaje que cumplía el arquetipo de planificador pasivo en un arreglador que tenía que ir taponando vías de agua una tras otra. El riguroso arquitecto convertido en un malabarista improvisador. El Profesor me resultó casi mejor personaje una vez sometido a esta transformación que antes y eso que antes ya me gustaba mucho.

   La mayoría del resto del reparto (tanto actores como personajes asociados) pasa el examen con notas altas. Si esto es una partida de ajedrez, analogía socorrida pero que tiene su sentido, frente al Profesor había que poner un rival de altura. Y la serie es lo bastante habilidosa como para hacerlo. Siendo casi inevitable que las simpatías iniciales de los espectadores estén del lado de los ladrones (y allí seguramente se mantengan hasta el final en muchos casos) es necesario, por el bien de la tensión, que entre la Policía haya buenos personajes. En realidad, sólo hay uno, pero logra equilibrar la balanza dramática.

   La inspectora Raquel Murillo es una buena antagonista. Es lista, es decidida, es humana. Una mujer en la Policía, íntegra y profesional, aunque sobre ella esté la sombra del maltrato por parte de un ex marido miserable (también policía, respetado, parece que con razón, en su trabajo) y la aún más insidiosa de que el maltrato se lo ha inventado ella por venganza. Es razonable que muchos espectadores sientan que sus lealtades vacilan o incluso varían con Raquel como jefa del otro bando del juego. Más si se compara a la inspectora con el repelente coronel de Inteligencia.

   Los atracadores, pese a todo, son los personajes más pintorescos y retienen la atención. Moscú y Denver forman una pareja curiosa y su relación de padre e hijo funciona bastante bien. De hecho, es la mejor relación de toda la serie. La risa de Denver, que al principio se me hacía inaguantable, terminó por hacerme gracia y realmente es de los detalles que hacen creíble a un personaje.

   Nairobi tarda en adquirir peso. Pero cuando por fin da un paso al frente (¡viva el Matriarcado!) es casi mi favorita. El guión le da una motivación que casi todo espectador puede comprender y estimar para meterse en este lío, un hijo al que quiere recuperar, y Alba Flores la interpreta estupendamente, con simpatía, gracia y mala leche cuando se tercia. Además, le ponen al lado un terciario entrañable, el señor Torres, el cual, sin decir casi palabra, se me hizo un hallazgo.

   Lo que impide que Nairobi sea la número uno dentro de la Fábrica es el despiadado Berlín; por otro lado, es tan comprensible como satisfactoria la relación entre el respeto reluctante y la animadversión clara entre Nairobi y Berlín. Hombre de hielo sonriente y cínico, implacable y mordaz, Berlín hubiera sido un villano perfecto en una serie más maniquea. Aunque en algunos momentos la interpretación de Pedro Alonso se me antojó un tanto histriónica, saca adelante el papel con clase. Al ser el personaje menos vulnerable desde el punto de vista emocional o mental, se le otorga una debilidad física que ni le absuelve ni le justifica, pero le concede cierta dignidad estética. Si a uno le cae Berlín es porque es un hijo de puta, no pese a serlo.

   Precisamente por eso, que sea el hermano del Profesor me pareció una revelación un poco artificial, demasiado de culebrón. La historia del porqué del atraco, de a quién se le ocurrió el plan del Profesor ya daba bastante trasfondo emocional al personaje de Álvaro Morte. Y si algo no necesitaba Berlín (al contrario) es un trasfondo emocional. Aunque ver al profesor y a Berlín, copa en mano, cantando “Bella Ciao” casi lo compensa.

   Pero, ay, en la Fábrica también está Río. Y Tokio. Y aquí uno ya decide sacar el hacha.

   Río es insustancial y cansino. Como personaje es una nulidad: si lo quitas ni te enteras. Sus funciones se hubieran podido pasar a otro personaje (yo se las hubiera dado a Helsinki) sin problemas. Que Río sobreviva es una de las decepciones de la serie.

   Aún mayor es que lo haga Tokio. Esta no es una nulidad, sino una rémora. Eliminar a Tokio no hubiera dejado la serie igual, la hubiera mejorado considerablemente. El personaje es inaguantable y estúpido. Una de las preguntas que me gustaría hacer al Profesor es: ¿por qué Tokio? ¿Qué aporta a tu plan? Porque no hace nada de nada, salvo molestar y fastidiar cuanto toca. Para controlar la situación dentro está Berlín; para que la impresión de los billetes sea impecable, Nairobi; para hacer agujeros, Moscú y Denver; para galimatías informáticos, Río (podría no estarlo, pero está, vaya); para pegar tiros y dar pescozones, Oslo y Helsinki. ¿Para qué, en nombre de Hans Gruber, queremos a Tokio?

   Como recurso narrativo, voz en off que va explicando desde un futuro inconcreto lo que pasó en el atraco, tampoco es imprescindible; se podría haber puesto casi a cualquier otro: desde Raquel al Profesor o incluso, hubiera sido interesante, haber ido variando de perspectiva. Pues no. La insufrible voz de Úrsula Corberó nos martiriza desde el principio hasta casi el final. Madre mía. Qué cansinez de actriz, de actuación, de personaje.

   Entre policías y ladrones están los rehenes. Aquí la cosa está bastante repartida. Además del querido señor Torres, básicamente hay tres rehenes con algún interés.

   Arturo, el director de la Fábrica, me resultó el más interesante. Secundario negativo y desagradable, no le puede caer bien a nadie: su presentación tanto antes del asalto como en los primeros compases está pensada para que nos sea antipático. Y aunque nunca se recupera de ello, aunque sea viscoso y cobarde, tiene sus momentos de dignidad, de inteligencia y es el único de los rehenes, el único, que es activo, tratando de escapar una y otra vez. Es justo decir que las acciones de Arturo causan más quebraderos de cabeza a la banda de ladrones que las fuerzas del orden.

   Alison Parker tiene importancia como una pieza en el plan de Profesor. Así debería haber sido tratada. Los intentos, desechados, por fortuna, de convertirla en un personaje de cierta entidad eran sonrojantes. Es estomagante, sólo un poco menos que Tokio. Aparte que es absolutamente imposible creérsela como la hija del embajador británico en España. Absolutamente imposible.

   Mónica Catzambide tenía más potencial. Desaprovechado. Hubiera sido un personaje desgraciado perfecto: la amante de Arturo, abandonada por éste, que acaba enredada en el atraco y con uno de los atracadores, teniendo que acabar mal su periplo. La idea de que la atracción de Mónica por Denver fuera un ejemplo de síndrome de Estocolmo tenía bastante más sentido y gracia que lo que, por desgracia, se decide: convertir a estos dos en una pareja que acaba junta y feliz. Absurdo y edulcorado.

   Pero no es sorprendente porque uno de los mayores fallos de la serie está, justamente, en las relaciones. Hay demasiadas y demasiado tontas. La de Tokio y Río es vomitiva y una razón más para cargarse a ambos personajes. La de Mónica y Dénver podría haber sido turbia, pero no se quiso. Se amagó con otra, que apenas se desarrolló y que tenía muchas posibilidades tenebrosas, la de Berlín con una rehén a la que utiliza; esa relación basada en el terror podría haber sido muy curiosa, pero no se le dio espacio, ante el tiempo que ocupaban las demás, así que resultó, desde mi punto de vista, un error. Para dejarla a medias o ni eso, ni te molestes con ella.

   La gran relación de la serie es la del Profesor con Raquel. Resulta previsible, pero está mejor llevada de lo que yo esperaba. Aunque albergaba la esperanza de que el Profesor no estuviera de verdad enamorándose de su adversaria, acepté sin mucho dolor que así fuera. Hasta daba más gracia a sus conversaciones telefónicas. Sin embargo, cuando Raquel descubre (a la segunda o tercera vez, esto también es una repetición de recursos de guión discutible) la identidad de su novio, la serie derrapa que da gusto.

   La inicial reacción de Raquel es la comprensible, la coherente con el personaje: este desgraciado me ha estado utilizando, me ha manipulado, me ha engañado, ha logrado que baje la guardia, se ha infiltrado en mi intimidad física y emocional y por su culpa lo puedo perder todo, carrera profesional, estima de mis compañeros y hasta la custodia de mi hija. La rabia y la desesperación de Raquel y su implacable determinación para cazar al cerebro del atraco son entendibles y apropiadas.

   Lo que no lo es en absoluto es el giro ridículo del final, que además se enlaza con otro fallo de la serie. Vamos a ver, ¿alguien compró que Raquel cambie su sistema de valores y sus paradigmas vitales por la chorrada de discurso de dos líneas del Profesor sobre la crisis económica y el rescate a los bancos? Para eso hubiera sido necesario presentar a una inspectora con muchas más dudas que la que se nos había presentado hasta el momento. Que Raquel encubra al Profesor y luego se vaya con él al Trópico (aunque permita ver un sombrero panamá en la escena final) es una tontería de cuidado.

   Igual que lo es el intentar convertir a los ladrones en Robin Hood y sus alegres hombres de Sherwood. La motivación de la banda nunca fue política o social. Podría haberlo sido (de parte, quizá) pero no era el caso. Sus motivos eran todos personales con la codicia como denominador común. La idea de que esto pudiera tener un valor reivindicativo es una tontería, porque en ningún momento se vende a la opinión pública como tal por parte de los atracadores, ni siquiera como una estratagema más. Así que no sé de dónde se sacan eso, tan a destiempo. ¿Que hubiera podido ser muy interesante y hubiera convertido esta serie en una más profunda, siempre que no hubiese caído en simplismos fáciles? Puede. También podría haber sido un aburrimiento plomizo. Pero “La casa de papel” no era esa serie y no comprendo que se haya tratado de disfrazar de cine político costa-gavresco al final.

   Pero con todo y con eso, “La casa de papel” tiene sobrados triunfos en la trama, en la estructura, en lo estético (las máscaras de Dalí me encantan y ese homenaje a la “La jungla de cristal” con el Himno a la Alegría de la Novena cuando las máquinas se ponen a imprimir me gustó mucho) como para verla y no sentir que se ha perdido el tiempo.

   Pese a Tokio. Por todos los santos.

junio 26, 2018

La pendiente resbaladiza

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:20 am
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    Uno de los más importantes descubrimientos que se hacen en la vida es el comprender que el mal tiene muchas veces su origen en el bien. Es un descubrimiento enriquecedor, porque le vuelve a uno inmune o, al menos, escéptico ante los maniqueísmos fáciles. Saber que en el corazón humano el bien y el mal se mezclan tanto que somos auténticos hombres grises impide aceptar sin más que esta persona o aquella otra sean demonios inhumanos o ángeles sobrehumanos. Pero también implica saber que las más nobles, justas, elevadas ideas puede ser el origen de las más tenebrosas, crueles y horripilantes acciones. Y que estas ideas nobles pueden corromperse hasta convertirse en ideas rígidas y despiadadas. Ideas que pueden llevar a una persona a cometer u ordenar actos atroces, bien retorciendo la idea original para adaptarla a sus propios designios e intereses o bien al estimar que el bien superior absuelve de los males instrumentales.

   Lo gracioso es que uno puede pensar equivocadamente durante mucho tiempo que los mayores adversarios de la idea pura son aquellos que se aprovechan cínicamente de ella. Los hipócritas, los corruptos, los sepulcros blanqueados. Hacen mucho daño, no hay duda. Pueden resultar repelentes incluso a aquellos que no compartan la idea o creencia en cuestión, pero que respeten la integridad de los que la defienden honradamente. Sin embargo, los honestos pueden ser mayores monstruos que los hipócritas. Para ello sólo es necesario que su honestidad sea diamantina: dura, inflexible, incapaz de aceptar otro punto de vista. Si eso ocurre, el diálogo entre personas de buena fe e ideas diferentes es un imposible. Es el germen de toda tragedia que merezca ese nombre.

   Los hipócritas habilidosos y los fanáticos honestos pueden desconfiar unos de otros pero también pueden colaborar entre sí. Los hipócritas, manipulando a los honestos (o suponiendo que lo hacen). Los fanáticos, creyendo que sus socios lo son también o sabiendo que no, pero considerando que ese bien que puede justificar cualquier matanza ciertamente permite una alianza así. Temporal, claro. Tarde o temprano, habrá un enfrentamiento. Las historias de estas ententes o duelos entre personas o facciones flexibles y rígidas siempre son fascinantes, incluso las grotescas.

   Las consecuencias para las sociedades donde tienen lugar han sido, en fin, no muy gratas.

   Como somos una especie con una obsesión notable por cometer los mismos errores una y otra vez (con algunos cambios de accidente, manteniendo, decididos, la esencia), estoy observando con una perplejidad un tanto alarmada lo que ocurre estos tiempos.

   Veo a mucha gente, de buena fe en su inmensa mayoría, que está tomando un camino extraordinariamente peligroso. Varios, quizá, creyendo que el bien perseguido merece que se corra un riesgo. Otros, sin ver ese riesgo. Que es pavoroso.

   Ya he escrito en otra ocasión que una de mis escasas convicciones (otras incluyen que la tortilla de patata debe llevar cebolla o que el whisky es como el café, mejor sin añadidos) es un escrupuloso respeto por la presunción de inocencia y el derecho de defensa en los procesos criminales. Ese respeto tiene que incluir el respeto a los tribunales, de jueces o de jurados, ante los cuales se desarrollan los procesos donde el acusado es presumido inocente y ha de poder defenderse.

   Aclaro rápidamente: el respeto a un tribunal no implica una admiración ciega, acrítica, de su decisión. Implica otra cosa: que si esa decisión se ha tomado respetando los principios del proceso, está argumentada y razonada, se acata, aunque se discrepe de ella de la manera más pública y vigorosa. Si una parte no está de acuerdo y hay recurso, se recurre. Pero se acata. Incluso si la norma nos parece incorrecta. En ese caso, lo que hay que hacer es cambiar esa norma. Y una de las características de una sociedad bien ordenada (lean a Rawls; no, en serio, léanlo) es que las normas se han de poder cambiar.

   Soy muy consciente de que los cambios en las normas no siempre han sido o son fáciles. Que hay sociedades con mecanismos de cambio mejores y otras con mecanismos peores o incluso infames. Estimo, no obstante, que incluso con todos los defectos que les aquejan, la parte del mundo donde vivimos, el occidente europeo, ha alcanzado unos sistemas razonablemente buenos de cambio normativo. No quiero idealizarlos, tampoco demonizarlos.

   Ahora bien, el derecho de crítica a las decisiones de jueces y jurados y la posibilidad de cambio de normas implica también una cierta responsabilidad. La crítica exige que el crítico sea leal y contraargumente con las mismas armas que pudo usar el tribunal: o sea, jurídicas. Y, claro (esto parece asombroso tener que decirlo, pero visto lo visto, no está de más), se tiene que criticar lo que diga la resolución, lo que diga de verdad; no un resumen sesgado, no un rumor de lo que se supone que dice. La prohibición absoluta de las decisiones secretas o sin justificar de los tribunales fue un triunfo de la sociedad. Caramba, pues que sirva para algo.

   Las normas sí que se pueden y aun deben criticar desde perspectivas sociales, económicas, políticas o ideológicas. Para eso están los Parlamentos, entre otras cosas, para debatir las normas existentes y las que sean propuestas. Y por eso es bueno que las sesiones parlamentarias sean públicas (con excepciones que deben estar muy justificadas y delimitadas) y que exista debate en eso que hemos venido a llamar la sociedad civil.

   La otra cara de la moneda es que esos cambios serán responsabilidad de aquellos que los propusieron, de quienes los apoyaron y de quienes los aprobaron. Se puede ser responsable de cambios para mejor. Y de cambios para peor.

   En la magnífica película “Juicio en Nuremberg” (traducido el título de manera un tanto absurda como “Vencedores o vencidos”) el ex juez alemán Ernst Janning, ahora acusado, suelta uno de los más memorables discursos del Cine. Algunas de sus palabras pueden ser proféticas; no porque anuncien el futuro, gracias a visiones sobrenaturales, sino porque advierten sobre los peligros del presente: “¿Qué importancia tiene que unos cuantos extremistas políticos pierdan sus derechos ? ¿Qué importancia tiene que unas cuantas minorías raciales pierdan sus derechos? Es sólo una fase pasajera. Es sólo una etapa por la que debemos pasar. Tarde o temprano será descartada. El mismo Hitler será descartado, tarde o temprano… El país está en peligro. ¡Salgamos de las sombras! ¡Marchemos hacia delante! ¡Adelante es la palabra mágica! […] Y , entonces, un día, miramos a nuestro alrededor y comprendimos que estábamos en un peligro mayor. El ritual que comenzó en esta sala de vistas se había extendido como una rabiosa enfermedad rugiente. Lo que iba a ser una fase pasajera, se había convertido en un modo de vida.”

   Resulta estremecedor escuchar o leer ciertas cosas, estos días. El desdén por la presunción de inocencia o por el ejercicio de la defensa. Sobre eso ya escribí, no voy a repetirme, aunque me parece fundamental. Pero la cosa va más allá y se está volviendo incluso más aterradora.

   Supongamos, pues, que ciertos individuos son, en efecto culpables. Lo son porque lo han dicho los tribunales (que se pueden equivocar, son falibles, puesto que son humanos). La sociedad donde viven ha determinado que esa culpabilidad implica la pérdida de ciertos derechos. Y aquí una sociedad tiene que decidir y definirse: ¿qué haremos con esos culpables? ¿Qué derechos podemos arrebatarles? ¿Y durante cuánto tiempo? Algunos opinan que los seres humanos tienen una serie de derechos que les son propios por propia dignidad, sea su origen divino o natural. Otros opinan que esos derechos son creación social y legal. Las listas tienden a coincidir. Para unos, la sociedad reconoce esos derechos; para otros, los crea. El punto de partida es diferente pero el fin es el mismo. Porque, aun cuando discrepen sobre ese origen, unos y otros consideran que será mejor una sociedad que reconozca o cree una serie de derechos frente a otra que los niegue o no los admita.

   ¿Qué hay del culpable (tremenda palabra) de un crimen? ¿Lo colgaremos, entre antorchas y horcas, del árbol más cercano? ¿Lo expondremos en la plaza pública y escupiremos sobre él? ¿Lo lapidaremos? ¿Lo encerraremos, en un agujero oscuro, sin comida, sin agua o en condiciones que respeten su integridad física y mental? ¿Durante un tiempo limitado? ¿Hasta que creamos que puede regresar a la sociedad, sea esto cuando sea? ¿Para siempre? Y, si ha vuelto, ¿volverá como un ciudadano en plenitud de sus derechos o como un ciudadano limitado? ¿Le daremos ese pasaporte amarillo que Jean Valjean tenía que mostrar y que le cerró todas las puertas de la aldea, menos una? ¿Le coseremos una letra escarlata, para que su pecado sea perpetuamente recordado, aunque la religión que esos jueces decían respetar predica el perdón y la reconciliación?

   La sociedad, o partes de ella, claman por su seguridad y no es una reclamación absurda. El miedo, sin embargo, siempre ha sido un buen aliado de los hipócritas y de los fanáticos.

   Seamos francos: ¿creemos, como sociedad, que el culpable, cualquier culpable, el culpable del más terrible crimen, es un ser humano, es un ciudadano y tiene derechos? ¿Creemos, como sociedad, que podemos quitarle los derechos que establece la ley, nuestra ley, y ni uno más? ¿Creemos que ese culpable ha de tener la posibilidad de rehacer su vida, una vez que la pena se haya cumplido? ¿O creemos que no, que el culpable, o algún culpable, es un eterno réprobo, que ha de ser expulsado de la comunidad, que no es digno de estar entre nosotros?

   Son preguntas graves, que toda sociedad se ha hecho, se hace y se hará. A nosotros nos toca responderlas. Sabiendo que con esa medida que hemos establecido, tal vez, seremos medidos nosotros.

   En uno de los estupendos relatos de Chesterton (“Las estrellas errantes”), el padre Brown advertía a su amigo el aún ladrón Flambeau: “Los hombres han sido capaces de mantener un cierto nivel de bondad, pero nadie ha sido capaz de mantener un cierto nivel de maldad. El camino es siempre descendente”. Esto vale para los individuos y para las sociedades.

   Y ya sabemos a dónde llevan los caminos empedrados de buenas intenciones. Ya hemos estado allí, demasiadas veces.

junio 18, 2018

Sherlock Freud contra Freddy el Destripador

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:18 pm
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   No creo sorprender a nadie que me haya leído en otras ocasiones si digo que, estéticamente, siempre me ha gustado la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo la británica. Y las historias de detectives. Y los asesinos en serie (quiero decir, leer o ver obras sobre los mismos, desde la egoísta seguridad de mi salón; no se escuchan los Pasajes del Terror del señor Cebrián impunemente).

   Teniendo en cuenta esto, la serie “El Alienista” tenía bastantes papeletas para parecerme, como poco, un buen entretenimiento. Pues no. Han sido diez episodios de bostezo perpetuo. Un desperdicio. Una serie que podía haber sido curiosa, tirada a la basura. Transcurre en un Nueva York sombrío (no es Londres, pero tampoco vamos a ser exquisitos). Hay un asesino truculento. Un pionero en la psicología criminalística (aunque no menciona la frenología, para disgusto, supongo, de Charles Montgomery Burns), que además es interpretado por Daniel Brühl, un actor que nunca había visto fallar en un papel. Una mujer policía, pionera también. Dos detectives judíos con nombres shakesperianos que podrían haber sido personajes de alguna película de los hermanos Coen. Personajes históricos (Theodore Roosevelt, J.P. Morgan) mezclándose con los ficticios. ¡Díganme que con esto no se habría podido hacer una serie decente, incluso digna y hasta grande! Pues nada.

   “El Alienista” es tan mezquina que ni siquiera nos permite destriparla entre carcajadas. No es ni una obra mala, consciente de ello y que se ríe de sí misma, ni una obra con pretensiones pero tan infame que resulte divertida. Ni ese pequeño placer concede. Es una implacable mediocridad blanda. Desesperadamente tediosa.

   Como no merece que le concedamos, ni ustedes ni yo, ni una pizca de piedad, seamos claros: esta serie falla en los aspectos formales, falla en la dirección y en la interpretación y falla en el guión. Los trajes, bien. Pero para ver trajes victorianos, pónganse con “Penny Dreadful” que, con sus defectos, es muchísimo más entretenida. Y tiene brujas, vampiros y demás parafernalia nocturna.

   Cada plano, cada secuencia, cada plano secuencia es de un convencionalismo gris. No uso aquí el término “convencional” al modo de Chesterton, que es elogioso. Porque hay series convencionales que saben usar muy bien la convención, directores ortodoxos y artesanales que merecen estima. Estos de aquí, santo cielo, no dan una. Cada vez que tratan de crear la atmósfera inquietante, amenazadora, asfixiante o trepidante que supongo intentan, logran una sensación de vergüenza ajena. Cuando tratan de electrificar al espectador, de hacer que estire el cuello y se siente en el borde de su asiento, consiguen que esté arrellanado en su sillón, ojeando un libro, una revista o su teléfono móvil. ¿Oh, aún no ha acabado el episodio?

   ¡Esa banda sonora plana, usada sin ninguna imaginación, subrayando, con la sutileza de una apisonadora, los momentos que quieren ser dramáticos, los sentimentaloides, los terroríficos de cartón-piedra! ¡Ese empleo de la cámara lenta, al cruzar dos personajes una mirada! ¡Fijaos, fijaos, estos dos no se llevan bien! ¿Lo habéis visto? ¿Hacemos que se crucen a cámara lenta de nuevo, por si se os ha escapado?

   Los personajes y los actores. El único que roza el aprobado es Luke Evans. ¡Quién lo iba a decir! No es que haga un papelón, pero su ilustrador alcohólico es uno de los pocos seres no inaguantables de esta ciudad. Genuinamente compasivo y bastante decepcionado consigo mismo, al menos trata de enderezarse, según cree que debe hacerlo, sin aspavientos. Incluso demuestra un cierto ingenio en un par de ocasiones. ¿Es un personaje olvidable? Por completo, pero comparado con lo que tiene a su alrededor, cuanto más tiempo está en pantalla, mejor.

   Todos los demás, al Frente Ruso. Todos. Miss Jordan es una decepcionante Dakota Fanning, cuyo registro aquí se limita a tener cara de indigestión en diferentes grados de agudeza: cuando la escena se supone cumbre, parece que va a vomitar; pueden ser náuseas, lo cual contaría a favor en cuanto a gusto y en contra en cuanto a talento interpretativo. Su personaje, por otro lado, que sobre el papel se supone que tiene cierta energía y capacidad de cerrar muchas bocas, no hace nada digno de mención ni de recuerdo. Ni una escena, ni una línea, ni un gesto. Como todos los demás, eso es verdad.

   Los hermanos Isaacson podrían haber desaparecido, dejando que el trío protagonista llevara a cabo sus averiguaciones y la historia no se hubiese resentido en absoluto. No son ni personaje sin recursos narrativos. Son nada. La subtrama de Esther y Marcus no entiendo cómo se libró de las tijeras. Como otras muchas escenas o diálogos. Si se empezasen a cortar trozos que no aportan ni estéticamente, ni como desarrollo de trama o personajes, ni resultan entretenidos, divertidos o emocionantes, nos quedamos con cuatro episodios de media hora. Que serían mediocres, pero digeribles.

   La serie pretende que nos creamos a Brian Geragthy como Theodore Roosevelt. Aunque en un par de ocasiones el guión intenta a la desesperada que veamos al comisario de policía como un hombre de callada fuerza e imperturbable honestidad, no cuela. Es imposible que un actor tan inexpresivo y anodino (al menos, aquí) como Geragthy sea creíble en el papel de quien fuera uno de los más carismáticos, pintorescos, agresivos e implacables presidentes de Estados Unidos. Ni siquiera en su juventud, por muchos anteojos que le pongan.

   Al pobre Ted Levine, un buen actor de reparto, sólo le permiten arquear las cejas como un villano de folletín barato, en un papel asombrosamente mal escrito, incluso para la media, que sólo se salva por agravio comparativo, porque tiene al lado al insufrible capitán Connor, una mala caricatura de matón. Y ver aquí a Robert Wisdom, el inolvidable Howard “Bunny” Colvin de “The Wire” es descorazonador.

   Ay, Daniel Brühl. Laszlo Kreizler. Dios bendito, qué tipo más estomagante. Un pseudo Freud refundido en una mala imitación de Holmes. El enésimo detective aficionado que es más listo que todo el mundo, atormentado por su pasado y sus dolores, incapaz de revelar sus sentimientos. Madre mía, es que se cae uno dormido sólo de escribirlo. Si alguien hace un personaje así, aunque lo hayamos visto mil veces, hay que darle alguna virtud: tiene que ser brillante o ingenioso o eficaz. Algo tiene que hacer bien. El doctor Kreizler no hace nada bien, desde que comienza hasta que termina la temporada. Pasa de una arrogancia sin justificación a una autocompasión aún más insoportable, para regresar al final a salvar el día y aportar cero a su grupo de detectives marginales. Hagan el experimento, si han padecido la serie: eliminen a Kreizler. ¡Todo ocurriría exactamente igual! Y nos libraríamos de él, que no sería poca ventaja. Hasta Brühl parece harto del personaje, viendo la absoluta falta de interés que pone en su actuación.

   El guión es perezoso y torpe. La investigación avanza a trompicones, sin que haya un hilo que los detectives realmente logren atrapar para ver a dónde les lleva. No hay un rompecabezas que se vaya resolviendo, así que esto no es una historia de la Época Dorada de lo Detectivesco. Pero tampoco es (aunque sospecho que lo pretende) un retrato vívido y convincente de una sociedad corrompida y más allá de la redención, en la que el crimen no es una anomalía, sino una consecuencia lógica, así que tampoco es una obra del género negro.

   Ni hay pistas que seguir que atrapen al espectador, ni hay una trama subterránea que se vaya revelando. Particularmente torpe es la historia del primer falso sospechoso que se nos presenta, quien obviamente no es el sanguinario asesino. El modo en que pone fin a la misma no es infame, pero lo que no tiene ningún sentido es que no tenga repercusiones. Y no las tiene, pese a que los guionistas amagan con ello. Sencillamente, la dejan de lado; es probable que no supieran qué hacer con ella. Se la podrían haber ahorrado y aligerar este bodrio en cuatro horas.

   Uno tiene la sospecha de que eso mismo ocurre con el asesino de verdad. Después de que finalmente su identidad sea revelada (y a nadie le importe un bledo), nos escamotean lo que se supone que es lo que busca el protagonista desde el principio: el motivo. Y, por favor, no me digan que esto es un astuto retorcimiento de la serie, que así nos deja en un terreno de nihilismo intelectual o filosófico. Esta serie no va por ahí. Puede intentar vestirse de ironía negativa el anticlimático final, pero la sensación que yo tuve es que, simple y llanamente, así se evitaban dar explicación alguna. Que es algo mucho más cómodo.

   Ojo, eso no tendría que ser una mala cosa. La escena del psiquiatra explicando lo que le pasa a Norman por la cabeza es lo más flojo de “Psicosis” .Pero “Psicosis” es una obra maestra del terror y no había un criminólogo desde el primer minuto hablando de las motivaciones de los asesinos (y no acertando ni una). Aquí, el pacto con el espectador exigía una explicación. Que podría ser que la diera alguien que no fuera el doctor Kreuzler, cuya incompetencia profesional ya estaba más que establecida. Pero que alguien nos la debía, aunque fuera el asesino del montón ése. Menudo asesino, por cierto. Diez episodios esperando una bestia infernal y es un don nadie. Bueno, está a la par con los investigadores.

   Burda, aburrida, plana, esta serie no tiene ni una sola cualidad por la cual se la pueda recomendar. Es una pésima obra de aficionado al género a quien le han dado un montón de dinero para llevarla a cabo. Si no es usted amante de lo detectivesco, lo terrorífico o lo decimonónico, al verla no se sentirá, por lo menos, ofendido. Pero aburrido, sí. Eso, se lo garantizo.

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