Con un vaso de whisky

septiembre 4, 2020

Melancolía criminal en Oxford

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:08 am
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    El Detective Inspector Thursday suspira una bocanada de humo por entre los dientes que sujetan su pipa. Escucha un tanto amortiguada por la distancia la voz potente del Detective Sargento Strange, ordenando a los agentes de uniforme que vayan a cada puerta de cada piso del Magdalen College y pregunten a todos los estudiantes, a ver si hay suerte y alguien conocía, mientras vivía, a este estudiante en particular. El pulcro forense, el doctor DeBryn ha dado su opinión provisional, varios golpes con algún objeto contundente en la parte occipital del cráneo, aunque, por supuesto, podrá decir algo más tras la autopsia, “Digamos a las dos en punto, caballeros”. Qué mala noticia será para el Superintendente Jefe Bright, tan satisfecho con una semana entera sin un asesinato. Thursday palpa el sándwich envuelto en papel que lleva en el bolsillo del abrigo, preguntándose vagamente si, pese a ser miércoles, será de tomate y jamón. Sus ojos no se apartan del joven delgado que, con la cabeza ladeada como un pájaro, contempla la escena del crimen. Un nuevo suspiro de humo. Algo habrá visto que a los demás se les ha escapado. Se saca la pipa de la boca y medio sonríe.

    -¿Qué es, Morse?

    Cuando uno considera que ha visto una serie de siete temporadas con capítulos de noventa minutos de duración y que al no disponer de más capítulos siente cierta desazón, concluye que está ante una serie que puede recomendar sin muchas vacilaciones. Así pues, les recomiendo encarecidamente “Endeavour”.

    Basada en unas novelas del escritor Colin Dexter, que no he leído, y precuela de una serie clásica de la cadena ITV, que no he visto, “Endevaour” ha sido un gran éxito de público y crítica para esa misma cadena. Sin sacar las cosas de quicio y convertirla en una obra maestra, el éxito es merecido. Está disponible aquí en Filmin (si bien, fallo en una plataforma estupenda, los subtítulos sólo en español y no siempre muy acertados en algunos detalles).

    Desde le punto de vista formal, la serie es muy de bien. Buena fotografía, buena dirección, estupendos exteriores e interiores y vestuario cuidado, con el paso de la moda de los sesenta a la más severa de los setenta. Un poco demasiado limpio todo, quizá, incluso cuando la acción nos lleva a las partes más desafortunadas de la sociedad.

    “Endeavour” es una serie policíaca. La estructura de cada capítulo es siempre la misma. Hay una introducción, al compás de alguna pieza de música clásica (bastante ópera hay en la serie y, esto es muy de agradecer, no recuerdo que haya sonado ni una vez la demasiado socorrida aria “Nessun dorma”), en la que vemos fragmentos, piezas del puzzle que se irá resolviendo en la hora y media siguiente. Hay uno o varios asesinatos. Y hay unos detectives que investigan y resuelven el caso.

    Así dicho, estaríamos ante una clásico whodunit. Y en buena medida, así es. Cosa que me parece estupenda, porque es un subgénero que me gusta mucho y que demuestra estar en plena forma, dando aún sorpresas como la ingeniosa “Knives Out”. Los casos de “Endeavour” están bien pensados y los rompecabezas encajan casi siempre muy bien. Es cierto que, creo, comete el viejo pecado de no proporcionar casi hasta el final toda la información e, incluso, hay episodios en los que el espectador no puede en modo alguno resolver el acertijo, porque los datos le son escamoteados por completo o es imposible que los conozca. Eso es algo que me parece una pequeña estafa, pero la perdono por el placer que esta serie me ha proporcionado cada vez que he visto uno de sus capítulos. Más unos que otros, hay que admitirlo, hay algunos casos, en especial en el último episodio disponible, por ahora, que me han parecido un tanto chapuceros.

   Ahora bien, no es del todo una serie que encaje en una obra de la llamada Era Dorada de lo detectivesco británico.

   Saben ustedes que la división rígida entre el género detectivesco clásico anglosajón (aunque también los franceses tienen sus obras grandes del mismo, por ejemplo “El misterio del cuarto amarillo”, de Gaston leroux) y el género negro ha ido desapareciendo. El noir ha conquistando lo detectivesco, de modo que apenas hay ya ejemplos del whodunit puro, con el Orden roto por el Crimen y restaurado gracias al Detective, género que tenía sus obvias raíces ideológicas y sociales, compartidas o no por los autores, igual que el noir tiene las suyas. No soy capaz de señalar una obra, sea literaria, de cine o televisión, de los últimos sesenta años que no tienda más al noir que a la Época Dorada. “Endeavour” no es una excepción y eso que es de las que más se acercan.

   Si la Edad Dorada fingía que la sociedad era esencialmente correcta y el crimen la corrompía y el noir consideraba que la sociedad era insalvable de origen y el crimen una simple manifestación de esa corrupción intrínseca, “Endeavour”, digamos, sueña con lo primero mientras sus pies chapotean en lo segundo.

   Los detectives resuelven los casos, sin duda, pero no hay grandes fanfarrias tras la resolución. Ni la satisfacción cerebral de un Holmes ante un problema que ha logrado resolver, discretamente, ni la vanidad colmada de un Poirot que ha logrado demostrar de nuevo a su audiencia lo listo que es. Morse y los demás acaban cada caso un poco más sombríos que el anterior. El Oxford dorado es más una ilusión que una realidad, pasada o presente.

   He aquí lo que más me ha sorprendido de la serie, casi su marca particular: la tristeza. Es una serie británica con muy escaso humor, ni siquiera el que se usa para sobrellevar un día a día desastroso. Aun cuando Thursday, Bright, Strange o Morse repitan de cuando en cuando el tópico de buscar justicia para los muertos, poca o ninguna alegría hay en sus rostros cuando el asesino es esposado. Los muertos siguen muertos, las consecuencias de los asesinatos no desaparecen ni tampoco las causas, personales o sociales, que formaron el camino que el criminal siguió, por decisión propia o no.

   Es curioso que una serie ambientada en su mayoría en los sesenta, década casi siempre presentada como optimista y alegre, sea tan sombría. La esperanza de cambio está ahí en parte; no obstante ahí están también el racismo, el machismo, la xenofobia, el clasismo, los demagogos, con corbata o con sandalias, la hipocresía, la corrupción institucional, la brutalidad policial, el crimen organizado… Y que alguien no sea el asesino no quiere decir que no sea un tipejo repugnante. La serie, es, en ese sentido, hábil a l ahora de evitar que un personaje que es difícil que no caiga mal al espectador tenga que ser necesariamente el culpable. Que en un caso haya racistas no implica que la muerte tuviera como móvil el racismo, por ejemplo. O sí. Los guionistas tienen mano para no ser previsibles.

   La niebla gris está presente desde el primer minuto y no se levanta jamás, por muy brillantes que sean a veces los días de verano en Oxford. Niebla que está en las vidas de los protagonistas.

   Entretejidas con las escenas de los casos hay escenas de la vida privada de los protagonistas y somos testigos de su evolución. Ninguna sin altibajos y casi todas con más valles que cimas. Con la excepción quizá del doctor DeBryes, quien posee el misterioso don de la flema irónica.

   El Detective Sargento Strange tiene que elegir a qué amo sirve, si a su ambición o a su deber. El Superintendente Brigth (el gran Anton Lesser, a quien el papel le viene un tanto pequeño, pese a que hay momentos en que dice todo lo que hay que decir con un leve temblor de cejas), personaje que al principio parece no ser más que un superior cansino, crece en dignidad a costa de su prestigio profesional y de su felicidad personal.

   Endeavour Morse y Fred Thursday, los protagonistas complementarios, también son personajes tristes, cada cual a su manera. Thursday es quizá el más interesante de los dos. Podría haber sido una mera caricatura, el veterano superado por su brillante segundo, sin mucho que aportar, salvo su presencia física. Pues no. Thursday, interpretado magníficamente por Roger Allam (un político torie metepatas en “The Thick of It”, el grosero portavoz fascista en “V de Vendetta”; el hombre sabe cambiar de piel) es un tipo respetable. No es tan agudo como Morse, de acuerdo, pero no tiene un pelo de tonto. La experiencia no es un lastre en él, es una fuente de sabiduría profesional. Y es un individuo que apoya y soporta a Morse cuando nadie le soporta ni le apoya. Es valiente, leal y no falto de compasión. Su vida privada parece un oasis, al principio.

   Es inteligente por parte de la serie que este buen policía cometa actos despreciables. Porque los comete. Rompe la ley, en ocasiones. Se muestra brutal. Por inseguridad, por miedo, por frustración, por ira, cruza líneas que no deben cruzarse nunca, tanto en el trabajo como en la vida familiar, lo cual le pasa factura como ser humano y le vuelve más lúgubre, envenenando las relaciones más cercanas. Y, pese a todo, haciendo válido el aforismo según el cual somos mejores que nuestras peores acciones, no abandonamos nunca del todo el respeto y la simpatía por Thursday y esperamos que se enderece y recupere su camino.

   Algo diferente ocurre con Morse, un más que digno Shaun Evans. Inteligente, solitario, culto, melómano, brusco e inflexible, tiene mucho de arquetipo pseudoholmesiano. Para compensar todo ello, le dan muchas debilidades humanas. Un individuo desarraigado, cuando lo conocemos: antiguo estudiante de Oxford metido a policía, despreciado por sus antiguos camaradas y por los nuevos, ni de un mundo ni de otro. Por destellos de su pasado, sabemos que viene de un hogar infeliz y que su clase social inferior y su pobreza la han costado mucho en la vida íntima. Morse es un personaje profundamente triste, un fue y un será y un es cansado. Abrumado por su pasado, sin esperanzas en un amor redentor que se le muestra esquivo, se refugia en el trabajo, fracasando una vez tras otra en todo lo que no sea resolver casos. Incluso el respeto profesional con Thursday y un puñado más de policías, que deriva en amistad, se resiente en ocasiones por su implacable complejo de superioridad intelectual, que sirve de compensación para sus otros vacíos. Morse es a veces bastante inaguantable. Pero, igual que a Thursday, le tenemos estima y no se deja a la gente estimada en el agujero.

   Curiosamente, y lo digo para bien de la serie, los personajes recurrentes femeninos son mucho más luminosos que los masculinos. No es que no tengan problemas, vive Dios. Pero la señora Thursday, su hija Joan, la omnipresente periodista Frazil o la perspicaz agente Trewlove soportan las vicisitudes de sus vidas y capean los temporales bastante mejor que los hombres de la serie. Hay cierta madurez emocional en ellas que les falta a casi todo ellos.

   No teman, sin embargo, que esta serie sea un dramón. No lo es, es una serie de detectives que plantea y resuelve casos interesantes y que se ve con gusto, sabiendo siempre que, incluso si de vez en cuando los guiones desbarran un tanto (ay, séptima temporada, te estoy mirando a ti), tenemos una sólida hora y media de televisión por delante. Conscientes, eso sí, de que, por muchas pintas que pidamos en el pub tras la jornada, acaba siempre con otoñal melancolía.

julio 4, 2020

Un respiro en el Castillo de Blandings

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 5:11 pm
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       Una de las buenas costumbres que tengo (alguna tiene todo el mundo) es la de intercambiar libros con amigos. Antes creo haber escrito -lo cual quiere decir que alguien más inteligente que yo lo había dicho o escrito antes y que yo me limité e repetirlo- que dejar un libro a otra persona es una de las señales máximas de confianza. Uno de los libros que un viejo amigo hizo el honor de darme en depósito estuvo esperando su momento mientras duraba este confinamiento que hemos pasado y al que puede que debamos volver en algún futuro más o menos cercano. En realidad, eran cuatro libros en uno: cuatro veces más generoso por su parte, dirán ustedes. Cuatro veces más diabólico, replico yo. Porque eran cuatro novelas de Philip Roth.

     Intuyo que la intención de mi prestamista era corregir el optimismo ingenuo y chispeante que siempre me ha caracterizado. No fue mala elección de instrumento. Porque cada novela (“Elegía”, “Indignación”, “La humillación”, “Némesis”) es un martillazo en el espíritu. Visto que me considero un privilegiado en la poco grata situación que hemos arrostrado y que aún tendremos que enfrentar y visto que cuando acaba una de las novelas dudaba en si echar algo de whisky al té para reponerme, no les recomiendo que dejen nada de Roth a un conocido, ni siquiera si es sincebollista, que esté pasando una mala racha.

     Pero como uno es lector avisado, ya tenía una contramedida preparada. Porque en cuanto saliera del deprimente Newark donde Roth hace que sus personajes malvivan sus existencias patéticas, tenía un billete para ir a Londres y, de ahí, a la campiña, a una de las mansiones más hermosas de la Vieja Inglaterra, con uno de los más amables anfitriones, lord Clarence Threepwood, noveno Conde de Emsworth.

     El billete se titula “Dejádselo a Psmith” (“Leave it to Psmith” y es uno de los libros más divertidos que he leído del Doctor Wodehouse, lo cual es mucho decir. No ha superado la maravillosa “Tío Fred en Primavera”, mi favorita de toda la obra del viejo Plum, pero a ratos ha estado cerca de igualarla. El estupendo personaje de Ronald Eustace Psmith (la p, como él les diría con una mirada a través de su benévolo monóculo, es muda, pero el apellido gana considerablemente con su existencia), al entrar en uno de los mejores mundos de Wodehouse, el Castillo de Blandings, da pie a una comedia soberbia. Psmith en contacto con otros grandiosos personajes recurrentes wodehousianos (lord Emsworth, lady Constance, el Eficiente Baxter…) o no (sobresaliendo Miss Eve Halliday y la poetisa Miss Peavey) protagoniza una historia divertidisíma, hasta llegar a una de las cumbres de Wodehouse: Baxter y los tiestos, al amanecer. No puedo decir más para no estropear el placer a quien aún no haya subido a la misma.

     La obra de Wodehouse, creo que escribió en su momento Stephen Fry, tiene como pilares la trama, los diálogos y la forma. La trama de “Dejádselo a Psmith” es muy divertida, pero no sin fallos (hay sobre todo un clamoroso vacío, al descartarse un personaje que parecía iba a tener importancia y del que nunca más se sabe tras determinado momento): la acumulación de intrigas e intereses cruzados entre los diferentes personajes es un buen motor cómico, aunque llega un momento en que la madeja está tan enrevesada que amenaza con ahogar la novela y la risa. Los diálogos, en cambio, son aquí estupendos. Desde el primer hasta el último, no hay uno que no logre hacer sonreír al lector o incluso le arranque una carcajada en el vagón del tren, logrando así que esos dos pasajeros que llevan treinta minutos hablando a voces por sus teléfonos le miren con rencorosa severidad.

    Y en cuanto a la forma, al estilo de la prosa de Wodehouse… Es la clave. Sin ella, sus novelas se habrían olvidado. Hay quien las considera insustanciales, infantiles y tontas, que describen un mundo inexistente, en el que no hay seriedad, ni denuncia social, ni reflejo de las injusticias, en el que los hombres son niños perpetuos y un tanto bobalicones y todas las mujeres parecen más bien sus hermanas mayores, salvo si son sus temibles tías. Todo eso sería verdad, también en “Dejádselo a Psmith”, si no fuera por la prosa de Wodehouse, escudo inquebrantable contra cualquier análisis sociológico o de teoría moral. El crítico no logra trinchar el libro porque está demasiado ocupado riéndose.

    Wodehouse no era un tonto miope. Vivió épocas oscuras de la Historia. Sabía que la pobreza no era no disponer de diez libras para montar un puesto de venta de anguilas en gelatina y que a un fascista no se le derrota simplemente mediante una burla demoledora por lo ridículos que parecen sus seguidores en pantalocitos cortos (aunque seguramente ésta no sea una de las peores formas de poner en su sitio a un fascista). Su mundo es inexistente y por eso mismo es imperecedero, como Evelyn Waugh entendió a la perfección. Criticar a Wodehouse por esto es como fruncir el ceño ante las brillantes películas de Lubitsch, el cual, bastante más malicioso que el escritor inglés, me parece que habría sido el director perfecto para adaptar sus libros.

     Mientras leía las andanzas del camarada Psmith, no dejaba de pensar en lo trivial que sería la novela si estuviera mal escrita. Y se me ocurrió que exactamente lo mismo pasaría con las novelas que había leído de Roth. Las historias que contaban , en esencia, eran deprimentes, pero irrelevantes. Lo que detecto tras la escritura de Roth es justo eso, que la vida es deprimente e irrelevante, lo cual puede ser, pero coincidirán conmigo en que señalar eso no vuelve a nadie un gran novelista ni, mucho menos, un ameno invitado en ninguna fiesta. En realidad, las historias de Roth, aunque más verosímiles que las de Wodehouse, tampoco son hiperrealistas, dicho sea en su honor. Las calamidades que Roth hace caer, con indiferencia, sobre sus protagonistas, son excesivas para considerarlas lo bastante cercanas a nosotros y vincularnos con aquellos. Roth no escribe grandes novelas tenebrosas (he leído libros en los que el Mal despliega de un modo más sutil o impresionante toda su terrorífica majestad), pero sí notables novelas grises. Su musa es la Pesadumbre, igual que la de Wodehouse es la Alegría. A un lector le puede atraer una musa más que otra; cualquiera que sea su inclinación, el lector reconoce que Roth escribe bien, aunque tras cerrar el libro busque con ansia la botella para emergencias. Y, sin embargo, nadie tilda a Roth de insustancial. Supongo que narrar las miserias de un actor que de repente es incapaz de actuar inmuniza frente a esa crítica, mientras que explicar los pesares de un noble rural porque su cerda favorita ha dejado de comer, no. Bueno, pues yo me imagino a cada escritor cogiendo la historia del otro y escribiendo una novela por completo diferente. Y ambas dignas de ser leídas.

    Siempre he sentido cierta prevención hacia las obras artísticas de tesis, en especial las literarias o cinematográficas. Una obra de teatro, un relato o una película pueden tener mensaje y aun así ser grandes obras, pero siempre pese al mensaje, no gracias a él, esté yo más o menos de acuerdo con ese mensaje. Cuando la obra es realmente buena, el mensaje sale reforzado gracias a ella; cuando no lo es, el mensaje tiende a hundir la obra a la categoría de panfleto cansino.

    También he sentido siempre reserva ante la idea del arte como llave de la Belleza para llevarnos al Bien a través de ella. Y ante la idea de que la obra artística nos alimenta para salir de nuevo a la batalla, la que sea. No digo que no pueda hacerlo. Digo que no veo que tenga que hacerlo, ni que el artista tenga ninguna obligación en ese sentido. Al artista y su obra hay que considerarlo, creo, fundamentalmente con criterios artísticos. ¡No es poco eso! ¡Miren que no hay discusión sobre cuáles han de ser esos criterios como para mezclar otros!

    Con esto claro, Wodehouse me parece mejor escritor que Roth. Subjetivamente, me gusta muchísimo más, de ahí que haya leído bastante más del primero que del segundo. No es cosa de que uno lleve mal lo sombrío. Los libros de Tom Sharpe o de Tom Wolfe, por ejemplo, me parecen más demoledores que los de Roth, y me gustan mucho más.

    Y, a pesar de todo lo que he dicho en los últimos párrafos, hay algo que no puedo regatear a Wodehouse, tal vez una consecuencia de su maestría literaria y de su genio cómico, tal vez no: que sus libros son lugares de descanso, de recuperación. Mientras uno lee un libro suyo, de algún modo encuentra cierto consuelo. Acabar uno de sus novelas es como salir de la ducha en un día agobiante o tomar una buena copa de vino tras un día ajetreado. Uno se observa a sí mismo y a los demás con cierto humor benévolo. Esto no hace que Wodehouse sea mejor escritor. Pero sí hace que sus libros sean, además de orfebrería humorística, queridos y populares en el mejor sentido de estas palabras.

    Tal vez querer vivir por siempre en el mundo de Wodehouse sea necio y hasta censurable. Pero saber que uno puede coger el tren de las 17:35 y pasar el fin de semana en Blandings, puede ayudarnos a encarar ese lunes gris y rothiano que nos amenaza y saludarle con una sonrisa y un gesto del paraguas que acabamos de tomar prestado del Club de los Zánganos.

abril 7, 2020

Una novela sin héroe

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:02 pm
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     William Makepeace Thackeray era uno de los nombres con los que que llevaba años martilleando en mi cabeza una voz muy pesada. “¿Cómo no has leído nada de Thackeray? ¡Menuda vergüenza! ¿Y vas por la vida con orgullo de pedante?” “Pero”, respondía yo, “es que Thackeray es uno de los Clásicos Indiscutidos. ¿Y si no me gusta? ¿Tendré que fingir que sí? Puestos a fingir, ¿por qué no fingir que he leído algo suyo y que además me parece extraordinario?” “¡Coge esa novela que compraste hace más de un año de una vez!” Y como la muy miserable había dado esa misma orden con otros autores y había llevado razón al hacerlo, cogí el libro. Esperando, secretamente, poder decir, más de setecientas páginas después, que había sido desesperante y que estaba despedida.

    Aquí estoy, más de setecientas páginas después. Subiéndole el sueldo en diez guineas , a la condenada voz.

    La novela es la considerada obra maestra de Thackeray, esto es, La feria de las vanidades. Esta breve reseña no se puede ni acercar a hacerle justicia. Así que permitan un consejo directo: léanla, si no lo han hecho. Porque no sé si es la obra maestra de su autor, al no haber leído ninguna otra suya. Pero es una obra maestra.

    ¿Qué es esta novela? ¿Una crítica social? ¿Un sermón moral? ¿Una sátira despiadada? ¿Una crónica sádica de cómo se desperdician muchas vidas para entretenimiento del respetable? Puede ser todo eso y nada de ello del todo.

     Es, sin duda, un despliegue de los poderes de un narrador como pocas veces he visto. Thackeray podía haber escrito un novelón decimonónico como hicieron Hugo, Tolstoi o Dickens. Y es un novelón y es decimonónico, pero no es el narrador típico de dichos novelones. Mientras que los tres citados, entre otros, son ejemplos canónicos del narrador omnisciente que todo lo ve y sabe (Dickens con ciertos matices en según qué obras), Thackeray juega con nosotros desde el prefacio. Es esquivo y engañoso. En un momento dado afirma sin pudor que, en efecto, es el todopoderoso titiritero cuyos hilos mueven hasta el meñique de los personajes para, un par de capítulos más tarde, presentarse como un mero testigo, otro espectador, privilegiado, eso sí, que nos permite o no presenciar ciertas escenas, según su voluntad, escenas sobre las que no tendría ya control alguno. Pero, cuidado, porque más adelante alega completa ignorancia sobre lo que determinado personaje puede estar o no pensando o puede haber hecho o no. De repente, se rebaja aún más, a mero personaje terciario, alguien que ha coincidido con los protagonistas de esta muy veraz crónica y cuyos conocimientos, son, por tanto, indirectos, de referencia y puede que no muy fiables. Y estas cuatro perspectivas, con más variantes, se retuercen a lo largo de la novela, mutando según los designios del escritor. O eso puede parecer. Thackeray, así, nos coloca en estado de duda perpetua sobre el valor de su palabra. Luego ha de dudarse de todo: lo que los personajes dicen, sienten o hacen. Y lo que el mismo narrador reflexiona.

     Es una novela triste, ésta, aun cuando la sonrisa irónica sea perpetua en sus páginas. Una ironía cruel, más descarnada que la de Austen. No hay aquí nada del humor absurdo que se encuentra en otros autores de las Islas Británicas, como Sterne. Cuando Thackeray ríe, es porque ha dado un latigazo a la sociedad que describe o porque ha percibido una idiotez o una perfidia en sus personajes. Admitiendo que el narrador es engañoso, a lo largo de la novela hay demasiadas críticas orientadas contra un mismo objetivo para estimar que no forman sino una monumental cortina de humo: la hipocresía social, estructural, entrelazada con un un feroz clasismo, es el origen de muchos de los males que ocurren en la obra. El culto a la apariencia, al qué dirán, al escándalo farisaico de quienes toleran alegremente el vicio pero no pueden soportar que sea expuesto y así llamado a las claras. Que juzgan que la conducta de una aventurera ambiciosa de un modo singularmente diferente a la misma conducta de un cínico y adinerado marqués y asignan consecuencias muy diferentes a una y a otra.

     Pese a los trucos del narrador, la obra no es compleja en cuanto a la trama se refiere. La acción es bastante lineal, con capítulos que se alternan siguiendo dos grandes arcos argumentales, que de cuando en cuando se entrecruzan: la historia de Amelia Sedley y la historia de Rebecca Sharp- desde su adolescencia a su mediana edad. En torno a ellas, una galería de personajes tan abundante y notable como puedan desear. A medio camino entre los duendes caricaturescos de Dickens y las personas sufrientes de Dostoievsky, las criaturas de Thackeray danzan en la Feria durante décadas, sin que apenas ninguna de ellas tenga otra cosa que una vida infeliz.

      Es habitual en las críticas que he leído de las obras de Buero Vallejo indicar que en ellas tiende a existir un conflicto entre dos personajes: uno activo, más bien inescrupuloso, y otro pasivo, con gran sentido moral, pero paralizado por sus reflexiones. Podríamos aplicar este esquema a La feria de las vanidades, pero quitando la parte reflexiva al personaje pasivo. Rebecca Sharp, la activa, es la protagonista que concentra el ingenio y la inteligencia en la obra. No hay ningún personaje, ni tan siquiera el malévolo lord Steyne, que supere intelectualmente a Becky. Amelia, la pasiva, es amable, gentil y entregada. Y más simple que un sonajero. Ojo, que no soy yo quien lo dice: otra de las constantes del narrador es insistir en las pocas luces de Amelia, casi con desesperación, como si él nada tuviera que ver con ese defecto.

      Thackeray subtituló La feria de las vanidades como “Una novela sin héroe”. Ciertamente, no lo hay, ni siquiera el bueno de William Dobbin. Pero Becky se acerca mucho a ser la heroína-villana. Si esta novela, como he leído, es un ataque al concepto romántico del héroe, Becky sería un buen reflejo burlesco del arquetipo: una mujer absolutamente sola que se enfrenta a toda la sociedad. No como una rebelde, ni para proteger su alma pura, sino para trepar por ella hasta lo más alto. La de Becky es la historia de una intrigante que no se detiene ante nada para asegurar su supervivencia y la mejora de su fortuna. Hábil, ingeniosa, encantadora, implacable, quizá asesina, maneja a su antojo a caso todos los demás personajes, usando una máscara u otra según la ocasión lo requiera y logrando perseverar, de un modo u otro, pese a cada revés o fracaso, que muchas veces le vienen de su incapacidad para detenerse, dinámica y adicta a su juego como es. En una novela donde pasan tan pocas cosas, pese a su longitud, y con tantos personajes que son ridículos y necios, es preciso un constante esfuerzo intelectual para no acabar, también nosotros, los lectores, a los pies de Becky, igual que ante los villanos más peligrosos de Shakespeare. Me confieso: fracasé en mi intento; estuve toda la lectura en la esquina de esta pequeña y maquinadora mujer… cuyo pecado original, como ella reflexiona con burla en un instante, puede ser, sencillamente, no disponer de cinco mil libras anuales de renta.

      En cambio, ¡Amelia! Por mucho que se nos repitan sus virtudes, la pobre Emmy es a ratos insoportablemente tonta. Pocas obras como esta, para dar a leer a gente enamorada, además de Como gustéis. No es la menor ironía de Thackeray que la fuera más destructiva de felicidad en esta novela, junto a la guerra, la ruina económica y la hipocresía, sea el amor. Amelia está absurdamente enamorada durante toda la novela del fatuo George Osborne, puede que el personaje más despreciable de la colección. El pobre honesto William Dobbin está enamorado sin esperanzas de Amleia y es, al tiempo, amigo leal de George, lo cual es incluso más incompresible que lo primero. Una y otro malgastan sus vidas por amor y lealtad. Es una buena broma del titiritero. Que Thackeray resuelve, quizá más por el gusto de acumular ironías que porque estime que era un final literariamente digno, gracias a la intervención de la cuasi demoníaca Becky, la única que dice, de una vez y sin ambages, la verdad sobre el insufrible George y destruye el encantamiento bajo el que ha estado presa Amelia.

      Hay cierta ambivalencia, quizá fingida, de Thackeray, respecto de sus protagonistas. Pese a que censura los vicios de Becky, no la condena y es claro que es a quien ha dado más poderes internos. Sus amables palabras para Amelia y Dobbin nunca están exentos de una sorna. Y lo mismo ocurre con los secundarios: el pomposo Jos Sedley o el arrogante y amargo Osborne padre son azotados una y otra vez… pero hay momentos de ternura para ambos. La volteriana aristócrata Miss Crawley, muy republicana en teoría, es puesta en solfa tan sarcásticamente como la beata Mrs Bute o los dos Sir Pitt, padre e hijo, baronets. Y para todos, en especial para aquellos que mueren, hay compasión. Todo es vanidad, como dice Thackeray que decía Cohélet, todos los afanes de los personajes no son más que atrapar vientos y si todos son culpables, puede que ninguno lo sea del todo.

     Claro que con vanidades y vientos se puede hacer literatura maravillosa.

febrero 15, 2020

Una épica ordinaria

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:00 pm
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     Iba, no crean ustedes, con ciertas precauciones. Había oído hablar mucho de ella. Intuía por dónde iban a ir los tiros. Pero esta serie, primero, me engañó para que bajara la guardia y de repente, saltó sobre mí y ya no aflojó su presa hasta el mismísimo final, pese a que, en los últimos compases de nuestra batalla, a punto estuve de romper el abrazo. Así que, aquí me tienen ustedes, vencido: porque The Office ha sido una de las series con las que más me he reído y más me he emocionado en mucho tiempo. A veces al mismo tiempo. No siempre. Y ambas cosas me parecen espléndidas.

    Recordarán, quizá, un artículo en el que indicaba que una de las grandes cualidades de tres comedias magníficas, Parks and Recreation, Brooklyn Nine Nine y The Good Place, era su habilidad para no exiliar la risa de una obra en la que había bondad y ternura. Estas series han sido creadas o cocreadas por Michael Schur y viendo The Office he comprendido que ésta había sido una excelente escuela para un alumno aventajado: Mr Schur fue uno de los escritores de las crónicas de Dunden Mifflin, en Scranton, Pensilvania (¡aparte de encarnar al primo Mose!) y qué fácil es ver la influencia de esta sucursal en el departamento de parques de Pawnee, en la comisaría 99 de Nueva York y en el lugar del Más Allá en el que se encuentren en cada momento Michael, Eleanor y compañía.

   Y, sin embargo, ¡qué diferente el origen! No he visto la versión británica de The Office, pero sé que es hija de Ricky Gervais y Stephen Merchant y sé también una o dos cosas de estos británicos de colmillos goteantes y lenguas que harían parecer embotado el instrumental de cocina del Doctor Lecter. En los primeros capítulos de la versión estadounidense la sombra de Gervais y Merchant es obvia: con mucho, son las más sombríos, los más crueles, los más tristes. La risa es más un mecanismo defensivo que una expresión de alegría, ni siquiera perversa, o una reacción ante el ingenio o el absurdo. Y esa sombra se extenderá durante buena parte de la serie. Hay casi una especie de exorcismo continuado durante varias temporadas: Greg Daniels y los suyos sacando de Michel Scott el espíritu de David Brent.

     El gran Alan Sepinwall escribió que fue Daniels el que salvó la versión estadounidense, porque comprendió que el personaje de Brent, perfecto para Gervais, no podía tener un gemelo en el Scott de Steve Carell. Así que, con cierta premura, fueron modificando al personaje. Y para mejor. El personaje de Michael Scott era, en un inicio, gracioso, pero extremadamente desagradable. El motor humorístico principal del personaje central de la serie era la vergüenza ajena: el espectador, al menos yo, esperaba la siguiente frase o acción de Michael con una mezcla de miedo y morbo, porque sabía que iba a ser una metedura de pata, algo inapropiado, algo vergonzante, algo ridículo, algo incómodo. Esto puede perdurar en un personaje secundario o terciario o en una serie muy breve (como lo fue la británica, haciendo honor a la tradición de la televisión de las Islas), pero no en el protagonista de una serie larga. Y The Office tiene siete temporadas con Michael al frente.

     Daniels y sus colaboradores lo lograron: consiguieron que el Michael del primer capítulo y el Michael a quien sus empleados le dedican una sentida despedida sean el mismo hombre y un personaje por completo diferente. No quiere decir esto que sea alguien perfecto, vive Dios, porque no lo es. Michael resulta desconcertante: dependiendo del capítulo o de la escena del capítulo es un idiota bienintencionado, un pésimo humorista sin habilidades sociales, un niño caprichoso, un astuto vendedor, un jefe de sucursal sorprendentemente hábil, un tipejo rencoroso (pobre, patético Toby, sobre todo con él), un miserable moral o un tipo a quien dan ganas de dar una palmada en la espalda. ¡Y siempre es él, no hay incoherencia! Es un milagro de guión e interpretación que así sea, pero es.

     Quizá sea porque detrás de todos estos cambios, de estas máscaras, hay una constante: el miedo a la soledad. Pronto vislumbramos que tras los chistes malos, las bromas sin gracia, los comentarios que pretenden ser ingeniosos por incorrectos (y no lo son), hay un hombre de mediana edad que está muy solo y que ansía, con angustia, tener amigos y familia. Tras la sonrisa del Scott de las primeras temporadas hay un miedo cerval a una existencia patética, solitaria, fracasada y estéril. ¿En una comedia, esto? En una comedia, en una maravillosa comedia. Era arriesgado, pero funcionó. Michael se vuelve así humano y, en una manipulación considerable por parte de los guionistas, le son perdonadas muchas barbaridades porque vemos lo infeliz que es. Y cuando por fin tiene la posibilidad de dejar de serlo, cuando va logrando poco a poco acercarse a lo que deseaba, amigos, amor y familia, se da cuenta uno de que no le desea a Michael ningún mal en concreto y tal vez hasta que lo consiga. Y, ojo, que el hombre comete salvajadas. Lo que les hace a unos pobres chavales de instituto, no tiene nombre. Es de las jugadas más sucias que he visto en televisión, en cualquier serie.

    Si bien la serie es desde un inicio, aún más según se desarrolla, bastante coral, Michael es su piedra angular. La inmensa mayoría de los demás personajes, en la inmensa mayoría de las situaciones están reaccionando a algo que Michael ha hecho o dicho, interactuando con él o intentado evitar esto último, con desesperación. No hay mejor prueba de la importancia de Scott que la ausencia de Scott. Algo más diré de ello después. Baste decir que tras su marcha (con unas estupendas despedidas, indirecta y directas, de los otros tres personajes más importantes de la serie, la carta de recomendación de Dwight, la última conversación con Jim, el abrazo mudo con Pam) su vacío fue tal que la serie no llegó nunca a recuperarse del todo. Carell estuvo, simplemente, inmenso en este papel.

    Alrededor de Michael, todos los demás. Y no son pocos. La serie duró lo bastante para lograr crear relaciones entre todos los oficinistas y dar hasta a los personajes más pequeños destellos de gloria (menos a Toby, creado para sufrir sin esperanza). El torpe y entrañable Kevin, el gruñón Stanley, el siniestro Creed, el pedante Oscar, el miserable de Ryan (la de este personaje, de interino a parodia de un emprendedor con tendencia a la estafa, es una de las evoluciones más logradas que he visto), la locuaz Kelly, la tiesa Angela, la matriarcal Philys o la encantadora y crédula Erin, que se incorporó tarde pero que fue uno de los soplos de aire fresco que la serie necesitaba. Cada uno de estos personajes tuvo ocasión de mostrar su lado mejor y también el peor. Kevin tuvo momentos de malicia y Angela, quizá la más antipática de todo el reparto, de calidez humana. Si exceptuamos a Ryan, creo que uno le coge cariño a todos los trabajadores, y el que no sean siempre seres de luz ni de tinieblas, sino grises y ordinarios, es uno de los secretos de esta comedia.

    Pero junto a Michael en importancia, creo yo, hay tres personajes. Y sus relaciones con Michael y entre ellos formaron el pilar de The Office. Me refiero a Dwight Schrute, Pam Beesley y Jim Halpert.

    Dwight es, desde su aparición y hasta el mismísimo final de la serie, una apuesta segura. Es un personaje genial y, por sí mismo, quizá mi favorito. De todos los monólogos que se hacen a cámara en este falso documental, los que más me han hecho reír han sido los de Dwight. Sus planes logran que incluso Michael parezca el cuerdo de la habitación. ¡El simulacro de incendios es insuperable! Rian Wilson está soberbio, interpretando a este individuo convencido de su importancia e inteligencia, implacablemente racional según su propia lógica, con uno de los más divertidos trasfondos familiares que haya visto (me imagino sin dificultad a los Schrute o a unos primos suyos en las cercanías de Pawnee, encajarían en ese pueblo de locos). Su larga batalla con Jim es memorable y aunque en general es Halpert, el hombre cuerdo y con sentido del humor, quien triunfa frente a la rigurosa chifladura de Schrute, también éste tiene sus momentos de éxito. El mayor, una Navidad en la que su guerra psicológica basada en bolas de nieve termina quebrando a Jim; ah, la escena en la que la legión de muñecos de nieve saluda a Jim a la salida del trabajo y éste pierde la cabeza, mientras Dwight, desde el tejado, sonríe ante su victoria… Y, aunque Jim y Dwight sean adversarios, con Pam como cómplice del primero casi siempre, qué curiosa amistad se va formando, con alianzas temporales frente enemigos comunes y treguas para consolarse: Jim descubriendo a Dwight en unas escaleras, creyendo que ha perdido a Angela, Pam, derrumbándose de dolor, con Dwigth, silencioso, pasándole el brazo por encima de los hombros. Si Dunder Mifflin es una familia, Jim y Dwight son unos hermanos eternamente enfrentados que, al contrario que en Shakespeare, al final se abrazan en paz.

     Jim y Pam, Pam y Jim, fueron otro de los secretos de la serie. Por un lado, eran la gente normal. Los que se daban cuenta de las barbaridades que estaban pasando a su alrededor y mantenían la cordura. Eran los adultos en la habitación. Por otro, eran la pareja. Antes de que lo fueran. Eran la pareja en tensión perpetua, porque todos sabíamos que Jim estaba enamorado hasta el tuétano de Pam y sospechábamos que Pam también, hasta que lo supimos.

    The Office logró algo que luego Schur supo llevar inteligentemente a sus propias obras: permitió que Jim y Pam fueran felices (no sin altibajos) y que ni ellos ni la serie se resintieran por su felicidad, sino justo lo contrario. Ninguna de las parejas principales de Schur (Leslie y Ben, April y Andy, Eleanor y Chidi, Peralta y Santiago) logra superar a Jim y Pam. La suya me resulta la historia de amor mejor contada en televisión y les aseguro que tiendo a ser muy destructivo con estas historias. Pero con estos no hubo modo: estuve a su favor desde el inicio y mantuve mi apoyo. Fue excelente que durante nueve temporadas estos dos siguieran siendo estupendos personajes, que no hiciera falta que los espectadores se preguntaran si se mantendrían o no juntos. Una vez emparejados, todos sabíamos que no se separarían; la tensión en la última temporada fue una de las decisiones menos inteligentes de la serie y aun así mereció la pena ante una muy satisfactoria reconciliación. John Krasinski y Jenna Fischer estaban brillantes en sus escenas individuales y extraordinarios en las conjuntas. Muchos de los mejores episodios de la serie giran, en mayor o menor medida, en torno a ellos y sus escenas memorables son innumerables, desde Pam como una cuba en los primeros premios Dundies o comprendiendo delante de sus entrevistadores que Jim la está invitando a salir, a la boda hábilmente planeada por el maquinador Jim…

    Ni siquiera este trío logró mantener la serie del todo a flote tras la marcha de Michael. Sepinwall argumenta con razón que en ese momento la serie tomó el peor de los caminos posibles: el conservador. En vez de colocar a Dwight como jefe, con Jim como segundo y contrapeso (se hizo y descartó para volver a hacerlo al final, que fue cuando funcionó de verdad) o de atreverse a dar margen de maniobra al estrafalario Robert California (James Spader creo que se divertía mucho con el papel), cuya locura era muy diferente de la de Michael o Dwight, una vez más con Jim como réplica, la serie eligió usar a Andy, un terciario que había pasado de ser desagradable a bastante majo, para convertirlo en un Michael descafeinado y luego mezquino, por sus problemas amorosos con Erin (otro personaje en parte desaprovechado los últimos dos años). Tuve miedo a ratos de que todo se viniera abajo, como un castillo de tarjetas con quejas de clientes. Por fortuna, se puso orden y la calidad de la serie volvió a lo más alto: se zanjó la crisis entre Jim y Pam, con un guiño al comienzo de la serie en forma de nota asociada a una tetera, la rivalidad de Dwight y Jim se convirtió en colaboración cómica, fue cuestionada la misma naturaleza del falso documental que llevaba tanto tiempo rodándose y de sus implicaciones, hubo otra boda, que casi logró eclipsar a la que hasta entonces había sido La Boda, con una visita, por supuesto, del ya viejo querido Michael, y pudimos despedirnos con una sonrisa cálida de la oficina y de sus oficinistas.

   George Bernard Shaw dijo una vez sobre sí mismo y sobre su eterno y respetadísimo rival que “en tanto Mr Chesterton toma los hecho que ustedes creen ordinarios y los vuelve gigantescos y colosales para revelar su esencial carácter milagroso, yo me inclino más bien a tomar estas cosas en su más absoluta normalidad e introducir en ellas una serie de ideas extravagantes, que escandalizan al aficionado al teatro ordinario y lo hacen salir preguntándose su lleva toda su vida en sus cabales o yo sigo aún en los míos”. Daniels y compañía mezclaron a ambos maestros: en una simple, aburrida y gris oficina de una empresa papelera, en una pequeña y soñolienta ciudad, a partir de unos simples y normales trabajadores que desean que lleguen las cinco para largarse del trabajo, con un vendedor aburrido con su vida y con espíritu burlón que descubre en la recepcionista de su trabajo la razón de su existencia, con un jefe cansino y convencido que sus espantosos chistes son oro cómico y un tipo de trajes espantosos que debería estar en un manicomio, lograron levantar una comedia ingeniosa, loca, amable, satírica, emocionante, triste, divertidísima e inolvidable. No sé si es así como puede ser la vida ordinaria. Pero si lo logra ser, es una epopeya con carcajadas. Nada menos.

enero 2, 2020

El Pozo se seca

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:12 pm
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    Ay, Birmingham, Birmingham. Quién nos iba a decir que la vuelta a tus calles cubiertas de niebla y ceniza sería motivo de lamento. Que las campanadas de “The Red Right Hand” sería un tañido de difuntos. Que las palabras “By order of the fucking Peaky Blinders” provocarían como mucho un discreto bostezo. Así ha sido.

   A la serie de Steven Knight le ha llegado la decadencia. Las las dos primeras temporadas son brillantes, mientras la tercera y cuarta resultan irregulares, aunque con notables virtudes. Esta quinta en cambio, empieza mal y sólo en el último episodio la cosa mejora un poco, en dos momentos.

    Desde luego, “Peaky Blinders” tenía sus defectos ocultos en sus virtudes. Esta serie sombría, poderosa, adictiva y bella estaba siempre a un paso de caer en el precipicio de lo impostado, lo culebrenesco, lo artificioso y lo involuntariamente ridículo. Esta quinta temporada ha supuesto un salto mortal con tirabuzón en dicho precipicio.

   Cada escena era pretenciosa, cada diálogo, forzado. El empleo de la cámara lenta resultaba risible en su intento de dramatismo. Thomas Shelby disparando su ametralladora en torno al espantapájaros, con las minas estallando, resulta patético. Y es un adjetivo que nunca habría que atribuir a este héroe villano, estratega, manipulador, despiadado y sufriente. Si salvamos el guardarropa, como siempre impecable, la parte estética de la serie, uno de sus pilares, amenaza derrumbe. Hay ejemplos de sobra para escoger, pero basta con la escena del ballet. Qué pesada resulta, qué cansina, que falta de tensión. Y ¿para qué demonios incluir “El lago de los cisnes” en una escena en la cual, durante buena parte de la misma, no se oiga a Tchaikovsky, sino a Max Richter? Nada hay contra Max Richter en esta casa, a fe mía, pero carece de sentido. ¡Usar mal a Richter! Tiene mérito. Y encima, cuando suena al fin la partitura del ballet, la escena se ha alargado tanto y la versión que se escucha es tan mala que casi parece que la serie ha entrado en el terreno de la autoparodia.

   Si la estética se ha resentido, aún más las tramas. Las tramas de las anteriores temporadas, en especial la de la primera, estaban bastante bien urdidas. En la cuarta, es verdad, hay trucos baratos y omisiones de información al espectador que vuelven el final y la derrota de los gángsters italoamericanos tramposos y decepcionantes. Ahora bien, lo de esta quinta temporada es indefendible.

   Hay dos grandes subtramas: la lucha de la familia Shelby por recuperar su fortuna y su poder tras el Crack del 29, que lleva a que Michael, el más insufrible del clan, se convierta de una vez en un adversario declarado de Thomas, y la lucha entre el jefe de los Shelby y el fascista Oswald Mosley. Ninguna pasa de ser levemente entretenida en algunos momentos. Entretejida a ambas, la progresiva pérdida de cordura de Thomas y las crisis familiares eternas.

   El problema de esta temporada es que no ha aportado nada digno de interés y, encima, ha destruido y desaprovechado el capital acumulado. Comparen a los personajes de Ada o de la tía Polly con las temporadas previas. Es doloroso ver a dos actrices tan buenas como Sophie Rundle y Helen McCrory tan desperdiciadas. Pero es que eso se puede predicar del resto. Paul Anderson había construido un estupendo personaje en su Arthur, ese primogénito desesperado por ser el número uno, sobrepasado por su mucho más hábil hermano menor, mendigando respeto y amor de un padre abusivo, de una familia de la que no puede renegar aunque quiera, de una vida criminal que está en su tuétano, hasta aceptar, mal que bien, su papel secundario. El patetismo dramático de Arthur nunca fue mayor que en aquellas escenas en las que era destrozado moralmente por la madre del chico que había matado a puñetazos o ese intento de suicidio calamitoso y perversamente humorístico. En esta temporada Arthur camina senderos ya recorridos, señal de que la serie ya no sabe qué hacer con él. Aunque al menos hubo un tiempo en que sí lo sabía. No puede decir lo mismo el pobre Aiden Gillen, actor al que recibí con entusiasmo tras su salida de “Juego de Tronos” y al que se le concedió un no personaje, Mr Abarama Gold, pleno de posibilidades que han quedado en nada, un paso olvidable con una muerte irrelevante. Igual le ha ocurrido a Charlie Murphy y a su combativa Jessie Eden, totalmente despreciada este año.

   En cuanto a los antagonistas, Michael y su esposa norteamericana no merecen ni una línea. Si los irlandeses los hubieran cosido a tiros antes de que llegaran a desembarcar en Inglaterra, la serie hubiera ganado y nos habríamos ahorrado muchos minutos aburridos.

    Por lo que se refiere Oswald Mosley, podría haber sido un buen villano. Mosley nunca llegó a ser lo que pretendía, pero tuvo bastante preocupados a los servicios de inteligencia británicos y al gobierno, igual que unos cuantos aristócratas cuyo filonazismo no era muy disimulado. La serie podría haber presentado a un demagogo con capacidad para movilizar a masas mientras recaudaba apoyos en las altas esferas, un adversario dramático adecuado para Thomas, personaje con gran carisma negativo, pero más fuerte en las sombras que bajo un foco. El Mosley que vi en pantalla no tenía ni medio guantazo dramatúrgico. Tieso, histriónico, es incomprensible que luego de cada uno de sus discursos cosechase algo que no fueran carcajadas del auditorio, por reaccionario o antisemita que se suponga éste sea.

   Thomas Shelby, el gran Cillian Murphy, protagonista absoluto, que siempre había estado más que a la atura, aquí pierde el pie. Como no hay duda de sus poderes como actor, la culpa ha de recaer en guión y dirección. Y sin duda así es. No le dan apenas un diálogo que merezca la pena. ¡Miembro del Parlamento, jefe criminal, empresario, agente encubierto del Gobierno! ¡Y apenas una escena de politiqueo maquiavélico digno!

   Thomas siempre ha tenido demonios internos, desde el primer episodio, acurrucado con una pipa de opio al alcance de la mano. Argumenté en su día que Grace, su gran amor, debería haber muerto a manos del inspector Campbell, pero visto cómo han traído de vuelta al fantasma de la finalmente asesinada mujer de Thomas igual fue una suerte que sobreviviera tanto tiempo. La caída en la locura de Thomas provocó en este espectador una completa indiferencia, al contrario que en la tercera temporada, en la cual el acoso de la heredera rusa y de los Odd Fellows resultaba a ratos propio de una película de terror. Las ironías de Thomas, sus planes y maquinaciones, tan interesantes antes, ahora son hojarasca. ¡Y, oh, Dios mío, ese Winston Churchill de cartón piedra!

   Sólo en el último capítulo me incliné hacia delante en la silla con interés. Esos benditos diez minutos en los que Tom Hardy y su magnífico Alfie Solomon reaparecieron tuvieron más habilidad, mordiente, ingenio y televisión digna de ese nombre que las cinco horas previas juntas. Y toda la secuencia del frustrado atentado contra Mosley, lo afirmo sin ambages, me pareció muy bien dirigida, con una tensión que el esperado desenlace no aguó.

   Pero era muy poco, muy tarde. La época de los Peaky Blinders ya ha pasado. Esta década nueva ha venido para enterrarlos. Está siendo una agonía triste al final de la cual no adivino un funeral digno.

octubre 26, 2019

Su Alteza, el Príncipe Payaso

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:41 am
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    El Joker ha sido y es uno de mis personajes favoritos. Un servidor ha estado desde pequeñito del lado de la villanía y pocos villanos más villanos hay que ese demonio enfundado en un traje morado, con una perpetua sonrisa congelada en el rostro. No habiendo leído yo todos los cómic que debiera, el universo de Batman siempre me ha atraído por varias razones, pero siendo una de las principales la espectacular galería de malvados y criminales que lo puebla. De entre ellos, el Joker descuella sin posible discusión. Por debajo de él, que reine la subjetividad y los gustos personales entre el Espantapájaros y el Enigma, entre Hiedra Venenosa y Scarface, entre el Pingüino y Catwoman. El Joker es el primero y no inter pares.

    Este asesino en serie y en masa ha recorrido un largo camino desde su aparición primera, con esa viñeta que se inspiraba en el Conrad Veidt de la película “El hombre que ríe” (adaptación de la novela de Victor Hugo; el protagonista, tristemente, nada tiene que ver con el Joker; no obstante, es Hugo, merece la pena). Y tanto en cómic como en televisión y en cine ha ido cambiando, sin dejar de ser, pese a ello, siempre reconocible. Hubo un período, cierto, en que todo en Batman era bastante ridículo y el Joker, que nunca ha sido de medias tintas, era quizá lo más ridículo. Cuando las crónicas del Señor dela Noche se volvieron más oscuras, y más, y más y más, su némesis se volvió particularmente siniestro. No olvidemos, sin embargo, que el Joker fue atroz desde su aparición. Frente ladrones, mafiosos y delincuentes comunes que entonces pululaban en las viñetas de Bob Kane, el Joker dejó su tarjeta de presentación sin ambigüedades: él se dedicaba a asesinar.

    El Joker ha tenido este año su enésima encarnación, que ha causado un cierto revuelo por ganar el León de Oro en Venecia y por una polémica que logra a ser al tiempo estúpida y preocupante y a la que no voy a conceder ni un segundo más de tiempo en estas líneas. Otro día, quizá. Aquí estamos para que les dé mi opinión sobre “Joker” y sobre el Joker. Que no es lo mismo.

    Vaya por delante, habrá algún que otro spoiler.

     La película me ha gustado y me ha gustado bastante, no crean. Salí satisfecho del cine. Disfruté con ella y creo que es objetivamente un largometraje muy digno. Tiene un aroma setentero, con claros y ya señalados en otras reseñas homenajes a películas como “Taxi Driver” y, sobre todo, “El rey de la comedia”. Es una película tenebrosa, sin concesión a la esperanza. No hay ni Bien, ni Justicia ni perspectivas de que aparezcan. No hay un solo personaje positivo. Una Gotham sucia, fea, opresiva, corrupta, injusta, lisiada por recortes sociales, con una ira bullendo que busca romper y quemar, sin ninguna ambición de mejorar nada, sino de destrozar a quienes, desde arriba, engordan y desdeñan a los de abajo (Thomas Wayne, decisión de guión que me pareció muy divertida, es un perfecto hijo de puta). Una Gotham mucho más aterradora que la urbe fantasiosa de Burton o la pulcra megalópolis de Nolan.

     No es una película sin peros. Voy a señalar el que considero más evidente: era obvio que la vecina no estaba saliendo con Arthur Fleck. La escena en que eso se vuelve evidente no es innecesaria, aunque podía haberse cortado. Lo que es por completo equivocado es ese breve flashback en el que se elimina a la vecina de las escenas donde antes la hemos visto, producto de los delirios del protagonista.

     Arthur Fleck, el cascarón donde está oculto el Joker, es ese protagonista y Joaquin Phoenix hace una interpretación de aplauso. Es el quinto Joker que veo en la pantalla. El primero fue César Romero, en la estrambótica serie de Adam West como Batman. César Romero, lo siento, es un Joker que no me gusta nada, pero no tengo más que respeto por el actor, quien se negó a afeitarse su bigotazo para interpretar al criminal y al cual he visto prestar su cuerpo de forma involuntaria en sketchs magníficos donde un zagal le pedía un penique, asegurando, y yo no lo dudo, que sabría bien qué hacer con él. Luego vino Jack Nicholson, con un Joker al mismo tiempo estrafalario y perverso, que era quien salvaba la película de Tim Burton. Luego, Mark Hamill dio su prodigiosa voz al Joker de la serie de animación de los noventa. Serie que me sigue pareciendo de lo mejor que se ha hecho con Batman y toda su cohorte. El Joker de Hamill fue durante años mi favorito: cambiante, saltarín, burlón,un segundo bufonesco, al otro psicópata aterrador. Luego, Heath Ledger me hizo comer mis gruñidos ante la noticia de que sería el gran enemigo en la trilogía de Nolan y, en mi lista particular, retiene la corona, con el Joker más Joker que jamás he visto.

     Y llegó Phoneix. Que no ha logrado desbancar ni a Hamill ni a Ledger.

     Cuando me senté en la butaca del cine a ver “Joker” tenía dos principales temores, por los trailers y comentarios que había escuchado. Primero, que convirtiesen al Joker en una figura revolucionaria. Segundo, que colocasen como motor del personaje el rencor.

     En cuanto al primer temor, el Joker nunca ha sido ni puede ser un líder revolucionario. Un revolucionario, por muy equivocada que nos parezca su revolución, por muy horribles que sean los fines que use, por muy terrible que sea el régimen que instaure luego si triunfa (si es que está equivocada, si es que sus medios son horribles, si es que es terrible el régimen) es un individuo esperanzado. Es alguien con ideas, con creencias y, en general, con ansias de mejorar la vida de la gente. Otra cosa es que considere que sólo él sabe lo que es bueno y correcto y quien discrepe debe ser enviado al Gulag.

    Al Joker, en todas sus encarnaciones, la gente le importa un bledo. El Joker es un nihilista negativo. La destrucción le atrae no como medio para reconstruir, sino por ella misma. No desea que del caos salga un orden. Tampoco quiere instaurar el caos. El caos ya está ahí. Desde su punto de vista, la vida es ya caos, absurdo, sufrimiento y vacío. Sólo que a él eso le divierte enormemente y se alimenta de ello.

    Cuando el primer crimen de Fleck actúa como chispa y los ciudadanos de Gotham empiezan a llevar máscaras de payasos en marchas y concentraciones, sentí un pinchazo de inquietud. Pero la película fue astuta. La sonrisa de satisfacción de Fleck ante el movimiento creciente no era la de un Lenin. Era la de un ególatra que, como le dice a su psiquiatra, durante buena parte de su vida no ha estado seguro de si existe o no. Entre los rasgos constantes del personaje del Joker está la vanidad. Y es la vanidad, el orgullo, lo que le hace sonreír y, al final, pintarse una atroz sonrisa sangrienta y saludar a una masa enloquecida. A su público. No a sus revolucionarios. Más clara aún que su explícita negación ante Murray de apoyar al movimiento de airados sociales es la escena en la que, tras ver cómo la muchedumbre da una paliza a los policías que le perseguían, se saca la máscara, el símbolo del movimiento, y la tira, despectivo, a la basura.

       En cambio, el segundo temor no se sortea del todo. Veamos. “Joker” es una película de orígenes. Explica los inicios del monstruo. No es raro que se explique el origen del villano de la función en una o varias humillaciones. Alguien que, por un defecto físico, por una desventaja social, por una injusticia en el trabajo, en la vida, por un desengaño, se tira al descendente camino del Mal. Ese tropo no es aplicable al Joker. Tampoco la discutida “La broma asesina” da esta explicación: el tipo normal que acaba siendo el Joker no se vuelve el Joker como reacción voluntaria a la acumulación de desgracias, sino que se vuelve loco. El Joker no actúa por rencor. ¡Ése es Batman, no el Joker! Aunque el Joker ha liquidado a gente como represalia, esos crímenes han sido casi siempre secundarios en su ilustre carrera. Lo que no quiere decir que el Joker no esté en guerra contra el mundo, que lo está, a lo Yago. Pero no desde una herida íntima que trate de sanar. Eso le volvería vulnerable. Siendo un tanto simples, eso implicaría que el Joker necesita un abrazo que nunca le dieron. Las carcajadas que soltaría al escuchar esto. Qué diablos, ese argumento es el que usa este psicópata para manipular a la inestable doctora Quinn y transformarla en su “pareja”. Porque el Joker, en pareja, es un maltratador físico y psicológico de manual. Cómo iba a ser otra cosa.

     ¿Cae en este error la película? Puede argumentarse. La ensoñación de Arthur con el programa de Murray en el que al final le saca al escenario y le abraza como un padre o su encuentro en los baños con su se supone auténtico padre, son buenos argumentos para la acusación. Pero demos la palabra a la defensa. Y la defensa dice: no veamos la película como Arthur Fleck convirtiéndose en el Joker; veamos la película como el Joker librándose de Arthur Fleck. Como él mismo dice a su madre, si es que lo es, antes de matarla.

     Esto cambia bastante y para bien la perspectiva. Ya en la primera entrevista, con su psiquiatra, muy al principio de la cinta, vemos que el paciente está no muy bien. Una fugaz vistazo a su supuesto diario, a su libro de chistes, es revelador. A lo largo de la película lo veremos de nuevo, con esa letra atormentada y esas fotografías horripilantes, hasta que al fin el Joker lea uno de sus chistes ante una audiencia horrorizada. Porque el libro de chistes no es de Arthur, es del Joker, que se debate para salir a la superficie. Así vi también yo esa escena en la que se expone la espalda desnuda de Arthur, en tensión terrible, como si tratara de liberarse de unas cuerdas invisibles. Y así veo también las diferentes escenas de danza, cada vez más fluidas.

     Hasta que el Joker aparece por completo. No en las escaleras, por mucho que se empeñe Instagram. No, es en el programa de Murray. Nótese, incluso en el camerino parece que la idea del invitado es volarse la tapa de los sesos en directo. Pocos planes menos jokerunos se me ocurren. Ah, pero cuando el telón se aparta para él… el baile es por fin libre, el lenguaje corporal ha cambiado por completo, besa a la doctora del programa (un guiño al lúgubre cómic de Fran Miller, “El retorno del Caballero Oscuro”) , se sienta, imperial… Ahí, sí, ahí vi por fin al Joker, contemplando, con una mezcla de desprecio, frialdad, rabia y burla al auditorio, con el gesto superior de quien es el único que ha entendido el chiste de la existencia.

     Lo malo es que en su pequeño discurso posterior aún hay rastros de Arthur y de sus quejas. Aún no se ha liberado del todo. Quizá sólo se haya liberado al final, en Arkham, en esa última escena, con esas pisadas carmesíes.

    Lo cual me lleva a mi irreductible problema con “Joker”. Que es, como he dicho, una película de orígenes. Y por buena que sea, una película de orígenes es un error con el Joker.

     Error que cometieron los cómics, al darle esa tontería de explicación del ladrón Capucha Roja. Tan es así que posteriores cómics difuminaron esa explicación “canónica”. Error que cometió Burton y también la serie de animación, exponiendo o insinuando un pasado como gángster, si bien es cierto que en el “Batman” de Burton ese gángster ya estaba mal de la azotea antes del baño de ácido (y además, de joven lo interpretó Hugo Blick).

     Error que no cometió Nolan, en una de sus mejores decisiones: que el Joker irrumpiera sin explicación alguna en Gotham, sin que nadie sepa de dónde o el porqué y sin que nadie tenga siquiera tiempo de preguntárselo, arrastrados por el frenético carrusel de violencia que despliega el archicriminal hasta descoyuntar a la ciudad.

     Aquí me posiciono. No quiero una historia de orígenes del Joker. Incluso si es buena. Incluso si los orígenes que se narran pueden ser un puro delirio o fantasía. El Joker, como personaje, es mejor cuanto más inhumano resulte. El juez Holden, personaje con rasgos yaguescos y jokerunos, aparece en “Meridiano de sangre” sin explicación de su origen y buena parte de su poder estético viene del misterio de su naturaleza. No, no, explicar si Arthur es o no hijo de Penny Fleck, si es adoptado, si es o no hijo de Thomas Wayne, todo eso degrada al personaje. Dios mío, que se deja abierta la posibilidad de que el Joker y Batman sean hermanastros. ¡Si eso no es destrozar una de las mejores enemistades de la historia…!

     “Joker” es una buena película. Pero el Joker es otra cosa. El Joker entra en una sala llena de mafiosos y es capaz de aterrarles con un lápiz. Porque no le entienden. Porque el Joker no es humano. Ni debe serlo. Es el Príncipe Payaso. El Príncipe de esta Ciudad. Quien tenga oídos, que oiga.

agosto 27, 2019

Y la Bondad se hizo Risa

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:11 pm
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    Hace años leí una cita, que soy incapaz de situar y ni tan siquiera de asegurar que exista y no sea una jugarreta de mi memoria: “El hombre se inclina ante el talento, pero se arrodilla ante la bondad”. Si esta cita existe (no puedo afirmarlo) y fuera cierta (puedo discutirlo), sería digno de ver qué haría el hombre ante Mr. Michael Schur y sus colaboradores o ante sus obras. Porque en ellas sólo hay más bondad que talento.

   Es Mr. Schur responsable, con una lista no pequeña de cómplices, de tres de las series que más he disfrutado en los últimos años. Parks and Recreation. Brooklyn Nine Nine. The Good Place. Cualquier escritor daría su pluma, su mano y su mueble bar por escribir una de ellas. O la mitad. O un cuarto. Obras colectivas, como toda serie de televisión, se distingue, sin embargo, una mente común tras ellas.

   Siendo series con puntos de partida aparentemente muy distintos, hay un denominador común: al acabar un capítulo uno se siente mejor consigo mismo y con el resto de personas en el mundo. Incluso tiene la sensación de que uno mismo y el resto de personas en el mundo no somos, como dirían los doctores Kelso y Cox, “bastards, bastards coated bastards with bastard filling”.

  Podríamos hablar largo y tendido de estas tres enormes comedias, pero aquí quiero resaltar ese aspecto fundamental, en cuanto creo que les da su gran originalidad. Ciertamente, antes de esta triple corona schuriana había personajes positivos y amabilidad en el mundo de la televisión y de las comedias. Sin embargo, en casi todos ellas, la bondad es algo por lo que hay que pedir perdón. Ni guionistas, ni actores ni directores logran que lo luminoso entre en la comedia sin tener que suspender la risa. Un momento de ternura, de complicidad o de amabilidad tiene que ser inmediatamente corregido por un chiste. No hablo de una parodia de la amabilidad: es el terreno de la comedia negra, maravilloso territorio donde siempre estoy encantado de encontrame. No, no, hablo de un intento no irónico de mostrar sentimientos positivos de un personaje hacia otro. Hay una cierta incomodidad, en la obra y en el espectador, ante estos momentos. Como si fueran antitéticos con la comedia, salvo como excusa para la mofa. Hay que reír para superar un momento de vergüenza ajena ante dos personajes dándose un abrazo. Incluso en comedias que me parecen muy brillantes, como Scrubs o Community, ocurre esto.

    El gran secreto de Schur y los suyos es haber encontrado el modo de entrelazar humor y bien de un modo que no sea posible separarlos. Burlarse de Leslie y Ron cuando toman una cena-desayuno juntos,de April al mirar a su marido con enorme cariño, de Michael declarando a Janet su amistad, de Eleanor y Chidi mirando cómo se encuentran y se enamoran una y otra y otra y otra vez, de Peralta vislumbrando la aprobación tras el gesto impasible del enorme capitán Holt… Reírnos de ellos mataría la comedia y la serie. No queremos reírnos de esos personajes. Queremos que nos incluyan en sus comunidades, para poder reír con ellos.

   Las obras de Schur tienen en su centro una especie de comunidad fantástica: aquella que acoge a sus miembros sin impedir que sean individuos autónomos y dispares. En todas ellas se menciona el concepto de familia, fuera de vínculos biológicos. Los funcionarios de Pawnee, los policías de la comisaría neoyorquina, el grupo de almas errantes, forman comunidades, desarrollan relaciones de amistad íntima o amorosas, no sin aristas ni sin choques, pero sobrellevándose unos a los otros.

   Esas comunidades evitan el gran enemigo: la gazmoñería. No hay en ellas, ni en las comedias en las que tienen lugar, nada pringoso. El Bien, el Humor y el Ingenio no se ponen la zancadilla unos a otros, sino que bailan una danza armoniosa. Hay una ballet muy preciso aquí, que, como todo baile bien trabajado, resulta engañosamente simple a la vista. La risa no es un mecanismo de defensa frente a la vergüenza ajena porque no hay posibilidad de vergüenza ajena. Schur y los suyos demuestran y enseñan que se puede ser buena persona e inteligente e ingenioso e incluso sarcástico. Que la santidad no es sinónimo de cretinismo, ni la inocencia es la gemela de la pusilanimidad.

   Claro que en estos mundos ficticios el Mal ronda. En Parks and Recreation hay masas llenas de prejuicios y bastante idiotas; ricos egoístas y mezquinos; políticos corruptos; periodistas sensacionalistas e incompetentes. En Brooklyn Nine Nine, además de criminales con y sin placa, el racismo, la homofobia, el machismo y la pobreza muestran sus feas caras más de una vez. En The Good Place los personajes no dejan de reflexionar sobre qué es el Bien y qué es el Mal y, además, literalmente, ¡tenemos demonios actuando! Pero el Mal, en todas sus variedades, no tiene aquí la última palabra. Ni, mucho menos, es el último que ríe.

   Un servidor es, para qué negarlo, un devoto de la comedia más bien oscura. Yes, Minister, The Thick of It, The League of Gentlemen, Veep, Black Books, entre otras muchas, tienen un ruido de fondo lúgubre. Las carcajadas y las sonrisas irónicas nacen del desencanto. Silbamos con el grupo de crucificados de Brian, porque, indeed, life is a shit.

   Lo que atrapa de las comedias de Schur es su núcleo radiante, vitalista, que las atraviesa y alcanza al espectador, sin llamarle idiota. Al contrario, exigiéndole inteligencia. Y, de un modo similar a las benditas novelas de Wodehouse, logrando que, al acabar los veinte minutos del capítulo, se sienta casi feliz, más generoso consigo mismo y con los que tiene a su alrededor.

   Comedias, en fin, que demuestran que, cuando es Schur el que escribe, los hijos de las tinieblas no son más inteligentes que los hijos de la luz. Ni más graciosos. Algo es.

P

mayo 1, 2019

Valar morghulis, pero sin exagerar

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 6:48 am
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   Esta es la segunda y casi con certeza última reseña que escribo acerca de “Juego de Tronos”. No tenía pensado escribir más desde mi despedida de lord Baelish, mi individuo preferido con mucha diferencia en todo Poniente. Dudaba que la serie fuera a sacarme de mis casillas otra vez, luego de destrozar a ese escurridizo maquinador y ejecutarlo del modo más ignominioso. Y tenía razón: no estoy irritado, sino cansado. “Juego de Tronos”, en esta última temporada, me demuestra que ya no es más que una cáscara vacía. Y aún peor. Es una estafa. Una estafa que puede llegar a la indignidad de “Perdidos”.

   Voy a obviar los dos primeros capítulos de la octava temporada, dos horas perdidas, en las cuales la trama no avanza ni un milímetro, los personajes (ja, personajes, perdonen el chiste involuntario, ya sólo nos queda Sansa; ¡Sansa, quién nos lo iba a decir! Meñique) se reencuentran con un efecto dramático y emocional buscado y no encontrado y uno empieza a plantearse si no sería cosa de planchar esa pila de ropa pendiente mientras Jon y Daenerys intercambian requiebros vergonzantes. ¡El incesto, aburrido! ¡Así estamos!

   Uno tenía todas sus fichas, pues, en el tercer capítulo. El Rey de la Noche y sus secuaces llegaban al fin a Invernalia. Con un poco de suerte, barrerían a los vivos y los supervivientes escaparían. Con un poco de menos suerte, vencerían, tras graves sacrificios, para descubrir que el Mal Gélido les había engañado y estaba en otro lado, concretamente en Desembarco del Rey. Y, claro, ni una ni otra. La tercera opción. La espantosa.

   A partir de aquí, algún destripe caerá.

   No voy a entrar en la valoración del estúpido plan de batalla de los vivos, pues hay excelentes artículos criticando, desde un punto de vista estratégico y táctico, el capítulo. Para qué repetir. Basta indicar que lo que ya sabíamos ha recibido su enésima confirmación: tía y sobrino Targaryen son unos imbéciles incompetentes y todos los que tienen a su alrededor deberían arrojarles desde la torre más alta que encontrasen. Pero esta vez asegurando el resultado, no como Jaime con Bran.

   Visualmente, el capítulo es notable. La carga de los dothraki es de un cretinismo sin parangón desde la de la Brigada Ligera y la reaparición de Melisandre sin dar motivo de la misma, justo en ese momento, para ejercer de mechero viviente y recurso narrativo de guionistas perezosos, patética. Pero, justo es reconocerlo, esas miles de espadas ardientes fueron resultonas. Y ver cómo se apagaban en el abrazo de la Noche me concedió una breve esperanza. Falsa. No tuve, por cierto, mayor problema con la oscuridad que tanto se critica. Me pareció que tenía sentido, el que el espectador, como los vivos, no supiera bien cuándo y de dónde iban a surgir los muertos para dar una dentellada.

   ¿Hay algo aprovechable en este tercer y largo capítulo? Sí. Arya en la biblioteca es una secuencia excelente, tensa y muy bien rodada. La mínima sonrisa del Rey de la Noche ante Dany, cuando ésta se da cuenta de que su único recurso en la vida, los dragones, es inútil frente a él, casi me emocionó.

   Ah, pero el capítulo ya había dado señales, desde muy pronto: sería una engañifa. Y aquí voy al meollo de mi problema con los dos últimos años y pico de “Juego de Tronos”.

   El profesor Nahum, crítico que merece todo mi respeto y que me ha honrado con su atención más de una vez, repite que a partir de determinada temporada (la cuarta o la quinta, esto es discutible) había que cambiar las gafas para ver esta serie. Que todo se volvió más palomitero. Más marvelita. No le falta razón. Lo que pasa es que esa serie ya no me interesa. No fue un cambio brusco, brutal. La serie aún tenía sus destellos, a los que algunos nos agarrábamos. Sin embargo, la enfermedad estaba en el núcleo. Y era evidente.

   “Juego de Tronos”, para mí, tenía dos grandes atractivos. Era una serie de intrigas y conspiraciones, con personajes relativamente tortuosos y planes dentro de otros planes. Es notorio que ya no queda un personaje que piense, salvo Sansa, alumna que aprendió a golpes. Tyrion se ha vuelto idiota, Varys está sólo de cuerpo presente, lady Olenna y Tywin nos dijeron adiós y de Meñique ya he hablado bastante, no quiero caer en melancolías. Nos quedan tontos por doquier.

   La otra gran virtud era que no había seguridad. Los buenos podían morir. De hecho, los buenos, quienes, como decía Casco Oscuro, son idiotas, tenían tendencia a morir. No había, se suponía, personaje que estuviera a salvo del Segador y, durante buena parte de las temporadas, cuando caía la guadaña, caía con sentido. Era la consecuencia de alguna decisión, de algún error, de algún complot. Si te ponías a tiro, te abatían.

   Y luego algo pasó y los guionistas empezaron a repartir bulas. De repente, había seguridad. Había un núcleo de individuos que sabíamos, sabemos, con privilegio. Por si nos quedaba alguna duda, la serie colocó a varios en un lago de hielo, rodeados por hordas de muertos andantes, sin apoyo ni vía de escape. Y sobrevivieron. El condenado Jon Snow sobrevivió a dos muerte seguras en menos de cinco minutos. Los animales son iguales, decían los cerdos de Orwell, pero unos animales son más iguales que otros.

   El tercer capítulo de la octava temporada ha sido otra vuelta de esta tuerca. Pones a unos cuantos personajes principales en primera línea frente a unas fuerzas que devoran gente cual termitas la madera. Y, ¿a quién perdemos? A Edd el Penas. A lady Mormont, la pobre, que era una terciaria simpática, muere, pero no sin antes abatir a un gigante. Sir Beric Dondarrion, que ya no sabía ni qué hacer con su parche, cae, pero vive Dios, costó. Y aún más el Pagafantas con armadura, ese insoportable sir Jorah. Ah, y Melisandre, que se había quedado sin gas. Por cierto, ya me explicarán la mirada de casi pánico que la Mujer de Rojo dedicó a Arya hace años, viendo cual era al final el destino de la muchacha; no veo qué de terrorífico podía tener para una devota del Señor de la Luz.

   ¿El resto? Sin un rasguño. En primera línea y casi sin despeinarse. Jaime, manco y más bien torpón, tan campante, junto con Brienne y Podrick, aplastados contra una pared minutos eternos cuando no deberían haber durado ni diez segundos. Gusano Gris, también llega al final del episodio; verán que al final logra jubilarse en una playa. ¡Sam! ¡Sam sobrevive! ¡En un combate cuerpo a cuerpo contra docenas de zombies y esqueletos espídicos! ¿Cómo se va a tomar esto en serio nadie? ¿O en broma? No digamos Jon o Daenerys, que también deberían haber pasado a mejor vida unas seis veces cada uno. Aunque, seamos sinceros, eso ya no lo espera nadie.

   Y entonces, cuando la cosa ya no podía empeorar, por supuesto que empeoró. El Rey de la Noche, en vez de esperar tan tranquilo a que el ejército que acaba de animar liquide a los escasos supervivientes, va al jardín donde espera Bran, viendo alguna película en su mente. Con enervante lentitud liquida Theon (bueno, algo es algo). Se yergue ante Bran. Como un villano trillado, parece que pierde a posta su momento y, si no fuera porque es mudo, hubiera sido de esperar un soliloquio de regodeo. Y entonces, el deus ex machina. Arya surge, vaya usted a saber de dónde, entre cohortes de muertos y Caminantes Blancos. Y se carga al Rey de la Noche. Y al ejército. Y chimpum.

   Miren. Al diablo. Al carajo, de verdad. Ocho temporadas. Ocho. Desde la primerísima escena. Dejando caer que la Gran Amenaza no eran las estratagemas de Tywin, los planes de Varys, el caos calculado por Meñique. Que el Mal venía de Más Allá del Muro. Insinuando, primero, proclamando, después, que cuando los muertos llegasen, que R’hllor nos cogiera confesados. Y cuando por fin llegan, cuando llegan de verdad, pierden en la primera batalla. Matando a unos cuantos ex-personajes, deshechos de una serie que no sabe cómo cerrar las redes que fue tendiendo años y años. Sin que sepamos gran cosa de la auténtica motivación o la auténtica fuerza tras los Caminantes Blancos. Así, puf. De una cuchillada. Ya, ya, con la daga que casi mata a Bran en la primera temporada, fíjense qué consuelo. Sí, de acuerdo, al menos no es Jon el que liquida al Rey de la Noche, pero es que eso ya hubiera sido una causa de justificación del linchamiento de creadores y guionistas.

   Este episodio ha sido el equivalente a un indulto de última hora para Ned Stark. O la llegada de salvadores inesperados en la Boda Roja. Anticlimático. Burdo. Pueril.

   En fin, que los tres capítulos restantes serán contra Cersei. La villana más torpe del plantel. Conforme, la voladura del Septo de Baelor fue impecable televisión; Cersei sigue siendo una cretina. Con Euron, el Histriónico Real, como enemigo número dos.

   Qué quieren. Será un alivio acabar de una vez con esta agonía.

   Valar morghulis. Menudo chiste.

marzo 15, 2019

El enredador enredado

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:20 am
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    En este mundo donde cada día se me van derrumbando las pocas convicciones que alguna vez he tenido (salvo mi concebollismo militante y mi confianza en el sabor de los whiskys de Islay) el no poder confiar ni en Hugo Blick es descorazonador.

    Hugo Blick es la mente poderosa que estaba tras “The Shadow Line”, obra maestra de la televisión, y “The Honourable Woman”, pieza notable y compleja, de las que ya hablamos. Al escuchar que estaba preparando una nueva serie, esperé con confiada impaciencia. Se ve que soy, ay, demasiado infantil e inocente para este mundo, como decía el Duque de Gloucester. La serie en cuestión, “Black Earth Rising”, ha sido una decepción. Blick está allí, sin duda, se nota su presencia sombría y astuta, pero parece como si buena parte de sus poderes de creador, intrigante y manipulador le hubieran abandonado.

   Como en sus antecesoras, tenemos a un puñado de personajes sufrientes, con dramas y aun tragedias personales sobre ellos, envueltos en una trama amplia y tortuosa. En el Gran Juego, como algún que otro dice a lo largo de la serie. Sin embargo, mientras que en esas antecesoras, sobre todo en “The Shadow Line”, la faceta personal y la intriga siniestra se complementaban a la perfección, de modo que cuanto más profundizábamos en la segunda más rica se volvía la primera, en “Black Earth Rising” una y otra se estorban. Y al dividirse y subdividirse casi de forma compulsiva no se obtiene una sutil tortuosidad sino una confusión a ratos caprichosa o torpe.

   Ciertamente, Blick no ha perdido su ambición ni su vocación por sondear las Tinieblas. No en vano, aquí se lanza al corazón de las mismas: en el centro de la serie está el terrorífico genocidio de Ruanda. Y los Temas que toca no son menores: la justicia y la verdad, la venganza y la reconciliación o el olvido, la razón de estado y los cálculos económicos, la complicidad o no de los Estados y las Iglesias en crímenes abyectos, la descolonización y el neocolonialismo, el racismo y el paternalismo auténticos o como excusa para escudar tras ellos intereses bastardos… Mucho, muchísimo. Tal vez demasiado.

  Superviviente del horror, Kate Ashby (Michaela Coel), mujer adoptada por una abogada británica experta en Derecho Internacional y acusadora ante el Tribunal Penal Internacional de genocidas y criminales de guerra, investigadora ella misma para el despacho de su madre, mujer traumatizada y obsesionada por su lacerante pasado, es la gran protagonista de la serie. Hay similitudes no menores entre Kate Ashby y Nessa Stein, ambas fuertes pero heridas. Y también entre Kate y el Detective Inspector Gabriel, ambos tratando, desesperados, de conocerse a sí mismos, de rellenar las lagunas de su propio autoconocimiento, de saber quiénes son en verdad. Ahora, donde Chiwetel Ejiofor me convencía plenamente, Michaela Coel se une a Maggie Gyllenhaal: tiene momentos brillantes y momentos deplorables. Sus arrebatos de angustia, dolor o furia, a veces, son tan exagerados que, en lugar de resultar estremecedores o emocionantes, resultan casi ridículos. Eso es un pesado lastre para la serie.

   Los secundarios lo hacen bastante mejor, aunque ninguno logrará, me parece, permanecer mucho en mi memoria. Tal vez la sobria e implacable presidenta Bibi Mundanzi o su consejero, el sibilino Runihura. John Goodman, cuya titánica presencia creí que compensaría la ausencia de mi idolatrado Stephen Rea, si bien hace un rol digno como Michael Ennis (es un grandioso actor), me chasqueó algo; esperaba más de él. Aparte, que no hay quien se lo crea como abogado británico (solicitor o barrister, no lo acabo de tener claro) en cuanto empieza a hablar. Otro tanto en el debe de la serie es un maniqueísmo más marcado que en las otras obras de Blick. Nadie está libre pecado, es verdad, y, de hecho, las faltas de los personajes parecen haberse somatizado en muchos de ellos, porque apenas hay alguien que no padezca una enfermedad que lo esté devorando por dentro. Sin embargo, aun con matices, los buenos están a un lado, los malos en otro. Y eso es aceptable cuando el Malo es Gatehouse. El problema es que no hay Gatehouse, aquí. El mismo Blick interpreta a un personaje que podría haber sido un candidato, el cínico abogado Blake Gaines, pero lo liquida con prontitud; la escena de su muerte no deja de ser irónica, eso sí.

  Tampoco desde el punto de vista formal, los encuadres, los planos, me dejaron una impresión notable, al contrario que en otras ocasiones. Incluso hubo momentos (Ennis y Ashby bajo las aguas del Támesis, por ejemplo) artificiosos. El uso de la animación para los recuerdos del pasado relacionados con el genocidio me sorprendieron. Me parecen una decisión correcta, estéticamente interesante y una forma de conjurar el riesgo del morbo o la violencia pornográfica. Algunas de estas secuencias animadas logran inquietar.

   Blick de vez en cuando parecía recuperar la forma, con destellos malévolos. La primera escena de la serie, el tenso intercambio entre la madre de Kate y un estudiante univseritario. La secuencia de Ashby caminando por el pasillo de la jaula dorada del genocida Patrice Ganimana, o la conversación de Ennis con un responsable del Foreign Office, con esa referencia a Isabel I, María Estuardo y el desgraciado secretario Rizzio, en una advertencia mezclada con una amenaza… Aquí está la mente que yo echaba tan en falta. O esa broma macabra en la que el comandante canadiense, lleno de ansias de heroicidad y celo justiciero, se empeña en haber reconocido a un criminal de guerra, provocando un desastre. Lo malo es que no hubo más que eso, destellos.

   La trama, donde Blick suele destacar, fue una decepción. Esperaba y no hubiera exigido menos, tramas y subtramas, juegos de sombras y espejos, giros de guión no azarosos sino calculados, pistas y senderos que uno creía que le llevaban a un lado y resulta que conducen a otro muy diferente. La trama de “Black Earth Rising” es abigarrada en exceso. Empieza con un ritmo muy notable, con un posible juicio contra un general que ayudó a poner punto final al genocidio, sirviendo en bandeja un conflicto personal entre varios personajes y un interesante argumento. Entra en juego el asesinato que aquí no inicia la acción, sino que la desbarata y obliga a empezar de nuevo. Y lo desbarata tanto que parece que la serie va dando tumbos.

   Toda la parte que transcurre en Francia, que ocupa no poco tiempo, es, a la postre, una mera pantalla de humo más en el juego. Bien, conforme, pero, señor Blick, ha gastado usted demasiada pólvora y esfuerzo apuntando a nuevos personajes y conflictos como para desdeñarlos con un gesto. La cosa no mejora después: la serie se empeña en mantenernos en tensión, insinuando que se desvelarán graves secretos, intrigas subterráneas. Sí se revelan. Y uno en concreto, relativo a Kate, tiene el gusto refinado y cruel de Blick. Pero el resto… En fin, cada vez que se desvelaba uno esperaba que fuera un mero espejismo más y que el verdadero meollo estuviere aún por llegar. Hasta que la serie se acabó.

   No es una serie pésima, ni mucho menos. Pero cuando uno se llama Hugo Blick y ha sido capaz de extender redes tan magníficas resulta doloroso ver que acaba atrapado por las nuevas y cayendo a plomo, hasta estrellarse.

  Hasta la próxima vez, señor Blick. Seguiré esperando.

enero 24, 2019

Hilda: los dorados días de la infancia

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:58 pm
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   Según tengo entendido, Gerald Durrell respondió, al ser preguntado qué regalaría a un niño, supongo que un niño que le fuera francamente simpático: “Mi infancia”. De la infancia de Gerry Durell con su familia en la isla de Corfú ya hablamos aquí. Luke Pearson decidió regalarnos otra infancia, la de Hilda, una infancia que parece muy digna de ser regalada y de ser vivida. No me vengan con el argumento de que la del bueno de Gerald fue real y la de Hilda es ficción, unos cómics. ¡Valiente objeción! Algunas de las mejores infancias y vidas de las que tengo conocimiento son ficticias. ¡No sigamos por el sendero de la ficción y la realidad o nos encontraremos al Rey Rojo durmiendo!

   Netflix ha puesto su grano de arena convirtiendo la saga de cómics de Mr. Pearson (que no he leído, para mi infortunio) en una espléndida serie de animación. Tantos quejidos que oigo, lamentaciones añorando las series de dibujos para niños de hace diez, veinte, treinta años. Bien, aquí tienen una maravillosa serie de dibujos para niños, de hoy día. Desde los cinco a los noventa y cinco años. No es la única, por cierto.

   “Hilda” narra las andanzas de una niña, la protagonista que da título a la obra, en la ciudad de Trollberg y sus cercanías boscosas. No pretendo explicar las tramas ni los giros de guión, así que me limitaré a cantar sus alabanzas. Los destripes serán mínimos, si es que los hay.

   Saben ustedes que una de las primeras cosas que juzgamos siempre aquí, cuando hablamos de una serie o película, son los aspectos formales. Siempre estoy dispuesto a inclinarme ante opiniones mejor fundadas y aún más en series de animación. Dicho esto, me parece que la animación de “Hilda” es una de las más pulcras, correctas y adecuadas que he visto. El estilo me recuerda considerablemente al de Bill Watterson en su inmortal “Calvin and Hobbes” o al “Peanuts” de Schulz. Los personajes son agradables a la vista, cercanos, terrosos. Son más “cute” (ese adjetivo inglés perfecto que en español podría ser traducido como “cuco” o “mono”, pero que no es exactamente equivalente) que bellos. Los colores son cálidos y acogedores. Incluso en escenas nocturnas e invernales, ni el trazo ni el color nos transmiten frío o desamparo. Esta serie es peculiarmente hogareña, esté o no algún personaje perdido en la espesura e incluso aún más en ese momento, porque el perdido, al fin y al cabo, está buscando su hogar.

   La estructura de la serie también me ha resultado una agradable sorpresa. Cada vez estoy más acostumbrado a series que se empeñan en hacer una especie de película de varias horas. Ojo, no es algo necesariamente malo. Por no irnos muy lejos de “Hilda”, la estupenda “Over the Garden Wall” se puede ver como una película dividida en capítulos, más que una miniserie; de hecho, les recomiendo que así la vean, de seguido. No obstante, una serie de televisión tiene otras alternativas y “Hilda” elige una muy clásica y válida: arcos argumentales que ocupen uno o dos episodios, con un mundo coherente que les da consistencia y unidad, favorecido esto con personajes recurrentes o pequeños misterios en el trasfondo que se van resolviendo en capítulos posteriores. Los episodio son breves, entretenidos y con un ritmo bien afinado, presentando el problema y resolviéndolo, sin que las tramas, el desarrollo de personajes y el del mundo se estorben los unos a los otros.

   En cuanto al mundo, parece que nos encontramos en una suerte de Escandinavia de finales del siglo XX, en la que los humanos conviven con criaturas, inteligentes o no, sacadas del folklore y las leyendas. No soy un gran conocedor del folklore y las leyendas escandinavas, así que no tengo idea de si la mayor parte de las criaturas han sido sacadas tal cual de las fuentes originale, si son modificaciones o invenciones de Mr. Pearson. Puede que lo averigüe. Lo haga o no, no hay criatura que no merezca atención: gigantes, trolls, nisses, elfos…

   Hagamos un pequeño alto con estos elfos diminutos. “Hilda” es una serie en absoluto carente humor y mucha de su ironía se gasta en los elfos. Criaturas maniáticas, cuadriculadas y un tanto pomposas, su vida entera gira en torno al papeleo, los contratos, los formularios, las firmas y los sellos. Son una civilización de burócratas y abogados que no tienen sociedad a la que servir, con lo que se han convertido en su propia justificación: el formalismo por el formalismo puro, sin objeto ni sentido. La leyenda que explica el porqué del exilio de una de las tribus de los elfos es una pequeña joya satírica.

   Pero no crean que “Hilda” es una serie eminentemente satírica, porque no lo es. Es inocente y amable en grado sumo, sin caer en gazmoñerías, lo cual no es escaso mérito. Es difícil que no caiga bien Hilda, pragmática e idealista al mismo tiempo, lista y considerada, aunque en modo alguno perfecta y con gran capacidad para meterse de cabeza en todos los líos posibles. ¡Es una aventurera, al fin y al cabo! Una protagonista necesita un séquito y Hilda no es la excepción. La tenemos bien flanqueada por dos amigos convenientemente dispares (esto es un tópico en este tipo de obras, pero lo admitimos porque en este caso funciona relativamente bien) la muy perfeccionista Frida y el bondadoso y torpe David, por su zorro ciervo Twig, el elfo Alfur y la digna madre de Hilda, Johanna, una de los mejores personajes maternos que he visto de un tiempo a esta parte. O esa bibliotecaria, que merece respeto aunque sea por ir con capa por la vida.

   El mundo de Hilda, por inocente que sea, no está exento de mal. Aunque el Mal, en esta obra, es casi siempre una consecuencia de la ignorancia, del desconocimiento, algo bastante platónico o propio de Auden.  Puede que la escena que mejor refleje esta idea esencial de la serie sobre el Mal sea la de la madre de Hilda, viendo, desconsolada, como un muy bondadoso gigante aplasta de un pisotón, sin ser consciente de ello, la casa de la familia humana… mientras el pie de Johanna atraviesa la pequeña casa de una familia élfica, sin que Johanna se dé cuenta.

   Oh, pero sí hay criaturas más o menos turbias, claro. Un aquelarre de adolescentes capaces de provocar pesadillas, que disfrutan sádicamente del terror de los demás. Un malicioso Rey Rata, traficante de secretos. El Hombre de Madera, sarcástico, solitario, tramposo y cínico, aunque si le caes bien puede que te ayude de un modo que también le beneficiará a él. Y no todos los humanos, desde luego, son de fiar.

   Incluso con estos individuos rondando, Trollberg y aledaños parecen una hermosa tierra. Alicia podría haber caído aquí y seguramente se habría sentido más a salvo que en el País de las Maravillas o en el Otro Lado del Espejo. Y sospecho que se habría llevado bien con Hilda. Así que espero que podamos regresar de nuevo aquí, mientras queden “los felices días de verano”. Hagan una visita, no lo lamentarán. ¡Y hay té y sándwiches de pepino en la cocina!

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