Con un vaso de whisky

abril 5, 2021

Una serpiente sin veneno

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:02 pm
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NO conocía la historia de Charles Sobhraj, alias la Serpiente, antes de ponerme con la miniserie que, BBC mediante, ha llegado a Netflix estos días. Su nombre me sonaba por aparecer de pasada en el extraordinario documental “El Abogado del Terror”, ya que el protagonista absoluto de éste, el grandérrimo Jacques Vergès, fue defensor de Sobhraj en uno de sus procesos, creo. Como desconozco la auténtica historia y los letreros de aviso al inicio de cada episodio repitiendo la cantinela de Esto es una historia real son poco más que un chiste si uno ha visto “Fargo” (película o serie), voy a obviar por completo todo juicio histórico. Esto es, para mí “La Serpiente” es una pura obra de ficción; así la vi y así la critico.

Y es una obra entretenida y olvidable. Creo que esta reseña será breve.

ESTA miniserie tiene dos grandes problemas. La estructura y los personajes del lado negativo.

EMPECEMOS por la estructura. Se ha puesto muy de moda el montar películas y series de forma desordenada. No mediante saltos hacia detrás o hacia delante engarzados en una línea más coherente. Tampoco mediante la exposición de los mismos hechos desde el punto de vista de diferentes personajes, añadiendo perspectivas o hechos que unos saben y otros no. No, no. Hablo de saltos, absolutamente caprichosos, por el espacio y el tiempo, dando tumbos como un mal bebedor que ha trasegado demasiados cócteles. De modo que el espectador, inerme ante los directores y montadores, tiene que intentar poner orden en un desconcierto que no tiene el menor sentido estético o narrativo.

“LA serpiente” usa y abusa de esto. A partir del tercer capítulo, cada vez que el letrero que indicaba en qué momento se situaba la escena hacía su aparición, bufaba. Porque no servía de nada, salvo para cortar la acción y la suspensión; ni siquiera para sacar sorpresas de la chistera de forma tramposa, aunque intentaronn darle tal uso un par de veces. Sólo en el último episodio, en el cuasi epílogo, avanzando años y años, una vez que la trama principal ya ha sido contada, es empleada con acierto esta herramienta. Por lo demás, impide un correcto desarrollo de acontecimientos y personajes y lastra considerablemente la capacidad de la serie para que la tensión se acumule.

PODRÍA haber sido construida la serie en torno a la labor detectivesca de los antagonistas de Sobhraj, los esforzados Herman y Angela Knippenberg. Si su línea temporal hubiera sido lineal y, a medida que iban descubriendo más y más del tenebroso caso, las andanzas del asesino y sus lacayos hubieran sido desveladas, el rompecabezas podría haber sido elegante. Si se se hubiera escogido el juicio, con el defensor entrevistando a su cliente, examinando las pruebas de la acusación, una vez más, la invetsigación del diplomático holandés y su esposa, la estructura habría tenido un nivel mayor de compeljidad que hubiera podido ser resultón. Esto último no se hizo, quizá por problemas legales, quizá porque Vergès tenía más carisma en los dedos con los que sostenía sus puros eternos que todos los demás personajes juntos.

Y pasemos a los personajes, el otro gran fallo. El lado del Bien de la serie (es una serie muy maniquea, lo cual supongo que puede perdonarse ya que cuanta las andanzas de un asesino en serie) lo llenan los Knippenberg y sus aliados. Ninguno es muy interesante, pero ahí está parte de su atractivo: gente corriente que decide enfrentarse a un individuo peligrosísimo, arriesgando vida, carrera y felicidad, porque consideran que es lo correcto. Las actuaciones están bastante logradas, sin grandes alardes y sin meteduras de pata. Eso sí, era ver a Tim McInnerny y esperar que aparecieran Rowan Atkinson o Stephen Fry, haciendo alguna referencia a “Blackadder”.

¡EN cambio, el lado del Mal! ¡El lado del Mal es un desastre absoluto! Si los buenos son sosos, la cosa tiene remedio dramático ante un villano fascinante. El malvado ha de ser siempre mucho más interesente que el héroe. ¡Más aún si es el héroe-villano! El Mal, por lo menos en la ficción, exige respeto, reclama dignidad. Aquí provoca bostezos.

POCO voy a decir de Ajay, el lacayo del malvado, simple, plano y en absoluto desarrollado, pese a algún intento patético, como esa escena risible en la que unas cuantas frases dignas de Paulo Coelho murmuradas por una jovencita tontorrona y algo de droga provocan en el tipo una especie de crisis de lealtades que Sobhraj ha de atajar.

CON Mademoiselle Leclerc me voy a extender unas líneas. La cómplice y víctima de Sobhraj es un personaje que podría haber sido muy interesante. Pero ni guión ni actriz sacan de él lo que podría. La historia de su seducción y su dominación se nos presenta con desgana. Y durante toda la miniserie actúa de un modo tan oscilante entre la colaboración entusiasta y el espanto que uno no sabe si estamos ante un dilema moral, ante una mujer tratando de escapar de un manipulador psicológico de primer orden o ante un caso de personalidad múltiple. No ayuda nada, por lo menos a mí, que la encargada del papel sea Jenna Coleman, a quien conocí en “Doctor Who”, como Clara, la compañera del Doctor más cansina de todas las temporadas de la venerable serie que he visto. No aguantaba a Clara, en buena medida, por Coleman. Veo que mis gustos no han cambiado. Su interpretación es de aprobado raspado. Puesto que Leclerc es uno de los personajes más importantes de la serie, flaco favor hace ello a ésta.

PERO lo peor es él. El héroe-villano. Charles Sobhraj. El hombre de los mil nombres. El reptil de muchas pieles. El asesino que encanta, fascina, seduce, subyuga, manipula, engarfia a sus presas, las atrapa y nunca jamás las deja escapar. Pues, oigan, me pasé los ocho episodios intentando verlo y nada. El pobre Tahar Rahim me recordaba infaliblemente a un Tobias Menzies más joven y con pelucaza y así no había forma de tomármelo en serio. Un personaje así debería llenar cada escena en la que saliera, como el gran Mads Mikkelsen en “Hannibal”. Rahim logra que uno deje de bostezar en ocasiones, pero poco más. Aunque se nos diga de Sobhraj que es astuto, hábil, escurridizo y afortunado y los hechos de la serie así lo corroboren, como espectador no tuve manera de sentir admiración, ni rendida ni reluctante, ante esta criatura de las tinieblas. Y un buen villano logra justo eso. O seduce al público o hace que dé gusto odiarlo. Aquí, nada. Yo estuve casi del lado de los Knippenberg y eso es muy grave, porque un servidor de ustedes está siempre del lado de la villanía.

CON un carisma propio de un polo de fresa medio derretido, podrían igual darnos alguna pista, psicológica o ideológica, para las masacres de Sobhraj que lo hicieran más digno de atención. Se insinúa el rencor del asesino mestizo contra un mundo racista, colonialista y condescendiente y aquí había bastante que podría haber sido explorado. Pero la serie no sabe o no quiere. Para eso, mejor ni indicarlo. Podría haber algo también en la relación con su madre (la madre de Sobhraj es uno de los personajes de bien, por poco que aparezca), que tampoco se explora. ¿Ansias de ser aceptado, ansias de venganza, ansias de dominio y triunfo? ¿Un simple carroñero, ladrón y oportunista o un psicópata para el Departamento de Ciencias del Comportamiento? La miniserie no sabe qué ofrecernos y acaba siendo un batiburrillo poco interesante. No reclamo que nos lo den mascado, claro. Pero me parece bastante perezoso por parte del escritor amagar con explicaciones explícitas que luego no se desarrollan, ni por las acciones ni por los diálogos del personaje.

NO digo que “La Serpiente” carezca por completo de virtudes. Las localizaciones y el vestuario son muy correctos, pero esto es, en mi opinión, lo mínimo que se puede reclamar de una producción de la BBC. Pese a la estructura desesperante, el ritmo es correcto. Hay también escenas de genuina tensión: Dominique en el aeropuerto, Nadine en el apartamento de Sobhraj, mientras la redada policial espera el momento oportuno, Herman tratando de reunir pruebas suficientes antes de que el asesino logre escapar, bajo una nueva máscara. Pero son destellos que no logran enderezar una obra que podría haber sido digna y termina siendo una mediocridad con ínfulas.

ESTA serpiente, en fin, ha resultado una culebrilla sin veneno.

febrero 28, 2021

El corazón de la máquina

NIETZSCHE, parece, dejó dicho que encontramos palabras sólo para lo que está muerto en nuestros corazones, de modo que siempre hay una suerte de desprecio en el acto de hablar. Y en el de escribir. Asumiendo que el viejo Friedich llevase razón, es probable que no encuentre las palabras adecuadas en esta reseña. Porque Halt and Catch Fire no está para mí ni muerta ni olvidada.

ESTABLECIDA ya mi hábil excusa, voy a arriesgarme a una afirmación categórica: esta es una de las mejores series que he visto y de las que más por sorpresa me cogió. Había oído y leído bastante acerca de su calidad por gente cuyo criterio tengo en muy alta estima. Y, pese a ir con una curiosidad bien dispuesta, me superó. Primero la vi con gran gusto, luego con enorme placer y al final, en esas dos últimas temporadas prodigiosas, con la boca abierta hasta el final.

MI recomendación es, pues, que si no la han visto aún, dejen de leer y se pongan a ello. Si siguen adelante, les advierto que, sin duda, habrá destripes en algunos de los párrafos siguientes.

HALT and Catch Fire no va de ordenadores. Bueno, hay muchos ordenadores en ella y mucha informática y uno de los placeres de la serie es pasar de una época donde sólo hay teléfonos fijos a los albores de nuestra sociedad de la información. Un servidor de ustedes no sabe nada de ordenadores. Para mí siguen siendo unos objetos misteriosos en los que moran fuerzas indescifrables y a través de los que se mueven poderes más allá de mi comprensión. Parecen funcionar por una mezcla de magia y capricho; según amigos míos con conocimientos considerablemente más profundos que yo sobre el tema, mi intuición no va demasiado desencaminada.

TENÍA, por tanto, cierta aprensión ante esta serie. ¿Iba a pasarme horas escuchando un lenguaje desconocido, lleno de terminología incomprensible? Las he pasado. Me ha dado igual. No he entendido la mitad de los diálogos entre los personajes, ni siquiera sé si lo que decían era o no verosímil o cierto. Supongo que sí, porque no me parece que la calidad de la serie sea compatible con unos guiones que prescindan de un cierto rigor en su hilo conductor. Pero si lo que les echa para atrás es que tienen aún problemas para reiniciar su ordenador, créanme, las recompensas de esta serie son infinitamente superiores a los momentos de quedarse con cara de Homer viendo Twin Peaks.

OJO, no digo que la serie sea perfecta. No lo es. La primera temporada, por ejemplo, siendo notable, es un poco coja y con sus errores. El mayor, quizá, sea intentar ser, como me advirtieron sagazmente otros espectadores, una suerte de Mad Men ochentera. Esto era singularmente claro en el personaje de Joe, en el que la influencia del Don Draper de los primeros años de la monumental serie de Matthew Weiner era clamorosa, en especial en la parte menos interesante de Draper, su misterioso pasado. Y parafraseando al grandérrimo Bert Cooper, a quién le importa un carajo quiénes sean en realidad cualquiera de ellos.

EXISTIENDO defectos y decisiones discutibles en cada temporada, cada una es superior a la anterior. La primera, la más floja, es de notable alto. La progresión de la serie es geométrica, cada temporada es el doble de buena que la antecedente. Así que calculen cómo acaba. La matrícula de honor queda corta. Es una serie que se ensancha, que crece, que se agiganta de modo clamoroso. Es algo no tan frecuente, aun en las series de calidad, un crecimiento tan extraordinario. Los Soprano o The Wire son magníficas, pero la calidad es similar de año a año. Quizá sólo Breaking Bad sea comparable en este sentido a Halt and Catch Fire, en su manera de sorprendernos demostrando que aún no hemos visto, en absoluto, todo de lo que es capaz. Claro que las andanzas de Hesienberg poco más en común tienen con las de este grupo de informáticos.

EL ritmo de la serie es prodigioso y el uso de la elipsis, de sacarse el sombrero. Pocas veces he visto un empleo tan inteligente de los planos-secuencia o de los mutis implícitos para que, tras varios episodios dedicados a escasos días, meses o años pasen ante nosotros en segundos, debiendo el espectador no despistarse, porque se le presupone atento e inteligente. Cambiando el contexto y cambiando las vida de los personajes. Que sin embargo, siguen siendo ellos, los que conocemos y queremos.

Y aquí llegamos al meollo de la serie. A su enorme fuerza. Los personajes y sus vínculos. Porque Halt and Catch Fire no es una serie sobre máquinas, sino sobre seres humanos. Y su genio es la extraordinaria habilidad con la que logra entrelazar a los protagonistas entre sí y con el espectador. Un amigo mío me indicó, con gran penetración, que sólo The Leftovers logra establecer un vínculo emocional similar entre personajes y público. Sólo así se explica que al acabar el séptimo episodio de la cuarta temporada, quede uno en silencio y no pueda ver el octavo hasta pasados unos días.

CAMERON. Donna. Gordon. Bos. Joe. Este quinteto es el secreto de la serie. Alrededor de ellos hay una colección de secundarios en su mayoría excelentes. Los chicos de Mutiny. Tom, que tiene un arco muy humano y creíble precisamente, aun cuando sea un poco triste, porque al final se comporta como un imbécil. La inteligente Diane. Joanie y Haley, terciarias sin mucho interés cuando eran niñas, pero magníficas, tanto una como otra, al alcanzar la adolescencia, y que tienen no poco mérito en la brillantez de las dos últimas temporadas. La pobre Katie, a la que se trata con una merecida aunque inusual ternura en su despedida.

LOS hay fallidos. Y son los secundarios enlazados con Joe los que no están a la altura. El padre lejano, olvidable por completo. La prometida y el posible suegro, que nunca terminaron de encajar, pese a que a éste último lo encarnaba James Cromwell, sobre cuyos poderes de actuación nada hay que comentar. Ryan, el cansino genio incomprendido, cuyo monólogo de ultratumba al final de la tercera temporada, una mezcla de profecías y clichés en absoluto creíble ni consistente, fue uno de los escasos momentos en los que torcí el gesto, decepcionado.

Y es Joe el personaje principal menos satisfactorio. Esto en parte es inevitable dado que si la serie basa, como considero, buena parte de su fuerza, en lo emocional, lógico resulta que el personaje que durante más tiempo se nos vende como carente de auténticas emociones sea el más problemático. Admito mi disgusto con Joe. Parte de este viene de Lee Pace, quien nunca ha sido santo de mi devoción, nunca acaba de gustarme, aunque admito que no es mal actor en absoluto y que tanto en esta serie como en la injustamente poco conocida “Pusing Daisies” tiene destellos. Joe, frío, enigmático, manipulador, charlatán y con una proteica capacidad para reinventarse, sobre el papel, es un tipo que me gusta y, sin embargo, se me hizo bastante tedioso al menos la mitad de la serie. Cumple durante bastante tiempo un ambiguo papel de héroe-villano y sus relaciones con Gordon y Cameron son siempre tensas, mezclándose el amor, la amistad y la duda de si en efecto a Joe le importa algo alguien o todo el mundo es para él una simple marioneta o una herramienta. En las primeras temporadas, diría, esta segunda interpretación tiene bastantes argumentos a su favor, en especial en lo que a Gordon se refiere. Normal resulta que Donna lo cale y no lo soporte. Pero también es verdad que los cambios y mudanzas de Joe le llevan a una cuarta temporada donde los años de contacto humano han hecho mella y ha forjado un vínculo con sus colaboradores, amigos y amante. Con todo y con eso, siempre es quien más ajeno resulta. Me parece, de hecho, que la ultimísima escena de la serie es un fallo y que ese desenlace feliz y un poco sorprendente para Joe, aunque no sin sentido, es una debilidad de guionista; más coherente hubiera sido dejar por completo sin responder la pregunta de qué había sido de Joe al desaparecer, una vez más, de la vida de los otros.

HAROLD Bloom, estudiando El rey Lear, escribe acerca de Cordelia, Lear, Edgar y Gloucester: “Hay amor, y sólo amor, entre estos cuatro personajes y, sin embargo, hay tragedia, y sólo tragedia, entre ellos”. Por cierto que Halt and Catch Fire no es la oscurísima obra de Shakespeare e, igual que Joe no es Edmund, los demás protagonistas tampoco son los desventurados padres e hijos a los que se refiere Bloom. No obstante, hay no poco de esa cita que pueda aplicarse a las relaciones entre Gordon y Donna, entre Gordon y Cameron y, sobre todo, entre Cameron y Donna. Bos queda algo más a salvo, aunque sólo un tanto.

LAS interacciones entre estos cuatro son el centro radiante y doloroso de la serie. Gordon y Cameron, enlazados al principio por Joe, desarrollan su propia relación. Primero, como rivales: el artesano disciplinado y la libérrima artista, tan sólido uno como caótica otra. Luego, siendo Donna esta vez quien sirve de nexo, la relación cambia, deja de ser profesional para volverse personal y, no sin muchas aristas, vemos crecer una amistad peculiar y sincera entre ellos, gracias a las muchas horas pasadas con una videoconsola Nintendo.

BOS fue para mí una de las mayores y mejores sorpresas de la serie. Toby Huss, quien ya había demostrado en Carnivàle (una de mis series de culto) lo mucho que podía sacar de un personaje terreno y muy alejado del centro de la trama, hace virguerías con su rol aquí. ¡Lo fácil que hubiera sido presentar a John Bosworth como un mediocre empresario tejano analfabeto en cuestiones informáticas, una caricatura de la que burlarse! Y qué va. Qué tipo estupendo, humano, imperfecto y entrañable resulta. Y qué maravillosa relación paternofilial tienen Cameron y él, una de las más conmovedoras y limpias de la serie, desde esa primera conversación en el despacho de Bos al abrazo final, pasando por la correspondencia carcelaria, el alejamiento y la reconciliación.

¿Y el matrimonio de Donna y Gordon? Hablaré de Donna dentro de nada, porque es mi personaje favorito. Pero creo que el matrimonio Clark es uno de los mejores de la pantalla pequeña, mostrándonos lo bueno, lo malo, las frustraciones, las discusiones, los desecuentros, el amor, la complicidad y, lo cual no tiene escaso mérito, su final y lo que viene después, con una reconciliación que se desvanece por una falta de sincronía entre una pregunta apenas hecha y una respuesta que no llega (esta serie es muy, muy sutil y hábil con los tiempos y las oportunidades que se agarran o que se dejan) y una cuasi amistad tras el divorcio. Testigos de lo que les ha ido sucediendo, no culpamos a ninguno y deseamos lo mejor a ambos. Porque los seres humanos, se empeña Halt and Catch Fire, no son binarios, y aunque sean un tanto estúpidos en general no son tan simples.

ME van a permitir que hable de la muerte de Gordon unas líneas. No sé qué tipo de destino como personaje es que la muerte sea lo más memorable. Gordon es un gran personaje y Scoot McNairy hizo un excelente trabajo. No le quito méritos. Ahora bien, la muerte de Gordon es una de las mejores que he visto en televisión. Es de una habilidad y un realismo tal que casi olfatearía sadismo en los guionistas. Porque nos habían avisado, hacía mucho. La enfermedad estaba allí, agazapada. Gordon, con entereza, había logrado arrostrar su situación, aferrase a la vida, no descarrilar. Tan bien que, pese a desmayos y agarrotamientos, tanto nosotros como él olvidábamos a veces al gusano que tenía dentro. Hasta esa secuencia asombrosa, ese recuerdo onírico, esa alucinación realista, heraldo de lo que llegaba, de la implacable luz roja. Y vivimos, estremecidos, los minutos de silencio más resonantes de la serie.

Y Donna. Donna es la joya de la serie y Kerry Bishé es fantástica. Frente a los que parecían iban a ser los protagonistas absolutos, Joe, Gordon, Cameron, allí se alzó ella. Una vez más, qué fácil hubiera sido haber escrito una Donna insufrible, arquetípica, negativa. Y qué mujer se nos dio en cambio, compleja, inteligente e imperfecta. Por supuesto, es ella la que tiene la genial intuición de la importancia de al Comunidad, cuando a su alrededor sólo se discute sobre la calidad técnica de los videojuegos. Creativa como Gordon, es la roca de la familia. Sacrificando los sueños de primera juventud para sacar adelante a su familia, sin que eso la convierta en una resentida como el Gordon que conocemos al inicio. Equilibrada entre la cautela y el entusiasmo. Demasiado lista para dejarse engatusar por Joe y capaz de otear la oportunidad de cambio. Haciendo malabares para que cada faceta de su vida no devore las demás. Donna es la única que no tiene momentos inaguantables en las temporadas primera y segunda y, en realidad, debería haber dado un par de bofetadas a cada uno de los tres supuestos protagonistas en más de una ocasión.

QUÉ brillante, su relación con Cameron, toda ella, desde el desconcierto al inicio, a la alianza y la amistad íntima, una amistad que tenía en sí el germen de su destrucción, por las imperfecciones humanas, la incapacidad de Cameron de comprender que la pragmática Donna también era una creadora y tenía su orgullo, que no quería ser una sirviente anónima que necesitaba también reconocimiento, la incapacidad de Donna de sincerarse con Cameron, salvo con una alucinación en un viaje de drogas. El choque y la ruptura, la más traumática de todas. Y, pese a ella, claro que es Donna la única capaz de acabar el videojuego de Cameron. ¿Quién si no? Me hizo muy poca gracia su época yuppie. Puedo entender esa parte en el arco del personaje, pero por mucho que se suponga que es su momento de triunfo profesional y poderío, en verdad Donna me parecía mucho más grande en Mutiny. Y no creo estar muy errado cuando la misma serie nos da un atisbo de la Donna de Mutiny en la gran empresa, casi al final. Y, oh, oh, esa escena fija maravillosa en la que, en tres minutos, asistimos al nacimiento, vida y muerte de “Phoenix” y a la resurrección definitiva de la amistad entre ellas. Que tiene su broche de oro en la conversación inaudible, Donna explicando su idea a Cameron y Cameron sonriendo. No sé qué idea era, pero, maldita sea, adelante.

PORQUE esta serie, en fin, es una serie sobre la vida, sobre individuos que, con el tiempo que se les ha concedido, se empeñan en crear y trabajar, en conocerse a sí mismos y a otros, en amar pese al dolor, en fracasar, en llegar tarde por un segundo a las puertas de la Historia, en volver a intentarlo y en perseguir esa ilusión etérea que llamamos felicidad, que vuela ante nuestros ojos como los cohetes de Haley en un radiante día de verano.

enero 31, 2021

“Devs”: ni en el cielo ni en la tierra

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:14 am
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Me temo que hoy adoptaré el rol de leal oposición. Porque “Devs”, miniserie producida por FX, que pueden ver ustedes en HBO, creada por Alex Garland, la cual empecé a ver con curiosidad y grandes esperanzas me ha chasqueado. No la condeno a las tinieblas exteriores. Tiene virtudes y puntos de considerable interés. Sin embargo, tampoco les animo encarecidamente a verla. Es, en mi opinión, una obra ambiciosa que no ha calculado sus propias fuerzas.

En esta crítica habrá ciertos destripes, les aviso desde ya.

“Devs” tiene dos series dentro. Es una obra de ciencia ficción que contiene un thriller y una reflexión cosmológica. Esto no es algo particularmente novedoso ni extraño. Muchas obras de ciencia ficción hacen algo muy similar. Algunas se inclinan más por lado del entretenimiento y otras por el lado sesudo. Cuando se hace bien, cualquier opción me parece legítima y digna de mérito. “Devs”, que sin duda alguna se inclina por el lado sesudo, estira el thriller cuando éste ya ha cumplido su función introductoria. Y no sabe rematar ni una serie ni la otra.

El lado de thriller es el que ocupa el grueso de los primeros capítulos. Lily, la protagonista, trabaja para una empresa tecnológica avanzadísima, “Amaya”. También su novio, Sergei, quien es ascendido a la división más secreta de la empresa, “Devs”. Allí, Sergei ve algo, no sabemos qué, que le aterra hasta el pánico. Algo que intenta robar. Y fracasa, siendo asesinado en el proceso. Asesinato que la empresa presenta como un suicidio. Pero Lily no está convencida y decide investigar.

Estos primeros episodios son en general entretenidos y en los mismos se dejan caer migas metafísicas suficientes para que entendamos que es una fachada para el meollo de la obra, que nos será revelada más adelante. Pero la serie, considero, no sabe llevar a cabo la transición de la fachada al interior, de modo que el thriller sigue dando coletazos cuando ya debería estar disecado. Y coletazos, además, tan previsibles como tontos.

El gran problema del thriller mundano es que el espectador sabe el secreto inicial mucho antes que Lily. Sabemos quién ha matado a Sergei y sabemos por qué. Bien, de acuerdo, no sabemos qué demonios trataba de robar Sergei, pero sabemos que lo han matado para proteger un secreto. En un thriller eso basta: el secreto puede ser un mero macguffin. Con lo cual, contemplar cómo Lily trata de desentrañar el aparente suicidio de su novio es bastante tedioso, hasta que por fin decide pasar al Verdadero Secreto de la serie, esto es, qué cuernos hacen en Devs.

Antes tratan, sí, de darnos un hueso más jugoso con la aparición de los servicios secretos rusos, para los que Sergei trabajaba. Pero el controlador ruso no dura demasiado más que su agente y toda esa parte es dejada de lado muy rápidamente. Los rusos hacen mutis por el foro. O casi. Cuando reaparecen es para que “Devs” dé vergüenza ajena. Durante casi toda la serie estuve esperando contra toda esperanza que el sin techo afincado en el portal de Lily fuera eso, un simple vagabundo. Pero no, claro que no. Su revelación, como agente secreto ruso y deus ex machina en pequeño, salvando a la heroína de una muerte segura fue un tanto insultante. Y encima, carece de cualquier sentido. ¿Por qué los rusos querían a Lily como reemplazo de Sergei hasta que el controlador pasa a mejor vida? ¿Ha perdido su utilidad por esa muerte? Y si ha perdido la utilidad, ¿para qué vigilarla? Y, si no la ha perdido, ¿por qué vigilarla pero no protegerla? Y, si no hay que protegerla, ¿por qué diantres el vagabundo desobedece sus órdenes y la salva? Es ridículo.

En este plano de la serie, el antagonista principal y uno de los motivos por la que la parte central de la serie no se me hizo cuesta arriba es Kenton, el jefe de seguridad de “Amaya”. Zach Grenier (el cínico y estupendo David Lee de “The Good Wife” y “The Good Fight”) lleva el papel con dignidad. Logra ser amenazador llevando un polo corporativo, lo cual no es poco mérito. La escena en el baño con Jaime, el cansino ex novio de Lily, es una de las pocas en las que la tensión que esta parte de la serie debería haber sido capaz de generar más a menudo se logra en efecto. Sin embargo, la serie no sabe qué hacer con el personaje, llegado a un cierto punto; pese a haber sembrado un posible conflicto entre Kenton y su jefe, Forest, desde el principio, ya que Kenton, terrenal de los pies a la cabeza, no entiende nada de lo que hace aquel ni sus porqués. Así, parecía que se iba a convertir en un tercero en discordia, ni con Lily ni con Forest y su camarilla. Pues no: lo despachan (por fortuna se pudo llevar por delante a Jaime) y la serie se despide, muy torpemente, de su faceta pseudo “Los tres días del cóndor”.

Todo esto me molestaría un tanto (creo que el thriller merece cierto respeto: si vas a tejer uno, aunque sea de disfraz para lo filosófico, cóselo bien) pero no sería muy grave si la parte profunda de la serie funcionase. Porque en “Devs” importa lo profundo, no lo aparente. La muerte de Sergei es una excusa para llevar a Lily al mundo oculto de Forest. Lo que ocurre es que esta parte de la serie tampoco funciona.

Y es una pena, porque plantea cuestiones muy hondas. La vieja cuestión del libre albedrío frente a la rígida predestinación, con Forest y los suyos siendo una suerte de dominicos prebisterianos tecnológicos. Por desgracia, “Devs” presenta la cuestión de forma demasiado dictotómica, sin matiz alguno y, además, la desarrolla muy pobremente. Admito que no estoy versado en las diferentes teorías y teoremas que con desparpajo citan los personajes. Mi cara en esos momentos era la de un habitante de Mundodisco cuando se menciona la cuántica. Ello es un cargo más contra la serie: si el espectador no puede entenderla sin un par de doctorados en física, mal vamos. Y si no es necesario, entonces la serie está siendo pretenciosa y tramposa, como un cura ignorante chapurreando latín ante campesinos para fingir que sabe de lo que habla.

Sí, es cierto, en algunos momentos la serie baja al barro, con los plebeyos, y nos explica alguna cosa. Poco y mal. La conversación, por ejemplo, entre Lily y Katie en la cocina, podría haber sido un momento cumbre. Es un diálogo pobre y simplón, que me recordó dolorosamente a la cháchara insustancial de las secuelas de “The Matrix”. Y encima intercalando el otro diálogo, entre Jaime y Forest, que sólo los extraordinarios poderes interpretativos de Nick Offerman lograba salvar de la irrelevancia más absoluta.

Dicho sea de paso: cuando descubrimos el secreto de Devs la reacción aterrada de Sergei no tiene sentido alguno. Para una tal reacción Sergei debería haber sido una mente de enorme sensibilidad, porque el horror cósmico es tan enorme que resulta abstracto. No me creo que un espía industrial sufra semejante conmoción y, en retrospectiva, ese momento me parece un truco para engarfiar la atención del espectador. O sea, una estafa. Mucho más creíble y humana es la escena en la que los desarrolladores toman cierta conciencia de las implicaciones de su trabajo y sienten una incomodidad que se acerca a un miedo indefinido ante el que huyen, cerrando los ojos, salvo Stewart, lúcido y pasivo.

Son Forest y sus tres seguidores más cercanos los que casi salvan la miniserie. Nick Offerman es un grandísimo actor. Tiene en su haber algunos personajes icónicos, siendo Ron Swanson el mayor de ellos. Lograr que un espectador que adora ese personaje y la serie en la que existe se olvide pro completo de Pawnee y del Departamento de Parques y Jardines al ver a Foster tiene mucho mérito. Offerman lo logra y tiene tal gravitas que alcanza casi a arreglarlo todo, incluso el chiste final con el título de la serie, en el que resoplé hasta casi escupir los pulmones.

Forest es, con mucho, el personaje más interesante de la serie. Es el Mago de Oz. Es el malvado pragmático de la serie y seguramente también el moral. Como buen antagonista, es mucho más carismático que la heroína, pero, además, logra la serie que el espectador sufra con él. Su pérdida es atroz y los momentos en que el hondo dolor de Forest aflora son proezas interpretativas de Offerman. La serie se resiste a explicarnos qué es exactamente lo que ansía Forest con su investigación. Durante un tiempo, sobre todo tras la extraordinaria secuencia en la que nos muestran a la vez lo que sucedió a su familia con lo que pudo suceder o tal vez sucedió en otro lugar, consideré que el motor del personaje era la culpa; que la obsesión de Forest por un universo único, rígido, inexorable, en el que hasta el último cabello no sólo está contado sino que es inevitable que se mueva medio milímetro a la izquierda en este preciso instante, era una búsqueda retorcida de absolución. Porque si todo, hasta lo más nimio, está previsto desde el inicio de los tiempos, si todo es parte de una exacta, fría, impasible maquinaria, entonces no hay libertad alguna, ni siquiera relativa o limitada. Y si no hay libertad alguna no hay responsabilidad alguna y Forest, pues, no tiene culpa de lo que sucedió ese día fatal.

La serie en parte expone de forma casi explícita este motivo en una conversación entre Katie y Forest. Las motivaciones de éste son más seductoras cuando vemos que trata de reencontrarse con su hija, negando que haya diferencia entre realidad y simulación. La motivación es lo bastante potente para que perdone que no se explore ni un poco esta fascinante cuestión.

Los tres seguidores de Forest son secundarios interesantes: Lyndon, que rechaza la riqueza y la juventud en su afán por el conocimiento; el reposado y sabio Stewart, único que se empeña en aunar arte, humanismo y ciencia, cada vez más dubitativo ante la ensoñación fanática de Forest; Katie, la brillante discípula, la discípula tan amada y tan amante, hierática y tierna. Oh, si la serie se hubiera centrado en ellos, qué gran obra podría haber sido “Devs”. Quizá más breve, pero mucho más enjundiosa. Oh, que la voz de Stewart recitando poseía hubiera sonado más, en debates vibrantes con Lyndon o con el mismo Forest. Oh, si la historia de amor entre Katie y Forest se hubiera presentado de forma cuidadosa, con todas las implicaciones que la misma tiene. Oh, qué gran serie podríamos haber tenido.

Pero no. Tuvimos que seguir a Lily. Y Lily me provocó una profunda indiferencia toda la serie. Qué mala me pareció la actuación de Sonoya Mizuno. Qué tediosa, la relación conJaime (qué personaje más sin sustancia). No me importaba nada de lo que hacía ni el por qué. De hecho, no tengo claro por qué hace casi nada de lo que hace. Al principio, parece, por Sergei. Luego, en parte, para que no la maten. Pero, cuando la cosa se pone filosófica, Lily, supuesta abanderada del libre albedrío, actúa como una autómata obtusa hasta que en el último momento resulta que no, epa, era todo engañifa, toma una decisión. Vaya dos capítulos finales, les comento. Qué duelo entre libertad y determinismo más pobre, más ramplón. Qué giro final, ambiguo entre una posición y otra, que hubiera podido funcionar, si para esas alturas no hubiera estado mirando el reloj, ansiado que acabase de una vez todo. Qué epílogo con ínfulas de trascendencia. “Futurama” desarrolló mil veces mejor ideas que hay en esta serie, en mucho menos tiempo, en ese memorable episodio de las cajas que contienen los diferentes universos.

Las mayores virtudes de la serie son estéticas. Ahí no le regateo elogios. Es una serie preciosista y muy bien rodada. Hay secuencias, escenas y planos hermosísimos. E inquietantes. Sólo en “Hannibal” he visto alardes estéticos comparables, aunque mucho más carnales que la glacial belleza de “Devs”. Ese bosque de pilares refulgentes, esa tumba o tabernáculo que es el laboratorio de Devs desde el exterior y ese laberinto de cristal, acero y oro que es su interior. Y esa niña colosal y omnipresente, alzándose sobre los árboles y los humanos…

Igualmente, las escenas de múltiples realidades a la vez son muy interesantes y están muy bien filmadas. Y preparan el terreno para la implacable escena de la presa, que también daría para un largo debate entre deterministas y no deterministas. ¿Es Katie culpable de algo, desde una u otra perspectiva?

No hay un gramo de humor en toda la serie, por desgracia. Sospecho que hay una cierta idea tras esta carencia, que el humor es incompatible con la profundidad o las grandes cuestiones de la existencia. Lo cual me parece risible. De hecho, “Devs” hubiera mejorado en algunas escenas si hubieran tenido a Chidi monologando sobre sus implicaciones morales bajo la socarrona y amable mirada de Eleanor y Michael.

En “La Misión” el irónico representante portugués, el señor Hontar, dice al cardenal: “Eminencia, con un noble fracaso hubierais obtenido el aplauso de todos”. Un noble fracaso, es “Devs”. Una apuesta arriesgada y ambiciosa que no ha resultado ganadora. Mis respetos, tiene. Pero no mis aplausos.

enero 23, 2021

Todos los derechos de la tierra

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 11:23 am

CONSIDEREMOS a unos amigos. Los Delaney, como les llamaría Mr Groucho Marx. Los Delaney compran a una empresa un mueble que es justo, consideran, lo que dará ambiente a una habitación. Podrían haber comprado una alfombra para eso, que hubiera sido lo propio, pero no: ellos quieren ese mueble. El mueble tiene unas puertas acristaladas. Pero, oh, fatalidad, uno de los cristales llega rajado. Los Delaney llaman a la empresa, la empresa sonríe, no habrá problema, en un par de días mandan un repuesto. Pasan los días. El cristal nuevo no llega. Las llamadas de los Delaney se suceden, las sonrisas de la empresa se vuelven más tensas. Envía una pieza que no es un cristal. Envía alguien a mirar el cristal que está mal. El cristal debería estar llegando. El cristal debería haber llegado. El cristal empieza a parecer un tesoro legendario, guardado en una fortaleza, vigilado por siete dragones, bajo siete candados, tras siete ríos. Finalmente, el cristal, tras un año, llega. Resulta que han encontrado en stock el cristal. En un almacén. Donde lo tenían desde la primera llamada de los Delaney.

ESTA es una historia ordinaria con final medio feliz. Ahora supongamos que la empresa simplemente se hubiera desentendido. Que hubiera dejado de contestar las llamadas. Que no respondiera a los correos electrónicos. Los Delany podrían haber sucumbido a las seducciones de la acción directa y plantarse en las oficinas de la empresa con armas de asalto. Pero los Delaney hubieran resistido. Les hubieran quedado dos opciones: encogerse de hombros y maldecir a la empresa ante una copa de vino. O ir a los tribunales. Con casi absoluta certeza, hubieran elegido el vino.

EN estas muy imperfectas sociedades nuestras, desde hace milenios, la idea de que los pleitos entre las partes debían resolverse mediante argumentos basados en leyes, con un tercero sin interés en la cuestión, antes que mediante un más directo y contundente intercambio de opiniones con estacas ha sido una constante. Los sistemas han ido cambiando, las sociedades, en muchos sentidos han mejorado. La idea básica permanece.

DEJEMOS de lado un debate histórico y filosófico, de sistemas comparados y utopías diversas. Asumamos, en estas líneas, lo que se llama Estado democrático y socio-liberal de Derecho como algo que más o menos existe y en el que más o menos vivimos. Este Estado incluye la idea de la resolución de conflictos de modo ordenado y, en última instancia, ante los que llama Tribunales de Justicia. Pero para que esa idea funcione hace falta cumplir muchas condiciones. Y varias de ellas parecen tan tontas y ordinarias que se pasan por alto en el debate público.

HACE falta que los ciudadanos tengan un conocimiento mínimo de sus derechos. ¿De qué sirve tener derechos, si uno desconoce su existencia? Hace falta que los ciudadanos puedan recibir consejo de individuos que tengan algo más que un conocimiento mínimo de esos derechos. Hace falta que los ciudadanos puedan presentar sus reclamaciones ante los tribunales. Hace falta que los ciudadanos puedan responder a las reclamaciones que se les haga. Y hace falta que los tribunales puedan decidir, en un tiempo razonablemente breve, con la atención que cada caso merezca.

NOTEN que no he entrado, ni voy a hacerlo, a discutir sistemas específicos ni mucho menos leyes específicas ni casos concretos, ni los errores ni fallos que pueden darse en ellos. Porque esto que digo es incluso más básico. Puede una sociedad tener el sistema político más perfecto que queramos, las leyes más equilibradas, las declaraciones de derechos más avanzadas y dignas. ¿De qué sirven si no se pueden aplicar?

HISTÓRICAMENTE, cada gran avance en las libertades y en los derechos de las personas se ha plasmado en algún tipo de ley. Los derechos individuales y los sociales. Los de los ciudadanos. Los de los trabajadores. Los de las mujeres. Los de los niños. Los de las minorías raciales. Los del colectivo LGTBI.

PERO ante cada solemne declaración en una Constitución o un Tratado, en cada flamante artículo en una ley, la cínica máxima del conde Romanones (cita que leva mucho el nivel de la villanía política española) espera: “Hagan ustedes las leyes y déjenme a mí los reglamentos”. Si uno no sabe que tiene un derecho, no lo ejercitará. Si no sabe cómo reclamarlo, no lo ejercitará. Si sabe que lo tiene y cómo y ante quién ejercitarlo, pero no puede acceder al sistema judicial o el tribunal que se supone debe resolver no puede hacerlo o no podrá hacerlo hasta dentro de muchos años, muchos ciudadanos pensarán para qué molestarse.

Y si una empresa ve que otra ignora sistemáticamente los derechos de sus trabajadores, los trata como carne de cañón y nada le ocurre, la imitará. Si una compañía telefónica, un banco o una aerolínea, trata a sus clientes como ganado o les toma el pelo como a idiotas y nada le ocurre, el resto harán lo mismo. Si un propietario se aprovecha de sus inquilinos y nada le ocurre, todos los propietarios se aprovecharán de todos los inquilinos. Etcétera.

NO vivimos en ninguna sociedad donde el mero sentido común nos vuelve santos, como diría Santo Tomás Moro (Sir Thomas More para sus coetáneos). Vivimos en sociedades de precario equilibrio donde, en parte, el respeto a los derechos ajenos viene de saber que puede haber consecuencias si pisoteamos esos derechos.

PERO esto, claro, implica dinero: dinero para los Tribunales, para su personal, para que haya suficientes jueces lo suficientemente dotados de medios para que puedan hacer su trabajo en condiciones dignas, en plazos sensatos, con la debida atención, para asegurar ayuda y asistencia legal a aquellos que no pueden permitirse tener en nómina un par de despachos de abogados. Y no poner trabas y más trabas al acceso al sistema. Y esto no es un lujo. No es una frivolidad. Es esencial.

EL Tribunal Supremo de Reino Unido, al analizar el sistema de fianzas que el gobierno británico había establecido para el acceso a la justicia (“the Fees Order”) y concluir que no era legal, lo expuso con claridad. Lord Reed escribió lo siguiente (traduzco directamente el extracto, que he encontrado en el libro Fake Law del anónimo “The Secret Barrister”; pido perdón por posibles errores):

“EN el corazón del concepto del imperio de la ley está la idea de que la ley rige la sociedad. El Parlamento existe principalmente a fin de legislar para la sociedad de su país. Los sistemas democráticos existen principalmente a fin de asegurar que el Parlamento que legisla esté formado por parlamentarios que sean elegidos por el pueblo del país y que sean responsables ante él. Los tribunales existen a fin de asegurar que las leyes hechas en el Parlamento, y el common law formado por los mismos tribunales, sean aplicadas y hechas cumplir. Ese papel incluye asegurar que el ejecutivo lleve a cabo sus funciones de acuerdo con la ley. A fin de que los tribunales puedan cumplir ese papel, el pueblo, en principio, debe tener acceso sin trabas a los mismos. Sin tal acceso, las leyes se convertirían en letra muerta, el trabajo del Parlamento sería irrelevante y la democrática elección de los parlamentarios se convertiría en una charada sin sentido. Es por ello que los tribunales prestan un servicio público diferente al resto.”

TODOS podemos ser consumidores o trabajadores cuyos derechos no se repsetan, individuos cuyas libertades sean despreciadas por individuos, corporaciones o gobiernos, podemos ser víctimas de un delito, podemos ser acusados de un delito y podemos, simplemente, que si alguien se compromete a traernos un mueble con cristales, los cristales no estén rotos.

EN el muy citado, siempre en el equivocado contexto de una boda, pasaje de la Primera Carta a los Corintios, San Pablo, quien tenía sus momentos buenos, escribió aquello de que “aunque hable las lenguas de los hombres y los ángeles, si no tengo caridad, soy como bronce que suena o címbalo que retiñe”. Pues si las leyes establecen todos los derechos de esta tierra pero no hay ante quién ejercitarlos, no son más que papel mojado, letra muerta, pura ilusión para engañar a los imbéciles.

enero 6, 2021

De vuelta en Trolberg

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:16 am
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NO voy a fingir que no sentía añoranza por las murallas de Trolberg y lo que hay tras ellas y ante ellas. Así que volver a cruzarlas, en un sentido u otro, ha sido un auténtico placer, siguiendo a la niña de pelo azul y a sus amigos en sus aventuras, sea por aire, mar o subterráneo. “Hilda” ha presentado su segunda temporada y ni un capítulo acabó sin que un servidor de ustedes sonriese. De modo diferente a como suele sonreír. Esta condenada cría no da margen para la perfidia.

SI este comentario de la segunda temporada se limitara a dar unas pinceladas generales del tono, color y timbre de la serie, sería bastante reiterativo. En esencia, la segunda temporada tiene todas las virtudes de la primera, de la que ya hablamos. Sigue siendo una delicia, una serie simpática, alegre, amabilísima. Conste que lo digo como alabanza. Voy, por tanto, a tener que destriparles algo. No demasiado, espero.

“HILDA” sigue siendo una serie episódica. Todos los capítulos tienen su propio argumento y casi todos acaban cerrándolo. Sin embargo, en esta temporada más que en la anterior, en buena parte de los mismos algo ocurre que tiene consecuencias en uno futuro o, directamente, como en los episodios “Las viejas campanas de Trolberg” y “La bestia de la Isla Caldero”, uno causa el subsiguiente. Y hay dos vagos arcos argumentales que sostienen toda la temporada.

SI bien en la primera era la mudanza de Hilda y Johanna a Trolberg y su adaptación lo que venía a servir de hilo de plata, aquí, considero, el hilo se divide y, hasta cierto punto, se deshilacha.

POR un lado, el arco argumental más claro viene dado por un personaje nuevo, el pomposo Erik Ahlberg, Jefe de la Patrulla de Seguridad de Trolberg. Ahlberg es lo más cercano a un antagonista recurrente en la temporada. Charlatán pagado de sí mismo, sus políticas de seguridad sirven como motor de la primera mitad de la temporada. Tonto, testarudo, demagogo, empeñado en aplicar soluciones simples a problemas que no comprende, es un retrato poco amable de un político populista y torpe. Como en esta serie el Mal tiene casi siempre su origen en la ignorancia, Ahlberg, un mediocre con capa, es, pragmáticamnte, el malvado principal de la serie, al causar o empeorar buena parte de los conflictos. En algún momento pensé yo que iba a provocar un oscurecimiento de la serie, porque hay ribetes de estado policial en su actitud, pero “Hilda” se mantiene fiel a sí misma y a su bondad. Ahlberg es una figura más ridícula que peligrosa y en el último capítulo recibe el trato merecido, al tiempo que su hasta entonces leal mano derecha ya parece haber aguantado bastante de un tipo que ni sirve ni protege.

PERO el arco de Ahlberg era también al arco de los trols. De las criaturas mágicas de la serie, los trols son los más citados y los que más veces aparecen. En el primer episodio de esta temporada se indica con preocupación que los lugareños cada vez ven más y cada vez más osados, acercándose más y más a las murallas. Es esto lo que da la oportunidad a Ahlberg de iniciar su carrera pública, buscando un conflicto que le permita pasar a la Historia, siguiendo los pasos de su ilustre antecesor. Y, sin embargo, aun cuando la creciente actividad trol es palpable hasta el último episodio, no se da ninguna razón para ella, es un misterio que se deja sin resolver y que, de hecho, Hilda y sus camaradas, tan de investigar todo, dejan de lado una y otra vez. Es posible que, visto el cliffhanger de manual con el cual acaba la temporada, sea un misterio que se reserve para la tercera temporada. Con todo, el hilo de plata se volvió aquí un hilo rojo del tejido.

EL segundo arco es, más que un arco, un cambio sutil respecto de la despreocupada alegría de la primera temporada. Las aventuras de Hilda empiezan a pasarle factura. Y quien se ve obligada a cobrarla no es otra que Johanna. La madre de Hilda es un espléndido personaje y no deja de serlo porque entre en conflicto con su hija. Siendo que en este tipo de series todo cuanto se opone al protagonista es casi siempre negativo y siendo Hilda una protagonista muy apreciable, es un movimiento inteligente de la serie que choque con otro personaje positivo. La excelente relación de madre e hija se va enturbiando. Y si bien, como aventureros que somos, queremos que Hilda se sumerja en el vientre de un espíritu acuático o haga carreras náuticas con muertos vivientes, comprendemos la preocupación y el dolor de Johanna, que es dejada de lado una y otra vez, que no sabe nada de lo que hace su hija y por cuya seguridad sufre sinceramente. El conflicto entre una y otra, sin excesos, permite que llegar a un estupendo último capítulo en el que Johanna y Hilda comparten una aventura en la que su relación es clave.

ESTA pugna con su madre no es la única que Hilda tiene y, en verdad, es parte de un escenario más amplio: la serie se empeña en mostrar que las acciones tienen consecuencias y que no todo se soluciona por arte de magia (y esto es bastante literal en Trolberg y alrededores). Hilda mete la pata. Hilda miente. Hilda da por sentadas demasiadas cosas y a demasiada gente. Hilda cree que es la más lista del lugar. Y la serie le da unos cuantos correctivos. Es Frida, no ella, quien tiene aptitudes de bruja. En el hermoso capítulo octavo, aprende que jugar con el pasado no es buena idea y que para restablecer el orden alguien paga el precio (es, hasta cierto punto, el capítulo con implicaciones más oscuras de toda la serie; por cierto, no tan desastre como suelen ser los capítulos con viajes temporales). E incluso el fiel Twig, su ciervozorro, a punto está de abandonarnos. Por cierto que, aunque en modo alguno me disgusta que no sea así, me parece que la serie hubiera ganado enteros si, entre las lecciones agridulces que Hilda tiene que aprender, estuviera el de las despedidas de aquellos a quienes estimamos. El guión se repite con Alfur poco después, aun cuando con Twig el acento se pone en lo emocional, y con Alfur, en lo cómico. Los elfos siguen siendo una de las joyas de esta serie, por cierto: nunca fallan como generadores de chistes los individuos sin conciencia de su propia comicidad.

NO creo que sea casual, justo por todo lo que acabo de decir, que la serie se haya vuelto más coral. Hilda es, desde luego, la primus inter pares, pero cada personaje secundario tiene al menos un episodio dedicado y Hilda ha de ayudarles a ellos en sus cuitas y no sólo recibir ayuda. Frida y, menos, David, ganan galones. La bibliotecaria consigue un nombre, asciende de terciaria a secundaria y abre todo un mundo nuevo, el de las brujas, con estupendas terciarias y con posibilidades que, por la muestra que nos han dado, pueden ser muy grandes. El Hombre de Madera sigue en ese equilbrio perfecto de personaje que aparece de tanto en tanto, sin quemarse (lo siento) y siempre dejándonos con ganas de más humor sardónico y frases cínicas. Mi única queja sentida es que se sigue ninguneando al Rey Rata, que me parece una fuente de malicia, siniestra o cómica, por completo desaprovechada.

HILDA, con sus fallos, tiene un fondo radiante y generoso. Aprende y logra estar a la altura de las circunstancias. “Hilda”, igual. Es una serie sin ínfulas que logra que, en lo más crudo del crudo invierno de nuestras desventuras, sintamos la calidez que sólo da una buena taza de té junto al fuego y en excelente compañía. ¿Les parece poco?

diciembre 19, 2020

El pantano

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:52 pm
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El capitán Bellodi, al final de El día de la lechuza, tras mandar al diablo a Sicilia y a todo, atraviesa una Parma “hechizada de nieve, silenciosa, desierta”. Y el joven policía “[…] antes de llegar a su casa sabía, lúcidamente, que amaba Sicilia y que volvería”. No hay Bellodi en Gomorra y no me atrevo a decir que uno ame Nápoles mientras ve esta serie descarnada. Pero vuelve a esa ciudad laberíntica, temporada tras temporada.

No pretendo analizar con detalle exhaustivo esta serie televisiva basada en el libro de Roberto Saviano (libro, por cierto, que recuerdo con poco agrado, árido y enrevesado, que quizá debería revisar). ¿Les recomiendo verla? Sí, sin duda. De principio a final. A pesar de que, siendo toda ella muy sólida, creo que sus dos primeras temporadas son las mejores y luego se resiente.

Aun cuando sabía que iba a ver una serie criminal, sobre la Camorra y sobre sus redes, Gomorra me chocó por su aspereza. Episodio tras episodio, todo era feo, sucio, brutal, desesperado, hortera. Si al ver uno películas como la extraordinaria y completamente inexacta El Padrino cae seducido por la elegancia y la crueldad refinada de don Vito y don Michael o al ver Los Soprano el humor negro y los ojos tristes de James Gandolfini nos manipulan desde la llegada de los patos a la piscina hasta la bandeja de aros de cebolla, en Gomorra no hay donde refugiarse. No hay humor. No hay elegancia. No hay seducción. Hay un ojo implacable que muestra pobreza, miseria, violencia, dominio, terror, adicción y lucro.

Ese feísmo buscado es, desde mi punto de vista, una de las grandes bazas de la serie. Una bofetada a años y años de disfraces, máscaras y maquillajes. Un escupitajo a la tradición que se empeña en presentar al mafioso como el pirata romántico, como el bandolero admirable, como el antihéroe que quisiéramos ser, quizá. No. Aquí sólo hay una larga colección de cabrones sin escrúpulos. Y que no tienen las armas que el Mal suele tener en la ficción para que un servidor de ustedes se ponga decididamente del lado de las Tinieblas. Son mediocres, feos, brutales y ordinarios. Me cuesta creer que alguien pudiera tener ganas de pasar más de dos minutos en compañía de cualquiera de ellos. Son seres humanos cuya vida es la extorsión, el asesinato, el narcotráfico. Pero son seres humanos muy corrientes. Y eso los vuelve muy, muy inquietantes.

No es esto completo, sin embargo. La serie concede a sus dos grandes protagonistas, Gennaro Savastano y Ciro di Marzio, cierto carisma dramático que los vuelve menos comunes. Gennaro es sin duda el personaje central de la serie y su evolución, la más sorprendente. Si uno ve al Genny del primer epidodio y, saltándose toda la serie, ve al señor Savastano del último, queda ojiplático. Como dijo un amigo mío, es como ver a un jovencísimo Tony Soprano camino de hacerse con el control de su familia. O, pienso yo, como un Wilson Fisk napolitano y peor vestido, cuando aún no era el Señor del Grimen de Nueva York. Salvatore Esposito hace un papelón con este jabato bravucón y débil que se va oscureciendo hasta convertirse en un capo despiadado.

El personaje de Ciro, sobre el papel, me gustaba aún más. Ciro era el hijastro, el plebeyo con ansias de poder, una extraña mezcla de revolucionario y arribista. Una suerte de avatar de Fouché, Meñique y Steerpike en los suburbios napolitanos del siglo XXI. Frío, solitario, traicionero, pragmático, podría haber sido un villano entre villanos, con reminiscencias de Yago o Edmund, pero al actor (Marco D’Amore) creo que le venía grande el papel y no logró que me lo creyera del todo nunca; algo que me pasó ya, por ejemplo, con el personaje de Marlo en The Wire.

De hecho, creo que la serie no sabía muy bien qué hacer con Ciro y que incluso no llegó a entender del todo a su propia criatura, lo cual explica decisiones muy discutibles en, sobre todo, la tercera temporada. Por suerte, Gomorra había preparado una sustituta de altura con Patrizia, una trepadora espléndida con una actriz, Cristiana Dell’Anna, que supo exprimir cada gota del jugo de su papel.

Todo esto que he dicho parece que desmiente las cualidades de hiperrealismo sucio de la serie, pero no es así. En el lodazal nos sueltan y en él permanecemos. Y aquí es donde está lo más interesante de la serie: en que una vez en las aguas negras, no hay pureza a la vista; en ellas nadas o te ahogas.

Nunca había visto una obra de ficción que reflejara tan bien lo que en determinada teología se conoce como pecado estructural. Toda la serie es una exposición de una sociedad corrupta hasta el tuétano. Capa tras capa de estructuras y superestructuras de pecado y crimen. Por cierto que el pecado es una cosa y el crimen otra y no son precisamente sinónimos, no sólo por la saludable diferencia que debe existir entre Moral y Derecho. Pueden solaparse, sin embargo. En Gomorra, más que solaparse, se han ido juntos de fiesta. Durante mucho tiempo, la serie no nos da tregua y no nos saca de este mundo opaco, asfixiante. El Estado, la Iglesia, la sociedad civil, o aparecen de modo anecdótico o están dentro del sistema mafioso, colaborando activa o pasivamente, por acción o por omisión. Para los personjes, mayores y menores, de la serie, el mundo es esto y sólo esto, no hay nada más. Gomorra es más dura que la obra de David Simon y Ed Burns sobre Baltimore: por trágica y sin salida que fuera la existencia en The Wire hay en ella destellos de esperanza, de posibles salidas, aun cuando no todos los que lo intenten logren escapar de la ciudad del mundo y ciertamente nunca lleguen a la ciudad de Dios, sino, como mucho, a otra ciudad un poco menos terrible. En Gomorra no hay ni esa frágil esperanza. Nadie busca salir de ese mundo. Porque no existe otro.

Esa da a la serie una oscura densidad, similar a la de Las benévolas, la escalofriante novela de Jonathan Littell. Y la pregunta para el espectador es obvia: ¿quién serías tú en este mundo? ¿Qué posibilidad de tomar decisiones morales hay en un mundo radicalmente inmoral? ¿Son las invocaciones al honor, a la lealtad, a la familia, a la sangre, de los mafiosos mera palabrería para dar una pátina fingidamente honorable a sus atrocidades? ¿Son hipócritas además de asesinos? ¿O son sinceros’ ¿Y qué respuesta es más lúgubre? Durante dos temporadas esas preguntas se enroscan alrededor del espectador logrando una sensación de continuada incomodidad. Incomodidad que fue lo que me mantuvo más interesado, más que las intrigas, las traiciones y las maniobras criminales. No creo en la función social del arte ni en los valores éticos aplicados a la ficción como necesidad, pero sí como posibilidad. Y el compromiso de denuncia que en Gomorra es transparente, sin sermones, me parece muy interesante y logrado.

De ahí mi cierto fastidio a partir de la tercera temporada. Cuando nos mudamos de las zonas más miserables de Nápoles, alejándose de esas omnipresentes alas de hormigón que son las “velas” de Scampia, al centro, la serie parece que se relaja, como si estuviera cansada de ser tan descarnada. Los escenarios son más agradables. Y, aunque sigue siendo una serie dura, hay un evidente cambio de tono. Parece, por así decir, una suerte de Juego de Tronos en vespino. Un joven príncipe injustamente destronado y, encima, guapo, enfrentado a viejos nobles en el rol de malvados es el tronco argumental de la tercera temporada. Al espectador le es más sencillo dividir a los personajes en más positivos y negativos y puede animar a los más o menos buenos o a los aún más malos, según sus gustos. La cuarta arregla en parte esto, pero la exposición cruda de una realidad sucia ya había quedado convertida en una ficción sombría, pero entretenida, tolerable, segura. La incomodad había desaparecido. La brutalidad no, eso es muy cierto, porque nunca he visto una serie con índices de mortandad tan elevados. Pero las muertes que al principio eran una acusación al final se volvieron un simple recurso narrativo.

Pese a estos reparos, ahí les esperan cuatro temporadas llenas de chanchullos, crímenes, corruptelas, traiciones y una colección de serpientes, hienas y chacales de cuidado. Inmaculado no se sale de Secondigliano.

noviembre 16, 2020

Lanza y colmillo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:41 pm
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LA animación, hace un tiempo, era objeto de controversia entre los que la veían como una forma de creación para niños y los que defendían que podía ser para niños, para adolescentes, para adultos y para Primigenios. El debate ha sido ganado por la segunda facción y con buenos argumentos. Ahora podemos centrarnos en debates mucho más fructíferos, como decidir qué película o serie de animación es sólo para niños, para niños de dos a noventa y nueve años, para niños y adolescentes y adultos o sólo para Primigenios (esas obras que si un mortal ve son un billete para un asilo psiquiátrico para el resto de sus días). “Primal”, la nueva serie creada por el gran Genndy Tartakovsky, es de las series no para niños, salvo niños con ojos brillantes, pelo blanco e impecable acento inglés de clase alta.

ESTA vez no voy a caer en la tentación del regodeo en la crítica negativa. Al contrario, les recomiendo muy mucho esta serie, de la que por ahora tenemos una temporada (es de Adult Swim y la pueden encontrar en HBO), aunque una segunda es más que posible.

PREMISA básica con un mínimo destripe: en una Prehistoria ficticia, un hombre de las cavernas y una dinosaurio, tras ver cómo sus respectivas familias eran el almuerzo de carnívoros más grandes y feroces, se alían para sobrevivir.

ASPECTOS formales: más que correctos. El estilo de Tartakovsky es muy propio, es reconocible al segundo. Sus trazos, vigoroso, un tanto angulosos, su uso del color y sus paisajes de fondo siempre me han parecido de un equilibrio muy notable entre funcionalidad y belleza. No hay una obsesión por el detalle que haga parecer cada instante como un cuadro de la escuela holandesa, pero no hay tampoco, ni mucho menos, descuido. Hay un dominio del color, de la luz y de la sombra completo. Por ejemplo, el episodio noveno, con un argumento muy simple, es notable gracias a ese dominio, en especial en los últimos minutos, de fuego como arma contra la oscuridad y lo que en ella acecha.

QUE lo visual funcione muy bien es importante en una serie sin apenas diálogos. Hasta el último capítulo no hay un personaje capaz de hablar, por mucho que sea en un idioma desconocido. El cavernícola y la dinosaurio se comunican mediante rugidos, gruñidos y aspavientos, y lo mismo ocurre con casi todas las demás criaturas que pululan por la serie. Y si bien las tramas de los diferentes argumentos no son de una complejidad muy grande, aunque sí de ritmo ágil, me parece digno de mención la habilidad de los guionistas y animadores para contarnos las historias de esta pareja sin usar una palabra (bien es cierto que la música sirve aquí de herramienta narrativa y emocional). Sus historias y su amistad, porque la relación pasa de una alianza circunstancial de seres heridos a una estrecha relación, en la que cada cual arriesga su vida no sólo porque juntos sean más fuertes sino porque la pérdida del otro parece intolerable.

ESAS historias no forman parte de una Gran Historia. “Primal” es una serie por completo episódica, de capítulos autoconclusivos, si bien lo que ocurre en algunos se tiene en cuenta en los siguientes; los capítulos quinto y sexto no forman una unidad dividida, pero sí son el ejemplo más claro de que lo que ocurre en uno determina lo que ocurre en el siguiente.

AL contrario que en la gran obra de Tartakovsky “Samurai Jack” (que también tienen en HBO y que les recomiendo incluso más que la que ahora comentamos), no hay una razón, por ahora, tras los viajes del hombre y el lagarto terrible. Los vagabundeos de Jack le metían en mil y una aventuras y peleas, pero había un hilo de plata: el samurai trataba de regresar al pasado, a su época, para acabar con el dominio de su archienemigo Aku sobre el mundo. Que, por cierto, Jack no era muy hablador (algo que compensaban de sobra los demás personajes, en especial el pérfido Aku, un villano estupendo y muy parlanchín) pero en comparación con el tatarabuelo de Conan que aquí tenemos, el guerrero japonés era presidente del club de debates.

NO hay aquí un sentido último como el de Jack: nuestra pareja sencillamente vive un día tras otro. Esto da un cierto realismo áspero a una serie que es, al mismo tiempo, ferozmente verosímil y fantástica por completo. Porque, en efecto, por un lado no tenemos una lucha del Bien contra el Mal, ni una epopeya, ni una búsqueda de tesoro, ni un viaje del héroe ni nada de eso. El hombre y la dinosaurio cazan para sobrevivir, huyen de animales más fuertes y letales que ellos, se defienden de los ataques. Lo que está en juego es siempre, simple y llanamente, la supervivencia. No hay demasiados debates morales ni ética. Por otro, no estamos, indudablemente, en la verdadera Prehistoria. Para empezar, diablos, ¡los protagonistas son un hombre y una dinosaurio! Hay dinosaurios por todos lados, lo cual está muy bien pero descarta el realismo. También tenemos feroces tribus de primates, bandadas de murciélagos gigantes que sirven a una pariente lejana de Ella-Laraña, un aquelarre de brujas con una forma de lograr descendencia bastante macabro…

LA serie no busca trasladar muchos mensajes, si es que traslada alguno, y no explica casi nada de lo que vemos. Igual que los protagonistas nos encontramos con lo que va surgiendo y cuando intentan sacrificarte un grupo de hombres-mono o de brujas, entre cánticos guturales, no hay mucho tiempo para reflexionar sobre su origen ni estructura social. No sabemos qué es la criatura que se alimenta por la noche ni tampoco de dónde surge la terrible plaga que vuelve loco a un saurópodo en el capítulo séptimo. Esto,al mismo tiempo, da un aire misterioso al mundo que lo vuelve sombríamente atractivo y, por otro, no lastra el ritmo, bastante frenético, de la serie.

PORQUE la serie es a veces frenética y siempre violenta. Muy violenta. Las peleas y la caza no son limpias: hay sangre y vísceras, la garra roja no falta en ningún capítulo y cuanto más tranquilo comienza, más brutal se vuelve. No hay tampoco ningún tipo de romanticismo en esta novela: se mata para comer y para evitar ser comido o por ira o por miedo. En este mundo hostil y violento nadie ni nada, por el momento, responde de otro modo que con hostilidad y violencia.

Y, sin embargo, la serie no se cierra en ese ciclo de violencia sin más. Hay destellos de empatía, de sentimientos y casi de moral. El hombre no abandona a la dinosaurio herida, aun cuando arriesga su vida frente a depredadores muy numerosos. La dinosaurio busca al hombre cuando se pierde, en vez de seguir su camino. Ambos se apoyan, se cuidan, se gastan bromas. Sí, cazan a un viejo mamut, que lucha desesperadamente por su vida pero, cuando la manada de ese mamut, airada, busca aplastarlos, el hombre tiene la intuición de qué buscan y la entrega de los restos del caído sella la paz. Sí, las brujas son despiadadas y tenebrosas, pero ellas también aman a sus niñas y son capaces de entender el amor de otras criaturas por sus crías. Y no hay odio en los ojos del cavernícola cuando mira al agonizante dinosaurio enfermo que trata de matarlos. En este mundo extraño, llevando la contraria al padre Brown, nadie ha escrito “No matarás” pero alguien podría hacerlo algún día.

EL último capítulo de la temporada parece dirigir la serie a una narración diferente, con un personaje más evolucionado y sofisticado que nuestros protagonistas, con unos adversarios más temibles y organizados que todas las bestias que nos hemos encontrado. Tal vez vayamos hacia una narración más tradicional. Es posible que estemos pasando de la Prehistoria fantástica a la Historia fantástica. Seguramente no menos sangrienta. Pero sin duda no menos digna de ser narrada y vista.

noviembre 9, 2020

¿Hacia dónde corres, “Lovecraft Country”?

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:48 pm
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CADA episodio de “Lovecraft Country” finalizaba con una versión sin letra de la canción “Sinnerman”. Y, como Nina Simone, ganas tenía cada vez de preguntarle a la serie a dónde corría, a dónde quería llegar.

HE aquí una de las mayores decepciones que me he llevado. Llevaba tiempo sin esperar con más que curiosidad el estreno de una serie. Volver a sentir el cosquilleo de anticipación ante algo nuevo y grande cuando viera las letras HBO aparecer entre la nieve del televisor. Me empeñé en no saber nada de la misma hasta verla, salvo que uno de los cerebros tras la misma era el de Jordan Peele, cerebro muy respetable. Había oído que estaba basada en una novela, pero no la había leído ni sabía nada de ella. Así que empecé a verla sin saber qué me aguardaba.

Y el piloto no me decepcionó en absoluto. No era lo que esperaba. La primera y sorprendente secuencia era, parecía, un aviso a navegantes: aquí vamos a tocar las teclas del pulp, aventuras fantásticas, historias de violencia empapada de gore, terror abismal, ciencia ficción mezclada con space-opera. ¿Era lo que yo creía, vagamente, que iba a ser, por el título de la serie? En modo alguno. Pero me dije, demonios, aquí hay algo que merecerá la pena.

El resto del piloto me mantuvo en esa idea. Terror, misterio, fantasía, drama familiar y crítica social con ese omnipresente y agobiante racismo como enemigo ubicuo de mil rostros. ¡Esa secuencia en la que los protagonistas deben atravesar la frontera del condado antes de que se ponga el sol, pero sin pasarse del límite de velocidad! ¡Eso es suspense digno de Hitchcock!¡Qué ganas de ver el segundo capítulo! Y llegó el segundo capítulo y un servidor casi dejó la serie. Que aún tuvo destellos de calidad. Pero nunca recobró la garra de esos primeros sesenta minutos.

Dejemos una cosa clara, antes de seguir. En “Lovecraft Country” no hay nada de nada lovecraftiano. Sí, Lovecraft era un racista de tomo y lomo. Sí, escribió casi todos sus relatos y novelas para revistas de literatura pulp. Pero lo lovecraftiano es tan indefinible y reconocible como las criaturas enloquecidas que pueblan sus mitos. Considero que Lovecraft era mejor creador de mitos que literato, aun cuando tiene relatos redondos; justamente por ello, su mundo es particular, tiene un aroma, una atmósfera propia. Salvo en algunos instantes del piloto (y más por deseo que por realidad, diría) no encontré esa atmósfera por parte alguna.

¿ES ello un pecado? No, en absoluto. La serie, como digo, parecía decantarse a ser una especie de homenaje- antología del pulp. Debía ser, por tanto, entretenida, emocionante, sorprendente, un poco simplona y tendente al maniqueísmo. El problema es que sus diez horas a mí no me han parecido, con excepciones dignas de mérito, ni entretenidas, ni emocionantes, ni sorprendentes.

EN estos tiempos en que muchas series, quizá por falta de amor propio, se definen como películas de doce horas (oigo a Mr Sepinwall rechinar los dientes) es muy de agradecer una serie que diga no, caramba, serie de televisión soy. Y una de las formas de hacer una serie de televisión es ser muy episódica. “Lovecraft Country” decidió ser muy, muy episódica. Pero una serie episódica necesita argamasa para mantener cierta coherencia. La genial “Community”, aun en sus temporadas más libres, tenía ciertos anclajes. No sabíamos exactamente qué nos esperaba en cada uno de sus episodios, pero sabíamos que sería “Community”. “Lovecraft Country”, en cambio, naufragó.

¿QUÉ quería ser? ¿Una serie de terror? ¿Una serie de aventuras? ¿Un drama familiar? ¿Una feroz crítica al racismo y a la discriminación que los blancos han mantenido y mantienen década tras década respecto de los afroamericanos? Quería serlo todo, considero. Al querer serlo todo, ha sido nada. Por supuesto, podían mezclarse esos diferentes ingredientes. Pero era preciso decidir en qué proporción. Las aventuras podían tener toques de terror y de drama o la sátira social pinceladas de búsquedas de tesoro y peleas a brazo partido con monstruos. Pero alguna de ellas debía servir de pilar, de cimiento. Como no fue así, los elementos de la casa se desequilibraron unos a otros y el edificio se derrumbó sobre sí mismo.

“LOVECRAFT Country”, además, trató de entrelazar episodios de sabor y ritmo muy diferentes en una cadena con cierta continuidad: había una historia de fondo, un gran arco argumental. Pero dicho arco resultó confuso, la trama era deslabazada y durante buena parte de la serie no tenía la menor idea de en pos de qué viajaban los héroes. Sigue sin quedarme claro, tras acabarla. Protección, parece, de las nefastas fuerzas de un mundo hostil. Un hechizo contenido en un libro. Pero, diablos, por muy macguffin que sea un macguffin, el espectador tiene que saber qué es.

SIN un tono definido y con una historia más bien confusa, la serie podía haber resistido con personajes de bien. Pero oigan, nada. Ni uno de ellos me resultó demasiado interesante. Ciertamente, no Atticus el supuesto protagonista, tedioso hasta la náusea. El grandérrimo Michael Kenneth Williams daba brío y espesor a su personaje, pero ni sus inmensos poderes de actuación logran volver memorable a Montrose. Las mujeres apuntan más alto. Tanto Letitia como su hermana Ruby o la corajuda Hippolyta tienen más carisma. Y la relación entre las hermanas, con resabios de parábola del hijo pródigo, es más sutil que la desesperante cansinez paternofilial de Atticus y Montrose (que podía haber sido explorada mejor si la serie hubiera decidido que quería ser esa serie). Aun así, tampoco ellas logran rescatar esta serie, llena de fuerza que se malgasta.

LOS episodios eran diversos en cuanto al tono y el ritmo, en cuanto a la historia y el género. Correcto, siempre y cuando se mantuviera la calidad. Nada de eso. El segundo capítulo es de una ridiculez extraordinaria. El tercero recobró mi simpatía, una historia de casa encantada bien aderezada con un sitio de vecindario racista y con una Leti estupenda en su arranque de indignación, bate en las manos. El cuarto fue un entretenida caza del tesoro con rompecabezas. El quinto, ay, cuando parecía que la cosa iba bien, desperdició una interesantísima idea en puro gore y simplismo bostezante. No me hagan hablar del soporífero sexto episodio, con ese personaje central que no tiene sentido alguno salvo para luego usarlo como recurso en el ultimísimo momento del último episodio. El séptimo, fulgurante y ambicioso en teoría, me pareció otra hora de fallido desarrollo de personajes, olvidable por completo. El octavo, en cambio, casi me compensó todo, con esa persecución terrorífica de la pobre Diana por esas niñas demoníacas, el único momento de auténtico horror de la serie entera. Y en el noveno y décimo la trama pisó el acelerador para terminar derrapando en un montón de clichés torpes y un desenlace que pretendía ser un clímax emocionante y en el que estuve más tiempo pendiente de una mota de polvo en el suelo que de la pantalla.

MÁS que los personajes, los géneros o las tramas, es el racismo la constante de la serie. El racismo como fuerza hostil, implacable, en cada rincón de cada calle de cada ciudad. Veamos esto un momento.

ANTE todo, no voy a negar la realidad del racismo ni su existencia, presente y bien viva. Si esta serie quiere ser un grito de la justa indignación de la comunidad afroamericana, no es un grito al cual yo discuta su razón de ser. Sin embargo, siempre he desconfiado del mensaje cuando secuestra la obra. Para que la obra sobreviva al mensaje y no se convierta en un simple panfleto, mucho genio ha de tener. Y esta serie no lo tiene.

HE aquí el problema, no el obvio maniqueísmo de “Lovecraft Country”, en la que no hay un blanco al que no den ganas de tirar al río ni por casualidad. Los héroes tienen sus aristas y no son perfectos. Los enemigos, los blancos, son monótonos, uniformes en su brutalidad, su injusticia, su desprecio. Pero, una vez más, si esto es una serie homenaje a lo pulp, ¿cómo va a ser de otro modo? Los enemigos en esas obras son siempre simples y uniformes. Recuérdese no pocas películas magníficas en las que los enemigos, por ejemplo los indios, eran tan monótonamente sanguinarios, hostiles y crueles como los policías y ciudadanos blancos de “Lovecraft Country”. Y si nos ponemos a comparar obras de ficción con realidad histórica, creo que esta serie aguanta mejor la comparación.

NO, el problema no es ése, son las ínfulas de gran obra sociológica, el didactismo que lastra la serie. “The Wire” o “Show me a hero” reflejan con mucha más inteligencia y sin concesiones el clasismo y el racismo que “Lovecraft Country”; la adaptación a televisión de “Watchmen” es considerablemente más hábil al inocular la problemática racial sin que suponga un palo en las ruedas de la acción. Quizá había un cierto temor en que, en una serie pulp, de simples aventuras, el no remachar cada segundo lo repugnante que es el racismo podría tomarse como una frivolización del mismo. No estoy de acuerdo, porque eso supone olvidarse de las normas que gobiernan cada género y el tono de cada cual. Usemos a los nazis, villanos perfectos, indiscutibles (bueno, eso querría uno). Cuanto más se profundiza y se estudia ese régimen, su ideología, su teoría y su práctica, más tenebroso resulta. Eso no impide que los nazis sean excelentes malos en las dos mejores películas de la saga de Indiana Jones. Nadie, supongo, cree que se frivoliza el horror del Holocausto ni de las tesis hitlerianas por presentar a los nazis como enemigos más bien tontos e indistinguibles unos de otros a los que el doctor Jones despacha a latigazos y tiros tras mascullar un sentido “¡Nazis! ¡Los odio!”. Claro que hay en ellas un enemigo de respeto principal tras las legiones que caminan al paso de la oca.

Y esto me lleva al último problema con la serie: unos buenos héroes hacen que una historia no necesite unos enemigos de altura para ser digna. Y un buen villano eleva una obra, incluso si el héroe no es para tanto. Pero si los héroes son del montón, sus enemigos son la nada con uniforme y no hay una gran figura malévola central, la aventura va a la papelera de la memoria. Un buen malvado importa. “Lovecraft Country” no lo tiene. La supuesta gran villana de la serie, Christina, igual que las heroínas, tenía potencial: una mujer privilegiada y gran hechicera, pero apartada del verdadero poder por hombres menores, precisamente por ser ellos hombres y ella mujer. Es un interesante (y nada irreal) punto de partida para una malvada despiadada y decidida a a cualquier cosa para lograr sus fines. Pero es tan carismática como un florero de plástico lánguido. Otro fallo. Otro bostezo.

DEMASIADOS bostezos. Ni el terror, ni la aventura, ni el drama ni la justa crítica nos deberían hacer bostezar. Si lo hace, es que la obra ha fallado. Por completo.

noviembre 1, 2020

La desconfianza como virtud

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:06 pm
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SI no me falla la memoria, George Orwell escribió que cada generación se considera más inteligente que las precedentes y más sabia que las posteriores. Es una buena cita para cualquiera que estudie, por afición o por profesión, Historia. Cualquier rama de la misma, incluida la rama política. Sabiendo que esto que voy a decir es fruto de incontables generalizaciones y que tendría que aplicar matiz tras matiz, el occidente europeo tuvo un momento breve en que pensó que efectivamente había logrado ser más sabio y más inteligente que los occidentes europeos previos y que los occidentes europeos posteriores sólo lograrían igualar esa sabiduría e inteligencia mediante una magnífica inacción, como diría Sir Humphrey Appleby.

ESE orgullo venía de haber creído alcanzar un sistema casi decente de organización social. Un sistema denominado en algunos textos como el Estado social y democrático de Derecho. Un sistema que creía haber logrado lo que, sistema tras sistema, cambio social tras cambio social, llevaba siglos y milenios tratando de hacer la Humanidad: lograr un sistema de eficaz control del poder. No era cierto, pero se acercó bastante, quizá más que en cualquier otra época anterior, con perdón del sistema gremial del Medievo.

HOY por hoy (quién sabe lo que pensaré mañana) este sistema cuenta con mi circunspecto apoyo. Y cuenta con él, entre otras, cosas, porque sólo admite apoyos circunspectos. Es un sistema que integra, o al menos lo pretende, las tres grandes generaciones de derechos y libertades, la liberal clásica, la social que vino con el movimiento obrero organizado, y la ecologista. Viendo cómo están o amenazan con estar las cosas en cuanto a libertades individuales, derechos sociales y estado del planeta admitamos que no hay grandes motivos para sacar botellas en celebración, aunque sí para vaciarlas.

UNO de los tributos que se pagan por envejecer es la pérdida de las ilusiones. Es un tópico, el cínico maduro sonriendo melancólico o sarcástico ante las esperanzas juveniles. Ahora bien, los individuos y las sociedades pueden envejecer inteligente o neciamente. Pueden avinagrarse o adquirir cuerpo y matices. Pueden renegar de toda esperanza, fe o ideal o pueden aprender a examinar las esperanzas, las fes y los ideales. Y pueden concluir que si bien tildar de locuras de juventud a todas las ilusiones es de un condescendiente insoportable, colocarse la pipa entre los dientes con aire escéptico ante una panda de predicadores subidos a cajas de naranjas vacías es un gesto respetable casi siempre.

LOS predicadores de las cajas de naranjas nos gritan que debemos eliminar al Estado y fiarlo todo al dinámico individuo, que debemos fiarlo todo al Estado, para que todo esté bien planificado, que debemos fiarlo todo a ese carácter que tiene nuestro país o raza o lo que sea que sea eso y que, ya ve usted, no tienen las demás razas o países, sean lo que sean eso. Esos predicadores nos observan con los ojos de Kaa y repiten que confiemos en ellos y sólo en ellos. Y lo hemos hecho y lo seguimos haciendo.

HE aquí un sistema que, en cambio, parte de rechazar todo entusiasmo y de condenar toda confianza. Este sistema no cree en el individuo. Este sistema no cree en las empresas. Este sistema no cree en la sociedad civil. Este sistema no cree en el Estado ni en el sector público. Este sistema considera que todos ellos son merecedores de la más completa desconfianza. Este sistema se diseña asumiendo que cada uno de sus elementos, si se le deja suelto, hará barbaridades. Por lo que no hay que dejar suelto a ninguno. Pero como establecer una especie de gendarme monstruoso va contra su propia esencia, establece que todos se deben vigilar unos a otros. El principio de divide y vencerás, aplicado a una sociedad. Para que la sociedad gane no debe estar unida, sino dividida. Porque la unión de la sociedad implica casi siempre el totalitarismo de una parte de la misma que ha logrado hacerse con todos los resortes de control.

PUEDE que les parezca exagerado, pero piensen que estamos (es una ficción, claro, como el Estado de Naturaleza de los viejos contractualistas sociales) diseñando una sociedad. Y, en esa sociedad, pensando egoístamente, imaginamos cómo garantizar nuestros derechos de la mejor manera en las peores circunstancias posibles. Es el célebre velo de la ignorancia, expuesto por John Rawls en su impresionante “Teoría de la justicia”, de la cual esto que escribo es una grotesca sombra simplista. No vamos a apoyar un sistema racista, imaginemos que somos de la raza equivocada. Ni un sistema clasista, imaginemos que somos de la clase equivocada. Etcétera, etcétera. Si no sabemos ni riqueza, ni raza, ni religión, ni sexo, ni género, ni nada de nada, buscaremos una sociedad en la que todo el mundo sea tratado de la manera más equilibrada, justa e igual posible, por puro egoísmo. No niego que exista el altruismo ni la generosidad. Pero para diseñar un sistema de relaciones sociales es mejor fingir que no.

ESTE sistema desconfiado, claro, desconfía de sí mismo. Instaura checks and balances. Es decir, obstáculos y sistemas de vigilancia y contravigilancia. Hace incómodo y difícil el ejercicio de poder. De todo poder. El del sector público y el privado. El ejecutivo puede hacer y decidir, pero de determinadas formas y dentro de límites claramente fijados. El poder legislativo, representativo y deliberante, decide y decide mucho, pero tampoco es todopoderoso. Los tribunales revisan decisiones y deciden controversias, pero sus pronunciamientos no se basan en su arbitrio. La propiedad no se concentra en manos de unos pocos. Las empresas no pueden hacer lo que quieran con sus trabajadores. Las sociedades y asociaciones influyen y dan voz a sus asociados, pero no pueden ahogar a las demás ni controlar al poder público.

EL diseño preciso de esta sociedad desconfiada exige mucho cuidado. Hay que calibrar muy bien cada regla. Y hay que evitar muchos peligros. Los grupos con tal o cual visión de la vida querrán que todos tengan esa visión de la vida. El Estado tenderá naturalmente a controlarlo todo. El Mercado tenderá naturalmente a devorarlo todo. Los cantos de sirena que nos piden confiar ciegamente en uno u en otro llevarán al poder de unos pocos sobre la mayoría. Pero también se corre el riesgo de instaurar una mayoría que aplaste a las minorías.

E incluso si logra evitar esos peligros y consigue una especie de equilibrio entre esas fuerzas opuestas, debe tener en cuenta lo que sabía Maquiavelo, que cualquier sociedad está siempre en desequilibrio. Este sistema con ínfulas de mecanismo de relojería no puede ser una máquina rígida, porque tiene que admitir dentro de sí a diferentes perspectivas y soluciones. La sociedad está dividida para evitar el totalitarismo, pero esas partes divididas han de poder cooperar o nada tendrá sentido ¿De qué sirve crear una red tan asfixiante que todo quede paralizado? Si la desconfianza lleva a la parálisis completa, el sistema social es un fracaso. Si lo que se pretende es cristalizar el status quo, tarde o temprano la presión de unos u otros hará que todo estalle en mil pedazos. Victor Hugo escribió que entre el bárbaro de la civilización y el civilizado de la barbarie, escogería al primero pero que, por suerte, no tenía que hacer esa elección entre terrorismo y despotismo. Una sociedad bien ordenada tiene que evitar colocar a sus miembros ante esa dicotomía a toda costa. La utopía es necesaria para evitar que una sociedad sea un marasmo, siempre que tengamos en cuenta que, por su propia naturaleza y etimología, ninguna sociedad llega jamás a ser Utopía.

TAL diseño del gobierno de las leyes más que de las leyes del gobierno deja, pues, su legítimo margen a la acción social y política. En política todo es tendencial, hasta cierto punto, y caben respuestas diferentes a los problemas, con las que cada cual estará más o menos de acuerdo, sabiendo que nadie tendrá la fuerza para convertir su respuesta en la única repuesta posible, aunque puede tratar de convencernos a los demás de que, en efecto, es la mejor.

SI la sociedad no logra esa justicia, esa flexibilidad y esa capacidad de cooperación, la desconfianza fría hacia todo que sirve como garantía puede deslizarse a una corrupción, la apatía. Y esa apatía puede llevar a la desesperación. Y la desesperación, como si esto fuera la vía del Lado Oscuro, puede llevar, como reacción, a caer en las redes de los predicadores de ojos hipnóticos, en las ilusiones exaltadas de la violencia y la fuerza bruta, del despotismo para proteger los privilegios propios o del terrorismo para hacer arder el mundo porque qué más dará.

SEMEJANTE sistema de organización escéptica no existe de verdad en ninguna parte del mundo. El occidente europeo es el que más se ha acercado al mismo, creo. Incluso cuando el sistema que había establecido era bien diferente en otros territorios que controlaba y administraba, porque las páginas de la Historia tienen ironías y sarcasmos en cada una de sus líneas.

VAMOS, sin embargo, camino de la demolición de lo que más o menos se había conseguido.

Mammon 1884-5 George Frederic Watts 1817-1904 Presented by the artist 1897

LOS intentos de domeñar la voracidad universal de lo privado han sido escasos o fingidos, mientras la brecha entre una minoría extraordinariamente privilegiada y una mayoría en diversos estamentos de pobreza no para de crecer.

LA intolerancia y la negación del otro avanzan. Los cauces de diálogo se secan. Se mezcla una auténtica dificultad para conversar con el discrepante con aspavientos de quien asegura ser una víctima de una inexistente persecución ideológica, cuando lo único que pretende es ser el centro de atención durante unos minutos.

EL sector gubernamental, siempre el más activo en lo público, da paso tras paso para orillar, cuando no derribar, toda cortapisa, interna o externa. Se atribuye poderes excepcionales, para estos tiempos excepcionales. Lo malo es que, tendencia natural, lo excepcional se convierte en usual. ¿Resulta ya extravagante que Francia lleve años en una situación legal de excepción? Los controles parlamentarios se desdeñan, desprestigiándose o ridiculizándose las asambleas representativas (buena parte del trabajo se da hecho si los miembros de esas asambleas se han ocupado de alcanzar ese desprestigio con un tesón digno de ser admirado). Los tribunales y quienes ante ellos trabajan se controlan políticamente, se demonizan mediáticamente, se saltan normativamente o todo ello a a la vez. Las formas y las normas se dejan de lado por poco prácticas, por enojosas, por no permitir la agilidad en la toma de decisiones, cuando, justamente, fueron creadas para impedir que determinadas decisiones pudieran tomarse con desenfadada agilidad.

Y, de fondo, como siempre, las sirenas elevan sus voces. Pidiendo a cada uno que confiemos en ellas. Ni las ligaduras que nos atan al mástil ni los tapones de cera son infalibles. Oímos los cantos. Y quizá muchos marineros ya hayan caído, otra vez, en uno u otro encantamiento.

octubre 22, 2020

“Borgen”: siempre nos quedará “El Ala Oeste”

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 2:44 pm
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En el firmamento del subgénero de series políticas (o, más bien, sobre política) hay dos portentos: la radiante estrella que es “El Ala Oeste” y el agujero negro implacable formado por esa triada tenebrosa: “Yes, Minister”, “The Thick of It”, “Veep”. Entre la luz de una y la oscuridad de las otras hay planetas, satélites y algún asteroide despistado.

“Borgen” es una serie del subgénero que sin duda está alejada del agujero negro y sus aledaños. No hay nada en ella que recuerde al cinismo irónico y afilado de “Yes Minister” y su secuela “Yes, Prime Minister” (para mí, la secuelas es, simplemente, las dos últimas temporadas de la serie) ni mucho menos a la mordacidad cruel y al sarcasmo tenebroso hasta el nihilismo más negativo de las series del gran Armando Ianucci. Así que orbita hacia el otro foco, hacia la Casa Blanca del Presidente Bartlet, empeñada en demostrar lo que un puñado de ciudadanos dedicados puede hacer por el bien público. ¡Cuánto desea llegar a ella! Pero no lo consigue.

No me entiendan mal, “Borgen” es una serie entretenida y en absoluto mal hecha. Es aceptable. Incluso digna, en ocasiones. No obstante, se desliza hacia lo anodino, hacia lo olvidable. Llevo dos temporadas y dudo mucho que recuerde gran cosa de ella dentro de un par de años.

La premisa tiene su atractivo: tras una serie de piruetas inesperadas, el Partido Moderado de Dinamarca está en posición de lograr un gobierno de coalición. La líder de los Moderados, Birgitte Nyborg, puede lograr el sillón, si logra pactar con los partidos a su izquierda. Había aquí un interesante punto de partida: un partido de centro negociando con diferentes fuerzas de izquierda, mientras liberales y conservadores esperan regresar al gobierno, con la extrema derecha vociferando de cuando en cuando. Podía mezclarse una interesante exposición de cómo funciona un sistema parlamentario continental, aderezado con desencuentros en la coalición, choques de ego, negociaciones con la oposición, algún escándalo inesperado y debates sobre Grandes Temas Eternos o, sin llegar a tanto, graves problemas políticos reales y que conocemos bien (desde la sanidad y la educación a los flujos migratorios, la justicia fiscal o el cambio climático, por ejemplo).

¿No hay nada de eso en “Borgen”? Por cierto que lo hay. ¿Entonces? Pues que la política, en esta serie, acaba siendo una excusa para el melodrama personal.

Veamos, la serie tiene tres escenarios esenciales: la oficina de la Primera Ministra, la casa de la Primera Ministra y la redacción de una cadena de noticias. Birgitte Nyborg es el personaje principal en los dos primeros escenarios. Katrine Fonsmark, una periodista con ansias de destapar algún Watergate, idealista, tozuda y honesta, el personaje principal de la tercera. Como puente, el asesor de prensa de Nyborg, Kasper Juul, con una relación pasada y presente y futura, quizá sí, quizá no, con Fonsmark.

En todos estos escenarios se habla de política, de un modo cada vez más y más esporádico, cada vez más y más general o irrelevante. Las tramas políticas dejan de ser centrales y se ponen al servicio de los dramas personales. Lo que le importa, esencialmente, a la serie, es que los hijos y el marido de Nyborg se resienten en sus propias vidas al estar su madre y mujer lidiando con los asuntos públicos y que Katrine y Kasper danzan el uno con el otro y todos sabemos que acabarán juntos. Y además, Kasper tiene un pasado secreto que, por supuesto, es muy trágico.

Y lo que logra la serie del espectador son bostezos. Y, a veces, bostezos furiosos. Porque, realmente, estos personajes le importan un bledo.

Uno de los muchos, muchos aciertos de la obra maestra de Aaron Sorkin fue lograr que los espectadores nos encariñásemos con los personajes. Más con unos que con otros, claro, pero con C.J., Toby, Josh, Sam, Donna y no digamos Leo y el Presidente había una mezcla de cariño, estima y admiración. Reíamos y sufríamos con ellos. Dándole la vuelta a la frase de Ainsley, la abogada republicana, puede que ninguno de nosotros soñara con trabajar en la Casa Blanca, salvo justo en esa Casa Blanca. Nadie podría soñar trabajar en Borgen. Los ministros, funcionarios, secretarios y asesores que aparecen son nadas con piernas. Apenas tienen personalidad y desde luego carecen de interés. Tampoco los rivales políticos de Nyborg merecen excesiva atención. Ni ella misma.

Por eso, entre otras cosas, naufragan las subtramas personales. Porque si las personas a las que les ocurren nos resultan indiferentes, lo que les ocurra nos parecerá irrelevante. Por otro lado, tampoco es que sean unas subtramas que se eleven mucho de un culebrón de sobremesa. Y, en fin, teniendo en cuenta que uno de los puntales de la serie, Kasper, es interpretado por Pilou Asbaek (el insoportable Euron Greyjoy de las infames últimas temporadas de “Juego de Tronos” o el repelente Didirch de la impresionante, aunque irregular “1864”), aún más estomagantes se hacen esos muchos minutos malgastados.

Por supuesto que ser Primera Ministra de Dinamarca tiene un coste personal y familiar y claro que eso puede ser un interesante aspecto secundario. No obstante, cuando los problemas en casa ocupan más metraje que los problemas en el Parlamento, este tipo de serie ya no es lo que quería ser. O fingía querer ser. Aún menos si ni en el Parlamento, ni en el Gobierno ni en los pasillos hay una escena realmente poderosa.

Porque, de nuevo frente a “El Ala Oeste”, no hay aquí una diálogo memorable, una escena que permanezca en el recuerdo, un episodio trepidante o dramático. No hay nada de humor (y el humor era tan, tan importante en la creación de Sorkin). No hay épica ni lírica. Ni filosofía ni ética. Ni enfrentamiento entre el ser y el deber ser. No hay nada, realmente. Hay muchos intentos de algo, pero la cuerda de la risa, de la emoción o de la inteligencia fría quedan sin pulsar.

Puede que tanta comparación con “El Ala Oeste” les parezca injusta. Sin embargo, “Borgen”, desde su notable piloto y en algunos episodios en que, por así decir, lo intentaba de verdad (por ejemplo, el episodio en el que hay que elegir entre entregar a un disidente y posible terrorista a una dictadura o perder un lucrativo contrato energético o los capítulos de la cumbre internacional para poner fin a una guerra civil en Sudán… perdón, un país africano imaginario), quería aguantar la comparación. En esa gran serie quería verse reflejada.

Ha sido pesada en la balanza y, como el rey Baltasar, hallada falta de peso. Lástima.

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