Con un vaso de whisky

diciembre 13, 2018

Apuntes breves sobre Sabrina y sus tibias aventuras

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:42 pm
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   Como ando un poco liado con varias cosas y, en mi humilde y muy discutible opinión, “The Chilling Adventures of Sabrina” no da para una reseña muy detallada, me voy a limitar a dejarles aquí una lista más o menos desordenada de impresiones sobre la serie de Netflix; para mí, una de las pequeñas decepciones del año.

    -En primer lugar, jamás he leído los cómics en los que se basa la serie, ni los de Sabrina ni los de Archie, la matriz, así que no tengo ni la más remota idea de si la producción de Netflix es o no fiel a la obra original; ni tampoco sé si sería loable o deplorable la lealtad.

    – La sitcom que llevó a la televisión por vez primera a Sabrina Spellman es, en mi recuerdo, una de las comedias más infames que he tenido el disgusto de afrontar. De modo que estaba inmunizado contra esos accesos de nostalgia manipuladora que otros, según leo, han sufrido al ver esta nueva encarnación.

    -Juicio global, la serie me ha resultado entretenidilla, bastante tonta en ocasiones, no mal hecha formalmente y desde luego olvidable por completo.

   -Dirección, fotografía, vestuario y banda sonora, funcionales y a ratos dignas (la banda sonora, quizá lo peor). En cambio, las actuaciones… abismales, en general. No ha habido ni una interpretación que me haya parecido salvable del Gulag. Ni siquiera, con gran dolor lo escribo, la de Kiernan Shipka, que tan bien llevaba su papel en “Mad Men”, con momentos de brillantez indiscutible. No entiendo muy bien qué ha pasado, incluso admitiendo que Sabrina es un rol menor comparado con Sally Draper. El resto… o actuación de cara de palo o sobreactuación vergonzante. Con la excepción mínima de la abuela ciega de la mejor amiga de Sabrina.

    -Hay alguna secuencia de magia y hechicería simpática. El espantapájaros que persigue a Sabrina por el laberinto de maíz quizá sea el bicho más resultón.

    -La relación entre las tías de Sabrina tiene su aquel. Pero, una de dos, o Zelda le rompe a Hilda la crisma de una vez y para siempre o Hilda envenena el té de Zelda. O, mucho mejor, que Zelda le rompa la crisma a Hilda luego de beberse el té envenenado.

   -El humor es casi inexistente, salvo puerilidades como agarrar frases típicas de distintas iglesias y darles un pequeño cambio satanista (“Praise the Dark Lord”; “unholy feast”; cosas así). Sólo me he reído en los momentos de supuesta profundidad emocional o socio-ideológica-teológica.

   -Entiendo que esto es una simple serie de aventuras y no pretende graves debates sociales, morales y religiosos. Pero no debería amagar tanto en tocar Temas y luego hacer una chapuza con los diálogos o las situaciones.

   -El director del instituto es un cretino machista, cansino e indigno de la Villanía y todo lo malo que le pase es poco. Como personaje en obra literaria, claro.

   -Ando un poco perdido en cuanto a la organización del culto satánico de la serie. Da la impresión de que cada congregación brujeril va un poco a lo suyo, como las iglesias evangélicas estadounidenses, porque el personaje de Michelle Gomez (aunque mienta más que habla) asegura ante brujas veteranas que pertenecía, no a su Iglesia de la Noche, sino a la Iglesia de las Sombras, en otro pueblo, y nadie mueve un músculo. Claro que entonces no sé qué rol tiene el Sumo Sacerdote como vicario infernal, a lo papa diabólico, salvo que en realidad sea un simple reverendo diabolista con ínfulas. Ni tampoco tengo muy claro las reglas de elección de nuevo Sumo Sacerdote, viendo que el padre de Sabrina ocupaba el cargo, pero a su muerte pasó al discreto Faustus Blackwood y todo el mundo asume que los hijos de éste tienen derecho a reclamar el título, cuando el padre vaya al amoroso seno de Belcebú.

   -Los amigos mortales de Sabrina sólo son sobrepasados como generadores de tedio por los amigos o enemigos, dependiendo del día, brujeriles de Sabrina.

   -La serie tiene un notable problema de ritmo y de estructura de fondo. Los primeros capítulos nos introducían con cierta rapidez en el mundo y todo lo que pasaba nos arrastraba a un momento cumbre: el Bautismo Oscuro de Sabrina, teniendo este arco una coda de cierto interés al negarse la protagonista a firmar el Libro de la Bestia y ser una más del cónclave. Pero una vez que las partes llegan a un acuerdo más o menos de equilibrio para las dos naturalezas de Sabrina, entramos en una serie de episodios sin sentido y llenos de bostezos, a lo Harry Potter, hasta que Miss Wardwell, la mala principal, más porque se acaba la temporada que por lógica del relato, fuerza un clímax final que es un poco anticlimático, todo sea dicho.

   -¿Qué demonios añade el primo Ambrose?

   -Las referencias y guiños a folklore, magia, religión y cultura popular son bastante perezosas. Un Daniel Webster que no tiene anda que ver con el relato ni la película original y cuya historia aquí es risible (¡Ooooh, un joven abogado que hace un pacto con el Diablo y empieza a defender y liberar culpables! ¡Qué escándalo!). Un brujo llamado Nick Scratch (Nick es uno de los muchos nombres del demonio; Mr. Scratch era como se hacía llamar Lucifer, justamente, en “El Diablo y Daniel Webster”). Una Lillith que se supone gran revelación y logra un mínimo arqueamiento de ceja porque, en realidad, importa un bledo que sea ella. Da la impresión de que los guionistas pusieron en un buscador “referencias al diablo” y empezaron a tomar notas.

   -Michelle Gomez está aquí un poco más contenida que en “Doctor Who”, en la que es responsable de una de las encarnaciones más histriónicas (para mal) de The Master, el archienemigo del Doctor. Y es lástima, porque su trama es la más interesante de la serie: en vez de ser una historia de “Camino del Héroe” o de la Heroína, en este caso, se nos presenta una historia de corrupción. Miss Wardwell trata de convertir a Sabrina en la paladín de las Tinieblas, la perfecta servidora del Demonio (lo cual, al parecer, y pese a que tantos personajes relativamente positivos de la serie sean fieles creyentes en Satán, sigue siendo algo no muy bueno). El problema es que durante un buen tercio de la serie esto queda muy difuminado y en el trayecto final se trata de recuperar el tiempo perdido, con resultados discutibles.

-En general, la serie me ha recordado bastante a “Buffy, the Vampire Slayer”, sin sus ridículas peleas. Y dado que yo no soporto ni a Buffy ni a la obra del señor Whedon en general, no es muy sorprendente que Sabrina y sus compinches no vayan a seguir acompañándome en el futuro.

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noviembre 27, 2018

Manchester, 1973

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:24 pm
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    Me llamo Sam Tyler. Tuve un accidente y desperté en 1973. ¿Estoy loco, en coma o he viajado atrás en el tiempo? Con estas palabras comienzan los títulos de crédito de cada episodio de “Life on Mars”, una serie británica de la que me habían llegado rumores bastante elogiosos. Así que, cuando me vi forzado a subsistir sin conexión a internet durante un tiempo, la edición en DVD que estaba disponible en una biblioteca municipal vino a ayudarme a llenar algunas horas de ocio. Y, siendo proclive, por las circunstancias, a mirar con simpatía este auxilio pre-streaming, el veredicto es un tibio “bueno, no está mal del todo”. Lo cual, lo admito, no es la introducción más seductora.

    La premisa de la serie nos la explica su mismo protagonista, como ya les he traducido con mayor o menor precisión. Sam Tyler, inspector jefe (Detective Chief Inspector en inglés) de la policía de Manchester es atropellado y cuando recobra el conocimiento sigue en Manchester, pero no en 2006, sino en 1972, degradado a inspector (Detective Inspector), supuestamente trasladado desde una comisaría de Hyde, de acuerdo con sus papeles, desarraigado por completo de su existencia y, para mayor martirio, con un guardarropa de lo más hortera.

   ¿Qué demonios ha pasado? Las hipótesis nos las plantea él mismo: o bien su vida en 2006 es una alucinación y su realidad es la de 1973; o bien está en coma y en medio de un delirio o sueño; o de algún modo ha viajado en el tiempo. Los guionistas, con un ejercicio de soberanía rayando lo arbitrario, nos dejan encerrados en ese estrecho círculo de posibilidades. Pero, qué quieren, no se nos explica por qué Tyler no puede haber cambiado de universo, como si hubiera traspasado una de las cajas del profesor Farnsworth. O haber sido abducido por hombrecillos verde-grisáceos. O ser parte de una vasta trama cósmica en la que se mezclen los Primigenios, dioses del Olimpo poco dispuestos a la jubilación y algún arcángel que pasara por allí. Nada. Hay que asumir que sólo hay tres opciones en el menú. Puro autoritarismo.

   La serie se sustenta en dos grandes pilares: la resolución de la Gran Incógnita y el desajuste de Tyler a la realidad de los años setenta. Dentro de este segundo pilar es donde podríamos encajar dos columnas secundarias, a saber, la resolución del caso policíaco del episodio y la evolución de la relación entre Tyler y el resto de personajes de la serie, en esencia sus compañeros de comisaría. Bien y en John Simm, el actor que encarna Tyler y tiene que actuar en cada escena de cada episodio. Un actor competente, que a mí me suele gustar. Aunque prefiero mil veces su interpretación de The Master, el viejo enemigo del Doctor, en “Doctor Who”, que este policía tiquismiquis.

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   Los casos policíacos no están mal, resultan entretenidos, pero no soy un espectador con mucho gusto ya por los procedimentales de episodios autoconclusivos y en “Life on Mars” hay mucho de este tipo de series. No es algo que reproche objetivamente, es una simple cuestión de gustos, aunque admito excepciones en esta tendencia mía (varios episodios autoconclusivos de series como “Expediente X” o “Justified” me gustaron y me gustan mucho). Parte de la gracia en estos casos está en la extrañeza de Tyler ante los, para él, muy desfasados métodos policiales y las, para sus nuevos compañeros, excentricidades del recién llegado ¡Grabar en un magnetófono las declaraciones de los testigos y sospechosos, cielo santo! ¡Dar importancia a la policía científica! ¡No poder soltar un par de puñetazos al sospechoso para ablandarlo ¡A dónde vamos a llegar!

   En este, digamos, desajuste de metodologías había una veta. No se sabe aprovechar. Y no se aprovecha porque la serie no sabe qué tono emplear. ¿Debe Tyler irritarse ante sus colegas menos sofisticados, dando al asunto un aire de farsa? ¿Debe horrorizarse ante lo que son flagrantes abusos de autoridad, racismo, brutalidad policial y hasta tortura? ¿Tiramos más hacia la comedia ligera o hacia la reflexión social o intentamos mezclar ambas? Sospecho que se intentó la tercera opción, lo cual es excelente cuando se hace bien y un desastre de diferentes dimensiones cuando no. En este caso, es más bien un pequeño desbarajuste. No tiene sentido que Tyler prácticamente amenace con dejar el cuerpo o detener a los policías locales y, en el episodio o escena siguiente, ante conductas iguales o similares, su reacción sea la del Payaso Triste ante una torpeza del Payaso Tonto, buscando así la serie la sonrisa o carcajada del público. La serie se vuelve inconsistente, incoherente, sin que esto esté buscado.

   Algo muy similar ocurre en las relaciones de Tyler con los demás policías, sobre todo con los dos secundarios principales.

   Consideremos primero a Liz White, personaje soso y estomagante. Parece que está ahí para cubrir una cuota, pero de cansinez. Supuestamente una mujer inteligente y capaz, hasta con una licenciatura en psicología, condenada a un puesto inferior por el machismo imperante (hasta ahí, compro), es un personaje sin gracia, ni iniciativa, ni capacidad de actuación independiente. Liz no hace nada de nada sin Sam Tyler. Por ahí he leído que su relación con Tyler es a ratos de madre, a ratos de hermana y a ratos de posible novia o amante. Nada tengo yo contra las madres, las hermanas, las novias y las amantes. Ahora bien, por todos los santos, que las madres, hermanas, novias y amantes pueden ser y de hecho muchas, en la ficción y en la realidad, seres de respeto, negativos o positivos, pero de respeto. La pobre Liz es un cero pasivo a la izquierda de Tyler. ¡Y ni siquiera nos da una razón para ello! Sam le suelta en el primer episodio (a los cinco minutos de conocerla) que en realidad es un policía del siglo XXI, y que o ha viajado en el tiempo o todo lo que hay a su alrededor, incluyendo al propia Liz, como ella le hace notar, no existe y, en vez de llamar a los chicos de las batas blancas o de sonreír, dar media vuelta y no acercarse a ese chalado en la vida, sigue estando a su lado, una y otra vez. Como si soltar esa locura fuera equivalente a llevar corbata con camisa de manga corta, algo enervante, aunque no justifique cortar relaciones profesionales (o, si uno es muy tolerante, hasta personales). Un desastre. Y de su flirteo durante las dos temporadas no digo más, que me atraganto. Deplorable.

   Queda un personaje. El sheriff de Manchester. El DCI Gene Hunt. La contrapartida de Tyler. Directo, brutal, grosero, alcohólico, implacable y para quien las normas y procedimientos son algo opcional y se acatan mientras no molesten demasiado. Como no he tenido tratos con la policía de Manchester en los setenta ni he leído mucho sobre el tema, desconozco si es un retrato fidedigno del típico inspector jefe de la época. Bien pudiera ser, aunque Hunt tiene algo de caricatura. Aún así, es un personaje llamativo y Philip Glenister sabe sacarle el jugo que tiene. Una escena con Hunt es siempre más sabrosa que una escena sin Hunt.

   El problema es que se pretendía una suerte de mutua contaminación entre Tyler y Hunt. Vamos, lo que hizo Cervantes con Don Quijote y Sancho y luego se ha repetido por casi todos los escritores posteriores. Y aquí pasa algo similar con el desajuste socio-temporal. El horror claro de Tyler en un inciio se va trcado en un reluctante respeto y hasta en una amistad inesperada (inesperada para los personajes, los espectadores lo ven venir de lejos)… para dar saltos ilógicos y caprichosos de vuelta al horror del inicio y de ahí a la amistad y a la reluctancia yasí seguimos hasta casi el final de la serie. Y lo mismo ocurre con Hunt: de no aguantar al sabihondo estirado pasa a considerarlo su protegido hasta que en una escena cualquiera vuelven a pelearse como hacía cinco episodios más atrás. No estoy hablando de grises, de ambigüedades en la relación. Los guionistas hacen que se lleven como el perro y el gato o como hermanos fraternos como quien enciende o apaga una bombilla.

  Queda la Gran Incógnita. Y aunque era muy consciente de que era la zanahoria de la serie y sospechaba que cuando se diera la solución ésta sería más bien un conejo sacado de un sombrero en lugar de un rompecabezas cuyas piezas se nos hubieran ido ofreciendo, es la parte que más disfruté. Pero sólo por ella misma, no por quién estaba en el laberinto. De hecho, lo que le ocurriera a Sam Tyler me daba igual, porque Sam Tyler nunca me importó un bledo. Aún así, era entretenido verle busca pistas en sus encuentros (¿casuales?) con gentes de su pasado. Su padre. Su madre. La madre de su futura novia. Delincuentes con los que tratará (¿o trató?). Y oye voces, con mensajes crípticos. En una emisora de radio. En un programa de televisión. En una llamada de teléfono. En pesadillas. Y sólo él escucha esas voces. Las escenas en las que parece que la realidad setentera se resquebraja son las más interesantes y formalmente dignas de la serie. Mi demonio particular de Tyler favorito es una niña con un globo rojo y un payaso de peluche que aparece en la carta de ajuste de la televisión, a las tantas de la madrugada.

   Finalmente el misterio se resuelve. Sin destripe, es una de las tres hipótesis que nos han estado repitiendo todo el rato. Primero se amaga con darnos una que no encajaría con demasiados detalles de la serie y, finalmente se nos revela la verdad. Casi seguro. El epílogo de la serie es un tanto contradictorio con todo lo que se ha estado mostrando previamente y con la psicología de Tyler. No lo puedo discutir con detalle sin desvelar buena parte de la trama y ya me he extendido más de lo que pretendía. Diré, sencillamente, que me quedó la sensación de estar ante un final que pretendía ser al mismo tiempo irónico, ambiguo y abierto y que, al contrario, me dejó una regusto de truco barato y un tanto incoherente.

   Como ven, no puedo, de buena fe, decirles que la estancia en Manchester, 1973, sea memorable. Pero, en fin, si no tienen otro lugar que visitar…

julio 12, 2018

Los ladrones van a la Fábrica

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 3:53 pm
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   Está empezando ser un lugar común el decir que la Era Dorada de la Televisión ya empieza a decaer en Estados Unidos y Reino Unido pero comienza en España. Como es un lugar común, no vamos a emplearlo. Admitamos, no obstante, que la calidad media de las producciones españolas va mejorando y que, de vez en cuando, aparecen cosas dignas. “La casa de papel” es una de esas cosas dignas. Dignas, no geniales. No acabo de entender muy bien que haya alcanzado el estatus de fenómeno en Francia o en varios países sudamericanos. Pero, eh, que un servidor cayó en su día en la trampa de “Perdidos” (aunque la acabó de ver ya por pura curiosidad de hasta qué punto era todo una engañifa), así que tampoco está para mirar a nadie por encima del hombro.

   “La casa de papel” es una serie muy entretenida, con un ritmo bien mantenido, formalmente más que respetable y con destellos de brillantez. ¿Tiene errores? Los tiene y haremos escarnio de ellos. Sin embargo, vaya por delante, antes de meternos en el campo de los destripes: si buscan entretenimiento de calidad, recomendada queda.

   Resumen muy básico y con pocos spoilers: un grupo de ladrones, siguiendo los planes de un individuo que se hace llamar el Profesor, se infiltran en la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, la Real Casa de la Moneda, con toma de rehenes incluida, siendo cercados por la Policía al poco. La serie va siguiendo la ejecución del delito y sus vicisitudes, con ciertos saltos al pasado en los que se explica la preparación y planificación del mismo.

   A partir de aquí, sí, nos meteremos con personajes, trama y demás. Así que ya saben. Bajo su propia responsabilidad.

   A mí me gustan las películas de atracos. Desde “Atraco perfecto” no me encontraba con una idea tan ingeniosa como la que propone esta serie: fingir un atraco que sale mal para poder llevar a cabo el auténtico plan, es decir, imprimir un botín mucho mayor, alargando el sitio policial el máximo tiempo posible, y huir con él. Roza la genialidad. El meticuloso plan del Profesor quizás es lo que más me gustó de la serie. Es un plan muy pensado y minucioso, que tiene previstas casi todas las eventualidades. Lo que parecía un hueco clamoroso al final de la primera parte se revela en la segunda como una trampa más para la policía (lo cual era deducible, porque no podía admitirse tamaña torpeza en un tipo que nos habían vendido como un planificador de primer orden).

   Es sabido que los planes de batalla no sobreviven al contacto con el enemigo y que en las series y películas de atracos algo tiene que torcerse. Y aunque aquí esto también ocurre, durante buena parte de la primera parte de la serie el plan funciona, preciso e implacable, sin que el interés del espectador se resienta, más bien la contrario. Hay un cierto placer retrospectivo en las escenas en las que el Profesor explica a sus cómplices en el pasado (el presente para el espectador) qué es probable que haga la Policía y qué van a hacer ellos entonces. Los guionistas son buenos escritores y buenos urdidores.

   Cuando las cosas empiezan a no ir del todo bien hasta rozar el desastre completo para los atracadores (por llamarlos así), la tensión va siendo cuidadosamente aumentada. Y aquí se tomó una decisión muy inteligente: convertir al personaje que cumplía el arquetipo de planificador pasivo en un arreglador que tenía que ir taponando vías de agua una tras otra. El riguroso arquitecto convertido en un malabarista improvisador. El Profesor me resultó casi mejor personaje una vez sometido a esta transformación que antes y eso que antes ya me gustaba mucho.

   La mayoría del resto del reparto (tanto actores como personajes asociados) pasa el examen con notas altas. Si esto es una partida de ajedrez, analogía socorrida pero que tiene su sentido, frente al Profesor había que poner un rival de altura. Y la serie es lo bastante habilidosa como para hacerlo. Siendo casi inevitable que las simpatías iniciales de los espectadores estén del lado de los ladrones (y allí seguramente se mantengan hasta el final en muchos casos) es necesario, por el bien de la tensión, que entre la Policía haya buenos personajes. En realidad, sólo hay uno, pero logra equilibrar la balanza dramática.

   La inspectora Raquel Murillo es una buena antagonista. Es lista, es decidida, es humana. Una mujer en la Policía, íntegra y profesional, aunque sobre ella esté la sombra del maltrato por parte de un ex marido miserable (también policía, respetado, parece que con razón, en su trabajo) y la aún más insidiosa de que el maltrato se lo ha inventado ella por venganza. Es razonable que muchos espectadores sientan que sus lealtades vacilan o incluso varían con Raquel como jefa del otro bando del juego. Más si se compara a la inspectora con el repelente coronel de Inteligencia.

   Los atracadores, pese a todo, son los personajes más pintorescos y retienen la atención. Moscú y Denver forman una pareja curiosa y su relación de padre e hijo funciona bastante bien. De hecho, es la mejor relación de toda la serie. La risa de Denver, que al principio se me hacía inaguantable, terminó por hacerme gracia y realmente es de los detalles que hacen creíble a un personaje.

   Nairobi tarda en adquirir peso. Pero cuando por fin da un paso al frente (¡viva el Matriarcado!) es casi mi favorita. El guión le da una motivación que casi todo espectador puede comprender y estimar para meterse en este lío, un hijo al que quiere recuperar, y Alba Flores la interpreta estupendamente, con simpatía, gracia y mala leche cuando se tercia. Además, le ponen al lado un terciario entrañable, el señor Torres, el cual, sin decir casi palabra, se me hizo un hallazgo.

   Lo que impide que Nairobi sea la número uno dentro de la Fábrica es el despiadado Berlín; por otro lado, es tan comprensible como satisfactoria la relación entre el respeto reluctante y la animadversión clara entre Nairobi y Berlín. Hombre de hielo sonriente y cínico, implacable y mordaz, Berlín hubiera sido un villano perfecto en una serie más maniquea. Aunque en algunos momentos la interpretación de Pedro Alonso se me antojó un tanto histriónica, saca adelante el papel con clase. Al ser el personaje menos vulnerable desde el punto de vista emocional o mental, se le otorga una debilidad física que ni le absuelve ni le justifica, pero le concede cierta dignidad estética. Si a uno le cae Berlín es porque es un hijo de puta, no pese a serlo.

   Precisamente por eso, que sea el hermano del Profesor me pareció una revelación un poco artificial, demasiado de culebrón. La historia del porqué del atraco, de a quién se le ocurrió el plan del Profesor ya daba bastante trasfondo emocional al personaje de Álvaro Morte. Y si algo no necesitaba Berlín (al contrario) es un trasfondo emocional. Aunque ver al profesor y a Berlín, copa en mano, cantando “Bella Ciao” casi lo compensa.

   Pero, ay, en la Fábrica también está Río. Y Tokio. Y aquí uno ya decide sacar el hacha.

   Río es insustancial y cansino. Como personaje es una nulidad: si lo quitas ni te enteras. Sus funciones se hubieran podido pasar a otro personaje (yo se las hubiera dado a Helsinki) sin problemas. Que Río sobreviva es una de las decepciones de la serie.

   Aún mayor es que lo haga Tokio. Esta no es una nulidad, sino una rémora. Eliminar a Tokio no hubiera dejado la serie igual, la hubiera mejorado considerablemente. El personaje es inaguantable y estúpido. Una de las preguntas que me gustaría hacer al Profesor es: ¿por qué Tokio? ¿Qué aporta a tu plan? Porque no hace nada de nada, salvo molestar y fastidiar cuanto toca. Para controlar la situación dentro está Berlín; para que la impresión de los billetes sea impecable, Nairobi; para hacer agujeros, Moscú y Denver; para galimatías informáticos, Río (podría no estarlo, pero está, vaya); para pegar tiros y dar pescozones, Oslo y Helsinki. ¿Para qué, en nombre de Hans Gruber, queremos a Tokio?

   Como recurso narrativo, voz en off que va explicando desde un futuro inconcreto lo que pasó en el atraco, tampoco es imprescindible; se podría haber puesto casi a cualquier otro: desde Raquel al Profesor o incluso, hubiera sido interesante, haber ido variando de perspectiva. Pues no. La insufrible voz de Úrsula Corberó nos martiriza desde el principio hasta casi el final. Madre mía. Qué cansinez de actriz, de actuación, de personaje.

   Entre policías y ladrones están los rehenes. Aquí la cosa está bastante repartida. Además del querido señor Torres, básicamente hay tres rehenes con algún interés.

   Arturo, el director de la Fábrica, me resultó el más interesante. Secundario negativo y desagradable, no le puede caer bien a nadie: su presentación tanto antes del asalto como en los primeros compases está pensada para que nos sea antipático. Y aunque nunca se recupera de ello, aunque sea viscoso y cobarde, tiene sus momentos de dignidad, de inteligencia y es el único de los rehenes, el único, que es activo, tratando de escapar una y otra vez. Es justo decir que las acciones de Arturo causan más quebraderos de cabeza a la banda de ladrones que las fuerzas del orden.

   Alison Parker tiene importancia como una pieza en el plan de Profesor. Así debería haber sido tratada. Los intentos, desechados, por fortuna, de convertirla en un personaje de cierta entidad eran sonrojantes. Es estomagante, sólo un poco menos que Tokio. Aparte que es absolutamente imposible creérsela como la hija del embajador británico en España. Absolutamente imposible.

   Mónica Catzambide tenía más potencial. Desaprovechado. Hubiera sido un personaje desgraciado perfecto: la amante de Arturo, abandonada por éste, que acaba enredada en el atraco y con uno de los atracadores, teniendo que acabar mal su periplo. La idea de que la atracción de Mónica por Denver fuera un ejemplo de síndrome de Estocolmo tenía bastante más sentido y gracia que lo que, por desgracia, se decide: convertir a estos dos en una pareja que acaba junta y feliz. Absurdo y edulcorado.

   Pero no es sorprendente porque uno de los mayores fallos de la serie está, justamente, en las relaciones. Hay demasiadas y demasiado tontas. La de Tokio y Río es vomitiva y una razón más para cargarse a ambos personajes. La de Mónica y Dénver podría haber sido turbia, pero no se quiso. Se amagó con otra, que apenas se desarrolló y que tenía muchas posibilidades tenebrosas, la de Berlín con una rehén a la que utiliza; esa relación basada en el terror podría haber sido muy curiosa, pero no se le dio espacio, ante el tiempo que ocupaban las demás, así que resultó, desde mi punto de vista, un error. Para dejarla a medias o ni eso, ni te molestes con ella.

   La gran relación de la serie es la del Profesor con Raquel. Resulta previsible, pero está mejor llevada de lo que yo esperaba. Aunque albergaba la esperanza de que el Profesor no estuviera de verdad enamorándose de su adversaria, acepté sin mucho dolor que así fuera. Hasta daba más gracia a sus conversaciones telefónicas. Sin embargo, cuando Raquel descubre (a la segunda o tercera vez, esto también es una repetición de recursos de guión discutible) la identidad de su novio, la serie derrapa que da gusto.

   La inicial reacción de Raquel es la comprensible, la coherente con el personaje: este desgraciado me ha estado utilizando, me ha manipulado, me ha engañado, ha logrado que baje la guardia, se ha infiltrado en mi intimidad física y emocional y por su culpa lo puedo perder todo, carrera profesional, estima de mis compañeros y hasta la custodia de mi hija. La rabia y la desesperación de Raquel y su implacable determinación para cazar al cerebro del atraco son entendibles y apropiadas.

   Lo que no lo es en absoluto es el giro ridículo del final, que además se enlaza con otro fallo de la serie. Vamos a ver, ¿alguien compró que Raquel cambie su sistema de valores y sus paradigmas vitales por la chorrada de discurso de dos líneas del Profesor sobre la crisis económica y el rescate a los bancos? Para eso hubiera sido necesario presentar a una inspectora con muchas más dudas que la que se nos había presentado hasta el momento. Que Raquel encubra al Profesor y luego se vaya con él al Trópico (aunque permita ver un sombrero panamá en la escena final) es una tontería de cuidado.

   Igual que lo es el intentar convertir a los ladrones en Robin Hood y sus alegres hombres de Sherwood. La motivación de la banda nunca fue política o social. Podría haberlo sido (de parte, quizá) pero no era el caso. Sus motivos eran todos personales con la codicia como denominador común. La idea de que esto pudiera tener un valor reivindicativo es una tontería, porque en ningún momento se vende a la opinión pública como tal por parte de los atracadores, ni siquiera como una estratagema más. Así que no sé de dónde se sacan eso, tan a destiempo. ¿Que hubiera podido ser muy interesante y hubiera convertido esta serie en una más profunda, siempre que no hubiese caído en simplismos fáciles? Puede. También podría haber sido un aburrimiento plomizo. Pero “La casa de papel” no era esa serie y no comprendo que se haya tratado de disfrazar de cine político costa-gavresco al final.

   Pero con todo y con eso, “La casa de papel” tiene sobrados triunfos en la trama, en la estructura, en lo estético (las máscaras de Dalí me encantan y ese homenaje a la “La jungla de cristal” con el Himno a la Alegría de la Novena cuando las máquinas se ponen a imprimir me gustó mucho) como para verla y no sentir que se ha perdido el tiempo.

   Pese a Tokio. Por todos los santos.

junio 26, 2018

La pendiente resbaladiza

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:20 am
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    Uno de los más importantes descubrimientos que se hacen en la vida es el comprender que el mal tiene muchas veces su origen en el bien. Es un descubrimiento enriquecedor, porque le vuelve a uno inmune o, al menos, escéptico ante los maniqueísmos fáciles. Saber que en el corazón humano el bien y el mal se mezclan tanto que somos auténticos hombres grises impide aceptar sin más que esta persona o aquella otra sean demonios inhumanos o ángeles sobrehumanos. Pero también implica saber que las más nobles, justas, elevadas ideas puede ser el origen de las más tenebrosas, crueles y horripilantes acciones. Y que estas ideas nobles pueden corromperse hasta convertirse en ideas rígidas y despiadadas. Ideas que pueden llevar a una persona a cometer u ordenar actos atroces, bien retorciendo la idea original para adaptarla a sus propios designios e intereses o bien al estimar que el bien superior absuelve de los males instrumentales.

   Lo gracioso es que uno puede pensar equivocadamente durante mucho tiempo que los mayores adversarios de la idea pura son aquellos que se aprovechan cínicamente de ella. Los hipócritas, los corruptos, los sepulcros blanqueados. Hacen mucho daño, no hay duda. Pueden resultar repelentes incluso a aquellos que no compartan la idea o creencia en cuestión, pero que respeten la integridad de los que la defienden honradamente. Sin embargo, los honestos pueden ser mayores monstruos que los hipócritas. Para ello sólo es necesario que su honestidad sea diamantina: dura, inflexible, incapaz de aceptar otro punto de vista. Si eso ocurre, el diálogo entre personas de buena fe e ideas diferentes es un imposible. Es el germen de toda tragedia que merezca ese nombre.

   Los hipócritas habilidosos y los fanáticos honestos pueden desconfiar unos de otros pero también pueden colaborar entre sí. Los hipócritas, manipulando a los honestos (o suponiendo que lo hacen). Los fanáticos, creyendo que sus socios lo son también o sabiendo que no, pero considerando que ese bien que puede justificar cualquier matanza ciertamente permite una alianza así. Temporal, claro. Tarde o temprano, habrá un enfrentamiento. Las historias de estas ententes o duelos entre personas o facciones flexibles y rígidas siempre son fascinantes, incluso las grotescas.

   Las consecuencias para las sociedades donde tienen lugar han sido, en fin, no muy gratas.

   Como somos una especie con una obsesión notable por cometer los mismos errores una y otra vez (con algunos cambios de accidente, manteniendo, decididos, la esencia), estoy observando con una perplejidad un tanto alarmada lo que ocurre estos tiempos.

   Veo a mucha gente, de buena fe en su inmensa mayoría, que está tomando un camino extraordinariamente peligroso. Varios, quizá, creyendo que el bien perseguido merece que se corra un riesgo. Otros, sin ver ese riesgo. Que es pavoroso.

   Ya he escrito en otra ocasión que una de mis escasas convicciones (otras incluyen que la tortilla de patata debe llevar cebolla o que el whisky es como el café, mejor sin añadidos) es un escrupuloso respeto por la presunción de inocencia y el derecho de defensa en los procesos criminales. Ese respeto tiene que incluir el respeto a los tribunales, de jueces o de jurados, ante los cuales se desarrollan los procesos donde el acusado es presumido inocente y ha de poder defenderse.

   Aclaro rápidamente: el respeto a un tribunal no implica una admiración ciega, acrítica, de su decisión. Implica otra cosa: que si esa decisión se ha tomado respetando los principios del proceso, está argumentada y razonada, se acata, aunque se discrepe de ella de la manera más pública y vigorosa. Si una parte no está de acuerdo y hay recurso, se recurre. Pero se acata. Incluso si la norma nos parece incorrecta. En ese caso, lo que hay que hacer es cambiar esa norma. Y una de las características de una sociedad bien ordenada (lean a Rawls; no, en serio, léanlo) es que las normas se han de poder cambiar.

   Soy muy consciente de que los cambios en las normas no siempre han sido o son fáciles. Que hay sociedades con mecanismos de cambio mejores y otras con mecanismos peores o incluso infames. Estimo, no obstante, que incluso con todos los defectos que les aquejan, la parte del mundo donde vivimos, el occidente europeo, ha alcanzado unos sistemas razonablemente buenos de cambio normativo. No quiero idealizarlos, tampoco demonizarlos.

   Ahora bien, el derecho de crítica a las decisiones de jueces y jurados y la posibilidad de cambio de normas implica también una cierta responsabilidad. La crítica exige que el crítico sea leal y contraargumente con las mismas armas que pudo usar el tribunal: o sea, jurídicas. Y, claro (esto parece asombroso tener que decirlo, pero visto lo visto, no está de más), se tiene que criticar lo que diga la resolución, lo que diga de verdad; no un resumen sesgado, no un rumor de lo que se supone que dice. La prohibición absoluta de las decisiones secretas o sin justificar de los tribunales fue un triunfo de la sociedad. Caramba, pues que sirva para algo.

   Las normas sí que se pueden y aun deben criticar desde perspectivas sociales, económicas, políticas o ideológicas. Para eso están los Parlamentos, entre otras cosas, para debatir las normas existentes y las que sean propuestas. Y por eso es bueno que las sesiones parlamentarias sean públicas (con excepciones que deben estar muy justificadas y delimitadas) y que exista debate en eso que hemos venido a llamar la sociedad civil.

   La otra cara de la moneda es que esos cambios serán responsabilidad de aquellos que los propusieron, de quienes los apoyaron y de quienes los aprobaron. Se puede ser responsable de cambios para mejor. Y de cambios para peor.

   En la magnífica película “Juicio en Nuremberg” (traducido el título de manera un tanto absurda como “Vencedores o vencidos”) el ex juez alemán Ernst Janning, ahora acusado, suelta uno de los más memorables discursos del Cine. Algunas de sus palabras pueden ser proféticas; no porque anuncien el futuro, gracias a visiones sobrenaturales, sino porque advierten sobre los peligros del presente: “¿Qué importancia tiene que unos cuantos extremistas políticos pierdan sus derechos ? ¿Qué importancia tiene que unas cuantas minorías raciales pierdan sus derechos? Es sólo una fase pasajera. Es sólo una etapa por la que debemos pasar. Tarde o temprano será descartada. El mismo Hitler será descartado, tarde o temprano… El país está en peligro. ¡Salgamos de las sombras! ¡Marchemos hacia delante! ¡Adelante es la palabra mágica! […] Y , entonces, un día, miramos a nuestro alrededor y comprendimos que estábamos en un peligro mayor. El ritual que comenzó en esta sala de vistas se había extendido como una rabiosa enfermedad rugiente. Lo que iba a ser una fase pasajera, se había convertido en un modo de vida.”

   Resulta estremecedor escuchar o leer ciertas cosas, estos días. El desdén por la presunción de inocencia o por el ejercicio de la defensa. Sobre eso ya escribí, no voy a repetirme, aunque me parece fundamental. Pero la cosa va más allá y se está volviendo incluso más aterradora.

   Supongamos, pues, que ciertos individuos son, en efecto culpables. Lo son porque lo han dicho los tribunales (que se pueden equivocar, son falibles, puesto que son humanos). La sociedad donde viven ha determinado que esa culpabilidad implica la pérdida de ciertos derechos. Y aquí una sociedad tiene que decidir y definirse: ¿qué haremos con esos culpables? ¿Qué derechos podemos arrebatarles? ¿Y durante cuánto tiempo? Algunos opinan que los seres humanos tienen una serie de derechos que les son propios por propia dignidad, sea su origen divino o natural. Otros opinan que esos derechos son creación social y legal. Las listas tienden a coincidir. Para unos, la sociedad reconoce esos derechos; para otros, los crea. El punto de partida es diferente pero el fin es el mismo. Porque, aun cuando discrepen sobre ese origen, unos y otros consideran que será mejor una sociedad que reconozca o cree una serie de derechos frente a otra que los niegue o no los admita.

   ¿Qué hay del culpable (tremenda palabra) de un crimen? ¿Lo colgaremos, entre antorchas y horcas, del árbol más cercano? ¿Lo expondremos en la plaza pública y escupiremos sobre él? ¿Lo lapidaremos? ¿Lo encerraremos, en un agujero oscuro, sin comida, sin agua o en condiciones que respeten su integridad física y mental? ¿Durante un tiempo limitado? ¿Hasta que creamos que puede regresar a la sociedad, sea esto cuando sea? ¿Para siempre? Y, si ha vuelto, ¿volverá como un ciudadano en plenitud de sus derechos o como un ciudadano limitado? ¿Le daremos ese pasaporte amarillo que Jean Valjean tenía que mostrar y que le cerró todas las puertas de la aldea, menos una? ¿Le coseremos una letra escarlata, para que su pecado sea perpetuamente recordado, aunque la religión que esos jueces decían respetar predica el perdón y la reconciliación?

   La sociedad, o partes de ella, claman por su seguridad y no es una reclamación absurda. El miedo, sin embargo, siempre ha sido un buen aliado de los hipócritas y de los fanáticos.

   Seamos francos: ¿creemos, como sociedad, que el culpable, cualquier culpable, el culpable del más terrible crimen, es un ser humano, es un ciudadano y tiene derechos? ¿Creemos, como sociedad, que podemos quitarle los derechos que establece la ley, nuestra ley, y ni uno más? ¿Creemos que ese culpable ha de tener la posibilidad de rehacer su vida, una vez que la pena se haya cumplido? ¿O creemos que no, que el culpable, o algún culpable, es un eterno réprobo, que ha de ser expulsado de la comunidad, que no es digno de estar entre nosotros?

   Son preguntas graves, que toda sociedad se ha hecho, se hace y se hará. A nosotros nos toca responderlas. Sabiendo que con esa medida que hemos establecido, tal vez, seremos medidos nosotros.

   En uno de los estupendos relatos de Chesterton (“Las estrellas errantes”), el padre Brown advertía a su amigo el aún ladrón Flambeau: “Los hombres han sido capaces de mantener un cierto nivel de bondad, pero nadie ha sido capaz de mantener un cierto nivel de maldad. El camino es siempre descendente”. Esto vale para los individuos y para las sociedades.

   Y ya sabemos a dónde llevan los caminos empedrados de buenas intenciones. Ya hemos estado allí, demasiadas veces.

junio 18, 2018

Sherlock Freud contra Freddy el Destripador

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 4:18 pm
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   No creo sorprender a nadie que me haya leído en otras ocasiones si digo que, estéticamente, siempre me ha gustado la segunda mitad del siglo XIX, sobre todo la británica. Y las historias de detectives. Y los asesinos en serie (quiero decir, leer o ver obras sobre los mismos, desde la egoísta seguridad de mi salón; no se escuchan los Pasajes del Terror del señor Cebrián impunemente).

   Teniendo en cuenta esto, la serie “El Alienista” tenía bastantes papeletas para parecerme, como poco, un buen entretenimiento. Pues no. Han sido diez episodios de bostezo perpetuo. Un desperdicio. Una serie que podía haber sido curiosa, tirada a la basura. Transcurre en un Nueva York sombrío (no es Londres, pero tampoco vamos a ser exquisitos). Hay un asesino truculento. Un pionero en la psicología criminalística (aunque no menciona la frenología, para disgusto, supongo, de Charles Montgomery Burns), que además es interpretado por Daniel Brühl, un actor que nunca había visto fallar en un papel. Una mujer policía, pionera también. Dos detectives judíos con nombres shakesperianos que podrían haber sido personajes de alguna película de los hermanos Coen. Personajes históricos (Theodore Roosevelt, J.P. Morgan) mezclándose con los ficticios. ¡Díganme que con esto no se habría podido hacer una serie decente, incluso digna y hasta grande! Pues nada.

   “El Alienista” es tan mezquina que ni siquiera nos permite destriparla entre carcajadas. No es ni una obra mala, consciente de ello y que se ríe de sí misma, ni una obra con pretensiones pero tan infame que resulte divertida. Ni ese pequeño placer concede. Es una implacable mediocridad blanda. Desesperadamente tediosa.

   Como no merece que le concedamos, ni ustedes ni yo, ni una pizca de piedad, seamos claros: esta serie falla en los aspectos formales, falla en la dirección y en la interpretación y falla en el guión. Los trajes, bien. Pero para ver trajes victorianos, pónganse con “Penny Dreadful” que, con sus defectos, es muchísimo más entretenida. Y tiene brujas, vampiros y demás parafernalia nocturna.

   Cada plano, cada secuencia, cada plano secuencia es de un convencionalismo gris. No uso aquí el término “convencional” al modo de Chesterton, que es elogioso. Porque hay series convencionales que saben usar muy bien la convención, directores ortodoxos y artesanales que merecen estima. Estos de aquí, santo cielo, no dan una. Cada vez que tratan de crear la atmósfera inquietante, amenazadora, asfixiante o trepidante que supongo intentan, logran una sensación de vergüenza ajena. Cuando tratan de electrificar al espectador, de hacer que estire el cuello y se siente en el borde de su asiento, consiguen que esté arrellanado en su sillón, ojeando un libro, una revista o su teléfono móvil. ¿Oh, aún no ha acabado el episodio?

   ¡Esa banda sonora plana, usada sin ninguna imaginación, subrayando, con la sutileza de una apisonadora, los momentos que quieren ser dramáticos, los sentimentaloides, los terroríficos de cartón-piedra! ¡Ese empleo de la cámara lenta, al cruzar dos personajes una mirada! ¡Fijaos, fijaos, estos dos no se llevan bien! ¿Lo habéis visto? ¿Hacemos que se crucen a cámara lenta de nuevo, por si se os ha escapado?

   Los personajes y los actores. El único que roza el aprobado es Luke Evans. ¡Quién lo iba a decir! No es que haga un papelón, pero su ilustrador alcohólico es uno de los pocos seres no inaguantables de esta ciudad. Genuinamente compasivo y bastante decepcionado consigo mismo, al menos trata de enderezarse, según cree que debe hacerlo, sin aspavientos. Incluso demuestra un cierto ingenio en un par de ocasiones. ¿Es un personaje olvidable? Por completo, pero comparado con lo que tiene a su alrededor, cuanto más tiempo está en pantalla, mejor.

   Todos los demás, al Frente Ruso. Todos. Miss Jordan es una decepcionante Dakota Fanning, cuyo registro aquí se limita a tener cara de indigestión en diferentes grados de agudeza: cuando la escena se supone cumbre, parece que va a vomitar; pueden ser náuseas, lo cual contaría a favor en cuanto a gusto y en contra en cuanto a talento interpretativo. Su personaje, por otro lado, que sobre el papel se supone que tiene cierta energía y capacidad de cerrar muchas bocas, no hace nada digno de mención ni de recuerdo. Ni una escena, ni una línea, ni un gesto. Como todos los demás, eso es verdad.

   Los hermanos Isaacson podrían haber desaparecido, dejando que el trío protagonista llevara a cabo sus averiguaciones y la historia no se hubiese resentido en absoluto. No son ni personaje sin recursos narrativos. Son nada. La subtrama de Esther y Marcus no entiendo cómo se libró de las tijeras. Como otras muchas escenas o diálogos. Si se empezasen a cortar trozos que no aportan ni estéticamente, ni como desarrollo de trama o personajes, ni resultan entretenidos, divertidos o emocionantes, nos quedamos con cuatro episodios de media hora. Que serían mediocres, pero digeribles.

   La serie pretende que nos creamos a Brian Geragthy como Theodore Roosevelt. Aunque en un par de ocasiones el guión intenta a la desesperada que veamos al comisario de policía como un hombre de callada fuerza e imperturbable honestidad, no cuela. Es imposible que un actor tan inexpresivo y anodino (al menos, aquí) como Geragthy sea creíble en el papel de quien fuera uno de los más carismáticos, pintorescos, agresivos e implacables presidentes de Estados Unidos. Ni siquiera en su juventud, por muchos anteojos que le pongan.

   Al pobre Ted Levine, un buen actor de reparto, sólo le permiten arquear las cejas como un villano de folletín barato, en un papel asombrosamente mal escrito, incluso para la media, que sólo se salva por agravio comparativo, porque tiene al lado al insufrible capitán Connor, una mala caricatura de matón. Y ver aquí a Robert Wisdom, el inolvidable Howard “Bunny” Colvin de “The Wire” es descorazonador.

   Ay, Daniel Brühl. Laszlo Kreizler. Dios bendito, qué tipo más estomagante. Un pseudo Freud refundido en una mala imitación de Holmes. El enésimo detective aficionado que es más listo que todo el mundo, atormentado por su pasado y sus dolores, incapaz de revelar sus sentimientos. Madre mía, es que se cae uno dormido sólo de escribirlo. Si alguien hace un personaje así, aunque lo hayamos visto mil veces, hay que darle alguna virtud: tiene que ser brillante o ingenioso o eficaz. Algo tiene que hacer bien. El doctor Kreizler no hace nada bien, desde que comienza hasta que termina la temporada. Pasa de una arrogancia sin justificación a una autocompasión aún más insoportable, para regresar al final a salvar el día y aportar cero a su grupo de detectives marginales. Hagan el experimento, si han padecido la serie: eliminen a Kreizler. ¡Todo ocurriría exactamente igual! Y nos libraríamos de él, que no sería poca ventaja. Hasta Brühl parece harto del personaje, viendo la absoluta falta de interés que pone en su actuación.

   El guión es perezoso y torpe. La investigación avanza a trompicones, sin que haya un hilo que los detectives realmente logren atrapar para ver a dónde les lleva. No hay un rompecabezas que se vaya resolviendo, así que esto no es una historia de la Época Dorada de lo Detectivesco. Pero tampoco es (aunque sospecho que lo pretende) un retrato vívido y convincente de una sociedad corrompida y más allá de la redención, en la que el crimen no es una anomalía, sino una consecuencia lógica, así que tampoco es una obra del género negro.

   Ni hay pistas que seguir que atrapen al espectador, ni hay una trama subterránea que se vaya revelando. Particularmente torpe es la historia del primer falso sospechoso que se nos presenta, quien obviamente no es el sanguinario asesino. El modo en que pone fin a la misma no es infame, pero lo que no tiene ningún sentido es que no tenga repercusiones. Y no las tiene, pese a que los guionistas amagan con ello. Sencillamente, la dejan de lado; es probable que no supieran qué hacer con ella. Se la podrían haber ahorrado y aligerar este bodrio en cuatro horas.

   Uno tiene la sospecha de que eso mismo ocurre con el asesino de verdad. Después de que finalmente su identidad sea revelada (y a nadie le importe un bledo), nos escamotean lo que se supone que es lo que busca el protagonista desde el principio: el motivo. Y, por favor, no me digan que esto es un astuto retorcimiento de la serie, que así nos deja en un terreno de nihilismo intelectual o filosófico. Esta serie no va por ahí. Puede intentar vestirse de ironía negativa el anticlimático final, pero la sensación que yo tuve es que, simple y llanamente, así se evitaban dar explicación alguna. Que es algo mucho más cómodo.

   Ojo, eso no tendría que ser una mala cosa. La escena del psiquiatra explicando lo que le pasa a Norman por la cabeza es lo más flojo de “Psicosis” .Pero “Psicosis” es una obra maestra del terror y no había un criminólogo desde el primer minuto hablando de las motivaciones de los asesinos (y no acertando ni una). Aquí, el pacto con el espectador exigía una explicación. Que podría ser que la diera alguien que no fuera el doctor Kreuzler, cuya incompetencia profesional ya estaba más que establecida. Pero que alguien nos la debía, aunque fuera el asesino del montón ése. Menudo asesino, por cierto. Diez episodios esperando una bestia infernal y es un don nadie. Bueno, está a la par con los investigadores.

   Burda, aburrida, plana, esta serie no tiene ni una sola cualidad por la cual se la pueda recomendar. Es una pésima obra de aficionado al género a quien le han dado un montón de dinero para llevarla a cabo. Si no es usted amante de lo detectivesco, lo terrorífico o lo decimonónico, al verla no se sentirá, por lo menos, ofendido. Pero aburrido, sí. Eso, se lo garantizo.

mayo 22, 2018

Tras la catástrofe

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 9:35 am
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    Me van a perdonar que tiemble un poco al teclear, porque no sé si estaré a la altura de la tarea. Que me quite las sandalias literarias. Porque voy a escribir algunas impresiones sobre la primera temporada de una serie desconcertante y cercana, bella y extraña, asombrosa y áspera. Una serie que bien puede hacer estremecer al espectador y de la que puede decirse (perdonen la segunda referencia bíblica) “qué terrible lugar es éste”. “The Leftovers”. Los Restos.

    La premisa de la serie la supongo conocida, pero la voy a resumir: un día, el 14 de octubre de 2011, de modo repentino, el 2% de la población mundial desparece en un instante. Es lo que se conoce como “The Sudden Departure”, la Partida Súbita (las traducciones que haré de ciertos términos será la mejor que logre dentro de mis limitaciones; cuando se topen con un traductor, invítenle a una copa, que son un gremio esforzado y dignísimo). Tres años después, nos dejamos caer en la ciudad de Mapleton, Nueva York, donde transcurrirá, con pocas excepciones, la mayoría de la temporada. Y la ciudad, como el mundo, ha cambiado desde esa fecha fatídica.

    Una gran virtud de la serie es la ausencia total de explicaciones sobre la Partida. En algunos episodios se escucha a líderes de las comunidades científica y religiosa igual de desconcertados. La gente de ciencia, la gente de fe, la gente de ciencia y fe están perdidas, nadie sabe qué ha sucedido, cada cual busca sus propias respuestas. Y los espectadores están como ellos. No se dirá desde qué perspectiva hay que contemplar los hechos. Se respeta la libertad del que ve y oye lo que ocurre. Hay, sí, pistas y mensajes, parece, que va recopilando uno de los personajes principales, el jefe de policía de Mapleton, Kevin Garvey. Pero, ya lo veremos, teniendo en cuenta tanto los emisores como el receptor de dichos mensajes, pueden tomarse los mismos con notable escepticismo. Inteligentemente, el personaje que parecería el más indicado para dar la explicación religiosa más obvia (que la Partida es el Rapto, the Rapture, creencia de algunas iglesias evangélicas según la cual los elegidos serán arrebatados de improviso y llevados a los Cielos), el reverendo Matt Jamison, la combate con ferocidad.

    A mí me tienden a gustar mucho las tramas y las subtramas, los complots y las conspiraciones, los misterios y los laberintos. Me suele gustar una serie astuta de enigmas si luego da respuestas correctamente encadenadas a esos enigmas, aunque sean respuestas implícitas. O sea, justo lo contrario de lo que hizo la célebre estafa llamada “Perdidos”. “The Leftovers”es su opuesto. Menciono “Perdidos” no sólo porque me parece representativa (hay quien menciona a “Twin Peaks”, sobre todo su reciente última temporada, como ejemplar estafa, pero eso es no entender nada de Lynch, a quien lo de dar sentido a nada jamás le ha preocupado lo más mínimo), sino porque comparten responsable, Damon Lidelof, a quien he empezado a tener en más estima.

    Al contrario que en las andanzas de los habitantes de la Isla, en “The Leftovers” lo que importa aquí no son las tramas. Son los personajes, de los más cercanos a ser personas de los que he visto en mucho tiempo. Ellos y sus relaciones, sus sentimientos, sus emociones. “The Leftovers” es la serie más emocional que conozco. Y la menos sentimental. Esto me dejó perplejo y maravillado. Ni quienes me recomendaron la serie ni yo mismo somos fáciles de conmover, se lo puedo asegurar. Pues bien, hay momentos en algunos capítulos que se forma un nudo en la garganta. Si uno se ríe en otros, sospecho que es por mecanismo defensivo o porque, como decía Leonor de Aquitania en “El León en Invierno”, sonreír es nuestra forma de mostrar desesperación. Uno de esos recomendadores me dijo que había comenzado a llorar en una escena de una temporada posterior, primera y única vez que le había ocurrido ante una obra de televisión. No me sorprende. Esto es una prueba de la inmensa calidad de esta serie como aparato narrativo y emocional.

    Voy a repetirlo, porque quiero que quede claro: no es una serie que busque la lágrima fácil. No manipula de modo obvio al espectador. Lo conmueve. Busca la compasión, la conmiseración. El padecer con, el sentir con los personajes. Es, así, muy dura, muy áspera, en ocasiones de una crueldad refinada. Dos de los mejores episodios, centrados en dos personajes secundarios que van creciendo, Matt y Nora, rozarían el sadismo si no fuera porque la óptica de la serie es más melancólica y compasiva que malévola (el espectador, claro, puede adoptar la otra perspectiva). El tercero, centrado en Matt, (un inmenso Christopher Eccleston, aun sin su acento escocés) merecería sermones y artículos sobre teología e ironía y puede defenderse que es demostración del axioma “Ninguna buena acción queda sin su justo castigo”. El sexto, protagonizado por Nora (Carrie Coon, la mejor actriz de la serie, para mí, un talento extraordinario) logra que penetremos en la mente y alma de uno de los personajes más reservados de la serie que se revela como uno de los más conmovedores y tiene una escena, la de un abrazo, que no sólo es un do de pecho interpretativo de Coon sino que, sólo por ella, se justifica una subtrama bastante cansina de la serie.

    Este inmersión emocional se consigue por una conjunción virtuosa de guión, dirección, actuación (con escasas y deshonrosas excepciones, actores de sobresaliente) y música. Voy a parar un segundo aquí. La serie emplea bien canciones y música compuesta al margen de la serie. Pero es la banda sonora original la que destaca. La partitura es de Max Richter, uno de los grandes compositores contemporáneos (no dejen de escuchar su recomposición de “Las cuatro estaciones”, de Vivaldi) que aquí está, sencillamente, en estado de gracia. Ese piano y esas cuerdas. Sin ellos la serie no sería igual ni tendría el mismo efecto turbador.

Ahora, sí, no puedo analizar ciertos aspectos sin revelar parte de la trama. Ya les he dicho que eso no es, ni con mucho, lo más importante, pero si no han visto esta primera temporada, siempre es mejor verla con poca información.

   La serie tiene en su centro (aunque se va volviendo coral, a medida que avanza) en la familia Garvey. Los Garvey son una familia atípica en este mundo: ni uno sólo de sus miembros es uno de los Departed (Los Que Partieron). Pese a ello, es una familia rota. Laurie, la madre, se ha unido a un grupo sectario, The Guilty Remnant (Los Que Permanecen Culpables o Los Culpables Que Permanecen). Jill, la hija y Kevin, el padre, viven juntos, pero como extraños que apenas se hablan, Jill encerrada en sí misma y en su dolor, Kevin temiendo estar perdiendo la cabeza. Tom, el hijo, está lejos, en otra especie de secta dirigida por un enigmático sanador con un harén de jovencitas asiáticas llamado Wayne.

    Un apunte rápido sobre Wayne: su subtrama es la más aburrida de la serie. Empieza como un misterio con tintes sobrenaturales que se deja sin concluir y, aunque queda al criterio del espectador si era un estafador, un loco o en efecto alguien con habilidades excepcionales, podría quitarse toda su parte, así como las escenas de Tom y Christine sin problema; salvo por esa escena del abrazo con Carrie Coon y el encuentro final de Wayne con Kevin.

    Que esta familia, como el resto de personajes, no vivía en el paraíso en la Tierra antes de la Partida se nos revela en el estupendo penúltimo episodio de la temporada, que permite reinterpretar y comprender bastante de lo que hemos visto antes. Pero era una familia, cuya aniquilación desquicia a sus miembros. En este sentido, la serie, podría defenderse, toma partido de la máxima aristotélica del hombre como animal social, que no puede vivir en soledad absoluta sin hacerse daño. O, como sentenciaba Yavhé en el Génesis “No es bueno que el hombre esté solo”. Todos los personajes se sienten abandonados, solos y vacíos en este mundo y cada cual trata de poner remedio como puede: aferrándose a rutinas ritualísticas como Nora; emprendiendo cruzadas más o menos loables como Matt; cayendo en un hedonismo en el que nadie parece disfrutar ni un poco, como los amigos de Jill o los asistentes a la convención a la que Nora acude; fingiendo que el mundo es, en esencia, el mismo que antes, como la alcaldesa o Kevin. A ninguno les funciona.

    Y frente a todos ellos (su mayor rival empieza siendo Kevin, pero termina siendo Matt) se encuentran la secta de los Guilty Remnant. Es uno de los hallazgos de la serie (y, supongo, de la novela en la que se basa esta primera temporada, de Tom Perrota). Vestidos siempre de blanco (aunque de gusto más bien escaso en la ropa). Fumando un cigarrillo tras otro como parte de su hermético conjunto de creencias. Perpetuamente silenciosos, comunicándose, entre sí y con los demás sólo mediante notas escritas. Pasivo-agresivos de matrícula de honor, siguiendo, acechando, contemplando a los demás habitantes de la ciudad, provocando, de modo planificado, su animadversión, su hostilidad. Boicoteando cada acto que conmemora la Partida o intenta que la vida continúe como antes. Insistiendo, de un modo u otro, que el mundo ya no es el que era, que todo ha cambiado.

   Este grupo sectario es muy sugerente. Aunque hay noticias de que sectas y grupos extremistas religiosos se han multiplicado desde la Partida (de tal modo que una agencia federal ha asumido las competencias de lidiar con ellos y uno de sus agentes, en una conversación telefónica que no se puede estar seguro de si tiene lugar en realidad o no, hace una oferta siniestra y tentadora al pobre Kevin) los G.R. (por abreviar) son muy particulares. Para empezar, no son religiosos. Son una secta nihilista y, aunque no se diga de modo explícito, para mí que atea o, al menos, agnóstica (ni un nihilista tiene que ser ateo ni un ateo, nihilista, por supuesto). Parte de su credo se nos revela por la líder local, Patti, la gran villana de la serie, una genial Ann Dowd, en dos conversaciones en las que rompe su voto de silencio. La aniquilación total de los sentimientos, del pasado, de los recuerdos, de las relaciones, de la individualidad. Los G.R. viven en comunidad, nunca están solos, pero realmente no están acompañados porque sólo los individuos pueden hacerse compañía unos a otros y su fin es desaparecer en un cuerpo mayor. Son una secta organicista y totalitaria. No es esto lo mismo que el misticismo negativo de autonegación (aunque este misticismo tiene sus derivaciones perversas) porque el mismo busca, en última instancia, conectar el yo del místico con la deidad, y la autoanulación no quiere destruir al individuo, sino los obstáculos para esa comunión. Sin embargo, como buenos manipuladores, los G.R., y sobre todo Patti, saben perfectamente cómo tirar de los hilos del sacrificio y la abnegación hasta lograr una vocación de martirio que permite la ejecución de sus propios miembros o el suicidio.

    Laurie, (espléndida Amy Brenneman, da un recital mudo; su cara al mirar el monitor donde puede o no estar el feto es impresionante), es la segunda de Patti. Seguidora leal que acaba ocupando la cabecera al faltar la líder, se aferra a los dogmas con más ahínco cuantas más dudas le surgen (esa escena del silbato). Arrastra a la débil Meg hasta convertirla en una seguidora devota, pero no puede evitar que el horror se pinte en su rostro al ver a Jill entrar en la casa comunitaria. Y por fin rompe su silencio para intentar salvar la vida de su hija y se aparta de este grupo como consecuencia del gran triunfo de los G.R., de la gran catarsis que estaban buscando, de la gran explosión de odio, rabia y cólera que, con implacable precisión, han ido preparando y que Meg celebra con una sonrisa de orgullosa suficiencia.

    Esa catarsis es la que intentaba en un primer momento evitar Kevin, uno de los pocos que se dan cuenta del peligro para la paz social que suponen los G.R. Sin embargo, a Kevin le vienen encima otros problemas. Su sentimiento de culpa por haber estado siendo infiel a su mujer en el momento exacto de la Partida, sus intentos por no perder a su hija, su existencia a la sombra de su padre y sobre todo el miedo a la locura, relacionada directamente con ese mismo padre, (Scott Clenn, siempre un placer), encerrado en un hospital psiquiátrico. Pero, ¿está loco Kevin Garvey Senior? ¿Son las voces que dice oír fruto del delirio, como todos piensan, o es un loco de Dios o de quien sea que sea la fuerza detrás de la Partida? Queda a criterio del espectador. La serie es habilidosa con Kevin hijo: sus sueños y lapsos sin conciencia se pueden explicar desde la enfermedad o desde lo sobrenatural (recuerden, es nuestro mundo, con sus regalas, pero uno mundo nuestro en el que efectivamente ha tenido lugar algo como la Partida). El inquietante personaje de Dean, el cazador de perros, parece al inicio alguien que sólo Kevin escucha y ve. Pero aun cuando otros empiezan a interactuar con él, su misterio no se disipa. Incluso la brillante Patti es incapaz de descubrir nada de él. “Es usted un fantasma”, le dice. “Prefiero considerarme un ángel de la guarda”, replica este hombre brutal… que también escucha voces. Todo cuanto Kevin va descubriendo sobre sí mismo le llena de horror. Justin Theroux interpreta muy bien la angustia vital de este hombre atrapado. ¡Ah, las camisas!

   De algún modo, Kevin encuentra improbables aliados en una pareja de hermanos. Por un lado, Matt, el clérigo, aunque el policía no sea un hombre religioso. Menudo tipo, Matt. Casi sin feligreses, empeñado en recordar a la gente que Los Que Partieron no eran santos, aunque le partan la cara una y otra vez, cuidando de modo abnegado y amoroso a su mujer paralítica (Janel Moloney, una conocida de “The West Wing”), seguramente en parte también con un agudo sentimiento de culpa. Que luego se empeña en tratar de traer de vuelta al mundo de los vivientes imperfectos a los G.R. Sus fracasos perpetuos no hacen mella en su ánimo. Es difícil no sentir simpatía por Matt, aun sin compartir su fe o sus cruzadas o decisiones. Y por supuesto que escoge un pasaje del Libro de Job (del que ya hablamos aquí, aquí y aquí) para ese clandestino y nada inocente enterramiento de Patti.

   Por otro lado, Nora Durst, con la que inicia una relación. El espejo de los Garvey: ellos no perdieron a nadie en la Partida. Ella, a toda su familia. Pese a ello, durante mucho tiempo, parece el personaje más estable y controlado de la serie. Sigue con su vida. Tiene un trabajo gubernamental, una especie de funcionaria del censo de los que se fueron. Incluso juega a usar el sentimiento de difusa lástima que provoca en el pueblo para salir impune de pequeñas faltas. Pero en su casa sigue manteniendo todo exactamente como estaba cuando desaparecieron los suyos (hasta hace la compra para tener los mismos alimentos que entonces y no cambia le rollo de papel de cocina) y hace que prostitutas le disparen con un revólver al pecho protegido por kevlar. Carrie Coon, ya lo dije, pero lo repito, hace un papelón, y no hay premios bastantes para ella. La escena en la que descubre a los muñecos de su familia en la cocina pone los pelos de punta. Y, en ese mismo capítulo, recibe a Kevin, Jill y al condenado perro (qué detalle más bueno) con el bebé abandonado de Christine en brazos. Dos caras, el mismo personaje, la misma actriz. Es de quitarse el sombrero.

   Me he extendido más de lo que pensaba y podría seguir escribiendo. Voy a abandonar aquí la reseña. Sólo me resta por insistir: esta es una de las series más originales, inteligentes, duras y humanas que he visto. Tras la catástrofe, aún hay humanidad, amor y belleza. Al lado del dolor, de la desesperación y de la locura. Como el trigo y la cizaña, creciendo juntos.

mayo 12, 2018

La hora de Leporello

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 4:04 pm
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   Equivocarse en el juicio de las personas es algo tan común como perseverar en el vicio de juzgarlas. Y lo mismo ocurre con los personajes, sobre todo con los grandes. Hay personas simples y personajes simples, igual que hay personas complejas y personajes complejos. Y también hay seres velados, que no se si sabe si ocultan sencillez o abismos.

  Al leer y releer una novela o un cuento, al ver y volver a ver una película o una serie o al escuchar o (si el bolsillo lo permite) asistir varias veces a la representación de una ópera, hay ocasiones en que cambian nuestras opiniones y perspectivas sobre uno o varios personajes. Tal vez hemos sido nosotros los que hemos cambiado y apreciamos matices que antes no veíamos. O puede que, habiendo apreciado al personaje en su justa medida desde un inicio, lo que antes nos parecía meritorio ahora ya no tanto o viceversa. Otras veces, simple y llanamente, no habíamos entendido nada y ahora, de repente y casi siempre con ayuda, entendemos.

   Esto último me ha ocurrido con Leporello, el criado de Don Giovanni. Escribí en su día que Leporello me molestaba un tanto y que me hubiera gustado un fool shakesperiano en la ópera, en vez de este siervo que creía de poca monta. Me siguen gustando los fools, pero ¡qué equivocado estaba con el lacayo del gran seductor!

   Por suerte, tiene uno amigos más inteligentes y cultos que quien esto escribe. Uno de ellos me ayudó a comprender mi error. Ojo, me vino a decir, fíjate que Mozart ha hecho de Leporello un bajo, igual que Don Giovanni, igual que el Comendador. Aparte de la sugerente teoría de que los tres personajes están ya muertos al empezar la obra, esto implica una igualdad estética entre el centinela del viejo orden, el libertino protagonista y el criado. Esto es mucho, igualar a un plebeyo con dos aristócratas. Es la misma inquietante, para el Antiguo Régimen, posición que alcanza Figaro, frente al conde de Almaviva.

   Don Giovanni, luciferinamente jovial, seduce, miente y engatusa son desparpajo. Sin embargo, es bastante descuidado. Tiene una confianza en sí mismo tan absoluta que casi parece no dar importancia a ser atrapado en falta. Desestima los detalles con desdén de gran señor. Y de esos detalles se ocupa, diligente, Leporello. El criado lo sabe todo sobre su empleador y sus andanzas. Las apunta, las estudia, casi las soba, las considera, con no poca envidia y admiración. Leporello podría destruir a Don Giovanni en un momento, gracias a la información que posee. No lo hace, así que ni es un rebelde ni es un justiciero moralista. Pero tampoco la usa para controlar, dominar o chantajear a su patrón, para volverse el amo de su amo. En ese sentido, Leporello sigue siendo, desde el punto de vista de la historia, ya que no de la música, un ser pasivo y subordinado.

   Salvo en un momento. Su momento. Su aria.

   Leporello despliega su lista ante la pobre Doña Elvira. Y , por una vez, goza como un demonio, sádicamente, restregando la sucia verdad en la cara de esta pobre enamorada. Es el único momento en que el criado utiliza parte del devastador poder que encierra su libreta de notas. No tiene arrestos para hacerlo frente a su señor (quien, por otro lado, es conocedor de esa libreta y le importa un bledo), sino que, de un modo vicario y vil, disfruta dando alfilerazos malévolos a la amante de ayer, que se creía la de hoy y la de mañana.

   Leporello no es un defensor del viejo orden y sus supuestas virtudes, como el Comendador, su hija o el insufrible prometido de ésta. No es, porque no puede serlo, un amoral ególatra, grandioso en su carisma negativo y en su vitalismo nihilista. Leporello, en realidad, no encaja en la obra ni en el mundo. Porque es un hijastro del tiempo, como diría Vasili Grossman, de una época que aún no ha llegado pero que podría ayudar a traer, si se decidiera. Quizá no sea capaz.

   Ése el único instante en que Leporello paladea el poder del que dispone. Pero este momento es muy importante. De aquí surgirán otros, en la Historia y la Literatura, otros plebeyos, otros siervos con libretas, con notas, con información, como nuestro viejo amigo lord Baelish. Y no se contentarán con una simple burla a una mujer despechada. Recogerán el legado de Enguerrand de Marigny y de Guillaume de Nogaret, de Thomas Cromwell y Walsingham o Cecil, de Antonio Pérez y los superarán a todos, convirtiéndose ellos mismos en arañas universales como Luis XI. De ahí surgirá Corentin y el hombre en que en verdad se basa, el fundador de la Alta Policía, que llega hasta nuestros días, bajo muchas máscaras y siglas. Y ese genio político tenebroso, ese burgués, ese criado y espía que controlaba a quienes se suponía que servía, ese Joseph Fouché, en su encarnación teatral en “La Cena”, de Brisville, dirá, por fin, las palabras que Leporello no podía pronunciar:

   “Usted y yo no somos de la misma época. La suya está a punto de reventar de una indigestión de cortesía- y será la mía la que la suceda. El verdadero poder lo tendrán los subalternos, los espías, los delatores- y nadie sabrá nunca si está en regla porque la regla será equívoca y temible. Así es como veo yo a la policía: indefinida… proteiforme. Invisible y todopoderosa. Estará en la conciencia de todos y cada uno. Entonces, señor, eso será el Orden.”

   Leporello no es Fouché. Pero quizá sin el uno no habría llegado nunca el otro.

abril 10, 2018

Lucha a muerte en el Pozo

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:50 pm
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   La familia Shelby ha regresado por cuarta vez, con una temporada poderosa, trepidante, de gorras grises y abrigos oscuros, de whisky y ginebra, de polvo y acero, de combates entre mafiosos, lucha de clases e intrigas entre bambalinas. De esta Birmingham tenebrosa y fascinante a la que nos asomamos hace años y que ya no nos dejará marchar.

   Antes de comentar algunos aspectos de la cuarta temporada (serán más unos pensamientos enlazados débilmente, me temo, más que un análisis concienzudo), vamos a hacer justicia a los aspectos formales. Una vez más, matrícula de honor. Todo lo que ya alabé en las temporadas anteriores, se mantiene. La fotografía. La luz. El color. La banda sonora (espléndida). El vestuario (¡ay, ese vestuario!). Los encuadres, los planos, las secuencias. Sobresaliente, todo ello. Cine de calidad en la pantalla pequeña. No me cansaré de repetir lo buena que es “Peaky Blinders” desde un punto de vista puramente visual, musical y estético. Porque ahí radica mucha de su fuerza, de su atmósfera. Y porque soy un devoto de la forma, en el arte. Nunca se pueden dar por descontadas, estas virtudes estilísiticas.

   Dicho lo cual, veamos algo de la trama y de los personajes de la serie (que también importan y mucho). Así que, ya saben, destripes habrá.

    Como dicen los Evangelios Sinópticos (Marcos 3, 15; Lucas 11, 17; Mateo 12, 25: los tres, bingo), una casa dividida no puede subsistir. Al final de la tercera temporada la casa de los Shelby parecía dividida y amenazada de ruina. El último pacto de Thomas para sobrevivir había apartado de sí, quizá de modo definitivo, a su parientes. Y al comienzo de la cuarta temporada, esa división se mantiene, pese a que sean los tratos de Thomas con la Corona los que salven a los Shelby del patíbulo. El imperio Shelby es fuerte, en los dos lados de la ley; su peso, sin embargo, ya sólo recae sobre los hombros de Thomas (auxiliado por la leal Lizzie y la lejana Ada).

   Pero he aquí que los pecados pasados extienden su sombra y que desde América llega una fuerza hostil decidida a exterminar a los señores de Birmingham. Y esa fuerza impone una tregua al enfrentado clan porque la advertencia evangélica les toca muy de cerca y hacen caso de la misma.

   Esa fuerza es el clan mafioso de los Changretta, a cuyo patriarca, cumpliendo las órdenes de Thomas, Arthur y John asesinaron (de un modo más limpio de lo exigido por su despiadado hermano). Al frente del escuadrón de la muerte italiano, Luca Changretta, interpretado de modo notable por Adrien Brody. Si algo faltaba en la tercera temporada era un sólido antagonista para Thomas. Aunque el inspector Campbell, sobre todo en la primera temporada, sigue siendo mi rival favorito de Thomas (su mutuo desprecio y sus diferencias de carácter, siendo ambos implacables, los volvía un dúo dramático muy interesante), Luca Changretta no le va a la zaga. Bien vestido pero con una cerilla siempre en la boca. De voz baja y mirada asesina. Sonriente y brutal. Changretta y los suyos son una amenaza muy creíble y ponen a Thomas contra las cuerdas, obligándole a tejer alianzas, una vez más, donde no querría.

Programme Name: Peaky Blinders IV – TX: n/a – Episode: n/a (No. 1) – Picture Shows: Luca Changretta (Adrien Brody) – (C) © Caryn Mandabach Productions Ltd 2017 – Photographer: Robert Viglasky

   Entre esos aliados incómodos está Mr Aberama Gold y sus gitanos errantes (no tengo claro si estos personajes son gitanos por etnia o se les aplica el sustantivo anglosajón gipsy que no tiene por qué tener una connotación racial). Después del torpe, injusto, humillante y merecedor de hoguera final que “Juego de Tronos” concedió a Meñique (me desahogo más sobre este asunto aquí), fue un placer volver a ver la media sonrisa cínica de Aiden Gillen, bajo el pelazo y el sombrero de Mr Gold. Siendo uno de mis actores vivos favoritos, espero de verdad que vuelva en la siguiente temporada y que le den un papel con más sustancia. Lo que le han ofrecido no está mal (la escena campestre con la tía Polly es quizá la mejor, aunque esté de apoyo para Helen McCroy), pero Gillen puede con mucho más. Se lo merece. Y nosotros también.

   Gillen puede tener su oportunidad al habernos despedido de Tom Hardy y de su maravilloso Mr Solomons. Luego de la tremenda decepción (fuera de la fotografía y de la digna banda sonora de Max Richter) que para mí fue “Taboo”, el reencuentro con este criminal hebreo parlanchín, irónico y carismático resultó una gozada. Pocos actores, incluso en esta serie, que es un cúmulo de talentos, logran que nos fijemos en ellos más que en Cillian Muprhy. Hardy, con su Mr Solomons, es de los que lo consiguen. Le roba las escenas a cualquiera que interactúe con él. Mi momento preferido de la temporada tal vez sea su único diálogo con Luca Changretta, totalmente desconcertado ante el individuo que tiene delante. ¡Y qué hermosa muerte en la playa!

   La de Solomons es la muerte más destacable de la temporada, pero no la única. Los Shelby sufren pérdidas. John y Michael, uno por las balas de los italianos, otro exiliado por su deslealtad a Thomas. Aquí voy a confesarles el mayor defecto de esta cuarta temporada: es tramposa con el espectador.

   Veamos, en las tres temporadas anteriores, como espectadores, teníamos que seguir diferentes planes y conspiraciones. Los de Campbell. Los de Churchill. Los del IRA. Los de los comunistas. Los de los rusos blancos. Los de los Oddfellows. Y, claro, los de Thomas, que se las apañaba para enredar a todos, titiritero casi supremo. Los guionistas tenían buen cuidado, en general, de dejarnos compartir o intuir las estratagemas de Thomas y también las de sus oponentes. Solíamos saber más que todos los demás personajes y, con escasas excepciones (como el final de la segunda temporada) no había sorpresas ni giros de guión bruscos. El placer de las tramas retorcidas estaba precisamente en poder seguir la maraña de hilos. Y, en verdad, la sorpresa final de la segunda temporada funcionaba porque Thomas, el héroe-villano protagonista que nos fascina y que nos tiene de su lado siempre, ignoraba lo que iba suceder y se había resignado a la muerte.

   En cambio, en esta temporada hay unos cuantos momentos que denotan cierta pereza de guión. El casi ahorcamiento del primer capítulo, si bien aquí la tensión está bien medida, porque la serie podría seguir, aunque un poco coja, sin alguno de los condenados; de hecho, esta tensión al inicio sirve para que la muerte de John y la casi muerte de Michael (la cual desencadenará la cadena al final de la cual estará su exilio) resulten más inesperadas y chocantes. En cambio, nadie que conozca la psicología de Polly (que grandísima actriz es Helen McCroy, demonios, qué bien actúa en cada segundo) se creyó ni por un momento que hubiese traicionado a la familia, ni siquiera para salvar a Michael. Y no digamos la falsa muerte de Arthur. O ese pacto de los Shleby con la mafia de Chicago que, epa, sale como el conejo de la chistera en el último episodio, sin previo aviso.

   Salvando esos fallos, que son más llamativos por las altas expectativas que tengo siempre con “Peaky Blinders”, los guiones son más que buenos. Las relaciones entre los personajes siguen siendo complejas y llenas de aristas. El drama y la comedia negra tienen su hueco. Y la serie, como ya hizo en la tercera temporada, va preparando la trama principal de la siguiente entrega (salvo que me equivoque mucho) con la subtrama del partido comunista y la relación entre Thomas y la combativa Jessie Eden (qué gran escena, la entrada en el pub de Jessie y Ada, esa Ada que tanto quería librarse de su apellido).

   Así que veremos lo que nos depara el futuro. Pero tengo grandes esperanzas. Al fin y al cabo, cómo no tenerlas cuando nos espera un individuo como este Thomas Shelby, genial y familiar, gélido y cruel, empresario capitalista, líder criminal y Miembro del Parlamento por el Partido Laborista, gracias a una alianza secreta con el muy conservador Gobierno de Su Graciosa Majestad. Nos calzaremos las botas y nos calaremos las gorras una vez más, sin duda.

marzo 13, 2018

“Collateral” se acerca y falla

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:36 pm
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    En el último episodio de esta miniserie, de la cual es protagonista, la Detective Inspectora Kip Glaspie llama a su marido. “¿Has resuelto el caso?”, le pregunta él. “He estado cerca”, le responde ella (más o menos, cito y traduzco de memoria). “Collateral”, como Glaspie, se queda cerca. Pero no resuelve su caso. E incluso diría que está más lejos que su personaje principal.

    “Collateral” es una miniserie compuesta de cuatro episodios, con una premisa relativamente atractiva: un motorista de una pizzería es asesinado a balazos luego de hacer una entrega. La policía investiga un crimen que huele a emboscada profesional. Había las bases para una buena historia negra. Cuando vi el trailer, intuí que podía encontrarme con una pariente lejana de “The Shadow Line”, la obra maestra de Hugo Blick.

    Sin embargo, leí que Alan Sepinwall (el Grande) consideraba que “Collateral” trataba (sin éxito) de aproximarse a la obra maestra de David Simon y Ed Burns (entre otros), “The Wire”. Esto me chocó. Aunque recordé que, en su día, ya había leído críticas que comparaban esas dos grandes series de televisión, considerando a la británica una respuesta a la estadounidense; análisis que me parece una tontería y que no entiendo cómo puede hacer alguien que haya visto ambas maravillas. Ahora estaba más intrigado que antes.

    Pues bien (no habrá spoilers concretos, pero sí puede haber alguna pista vaga), creo que el principal problema de “Collateral” es que anda entre los dos polos. A ratos, trata de ser una suerte de “The Wire” de un pequeño barrio londinense. A ratos, trata de construir un tenebroso thriller, como los que Hugo Blick urde tan magistralmente. El resultado es que no llega a ninguna parte.

   “The Wire” nos metía en medio de la ciudad de Baltimore y nos permitía ser visitantes durante cinco años, en los que intuíamos partes de vida de sus habitantes. Historias personales se entrecruzaban con crímenes e investigaciones policiales, intrigas políticas con anécdotas y rutinas. Y Temas, con mayúscula, como la marginalidad, la pobreza, la educación, la responsabilidad de la prensa, la corrupción de las instituciones y la delincuencia formaban los pilares de una tragedia griega en Estados Unidos. Incluso con un Griego que no era. “The Shadow Line”, por contra, presentaba una serie de personajes y proponía una historia lineal, con introducción, nudo y desenlace. Personajes espléndidos, trama retorcida, ritmo implacable y un Villano apoteósico.

   “Collateral” es un batiburrillo de lo anterior. Presenta una historia lineal, con introducción, nudo y desenlace, a la cual trata de atar Temas no menos merecedores de mayúscula como la xenofobia, la inmigración, el amor, el deber y la fe. Pero no cuaja. El estudio social estorba a la trama. Los personajes no respiran ni se desarrollan. El maniqueísmo es marcado (de acuerdo que es difícil no ser maniqueo cuando hay una organización criminal turbia metida en danza, pero justo eso se lograba en “The Wire”, que negaba atribuir la bondad o la maldad por el lado de la ley en que se estuviera y, en “The Shadow Line”, el personaje de Christopher Ecclestone era uno de los que más compasión inspiraban, por muy narcotraficante que fuera). Y el final, con un éxito muy relativo para los “buenos”, aunque decente, sabe a poco porque, francamente, nos da un poco igual tanto la vida de los personajes como la resolución del caso.

   El ritmo en general es correcto y la dirección aceptable, aunque sin destacar y con ciertas secuencias que podrían haber sido más austeras, acorde con el tono que la serie trataba de alcanzar. Hay, por cierto, una total carencia de humor. Esto es extraño, porque un británico tiene el sentido del humor activado por defecto, aunque sea una variedad cruel, calculadora y defensiva. Esto también separa mucho a la serie de las dos piedras de toque que antes he mencionado. Las escenas eminentemente graciosas o irónicas en “The Wire” son numerosas y en “The Shadow Line”, además del humor sarcástico de varios personajes hay una macabra ironía glacial de la propia serie que la recorre de punta a punta. En “Collateral” todo el mundo es más tieso que una escoba.

   La investigación policial puede ser lo más interesante de la serie. Carey Mulligan me gustó como la impasible DI Glaspie, el personaje más complejo, ex atleta fracasada, ex maestra y ahora policía perspicaz y compasiva. Mulligan logra interpretar a un personaje controlado sin convertirlo en un monigote de palo gracias a determinadas escenas, con un brillo en los ojos o un rictus de la boca. Y también en esta trama la capitán Sandrine Shaw es un personaje relativamente complejo, otra mujer profesional, controlada, con lava palpitante de rabia, frustración, angustia y ansias de cumplir lo que entiende es su obligación bajo un caparazón casi irrompible. Jeany Spark lleva su papel a cabo con dignidad.

   Lástima que no se les haya dado más espacio para desarrollarse. El resto de personajes de esta parte de la serie a su alrededor son nulidades: los compañeros o superiores de Glaspie no llegan al nivel ni de recurso narrativo, salvo el Detective Sargento Nathan Bilk, que es justo eso, un recurso y bastante cansino; las hermanas del asesinado podrían haber tenido interés, si su estancia en el centro de reclusión para inmigrantes hubiera ocupado más tiempo. Sin embargo, esta parte, que parecía llamada a tirar hacia el polo “The Wire”, se subordinó a la parte policíaca y sirvió sólo para avanzar la trama y de un modo algo perezoso. El desagradable agente del MI5 Sam Spence podría haber sido una especie de antagonista ambiguo para Glaspie, una fría razón de Estado con tintes racistas, pero quedó en un arquetipo sin excesivo interés. Igual que el viscoso y repelente superior de Sandrine.

   Si los cuatro episodios se hubieran dedicado en exclusiva al thriller, se habría logrado algo notable. Habría habido tiempo para desarrollar tramas y personajes, para explicar los porqués de cada uno y para que la investigación efectivamente lo fuera: policías investigando, servicios de inteligencia maquinando, criminales organizados cubriendo sus huellas. En vez de eso, ni logramos conocer bien a ninguno de los protagonistas o antagonistas, ni se nos ofrecen escenas sabrosas, ni se resuelve el caso de modo convincente, sino más bien con un atajo en el último episodio que me dejó con un “Ah, ¿así descubren lo que ha ocurrido, en serio?”. Por lo menos no es un triunfo del Bien contra el Mal, que mande al carajo el tono que se pretendía realista.

   Y si no se da tiempo el thriller es por que se mete la cuestión social. Ojo, que no tiene por qué ser algo malo. Volvamos a “The Wire”: ahí hay sociología, economía, filosofía y política de primer orden. Y las tramas no sólo no quedan lastradas, sino que se realzan gracias a ello. Aquí, pues no.

   Toda la subtrama del Miembro del Parlamento laborista David Mars (John Simm) y de su ex mujer Karen (Billie Piper) es insufrible. Trataban, sospecho, de introducir aquí el debate sobre inmigración, derechos humanos y xenofobia en la sociedad británica además de dar una patada en a espinilla los laboristas. Bueno, podía haber estado bien. Pero no lo está. Las escenas son aburridas y sin sentido. No ayudan al avance de la trama principal, no nos interesa como trama secundaria, los personajes son tediosos (una pena, los actores sí son buenos) y desde luego los diálogos políticos no son dignos ni de “El Ala Oeste” ni de “Yes, Minister”.

   Algo parecido ocurre con la historia de la pastor Jane Oliver. Una sacerdote anglicana honesta y dedicada a su parroquia, abiertamente lesbiana, a la que el asesinato pone patas arriba la vida. Este personaje me gustó más que los otros y Nicola Walker es también una respetale actriz. Pero todo lo que hay alrededor queda cojo.

   Si la idea de la miniserie hubiera sido explorar cómo un acto de violencia afecta las vida de la gente a su alrededor (de ahí una posible explicación del título), podría haber sido de interés. Si hubiera querido centrarse en exclusiva en los aspectos sociales y políticos que se sacasen a la luz por causa del asesinato, también. Si hubiese querido limitarse a una serie policíaca, con cierto tinte social, hubiera sido correcto. Pero saber mezclar todos los elementos anteriores exige más talento, más habilidad y seguramente más episodios que estos cuatro, aceptables, fallidos y olvidables capítulos.

febrero 7, 2018

Frente al artículo 525 del Código Penal

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 8:43 pm
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   Aunque no me gusta particularmente meterme en debates sociales concretos en este lugar y prefiero divagar sobre cine, televisión y libros, hay veces que uno cae en tentación. Hoy voy a caer un poco, con el perdón de ustedes. Voy a exponer, siquiera de modo sucinto, por qué creo que el artículo 525 del Código Penal debería ser derogado. Y espero no ofender a nadie. Más que nada porque, visto lo visto, ofender a la gente es tan sencillo que resulta aburrido.

   Un par de consideraciones previas. No voy a comentar ninguna noticia específica relativa a la aplicación por un tribunal de este artículo. Para hacer eso, creo yo, debería, por lo menos, leer la sentencia o auto del tribunal en cuestión, no basarme en tal o cual noticia o, pero aún, en tal o cual titular.

   Tampoco pretendo que esto se convierta en una tesis doctoral, ni voy a analizar, con el rigor propio de un artículo académico, el precepto penal y toda la jurisprudencia y doctrina tras él. No porque no tenga su interés, sino porque no es lo que pretendo. Por último, no me parece justo criticar a un tribunal por condenar a una persona conforme este artículo (siempre y cuando se hayan respetado todas las normas del procedimiento y la sentencia sea jurídicamente correcta). Ciertamente que los tribunales interpretan la ley, pero por mucho que interpreten, deben aplicarla. No pueden, al margen de cuáles sean sus ideas, convertirse en legisladores, mucho menos en un terreno tan peligroso como el del Derecho Penal. Quien puede poner y quitar artículos del Código Penal es (recursos y cuestiones de inconsticionalidad aparte) el Parlamento.

   Por último, aunque voy a dar mi opinión sobre este punto concreto, no voy a decir si soy o no creyente. No es por hacer trampas, es justo por lo contrario. Creo que, en esta cuestión, mis creencias o falta de ellas son irrelevantes. No me opongo a un buen debate entre personas de diferentes creencias o de diferentes faltas de creencias, ni mucho menos. Pero tengo la impresión de que dar ese dato puede distorsionar el resto del artículo. Si dijera que soy ateo, podría acusárseme de antirreligioso (estupidez considerable, por cierto). Si dijera que soy creyente (o de qué religión) seguro que hay quien me tacharía de hipócrita o de intentar usar esa confesión para manipular al lector.

   Vivimos en una sociedad con gentes ateas, agnósticas y religiosas, por burda que sea esta división, sabiendo lo complejos que son los seres humanos y la diversidad que hay en cada uno de esos grupos. Las leyes, en teoría y en pare, son normas comunes que nos damos para tratar de vivir más o menos en común sin matarnos los uno a los otros, por mucho que la severa sentencia del conde Tolstoi penda sobre el Derecho. Por tanto, siguiendo las tesis de Rawls, deberíamos establecer normas que sirvan para proteger a todos y en las que estemos de acuerdo, al margen de nuestras personales opiniones o creencias.

   Bueno, vamos con el artículo de marras.

  El artículo 525 está incluido en la Sección 2ª (“De los delitos contra la libertad de conciencia, los sentimientos religiosos y el respeto a los difuntos”) del Capítulo IV (“De los delitos relativos al ejercicio de los derechos fundamentales y libertades públicas”) del Título XXI (“Delitos contra la Constitución) del Libro II del Código Penal. Alguna vez he leído por ahí que debería suprimirse de un plumazo toda esta Sección. No estoy de acuerdo. La existencia de los dos primeros artíuclos me parece razonable dentro del Código Penal. Porque se refieren a derechos fundamentales (la libertad de religión es un derecho fundamental) tanto de creyentes como de no creyentes y porque la conducta exige “violencia, intimidación, fuerza o cualquier otro apremio ilegítimo” o “violencia, amenaza, tumulto o vías de hecho”. El Derecho Penal, entre otras cosas, sirve para proteger los derechos de las personas frente ataques graves. Y un ataque que se produzca con violencia, intimidación, amenazas, fuerza, etcétera parece grave, vaya.

  Dejo de lado el artículo 524, sobre el que tengo mis dudas y necesitaría más reflexión con whisky. Y dejo también de lado el artículo 526, aunque creo que habría que derogarlo también. Ya hablaremos o no de él en otro momento.

   ¿Qué dice este artículo 525, origen de tantas discusiones? Literalmente, esto:

  1. Incurrirán en la pena de multa de ocho a doce meses los que, para ofender los sentimientos de los miembros de una confesión religiosa, hagan públicamente, de palabra, por escrito o mediante cualquier tipo de documento, escarnio de sus dogmas, creencias, ritos o ceremonias, o vejen, también públicamente, a quienes los profesan o practican.

   2. En las mismas penas incurrirán los que hagan públicamente escarnio, de palabra o por escrito, de quienes no profesan religión o creencia alguna.

   Hagamos algunas consideraciones para poner las cosas en sus justos términos. Como se ve, la pena no es privativa de libertad, sino económica, una multa. Esto tiene su trampa, como sabe cualquier estudiante de Derecho, porque si uno no paga la cuantía de la multa, actúa el artículo 53 del Código Penal y la multa se transforma en un privación de libertad. Pero, bueno, eso es sólo en caso de que el condenado por el delito no pague. Y la multa se gradúa, por ley, de acuerdo con la capacidad económica del condenado, precisamente, para asegurar el pago y, además, porque no es lo mismo para un sin techo que para un millonario pagar, pongamos, 400 euros.

  Por consiguiente, la pena legal no debería, en principio, privar a persona alguna ni de un segundo de libertad. Esto lo digo porque ante ciertas noticias de condenas siempre hay quien dice que ya puestos se reinstaure la hoguera, como cantaba Krahe.

  Además, el delito exige que la acción se haga públicamente, no en privado, en la intimidad del hogar o de un reunión íntima. Y, en fin, protege, tanto a creyentes como a no creyentes.

   Pero, esto es bastante notorio, la mayoría de las veces que se ha aplicado este artículo ha sido por denuncias de gente con creencias religiosas, no de ateos o agnósticos. Tiene su sentido, ya que las religiones tienden a tener un cuerpo más o menos ordenado y coherente de creencias, mientras que cada ateo, por así decirlo, va por libre. Un musulmán y otro musulmán, aunque no estén de acuerdo en muchas cosas, sí tienen ciertos puntos en común que no tienen, por ejemplo, con un protestante. Un ateo y otro ateo, al margen de su no creencia en ningún dios, no tienen por qué. Nótese, por cierto, que el acusado por un creyente puede ser otro creyente, incluso de su misma religión, aunque seguramente no de la misma cuerda.

   Este precepto no protege al Dios de las religiones del Libro ni a ningún dios, ni a ninguna divinidad o Providencia. No protege ni a los ángeles, ni a los querubines, potestades o arcángeles. Ni tampoco la creencia o no creencia en ellos. Protege a aquellos que creen o no en los mismos. No es, por lo tanto, el equivalente al delito de blasfemia, en el que el ofendido es Dios, directamente. Delito que para vergüenza de la Humanidad, en primer lugar de los creyentes, sigue existiendo en varios Estados del mundo y no con penas muy suaves.

   Porque este delito no es un delito religioso, ni es aplicado por órganos de ninguna religión. No se protege ortodoxia alguna, con este precepto. Quienes lo aplican son tribunales civiles, no eclesiásticos. Y no creo que porque este delito exista se pueda tachar al Código Penal de confesional. Porque no defiende ni a una religión concreta, ni siquiera a la religión. Consideren ustedes el lío que eso supondría. Si lo protegido fuera la religión, sólo se podría considerar ofendido quien fuera el representante de esa religión. ¡En menudo jaleo nos meteríamos! ¿Quién iba a decidir qué es y qué no es ofensivo para esa religión? Ni siquiera en confesiones tan jerárquicas como la católica estaría la cosa clara. ¿Debería personarse en Vaticano en cada causa? ¿Le correspondería la decisión a la Conferencia Episcopal o a obispo del lugar? ¿Y si otra Conferencia Episcopal, otro obispo o una agrupación de creyentes de base no estuviesen de acuerdo con la opinión del denunciante?

  Por tanto, el ofendido no es Dios, que está fuera (por naturaleza si existe y por su propia inexistencia, si no) de la jurisdicción del Estado. No es la religión ni el fenómeno religioso. No es una religión o fe. No es una comunidad de creyentes organizada. No es el ateísmo. No es una federación de ateos. Es cada persona, cada ciudadano, creyente o no, que se siente ofendido por una actuación pública de otra persona que encaja en la descripción típica del artículo que antes les he copiado.

   Y yo creo que no. Que ese artículo no debería existir. Que ofender los sentimientos religiosos o la falta de sentimientos religiosos no debería ser delito. Que una sociedad en la que eso es delito es una sociedad peor que una en la que no lo sea. Porque no perdamos de vista esto. Da igual que la pena sea de multa. Da igual que se proteja a unos, a otros y los de más allá. Hablamos de un delito. De la más grave respuesta que el Estado, el Leviatán, el más frío de los monstruos, puede dar a un acto humano. Convertir algo en delito es la muestra definitiva del poder soberano. Debe ser usado con extremada prudencia.

   Una conducta puede ser grosera, desagradable o incluso inmoral, si se quiere. Pero no por ello ha de ser delictiva. Aquí, me temo, hay que elegir entre Edmund Burke y John Stuart Mill. Decidir si el Estado debe prohibir y perseguir, con su autoridad más temible, lo que ofende o lo que agrede. Lo que molesta o lo que daña.

   La ofensa a la creencia o descreencia, desde mi humilde punto de vista, debería estar fuera de la ley penal, igual que debería estar fuera de ella el honor. No quiero ponerme fasltaffiano (bueno, sí). El honor, que es casi más complicado de definir que la fe, es también un derecho de las personas. Y no veo mal que el Estado ofrezca mecanismos para protegerlo o exigir satisfacción si alguien lo daña. Los duelos detrás de un convento al amanecer eran vistosos, pero un poco añejos, ya. Mejor es discutir esto con tono prosaico ante un tribunal. Civil. Pidiendo una indemnización o una reparación que puede ser una disculpa y una rectificación tan pública como la ofensa. Existe una ley que así lo prevé. No entiendo por qué no se extiende esa ley a las ofensas a las creencias o increencias religiosas. No entiendo que, hoy día, se convierta en criminales a los que se burlen de que otra persona crea o no en Dios. Me parece, ustedes me disculparán, propio de una sociedad infantil.

   La limitación a la burla, a la sátira, a la parodia y a la crítica, salvo prueba en contrario, me resulta muy sospechosa. Cuando esa limitación aparece con toda la sombría majestad de lo criminal, mi sospecha se convierte en alarma.

   Y a los creyentes, les recomendaría que leyeran la oración que Santo Tomás Moro compuso, en la Torre de Londres, esperando su ejecución:

     Señor, dame una buena digestión y,

     naturalmente, algo que digerir.

     Dame la salud del cuerpo

     y el buen humor necesario para mantenerla.

    Dame un alma sana, Señor,

    que tenga siempre ante los ojos lo que es bueno y puro

    de modo que, ante el pecado, no me escandalice,

     sino que sepa encontrar el modo de remediarlo.

    Dame un alma que no conozca el aburrimiento,

    los ronroneos, los suspiros ni los lamentos.

    Y no permitas que tome demasiado en serio

    esa cosa entrometida que se llama “ yo”.

    Dame, Señor, el sentido del humor.

    Dame el saber reírme de un chiste

    para que sepa sacar un poco de alegría a la vida

    y pueda compartirla con los demás.

  Qué sé yo, pero igual si recuerdan eso, a la puerta del juzgado, se dan media vuelta, entran en un bar y se piden un par de cañas. Que siempre sientan mejor que una sentencia.

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