Con un vaso de whisky

mayo 1, 2019

Valar morghulis, pero sin exagerar

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 6:48 am
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   Esta es la segunda y casi con certeza última reseña que escribo acerca de “Juego de Tronos”. No tenía pensado escribir más desde mi despedida de lord Baelish, mi individuo preferido con mucha diferencia en todo Poniente. Dudaba que la serie fuera a sacarme de mis casillas otra vez, luego de destrozar a ese escurridizo maquinador y ejecutarlo del modo más ignominioso. Y tenía razón: no estoy irritado, sino cansado. “Juego de Tronos”, en esta última temporada, me demuestra que ya no es más que una cáscara vacía. Y aún peor. Es una estafa. Una estafa que puede llegar a la indignidad de “Perdidos”.

   Voy a obviar los dos primeros capítulos de la octava temporada, dos horas perdidas, en las cuales la trama no avanza ni un milímetro, los personajes (ja, personajes, perdonen el chiste involuntario, ya sólo nos queda Sansa; ¡Sansa, quién nos lo iba a decir! Meñique) se reencuentran con un efecto dramático y emocional buscado y no encontrado y uno empieza a plantearse si no sería cosa de planchar esa pila de ropa pendiente mientras Jon y Daenerys intercambian requiebros vergonzantes. ¡El incesto, aburrido! ¡Así estamos!

   Uno tenía todas sus fichas, pues, en el tercer capítulo. El Rey de la Noche y sus secuaces llegaban al fin a Invernalia. Con un poco de suerte, barrerían a los vivos y los supervivientes escaparían. Con un poco de menos suerte, vencerían, tras graves sacrificios, para descubrir que el Mal Gélido les había engañado y estaba en otro lado, concretamente en Desembarco del Rey. Y, claro, ni una ni otra. La tercera opción. La espantosa.

   A partir de aquí, algún destripe caerá.

   No voy a entrar en la valoración del estúpido plan de batalla de los vivos, pues hay excelentes artículos criticando, desde un punto de vista estratégico y táctico, el capítulo. Para qué repetir. Basta indicar que lo que ya sabíamos ha recibido su enésima confirmación: tía y sobrino Targaryen son unos imbéciles incompetentes y todos los que tienen a su alrededor deberían arrojarles desde la torre más alta que encontrasen. Pero esta vez asegurando el resultado, no como Jaime con Bran.

   Visualmente, el capítulo es notable. La carga de los dothraki es de un cretinismo sin parangón desde la de la Brigada Ligera y la reaparición de Melisandre sin dar motivo de la misma, justo en ese momento, para ejercer de mechero viviente y recurso narrativo de guionistas perezosos, patética. Pero, justo es reconocerlo, esas miles de espadas ardientes fueron resultonas. Y ver cómo se apagaban en el abrazo de la Noche me concedió una breve esperanza. Falsa. No tuve, por cierto, mayor problema con la oscuridad que tanto se critica. Me pareció que tenía sentido, el que el espectador, como los vivos, no supiera bien cuándo y de dónde iban a surgir los muertos para dar una dentellada.

   ¿Hay algo aprovechable en este tercer y largo capítulo? Sí. Arya en la biblioteca es una secuencia excelente, tensa y muy bien rodada. La mínima sonrisa del Rey de la Noche ante Dany, cuando ésta se da cuenta de que su único recurso en la vida, los dragones, es inútil frente a él, casi me emocionó.

   Ah, pero el capítulo ya había dado señales, desde muy pronto: sería una engañifa. Y aquí voy al meollo de mi problema con los dos últimos años y pico de “Juego de Tronos”.

   El profesor Nahum, crítico que merece todo mi respeto y que me ha honrado con su atención más de una vez, repite que a partir de determinada temporada (la cuarta o la quinta, esto es discutible) había que cambiar las gafas para ver esta serie. Que todo se volvió más palomitero. Más marvelita. No le falta razón. Lo que pasa es que esa serie ya no me interesa. No fue un cambio brusco, brutal. La serie aún tenía sus destellos, a los que algunos nos agarrábamos. Sin embargo, la enfermedad estaba en el núcleo. Y era evidente.

   “Juego de Tronos”, para mí, tenía dos grandes atractivos. Era una serie de intrigas y conspiraciones, con personajes relativamente tortuosos y planes dentro de otros planes. Es notorio que ya no queda un personaje que piense, salvo Sansa, alumna que aprendió a golpes. Tyrion se ha vuelto idiota, Varys está sólo de cuerpo presente, lady Olenna y Tywin nos dijeron adiós y de Meñique ya he hablado bastante, no quiero caer en melancolías. Nos quedan tontos por doquier.

   La otra gran virtud era que no había seguridad. Los buenos podían morir. De hecho, los buenos, quienes, como decía Casco Oscuro, son idiotas, tenían tendencia a morir. No había, se suponía, personaje que estuviera a salvo del Segador y, durante buena parte de las temporadas, cuando caía la guadaña, caía con sentido. Era la consecuencia de alguna decisión, de algún error, de algún complot. Si te ponías a tiro, te abatían.

   Y luego algo pasó y los guionistas empezaron a repartir bulas. De repente, había seguridad. Había un núcleo de individuos que sabíamos, sabemos, con privilegio. Por si nos quedaba alguna duda, la serie colocó a varios en un lago de hielo, rodeados por hordas de muertos andantes, sin apoyo ni vía de escape. Y sobrevivieron. El condenado Jon Snow sobrevivió a dos muerte seguras en menos de cinco minutos. Los animales son iguales, decían los cerdos de Orwell, pero unos animales son más iguales que otros.

   El tercer capítulo de la octava temporada ha sido otra vuelta de esta tuerca. Pones a unos cuantos personajes principales en primera línea frente a unas fuerzas que devoran gente cual termitas la madera. Y, ¿a quién perdemos? A Edd el Penas. A lady Mormont, la pobre, que era una terciaria simpática, muere, pero no sin antes abatir a un gigante. Sir Beric Dondarrion, que ya no sabía ni qué hacer con su parche, cae, pero vive Dios, costó. Y aún más el Pagafantas con armadura, ese insoportable sir Jorah. Ah, y Melisandre, que se había quedado sin gas. Por cierto, ya me explicarán la mirada de casi pánico que la Mujer de Rojo dedicó a Arya hace años, viendo cual era al final el destino de la muchacha; no veo qué de terrorífico podía tener para una devota del Señor de la Luz.

   ¿El resto? Sin un rasguño. En primera línea y casi sin despeinarse. Jaime, manco y más bien torpón, tan campante, junto con Brienne y Podrick, aplastados contra una pared minutos eternos cuando no deberían haber durado ni diez segundos. Gusano Gris, también llega al final del episodio; verán que al final logra jubilarse en una playa. ¡Sam! ¡Sam sobrevive! ¡En un combate cuerpo a cuerpo contra docenas de zombies y esqueletos espídicos! ¿Cómo se va a tomar esto en serio nadie? ¿O en broma? No digamos Jon o Daenerys, que también deberían haber pasado a mejor vida unas seis veces cada uno. Aunque, seamos sinceros, eso ya no lo espera nadie.

   Y entonces, cuando la cosa ya no podía empeorar, por supuesto que empeoró. El Rey de la Noche, en vez de esperar tan tranquilo a que el ejército que acaba de animar liquide a los escasos supervivientes, va al jardín donde espera Bran, viendo alguna película en su mente. Con enervante lentitud liquida Theon (bueno, algo es algo). Se yergue ante Bran. Como un villano trillado, parece que pierde a posta su momento y, si no fuera porque es mudo, hubiera sido de esperar un soliloquio de regodeo. Y entonces, el deus ex machina. Arya surge, vaya usted a saber de dónde, entre cohortes de muertos y Caminantes Blancos. Y se carga al Rey de la Noche. Y al ejército. Y chimpum.

   Miren. Al diablo. Al carajo, de verdad. Ocho temporadas. Ocho. Desde la primerísima escena. Dejando caer que la Gran Amenaza no eran las estratagemas de Tywin, los planes de Varys, el caos calculado por Meñique. Que el Mal venía de Más Allá del Muro. Insinuando, primero, proclamando, después, que cuando los muertos llegasen, que R’hllor nos cogiera confesados. Y cuando por fin llegan, cuando llegan de verdad, pierden en la primera batalla. Matando a unos cuantos ex-personajes, deshechos de una serie que no sabe cómo cerrar las redes que fue tendiendo años y años. Sin que sepamos gran cosa de la auténtica motivación o la auténtica fuerza tras los Caminantes Blancos. Así, puf. De una cuchillada. Ya, ya, con la daga que casi mata a Bran en la primera temporada, fíjense qué consuelo. Sí, de acuerdo, al menos no es Jon el que liquida al Rey de la Noche, pero es que eso ya hubiera sido una causa de justificación del linchamiento de creadores y guionistas.

   Este episodio ha sido el equivalente a un indulto de última hora para Ned Stark. O la llegada de salvadores inesperados en la Boda Roja. Anticlimático. Burdo. Pueril.

   En fin, que los tres capítulos restantes serán contra Cersei. La villana más torpe del plantel. Conforme, la voladura del Septo de Baelor fue impecable televisión; Cersei sigue siendo una cretina. Con Euron, el Histriónico Real, como enemigo número dos.

   Qué quieren. Será un alivio acabar de una vez con esta agonía.

   Valar morghulis. Menudo chiste.

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