Con un vaso de whisky

agosto 31, 2009

Autopsia

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:54 pm
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     diccionario       Mañana, martes, 1 de Septiembre de 2009, se cumplen setenta años de la invasión alemana sobre Polonia. El jueves, 3 de Septiembre, será el aniversario del comienzo oficial de la Segunda Guerra Mundial. Mucho se ha escrito y se ha filmado acerca del gran conflicto militar del pasado siglo. Hay grandes películas bélicas, de espías y biográficas. Existen espléndidos documentales; ensayos, bastan y sobran para construirnos un fuerte y pasar el resto de nuestras vidas leyéndolos. La mayoría de estudios analizan las etapas de la guerra, sus batallas principales, la sociología, la economía, los sistemas políticos imperantes en los enemigos. Debaten sobre si tal o cual decisión fue o no acertada. Escrutan ese espanto, el Holocausto.

            Cuando el ensayista o cineasta no se fija en las operaciones militares, suele fijarse en la Alemania nazi. Que el Tercer Reich fuera el enemigo común (además de Japón, porque Italia era más un lastre que un miembro del Eje) da fuerza a la tesis que presenta a la segunda gran guerra como la guerra justa por antonomasia. Si en un lado del campo esperaban las tropas hitlerianas, en el otro lado tenían que estar, forzosamente, los buenos. Es obvio que la Historia nunca es tan sencilla. Que en el otro lado estaba la Unión Soviética. Que el Imperio Británico no era ningún ejemplo de respeto a los derechos humanos, más allá de Inglaterra. Que la política exterior e interior de los Estados Unidos estaba diseñada para salvaguardar sus propios intereses. Aún así, los nazis eran los nazis.

            Por eso, porque los nazis eran los nazis, su régimen se ha mirado y remirado. Y, sin embargo, muy poca gente se ha atrevido a ahondar en el mismo. Los estudios suelen limitarse a observar la figura de Hitler y sus colaboradores, su legislación o su burocracia. No van al meollo del asunto. No diferencian el nacionalsocialismo de la extrema derecha, del fascismo. No ven que está por encima de ellos en la jerarquía del mal.

            Rosa Sala Rose sí lo ha hecho. Ha cogido el toro por los cuernos. Se ha enfrentado a las entrañas del régimen más perverso del siglo XX. Al estudiarlo, ha fundamentado que era, en efecto, el más perverso. Pero que, esto es decisivo, no era inhumano.

            Porque, en efecto, aún hoy, se sigue considerando a los nazis como monstruos ajenos, seres de otra naturaleza a la humana. Sala insiste en lo contrario: en que los nazis eran humanos, muy humanos, que tildarlos de inhumanos no es más que un esfuerzo por buscarnos una coartada. Si los nazis no eran humanos, sus acciones tampoco lo eran y no volverán a repetirse. Basta ver la película La Ola, basada en hechos terroríficamente reales, para comprender que eso es falso.

            En su Diccionario crítico de símbolos y mitos del nazismo (Editorial El Acantilado), Rosa Sala disecciona la cosmovisión nazi. Una cosmovisión que toma elementos de las leyendas germánicas y escandinavas, que mezcla de manera retorcida ciencia y pseudo ciencia, magia, superstición, pseudo religión, mitologías, darvinismo social y un racismo rampante. Rastrea el origen y sentido de símbolos tales como la Espada, la Antorcha, el Hielo contra el Fuego, el Roble, la Esvástica o el Lobo. Pone en su contexto el antisemitismo y el rechazo del judeocristianismo.

            Desde el comienzo del libro (con una anécdota de lo más reveladora) vamos viendo que el sustrato ideológico, casi místico, del Tercer Reich es más hondo y más oscuro de lo que sospechábamos. El nazismo era una forma de vivir, de pensar y de sentir, que lo traspasaba todo. Cuando empezamos a comprender la magnitud intelectual de ese régimen, asombra todavía más la valentía, la independencia mental o espiritual de aquellos que se negaron a someterse.

            Es, encima, una obra estupendamente escrita, exacta, pero no pesada. Yo me la leí en una mañana de un tirón. Luego, claro, volví a releerla, a trozos, por entradas, poco a poco, gustándola. La forma es irreprochable y el fondo es fascinante.

            Este libro no sólo es un placer; es incluso un deber. Rafael Argullol, autor de un acertado prólogo, lo indica: Rosa Sala nos descubre con rigor analítico y pericia literaria la sangre negra del nacionalsocialismo. Es importante asomarse a ella para reconocer, sin filisteísmo ni renuncias intelectuales, los precipicios del horror. Para no reincidir en la caída no basta con condenar. Lo valiente es comprender.

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agosto 28, 2009

VII. Mazmorras

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 11:04 am

           DOUGAL ALCANZÓ DE UN BRINCO A SU SUPERIOR, que caminaba a toda prisa.

            – Ha sido un tanto brusco.- murmuró el rastreador- Desde luego, has humillado al Gobernador delante de la elite social de Nicolia. ¿Merece la pena por un prisionero? ¿O lo has hecho para divertirte?

            – Los dos motivos son buenos. En realidad, lo que más quería era salir de ese maldito banquete. Habría estado mentalmente muerto en una hora, de haberme quedado.

            – No ha habido tanta charla sin sentido como parecería a primera vista.

            Edmund hizo un gesto desdeñoso.

            – ¿Por qué no les dijiste a esos estirados que fuiste mi maestro en la Escuela? Se habrían mostrado más respetuosos.

            – Si no son corteses conmigo porque soy un capitán, no me interesa su respeto.

            Guiados por el lacayo, habían descendido a los niveles inferiores de la mansión, las mazmorras. Ante una puerta de madera reforzada con metal esperaban varios guardias.

            – Tenemos aquí al prisionero, Señoría.- informó el lacayo.

            – Es un viejo enclenque- comentó uno de los guardias, entregando al Juez el informe recién escrito- Si no deja de temblar, se le saldrán los huesos.

            – Podéis retiraros. Entraremos sólo nosotros dos.

            – ¿No deseáis que vigilemos?

            – No.- y Edmund cerró la puerta tras de sí.

            El calabozo que servía como sala de interrogatorios era amplio, iluminado vagamente por antorchas que colgaban de las bastas paredes de mampostería y de las columnas. Formando un círculo macabro, las distintas máquinas de tormento rodeaban una mesa central, desde la que el preso podía contemplar aquellas obras del genio humano. El preso en cuestión, el viejo huesudo y tembloroso que había descrito el guardia con justicia, llevaba ya un buen rato dedicado a esta contemplación.

            Mientras Dougal se apoyaba en una columna, Lukas anduvo con deliberada lentitud hasta la mesa, se sentó, sin mirar al prisionero, y ojeó el informe. Luego, clavó los ojos, como garfios, en el viejo.

            Dougal fue testigo, y no era la primera vez, de la transformación que sufría el Juez cuando realizaba un interrogatorio. Su rostro experimentaba pequeños cambios que, sin ser significativos por sí solos, le daban un aire que iba de lo inquietante a lo aterrador. Los ojos verdes perdían toda sombra de ironía, se congelaban, con una fría llama en medio, que taladraba la piel, la carne, los huesos del interrogado, hasta alcanzar el mismo tuétano. Al entrar en la estancia, Edmund parecía una estatua; cuando había llegado a la mesa, era una descarnada ave de presa, lista para despedazar.

            – Has sido capturado rondando las fronteras de la República.- comenzó; las palabras retallaron en la mazmorra, el viejo se encogió- En compañía de hombres armados. ¿Qué hacíais tan cerca de nuestras tierras?

            – Yo no digo nada, no, señor, no digo nada, nunca digo nada.- murmuró el viejo.

            – Dirás. Cuánto tardes o lo doloroso que sea, depende de ti, pero dirás. ¿Por qué estabais tan cerca de la República?

            La mirada del viejo recorrió extraviada el potro, la dama de hierro, los flagelos, la silla de dolor, los aceros candentes y los ojos de Edmund.

            – Sólo soy un cocinero, señor, sólo eso, sólo un cocinero, un cocinero sólo.

            – ¿Y para quién cocinas, cocinero?

            – Para lord Klaus Helmut, señor, si sabéis. Lord Klaus Helmut.

            – Un señor de la guerra.

            – Yo no hago nada malo, sólo soy cocinero, siempre lo he sido, el viejo Oras, siempre, cuando servía a los Reyes, antes de servir a lord Helmut.

            La llama se inflamó en un incendio.

            – ¿Has servido a los Reyes?

            Oras se retorcía en su silla.

            – No puedo decir nada, señor, no puedo. Estoy juramentado, juramentado, no puedo decir nada.

            – ¿Quién te hizo jurar silencio? ¿Puedes contestar a eso?

            Oras tembló un poco menos: el terror que el joven del colgante transmitía era ahora menor.

            – Lord Helmut, señor, cuando pasé a su servicio. Todos pasamos a su servicio e hicimos el juramento.

            – ¿Fue decisión tuya pasar a su servicio?

            – No, señor.

            – ¿Tenía algún derecho sobre ti o sobre los demás?

            – No, señor, nunca había tenido ningún derecho. Nosotros nunca le habíamos servido a él.

            – Porque vosotros servíais a los Reyes.

            – Estoy juramentado, señor, estoy juramentado.

            – No, no lo estás.

            – ¿No?

            – No. Si lord Helmut no tenía derecho sobre ti, no podía hacerte su siervo, ni obligarte a prestar juramentos. Ese voto tuyo no significa nada. Eres un hombre libre y puedes decir lo que te plazca.

            – Nunca he sido un hombre libre. Siempre he servido a los Reyes del Corazón Negro, incluso cuando ya no lo tenían.

            – Pero los Reyes no están aquí, ni te han obligado a guardar silencio. Sólo lord Helmut. Y a él ya no le sirves.

            – Íbamos a supervisar, señor, los baluartes, señor, los baluartes defensivos. Para comprobar que los rojinegros no podrían tomarlos, señor.

            – ¿Y podrían?

            – Harían falta muchos soldados, señor, muchos soldados.

            – ¿Llevabas mucho tiempo sirviendo a lord Helmut?

            – Desde que murió la Reina, señor, desde que la Reina murió sirvo a lord Helmut.

            – Ya no lo sirves, Oras. ¿Cuándo murió la Reina?

            – Trece años, señor, hace trece años que la Reina Calen murió.

            – ¿Y el Rey?

            – Desapareció, se fue, como su padre, señor, y sus hermanos, a buscar la Corona, a buscar el Corazón Negro. Dejó a su mujer, regresó y la volvió a dejar, a ella y a su hija.

            – ¿Los Reyes tenían una hija?

            – Se la llevó lord Helmut. La pequeña Ailin. Le gustan mucho mis pastelillos de mora.

            – ¿Vive con lord Helmut?

            – Se fue, señor, también se fue, igual que su padre, a buscar el Corazón Negro. Yo oigo y pienso más de lo que lord Helmut cree. No es el Rey y se cree que sí y da órdenes a la hija del Rey. No tenía derecho a hacernos jurar, ni a mandarnos nada.

            – No, no lo tenía.

            – Y me ha mandado durante trece años. Trece años, sí, señor.

            – ¿Lord Helmut vivía con los Reyes?

            – No, vaya, no, señor. Los Reyes vivían en una pequeña fortaleza, más pequeña que la de lord Helmut; la abandonamos y nos fuimos al castillo de lord Helmut.

            – ¿Sabes dónde está esa fortaleza?

            – Sí, señor, sí lo sé, lo recuerdo bien. ¿Puedo irme ya, señor? Estoy cansado y tengo hambre y decís que soy un hombre libre.

            – Lo eres, y si me ayudas ya no tendrás que temer nunca más a lord Helmut.

            – ¿Ayudar?

            – Tienes que llevarme hasta esa fortaleza.

            – ¿Por qué, señor, por qué? ¿Por qué, si no hay nadie?

            – Porque quiero encontrar a Ailin, la hija del Rey.

            – ¡No!- aulló Oras- ¡No! ¡Los rojinegros odian a la hija del Rey!

            – Yo no la odio, Oras. Pero debes ayudarme, si quieres ser libre para siempre. Y Ailin será también libre, cuando la encuentre. Lord Helmut ya no le dará más órdenes.

            – Es la hija del Rey. No debería darle órdenes.

            – Ayúdame y no se las dará.

            – La hija del Rey será Reina, sí, cuando encuentre el Corazón Negro. Y nadie le dará órdenes.

            – Nadie se las dará, Oras.

agosto 24, 2009

Grandes series: Expediente X

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 5:21 pm
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          xfiles1  ¿Quién no ha querido ser agente del FBI tras un par de capítulos de Expediente X? Sólo los que quieren ser fumadores compulsivos. Los Agentes Mulder y Scully son iconos de la cultura popular, pero, frikerios aparte, ésta es una de las más notables series de intriga, ciencia-ficción y terror. Lástima que no se terminara en la séptima temporada y que los productores hagan películas.

            Desde luego, los episodios autoconclusivos son los mejores. Personalmente, el del fotógrafo de la muerte me parece magnífico. O el de la muñeca diabólica, escrito, creo, por Stephen King (y eso que me encantaría ver las manos de Stephen King clavadas en alguna puerta). O ese crossover estrambótico con COPS. Aquí es donde los guionistas ponían lo mejor de sí mismos: había demonios, fantasmas, criaturas sin nombre, sucesos de los que no se nos daba explicación. Y humor.

            Porque uno de los aciertos mayúsculos de Expediente X era la capacidad de parodiarse, de reírse de sí misma: Mulder y Scully de consejeros en una película sobre ellos mismos o encerrados en una casa con bromistas fantasmas asesinos, o enfrentados a vampiros que usan dentaduras falsas… Eso además de las pequeñas bromas privadas de la serie. Como que Scully saque su arma cada dos segundos. O que Mulder, cada vez que su compañera no está, se pase el día en su despacho, pegando lápices al techo o viendo vídeos que preferiría nadie le pillara haciéndolo. Por eso, “Expediente Springfield” podría haber sido un verdadero episodio de la serie. Y de los mejores.

            Cierto, Expediente X alimentó a una nueva generación de frikis cansinos. Pero bueno, supongo que, salvo los especiales de cocina, todo puede alimentar a una o dos generaciones de frikis. Son unas criaturas muy voraces, con unos estómagos de hierro y capaces de reaparecer cuando ya creíamos haberlos erradicado. Una plaga. Por otro lado, siempre he visto a los Tiradores Solitarios como una vacuna. Con esa parodia o retrato fiel (es difícil parodiar ciertas cosas, pasa lo mismo con los pijos) dentro del espectáculo, la responsabilidad de la serie queda bastante reducida. Y, con el tiempo que ha pasado, los frikis de esta serie pasan ya desapercibidos: la manada busca pastos más frescos.

            Otro gran acierto fue el lavado de imagen que le hicieron a Gillian Anderson. Porque, vamos a ver, cójase cualquier capítulo de la primera temporada. Ahí la tenemos, como una mezcla con lo peor de Margaret Thatcher y Madeleine Albright, varias décadas más joven. Gracias a Dios que alguien dio la voz de alarma, la cambiaron de arriba abajo. Duchovny, no, siguió con sus trajes aburridos y sus corbatas de burócrata. Pero, en fin, hacía de agente federal.

            Los episodios que iban desvelando la Gran Conspiración empezaron bien, con una trama compleja, siniestra; pero se fueron desinflando. Sólo aguantaban gracias a Mulder, a Scully y al carisma de sus enemigos o aliados ciertos o inciertos, como los Tres Tiradores Solitarios, Skinner, Krycek y, por supuesto, el enigmático Fumador.

            El Fumador me parece un gran villano. Es una lástima que los cigarrillos Morley sean ficticios. Este conspirador, el enemigo eterno de los protagonistas, se nos mostró al principio como el titiritero; fue astuto por parte de los guionistas mostrarnos que también tenía que luchar a todas horas contra otros individuos tan tenebrosos como él mismo. El capítulo dedicado de forma íntegra a su historia, aunque no perfecto, estaba más que bien llevado. Y su sarcástica parodia final del discursito de la caja de bombones (véase Forrest Gump, o cómo convertir una novela ácida en una ñoñería insufrible) le ponía el broche.

            Por eso, es mejor no ver las últimas temporadas. En serio. Qué manera de destrozar la serie.

agosto 21, 2009

VI. Una cena de gala

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:12 pm

            ATENDIDAS TODAS LAS CIRCUNSTANCIAS, el Juez Errante Lukas se tomó bastante bien la noticia del banquete. Dougal sentía una curiosidad casi morbosa por contemplar la reacción: ¿la balanza se inclinaría del lado del frío o del calor? En un primer instante, el segundo llevó las de ganar, por el brillo iracundo de los ojos, pero el control alzó la voz. Se llegó a un poco agraciado punto medio. Edmund, tras leer la invitación, la hizo pedazos, metódicamente rabioso.

            – En otra persona, éste hubiera sido un atento gesto.- comentó ociosamente Dougal- Pero viniendo del Gobernador Horst…

            Edmund hacía acopio de paciencia.

            – En fin, puesto que ya es irremediable, veamos el lado bueno. Estará presente la flor y nata de Nicolia. Algo puedes sacar de ellos. En estas fiestas, la gente habla más de lo que le conviene, si los escanciadores son generosos.

            – ¿Por qué me ha invitado?- aunque Edmund barajaba varias respuestas, la cólera le impedía decidirse.

            – Eres la única persona en la ciudad sobre la cual no tiene autoridad legal. Ésta puede ser una forma sutil de probar que, al margen de la ley, él se encuentra en un plano superior.

            – He de ir para no contrariar a Su Excelencia.- el joven mordió cada sílaba.

            – Precisamente.

            – Y, al hacer públicos los invitados, se asegura de que Nicolia entera sea testigo. ¡Un Juez Errante se inclina ante nuestro muy noble Gobernador!

            – Será un banquete animado. Una mesa de gala es un campo de batalla, lleno de combatientes experimentados. Podremos ver si el coronel Horst es tan brillante en esta clase de guerra como en la del acero y la sangre.

            – ¿De veras quieres acompañarme? Tú no estás obligado.

            – Señoría, si unos bandidos nos emboscaran y yo huyera, os encargaríais de que fuera atrapado y castigado por traidor. Mi misión es auxiliaros. Y ahora os encontráis ante un peligro mayor que unos cuantos malhechores.

 

            El comedor principal de la mansión mostró aquella noche una estudiada contradicción de estilos. Los ricos tapices, las blancas velas, la fina mantelería y cubertería, la melodía de laúdes, vihuelas, violines y flautas, la espléndida comida, mostraban la rica, próspera, gloriosa República. Pero las escenas bélicas de los tapices, las severas columnas, desnudas, los silenciosos centinelas, el sencillo atuendo de los sirvientes, reflejaban la dura, guerrera, austera República.

            Los comensales complementaban el decorado. Damas de pródigos vestidos sentábanse junto a parcos militares, mercaderes de importancia, al lado de funcionarios. Las mejores galas de unos y de otros formaban dos mitades mal encajadas de un mismo rostro.

            El Gobernador Horst presidía la reunión, siendo el mejor ejemplo de la duplicidad republicana. Pues si bien la cadena de oro, símbolo de su cargo, resplandecía a la luz de los cirios, caía sobre un uniforme de ceremonia, no por elegante menos sobrio. Se le veía satisfecho de su papel, señor del poderío bélico y de la riqueza de la paz. Sin la una, no tendríais la otra y, sin ésta, aquella resultaría imposible, parecía decir a los presentes.

            A Dougal le habían entregado un uniforme de etiqueta, con el emblema de capitán, nuevo y reluciente; en cambio, Lukas sólo accedió a ponerse un traje simple, limpio, bien cortado, sin adornos ni galones. El único complemento que el joven se había permitido no era otro que su colgante; complemento político y no estético; nadie podía ignorar que un Juez Errante se sentaba en la mesa. Pero una cosa era saberlo y otra distinta tener el temido símbolo de la espada y el libro cerrado ante los ojos. Aquello era una declaración: el Juez había aceptado la invitación del Gobernador, pero no estaba dispuesto a renunciar a su estatus. Sin embargo, aquel colgante tan poderoso parecía rebatir la sobria humildad de su traje de fiesta; los invitados quedaron desconcertados.

            La velada comenzó con un período de vagabundeo en una sala contigua al comedor, donde los convidados podían deambular, deleitándose con las golosinas que los servidores ofrecían en pulidas bandejas. El ruido frívolo de la conversación palaciega velaba miradas escrutadoras, vagas alusiones, estocadas de prueba: las vanguardias de los ejércitos se inspeccionaban mutuamente, tratando de discernir a los aliados de los adversarios.

            En aquel tiempo de escaramuzas, Edmund se mantuvo dentro de su campamento, encerrado en un silencio áspero. Dougal, como subordinado suyo, se mantuvo lealmente a su lado, callado también, pero suavizando el mutismo con una sonrisa educada y saludando correctamente.

            Un corpulento magistrado, reconocible por su collar, del que pendía un libro abierto, revestido por una rica hopalanda, se acercó, encabezando a un grupo de caballeros y damas, listos para asaltar al sombrío joven.

            – Señoría, celebro poder saludar a un compañero. Soy el Presidente del Tribunal de Peticiones, Uber de Dressau.- siguió una cascada de nombres, títulos y oficios, a los que Edmund prestó tan poca atención como el mismo Dressau- Parece que nosotros representamos a la judicatura en sus dos manifestaciones, ¿verdad? Usted, un Juez Errante, y yo, un Juez Ordinario.

            – Oh, vamos,- protestó una matrona, que había sido designada como esposa del magistrado- mi señor es más que un Juez Ordinario. No hay rango judicial superior al vuestro en esta provincia.

            – Salvo el Gobernador,- replicó fríamente Lukas- que es el máximo dignatario de la República en asuntos administrativos y, en caso de estado de alarma, también en materia judicial.

            – Perfectamente expuesto.- felicitó Dressau, encubriendo con una sonrisa jovial la incomodidad de sus acompañantes- Mi mujer nunca ha comprendido muy bien la jerarquía de la República, Señoría. ¡Le parece absurdo que haya alguien por encima de su marido, incluso excepcionalmente!- y besó la mano de su señora, entre las afectuosas risas de los demás, excepción hecha de Lukas, quien se limitó a esbozar una leve mueca sardónica.

            – Señor Presidente, le presento al capitán Dougal, mi auxiliar por orden del Consejo.- Dougal hizo una reverencia.

            – Sin duda es un honor y una responsabilidad grave ayudar en sus funciones a un Juez Errante, capitán.- dijo Dressau- ¿A qué cuerpo pertenece?

            – He servido en varios, señor Presidente, pero antes de unirme a su Señoría, pertenecía a los Rastreadores.- reconoció el interpelado

            – ¡Qué singular!- exclamó una joven dama, hija de una distinguida familia- ¿Es costumbre enlazar a simples oficiales con los Jueces Errantes? Tenía entendido que éstos eran los servidores más importantes del Consejo.

            -Sin duda.- sonrió Uber de Dressau- Son los infatigables guardianes de la República, ante quien todos han de inclinarse si nuestra patria está en peligro. Pocos hombres merecen más respeto que ellos.

            Edmund agradeció aquel torrente de elogios con un arqueamiento de ceja, lo cual tuvo la virtud de confundir por un segundo al honorable magistrado.

            – Mi señora,- intervino Dougal, siempre educado- el noble Consejo de los Nueve pone a disposición de los Jueces Errantes a una gran variedad de ayudantes. Algunos son guerreros de renombre o maestros de la Escuela donde sus Señorías reciben su formación. Otros somos simples soldados, deseosos de servir en la medida de nuestras posibilidades a la República. Sólo los Nueve saben por qué se asigna un auxiliar concreto a un Juez concreto.

            – ¡Bravo, mi capitán!- aplaudió Dressau- Nadie puede decir que el Consejo se ha equivocado al nombrarle ayudante de su Señoría.

            – ¿Es que el Consejo se puede equivocar al nombrar a nuestros ayudantes, señor Presidente?- preguntó el Juez Errante- ¿Qué criterios sigue para decidir qué nombramiento es un acierto y cuál un error?

            La joven dama sacó del apuro al magistrado.

            – ¿Cuánto tiempo lleva ejerciendo, Señoría?

            – Un par de años- contestó Edmund.- ¿Por qué?

            – El Presidente Dressau suele decir que muchos jóvenes Jueces Errantes abandonan esa posición por la de Juez Ordinario tras unos años. ¿Piensa retirarse pronto?

            La falta de sutileza de aquella dama impresionó a Edmund Lukas. ¿Tan simple le creían que formulaban alusiones burdas o es que eran sencillamente unos ineptos? Dougal se hacía la misma pregunta. La dama era hermosa y, pese a la hosquedad de Edmund, mantenía un tono complaciente, no de cortesía formal, sino de quien busca agradar para influir. El rastreador temió que su joven superior no resistiera la tentación de replicar con una grosera sequedad o, aún peor, con una cruel sorna.

            – No tantos Jueces Errantes se retiran.- se anticipó- Sí es cierto que muchos aspirantes no alcanzan el puesto y, de entre ellos, varios acaban como Jueces Ordinarios. Algunos Jueces Errantes, lo reconozco, abandonan el cargo por una vida más tranquila.

            Para alivio de Dougal, un sirviente finalizó el diálogo: golpeó tres veces con una varilla de plata un gran triángulo.

            – Mis señores, la cena está dispuesta.

            Los asistentes se alinearon según su categoría, entrando primero los de rango menor y ocupando sus puestos. Lukas y Dougal se encontraban al final de la cola: tras ellos sólo estaba el anfitrión. Por supuesto, el coronel Horst hubiera tenido que entrar en último lugar aun si un miembro de la Gran Asamblea hubiera estado presente; pese a ello, no era fácil determinar hasta qué punto Horst ocupaba un puesto superior al del Juez Errante en el cortejo debido a su calidad de señor de la casa y no por ser Gobernador.

            “Esto está mejor”, se dijo Dougal. “Una ambigüedad bien calculada. Si Horst ha organizado esa emboscada lamentable de hace un momento, acaba de rehabilitarse.”

            Cuando cada cual estuvo ante su posición, el Gobernado alzó una copa de fino cristal, con un dedo de vino.

            – ¡Por la República de Izur!- brindó- ¡Que los dioses la guarden hasta la consumación de los tiempos!

            – ¡Por la República!- corearon los invitados.

            Bebieron de un trago el contenido de las copas y las estrellaron contra el suelo. Unos sirvientes limpiaron con discreta rapidez los añicos.

            Horst se sentó, indicando con una leve seña a los demás que podían imitarlo. Edmund, en el otro extremo de la mesa, torció ligeramente el gesto. Los camareros sirvieron unos entremeses variados, y el mismo rumor de conversaciones batió el comedor, igual que había recorrido la sala.

            Aunque Dougal estaba su derecha, Edmund comprobó con repugnancia que la joven dama se sentaba a su izquierda y que el Presidente Dressau no estaba todo lo alejado que hubiera sido deseable.

            – Díganos, Señoría,- comenzó la dama- ¿cuál es en esencia su labor? Confieso que antes no me ha quedado muy clara.

            – En esencia es la misma que la de cualquier servidor de la República.- replicó el joven- Cumplir sus leyes y trabajar por su prosperidad.

            – Muy bien,- la dama reía, mostrando una bella dentadura y exponiendo un cuello apetecible, prometedor de otras muchas cosas- entonces, ¿qué le diferencia de cualquier servidor de la República?

            – Los Jueces Errantes estamos encargados de cuidar de la seguridad de la República. Tenemos autoridad para investigar cualquier caso que, a nuestro juicio, pueda encerrar algún riesgo para el bienestar del Estado. En estos supuestos, los Jueces Ordinarios deben apoyarnos y ceder su capacidad decisoria en nuestro favor. Por otro lado, si en alguna población no se dispone de un Juez o Tribunal Ordinario podemos asumir temporalmente sus funciones.

            – Señoría, mi nombre es Gur Salis.- intervino un comensal cercano, de mediana edad y constitución fuerte- Soy comerciante y controlo buena parte de las rutas mercantiles que unen nuestra ciudad con el resto de la República. Algunos dicen que mis socios y yo hacemos que Nicolia tenga sangre. Pero usted tiene un gran poder en sus manos, mayor que el que se me atribuye a mí. ¿No hay nadie que le pueda controlar?

            – Nos sometemos a la ley.- contestó Edmund.

            – ¿Y quién cuida que esto sea así, en efecto?

            – Los Nueve, señor. Los Jueces Errantes respondemos ante el Consejo y sólo ante el Consejo.

            El mercader dirigió una disimulada mirada hacia la cabecera de la mesa, donde el Gobernador conversaba con dos militares de alto rango.

            – Tenga cuidado, señor Presidente. Su tribunal se vería incapaz de meter en cintura a nuestro joven Juez si le ofende esta noche.

            – Trataré por todos los medios que su Señoría y yo acabemos la velada tan amigablemente como la hemos empezado.- el magistrado inclinó su cabeza en dirección a Lukas, quien respondió con un gesto similar.

            – Hace bien,- sonrió Gur Salis- porque si el Consejo, a quien los dioses inspiren, es el único por encima de los Jueces Errantes, daría todo mi dinero para no estar a mal con ninguno.

            – Cualquier ciudadano puede interponer una denuncia ante el Consejo.- Edmund no abandonaba un frío tono neutro, árido- Si prueba un abuso o infracción del Juez denunciado, éste será castigado con severidad.

            – ¿Una denuncia firmada?

            – Desde luego,- dijo Dressau- desde luego que firmada. Las denuncias anónimas se prohibieron hace varios años. ¡Que los cielos me asistan, nadábamos en medio de las querellas falsas más absurdas! Los Tribunales casi se paralizaron. Por eso, la Gran Asamblea ordenó que todas las demandas y denuncias estuviesen firmadas, y que el responsable de una denuncia fraudulenta fuera castigado con la misma pena que estaba prevista para el delito que imputaba.

            – ¿A qué me condenaría el Consejo si le denunciara en falso, Señoría?- se interesó el mercader.

            – A muerte.

            Salis carraspeó, sonrió y bebió un sorbo de vino.

            – ¡Ah, bien, el plato principal!- exclamó, al entrar de nuevo los camareros, cargados con grandes fuentes.

            – Venado, asado con cebollas y castañas.- Dougal se frotó las manos- Hacía mucho que no lo probaba.

            – Supongo que ésa es una de las razones que hacen que un Juez Errante abandone su puesto.- comentó la joven dama- Pese a su poder, ha de ser una vida sacrificada, siempre viajando, sin poder descansar, ni establecerse, sin tener la posibilidad de disfrutar.

            – En eso le superamos, Señoría.- dijo Gur Salis- Sabemos paladear la vida. En Nicolia, un hombre de importancia no puede ser austero. ¡La austeridad excesiva mata la vida! ¡Y la austeridad voluntaria, la razón!

            Sus vecinos rieron.

            Edmund guardó silencio.

            “¡Chico listo!”, pensó Dougal. “Estos aprendices de cortesanos pretenden que se meta en un terreno peligroso, que se interese por Rinauld. A fe mía, tendrán que buscar otro camino.”

            – ¿No esta de acuerdo con nosotros, Señoría?- insistió la joven dama- ¿No cree que su autoridad se paga muy cara?

            – La autoridad se concilia con la responsabilidad, no se paga con la falta de comodidades.- la respuesta sonó tan cortante como una sentencia.

            “Una respuesta de manual”, suspiró Dougal.

            – Pero, ¿no la echa en falta? ¿Poder afincarse en una ciudad, tener el respeto de sus conciudadanos y vivir la vida?

            – ¡Oh, querida!- exclamó la Presidenta- Estos jóvenes tan sobrios os dirán hoy que por su patria aguantan todas las penalidades, pero en cuanto tengan unos años, admitirán lo que un oficial al que conozco: ¡que una buena cama, tras una buena cena, con una buena mujer vale más que todas las victorias de la Historia!

            Las risas arreciaron y la joven dama reía la que más, sin que sus ojos se separaran ni un instante, tras las pestañas, del rostro de Edmund.

            “¿A qué viene esto?”, se preguntó el Juez. “¿Es que esta niña rica no tiene más pretendientes, o su familia cree que casarla conmigo será una victoria social? ¿O hay algo más? Si esta maniobra tuviera éxito, ¿a quién beneficiaría? ¿Al Gobernador? ¿Y cómo?”

            “Aquí ocurren cosas que se me escapan”, meditó Dougal. “O bien toda esta charla no es más que palabrería de salón o bien es fruto de un plan bien calculado. Y en este comedor nadie urdiría una trama de importancia sin el visto bueno de Horst. Quizás piense que si Edmund se rinde a los encantos de ésta será fácil de manipular. ¿Tanto miedo tiene a un Juez Errante?”

            – Excelencia,- dijo Gur Salis, dirigiéndose al Gobernador- aún no habéis contestado a la petición de audiencia de la Junta de Comerciantes. Y es una entrevista que urge. Querríamos saber con exactitud si la llegada de nuestros gloriosos batallones no supondrá perjuicio alguno para el buen ritmo de la economía, como nos habéis asegurado.

            Horst dirigió una mirada colérica al mercader.

            – Mi estimado Salis, me reuniré con la Junta en cuanto me sea posible. Pero no me parece adecuado discutir de ese asunto en la mesa.

            “La mano de Horst no es tan pesada en Nicolia como ha querido hacernos creer”, se dijo Lukas. “Los mercaderes, seguramente la banca, mantienen una cuota de poder. Y no quiere que el asunto de las legiones se debata. Bien, veamos hasta que punto le resulta molesto.”

            – ¿Es que la Gran Asamblea va a enviar más fuerzas a esta provincia? ¿Para esos batallones son los barracones que se están construyendo?

            – En efecto, Señoría.- respondió el coronel, impaciente- ¿Vuestro ayudante no os informa de sus pesquisas? Porque estuvo haciendo muchas preguntas sobre ellos a mis soldados.

            “Era obvio que los guardias advertirían de nuestra conversación a sus superiores y estos a Horst”, pensó Dougal. “Edmund no debería presionar al Gobernador para conseguir información perfectamente deducible.”

            – Entonces, Excelencia, estas legiones serán encomendadas a vuestro mando. Sin duda para una campaña contra los bárbaros sin ley.

            – Os gusta señalar lo evidente, señor Juez. Es claro que la República sólo moviliza sus ejércitos cuando es necesario. Y la única razón para traerlos hasta aquí es hacer frente a la amenaza de los señores bárbaros.

            – Y vos sois el elegido para llevar a cabo esa misión. Mis felicitaciones. Propongo un brindis, en honor a vuestra Excelencia y a los valientes guerreros que extenderán la luz de la República.

            Los comensales respaldaron el brindis, que Horst aceptó con el aire de un hombre que se siente traicionado por sí mismo.

            “La Gran Asamblea y el Consejo pueden tener muchos motivos para traer legiones a esta región”, caviló Dougal. “Desde impedir que se concentren demasiadas tropas en un lugar concreto a acometer una invasión en serio contra los señores bárbaros. Pero Horst habla de amenaza; ha usado esa palabra y parece arrepentido de ello.”

            Un lacayo entró en el comedor y se inclinó ante el Gobernador.

            – Disculpadme, Excelencia. Una de las patrullas de exploradores ha regresado con un prisionero. Solicitan vuestras instrucciones.

            – ¿Para qué irrumpes en el banquete por un prisionero?- rugió Horst- ¡Que lo lleven a un calabozo y ya lo interrogaré!

            – Un momento, Excelencia.- Edmund se había puesto en pie- ¿Ese prisionero de donde procede?

            – ¿Qué importa eso?

            – Responde tú.- ordenó el Juez al servidor.

            El lacayo miró alternativamente a su señor y al joven Juez, sin saber muy bien en la ira de quién incurrir.

            – Da igual de dónde proceda,- intervino uno de los oficiales, dispuesto a ayudar a su superior- corresponde al Gobernador hacerse cargo de su custodia, según las leyes.

            Horst no sonrió: aquel apoyo era endeble.

            – Salvo que un Juez Errante considere su interrogatorio materia de seguridad estatal.- replicó Edmund.- Y si ese prisionero ha sido capturado cerca de las tierras bárbaras, podría considerarlo.

            – ¿Acaso hay aquí un Juez Errante que así lo considere?- preguntó el coronel, logrando controlar el tono de su voz.

            – Lo hay.

            – Vuestro es, Señoría. Mas deberéis compartir conmigo cuanta información logréis de ese individuo.

            – Eso queda a mi arbitrio, Excelencia. Si pienso que es en interés de la República, os lo comunicaré. Que lleven al prisionero a una sala de interrogatorio.- agregó, dirigiéndose al lacayo- Mi asistente y yo iremos de inmediato.

            Dougal se levantó a una señal de Edmund, inclinose ante los asombrados comensales y siguió al Juez. Horst, se sentó, se encogió de hombros, como quitando importancia al suceso e indicó a sus invitados que la cena, ni mucho menos, había concluido.

agosto 17, 2009

Argumentaciones

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       diputados     He terminado no hace demasiado dos espléndidos ensayos. Dos libros escritos con décadas de diferencia; que he leído, uno tras otro, por pura casualidad; y que se oponen y complementan, pese a ello, magníficamente. Uno de ellos, escrito por Hans Kelsen. Cuando a un estudiante de Derecho se le menciona ese nombre, se le ponen los pelos como escarpias, esté de acuerdo o no con sus teorías jurídicas o políticas. El otro lo firma Antonio García-Trevijano, jurista a quien no conocía hasta ahora. Un rival más que digno.

            Son dos ensayos de diferente longitud, de diferente estilo, de diferente posición, ante un mismo problema: el de la democracia. Son dos pensadores que se dicen demócratas. Y, sin embargo, sus posiciones resultan irreconciliables. Porque Kelsen, en su De la esencia y valor de la democracia se muestra firme partidario del parlamentarismo (con reformas) en su actual configuración del Estado de partidos. Y García-Trevijano, en Frente a la Gran Mentira, asegura que ese Estado de partidos no es ni puede ser una democracia.

            Kelsen y García-Trevijano tienen ciertos puntos de acuerdo. El más relevante, la diferenciación clara de la democracia formal de la llamada “democracia social”. Ambos advierten contra un error frecuente: confundir la democracia con una ideología política que busca la igualdad social y la libertad civil. Un error que lleva de moda en el lenguaje político muchísimo tiempo.

            Cuente, si no, el lector, las veces que nuestros ilustres padres de la patria usan el adjetivo “democrático” al día. Si algo es bueno, es democrático. Las actitudes deben ser democráticas, las opiniones deben ser democráticas, la sociedad es democrática, los hombres, los planes, los proyectos, las discusiones y el talante. Como nos descuidemos, los menús del día serán democráticos. Lo más estúpido que he llegado a leer es que la familia ha dejado de ser patriarcal para ser democrática. En realidad, quiere decirse que, afortunadamente, la familia ya no es patriarcal y que los cónyuges están en igualdad de condiciones. ¡Ah, claro! Igualdad y otredad y ranas con sombreritos estrafalarios: democracia. Blanco y en botella.

            Pero la democracia, siendo rigurosos, no es una ideología política. La democracia no trata de igualdad entre sexos o razas, libertad de prensa, de religión o de expresión. Por usar una frase de García-Trevijano la democracia se encarga “del gobierno de las leyes, no de las leyes del Gobierno.” La democracia es un sistema de organización. ¿De qué? De las relaciones entre los poderes del Estado y de la convivencia entre el Estado y la sociedad civil. En eso, insisto, Kelsen y García-Trevijano están de acuerdo. En poco más.

 

            Basta con leer los títulos de ambos ensayos para calibrar el tono de cada uno. Kelsen es frío, argumenta con tranquilidad, sus argumentos se desarrollan con mecánica precisión. Cuando uno acaba de leer, al menos durante un buen rato, no encuentra fallos en la maquinaria que ha desplegado ante nosotros.

            García-Trevijano es, al contrario, agresivo. Mordaz. Divide su ensayo en dos partes. Uno para desvelar lo que denomina (con dramatismo no infundado) la Gran Mentira y su historia, desde la Revolución Francesa hasta la Europa contemporánea. La segunda, para desarrollar su teoría pura de la democracia. Es riguroso. Pero donde Kelsen escribe con la profesionalidad seca de un letrado, don Antonio clama como un censor indignado.

            En el profesor alemán, ¿qué encontramos? La defensa del Parlamento en época de la República de Weimar. Es un alegato en pro del régimen existente en la Alemania de entreguerras, un escudo intelectual frente a los embates del bolchevismo y del fascismo. La sombra nazi empezaba a extenderse.

            Así, nos encontramos con la imposibilidad de una democracia directa, por razones demográficas y de división de trabajos obvias. Con un pueblo que no es un cuerpo demasiado homogéneo. Con los partidos políticos como los únicos capaces de reconducir a las masas sociales dentro del sistema estatal. Los partidos políticos son el centro de la tesis de Kelsen. Son ellos, mediante unas elecciones libres, con sufragio universal y un sistema proporcional de escrutinio, los que, en sede parlamentaria, pueden representar lealmente al pueblo, a la nación, sin estar sujetos a un mandato frente a sus electores.

            Tenemos así al poder legislativo formado por diputados encuadrados en grupos que aplican la disciplina de partido para impedir que la individualidad de los parlamentarios les haga traicionar las tesis e ideas que el partido votado defiende. Tenemos la regla de la mayoría-minoría, según la cual la minoría no puede ser despreciada ni arrasada por una mayoría que puede no serlo mañana. Una minoría que debe tener a su alcance mecanismos en el procedimiento de elaboración de leyes que obligue a la mayoría a pactar con ella. Pacto, compromiso. Ahí ve Kelsen la esencia de la democracia. El Parlamento es heterogéneo, porque la sociedad es heterogénea y sólo si todos los intereses son escuchados y negociados las leyes son adecuadas.

            Frente a esta posición tan armónica de Kelsen, ¿qué es García-Trevijano? La crítica más feroz al Estado de partidos. Un sistema que califica de oligárquico, corrupto por necesidad y hondamente antidemocrático. Ataca la línea de flotación del Parlamentarismo que defendía Kelsen: los partidos como órganos esenciales del Estado democrático. Para el español, esto implica que el Estado se convierte en una “partitocracia”, donde una casta concentra el poder público, donde la Constitución impide que cualquier otro que no pertenezca a esa clase gobernante pueda ejercitar el poder. Esos Estados (España entre ellos) no son democracias.

            García-Trevijano advierte que un sistema en el que existan libertades civiles y públicas no tiene que ser un sistema donde se garantice la libertad política. La democracia es el único sistema que garantiza tal libertad, aunque ésta, por sí misma, no implica los derechos liberales o sociales.

            Trevijano afirma que, sin separación de poderes, siguiendo la impresionante obra de ingeniería institucional de Montesquieu, no hay democracia. Y que el parlamentarismo garantiza, justamente, la dependencia de poderes. El Parlamento elige al Gobierno. Por lo cual, o bien el Legislativo manipula al Ejecutivo, o bien es un títere del Gobierno. Hay interdependencia, no separación.

            Tal es la raíz de los males. Un Estado sin poderes independientes no puede ser un Estado con un Gobierno constitucional de las leyes, un Gobierno representativo, un Gobierno responsable, presupuestos de la democracia.

            Kelsen asegura que sólo así se garantiza la soberanía popular: de lo contrario, si el Presidente del Gobierno fuere elegido directamente, no podría ser representante de la nación, sino sólo de sus votantes. Mientras que el Parlamento representa a todos: así, un Gobierno elegido por la asamblea, también representa a la nación.

            García-Trevijano, por el contrario, defiende que de ese modo sólo se consigue el totalitarismo del partido mayoritario que posee, de un golpe, al ejecutivo y al legislativo. El Parlamento no puede controlar al Gobierno. Porque son los líderes de los partidos quienes forman las listas electorales y, mediante la férrea disciplina interna, se aseguran un voto en bloque. Gobierno de un partido apoyado en la mayoría de ese mismo partido. O de una alianza de partidos, tanto da. Porque los partidos no representan, dice Trevijano, más que los intereses de sus líderes, ya que ellos mismos, en su estructura, no son democráticos, sino autocráticos. Y si, además ambos poderes seleccionan la alta jerarquía de la judicatura, apaga y vámonos.

        congress    Ambos, lógicamente, se sirven del mismo ejemplo para defender sus posiciones. Kelsen rechaza la República presidencialista de Estados Unidos. García-Trevijano la pone como modelo de auténtica democracia formal, institucional, aunque no perfecta.

 

            Animo con entusiasmo a la lectura de ambos ensayos. Aquí no he hecho más que una aproximación. Las argumentaciones son más complejas, más sutiles, más inteligentes. Ambos textos me han hecho reflexionar. En algunas cuestiones estoy más cercano a Kelsen, en otras a Trevijano. Cada cual sacará sus conclusiones.

            Hay que tener en cuenta, eso sí, el contexto. Kelsen escribe a favor del recién nacido. García-Trevijano, contra una criatura que lleva desde los años cuarenta campando por Europa y desde finales de los setenta en España.

            Las tesis de Kelsen son las defendidas por la gran mayoría de los políticos, teóricos y prácticos, de nuestros días. La denuncia de Gracía-Trevijano es, en cambio, hondamente subversiva para el sistema constitucional vigente.

            Y esto no son elucubraciones sin objeto. Afectan al núcleo de la cosa pública, del Estado, de la sociedad en la que vivimos. Nadie puede (o nadie debería) ser indiferente ante este debate. Ni la defensa ni la voz crítica pueden ser ignoradas. Nos lo advirtió Arnold J. Toynbee: El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan.

agosto 14, 2009

V. Partida

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 12:15 pm

            AILIN HABÍA DISPUESTO DE MUY POCO tiempo propio antes de comenzar su viaje. Nadine la había ayudado a preparar su bolsa, sin dejarse llevar por sentimentalismos, algo que extrañó a la joven heredera. La mujer de lord Helmut había sido siempre una mujer cálida, dada a las muestras de afecto. Aquella última tarde, por el contrario, se mostró cortés, amable, pero ligeramente distante. La adolescente no había comprendido la reserva de su tutora: Ailin había dejado atrás la vida protegida del castillo, ya no era la pupila de los señores, sino la heredera del Trono; a los ojos de Nadine, desde el inicio de los preparativos del viaje, la relación entre ellas había cambiado de manera irreversible.

            Al no entenderlo, Ailin se sintió desdichada. Siempre había sido una muchacha vulnerable en lo que a las emociones se refería. No gozar ya de las atenciones cariñosas de lady Nadine le supuso un golpe y Ailin ni siquiera trató de disimularlo, mostrando un semblante entristecido. La paciente Nadine, al verlo, había cedido un poco.

            – Ven aquí, Ailin. Tengo algo que es tuyo.

            La heredera tomó de sus manos un curioso broche: un escorpión de oro, con rubíes engarzados en las pinzas y el aguijón.

            – Es una reliquia de tu familia, por parte de madre. Calen me la entregó en su lecho de muerte y me encargó que te la diera. Éste es un momento apropiado.

            Ailin enganchó el broche en su capa y abrazó a Nadine, que se permitió un momento de debilidad. Luego, la separó suavemente.

            – Ya sois toda una dama, Ailin, una dama guerrera.- proclamó con solemnidad- No tengo más autoridad sobre vos. Quieran los dioses que vuestro viaje transcurra en medio de las mayores bendiciones.

            Al día siguiente, los señores del castillo se despidieron con correcto protocolo de Ailin y encomendaron de nuevo su salvaguarda a sir Willer. No hubo abrazos, besos ni las demostraciones de cariño a las que Ailin estaba acostumbrada. Dejar el que había sido su hogar la embargó de nostalgia incluso antes de cruzar los umbrales, pero, al tiempo, se dijo que las paredes del castillo eran ahora menos acogedoras que en los últimos trece años. El respeto que inspiraba por ser la heredera había matado el cariño de sus tutores, se dijo, en la cima de la autocompasión.

 

            El sentimiento tristón de alma incomprendida le habría durado a Ailin toda la primera jornada, por lo menos, si Willer la hubiera dejado a su aire. Pero el caballero decidió que cuanto antes se centraran en el objeto del viaje, mejor para todos.

            – Señora, debemos decidir hacia dónde cabalgar.

            – ¿No podrías tutearme, Willer?- rogó Ailin, aduciendo a continuación- Para disimular mi rango.

            – No lo creo necesario, señora. Dentro de los dominios de lord Helmut, y aun más allá, es claro que sois mi superiora ante todos. Soy vuestra escolta y será visto con normalidad que os trate con respeto.

            – De acuerdo.- accedió de mala gana ella

            – Claro que, siendo como es una orden vuestra, mi Reina, tendré que obedecerla, ¿no es así?

            – Eso me parece.- asintió ella, con gran alegría.

            – Muy bien, tus órdenes serán cumplidas. Lord Helmut nos dijo que tu padre se había dirigido hacia el Oeste.

            – Y nos sugirió que fuéramos en esa dirección.

            – Dudo que tengamos muchas más alternativas.- sonrió el caballero- Más que una sugerencia fue una constatación de lo obvio.

            – Estás equivocado, Willer.

            – ¿Mi señora?

            – Quiero ir a la fortaleza de mis padres.

            – Pero, señora…

            – Es mi deseo, sir Willer.- replicó ella con repentina frialdad- Acabáis de decir que soy vuestra superior.

            – Lo sois.- accedió el caballero, retomando el tratamiento cortés- Y yo vuestro Protector. Conviene que tengáis en cuenta mi opinión en cuanto a vuestra seguridad se refiere.

            – Hablad.

            Willer reprimió una observación irónica acerca del papel de reina de opereta que Ailin estaba representando.

            – La fortaleza, según he visto en un mapa del castillo, se encuentra al Sur, señora. Cerca de la frontera con la República y de los baluartes que lord Helmut ha partido a supervisar, con la idea de cubrirnos. ¿Os imagináis la cara de vuestro tutor si nos llega a ver?- Willer hizo una mueca humorísticamente feroz, pero la mención de lord Helmut tuvo un efecto contraproducente.

            – Lord Helmut era mi tutor.- Ailin seguía sin perder su talante principesco- Tanto lady Nadine como él han reconocido que no poseen más dominio sobre mí. Puedo ir adonde me plazca.

            – Pero, señora,- insistió el caballero, dejando el humor por el razonamiento puro- entended que ir hacia allí sería contrario a los planes de lord Helmut.

            – Willer, vamos en busca del Corazón Negro, el símbolo de la realeza. En esa búsqueda cayeron mis antepasados y mi propio padre desapareció. Apenas le recuerdo, lo mismo que a mi madre.- Ailin bajó la voz y, voluble, se le llenaron los ojos de lágrimas, para alarmado desconcierto del caballero- Quiero estar unos momentos en la habitación donde fuimos una familia por última vez.

            Sir Willer meneó la cabeza.

            – Es arriesgado.

            – Eres el mejor acero de estos contornos.- Ailin dio un nuevo salto emocional, hasta la familiaridad amable- Y yo me sé defender. No estamos desarmados.- concluyó señalando la espada y daga que ambos portaban.

            – De acuerdo.- suspiró el alabado- Espero que, de tener un encuentro, no sea con lord Helmut. Me arrancaría las uñas.

            Ailin rió, encantada de haberse salido con la suya.

 

            Al tiempo que lord Helmut se acercaba ya al tercer baluarte, Ailin y Willer, evitando cabañas, aldeas y posadas, estaban a cuatro jornadas de la fortaleza de los reyes destronados. En aquel plazo, Willer había recuperado su habitual buen humor, gracias en parte a que su señora no se había comportado más como una mimada princesita. Aún le quedaba juicio suficiente para entender cuándo se conducía como una idiota y, de manera silenciosa, había reconocido su error. Willer no había exigido una retractación expresa.

            Lord Helmut era Señor de Bosquedesnudo y, en un radio de quince kilómetros alrededor de su fortaleza, el nombre de aquel territorio no podía ser más adecuado. Los árboles eran, casi sin excepción, de hoja caduca. La primavera, el verano y la primera parte del otoño resultaban multicolores, muy bellos cada cual a su manera; pero en cuanto al invierno asomaba las orejas, los troncos quedaban pelados, erguidos como esqueletos petrificados. Esto tenía sus ventajas: durante la estación del frío, era imposible que una hueste enemiga se aproximara al castillo sin ser vista. Aunque Ailin y Willer no conformaban una hueste, cuanto antes dejaran aquella zona, más discreto sería su viaje, cuando las hojas perennes les ofrecieran cobijo.

            Comían frutos y algún animal que el caballero ensartaba con un venablo que llevaba consigo, y bebían agua de los riachuelos. El invierno no era especialmente crudo y la nieve, por el momento, se había hecho fuerte sólo en las cimas de las montañas. Cabalgaban en silencio o charlando quedamente, disfrutando de su mutua camaradería. Un observador imparcial hubiera afirmado que habían olvidado lo incierto del viaje, así como el significado que tenía aquella visita a una fortaleza abandonada. Pero como no había ese tercero, ni Ailin ni Willer se preocupaban por su incoherente conducta.

            A tres días de su meta, la pareja tuvo contacto con otra persona por primera vez desde que abandonaran el castillo. Abusando de los servicios del aire, una voz les atacó sin mediar provocación previa.

 

            Muy graciosa es la doncella,

            ¡Cómo es bella y hermosa!

 

            Digas tú el marinero

            Que en las naves vivías,

            Si la nave o la vela o la estrella

            Es tan bella.

 

            Lánguidamente apoyado en un árbol, el laúd en la mano, una daga al cinto, había un trovador de capa roja, de cabellos, perilla y bigotes rubios. Su caballo pacía a su lado, impertérrito ante los lamentos de su amo.

 

            Digas tú el caballero

            Que las armas vestías,

            Si el caballo o las armas o la guerra

            Es tan bella.

 

            El juglar abrió los ojos, en medio de su éxtasis, y vio a los dos viajeros. Puesto en pie de un salto, atacó la última estrofa con entusiasmo.

 

            Digas tú el pastorcito

            Que el ganadico guardas,

            Si el ganado o los valles o la sierra

            Es tan bella.[1]

 

            – Y a fe mía, caballero, di si tu caballo, tus armas o las grandes guerras son tan bellas como la dama que te acompaña.

            – A fe mía, juglar, que la dama es más bella, así como mi caballo, mis armas y las grandes guerras son más bellas que tu voz.

            El trovador enrojeció, más irritado aún por la risa de Ailin.

            – Juzgas bien a las damas y mal a las canciones, caballero.- replicó, encrestado como un gallo- No se puede tener buen gusto para todo.

            – No he dicho nada contra la canción. La he escuchado otras veces y es hermosa. Es el intérprete, no la pieza, la que falla.

            – Me está bien empleado por compartir mi don con ignorantes. Dejad que os vea: un caballero sin armadura, con una malla mal disimulada bajo la ropa y una dama sin séquito. Vuestra opinión tampoco merece demasiado respeto.

            – Diantre, juglar, veo que conocéis bien mal los cantos.- se burló Willer- Son incontables los que hablan de princesas y héroes de apariencia humilde.

            El riesgo que con tanta tranquilidad corría Willer puso lívida a Ailin. El bardo, ocupado buscando una réplica ingeniosa, no se dio cuenta.

            – ¡Te atreves a darme lecciones sobre mi arte! ¡Tú, un guerrero sin elegancia, sin clase ni garbo! Por todos los diablos, que de tener a mano una espada, te enseñaría que domino tu oficio mejor que tú el mío.

            – Veámoslo. Mi señora, permitidme vuestra espada.

            Willer desmontó y se la ofreció al trovador, a quien había llegado el turno de empalidecer.

            – ¿Os ocurre algo, maese juglar? Vamos, vamos, estoy en guardia. Cuando gustéis.

            El pobre bardo empezó a temblar de manera lamentable.

            – ¡Pardiez, si tembláis! ¿Sufrís de calentura? ¡Y aún así, lanzáis un desafío! Esa es prueba suficiente para mí de vuestro valor. Es inútil cruzar los aceros.- y, con respetuoso gesto, recuperó la espada de Ailin, devolviéndosela a su propietaria. Luego, envainó la suya.

            La mejoría que el juglar experimentó fue notable, aunque incompleta; dejó de temblar y recobró el color, pero no el habla. Miraba alternativamente a Willer y a Ailin. Entonces, apareció un nuevo síntoma: los ojos se le salían de las órbitas, fijos en un punto concreto.

            – ¡Ese broche!- tartamudeó- ¡El escorpión de oro!

            – Es de oro y rubíes.- confirmó con tranquilidad el caballero, mientras su mano bajaba sin brusquedad alguna hasta la empuñadura de su espada- ¿Además de cantor y duelista sois ladrón?

            – ¡El signo de la Casa Tribiena! ¡El signo de la esposa del Rey Perdido!

            El bardo dio un par de pasos en dirección a Ailin, que hizo retroceder su montura. Si el trovador daba un paso más, la hoja de Willer se enterraría en su pecho. Pero en vez de seguir caminando, se arrodilló.

            – ¿Puede ser verdad? ¿Sois descendiente de la Gran Casa, señora?

            – ¿De dónde sacáis eso?- el tono de Willer seguía siendo tranquilo, pero no había retirado su mano de la espada.

            – ¡Conozco las sagas y cantares! El escorpión dorado es el símbolo de una de las más nobles casas del Viejo Reino. Cuando el Trono fue derribado, la primogénita, lady Calen, se unió al heredero, Desmond, acompañándole en el exilio de su familia. ¡Ese broche sólo puede pertenecer a la hija de la Reina Calen Grimwald, que fue Tribiena!

            Willer maldijo en su fuero interno. Aquel juglar era un cúmulo de defectos; no sólo resultaba un charlatán pedante y engreído, además de un cantor mediocre, sino que, encima, sabía demasiado.

            – Mal asunto, bardo.- la espada salió de su vaina- Vamos a demostrar que la ignorancia es la felicidad. Si no fueses tan erudito, te irías vivo.

            – ¡Señora!- gimió el bardo- ¡Os suplico por mi vida!

            – Quieto, Willer.- ordenó Ailin.

            – Señora, este buen hombre os ha reconocido. Vuestra seguridad exige su muerte.

            – ¡Oh, no!- el bardo juntó las manos- ¡No os traicionaría jamás! ¡Señora, me juramento a ello y a seros siempre fiel! Permitidme vivir y narrar vuestras hazañas.

            – ¿De qué hazañas hablas, bardo?- preguntó calmadamente Willer, manteniendo la punta a un pelo de su cuello.

            – Restauraréis el Reino, ¿no es así, señora? Salís de las sombras para reclamar lo que es vuestro. ¡Dejad que os acompañe, para que esta gesta no sea olvidada nunca!

            – ¿Quieres componer un cantar sobre nuestro viaje? Señora, eso me parece razón más que suficiente para rebanarle el pescuezo.

            El juglar gimió espléndidamente.

            – Ha jurado lealtad, Willer. Deja de asustarle. Tú no eres un asesino.

            – No, pero juré protegeros.- replicó el caballero, que no abandonaba el tratamiento formal ante el tercero- Y un sabihondo charlatán puede ser más peligroso que un grupo de sicarios.

            – Me fío de él.- decidió Ailin.

            Willer envainó, encogiéndose de hombros.

            – ¡Oh, señora! No tendréis un seguidor más adicto.

            – Dime tu nombre, para que puedas jurar como manda la tradición.

            – Asuran de Kern, vuestro en vida y muerte.

            – El nombre te va de maravilla.- opinó Willer- Monta de una vez, Asuran de Kern. Tenemos prisa. Y, por el vientre de los dioses, pulsa una sola cuerda de ese laúd sin permiso y el séquito de nuestra señora volverá a ser impar.

 


[1] Esta canción fue incluida por el portugués Gil Vicente entre sus obras (1562), aunque parte de los estudiosos creen que puede tratase de una obra tradicional castellana

agosto 10, 2009

Grandes series: Las Chicas Gilmore

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          gilmorecinema  Las Chicas Gilmore es igual de inteligente que El Ala Oeste. Bueno, dejémoslo en que están llenas de inteligencias diferentes. Pero es también la serie más tramposa que he visto en mi vida. Por alguna razón misteriosa, se vendió, en sus inicios, como serie sentimentaloide, llena de gazmoñería, pastelosa, edulcorada. No se puede negar que existe una capa dulce (en ocasiones, una costra), que es una serie formalmente muy colorida, muy luminosa, con un “la, la, la” de fondo que me hace desear tener un bate a mano. Por esta razón, mucha gente, incluso gente hábil y aguda, rechaza la serie y los varones caen en el error, con frecuencia, de calificarla desdeñosamente de serie “para tías” (¿?). Y me apuesto una peluca de juez inglés a que buena parte de sus seguidores lo son por esa capa superficial.

            Y es lástima, porque, como no sé quién dijo una vez al describirla, es una serie “inteligentemente encantadora y encantadoramente inteligente”. Una serie de diálogos, de diálogos rapidísimos (Life is short, talk fast, es su tagline; Padre de familia lo parodió con su habitual brillantez), muy ingeniosa y absolutamente cautivadora. Si te atrapa, estás perdido. Stars Hollow es irreal, por supuesto, pero eso es lo bueno. Las Chicas Gilmore es un mundo particular, con sus leyes y sus ciudadanos, que se recrea en su imposibilidad al tiempo que se ríe de sí misma con ironía.

            Todo eso no quiere decir que no haya fantaseado con dejar suelto por ahí al Joker, por ejemplo. O a un cínico corrosivo tipo Gregory House. Porque hay veces que Stars Hollow supera mis límites. Paris Geller dijo con justicia que ese pueblo “haría vomitar a Frank Capra”. Claro que si lo dicen de sí mismos, ya te han desarmado. Porque, encima, luego te topas con la señora Kim. O con Taylor, una especie de Ned Flanders no religioso y antipático. O tomas un café donde Luke. O te encuentras en el lugar más inesperado a Kirk.

            Es también una serie muy frustrante, porque cada frase puede contener cuatro referencias, doce homenajes y cinco dobles o triples sentidos. Cada vez que entiendes un chiste, te quedas cavilando cuántos habrán desfilado delante de tus narices, gatunos.

            Aun a riesgo de ser un poco simplistas, pueden trazarse dos círculos en la misma: el círculo de Lorelai y el círculo de Rory. Los demás personajes pertenecen a uno de ello, o a los dos, porque son círculos caprichosos, que se solapan, se entremezclan con desenfadada frecuencia. Personalmente, Lorelai y los suyos me atraen más, con excepciones. Vería a Sukie y Jackson asados a fuego lento con gran placer; por otro lado, la neurótica Paris y la indescriptible señora Kim dejan al círculo de Rory en muy buen lugar, sin olvidar a Jess, personaje tanto más respetable cuanto más avanza la serie.

        gilmoredinner    Párrafo aparte merecen Richard y Emily Gilmore, Edward Herrmann y Kelly Bishop. Las cenas de los viernes son una institución sagrada para quien haya visto la serie. Y Richard, además, al que contemplamos casi en exclusiva en su papel familiar, tiene varios momentos de índole profesional que dejan entrever lo tramposa que es la serie, cómo infiltra, astutamente, la realidad más descarnada entre tanta luz. Pienso en concreto en una partida de golf.

            Es una serie relativamente larga, en la que ocurren multitud de cosas. No hay, sin embargo, una trama que seguir. La vida sencillamente se desarrolla. Rory acaba el instituto y la universidad. Lorelai logra a mitad de recorrido levantar su soñado hotel. Los ñoños podrían describir arcos argumentales en base a las relaciones sentimentales de sus protagonistas, pero los ñoños son idiotas por definición.

            Cada cual recopila sus momentos favoritos. El cortometraje de Kirk debería ser presentado en todos los festivales de cine conocidos (no dudo que ganaría varios premios). Cierta cena familiar, que ocupa el último cuarto de hora de un capítulo es de lo mejor que he visto y oído alguna vez. La bisabuela Gilmore (la Reina Victoria reencarnada) o la madre de la señora Kim muestran que hasta las madres más tiránicas y poderosas tienen ante quién responder. Podría seguir. Pero es mejor verlo.

            ¡Y una vez salió Norman Mailer!

agosto 7, 2009

IV. Baluartes

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:27 pm

           TENDRÍA QUE HABER SIDO UN VIAJE SENCILLO, una simple supervisión de los baluartes de la frontera sur. ¿Quién podía haber imaginado aquel desastre? Y el hecho de ser el único consciente del mismo no hacía la vuelta a su castillo más soportable para lord Helmut.

            ¿Había sido culpa suya? No era capaz de decidirse. Cierto que él había escogido la ruta. También a sus acompañantes. Lazar, desde luego, su segundo mejor espadachín, había sido una elección acertada. También Neru y Ferali, guerreros que gozaban de toda su confianza y que secundarían competentemente al maestro de armas. Su séquito no debía ser mucho mayor. Aun cuando su intención oculta al realizar el viaje era centrar en sí las miradas de aquellos espías que, tal vez sí, tal vez no, vigilaban su castillo, haciendo irrelevante la marcha de dos jinetes sin signos de autoridad, tampoco podía salir a los caminos al frente de un batallón. Así que, para rematar su grupo, ¿por qué no un sirviente? ¿Y qué mejor sirviente que el viejo Oras, un tanto chocho, pero de una probada habilidad a la hora de preparar un almuerzo delicioso con los ingredientes más vulgares? ¡Retaba a cualquier otro señor a escoger una escolta más adecuada!

            Sin embargo, ante los resultados, había que admitir un error. ¿Pero dónde, exactamente? ¿En qué momento tomó una decisión que condujo a la catástrofe? ¿Cuál fue esa elección fatal? Revisando cada una de las jornadas, no podía lord Helmut confesar que viera en ellas rastro alguno de imprudencia.

 

            Viajando con rapidez, habían llegado al primer fortín, que se mantenía firme, bien cuidado. La guarnición había merecido los elogios de su señor y juntos habían compartido una espartana cena, donde Oras demostró su pericia. ¿Quién no hubiera llevado a un tal cocinero para subir la moral de los suyos?

            El caballero al mando no había informado de nada preocupante. No, seamos justos; no había sido capaz de informar de nada. Al parecer, los exploradores que había enviado a las tierras de la República regresaban siempre en un plazo de tiempo por demás breve, repelidos por los estrictos controles que los rojinegros habían establecido. ¿El error había consistido en no dar mayor importancia a aquella noticia, haber despreciado por trivial la severa vigilancia de la República? ¡Tonterías! ¿Acaso había sido la primera vez que escuchaba semejantes informes? Había enjuiciado correctamente su relevancia.

            Tras pasar la noche en la torre, habían seguido viaje. Cada paso les acercaba más a la República, Helmut había sido muy consciente de ello; por eso había traído a tres de sus mejores combatientes. Aunque Lazar sobresalía. ¡Siempre tan suspicaz! Ni una hoja movida por el viento le parecía inocente. A pesar de estar en su propio territorio, el maestro de armas veía un asaltante detrás de cada árbol, en cada cabaña del bosque, en cada aldea que dejaban atrás.

            ¿Quizás ésa había sido la equivocación? ¿Atravesar algunos pueblos? ¿Hubiera sido más discreto cabalgar sólo por los bosques, alejados de cualquier población? Absurdo: debían ser visos. De otra manera, ¿cómo iban los hipotéticos espías a perder el tiempo siguiéndoles con ojo avizor, inconscientes de que el premio mayor se les escapaba de las manos? Su decisión había sido la correcta, coherente con el plan que se había trazado.

 

            En el segundo baluarte las noticias eran las mismas, pero el nivel de excelencia de la guarnición, notablemente inferior. Había tenido que meter en cintura a aquellos hombres de armas, azotando a unos cuantos. La disciplina estaba descuidada, las rondas no se efectuaban con puntualidad, las murallas empezaban a resentirse por la falta de un adecuado mantenimiento. ¡Y aquella plaza fuerte estaba más cerca de las legiones republicanas! ¡Qué vergüenza! El caballero al frente había sido reprendido.

            ¿Quizás aquel caballero había sido la causa del mal? Lord Helmut no podía creer semejante felonía. El caballero había aceptado el rapapolvo, con la cabeza humildemente gacha, los hombros cuadrados, como correspondía a un servidor. No tenía Helmut nada que reprocharse por la amonestación que había hecho caer sobre la cabeza de su subordinado. Había sido en privado, para no desprestigiarle ante sus hombres; las palabras habían sido elegidas con cuidado, severas, imperiosas, pero no gratuitas, dignas del mejor señor de la guerra. Nada que reprocharse. Más bien al contrario.

            Habían dedicado dos jornadas a aquella fortificación, a fin de asegurarse de que sus órdenes se cumplían a rajatabla. Ya sólo quedaba un fuerte que visitar.

 

            Al galopar hacia el tercer castillo, no se habían acercado más a la maldita República, si bien tampoco se habían alejado. Pero el terreno estaba tranquilo, sin ningún indicio que presagiara guerra inminente. Pese a ello, lord Helmut sabía bien cuán engañosos son los tiempos previos a un conflicto. Debía sentirse orgulloso por no haber bajado la guardia ni un instante y le constaba que sus escoltas habían actuado de igual manera.

            La inspección a la última guarnición de aquella frontera demostró que la negligencia de la anterior era la excepción y no la norma. Helmut pudo dirigirse en términos elogiosos al comandante del fortín y a sus soldados y sirvientes. El tercer caballero tenía información para su señor, aunque no nuevas. Klaus Helmut sabía ya desde hacía tiempo que el Gobernador republicano de la provincia limítrofe había sido sustituido. Ignoraba por quién. Y eso le preocupaba, porque conocer al líder enemigo es fundamental para desplegar una defensa adecuada.

            ¿Y si el error, el obsesionante error, había sido no indagar con más ahínco sobre la identidad del nuevo Gobernador? ¿Se había dejado llevar por el lógico desprecio que sentía hacia aquellos esclavos de la República, que fundamentaban su autoridad no en los legítimos juramentos de lealtad al Rey ni en su valentía en el campo de batalla, sino en decretos promulgados por hombres sin honor?

            Pudiera ser, pero ese desprecio había existido antes del viaje y durante el mismo, que ahora ya estaba a punto de concluir sin incidentes.

            Por lo demás, no se tenían noticias de infiltraciones rojinegras; pero Helmut no se engañaba: en otros Señoríos los siervos de Izur habían sido avistados y dudaba mucho que sus territorios gozasen de alguna inmunidad. Ordenó endurecer la vigilancia, en cada baluarte visitado.

 

            Retornaban a Bosquedesnudo, dejando atrás la equívoca frontera. En dos o tres días estarían de nuevo en casa y la maniobra de Helmut habría tenido un éxito indiscutible. En aquel momento se había sentido muy satisfecho de sí mismo. ¿Y quién no? No, no había sido un orgullo insensato.

            Y, entonces, el error que buscaba vanamente dio fruto. En medio del tupido bosque, una flecha bien dirigida derribó a Neru, al alcanzarle en el hombro. Hombres camuflados cayeron sobre ellos. Aun tomados por sorpresa, Helmut, Lazar y Ferali habían reaccionado como correspondía a guerreros de su talla. Los asaltantes eran cuatro o cinco y pronto quedaron reducidos a la mitad. Lazar había demostrado por qué era el maestro de armas. Derrotados, los cobardes enemigos huyeron.

            Se ocuparon entonces de Neru. Sólo después de arrancarle la flecha y vendar la herida se dio cuenta Helmut de que Oras había desaparecido, sin su caballo. La conclusión más razonable era que los atacantes se lo habían llevado. También podía haberse ocultado. Dejando a Neru reclinado contra un tronco, lo habían buscado con frenesí. ¿Un señor más astuto hubiera caído antes en la cuenta de su desaparición? Helmut lo dudaba y, en cualquier caso, había actuado correctamente al ocuparse de inmediato del abatido Neru.

            Por mucho que llamaron y rastrearon, Oras no reapareció. Era forzoso admitir que los agresores le habían hecho prisionero. Siendo de nuevo ejemplo de obrar, Helmut registró los cadáveres de los adversarios, los cuales, para su horror, llevaban tatuado en el antebrazo derecho el símbolo de la República. No eran, por tanto, malhechores comunes, sino exploradores de Izur. Y tenían a Oras, al viejo Oras, al pobre cocinero Oras, en su poder.

 

            Ahora que el castillo de Bosquedesnudo se alzaba por fin ante el reducido grupo, lord Helmt se preguntó si el error había sido llevar a Oras con él y la emboscada una desafortunada consecuencia de su inteligente plan para servir de tapadera para Ailin y Willer; si el culpable no sería el puro azar. La querida Nadine le ayudaría a determinar si era responsable o no de la desgracia. Se encerrarían en su alcoba, soportarían en silencio aquella catástrofe y rezarían a los dioses conocidos y desconocidos para que Oras recordara su fidelidad a la Reina Calen, al Rey Desmond y el voto de secreto que había prestado ante lord Helmut.

agosto 3, 2009

Abogados de película

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:10 pm
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            Tanto la literatura como el cine, en especial el estadounidense, han utilizado la Justicia (la institución, se entiende) como centro o escenario de sus tramas. Después de todo, un buen juicio no deja de ser una buena puesta en escena de una historia. Uno de los defectos de la Justicia española es su lamentable desprecio hacia lo dramático, empezando por la arquitectura.

            Dado lo prolífico que es el tema, los dramas y farsas judiciales tienen en su haber varias aberraciones, bastantes funciones entretenidas y algunas obras maestras. Como el proceso penal es, con mucho, el más jugoso, y en la ficción se suele colocar al acusado en la posición de víctima, los abogados defensores tienden a ser los protagonistas de novelas y largometrajes. Pero hay abogados y abogados.

            De la cohorte de leguleyos y letrados, tres son mis favoritos. Se alzan en tres películas magníficas, y no acabo de saber si las películas son tan buenas gracias a los personajes o los personajes gracias a las películas. Dejémoslo en que encajan a la perfección los unos en las otras. Están tan bien interpretados, que no se imagina ya uno a ningún otro actor encarnándolos. Además, son notablemente distintos entre sí. Vamos a echarles un vistazo.

 

           atticus Aunque no siento predilección por los héroes, toda regla tiene su excepción. Atticus Finch es la mía. Es, después de todo, el número uno de la Lista de Héroes del American Film Institute. Que no sea además nada violento tiene su gracia. Podría sospecharse de cierta infame corrección política, pero no es el caso. Al fin y al cabo, el primer villano del AFI es el Doctor Hannibal Lecter. Las listas están bien encabezadas.

            Antes de comentar a Atticus, una advertencia. Que una maravilla de película esté basada en una maravilla de novela es una bendición y un problema, porque siente uno la permanente tentación de saltar de la una a la otra. A partir de aquí, todo cuanto escriba hará referencia a la película de Robert Mulligan, salvo por mi entusiasta recomendación de leer y releer la única novela de Harper Lee, ganadora del Premio Pulitzer.

            El señor Finch no es el único abogado que Gregory Peck interpretó, pero fue, sin duda, el papel de su vida. Decir eso de Peck no es baladí. Como letrado es brillante, como persona, admirable. Irradia una rotunda dignidad, que es al mismo tiempo benigna, humilde. Por una de esas ironías del arte, Finch es un hombre sin importancia, un abogado de pueblo, viudo, con dos hijos que le quieren, pero que tampoco le consideran nada del otro mundo, y, sin embargo, carece de rival. No hay personaje en la obra capaz de hacerle sombra.

            Matar a un ruiseñor es inimaginable sin Atticus Finch. El resto de personajes no son monigotes, pero decrecen cuando el impecable jurista de Maycomb, Alabama, aparece en escena. Jem y Scout (una de las pocas parejas de niños que, lejos de serme odiosa, cuenta con mi simpatía incondicional), grandes cuando están solos, no son capaces de competir con su padre, aunque su perspectiva es desde la cual contemplamos a este titán de traje de tres piezas y gafas de pasta.

            Atticus resulta creíble como héroe porque no es sobrehumano. Es un hombre digno, secamente humorístico, melancólico, pragmático, ni un pelo idealista y capaz de enfrentarse contra el racismo del Sur en una época de apogeo del mismo. Los adversarios de Finch no son los personajes negativos de la historia, pobres hombres ignorantes, sino el Racismo, la Intolerancia, la Miseria. Finch es el héroe un poco a su pesar, convencido de que no tiene otra alternativa que pelear por una causa impopular, si quiere conservar su propia autoestima.

            Ante el tribunal, Finch hace gala de una astucia sin perversidad, de una lógica implacable y una sobria elocuencia. Francamente, el caso no sería difícil de ganar ante un jurado que no tuviese la discriminación racial incrustada hasta el tuétano. La habilidad como defensor de Finch es que hace mínimamente real la posibilidad de victoria. Usa la ley como instrumento, la respeta, sin ser un fanático legalista. Se pliega a esta realidad, tratando de sacar lo mejor que pueda.

            Atticus ha inspirado a las legiones de abogados defensores de causas perdidas, seguidores que no le llegan a la suela de los zapatos. Es raro encontrarse a un hombre dotado de un gran sentido de la justicia, de la moral, sin que sea un sermoneador insufrible o un ingenuo recalcitrante.

            En mis ilusiones, me gusta confrontar a Finch con un adversario a su altura. Un villano protagonista de otra novela espléndida y de otro largometraje magistral, propiedad de otro enorme actor, Robert Mitchum. Me refiero al perverso Reverendo Harry Powell, el ogro de La noche del cazador. Cercano a Maycomb por la geografía y la época, daría algo por ver la sombría silueta de Powell, cantando su himno litúrgico, entrar en la polvorienta ciudad, sustituyendo a los atormentados John y Pearl por Jem y Scout. Peck y Mitchum se vieron las caras en El cabo del terror, pero Sam Bowden no es Atticus ni Max Cady es Powell. Francamente, no soy capaz de adivinar al ganador en el duelo verbal de esas dos profundas voces (siempre, siempre versión original), el abogado cristiano contra el predicador psicópata.

            Sin embargo, La noche del cazador es un tenebroso cuento de hadas, pese al realismo descarnado con el que retrata la Depresión, y Matar a un ruiseñor es una narración realista con toques de ensueño, gracias al misterioso Boo, de manera que tal vez no funcionara. Aunque eso no me impide fantasear con ello.

 

            Tampoco a Charles Laugthon le resultaba extraña la piel de los juristas. Dejando a un lado su participación como el malévolo juez Lord Thomas Horfield en El Proceso Paradine, junto a Peck, por cierto, el inmenso inglés, bajo las órdenes de Billy Wilder (quien sostenía que era el mejor actor vivo) representó a Sir Wilfrid Robarts, defensor, en Testigo de cargo.

            Esta película, basada en un relato de Agatha Christie, luego dramatizado por la misma, se mueve en un mundo muy alejado del de Atticus Finch, el Londres de la posguerra. Wilder nunca ocultó que su deseo al filmarla había sido el hacer un largometraje a la Hitchcock, en el que se unieran el suspense y el humor. No hay aquí grandes causas o entrañables escenas familiares, sino un complejo caso de asesinato, lleno de equívocos, de vueltas de tuerca, con un fabuloso reparto y unos diálogos brillantes.

            Sir Wilfrid jamás entraría en el club de los héroes, salvo, tal vez, para arrojarles un despectivo sarcasmo. Pese a ello, es un protagonista atractivo, cuyo malhumor, tozudez e ironía reclaman un aprecio absoluto, al menos, en lo que a mí se refiere. ¡Cómo va a caernos mal un abogado que esconde cigarros en su bastón y coñac en el termo del cacao!sirwilfrid

            Si Finch, en Maycomb, subyugaba a todo y a todos, Robarts tiraniza a buena parte de sus coetáneos, pero no logra la victoria absoluta. No le hacen frente sus colegas juristas (John Williams y Henry Daniell), ni Tyrone Power, el defendido, ni siquiera la espléndida Elsa Lanchaster, esposa de Laugthon en la vida real y enfermera irritante en la película. No. Es Christina Helm Vole, es decir, otra de las colaboradoras predilectas de Wilder, Marlene Dietrich, a quien se reservan algunas de las mejores frases del guión –guión impecable-, empezando por su apabullante presentación: Nunca me desmayo, porque no estoy segura de caer con elegancia.

            Ahora bien, cuando Christina no está presente, Sir Wilfrid arrasa lo que se le ponga delante. Resulta un defensor sagaz, martilleando las tesis de la fiscalía, que, por una vez en el cine, resulta la mar de competente. Emplea la lógica, el dramatismo, la retórica, con una habilidad endiablada. De su boca brotan las mordacidades, los venenosos dobles sentidos o, si es precisa, la dureza más inclemente. Viejo, enfermo, hace temblar al jurado y al público con sus rugidos y arrincona a los testigos de la acusación uno tras otro.

            Sin embargo, toda esta destreza jurídica está al servicio de una personalidad muy recta. Pese a su burlón realismo, este abogado inglés siente un respeto reverencial por las leyes británicas. Acepta los casos por el reto que puedan suponerle, desdeñando otros más seguros y provechosos, tal como haría Sherlock Holmes, al tiempo que es rígido en la aplicación de la justicia penal. No sé si Sir Wilfrid es un iusnaturalista o un positivista ideológico, pero no cabe duda de que considera que las leyes a las que sirve son buenas, justas y que sus muchas cualidades legales deben estar al servicio del inocente. Deja claro desde el principio que, por un cliente inocente, arriesgaría su salud y hasta su vida. Por uno culpable, seguramente ayudaría a la acusación.

            No quiere decir esto que sea un infeliz creyente en la bondad del sistema. Es muy consciente de sus defectos y del inevitable error judicial. Cuando Leonard Vole (Power) se revuelve ante su cercana detención, protestando que estamos en Inglaterra y en Inglaterra no se condena a nadie por algo que no ha cometido, Sir Wilfrid le replica como merece: Procuramos no tomarlo por costumbre.

 

            Si Atticus Finch es un cortés héroe de carne y hueso y Sir Wilfrid Robarts un cáustico sacerdote de las leyes, William Gingrich, el Implacable, es un cínico oportunista. Atticus es pobre y no le importa; Sir Wilfrid es hombre acomodado, pero el dinero no es algo que le mueva. Gingrich tiene un solo objetivo en su existencia y es hacerse rico. Recursos y mala fe le sobran para lograrlo.

            Ya lo dije al principio, cada actor es insustituible en su papel. Walter Mattahu, de nuevo bajo la batuta de Wilder, borda un personaje mentiroso, trapacero; hasta cierto punto, me recuerda a Thenárdier, el posadero criminal de Los Miserables, siempre maquinando la forma de hacer fortuna y siempre fracasado, a pesar de toda su inteligencia y falta de escrúpulos.

            Hace falta tener confianza en la propia habilidad para hacer lo que hace Gingrich en En bandeja de plata. Defender a un negro en Alabama es arriesgado; librar a un acusado enredado en una maraña de pruebas circunstanciales, agotador; pero inventarse desde cero un pleito por una causa inexistente aprovechando un accidente sin importancia, una vieja herida de la infancia y el deseo inconsciente de la supuesta víctima de recuperar a su infiel esposa, teniendo delante a tres abogados carísimos y a una agencia de detectives que te la tienen jurada, eso son palabras mayores.

          gingrich  Nunca vemos a Gingrich ante un tribunal, aunque nos lo podemos imaginar. A cambio, tenemos el privilegio de admirar su veloz verborrea en las negociaciones con los señores O´Brien, Thompson y Kinkaid, reduciendo a sus arrogantes adversarios a un estado lamentable mientras tratan de encontrar una suma capaz de satisfacer al codicioso picapleitos, que se regodea espléndidamente ante ellos.

            Mattahu no juega en solitario, sino emparejado con Jack Lemmon, su cuñado y cliente, a quien tiene que manipular cada dos por tres para evitar que, en un arrebato de remordimientos, confiese que todo es una farsa, ante el espectáculo de la degradación del pobre Bum-Bum Jackson, el único personaje honrado y responsable del accidente que, según la demanda de Gingrich, tiene a su representado encadenado a una silla de ruedas. Con este enlace Wilder descubrió una mina. Sin duda, Lemmon y Mattahu son actores impagables por sí mismos, pero juntos alcanzan otro nivel.

            Atticus se desvela, ante todo y sobre todo, por sus hijos. Sir Wilfrid, solterón –no casto- no muestra el menor interés hacia la idea de una mujer o unos hijos, bastándole sus casos y sus colegas. Gingrich carga con mujer, dos vástagos y la suegra, a los que trata con indiferencia en el mejor de los casos y con áspera irritación en el peor, a no ser que le sirvan como peones en su juego.

            Y, sin embargo, de alguna manera, Gingrich está más cerca de Atticus que de Robarts: al contrario que el abogado británico, sus homólogos norteamericanos usan la ley sin reverenciarla. Mientras que Sir Wilfrid venera las leyes inglesas, Atticus sencillamente acata las suyas y Willy Gingrich las retuerce para amoldarlas a sus propósitos. En fin, eso es lo que hace todo abogado, justificar la posición de su cliente interpretando las normas de cierta manera; sólo que este abogado en concreto es capaz de torcer lo más recto. Ya lo dice de él otro personaje de la película: encontraría un cabo suelto en los Diez Mandamientos.

 

            Existen otros abogados de película, sin duda, y bien respetables. Pero a este trío le confiaría mi vida. Que alguien me diga si hay mejor garantía que su habilidad, unida a la tranquila dignidad de Atticus Finch, la sardónica cabezonería de Sir Wilfrid Robarts o la trapacería inagotable de William Gingrich. Ante letrados de esta talla, recobro mi maltrecha fe en la Justicia.

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