Con un vaso de whisky

octubre 20, 2013

Vacaciones en casa de Mister Whedon

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:57 pm
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            Un grupo de amigos se reúne en casa de uno de ellos. El anfitrión es cineasta, entre otras cosas, y acaba de terminar de rodar una película. Película que será un éxito comercial notable, además de una obra muy entretenida y bien acogida. Entre fin de rodaje y comienzo de montaje, un par de semanas entre viejos colaboradores y conocidos. ¿Qué más agradable? Charlas, bromas, risas, hay vino, la casa es amplia y bonita, hasta tiene piscina. Estupendo. Y, caramba, ¿qué tal si interpretamos una comedia de Shakespeare, ya que somos actores? ¿Por ejemplo, “Mucho ruido y pocas nueces”? Hasta aquí, todo encantador, envidiable. Alguien dice, mirad, tengo una cámara. ¿Y si rodamos una película? ¿Y si la estrenamos? Y el resto dice, venga, por qué no. Pues había motivos para decir que no. Muchos. Muchísimos.

            Voy a hacer una confesión, en aras del juego limpio: a mí no me gusta en exceso Joss Whedon. Los puntos de partida de sus obras me suelen parecer interesantes, y ciertos momentos de sus series de televisión o películas, de calidad, incluso brillantes. Pero, en conjunto, me decepciona tanto la ejecución como el desarrollo de sus historias. En especial, me desesperan sus actores (hay excepciones). Así que cuando me enteré que había decidido intentarlo con Shakespeare, me estremecí involuntariamente.

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            Pero como no se puede criticar sin conocer, decidí ver la película y, en algún fondo de mi cerebro, esperaba recibir una lección. Esperaba contra toda esperanza que Mr Whedon me pusiera en mi sitio, que saliera triunfante. Si lo hacía, reconocería públicamente mi prejuicio y su triunfo. Si la cosa se quedaba en un meritorio intento, podría escribir una ambigua reseña llena de ironías. Pero después de ver lo que vi, no voy a ser tan sutil. Much Ado About Nothing, versión Whedon, es espantosa, entera. Menos el texto. Evidentemente.

            Voy a ser breve, porque tampoco tiene sentido que me lean despotricar durante páginas. Todo está mal, en mi opinión. La dirección es floja, grisácea, anodina. No es la sutilísima de Howard Hawks, cuya mano nunca se veía, pero estaba ahí, controlándolo todo. No, aquí es inexistente. El ritmo es infame, los diálogos avanzan trabajosamente, con pausas absurdas entre líneas, con cambios de escena sin la menor finura. Ni es buen teatro, ni es buen cine. Esta es una obra mediana de Shakespeare, pero es vivaz y debe tener un ritmo acorde; a ratos cabalgando, el resto al trote. Aquí vamos al paso con algún tímido trote. La versión de Branagh, claramente mejorable, tiene al menos un ritmo adecuado (y a Emma Thompson y, gusto personal, Michael Keaton).

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            Los actores. Santo cielo. Santo cielo. Claudio y Hero son personajes por los que nadie siente el más mínimo interés, así que su interpretación por nulidades tampoco es muy grave. Leonato es un individuo algo más digno y en manos de un actor de respeto puede ser interesante; Clark Glegg se pasa el mayor tiempo de sus escenas como si estuviese en estado de ebriedad perpetua y tal vez lo estuviera (si es así, bien por él). Lo mismo el Príncipe, Don Pedro, más sutil de lo que parece a simple vista. Reed Diamond, de cuando en cuando, parece que lo intenta, sin gran éxito. Don Juan, de otro lado, es uno de los villanos de Shakespeare más olvidables (yo diría que casi el único), pero al menos tiene ciertas frases memorables, como su breve soliloquio sobre el bribón sincero que es. Sus siervos, Conrado y Borachio, más o menos igual. Una vez más: buenos actores les habrían sacado el jugo que tienen. Los maniquíes parlantes que usa Whedon hicieron que desease entrar en la película con un soplete y hacha. Creo que no he visto peor interpretados unos personajes shakesperianos en la vida.

            Tengo cierta debilidad por el alguacil Dogberry (pese a que críticos de autoridad, como Harold Bloom, lo llevan mal), y Michael Keaton me hizo mucha gracia en su pellejo. Cuando vi a Nathan Fillion entrar en su primera escena tuve otro ramalazo de esperanza. Niente. No sé si Fillion carecía de interés o que Whedon no quería dirigir, pero de nuevo una actuación sosa, desvaída, aburrida.

            Y ahora, la madre del cordero. Porque “Mucho ruido y pocas nueces” tiene sus glorias en Benedicto y, sobre todo, en Beatriz, como ya vimos. Son el centro de la obra, ella en especial. Es lógico que Whedon les diera esos papeles a los dos mejores actores que tenía a mano. Alexis Denisof y Amy Acker, supongo, pusieron lo mejor de sí mismos. En un par de momentos me convencieron. Pero los zapatos de Benedicto y Beatriz les quedan muy, muy, muy grandes. Ni en sus soliloquios (Denisof destroza el cómico retrato que Benedicto hace de la mujer que tal vez consintiera en cortejar) ni, peor aún, en sus diálogos. Esos diálogos, una maravillosa esgrima, cauta, burlona, escéptica, enamorada, esperanzada e irónica, todo a la vez… Sólo la fuerza de las palabras como texto persistía, pero el cómo salían de la boca de los actores, el cómo encarnaban a la mejor pareja de Shakespeare (aparte de los Macbeth) fue doloroso. ¿Y a qué venía esa absurda escena de obertura, que parecía de un corto de cine indie con ínfulas? ¿Creía Joss Whedon que el público, sin ella, no iba a entender la relación entre estos dos amantes? Pues si es así, es que o el público no es muy listo o está contando usted muy mal la historia. O las dos cosas.

            Shakespeare es el más grande creador de la Literatura Universal. Tiene obras mayores y menores (y un par bastante malas). Ésta es una de las menores, relativamente. Sus comedias oscuras son mucho más ricas y “Sueño de una noche de verano” o “Como gustéis” son joyas. Tiemblo sólo de pensar que Whedon y sus muchachos se hubiesen atrevido con una de estas dos maravillas. Pero ya está bien, diantre, de que todo el mundo crea que puede dirigir e interpretar una obra de Shakespeare, estrenarla y esperar un aplauso. Si se hace bien, sin duda. Pero si se hace mal, el escarnio ha de estar en proporción a la osadía. “Mucho ruido y pocas nueces” se merece algo mejor, cien veces mejor.

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            Así que, señor Whedon, deje tranquilo al Grande. Felicidades por su casa, eso sí. Me pareció encantadora.

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