Con un vaso de whisky

septiembre 21, 2011

La esplada de Tony Wendice

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 8:47 pm
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            Crimen perfecto no es mi película favorita de Hitchcock, pero está arriba en la lista. No por Grace Nelly, que actúa y está mil veces mejor en La ventana indiscreta, ni por Robert Cummings, a quien nunca he soportado. Ahora bien, junto con la magnífica dirección, que no hace falta casi ni mencionar, la película cuenta con un buen guión (basado en una exitosa obra de teatro) y con las interpretaciones del digno John Williams (un actor que nació para encarnar la idea de Respetabilidad Flemática Inglesa) y, sobre todo, de Ray Milland en su mejor papel desde Días sin huella y, me parece, para el resto de su carrera.

 

            En Crimen perfecto se juega a poner al espectador en el lugar del asesino, de manera parecida a en La soga. Pero mientras que en ésta el crimen se produce nada más comenzar la obra y nos mordemos las uñas las siguientes horas esperando a ver si los asesinos logran escapar o no, en aquella asistimos a toda la vida del delito: a su concepción, planificación, ejecución y transformación.

            Tony, el personaje de Ray Milland, llena la pantalla. Es uno de los grandes villanos de Hitchcock. De su vida pasada nos confiesa poco y nada espectacular: un antiguo jugador de tenis, casado con una mujer bella y rica que está ahora enamorada de un tercero. Claro que los mayores malvados de Hitchcock son gente establecida, perfectamente adaptada a la sociedad.

            El divorcio planea sobre el señor Wendice, quien no parece muy dispuesto a aceptarlo. No por pasión hacia su esposa, sino por puro interés económico. Así que proyecta su asesinato. Y lo hace con frialdad, inteligencia, junto a cierta vanidad: de hacer el mal, hagámoslo bien. Su diálogo con el señor Swann, a quien doblega implacablemente hasta convertirlo en su ejecutor, es glorioso.

            Yo de ustedes me pondría a verla, para disfrutar de la estrategia de este sonriente criminal y, después, de sus ágiles improvisaciones. Tony es un mentiroso con nervios de acero, que busca hacer de su fracaso un éxito, como si de un juego de manos se tratara. Me resulta imposible no simpatizar con él. Tampoco es que lo haya intentado mucho.

            ¿La han visto ya? Entonces podemos continuar e ir concluyendo. Porque, para su desgracia, Tony subestima al otro personaje verdaderamente inteligente, el Inspector Jefe Hubbard. Tony es un artista del crimen, pero Hubbard es un excelente crítico y mientras el primero se burla educadamente de él, el segundo resuelve el rompecabezas. En los últimos minutos, cuando Tony está convencido de haber salido triunfante, Hubbard hace su propio truco de magia.

            ¿No está magnífico Williams, afable, paternal, profesional? Explica sus deducciones a la pareja que ha estado enredada en su duelo con Tony, igual que si de un juego se tratara, porque para él probablemente eso haya sido. Mientras, con esa maestría tan suya, Hitchcock nos regala unos segundos enervantes, dejando que sea el mismo culpable el que se incrimine.

            ¿No está inmejorable Milland al verse descubierto, al comprenderlo todo en un segundo? Y, entonces, el mejor momento de Tony: de espaldas, derrotado, con todas sus tramas deshechas, se endereza de pronto, se ajusta la chaqueta, hace un gesto desdeñoso, del jugador vencido que no piensa compadecerse de sí mismo, e invita a todos, víctimas y adversario a una copa. A un gran villano se le reconoce tanto en la derrota como en la victoria.

            Ya siento no haber encontrado todo el final en video. Pero, en fin, al menos tenemos el últimísimo:

            Mientras el policía se peina el bigote, el criminal vuelve a ser el anfitrión cordial. Pocos finales muestran mejor la naturaleza de los personajes.

septiembre 10, 2011

British Noir

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 6:52 pm
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            Si uno se pone maniqueo y simplista, los británicos son los propietarios (pese a Poe o Leroux) de las novelas de detectives y los americanos, de las novelas negras. Y siendo simplistas otra vez, se pueden precisar las diferencias en dos palabras.

            Por cierto, si uno quiere un examen menos simplista, que se lea Todo lo que sé de novela negra, escrita por P. D. James. No sabe poco.

            La novelas de detectives de la llamada “Época Dorada” (dejando a Sherlock Holmes y al Padre Brown al margen, que son, ambos dos, casi subgéneros) el héroe es un investigador, privado u oficial, sagaz, inquisitivo, con algún rasgo un tanto extravagante, cuya vida personal, pensamientos, creencias y psicología no interesan hasta el punto de ser casi inexistentes.

            En la novela negra americana, en cambio, el protagonista, para empezar, no es un héroe, sino un antihéroe. Es, casi sin excepción, un investigador privado, con nulos vínculos afectivos, salvo la estima profesional por su eventual socio y sus relaciones, superficiales o destructivas, con las mujeres fatales. Un hombre cuya personalidad, psicología, y cínica visión de la vida son necesarios, imprescindibles. Y, si puede ser fumador y bebedor habitual, pues mejor.

            Eso, en cuanto a los protagonistas. Pero es que, además, los dos tipos de obras se desarrollan en mundos radicalmente distintos.

            Los detectives de la “Época Dorada” viven en un mundo ordenado. Todos saben lo que está bien y lo que está mal. Las normas morales son absolutas, cognoscibles y conocidas, que, además, rara vez se contradicen con las costumbres sociales o con las leyes. En este mundo equilibrado, donde cada cual sabe perfectamente cuál es su lugar, su posición y su función, irrumpe un criminal.

            El criminal, habitualmente, es un asesino. Se comete el más grave de los delitos, se quebranta el orden, se introduce la confusión, el caos. Todo el sistema moral, social y legal es atacado. El detective aparece para resolver el caso y restaurar el orden. Estas historias son rompecabezas: alguien ha roto la fotografía en mil pedazos y hay que recomponerla, recomponiendo, de paso, el status quo. Son fríos juegos de lógica, brillantes mecanismos de relojería (cuando son brillantes).

            La novela negra se mueve en un universo diferente: aquí la sociedad está quebrantada desde un principio y no hay visos de restaurar nada. Las normas morales, las legales y las sociales están en conflicto, cuando no son ambiguas, resbaladizas. El mundo no es blanco y negro, como un tablero de ajedrez, sino gris, muy gris, de un gris tenebroso.

            Mientras que los detectives ingleses (o extranjeros afincados) buscan quién lo hizo y por qué, siendo ésta la única razón de ser de la obra, en Estados Unidos esas preguntas parecen muchas veces una mera excusa, una tapadera para examinar una sociedad corrompida, problemática y unos individuos enfangados en dicha realidad. La novela negra tiene muchas veces más de sociología que de novela de misterio.

            Bueno, qué bien. Cada uno en su casa y Dios en la de todos. Pues la BBC ha dicho que no.

            Y así ha lanzado tres ataques contra el simplismo, tres miniseries que tienen parte de rompecabezas y parte de novela negra. En el que queremos saber qué pasó, pero, al mismo tiempo, nos seduce el viaje a las tinieblas y el corazón de sus protagonistas. Estas series son State of Play, The Tour y, en mi opinión, la mejor: The Shadow Line.

            Ahora bien, no voy a ponerme a analizar cada una de ellas. Me limitaré, esta vez, a un vistazo general, sin ahondar demasiado en ninguna de ellas.

            Estas tres miniseries, más la primera y la última que The Tour, mezclan hábilmente los rasgos que más arriba he señalado. Hay un misterio central, un crimen. Hay un investigador. Hay unos sospechosos, unos móviles, unas oportunidades, unos medios. Hay un rompecabezas que resolver.

            Pero el investigador (periodista o detective) vive y sufre. Se enamora, tiene compañeros, amigos y enemigos. No es una gélida máquina de razonar Vive en el mundo. En un mundo complejo, contradictorio y hostil. Y el caso hunde sus raíces en tierra oscura. No hay un criminal que rompa el orden. El orden parece sospechosamente criminal. El criminal está dentro del orden y actúa de acuerdo con el orden. Es el investigador el que no encaja. O aspira a no encajar.

            The Hour es la menos detectivesca de todas. Hay una trama de espionaje, que podría aparecer en una novela de Le Carré o en una película de Hitchcock. Pero son los personajes (los tres principales y los secundarios) los que a mí me atraparon, sus relaciones sus reacciones, sus acciones. El caso, en sí mismo, me importaba menos. Las otras dos mezclaron con más astucia los elementos.

            State of Play y The Tour tienen, eso sí, una similitud: los protagonistas (y héroes imperfectos) son periodistas. Estas miniseries son de esas que se ven los estudiantes y profesionales del periodismo, supongo, como una especie de terapia. ¡Ah, así, así me gustaría ser a mí! Y, como pese a Rupert Murdoch y los tabloides que no son suyos, los británicos siguen viendo al periodismo como una profesión digna, hay, aquí, un leve rayo de esperanza. Se puede hacer lo correcto. Se pagan las consecuencias, pero se puede hacer.

            En cambio, la angustiosa The Shadow Line no hace ese tipo de concesiones. Es la más sutil, compleja, implacable y fría. La que más se adentra en las tinieblas. Se atreve, incluso, a repartir el protagonismo: junto a un detective que puede o no ser honesto, hay un criminal muy humano (como si esto fuera una contradicción: los criminales son humanos, caramba), con el que se puede empatizar sin demasiado esfuerzo, una interesantísima galería de secundarios y una enrome sombra conocida como Gatehouse. Y Gatehouse sí es inhumano. O quizás es lo que muchos desearían.

            Estos británicos. Lo quieren todo. Y lo consiguen.

septiembre 3, 2011

Dos gigantes y un enano

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:46 am
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            No sé si alguna otra obra aparte del Don Giovanni de Mozart alcanza su punto más alto justo en sus ultimísimos minutos- sin contar a los deprimentes moralistas que celebran la caída del libertino. Incluso los que no han escuchado (o visto y escuchado) esta ópera conocen la escena final. El convidado de piedra, el irónico anfitrión y el servidor aterrado. Cuando el puño de la estatua golpea las puertas y el pobre Leporello abre a regañadientes… bueno, el bajo tiene que estar temblando por dentro antes de lanzarse a cantar.

            Sabe que todo el público espera ansioso sus primeras palabras. Si cuando llama, con voz cavernosa, “Don Giovanni”, un estremecimiento no recorre la espalda de los oyentes, él ha fracasado y, casi podríamos decir, la función ha fracasado. Esas dos palabras son clave, porque son el inicio de la escena cumbre, y si salen mal, una mancha de fallo se extenderá por el duelo que abren.

            Pero si el bajo cumple, contemplaremos a dos titanes en un duelo mucho más terrible que aquel en el cual el Comendador perdió la vida. El lector hará bien en ir corriendo al capítulo de El canto de las sirenas donde Eugenio Trías disecciona el mito de Don Juan y esta gran ópera. No lo he releído antes de sentarme a escribir. Lo haré después, por curiosidad morbosa, para ver cuánto de lo que diga aquí pertenece en realidad al Doctor Trías.

            En cualquier caso, ahí los tenemos. Una figura que es, al mismo tiempo, “tres inmovilidades trágicas: el cadáver, el espectro y la estatua” como diría Victor Hugo. Un libertino en pleno banquete, que lo recibe, atónito, pero divertido. Don Giovanni no lo sabe aún, pero lo que está en juego es su vida, en el doble concepto religioso de la palabra: la mortal y la inmortal.

            Una visión superficial contemplará al Comendador haciendo un último (y bastante lúgubre) esfuerzo por conseguir que el seductor se arrepienta y se salve. Sin embargo, no estoy tan seguro. Nunca he visto a la estatua andante como la supuesta herramienta de una supuesta justicia celestial, salvo que consideremos la justicia como cada vez se hace más y más, como la venganza de las víctimas y de la sociedad contra el trasgresor. Si el Comendador fuera más amable, hasta podríamos recordar las palabras de Abraham al rico Epulón, en la parábola evangélica: “Si no hacen caso a Moisés y a los Profetas, no escucharán ni aunque los muertos resuciten”. Claro que, si todos los resucitados fueran como éste, no escucharía nadie.

            Porque, caramba, no hace falta ser un psicólogo sagaz para entender esto: la peor estrategia que se puede aplicar a la hora de intentar convencer a una persona arrogante y valiente para que cambie, es amenazarla. El arrogante valiente se enrocará, diez de cada cinco veces. Tal vez vea la muerte delante de él, pero, bajo coacción, se negará a cambiar, porque si lo hiciera, se negaría a sí mismo, no por convencimiento, sino por violencia.

            Para que persuadir a alguien tan encantador, astuto y endurecido como Don Giovanni hacía falta un dialéctico bastante más capacitado que el fantasmagórico Comendador y sus implacables “¡Arrepiéntete! ¡Arrepiéntete!”, los cuales, si no fuera por la maravillosa música, sonarían un tanto ridículos. Y, no sé, igual el Comendador iba allí de buena fe. Pero barrunto que no.

            Igual el Comendador es hasta más astuto que su canallesco rival; tal vez juega la carta del miedo, precisamente, porque sabe que sólo afirmará más a Don Giovanni en su naturaleza y, dentro de la lógica de la obra, le condenará al Infierno. Si de repente apareciera Dios (un deus ex machina en toda regla) desbaratando los planes del Comendador, la cosa tendría gracia, pero lo fastidiaría todo desde un punto de vista dramático, así que mejor dejamos las cosas como están.

            Resulta complicado decidir qué personaje nos impresiona más, estéticamente, en este duelo. Si el inmóvil Comendador o el movedizo Giovanni. El primero suele quedarse quieto en el escenario, mientras canta con voz poderosa, lenta, la voz que asociaríamos a la roca. Giovanni no para, le devora una fiebre de impaciencia, quiere saber lo que quiere el espectro y se lo reclama con una insistencia casi enloquecida, cada vez mayor, como si adivinara lo que va escuchar, pero no aguantase más la espera. De hecho, cuando los coros infernales hacen su aparición, uno se siente un pelín molesto: ¿a qué vienen esos, con lo bien que lo estaban haciendo los dos duelistas?

            Pero en toda esta escena hay un tercer personaje que pasa desapercibido. El sirviente de Don Giovanni, Leporello, quien abre la puerta al fantasma. Queda aterrado, se esconde en un rincón o debajo de la mesa; demasiado asustado y comodón antes para abandonar a su amo, pese a las invectivas que murmuraba contra él, está ahora demasiado asustado de todo para moverse. Tiembla de miedo, pero no calla. Se lamenta mientras los rivales se baten. Y da consejos de hombre servil a un amo lleno de soberbia. Su “Excusadle, está ocupado”, para que Giovanni rechace la invitación del Comendador es cómica por grotesca.

            Al fin y al cabo, es su papel, es el criado, el contrapunto cómico, bajo, rastrero, de su joven señor, altivo y elegante. Sería el fool de la función. Y, aquí, yo me lamento: ¡qué pena que Shakespeare no haya escrito el libreto o, al menos, una obra de teatro! Porque nadie ha sabido usar a los fools como él. Los podía hacer amables como el viejo Adán, o crueles, como el servidor que lleva a Cleopatra el áspid.

            Leporello, en cambio, es un bufón bastante despreciable: los bufones de categoría lanzaban sus sarcasmos a la cara de sus amos, en un juego siempre peligroso; el criado de Don Giovanni, sólo a sus espaldas, salvo en un par de ocasiones en las que tampoco pone mucho entusiasmo.

            Imaginémonos al bufón de Lear (el más inhumano de los personajes, junto al glacial Edmund) dando la réplica tanto Giovanni como al Comendador. Quizás olvidaran sus diferencias por un momento y lo mataran entre los dos.

            O quizás el inteligente bufón encontrara unos cuantos agujeros en la coraza del inquisidor y le obligara a darse la vuelta, avergonzado. Un burlón es el más peligroso enemigo para alguien como el Comendador. Claro que, de ser así, el enano triunfaría sobre los gigantes. Esto, entonces, sería una comedia, si bien oscura. En la tragedia, los enanos y su humor están condenados al segundo plano, a la bajeza, a la cobardía y a la supervivencia. Y no hay peor destinto en una tragedia que sobrevivir. Eso es bien sabido.

Imágenes: retrato de Wolfang Amadeus Mozart; “Commendatore”, de Anna Chromy; cartel publicitario de “Don Giovanni”

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