Con un vaso de whisky

julio 31, 2009

III. Nicolia

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:53 pm

            LA CIUDAD DE NICOLIA, y sus territorios anejos, era una de las últimas adquisiciones de la República, habiendo obtenido el rango de capital provincial. Su señor había aceptado, en origen, un régimen de ciudad tributaria, pero independiente. Cuando la Gran Asamblea de Izur exigió la anexión pura y simple, se negó, ante lo cual sus súbditos se levantaron en armas y entregaron la ciudad a las tropas republicanas, a cambio del status de ciudadanos, trato que la República aceptó con disimulada euforia.

            Pese a las terribles amenazas del depuesto señor -quien auguraba la venganza de la Providencia, de la cual, sin duda, provenía su autoridad-, ante tamaña traición los nuevos ciudadanos encontraron sustancioso el premio por su deslealtad. Impuesto el orden, sometida a las leyes de Izur, protegida por el poderoso ejército de la República, Nicolia experimentó la resurrección del comercio y las ventajas de las obras públicas. Los Gobernadores habían invertido mucho dinero en infraestructuras, aunque habían descuidado en buena medida la administración de la provincia, ocupados como estaban en mejorar la ciudad.

            Señal inequívoca de la cercanía de Nicolia fue para Dougal y Edmund el cambio de los primitivos caminos de tierra o de piedra, la norma en aquella región, por las calzadas que empezaban a extenderse desde la urbe. Las obras en las redes de comunicaciones habían gozado siempre de prioridad: un Estado bien comunicado es más fácil de gestionar. A las pocas horas de haber entrado en una de ellas, avistaron las viejas murallas, reconstruidas y reforzadas; porque Nicolia era capital de una provincia fronteriza y la seguridad no se descuidaba.

            Los centinelas, con el uniforme negro y rojo del ejército republicano, exigían el pase de ciudadano, el documento oficial imprescindible para penetrar en los dominios de la República. En las regiones internas no era habitual tanta severidad, pero, al parecer, el Gobernador lo juzgaba necesario en su jurisdicción, sin duda, como comentó Dougal, para evitar la infiltración de agentes de los señores bárbaros.

            Dado que los viajeros tenían sendos pases, les permitieron pasar, sin que Edmund tuviera que revelar su cargo. Cabalgaron de inmediato a la residencia del Gobernador, un edificio robusto, cuyas columnas y cariátides no podían disimular su origen militar. Nuevos soldados les cortaron el paso.

            – ¡Alto!- ordenó un oficial- La entrada está prohibida, salvo a aquellos con autorización.

            – Tenemos esa autorización.- contestó Edmund, sacando un pergamino sellado de su bolsa- Debemos entrevistarnos de inmediato con el Gobernador.

            El oficial examinó el documento y el sello.

            – Está en regla.- reconoció- ¿Cuál es el objeto de la entrevista?

            – Eso es asunto nuestro y del Gobernador, oficial.- replicó el joven, frunciendo el ceño más de lo habitual- Déjenos pasar.

            A regañadientes, el militar hizo un gesto a sus hombres, que se apartaron.

            Servidores de la mansión se hicieron cargo de los caballos y los visitantes fueron guiados acto seguido, hasta el despacho del Gobernador. Pasaron primero por la sala de audiencias, una estancia rectangular, sostenida por pilares, sin más adornos que el símbolo de la República grabado en la pared norte, añadido nada más verificarse la anexión. Bajo el mismo se encontraba un sitial.

            Ni Dougal ni Edmund se sintieron muy impresionados por aquella táctica de presión psicológica. Al entrar en el despacho del Gobernador, ambos habían formado una impresión no muy positiva de su ocupante. La habitación en sí era espaciosa, y se notaba que, no hacía demasiado, había estado decorada con lujo. Pero ahora cualquier objeto superfluo que no se refiriera exclusivamente a la administración estaba ausente. Por eso, el despacho daba la sensación de ser más grande y vacío de lo que en realidad era. Sólo la bandera de la República tenía una función decorativa. Aunque probablemente el Gobernador no la considerara un mero adorno.

            El Gobernador, tras su mesa, un hombre ya avanzada la cuarentena, de rasgos duros, vestido con el uniforme de coronel, una daga en su cinturón.

            Los recién llegados caminaron hasta que una distancia de tres pasos les separó de aquel hombre.

            – Sean bienvenidos a la ciudad de Nicolia. Soy el Gobernador Frank Horst. Parece que no consideran a mis hombres merecedores de conocer sus nombres, ni la razón de esta entrevista.

            Sin despegar los labios Edmund extrajo su colgante. Al verlo, el Gobernador enarcó las cejas.

            – Salid.- ordenó a los sirvientes; cuando estos se fueron, se levantó, y golpeó dos veces en la pared, donde estaba colgado un mapa de la provincia.

            – Tiendo a extremar la precaución.- explicó Horst, sentándose de nuevo- Tal vez se deba a mi condición de militar. Ahora estamos realmente a solas.

            – Según mis noticias, el Gobernador de Nicolia se llamaba Rinauld.- dijo Edmund- ¿Le habéis reemplazado?

            – Izur no estaba satisfecha por las inversiones del antiguo Gobernador. Se había empeñado en convertir a Nicolia en una especie de ciudad de recreo, cuando, por su posición, es un enclave amenazado. Por eso, la Gran Asamblea consideró preferible que un soldado, acostumbrado a pensar de una forma estratégica, se hiciera cargo de su administración.

            “Aún no ha contestado a mi pregunta, señor. Soy un hombre paciente, pero no tengo inconveniente en llamar de nuevo a mis guardias. Está ante un Gobernador: preséntese a usted mismo y a su acompañante.

            – Me llamo Edmund Lukas, Juez Errante de la República.

            – Eso se deduce de la medalla- el Gobernador señaló a Dougal- ¿Y ése?

            – Capitán Stephen Dougal, del Cuerpo de Rastreadores, con órdenes de acompañar y auxiliar a su Señoría, mi coronel.

            – ¿Y se atreve a dirigirse directamente a un Gobernador?- gritó Horst, poniéndose en pie- ¡Muestre el respeto debido o recordará este día!

            – Mi acompañante está bajo mi autoridad.- advirtió secamente Edmund- No podéis amenazarle más que a mí.

            Horst dirigió una mirada tenebrosa al joven.

            – Había oído el rumor de que algunos Jueces Errantes son indulgentes con sus ayudantes; pero nunca que se les permitiera mostrarse insolentes ante un alto funcionario de la República.

            – Dougal no os ha faltado al respeto, Excelencia.- cuanto más frío era el tono de Edmund, mayor esfuerzo tenía que hacer para controlarse- Ha informado con absoluta corrección acerca de su rango. Es costumbre que los militares se presenten a sus superiores.

            El Gobernador Horst se sentó rígidamente.

            – Bien, quizás me he mostrado en exceso susceptible. Pero no me gusta que responda quien no ha sido interrogado. No tengo poder sobre vos, señor Juez, pero aceptad este consejo: una excesiva familiaridad entre el superior y el inferior conduce a la ruina. La disciplina es fundamental.

            Los compañeros se inclinaron ante el Gobernador. Edmund se sonrió ante el cambio de tratamiento.

            – Todo esto nos ha desviado de lo esencial. ¿Cuál es el propósito de vuestra visita? ¿Acaso vais a llevar a cabo una investigación en Nicolia?

            – No, Excelencia. Venimos sencillamente a informaros de nuestra presencia en vuestra provincia. De acuerdo con la Ley, todo Juez Errante debe presentarse en el plazo más breve posible ante el Gobernador o autoridad equivalente antes de ejercer sus funciones en la provincia de que se trate, salvo casos de fuerza mayor, como sin duda alguna sabéis- finalizó con leve ironía.

            – Me doy por informado, señor Juez.- contestó Horst, atravesando al joven con la mirada- ¿Qué pensáis hacer ahora?

            – Descansaremos algunos días en Nicolia, de incógnito, antes de continuar nuestro viaje.

            – Os ruego que recapacitéis, señor Juez- Horst se mostraba ahora amistoso a su modo- Hemos empezado con mal pie, algo lamentable, pero ¿qué clase de Gobernador sería si dejara que dos servidores de la República malviviesen en las calles de mi propia ciudad? Aceptad mi hospitalidad.

            – Prefiero ser discreto.

            – Vamos, la única diferencia es que dispondréis de una cama mullida y de comodidades imposibles en las fondas y pensiones de Nicolia. Por favor, señor Juez, no rechacéis mi invitación.

            Un ligero gesto de Dougal a favor de aceptar la propuesta del Gobernador decidió a Lukas.

            – Vuestra Excelencia es muy amable.- se inclinó para ocultar su disgusto- Será un honor considerarnos vuestros invitados.

 

            El Gobernador militar demostró ser un anfitrión complaciente. Concedió a sus huéspedes una habitación común, confortable, alejada de las alas oficiales de la mansión. Cualquier deseo que tuvieran sería cumplido de inmediato por el servicio. Dougal hizo uso de tal posibilidad, pidiendo nada más instalarse un servicio de té.

            – ¿Por qué quedarnos?- preguntó Lukas, que se paseaba a grandes zancadas- ¿Por qué acceder a convertirnos en los invitados de Horst?

            – En primer lugar, porque dudo mucho que en alguna otra parte de la ciudad hubiésemos podido conseguir un té de semejante calidad.- contestó Dougal, saboreando una taza- Harías bien en acompañarme. Te calmaría los nervios y te ayudaría a concentrarte.

            – No tengo tiempo para infusiones.- gruñó el joven y se sentó ante la mesa de la habitación, armado con un papel no oficial y una pluma.

            – Voy a pasar por alto ese absurdo comentario. Exactamente, ¿qué estás haciendo?

            – Cumplir con mi deber: informar al Consejo de nuestras últimas actividades y de nuestra llegada a Nicolia. De manera discreta.

            – ¿Y cómo vas a enviar ese informe? ¿A través del Gobernador Horst?

            – Por supuesto que no. Ni el Gobernador ni la Gran Asamblea tienen autoridad sobre mí, sino sólo el Consejo de los Nueve y ellos serán los únicos que lean mi mensaje. ¿Has oído cómo ese coronel trataba de intimidarme recalcando que había sido la Gran Asamblea la que le había concedido el mando? ¡Cómo si no supiera bien que la República es dirigida por los Nueve!

            – No se puede despreciar a la Gran Asamblea así como así. Cierto que el Consejo ha sido tradicionalmente el órgano supremo, pero ha delegado varias funciones en aquélla. De hecho, hace varios años que no está muy quién ostenta la supremacía.

            – Quizás funcionaran mejor las cosas sin la Asamblea.- opinó Lukas por encima del hombro.

            – Cuidado con esos comentarios. Hombres de probada lealtad a la República han perdido cuanto tenían por afirmaciones semejantes. Te recomiendo que seas cauto en tu informe.

            – ¿Crees que el Consejo me degradará si me muestro demasiado mordaz?

            – No, pero estoy seguro que el Gobernador no se sentirá nada complacido si lee algo desagradable.

            – Por última vez, Dougal,- se encrespó el Juez Errante- el Gobernador nunca leerá este informe. Entre otras cosas, por eso estoy usando un papel no oficial. Estos informes no siguen los cauces ordinarios

            – Lo que nos conduce de nuevo a mi pregunta anterior.- Dougal se sirvió más té y bebió calmosamente unos sorbos- ¿Cómo vas a enviar ese mensaje a Izur sin que Horst se entere?

            – Supongo que habrá servicio de correos en esta ciudad. Me encargaré de que esta carta llegue a su oficina sin llamar la atención.

            – Qué sutil. Permíteme que te diga algo: mucho me extrañaría si todas las cartas que entran o salen de esta ciudad no pasan antes por las manos del Gobernador, o de sus asistentes.

            – Eso iría contra las leyes de la República.

            – Conozco la reputación del coronel Horst. Incluso llegué a verle una vez, hace tiempo, cuando era un oficial inferior. Es un líder militar eficiente, que sigue una sola regla, triunfar en su misión a toda costa. Ya has visto la importancia que da a la seguridad: controles estrictos a la entrada, agentes ocultos en su despacho. No va a descuidar algo tan obvio como los mensajes. Y siempre puede justificarse aduciendo que en una ciudad fronteriza rigen las normas militares. La verdad es que estas situaciones no están muy bien reguladas.

            – Supongo que el soborno no casa bien con mi condición. Eso sin contar -añadió con sorna el Juez- que el coronel Horst mantendrá un régimen tan duro que el terror al castigo garantiza la lealtad de los suyos.

            – Si es el Horst del que yo oí hablar, sí. Castigaba con extrema severidad cualquier falta.

            – Y la Gran Asamblea sustituye a un administrador civil como Rinauld por un militar tan duro como Horst.

            – Estamos en una región fronteriza.

            – Ya era un región fronteriza cuando Rinauld fue nombrado Gobernador.- respondió Edmund- No es ése el motivo.

            – Y ahí tenemos la segunda razón por la cual gozamos de las atenciones del Gobernador.

            Dougal se colocó junto a la ventana de la habitación.

            – Mira.- indicó- Me fijé en ellos al llegar. Las obras están tan avanzadas que desde aquí se pueden ver. ¿Qué te parece que son esos edificios?

            – Barracones.- murmuró Lukas- Los suficientes para albergar un ejército.

            – Parece que el Gobernador espera una buena cantidad de tropas.

            – ¿El Consejo ha ordenado un acantonamiento de tropas en Nicolia? ¿Vamos a invadir a los bárbaros?

            – La verdad es que hace bastante que no extendemos las fronteras. Quizás el Consejo ha decidido que ya está bien de descansar.

            – O la iniciativa viene de la Gran Asamblea y el Consejo ha accedido. Pero, ¿por qué no se me ha informado?- Edmund golpeó el alfeizar de la ventana con su puño- ¡Soy un Juez Errante! ¡El Consejo debería advertirnos de un asunto de esa envergadura!

            – Puede que el mensaje no nos haya llegado. Es difícil que la correspondencia sea puntual si estamos viajando de aquí para allá.

            – Tengo que mandar mi informe de inmediato. Así los Nueve sabrán que estoy en Nicolia. Tranquilo,- medio sonrió ante la mueca de Dougal- seré sucinto, aséptico. Ni el terrible coronel Horst podrá encontrar nada comprometedor. Aunque tendría modos de mandar un mensaje sin que… ¡ah, da igual, te haré caso!

            – De acuerdo.- Dougal parecía intrigado por las últimas palabras del Juez, pero no hizo comentarios- Mientras tú escribes, daré una vuelta por la mansión, a ver si me entero de algo. Los servidores son charlatanes ante alguien que no les aterrorice- el rastreador miró con buen humor a Edmud, quien no se dio por aludido-, en especial sobre un asunto que, sin duda, es de dominio público. Y a los soldados siempre les gusta tomar una copa con un camarada de armas. Pero antes me beberé otra taza.

            Lukas se le quedó mirando fijamente.

            – ¿Ocurre algo?

            – Horst ha insistido en que nos quedemos en su mansión. ¿Por qué? Podía habernos dejado marchar. De ese modo, aun si hubiésemos caído en la cuenta del significado de los barracones, estaríamos en una posición menos privilegiada para investigar.

            – ¿En serio? Aquí puede vigilarnos tanto como nosotros a él o más. En la ciudad tendríamos cierta ventaja. En su mansión, hay que ser cautos.

            – Entonces, tu segunda razón queda anulada.- Edmund hizo un gesto triunfal- Al final, va a ser el té el único motivo.

            – Es el principal. Pero piensa en esto: si te hubieras negado a quedarte, sufriríamos a un Gobernador insultado, dispuesto a la revancha y pudiera ser que molesto por tener a un Juez Errante husmeando en su ciudad. Ya has tentado bastante su cólera en vuestra primera entrevista.

            – Que le aproveche el enfado. Carece de potestad sobre nosotros.

            – La tiene sobre los funcionarios y ciudadanos de esta provincia. Más de un dignatario de la República ha visto fracasar sus planes por la resistencia burocrática de un Gobernador enemigo, si éste era lo bastante sutil.

            – Y Horst, una vez más, lo es.

            – Si no él, seguro que alguno de sus consejeros. Aún queda algo de té. Sírvete una taza antes de ponerte a redactar tu mensaje.

 

            Como Dougal había dicho, entre soldados un veterano siempre es bien recibido. A los pocos minutos de su entrada en la cantina para la guardia de la mansión, ya había logrado hacerse con un grupo de oyentes, más que dispuestos a escuchar historias de los éxitos republicanos en la guerra, entre una y otra ronda.

            Astutamente, fue desviando la conversación hacia el tema de las grandes campañas militares, enzarzándose por fin en una animada polémica con un experimentado sargento acerca de la logística. Dougal mantenía que el sistema de campamentos era más adecuado para movilizar amplios contingentes de tropas, alejándolos de los núcleos urbanos, a fin de no perturbar el comercio y de no causar malestar en la población.

            – Tonterías.- replicó el sargento- Los campamentos son una solución práctica para una campaña corta, para una estancia provisional. Pero si lo que se quiere es organizar una campaña larga y bien hecha, lo mejor es disponer de una ciudad, para que te sirva de cabeza de puente, por así decir.

            – ¿Y si el Gobernador de la provincia o las autoridades locales se oponen?

            – En todos mis años de servicio, nunca he visto a una ciudad de la República negando auxilio a sus ejércitos. Algunos administradores civiles pueden gruñir, pero no tienen más remedio que callarse: las tropas siempre tienen a la Asamblea y al Consejo a su favor. Aunque es cierto que todo resulta más sencillo si el Gobernador es un militar o incluso el líder de la campaña.

            – Eso es indiscutible. Pero en las fuerzas regulares escuché muchas veces quejarse a los comerciantes e incluso a la población por la presencia de los soldados. Una ciudad que acoge a demasiados hombres de armas puede ver peligrar sus ingresos, lo que afecta a los tributos. Y todos sabemos el cariño que los Gobernadores sienten por los impuestos.

            Varios de los presentes rieron.

            – De acuerdo,- admitió el sargento- puede ser un inconveniente, pero no es siempre así. Depende de la habilidad del Gobernador. Precisamente Nicolia es un buen ejemplo. ¿Se ha fijado en los barracones que al sur de la mansión? Son para acoger a las divisiones que el Consejo mandará. Bueno, pues gracias a una planificación muy cuidadosa de la construcción, cuando lleguen, esos chicos no supondrán ningún problema. Será como haber plantado un campamento en la ciudad, separada de ésta, sin incomodarla en lo más mínimo. No me extrañaría que otros siguieran nuestro ejemplo.

            – ¿Es que el Gobernador espera refuerzos? ¿O va a lanzar una campaña?

            – No lo sabemos.- intervino otro soldado, mirando con severidad al sargento- Eso es asunto de los comandantes. Nos dicen: “Id a luchar allí”, y nosotros vamos.

            – Yo he oído que el Gobernador ha enviado exploradores a reconocer el territorio de dos o tres señores bárbaros.- comentó un tercero, que estaba limpiando un cuchillo con los pantalones. Otros soldados dijeron que eso eran cuentos de borrachos.

            – Francamente, no creo que esta sea la ofensiva definitiva para conquistar de una vez a esos salvajes.- se lamentó el sargento- Que bien se lo merecen. Han incendiado tres aldeas en el último mes. Necesitan que les demostraremos que, contra la República, no tienen nada que hacer.

            Los presentes vitorearon estas palabras.

            – Tú eres explorador, ¿verdad?- le preguntó a Dougal el del cuchillo, con una familiaridad insolente.

            – Sí, soy oficial del Cuerpo de Rastreadores.

            – Has venido con el Juez Errante, ¿a que sí?

            La cantina enmudeció.

            – ¿Quién te ha dicho eso?- inquirió Dougal, soportando las miradas oblicuas de todos sus camaradas.

            – Un amigo mío trabaja de administrador. El Gobernador le ha ordenado que añada a la lista de invitados a un banquete que dará esta semana al Juez Errante recién llegado y que deje a su ayudante como dudoso. Ese ayudante eres tú. Mi amigo me dijo que era un soldado, un rastreador.

            – Sí, es verdad.- sonrió Dougal- Se me ofreció la posibilidad de actuar como ayudante de los jóvenes Jueces Errantes y me asignaron a su Señoría. No es como servir en el Ejército, pero al menos no estoy juntando moho.

            Un par de guardias reaccionaron bien, pero en general el ambiente se había enrarecido. Mientras Dougal apuraba su copa, tuvo que admitir que a Lukas no le faltaba razón al preferir el anonimato.

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julio 27, 2009

No va más

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 11:58 am
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            Entre otras muchas cosas, los puritanos (laicos o religiosos) condenan el alcohol y el juego. Si yo fuera una persona generosa, daría a esas gentes el beneficio de la buena fe. Los puritanos, entonces, nos privarían de ambos placeres para no despertar a la bestia que llevamos dentro. Es decir, que confundirían al bebedor con el alcohólico y al jugador con el ludópata. Cuando es sabido que ludópatas y alcohólicos son enfermos, merecedores de auxilio, pero ni buenos bebedores, ni grandes jugadores.

            Ya me duele, no puedo presumir de gran jugador. Tiro más bien a la mediocridad. Es una de esas limitaciones que hay que llevar con la menor vergüenza posible. Pero ser un jugador de infantería no me impide disfrutar del juego. De tres, por encima de los demás: el mus, el póker y la ruleta.

 

            De los juegos en que se usa la baraja española, ninguno iguala al mus. El mus es casi perfecto. Es un juego de cartas donde el azar tiene algo que ver, aunque no demasiado. Cuentan mucho más, con diferencia, la habilidad, la astucia, la veteranía. Ante una pareja de jugadores experimentados, unos novatos no tienen nada que hacer, por mucha buena suerte que traigan en los bolsillos.

           musmingote La mayoría de los juegos de cartas tienen un vocabulario propio, todos, unas reglas; el mus tiene una liturgia. Observar una partida sin saber de qué va es como entrar en una logia masónica. Hay que ser iniciado, bien por un sectario, bien por algún libro. Si el lector no sabe lo que es el mus, le sugiero que consiga la Guía del Mus, de don Antonio Mingote (su portada en la imagen). Si el lector sabe lo que es el mus, también. El primero comprenderá las formas en cuanto lo termine, tan bien explicado está; los dos se reirán a cada página. Y esto es incluso más importante que saber las normas.

            Porque el mus es el juego sociable por excelencia. Para empezar, no se juega solo. Siempre se está apoyado por un compañero de armas. Además, siempre se juega con comida o bebida cerca. Las rondas de cerveza son paralelas a las manos. Y, por último, los rivales o son amigos o acaban siendo camaradas. Existen lugares donde los compañeros de mus son una institución. En el mus no hay malicia alguna, ni trampas, ni marrullerías, ni malos perderes. Sí hay jactancia (porque nadie es más exageradamente arrogante que un jugador de mus, salvo otro jugador de mus) y habilidad. Hay espionaje y contraespionaje. Es la prueba definitiva de que maña y caballerosidad pueden ir del brazo.

            Por si fuera poco, es entretenidísimo. Las horas pasan volando (incluso si no hay cerveza). A poco que uno se descuide, le sorprende la media noche delante de la mesa. Es un juego absorbente, sin ser obsesivo. Con el mus uno jamás apuesta la universidad de los hijos. El dinero nunca está presente, o lo está de forma inofensiva. Los derrotados pueden pagar las rondas o la cena, sabiendo que mañana se resarcirán. Porque siempre hay una revancha. Y otra tarde de mus.

 

            El póker es el gemelo anglosajón del mus. El gemelo malvado. O puede serlo. Es, desde luego, más turbio. En el mus no hay sombra, es cálido, rotundo, limpio. El póker puede ser retorcido. Incluso en la timba más inocente hay algo de perversidad en las cartas. Si se maneja bien, la necesaria y un poco más para volverlo atractivo. Si uno no sabe con quien juega… en fin, tenemos historias para no dormir en las películas y en los atestados policiales.

          dogspoker  Mafias aparte, el póker es un gran juego. Tan entretenido y absorbente como el mus. Con su liturgia propia. Con su lenguaje, sus tradiciones, sus escuelas, sus variantes. Hay manuales escritos por profesionales. En un país serio, existiría una Licenciatura de Juegos, con su correspondiente especialización en Póker. Los estudios sobre la psicología de los jugadores, sobre sus personalidades, manías, indumentaria, espantajería, tics y distinción dan para un par de bibliotecas.

            Una buena timba de póker se hace en casa, o en un local preparado para ella. De noche. Con botellas de whisky. Y, si uno se pone quisquilloso, con traje. Hay sitios que piden traje. Una partida de mus no lo necesita. Pero una de póker gana puntos si los contendientes van bien vestidos.

            Por su atmósfera oscura, el póker es el juego cinematográfico estadounidense. Hay películas consagradas sólo al póker. Grandes películas. Ahí está El rey del juego. También existen escenas memorables gracias al póker, como la partida nocturna de El Golpe. Hasta los westerns, por los que no siento mucha debilidad, son otra cosa en cuanto se entra en el saloon.

            En el póker el azar tiene algo más de voz que en el mus. Pero tampoco puede nada contra jugadores curtidos. Para jugar al póker hay que ser astuto y calculador. Hay que saber manipular al resto. Se miente, se engaña, se farolea. Es parte del juego. Y, esto queda al arbitrio de la casa, se hacen trampas. Que te pillen queda feo, aunque tampoco puede dar lugar a la indignación moral. Esa indignación no le pega al póker.

            Tampoco la amistad. Los jugadores de mus son rivales, pero amigos. Los de póker pueden ser amigos, salvo durante la partida. Por muchas bromas, por muy buen ambiente que haya. En el póker hay tanta camaradería como en el ajedrez. El póker es individualista. Una partida es una batalla, con un único ganador. Como en Los Inmortales, vaya, sin que nos corten la cabeza. Y si jugar y perder ya es divertido, ganar es cojonudo. Las cosas, como son.

 

            El póker es grande, menos en los casinos, donde sólo puedes pegarte con el croupier. Eso es más aburrido aún que el black-jack, que ya es tedioso, salvo que te toque Homer Simpson para repartir las cartas. No, si uno entra en un casino, tiene pocas opciones. Los jinetes de tragaperras son lo más bajo del escalafón. La ruleta americana siempre me ha recordado a la Rueda de la Fortuna y eso lo dice todo. ¿Qué nos queda? La otra ruleta. La francesa. Porque la rusa es para excombatientes de Vietnam.

            La ruleta francesa es distinta del mus y del póker. Aquí manda la suerte. Sin duda, el jugador obsesionado con el control hará lo imposible por ampliar sus probabilidades de victoria. Apostará a pares o impares, a negro o a rojo, a docenas, en lugar de arriesgarse con un número concreto, echará mano de la estadística, tendrá en cuenta las tiradas anteriores… Al final, sin embargo, detrás de todas esas maquinaciones, sabe que la ruleta no tiene memoria y que, en última instancia, está indefenso.

            El jugador de ruleta siente la atracción del abismo, incluso si es prudente en sus apuestas. La ruleta es el abismo por definición. Uno, sencillamente, se tira, esperando caer en blando. No hay astucias, trampas, experiencias pasadas ni veteranías que nos salven. Si la ruleta nos mira mal, se acabó la partida. El jugador de mus, el jugador de póker se enfrentan a personas. El de la ruleta, al puro azar.

            Hay cierto romanticismo, paródico, en la ruleta francesa. La banda sonora que mejor le pega, en una película irónica, es Beethoven. O ciertas piezas de Tchaikowsky o quizás algo de Brhams. Los compositores románticos. ¡El héroe contra el destino! ¡Una lucha sin certezas! En fin, los románticos de pro iban a la batalla sabiendo que iban a perder, así que el de la ruleta algo a favor ya tiene.ruletafrancesa

            Si en el mus combatimos escoltados y llenos de buen humor y en el póker, entre amigos o enemigos, peleamos contra seres humanos, en la ruleta estamos solos. De los tres, es el juego más solitario. Incluso si vamos acompañados, tendremos una sensación de soledad. La soledad no es necesariamente mala. Pero, y no quiero ponerme dramático, la soledad de la ruleta tiene cierto peligro. Hay que ser de mente fría para jugar a este juego. Incluso más que en el póker.

            El único control real de la persona sobre la ruleta es que puede decir “hasta aquí hemos llegado”. En la ruleta es preciso saber retirarse. Los que van al tapete y lo cubren de fichas están condenados. Lo pierden todo, o casi, así que sacan más dinero y vuelven a hacer lo mismo. Tarde o temprano algo les tocará, pero sus pérdidas son masivas, regulares. Esos no son jugadores inteligentes.

            Con la ruleta hay que ser sobrio. Hay que apostar moderadamente. Y, sobre todo, hay que imponerse un límite. Se llega con una cantidad X, cada cual según su fortuna y convicciones. Si uno pierde esa cantidad, se encoge de hombros, abandona la mesa. Existen noches perras, en las cuales cada apuesta es una pérdida. Si la cosa sale bien, si logramos en ganancias la cantidad con la que empezamos, la guardamos como intocable. Así no perderemos nada. Éste es el único sistema para que no nos devore el abismo.

            La ruleta es fascinante, divertida, cuando uno sabe jugar con cautela, sin pasión. Sabiendo que no nos jugamos nada importante. Si, en efecto, no nos jugamos nada importante. Porque el dinero no es importante, dijo Bernard Shaw, pero mucho dinero, eso ya es otra cosa. Si es así, la noche irá bien, aunque perdamos.

            Y, si la ruleta nos ha mareado, siempre nos queda el mus. Una tarde de mus limpia cualquier cabeza.

julio 24, 2009

II. Viejas historias

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:24 pm

            WILLER SHEPERD, con rango de caballero, había llegado a ser uno de los mejores guerreros del Viejo Reino; a sus treinta años era capaz de derrotar montado o a pie a los luchadores más capaces. Su perspicacia le había otorgado asimismo un puesto permanente en el consejo del señor y pocas decisiones se tomaban sin escuchar antes su opinión, a pesar de lo poco popular que ésta pudiera ser, o de lo desagradable que su humor resultara a su señor Helmut. Y, aun siendo consciente de esto, no le parecía un deshonor realizar la tarea de un mero sirviente, cual era transmitir dentro del castillo los deseos de lord Helmut. Pues no a cualquiera se le encargaba la misión de mensajero con respecto a la pupila del señor, lady Ailin.

            Del patio de armas llegaba el entrechocar de espadas y la voz sonora del maestro de armas, Gurney Lazar.

            – Marchad, marchad, romped, romped, avanzad, ¡fondo! Bien, ahora, atención, en guardia, ataque interno, ataque externo, defensa, ataque superior, contra, ¡guarda! Señora, estáis muerta.

            El bajo maestro, cuya generosa barriga ocultaba una habilidad técnica fruto de años de combate, tenía su espada embotada colocada con precisión en el cuello de lady Ailin.

            – Ah, sir Willer, ¿venís a arrebatarme a mi alumna, a la que cualquier bandido contrahecho destriparía en unos segundos?

            – ¿Eso crees, Lazar?- rió Ailin, poniéndose en guardia de nuevo- Vamos a ver si eres ese bandido.

            La pupila avanzó agresivamente, hizo una finta, atacó, repelió el contraataque del maestro, se tiró a fondo y golpeó con la inofensiva punta de su espada el muslo de Lazar.

            – ¡Ahí lo tienes!- exclamó, orgullosa.

            – Muy bien, pero mi hoja ya os habría atravesado la espalda.

            Y el arma de su contrincante, en efecto, había llegado a la columna de Ailin antes que la de ésta a su meta.

            Willer aplaudió.

            – ¿No podríamos dejarlo en un doble golpe, señor Lazar?

            – En el campo de batalla los dobles golpes son un pobre consuelo, sir Willer. Señora, mañana espero una defensa mucho más cerrada por vuestra parte o esa piel va a quedar cubierta de cardenales.

            Maestro y alumna se saludaron formalmente, antes de separarse.

            – Hola, Willer.- Ailin besó en la mejilla al caballero- Has tenido que venir justo cuando peor me estaba portando.

            – Luego hablaré con Lazar y averiguaré si eso es verdad. Si has tratado de engañarme, mañana me tendrás a mí delante. Y yo no seré tan delicado como él.

            Ailin rió de nuevo. Tenía una risa bonita. Según Willer, y no era el único en mantener esta posición, todo en Ailin era bonito. Los defectos que tenía aquella adolescente de quince años se le perdonaban en virtud de su sonrisa, sus ojos almendrados y su melena castaña. Daba igual que a veces se comportara como una niña caprichosa, o que su cabezonería le impidiera contemplar otro punto de vista que el suyo propio: al final lograba ganarse a su opositor o, por lo menos, su simpatía.

            – ¿Qué, vienes de chico de los recados?

            – Vaya forma de hablar.- la amonestó el gentilhombre, añadiendo con afectación burlona- Vuestro tutor reclama vuestra inmediata presencia, milady. Os espera en su gabinete privado.

            – Entonces será por algo importante. ¿Me he metido en algún lío?

            – Lo sabréis vos mejor que yo.- sonrió Willer.

            – Vamos allá.- Ailin cogió del brazo al caballero- Si mi señor está malhumorado, te usaré de escudo.

            Sir Willer se dejó llevar. Un hombre siempre es un hombre y otros más templados que el caballero hubieran sentido un agradable hormigueo al contacto con la mano de lady Ailin. Pero para Willer aquella hermosa muchacha era la protegida de su señor, la niña a la que había visto crecer desde que, catorce años atrás, llegara a aquella plaza fuerte.

            Ailin subió las esclaras que llevaban al despacho de lord Helmut de dos en dos y ni siquiera se molestó en llamar a la puerta.

            – Mi buen señor, aquí me tenéis.- dijo, entrando de un salto- Debería daros vergüenza usar a sir Willer como paloma mensajera. ¿Tan elevado os creéis que no consideráis digno de vos descender a hablar con vuestra propia pupila?- y la adolescente se cruzó de brazos, con gesto ofendido.

            Tras su mesa de roble, lord Klaus Helmut, Señor de Bosquedesnudo, arqueó una ceja, clavando la mirada en Ailin. El maduro señor de la guerra, al que tantas veces los enfados fingidos y las bromas de aquélla habían logrado hacer sonreír, no suavizó ni un pliegue de su rostro. La chica intuyó que algo grave ocurría, sospecha reafirmada al caer en la cuenta de que la esposa de Helmut, lady Nadine, a quien no había visto, ocupada como estaba con su entrada espectacular, tampoco sonreía.

            Lady Nadine, una mujer bendecida con el don de la elegancia discreta, se deslizó desde la retaguardia de su marido hasta la de su pupila.

            – Siéntate, Ailin.- le dijo, rodeando sus hombros con un brazo.

            – Y tú quédate, Willer.- ordenó Helmut, al ver que el caballero, mucho más prudente en su llegada, hacía ademán de retirarse- Tienes que escuchar esto.

            Helmut se mesó la barba negra y extendió los brazos, como hombre que va hacer un gran esfuerzo. De entre los muchos papeles y pergaminos que llenaban su mesa, cogió un rollo recién abierto.

            – Éste es un mensaje de lord Jescheck, autoproclamado Conde de Tresina. Hasta hace unos meses se conformaba con ser un Señor más de estos contornos, pero debe creer que con un título del Viejo Reino aumentará su autoridad.

            Willer se permitió un breve relincho de risa.

            – No tiene derecho a apropiarse de ningún título del Viejo Reino.- el tono irritado de Ailin ya no era una farsa.

            – No de acuerdo con los fueros del mismo.- admitió Helmut- Pero desde la caída del Trono nadie les presta mucha atención. No me interrumpas y escucha.- añadió, cortando de raíz la discusión que Ailin parecía dispuesta a entablar- Jescheck ha convocado a los Señores para un Concilio de Iguales, en la primavera. La carta sólo apunta sus motivos. Parece que, de pronto, ha comprendido la amenaza que constituye la República; por lo tanto, quiere hablarnos sobre la necesidad de una alianza entre todos los Señoríos.

            – Esa alianza sería innecesaria si se restaurase el Reino.- aseveró agriamente Ailin.

            El matrimonio cruzó una mirada.

            – Por eso te hemos hecho venir, querida.- dijo Nadine- Será la primera vez desde al fin del Reino en que todas lo aún no sometidos estarán juntos, con motivos para sentirse amenazados.

            – ¿Lo estarán?- Willer hizo una mueca de escepticismo- ¿Tanto poder de convicción tiene Jescheck?

            – Otros han apoyado su iniciativa, incluido yo.- respondió Helmut, levantándose- Y ahora, Willer, saca tu espada.- el señor apuntó con su dedo índice al caballero- ¿Te juramentas, por tu honor, a no revelar a nadie, salvo que seas liberado de tu palabra, lo que ahora vas a escuchar? Si así es, besa la hoja.

            Sin vacilar, aun cogido por sorpresa, el servidor de Helmut posó sus labios sobre el acero.

            – Bien, sir Willer. Ahora, arrodillaos ante Ailin Grimwald, Reina del Corazón Negro, puesto que ella es, por descendencia directa, la heredera del Trono del Gran Reino.

            Willer quedó boquiabierto. Su aspecto era tan cómico que Ailin, pese a la solemnidad del momento, fue incapaz de reprimir la risa. Lady Nadine tampoco pudo evitar una pequeña sonrisa. Sólo lord Helmut mantuvo su gesto lapidario.

            – Mi señora,- el caballero, cayendo sobre sus rodillas, había recuperado el uso de la palabra en un momento- mi espada no ha sido nunca tan vuestra como ahora.

            – Creo que sir Willer es acreedor de una explicación.- dijo lady Nadine.

            – Es de justicia.- reconoció Helmut, volviendo a su asiento- Y también es conveniente para Ailin. Sí, no pongas esa cara: tú conoces buena parte de la historia, no toda y conviene contarla con orden.

            Ailin sería la Reina por derecho, pero también seguía siendo la pupila de lord Helmut. Se reclinó en la silla y escuchó a su tutor.

            – Esta historia no tiene un comienzo claro. Ninguna lo tiene: todo hecho o sucesión de hechos proviene de otros anteriores y ni los más sabios conocen el origen último. Partamos de algo evidente: estas tierras fueron un día parte del Gran Reino, al que ahora muchos llaman el Viejo Reino. Tu dinastía, Ailin, ciñó la corona durante generaciones. Sin embargo, cuando tu bisabuelo ascendió al Trono, con apenas catorce años, una crisis empezó a germinar. Había quien pensaba, de buena fe o por interés propio, que el legítimo heredero, el hermano mayor del Rey, había sido asesinado, ocultándose esto con un accidente de caza. Yo no lo creo. Sin embargo, siempre hay oídos que prestan atención a murmuraciones de esa calaña.

            “Tu bisabuelo logró mantener la paz el tiempo suficiente para casarse y tener un hijo. Pero al no haber sometido a los nobles que no le habían hecho juramento de lealtad, sólo cinco años después de su coronación éstos se alzaron en armas. Hubo una guerra civil. Los rebeldes pusieron bajo asedio la capital. A sus filas se unían cada vez más señores ambiciosos, convencidos de que la caída de tu casa era un hecho y que había llegado la hora de repartirse el botín. Es una historia vieja como el mundo.

            “El Rey no quería abandonar su ciudad ni sacrificar la monarquía. Confió a su hijo a vasallos de probada rectitud, con la misión de llevarlo a lugar seguro y a la corona real con él, de manera que su legitimidad estuviera fuera de toda duda. Esa misma noche los sediciosos consiguieron la victoria y asesinaron al Rey y su Reina.

            “Pero su triunfo era incompleto. Con tu abuelo vivo, la línea de sucesión permanecía intacta. Además, los más importantes de entre los rebeldes codiciaban el Trono y sabían que sólo la posesión de la corona, con el Corazón Negro engarzado, les daría la autoridad suficiente para exigir el sometimiento de los demás. La guerra civil continuó, en un todos contra todos. Varios nobles perdieron el control de sus territorios, que pasaron a manos de otros señores, viejos o nuevos.

            – ¿Y el Rey?- preguntó Willer- ¿Cómo perdió la corona?

            – ¿Cómo sabes que la perdió?- Helmut se inclinó hacia delante.

            – Si Ailin es la heredera legítima y la corona no se hubiera perdido, la tendríais aquí, mi señor, haciendo aún más creíble vuestra revelación.

            Helmut emitió un gutural sonido de insatisfacción: a su juicio, el tono de sir Willer revelaba una cierta displicencia, como si aquel asunto fuera un acertijo para pasar el rato.

            – Existían nobles leales, que acogieron al Rey. Siendo éste aún un niño, se formó un consejo para administrar el Reino y dirigir la guerra. Se decidió que el Rey debería refugiarse en la plaza fuerte más inexpugnable de entre las disponibles. Pero durante el viaje…

            – Les emboscaron.- adivinó Ailin, siguiendo el ejemplo de Willer, aunque con una pasión que agradó a lord Helmut.

            – Así es. El Rey sobrevivió, por suerte, pero los asaltantes, que nadie sabe a quién servían, ni si en verdad servían a alguien, se hicieron con la corona. Esto colocaba al Trono en una posición delicadísima; los mejores batidores fueron enviados a la búsqueda del Corazón Negro, sin que la fortuna sonriera sus esfuerzos. Sin el signo de su poder, el de rey se convirtió en título de escaso valor: los nobles pactaron la paz, enterrando la monarquía. Nadie sería ya el Señor de Señores. Tu padre y tus tíos, cuando tuvieron edad suficiente, se comprometieron a encontrar el Corazón o a morir en el intento. El Rey falleció esperando la vuelta de sus hijos.

            Willer bostezó solapadamente, mientras registraba con la mirada la habitación, a la busca de una botella. No tuvo éxito.

            – Desmond, tu padre, era amigo mío. Mi familia siempre estuvo de lado del Trono. Me hubiera gustado acompañarle en su búsqueda, pero lo prohibió. Me rogó que cuidase de tu madre, Calen, que estaba encinta. Tu padre regresó a este castillo poco antes de nacer tú, para llevársela. Me tomó del brazo y me confesó lo que más temía. Sus hermanos habían caído en la búsqueda; tu padre era un rey sin reino, obligado a permanecer en el anonimato. Para no perjudicarme, deseaba establecerse en una pequeña fortaleza, acompañado por un puñado de sirvientes y seguir rastreando el Corazón Negro en cuanto nacieras.

            “Un año después recibí un mensaje de tu madre. Estaba muy enferma. De tu padre nadie sabía nada. Me rogaba que te acogiera como pupila, en recuerdo a la amistad con Desmond.

            – Fuimos a la fortaleza,- continuó Nadine suavemente- y acompañamos una semana a tu madre. Una terrible fiebre se había apoderado de ella. Murió murmurando tu nombre, Ailin, y el de tu padre. Rendimos el homenaje funerario a su cuerpo y te trajimos aquí. En cuanto tuviste uso de razón te descubrimos tu legado

            – ¿Y los sirvientes de los Reyes?- preguntó Willer.

            – A los pocos que quedaban los tomamos a nuestro cuidado, bajo voto de silencio.- explicó Helmut- De esa manera, has permanecido a salvo, en la clandestinidad. A los ojos del mundo, eres una pobre huérfana sin linaje, a la que he acogido.

            – ¿De veras es tan importante mantener el secreto?- se cuestionó el caballero- El poder de la monarquía es casi una leyenda.

            Ailin se encrespó.

            – ¡Yo no he olvidado a mis padres, ni a mi linaje!- exclamó- Acabas de jurarme lealtad, ¿y ya estás insultando la memoria de mis antepasados?

            – Disculpadme, mi señora.- rogó Willer- Sólo digo que si los demás Señores conocieran vuestra identidad o bien os dejarían tranquila o, tal vez, me imitarían, rindiéndoos vasallaje.

            – Algunos, quizás, pero no los suficientes, no sin el Corazón.- repuso Helmut- Y otros, que no desean la vuelta del Trono, querrían ver extinguida la línea de sucesión real. Eso, sin contar a la República, que lleva aumentando su poderío desde hace casi cinco décadas, desde la muerte de tu bisabuelo.

            Helmut mencionó a la República con sincero odio, sintiendo una oleada de desprecio al ser nombrado el monstruo que se nutría de la desgracia de su familia real, el régimen que buscaba sepultar al Viejo Reino, sin dejar de él ni el más leve recuerdo.

            – Y ahora, aprovechando el Concilio de Iguales, queréis que lady Ailin se presente como la Reina en derecho y que solicite la sumisión de los asistentes.- Willer nunca sería una mente política prodigiosa, pero aquella conclusión tampoco lo exigía.

            – Es la oportunidad que llevamos esperando tanto tiempo, pequeña mía.- afirmó Helmut, mirando a Ailin- Los Señores, al acudir, reconocerán que este caos, sin ley, sin autoridad, esta guerra perpetua, es insostenible. Que, cada uno por separado, están condenados. Han hecho falta decenas de años y la ambición de esa maldita República para que se dieran cuenta de lo mucho que necesitan al Trono.

            – Lo haré.- Ailin se irguió y, desdichadamente, ya no tenía el encanto casi irresistible que la había convertido en la dueña del castillo; una capa de solemnidad había caído sobre ella- Reclamaré lo que es mío y restauraré el Gran Reino.

            Helmut, ante el desconcierto de los presentes, hincó la rodilla y besó la mano de Ailin.

            – Mi señora, sois en verdad hija de vuestro noble padre.

            Alzándose, el señor del castillo tomó de nuevo su papel de tutor.

            – Eres una muchacha lista, Ailin, así que supongo que te darás cuenta de las dificultades de la empresa. Porque aparezcas en el Concilio afirmando ser la descendiente de la Casa Real no van los Señores y embajadores a empezar a vitorearte. Exigirán algo más que palabras. Exigirán la corona del Corazón Negro.

            – Ni siquiera sé por dónde empezar a buscar.- algo del aura real de Ailin se evaporó.

            – Tu padre emprendió su último intento con grandes esperanzas. Creía haber logrado una pista importante. Traté de que fuera más explícito, pero se negó, afirmando que, de compartir el secreto conmigo, el mismo peligro que le acechaba a él nos amenazaría a mí, a los míos, así como a tu madre y a ti, si él no regresaba. Se marchó hacia el Oeste. Cabalga hacia allí y trata de hallar algún rastro.

            – ¿No vendréis conmigo?- la Reina Ailin era un fantasma del pasado.

            – Ni Nadine ni yo podemos acompañarte. Debemos administrar estas tierras y prepararnos para el Concilio. Si nos fuésemos de pronto, despertaríamos sospechas. Además, durante este invierno quiero supervisar el estado de nuestros baluartes a lo largo de la frontera.

            – ¿Teméis un ataque, mi señor?

            – Los rojinegros se están volviendo osados: en otros Señoríos se han visto espías y saboteadores. Algunos Señores han lanzado incursiones de castigo. La República no se quedará de brazos cruzados. Los políticos y los militares de Izur estarán ávidos de éxitos con los que aparentar ante sus súbditos. ¡Valiente basura!

            – Entonces, -sonrió el caballero- supongo que yo cuidaré de nuestra futura Reina.

            – ¿En serio?- Ailin le echó los brazos al cuello.

            – No tengo más remedio. U os acompaño o milord Helmut me rebanará la cabeza para que no diga nada de lo que aquí se ha hablado. Está claro que para esta misión me ha ordenado quedarme.

            Helmut se sonrió de su propia astucia y lady Nadine apretó la mano del caballero.

            – Estando tú con ella, nada malo puede ocurrirle.

            – Esperemos que eso funcione a la inversa, mi señora.

            – Sir Willer, desde este instante sois Protector de la Reina.- anunció Kalus Helmut; después, retomó su tono pragmático- Partid mañana al amanecer. Os prepararé unos poderes que os permitirán viajar sin dificultad dentro de mis dominios. Pero en tierras de otros Señores y, sobre todo, en las que ha usurpado la República, debéis ser cautelosos y pasar desapercibidos.

            – Ven, Ailin,- dijo Nadine- te ayudaré con el equipaje.

            – Que sea escaso.- apuntó Willer con malicia- Los caballos tienen que cabalgar ligeros.

            – Willer, eres su Protector, no su igual.- le recordó lord Helmut- No te excedas.

            – Pido disculpas, mi señor.- el caballero inclinó el rostro ensombrecido- ¿Me dais vuestro permiso para retirarme?

            Helmut asintió. Willer giró sobre sus talones y salió con paso marcial. Al pie de las escaleras, Nadine y Ailin lo alcanzaron.

            – No te habías excedido, Willer.- le dijo al oído la mujer de Helmut- Mi señor sólo desea lo mejor para su pupila y ese cariño le ciega a veces.

            – Gracias, mi señora.

            – Willer,- dijo Ailin, quien no había oído estas palabras- te lo agradezco.

            – ¿Agradecer, milady? ¿Qué hay que agradecer?

            – Te llevo lejos de nuestro hogar, a una búsqueda a ciegas. No vas a pelear por la bandera de tu señor, ni a conquistar honores. Pero si algún día soy Reina en el Trono, pocos serán más grandes que tú.

            – Me abrumáis.- sir Willer usó su habitual acento ligero- Centrémonos por ahora en la aventura, llena de peligros y de incógnitas. ¿Qué es una historia sin un viaje a lo desconocido? Cabalgaremos hacia un cantar, querida Ailin.

            La chica rió, yéndose con su tutora. Willer sonrió al ver de nuevo a la encantadora chiquilla que conocía y se preguntó si de veras deseaba reverenciarla convertida en monarca del Gran Reino. Ah, maldición. Necesitaba un trago.

julio 20, 2009

Grandes Series: El Ala Oeste

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 1:59 pm
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         thewestwing1   En español el título completo es El Ala Oeste de la Casa Blanca, por si acaso la presentación con banderas americanas e imágenes del edifico en cuestión fuera demasiado sutil. Esta serie, creada por Aaron Sorkin, es pura política-ficción. Ficción magnífica, pero ficción. Lo que la separa de la real-politik es la base. Porque, en su inmensa mayoría, los políticos siguen la senda de Fouché (independientemente de la astucia que posean), es decir, buscan el poder por el poder; engañan, mienten, manipulan, hacen demagogia, espían para alcanzar el sillón y luego hacen una vez más todo eso para no perderlo. La idea de la política como servicio hacia el pueblo, de dar lo mejor de uno mismo en beneficio de la comunidad la mantienen alguna marioneta infeliz y los redactores de discursos.

            En cambio, en El Ala Oeste, los políticos en efecto creen en lo que hacen, se dejan la piel por sus ideas, por el servicio al pueblo. Hay, desde luego, mucha maquinación, intrigas, susurros en los pasillos del poder y puñaladas por la espalda; sin embargo, el rumor de fondo es que, aunque esas cosas existan, no son consustanciales a la política. El Presidente Bartlet (Martin Sheen), Premio Nobel de Economía, y sus colaboradores (bueno, casi todos) son íntegros, son honrados. Y buena parte de sus adversarios republicanos, igual. Tienen ideas muy diferentes, intelectualmente se detestan en ocasiones, pero la serie tiene la inteligencia de no ser maniquea, de presentar los problemas como son, extraordinariamente complejos e interpretables. Una opinión discrepante puede ser respetable, y aquí eso se demuestra. Mi republicano favorito es John Goodman, en el papel de Presidente de la Cámara de Representantes Walken y, por un breve tiempo, Presidente de Estados Unidos por baja temporal de Bartlet.

            Son siete temporadas, que recorren los dos mandatos de Bartlet. Ocho años de gobierno que dan para ahondar en la mente de los miembros del gabinete. Dan para matizar las actuaciones, para mostrar desacuerdos e incluso rupturas traumáticas. Siendo, como digo, política-ficción, el realismo no está ausente. C. J. Craig, por ejemplo, es la política idealista por antonomasia. Es muy astuto haber puesto a semejante personaje como Portavoz durante la mayor parte de la serie. Los Portavoces (como se explica en un brillante capítulo en forma de documental) son muchas veces los últimos en enterarse de lo que trama la Presidencia, si es que llegan a enterarse por completo. Al ser Craig una mujer de severos principios morales, su personaje choca contra las mentes más pragmáticas del Gobierno, como Leo MacGarry. Y casi siempre ganan éstas.

            Siendo un tanto bruscos, podemos dividir los capítulos en dos clases: los que se centran en la política doméstica y los que se centran en la internacional. Personalmente, me gustan más los primeros. Para alguien que ha estudiado Derecho y al que le interesa la organización del Estado, resulta muy atractivo dar un vistazo al sistema político de la primera potencia del mundo. Los enfrentamientos (e incluso la colaboración) con el Congreso (si es republicano, la cosa tiene más gracia), la lucha entre Estados y Gobierno Federal, la delicada relación con la judicatura o con los grupos de presión… Luego uno lee el periódico y ve que aquí los problemas son similares, aunque el nivel es mucho más cutre.

            Los capítulos internacionales, también muy bien escritos e interpretados, tienen un problema añadido. La política-ficción interna es más aceptable, al menos, para un extranjero. La política-ficción exterior cuesta más. Ojo, no hay tampoco aquí errores, ni engaños groseros. Ni se presenta a Estados Unidos como la gran luz libertadora. Esta serie es demasiado inteligente para ello. Sin embargo, la sensación de que en el juego diplomático hay quien actúa de buena fe (la Administración Bartlet) y de que cuando tiene que renunciar a sus ideales lo hace con gran disgusto, obligada por la realidad del mundo siempre me ha chirriado un tanto.

            Pero en fin, no hay grandes errores. Es más, en ocasiones el planteamiento de los episodios me ha sorprendido por su crudeza. El Presidente, en un determinado momento, ordena el asesinato de un dirigente extranjero que apoya a grupos terroristas, algo que no se muestra como una victoria de la democracia frente al mal absoluto. Los acercamientos al conflicto entre Israel y Palestina son de una sutileza impresionante.

            Por último, con una perspicacia hasta sospechosa, El Ala Oeste, como se reiteró en la prensa, adelantó las últimas elecciones estadounidenses. Un candidato latino (Jimmy Smits), que gana unas muy reñidas primarias demócratas, cuando nadie daba nada por él. Un republicano heterodoxo (Alan Alda, grande), elegido por amplia mayoría, que se pasa la mayor parte de la campaña tratando de mantener su propio criterio frente a la maquinaria del partido. Y una campaña presidencial mucho más apasionante que la auténtica.

            Con actores muy sólidos, invitados de lujo, magníficos guiones, llenos de diálogos inteligentes (con diálogos indirectos e incluso diálogos silenciosos, de los cuales Josh Lyman y Toby Ziegler son consumados maestros), con un particular sentido del humor, Aaron Sorkin nos ha legado la política como debería ser. Lo malo es que uno se acostumbra a este inquilino de la Casa Blanca y luego no quiere votar por nadie más. ¿Obama? Ja.

julio 17, 2009

Parte primera: En la frontera

Filed under: 1,Reino y República — conunvasodewhisky @ 2:26 pm

XXXIII

¿No oír? ¿Cuándo había ruido por doquier? Crecía

como un repique de campanas. En mis oídos, nombres

de todos los aventureros extraviados, pares míos.

Qué fuerte había sido uno, y otro audaz, y otro

afortunado; ¡sin embargo, cuánto hacía que todos estaban

perdidos! ¡Todos! Dobló en un instante el dolor de años

 

XXXIV

Allí se alzaban, en línea en las laderas, reunidos

para verme por postrera vez, ¡marco viviente para

un último retrato! En medio de una cortina de llamas los vi

y a todos los reconocí. Y, no obstante, sin arrendarme,

me llevé la trompa a los labios y soplé.

Childe Roland a la Torre Oscura fue.

 

Robert Browning

 

I. Dos viajeros

 

            Llovía.

            En las calles de la aldea el agua, arrojada con fiereza por el viento, forzaba a la tierra, engendrando fango. Unas cuantas ventanas iluminadas y los faroles de la única posada combatían con escaso éxito a la oscuridad.

            Noches tan desapacibles como esas nunca han sido bien recibidas por los posaderos. Algo de frío, algo de lluvia, una pequeña tormenta, son sus aliadas naturales: empujan a los peregrinos a refugiarse de las inclemencias. Pero si los elementos se pasan de la raya, los viajeros seguramente ni siquiera alcancen ese estatus, quedándose en sus respectivas moradas, a menos que una fuerza mayor a la comodidad les impulse a salir a los caminos.

            Por esta última razón, Artus Labam, dueño de la venta local, no perdía el tiempo maldiciendo al clima. Aquel pequeño pueblo tenía la cualidad de ser fronterizo, lo cual era una desgracia en un plano general y una virtud para él en concreto. Estar cerca de la frontera siempre es peligroso, pero ofrece un casi ininterrumpido ir y venir de soldados, caminantes, mercaderes y fugitivos. Nadie viajaba por placer en aquellas regiones; por tanto, cuanto peor fuera la noche, más gente se convertiría en huésped del señor Labam.

            Pese a ello, aun quedaban varias habitaciones destinadas al descanso vacías. Las otras, en las que se entraba por un tiempo directamente proporcional al dinero pagado, siempre estaban ocupadas. A nadie sorprenderá que el honrado mesonero brincara de gozo cuando un pinche le informó de que un par de jinetes enfilaban la calle principal, en dirección a la posada.

            Labam, que hasta aquel instante había estado bebiendo con indolencia una pinta de cerveza, dejó la jarra y, levantándose con aire decidido, empezó a recorrer su local, en las tres dimensiones, con un papel en la mano y una pluma en la otra, gritando a sus empleados, apuntando cifras y mostrando el aspecto de un próspero y ocupado hombre de negocios.

            Los anunciados jinetes aparecieron poco después de esta transmutación y tuvieron que esperar a que el atareado patrón encontrase tiempo para ellos. Pero el señor Labam no les hacía esperar sencillamente con el fin de indicarles que la posada marchaba viento en popa, por lo cual su oro no era imprescindible, sino para hacerse una idea sobre ellos.

            Sus ropas eran de buena calidad, aunque nada finas. Oscuras, resistentes, eran indumentarias destinadas a pasar mucho tiempo al aire libre, igual que el par de bolsas que caían de sus hombros. La de uno de ellos era obviamente un uniforme militar, de oficial medio. Ambos llevaban colgada del cinto una larga espada. Uno de los empleados de Labam se encargó de las capas, amplias y pesadas, con mangas para los brazos y rematadas por sendos capuchones, que les daban un cierto aire monacal; ahora ya podía verles las caras.

            Eran un joven y un viejo, el primero bastante más alto que el segundo. El viejo, el oficial, con una calvicie incipiente, barba gris, cuadrada, era corpulento y nervudo, en buena forma física, pese a los sesenta años cerca de los que andaría. El rostro, surcado por las arrugas, tenía en su haber un par de cejas hirsutas, dos apacibles ojos negros, una nariz destacable y una boca distendida en una vaga sonrisa. Con las manos entrelazadas tras la espalda, era la viva imagen de la paciencia. La larga experiencia del señor Labam le permitió catalogarlo entre los clientes que, sin perder la moderación, gozan de los placeres de la vida.

            Su compañero, de unos veinte años, era harina de otro costal. El corto pelo negro, las facciones enjutas, el cuerpo delgado, daban una idea de sobriedad poco prometedora. Su cara no permitía hacerse mayores ilusiones: bajo la amplia frente, sobre la que caía un flequillo rebelde, dos cejas fruncidas y una nariz recta custodiaban los ojos, verdes, fríos; los labios estaban tan fruncidos como el ceño. Para acabar la estampa, las piernas rígidas, los brazos cruzados, los dedos tamborileando, le gritaban al mesonero que aquel cliente no se andaba con bromas. Sería inteligente atenderles sin mucho retraso.

            – Buenas noches, señores, buenas noches.- saludó, metiendo el papel lleno de anotaciones sin objeto en un bolsillo del delantal.

            – Si así se las puede llamar.- contestó amablemente el viejo.

            – No es una mala tormenta, no, señor, pero, como decimos por aquí, al mal tiempo, buena cara.

            – Juiciosa actitud.

            El joven emitió un leve gruñido.

            – ¿Los señores desean cena, habitación o ambas cosas?

            – Si no fuera mucha molestia, una habitación para los dos y una cena caliente.

            – Tenemos una habitación lo bastante amplia para ambos. También disponemos de unos baños, si desean librarse del barro, mientras limpiamos sus ropas.

            – Vaya, qué servicio más completo.

            – Nos preciamos de él, señor.

            – ¿Los caballos están bien atendidos?- preguntó el joven, cortante.

            – Mis mozos de cuadra estarán al momento con ellos, mi buen señor. Entonces, ¿hago preparar el baño?

            – Mis huesos lo agradecerían.- el viejo se volvió a su compañero- ¿Qué opináis?

            El joven hizo un brusco movimiento, que controló al segundo, y asintió.

            – Espléndido. Si hacen el favor de seguirme…

            El señor Labam condujo a sus clientes al piso superior, sin dejar de hablar.

            – Además de estas habitaciones, disponemos de otras, en el ala este. Están a su disposición, si desean visitarlas.

            – Tentador,- reconoció el viejo- pero creo que declinaremos la oferta.

            – Señor posadero.- interrumpió el joven.

            – ¿Señor?

            – Llevamos equipaje en los caballos. ¿Podrían subírnoslo?- y aquella voz dura dejaba adivinar que hasta el más nimio componente de tal equipaje estaba inventariado.

            – Por supuesto, señor.

            La alcoba hacía justicia a las promesas de Labam. Los viajeros dejaron las bolsas en un rincón y, mientras el joven permanecía en pie, el viejo se acomodó en una silla mecedora frente a la chimenea.

            – El baño estará listo en unos minutos. Les avisaré personalmente.

            – Muchas gracias, señor posadero.

            Artus Labam se retiró, pero un oído concienzudamente entrenado le permitió escuchar al viejo riendo.

            – Mecedora, una silla, una mesa baja, chimenea propia, dos camas, cena, baño y hasta tintorería. Mañana van a aligerarnos los bolsillos con gran honradez.

            El joven no contestó, al menos, no con palabras y al señor Labam no le pareció prudente quedarse en medio del pasillo. Ocasiones tendría para indagar acerca de sus inquilinos.

            En la habitación, el joven se había acercado con sigilo a la puerta, aplicando la oreja a la misma.

            – Se ha marchado.- anunció al fin.

            – Un posadero inteligente.- alabó el viejo- Arriesgarse a ser sorprendido en una posición comprometedora sin una excusa creíble perjudicaría su negocio.

            – Que se haya ido no quiere decir que no trate de espiarnos más adelante.- repuso el otro, sentándose en la silla libre.

            – Sí, tiene aspecto de chismoso, ¿verdad?

            – Si no lo fuera de por sí, seguro que al haberte oído tratarme de vos le habría picado la curiosidad. ¿Por qué lo hiciste?

            – Porque, de acuerdo con las leyes de la República, era el trato correcto.

            – Ya hemos hablado de eso.- el joven estaba muy contrariado- Ante extraños, es arriesgado que seas tan respetuoso.

            – ¿Qué os hace creer eso, Señoría?- preguntó con cordialidad su interlocutor- Es bastante normal que viejos de rango inferior traten con cortesía a jóvenes de rango superior.

            – ¡Basta!- exclamó el joven, alzándose con violencia.

            Las gotas repiqueteaban contra la ventana de la habitación. El joven llegó a ella en un par de zancadas y permaneció allí, silencioso, mirando caer la lluvia. El anciano torció el gesto, con aire arrepentido.

            – ¿Cuántas veces te he tratado como si yo fuera tu superior?- murmuró el joven.

            – Nunca.- reconoció su compañero; acto seguido, se levantó e hizo una breve inclinación, añadiendo- Lo lamento de veras, Edmund. Pero te aseguro que no había ánimo de ofensa en mis palabras.

            De los ojos del joven desapareció parte de la irritación.

            – Yo también lo lamento, Dougal. He perdido los estribos; parece que los consejos de mis viejos maestros surten efecto.- añadió con ironía.

            – Oh, surten más efecto del que crees. Lo que pasa es que siempre estás en un extremo: o eres más helado que el invierno o saltas como una langosta.

            Edmund esbozó esa sonrisa seca que precisa sólo de la mitad de la cara.

            Llamaron a la puerta y el posadero entró, con las alforjas de los caballos a cuestas.

            – El equipaje de los señores. El baño está listo,- comunicó- al fondo del pasillo: hay dos tinajas con agua caliente, jabón, toallas y albornoces para que se los pongan mientras limpian sus ropas.

            – Ve tú.- dijo Edmund a Dougal, sacando de su bolsa un libro forrado- Cuando termines iré a bañarme.

            – Pero, señor, convendría que fueran los dos ahora,- protestó el patrón- o se enfriará el agua.

            – Que la calienten de nuevo.- repuso el joven, acomodándose en la mecedora.

            El señor Labam era un buen posadero: sabía cuando insistir resultaba contraproducente. También sabía cómo colar en la habitación a sus subordinados con las más variopintas coartadas, desde airear las camas a llevar combustible para la chimenea, pasando por la ropa limpia, un preciso informe acerca del estado de los corceles y traer la cena. Todas las incursiones se estrellaron contra el seco silencio de Edmund primero y la amable cortesía de Dougal después. Ni uno de los improvisados espías logró aportar datos sobre la identidad de los huéspedes.

            En un último esfuerzo desesperado, Labam fue en persona a recoger los platos.

            – ¿Han quedado satisfechos los señores?

            – Una buena cena, tras un buen baño. ¿Qué más pueden pedir dos viajeros cansados?

            – Una noche tranquila sin interrupciones.- contestó Edmund, con un gesto más sombrío aún que su silencio.

            – ¿Van a retirarse? Pensé que, tal vez, gustarían los señores de bajar al salón común. Hay bebida y compañía. Uno de nuestros clientes es bardo y sin duda alegrará la velada. ¡Ah, creo que ya empieza!

            En efecto, un laúd tocado con mediana habilidad pugnaba por sobreponerse a las conversaciones del piso inferior. La voz del juglar se unió a ese esfuerzo, entonando una conocida balada:

            – El rey está en Dunferline

            Bebiendo un vino encarnado:

            “Dónde encontraré un marino

            Que sepa pilotar mi barco?”

            Sentado del rey a la diestra

            Levántase a hablar un anciano:

            “Es Sir Patrick Spence el mejor

            Que el mar haya surcado.”[1]

            – Es una de mis baladas favoritas.- reconoció Dougal- Aunque no sé si quiero oírla de una voz tan peculiar.

            – No es un gran cantor, cierto, pero el ambiente será inmejorable.

            – ¿De qué rey habla esa balada?- inquirió con suspicacia Edmund.

            – Oh, señor, no es más que una vieja canción. Ya era antigua cuando yo era un niño. No hay nada subversivo en ella.

            – Sería más subversiva en una monarquía que en una república.- opinó Dougal- Me temo que no vamos a bajar, señor posadero. El viaje ha sido duro y mañana deseamos levantarnos al amanecer.

            – Me ocuparé de eso. Buenas noches, señores.

            El posadero se marchó entre calculadas reverencias. Y entonces, por fin, logró un éxito. Edmund tenía mal abrochada la guerrera y, al inclinarse a un lado, dejó entrever el interior. La aguda mirada del tabernero no necesitó más: una cadena de acero, de la cual colgaba un emblema también forjado en acero, una espada sobre un libro cerrado.

            El señor Labam mantuvo la compostura hasta llegar a la cocina, donde, tras un par de ladridos, logró que le sirvieran una copa de vino. Tras beberla se sintió algo menos mareado. Y no era para menos. Ahora comprendía el deferente tratamiento que el viejo le había dado a aquel joven. El señor Labam tuvo ganas de llorar: bajo su techo se alojaba un Juez Errante.

 

            Tal como Dougal había solicitado, los viajeros fueron despertados al alba. En la puerta les esperaban sus cabalgaduras y, mientras los mozos, vigilados estrechamente por Edmund los preparaban para el viaje, Labam le presentaba la cuenta a Dougal.

            – ¿Cuatro florines de oro?- se extrañó el viejo- A la excelencia del servicio hay que añadir lo razonable del precio.

            – Esta región no es rica, señor.- suspiró Artus- En un lugar más próspero mis precios estarían a la altura de la calidad de mi establecimiento. De nada sirve lamentarse.

            – Señor posadero, sois un estoico.

            Labam parpadeó, ante el trato. Pero entendió de inmediato el propósito del viejo y se congratuló de haber sorprendido el secreto del joven. En otro caso, la maniobra del viejo le hubiera despistado por completo.

            Liquidada la deuda, Dougal y Edmund se alejaron de la posada, buscando la salida del pueblo y el camino principal. Al acercarse a las últimas casas, se encontraron con otro jinete, envuelto en una capa roja y con un laúd a la espalda. Una cabeza rubia se giró al oírles llegar.

            – Buen día, caballeros.- saludó el desconocido, quien llamaba la atención por su imaginativo bigote.

            – Buen día.- respondió Dougal, mientras Edmund limitaba su cortesía a una leve inclinación.

            – ¿Vienen de la posada de Labam?

            – En efecto.

            – ¡Menudo granuja, el tal Labam! ¡Seis florines por una copa de vino, una escudilla de sobras tibias y una habitación mugrienta! Y eso, después de cantar buena parte de la noche. ¡Jamás había recibido un trato semejante!

            – ¿Es el bardo que se hospedaba en el mesón? El señor Labam nos recomendó acudir a escucharle.

            – No recuerdo sus caras; Labam no debió esforzarse mucho por convencerles.- se quejó el bardo- Bien, mientras cabalgamos, pueden recuperar la oportunidad. Mi voz necesita práctica continua.

            – Pero, sin duda, también agradecerá el descanso.- apuntó Dougal- Además, la mañana es húmeda y sería inteligente no exponer sus cuerdas vocales.

            – Es cierto, he de cuidarme.- reconoció el juglar- Tal vez cuando el día avance y mejore el clima.

            Habían llegado a una intersección de caminos y el cantor quejica giró hacia el Oeste.

            – ¿Va al Oeste? En ese caso habremos de despedirnos: nosotros vamos al Norte. Que tenga un buen viaje.

            Y, sin dar tiempo al trovador, que ya había echado mano del laúd, para una canción de despedida, Dougal y Edmund picaron espuelas y se alejaron al trote.

            En cuanto el molesto personaje quedó fuera de la vista y el oído, Dougal comentó:

            – El señor Labam ha mostrado una asombrosa amabilidad para con nosotros.

            – Lo sabe.- dijo irritado su compañero- Lo ha descubierto y, para no meterse en problemas, ha rebajado nuestra cuenta.

            – Eso parece.

            – Pero, ¿cómo se ha enterado? ¿Se habrá colado en la habitación mientras dormíamos?

            – Lo veo difícil, estando yo tan despierto.

            – ¿Has montado guardia sin decírmelo?

            – Tú estabas cansado y yo nunca he podido dormir mucho, menos aún con ese supuesto bardo destrozando una balada tras otra.

            – Estoy tan acostumbrado a velar como tú.- protestó el joven- Deberías haberme despertado, para turnarnos.

            – Lo más probable,- continuó Dougal, sin hacer caso- es que haya visto tu colgante, en un momento de descuido.

            A Edmund no se le ocurría otra razón, pero eso no hacía más agradable el tener que reconocerlo.

            – En fin, lo hecho, hecho está y no tiene sentido lamentarse. Por otro lado, no acabo de comprender esa obsesión tuya por el secretismo. Eres, después de todo, miembro de uno de los cuerpos más importantes de la República. No es algo de lo que avergonzarse. Y, si nadie conoce tu rango, es complicado que cumplas con tu función.

            – De esta manera soy yo el que elige cuándo y cómo intervenir.

            – ¿Ésa es el modo más correcto de actuar siendo un Juez Errante?

            – Tengo mis razones.

            – A riesgo de excederme en mis atribuciones, ¿te importaría compartirlas conmigo? Estoy aquí para ayudarte y aconsejarte, al fin y al cabo.

            – La gente teme a los Jueces Errantes.- contestó con creciente impaciencia Edmund- Somos respetados, pero no populares. Es mucho más sencillo recopilar información de la población común si te creen uno de ellos.

            – ¿Quedarse en la habitación en lugar de bajar a la sala común es otro medio de espionaje?

            – Estaba cansado, tú lo has dicho, y no tenía ganas de escuchar a un juglar mediocre, bajo la vigilancia constante de ese posadero. ¿Te parecen razonables mis motivos?

            – Los he escuchado peores. ¿Vamos a mantener el anonimato en Nicolia?

            – En Nicolia no habrá más remedio que actuar abiertamente, ante el Gobernador, al menos. Cuantos menos sepan de nuestra presencia, mejor.

            – Muy bien. Aunque el Gobernador puede irse de la lengua.

            Edmund esbozó una sonrisa truculenta.

            – Siempre podemos cortársela.

 


[1] Comienzo de La Balada de Sir Patrick Spence, una de las Child Ballads, recopilación de baladas y canciones tradicionales inglesas y escocesas realizada por Francis James Child.

julio 14, 2009

Dictamen sobre Eh, Tío!

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 7:04 pm

          Image6  Gilbert Keith Chesterton comienza así su breve y magnífico ensayo sobre el humor: El humor, en el sentido moderno del término, es una percepción particular de lo cómico o de lo incongruente, que suele distinguirse del ingenio, como si fuese más sutil por un lado o más vago por otro. Se trata, por tanto, de un término que no sólo se resiste a ser definido, sino que, en cierto sentido, se precia de ser indefinible; y, en general, se consideraría una falta de sentido del humor intentar definir el humor.

            A lo largo de su exposición (con su prosa maravillosa, ágil, aguda, brillante y alejada de la pomposidad[1]) distingue Chesterton entre humor, sátira y absurdo. Un par de extractos más y entro en materia:

            El ingenio es la razón sentada en su sillón judicial; y aunque los acusados también pueden recibir condenas leves, la clave radica en que el juez nunca es condenado. En cambio, el humor siempre conlleva la idea de que el propio humorista está en desventaja y se ve atrapado por los enredos y las contradicciones de la vida. […] Hay por tanto en el humor, o al menos, en los orígenes del humor, algo de esa idea del excéntrico sorprendido en una excentricidad que se jacta de ello; de alguien a quien han cogido de improviso y que se percata del caos reinante en el interior.

            Pero más tarde, y como algo propiamente inglés, nacido inglés, Chesterton da una vuelta más de tuerca: El humor absurdo puede describirse como un humor que, por el momento, ha renunciado a cualquier conexión con el ingenio. Es un humor que abandona cualquier intento de justificación intelectual y no se limita a burlarse de la incongruencia de algún accidente o farsa, como subproducto de la vida real, sino que la extrae y disfruta por sí misma […]; se trata de la locura por la locura, igual que el arte por el arte o, más exactamente, la belleza por la belleza.

            Claro, después de esto, ¿qué voy a decir yo? Por fuerza, cuanto venga a continuación, será inferior. De todos modos, se hará lo que se pueda.

            Ante todo, me pongo pedantemente jurídico, este escrito es, como habrá adivinado el lector sagaz, un dictamen, es decir una opinión. Todo cuanto afirme con rotundidad, asevere desde el púlpito y presente como verdad clara y distinta no pasará de opinión, espero que fundada. Pero un dictamen es una opinión, criticable, atacable y destructible. Si los abogados llaman dictámenes a sus opiniones es porque con ese nombre al cliente le cuesta menos creer que valen el dinero que paga.

            Dejando esta salvaguarda detrás de mí, queda por despejar un punto. ¿A santo de qué esta opinión? ¿Es que el webcomic de Sergio Morán, en adelante el Ínclito Genio, se merece un estudio detallado? Es posible. No es mi intención. Lejos de mí realizar una disección fría, precisa, de sus tiras, tramas y bromas. Los he disfrutado e invito a otros a que lo hagan. Mentiría si dijera que es lo mejor jamás escrito en la literatura humorística; por otro lado, dudo bastante que este artículo marque un hito en la crítica. Pero Eh Tio! me sirve de trampolín para reflexionar sobre lo que el enorme Chesterton (enorme en todos los sentidos) escribió en su día.

            No habrá, entonces, referencias exclusivas a la obra de Serg… del Ínclito Genio, sino que, para dejarle en su lugar, zumbaré de unos humoristas a otros satíricos. Me pongo a escribir sin un plan muy preciso. Salvo por dos reglas básicas.

            La primera, que, al final, trataré de desentrañar si el humor esencial de Eh, Tío! es efectivamente humor, en el sentido chestertoniano, si es ingenio, si es sátira o si es absurdo; o si puede calificarse puramente como uno de tales tipos.

            Segunda, que no pienso explicar ni un solo gag, aunque tal vez tenga que analizar alguno. Como dijo el Joker: ¡Si explicas un chiste, es que no hay chiste! Mis chistes son elegantes y simples. Los ves, los entiendes y ríes… ¡fin del chiste! El Joker sabe de comedia. Y de otras cosas. Ya me ocuparé de él en otra ocasión.

            Una última aclaración, retrospectiva. Citar autores es un apoyo estupendo al escribir un artículo. Por desgracia, siempre hay que omitir a otros. Esto es así, a no ser que se quiera escribir la lista de los reyes visigodos, ostrogodos y godos a secas. Sé que me he dejado humoristas y satíricos en el tintero (por ejemplo, y de nuevo me dejo muchos más, a Les Luthiers, a Swift y a Woody Allen; o a los grandes maestros, los Hermanos Marx). Y no doy a entender en modo alguno que los citados sean mejores o me gusten más (cosas distintas) que los no citados. O viceversa. Aunque me gustan más unos que otros y entre varios existan abismos de calidad. Entonces, ¿por qué unos aparecen y otros no? Fueron surgiendo, algunos; otros se usaron con premeditación (y nocturnidad). En fin, quien se divierta con ello, puede urdir teorías psicoanalíticas, políticas o anarcosindicalistas. Después de todo, para cada suceso del mundo se pueden exponer treinta explicaciones diferentes. Algunas, incluso, verosímiles.

            Bien, veamos, citas impecables, discurso de la defensa y líneas maestras más bien torcidas… está todo lo de mi lista. Podemos empezar.

 

            Image4Seamos lógicos, aunque sólo sea para disimular: si el humor y el ingenio son cosas distintas, caso de que Morán, Sergio fuese ingenioso no podría ser humorístico y viceversa (suponiendo que un autor sólo pueda encuadrarse en uno de ambos bloques lo que es suponer mucho más de lo que supone Chesterton, quien, de hecho, lo niega). Dado que el humor absurdo deviene del humor, un ingenioso no podría ser un absurdo. La premisa mayor es falsa, con lo que el resultado del silogismo será falaz. Vamos, que toda esta palabrería viene a decir que un autor, salvo raras excepciones, no es absolutamente ingenioso o absolutamente humorístico. Se trata de una magnitud tendencial, no absoluta.

            Igual que afirman los estudiosos de la Ciencia Política que un Estado es más o menos democrático y más o menos totalitario, siendo algunos esencialmente totalitarios y otros esencialmente democráticos, los autores son tendencialmente satíricos o tendencialmente humorísticos. Vamos con los ejemplos, que es lo divertido.

            Cojamos a Monty Python. Su famoso sketch del loro muerto[2] es puro humor absurdo. Los hay más elaborados y sutiles, pero el diálogo no es ingenioso, no es satírico. No denuncia a las pajarerías, ni a los clientes, ni a los loros. El loro está muerto, eso es todo. Con una sencillez pasmosa, nos hacen reír a carcajadas. Podría decirse que han cogido la definición de Chesterton y la han aplicado de manera directa, desnuda, simple.

            Pero veamos ahora Los caballeros de la mesa cuadrada o La vida de Brian. Estas películas, ¿son principalmente absurdas? Tienen una gran cantidad de elementos absurdos. El asalto de Lanzarote contra la fiesta de bodas es sangrientamente absurdo. El conejo asesino es puro absurdo. Los registros romanos en las casas judías son absurdos. El absurdo chorrea por las orejas de todos y de todos.

            A nadie se le escapa, sin embargo, que estos dos largometrajes son parodias de las leyendas artúricas y de los Evangelios. Sí y no. A primera vista, no hay ninguna duda; sin embargo, yo no detecto un intento serio de arremeter ni contra Arturo y sus caballeros ni contra Jesús. Y aunque las escenas satíricas tampoco escasean (el Sermón de la Montaña, los fieles que agarran la sandalia de Brian enfrentados a los que tienen la calabaza de Brian…), a mí siempre me ha quedado la sensación de que el ciclo de la Mesa Redonda y la prédica de Cristo (o, mejor dicho, de su involuntario alter ego) son excusas para desplegar una colección de gags, de bromas y de perlas absurdas. Así que el balance final no es claro.

            Tampoco es claro si Hugh Laurie y Stephen Fry son eminentemente satíricos o absurdos en A bit of Fry and Laurie. Mientras que en “Marjorie´s fall” (entre muchísimos) encadenan un diálogo absurdo, autoconclusivo, sin más pretensiones que jugar con el idioma y sus equívocos, en “The young torie of the year” (entre muchísimos otros) son despiadadamente satíricos, clavando la espada del espíritu, como dice Gilbert, en las entrañas del Partido Conservador británico. La única conclusión sensata que se me ocurre es que estos hombres son humorísticos o satíricos dependiendo del momento, de la realidad política que les rodea o de con qué pie se hayan levantado aquella mañana. No hemos adelantado demasiado.

 

            El lector agudo habrá notado que, por el momento, sólo he citado bromistas ingleses. Dejando a un lado mi confesa anglofilia, esto plantea otra línea de debate que debe ser resuelta antes de poner a Eh, Tío! y a su autor bajo el microscopio. Chesterton (hace un siglo, año arriba, año abajo) dijo que el absurdo es en gran parte, o casi enteramente, una contribución inglesa, tan así que, según Émile Cammaerts, escritor belga a quien cita el mismo Chesterton, al principio carece de sentido para los extranjeros. Sin perjuicio de los ingenios de las Islas.

            Hay bastante verdad en ello. El humour es muy suyo, pero, o ésa es al menos mi impresión, tanto cuando es singular humor absurdo como cuando es sátira. Ahora bien, admito que la sátira, afilada con alegría en el mundo entero, tiene rasgos muy comunes, a salvo particularismos nacionales, regionales y personales. Y que el absurdo es más nebuloso. Y que el absurdo anglosajón (no sólo inglés: Oscar Wilde era irlandés; claro que Wilde podía ser el más alto absurdo y el más alto ingenio) tiene un aire inconfundible.

            ¿Quiere decir esto que debemos condenar a Morán a la sátira, porque tuvo la desdicha de no nacer inglés o, cuanto menos, escocés? Pues no. En España ha habido y hay escritores humorísticos. Y satíricos. E incluso ambas cosas.

            Así, verbigracia, La venganza de Don Mendo, gentileza de Pedro Muñoz Seca, es una farsa. Cierto, es una parodia de los dramas románticos de inspiración histórica, pero igual que Los caballeros de la mesa cuadrada es una parodia de los libros medievales de Chrétien de Troyes. El envoltorio es de sátira, pero el contenido es humorístico.

            Quizás, en la España actual, nadie haya metido el humor en la tripa de la sátira mejor que Ibáñez, con Mortadelo y Filemón. Porque, vamos a ver, el mismo nombre de la T.I.A. (o de su gran rival, la A.B.U.E.L.A.) es satírico; la secretaria Ofelia es una parodia hasta la punta de la bota; y las introducciones a los sucesivos álbumes en honor a las Olimpiadas (las partes más divertidas de los mismos), pues qué voy a contar.

            Y, en cambio, por norma general, lo que hay dentro de las tramas paródicas, de las misiones de los agentes secretos, no es en absoluto ejemplo de ingenio duro. Es humor. Es el humor de los cortos maravillosos de Charlot y del cine mudo. Son dos ridículos, recibiendo tortazos, tramando planes que se volverán contra ellos mismos, metiendo la pata, trampeando y haciéndonos reír. Es el payaso del circo con un perrito que le muerde los talones. O el culo.

            De un modo aún más puro, Ibáñez llena sus viñetas, a veces casi hasta el exceso, de gotas absurdas. Una berenjena brota de un techo. Un perro con bombín y monóculo se pasea por el fondo. Un gondolero canta en medio de un atasco. La locura por la locura. A nadie se le ocurre diseccionar eso. Lo mataría.

            Pero, claro, los españoles tenemos, y a raudales, sátira en la sangre. Quevedo deja en calzoncillos a casi cualquier satírico actual, con sus sonetos sardónicos o sus amargos Sueños. Valle-Inclán se alza en la cima de la Sátira Universal, con esa tragedia española que no es una tragedia, sino el esperpento. Una mirada burlona, cruel, desengañada, terrible que caricaturiza una realidad tan monstruosa y deforme como sus reflejos. Goya, a pinceladas, apuñala la España de su época, sí, pero, mucho más allá, desgarra la existencia misma, la cosmovisión occidental hasta ese instante, con una sátira que va más allá de la risa, que llega al horror, destrozando la lógica, la racionalidad, la fe y la esperanza.

            Más cercanos, más respirables, los guionistas y dibujantes de El Jueves, con “Para ti que eres joven” al frente de unas cuantas secciones, supervivientes de una sobresaturación de desnudos integrales grotescos e hiperrealistas. El Jueves es una revista exclusivamente satírica. Es ingeniosa y acreedora, en varias ocasiones, de las palabras de Chesterton: el ingenio es más bien el intelecto humano ejerciendo toda su fuerza, pese a que en ocasiones lo haga a propósito de una menudencia.

            El supuesto objeto de este artículo, Morán y sus criaturas, tuvieron su presencia en esta revista hace más bien poco. Ha vuelto en colaboraciones puntuales; esperemos que no las últimas, no por razones ñoñas[3], sino porque cuantas más secciones regresen a la sátira, mejor para la revista y mejor para los lectores.

            Y la sección que el Ínclito Genio guionizaba, “Extraviados”, era satírica. Cada semana caían el dibujante y él sobre una ciudad de Europa y en seis viñetas la ridiculizaban, le daban la vuelta y se marchaban dejando tras de sí ruinas humeantes. En fin, tal vez no sea para tanto. Satirizaban las ciudades, pero también a los turistas. Ja, aquí tenemos una posible duda. Si los turistas tampoco se libraban de la burla, ¿podemos definir “Extraviados” como más humorístico que satírico, dado que los autores en algún momento de sus vidas, ejercieron de turistas? No.

            Porque en “Extraviados” los satíricos han dado un paso atrás, han salido de la foto y, desde el exterior, observan, describen y evalúan. Con una lupa enorme y de lente deformante. Ellos no se exponen. No empatizan con el objeto de su análisis ni, ya puestos, con el lector. Ni esperan que el lector empatice con los desgraciados que se retuercen en las viñetas. No hay lazos afectivos, sino intelectuales y cubiertos de mala baba.

            No ocurre igual, en cambio, en la breve primera etapa de Eh, Tío![4]. Ésa es, salvo alguna tira aislada (como la de posibles papables), humorística. El autor no podía exponerse más, porque narraba anécdotas de su vida (reales o imaginarias, eso tanto da), rodeado de sus amigos. El autor era el personaje, era el gag, era el objeto y el causante de las risas. Invitaba a la gente que se riera de él y con él. Con él de él, ojo. Las más altas cotas del humor, las más finas y sutiles participan de esa naturaleza: el humorista se expone y se ríe de sus propias debilidades e incoherencias, aunque no sea tan directo.

            ¿Y después? Cuando Sergio Morán decide sacarse de la manga (previa ejecución de los anteriores) nuevos personajes, principales, secundarios y terciarios, ¿deriva hacia el ingenio satírico, se mantiene en el humor, se lanza de cabeza al absurdo? ¿Le sirven esos personajes de escudo? ¡Como si tuviera mucho que proteger! ¡Se estaba haciendo el interesante!Image8

            Veamos si soy capaz de deslindar de una vez sátira y humor, comprobando de paso si la narración ficticia es incompatible con el humor. Y cuando me pregunto si seré capaz, o de si lo seremos el lector y yo en comandita, es un viejo truco retórico: lo más probable es que muramos en el intento.

            Regresemos, pese a ello, a la vieja Inglaterra y agarremos a dos grandes escritores, uno humorístico y otro satírico: aquí tenemos al señor P. G. Wodehouse y al señor Tom Sharpe. Un aplauso. Gracias.

            Ambos escritores son de lo mejor que el humor (en sentido amplio) británico ha dado al mundo. Ambos manejan la prosa con soltura, con brillantez; ambos saben desarrollar tramas desternillantes; ambos usan personajes que no son personas, que no pretenden serlo, porque tampoco viven en un mundo real, sino en deformaciones del mundo real, muy amable, alegre y chispeante la de Wodehouse y muy cruel, tenebrosa y grotesca la de Sharpe.

            Hasta aquí, nada se ha dicho que permita dilucidar quién es el humorista y quién el ingenioso. Porque la sátira puede ser amable y el humor, desde luego el humor absurdo, puede ser cruel. Sin embargo, como era de esperar, en este caso Sharpe es el satírico (cruel) y Wodehouse el humorista (amable).

            Afirmo, por tanto, que se puede ser humorista y poner entre autor y lector un universo de personajes. Porque el humorista está al lado del lector mientras ambos recorren ese universo. Yo, al menos, tengo esa sensación con Wodehouse: oigo su voz mientras leo su delicada precisión, me río con él y él sonríe conmigo en los momentos justos, que son casi todos. Y, por debajo, por delante y por detrás, intuyo un leve encogimiento de hombros, sin pizca de juicio en el gesto, al observar las locuras y las insensateces que, en ese mundo donde las consecuencias de los actos jamás son dramáticas, también cometemos los seres humanos. El humor de Wodehouse es humilde, y la humildad es la virtud con la que Chesterton vincula al humorista.

            En cambio, Sharpe ataca a fondo: no deja títere con cabeza. Si con Wodehouse sonríes constantemente y cada poco estallas en carcajadas, sin que en esa sonrisa ni en esa carcajada haya amargura ninguna, con Sharpe sonríes diabólicamente o ríes con acritud. La única manera de que la carcajada no salga del desengaño en estas obras, es que salga de la maldad. Yo opto por ir alternando todas las posibilidades.

            Tengo la sospecha de que a Sharpe, como a todos los satíricos, la risa les sale de la bilis. Los satíricos son moralistas, en el mejor sentido de la palabra, sea cual sea la moral que tengan en el alma. Observan un mundo donde el ser y el deber ser están a una distancia mayor de lo deseable, de modo que se empeñan en gritar al mundo las dimensiones de ese abismo. Esto se puede aplicar a cualquier satírico, sea su instrumento favorito el sarcasmo, la ironía o la lógica (suelen ir estos y más en el mismo estuche)[5] y sea su objetivo las injusticias Norte-Sur, la ignorancia demagógica o el que tanta gente lleve calcetines blancos con zapatos negros.

 

            Dicho lo cual, observo a Sergio más militando bajo la bandera de Wodehouse que bajo la de Sharpe, aunque con más malicia y menos brillantez que el viejo maestro (asúmelo). Morán escribe y dibuja sus tiras no para arrojarlas desde las alturas como bombas de hidrógeno rellenas de relámpagos, sino para reírse con ellas mientras se toma una cerveza, preferiblemente rodeado de lectores que se rían o que le pregunten dónde está la puñetera gracia, fracasado.

            Esto es así incluso en sus tiras más satíricas. En algún momento clasifiqué de ingeniosas las tiras dedicadas a los falsos videojuegos o a los deportes olímpicos desechados (que son de mis tiras preferidas), pero de eso nada. Reviso mi juicio, revoco mi sentencia con ira, la declaro nula y digna de un lemur especialmente ebrio. Porque ni el Ínclito arremete contra los videojuegos, ni el Genio se burla de los deportes oficiales. Unos y otros son excusas para juegos de palabras, juegos de palabra e imagen o simples juegos de absurdo.

            ¡Oh, qué palabra acabo de decir! Tengámosla a la vista. Aún no ha llegado su momento.

            En fin, entonces quedamos que los personajes de Sergio no son escudo de nada ni tampoco dardos para atormentar a los impíos. Tampoco son personas. Quiero decir que no los sentimos como algo de nuestra propia carne. No es esto ningún demérito, si no era uno de los objetivos del autor. Tampoco sentimos nuestros a Bertie Wooster, a lord Emsworth, al tío Fred o a Jeeves. Ni al temible Blott. Son títeres, aunque algunos nos caigan bien y les deseemos un desenlace no por divertido menos feliz (casi todos los de Wodehouse) y a otros nos gustaría verlos sufrir tormentos inimaginables (todos los de Sharpe, con la excepción de Wilt).

            Ni Juana, ni Equis, ni Antuán, ni Leo, ni Hostia ni Genara buscan ser criaturas que se nos cuelen debajo de la piel. Mientras que leyendo Otelo uno puede bien sufrir con Desdémona, volverse loco con el Moro o partirse de risa con Yago, porque ellos sufren, enloquecen y disfrutan sádicamente, nadie (al menos, yo no) se estremece por los traumas infantiles de Juana o palpita por los supuestos amoríos de Hostia. También es cierto que yo soy un desgraciado que goza con el mal ajeno.

            Pero vamos, que tampoco pasa nada. En The Order of the Stick, otro divertidísimo webcomic, los personajes son monigotes y su creador, Rich Burlew, es tan consciente que los dibuja como tales. No hay más que hablar: son chistes con patas y la cosa funciona mientras no intenten llegar a ser complejos seres multidimensionales.

 

            The Order of the Stick tiene otro punto, al menos, en común con Eh, Tío! Y ambas con lo que decía más arriba sobre Ibáñez. En los arcos argumentales de Eh, Tío! (el non sequitur es otro asunto) existe una trama que sirve de hilo conductor. Igual en The Order… Pero esas tramas, que son primordialmente satíricas, parodiando, sin intención de devastar nada, tanto novelas de fantasía, como juegos de rol, clichés de películas de acción o de series de televisión, están llenas de chistes sin más esencia que ellos mismos. O sea, de absurdos. Bien trabajados, bien encajados o espléndidamente desconcertantes.

            La verdad es que resulta curioso, pero en el mundo de la comedia hay pocas obras de cierta extensión que sean esencialmente absurdas. Es muy difícil mantener el absurdo. El nonsense inglés parece coto exclusivo de poemas breves, gags de tres minutos y un par de viñetas tronchantes. El absurdo suele venir en socorro de la sátira, para dar un descanso al público, para dar variedad o porque al autor se le ocurre una genialidad o una a medias.

            Ni siquiera La Hora Chanante (ni Muchachada Nui) lograba ser completamente absurda, aunque casi. En los “Testimonios” había mucho de sátira e incluso esa joya que nunca decepcionaba, “Retrospecter”, hacía de cuando en cuando concesiones al ingenio paródico.

            Sólo Carroll y las dos aventuras de Alicia soportan el absurdo en trama, situaciones y personajes, con alguna sátira que otra; la más importante, el poema “La morsa y el carpintero”, denuncia de la hipocresía del poder, según unos, de la hipocresía de las religiones, según otros y de la hipocresía de las morsas y carpinteros hambrientos, según los terceros.

            Aún más claro en las grandes series de animación cómicas. Los Simpson o Futurama tienden a basar el esqueleto de sus episodios en la sátira. También una parte de los personajes y situaciones. El absurdo hace su aparición de modo más o menos explícito. Así, Zapp Branigan es un personaje satírico, pero Zoidberg es un generador de absurdo con concha. Y ambos son muy divertidos. Padre de Familia y Padre made in USA recurren más a los absurdos ajenos a la trama, a las referencias externas, remarcando la distinción entre sátira y humor.

           Image1 Morán hace algo parecido. Dentro de las tramas, las situaciones donde se mueven los personajes, algunos de los personajes (como Basilio o Longplay) son satíricos, dejando al absurdo su cuota en algunos diálogos (especialmente si se da la palabra a los lectores), en los golpes de varias viñetas finales y en las tira sueltas, el non sequitur, que pueden estar protagonizadas o no por los mismos personajes de los arcos argumentales.

            Pero si hace falta un ejemplo meridiano de que lo principal en Eh, Tío! es el absurdo, basta con atrapar en plena carrera al célebre Mafrune. Un pingüino. Un pingüino que aparece sin ton ni son y que grita siempre la misma palabra: ¡SANGRAD! ¿A qué viene eso? ¿Es un defensor de la hemofilia? ¿Se burla machistamente de las mujeres que están en esos días del mes? ¿Desea propagar el SIDA y demás plagas? ¿Es un grito de guerra de alguna tribu escadinava de la cual es su tótem? No. O sí. Pero da igual. A la gente le gusta. Se ha labrado una reputación. Y si se sabe usar (por ahora, se ha sabido usar) es un absurdo que logra lo que se propone. E incluso es un absurdo que se permite el lujo de parodiarse a sí mismo. Seguimos con la mezcla hasta las rodillas.

 

            Bueno, ¿tantas palabras para unas cuantas cosas que nos hacen reír, simplemente? Porque los satíricos, dirán algunos, al menos luchan por algo e intentan que el resto del mundo despierte y piense. Lo cual merece todo mi respeto si se hace bien, sabiendo qué criticar, cómo y cuándo. Con crueldad, si es posible.

            Sin embargo, los humoristas y los absurdos merecen incluso más nuestra gratitud. Chesterton lo dijo muy bien al estudiar Sueño de una noche de verano: como el hombre vive en una frontera, puede encontrarse en una atmósfera espiritual o sobrenatural no sólo siendo profundamente triste o meditativo, sino siendo extravagantemente feliz. El alma puede escapar del cuerpo en una agonía de pesar, o en un trance extático; pero también puede abandonar el cuerpo en un paroxismo de risotadas.

            No es poco, ¿verdad?

 

 


[1] Si alguien no es consciente de que estoy recomendando la lectura de todos los relatos, novelas y ensayos de este autor con el que en tantas cosas estoy en desacuerdo y en tantas otras de acuerdo, no goza de mucho ingenio.

[2] A partir de ahora, el lector con tiempo y ganas puede irse derecho a youtube para ver los sketches que se comenten. La verdad sea dicha, youtube es uno de los grandes inventos de la Humanidad; de hecho, es una versión audiovisual y terrenal del Paraíso de Borges como Biblioteca. Espero que la lógica celeste, que es incluyente, o eso se rumorea, no tenga problemas en aunar libros y vídeos.

[3] Ejemplo de absurdo en la existencia: ¿puede una razón, esclava de la Razón, ser ñoña, cuando los pastelosos abominan de la Razón?

[4] Si el fanático moranista está gritando “¡Al fin!”, que pierda la esperanza. Eh Tio! quedará cubierto, sepultado y desplazado cada dos por tres. Pero, por un segundo, ha tenido esa esperanza. Las falsas esperanzas son la nata del Infierno.

[5] Tiendo a imaginarme a la ironía en batín, bebiendo una copa de coñac mientras sonríe lánguidamente y al sarcasmo sonriendo de oreja a oreja, pasando revista a sus instrumentos de tortura en una mazmorra. Ambos se asocian usualmente a la sátira y no al humor. Desde luego, es complicado asociarlos al absurdo, ya que la ironía, desde su nacimiento griego, implica análisis, estudio, lógica, y el sarcasmo es la ironía cansada de ser sutil. Y en cuanto al humor, el sarcasmo casa mal con la humildad. No conviene confiarse, pese a todo. El absurdo que llegue a la locura puede usar la lógica ironía, porque el loco es alguien que lo ha perdido todo menos la razón (Chesterton).

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