Con un vaso de whisky

abril 30, 2010

XIV. Ailin Grimwald charla con Johann el Tuerto

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:11 pm

            AILIN SE PRECIPITÓ EN EL DESPACHO DE JOHANN con sólo unos segundos de ventaja respecto a su perseguidor. Éste entró desplegando un amplio repertorio de maldiciones, que se cortó en seco al hablar el jefe.

            – Strhum, no grites. Creí haber dado orden de no dejar entrar a nadie.

            Ailin no estudió la habitación, la voz rasposa del hombre atrajo todo su interés. Detrás de una mesa sencilla, sentado en una silla de brazos sin respaldo, estaba Johann. Una lámpara de aceite le iluminaba lo suficiente para examinarle. A Ailin le recordó vagamente a Helmut. Más alto, algo menos corpulento, con el traje habitual de los isleños, de corte largo y mejor calidad. Una melena le llegaba a los hombros, tan hirsuta y entrecana como la barba. El rostro curtido, la nariz prominente, rota, dos cejas sombrías, encima de un ojo atento y un parche que no ocultaba del todo una vieja herida. Willer se hubiera lamentado de que el Tuerto lo fuera, pero ante un semblante tan adusto, Ailin no se sintió con fuerzas para bromear. Ni siquiera para mostrarse mayestática.

            – Lo siento de veras, jefe,- se disculpaba Strhum- Le había dicho a ésta que no podía pasar. Leira se lo había dicho antes. No sé cómo me ha esquivado, jefe. Ahora me la llevaré. No le molestará más, se lo garantizo.

            – Strhum, cállate.- el ojo estaba fijo en Ailin; relampagueó tan rápido que la muchacha ni siquiera se dio cuenta: fue cosa de un momento ser de nuevo frío, escrutador.

            Johann indicó con un gesto de mano a su subordinado que desapareciera. Strhum obedeció, temblando de cólera hacia Ailin, de temor hacia Johann y de indignación hacia sí mismo.

            – Bien, jovencita, puesto que tienes tanto interés en hablar conmigo, di lo que tengas que decir.

            Ni le despedía ni le ofrecía asiento. Tenía una posibilidad.

            – Me han dicho que recopiláis información, que nada ocurre en las Islas sin vuestro conocimiento.

            – Ahórrate el trato deferente. Ve al grano.

            – Quiero que me des una información de un hombre en concreto. Un hombre que desembarcó en las Islas Rojas hace trece años.

            – Muchos hombres vinieron a las Islas hace trece años.- dijo Johann, objetando lo mismo que el viejo Kuln.

            – Si concreto más mi petición, ¿me ayudarás?

            – Eso depende. Te han informado bien, sé prácticamente cuanto sucede o ha sucedido en las Islas. Pero lo que no parecen haberte dicho es lo que hago con esa información. Conozco secretos de los criminales, de los burgomaestres, de los mercaderes, de los artesanos e incluso de los Tetrarcas. Si alguno quiere saber algo de otro, siempre acude a mí… no tiene más remedio.- Johann sonrió oscuramente- Que venga no quiere decir que se vaya con lo que vino a buscar.

            – Tiene que pagar, entiendo.- Ailin logró eliminar cualquier rastro de desdén, aunque no de nerviosismo, en su tono.

            – No, chica, no. No es tan sencillo. Conmigo nadie se mete. Las facciones siempre me han respetado. No me ofenden. Me rinden un tributo de cada operación. Y, dependiendo de su respeto hacia mí, sus secretos están más o menos a salvo. Por eso, tendrás que decirme a quién afecta esa información que me pides. Porque si esa persona ha sido respetuosa conmigo, yo lo seré con ella.

            – Y también necesitas saberlo para decirme cuánto me costaría ser más respetable que ella.

            – Así es.

            Ailin se pasó la mano por el pelo, titubeando. Decir una palabra más de la cuenta la descubriría en un territorio hostil, ante un hombre que podía advertir a las autoridades, que podía retenerla hasta que los Tetrarcas o los mismos rojinegros se la llevaran. Pero para tener alguna posibilidad, en verdad, no quedaba otra alternativa que confesarlo todo. En su confusión, no se dio cuenta que, por muy indiferente que se mostrara Johann, también él estaba inquieto. Respiraba casi con agitación, su mano se aferraba al brazo de la silla. Y el ojo no se separaba del rostro de Ailin.

            – Al hablar me pongo en tus manos.

            – Es una confianza que tendré en cuenta.

            – Busco,- contestó ella, lanzándose al abismo- el rastro del Heredero del Gran Reino que arribó a estas costas en la búsqueda del Corazón Negro, la joya que demostraría su legitimidad como Heredero del Trono.

            Las cejas de Johann casi ocultaron su ojo.

            – ¿Buscas al hombre o a la gema?

            – Al hombre, si está vivo, antes.- ¡Vivo! Ésa era una esperanza hacía tiempo abandonada.

            – Pero también a la gema.

            – Sí.

            Johann quedó en silencio. Entrelazó las manos, en un gesto que nada tenía de plácido. Era uno de esas señas que revelan un terremoto interno. El ojo reapareció, brillante. Con brusquedad, Johann se arrancó de la silla y llegó a un gran armario que tenía sus espaldas. Estaba lleno de cajones cerrados bajo llave. Abrió uno, en el extremo inferior, casi invisible en los claroscuros de la estancia. De él sacó un pequeño cofre, sin adornos. Dejó el cofre en la mesa, apretó con fuerza en determinados puntos y lo abrió.

            – Aquí tienes la gema.

            Las piernas de Ailin le fallaron. Dio un traspié y se apoyó en la mesa, la boca abierta, mirando la piedra preciosa, negra y resplandeciente. La piedra que tantas implicaciones tenía. Y una de ellas sobresalía en aquella situación.

            – ¿Es ésa de veras? ¿Por qué la tienes? ¿Cómo la conseguiste?- barbotó.

            – Por mano de Desmond Grimwald, Heredero del Gran Reino.

            Ailin se enderezó. Si Johann conocía ese nombre, estaba ante el auténtico Corazón Negro.

            – ¿Que te la dio? ¿Que él la tenía y te la dio?- un chillido agudo le arañaba la garganta- ¿Se estaba muriendo? ¿Estaba muriéndose? ¿Y te la confió a ti? ¿Para que la guardaras? ¿En vez de enviarla a Bosquedesnudo, donde sabía que le esperaban? ¿En vez de enviarla junto a su amigo? ¿Junto a su esposa? ¿Junto a su hija?

            El chillido salió al fin, en medio de las preguntas.

            – ¿O es que le mataste? ¿Le apuñalaste, le robaste? ¿Y ahora me mientes sobre él?

            – Si le hubiera apuñalado para quedarme con esta piedra, ¿por qué mostrarla? Me hubiera bastado decir que no tenía ni idea de lo que preguntabas.

            – Entonces está muerto.- murmuró Ailin, mientras las lágrimas le llenaban los ojos, irritados, enrojecidos. La esperanza habría sido abandonada, pero tener un indicio tan directo de aquel hecho asumido no era más agradable por eso.

            – ¿Muerto? ¿Y por qué crees que lo está?

            – No habría dejado el Corazón en manos de otro si le hubiera quedado un aliento en el cuerpo.- replicó Ailin con voz ahogada.

            – ¿De veras?- Johann rió por lo bajo, una risa sin alegría- ¿No lo conociste y sabes lo que habría hecho o dejado de hacer?

            – Sí, lo sé. ¡Lo sé porque era mi padre!- gritó ella.

            Johann suspiró.

            – No te pareces nada a él. Eres igual que tu madre.

            Las lágrimas se le secaron a Ailin.

            – ¿Cómo sabes qué aspecto tenía mi madre? ¿Te dejó algún retrato suyo?

            – Oh, no, no. Pero sé cómo era tu madre, igual que sé mejor que tú cómo era tu padre, Ailin.

            Una garra férrea estranguló la garganta de la joven.

            – Nunca me has visto, ni te he dicho mi nombre. ¿Te lo dijo él?

            – No, alguien que os conocía a los dos.- Johann se acercó, se inclinó sobre ella y una mano áspera le apartó unos cabellos de la frente.

            – Eres en verdad el vivo retrato de Calen, cundo tenía tu edad. ¡Ay, dioses!- aquel hombre lanzó un quejido que salía de sus entrañas, removiendo su mismo ser- ¡Ay, dioses! ¿Por qué has venido? ¿Por qué has tenido que venir?

            Una idea tan terrible como sólo puede ser una idea simple se le ocurrió a Ailin. Miró aquel rostro herido, brusco, con una incredulidad nacida de una certeza irracional. Se llevó las manos a la boca. Johann se derrumbó en su silla.

            Padre e hija se miraron.

            Ailin no pertenecía a esa clase de personas capaz de nombrar, matándolos, los sentimientos que se retorcían en ella, en el mismo instante. Algo indefinido, doloroso, duro, triste la dominaba. Desmond Grimwald, tras la máscara de Johann, tampoco experimentaba alegría alguna, sino una angustia, mezclada por un cariño que creía olvidado, por aquella hija a la que nunca había visto. Descubría ahora que ver a Ailin y que Ailin no supiera quién era le resultaba intolerable.

            – No esperaba que te arrojaras a mis brazos,- dijo- pero te ruego que no te quedes callada.

            – ¿A tus brazos?- contestó ella, ronca- ¿A tus brazos? Sólo me arrojaría a ti con la espada en la mano.

            Desmond cerró el ojo, cansado.

            – Vas a echarme en cara que me fuera.

            – Lo hiciste.- el chillido nacía de nuevo- Eras el último. La última esperanza del Reino. Juraste encontrar el Corazón y regresar como Rey legítimo. Reinstaurar el Trono.

            – Encontré el Corazón.

            – ¡Te burlas! ¡Te burlas de lo que me ha mantenido en pie toda mi vida! ¿Cuándo encontraste el Corazón?

            – Ah, tanto da. Lo encontré algún tiempo después de marcharme. Es una historia larga, aburrida. Hay alguna muerte y mucha miseria. Prefiero pasar sin ella.

            El chillido no llegó a nacer. Ailin miró a su padre como se mira a un engendro.

            – ¿Y no lo enviaste? ¿Dejaste que todos creyeran que la búsqueda continuaba? ¿Qué todos creyéramos que estabas muerto? ¿Le mentiste a Helmut? ¿Les mentiste a todos? ¿Incluso a mi madre?

            – No hubiera tenido sentido mentir sólo a algunos, ¿verdad?

            – ¡Ella murió murmurando tu nombre! ¡Y el mío! ¡Y tú la habías abandonado! ¡A las dos!

            – Sí, seguro que tu madre murmuraba mi nombre antes de morir. Seguro que decía “Desmond Rey, Desmond Rey”. Nunca hubiera dicho “Desmond”.

            – ¡Calla! ¿Cómo te atreves? ¡La dejaste para que muriera! ¡Dejaste a tu Reina! ¡Dejaste a tu Reino! ¡Dejaste a tu hija!

            – Te pones en último lugar, ¿eh? Primero el Reino y luego mi hija. Sí, te pareces mucho a tu madre.

            – ¡Eso espero! ¡Porque me mataría si me pareciera a ti! ¡Traicionaste tus juramentos, tu deber! ¡Eres un traidor!

            – Sí, lo soy. Le di la espalda al Trono del Gran Reino. Y, por los dioses, volvería a hacerlo mil veces. Ahora calla un segundo y escucha. ¿Crees que, de haber podido hacerlo, no me hubiera quedado con mi esposa y con mi hija? ¿Crees que no he pasado noches y noches en vela, pensando en ti, en cómo serías, en tu cara, en tu voz, en tu risa? ¿Crees que no hubiera vendido mi alma por pasar un día contigo, como tu padre?

            – ¡Podrías haberlo hecho! ¡Podrías haber estado conmigo desde el principio! ¡Todos estos años!

            – Sí, como tu Rey. No como tu padre.

            – ¡Es que debías ser el Rey!

            – Ah, mierda. Sigues sin entenderlo. Tu abuelo quería ser el Rey. Tus tíos querían ser el Rey. Tu madre quería que fuera el Rey. Mis amigos querían que fuera el Rey. ¡Yo no! ¡Nunca quise ser el Rey! Y cuando pensé un poco en lo que significaba ser el Rey, menos aún.

            – Era tu deber.

            – Sabía que Helmut metería esas ideas en tu cabeza. Pero él era la mejor opción. Te cuidaría como a su hija, a pesar de que te criaría en el culto al Trono. No podía esperar a que nacieras y llevarte al exilio. No hubieses sobrevivido. Tampoco podía volver sin el Corazón Negro, decir que la búsqueda no tenía sentido. Me habrían echado por la fuerza, si hubiera sido preciso, para que cumpliera mi juramento. O declarado perjuro. ¡Qué cara habría puesto tu madre! Tal vez parecida a la que tienes ahora.

            Ailin se sintió incapaz de mirar a Desmond.

            – Era tu deber.

            – ¿Por qué? ¿Porque alguien de mi misma sangre se puso un día una corona y el resto le aplaudió? Que yo sea o no el Rey no cambia nada. La gente sería igual de feliz o de infeliz conmigo o sin mí.

            – Si tú hubieras estado, hubiesen tenido un soberano que les protegiera de los Señores tiránicos. Que impusiera las leyes. Que impidiera las invasiones de la República.

            – Claro que sí. En lugar de ser oprimidos por reyezuelos, lo hubieran sido por uno muy grande. ¡Gran mejora! ¿Y por qué no unirse a la República? ¿Qué más le da al pueblo?

            – Te debías a ese pueblo. Debías guardar sus derechos ancestrales. Los republicanos usurpan con sus leyes las verdaderas normas. Tiranizan a quien se les opone. Tú deberías haber estado ahí para protegerlos.

            – Es como escuchar de nuevo a tu abuelo y a Calen.- gruñó Desmond- Las mismas palabras huecas. Lo entendí entonces y lo entiendo ahora hasta mejor. Ser rey es un mal chiste.

            – ¿Y qué eres ahora? Diste la espalda a quienes te amaban, a quienes te necesitaban, para convertirte en un criminal de poca monta en las Islas. Estarás orgulloso de ti.

            – Al menos me lo he ganado a pulso. Sí, no es una buena vida. Puede que sea una basura de vida. Pero no es una vida que pretenda pasar por gloriosa.

            – Por mucho que te repugne ser Rey, al menos deberías haber enviado el Corazón a su legítima dueña.

            – Quizás tengas razón, según las leyes del Reino. Pero preferí ser práctico: mandar el Corazón Negro al Continente era un asunto peliagudo. Ir en persona, ni hablar, me exponía a terminar mis días coronado. ¿Enviar a alguien de confianza? Nadie sabía quién era yo, a nadie podía confesarlo. El riesgo de ponerme en peligro, de poneros a vosotros, a Helmut, a Nadine, a ti, en peligro de muerte…

            – Y te lo quedaste aquí.

            – Sí, aquí. Aquí nadie me ha preguntado por mi sangre, mi linaje ni mi pasado. Estoy rodeado de muchos como yo. ¿Quién va a encontrar a un muerto en vida, a un exiliado, entre tantos? En las Islas te escondes estando a la vista. Por eso las elegí.

            La confusión de sentimientos dentro de Ailin se había ido transformando en una cosa oscura, pesada, gélida.

            – No tenemos nada que decirnos.

            Desmond tenía una expresión desolada, que su rostro azotado hacía aún más triste.

            – Me has reprochado no ser tu Rey, no haber abdicado de ser tu padre. Quizás tengas razón. Quizás debería haber sido tu padre, a riesgo de terminar siendo el Rey.

            – Pero no fuiste ninguna de las dos cosas. Ni lo eres. Ni lo serás.

            Ailin agarró el Corazón y se lo guardó. Giró sobre sus talones, caminó con paso firme hasta la puerta, sintiendo el ojo de Desmond. Se detuvo un momento: escupió al suelo. Luego, abrió de un golpe seco y salió.

abril 28, 2010

Servicios mínimos

Filed under: Sin categoría — conunvasodewhisky @ 6:34 pm

Por los mismos motivos insuperables de hace unos meses, me veo obligado a reducir mis actualizaciones. Así pues, hasta junio, ma´s o menos, me limitaré a continuar con las andanzas de Ailin, Edmund y el resto de gentes del Reino y la República, hasta completar esta Parte Segunda, que está ya caminando con fuerza hacia su final. Ya les comunicaré cualquier novedad. Gracias por su paciencia y salud.

abril 23, 2010

XIII. Silvela charla con Asuran de Kern

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:38 pm

           TERMINARON DE CENAR. Willer se unió a un grupo que empalmaba una botella tras otra, al mismo tiempo que hilaba una canción tras otra. Río de Viento, quien no necesitaba botella alguna para cantar y bailar como el que más, le secundó. Asuran, retrepado en su asiento, bebía con aire melancólico. Silvela le miraba sin disimulo, hasta lograr ponerlo nervioso.

            – ¿Qué pasa?

            – Eres el bardo más silencioso que he visto en mi vida. Creía que irías a tocar el laúd y a pegar gritos, como esos de ahí.

            – Canto para ganarme la vida. Gratis canto para mí o para mis amigos. Y yo creía que a los piratas les gustaba emborracharse y cantar más que a los caballeros.

            – Seremos las excepciones de las reglas.

            Un silencio después, Silvela volvió a hablar.

            – Es un buen laúd. Hubiéramos sacad un pico por él.

            – Es un buen laúd.- reconoció Asuran- De los mejores.

            – ¿Te lo regaló Ailin?

            – No, ni hablar. Era de mi padre.

            – Tuvo que ser un bardo excepcional.

            Asuran, incómodo, echó un trago y no contestó.

            – Porque sólo un bardo muy bueno pudo ganar suficiente dinero como para hacerse semejante instrumento. ¿O es que lo robó?

            – No, no lo robó.

            – Lo que yo decía, te viene el talento de familia.

            – Este talento no me viene de la familia. Mi padre coleccionaba instrumentos, ¿de acuerdo?

            – ¿Tu padre coleccionaba instrumentos? La de cosas que aprendo. En los Señoríos hay amantes de la música con dinero a manos llenas. ¿Se arruinó y por eso te has convertido en bardo? Porque si tu padre era tan rico, no entiendo que tengas que cantar para comer.

            Asuran dio un puñetazo en la mesa.

            – ¡Yo no dependo de mi padre!

            – Oh, así que es eso. Te peleaste con tu papaíto y te fuiste a recorrer los caminos del Reino, dejando el castillo familiar. ¿Eras el hijo segundo?

            – ¡Mi padre no es ningún Señor! ¡Es consejero de la Junta de Comerciantes de Izur! ¿Satisfecha?

            Silvela se lo quedó mirando.

            – ¿Eres un niño rico republicano?

            – No soy nada de eso.- gruñó De Kern, mirando su vino fijamente.

            – Sí lo eres. Eres un niño rico republicano que se ha ido de casa. Muy fuerte tuvo que ser la rabieta con tu padre para que ahora sirvas a la jodida futura Reina.

            – No hubo ninguna rabieta. No hables de lo que no sabes.

            – Pues explícamelo, porque hasta ahora sólo veo a un bardo de pega, que se ha fugado de casa como un adolescente idiota. Bueno, tal vez eras un adolescente idiota cuando te fuiste.

            – Me fui hace un par de años.

            – ¡Un par! Has durado más de lo normal. Vale, vale, lo siento. Sigue.

            – Dicho en voz alta suena estúpido.- el bardo pasó los ojos de la copa a la pirata- Sencillamente, me tenía que ir. Era el hijo de un comerciante de éxito. Tenía que ser un comerciante de éxito, o entrar a servir al Estado, tal vez. Servir a la República. Ser un buen ciudadano, respetar las leyes. Vivir rodeado de cuentas, de balances, de tarifas o de burocracia. ¡Dioses! Yo había leído sobre otra vida, ¿sabes? Una vida con un cielo enorme, un horizonte que nunca se alcanza. Un mundo que no se limitaba a cuatro paredes de un despacho oficial.

            – Y decidiste que esa vida te gustaba más.

            – Cogí algo de dinero, algo de ropa, mi daga y éste laúd. Mi padre me lo regaló en un cumpleaños. Como broma. De niño fingía que era un bardo que cantaba gestas, que vivía aventuras y luego componía baladas sobre ellas. Incluso aprendí solfeo, armonía y canto. Ya no quería fingir más. Quería serlo. No sé por qué me acordé de ese juego mío cuando me preparé para marcharme. He estado este tiempo viajando por la frontera, de la República a los Señoríos y vuelta. Hasta que, por fin, encontré mi aventura, con Ailin, con Río de Viento, hasta con Willer. Y ahora, contigo.

            – Ya veo.- Silvela cogió el pelo de Asuran con una mano, casi con delicadeza- Veo que aún eres el crío idiota que se fue de casa. ¿Aventura? ¿De qué hablas? ¿Crees que esto es una canción? ¿Es que dos años de vivir en posadas de camino o en el descampado no te han enseñado que la vida no tiene nada que ver con las putas canciones?

            – Estos dos años no han tenido nada que ver con las canciones. Pero al menos era libre, hacía lo que quería hacer.

            – Sí, dejar una vida segura, una vida tranquila, por sobrevivir mal de cantar mal. Muy listo. Gracias a todos los dioses que no jugabas a ser pirata o bandolero. Te habrían destripado al tercer día. ¡Joder! A la gente como tú es a la que habría que colgar, no a mis camaradas. ¿Crees que hay muchos piratas por diversión? ¡Dioses, los ricos! Sois un puñado de imbéciles. Si os quedáis en vuestra casa, malos, pero si salís de ella, peores.

            – Estoy con la futura Reina, tú lo has dicho. Esto no es sobrevivir. Esto es luchar por algo. Y es mil veces mejor que estar delante de una mesa, leyendo informes.

            – Un republicano monárquico que vive en una balada.- Silvela se rió- Menudo estás hecho.

            – Izur no es tan maravillosa. Y los Señoríos están siempre en guerra. Ailin es mejor que lo que hay ahora. Y me salvó la vida.

            Silvela volvió a reír. Era una risa burlona, aunque triste, incluso afectuosa. Meneó la cabeza, mientras pasaba un dedo por la barbilla de Asuran.

            – Y te dejó seguir cantando. Cántame algo.

            Asuran parpadeó. Luego, obedeció, con voz queda:

            Ya cantan los gallos,

            Amor mío y vete;

            Cata que amanece.

            Vete, alma mía,

            Más tarde no esperes,

            No descubra el día

            Los nuestros placeres.

            Cata que los gallos,

            Según me parece,

            Dicen que amanece.[1]

            De Kern calló, un tanto perplejo. ¿Por qué diablos había recordado esa canción?

            – En voz baja, no te mereces lo que Willer dice de ti- el bardo frunció el ceño-Qué mono te pones serio. Willer te hizo un favor, estás mejor sin bigote. Aunque una perilla no te caería mal.

            Asuran carraspeó. No sabía muy bien qué estaba sucediendo. Silvela le seguía sonriendo. Con fluidez, con naturalidad, le besó. Y otra vez. El vino había hecho su efecto: los brazos de Asuran enlazaron a Silvela.

            – No tengo ganas de que nos vea Willer. Ni el resto de la taberna.- la joven se deshizo del abrazo, dejando a De Kern boquiabierto de frustración. Silvela se levantó, se aproximó a Leira y le murmuró algo. La camarera rió y le entregó una llave. Silvela la agitó en la mano y se fue del salón, rumbo a las escaleras. Asuran tragó de un golpe el vino que le quedaba y trotó tras ella.

            Shephard había visto esto último con detalle, sin tener que dejar de cantar a coro por eso. No era el único. Un hombre de jubón escarlata siguió con la vista a la huidiza pareja. Dejó su mesa y se sentó en otra, vacía, cercana a la puerta por donde se había colado Ailin.

            – No mires, Hermano Río de Viento.- le murmuró en un breve receso para remojar las gargantas- Creo que en esta sala hay gente que nos conoce. Hay que andarse con ojo, o no tendremos más remedio que conocerlos nosotros.

            – ¿Y si es así?

            – Pues habrá que bailar un rato con ellos, como gente civilizada. ¡Otra ronda, aquí! ¡Que no decaiga, por mi vida!

 


[1] Alba castellana anónima del siglo XV.

abril 19, 2010

Grandes Series: Carnivàle

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:02 pm
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            Carnivàle lleva la contradicción en los huesos. Es una serie cuyo tema es la lucha entre el Bien y el Mal, de la que se pueden decir muchas cosas, menos que es maniquea. Una serie que podría calificarse de fantástica y heroica, de Épica, con mayúscula; pero que está magníficamente ambientada en plena Gran Depresión americana, antes de que el New Deal (y la guerra) levantaran la economía estadounidense. Una serie de realismo descarnado, esoterismo, magia, horror, seco sentido del humor e intrigas de nivel cósmico. Todo ello en una miserable feria ambulante, con su noria, su mujer barbuda, sus fenómenos y sus atracciones trucadas.

            Voy a dejar que Samson el Magnífico (un Michael J. Anderson a quien por fin se le dio un papel digno) les introduzca la serie, aunque, para gustarlo de verdad, hay que ir a youtube o, mejor aún, hacerse con la serie:

            Before the beginning, after the great war between Heaven and Hell, God created the Earth and gave dominion over it to the crafty ape He called man. And to each generation was born a creature of light and a creature of darkness. And great armies clashed by night in the ancient war between good and evil. There was magic then, nobility, and unimaginable cruelty. And so it was until the day that a false sun exploded over Trinity, and man forever traded away wonder for reason.

            En inglés la cita, porque en inglés debe verse la serie. Cada vez que tengo alguna duda en la lucha por acabar con el doblaje, series como ésta me reafirman en mi posición. Siendo todos los actores, tanto los principales como los secundarios, unos grandes, hay que escucharlos. Hay enormes voces en esta serie, cada cual con su propio tono, timbre, lenguaje. Por su voz los conoceréis. Quien oiga a Clancy Brown ya no podrá olvidarlo jamás.

            Clancy Brown se mete en la piel de uno de los dos personajes principales. Porque Carnivàle, en su pasión dualista, tiene dos tramas, que el espectador va siguiendo capítulo tras capítulo, mientras ambas se acercan la una a la otra. Por un lado, la de la feria, con sus habitantes, marginados, extravagantes, muy terrenos la mayoría, otros muy metidos (no sabemos cuánto) en esa lucha a muerte de la que Samson nos ha advertido. A esa feria se une Ben Hawkins un joven escapado del presidio, a quien conocemos mientras ve agonizar a su madre y justo antes de que el banco expropie la patética granja familiar. Por el otro, la del Hermano Justin, un reverendo metodista de California.

            Sabemos que uno de ellos es la criatura de la luz y el otro, la criatura de las tinieblas. Pero, ¿quién es quién? Se nos dan indicios y pistas. Sin embargo, Daniel Knauf y sus colaboradores son tan astutos que hasta el final de la primera temporada mantienes dudas muy fundadas. Los personajes cambian y evolucionan. Lo repito: no hay maniqueísmo alguno, ni siquiera cuando la Oscuridad se alza en todo su esplendor. En lugar de elegir entre trama y personajes, aquí se nos da una trama muy buena y unos personajes de los que casi no quedan.

            Trama que tiene sólo algunos momentos de debilidad (como cuando parece que los Templarios andan metidos en el ajo, a no ser que interpretemos su presencia como una ironía; es lo que yo hago), pero los compensa con ciertos guiños (la mención de Rennes-le-Château hizo que varios diésemos palmas) y con la calidad que es la norma.

            El círculo de la feria es el más habitado. Carnivàle se toma su tiempo para que conozcamos a los feriantes y distingamos quiénes son gente corriente (gente corriente que, como la familia de “Stumpy” Dreifuss y Rita Sue o el gran Jonesy, se llevan un buen trozo de protagonismo y son una de las glorias de la serie) y quiénes son piezas del juego y jugadores. Nick Stahl (único candidato serio para ser El Chico si alguna vez se adapta al cine como Dios manda Meridiano de sangre), Clea DuVall, Patrick Bauchau…, es decir, Ben, Sophie, el profesor Lodz y varios otros te tienen clavado a la silla, mientras por detrás se insinúa quién o qué es la enigmática Administración.

            Clancy Brown, el Hermano Justin, por el contrario, mantiene su trama casi en solitario, salvo dos o tres personajes. Personajes nada desdeñables: el reverendo Norman, el periodista Tommy Nolan e Iris, la hermana de Justin. La relación entre Justin e Iris es otra muestra de la maestría de los escritores, directores y actores. Dependiendo del momento, estás seguro de que es ella la que lleva las riendas; al otro, que sobre Justin nadie tiene influencia alguna. Si esto es así en la primera temporada, durante la segunda le relación alcanza el genio. Pero, pese a todo, es Justin quien nos arrastra. De todas, es su evolución la que me parece más compleja, más trabajada.

            Sumemos a todo ello una música extraordinaria, obra de Jeff Beal, con un tema concreto para cada personaje. Unas localizaciones elegidas con cuidado. Una ambientación perfecta (ves el sudor, el polvo, los trajes raídos, sientes el calor y hueles la suciedad). Diálogos memorables, discursos que dejan en ridículo a cualquier político de las últimas tres décadas, escenas de antología (en televisión no he vista nada más siniestro que la llegada de los habitantes del fantasmal pueblo de Babylon, salvo cierto escayolista a quien Ben Hawkins hace una visita)…

            Para resumir, ¿quieren ver cómo esta serie concentra toda su esencia en dos minutos? Pues vean sus créditos de inicio. Porque ahí está la música, el detallismo, la mezcla entre lo épico, lo mágico, lo cotidiano y lo real. Nunca me canso de ellos.

            Pero ya lo avisé: ésta es una serie de contradicciones. Verla es una gozada, un placer. Con un precio. Que al acabar la segunda temporada sepas que había otras cuatro detrás. Y que jamás las podrás ver. Porque ni siquiera la HBO podía seguir pagando tanto por cada capítulo con una audiencia no demasiado alta. Esa desesperación es la otra cara de la moneda. Y, créanme, durante las dos semanas siguientes al último y acojonante capítulo, desesperados es como estarán.

abril 16, 2010

XII. La Conquista del Rey

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 1:13 pm

       LA PLAZA MAYOR DE LA ALDEA ESTABA DELIMITADA POR TRES EDIFICIOS: la casa consistorial, el templo y la taberna. En ésta se tomaban decisiones más importantes que en la primera y estaba más concurrida que el segundo. Siguiendo a Silvela, el grupo cruzó la plaza y se quedó un momento contemplando aquel edificio de planta cuadrada: tres pisos, el bajo de piedra, los dos superiores de madera; un solo tejado, de dos aguas. Las paredes llenas de ventanas, algunas iluminadas, otras a oscuras, las más amplias en el tercer piso. La puerta principal, en la pared este, era de roble, maciza, abierta de par en par. Del umbral salía luz, calor, música y marejada de muchas voces a grito pelado.

            Sobre la puerta colgaba el letrero, con el nombre del establecimiento: La Conquista del Rey. Ilustraba al nombre un colorista dibujo de un rey coronado, en cuclillas ante una mujer de piernas tan abiertas como la puerta. Silvela observó las reacciones del resto. Río de Viento pasó sin darle importancia; Asuran parecía confuso, como si no supiera si reír o escandalizarse; Ailin enrojeció, de vergüenza o de indignación, o de ambas cosas; Willer se limitó a un escueto “¡Carajo!”, sin variar el gesto.

            Una vez en el recibidor, una empleada llena de virtudes se interesó por sus intenciones. ¿Deseaban una o varias habitaciones? ¿Una cena caliente? ¿O venían a por un trago tras un largo día? Tras breve discusión prevaleció la cena, siempre que viniera acompañada por los tragos.

            Les acomodaron en una mesa redonda, en una esquina del amplio salón que constituía la pieza principal de la planta baja. Muchos de los parroquianos dieron muestras de conocer a Silvela. Varios la saludaron con familiaridad; otras palabras estaban cargadas de malicia.

            – Tus paisanos no se ponen de acuerdo, ¿eh?- comentó Willer- Eres signo de contradicción, Silvela.

            – Hay aquí escoria que paga a los Tetrarcas.- respondió la antigua pirata- Así consiguen que los guardias hagan la vista gorda. Pero parte de nosotros nos negamos. Somos los pocos libres que quedan en las Islas.

            – ¿Los Tetrarcas están de acuerdo con los piratas?- Ailin bufó- ¡Dignos aliados de la República! El nombre de este lugar no me extraña.

            – Es lógico que los isleños pongan nombres así para estar a bien con los republicanos.- asintió Asuran.

            – Yo creía que en las Islas también había reyes.- dijo Río de Viento.

            – Un tetrarca no es un rey.- dijo De Kern.

            – Desde luego, no se merecerían semejante título- murmuró Ailin.

            – Verás, Hermano,- le explicó Willer frotándose las manos ante la cena que veía llegar- a un tetrarca sólo una cosa le pone más nervioso que otro tetrarca: un rey.

            – ¿Y eso?

            – Pues porque un rey impide que haya tetrarcas. Así que si tienes a varios gobernantes en un país, ante la posibilidad de que otro les quite el trabajo a todos, dejarán sus diferencias a un lado. Todos renuncian al sueño del poder total para no correr el riesgo de la pérdida de empleo.

            – Entiendo.

            Ailin no estaba muy satisfecha con la explicación de Willer y le aclaró a Río de Viento que un rey, un rey legítimo, está atado por severos juramentos, obligado por nacimiento a defender los derechos de sus súbditos, a velar por ellos y a regirse por el honor, mientras que los tetrarcas, o eso se veía en las Islas Rojas, eran simples aprovechados que se aferraban a sus privilegios.

            – Es decir- resumió Silvela- los tetrarcas hacen lo que un rey, pero entre varios.

            Grimwald le dirigió una mirada llena de colérica majestad.

            – Mal lenguaje para una espada juramentada.- le espetó en un susurro; Silvela puso los ojos en blanco.

            – Leira,- llamó a una de las sirvientas, que se acercó muy animada.

            – Dime, guapa. Te echábamos de menos.- la sirvienta besó a la Silvela en la mejilla, ignorando las sonrisas capciosas de Willer.

            – Necesitamos ver a Johann. Bueno, esta compañera mía lo necesita.

            Leira meneó la cabeza.

            – ¿Es importante?

            – Es cuestión de vida o muerte.- contestó Ailin.

            El tono de la joven impresionó a Leira.

            – No te puedo prometer nada, Silvela.

            – Sé que harás lo posible.

            – ¿Amiga tuya?- preguntó Río de Viento cuando Leira se marchó.

            – Vengo por aquí cuando puedo. Es el lugar más seguro de las Islas. Nunca hay redadas, nunca hay peleas. Bajo el techo de Johann nadie se mete con nadie.

            – ¿Y le hiciste alguna vez un par de favores a Leira?- sonrió Asuran.

            – Si quieres que te diga como ligártela, bardo, no pienso hacerlo. Búscate la vida. Sólo te habría dicho que te quitaras los bigotes, pero eso ya te lo han hecho.

            – ¡Lo ves!- Willer dio una palmada triunfante- Si es que no paro de mejorar la vida de los que me rodean.

            Ailin oteaba ansiosa a través de la multitud. Seguía con los ojos a Leira, perdiéndola de vista de vez en cuando. La vio conversar con un hombre, tras la barra. El hombre observó su mesa unos momentos, luego fue hasta una puerta que había al fondo, llamó varias veces con respeto y entró. Pasaron pocos minutos. El resto del grupo daba buena cuenta de la comida y la bebida. Ailin tomó un par de bocados, sin apartar la vista de aquella puerta. Cuando se abrió de nuevo, detuvo un trozo de pollo a un palmo de su boca. El hombre de la barra le dijo algo a Leira. La chica se acercó, con una bandeja con tres botellas de vino, que fue dejando en la mesa.

            – Dice que no. Lo siento.

            – ¿Sin explicaciones? ¡Vaya una forma de tratar a la clientela!- masculló Willer.

            – Johann es reservado.- suspiró Silvela- ¿Crees que si le explicamos de qué se trata lo reconsiderará?

            – Ni idea- se encogió de hombros Leira- Aunque mal no os hará.

            – Ya basta.- Ailin se puso en pie- No he llegado hasta aquí para que el dueño de un tugurio me dé con la puerta en las narices.

            – ¿De qué tugurio hablas, bonita?- dijo Leira, irritada.

            – ¡No vayas!- le gritó Silvela a la espalda de Ailin- Joder, ¿es que nadie va a detenerla?

            – Cuando se le mete una idea en la cabeza… Siéntate Asuran, no actúes como si de verdad fueras a hacer algo, por favor. Un poco de dignidad.

            El bardo tomó asiento, molesto.

            – ¿No deberías ir con ella? Eres su Protector.

            – Silvela ha dicho que aquí nadie mueve un dedo contra nadie. Te conviene escuchar, para no decir gilipolleces. Además, si ese tipo levanta la mano, ya sabes lo que puedo hacer con un cuchillo.

            – Nadie hace nada contra nadie,- silabeó Silvela- pero Johann sí puede hacer algo contra quien rompa sus reglas. Y tratar de entrar en su despacho es romper las reglas.

            Willer se sirvió más vino, vigilando a Ailin con un ojo. La heredera al Trono discutía enérgicamente con el hombre de la barra. Aprovechando un descuido, se coló por la puerta. El hombre entró tras ella, blasfemando. Río de Viento y Asuran se levantaron de un brinco. Willer bebía con el ceño fruncido. El hombre de la barra salió, solo, no muy alegre. Cerró la puerta. Regresó a su puesto.

            – Vaya, eso sí que no me lo esperaba.- admitió Silvela.

            – Ésa es mi chica.- murmuró Willer.

abril 12, 2010

¿Amor? ¡Arte! (y VIII): La balanza

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            Siguiendo sobre todo a Shakespeare, hemos examinado buena parte del amor erótico. Hemos visto evolucionar a las heroínas amantes, desde la pasión elevada de una adolescente como Julieta hasta la inteligencia irónica y tierna de Rosalinda, pasando por la guerra de ingenios de Beatriz contra Benedicto. Hemos visto al Mal en el matrimonio amante, tétrico y devastado de los Macbeth. Hemos indagado en la raíz del Mal que es el Amor y el Deseo frustrados, estudiando a Ricardo III, Stevens y Dom Claude Frollo. Hemos sido testigos de cómo el Amor y los Celos resultan armas mortíferas en manos de ese manipulador nihilista y genial que es Yago. Y muy cerca de él, hemos comprobado que la absoluta falta de Amor puede ser otra de las caras del Mal, encarnada en el glacial Edmund.

            Para terminar, me gustaría contrastar una teoría –la tesis de la balanza– con una obra. La tesis de la balanza defiende la existencia del cálculo en toda relación humana, incluida la de pareja. Si los beneficios superan a los sacrificios, o eso creemos, mantenemos la misma. De lo contrario, la damos por terminada. Aun en relaciones que sólo nos producen sufrimiento, siempre y cuando consideremos que el no mantener esa relación va a producirnos sufrimientos mayores. Esta tesis encuentra su corolario en la falibilidad de los seres humanos y en su capacidad asombrosa para meter la pata. Además, se complementa de maravilla con la historia de la rama de Stendhal, demasiado conocida como para repetirla aquí y cuya conclusión es: en la etapa del enamoramiento no somos capaces de calibrar bien a la otra persona. Por eso, el enamorado es el menos capacitado para amar.

            Como nos consta tras todas las obras comentadas (la lista podría continuar), varias parejas no se han elegido muy bien. Terminan, o podemos suponer que terminarán, mal. La cartuja de Parma es casi el manual de las relaciones equivocadas y de los amoríos no correspondidos, con lo que nadie es feliz. Algo parecido ocurre en Bien está lo que bien acaba, de Shakespeare, que se muestra irónico desde el título.

              Helena, el personaje positivo más voluntarioso de William, maquina para lograr casarse y consumar su matrimonio con Beltrán (quien no merece ni las balas) con la misma astucia con la que Ricardo III trata de alcanzar la corona, aunque sin matar a nadie. A cambio, engaña y manipula a varios. El destino de Beltrán nos indignaría si el personaje no fuera tan desagradable, lo cual demuestra lo tristes jueces que somos, arrastrados por el subjetivismo y las simpatías. Legiones de críticos y lectores se han preguntado cómo puede Helena amar a Beltrán, quien no tiene casi virtud alguna. Bueno, yo no creo que lo ame, creo que está enamorada de él, pese a la repugnancia que él siente por ella y que el matrimonio (eso no es opinión mía, es deducción evidente de la obra) será completamente infeliz.

               Helena se ha equivocado a la hora de entregarse. Se me puede oponer que muchas veces, la misma Helena por ejemplo, los amantes saben que su amado les va a traer muchos problemas, que van a pasar muchos sinsabores y que si fueran gente razonable, dejarían esa relación inmediatamente. Yo no digo que eso no pase, es más afirmo que ocurre. Y no me limito al error de cálculo para explicarlo. La balanza del amor tiene pesas y medidas casi siempre muy personales. Se puede inclinar el platillo hacia el lado del amor, trayendo ese pesaje como consecuencia la muerte y el dolor.

                Cuando el individuo es sagaz, ese juicio determina el tipo de relación recomendable. Supongamos que alguien despierta en otro un deseo físico extremo. Si el deseoso mantiene suficiente cordura, irá a por el objeto del deseo para saciarlo, y nada más. La situación ideal en este caso es que la otra persona albergue idéntica intención. Si cualquiera de los dos quiere otra cosa, si su juicio da o llega a dar un saldo distinto, entonces hay problemas. Supongo que la clave de la relación será ir conciliando las dos balanzas lo mejor posible, lo cual, por supuesto, puede incluir la seducción, el engaño y el chantaje emocional, si el otro es menos astuto.

                 Enamorarse no es lo mismo que amar y amar no es una garantía de felicidad. Pero sí es un apasionante objeto de estudio y discusión. Eso, al menos, creo que ha quedado claro.

            Un último apunte: las citas y referencias que hago a Bloom provienen todas de su monumental trabajo Shakespeare, la invención de lo humano, de lectura obligatoria junto a las obras del susodicho. Y si alguien desea tener una perspectiva histórica del amor, le aconsejo con entusiasmo el capítulo “El amor a través de las edades”, de Memorias de un amante sarnoso, por Groucho Marx.

abril 8, 2010

XI. Satisfacción

Filed under: Reino y República — conunvasodewhisky @ 10:04 pm

            ASURAN DE KERN SE DESPERTÓ sin medio bigote. Tras un segundo de incomprensión, unos momentos de indignación y varias carcajadas del culpable (un sir Willer Shephard de excelente humor, quien aseguraba haber obrado así para protegerle –“os he dicho varias veces que los bigotes caen mal en las Islas, maese bardo”-), De Kern se afeitó la otra mitad, en un arroyo cercano.

            Mientras su Protector y el bardo se entretenían así, bajo la mirada divertida de Río de Viento, Ailin se entendía con Silvela. Habiendo desvelado su identidad, era bastante absurdo tener a la pirata a oscuras en lo referente a su itinerario. Sobre todo teniendo en cuenta que era Silvela la que debía guiarles por dicho itinerario.

            – ¿Esperas que me ponga a cuatro patas y empiece a olisquear por ahí, a ver si encuentro un rastro de tu padre? ¿Tienes unos calzones suyos?

            – Espero que sepas de alguien que pueda tener noticias de mi padre. Si nosotros encontramos en el Viejo Reino a quien había hablado con él hace tanto tiempo, en estas Islas seguro que existe una persona así.

            – Quizás. Pero en las Islas siempre hay movimiento. Pocos echan raíces.- Silvela arrugó el ceño- Hay un tipo. Johann el Tuerto. Dirige una taberna en un pueblo que no está muy lejos de aquí.

            – Siempre acabamos en tabernas.- suspiró Ailin.

            – La taberna es la tapadera, Majestad.- dijo la pirata con desdén- Johann es una especie de suministrador. Sabe casi todo de todos y lo que no sabe lo averigua o lo adivina. A cambio de no delatar a nadie y de ayudar a todos, se lleva un porcentaje de los negocios de Orchar, legales o ilegales.

            – Supongo que será de esa gente decente de la que hablabas anoche.

            – La gente decente tiene que comer.

            Ailin no tenía ganas de discutir.

            – Vamos a ver al Tuerto.

            Tras meter a traición la cabeza de Willer bajo el arroyo, Asuran dijo estar preparado para seguir viaje. El caballero salpicó a Río de Viento, por abstencionista.

 

            LLEGAR HASTA LA ALDEA LES LLEVÓ algo más de una jornada de camino. Durante ese tiempo, Willer manifestó que quien hubiera puesto el mote a Johann el Tuerto seguramente sería el mismo que había cargado sobre los hombros de Silvela el sobrenombre de Dos Hojas. Y que si no lo era, casi seguro lo conocía. Abogó por ir en su busca en cuanto terminasen los asuntos de la taberna.

            – Retorcerle el pescuezo sería un crimen mucho menor que destripar soldados republicanos, que, después de todo, sencillamente están en el peor lugar en el peor momento.

            Para replicar al caballero, Ailin estaba demasiado tensa, Asuran demasiado irritado, Río de Viento demasiado ocupado curioseando hasta la última brizna de hierba del camino y Silvela demasiado harta de su cautiverio. Así que Willer, impermeable, siguió haciendo agudos comentarios para su coleto.

            Cuando la aldea estuvo a la vista, Silvela se plantó.

            – Exijo mi duelo.

            – ¿De qué hablas?- dijo Asuran- Quedamos en que el duelo se celebraría después de que nos guiaras por las Islas.

            – Os he guiado. Exijo mi duelo.

            – Hasta que embarquemos para los Señoríos, no. Tal era nuestro acuerdo.- zanjó Ailin, con aire principesco.

            Willer, ante ese talante, tuvo que intervenir.

            – En realidad, con perdón, nunca dijimos cuándo debía celebrarse el duelo. Éste es tan buen momento como cualquier otro. En cuanto lo liquidemos, podremos ir hasta esa taberna y bebernos un par de picheles sin resentimientos, ¿eh?

            – ¿Te haces el tonto?- le susurró Ailin- ¿Y si te hiere?

            – Bah, la posibilidad es demasiado remota como para tomarla en serio. Y si se cumplen tus agoreras predicciones, ¿qué mejor lugar para reponerme que una taberna?

            – ¡No tenemos tiempo para recuperaciones! De un duelo puede salir una herida seria, Willer.- por la voz de Ailin, la preocupación por el retraso era algo menor que por la integridad del caballero.

            – Pero lo prometido es deuda y a Silvela le he prometido un duelo. Vamos, Ailin, préstale tus armas.

            De mala gana, la muchacha se desprendió de su espada y daga. La pirata las tomó, sopesándolas con cuidado. Acostumbrada a unas espadas más ligeras, sintió un pinchazo de inquietud. Willer estaba ya en guardia.

            A pesar de sus burlas, Willer sabía bien que, incluso el más consumado esgrimista nunca está libre de acabar herido en combate. El golpe afortunado de un novato puede mandar al otro mundo al combatiente más experimentado. Por otra parte, no quería una Silvela muerta o tullida. Además, estaban al descubierto. Un curioso que pasara por allí y la noticia de un duelo se conocería en la población. A saber qué oídos podían escuchar semejante historia.

            No hubo saludos ceremoniales, ni bromas, esta vez. Ambos contenientes combatieron en un silencio severo. La pirata demostró de nuevo ser una espadachín de respeto. Y ella no se contenía como Willer. Pero en un momento dado se tiró a fondo, erró el tiro, dejando la guardia baja. Willer contraatacó con dureza, la acosó y, con un giro exactamente medido de muñeca, la desarmó. Silvela dejó caer la daga. Admitía su derrota.

            – Muy bien, caballero.- masculló- Acaba conmigo, estás en tu derecho.

            – No tengo intención de acabar contigo. Pero, claro, tampoco te vas a ir de rositas. Has sido vencida. Por el honor del duelo, debes aceptar la condición que te imponga por dejarte con vida.

            – Soy pirata.- le recordó con una sonrisa Silvela.

            – ¿Los piratas no reconocen las reglas del duelo? Porque, entonces, no tenías derecho a exigirlo.

            La joven torció el gesto, admitiendo una nueva derrota. Willer se felicitó a sí mismo: había juzgado bien a su rival.

            – Silvela Dos Descalabros, jura aquí y ahora, lealtad a la Reina Ailin Grimwald, del Corazón Negro y levántate como su espada juramentada.

            Hubo un silencio. El bardo y Río de Viento miraban a Silvela, expectantes. Ailin miraba a Willer. La heredera se sentía ahora culpable de haber tratado a su Protector con rudeza. El caballero permanecía tranquilo, con esa calma un tanto divertida tan suya.

            Silvela se había puesto, por orden, verde, pálida, roja y después de nuevo pálida. Tragó saliva. Abrió la boca. La volvió a cerrar. Caminó hasta Ailin, que ya no sabía si estar sorprendida o alarmada. Se arrodilló, brusca, y recitó las palabras que Willer le fue dictando:

            – Juro solemnemente, por la salvación de mi alma, que yo, Silvela, serviré con absoluta lealtad a Ailin Grimwald, Reina del Corazón Negro, a sus descendientes y deudos y que mi espada estará a su disposición, siempre que no deba alzarla en causa injusta o impía.

            Ailin sólo acertó a asentir con nerviosismo. El rostro de Silvela parecía una nube de tormenta.

            – Bueno, ahora que hemos satisfecho las demandas de nuestra compañera de armas, vamos de una vez a la taberna. Las cosas buenas hay que celebrarlas. Y tengo ganas de ver a ese Johann, el Tuerto. Espero, por los dioses del cielo, que no esté tuerto de verdad.

            Mientras abrían la marcha, Ailin le apretó el brazo a Willer.

            – Gracias.

            – No tengo ni la más remota idea de qué hay que agradecer. Una chica temperamental, aunque honorable, esta Silvela. Le cogerás cariño, sin duda. Aunque tendremos que atarla en corto hasta que ella te coja cariño a ti.

            – Me conformaría con una lealtad simple y llana.

            – Ah, vamos. Tú eres incapaz de provocar una simple y llana lealtad. Dale un poco de tiempo y te adorará. Maese De Kern y el Hermano Río de Viento, que te conocen desde hace nada, ya no podrían vivir sin ti.

            – Están a mis pies, ¿eh?- dijo con cierta ironía Ailin.

            – Lo estarán cuando seas Reina. Pero ya oíste a Río de Viento. Él es compañero de Ailin Grimwald. Creo que hasta Asuran está de acuerdo con eso, aunque no sé si… Ah, da igual.

            Ailin esbozó una sonrisa. Willer le lanzó una mirada fugaz. Siguieron caminando, en silencio. Detrás, con Silvela bien vigilada, Río de Viento consolaba a Asuran, exponiéndole las ventajas de un labio superior desnudo.

abril 5, 2010

Viegésimos unen canto con humor

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 10:19 pm
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            El hombre, vestido de esmoquin impecable, igual que sus compañeros aún ocultos, avanzó entre aplausos, sentose ante su atril y abrió su portafolios. El público estaba nervioso. Le picaban las manos. Don Marcos Mundstock se aclaró la garganta y leyó con esa voz sólo suya: “El célebre compositor Johann Sebastian Mastropiero…” No pudo seguir. El público aplaudió como loco ante las palabras que esperaba ansioso desde hacía horas o tal vez días y semanas. El señor Mundstock sonrió, benévolo, agradeció con un gesto y recomenzó: “Decía… El célebre compositor Johann Sebastian Mastropiero…” Y con la precisión de un reloj, el público volvió a rugir. El lector meneó la cabeza amablemente. Meditó un momento. “El célebre compositor… antes mencionado.” Ahora el público aplaudía entre carcajadas, encantado por el ingenio, por la cortesía y por la astucia del hombre barbudo, que había recogido el guante y le había permitido ser cómplice del espectáculo. Por fin, le dejó continuar y Les Luthiers brillaron como siempre lo hacían.

            Yo estuve esa noche en Bilbao, entre el público, y aplaudí y reí como el que más, hasta salir agotado del teatro, igual que los amigos que (les debo una copa) me habían convencido para hacer aquel corto viaje. Volví a ver a este grupo de comediantes músicos un tiempo después, en Madrid. Y me duele no haber podido asistir a sus Premios Mastropiero, este mismo año.

            Hablar de Les Luthiers es complicado, si no se quiere caer en tópicos desgastados de tanto repetirse. Son actores, músicos, cómicos, viejos, hábiles, benevolentes, maestros del humor y del ingenio, del ingenio al servicio del humor; con sus letras y sus estrafalarios instrumentos pueden ser irónicos, pero nunca son crueles. Aunque no conviene fiarse de un comediante, experto en fingimientos, no conozco sonrisas más radiantes, llenas de humanidad, de simpatía que la suyas. Salvo, durante unas horas, las de su público.

            Voy a soltar una blasfemia, aquí, en medio de los elogios: no todos sus números me gustan. Con un par no me he reído. Con dos, entre decenas. No es una mala media. Con todos los demás disfruto como un enano. Y con muchos, me caigo de la silla. ¿Quién puede no reírse con la introducción de casi veinte minutos al merengue “El negro quiere bailar”? Desde entonces, el mundo se divide entre los amantes de Terpsícore y los amigos de Esther Píscore. Nadie puede permanecer indiferente ante el círculo perfecto que es el prólogo a la balada “A la Playa con Mariana”, rematado con la propia balada. Si lo consigue, no trabe amistad con él. Ha de ser alguien aburrido a la fuerza.

            Tenemos una gran deuda con Les Luthiers. Nos enseñaron a seducir, respetuosamente, a las hijas de los Escipiones del mundo. Nos descubrieron lo que puede dar de sí el encuentro de un jinete con una bella y graciosa moza. Nos mostraron la venerable Universidad de Wildstone, donde, por desgracia, no fuimos admitidos. Y cualquier persona, sea o no devota de los santos, puede rezar a San Ictícola de los Peces, esperando que esta vez no nos vuelva a fallar.

            Son viejos ya, dos veces viegésimos sobre los escenarios. Son bufones canosos, alegres y saltarines, venerables cómicos. No puede ir tan mal la evolución de la sociedad si podemos llamar venerables a estos músicos. Algún día morirán, sin duda. Y guardaremos un lustro de luto. Y no será homenaje suficiente. Que Dios les bendiga, maestros. No nos los merecemos.

abril 2, 2010

Semana Santa y sombría

Filed under: Divagaciones — conunvasodewhisky @ 12:35 pm
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            Será esta una de las más sombrías Semanas Santas para la Iglesia. No la primera, ni la última, ni tal vez la más grave, pero sin duda alguna, una de las más dolorosas que yo recuerde. El escándalo no hace más que aumentar. Pronto, parecerá que el de los Estados Unidos no fue sino un lúgubre ensayo general.

            No me gusta comentar estos asuntos cuando están en pleno desarrollo. Por fuerza, no se dispone de la mayor parte de la información y, además, los ánimos tienden a estar calientes. Estos asuntos siempre hay que abordarlos con la cabeza fría. Así pues, no pretendo ponerme yo aquí a dar recetas concretas e infalibles, ni presumir de andar con la verdad total. Pero me parece que, en este momento, hay datos suficientes para hacer algunas observaciones. En especial, señalar líneas de debate que deberían abrirse y tentaciones en las que no hay que caer.

            El primer y más urgente debate no corresponde, en realidad, a la Iglesia como tal. La cuestión de qué hacer con los sacerdotes pedófilos han de resolverla los psicólogos, psiquiatras, demás expertos médicos y, en última instancia, los tribunales. Prestando mucha atención éstos a lo que dicen aquellos.

            Por lo que se refiere a las víctimas, los menores a quienes se violó y de los cuales se abusó física, mental y espiritualmente (sean hoy día o no menores), merecen compensaciones y, sobre todo, asistencia psiscológica, anímica, si es que ello es aún posible. Y de esa asistencia debería encargarse, directa o indirectamente, la Iglesia. Digo indirectamente, porque tal vez no sea lo más adecuado para una víctima de abusos ser atendido por un clérigo. O sí. Eso debe verse caso por caso y ser decidido por los especialistas, escuchando a las propias víctimas, la cuales, pese a esos abusos, o a causa de los mismos, pueden desear una asistencia estrictamente religiosa, junto a la psicológica..

            El problema de estas reparaciones, a estas alturas, es que podrán sonar forzadas, insinceras. Lo cual les restará mucho valor simbólico, moral y terapéutico. Claro que haber estado décadas cruzados de brazos tampoco es la mejor excusa para seguir en idéntica posición.

            En relación con los depredadores sexuales, convendría andarse con cuidado. Cualquier acusado tiene el derecho a un juicio, ante un tribunal imparcial. Sea seglar o eclesiástico. Y ese tribunal debe determinar su nivel de responsabilidad. No soy ni psicólogo ni psiquiatra. Pero si la medicina cataloga a los pederastas como enfermos, como tales habrán de ser tratados. Esto no implica, desde luego, dejarles sueltos y rodeados de niños. Un enfermo puede ser peligroso. Respetando sus derechos (que, esto nunca debe olvidarse, los tiene), el Estado debe minimizar el riesgo que suponga.

            Dos grandes tentaciones amenazan en estos aspectos.

            La primera (ya ronda por algunos artículos que he leído) es la de trazar una línea directa entre pedofilia y homosexualidad. Tal línea debe ser rechazada con toda contundencia. Estemos o no de acuerdo con el actual Magisterio acerca de la homosexualidad, es inaceptable igualar las relaciones sexuales consentidas entre dos adultos del mismo sexo y los abusos que un adulto con considerable influencia y poder comete sobre un niño. Inaceptable e infamante.

            Del mismo modo, el gratuito salto entre homosexualidad y pedofilia debe rechazarse. El argumento que coloca a todos los varones homosexuales como potenciales o seguros pederastas tiene la misma consistencia que considerar a todos los varones heterosexuales como potenciales o seguros violadores de mujeres. Por ahora, estas afirmaciones vergonzosas parecen marginales. Esperemos que sigan siéndolo o que dejen de ser por completo.

            La segunda tentación es más complicada de resistir. Consiste en mezclar el debate anterior y los siguientes que veremos con el debate sobre la obligatoriedad del celibato. Hay voces, y no de las menos autorizadas –por ejemplo, la del cardenal Martini- que han vuelto sobre éste en el contexto actual.

            En primer lugar, la mayoría de estas voces llevan años pidiendo (y realizando, de manera oficiosa) el debate sobre este controvertido punto. En realidad, la Iglesia lleva discutiéndolo oficiosamente desde que se impuso, hace unos diez siglos, el celibato obligatorio a todos los sacerdotes. Asunto distinto es que las autoridades suelan negarse a admitir un tal debate o que le den carpetazo una y otra vez.

            En segundo lugar, no me opongo a ese debate. Todo lo contrario. Pero no me parece correcto relacionarlo con los casos de pedofilia. Un célibe no es, por el mero hecho de su celibato, más propenso a la pederastia. O, al menos, eso aseguran bastantes expertos estos días, en medios de toda índole y sesgo ideológico. Por lo tanto, flaco favor hacen a su causa los que aprovechan estos momentos para insistir. Lo entiendo. Tras tantas peticiones de discusión serena e inteligente sistemáticamente rechazadas, es comprensible que se termine, como último recurso, por sacar el asunto a colación con un escándalo de los que no pueden obviarse. Es una tentación lógica, pero, como toda tentación, debe desecharse o nos llevaría a cometer un grave error.

            La gran cuestión que hay que plantear, sin embargo, es mucho más seria. A fin de cuentas, que haya curas pederastas no es escandaloso. Es un problema terrible, que debe afrontarse y resolverse con inteligencia, misericordia, transparencia y firmeza. Es decir, justo lo contrario que se ha hecho. El escándalo está en la política oficial. Está en el encubrimiento. En que la Iglesia como institución lo haya ocultado y no haya actuado a favor de las víctimas y en colaboración con la justicia y las instituciones sanitarias. Lo escandaloso del caso está en la política que la jerarquía católica ha desarrollado.

            Existen, a mi entender, dos posibilidades, ninguna buena. O bien esa política de encubrimiento sistemático, de silencio cómplice y de reubicación bajo mano se realizaba en contra, al margen o usando de lagunas en la normativa canónica y las directrices vaticanas o bien era un riguroso cumplimiento de las órdenes recibidas desde puesto de autoridad, en cumplimiento de tal normativa y dichas directrices.

            Si estamos ante la primera posibilidad, el sistema necesita una reforma profunda. Desde luego, todos los responsables eclesiásticos implicados deberían ser apartados de puestos de responsabilidad y entregados a las autoridades del Estado. Deben revisarse los mecanismos de supervisión y control de la Iglesia. Debe examinarse cuidadosamente qué vaguedades o silencios en el Derecho Canónico permitieron realizar tales acciones, durante tantos años.

            Si estamos ante la segunda posibilidad, entonces lo necesario es un cambio aún más radical. Habría que reformar todas las leyes canónicas, todas las órdenes, todos los decretos que establecen el encubrimiento. Cuando el sacerdote sancionado es el que denuncia, en vez del que abusa o encubre, algo marcha espectacularmente mal. Si este escándalo es el resultado de la aplicación de la política de la institución, entonces hay que cambiar esa política. Y pedir cuentas a sus responsables. No puede haber perdón sin arrepentimiento y propósito de enmienda.

            Es imprescindible que se plantee esta pregunta, que sea sinceramente respondida y que se tomen las medidas pertinentes. Porque, de lo contrario, es muy posible que este escándalo sea el preludio de algo aún peor. Nada institucional es inmodificable.

            La tentación relacionada con este aspecto también anda rondando por algunos artículos y noticias. Consiste en culpar al Concilio Vaticano II. En considerar que el Concilio introdujo una nefasta flexibilidad, que los obispos y fieles se rindieron al progresismo (eso he leído) y de esa manera hemos terminado como hemos terminado. Que hay que volver a la rigidez, a la moral severa, legalista.

            El espíritu del Vaticano II (resumido en una frase que he leído en esos mismos artículos, para atacar frase y espíritu: “Más Evangelio y menos Derecho Canónico”) me parece no sólo nada errado, sino desafortunadamente olvidado. Deslegalizar la religión es siempre sano. Resulta obvio que la Iglesia Católica, desde el punto de vista institucional, precisa de un cuerpo jurídico para funcionar. Pero ese cuerpo jurídico no debe ir en contra de los principios que fundamentan (o eso se intenta) la Iglesia como asamblea de creyentes. Ni tampoco debe contaminarse la espiritualidad, la moral ni el compromiso social con normativas rígidas.

            Una cosa es estar a favor de una perspectiva religiosa más abierta, más cercana a los Evangelios, más compasiva, menos sentenciosa. Otra es ser idiota, irresponsable o perverso y dejar por ahí campando a pedófilos en campamentos para preadolescentes. No, culpar a las reformas del Concilio –aun de modo lejano- es de una ridiculez que llega a la mala fe. No sería ironía menor que este asunto terminara de sepultar al Vaticano II.

            Por último, ¿qué decir del silencio de los fieles de a pie, sacerdotes y laicos? No me refiero a los que hablaron, denunciaron, advirtieron. Hablo de los creyentes que hoy asisten a las noticias, que escuchan una reacción oficial cada vez más defensiva (mala señal; además, eso resta credibilidad cuando se niegan denuncias que son efectivamente falsas o incoherentes, que las ha habido y las habrá, como en todos los casos masivos de corrupción y abusos). Entre los que creen que todo lo que venga del Vaticano es el mal absoluto y los que consideran que cuanto haga el Papa es el bien total, hay un amplio espectro de sensibilidades. La mayoría guarda silencio.

            Sería presuntuoso por mi parte interpretar a la ligera ese silencio. Cada persona es un mundo. Es probable que algunos callen por vergüenza. Otros, por cansancio, o por desolación. Otros, porque crean que hablar no servirá de nada. O que sirva de algo, pero para mal. Quizás haya cristianos que no hablen por temor a que sus críticas se confundan o se usen contra la Iglesia.

            Si tal es el caso, se basa en un error de concepto. El pecado que está en el origen de este escándalo es un pecado personal e institucional. Criticar a la institución por sus fallos, por sus errores y por sus pecados no es atacar a la Iglesia. Es hacerle un servicio. Un obispo alemán, me parece que el titular de Friburgo, decía en un sermón hace unas semanas que no debemos idealizar a la Iglesia, formada por personas. Es cierto. Dudo que los fieles idealicen nada. Pero puede que algunos confundan la Iglesia asamblea y comunidad con la Iglesia institución. Ésta debe estar al servicio de la primera. Y cuando no funciona hay que advertirlo. Los creyentes, se ha hecho pedagogía sobre esto desde hace varios años, aunque nunca es bastante, deben tomar conciencia de que son la Iglesia, tanto como sus obispos. Y que denunciar a un obispo inicuo, corrupto, encubridor, es un servicio a la Iglesia. Sin caer en dramatismos, en histerias, ni en cazas de brujas. Con la cabeza fría.

            No me cabe duda de que muchos sacerdotes en el mundo encaran esta Semana Santa, angustiados, sin saber muy bien si hablar de esto o no a sus comunidades. Desde la óptica cristiana, las víctimas de esta historia son reflejo del crucificado. Los que encubren y guardan silencio, ¿de quién lo son?

Nota; imagen utilizada: “Cristo de San Juan de la Cruz”, de Salvador Dalí

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